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Capítulo 20

20
FUEGO



Sakti miró la caravana partir. Sonrió al reconocer al amo, quien la miraba furioso. Mark renegó como nunca en la vida cuando Sigfrid decidió que la princesa enfrentaría de nuevo al come-almas. Como resultado, el General lo ató a la silla de un caballo como si se tratara de un paquete. Incluso lo amordazó para no escucharlo.
Cuando Sigfrid le hizo esto, Mark miró a Sakti con la esperanza de que la princesa lo dejara en libertad una vez más. Ella lo defendía siempre que el General o algún soldado le hacían una pizca de mal modo. Pero en esta ocasión ella no refunfuñó, ni siquiera pestañeó. En silencio apoyó la decisión de Sigfrid porque con eso se aseguraba de que el mensajero estuviera lejos de Sigurd y a salvo. Eso era todo lo que Sakti quería.
Darius fue un poco más inteligente. Aunque también le reclamó a Sigfrid por el plan y a Sakti por acceder, moduló más sus comentarios negativos para no terminar también amordazado. Como la princesa lo conocía muy bien entendió la mirada conspiradora de Darius. Así que apenas tuvo la oportunidad y quedó a solas con él le pidió que no se escapara de la caravana ni intentara regresar por ella.
—Si muero el amo solo te tendrá a ti —le había dicho—. Si tú también lo abandonas no habrá nadie que lo defienda si Sigurd los sigue. O peor: si Sigfrid se enoja.
—¿Entonces sí admites que lo abandonas? ¿Que nos abandonas?
Ese fue el último reclamo porque Darius comprendió que Sakti le encomendaba lo que ella más amaba en el mundo. Así que se marchó con todos los demás, al lado del jinete que se encargaba de transportar a Mark en la parte trasera de la silla.
La princesa los miró irse hasta que se esfumó la nube de polvo que levantaron los caballos. Ni siquiera quedaron a la vista las siluetas lejanas de la caravana. Sakti quiso alegrarse en el último momento con la imagen de Mark, enojado pero a salvo, vivo. Pero en los ojos del mensajero también vio dolor y tristeza, una expresión que se repetía en el rostro de Darius y, quizá, una pizquita en el de Sigfrid. No quería eso como su memoria final.
Si quería cambiarla, si quería ver a Mark sonriente por última vez, solo podía hacer una cosa.
Miró la hoz que estaba a sus pies. El arma todavía emitía un aura de rechazo aunque Sakti también percibió la pulsación débil de Maat. De alguna forma la Virtuosa se les arregló para atar su espíritu a la hoz.
—Nunca vas a descansar hasta que Sigurd esté muerto, ¿verdad? —preguntó la princesa.
La hoz y Maat guardaron silencio, o Sakti estaba demasiado débil como para escucharlas.
Ese era el gran problema. Si quería ver de nuevo a Mark tenía que derrotar a Sigurd. Pero si quería vencer al come-almas tenía que tomar la hoz. ¿Cómo podría tan siquiera levantarla ahora?
Se miró el nuevo brazo. Era una extremidad tan blanquecina que quemaba la vista si se le veía por más de cinco segundos. Era un poco más largo que el derecho y los dedos –que terminaban en garras– eran más largos de lo normal. La unión de la clavícula y el hombro aún no estaba del todo completa. La piel todavía estaba abierta en el hombro, que ahora era más ancho, un poco más alto y tenía una curva inusual. En realidad, el nuevo brazo era la mezcla de la extremidad de un aesiriano y una bestia.
El doctor de Aleoni examinó la garra cuando la transformación pasó –ya Sakti no tenía cuernos, escamas u otro cambio– y dijo que la nueva piel era tan fuerte como para recibir un hachazo sin sufrir daño. Pero había un grave inconveniente: no podía mover el brazo. No lo sentía. Por más que lo pellizcara o golpeara, permanecía frío, entumecido, dormido, inútil, inerte.
Si la garra era tan fuerte quizá Sakti podría tomar el arma de Maat sin importar las descargas que lanzara la hoz. Pero si ni siquiera podía mover los dedos ¿cómo podía levantar la guadaña? Eso la devolvía a la gran pregunta del día: ¿cómo derrotaría a Sigurd? Estaba exhausta, no tenía energías para hechizos y, para rematar, la conciencia del Primer Dragón estaba lejos, muy lejos, como si después de la transformación se quedara profundamente dormida y no pudiera despertar.
A pesar de esto Sakti sintió un agradable calor en el interior que no podía ser otra cosa más que la energía del Dragón. Si tan solo pudiera alcanzarla y canalizarla adecuadamente quizá podría derrotar a Sigurd.
Sakti cabeceó. Casi de inmediato se pellizcó la mejilla, pero el gesto fue débil y desganado. «Tengo que moverme», comprendió. «De lo contrario me quedaré dormida». Se ajustó una funda improvisada hecha por el cantinero para que la princesa pudiera cargarse la hoz a la espalda sin necesidad de tocarla y ¡puff!, convertirse en cenizas.
