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Capítulo 19

19
SANTUARIO EN LLAMAS

No hubo el barco arribado cuando dos de los pasajeros saltaron de él. Dereck y Sigfrid corrieron por el muelle sin prestar atención a los berrinches de los encargados y buscaron con prisa una torre de control.
—No creo que pasaran por aquí —dijo Muninn mientras él y Huginn aterrizaban detrás de los aesirianos—. Y si lo hicieron probablemente encontraremos otra de esas cartas falsas. Nos están esquivando al propio.
Sigfrid dirigió una mirada iracunda a su cuervo pero el ave no se estremeció. Si había alguien capaz de señalarle lo obvio al General Montag y sostenerle la mirada sin que las piernas le temblaran, ese era el mensajero con el que compartía alma y magia.
El aesiriano intentó relajarse, ordenar sus nervios y pensamientos, que estaban deshechos y confusos. Necesitaba estar concentrado y sereno; si se dejaba llevar por la frustración no lograría nada y lo perdería todo.
—Dereck, concéntrate en la princesa Allena. Yo haré lo mismo con la princesa Istar.
Buscaron un lugar apartado del bullicio del muelle y se sentaron con las piernas cruzadas y los ojos cerrados. Aunque la pequeña princesa todavía no había nacido, el vínculo que Dereck había forjado como Guardián podría ayudar a encontrarla. Y Sigfrid ya tenía un vínculo muy fuerte con Istar. En una situación normal daría con ella en un dos por tres sin importar en qué lugar se encontrara.
Pero esa no era una situación normal. A pesar de que el Imperio entero estaba en plena invasión vaniriana, él, Dereck y los cuervos viajaron a toda velocidad desde el Reino de las Arenas hasta Norishka, la fortaleza militar ubicada en la costa sureste del continente principal. Quizá no habrían llegado tan rápido de no ser por una buena cantidad de esfinges y buques de guerra aesirianos esparcidos por el océano.
El Norte, el Sur, el Este y el Oeste. El Reino de las Arenas, el continente principal, muelles, bosques, pueblos, ciudades, Masca. Todo estaba bajo ataque por una pequeña que todavía debía de estar en el vientre de su madre. Cuando el príncipe Adad nació se desató un enfrentamiento semejante entre vanirianos y aesirianos. Pero en esa ocasión los príncipes, almirantes, coroneles, soldados y civiles se ajustaron al plan de Sigfrid. El resultado fue una victoria aesiriana aplastante que culminó con el dulce llanto de un recién nacido.
Pero esta vez todo era terriblemente diferente. Los príncipes Velmiar, Istar y Adad habían desaparecido del palacio de Irem, donde el Segundo Dragón nació hacía siete años y donde se suponía que debía nacer su hermana. Los ataques a civiles estaban controlados, la victoria aesiriana estaba de momento asegurada, pero ningún oficial sabía en dónde estaban los Dragones y sus padres. Lo más importante peligraba.
Sigfrid se desesperaba al pensar en esto. No podía concentrarse. Había tantísimo en riesgo. ¿Por qué Istar huyó? ¿Por qué abandonó la seguridad de Irem y su Guardián? El General no se preocupaba por Velmiar, porque de todas formas ese príncipe descarriado nunca tendría remedio. Pero Istar y sus dos pequeños cachorros eran lo más importante para el General. Y ahora los tres estaban en algún lugar del mundo sin soldado que los protegiera.
¿Istar todavía estaba molesta con él? ¿Por eso se marchó? La princesa no podía entenderlo, pero las razones de Sigfrid estaban debidamente justificadas. Todo lo que él hacía era por ella, los niños y su bienestar. Se juró que ese par de cachorros estaría siempre a salvo bajo su brazo hasta que cumplieran la Profecía. Aunque el destino que los esperaba era la muerte, Sigfrid se encargaría de que tuvieran una buena vida por la que no sintieran remordimiento alguno. Cuando llegara el sacrificio estarían listos y alegres. Estarían a salvo.
¿Por qué Istar no lo entendía?
«Velmiar».
Ese príncipe idiota era el culpable de todo. ¿Cómo podía ser tan irresponsable y apartar a su esposa de la protección que necesitaba? ¿Cómo podía apartarla de los curanderos y las parteras justo cuando el embarazo estaba tan avanzado? Sigfrid la imaginaba aturdida por el dolor. Sola, sin ninguna nodriza amable dispuesta a ayudarla a dar a luz porque, por supuesto, el príncipe Velmiar no tendría ni idea de qué hacer una vez que Istar le informara que la niña nacería. Y claro, el pequeño Adad lloraría sin saber qué pasaba.
—Allena, no lastimes a mami —dijo Adad mientras besaba el estómago de Istar. Después se acurrucó con delicadeza para escuchar los latidos y movimientos de su hermana.
Istar sonrió y acarició el cabello del niño. Las contracciones eran cada vez más fuertes, pero sabía que podría resistir unas horas más. El carruaje avanzaba descarriado, siempre a punto de irse de lado. La princesa mantenía las cortinas cerradas para no pensar en el camino ni en el cochero, es decir, en Velmiar.
El carruaje se detuvo tan abruptamente que los caballos y las ruedas patinaron sobre los guijarros. Istar y Adad también resbalaron en los asientos. La puerta se abrió antes de que pudieran recuperarse del susto. Velmiar sudaba a chorros por la preocupación, pero sus ojos negros estaban más decididos que nunca.
—¿Cómo vas?
—Bien, pero pronto va a nacer —advirtió Istar. El príncipe de las Arenas asintió y dijo:
—Estamos cerca pero no veo ningún bosque de cenizas. ¿Hace cuánto estuviste aquí?
—Hace mucho, tenía once años.
—El bosque creció desde entonces. —Velmiar se mordió el labio inferior, angustiado—. ¿Estás completamente segura de que el santuario está por aquí?
—Sí, segura. El templo está abandonado. Es el lugar perfecto para que Allena nazca.
El príncipe asintió de nuevo. Reparó en la mirada preocupada de Adad y le sonrió con cariño para tranquilizarlo. El príncipe se apartó para cerrar la puerta y volver al puesto de cochero, pero se detuvo desconcertado. De cierto modo lo estuvo esperando durante días. Pero ahora que estaba ahí no sabía cómo reaccionar.
Istar siguió la mirada de Velmiar porque el príncipe se había quedado viendo algo detrás de ella. Aunque el carruaje estaba cerrado del otro lado y no había nadie más, los dos lo percibieron: Sigfrid estaba allí, mirándolos y escuchándolos. Para Velmiar la presencia astral del General era como una vaga pulsación de preocupación por Istar y una daga de odio hacia él. Antes de que el príncipe pudiera decir algo el aura del General se desvaneció.
—Ya nos encontró, ¿cierto?
—Sí —Istar clavó la mirada en el piso del carruaje.
