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Capítulo 17

17
SACRIFICIOS


¿Lo entiendes? Si no estás dispuesta a sacrificarte no podrás derrotar a Sigurd.
—Sí, lo entiendo.


El come-almas pegó las orejas a la nuca. Inició un trote tranquilo y alegre con la intención de regresar con los soldados. Se los imaginaba presas del pánico y a toda marcha sobre las monturas para escapar de él, seguros de que lo lograrían porque los separaban unos cuantos kilómetros del come-almas. Por el momento. Sigurd carcajeó aturdido por la alegría, el entusiasmo y la satisfacción. Hacía mucho que no se contentaba tanto después de asesinar a una víctima.
Una luz dorada brotó del precipicio detrás de él. Sigurd se detuvo en seco y se giró a tiempo para recibir de frente la sacudida en el aire. Era poder. Arrugó el hocico en una mueca feroz al ver que Sakti ascendía en medio del rayo luminoso. Los ojos serios de la princesa estaban clavados en él. Sakti dio un paso para salir de la luz y cayó a tierra firme con gentileza. El ánimo de Sigurd pasó al temor cuando vio lo que ella llevaba en las manos.
¿La recuerdas? —preguntó la princesa. Su voz retumbó con eco, como si dos personas hablaran a la vez—. Esta arma fue creada especialmente para destruirte. Fui una tonta por no matarte en aquel entonces.
Sigurd retrocedió ante la hoz. ¿Qué ocurrió? ¿Por qué la chiquilla la tenía? ¿Cómo regresó la hoz de Maat para enfrentarlo?
—Libera el alma del amo Mark. —En esta ocasión la voz era solo de Sakti—. En condiciones normales te dejaría ir, pero Maat no lo permitirá. Si devuelves el alma del amo te prometo que la derrota será rápida y poco vergonzosa. Es el mejor trato que puedo ofrecerte.
El demonio quiso huir pero tenía los pies pegados al suelo. No podía moverse, el miedo lo tenía paralizado. Sakti esperó por unos segundos a que él reaccionara. Se le lanzó encima cuando notó que el monstruo ni siquiera tenía preparada una respuesta sarcástica.
En menos de un parpadeo estuvo delante de él. La hoz resplandecía como si estuviera hecha de luz. Cortó rapidísimo el aire delante del rostro de Sigurd. El come-almas reaccionó una fracción de segundo más tarde, justo a tiempo para que la punta no se le clavara en el pecho. Sin embargo, la cara le ardía. Tenía una cortada que iba desde la ceja derecha hasta el extremo inferior izquierdo de la mandíbula.
La herida era lo bastante profunda como para que la sangre cayera en gotas al suelo y le nublara la vista. Sakti recogió la hoz y tomó una posición de defensa, aunque tanto ella como el demonio sabían que no le hacía falta. El que necesitaba defender era Sigurd, no ella.
—Suelta su alma, Sigurd. No lo repetiré de nuevo.
El come-almas se apoyó en las cuatro extremidades, sin saber si saltar sobre la princesa o escapar. Conocía de sobra el aterrador poder de la hoz de Maat, pero no quería soltar el alma más jugosa que hubiese probado jamás. El alma de Mark sabía a triunfo, a poder, a inmortalidad y, tal vez, a Dios. ¿Cómo podía dejarla ir? Aunque si lo pensaba mejor quizá no necesitaba hacerlo. Quizá el alma del humano podía darle la energía necesaria para acabar con la princesa y el arma de Maat. Entonces podría apoderarse del alma de Sakti y la del Dragón que cargaba. Entonces sería imparable, nadie podría derrotarlo. Ni siquiera el Emperador Kardan, el Demonio Montag, el rey Vanir o la mangodria Lemuria.
—No digas que no te lo advertí —dijo la chica mientras se lanzaba otra vez a Sigurd.
Ella y la hoz danzaron como un rayo de luna llena.

