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Capítulo 18

18
TRANSFORMACIÓN INCIPIÔ

Los aesirianos temblaron ocultos debajo de las mesas y detrás de la barra de la cantina. Contuvieron la respiración y mantuvieron los ojos y oídos bien abiertos para detectar cualquier señal que delatara la cercanía de Sigurd. Ya se había corrido la voz en Aleoni de que el come-almas rondaba la zona, pero lo único que podían hacer era ocultarse en las casas, apagar todas las luces y esperar que el demonio no viera el pueblo desde lejos o que simplemente no se interesara en ellos.
—¡Ya deja eso! —pidió el niño en voz baja.
—¡Shhhh! —lo reprendió su hermana—. ¡No estoy haciendo nada!
—¡Mentirosa! Te castañetean los dientes.
La aesiriana estuvo a punto de refunfuñar, pero entonces escucharon un eco silbante a la distancia. Fue una extraña vibración, como si una ráfaga de aire se concentrara en un solo punto y volara hacia el pueblo. Todos se taparon la boca y los oídos a medida que aumentaba la intensidad del sonido, porque era insoportable.
Los que mantenían los ojos abiertos notaron que una luz alumbraba cada vez más desde el exterior. Era como si un faro se acercara a Aleoni a gran velocidad. Cuando el zumbido y la luz alcanzaron el punto máximo, una esfera multicolor atravesó las paredes del hostal y se mantuvo dentro por unos segundos, flotante e inmóvil. La luz osciló por encima de las cabezas de los aesirianos antes de lanzarse de picada sobre el sofá. La luz y la vibración se extinguieron cuando la esfera atravesó el pecho de Mark.
Los aesirianos se miraron los unos a los otros sin comprender lo que había sucedido. Los dedos del mensajero temblaron. Los soldados contuvieron la respiración y sufrieron el susto de sus vidas cuando el muchacho se sentó de un salto entre toses.
—¡Ah, es un zombi! —gritó el más pequeño del ejército de Heimdall. Su hermana comprendió lo que sucedía; se levantó de un brinco, corrió hacia Mark, lo sostuvo y le tapó la boca para que no tosiera tan fuerte.
—Lo siento —dijo la muchacha—, pero hay que guardar silencio. El come-almas está cerca y si escucha algo nos encontrará. —Retiró la mano y dejó que Mark recuperara el aliento con mayor tranquilidad—. ¿Cómo se siente?
El mensajero sacudió la cabeza y se llevó una mano al pecho. El corazón le latía tan fuerte que le dolía. Cuando se aseguró de que no se desplomaría por la presión, miró alrededor y se dio cuenta de lo oscuro que estaba. ¿Era de noche? ¿Pero cómo? Lo último que recordaba sucedió en plena mañana. Reconocía a la chica que le tapó la boca porque montó con ella luego de que quedara claro que Darius tenía una resaca del demonio.
Todo se agolpó. Recordó que Darius cabalgó con Sakti y que de un momento a otro gritó, lloró e intentó atrapar a la princesa. Mark había dicho que era un sueño pero una parte de él supo que era más que una simple pesadilla. En sus recuerdos, mientras Darius gritaba y decía que Sakti iba a morir, Mark vio a lo lejos una figura de orejas largas y desproporcionadas, con una mirada amarilla, feroz y malvada.
—¡El come-almas! —gritó a la vez que se incorporaba tembloroso.
Recordó la horrible sensación del pecho y los haces multicolores que lo cegaron. Después todo fue oscuridad y frío acompañados de una sensación pesarosa que lo asfixió. Sigurd devoró su alma. Pero entonces ¿por qué estaba él ahí?
—¿Dónde está la princesa? —preguntó. Buscó alrededor. El profeta y el General tampoco estaban—. ¿Y Darius? ¿Qué ocurrió, dónde están?
La muchacha abrió varias veces la boca pero no pudo decir nada. Mark se desesperó. ¡Los buscaría él mismo si nadie le daba razón de ellos! En ese instante escuchó la cabalgata enfurecida de un corcel. Se encaminó a la entrada de la cantina pero antes de que llegara a la puerta alguien la abrió desde el exterior con una patada.
—¿Otra vez? —preguntó el cantinero al ver entrar a Darius.
Su queja quedó ahogada cuando todos se fijaron en lo que cargaba el profeta. Mark aulló al reconocer a Sakti, cubierta de sangre de pies a cabeza.
—Necesita un doctor —dijo el mestizo con voz temblorosa y autoritaria a la vez. Tenía el rostro descompuesto por el miedo.