—¿Y vendrá a buscarte?
—Sí, que no te quepa duda.
—Pues entonces tendremos que ir más rápido.
—¿Quién viene? —preguntó Adad con un puchero porque no entendía lo que hablaban sus padres.
—El General Montag —respondió Velmiar mientras giraba los ojos.
—¿Sigfrid? ¡Qué dicha! —exclamó Adad—. ¿Vienen Kael y Dereck con él? Porque no se pueden perder el nacimiento de Allenita, ¿verdad? —Istar le sonrió a la vez que Velmiar cerraba el carruaje.
—No te preocupes, Sigfrid estará ahí como te lo prometí.
Adad rio cuando el galope inició otra vez. Su dulce voz infantil se perdió con las pisadas de los corceles. Sigfrid abrió los ojos y se encontró de nuevo en el muelle, con Dereck delante de él todavía concentrado en la princesa Allena.
—Ya los encontré —informó mientras se levantaba. Dereck respiró profundo, cortó la meditación y se despertó.
—¿Sabe en dónde están? —preguntó al tiempo que se levantaba.
—Sé en dónde estarán.
En el rostro de Sigfrid se dibujó una ligera sonrisa de satisfacción. No podía creer que no se le ocurriera antes que Istar iría a ese lugar: a las ruinas del templo en donde se refugiaron hacía mucho tiempo, cuando los vanirianos intentaron capturarla y uno de esos sucios groliens consiguió matar al legendario General.
Huginn y Muninn esperaban pacientes a una decisión. Cuando vieron que Sigfrid y Dereck se levantaban, desplegaron las alas y les facilitaron la montura. Antes de que Sigfrid pudiera subir al lomo del ave, escucharon gritos y carcajadas. Arpías. Genial. Miraron hacia las nubes solo para descubrir que el muelle estaba a punto de sufrir un ataque vaniriano.
Los soldados del lugar, que desde hacía semanas estaban preparados para enfrentar posibles invasiones, tomaron posiciones para el combate. Las nubes –grises y más densas de lo normal– dieron paso a más arpías de las que esperaban. Pronto las mujeres aladas superaron la cantidad de aesirianos. Sigfrid y su pupilo apretaron los dientes.
—Nos siguieron desde el desierto —dedujo Dereck—. Debieron de notar que algo iba mal porque el General Montag y el Guardián de la princesa Allena no están en Irem, como se planeó. Quizá ya corre el rumor de que los príncipes han desaparecido. Si es así y nos han estado espiando, entonces ya saben que conocemos el paradero de los príncipes.
El General chupó los dientes y empuñó la espada. Consideró si debía pelear o no. Hasta entonces se había limitado a ver el combate, pues esperaba tener la oportunidad de ir por Istar sin que los vanirianos repararan en él. Pero Dereck tenía razón: las arpías seguro los buscaban para dar con los príncipes prófugos. Estaban tan desesperadas que no se detendrían por nada del mundo. Sigfrid sabía que los vanirianos eran capaces de cualquier cosa cuando estaban desesperados; incluso lo enfrentarían aunque no tuvieran posibilidades de derrotarlo y sonsacarle información.
El General estaba seguro de que no lo derrotarían pero un combate contra las mujeres aladas solo lo atrasaría. Para cuando terminara con ellas y llegara al santuario en el Oeste, encontraría una última nota de Velmiar burlándose de él por llegar tarde. Dereck debió de pensar lo mismo porque detuvo a Sigfrid y le dijo:
—Yo no sé en dónde están los príncipes, pero este lugar necesita refuerzos o de lo contrario soldados y civiles morirán. Huginn y yo podemos hacernos cargo de esto, pero usted y Muninn deben buscar a los príncipes. —Dereck reconoció en los ojos de su cuervo el apoyo incondicional que siempre le ofrecía—. En cuanto termine con esto me concentraré en la princesa Allena e iré por ella. Pero si fallara no debe preocuparse. Por más tortura que me hagan jamás revelaré el paradero de mi protegida porque ni siquiera lo conozco.
Sigfrid miró a las arpías que caían como lluvia sobre los aesirianos. Ni siquiera su pupilo y el cuervo podrían contra ellas. Muninn jaló con suavidad el brazo del General para pedir su atención y dijo:
—Yo también tendré que quedarme. Son demasiadas y si alguna lo sigue los vanirianos sabrán rápidamente la ubicación de los príncipes. Eso significa que…
—Necesitaré un caballo de seis patas —concluyó Sigfrid sin mucho ánimo. Esos corceles tenían coraje y patas poderosas y veloces, pero no eran tan rápidos como Muninn.
A Sigfrid no le agradaba la situación ni una pizca, pero era la realidad. Solo Huginn y Muninn podrían encarar a las arpías y solo Dereck podría coordinar a los soldados para que las enfrentaran. Y solo él conocía el paradero de Istar y sus hijos. No había otra solución.
—Apresúrate —ordenó a Dereck—. Los necesitaré a los tres.
Sigfrid dio media vuelta y corrió hacia los establos del muelle, donde encontraría los mejores caballos de mercancía que se intercambiaban de un continente a otro.
Dereck y los cuervos mensajeros se elevaron en el aire para luchar contra las arpías.
Mientras tanto, en algún lugar del mundo, Velmiar, Istar, Adad y la no nacida Sakti se encaminaban al santuario donde el rumbo de sus vidas cambiaría por completo.

****

—Aquí estamos, mi florecita —dijo Velmiar en tono burlón mientras recostaba a Istar en el colchón—. Y tú que decías que las sábanas y los almohadones solo estorbarían.
—Oh, cállate —pidió la princesa mientras se acomodaba mejor.
Viajaron a toda velocidad desde el desierto: primero en una esfinge tan rápida que la apodaban Alas de Dragón y después, cuando el animal no pudo más, en un carruaje que consiguieron de camino y trocaron a unos campesinos a cambio de una de esas cartas con la firma falsificada de Sigfrid.
Los aesirianos estuvieron maravillados de ayudarlos pero Istar no pudo sentirse más humillada. Era tan irónico que para escapar de su Guardián tuviera que ocultarse detrás de su firma. Pero debía admitir que el plan de Velmiar estaba dando resultados. Habían hecho un viaje de meses en cuestión de semanas. En los últimos días Istar creyó que Sakti se adelantaría; pero la bebé le dio tiempo de llegar al sitio que había elegido para dar a luz.
Fue allí donde su amor por Sigfrid se transformó en algo más que la simple admiración de una niña pequeña. En aquel entonces no comprendió qué tipo de amor cultivaría para él, pero sí se dio cuenta de que el General formaría parte de ella de una u otra forma.
