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Capítulo 21

21
MENSAJERA


Las gotas golpearon la ventana con insistencia, pero la habitación estaba calentita y el sonido se asemejó a un arrullo, como si le dijera que podía dormir por siempre si así lo quería. Agua. La primera tarea de los esclavos era ir por agua para que sus amos bebieran y se bañaran. Sakti recordó la agradable sensación de cuando era pequeña y llegaba la mañana lluviosa a Lahore. Aunque dejar el cálido lecho junto a Mark era molesto, saber que despertaba arropada y seca, y no en un establo húmedo o en una celda fría, la reconfortaba.
Cuando abrió los ojos se desorientó. No estaba en el cuarto del amo. La habitación estaba amueblada como la de Mark en Lahore, aunque el mobiliario era mucho más opulento y destacado. El mensajero tampoco estaba allí, hecho un ovillo junto a ella como cuando eran niños.
En cambio, Darius estaba sentado en una silla al lado de la cama. Tenía un libro entreabierto sobre el regazo y las gafas se le resbalaban por el puente de la nariz. Estaba tan mal acomodado que en cualquier momento se caería de la silla. Por un instante Sakti pensó en empujarlo con suavidad para verlo caer, pero se contuvo. Aunque sería una broma le parecía muy desconsiderado después de que su amigo la cuidara.
Cuando se sentó en la cama sintió punzones en todo el cuerpo, aunque amortiguados. Debajo del camisón de seda tenía vendas limpias. El hombro izquierdo expelía aroma a infusión y las quemaduras del cuello no le dolían tanto porque se las trataron con ungüentos.
No recordaba que la atendieran. De hecho, no recordaba haber llegado a una casa o a un pueblo. Por las características del cuarto se daba cuenta de que estaba en un sitio especial. Se levantó con cuidado y se asomó por la ventana. A pesar de que llovía a cántaros distinguió las huertas alrededor de la ciudad, las calles blancas y el inmenso edificio que coronaba la urbe: el Palacio de Masca. Al fin había llegado.
Supuso que estaba en una alcoba del palacio de la Muralla, que era la estructura que protegía la Capital Aesiriana de invasiones y la separaba de los campamentos de los refugiados que esperaban permiso para entrar a Masca. En la Muralla también había varios cuartos y salones diseñados para acoger a soldados y ciudadanos a punto de entrar a la ciudad.
Que ella estuviera ahí tan bien atendida solo podía implicar que su tío ya estaba al tanto de su regreso. De seguro que Sigfrid habría enviado una centena de mensajes al Emperador, informándole sobre la condición de la chica. Sakti sabía que los doctores no dejarían que un príncipe entrara a Masca ni aunque se estuviera muriendo. Al parecer aplicaron también esa regla con ella. Una herida sospechosa se infectaría y una infección podría convertirse en peste, la más temida enfermedad de los aesirianos.
Eso le hizo un nudo en el estómago. No lo pensó antes pero era muy probable que tuviese más de una herida propensa a infectarse y darle peste. Ni siquiera los doctores en la Muralla atendían un caso confirmado de la enfermedad, pues era casi imposible curarla y era muy contagiosa. Lo normal era que mandaran a incinerar al enfermo para evitar una epidemia.
Si ella estaba entera y mucho mejor que antes debía de ser por su tío. Seguro que el Emperador envió a los mejores doctores de Masca para atenderla y le dio un permiso especial para que se recuperara en la Muralla, porque lo normal era que se atendiera a los heridos en los campamentos. Solo eso fue suficiente para que se sintiera agradecida.
Se imaginó que no era la única con permiso especial. Sigfrid también debía de estar en la Muralla, no solo esperándola a ella sino también el aval de los doctores. Ellos tampoco lo dejarían entrar hasta asegurarse de que la pierna rota no era una incubadora para bacterias. Darius también debía de tener unos cuantos raspones sospechosos que inquietaran a los médicos. En cuanto a Mark…
—¡El amo! —gritó Sakti al recordar al mensajero. Llegó al lado de Darius y lo sacudió con fuerza mientras le preguntaba a gritos dónde estaba Mark y si se encontraba bien.
El profeta se despertó asustadísimo por el sobresalto. La miró enojado cuando se espabiló, vio que Sakti estaba bien y que lo zarandeaba sin misericordia.
—Yo estoy de maravilla, Allena, gracias por preguntar —soltó sarcástico—. Ignora las ojeras, que aunque creí que moriría de la preocupación por ti pude dormir plácidamente y sin pesadillas. Tampoco hagas caso de la mano —dijo mientras le mostraba las vendas que le cubrían la mano derecha, un poco hinchada—, ¡no me duele en lo más mínimo! Después de todo deberías ver cómo quedó el soldado contra el que peleé.