Paseó por el pueblo abandonado. Caminar la espabilaría un poco y le permitiría conocer el terreno donde combatiría contra Sigurd. Eso si el demonio no le salía con un revés y llevaba la pelea a otra parte.
Mientras avanzaba por las calles solitarias la atacó una fea sensación de vacío y abandono que le causó escalofríos. La tierra estaba llena de pisadas de caballos, porque los soldados tardaron dos días en entrar en razón y meterlos a un establo. Las casas de madera crujían cuando Sakti caminaba por los pórticos o el viento mecía los letreros de los establecimientos.
Había algo más. Cuando Sakti reconoció las pisadas miró a uno y otro lado. En una esquina creyó reconocer una sombra, así que corrió hacia ella. No avanzó ni veinte metros cuando le faltó el aire. Escuchó pasos en otra dirección y vio la sombra que se perdía detrás de un edificio. Sakti corrió de nuevo hacia la figura, pero el corazón le latió tan apresurado que sintió que le explotaría.
«Me quiere agotar más». Sigurd estaba en el pueblo, jugando a las escondidas, mientras ella perseguía su sombra y se cansaba con cada carrera. Eso era malo pero también significaba algo bueno. «No me enfrenta cara a cara porque todavía está débil por el enfrentamiento anterior. Aunque yo estoy mal, él debe de estar mucho peor si cree que para derrotarme necesita cansarme más». Esa idea le dio esperanzas aunque supo que no podría correr tras Sigurd para toda la vida. Además, eventualmente el demonio decidiría atacar.
Si tan solo ella pudiera adelantársele, quitarle su escondite, la posibilidad de sorprenderla…
Fuego.
La palabra le cruzó la mente de un momento a otro. ¡Qué tonta era! ¿Qué pasó con el fuego azul? ¿Dónde estaba? ¿Por qué diablos ella no tenía una botellita de fuego maldito para enfrentar al come-almas? Darius le había dicho que ella utilizó piroquinesis. Pero aunque intentó en un par de veces usar el truco no logró ni una flama. Menos una de color azul.
«No pienses en fuego azul. Piensa solo en fuego».
Si quemaba el pueblo Sigurd no tendría dónde esconderse, pero eso también la obligaría a seguir al demonio a algún bosque aledaño o al Pantano. A menos, claro, que quemara Aleoni con el come-almas incluido.
Sakti chascó los dedos de la mano derecha. Solo pudo invocar una pequeña flamita que se meció con la brisa. No era mucho, pero era más que suficiente para incendiar el pueblo si le sumaba el detonante adecuado.
Se adentró a la taberna. A los pocos minutos salió cargando todas las botellas de ron y cerveza que el brazo sano le permitía sostener. Lanzó algunas botellas por las ventanas de las casas, esparció licor por los pórticos y bañó el perímetro de Aleoni con una buena cantidad de alcohol para que nada entrara o saliera una vez iniciado el incendio. Utilizó su llamita cuando casi todos los edificios estuvieron bañados en alcohol.
El fuego creció lentamente, siguiendo el camino formado por las gotas de licor alrededor de Aleoni hasta continuar la ruta por las paredes de los edificios. Al principio no fue un gran incendio; no obstante, Sakti supo que si todo salía bien el humo y el calor entorpecerían al demonio. Después solo sería cuestión de darle el golpe de gracia, aunque todavía no tenía ni idea de cómo hacerlo.
«Por allá», dijo una voz en su cabeza mientras el nuevo brazo, por sí solo, se movía y señalaba el centro de Aleoni, todavía libre de llamas.
—¿Dragón? —preguntó Sakti mientras veía que los dedos blanquecinos temblaban.
El brazo se dejó caer inmóvil otra vez, tan rápido y repentino como su reacción inicial. Sakti no sintió la garra para nada, pero ese simple movimiento fue suficiente para que comprendiera la naturaleza de la extremidad. El brazo era del Primer Dragón, no el suyo.
Así como la portadora compartía el cuerpo con el espíritu, el Dragón compartía su brazo con Sakti. Pero si el Dragón no estaba consciente la princesa no podía controlar la garra.
—Vamos —susurró mientras caminaba hacia donde su amiga le había señalado a la vez que se pellizcaba el brazo—. Necesito que vuelvas, Dragón.
«Si puedes tomar la hoz…».
Una tímida sonrisa se le formó en el rostro. Esa podía ser la solución a sus problemas, pero sospechaba que el Dragón estaba más débil que ella después de la transformación. Al llegar al centro del pueblo sintió una agradable corriente de aire que le acarició el rostro. Se mantuvo quieta por unos segundos para disfrutar la brisa. Era fresca y cálida a la vez. El invierno soplaba, pero a la vez transportaba el calor del fuego en Aleoni.
Cerró los ojos. No era una casualidad que el Dragón le hubiese señalado ese lugar. El crepitar de las llamas, la brisa, los latidos de su corazón… Sintió que el cuerpo, el calor y el aire se unieron en uno solo. Debía dejar salir el calor dentro de ella, que todo ardiera…
La interrumpieron antes de que pudiera.
—Eres tan predecible, Sigurd —susurró sin girarse—. Siempre atacas por la espalda.