Ese día, cuando su bebé llegara al mundo, todo cambiaría. Eligió el santuario como la cuna de su hija por una razón: con el nacimiento de Sakti, la antigua princesa Istar moriría para que una nueva mujer ocupara su lugar. El cambio no lo haría sola, porque Velmiar y Adad también dejarían de lado la vida de príncipes y vivirían de ahora en adelante en constante huida del Imperio Aesiriano y de los vanirianos. Si ser prófugos eternos era el precio que debían pagar para que Adad y Allena tuvieran una vida plena, sin temor a expiar un pecado que no era de ellos, pues que así fuera.
Sakti nacería donde su madre se despediría de los sentimientos que la ataron a Sigfrid; en el mismo sitio donde comprendió la magnitud de su amor por el General y en donde le daría la espalda a todo lo que él significó para ella.
—Déjame ver, ¿de acuerdo? —pidió Velmiar mientras le levantaba la falda para calcular cuánto tiempo tendrían antes de que la niña naciera—. Buenas noticias, creo que ya viene.
—¡Al fin! —refunfuñó ella—. Lo único que lamento es que no haya nodrizas.
—No entiendo por qué no hay —comentó Adad al lado, al tiempo que Velmiar bajaba el vestido—. Dijiste que todos estarían aquí para cuando mi hermanita naciera.
—Es que tu hermana está apresurada, hijo —explicó Velmiar mientras ignoraba la mirada sarcástica de Istar. Sakti la había torturado con contracciones durante días, sin ninguna prisa por nacer—. Quiere conocerte y por eso no les ha dado tiempo a las sirvientas para que lleguen. Ahora tráeme ese tazón —Adad se apresuró a acercarle un cuenco con agua limpia—. Querías ser el primero en ver a Allena, ¿verdad? Eso significa que eres mi asistente oficial.
Adad se sentó junto a su padre. El semblante emocionado le cambió de un plumazo cuando Velmiar levantó de nuevo la falda de Istar.
—Felicidades, lo has traumado de por vida —siseó la princesa. Una duda repentina le erizó la piel—. ¿Sabes qué hacer? ¿Tienes idea de cómo…?
—Tranquila —respondió Velmiar mientras levantaba despreocupadamente los hombros—. No lo parezco pero ya antes he ayudado en labores de parto. —Luego agregó en voz baja—: ¿Qué tan diferente puede ser esto de ayudar a una esfinge o una yegua?
Por un momento Istar pensó patearle el rostro por la comparación tan humillante. Cambió de opinión cuando vio el semblante de Velmiar. El príncipe siempre era muy tosco y despreocupado, pero incluso él estaba tan aterrado como ella.
El príncipe de las Arenas explicó a Adad todo lo que tenía que saber antes de que Sakti naciera. Justo cuando todo estaba listo para recibir a la bebé escucharon un relincho lejano e hiriente que les heló la sangre. Los tres permanecieron inmóviles sin entender qué sucedió, hasta Velmiar se aclaró la garganta y rompió el silencio.
—Veré qué asustó a los caballos.
—Pero si Allena nace, ¡¿qué hago?! —preguntó Adad asustado mientras se aferraba a la mano del príncipe.
—Ya te expliqué qué hacer. Además, pienso regresar pronto.
Velmiar estuvo a punto de marcharse sin decir nada más pero se arrepintió. «Esta podría ser la última vez», pensó. Así que se agachó junto a Adad y lo abrazó con todas sus fuerzas. El niño le devolvió el gesto aunque el cuerpecito le temblaba del miedo. Velmiar miró por encima del hombro a Istar, cuyo rostro reflejaba lo que él pensaba: había alguien en el templo. En el mejor de los casos se trataría de un Sigfrid muy cabreado. Pero en el peor…
—Regresaré pronto —prometió mientras le daba un beso en la frente a Adad—. Pero si Allena tampoco me espera tú te harás cargo de ella, ¿verdad, campeón?
—Sí, claro.
—Ahora estás a cargo. Sé valiente. —Velmiar se despegó de Adad, se acercó a Istar y la besó en la mejilla—. Puja, escóndanse y corran —susurró mientras le acariciaba el vientre.
Salió y cerró la vieja puerta tras él. Cargaba una espada al cinto, una ballesta en la espalda y tres dagas en el cinturón de cuero que le recorría el pecho. Aunque se decía que no podía ser tan paranoico se movía con sigilo por las ruinas.
El cuarto donde esperaba Istar estaba en el segundo piso. Antes de dar con la puerta correcta había que tantear varias habitaciones y dar muchas vueltas por los pasillos. Al menos eso daría a los aesirianos algo de tiempo en caso de que tuvieran que huir.
Velmiar se escondió detrás de las columnas agrietadas del primer piso. Desde ahí podía ver el carruaje aunque no distinguió a los corceles. Avanzó como una sombra astuta que juega a las escondidas. La respiración se le aceleró cuando alcanzó un nuevo pilar donde pudiera resguardarse y ver las monturas.
Muertos. Los caballos estaban degollados en el suelo, inmóviles y ensangrentados.
Sigfrid no era el responsable. Aunque la relación entre los dos nunca fue la mejor, Velmiar sabía que el General no se desquitaría con los caballos. En lugar de dar tantos rodeos habría subido directamente a la habitación, esperado a que Istar diera a luz y después habría tomado a los príncipes –con alguna paliza incluida para Velmiar– y los habría montado al carruaje camino a Masca, con una mirada asesina que aniquilaría cualquier reproche. En cambio el que mató a los animales no quería darles la oportunidad de escapar.
Los quería aprisionar.
Retrocedió de espaldas, tocó la empuñadura de la espada y agudizó los sentidos para percibir un posible ataque. Ahora el santuario le parecía tan silencioso que los nervios se le alteraban más y más con cada segundo que pasaba. No podía regresar con su esposa e hijos o quien estuviera en las ruinas los encontraría más rápido. Tenía que acabar con el intruso cuanto antes.
Caminó por el primer piso con sigilo y la espada desempuñada, buscando al enemigo.
Escuchó el repiqueteo de una piedra.
El ruido venía de un jardín interno. La maleza y las flores silvestres crecían vigorosas, se colaban entre grietas, cubrían paredes y escalaban columnas. Velmiar no encontró nada en el jardín. Tanteó el terreno; después de cinco pasos estuvo seguro de que el enemigo no estaba ahí. Dio media vuelta para buscar de nuevo en los pasillos pero un puño invisible le golpeó el rostro y lo hizo caer sentado.
El ataque repentino lo desorientó, pero el silbido en el aire lo alertó a tiempo para que se quitara. Rodó a un lado justo cuando una espada invisible se insertó donde él estuvo hacía un segundo. Las pisadas se hicieron más fuertes, ensordecedoras. Velmiar estaba rodeado por contrincantes invisibles.