—Ya. Entendí el sarcasmo —respondió Sakti mientras se sentaba al borde de la cama—. ¿Te peleaste con un soldado? ¿Por qué? —Darius bostezó. Se agachó para recoger el libro que había caído cuando su amiga lo meció, y explicó:
—Aunque parezca raro, a muchos aesirianos no les agrada tener a un ser humano en el palacio de la Muralla, tan cerca de Masca. Tuve que intervenir para que un soldado no lo lastimara. —Se quitó las gafas y las guardó en el bolsillo de la camisa—. ¿Sabes que fue él quien te trajo hasta aquí?
Darius se acomodó en la silla y explicó qué sucedió. Después de que Mark recogiera a Sakti y la llevara a la caravana de Sigfrid, los aesirianos viajaron sin descanso porque sabían que ocupaba atención más especializada. Como ella no estaba en condiciones para cabalgar por su cuenta, Darius y Sigfrid se turnaron para montar con ella. Al principio la muchacha hacía bromas con el profeta e incluso rieron por el «premio» que Sakti obtuvo tras la batalla contra Sigurd, pero su condición empeoró cada vez más.
—Una mañana simplemente no despertaste y creímos que te habías muerto en serio. Pero Mark te tomó, subió a Ka-ren como si lo hiciera siempre y cabalgó por su cuenta hasta aquí.
—¿El amo sabe montar? —preguntó Sakti con las cejas levantadas. Mark siempre palidecía cuando estaba cerca de un corcel de seis patas.
—Yo le enseñé un poco aunque nunca practicó solo. ¡Pero te digo, se las arregló bastante bien! Supongo que fue la adrenalina. —El rostro de Darius se iluminó y agregó—: Estábamos tan sorprendidos por la reacción de Mark que nos quedamos mirando el camino que tomó, aun cuando él y el caballo ya se habían perdido. Entonces busqué a Sigfrid para preguntarle qué haríamos. ¡Debiste haberlo visto! Parecía que se le reventaría una vena por la ira.
»Él tomó otro caballo y siguió a Mark, así que adivina a quién le tocó hacerse cargo de los soldados. —Darius puso los ojos en blanco mientras se señalaba a sí mismo—. También cabalgamos a toda marcha, pero Mark y Sigfrid iban como si los persiguiera el Diablo. El anciano llegó treinta minutos después que Mark, que para ese entonces ya había hecho todo un alboroto para que te atendieran. Yo llegué aquí como tres días después, así que te puedes imaginar lo rapidísimo que cabalgaban esos dos.
Darius sonrió cuando Sakti bajó la mirada y jugó con los dedos, con una sonrisilla tímida en los labios. Estaba feliz de escuchar eso. El profeta estiró una mano para alborotarle el cabello y molestarla, pero la princesa se recuperó y clavó los ojos en él antes de que pudiera hacerlo.
—Ya en serio, ¿dónde está el amo?
—Ay, está bien —suspiró el profeta—. Está en mi cuarto, durmiendo un poco. No te preocupes, los soldados ya saben que no deben dañarlo y por si acaso la puerta tiene seguro. Ahora te toca a ti descansar. —Darius buscó una frazada en el ropero, la tendió sobre la cama e invitó a Sakti a dormir un poco más. La princesa sonrió y dijo:
—Ya estoy mejor. Solo quiero unas sirvientas. —Se miró las puntas del cabello. Estaba tan teñido de carmesí que cualquiera pensaría que era pelirroja—. Tengo que limpiar este desastre.
Darius intentó persuadirla pero fue imposible. Cuando llegaron las sirvientas, Sakti lo echó del cuarto y le pidió que buscara a Mark para que prepararan los equipajes. También avisó a Sigfrid, mediante un criado, que debía tener todo listo para entrar a la ciudad cuanto antes.
Darius y Mark esperaron fuera del cuarto de la princesa, preocupados por miles de ideas. La primera, por supuesto, era que se apresurara tanto a sí misma. Tampoco dejaban de pensar en lo que sucedería cuando llegaran a Palacio y el Emperador se percatara de que Mark todavía estaba con vida. El mensajero sabía que Sakti haría hasta lo imposible por mantenerlo a salvo, pero también estaba al tanto de que el monarca y sus sirvientes más leales –entre ellos Sigfrid– se las ingeniarían bastante bien para asesinarlo. Las probabilidades iban desde el envenenamiento sutil hasta la ejecución con tambores y todo.
Por su parte, aunque Darius no se arrepentía de salvar a Mark solo podía pensar en la suerte de su hija. Confiaba en que el Emperador ni pensara en matarla o castigarla por la desobediencia de su padre por ser la profetisa más hábil. Pero podía hacerle mucho más, como confinarla a una celda e impedirle ver de nuevo a su familia.
Los dos dejaron de lado sus cavilaciones cuando la puerta se abrió. Esperaban que Sakti saliera por lo menos apoyada en una de las sirvientas. En su lugar encontraron a una cortesana escoltada por cuatro empleadas. Darius tuvo que esforzarse mucho por reconocerla, porque no podía situar a la chica tímida y a punto de morirse que vio hacía unos días con la muchacha que salía ahora con la cabeza en alto y tan arreglada. Cuando al fin la reconoció, Sakti frunció el ceño y le advirtió:
—Ni una palabra. Y borra esa sonrisa de tu cara antes de que te la quite a golpes.
