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Capítulo 16

16
MAAT: LA VIRTUOSA DE LA JUSTICIA


—Maat —la llamó su madre—, vete con cuidado, por favor.
—Sí, ya lo sé.
Maat giró los ojos, pero como una buena chica dejó que la reina le colocara la capucha sobre la cabeza. En la superficie llovía. Maat se sacudió cuando las atenciones de su madre se excedieron. Dio tres pasos hacia atrás y miró a los aesirianos un poco molesta. ¿Por qué siempre tenían que despedirla con esa cara de tragedia?
—Bueno, ya. Esta no es la primera vez que subo para ver a papá, así que dejen de preocuparse, ¿de acuerdo? Regresaré tan pronto como papá termine de comer.
Se despidió con una sonrisa y dio media vuelta. Sabía que los mascalinos la seguían con la mirada, angustiados por ella. Los ignoró. Cuando alcanzó una de las enormes puertas de mármol que bloqueaban el camino hacia la superficie le puso la mano encima.
—Estoy lista, papá. Ya puedes abrir la puerta.
El mármol brilló con suavidad y se abrió por la mitad. Maat se adentró al pasillo a toda prisa. Entró a una serie de escalones y caminos laberínticos que tenían como objetivo perder a aquel que burlara la sincronización e intentara llegar a los aesirianos que se refugiaban en los túneles. Maat era la única que se sabía el camino de memoria. También sabía que debía correr tan rápido como pudiera, porque su padre abriría las puertas en determinado tiempo y solo por un breve instante.
Después de unos minutos cruzó la última puerta y salió disparada a la superficie. La puerta se cerró detrás al tiempo que la princesa se quitaba la capucha. Respiró el aire fresco y sintió las gotas de lluvia sobre el rostro.
Sus ojos eran verdes oscuros, como los de su madre, pero tenía el cabello lacio y negro que heredó de su padre, el Emperador Kaín. Apenas era una cachorra de cincuenta años, pero era la única que podía visitar al Emperador y entregarle la comida sin correr mayores riesgos.
Miró Masca. La gran Capital aesiriana no era la joya que las leyendas de su infancia se enorgullecían de describir. Las calles estaban sucias, llenas de polvo marrón proveniente de los cañones –antes montañas– que rodeaban el valle en el que se asentaba la ciudad. La mayoría de los edificios estaban destruidos y el cielo era opaco, lleno de nubes negras.
Soltó un suspiro. Agudizó los sentidos pero no encontró nada. Ni siquiera la brisa soplaba. Alzó la mirada hacia el Palacio mascalino, la única estructura que podía decirse que continuaba en pie. El mármol blanco estaba cubierto por una película de polvo marrón; las torres y murallas estaban agrietadas; los jardines resecos y su esplendor reducido a una réplica apocalíptica; pero todavía era el hogar al que ella añoraba ir algún día, para vivir bajo su techo, bailar en sus salones y rezar en sus templos internos.
Su madre le contaba historias de antaño donde el mundo tenía montañas verdes, lagos y mares azules, y playas de arena blanca y fina. Pero esos cuentos distaban mucho de la realidad porque el mundo no era más que un cañón eterno, erosionado y sin vida. La superficie estaba prácticamente desierta. Los aesirianos solo podían vivir en los túneles de cada ciudad. Maat sabía de varias comunidades subterráneas como la de Masca, pero el contacto con ellas era mínima y la comunicación se daba cada cientos de años, cuando algún valiente se atrevía a salir a la superficie y visitar la ciudad más cercana.
La princesa nació en los túneles, como los demás mascalinos. No era parte del maravilloso mundo que solo sobrevivía en las historias de Virtuosos anteriores a ella. Solo tenía recuerdos vagos de una infancia feliz junto a su padre y madre, cuando su abuelo todavía vivía y era el sincronizado con Masca.
Todavía recordaba el día que la sincronización se detuvo. Los mascalinos aullaron del pánico y crearon un pandemónium en su mundo subterráneo. Solo cuando su padre alzó la voz regresó la calma, pero ella supo de inmediato que nada volvería a ser como antes. Kaín la abrazó, se despidió de ella y subió a la superficie para llegar a la Sala del Trono. Allí levantó el cadáver del antiguo Emperador y tomó su lugar. Desde entonces, Kaín permanecía sentado en el Trono; con los cables de sincronización encarnados en las venas, arrebatándole la magia necesaria para proteger los túneles del peor y más temido de los enemigos. Sigurd.
Maat apretó la mandíbula mientras repetía mentalmente el nombre del come-almas. En los túneles nadie se atrevía a pronunciarlo. Tenían miedo de que así atrajeran al demonio. La princesa no sentía el temor descomunal hacia el monstruo, sino puro odio. Él era el culpable de que todo lo bueno del mundo se esfumara; de que ella naciera en túneles y de que su amado padre no tuviera más opción que permanecer sincronizado, padeciendo semanas de hambruna antes de que otra vez fuera seguro para ella subir a la superficie y darle de comer.
—Ya llegué, papá —anunció al llegar a la gran puerta azul zafiro de la Sala del Trono.
La primera vez que estuvo allí apenas tenía dieciséis años. ¡Qué emocionante fue que llegara su turno para llevar alimento al Emperador que sufría en la superficie! Lloró de la emoción durante todo el trayecto, deseosa de verlo. Cuando la puerta se le abrió casi no reconoció al hombre pálido y esquelético que estaba sentado en el Trono, con esa orgullosa sonrisa paternal. Solo lo reconoció por sus ojos completamente negros salvo el iris celeste.
Maat ya no lloraba cuando subía a la superficie para visitarlo, pero siempre sentía la misma emoción de ver de nuevo al hombre que la arrullaba cuando era pequeña. Luego de que la puerta se abriera corrió por la Sala hacia los brazos de su padre.
Como siempre lo vio más delgado que la última vez. «No estaría tan mal si me dejara subir más a menudo», pensó mientras le daba un beso en la mejilla. «No estaría tan mal si me dejara ayudarlo más». Kaín nunca le abría las puertas y pasillos de los túneles a no ser que estuviera completamente seguro de que no corría riesgos. Podía soportar la más terrible de las hambres, pero no la idea de que su princesa estuviese en peligro.
Maat se sentó a los pies del Trono mientras el Emperador se atiborraba de comida. La reina no era lo que se dice una cocinera excepcional, pero durante semanas y meses fantaseaba con los platillos que le enviaría a su esposo. Quizá él hacía otro tanto en Palacio. Todo el amor que no podían intercambiar con besos y abrazos lo transmitían en cada bocadillo. «Si me dejara ayudarlo más», pensó Maat, «él podría ver a mamá. Los dos estarían juntos de nuevo».
—Papá… —susurró—. ¿Cuándo me enseñarás a sincronizarme con Masca?