****

El cantinero se apresuró a limpiar las jarras y copas de la barra. La cabalgada era tan fuerte que el suelo de Aleoni temblaba. Los candelabros, botellas, vasos y platos se balanceaban de un lugar a otro y se desacomodaban en los estantes y mesas. Eso solo podía significar una cosa: clientes.
Escuchó los relinchos de los caballos y a los jinetes, que desmontaban a toda prisa. Se permitió una sonrisita de satisfacción. Debían de tener mucha sed. El cantinero modificó la sonrisa para que fuera menos interesada y más hospitalaria, pues debía darles la bienvenida. La expresión se le esfumó de la cara cuando alguien derribó la puerta del establecimiento con una patada. Era el muchacho de ojos mestizos que viajaba en la tropa del General Montag y que bebió la noche anterior en esa misma cantina.
—¡Oye! ¿Quién va a pagar eso? —bramó el tendero. Darius lo ignoró.
El profeta se adentró al interior del hostal a toda prisa mientras cargaba a otra persona en brazos. El muchacho no dio ni dos pasos cuando un flujo de soldados entró detrás de él, aterrados. No importaron las quejas del cantinero: todos sus reclamos enmudecieron por las conversaciones histéricas de los guerreros. Cuando el tendero se hartó de que Darius lo ignorara, saltó la barra y caminó hacia él para reprenderlo.
En ese momento una voz de trueno cortó la cháchara. El tendero olvidó el enojo y se estremeció del puro miedo. Los soldados también se callaron y miraron hacia la entrada del hostal. Allí estaba Sigfrid, iracundo y magnífico como un dios.
El General se apoyaba en la pierna sana y arrugaba un poco la cara cada vez que movía la pierna rota. Darius sabía que le dolía mucho. Sigfrid no pestañaría por una herida a no ser que fuera de verdad seria. Aun así hasta el mestizo tenía que admitir que la expresión del General era lo bastante fiera como para callarlo a él.
Sigfrid evaluaba a los soldados uno por uno, pero encontraba en todos lo mismo: miedo. Los soldados estaban tan asustados que hasta se olvidaron de llevar los caballos al establo, como si con bajarse de ellos los hiciesen invisibles a los ojos de Sigurd si el demonio los buscaba.
Aunque los uniformados estaban pálidos y temblaban como hojas en un vendaval, Darius no había perdido el juicio. Estaba arrodillado al lado de un sofá, donde acomodó a Mark. Se había quitado la gabardina para cobijar el cuerpo de su amigo. El profeta intercambió una mirada silenciosa con Sigfrid. El mestizo sí temblaba, pero de rabia. Tal vez el General no se llevaba bien con el profeta pero lo comprendía lo suficiente. Entendió que estaba furioso por lo que el come-almas hizo a su familia, por quitarle el alma a Mark y por escaparse antes de que Sakti le cortara la cabeza. A lo mejor también estaba enojado con la princesa por perseguir al demonio aunque le advirtió que no lo hiciera.
—Andando, cachorro —ordenó Sigfrid mientras señalaba afuera—. Me acompañarás para ir por la princesa.
Darius se incorporó. Antes de ir junto al General se acercó a la chica del ejército de Aesir que abrazaba a su hermano pequeño contra sí. Los dos temblaban y sollozaban. La chica lo miró a los ojos cuando Darius se le plantó delante.
—Necesito tu espada, dámela —pidió mientras estiraba una mano para recibir el arma—. También quiero que cuides de él. —El profeta torció la cabeza y miró a Mark.
Parecía que el mensajero dormía tranquilo, como si el calor del fuego en la chimenea lo hubiese adormilado en el sillón. Pero Darius sabía que Mark no dormía sino que, en términos exactos, estaba muerto. De camino a Aleoni revisó si el muchacho respiraba pero no sintió ni una corriente de aire. Tampoco tenía pulso. Sin alma, un cuerpo era un recipiente que perecía. Incluso comenzaba a perder calor.
—Allena fue por su alma —explicó a Sigfrid mientras recibía la espada de la muchacha—. Creo que a Sigurd le gusta mutilar los cuerpos de sus víctimas para asegurarse de que las almas no tengan a dónde regresar. Si Allena consigue liberar el alma de Mark y nosotros protegemos el cuerpo, es posible que él despierte.
Darius se acomodó la espada al cinto y se encaminó a la salida del hostal, sin siquiera mirar a Sigfrid cuando pasó junto a él. Al General no le importó.
—Quiero que se preparen —ordenó—. Darius y yo iremos por la princesa, pero es probable que no regresemos. Pase lo que pase no pueden permitir que el come-almas abandone la zona. Si él consigue el alma de la princesa, la mía y la del profeta, tendrá un poder catastrófico. El come-almas tiene que morir a toda costa.
Cuando Sigfrid cerró el hostal escuchó los suspiros de pánico que los soldados intentaron reprimir sin éxito. «Tenemos que hacerlo nosotros», comprendió de mala gana. «Si Sigurd nos derrota los soldados no tendrán las agallas ni la habilidad para detenerlo».
Avanzó entre los caballos, que relinchaban asustados y exigían resguardo en un establo. Darius ya estaba montado. El profeta tensaba las riendas muy fuerte, impaciente por iniciar la marcha. Tenía la mirada clavada en el camino que se alejaba de Aleoni rumbo al Pantano.
—¿Adónde iremos, Darius? —preguntó mientras se aupaba al caballo. El dolor de la pierna lo hizo arrugar la cara—. Tú eres el profeta. ¿En dónde ves que la princesa necesita nuestra ayuda?
—Tú solo sígueme.
Darius espoleó el caballo rumbo a la salida del pueblo. Sigfrid lo siguió sin ninguna queja. El General sabía que en cualquier momento el profeta se saldría del camino principal, guiado por nada más que el instinto y los recuerdos de sus visiones. Lo llevaría a través de un bosque de árboles delgados y después por la tenebrosa ciénaga que era el hogar de Sigurd. La misión era suicidio pero no tenían otra opción: debían ir por Sakti y salvarla para que las visiones de Darius no se cumplieran. Si fallaban el día de la Profecía jamás llegaría.
Cómo la ayudarían era otro problema que dejaron de lado adrede. Él, con la pierna rota, no era tan buen guerrero como cuando estaba en perfectas condiciones. Por otra parte, aunque los poderes de Darius y su destreza con las armas habían mejorado mucho las probabilidades de que el cachorro batallara contra Sigurd por más de diez minutos eran pocas.
Sigfrid se pasó la mano por el costado. Dentro de la túnica cargaba algo que solo los príncipes podían portar: era la única arma efectiva contra Sigurd. El plan original era que Sakti tuviera la botellita azul con ella cuando enfrentara al come-almas, aunque Sigfrid sabía que también podría echar mano de ese recurso si era necesario.
Solo deseaba que no fuera demasiado tarde para ayudar a la princesa.