Mark la reconoció gracias a la amenaza. Se había acostumbrado a ver a la chica con armadura, no con un vestido largo que se ensanchara en la cintura. Era como si Sakti se hubiese quitado el traje de esclava y se pusiera el de princesa. Pero no era solo la ropa. Comparado con lo otro el vestido era un cambio insignificante.
—¿Qué le pasó a tu cabello? —preguntó el profeta mientras recurría a su fuerza de voluntad para no destornillarse de la risa. Sakti tomó con desprecio uno de los mechones, ahora lacios y limpios. Hizo una mueca y respondió:
—La sangre de Dragón no se puede quitar. Quise teñirlo gris para que se viera como siempre pero solo conseguí esto.
Darius sonrió a pesar de la advertencia de Sakti. Qué curioso que la sangre y el tinte hicieran una mezcla tan particular. Le gustó el nuevo color porque le recordó el cabello de su madre Zoe y el de su esposa Njord. Lo encontraba lindo e inocente. Pero lo que le hizo más gracia era que el rosado pálido no calzaba para nada con la personalidad «gris» de su amiga.
Como parecía que Sakti sí cumpliría la amenaza y lo agarraría a pescozones, Darius se situó junto a ella y la sostuvo. Temía que ella se lastimara más si intentaba golpearlo, o que en cualquier momento se desplomara por no haber descansado como se lo pidió antes.
—No te enojes conmigo —le dijo—. Me parece encantador. Te ves muy linda, cariño. —Como Darius sospechó que Sakti no quería escuchar eso de él, agregó—: Tú díselo, Mark, que a mí seguro no me cree.
Mark estaba tan ido que Darius pensó que tendría que chascarle los dedos para que reaccionara al fin. El mensajero se aclaró la garganta, dijo que le alegraba verla bien y se situó junto a ella para sostenerla como lo hacía Darius.
Recorrieron los salones de la Muralla. Sin importar cuánto insistieron, Sakti no quiso quedarse ni un día más allí. No podía esperar para entrar a Masca. Deseaba llegar a Palacio, no solo porque lo extrañaba sino también porque ahí estaría aliviada al fin. Todo lo que quería era que Mark estuviera a salvo tras los muros de la casa de reyes, donde vanirianos, demonios ni ninguna otra amenaza pudieran lastimarlo.
Cruzaron un sinfín de pasillos y habitaciones antes de llegar a un patio exterior que conectaba con la entrada Oeste de Masca. Aunque ya no llovía, el cielo todavía era gris y hacía un poco de frío.
El patio estaba infestado de soldados que preparaban las carrozas que la llevarían a la ciudad. Al ver tanto movimiento, la chica supo que Sigfrid tampoco podía quedarse en la Muralla por más tiempo.
Cuando los oficiales se percataron de que la princesa estaba allí se formaron en filas que le marcaron el camino hacia el carruaje que ella ocuparía. Mark se sorprendió cuando Sakti avanzó, pues a cada paso de la princesa los soldados se golpeaban el pecho y se arrodillaban. Eso lo incomodó un poco. Ahora que la chica se había puesto el «traje de princesa» no sabía cómo le correspondía actuar con ella. Temía que su relación cambiara.
Se le erizó el vello de nuca y brazos cuando llegaron al carruaje. Como estuvo muy atento a los soldados y a que Sakti no tropezara, no se había percatado de que Sigfrid los esperaba. El General estaba de espaldas a ellos, dando instrucciones al cochero. Parecía una pared de oro. Mark temió estrellarse contra él.
—¿Los regalos para mi tío están preparados? —preguntó la princesa.
—La calavera de un Virtuoso, tres armas mágicas poderosas y el abdomen ensangrentado del come-almas —respondió Sigfrid, todavía de espaldas, mientras señalaba otros dos carruajes que esperaban detrás del vehículo principal—. Jamás un príncipe ha traído tantos trofeos de guerra a Su Majestad.
Una vez dadas las instrucciones al cochero, Sigfrid se giró a ellos. La expresión de su rostro no fue la que Mark esperó. El mensajero pensó que el General lo fulminaría con la mirada y acariciaría con discreción el mango de la espada para dejarle en claro lo mucho que quería matarlo. En lugar de eso, Sigfrid miró a Sakti con sorpresa e intensidad, como si intentara reconocerla. Fue breve pero Mark tuvo la impresión de que el General vio un fantasma.
—Me alegra verla, Alteza —logró mascullar Sigfrid—. ¿Está lista para regresar a Palacio?
La muchacha asintió con una sonrisa, con lo que el General abrió la puerta y se corrió para que los tres subieran al carruaje. Mark fue el primero en entrar y sintió un escalofrío cuando pasó al lado de Sigfrid. Tras dos semanas sin verlo, sintió el odio del General fortalecido. El aesiriano no estaba agradecido ni una pizca por todo lo que pasaron juntos, como cuando Mark lo cuidó después de caer del risco ni por haber llevado a Sakti con un doctor cuando estuvo grave. Si era posible, lo odiaba todavía más por ambas acciones.