Kaín se atragantó de repente con un trozo de cerdo. Maat estuvo segura de que su padre lo vomitaría todo o se ahogaría. Cuando al fin pudo tragar él la miró con ojos chispeantes.
—Espero que sea una broma, señorita. Si tenemos suerte pasará mucho tiempo antes de que tengas que sincronizarte con Masca.
—¡Pero quiero aprender! Así volverás junto a mamá y descansarás. Yo tengo mucha magia y seguro la ciudad no me hará daño. ¡Vamos, papá! —Maat pegó las palmas como si rezara—. Ya estoy más que lista para aprender la sincronización. Ya domino casi todas mis esencias. ¡Solo me faltan las artes de la mente!
Kaín miró los ojos ansiosos de la princesa y soltó un suspiro exhausto. Se llevó la mano huesuda a la frente y agitó la cabeza.
—No quiero que te sincronices. Desearía que jamás lo hicieras.
—Pero eso es inevitable. —Maat apretó los puños. Desde pequeña, incluso antes de que su abuelo muriera, sabía que algún día tendría que tomar el lugar de los Emperadores que la precedieron—. Mientras Sigurd viva, tú y yo estamos condenados a la sincronización.
Kaín hizo una mueca al escuchar el nombre del come-almas. La primera vez que había tenido esa conversación con Maat se enojó tanto con ella que la envió de regreso a los túneles, castigada. Maat lloró todo el camino de regreso y él lloró otro tanto en las semanas siguientes, arrepentido. Si su cuerpo fallaba o si Sigurd atacaba con todo lo que tenía, él moriría sin disculparse con su amada hija. Desde aquella pelea los dos habían evadido el tema. Kaín se había preparado en los últimos años para negarse de nuevo, pero con suavidad.
—Aún si aprendieras a sincronizarte no podríamos estar juntos —explicó con voz cálida—. Yo regresaría a los túneles y tú te quedarías aquí. Y… —tragó fuerte. Esa era la parte más difícil de su confesión—. Y la verdad es que no tendría las agallas para subir a la superficie con tanta regularidad. Tengo miedo de que si bajo a los túneles jamás me atreva a volver por ti. ¿Entiendes?
Maat asintió mientras se abrazaba las rodillas. No creía que el amor de su padre fuera débil, pero conocía el miedo de los mascalinos. Aunque nadie lo dijera en voz alta todos sabían que parte del temor hacia Sigurd surgía de los túneles, que emanaban la energía del Emperador. Kaín siempre tenía miedo porque era el único en la superficie. Él era la barrera entre Sigurd y los mascalinos. Fallar no solo implicaba la muerte de sus súbditos, sino también el consumo de su alma.
—Eso ya lo sabías, ¿verdad? ¿Entonces para qué quieres que baje a los túneles si no podremos vernos?
—Para que estés con mamá —explicó la muchacha— y me des un hermano menor.
Maat jugó inquieta con los dedos antes de mirar la reacción de su padre. El rostro de Kaín era una mezcla de perplejidad y miedo, rota unos segundos después por una sonora carcajada. Maat sonrió por el sonido de esa risa tan vivaz y alegre, opuesta a la apariencia débil de su padre. Le gustaba escucharlo reír, aunque le gustaba menos que ella fuera el chiste.
—¡Ah, no te rías de mí! —exclamó mientras se levantaba—. Quiero un hermano menor, ¿y qué? ¡Quiero a alguien que sea igualito a ti y esté ahí en caso de que yo no pueda tomar el Trono! —La risa de Kaín se detuvo en seco. La miró largo rato como si el sol se hubiese apagado y dejado el mundo entero en tinieblas.
—¿Qué quieres decir con eso? ¡Por supuesto que tomarás el Trono! Eres mi hija, mi primogénita, mi heredera. ¡Serás coronada cuando yo muera!
Maat clavó la mirada en el suelo. No quería que esa reunión se convirtiera en una pelea. Pero tenía que decirlo. Kaín era el único que podía comprender su situación.
—Los sacerdotes dicen que nací para derrotar a Sigurd. Si algún día lo enfrento… Bueno, no sé si podré hacerlo. ¿Y si muero? Entonces no habría un heredero que tome el Trono, y el clan Aesir se extinguiría, y la Profecía jamás se cumpliría y…
—… Maat. —Su padre le tomó la mano y le besó los dedos—. No me importa lo que los sacerdotes digan. Eres una Virtuosa, pero también mi niña. Mientras viva no dejaré que enfrentes a esa cosa. Es más, ni siquiera tienes que hacerlo. Porque si lo enfrentaras y murieras yo también me moriría de tristeza. Así que me niego a darte un hermano mientras sigas pensando en tonterías como «en caso de que no pueda tomar el Trono». ¿Queda claro?
Maat no podía dejar de lado esos pensamientos pero asintió para calmar a Kaín. Su padre sonrió por un instante para disipar las últimas dudas de la princesa. Pero la sonrisa se cayó. Todo el rostro del Emperador se tensó como si fuera de cristal. Fijó los ojos en un punto muerto de la habitación. Maat no podía ver nada ahí, pero sabía que su padre tampoco miraba nada en la Sala. Su mente estaba registrando los datos de la sincronización.
—Debes irte —dijo al fin el Emperador. Sus ojos se cruzaron con los de ella. Maat vio que estaba asustado. La pared detrás del Trono se deslizó a un lado y dejó al descubierto una serie de escalones que se perdían en la oscuridad—. Sal por el pasillo secreto. Iluminaré el camino para que no te pierdas pero…
—Sigurd está cerca, ¿verdad?
Lo supo apenas la sonrisa de Kaín se hizo pedazos. Lo sintió en la energía que emanaba de las paredes. Lo supo por la voz de su padre, por la manera en que la miraba, por el pasillo que se sumergía en las tinieblas. En el rostro de Kaín vio que él le mentiría para tranquilizarla, pero al final el Emperador se decidió por la verdad.
—Está a las afueras de Masca. —Lejos aún pero más cerca de lo que le habría gustado.
Kaín reclinó la cabeza en el respaldar. Su cara se contrajo cuando los hilos de sincronización atados a la piel se iluminaron y tensaron. Las paredes brillaron con un zumbido. Maat escuchó el retumbo de los bloques de mármol a las afueras de Palacio. Eran las calles. En los túneles había escuchado muchas veces el crujido de Masca mientras se convertía en un laberinto. Cada vez que Sigurd andaba cerca, Kaín levantaba las calles y derribaba los edificios para convertir la ciudad en una sucesión de pasillos sin final ni destino. Así evitaba que el demonio alcanzara Palacio o encontrara la entrada a los túneles.
—Sal, Maat —ordenó—. Sigue mis instrucciones al pie de la letra. ¿Llevas fuego azul? —Ella asintió mientras le enseñaba la botellita de cristal que siempre cargaba en un bolsillo de la capucha—. Buena niña. —Kaín miró la comida sin terminar y sonrió—. Dile a tu madre que su cocina mejora cada vez más. Recogerás esto la próxima vez que me visites.