Escuchó a los kredoa que corrían de un lugar a otro. Se reían a veces sí y a veces no para desorientarlo y acabar con la batalla más rápido. Velmiar guardó la calma. Envainó la espada, empuñó con rapidez dos dagas y tomó posición de defensa. Esperó para saber por dónde debía arremeter. Cuando uno de los enemigos pisó una pequeña rama, el príncipe inició el ataque. Las pisadas de los kredoa procuraban ser inaudibles pero el suelo estaba repleto de hojas, ramas y flores que crujían cuando alguien las pisaba. El príncipe calculó el tamaño de los contrincantes y la altura donde debían de tener las cabezas.
La sangre brotó de las gargantas invisibles y pintó los rostros vanirianos con manchas carmesíes. Velmiar aprovechó las salpicaduras y batió las dagas en el aire para pintar los cuerpos de los kredoa. El truco funcionó. Lunares rojos se formaron en los rostros y ropas de los enemigos. Las dagas encontraron el camino entre la carne. Velmiar se permitió una sonrisa de alivio; estaba seguro de que en cuanto acabara con los kredoa podría regresar con Istar y Adad.
La sonrisa se le cayó al escuchar el aleteo de las arpías por encima de la cabeza. Los groliens bramaron detrás de él. Estaba rodeado. Un grolien arremetió contra él desde la retaguardia. Velmiar lo esperaba. Justo cuando los cuernos del vaniriano se insertarían en la espalda del príncipe, saltó y clavó una daga en el cráneo del grolien. El gran cuerpo de toro se desplomó. Esa fue la señal para que los demás vanirianos bramaran. Estaban listos para atacar a la vez hasta que una agradable voz los detuvo.
—Les ordené que no atacaran al príncipe. Solo quiero hablar con él.
Velmiar giró hacia la muchacha que se abría paso entre los groliens. Era morena y de cabello rosado. Su sonrisa dulce invitaba a confiar en ella, pero el príncipe no se fio ni se deslumbró por su belleza.
—Tranquilo —pidió la mangodria mientras hacía un gesto para que bajara las dagas—. De verdad solo quiero charlar. Me llamo Abigahil y soy una de las Generalas del señor Vanir. Lamento mucho si lo asusté pero no podíamos dejar a los caballos vivos. Temíamos que escaparan antes de que pudiéramos conversar.
Velmiar mantuvo el cuerpo tenso y listo en caso de que tuviera que atacar. Aunque trazaba un plan de escape también se mantuvo atento a las palabras de Abigahil.
—Sé que esto no le sonará lógico, príncipe Velmiar. Nuestros países han estado en guerra por milenios, pero créame cuando digo que queremos hacer una tregua.
—Sí, claro. Por eso hay escuadrones vanirianos por todo el mundo justo cuando mi hijita va a nacer. —Abigahil ignoró el comentario y siguió:
—No queremos hacer una tregua con los aesirianos, sino con usted y su familia. —Velmiar frunció el ceño—. Nos parece injusto lo que los aesirianos quieren de los pequeños Dragones. Fueron castigados por su pedantería y ahora esperan que un par de cachorros se encarguen de limpiar el pecado. ¡Qué broma! Pero usted y la princesa Istar son diferentes. Ambos quieren que los niños sean felices y vivan bien. Nosotros también queremos eso.
—Por favor, si vas a mentir al menos di algo creíble. ¿A los vanirianos qué les puede importar la felicidad de mis hijos?
—Nos importa porque si ellos son felices por nuestras acciones tarde o temprano regresarán al Imperio Aesiriano para proclamar la paz entre nuestros pueblos. —Abigahil sonrió al ver la expresión de Velmiar—. Así es: queremos llevarlos a nuestra tierra y criarlos como vanirianos. Ustedes, como sus padres, son bienvenidos.
Velmiar sudó frío al comprender que su plan dio un giro inesperado y que podría perder lo único que quería proteger. Deseaba que sus hijos crecieran sin la presión de la Profecía, pero eso sería imposible si los vanirianos los secuestraban. Aunque las palabras de Abigahil dibujaban un cuadro agradable, Velmiar sospechó que el verdadero motivo de los vanirianos era utilizar a los Dragones como armas contra los aesirianos.
—¿Dónde están sus hijos, príncipe Velmiar? Prometo que no los lastimaremos, ni tampoco a usted o a la princesa Istar. —El aesiriano le sostuvo la mirada y respondió:
—Se fueron en cuanto escuchamos al caballo. Ya no están aquí.
—Miente.
—Puedes creer lo que quieras. Esa es la única respuesta que obtendrás de mí.
Se sostuvieron la mirada el tiempo suficiente para que Velmiar viera que la máscara de paciencia y dulzura de Abigahil se desquebrajaba. La mangodria estaba frustrada porque la pista hacia los portadores estaba tan cerca y a la vez tan lejos de su alcance.
El llanto de un bebé cortó el intercambio de miradas entre la mangodria y el príncipe. El gemido resonó por el templo como si se tratara del eco en una caverna. El suelo tembló. El sol deslumbró desde lo alto. Una sensación en el aire dio ganas de reír, llorar, saltar de emoción y encogerse del miedo a la vez. El viento sopló con violencia, las rocas y flores parecieron derretirse, y un tintineo hizo cosquillas en los oídos de aesirianos y vanirianos por igual.
Era un desbalance.
En su mente, Velmiar vio a su pequeña hija patalear en los brazos de Adad. Esa imagen fue como una puerta que conducía a la oscuridad y a la luz, al infinito y al final. Una lágrima le resbaló por la mejilla. Estaba demasiado feliz y triste al mismo tiempo. Estaba contento porque tenía una niña pero también acongojado porque nunca podría alzarla, besarla, ni decirle ni una sola vez lo mucho que la quería.
Por un instante se resignó a perder para siempre a su familia, hasta que Abigahil le dedicó una sonrisilla burlona. No podía dejarlos en manos de esa mujer.
—¡HUYAN! —gritó el príncipe.
Se lanzó hacia el grolien más cercano. Un punzón helado le perforó el pecho antes de que pudiera derribar al enemigo. Al bajar la mirada descubrió los ojos miel de Abigahil y su sonrisa satisfecha. La mangodria empuñaba la espada que le perforó el pulmón.
—Lo lamento, príncipe Velmiar. No quería hacerlo pero su falta de cooperación deja mucho que desear. No sería una buena influencia para los Dragones.
La mangodria retiró el arma. Una flor escarlata extendió los pétalos en la camisa del príncipe. La sangre cayó como lagrimones al regazo de Velmiar. El pantalón empezó a gotear sangre rápido, veloz, cruel. Velmiar supo que moriría. Miró horrorizado a la mangodria. A él lo mató tan fácil. Sin pestañear, sin titubear. ¿Qué le haría a su familia? A los niños no los mataría pero había miles de cosas peores. También estaba Istar. Ella nunca aprendió a tomar una espada porque en el Templo de las Doncellas se preparó para atender y curar enfermos. Aun cuando supiera defenderse ¿podría hacer algo después de dar a luz, cuando estuviera exhausta? La torturarían, quizá incluso la violarían y después la degollarían. Él ya no podría ofrecerle ninguna protección.