El carruaje inició el camino. Mark no vio la ciudad durante la estadía en la Muralla. No solo llovió mucho como para que pudiera salir a las plataformas más altas y ver Masca, sino que también estuvo preocupado por Sakti y las miradas asesinas de los aesirianos, que no estaban nada felices con tenerlo de huésped. Ahora que entraba a la ciudad no podía creer lo grande que era.
Se sintió abrumado después de cinco horas de viaje, que eran tan solo el inicio. Por lo que entendía, viajaban más rápido de lo normal porque las calles estaban casi despejadas por el toque de queda permanente tras la invasión vaniriana. Aun así no se podía creer que se necesitaran por lo general tres días para llegar a Palacio. Darius le había dicho que la ciudad era «enorme», pero para Mark la palabra se quedaba corta.
Fue hasta el mediodía de la segunda jornada cuando el carruaje disminuyó la velocidad, mientras que los tambores de bienvenida retumbaban en sincronía con los latidos del corazón del mensajero. A Mark se le hizo un nudo en la garganta al comprender que había llegado, que el largo viaje que inició cuando abrió los ojos en los túneles de Lahore llegaba a su fin. Saltó en su sitio y apretó la mano de Sakti para darse valor cuando escuchó una voz amplificada por un megáfono.
—¡Salve la princesa! —rezó la voz—. ¡Salve el Primer Dragón!
—¡SALVE!
La respuesta fue un rugido militar que encogió a Mark. Los gritos alegres y excitados de los aesirianos le parecieron rugidos de leones, casi tan potentes y aterradores como Sigfrid. Los tambores golpearon tan fuerte que al muchacho le costó escuchar sus propios pensamientos y la cabeza le palpitó al ritmo de la percusión, mareándolo.
Miró a Sakti para aliviar el miedo que le recorría el cuerpo. Descubrió que la chica se había quitado el «traje de princesa». Todavía estaba en vestido, pero en el rostro ya no llevaba la expresión elegante y serena que la identificaba como una Aesir. Ahora parecía una niña pequeña tan asustada como él.
Sigfrid abrió la puerta del coche y bajó. Una ola de exclamaciones lo recibió, pero él no estaba ni abrumado ni satisfecho por los aplausos que recibía. Dejó que los mascalinos lo aclamaran casi un minuto y después extendió una mano para ayudar a Sakti a bajar. Cuando la princesa puso un pie en la plaza frente a Palacio de Masca, los rugidos se intensificaron tanto que parecieron los vientos de un huracán.
Mark permaneció en el interior del carruaje con Darius, atento a la chica. Era muy curioso que la muchacha que tenía las agallas para quedarse sola en un pueblo abandonado y luchar contra el come-almas apenas si pudiera mantenerse en pie delante de una audiencia. Su pánico escénico era encantador. El mensajero sonrió cuando al fin las puertas de la barrera alrededor de Palacio se cerraron y Sakti dejó caer los hombros con un suspiro de alivio. Las exclamaciones de los mascalinos todavía resonaban, pero con las puertas cerradas eran menos intimidantes.
—Abajo los dos —ordenó Sigfrid con voz amenazadora. Estaba de mal humor—. Más les vale comportarse cuando estén delante de Su Majestad. Darius, nada de comentarios sarcásticos, y humano… —aquí el General hizo un gran esfuerzo para modularse porque no quería desagradar a Sakti—… ni una palabra. Ni siquiera te atrevas a mirar al Emperador.
Mark intentó asentir pero no lo consiguió. Necesitó que Darius lo empujara para que pudiera bajar del carruaje. De no ser por el profeta y sus empujoncitos amistosos, jamás habría dado ni un paso hacia los soldados que esperaban frente a las puertas principales de Palacio.
—Darius, promete que llevarás flores a mi tumba y que rezarás por mi alma, por favor —susurró el mensajero mientras caminaba detrás de Sakti. Darius iba junto a él, detrás de Sigfrid. El profeta quiso regañarlo por ser tan pesimista, pero cuando le miró el semblante vio lo aterrado que estaba.
A Mark le gustaban las construcciones aesirianas, los edificios de mármol, los trenes de plata, incluso las puertas de sangre… Pero aunque Masca era la ciudad más impresionante del Imperio, el muchacho no la disfrutaba. Al ver que temblaba, estaba pálido y miraba alrededor como si fuera un cordero a punto de ser sacrificado, Darius temió que a Mark le fallara el corazón y se muriera allí mismo del puro miedo.
Pero cuando iba a consolarlo y decirle que todo estaría bien, lo rodearon. La comitiva de bienvenida estaba formada por soldados, quienes saludaron a Sakti y Sigfrid con una buena reverencia. El saludo para Darius fue menos amistoso: se colocaron alrededor de él para que supiera que una vez más era prisionero de Masca.
—El Emperador lamenta no recibirla aquí él mismo, Alteza —dijo el de mayor rango a Sakti—. Pero como sabrá, hace unos meses sufrimos una invasión y Su Majestad aún no se ha recuperado del todo tras utilizar la sincronización. Espero que no la moleste seguirnos a la Sala del Trono. Él ha pedido verla ahí.