Maat apretó los dientes. Aunque tenía miedo no quería abandonarlo. Antes de que pudiera reprochar, él la miró ya no con la expresión de padre sino con la de Emperador. A pesar de lo flaco y demacrado que estaba, Kaín podía imponerse con una mirada. Era algo que Maat admiraba de él. Que a pesar de su miedo eterno, a pesar de su eterna soledad y sufrimiento, Kaín enfrentaba las adversidades por su cuenta. Maat sabía que él no subió al Trono porque era su derecho, sino porque había aceptado una responsabilidad. La había elegido.
Besó la mejilla de su padre y entró al pasillo. La puerta se cerró detrás de ella. Se sintió como en la primera expedición a la superficie, cuando conoció el cielo nocturno. En aquel momento la oscuridad del firmamento la había abrumado y hecho sentir que aun en la superficie se vivía bajo otro túnel sin luz propia. Kaín le había explicado después que aquella noche fue una rara excepción porque no hubo estrellas. Desde aquel entonces la princesa se preguntó cómo eran las estrellas. Por más que lo intentaba su imaginación era corta para recrearlas. Pero ahora, en ese pasillo, supo cómo debían de ser. Unas piedrillas azules incrustadas en las paredes se prendieron con destellos tintineantes.
Siguió el camino que le marcaban. Descendió los escalones, cruzó intersecciones y escuchó la lectura de los datos de la sincronización. Alrededor, la energía de Kaín recitaba el número de aesirianos en los túneles. Describía los cambios que cada sección de Masca experimentaba para armar un nuevo laberinto. Una vez que Maat alcanzó la puerta que conectaba con el exterior, el Emperador le dio nuevas indicaciones para burlar el peligro.
La puerta se abrió. Afuera llovía. Los goterones impactaban sobre el suelo y las paredes del laberinto, y formaban charcos marrones cuando se fundía con el polvo. «Corre en línea recta», indicó Kaín. «Ahora». Maat corrió con todas sus fuerzas. A unos pasos de ella había una pared, pero esta se hizo a un lado antes de que la princesa la embistiera. El laberinto estaba cambiando otra vez. Las paredes se deslizaban, los pasillos se abrían. Avanzó por ellos como una flecha. Se detenía solo cuando Kaín se lo ordenaba. Se desviaba solo si su padre se lo indicaba. No podía escuchar ni ver ninguna señal de Sigurd, pero sabía que estaba cerca.
«Los túneles están frente a ti, justo detrás de esa pared», le transmitió Kaín. «Corre con todas tus fuerzas. No te detengas. ¡Ahora!». Maat corrió de nuevo, al tiempo que la pared se deslizaba a un lado y dejaba al descubierto otro muro. Éste tenía el relieve de un escudo del Imperio Aesiriano, con una rama de olivo en lo alto. Era la entrada a los túneles. El escudo debía abrirse por la mitad para que Maat pudiera entrar.
Pero cuando la princesa se lanzó la entrada no se abrió. Maat chocó la cara contra el relieve y se rompió el labio. El golpe la tiró de espaldas al suelo. La princesa se quedó atontada y de medio lado durante un par de segundos, hasta que comprendió lo que sucedió.
La sincronización había fallado.
Desesperada, se puso en pie y golpeó el escudo con todas sus fuerzas. Llamó a su padre. Le suplicó que abriera la entrada. Aunque el laberinto aún brillaba con la energía del Emperador, la voz de Kaín se había desvanecido. Lo único que se escuchaba era un ronroneo grave. Un escalofrío estremeció a Maat.
Se giró con la espalda pegada al relieve. En lo alto de la pared contraria vio a una criatura de pelaje entre negruzco y gris. Sus ojos eran amarillos y estaban fijos en los de Maat. Las largas orejas colgaban a ambos lados de la cabeza. Se mecían al ritmo de la respiración agitada del monstruo. Cuando el come-almas sonrió, Maat miró la hilera de dientes filosos que aterrorizaba a los mascalinos.
Sigurd sonrió y se dejó caer al suelo con la gracia de un gato. Se acercó a Maat agazapado, con las orejas pegadas a la nuca. Trotó lentamente en silencio, sin que sus garras aruñaran el suelo. El come-almas saltó hacia ella cuando le faltaban quince metros para alcanzarla. «Tengo que correr», pensó Maat pero las piernas no le respondieron. Se quedó inmóvil y encogida, como un ratoncito. Ese sería el fin.
El mármol de Masca retumbó. Dos paredes del laberinto se deslizaron de nuevo, esta vez mucho más aprisa para aprisionar a Sigurd en pleno salto. Lo atraparon como un emparedado. El come-almas pataleó y empujó las paredes con sus brazos musculosos, pero en vano. No podía mover el mármol.
La entrada a los túneles se abrió detrás de Maat. La voz de Kaín se escuchaba alta y clara otra vez, y le pedía que se refugiara. Pero Maat lo oyó muy lejos, como si una tormenta los separara. Todo lo que podía ver y escuchar era Sigurd. Tomó una decisión. Sacó la botellita de cristal y le quitó el tapón. Las flamas azules salieron como chorros de agua y se lanzaron a Sigurd. Los gritos del demonio brillaron como el fuego. «No, no son sus gritos. Son las almas». Maat vio miles de destellos que se alzaban al cielo. Eran como estrellas fugaces que se habían equivocado de dirección; y que en lugar de caer en la tierra regresaban a su lugar en el firmamento.
Por un maravilloso instante estuvo segurísima de que podría hacerlo. Podría liberar todas las almas que Sigurd había consumido y matarlo finalmente.
Pero en medio de las flamas, el dolor y las almas, el monstruo reaccionó. Sus brazos de acero finalmente apartaron las paredes que lo aprisionaban. Plantó los pies en el suelo, avanzó envuelto en llamas y levantó las garras en alto.
«Maat, ¡sal de ahí!», aulló Kaín. La princesa no lo escuchó. No. Toda su atención estaba en esa tea de llamas de hielo que avanzaba sin descanso para matarla. «¡He dicho que escapes!». Un nuevo bloque de mármol se interpuso entre ella y el monstruo. La pared golpeó a Sigurd como un puñetazo. Maat sintió el golpe en las entrañas, como si ella también hubiese resultado herida, y perdió el control de las flamas por un segundo. Las vio lamer el mármol, subir rápidas y voraces sobre él. A ese ritmo convertirían la ciudad en un mar de fuego maldito. Antes de que fuera demasiado tarde las hizo regresar a la botellita de cristal. «Si las lanzo una vez más», pensó, «si doy bien el golpe final, entonces…».
El suelo a sus pies se inclinó. Maat perdió el equilibrio y cayó de espaldas. Giró por los escalones hacia los túneles, al tiempo que la compuerta se cerraba. Kaín la había lanzado al refugio. «No vuelvas a hacerlo nunca más», la regañó. «¡Pudiste haber muerto!». A través de la sincronización lo escuchó soltar un largo y triste suspiro.
«Ya lo sabe. Ya sabe en dónde está la entrada a los túneles». Maat escuchó el retumbo del mármol. Masca ya no solo defendía con un laberinto, sino que atacaba. Kaín echaba al demonio fuera de la ciudad a patadas y golpes. «No volveremos a vernos hasta que sea seguro. Hasta que Sigurd se marche por un tiempo».
Antes de que Maat pudiera protestar, la voz de Kaín había desaparecido.