—Él vendrá pronto —dijo mientras caía arrodillado. Con una mano cubrió en vano la herida. Abigahil, que evaluaba si necesitaría rematarlo, se tensó al instante.
—¿Quién viene?
—El General Montag, por supuesto. —Velmiar sonrió al ver el miedo de su asesina—. Ya estaba muy molesto conmigo por haberme llevado a Istar y a los niños sin su consentimiento. Pero si los dañan a ella o a mis hijos, Sigfrid les abrirá una puerta al Infierno. Creo que todos sabemos lo terrible que es cuando se enoja.
Le pareció gracioso lo mucho que se alegraba del vínculo entre el General y la princesa. Si no fuera por él tanto Istar como los cachorros estarían abandonados a su suerte. Sigfrid era perseverante y jamás permitiría que algo les sucediera a los niños o a la princesa.
—Agradezco su sinceridad —dijo la mangodria mientras envainaba—. Rápido, por los niños. —Abigahil se abrió paso entre los vanirianos. Uno señaló a Velmiar:
—¿Y qué hacemos con él?
—No tiene sentido rematarlo. Morirá en cuestión de minutos. Como castigo por su falta de cooperación, déjalo que se angustie por sus hijos mientras le llega la hora. Es todo lo que podrá hacer.
Velmiar intentó impedir que los vanirianos se marcharan pero Abigahil tenía razón. La visión se le nubló. El frío empezó a carcomerle el cuerpo desde la punta de los pies y le costó muchísimo respirar por el pulmón herido. Se ahogaba.
Invocó todas sus fuerzas para levantarse pero las piernas le fallaron y lo dejaron caer. Los vanirianos pasaron al lado con indiferencia, sin importarles que un hombre que debió ser rey muriera a unos pasos de ellos. Mientras los últimos vestigios de consciencia se perdían, Velmiar deseó que Sigfrid llegara pronto para salvar a los niños.


—Es muy linda —dijo Adad mientras acercaba Sakti a brazos de Istar, con cuidado de no dejarla caer—. Se parece a ti, mami.
El príncipe miraba hipnotizado a Sakti. Para él no existía nada más hermoso que ella. Pero se había equivocado: Sakti no se parecía en nada a Istar, sino que era la hermana gemela de Adad concebida y nacida siete años después.
Istar reconoció de inmediato los rasgos de Velmiar y los cabellos grises de su hijo en ella. Aunque la bebé todavía no había abierto los ojos supo que también eran grises. Istar la adoraba. Quiso mirarla por siempre jamás pero no tenía tiempo. Adad seguro no lo escuchó porque estaba muy preocupado atendiendo el parto, pero Istar sí notó el grito desgarrador de Velmiar cuando les pidió huir.
A pesar de los reproches de Adad, se levantó y abrigó a la niña con una sábana. Tenían que marcharse. Después de un escaneo de la habitación supo que lo único que debía llevar era la espada que ella misma echó en el equipaje. Salió del cuarto con Sakti en brazos. Adad caminaba delante de ella, cargando el arma con un cinto que se ató a la espalda. A Istar ya no le gustó el templo porque estaba silencioso como una tumba. Fue como si el grito de Velmiar se llevara todos los sonidos consigo, dejando nada más una amenaza muda y sin rostro. ¿Dónde estaba el príncipe de las Arenas? ¿Qué lo hizo gritar así?
—Adad, espera —se agachó a la altura de los ojos de su hijo y pidió—: Busca a tu padre, por favor. Pero hazlo en silencio.
—Pero… —Adad miró a su hermanita y luego a su mamá—. ¿Por qué?
Istar estiró los labios pero su sonrisa fue triste. No supo por qué le pedía que se marchara. Lo más sensato era estar junto a él para protegerlo, pero una corazonada le pidió que dejara a Adad irse por su cuenta. Era ilógico y estúpido pero estaba segura de que era lo mejor. Si alguna vez soñó con que Adad fuera libre y feliz, debía dejarlo ir ahora.
—Estoy cansada —dijo con calma para no asustarlo—. Necesito que tu padre me cargue. Búscalo. Yo me quedaré aquí con Allena. Los esperaré.
Los ojos de Adad la observaron con súplica para que no lo abandonara, pero también con una acusación muda. De alguna manera supo lo que pasaba por la mente de su madre. A Istar le dolió esa mirada pero ahuyentó las lágrimas e invocó una sonrisa más alegre para engañarlo.
—Tranquilo, no me moveré de aquí. Ve afuera, donde dejamos el carruaje, y deja la espada aquí. No quiero que te tropieces y te lastimes con ella.
Adad se quitó el arma con movimientos lentos y el ceño fruncido. Estaba un poquito enojado y muy triste. Igual la abrazó y besó en la mejilla antes de marcharse. También besó a Sakti. Después salió corriendo y se perdió por los escalones que lo llevarían al primer nivel.
«Estará bien», dijo una voz segura y consoladora dentro de Istar. «Ahora solo falta Allena».
La corazonada se acentuó y la hizo levantar la mirada. Vio el tallado en la pared donde se había recostado. Se incorporó para mirar el cuadro completo. No era un muro sino una puerta. El relieve perfilaba la figura de un ángel. Entre las manos, colocadas a la altura del ombligo, resguardaba la cabeza de un dragón con fauces abiertas. Los cabellos del ángel se confundían con las inscripciones que rodeaban a la figura, que eran frases en aesiriano antiguo escritas con letras pequeñas y pegadas entre sí. Detrás de la mujer alada estaban dibujadas una luna y un ave de extensa cola.
Las lágrimas resbalaron por las mejillas de Istar porque reconoció el ángel tallado. ¡Podría reconocerlo en cualquier lugar! Sostuvo a Sakti en un brazo, a la vez que sacaba el pendiente tan preciado que siempre cargaba consigo. El dije que Sigfrid le regaló tenía exactamente la misma figura del ángel. Las palabras escritas en aesiriano antiguo a modo de epígrafe en lo alto del tallado solo le confirmaron lo que el instinto le decía a gritos.
Pältya alesÿs, pältya fenïzsus, lune cargd —susurró la princesa mientras se acercaba a la inscripción—. Eres la puerta de sangre.
Guardó el pendiente, extendió la mano libre y la colocó en las fauces del dragón en relieve. La cerradura reaccionó y se cerró sobre la mano para absorber la sangre necesaria. Los cabellos del ángel se tiñeron de carmesí. Tras unos segundos la boca de dragón soltó a Istar y la puerta se abrió.