Sakti asintió y miró por encima del hombro para cerciorarse de que tanto Mark como los obsequios que traía para su tío la siguieran. Unos cuantos sirvientes cargaban en pedestales las tres armas mágicas, la calavera de Set y las tripas de Sigurd, que estaban guardadas en un cofre.
La princesa y los demás recorrieron los salones y pasillos. Mark no se pudo admirar por el detalle de las paredes, las esculturas que adornaban las esquinas o los jardines internos de brillantes colores, que olían delicioso por la lluvia de los últimos días. Cuando al fin se detuvieron delante de un par de gigantescas puertas, al mensajero le dio la impresión de estar otra vez en la Torre del País de Hielo a punto de conocer a Vanir.
Cuando las puertas se abrieron no vio una habitación oscura. La Sala estaba hecha de mármol azul zafiro y estaba clara, ya que en el techo había un vitral de varios colores en forma de aro por donde pasaban los rayos del sol. En el interior del aro había un enorme candelabro de cristal que fragmentaba la luz en diversos ángulos y formaba una danza de destellos. Mark vio los tres niveles que rodeaban la sala, en donde estaban los palcos para los ministros, militares y demás miembros de estado, aunque no había nadie en ninguno de ellos. Finalmente, vio el Trono.
Esa magnífica silla lo detuvo. Mark tuvo la impresión de estar viendo el asiento de Dios en el Cielo, de lo alto, macizo y asombroso que era. El mensajero echó raíces en el umbral de la puerta y estuvo seguro de que no podría dar ni un paso más. Darius lo empujó con suavidad y lo llevó hasta el centro del cuarto, justo donde la luz brillaba.
Mark siguió la advertencia de Sigfrid y no se atrevió a levantar la mirada del suelo. Todo lo que quería era encogerse como un ratón, pasar desapercibido e irse. Se escondió detrás de Darius. Apenas si se dio cuenta de que los sirvientes también entraron, aunque se limitaron a colocar los pedestales detrás de los invitados y se marcharon, cerrando las puertas tras ellos.
Sakti, en cambio, entró tan campante como si nunca se hubiese ido de Masca. Pero perdió parte de la compostura cuando miró el rostro de su tío. El Emperador siempre fue un hombre pálido pero ahora tenía un tono azulado en la cara, que estaba también más delgada. Las sombras debajo de los ojos y la sonrisa débil solo acentuaron el cansancio en el rostro. Creyó que su tío estaba enfermo.
Luego le vio los ojos.
Cuando no era más que una niña y lo conoció, los ojos de Kardan la asustaron porque eran negros como cavernas, con excepción del iris celeste. Con el tiempo aprendió no solo a estar relajada con esa mirada extraña, sino también a respetarla e incluso a quererla. Pero ahora los ojos que la recibían eran diferentes, porque aunque uno se mantenía igual que siempre el otro era común: pupila negra, iris azul y el resto blanco.
No pudo saludarlo. Los dos se quedaron viendo el uno al otro, sin decir ni una palabra, como si fueran desconocidos. Fue hasta que alguien se levantó a la derecha del Emperador que la chica se percató de la presencia del príncipe heredero. Su primo Kardan bajó de la plataforma con paso seguro. Al alcanzarla se la quedó mirando un rato por los golpes que tenía en la cara y el tinte en el cabello. Luego la abrazó mientras le susurraba:
—Tonta, tonta, tonta. La carta de Sigfrid nos asustó muchísimo, temíamos que no te recuperaras. ¿Estás bien?
Fue el beso en la frente lo que la espabiló. Sakti devolvió el abrazo a su primo. Luego hizo una reverencia al príncipe y, finalmente, al Emperador. Eso también ayudó a que el monarca reaccionara porque se había quedado como ido al verla.
—Bienvenida a casa, querida Allena.
—Gracias, tío.
Sakti se percató de las otras personas que estaban en la Sala. Antes no las había visto aunque supuso que estaban allí para darle una bienvenida un poco más calurosa. Enlil, que había esperado al pie de las escaleras que llevaban al Trono, avanzó hacia ella con una sonrisa bonachona y un abrazo cálido. A Sakti le alegró verlo y le devolvió el gesto, sin importarle la cara de asco que de seguro hacía Darius.
Al ver el recibimiento, Mark se pellizcó y se preguntó de qué tuvo tanto miedo. Esa de ahí era una reunión familiar común y corriente, con abrazos y sonrisas incluidas. «Bueno», pensó para aliviarse, «no es normal que las personas celebren el regreso de un ser querido con la decapitación del invitado, ¿verdad?». Solo por si acaso buscó la mirada de Darius para averiguar si era preciso seguir al margen o no. Pero cuando vio la expresión de asco y odio lacerante en el rostro del profeta tuvo que alejarse de él. En un momento la cara de Darius se encrudeció más. Cuando Mark buscó qué lo ofendió vio que el Segundo General tenía una sonrisa ligera y nerviosa en los labios, como si hubiese intentado saludar al profeta.