Es mi especialidad, Alteza —le susurró el demonio al oído.
Sakti se giró para encararlo. Sigurd aprovechó para golpearle la cara y mandarla al suelo de espaldas. El come-almas cayó sobre ella al instante y no dejó que se incorporara.
¿Qué pretende con el fuego? —preguntó mientras se lamía los labios. Se veía todavía más patético que la última vez, pues tenía nuevas cicatrices y quemaduras en todo el cuerpo tras enfrentarse a Sigfrid—. Solo las llamas azules pueden detenerme.
Sakti no se molestó en forcejear contra él. El peso de Sigurd era mucho para ella, que estaba herida. Supo que debía estar aterrada e intentar huir a toda costa, pero quizá ya había sobrepasado la desesperación y estaba resignada. Solo esperaba una chispa.
—Tengo una pregunta para ti —dijo ella a la vez que una sonrisa burlona se asomaba a los labios de Sigurd.
¿Por qué? ¿Quiere ganar tiempo antes de que la mate?
—Eres un charlatán, te gusta hablar mientras peleas —respondió ella—. ¿Viste algo cuando el alma del amo estaba en tu interior?
La sonrisa de Sigurd se amplió justo antes de que el monstruo estallara en una sonora carcajada, de esas que le daban fama por helar la sangre de quienes lo escucharan. El come-almas volvió a hablar con una voz a la vez tétrica y divertida.
¿Amo? ¡Qué forma tan ideal para referirse a él! ¡Lo vi todo, Alteza! Lo que pasó la primera vez… y lo que podría suceder en esta ocasión. ¿Sabe por qué esa alma es tan exquisita? —Sigurd hizo una pausa para mirar los ojos de Sakti. Le emocionó ver que la princesa le prestaba atención—. Ese chico es especial, una anormalidad en el mundo.
»Los Dragones fueron creados dentro del tiempo y por eso sus almas no son inmortales. Todo lo que tiene un inicio, tiene un final. Ese humano… su existencia tampoco estaba prevista pero su alma sí es inmortal. Y todo lo que reúne en su ser… tantas vidas de mensajeros anteriores, tantas experiencias de magos que existieron, existen y existirán, ¡tantos tiempos encerrados dentro de él!
»¡Oh, princesita! —se burló Sigurd mientras lamía las cortadas y moretones en el rostro de Sakti—. Si tan solo supiera cómo murió la primera vez…
—¿Te refieres a cuando me arrancaste el brazo? —lo interrumpió ella, llena de odio.
No. Me refiero a la primera vez. Pero no, por supuesto que usted no lo recuerda, yo tampoco lo hacía… Hasta que vi las memorias y el tiempo que pasaron y no pasaron encerradas en esa alma. ¡Él es el gran desbalance de esta ocasión!
El come-almas guardó silencio mientras miraba el rostro de su presa. Sakti ya no le prestaba atención, sino que se mordía el labio inferior, confundida.
Eso no es lo que esperaba escuchar, ¿verdad? —preguntó burlón. Carraspeó para preparar la voz y dijo—: Tal vez, gatita, querías escuchar algo como «Si te olvido olvidaré también el alivio cada vez que te veo, las cosquillas en el estómago cada vez que te toco y las canciones que canto solo para ti. Si te olvido quedaré en blanco y buscaré fantasmas y razones en cada habitación y sombra, sin saber ni imaginar que lo que tanto me falta eres tú».
Esta vez Sigurd se esforzó mucho por imitar la voz de Mark pero no alcanzó el tono deseado. Aun así la intención con la que se expresó fue exacta a la del mensajero cuando él y la esclava se despidieron antes de que Marduk castigara al muchacho. A Sakti se le empañaron los ojos al recordarlo y se mordió tan fuerte los labios que se los abrió de nuevo.
—¡¿Entonces me recuerda?! —preguntó—. ¿El amo sí me recuerda?
¡Claro que no! —rio Sigurd mientras clavaba las garras en el hombro herido de Sakti—. Hay miles de memorias encerradas en esa alma, ¡él no puede recordarlas todas! Se volvería loco si lo hiciera. ¿Se imagina tener en la cabeza tantas vidas ajenas, tantas ocasiones que pasaron y a la vez no? También los recuerdos de su infancia están suprimidos, abandonados en lo más profundo de su subconsciente, y la única cura a esa amnesia es la muerte. —De nuevo Sigurd carraspeó e intentó en vano imitar la voz de Mark—: «¿No me digas, Allena, que deseas que muera para recordarte? Eso sería muy egoísta».
Sakti no lo aguantó más. Gruñó hasta hacerse daño en la garganta e intentó deshacerse del agarre de Sigurd, pero el demonio la sujetó con fuerza. El come-almas le hundió la rodilla en el abdomen y le sostuvo las muñecas por encima de la cabeza. Por un momento temió que Sigurd la partiera por la mitad. Al instante sintió la presión en el pecho y vio la luz que se le escapaba de los labios. El demonio se comería su alma.
Tranquila que todo tiene solución. Devoraré su alma y después iré por la de su «amo». ¡Así estarán juntos de nuevo! DENTRO DE MÍ.