****

El grito de Sakti acompañó la hoz de Maat en el ataque. Sigurd saltó para esquivar el golpe. En lugar de él tres árboles fueron cortados por la mitad. El come-almas no se permitió ni una sonrisita de alivio. Todavía estaba en el aire después del salto y eso no era más que una desventaja. Sakti era muy rápida. En un dos por tres estuvo también en el aire, apenas unos centímetros lejos de Sigurd y con la hoz extendida hacia el pecho del monstruo.
Lo cortó otra vez. Sigurd gimió y cayó al suelo revolcándose mientras una bandada de almas escapaba de él. La princesa ya lo había herido varias veces. En cada ocasión cientos de almas escaparon de la prisión. Pero ninguna era la de Mark y Sakti comenzaba a perder la paciencia. Sus ataques eran cada vez más apresurados y brutales pero también más descuidados.
«No puedo más», pensó cuando cayó al suelo erguida y preparada para continuar la batalla. La hoz le quemaba las manos. Era una sensación punzante y ardiente en las palmas, acompañada de un recorrido eléctrico en los brazos que le provocaba espasmos severos en el cuerpo. Sakti disimulaba el dolor con los ataques a Sigurd. Cada vez que sentía que perdería el control del cuerpo se lanzaba al come-almas para que la hoz hiriera al demonio y no a ella.
Sakti conocía muy bien lo que un arma mágica podía hacerle a las personas. La espada de Set, por ejemplo, convirtió a más de un pobre ingenuo en cenizas. El arma de un Virtuoso succionaba los poderes de los magos y los mataba sin piedad si los hechiceros eran débiles. Ella tenía mucho poder pero aun así la hoz la estaba matando. No la reconocía ni aceptaba. La drenaba sin ni siquiera darle a cambio el resultado que Sakti tanto anhelaba. ¿Por qué Sigurd todavía guardaba el alma de Mark? A este paso ella no podría sostener más la hoz y el demonio ganaría.
Deja de lastimarme, Allena…
Se petrificó al escuchar la voz de Mark; esa dulce, cálida y agradable voz que la hacía sentirse segura y que la arrullaba desde que era pequeña. Creyó que temblaría como gelatina al escucharlo, pero el cuerpo se le tensó. Miró a Sigurd, sin saber muy bien qué esperar de él. El come-almas jadeaba pero todavía era un gigante. El demonio la miró también. Cuando habló, la voz de Mark llegó otra vez a los oídos de la princesa.
Anda, deja de lastimarme. ¿Por qué mejor no vienes aquí conmigo? Puedo asegurarte que es un buen lugar.
Sakti apretó la hoz con ambas manos, sin importarle el dolor. Sabía que solo eso impediría que perdiera la cabeza y cayera en la trampa de Sigurd. Otra vez el choque eléctrico por poco le hizo arrugar la cara, así que agachó la mirada y se lanzó veloz al demonio. Dirigió la hoz a la garganta del come-almas pero él la esquivó con facilidad. Sakti perdía velocidad y solo era cuestión de tiempo para que Sigurd lo notara.
¿Por qué insistes en hacerme daño, Allena? —preguntó él con voz melosa.
—Ya déjate de payasadas —bufó mientras giraba sobre los talones para encararlo—. Estás imitando su voz pero él no habla así. —Sakti se preparó para atacar de nuevo—. Él nunca me ha llamado por mi nombre.
Atacó pero esta vez no estuvo ni un poco cerca de dar en el blanco. Sigurd la esquivó con un simple paso y solo por seguridad retrocedió con un salto. La chica tardó un poco en girarse hacia él porque sabía lo que vería. Al girar el cuello para mirarlo, comprobó que Sigurd sonreía de oreja a oreja, con los brazos apoyados en el suelo y la mirada burlona clavada en los ojos de Sakti. Sí, ya lo había notado: la princesa se agotaba.
«No, no tienes lo que se necesita. Debes correr».
Escuchó la voz de Maat marcada por el espanto y la preocupación. Sakti no hizo caso. ¿Cómo podía huir y dejar a su amo atrapado en esa bestia inmunda? Apretó de nuevo la hoz y se dirigió hacia Sigurd, sin detenerse siquiera a tomar aire cada vez que el come-almas la esquivaba. Parecía que bailaban pero el que dirigía era Sigurd.
«Hazme caso, ¡huye!», repitió Maat. «No tienes lo que se necesita, ¡la hoz te rechazará, te herirá y el come-almas devorará tu alma!».
«¡Sí tengo mucho poder!», bramó Sakti en sus pensamientos. «Ya he controlado dos armas como esta y no dejaré que la hoz se rebele contra mí». El alma de Maat se retorció dentro de Sakti, cohibida por el pánico.
«Para controlar mi hoz necesitas más que poder. Ya te lo dije antes: si no estás dispuesta a sacrificarte no podrás derrotar a Sigurd. La hoz sabe que no deseas ofrecerte».
Dejó caer el filo de la guadaña sobre Sigurd, pero el come-almas se corrió. El arma quedó prensada en el suelo. Sakti intentó zafarla pero no tuvo tiempo. El demonio se colocó detrás de ella y estiró su larga y poderosa lengua contra el hombro de la princesa. Sakti gimió, soltó la hoz y se llevó una mano a la herida, al tiempo que Sigurd la tomaba de las piernas para azotarla contra el suelo.
Después de todo no es como Maat —dijo el demonio con su voz y no la de Mark—. La Virtuosa era más rápida y no hesitaba al atacarme. Usted, en cambio, duda mucho.
La tomó del cuello, estrangulándola mientras la levantaba delante de él. La princesa intentó zafarse pero no tenía fuerzas en la mano izquierda a causa de la herida en el hombro, y la derecha por sí misma no era suficiente para apartar los dedos de Sigurd. Pataleó pero por más que lo intentó no alcanzó al come-almas. No podía respirar. La garganta se le cerraba y sabía que solo era cuestión de segundos antes de que se le rompiera el cuello. La cabeza le dolía por la falta de oxígeno y sentía que los ojos se le saldrían de las cuencas. Ya no veía bien a Sigurd, pues el rostro del demonio estaba acompañado de varios puntitos de colores donde le pareció ver momentos de su vida.
Recordó a Darius, que hacía unas cuantas horas lloró por las terribles visiones en las que ella moría. A su hermano, convertido en Dragón y volando hacia el Reino de las Arenas. A Thof, aquel niño soldado que era primo de Dereck y que, junto a otros muchos guerreros, murió por ella y sus caprichos en ese mismo Pantano.
El Reino de los espíritus, Sarit, Cornelius, Set, Fenran y otros más, atados a ese mundo oscuro al que ella iría pronto, a esas cavernas tenebrosas que le recordaban a las moradas de los demonios a los que fue ofrecida de niña. Y por supuesto a Tiamat, azotándola y enviándola encadenada a la cueva de algún monstruo que exigía sacrificio.