Aunque a Mark no le gustó que Darius se sintiera tan mal allí, lo incomodó aún más la mirada triste de Enlil. El enorme aesiriano dejó escapar un suspiro de resignación. Luego sus ojos se alumbraron un poco, como para recuperarse de una desilusión.
—Alteza, deseo presentarle a alguien —dijo Enlil. El General extendió una mano e invitó a una mujer a acercarse a él—. Ella es mi esposa, Di.
Fue en ese momento cuando la atmósfera de amena bienvenida se rompió. Mark vio el rostro alegre, joven y bello de la esposa de Enlil, pero también el pánico y la palidez de Sakti tan marcados que temió que a ella le diera un infarto.
—Hola, Alteza —dijo Di con alegría—, ¡he querido conocerla desde hace mucho, mucho tiempo! Mi nombre es Dioné pero puede llamarme Di si quiere.
Los ojos de Sakti se agrandaron cuando vio el hermoso cabello negro, largo y lacio con excepción de las puntas, que terminaban en bucles, y los ojos púrpura que conocía desde la infancia. No podía creer lo que veía. El corazón le latía a toda prisa, a punto de escapársele del pecho.
—¡Sé quién eres! —chilló la princesa—. ¿Por qué nunca me dijiste que eras esposa de Enlil?
«Ella no debería estar aquí», pensó la chica. La última vez que vio a Dioné fue antes de la batalla final en Lahore. Desde entonces no supo nada de ella. Y ahora ahí estaba la sirvienta aesiriana de los Salvot, de la mano del Segundo General, con un lindísimo vestido de seda que ninguna plebeya podría costear. Lo peor era que miraba a Sakti como si la princesa se hubiese vuelto loca.
—Alteza, no sé de qué está hablando… —susurró Dioné. Sakti la cortó:
—¡No finjas! Vivimos muchos años juntas al servicio de los Salvot ¡y nunca dijiste nada!
—Allena, ¿de qué estás hablando? —la interrumpió su primo Kardan. El príncipe también la miraba como si se le hubiese aflojado un tornillo.
—Yo ya conocía a Dioné —intentó explicarse Sakti—. ¡No entiendo por qué se presenta ahora como si fuéramos desconocidas! —Genial. Ahora todos la miraban raro.
—Alteza —susurró Enlil en tono conciliador, como si temiera asustarla—, estoy seguro de que nunca antes ha visto a Di. Quizá la está confundiendo con otra persona.
—¡Claro que no! —exclamó ella antes de girarse a su padrino—. ¿Tú ya la conocías desde antes, verdad, Sigfrid?
—Por supuesto, Alteza —respondió el General con el mismo tono calmado que usó Enlil—. Ella era la nodriza de su madre. Incluso asistí a su boda con Enlil.
—¡NO! Me refiero a que la conociste en Lahore.
Todos guardaron silencio por un par de segundos, aunque a Sakti le pareció una eternidad. Cuando al fin Sigfrid respondió, la chica se dio cuenta de que la creían en verdad loca.
—Alteza, lo siento, no entiendo de qué está hablando.
—¿La olvidaste? —A Sakti le tembló la voz. Comenzaba a asustarse. Ella no podía estar imaginando cosas, ¿verdad? Conocía a Dioné desde hacía tiempo. ¡No podía ser la única que la recordara!—. ¡Darius! —Él tenía que apoyarla—, ¿verdad que tú sí sabes de quién estoy hablando? ¡La otra sirvienta de los Salvot, la que te buscó ropas limpias y un estofado porque estabas resfriado! ¿Verdad que la recuerdas?
Antes Darius vio a Enlil y a Dioné con mucho odio, con ganas de arrancarles los ojos o mínimo escupirles en la cara. Pero ahora todo el resentimiento se fue de paseo, porque vio a la princesa tal y como la miró durante la estadía en Aleoni, cuando la vida de Sakti peligraba por la transformación. El profeta titubeó, pero se acercó a ella con pasos serenos, le puso las manos sobre los hombros para sostenerla y dijo:
Cariño, escucha —su voz era cálida y dulce—, Sigurd te golpeó la cabeza muy fuerte. Creo que estás alucinando. A esta mujer —la mirada se le encrudeció un poco al ver a Dioné— no la conocí en Lahore. Te lo dije en la Muralla y te lo digo ahora: lo que necesitas es descansar. Es obvio que aún no te recuperas pero te aseguro que todo estará bien. Te lo prometo. Todo estará bien.
Sakti le habría dado un buen pescozón si Darius no pareciera en verdad angustiado. Detestó que su mejor amigo la mirara como si ella fuera una inestable mental y la enfureció no contar con su apoyo. «No estoy loca», pensó. «¡No estoy loca! ¡Él y Sigfrid son los locos que no pueden recordar a Dioné!». Luego se percató de que el profeta y el General no eran los únicos que la acompañaron en Lahore.