****

Maat se tronó los dedos mientras esperaba frente a la puerta de los túneles. Mecía las piernas, inquieta, y clavaba la mirada en el mármol como si con eso pudiera convencer a su padre de que la dejara salir. Aunque los túneles todavía brillaban, Kaín guardaba silencio. Ni siquiera había una leve vibración de sus pensamientos o emociones.
—Seguro duerme —dijo su madre mientras se sentaba junto a ella—. Pobre, pobre Kaín. Debe de estar muy cansado.
Maat la miró por el rabillo del ojo. Su madre fue una mujer bella y digna de un rey en todos los sentidos, pero los años lejos de Kaín la habían dañado. Tenía unas ojeras sombrías y la cara se le había llenado de arrugas antes de tiempo por culpa de todas las noches que lloró por el destino de Kaín. Maat la compadeció. Aunque el come-almas rara vez estaba en Masca, nadie se atrevía a subir a la superficie por temor a encontrarlo. Como Maat era una Aesir podía usar el fuego azul para protegerse de Sigurd. Eso le daba un poco más de seguridad. Pero ni la reina ni los súbditos tenían sangre Aesir. Jamás podrían controlar el fuego maldito. Y por eso no se atrevían a salir de los túneles.
—No es justo —se quejó mientras miraba a su madre—. Le pedí a papá que me enseñara a sincronizarme. Si yo estuviera en el Trono él podría descansar aquí. ¡Está tan delgado!
La reina le dedicó una media sonrisa.
—¿Estarías dispuesta a hacer el sacrificio que él hace? Kaín no puede abandonar Palacio, no puede dejar la sincronización. ¿No crees que todos los días piensa en nosotras y desea estar a nuestro lado, sabiendo que eso jamás podrá ser? Los dos sabemos que nunca más nos volveremos a ver, pero preferimos eso a nunca más verte a ti. Por eso él se sacrifica con la sincronización en Masca: para que tú puedas estar libre de ella por más tiempo y yo pueda estar a tu lado hasta el momento en que seas coronada.
—¿Y después qué? —gruñó Maat—. ¿Me caso, tengo un lindo hijo con mi esposo y tomo el lugar de papá cuando se muera de vejez o de cansancio? ¿Hago exactamente lo que él, el abuelo y todos los demás hicieron antes? ¡Es una estupidez! No quiero hacer lo mismo esperando diferentes resultados. ¡Quiero terminar esto de una vez y por todas!
Maat miró fieramente a su madre, aunque sabía que ella no tenía la culpa de lo que estaba sucediendo. Nadie la tenía, con excepción de Sigurd. La reina soltó un suspiro y dijo:
—Todavía eres una cachorra. Por eso aún no entiendes lo que significa sacrificarse por lo que es correcto, aunque tal vez no sea justo. No es justo que tu padre esté abandonado en la superficie y atado a la sincronización, pero hace lo correcto al permanecer unido de por vida al Trono. Cuando puedas distinguir la diferencia elemental entre lo correcto y lo justo, que suelen estar unidos pero a veces no son lo mismo, serás capaz de sacrificarte. Y entonces podrás entender lo que es la sincronización.
Maat hizo una mueca. No le gustaba que su madre le soltara esos sermones porque la mitad del tiempo estaba segura de que la reina no sabía en realidad de lo que hablaba. Después de todo, ¿qué iba a saber ella de la sincronización? El único que tenía derecho a opinar al respecto se estaba muriendo de hambre en la superficie.
Las paredes ronronearon con debilidad. Maat y la reina las miraron fascinadas porque sabían lo que significaba: era la señal para que la princesa subiera a la superficie.
Después de que su madre le diera un beso y un morral de comida para el Emperador, Maat se situó delante de la puerta interna. La compuerta se abrió. La princesa echó a correr por los escalones y pasillos, pero cada puerta se abrió muy lentamente. No seguían el ritmo usual. Su madre tenía razón: el Emperador estaba muy cansado. ¿Cuánto tiempo podría mantener la sincronización?
En la superficie avanzó más aprisa. No se detuvo hasta llegar a Palacio, y allí apenas se permitió tomar unos cuantos respiros. Las sienes y el costado le palpitaban por el esfuerzo para cuando alcanzó la Sala del Trono. Se detuvo con un jadeo delante de la gran puerta. Estiró una mano para empujar la entrada, pero se congeló en su sitio. La puerta estaba entreabierta. Muy lentamente, la empujó. La puerta se abrió con un chirrido.
La Sala del Trono estaba en penumbra. Solo la luz débil de los cables de sincronización iluminaban los rasgos de Kaín. Desde donde estaba Maat vio el perfil de la nariz y la frente, el pelo largo, sudoroso y negro, y la piel cenicienta pegada a los huesos. Algo no estaba bien. Kaín siempre la saludaba con una sonrisa pero ahora estaba inmóvil.
—¿Papá? —llamó.
No quería dejarse dominar por el pánico pero una vocecilla dentro le decía lo indeseado: «Se murió de cansancio». Maat resbaló antes de que esa idea hiciera mella. Logró mantener el equilibrio, pero supo que si daba un solo paso más se caería sin remedio. Estaba sobre un charco. En la penumbra no podía reconocer colores pero sí olores. Era sangre. Siguió con la mirada el origen de la sangre. Venía del Trono. El pánico desapareció. Ahora solo quedaba la certeza de que su padre la necesitaba.
El olor se intensificó cuando alcanzó a Kaín. Sabía que estaba vivo porque la sincronización todavía estaba activada. Pero no supo cómo, si tenía una espada clavada en el pecho. Maat la reconoció. Era Gungnir, la espada ceremonial de los Emperadores. La había visto en una de sus visitas, cuando su padre le contó sobre los antiguos ritos para celebrar la coronación de un Emperador.
Gungnir era un símbolo, no una espada de combate. Aun así tenía muy buen filo. Los Emperadores de antaño incluso la usaron para ejecutar a los condenados a muerte.
Maat no sabía cuánto tiempo tenía su padre. Los escalones que llevaban al Trono estaban empapados y el charco en el suelo se expandía más y más. No supo qué hacer. ¿Arrancaba la espada para atender la herida? ¿O la dejaba allí para no empeorar la hemorragia?
Optó por despertar a Kaín. Lo abofeteó y meció con suavidad, segura de que sin importar cuánto lo llamara él no respondería. Su padre se quejó en sueños y abrió muy lentamente los ojos. Le costó situarlos en el rostro de Maat. Cuando al fin pudo enfocarla, cuando al fin comprendió que ella no era un sueño y que estaba ahí, con él, se espabiló por completo.
—¿Qué haces? ¡Te dije que no podías venir hasta que te diera permiso!
—¡Pero me diste permiso! —Las lágrimas traicionaron a Maat. No podía soportar que su padre sufriera—. ¡Abriste las puertas! ¿Qué pasó, papá, qué ocurrió?
Sostuvo a Kaín de los hombros para que no se cayera del Trono. Él la ignoró. Clavó la mirada en el techo y gritó:
—¡VETE! ¡SAL DE AQUÍ AHORA!
—¡No voy a irme! ¡No te dejaré en este estado!
Un gato gigantesco ronroneó por encima de ella.
Kaín no le gritaba a su hija, sino que le decía al enemigo que se marchara.
Maat se giró y miró hacia el techo, en donde estaba Sigurd colgado del candelabro. El come-almas se mecía con una sonrisa burlona y unos ojos tan satisfechos y avispados que parecía un gato juguetón. Cuando el demonio se dejó caer al suelo la sala retumbó con él.
—Vete… —repitió Kaín. Esta vez Maat supo que le hablaba a ella.
La sincronización se reanudó al máximo. Los cables y las paredes brillaron como una estrella. Maat se deslumbró pero vio al detalle la figura del come-almas. No lo podía creer. Aunque estaba algo encorvado y los brazos le caían por delante del cuerpo como si pesaran toneladas, apenas cabía en la Sala. «Por eso el fuego no lo derrotó antes», supo la princesa. «Ha comido muchas almas. Puedo sacarle millones de ellas y aun así conservará su poder».
Sigurd estiró una garra por el suelo y recogió la sangre de Kaín. Maat sintió un nudo en el estómago cuando el demonio se chupó el dedo.
Nada mal —Su voz era muy ronca y gutural. Solo escucharla daba escalofríos—. Quizá su alma será un buen postre para cuando acabe con el plato principal. —Miró a Maat a los ojos—. ¿Tú eres la Virtuosa, eh? Según las escrituras estás destinada a derrotarme. Comprenderás que no puedo permitirlo, ¿verdad? Para mi supervivencia tengo que acabar contigo. No te lo tomes personal, ¿de acuerdo?
La sonrisa de Sigurd se estiró. El monstruo saltó con las garras extendidas, pero las paredes del salón reaccionaron como las del laberinto de Masca. Atraparon al demonio en pleno vuelo justo a tiempo.
¡Qué estupidez! —aulló Sigurd—. Por más que lo posponga ¡igual se va a morir! ¡Usted ya está más muerto que vivo, Majestad!
«Tiene razón», supo Maat. Bajo sus manos, los hombros de Kaín temblaban. Los párpados estaban a punto de caérsele con el peso de miles de noches en vela. La sangre le escurría por la boca y la nariz.
—Vete, Maat —El pasillo secreto se abrió detrás del Trono—. Me haré cargo de él, así que por favor, por lo que más quieras, vete.
Maat se inclinó para darle un beso de despedida, como la última vez que se vieron. Después de besarle la mejilla le susurró al oído una única palabra:
—No.
Agarró el mango de Gungnir y arrancó la espada del pecho del Emperador. El grito de Kaín casi la dejó sorda pero no debilitó su empeño. Maat blandió la espada en el aire en dirección a Sigurd, sin saber qué sucedería. Había escuchado historias asombrosas sobre la espada de los Emperadores, que tenía grabados en la hoja los nombres de todos aquellos que la sostuvieron antes que ella. Se decía que, según las esencias de cada Emperador, Gungnir podía despertar la furia de los volcanes, hacer temblar la tierra, que el viento cantara o que el mar se alzara.
En sus manos, Gungnir convirtió el aire del salón en un trompo de brisa filosa. El torbellino cortó los bloques que aprisionaban al monstruo con tres tajos del tamaño de un hombre, y golpeó a Sigurd en el pecho. Antes de que el demonio se estrellara contra las puertas de la Sala del Trono y quedara enterrado debajo de ellas, Maat vio que le hizo tres cortes gigantescos. La sangre de Kaín ya no era la única en el suelo.
Supo que no tenía mucho tiempo. Se acomodó Gungnir al cinto y levantó a Kaín. Su padre ya no podía ayudarla. Había perdido mucha sangre. Maat ni siquiera sabía si respiraba. Los cables todavía se aferraban a él para alimentarse y apretaron más fuerte cuando Maat lo levantó del Trono.
—¡Suéltenlo! —suplicó la princesa—. Masca, ¡suéltalo! Si se queda aquí morirá. Y si él se queda atrás yo me quedo con él. Si Sigurd nos mata ¡no quedará ningún otro Aesir que se sincronice contigo!
Los cables la envolvieron. Por un segundo temió que la ciudad, egoísta como era, se alimentara de los dos últimos Aesir antes de que Sigurd los matara. En lugar de eso los cables la ayudaron a levantar a Kaín y la dejaron justo delante del pasillo secreto. Le dieron un empujón y cerraron la puerta cuando la princesa y el Emperador se cayeron de narices al suelo. Justo después los puños gigantescos de Sigurd golpearon la pared. Estaba justo detrás de ellos, peleando con los cables.
Las piedrecillas del pasillo le iluminaron el camino. Masca tenía energía aun cuando la sincronización de Kaín se había detenido. También tenía algo parecido a la consciencia. Maat sabía que a veces la Capital tomaba decisiones por sí misma. Kaín le había contado las historias de todos aquellos Aesir que Masca había rechazado en la sincronización. «Y ahora hay una nueva historia», pensó ella mientras se echaba a su padre a la espalda. «La de cuando la ciudad protegió a un Emperador herido y a una princesa asustada».
Escapó a las entrañas de Masca.