—Ven, no te preocupes —pidió Mark mientras la ocultaba en la parte trasera de la casa—. No dejaré que te lleven al sacrificio. ¡Eres mía y prohíbo que te hagan lleven! —Sekmet temblaba de miedo y de frío. Se frotó los brazos pero no pudo calentarse.
—Pero si no voy… mamá y los demás se enfadarán. Me meteré en problemas. —Mark dejó escapar una risa y pasó los dedos por las mejillas empapadas de Sekmet.
—Ni siquiera yo me meteré en problemas por secuestrarte, gatita. —Miró el atuendo de la esclava. Llevaba un vestido corto de color blanco, típico uniforme de esclavos y sacrificios. Los brazos los tenía desnudos y los pies descalzos, a pesar de que el suelo estaba tapizado con una capa de nieve. Mark se quitó el abrigo y lo puso sobre los hombros flacos de la niña—. ¿Tienes frío? Aún puede nevar más. Mejor entremos a casa de una vez. —La tomó de la mano pero ella no se movió.
—Si no voy al sacrificio —musitó—, mamá se enfadará y luego me…
Sin quererlo comenzó a sollozar. Tenía miedo a los demonios, a Tiamat y al látigo. Tenía miedo al olor nauseabundo de su sangre cuando le salía de la espalda. Y temía a esa sensación fría que la atacaba después de varios golpes y que le hacía creer que moriría.
—No llores —susurró Mark al abrazarla—. Mientras estés a mi lado nadie te hará daño. Si te quedas conmigo no pasarás de nuevo por los sacrificios. Yo jamás te obligaré a una cosa tan horrible. Te prometo que siempre te protegeré.


El golpe contra el suelo la despertó. Sakti intentó incorporarse pero las piernas no le respondieron. Intentó respirar pero la garganta estaba bloqueada. Por un segundo creyó que Sigurd le rompió el cuello, aunque se dio cuenta de que era una tontería. Si tuviese el cuello roto estaría muerta. Se llevó una mano a la garganta para acariciarla y comenzó a toser. Le dolía.
La visión era aún borrosa, la cabeza le daba vueltas y registraba sonidos sin coherencia. Un fuerte «tiii» la mareaba en compañía de muchas voces, gritos y carcajadas. Se espabiló lo más pronto que pudo. Con un poco de esfuerzo reconoció que las carcajadas eran de Sigurd, que reía a todo pulmón detrás de ella. Las voces que la llamaban eran las de Maat y el Dragón, que la apresuraban a huir.
Sakti quería obedecerlas, correr hacia Darius, Sigfrid y Mark, resguardarse tras ellos, pero sabía que sería imposible. El hombro izquierdo le sangraba y no podía mover el brazo. Las piernas también estaban heridas; tal vez no rotas como la de Sigfrid, pero de todas maneras no la sostendrían por mucho tiempo. Además, estaba desorientada después de todos los golpes en la cabeza. Tenía problemas para ver, no solo porque se le nublaba la vista sino también porque los párpados comenzaban a hinchársele.
¿Qué le parece, Alteza? —Sigurd cayó sobre ella y le enterró los dedos en el hombro herido. Sakti aulló y el monstruo carcajeó—. Oh, lo siento. Creo que no me escuchó antes. Le decía que podía ayudarla a dejar de sentir dolor. Solo tiene que darme su alma y, ¡enfrentémoslo!, todos saldremos ganando. Yo seré más poderoso y usted estará con el alma del humano que vino a salvar. ¿No es lo más dulce y alegre que pueda imaginar, Alteza?
Sakti enterró las uñas en el suelo para que le doliera y la distrajera de los dedos fríos que se le metían en la carne. Cómo deseaba ser una niña de nuevo, estar encadenada en un establo, esperando la hora del sacrificio, y descubrir a su pequeño amo colándose en el interior con las llaves para salvarla.

«… siempre te protegeré».