Sonrió entre triste y feliz, muy feliz, cuando vio el interior del cuarto. Vio que hace mucho, mucho tiempo, alguien preparó el lugar para recibir a Sakti. En el centro había un mueble cubierto por una vieja sábana polvorienta. Al quitarla encontró una cuna que prácticamente brillaba de nueva. ¿Quién la construyó? ¿Quién la dejó ahí? La corazonada que la hizo despachar a Adad se negó a darle estas respuestas; en cambio, la urgió a dejar a Sakti en la cuna y a marcharse sin mirar atrás. Istar obedeció sin chistar.
—Lo siento, Allena —murmuró mientras mecía lentamente la cuna para que la bebé no llorara—. Estarás bien. Sigfrid vendrá por ti. Lo sé. Todo va a estar bien.
Se quitó el pendiente y lo colocó al lado de la niña. Pensó en marcharse sin más pero recordó a tiempo la espada que Adad dejó. Dejar un arma cerca de un recién nacido era una locura, pero el dije era para Sakti y lo correcto era también dejar algo para Sigfrid.
Desenfundó el arma y miró la hoja lisa, virgen y muda, sin mensaje alguno para el que la portara. Istar pasó la palma por el filo y se concentró en dejar claro el único mensaje que le interesaba. Cuando las runas se escribieron en el metal, enfundó el arma y la situó junto a Sakti. Cerró la puerta de sangre sin mirar atrás. Ahora solo los descendientes de Aesir llegarían a la pequeña princesa. Si todo salía bien ella misma regresaría por la niña. Pero si las cosas resultaban mal al menos Sakti permanecería en familia y no con los vanirianos.
Supo que Sigfrid se las arreglaría para llegar a Sakti, incluso si había una puerta de sangre de por medio. Los imposibles eran tareas fáciles para el General.
Pensó seguir el camino de su hijo pero de nuevo la corazonada la urgió a tomar otra ruta. Debía alejarse lo más que pudiera de Adad y de Sakti. Los pasillos del segundo piso, rebosantes de enredaderas que crecieron ahí a lo largo de los años de abandono, eran múltiples y similares. Eso hacía un excelente laberinto. Lo único que Istar quería era olvidar el camino de regreso. Saber que si la atrapaban jamás podría revelar la ubicación de su hija, incluso si la torturaban. Caminó pegada a las paredes, fijándose a cada instante por encima del hombro para saber si la seguían. Los pasillos continuaron vacíos y silenciosos.
—Hola.
La voz sonó al lado de repente. Una muchacha de cabellos verdes la tomó del cuello y la arrinconó con rudeza contra la pared. La chica salió de la nada, lo mismo que dos docenas de groliens y arpías. Istar estaba rodeada.
—Lamento haberla asustado —dijo la muchacha mientras la soltaba y retrocedía—. No era mi intención ser grosera pero estoy malacostumbrada. Ataco antes de pensarlo. Tonta yo. —La peli-verde se dio un pequeño coscorrón en la cabeza, como para castigarse—. No me extrañaría que pensara que no tengo modales. Soy Lemuria. Mucho gusto. —La mangodria sonrió y extendió una mano a Istar. La princesa estaba tan sorprendida que no pudo reaccionar—. No pasa nada —dijo Lemuria mientras retiraba la mano—. Ahora está confundida pero dentro de unos años nos llevaremos muy bien.
La vaniriana estudió a Istar sin ningún contratiempo. El vestido estaba sangriento después del parto. La princesa temblaba de pies a cabeza todavía exhausta y tenía el rostro pálido y angustiado. Sintió algo de pena por ella. Pensó que en cualquier momento la aesiriana se echaría a llorar. Debía actuar antes de que la princesa cediera al cansancio.
—No quiero sonar grosera ¿pero dónde están sus hijos? —Con esas simples palabras Istar cambió. Dejó de temblar e irguió la cabeza con orgullo, como una reina protectora.
—Sabes que no te diré nada. Moriría antes de dejar que Adad y Allena caigan en tus manos.
—Oh, me está malinterpretando. No les quiero hacer daño ni a usted ni a sus hijos, sino llevarlos a un lugar seguro. Es por eso que escapaban del General Montag y del Emperador Kardan, ¿verdad? Buscaban un nuevo hogar. —Lemuria sonrió. Su voz dulce se llenó de comprensión. No, era malicia disfrazada de bondad—. No quiere que las personas que tanto ama sean los verdugos de los Dragones. Usted no quiere que sus amados hermano y General dejen caer el hacha sobre los cuellos de los Dragones.
—¡Cállate! —gritó Istar—. No sabes nada, ¡guarda silencio!
—Sí lo sé, princesa. He estudiado la historia aesiriana y vaniriana por años, en libros y a través de los poderes de un profeta. Puedo verlo todo incluso cuando él no. Por supuesto he visto lo mucho que le duelen las traiciones que se cosen a su alrededor.
»Pobre, pobre princesa Istar. Desde pequeña siempre ha sido una marioneta, un lindo juguetito ciego que debe ser protegido y oculto, ignorante de cómo las mentes que controlan el mundo pretenden utilizarla. Ni siquiera el hermano que la arrulló tantas veces de pequeña se apiadó de usted y de sus hijos. —Lemuria fingió una sonrisa comprensiva y agregó—: Peor aún, no puede confiar en el hombre al que tanto ama.
—¡Cállate!
Esta vez Istar sí lloró. Era cierto que estaba herida por las acciones de Kardan, pero le dolía todavía más no poder confiar en Sigfrid. Mientras la princesa se restregaba los ojos, Lemuria sonrió complacida. Convencerla sería ahora mucho más fácil.


Adad mantuvo la mirada fija en el cuello cercenado de los caballos, a la vez que apretaba tanto los puños que se enterraba las uñas en las palmas de las manos. Sabía que Velmiar no haría algo tan horrible. ¿Entonces quién?
Sintió las miradas escalofriantes de seres que se ocultaban de él para acercársele por la espalda y lastimarlo. Adad tenía demasiado miedo como para voltearse y mirar cara a cara al asesino de los corceles. Fue entonces cuando una sombra lo cubrió. Se armó de valor, giró sobre los talones para ver al enemigo…
Y encontró a otra persona.


—¡Ae! —La voz temblorosa de Abigahil se escuchó por encima de los sollozos de Istar.
Lemuria esperaba a que la princesa terminara de llorar para después, con amabilidad, explicarle el plan y pintarle el cuadro más hermoso de la Capital Vaniriana. Ahora que tenía la guardia baja, convencerla de que la guiara hacia los cachorros Dragones sería pan comido.
—El Demonio Montag está aquí.
La expresión de Lemuria perdió todo rastro de satisfacción a la vez que Istar alzaba la mirada, esperanzada.
Pudo sentirlo. El corazón le latió con tanta fuerza que pareció que se le saldría del pecho. Percibía la preocupación de Sigfrid. El pulso del General estaba sincronizado con el de su protegida. Istar sonrió lista para llamar a gritos al Guardián.