La ciudad la protegió. Sigurd escapó de los cables e intentó varias veces caerle encima. Pero las calles y los edificios se convirtieron otra vez en un laberinto. Los bloques se levantaban por el aire cada vez que el monstruo intentaba saltar las paredes o alcanzar a Maat. Cuando la princesa llegó a los túneles el miedo la siguió. Aunque Masca no dejaría que Sigurd entrara después de la princesa, Maat supo que estaba completamente sola. Ahora dependía de ella, y de nadie más, que su padre llegara  a tiempo a las manos de un doctor que pudiera salvarlo.
Tropezó y cayó varias veces por el pasillo subterráneo. La caída más dolorosa fue la última, cuando tropezó en el escalón previo a la puerta interior de los túneles. Aterrizó con la cara contra el suelo. No tuvo fuerza para levantarse porque el silencio que siguió drenó todas sus energías. Los mascalinos estaban ahí, como siempre que esperaban su regreso. Ninguno dijo nada. Todo lo que reinaba en el mundo subterráneo era el retumbo de las calles y edificios de la superficie, que luchaban aún contra Sigurd.
Al fin alguien gritó. Maat reconocería los gritos de su madre en cualquier lugar. A ella la siguieron los civiles, y las pisadas metálicas de los soldados que reaccionaron con mejor atino. Los hombres levantaron a Kaín y se lo llevaron antes de que ella o los mascalinos comprendieran lo que sucedía. Para cuando Maat se levantó los civiles ya se habían agrupado alrededor del edificio subterráneo donde estaban las habitaciones de la Realeza. Eran como una pared de brazos, piernas y torsos. Tuvo que meter codazos y dar empujones para pasar entre ellos.
Soltó un suspiro cuando al fin pasó la última barrera, la que hacían los soldados que cortaban el paso de la plebe. Maat llegó a un pasillo casi desierto salvo por los murmullos y las preguntas asustadas de los civiles, que la siguieron hasta ahí. Justo igual que el miedo, que se negó a quedarse en la superficie.
Allí no había puertas. Las pocas habitaciones subterráneas estaban delimitadas por cortinas. La de su madre estaba hecha de terciopelo púrpura.
Maat se detuvo delante de ella, incapaz de dar un paso más. Ya no escuchaba a los ciudadanos, aunque todos seguían apiñados y preguntaban con desesperación qué sucedió. Todo lo que podía escuchar ahora era el ajetreo de los doctores y sacerdotes que atendían a Kaín al otro lado de la cortina. Y todavía más potente y ruidoso que ese ajetreo, era el olor. Su padre había dejado una estela de sangre en el aire. Aunque era invisible a los ojos Maat la percibía como un miasma. Tuvo miedo. No podía entrar. No podía quedarse allí, en un rincón junto a su madre, mientras los doctores manipulaban el corte profundo en el pecho del Emperador.
No podía estar ahí cuando los hombres se dieran por vencidos, y las miraran a ella y a la reina para informarles que Kaín había muerto.
Se sentó a un lado de la entrada. Se abrazó las rodillas contra el pecho y escondió la cara. Los sirvientes entraron y salieron del cuarto con baldes de agua fresca y toallas limpias que salían teñidas de sangre. Cada susurro, cada instrucción rápida y nerviosa de los doctores, era un punzón para el corazón asustado de Maat. La ponía nerviosa escuchar el miedo, la duda y la desesperación de los doctores. Pero lo más terrible fue cuando ellos guardaron silencio. «Es el momento», pensó muy triste. «Ya no pueden hacer nada por él. Ya murió».
Uno a uno, los doctores y sirvientes abandonaron la habitación. El último se plantó delante de la princesa. Era el portador de las noticias. Maat sabía quién era aunque no levantó la vista para mirarlo. Lo reconocía por su aroma a incienso: era su maestro, el anciano sacerdote que ayudó a criarla cuando Kaín subió al Trono.
—Princesa, ¿entrará a ver a su padre?
—¿Para qué? —refunfuñó ella—. No quiero verlo muerto.
El sacerdote se rio. No había nada más indebido en esa situación que esa carcajada. El maestro se sentó junto a Maat al tiempo que ella lo reprimía con una expresión dolida y escandalizada. Él le pasó un brazo sobre los hombros y sonrió. Maat vio que estaba cansado, pero que sus ojos brillaban con alivio y consuelo.
—Alteza, su padre vive. El come-almas no le hirió el corazón. Quería matarlo lentamente para que la sincronización no se detuviera y usted saliera a la superficie. Eso es lo que nos ha explicado Su Majestad.
—¿Papá está despierto? —Maat sintió un calorcito agradable en el corazón. Otra vez tenía esperanza—. ¿Se pondrá bien?
—Ahora duerme pero sí, estará bien. Perdió mucha sangre pero usted lo trajo justo a tiempo. Lo cuidaremos para que la herida no se le infecte y se recuperará.
Maat se levantó de un brinco y entró a la habitación. No se despidió de su maestro pero estaba perdonada. Lo supo porque el anciano se rio detrás de ella, aliviado y contento.
Los cuarteles de la reina eran muy grandes para una sola persona. Gigantescos, incluso. Ella siempre se quejaba de lo sola que se sentía allí desde que Kaín se había marchado, pues el cuarto era lo bastante amplio como para albergar a una familia de seis miembros. Pero nunca se mudó de cuarteles, quizá porque ese era el sitio justo donde cabían todos los recuerdos agradables que Kaín le había dado.
Al fondo de la habitación había una cama matrimonial. Allí dormía Kaín. Una sábana rala le cubría de la cintura para abajo. Su pecho estaba cubierto por capas y capas de vendas teñidas de escarlata. Todo el color que le faltaba en el rostro estaba atrapado en esos vendajes. Pero como su pecho se movía a un ritmo suave, muy suave, apenas perceptible pero estable, a Maat no le importó que estuviera pálido. Estaba vivo y eso era lo único que de verdad importaba.
La reina estaba hincada a un lado de la cama. Cuando escuchó que Maat se acercaba la miró con una sonrisa asustada y aliviada al mismo tiempo. En una mano sostenía la de Kaín. Extendió el brazo libre e invitó a Maat a unirse a esa triste y añorada reunión familiar. La princesa se dejó abrazar por su madre y sostuvo con ella la mano helada de Kaín. Entre las dos la calentarían.