Se apartó de Darius con un empujón, dio tres zancadas para alcanzar a Mark y lo jaló consigo. Colocó al mensajero delante de Dioné y dijo:
—El amo la recuerda, ¿verdad? —La voz todavía le temblaba—. Aunque el amo despertó sin memorias sé que la vio por unas cuantas horas. ¡Ella es la sirvienta que lo atendió cuando estuvo en coma por ocho años! Dioné era la que se encargaba de cuidarnos de niños, ¡la que cuidaba a los amos Frederick y Mili! ¡¿Verdad que el amo sí la recuerda?!
Mark no miró solo a Dioné. Vio de un lado para otro y al piso, sin detenerse. Gracias a la princesa ahora era el centro de atención. A Sigfrid le latía una vena en la frente porque el mensajero no había pasado desapercibido, mientras que Enlil tenía una ceja levantada y los ojos abiertos de par en par. Por su parte, Dioné y el príncipe Kardan lo miraban como si nunca antes hubiesen visto a un humano, lo cual era muy probable.
Mark sabía que no estaba en una buena posición y que de seguro el Emperador lo estaría viendo todavía más feo que Sigfrid. Aun así eso no era lo que más le preocupaba. Ahora que tenía a Sakti frente a frente todo lo que quería era consolarla como hizo Darius, decirle que todo estaría bien. La cara de la chica se le pareció a la que puso cuando creyó que lo había estrangulado. Él no quería verla de nuevo en ese estado.
—No, lo siento. No la recuerdo. Pero no recuerdo muchísimas cosas así que… tal vez…
Por un momento temió que Sakti se desplomara delante de él, así que hizo el intento de abrazarla. No dio ni un paso hacia ella cuando una voz escalofriante lo detuvo:
—¿Eso es un humano, Allena? —Era el Emperador—. ¿Un humano en mi ciudad, en mi Palacio?
Las paredes vibraron. Mark sintió la ira, la repulsión y el desprecio en todas partes y tan fuerte que quiso correr a algún rincón del mundo y llorar del miedo. Se llevó las manos a los oídos para empezar a encogerse, pero entonces sintió que alguien lo abrazaba. Antes de que se diera cuenta Sakti lo protegía entre sus brazos. Ya ella no temblaba como una hoja. Lo que fuera que la asustó tanto ya no la afectaba.
—¡Allena! —gritó el Emperador—. ¡¿Cómo te atreves a traer a esta cosa a mi presencia?!
Sigfrid, Enlil, Dioné y el príncipe se arrodillaron con los ojos pegados al suelo, pero Sakti permaneció en pie y soportó a Mark. La chica sostuvo la mirada al Emperador, de manera que notó que el ojo extraño de su tío se convertía otra vez en una caverna oscura iluminada con una estela celeste. De seguro que algo tenía que ver la sincronización con ese cambio.
—Cuando me fui de Masca —respondió ahora con voz firme—, Su Majestad estaba al tanto de mis intenciones. Fui a Lahore por mi amo. ¿Qué se suponía que hiciera? ¿Que lo abandonara en la primera ciudad que encontrara?
—¡No se suponía que lo trajeras aquí! —vociferó el Emperador, quien pasó a mirar a Darius—. Profeta, ¿por qué demonios el mensajero sigue con vida? ¡Te di una misión!
A Darius le dio un escalofrío cuando Sakti giró lentamente para verlo.
—¿Tenías una misión? —En el rostro se le marcó el dolor—. ¿Matar… al amo?
—Allena, no…
Supo que no podría decir nada para convencerla. Nunca nadie lo había visto como ella en ese momento. «Le he fallado. Le mentí, la decepcioné, la traicioné».
—¿Para eso fuiste hasta Lahore? ¡¿Para matar a mi amo?! —Darius sintió un nudo en el estómago y otro en la garganta—. No me sorprende que mi tío ordenara una cosa tan horrible, pero… pero… ¿que hayas accedido? Es… es… ¡es tan decepcionante! ¡No puedo creerlo! ¡No puedo creer que te considerara mi amigo, que me hayas traicionado, que…!
—¡Él no te traicionó! —la interrumpió Mark. El mensajero sostuvo fuerte a Sakti porque ella comenzó a caminar hacia Darius para darle una tunda—. ¡Lo chantajearon, Allena! ¡Le dijeron que si no me mataba nunca más vería a su hija! ¿Tienes idea de lo que eso significó para él? Aun así me dejó vivir, aun así se convirtió en mi amigo, ¡aun así me mantuvo a salvo! Así que no quiero que lo juzgues. —Mark se separó de Sakti y la miró con el ceño fruncido, enojado—. Él es un gran amigo que se preocupó, lloró por ti y te cuidó cuando estabas moribunda. Sin él habrías muerto cuando Sigurd te arrancó el brazo. ¡Así que quiero que te disculpes con él ahora!
La Sala del Trono retumbó con la orden. Darius no se podía creer que una voz tan calmada y dulce como la del mensajero pudiera sonar tan enfadada. De hecho, nunca se imaginó que vería a Mark alguna vez enojado, menos con Sakti. Pero lo que más lo sorprendió fue la reacción inmediata de la chica.