Antes de que pudiera, Lemuria la arrinconó con tanta fuerza contra la pared que le sacó el aire. Los ojos miel de la vaniriana ya no eran tan dulces. Brillaban con una advertencia mortífera: si no le daba las respuestas que esperaba, la mataría sin ningún reparo.
—Por favor, díganos dónde están los cachorros. Todos nos iremos al País de Hielo, ¡seremos felices allí! Usted, su esposo, sus hijos… ¡Ya no tendrán que preocuparse por un cruel futuro para sus hijos o de que su hermano quiera manipularlos! Todo será perfecto…
Lemuria dio varias explicaciones que pretendían calmar los temores de la princesa, pero Istar observó que las manos de la otra mangodria temblaban y estaban llenas de sangre. «Es de Velmiar», comprendió.
De seguro que para ese entonces su esposo yacía muerto en alguna parte del santuario. ¿Por qué no habrían de matarla a ella también? Ahora lo único que podía hacer era negarse a dar el paradero de Adad y Sakti y esperar a que Sigfrid la encontrara. Cuando el poderoso General se encargara de los vanirianos, ella aprovecharía para buscar el cuerpo de Velmiar y traerlo de regreso con la sanación. Y después… después ya no habría nada que hacer.
Sigfrid no permitiría que se escaparan de nuevo y el Emperador los acusaría de traición. Por el parentesco los dejaría vivir en alguna bonita celda de Palacio o quizá incluso en las habitaciones que le sirvieron de hogar cuando era pequeña. Serían prisioneros, pero eso era mejor que la opción que le presentaban los vanirianos. Mucho mejor.
—¡Entró al santuario! —exclamaron unos groliens que corrían hacia las mangodrias.
La presión en el pasillo se hizo insoportable. Los vanirianos intentaron susurrar, pero el pánico en sus voces era tan evidente que hería. Las miradas de Lemuria y Abigahil se tensaron más con cada segundo que Istar callaba. Finalmente, la mangodria peli-verde sacó la espada y la apuntó contra el abdomen de la princesa.
—Por favor, no quiero hacer esto. Solo dígame dónde…
—No lo haré —susurró Istar—. No creo en lo que dices. El mundo no será color de rosa solo porque nos unamos a ustedes. Seguro en tu país me alejarán de mis hijos. Tampoco soy una ignorante. Sé lo que tu rey haría al verme.
—¡Nos va a encontrar! —gritó Abigahil. El grito fue como una orden porque antes de que Lemuria se diera cuenta ya había insertado la espada en Istar.
La princesa contuvo la respiración a la vez que el vestido se le teñía todavía más de sangre. Cuando la mangodria sacó el arma, tuvo la decencia de no negar lo que hizo y la miró hasta el último momento. Istar estaba tan cansada, resentida por el parto y la nueva herida, que se desangró con rapidez. El mundo se nubló. El sudor y el calor de la sangre fueron insoportables; pronto también el frío y la tembladera del cuerpo.
Sigfrid, Sigfrid, Sigfrid…
Solo pudo pensar en él. En lo mucho que le gustaría escuchar la voz colérica del General mientras se abría paso entre los vanirianos, cortándoles la cabeza hasta dar con ella. Sigfrid podría llevarla a algún lugar seguro con médicos que atendieran la herida. Porque aunque ella era sanadora no podía curarse a sí misma.
Istar apretó los ojos. Deseaba que en lugar del rostro de Lemuria encontrara a Sigfrid. Como si fuera un milagro, el ardor de la herida dejó de molestarle. Cuando abrió de nuevo los ojos se encontró rodeada de bruma espesa y blanca. Frente a ella había alguien, una persona cuyo rostro cambiaba continuamente, siempre mostrando una cara hermosa, hasta que los rasgos se definieron por completo.
—¡Sigfrid! —gritó feliz. El General no le correspondió.
—No, Istar, no soy tu Guardián. Soy la Muerte y he venido a llevarte conmigo.
La garganta de la princesa se secó al comprender lo que significaban esas palabras. Lo dejaba todo atrás: a sus hermanos, a su amado Sigfrid, a sus pequeños hijos. ¿Quién los cuidaría, estarían bien, crecerían adecuadamente? Ahora entendía que lo que ella y Velmiar quisieron con tanta desesperación era algo que desde un principio estuvo destinado al fracaso. Adad y Sakti jamás serían libres pero ahora además serían huérfanos. Ahora sí estarían solos.
—Ya es muy tarde para lamentarse —dijo la Muerte tras leerle el pensamiento—. Pero no lo es para arrepentirte de tus pecados. —La expresión del ayudante de Dios se tornó acusadora—. Con tus poderes arrebataste a muchos de mis manos, rompiendo de esta manera una de las leyes más importantes del mundo. Pero, a pesar de la gravedad de tu falta, tu corazón es limpio. Por eso te ofrezco un trato.
»Irás ahora a una tierra de tormento en donde padecen muchos, muchos otros. Para redimirte debes convertirte en la guía, en la portadora de esperanza en un mundo de sombras. Te daré el cuerpo de un espíritu si a cambio cuidas de las almas que esperan allí.
En la mente de Istar se trazaron varias imágenes que le ilustraron lo que le esperaba. De inmediato supo que tenía que aceptar el trato de la Muerte. Solo así podría mantenerse cuerda para buscar y asegurarse de que sus hijos no estarían haciéndole compañía pronto.
—Gracias —susurró la princesa.
—¿Por qué? —preguntó la Muerte con el ceño fruncido. Por lo general las personas no le agradecían cuando les informaba que sus vidas habían expirado.
—Por mostrarme a Sigfrid antes de partir. —En el rostro del General se formó una sonrisa sincera, de esas que el verdadero Sigfrid permitía ver solo a Istar.
—No hay de qué. Creo que te lo ganaste. —La Muerte se le acercó para rodearla con los brazos. La princesa se encogió del miedo—. Es hora de irnos.
Istar sintió la mano congelada de la Muerte, que se le cerró alrededor de la cintura, y los dedos fríos, que le levantaron la barbilla, justo antes de que posara los labios sobre los suyos. Fríos, congelados, no cálidos como los recordaba. Fuera como fuese, ese era un último alivio antes de entrar al Reino de los espíritus.
—Sigfrid…
Lemuria la miró hasta que los ojos y los labios de Istar dejaron de brillar y temblar. Muerta, desangrada. La madre de los Dragones ya no podría informarles del paradero de sus cachorros. Para rematar, el Demonio Montag honraría su apodo tan cariñoso cuando encontrara el cadáver de su protegida.
—Ae, tenemos que irnos. Aún no podemos combatir al Demonio, ¡no estamos listas!
—Entonces por favor haznos los honores. Y ustedes —dijo volviéndose a los vanirianos—, será mejor que salgan rápido por la parte trasera del templo. —Lemuria se volvió a Abigahil y vio el fuego verde que nacía en las palmas de su amiga—. No querrán estar aquí cuando todo esto se incendie.