Él fue el primero y el único que se estremeció al pensarla cubierta de sangre y en garras de un demonio. Mark la protegió muchas veces, valiéndose de su influencia y la de su padre en Lahore para que la esclava no fuera enviada a los sacrificios de la zona. Se interpuso a los sacerdotes que visitaban la casa de los Salvot para pedir a la esclava. La escondió en su habitación e incluso la ató una vez con una cadena a él mismo, con tal de que nunca, jamás, tuviera que enfrentarse a un demonio.
Porque Mark era el único que jamás le pidió un sacrificio, porque era el único dispuesto a entregarse a sí mismo en su lugar, ella siempre supo que haría lo que fuera por él. Incluso ofrecerse a los demonios que tanto la aterraban. Por eso, a pesar de las horribles escenas que Darius había visto y advertido, ella estaba ahí: porque por Mark haría cualquier cosa, aunque eso significara que su cuerpo fuera mutilado y su alma absorbida por el más terrible de los demonios.
Intentó pensar en algo que la zafara de las garras de Sigurd, pero no pudo coordinar ideas por el dolor. Incluso las almas de Maat y el Dragón estaban paralizadas por el horror. No sabían qué hacer ni qué decir para darle ánimos. Las tres sabían que no sobreviviría.
Entonces vio la hoz delante de ella. La punta del arma todavía estaba enterrada en el suelo, desplegando una leve aura dorada de poder y también de rechazo. Supo que se quemaría en cuanto tocara la hoz. Ella y su egoísmo no merecían ponerle un dedo encima a un arma tan gentil.
Porque ¿no era irónico que de pequeña temiera a los sacrificios para que años después descubriera que esa era la misión de su vida? ¿Sacrificarse? Maat y la hoz tenían razón: Sakti no estaba dispuesta a ofrecerse a Sigurd. Pero sí a Mark. Terminar reducida a cenizas con tal de servir al amo parecía un buen y justo final.
Reunió todas sus fuerzas y estiró el brazo derecho, el que podía mover, hacia la hoz. Tan solo unos centímetros más y podría cerrar los dedos sobre el arma. En su mente, tanto el Dragón como Maat le gritaron que no, que era una locura, que moriría, pero a ella no le importó. Sabía que el mismo Sigurd se divertía al verla estirarse hacia esa mortal hoz, pero de todas maneras lo haría. Solo un poco más y podría herir de nuevo al come-almas para que liberara al amo.
¿Aún insistes, Allena? ¿Es que no quieres reunirte conmigo? —bromeó Sigurd, imitando otra vez la voz de Mark. Sakti apretó los dientes, entre enojada y agradecida. Ese era todo el estímulo que necesitaba.
—Deja de imitar a mi amo —bramó mientras despegaba el cuerpo del suelo. Se arrastró y cerró los dedos alrededor del mango de la guadaña—. ¡Ni siquiera lo haces bien!
Un choque eléctrico le recorrió el cuerpo. Las centellas brotaron de ella. Sigurd debió de sentir también la corriente, porque el pelaje se le erizó y la soltó por un momento. Ella se giró todavía tirada en la tierra y quedó bocarriba. Sacó el arma del suelo y dirigió la punta directo al pecho del come-almas. El demonio intentó lanzársele, detenerla, pero no lo consiguió. La hoz se le clavó entre los pectorales y le sacó un aullido ensordecedor.
Y una enorme luz que brillaba con los colores del arcoíris, la luna y el sol.
Sakti reconoció la hermosa alma de Mark. La liberación fue acompañada por los gritos de Sigurd, que se estremeció de un lugar a otro para arrancarse la hoz. Para cuando al fin la lanzó a un lado de la princesa, el cuerpo ya había empezado a mutar. Se hizo más pequeño. Los huesos se achicaron, el rostro se deformó.
Una vez libre, el alma de Mark se mantuvo a flote sobre Sakti por unos segundos. Después se alejó en dirección a Aleoni, como si fuera atraída por un imán.
Al ver que se iba, Sakti sonrió satisfecha. Cerró los ojos y esperó resignada a que Sigurd la matara. Pensó en dormir una pizca antes de que el golpe final llegara, pero el Dragón gruñó en su cabeza y la regañó. No era hora de una siesta, sino de huir. ¿Pero cómo? Ya no tenía fuerzas, no podía hacer nada, lo mejor era darse por vencida.
«No», la regañó otra vez el Dragón. «Todavía nos falta mucho por servir al amo. Hay que llevarlo a Masca para que esté a salvo. Hay que mostrarle la ciudad para que se recupere del viaje. Hay que presentarle al cocinero de Palacio para que gane peso. Hay que buscarle una novia para que se case, tenga una familia y sea feliz. Todavía falta mucho».
La idea de verlo feliz la animó lo suficiente para levantarse sobre el codo. Ese simple movimiento le supuso tanto esfuerzo que se le salieron las lágrimas. Supo que no podría ver a Mark en Masca. La tristeza y el dolor se mezclaron con la frustración cuando miró a Sigurd por encima del hombro.
El demonio era ahora una cosilla patética. Era apenas unos cuantos centímetros más alto que ella. Estaba flaquenco y tenía el rostro deforme, pues un ojo era más grande que el otro y un lado del hocico era más largo que el contrario. ¡Era tan injusto! En condiciones normales Sakti pudo haber acabado con Sigurd ahora que perdió el alma de Mark y las muchas otras que liberó la hoz de Maat. Pero ella estaba en peores condiciones, tan mal que incluso esa versión ridícula de Sigurd podía matarla.
—Aléjate… —ordenó entre dientes mientras se levantaba.
Estaba tan mareada que se mecía de un lado a otro. Sería presa fácil si Sigurd se lanzaba sobre ella. Sakti vio la hoz a un lado. Se agachó para recogerla y usarla en defensa si era necesario. Apenas la tocó aulló del dolor. La hoz le quemó las manos y la electrocutó, pero lo peor fue que Sakti no pudo soltarla. En medio de la tortura pensó que el contacto con el arma de la Virtuosa de la Justicia era como la sincronización con una ciudad. Era común que cuando una ciudad rechazaba a una Doncella la castigara con la absorción descarada de magia e incluso con la muerte.
Supo que se lo merecía. La hoz le dijo durante todo el combate que no le agradaba, que si continuaba tocándola la castigaría. Como la princesa no hizo caso a la advertencia, ahora la hoz se vengaba electrocutándola. La guadaña no pretendía darle una descarga para atontarla y listo, sino que la mataría. A Sakti le llegó el olor a carne quemada. Estuvo segura de que en cualquier momento se convertiría en cenizas y sería arrastrada por el viento. Ni siquiera la imagen de un Mark sonriente bastó para calmar el dolor.
«¡BASTA, HOZ!», escuchó Sakti. Un alivio repentino llegó al rescate. Fue como si alguien la empujara sobre una cama suavecita para que descansara. Todavía sentía el ardor en las manos, pero le parecía que ocurría desde muy lejos y que le pasaba a otra persona. Maat dijo algo más pero no era a Sakti, sino al arma mágica.
La hoz reconoció que su Virtuosa la llamaba desde el cuerpo de la princesa, pues detuvo el ataque y soltó a la chica. Sakti cayó bocabajo al suelo mientras que la hoz le resbalaba de la mano y caía al otro lado. La princesa escuchó que Maat le decía algo. Pero antes de que pudiera entenderla la Virtuosa desapareció.
«Ya no puedo controlar la posesión. Por eso Maat se ha ido», comprendió. «Estoy demasiado débil». Aunque sabía esto, el cuadro de felicidad que le pintó el Dragón le dio unas ganas terribles de correr hacia Mark y llevarlo a Masca. Lo único que pudo hacer fue arrastrarse a paso de caracol. Aun así no fue suficiente.
Estoy molesto, Alteza. —Sakti sintió el aliento cálido de Sigurd sobre el cuello. Estaba perdida. El come-almas la tenía apresada y no la dejaría ir—. Me ha hecho perder una gran alma. Ahora tendrá que pagarlo con la suya.