La luz la deslumbró antes de abandonarla en un lugar oscuro y frío. No pudo verse las manos o tan siquiera sentir el cuerpo que hacía escasos segundos le dolió como los mil demonios. Imaginó que para ese entonces ya Sigurd le había mutilado el cuerpo y se dirigía a toda velocidad hacia el grupo que cabalgaba a Masca.
Hacia Mark.
Tenía que encontrar la manera de escapar de Sigurd, tenía que regresar, aunque fuera por un segundo, al mundo de los vivos y brindar una última protección al amo. ¿Pero cómo podría hacerlo? ¿Cómo…?
Una imagen cortó el hilo de sus pensamientos. Aunque todo era tinieblas, distinguió delante de ella a dos niños pequeños sentados en el suelo, rodeados de oscuridad. El mayor abrazaba un osito de peluche contra el pecho, mientras hablaba entusiasmado a su compañera de juegos aun cuando sus palabras eran inaudibles.
Sekmet miró a Mark con expresión casi ausente, aunque Sakti supo que la niña prestaba atención a todas las palabras del amo. Para ella eran preciosas, casi divinas. Pero no las comprendía. No podía entender cómo esa vocecita, tan alegre y risueña, había decidido hablarle a ella, por qué la había escogido para decir un sinfín de dulces niñerías sin preocupaciones. De todas formas le alegraba que así fuera.
Mark se levantó, corrió hacia ella y le dio un fuerte abrazo antes de colocar el peluche en los brazos de Sekmet. Sakti no recordó con exactitud qué era lo que Mark decía, pero le sorprendió mucho darse cuenta de que tenía varias memorias así, en las que el amo le pedía sentarse en el suelo de la habitación a hablar de todo y de nada a la vez. Solo a hablar.
Quiso caminar hacia la versión infantil del amo, cerciorarse de si era al menos un poco tangible para tocarlo, sentirlo, olerlo. Pero en cuanto dio un paso hacia la imagen los niños desaparecieron junto con la oscuridad. Frente a ella se extendió un pasillo oscuro cubierto de tintineos de estrellas. Sakti no avanzó, pero el pasillo se acortó hasta situarla frente a una gran puerta entreabierta de la que brotaban los tenues destellos del arcoíris.
—Desearía —dijo una voz igual a la suya al otro lado de la puerta— nunca haberte amado. Así habría sido más fácil traicionarte. Así no me dolería tanto dejarte atrás por mi egoísmo.
La puerta comenzó a abrirse lentamente, apenas para que Sakti viera las memorias atrapadas de las que le habló Sigurd.
—Si te odiara no sentiría el más mínimo remordimiento de destruirte a ti también, junto a esta tierra maldita que pide mi sacrificio.
Los latidos del corazón la ensordecieron aunque no entendió qué la asustaba tanto. No quiso escucharlo, saberlo ni mirarlo, pero la puerta siguió abriéndose, dando paso a más luz y más recuerdos.
—En este día el mundo será destruido. ¡Ese es mi voto!
—¡No, Allena! —gritó alguien más en la habitación. Sakti sintió un escalofrío al reconocer la voz asustada de su hermano.
—¡ALLENAAAAAAAAAAAAA!
Esa última voz le fue familiar y al mismo tiempo desconocida. Adad y la otra persona estaban tan asustados que hasta sus voces querían huir. La luz que salía de la puerta aumentaba de intensidad, pero también transportaba algo oscuro y siniestro.
—¡No! —gritó Sakti mientras cerraba los ojos y se cubría los oídos—. ¡No quiero saberlo!
No quería saber qué sucedía al otro lado de la puerta, que ahora estaba abierta para ella. Debía escapar para nunca averiguar la verdad. Dio la espalda al recuerdo, desesperada por regresar, despertar y encontrarse junto a Mark, Darius, Adad, Dagda, Airgetlam, Zoe, ¡incluso estaba de humor para ver al adusto de Sigfrid!
El deseo le quemó el pecho. Si tan solo pudiera llevar ese dolor al demonio, hacerlo arder. Si tan solo pudiera reducirlo a cenizas desde el interior, aun cuando eso significase que ella también ardería. Todo lo que quería era terminar con eso.
Entonces pasó. Lo sintió. El fuego la rodeó. Sakti aulló cuando la llama le quemó el cuello y parte del pecho. La quemadura fue tan severa que pronto dejó de sentir dolor; pero al mismo tiempo despertó. Lo primero que vio fue el rostro de Sigurd, aterrorizado y enmarcado por las llamas naranjas.
El demonio boqueó al ver que Sakti abría los ojos justo cuando se preparaba para mutilarla. No pasó ni medio segundo desde que atrapó las almas de la portadora y el Primer Dragón. ¡Ni siquiera tuvo tiempo de experimentar el poder de ambas! De alguna forma las dos se las arreglaron para regresar.
Los ojos de la princesa se iluminaron con fuego. En los irises ardieron pequeños puntos naranjas flameantes que recordaron a Sigurd la prisión subterránea a la que Maat lo condenó. El fuego que ardía en Aleoni aumentó de potencia, como si estuviese sincronizado con la respiración barbárica y profunda de la chica.