Barrió la cantina con la mirada hasta reconocer, al otro extremo de la sala, una puerta que llevaba al aposento del tendero. Quizá el aesiriano era muy tacaño y desconfiado, por lo que no se alejaba mucho de la caja registradora del local cuando dormía. Darius atravesó el salón y entró al cuarto privado sin pedir permiso. Los modales no eran su prioridad en ese momento.
La habitación era pequeña, pero había espacio más que suficiente para una cama, un armario, una mesa de noche y un baúl al pie del lecho. También había otra puerta que seguro llevaba a un cuarto de aseo personal. Darius colocó a Sakti en la cama.
Mark, que le pisaba los talones, vio que las heridas eran mucho peor de lo que le parecieron a primera vista. Eso fue suficiente para que los pies se le quedaran pegados al suelo. El mensajero se detuvo en el marco de la puerta, aterrado.
—Por Dios... Q-q- ¿qué le sucedió? ¿Por qué está tan…?
—¿Qué crees que sucedió? —lo cortó Darius, irritado.
Sabía que Mark no tenía culpa de lo que ocurrió, pues nunca pidió que Sigurd le absorbiera el alma ni que Sakti luchara contra el come-almas hasta ser mutilada. De todas formas le pareció que sus preguntas eran demasiado ridículas y molestas.
—Necesita un doctor ¡pero ya! —gritó a Mark y a los soldados, que los miraron a él y a la princesa con los ojos fuera de órbita—. ¡Se va a desangrar si no la atienden rápido!
Al fin hubo reacciones: el cantinero abandonó el local en busca del doctor del pueblo y dos soldados de soporte médico entraron al cuarto para revisar a Sakti. Darius se apartó de la cama y se metió en un rincón, con los ojos fijos en su amiga y con los labios tensos.
No quería dejar de observarla, como si así la ayudara a resistir un poco más. Pero al final tuvo que apartar la mirada porque no soportó verla en ese estado. Recordó que fue grosero con Mark, así que lo buscó para disculparse. Cuando vio al mensajero se dio cuenta de lo mal que estaba. Mark todavía estaba en el marco de la puerta, rígido como un árbol, pálido y con los ojos llorosos fijos en el hueco que Sakti tenía en lugar de brazo.
—Vamos —dijo Darius con un hilo de voz mientras se acercaba a Mark—. Lo único que haremos es estorbarles si nos quedamos aquí.
Cuando le dio unas palmaditas en el hombro, Mark dio dos pasos hacia atrás y estuvo a punto de caerse. Nunca apartó la mirada de Sakti. Por un momento Darius temió que su amigo sufriera un ataque de pánico por la impresión. Luego no tuvo tiempo de preocuparse por él. El cantinero regresó al local y trajo consigo al hombre delgado que atendió a Sigfrid durante la estadía en Aleoni. El doctor pasó al lado de Darius y Mark, y cerró la puerta sin una palabra.
El mensajero miró la puerta durante unos segundos sin parpadear, pero luego, poco a poco, giró para ver a Darius. No dijo nada por un buen tiempo. El profeta supo que Mark veía las manchas carmesíes que Sakti le dejó en la ropa, las manos y la barbilla. La mirada fija del muchacho fue tan penetrante que Darius temió que Mark tuviera un corto circuito en el cerebro a causa de la impresión, y que ahora estuviese lejos, en otra parte, solo y aterrado en los rincones de su mente.
—Mark, reacciona —pidió mientras chascaba los dedos delante de él.
—Es mi culpa, ¿verdad? —susurró el muchacho mientras se llevaba una mano al cuello—. Por eso quisiste estrangularme anoche. Si lo hubieras hecho la princesa no habría ido por mi alma ni estaría en esas condiciones…
Darius bajó la mirada sin saber qué responder ni cómo animar a Mark. El mensajero no lo deseó pero, si hubiese muerto en Lahore como el Emperador, Sigfrid y el Tercer Dragón lo quisieron, Sakti jamás se habría enfrentado a Sigurd. Esa idea fue un arma de doble fijo porque Darius comprendió que Mark no era el único culpable. El profeta también tenía algo que ver en ello.
—Estará bien… —susurró, aunque no creyó en sus palabras—. Ella siempre está bien.
Mark lo miró furioso, con las lágrimas resbalándole por las mejillas. La reacción fue tan repentina que Darius se preparó mentalmente para recibir varios gritos e insultos, pues estaba seguro de que Mark lo maldeciría por no haber prevenido esto con matarlo en Lahore. Sin embargo, sus protestas se apagaron cuando el fuego ardió.