El corazón de Darius latió acelerado, con un mal presentimiento. Sintió un vacío abismal en el estómago, a la vez que el sudor frío le bajó por la espalda a chorros. Cada trote que daba el caballo lo acercaba más y más a algo que ya conocía, a algo que no quería ver de nuevo.


Sigurd rio con una carcajada que heló la sangre de la princesa. El come-almas, que estaba encima de la muchacha, la tomó del brazo izquierdo y comenzó a jalar. Sakti gimió al entender lo que haría el demonio. Sintió cómo la herida del hombro se abría más, más y más hasta que la sangre brotó a propulsión, manchó las manos peludas de Sigurd y el cabello gris de la chica. Sakti sudó, tembló, gritó pero…


—Está pasando…. —musitó Darius, a punto de llorar—. ¡Está pasando, Sigfrid!
Aunque no podía verlo ahora sabía con todo detalle lo que le sucedía a Sakti. Era una sensación horrible de total impotencia, porque sentía que la desesperación lo carcomía sin que pudiera hacer nada. Quería llorar y gritar como loco, pero…


… supo que eso no remediaría nada.
Solo un poco más, Alteza… —rio Sigurd.
El come-almas se tomó su tiempo para jalar y estirar, disfrutando de lo lindo mientras Sakti gritaba larga y dolorosamente. Al fin los huesos de la clavícula rechinaron y se desprendieron con un sonido que mezcló músculos desechos y quebraduras. Sakti gritó una última vez pero nadie más que Sigurd alcanzó a escucharla.