Los murmullos crecientes la despertaron. Maat se enderezó al tiempo que los susurros crecían en intensidad. Las piedras doradas que colgaban de la pared perdieron potencia. Los músculos le dolían por dormir sentada, con la espalda recostada a la cama y las piernas recogidas contra el pecho. Su madre dormía en una orilla de la cama, tímidamente cerca de Kaín. Los dos estaban tan cansados y se veían tan felices juntos que a Maat le dio pena la idea de despertarlos. La única forma de asegurar su sueño alegre era acallando los murmullos que crecían interrumpidos por gritos cada vez más constantes.
Salió de la habitación y atravesó los pasillos que separaban las habitaciones del resto de los túneles. Se paralizó cuando alcanzó la plataforma de donde se veía la galería principal. Todos los aesirianos gritaban en el centro de la plaza. El viejo maestro de Maat estaba delante de la multitud y batía los brazos para pedir silencio.
—¡La sincronización se cortó! —gritaban algunos—. ¡Pronto estaremos en tinieblas!
—¡El come-almas entrará a los túneles a devorarnos!
—¡La princesa debe tomar el lugar de su padre, AHORA!
Un balde de agua fría cayó sobre Maat. Tenían razón, tanta razón. Cuando Masca se quedara sin magia la ciudad sería solo ruinas de mármol. Las luces de los túneles se extinguirían. Las calles y los edificios no se levantarían para protegerlos. Sigurd se abriría paso entre las puertas de mármol y los laberintos hasta dar con los mascalinos. Todos morirían. Incluidos su padre y madre.
—¡La princesa no lo hará! —bramó el sacerdote. Los aesirianos se callaron por un momento—. El Emperador aún vive. Su hija todavía no puede ser coronada. Además, la princesa aún no ha aprendido nada de la sincronización. ¿Cómo esperan que suba a la superficie para unirse con la ciudad?
Maat apretó los puños porque lo que el sacerdote decía también era verdad. Ella no tenía ni idea de cómo usar la sincronización. Pero no podía quedarse cruzada de brazos. Era su responsabilidad hacer algo por los mascalinos ahora que su padre estaba fuera de combate.
Era su responsabilidad…
Supo qué tenía que hacer. Regresó al cuarto de sus padres y entró en silencio para no despertarlos. Todavía cargaba en la cintura a Gungnir, pero hasta ahora se daba cuenta de lo mucho que pesaba. Si la llevaba consigo quizá podría crear más remolinos para derrotar al come-almas. Pero si perdía el encuentro tal vez Gungnir se perdería para siempre. No podía permitirlo. La espada de los Emperadores debía quedarse con los Aesir. Colocó el arma sobre una cómoda y después se inclinó sobre la reina.
—Mamá… —la llamó con suavidad mientras la mecía. La reina se quejó en sueños pero se despertó un poco y le preguntó qué se le ofrecía—. Quiero un hermanito, mamá.
—Oh, Maat… No creo que te podamos complacer pronto…
—No importa —dijo mientras arropaba los hombros de su madre—, quiero un hermano. No importa cuánto se tarden pero deben darme un hermano menor. Quiero que lo nombren Kaín, ¿de acuerdo?
La reina se quejó, le dijo que era una tonta por pedir algo así en una situación tan peliaguda como en la que estaban, pero accedió con tal de que Maat la dejara dormir. La princesa la besó en la mejilla con ternura y luego le dio un beso en la frente a su papá.
Fue a su habitación a recoger una gabardina de cuero y la espada que guardaba en un cofre al pie de la cama. Preparó también la botellita de fuego azul. Cuando estuvo lista ocultó el rostro con la capucha y se dirigió a la galería principal. Se abrió paso entre los mascalinos, que todavía discutían con el pobre sacerdote sobre la sincronización. Maat lamentó muchísimo no despedirse de su maestro, pero sabía que hacerlo era el equivalente a un regaño y una detención para que no saliera a enfrentar al come-almas.
Abrió la primera puerta hacia la superficie. Fue fácil. Nadie le prestó atención y le bastó con poner una mano sobre el mármol para que la sincronización cediera. «Lo sabe», comprendió la princesa. «Masca sabe lo que voy a hacer, sabe que es la única opción. Sabe que papá todavía está aquí para sincronizarse con ella si hace falta». También le llegó una débil y curiosa pulsación. La ciudad se despedía de ella con el corazón roto por su pérdida.
Recorrió el laberinto sin titubear porque sabía que un segundo de miedo la haría retroceder y esconderse. Ya no había marcha atrás. Era hora de cumplir con las escrituras.
Una llovizna la recibió cuando llegó a la superficie. Se descubrió el rostro para que el agua lo limpiara. En su corazón supo que esa sería la última vez que disfrutaría de la lluvia. Inició el camino. Debía irse. Tenía que alejar a Sigurd de Masca, de los aesirianos, de sus padres. El come-almas la quería a ella; seguro que en ese momento ya la observaba. Con lo débil que estaba Masca, Sigurd debía de tener bien vigilada la entrada a los túneles.
Corrió hacia las Murallas. Eran unos simples muros muy bajos, erosionados y llenos de grietas enormes por los que hasta una esfinge podría pasar. Cuando cruzó la frontera, a Maat se le formó un nudo en la garganta y los ojos se le empañaron. Se sintió tentada a mirar hacia atrás pero no lo hizo. Avanzó sin titubear por un camino erosionado, sin arbustos o plantillas. Lo único que había eran charcos marrones que se formaban por la lluvia.
Se le enlodaron las botas y las faldas de la gabardina, pero siguió adelante. Maat no supo cuánto avanzó o por cuánto tiempo corrió. Solo paró cuando los pies se le enredaron y ella cayó de bruces. Se empapó de pies a cabeza. Se quedó unos minutos tirada en el barro, indecisa entre ponerse a llorar o reír por lo boba que era. «No tiene caso lamentarme más. Yo decidí esto. Lo volvería a decidir las veces que sean necesarias». Todo alrededor de ella era desconocido. Hacía mucho dejó atrás los muros de Masca. Mirase a donde fuera todo lo que veía era una llanura de roca marrón mojada por la lluvia.
No supo cuándo comenzó a cantar. Quizá cantaba desde que salió de casa, pero hasta ahora notaba la tonada que sus labios murmuraban para consolarla. Era la nana con la que sus padres la dormían cuando era niña. No la escuchaba desde que Kaín abandonó los túneles. En esos momentos no había nada más reconfortante que los buenos y dulces recuerdos de cuando la vida era más sencilla, de cuando no tenía que preocuparse por la herida de su padre o las almas de los mascalinos.
Maat se levantó y cantó con todas sus fuerzas. Era tan ridículo que una canción de cuna tuviera ese poder, ese valor, esa determinación para que ella siguiera adelante. El suelo a sus pies vibró cuando alcanzó una nota alta. Maat apenas lo notó y siguió cantando, siguió subiendo por la escala musical sin importarle que pudiese desafinar y explotarse los oídos con un mal alarido.
Una explosión retumbó detrás de ella. Maat cayó de rodillas al suelo, confundida. Miró atrás, segura de que Sigurd la había atacado. En lugar del come-almas vio que una columna de roca se alzaba al cielo. Subía con la misma intensidad con la que Maat había cantado. La Torre ascendía veloz como un pájaro. Maat tuvo que levantarse y echar a correr, porque la columna se engrosaba más y más a cada instante.
¿Qué sucedía? ¿Qué era esa columna?
Al fin Maat tropezó y aterrizó de cara. Se arrastró por el suelo para escapar. La Torre dejó de crecer cuando la alcanzó. La princesa miró la columna, anonadada. Las paredes eran de tierra marrón y reseca. En la base se asomaban las raíces muertas de los árboles y arbustos que alguna vez estuvieron ahí, hasta que el polvo del cañón los cubrió y asfixió. Había contornos de ventanas esculpidas en el muro, pero ninguna estaba abierta; una puerta doble, oscura como la noche, se formó delante de la princesa. Las puertas se abrieron lentamente con un chirrido espectral.
Maat se levantó de nuevo y avanzó al interior. Era como estar otra vez delante de la Sala del Trono, a punto de encontrar el cuerpo ensangrentado de su padre. Pero esta vez no tuvo miedo porque las entrañas de la Torre no eran oscuridad sino estrellas. Estiró una mano para acariciar la luz, para encontrar una respuesta a sus dudas y temores. Las estrellas se concentraron en un único punto. Por un instante Maat supo que tenía el Universo entero en la palma de la mano.
La luz se materializó en una hoz. El filo era largo y blanco como luna, mientras que el mango era negro y frío como noche. Sintió una punzada fría y cálida a la vez al acariciar la hoja con la punta del dedo. «Esta soy yo», supo. La hoz era una manifestación de su alma, de su poder y de su grandeza. Era un reflejo de sus miedos, sus amores, sus odios y debilidades.
No supo cuánto tiempo se quedó mirándola, mirándose a sí misma. Se dio cuenta de que había salido de la Torre cuando escuchó las garras. La columna aún se alzaba detrás de ella, enorme, maciza, confidente y protectora. Una cortina rala de agua se agitaba alrededor tan débilmente que apenas podía llamársele lluvia. Las gotas ni siquiera hacían ruido al llegar al suelo. Lo único que se escuchaba con total claridad eran las garras, que en vano rasguñaban la roca con delicadeza y sigilo. El cuidado de Sigurd sonaba como una estampida en el silencio de ese mundo desierto.
Maat giró sobre los talones a toda prisa, con la hoz extendida. El filo silbó en el aire y terminó con un golpe seco cuando alcanzó el pecho. Sigurd estaba erguido detrás de Maat, con las zarpas listas para descuartizarla, y el rostro expectante de victoria. Mantuvo la expresión por un par de segundos confusos, hasta que al fin la herida explotó con hilos de sangre que se escurrieron por el pelaje e hilos de luz que ascendieron al cielo. Sigurd aulló como un lobo hacia la luna, a la vez que estiraba las garras hacia las luces.