Como era de noche y las luces en Aleoni estaban apagadas, las llamas azules refulgieron como un sol despiadado en la tierra. Algunos soldados se asomaron por las ventanas y la entrada de la cantina, y vieron correr la hilera de fuego maldito alrededor del pueblo y convertirse en una muralla altísima que lo encerró.
—¿Hay un príncipe cerca? —preguntó alguno—. ¿Quién usa el fuego azul?
Darius se tragó las palabras. Cuando Sigfrid los salvó a él y a Sakti no pensó en lo raro que era que el General utilizara el fuego maldito. Lo único que importó entonces fue que Sigfrid lo había ayudado. Ahora el profeta tenía dos alternativas: decía quién era el responsable de las llamas azules, provocaba revuelo entre los oficiales asustados que creían que solo los Aesir podían utilizar ese tipo de fuego y se ganaba una buena tunda de parte de Sigfrid por hablar demás… O mentía y se olvidaba del asunto. Estaba tan triste, asustado y confundido que decidió tomar la ruta fácil para variar un poco.
—Seguro es Allena —dijo—. Cuando la encontré estaba usando piroquinesis, así que no me sorprendería que incluso ahora sea capaz de rodearnos con fuego azul para protegernos.
Los soldados no tenían el ánimo suficiente para refutarle por más inverosímil que resultara esa explicación, pues ellos también estaban asustados, tristes y confundidos. Las llamas de fuego azul se cerraron por completo alrededor de Aleoni. Unos segundos después escucharon el galope de otro caballo desbocado. Los soldados se enderezaron al ver que Sigfrid regresaba herido y malhumorado. El General entró a la cantina con la frustración y el odio marcados en la cara. Nadie se sorprendió cuando señaló a Mark con un dedo acusador.
—¡Tú! —bramó al mensajero.
El General tenía una herida en la ceja, otra en el hombro, varios rasguños en la cara y la pierna fracturada sangraba de nuevo. A pesar de ese estado se dirigió veloz hacia Mark con una mano sobre la empuñadura de la espada y la otra lista para agarrarlo del cuello.
—Maldita sabandija, ¡no mereces lo que la princesa hizo por ti!
Antes de que el General alcanzara a Mark, Darius se situó entre los dos. Lo que al principio pareció un simple trabajo de mediación entre ambos se convirtió pronto en una lucha contra el General, quien estaba tan furioso que quería matar a Mark. Si para eso tenía que derribar a Darius, ¡qué mejor!
—¡Basta! —ordenó el profeta mientras empujaba a Sigfrid—. ¿Quién te crees para decidir si Mark merece o no el sacrificio que Allena hizo por él? ¡Eso es decisión de Allena!
El profeta dio un paso hacia atrás para cubrir mejor a Mark. Extendió los brazos cuando vio que Sigfrid estaba a punto de arremeter otra vez
—Siempre me estás llamando «cachorro». Me tratas como a un niño inmaduro que no sabe qué decisiones tomar, pero tú te comportas así ahora. ¿Vas a matar a un inocente solo porque estás frustrado? Si asesinas a Mark ¿qué harás cuando Allena se recupere y se dé cuenta de que ha muerto? ¡Habrá perdido un brazo y media vida en vano!
Sigfrid frunció el ceño. Pareció listo para escupirle en la cara, pero entonces miró algo detrás del profeta. Por un momento el muchacho pensó que se trataba de una estrategia del General para distraerlo. Comprendió que algo grave ocurría cuando vio que el semblante del hombre pasaba del odio al terror.
Sigfrid, que durante todo ese tiempo había apretado sin tregua la espada, dejó caer los brazos al lado como si hubiese perdido las fuerzas. Eso fue suficiente para que Darius se girara para saber qué ocurría.
Vio que el doctor de Aleoni estaba detrás de él, al lado de Mark, con la mirada clavada en el suelo y la frente empapada en sudor. Cuando el curandero alzó los ojos un escalofrío recorrió la espalda de Darius. Supo lo que el hombre diría.
—Lo siento. La herida era muy grave y perdió mucha sangre. No había nada que hacer. Murió.