Entonces ella empezó a convertirse en una mujer flamígera.
Aunque al inicio el fuego le quemó la piel del cuello y pecho, el resto de las llamas la cubrió sin causarle úlceras o gritos. Los cabellos también se transformaron en lenguas de flamígeras. Sigurd tuvo que soltarla para no quemarse las manos. Las flamas rodearon a la muchacha sin dañarla y se convirtieron en parte de ella.
El demonio retrocedió aunque pronto comprendió que no tenía a dónde escapar. Estaba rodeado por las llamas de Aleoni, que crecieron hasta alcanzar magnitudes inesperadas. Sakti, que estuvo debajo él todo ese tiempo, se incorporó lentamente. El monstruo tuvo la impresión de estar peleando contra la hija de un volcán.
Cuando ella alzó los brazos y miró el cielo, todo el fuego que ardía en el pueblo la rodeó con una cortina amarilla, roja y naranja que sofocó al come-almas y le impidió verla por unos instantes. Sigurd nunca imaginó que un poco de alcohol y una llamita patética pudieran convertirse en una tormenta como esa. Le asustó lo que veía. Si bien era cierto que solo las llamas azules podían arrebatarle las almas, el fuego de Sakti le quemaría el cuerpo. Tendría suerte si quedaban cenizas de él.
Pensó en escapar pero ya era muy tarde. La cortina que le impedía ver a la princesa se disipó con una explosión que extendió las llamas no solo por Aleoni, sino también por los bosques aledaños. Sigurd se cubrió el antebrazo para protegerse la cara. Cuando se descubrió vio a su nuevo oponente: un enorme dragón de fuego batía las alas sobre los cimientos ardientes de Aleoni. Tenía los ojos negros como carbón fijos en Sigurd. En el pecho de la bestia alada estaba Sakti, envuelta en una barrera flamígera. Ella también miró al demonio, todavía convertida en una mujer de fuego.
Sakti rugió y el dragón la imitó. La criatura abrió la boca y lanzó una bola llameante que Sigurd no pudo evitar. Ni siquiera lo intentó. El demonio tan solo se cubrió el pecho y escondió la cabeza tras los brazos, a sabiendas de que la explosión lo arrastraría lejos de Aleoni. No se equivocó.
En menos de un santiamén estuvo fuera del pueblo. Las patas traseras formaron huellas zigzagueantes por donde pasó, hasta que el ataque se detuvo. Sigurd sacudió la cabeza para recuperarse del aturdimiento. No tuvo tiempo de esquivar las fauces del dragón, que lo atraparon por una pata. La criatura primero voló a ras del suelo, dejando una estela de brizna ardiente al paso, y después se elevó.
El dragón describió varios círculos en el aire mientras agitaba la cabeza y masticaba para herir fatalmente a Sigurd. Se detuvo en lo alto, desde donde escupió al come-almas como si fuera una semilla ácida y podrida. La caída fue larga. Cuando al fin el demonio se estrelló contra las rocas sonó como si una montaña entera colapsara.
Sigurd apenas se pudo levantar. «Ya se desquitó por el brazo arrancado», pensó con una sonrisilla adolorida y nerviosa mientras se veía la pata herida. No sería nada raro que la pata se le cayera de un momento a otro. Tampoco sería raro que el dragón se le lanzara otra vez para repetir el procedimiento.
Sin embargo, la criatura permaneció suspendida en el aire, mirándolo con un odio infinito. Echó la cabeza hacia atrás para tomar impulso. Un punto de luz se formó en la garganta del Dragón. Sigurd supo que le lanzaría otra llamarada. El ataque lo golpeó tan fuerte en el pecho que lo hundió en la roca, de la misma manera que un martillo habría hundido un clavo en un tablón.
Sigurd sabía que el fuego no podía derretir piedras, pero sintió que la superficie bajo él se deshizo como nieve ardiente. «Magma», pensó mientras la sustancia lo absorbía. La roca líquida lo envolvió y le ocasionó úlceras en la piel. Qué lástima que eso no lo mataría. Sería mucho peor, idéntico a la prisión de Maat, pues ardería sin descanso, sin fin al dolor y la agonía. Quiso aullar y maldecir de la frustración pero tenía un nudo en la garganta y otro en el estómago. Estuvo seguro de que si abría la boca respiraría algún gas o parte de la roca ardiente que lo atrapaba.
La cascada de fuego cesó justo cuando Sigurd pensó que estaba otra vez en las entrañas de la Tierra. El suelo todavía ardía pero no estaba envuelto en una masa indestructible como lo temió tanto. Poco a poco, el demonio se libró de la mezcla hirviente y se incorporó. Tenía quemaduras por todo el cuerpo, se había quedado prácticamente calvo y en algunos sitios era casi como un trozo de carbón. Aunque le dolía moverse, irguió la cabeza y miró el cielo.