«¡Son las almas!», pensó Maat. Había creído que solo el fuego azul podía liberarlas. ¡Qué bueno que estuvo equivocada! La hoz era aún mejor que el fuego maldito porque liberó más almas con un solo golpe. Los resplandores subían, subían y subían sin cesar. Brotaban más aprisa que la sangre oscura de Sigurd, que ya regaba el suelo con su maldad. Una parte de sí misma le dijo que si las miraba por mucho rato se quedaría ciega, pero las vio embobada y encantada. Estaba hipnotizada, como una polilla perdida en el resplandor de la lámpara.
Sintió la tensión de Sigurd antes de que el monstruo le lanzara un zarpazo. Maat apartó la hoz y esquivó el golpe con facilidad, sin que el arma pesara o estropeara sus movimientos. Como si bailara. Dio vueltas sobre los talones, rodeó a Sigurd, lo burló y saltó sobre él. Todo a la vez que lo alcanzaba con la hoz en cortes horizontales, diagonales y verticales que exudaban sangre y almas. Era muy fácil. No podía creer que le hubiera tenido miedo.
El demonio perdió el equilibrio y cayó de espaldas. Maat avanzó hacia él con la seguridad de una diosa y le colocó la punta de la hoz en el cuello, justo donde palpitaba la aorta.
—Eres patético —murmuró—. Por años nos condenaste a vivir bajo tierra, ¡pero no eres más que un animalejo que no tiene poderes propios! Toda tu fuerza viene de las almas. Copias las esencias de los magos que devoras. Pero si no tienes almas no tienes nada que pueda asustarme.
Maat retiró la hoz con una mueca de asco. El terrorífico monstruo de seis metros que atacó a su padre era ahora una criatura pequeña, flaquenca y de ojos saltones. La princesa sacó la botella de fuego azul que cargaba en el bolsillo y se la mostró a Sigurd.
—¿Ves esto? Dios detesta esta abominación porque es capaz de destruir el pedazo de inmortalidad que nos regaló. A pesar de ello entregó el fuego azul a mi familia porque era la única arma que podía protegernos de ti. Pero ahora estoy aquí. ¡Yo soy la nueva protectora de mi gente, el verdugo que acabará contigo!
Lanzó la botella contra Sigurd. Siempre le habían dicho que el cristal azul era indestructible –por eso era el encargado de contener el fuego más peligroso del Universo–, pero la botellita se rompió en varios fragmentos y desató sus voraces llamas frías sobre la bestia. El come-almas gritó y pidió misericordia. Maat no se la dio.
—Te condeno a pasar el resto de tu vida en las entrañas de la Tierra —dijo la princesa, solemne—. En cuanto al fuego azul… maldigo su existencia. Pero si acaso algún demente se atreve a liberarte sé que contaremos con sus llamas para detenerte.
Levantó la hoz y la dejó caer pesadamente sobre el suelo. La punta hirió la tierra y la fragmentó en gruesas grietas. Las rocas comenzaron a caer. Sigurd, todavía envuelto en fuego, aulló cuando el suelo cedió bajo él. La hoz de Maat creó un abismo de oscuridad; al final se divisaba un punto naranja: lava.
Mientras se precipitaba al vacío, el come-almas fijó los ojos en los de Maat. La chica lo miró como si no fuera más que una mosca insignificante a la que aplastó por zumbar cerca de su oído. Él no era nada para ella. ¡Qué humillante!
El grito de Sigurd se perdió en el abismo. Maat apoyó la hoz en el suelo y dio un leve golpecito con ella. Las grietas se contrajeron y la tierra calzó consigo misma de nuevo, como si nunca se hubiese roto. Por más que Sigurd lo intentara jamás podría abandonar la prisión.
La princesa miró por encima del hombro. La Torre todavía estaba detrás de ella, enorme, majestuosa y con un fantasmagórico brillo. Con eso supo que su Torre sería el tótem que vigilaría y se aseguraría de que el encierro del come-almas fuera eterno.
Al entenderlo se permitió una sonrisa de felicidad. Ya la pesadilla había terminado. Podía volver a casa, entrar a los túneles y decirles a todos que no había nada que temer. El temible come-almas estaba preso en donde ya no heriría a nadie, y las almas que devoró por miles de años estaban libres al fin. Todo estaba en orden.
Dio un paso para iniciar el camino a casa pero el suelo se agitó hasta hacerla caer. ¿Se trataba de Sigurd? ¿Encontró tan rápido la manera de escapar? ¡No, eso era imposible! Solo un Virtuoso podía liberarlo y Sigurd ya no tenía suficiente poder para compararse a un hechicero de la talla de Maat. Entonces ¿qué sucedía?
Un estruendo la hizo levantar la mirada. Nubarrones grises se arremolinaban en el cielo mientras zigzagueos de luz recorrían las alturas. Antes de que Maat pudiera asimilar lo que ocurría, los relámpagos se multiplicaron. Los destellos cayeron a la distancia con impacto de meteorito. Aunque Maat estaba muy lejos de los puntos atacados vio los resultados: fuego. No se lo pudo creer. Ella nunca había visto árboles pero suponía que en algunos sitios debía quedar por lo menos unas cuantas plantillas. ¿Acaso eso era lo que ardía?
Además de los retumbos del cielo, los del suelo se intensificaron. El temblor se convirtió en terremoto. Maat estuvo segura de que la Torre se desmoronaría sobre ella. Hubo más explosiones. Maat miró las cordilleras alrededor del cañón. A uno y otro lado vio lo mismo: franjas naranjas y rojas que saltaban de las puntas de las viejas montañas y luego caían por sus faldas como ríos de fuego.
—Un desbalance… —susurró al comprender por qué los volcanes despertaban a la vez.
Una explosión mucho más cercana la hizo encogerse del miedo. Maat apretó los párpados. «Que sea solo una pesadilla. Por favor, que sea solo una pesadilla». Cuando abrió los ojos no estaba en la cama sino en la galería central de los túneles. Los mascalinos todavía rodeaban al sacerdote, pero ya no gritaban con amenazas para que la princesa tomara el Trono. Ahora suplicaban. El terremoto también agitaba las profundidades de Masca. Los aesirianos se bambaleaban de un sitio a otro para mantener el equilibrio. Sus gritos de espanto apenas hacían eco porque todo lo que se escuchaba era el retumbo de las rocas superiores, que caían sobre ellos como lluvia de meteoritos. Todos corrían de un lado a otro, o lo intentaban, para evitar ser aplastados.
—¡BASTA! —ordenó el sacerdote. Su voz hizo que muchos de los mascalinos se paralizaran, pero ninguno le quitó la vista al techo para evadir un nuevo derrumbe.
El anciano los miró uno por uno hasta detenerse en Maat. Ella respingó y giró la cabeza para ver si los demás también la observaban. Un hombre pasó a su lado pero no la miró. Un niño corrió entre sus piernas para buscar refugio en los brazos de una mujer, pero no la pisó.
«No estoy aquí», comprendió. Era solo una presencia astral y el único que podía verla era su maestro. El sacerdote también lo supo. Supo muchísimas cosas con tan solo mirarla a los ojos. Él la miró largo rato con la misma nostalgia que Masca le transmitió a Maat antes de que saliera de los túneles. Cuando el hombre habló la princesa miró la cortina de lágrimas que intentaba reprimir. Lo escuchó tan angustiado que se le partió el corazón.
—Nuestra princesa derrotó al come-almas… —dijo el sacerdote con voz temblorosa—. Pero sin el demonio no hay equilibrio. Nuestro mundo sufre un desbalance. La magia se voltea a un solo lado. —Un par de lágrimas le corrieron por las mejillas arrugadas—. El poder de la princesa Maat es demasiado grande. Su existencia puede costarnos la nuestra y la del mundo entero.
—¡NO! —Maat levantó la mirada a tiempo para ver que su madre se asomaba por el balcón de las habitaciones principales—. ¿Qué está diciendo? ¡No lo acepto! Maat es una buena chica, ¡¿cómo puede tan siquiera sugerir que…?!
—Lo lamento, mi reina —murmuró el anciano—. Si ser atormentado por Sigurd era el precio que teníamos que pagar para disfrutar de Maat, ¡cuánto daría por no haber deseado jamás que la princesa exterminara al come-almas!
La muchacha se encogió de hombros y se cubrió las orejas cuando la reina aulló. Maat sintió que una cuchilla, hecha de la voz y la tristeza de su madre, la cortaba desde adentro.
—¡NO ES JUSTO QUE MI HIJA TENGA QUE SACRIFICARSE!
El grito la acompañó de regreso a las afueras de la Torre. Maat estaba otra vez en el campo de batalla, bajo el cielo lleno de relámpagos furiosos, y rodeada de volcanes que estallaban tras largos siglos de inactividad. El corazón le latía desbocado pero sintió calma al ver su Torre. Esa enorme columna de roca le ofrecía consuelo. Era la prueba de su fortaleza.
Si la hoz era el reflejo de Maat, la Torre era el reflejo de la nana que le cantaban sus padres. Era todo el amor, todo lo dulce, todo lo bueno y cálido que había disfrutado jamás.
Miró la hoz y acarició el filo con la punta del dedo.
—No es justo, mamá —murmuró. Una lágrima la traicionó y corrió por su mejilla—. Pero es lo correcto. Ahora lo entiendo.
Miró la Torre. Supo que la prisión de Sigurd estaría sellada hasta el final del mundo. Sin importar el paso del tiempo y los elementos, la Torre permanecería allí para velar el encierro del come-almas.
Ella también estaría ahí, vigilando por toda la eternidad.
Se levantó, tomó la hoz y caminó hacia la Torre. Las puertas estaban cerradas pero no le importó. Se detuvo ante ellas con la frente en alto, lista para enfrentar su destino con dignidad. Levantó la hoz por encima de la cabeza y murmuró:
—Quiero un hermanito, papá y mamá. Y tiene que llamarse Kaín.
Maat cerró los ojos. Suspiró y dejó que la hoz le atravesara el pecho.