Fue como un balde de agua fría, pero peor, mucho peor. Fue como si el mundo entero se destruyera. Darius ya había tenido antes esa sensación cuando perdió a su madre, cuando vio morir a Njord y cuando descubrió el cadáver de Fenran en sus brazos, pero le dolía igual que entonces. La única diferencia ahora era que no estaba solo, pues algunos soldados se desplomaron en el suelo o en las sillas de la cantina cuando escucharon la noticia. Darius incluso escuchó el gemido de Sigfrid, quien se apretó tan fuerte los labios que los hizo sangrar.
El profeta creyó que las piernas también le fallarían. Antes de que pudiera desplomarse de la tristeza escuchó un grito desgarrador que lo hizo saltar en su sitio. Mark se lanzó a la puerta, apartó de un golpe al doctor y se introdujo al cuarto donde estaba la princesa. El par de aesirianos que todavía estaba en la habitación intentó detenerlo, pero Mark se las ingenió para escabullirse y arrodillarse al lado de Sakti.
Muerta.
No se lo podía creer. Para él Sakti era dura como la piedra, capaz de sobrevivir prácticamente a todo. El mensajero la tomó de la mano que le quedaba. La apretó con fuerza, la meció y le gritó, pero ella no respondió. El rostro blanquecino y los labios azules de Sakti contrastaban con las sábanas, que escurrían sangre y se confundían con el cabello teñido.
Darius entró también y le dijo algo a Mark que ni él mismo comprendió. El mensajero no lo escuchó y llamó a Sakti una y otra vez, como si creyera que solo dormía. Darius supo que una parte de Mark esperaba que su corazón enfermizo le fallara justo en ese momento para morirse junto a Sakti.
El profeta sintió que él mismo se moría. Se sentó al lado de la chica y le acarició con ternura un mechón de cabello rebelde sobre la frente. Él también sollozaba, como Mark. Juntos se lanzaron sobre ella, la abrazaron y la lloraron.
—Al menos ya está en un lugar mejor… —susurró un soldado en la cantina.
Darius quiso levantarse y encarar al imbécil que dijo eso. Sakti no estaba en un lugar mejor, sino en uno infinitamente peor. Ahora caía a un lago ensangrentado o quizá ya nadaba en medio de los cadáveres de otros aesirianos y las serpientes devoradoras. Si tuvo suerte cayó en el mismo lado que Sarit y Set, pero ese sería solo un pequeño consuelo. Vagaría sin esperanza de salir del inframundo. Se arrastraría por túneles, se volvería loca por las voces crueles y acosadoras y probaría infinidad de otras horribles pruebas. Y esta vez Sakti sabría que no había ninguna pluma de Dragón que le abriera el camino a casa…
«La pluma de Dragón».
Se incorporó de un salto aunque Mark no se dio ni por enterado. El mensajero todavía estaba aferrado al cuerpo, incapaz de reconocer lo que ocurría alrededor. El profeta, en cambio, estaba más espabilado que nunca. Salió de la habitación y corrió hacia las afuera de la cantina.
Buscó entre los caballos que estaban desperdigados por Aleoni, porque nadie se había acordado de meterlos en un establo. Entre ellos reconoció a Ka-ren. Corrió hacia el corcel y le revisó los compartimentos. Por suerte Sakti olvidó guardar la pluma de Dragón en el baúl que tanto atesoraba, así que Darius podría tomarla con facilidad.
Después de regresar del Reino de los espíritus, la pluma se materializó otra vez y no expulsó ningún poder que abriera una puerta a otro mundo. Pero todavía conservaba esa aura poderosa capaz de hacer milagros. Darius tomó la pluma y regresó a la cantina.
Los latidos del corazón lo ensordecieron. Ignoró las quejas de los soldados cuando pasó entre ellos. Sigfrid se retiró a una esquina de la taberna, con el ceño fruncido y la mirada perdida. El doctor y el cantinero se sirvieron varias copas de cerveza entre lágrimas, y el resto de aesirianos se lamentó por la muerte de la portadora del Primer Dragón.
«Malditas ratas». Darius rechinó los dientes. Esos estúpidos no lloraban por Sakti, sino porque perdieron su dichosa Profecía. Si no podían llorar por la persona que era Sakti, pero sí porque perdieron su herramienta a la salvación, entonces merecían seguir malditos.
Él era diferente. Él conocía a la princesa, sus debilidades y fortalezas. La amaba por sus virtudes y defectos. Estaba desesperado porque aunque apenas había pasado unos minutos ya la extrañaba como si llevara toda una vida sin ella.