Los vanirianos se marcharon con rapidez. Las llamas verdes crecieron en manos de Abigahil. La mangodria peli-rosada liberó el fuego contra una de las paredes del pasillo, destruyendo de inmediato el techo y el muro. El fuego verde se extendió por las enredaderas que crecían a lo largo del templo; luego se convirtió en llamaradas naranjas comunes y corrientes que ardieron por doquier.
El calor y el humo se hicieron sofocantes, pero las mangodrias permanecieron en el pasillo por unos segundos para asegurarse de que el fuego no consumiera todavía el camino que los soldados habían seguido. Se les erizó la piel al escuchar el gruñido y el silbido de la espada del guerrero todopoderoso al que tanto temían. Por suerte los escombros y el humo fueron suficientes para evitar que él las viera.
—Hora de irnos —susurró Abigahil mientras jalaba a Lemuria del brazo.
—Sí.

****

Las cenizas. El olor a sangre de la puerta. El ardor en la mano. El movimiento autómata de sus piernas adentrándose a la habitación. La sensación indiferente al detenerse al lado de la cuna y ver a una diminuta criatura que dormía plácidamente. Cuando miró el rostro dormido de su ahijada sintió una pequeña ola de desilusión. Sakti era idéntica a Velmiar, una similitud que esperó no encontrar en ella. Pero también era la imagen de Adad y él quería al pequeño príncipe. Al menos eso haría más soportable verla.
Sigfrid encontró, a un lado de la bebé, el pendiente que regaló a Istar hace mucho tiempo. ¿Le devolvía el obsequio porque estuvo enfadada con él hasta el final? ¿O era una señal de reconciliación? Quiso creer en lo último.
Extendió la mano para recoger el ángel de plata. Despertó a Sakti con el movimiento. La niña se quejó y pataleó como si al quitarle lo único que quedaba de su madre le quitaran también el calor que la durmió. La bebé lloró y abrió los ojos para mirar al ingrato que la despertaba. Grises, no azules como los de Istar.
Eso enfadó muchísimo a Sigfrid. La quiso matar, acabar con la culpable de todo ese desastre. Su mente se desligó otra vez de la realidad. Para cuando recuperó la compostura volaba sobre Muninn sin rumbo fijo, bajo la lluvia. No recordaba qué lo detuvo de clavar en el pechito de la bebé la espada que también lo esperaba en la cuna. No le importó.
Fue apenas consciente de que cargaba a Sakti en brazos. No tenía idea de qué debía hacer. Entonces escuchó los truenos y los gritos. Vio a Tiamat mientras daba a luz a la niña muerta y con eso supo lo que seguía. ¿No era lógico que la portadora del Primer Dragón estaría mejor en las manos de una madre que la idolatrara que en las suyas, que estuvieron a punto de asesinarla?
Cuando se detuvo delante de Tiamat para entregarle a Sakti, comprendió de repente que dejaba atrás lo último que Istar le había encomendado. Por un momento pensó en retroceder y dejar a la krebin con los brazos expectantes, llevarse a la princesa y criarla por su cuenta.
Pero tuvo miedo. No soportaría mirarla todos los días, sabiendo que en cierta manera significaba Istar, un pedazo de ella y, a la vez, la causa de su muerte. La amaba y la odiaba por partes iguales, pero él no podía vivir bajo ese yugo doble. Al menos no mientras la herida estuviese fresca.
—Juro que volveré por usted, Alteza… —susurró—… así sea lo último que haga.
Antes de entregar la bebé, deslizó el pendiente entre sus dedos para que la krebin no lo viera. Más adelante se dijo que fue un pequeño error, que la noche no le permitió ver que el dije se le había enredado en los dedos. Pero por más que insistiera en la mentira sabía que se dejó el pendiente para sí mismo. «Tan solo por un poco más», pensó, «hasta que pueda dárselo por mi cuenta».
Mientras se alejaba de la krebin y la bebé, los truenos caían y creaban sombras siniestras que desdibujaban una vez más la realidad. Sigfrid apretó los ojos para que se acostumbraran al juego de luces y sombras. Cuando los abrió de nuevo dejó a un lado el pasado para mirar a Sakti. La princesa esperaba sentada en una roca a las afueras de Aleoni, con los ojos cerrados, el rostro herido y cansado.
Los últimos jinetes montaban. Todos, soldados y civiles de Aleoni, se marcharían para buscar refugio en los campamentos de la Muralla de Masca. El muro de fuego azul estaba a punto de menguar. O salirse de control, todo dependía de cuánto tiempo se le dejara arder. Cuando eso sucediera Sigurd entraría al pueblo para devorar las almas de los aesirianos.
Por desgracia, la única que podía detenerlo era Sakti. La princesa se había retorcido por tres días seguidos en la cama del hostal, acosada por el dolor de la transformación y el crecimiento de un nuevo brazo. Aunque estaba convaleciente aceptó el último plan de Sigfrid para acabar con el come-almas.
Sakti se quedaría. Era una ingenua que lucharía a pesar saber que no podría ganar.
—Cabalgaremos rápido, Alteza —dijo él mientras subía al caballo—. En cuanto llegue a la Muralla regresaré con todos los soldados que pueda. Solo resista un poco…
Sakti le esbozó una leve sonrisa, sabiendo que Sigfrid mentía. Por más rápido que cabalgaran no la ayudarían pronto. Las Murallas de Masca estaban todavía a dos meses de camino, tres o cuatro semanas si se apretaba muchísimo la marcha. ¿Lucharía cuatro meses o más contra Sigurd? Era imposible, pero prefería quedarse en el bosque con el come-almas que dejar que el demonio se acercara a Darius o a Mark. Al menos ella tendría mayores posibilidades de sobrevivir si la hoz de Maat no la rechazaba como la última vez.
El General dio la señal. Los jinetes se dirigieron a la salida de Aleoni, que todavía era custodiada por el fuego azul. Sigfrid esperó un poco antes de iniciar él mismo la marcha. Al espolear el caballo adquirió rápidamente la delantera. Alcanzó el muro de fuego en cuestión de segundos. Antes de que él y el corcel chocaran contra las llamas, estas se convirtieron en una pequeña flamita que, diminuta, se introdujo al frasco de cristal que el General sacó con disimulo de la túnica para que nadie lo viera controlar el fuego.
Cuando el muro cayó por completo y los jinetes abandonaron Aleoni, Sigfrid miró a Sakti por encima del hombro. La princesa observó sin rencor cómo la caravana se marchaba sin ella. Se veía tan cansada que no sería extraño que después de cinco minutos perdiera contra el come-almas. Pero solo ella podía usar el arma de un Virtuoso.
Solo ella podría acabar lo que Maat inició hace mucho tiempo.

"Los Hijos de Aesir: Guerra en tierra maldita" © 2009-2017. Ángela Arias Molina

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