Sigfrid se pegó más a la montura, como si él también pudiera percibirlo. Fue entonces cuando vieron que una luz multicolor se acercaba a ellos a toda velocidad. Por un momento Darius pensó en detener el caballo, pero el resplandor pasó por encima de él antes de que pudiera jalar la rienda de Mükael. El profeta siguió la trayectoria de la luz, embobado, porque supo muy bien de qué se trataba. ¡Era Mark! Lo supo porque sintió esa calidez, esa magia tan diferente a la aesiriana, tan limpia y noble.
Comprendió que el alma se dirigía a Aleoni, donde estaba el cuerpo del mensajero. Eso le dio esperanza. Supo que Sakti salvó a Mark, el muchacho despertaría y los esperaría en el pueblo.
Aunque esas eran buenas noticias, supo también que todavía faltaba una parte peliaguda: salvar a Sakti. Espoleó a Mükael. No tenía tiempo que perder. Él y Sigfrid avanzaron por un terreno donde se intercalaban secciones con arbolillos flaquencos y otras con arbustos miserables. Eso no podía considerarse un bosque, pero más adelante Darius distinguió árboles más altos aunque todavía eran muy flaquencos y resecos. Parecían enfermos.
En ese momento, sin previo aviso, vieron una explosión y la enorme lengua de fuego que incendió parte del próximo bosque. Lo más extraño fue que el estallido se repitió, aunque en un lugar apartado del primer incendio. Cuando se dieron la tercera y cuarta detonaciones, Darius supo que eso tenía que ser obra de Sakti, Sigurd o los dos.
—Piroquinesis… —susurró Sigfrid. El General cabalgaba muy cerca del profeta.
—¿Qué has dicho?
—Piroquinesis —repitió—. La habilidad de crear fuego con la mente, sin necesidad de un hechizo. El Emperador Kardan creía que la princesa sería capaz de ello, aunque es una habilidad rara.
Sí, eso sonaba a Sakti. Si alguien era capaz de explotar los dones más inusitados en momentos de crisis ésa era la princesa. Darius miró por el rabillo del ojo la expresión del General para saber si era buena o mala noticia que la chica hubiese obtenido la piroquinesis en un duelo contra Sigurd. No vio ninguna señal.
Se concentró de nuevo en el camino. El estómago estuvo a punto de salírsele por la boca. Aunque todavía estaba lejos, la repentina aparición lo asustó hasta la médula. Parecía un fantasma, un extraño zombi errante que se mecía de un lado a otro al caminar mientras cargaba una extensa hoz que apenas podía sostener.
Darius apretó la marcha. Le pareció que Mükael era muy lento y que no llegaría a tiempo. A unos treinta pasos se lanzó del corcel sin esperar a que se detuviera. El profeta cayó de rodillas al suelo, pero se levantó de inmediato y corrió hacia su amiga.
—¡ALLENA! —aulló mientras avanzaba hacia ella.
La muchacha no lo escuchó, sino que giró sobre los talones en busca de algo. Una explosión retumbó en los árboles detrás de ella y extendió sus llamas por los troncos. Sigfrid tenía razón: Sakti utilizaba piroquinesis pero ni siquiera se había dado cuenta.
Darius la llamó de nuevo y esta vez la joven sí lo miró… pero no lo reconoció. El profeta se detuvo por instinto al ver el rostro hostil de la princesa, como si él fuera el enemigo que quería exterminar con las llamas.
Había algo más en ella, algo que a Darius le resultaba terriblemente familiar.
Quiso llorar cuando cayó en cuenta de qué era: era la misma imagen que visualizó en el hostal de Aleoni, cuando vio a una Sakti ensangrentada que lo llamaba. Había diferencias, como que ella vestía la armadura negra –completamente destrozada– en lugar del vestido blanco de la visión.
Por lo demás la escena era la misma. Los cabellos grises estaban alborotados y teñidos de carmesí. El rostro estaba deforme por los golpes, con los labios rotos y los párpados hinchados, aunque Darius no quiso revisar si a su amiga le faltaba un ojo o no. La sangre bajaba de la cabeza, del hombro, y se extendía por el suelo hacia él.
—Darius… —La voz de Sakti fue débil, apenas como el chillido de un ratón. Tenía el mismo tono que el de la muchacha en la visión del profeta.
Sakti intentó dar un paso al frente, pero puso los ojos en blanco y soltó el arma. Darius corrió hacia ella y la sostuvo antes de que se estrellara contra el suelo. Sabía que debía ayudarla, pero cuando la tuvo en brazos todo lo que pudo pensar fue lo sorprendente que era que alguien tan menuda como ella pudiese sangrar tanto. La miró perplejo. Todavía no terminaba de creer lo que pasaba. Cuando al fin cayó sobre él el peso de lo que sucedía, sintió que el Universo entero le jugaba una broma cruel y despiadada.
Todo era un ciclo, todo se repetía.
Hacía unos años él también estuvo en el Pantano, sosteniendo a Njord en brazos tal y como sostenía a Sakti ahora. Lo único que faltaba era que la chica despertara y le diera palabras de ánimo antes de morir, tal y como lo hizo su esposa. ¿O quizá se convertiría en un cadáver de varios años, como Fenran cuando lo descubrió muerto en sus brazos? ¿De qué servía ser profeta si a pesar de las visiones no pudo tan siquiera salvar a su mejor amiga?
—¡DARIUS! —La llamada de alerta de Sigfrid lo trajo de regreso a la realidad.
Le pareció raro que el General sonara asustado, pero lo comprendió cuando escuchó el gruñido… y ese maldito ronroneo de placer que conocía tan bien porque lo escuchaba constantemente en sus pesadillas. Cuando levantó la mirada vio que el mismísimo Sigurd estaba a unos cinco pasos delante de él. A pesar de las desproporciones del cuerpo y la cortada en la cara, el come-almas sonreía satisfecho mientras masticaba un aperitivo. Darius quiso gritar del pánico pero la voz no le salió.
Sigurd roía el brazo de Sakti.
El profeta revisó a la muchacha. En efecto, no tenía brazo izquierdo. Ya no le extrañó que la herida del hombro fuera la más severa ni que Sakti estuviera tan ensangrentada. Al ver los huesos desechos le tembló el cuerpo con una combinación de miedo, dolor, ira y, sobre todo, odio. Aborrecía a Sigurd. Lo maldecía. Era el ser más despreciable que había existido jamás.
—Te detesto —dijo entre dientes mientras miraba al come-almas—. Siempre lo has hecho. ¡Te llevaste a mi esposa, a mis hijos y ahora te llevaste a mi amiga! ¡Siempre me has arrebatado lo más valioso para mí!
Sigurd sonrió y sacó el brazo de Sakti de la boca. Empezó a lamerlo como si se tratara de un caramelo.
Oh, profeta… Ha pasado mucho tiempo desde que nos vimos ¿y ni siquiera dices «hola»? ¿Dónde están tus modales? —Darius gritó por la frustración hasta casi quedarse ronco, pero todo lo que obtuvo como respuesta fue la carcajada sarcástica de Sigurd—. Tranquilo, profeta. Si lo que deseas es estar con ella lo puedo solucionar fácilmente. ¡Solo debes entregarme tu alma y la de la princesa!
Antes de que Darius pudiera decir algo más, Sigurd abrió la boca y puso en acción el hechizo más temido: la invocación de almas. El agudo dolor de pecho punzó al mestizo. Dos resplandores se escaparon de los labios suyos y los de Sakti. Justo cuando creyó que el demonio se comería las almas, una avalancha azul impactó al monstruo y lo hizo retroceder con un gemido.
Dos llamaradas más cayeron sobre Sigurd y las almas de Sakti y Darius regresaron a donde pertenecían. Cuando el profeta miró por encima del hombro para ver de dónde procedía el fuego azul, vio que Sigfrid sostenía en una mano la botella de cristal y que en la otra ardía una fría flama.
Vio el rostro del General enmarcado por las llamas por una fracción de segundo. Eso fue suficiente para grabarse la imagen para toda la vida. Aunque Sigfrid no le era nada simpático, tenía que admitir que parecía un dios mientras controlaba el fuego maldito que solo los Aesir podían usar.
Sigfrid lanzó la llama hacia Sigurd y luego hizo que del frasco brotara más fuego azul. En un santiamén rodeó al come-almas en un torbellino de flamas y creó una barrera que se interpuso entre el demonio y los cachorros.
—Darius —llamó Sigfrid mientras se acercaba al profeta, cojeando—. Lleva a la princesa a Aleoni. Necesita un doctor de inmediato.
Darius reparó en la mirada de soslayo que Sigfrid dedicó a la muchacha. El General entrecerró los ojos, frunció el ceño y curvó los labios. Esa expresión significaba que Sigfrid estaba cabreadísimo. No le hacía nada de gracia que su ahijada estuviera en ese estado tan lamentable e iba a castigar al responsable. Darius comprendió de golpe que Sigfrid se preocupaba mucho por Sakti. La quería a su manera, a pesar de que la chica en ocasiones lo enfrentara y lo volviera loco.
—Yo me encargaré de Sigurd y tú de la princesa. Comprenderás que te he dejado la parte más difícil.
Darius apretó los dientes y se mordió la lengua hasta que la boca se le llenó de sangre. Necesitaba sentir dolor para que el cuerpo le reaccionara. Se levantó con Sakti en brazos, sin necesidad de intercambiar más palabras con Sigfrid para saber lo que sucedería pronto.
Silbó para que Mükael lo alcanzara y le facilitara la montura. Espoleó el caballo y salió disparado en busca de un doctor, sin importarle dejar atrás a tres monstruos: el come-almas, el Demonio Montag y el fuego azul.