Se detuvo al pie de la cama y miró el rostro hinchado, el pelo teñido, el hombro sin brazo… Apretó los dientes. Nadie podría sobrevivir a semejantes heridas. Más bien fue un milagro que Sakti lograra tenerse en pie para huir de Sigurd, aunque fuese por unos cuantos pasos. El profeta apretó la pluma en la mano, dispuesto a hacer otro milagro con ella. «Mis antepasados crearon a los Dragones y por tanto también te crearon a ti», le dijo en silencio a la pluma. «Soy hijo de profetas, por lo que te suplico que cumplas mis deseos. Solo una vez, tan solo una vez… Por favor, sin importar cómo lo hagas, devuélvemela».
Apretó la pluma una última vez antes de ponerla sobre el pecho de Sakti. No supo si debía hacerlo con fuerza para que la pluma reaccionara; o con delicadeza para no romper aún más el maltrecho cuerpo de la princesa. Antes de que pudiera decidirlo un resplandor lo cegó.
Fue como cuando vio al Primer Dragón en el lugar fuera del espacio y el tiempo. En esa ocasión el Dragón se lanzó a Sakti y se le introdujo al pecho como si fuera un fantasma. Ahora la pluma opuso resistencia, como si fuera aceite sobre el agua, pero al fin atravesó el pecho de Sakti y se fundió con ella.
Cuando al fin la pluma se convirtió en energía el cuarto se inundó de olor a carne quemada. Darius no sintió dolor mientras sostenía la pluma, pero ahora que estaba libre de ella los dedos y la palma le palpitaban. Se miró la mano. Estaba llena de ampollas explotadas o a punto de estallar. Las que se ya se habían deshecho dejaron la piel al rojo vivo, cubierta de sangre y agua. Darius apretó los dientes de nuevo. Dolía, dolía muchísimo, pero no le importó. Una mano quemada era nada comparada con un corazón en luto. Si la quemadura era el precio que debía pagar para tener una oportunidad de traer a Sakti de regreso, entonces era una ganga.
Miró a su amiga en busca de alguna reacción. Sakti siguió tendida en la cama, inmóvil y pálida. Su pecho estaba quieto. En el cuello no había la palpitación de una vena. Darius se rio de sí mismo. ¿De verdad creyó que lo conseguiría? ¿En serio creyó que podría traerla de regreso? Se encogió sobre la cama y apretó los ojos. Era un idiota.
Ahora que no tenía ninguna esperanza de deshacer lo que Sigurd hizo, todo el peso de la muerte cayó sobre él. Todos los espacios vacíos que dejaba Sakti le ardieron como hielo seco. «Era mentira». Quería negar la ausencia con todas sus fuerzas, pero no podía hacerlo cuando tenía la evidencia justo frente de él. «Oh, Dios, esto no es cierto. No es cierto. No…». La certeza y la desesperación se unieron en su garganta. Le hicieron un nudo seco y ardiente capaz de hablar por sí mismo. Darius luchó contra el grito, pero sus pulmones se contrajeron, sus labios se abrieron y…
… un gemido le heló la sangre. No sonó aesiriano. Ni siquiera sonó humano. Fue bestial, como el de un monstruo que se ahoga en su propia sangre. Darius abrió los ojos. Sakti había reaccionado y arqueaba la espalda, en busca de aire.
Mark también reaccionó. El mensajero se había quedado encogido e invisible junto a ella, pero en cuanto la vio moverse irguió la cabeza y enderezó la espalda. Sus ojos dilatados y asustados se iluminaron con una sonrisa torcida y alegre al mismo tiempo, loca y esperanzada a la vez. Mark apretó la mano de su esclava con cariño, con todo el amor y la fuerza con la que tenía, pero ella no lo reconoció.
Sakti fijó los ojos en el techo. Boqueaba como pez fuera del agua. Estaba viva e intentaba respirar, pero se ahogaba. El grito de Darius se convirtió en un llamado desesperado para el doctor de Aleoni. El curandero llegó deprisa, acorde al ritmo de los gritos del profeta y los gemidos ahogados de la princesa. Pero antes de que entrara al cuarto se detuvo bajo la puerta. Darius lo miró sin comprender.
—¿Qué pasa? ¡¿Por qué demonios pierde el tiempo?! ¡Se va a morir de nuevo!