Un punto de luz blanca se asomó en lo alto del cráter, cuyas paredes sulfuraban humo y magma. La flama del dragón fue tan poderosa que, literalmente, derritió la roca y cavó un hoyo en ella. Era como una fosa para enterrarlo; todo lo que faltaba era que le echaran tierra encima.
Sigurd tembló tanto que por un momento consideró quedarse allí, en lo profundo de su derrota, pero era demasiado orgulloso como para darse por vencido. Además, no vio ni escuchó al dragón. Si la criatura cargaba un nuevo ataque era posible que se alejara del recién creado cráter para asegurarse de no recibir algún contra-ataque de Sigurd. La idea alegró al demonio. Era bueno que lo sobreestimaran. Eso le daba la oportunidad de escapar.
Como supuso que no tenía mucho tiempo, escaló las paredes, que eran irregulares y tenían varias aberturas justas para que él se sostuviera y trepara. Habría sido menos problemático si los muros no estuviesen ardiendo todavía, pero Sigurd supo que no podía empeorarse ni un poco más las quemaduras. Además, debía moverse mientras pudiera, antes de que el dolor lo tumbara por completo.
Cuando al fin llegó a la superficie miró hacia uno y otro lado sin ver ni rastro del dragón, salvo las llamas que ardían en tronquillos y raíces aledaños. Sigurd silbó del asombro mientras giraba sobre los talones. El ataque de la criatura había creado un círculo perfecto de incendio y destrucción. Todo lo que vio le recordó a la cabeza de un fósforo, brillante y ardiente, y después oscuro, reseco e infértil.
Fue durante uno de esos giros que ella lo alcanzó. Sigurd nunca la vio ni la escuchó llegar. Solo supo que de un momento a otro tenía el filo debajo del cuello y que Sakti lo miraba con ojos grises espolvoreados con el reflejo dorado de las llamas.
La princesa solo tenía unas cuantas quemaduras, pero el resto de la ropa y la piel estaban a salvo. Sin dudarlo, con la elegancia y majestuosidad que solo un Aesir podía tener, ella sostuvo la hoz y avanzó. El come-almas caminó de espaldas para evitar que el filo le cortara la garganta. Nunca dejó de ver los ojos de la chica para conocer sus intenciones. Mientras la princesa avanzaba, Maat habló a través de ella:
Asustaste a mi pueblo por años, devoraste almas de niños, hombres, mujeres y ancianos; heriste a mi padre y me obligaste a morir. Ahora, además, enfrentaste y mataste a la portadora del Primer Dragón, a la descendiente de mi hermano, a la que nos librará de la maldición. ¿Te das cuenta de qué tan graves son tus pecados?
Maat parecía dispuesta a alargar la lista de las faltas de Sigurd, pero se detuvo y dio paso a Sakti:
—Atacaste y destruiste a la familia de mi mejor amigo —dijo con rencor—, ¡y tomaste el alma que más amo en este mundo! Como si no fuera suficiente ¡me mutilaste! ¿Sabes lo que voy a hacerte, Sigurd?
¿Matarme? —El demonio sonrió irónico, como si eso no fuera más que un juego para él. Pero la voz le tembló y los ojos los tenía dilatados del puro miedo.
—Peor. —Sakti saboreó la palabra—. Voy a humillarte.
Cortó el abdomen de Sigurd con un giro rápido de la hoz. Arrancó la cáscara que la criatura tenía en lugar de piel y amputó de un tajo la hombría del demonio. En su lugar dejó un chorro de vísceras que cayeron a través del corte.
El chillido de Sigurd fue tan agudo que por poco le revienta los tímpanos a Sakti, pero ella sonrió con crueldad. Era lo justo. El come-almas se divirtió mucho cuando le arrancó el brazo, ¿por qué ella no podía devolverle el favor? Ahora todos recordarían ese día como la derrota del demonio más terrible de todos, castrado por una chica. Era perfecto.
Sigurd dio dos pasos erráticos hacia atrás y alcanzó el borde del risco. Quizá no se dio cuenta antes, pero Sakti lo había obligado a avanzar de espaldas a un precipicio. En el fondo había un río. La chica había recordado cómo Adad derrotó al demonio por primera vez y quiso hacer un tributo al plan original de su hermano. Eso mejoraba todo aún más.
«Ya te divertiste», dijeron con debilidad Maat y el Dragón en su mente. «Es hora de acabar el trabajo». Sakti supo que tenían razón. No estaba tan mal como Sigurd, pero estaba a punto de desmayarse del puro agotamiento. Tenía que acabar con el demonio antes de que no pudiera moverse.
Levantó la hoz por encima de la cabeza. La dirigió al cuello de Sigurd para dar el golpe final pero…
… El demonio perdió el equilibrio en el último momento y cayó de espaldas al abismo. Sakti sintió el rasguño que hizo la hoz en la garganta. Incluso vio las gotas de sangre que bailaron en el aire antes de precipitarse al río, pero aun así supo que no acertó el golpe como lo había planeado. Cuando se asomó al borde apenas tuvo tiempo de ver a Sigurd antes de que cayera en la corriente turbulenta y el agua se lo tragara, ahora teñida con sangre.