"Los Hijos de Aesir: Guerra en tierra maldita" © 2009-2017. Ángela Arias Molina

5 comentarios :

  1. ¡Que crueldad! Bueno tu eres cruel ¬¬

    Pobre Maat, su historia fue triste con algo de ternura por la forma en que sus padres le querian. Pero al final se tuvo que sacrificar ><

    Seguire leyendo ^^

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  2. Sí, yo soy cruel :p Pero personajes como Maat me encantan >_< ¿No te parece que, de cierta forma, tiene un poco de Set? Jaja, pobrecitos, a todos los Virtuosos les frustro sus vidas XD
    Gracias por leer y disculpa que no haya podido hacer lo propio con tu blog :( Pero créeme: sí que lo tengo pendiente ;)
    Hay miles de blogs con los que tengo que ponerme al día ¬_¬

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  3. me gustó mucho la historia de esos que vivien enterrados en cuevas, pendientes de padre sincronizado. Se le podría sacar más juego, creo yo, a los pobres ciudadanos que viven bajo tierra, a su drama, a su día a día.
    La lucha con el comealmas, sin estar mal, podría estar mejor. Pero yo no soy de rollo manga, así que... El monstruo lo hubiera dejado medio sin describir.
    La ansiedad de la salida y la entrada de la cueva están muy bien, lo trasladas con angustia.

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  4. Me encantó lo intenso de este capítulo :D

    Aparte de eso, encontré unos pequeños errorcillos que quería mencionar:

    En el párrafo que inicia con “Miró alrededor y, aunque las calles...” En la segunda oración, dice “ansías”, en vez de decir “ansias”. Sólo sería de quitarle la tilde ;)

    En el párrafo que inicia con “Maat sacó la espada tan rápido como pudo...” En la segunda oración, hace falta agregar un “bien”, para que diga “... sin saber muy bien qué haría...”, en vez de decir “...sin saber muy qué haría...”

    En el párrafo que inicia con “Finalmente atravesó la última puerta...” también hay una tilde de más en la tercera oración, en la palabra “ansias”, que dice “ansías” y, en esa misma oración, le hace falta una tilde a la palabra “sólo.”

    En el párrafo que inicia con “La reina se quejó...”, en la segunda oración dice “...le mejilla...”, cuando debería decir “...la mejilla...”

    Por cierto, estuvo muy simpático que Maat regañara a los cables de sincronización :D

    - Kirala

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    Respuestas
    1. ¡Muuuuuuuuchas gracias, Kirala! Son comentarios constructivos como estos los que me ayudan a mejorar :D

      Ya he hecho las correcciones. Espero que a pesar de mis dedazos, aún te interese seguir leyendo esta historia :)

      Eliminar

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