"Los Hijos de Aesir: Guerra en tierra maldita" © 2009-2017. Ángela Arias Molina

2 comentarios :

  1. Interesante. Muy interesante.
    Encontré éste sitio por La Leyenda de Leureley, y déjame decirte que el capítulo que leí me ha atrapado completamente. Ahora, mis opiniones.
    La estructura del texto hace que sea posible una lectura rápida y sin problemas, y salvo unas fallas ortográficas mínimas, es muy dificil no dejar de leer.
    No obstante, observé algunas expresiones muy coloquiales y de uso común que desentonan con el contexto de los heroicos Darius y Sigfried, te recomendaría mucho mucho que pasaras tu texto en el corrector ortográfico de Word. También, los párrafos a mí parecer son muy pequeños y podrías compactar más la lectura haciéndolos más grandes... ¡Impresionante escena la del demonio roba-almas arrancando el brazo de la joven princesa! Ten por seguro que intentaré ponerme al corriente con ésta magnífica historia.
    Saludos.

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  2. Muchas gracias, amigo Tobias. Pues sí, aunque intento que los capítulos queden "limpios" antes de publicarlos en el blog siempre se me van miles de faltas... incluidas expresiones muy propias de mi zona que desentonan bastante.
    Lo que procuro hacer es que, una vez terminado el volumen, lo edito todo de pies a cabeza y vuelvo publicar todos los capítulos ya revisados minuciosamente. Pero, aún así, siempre se me quedarán algunos errores por lo que espero que puedas disculpar las faltas.
    Y no es que pretenda excusarme eternamente, pero todavía considero que estoy aprendiendo ¡y que me falta muchísimo camino por recorrer antes de ser alguien preparada como debe ser en la escritura!
    Gracias por pasarte, y espero que encuentres la novela amena. ¡Un saludo!

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¡Hola! Muchas gracias por leer este capítulo de "Los hijos de Aesir". Puedes ayudar a la autora al calificar la lectura en la barra de calificación (está un poquito más arriba). O mejor aún ¡deja un comentario! Toda crítica constructiva es bienvenida. ¡Muchas gracias!
*Los trolls no serán alimentados*

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