—¿Lo maté? —se preguntó. La garra soltó de inmediato la hoz, agotada. Sakti cayó de rodillas al borde. Por un instante estuvo a punto de irse de narices al río, pero logró recuperar el equilibrio y ponerse a salvo.
Eso espero. —El alma de Maat brotó de la hoz como una esfera de luz y se colocó delante de Sakti—. No puedo cruzar hasta saberlo con certeza. Si él sobrevive a la caída, a las heridas, ¡a todo!, debo quedarme para enfrentarlo porque soy la única que…
—No, no lo eres —la cortó Sakti—. Ahora hay alguien más que puede tomar tu lugar y derrotar a Sigurd si todavía es necesario. Ya esperaste suficiente, ya puedes irte si lo deseas.
—… Tú no tienes lo que se necesita para usar mi hoz —Maat intentó no sonar grosera—. Mientras no entiendas el valor del sacrificio no podrás tomar mi lugar.
—Yo no, pero mi hermano sí.
Sakti mentía, porque Adad le tenía terror a la Profecía por el sacrificio. Ella no era mejor que su hermano pero comenzaba a comprender un poco. Si el mundo fuera como Mark ella no tendría tanto miedo de sacrificarse porque el mensajero merecía todo eso y más.
Pero…
—Vete. Los extrañas, ¿verdad? Extrañas a tu padre y madre, al hermano que nunca conociste. Los has extrañado durante miles de miles de años. Ya es justo y correcto que vayas a verlos.
Sakti sintió la ansiedad de Maat, las ganas eternas que tenía de llorar en los brazos de sus padres, de sentirse a salvo con ellos en lugar de sola y abandonada en una misión que nunca pidió. Sabía lo mucho que le debía a la Virtuosa. Lo mínimo que podía hacer era liberarla y ponerla sobre aviso. Así que le explicó qué la esperaba en el Reino de los espíritus.
Es horrible… —dijo Maat al cabo de unos minutos, con un hilo de voz—. Pero quizás, si voy… pueda darles un poco de luz a mis padres. Quizá… sea una pizca mejor que estar de este lado, suspendida en el tiempo, todavía con la hoz atravesada en el pecho. Sola. —El alma de Maat comenzó a desvanecerse, a esfumarse delante de Sakti—. ¿Algún consejo antes de…?
—Cree en ti. Confía en que caerás en el mismo lado que ellos.
Aunque Maat se iba a un inframundo triste y oscuro, Sakti sintió la calidez y la sonrisa invisible que la Virtuosa le dedicó antes de desaparecer.
Una vez sola, miró por largo tiempo el punto donde estuvo Maat. Después se percató de la luz naranja que la bañaba y recordó el fuego. Miró hacia atrás preocupada, porque temió estar rodeada por las llamas y ahora sin capacidad de controlarlas. Pero ya no había incendio; solo la cálida luz de la tarde.
Cuando luchó contra el come-almas el fuego la acompañó con furia y sin descanso. Ahora que estaba tranquila y exhausta las flamas se apaciguaron hasta extinguirse. Curioso. Parecía que además del control mental sobre el fuego, la piroquinesis también incluía el control mediante las emociones sin necesidad de un hechizo. Era bueno saberlo.
Sakti miró el «trofeo» que ganó de Sigurd, la hoz que todavía estaba al lado y la garra de Dragón, que resultó muy útil durante la batalla aunque al principio no la pudo mover ni un poco. Ahora perdía otra vez la sensibilidad en el brazo izquierdo, así que se apresuró a atar la hoz en la funda que llevaba en la espalda. También envolvió el regalo que le llevaría a Darius. Era hora de regresar.

****

Apenas tenía energía para continuar. El frío le caló los huesos y el agua la empapó de pies a cabeza. La ropa y la armadura deshecha no podían calentarla, menos protegerla de la corriente. Aunque el río era tranquilo, Sakti sintió que una avalancha la golpeaba y que en cualquier momento se hundiría en las tinieblas. Ya ni siquiera podía mantener el equilibrio.
Cargaba la hoz en la espalda. Con la garra inmovilizada sostenía el trapo con el que envolvió las tripas del come-almas. Se había esforzado en seguir el camino de la caravana de Sigfrid, pero cada paso le costaba más que el anterior. Después de dos horas continuas le sorprendía que todavía pudiera mover los pies.
El rastro que dejaron los caballos atravesaba el río. Antes de entrar creyó que la corriente y la profundidad no representarían ningún problema para ella y que el agua la espabilaría. Apenas entró supo que cometió un error. Los párpados se le cerraban, los pulmones le ardían al respirar, las heridas le quemaban. Si resbalaba con las piedras del fondo no regresaría a la superficie.
Ahora estaba a mitad del río, donde el agua le llegaba por encima del pecho. Intentó dar un paso más pero una pequeña ola le cubrió la cabeza. Intentó mantenerse erguida para no ahogarse, pero las rodillas le fallaron y no encontró fuerzas para levantarse. Cuando ya ni siquiera tenía energía para preocuparse de morir ahogada, alguien la tomó por los hombros y la arrastró hacia la orilla.
—Ya, tranquila, estás bien.