Señaló a Sakti solo por si acaso el doctor era idiota y no había notado que respiraba. Pero en cuanto miró a su amiga supo que algo iba mal. Aunque era difícil saberlo con certeza por todos los golpes que le habían hinchado la cara, Darius creyó ver que el rostro de Sakti cambiaba. Por debajo de las rendijas de los párpados los ojos eran amarillos como los de una serpiente en lugar de grises como nubes de tormenta. Se convenció del cambio cuando la boca de Sakti se desencajó para dar espacio a colmillos largos y dientes de navajas. En las sienes nació un par de cuernos que se estiraron hacia atrás, finos y blanquecinos como marfil. La mano que Mark sostenía también se transformó. Los dedos y uñas crecieron y la piel se endureció, mientras que del brazo salieron pequeñas escamas que se extendieron hacia el cuello.
Darius supo lo que sucedía, pero no se lo podía creer. Sakti era todavía muy joven como para pasar por la etapa de la transformación.
—Es una transformación incipiô —musitó el doctor. El aesiriano estaba pálido y sudoroso, pero su rostro estaba firme. Estaba seguro de lo que decía—. Les sucede a los cachorros cuando sus vidas están en peligro. A veces los adultos también las tienen pero suelen controlarlas. —Darius miró al médico.
—¿Y estas transformaciones son… buenas?
—No. No son naturales, sino forzadas. Por lo general dejan al cachorro exhausto y también molesto, agresivo y peligroso. —El doctor miró a Sigfrid, quien se había acercado cuando escuchó los gemidos de Sakti—. Aunque el corazón late de nuevo dudo que sobreviva a la transformación. Pero mientras esté así será un peligro para todos nosotros.
Sigfrid lo ignoró. Miró sin parpadear a la chica. Darius ya tenía la vista fija en lo que el General había encontrado. En el hombro izquierdo, justo en la herida más grave, salía una sustancia blanquecina. Al principio pensó que era pus. Pero la sustancia era más sólida que líquida, y se dividió primero en tres, luego en cuatro y finalmente en cinco pequeños objetos con forma de rama. Las ramas se movieron muy lentamente mientras salían del hombro despacio, despacio, sujetas a una base. Sakti chilló y arqueó más la espalda. Agitó la cabeza a un lado y al otro, adolorida, mientras la base y las ramas salían de ella, ahora sujetas a una vara blanquecina cubierta de sangre.
El estómago de Darius se encogió. En la punta de las ramas se formaron uñas. Mientras la sustancia salía cada vez más dura y larga, un laberinto de venas y tejido empezó a formarse sobre ella. Lo entendió. Las ramas, la base y la vara no eran pus, sino hueso.
A Sakti le crecía un nuevo brazo.


"Los Hijos de Aesir: Guerra en tierra maldita" © 2009-2017. Ángela Arias Molina

2 comentarios :

  1. ¡Hola!
    Tobias reportándose, aquí estoy para comentarte otra vez...
    Interesante capítulo, no obstante casi no pude conectar mucho entre éste y el anterior, me refiero a que según lo que entendí, la creatura come-almas malvada ganó la batalla contra el general y su intervención me pareció casi desapercibida.
    Lo que noté al estar leyendo fue una palabra que me hizo reir mucho ("sopetón"), no lo tomes a mal de ninguna manera, a mí parecer desentonó con el drama de la angustiosa situación. Respecto a eso, podría recomendarte que si piensas publicar algún día ésta gran novela, cuides de esos detallitos de lenguaje personal.
    ¡Sabía que Sakti no podía dejar el protagonismo tan fácilmente! Y ahora regresa con brazo nuevo...
    Aquí estoy y seguiré leyendo... Mucha suerte.

    ResponderEliminar
  2. Hola, Tobias, un gustazo tenerte por aquí otra vez.
    En cuanto a la palabra ¡es que estaba haciendo experimentación XD! Estos capítulos, aunque los trabajo bastante, no son los definitivos porque en cuanto termino el volumen reviso capítulo por capítulo, los corrijo y luego los leo otra vez de un solo tiro.
    Gracias por comentar sobre lenguaje, eso me ayudará mucho para mejorar el texto ;)
    Y hay una razón por la que la pelea del General no sale. El fuego azul solo lo pueden usar los príncipes, ¿por qué él sí puede? Es algo que aún no quiero revelar y por eso no apareció la batalla XD
    Quizá entiendas mejor los sucesos si te lees la novela desde el inicio, porque hay muchos cabos sueltos y enredados que no comprenderás si no estás al tanto de lo que ha sucedido. Bienvenido serás en esas primeras páginas.
    Pero si prefieres seguir leyendo desde aquí, tranquilo, no pasa nada, que ya es todo un placer contar con un nuevo comentarista por estos lares.
    Siempre serás muuuuy bienvenido :D
    ¡Saludos y espero que te guste lo que hay por aquí!

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