Sakti se restregó los ojos con la mano sana para disipar las gotas que le caían de las pestañas. Mark la sostuvo de las mejillas con ambas manos para revisarle las heridas. Vio la quemadura que se extendía del cuello al pecho y los moretes de la cara, que estaban más oscuros e hinchados; aunque quizá se veían peor porque Sakti estaba pálida por la pérdida de sangre y el frío.
A Mark le escocieron los ojos al verla tan golpeada, pero aun así sonrió aliviado: Sakti todavía estaba viva.
—El amo está sangrando —dijo ella mientras señalaba una cortada en la frente de Mark.
El muchacho sonrió de nuevo, pero esta vez triste. Le parecía una broma que Sakti se preocupara por una cortada insignificante cuando ella estaba tan molida. Se pasó una mano por la frente para quitarse la sangre y después empezó a soltar la armadura de la chica.
—Me lancé del caballo para venir a buscarte. —Cuando la dejó en ropa interior, le puso la capucha de viaje que él había dejado en la orilla, lejos del agua—. Me he dado cuenta de que tengo muy buena suerte, así que supe que los caballos no me pisotearían. Supongo que faltará poco para que el jinete que cargaba conmigo le confiese al General que me solté. Creo que en el momento no lo hizo por temor a una represalia. Pero si él no dice algo Darius lo hará. Estoy seguro de que para este momento ya se habrá dado cuenta de que hago falta.
Mark terminó de ajustar la capucha a Sakti y la acercó a él para calentarla. Estaba tan feliz de verla, de abrazarla, de saber que podía cuidarla ahora, aunque también admitía que temió dar con ella. No habría soportado encontrarla muerta.
Cuando estuvo atado a la silla del caballo vio el dragón de fuego que se alzó sobre Aleoni. Todos en la caravana de Sigfrid lo vieron. Algunos lo tomaron como un buen presagio de la victoria de Sakti, pero ninguno sugirió regresar por ella. Temían tanto a Sigurd que ni siquiera las llamas aladas los envalentonaron para enfrentarlo.
Él era distinto. Desde el inicio quiso quedarse con ella, pero fue solo hasta que vio el dragón cuando encontró las fuerzas que le hicieron falta para librarse de los nudos y mordazas. Después de caer, su prioridad fue encontrar a la chica. Ahora debía dar el siguiente paso: llevarla a un lugar seguro para que se atendiera las heridas.
Se acomodó en la espalda la funda con la hoz y después dio un último apretón a Sakti para animarla.
—Ven, sube tú también. No podemos esperar a que regresen por nosotros. Si es necesario yo mismo te llevo a Masca, ¿de acuerdo, Allena?
Mark se acomodó a Sakti en la espalda. Se ató el trapo con el «recuerdo» de la batalla al cinturón –aunque ni preguntó qué era– y se levantó. Sin la armadura ni la ropa mojada, la princesa era ligera como una pluma. Notó la tensión de Sakti. Imaginó que temía que él se cayera de bruces después de unos pasos. Cuando ella acomodó el rostro en el hombro del amo, Mark supo que no se caería. Ahora era más fuerte. Sakti lo hizo más fuerte.
—El amo nunca me ha llamado por mi nombre —susurró somnolienta.
—¿No te gusta que lo haga? —A Mark lo angustió mucho esa idea.
—Sí me gusta —confesó ella mientras apretaba un poco el cuello de Mark con el brazo sano. ¡Quería abrazarlo tanto!—, pero pensé que jamás lo haría.
Una pequeña sonrisa se asomó al rostro de Mark, pero él no respondió ni apartó la mirada del camino. Sabía que si decía algo echaría a perder el momento. Sakti también debía de saberlo, porque calló. Avanzaron tranquilos, sin prisas o remordimientos, solo meditaciones.

«Ese humano… su existencia tampoco estaba prevista pero su alma sí es inmortal. Y todo lo que reúne en su ser… tantas vidas de mensajeros anteriores, tantas experiencias de magos que existieron, existen y existirán, ¡tantos tiempos encerrados dentro de él!».

Sakti meditó en las palabras de Sigurd. Su amo era especial, ella siempre lo supo. Pero nunca imaginó la magnitud de su importancia no solo para ella, sino para el mundo entero.

«¡Él es el gran desbalance de esta ocasión!».

No entendió qué quiso decir Sigurd pero sí comprendió lo principal: era dichosa porque tenía a Mark. Ni siquiera importaba que el amo fuera un poquito diferente a como ella lo recordaba a causa de la pérdida de memoria. El Mark niño habría hecho lo mismo que el Mark adulto hacía ahora por ella. Para Sakti eso era más que suficiente.
Se acurrucó sobre la espalda del amo y dejó que el sueño la venciera. Mark estaba ahí para protegerla, para salvarla del sacrificio, para impedir que se cumpliera la extraña visión que tuvo cuando Sigurd le quitó el alma.
Estaba ahí para evitar que los errores del pasado se repitieran.


"Los Hijos de Aesir: Guerra en tierra maldita" © 2009-2017. Ángela Arias Molina

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