—Lo siento, Darius. —La princesa lo dijo tan bajito que el profeta recordó cuando la conoció. «Por Mark eres otra vez la niña con voz de pajarillo».
—Yo también lo siento —contestó él mientras acariciaba la cabeza de Sakti con suavidad para hacerle entender que todo estaba bien entre los dos—. No maté a Mark pero accedí a hacerlo. Tienes razón. No debí dejar que me chantajearan desde el inicio.
—¿Sabes qué es lo más triste? —dijo ella mientras se separaba de Darius y caminaba hasta situarse al pie del Trono—. Que cuando dije que no me sorprendía que mi tío ordenara algo tan horrible, hablaba en serio.
Sakti dejó de mirar el suelo y encaró de nuevo al Emperador, ahora con tanto odio que era difícil imaginar que antes le preocupó que él pudiera estar enfermo.
—No me sorprendió, Majestad, que usted fuera el grandísimo genio que ideó matar a mi amo. ¿Pero sabe una cosa?
Fue tan repentino, como si algo succionara el aire de la Sala, que a Mark se le encogieron los pulmones y el estómago. Quiso sostenerse de algo porque creyó que se caería. Pero en cuanto sintió el calor supo que no podía moverse.
—Le recordaré algo.
Las llamas aparecieron. Las lenguas de fuego acariciaron las paredes, el techo y el suelo, y se alzaron tan alto que el mensajero temió que Sakti los azara vivos. Entonces se percató de que todos estaban a salvo, pues las flamas los rodearon en un círculo. Aunque supo que si se movían una pizca se quemarían.
—Bien empleado, el fuego puede ser benéfico. Pero si no se le respeta se saldrá de control y hará estragos. Yo soy fuego y usted no es agua. —Sakti señaló a Mark—. Pero él sí. Él es el agua que puede salvarlo todo ahora.
Las llamas se desvanecieron. Mark sintió la espalda empapada de sudor aunque Sakti estaba fresca. La chica habló de nuevo. Esta vez usó una voz mucho más calmada, casi angelical.
—Tiene dos opciones, señor. La primera es impedir que el amo se quede en Masca y atenerse a la consecuencia: si el amo se va, yo me voy con él. La segunda… —Sakti miró a Darius por encima del hombro, con una tímida y cálida sonrisa de afecto—… es acceder a mis condiciones. A todas ellas.
No le gustó la reacción de su tío. El Emperador apretó tan fuerte los puños y la mandíbula que era fácil imaginar que hacía planes para encerrarla y ejecutar a Mark cuando ella no pudiera defenderlo. No daría su brazo a torcer ni permitiría los caprichos de su sobrina. Era un testarudo. Como ella.
—Perdone que me entrometa, Majestad —intervino Dioné.
Sakti se había olvidado de ella. De hecho se había olvidado de los Generales, el príncipe, Darius e incluso de Mark, y de lo incómodo que debía de ser para ellos ver pelear al Emperador y a la portadora del Primer Dragón.
—Los sabios dicen que quizá, dentro de un año o dos, la Estrella Púrpura honrará nuestros cielos. —La voz de Dioné era aflautada y dulce, como un sirope que se colaba por los oídos, casi mágica—. De ser así las fiestas no estarían completas sin la princesa ni el mensajero del Tercer Dragón.
Sakti tuvo un escalofrío al ver el leve cambio en el rostro de su tío. Era algo sin importancia y mínimo, como que los labios se le suavizaron un pelín o que una de las muchas arrugas en la frente desapareció. Todavía estaba enojado pero era diferente. «Dioné lo hizo. Dios, ella lo hizo». Al ver los rostros de Enlil y Sigfrid, Sakti confirmó sus sospechas: la voz de la mujer hacía algo, convencía, hacía olvidar sentimientos, modificaba decisiones, intervenía.
El tío se mordió los labios, miró a Sakti y a Mark con ira, pero también con impotencia. Perdió la discusión. El Emperador dejó escapar un bufido, se recostó en el respaldar del Trono y entre dientes preguntó cuáles eran las condiciones de la chica.
—La primera —Sakti apenas si se podía creer lo fácil que era—, el amo Mark vivirá conmigo en Masca y será tratado como lo merece. Si la princesa lo obedece, si la portadora del Primer Dragón está dispuesta a servirlo, los aesirianos no pueden hacer menos.
El Emperador apretó el puño con rabia pero no renegó.
—¿Qué más?
—Mi segunda condición… Darius y su familia serán liberados.
—Estás bromeando —siseó el monarca. Al ver que Sakti no sonreía las paredes vibraron enojadas—. ¡De ninguna manera, Allena! Los profetas pertenecen a Masca.
—¡Ellos no pertenecen a nadie! —respondió Sakti—. No son cosas que puede poseer y usar a su antojo, señor. Quiero que mi amigo y sus hijos recobran la libertad que se les arrebató, que sean libres de irse y hacer lo que mejor les parezca sin que nadie se entrometa en sus asuntos o fisgonee lo que quieran hacer.
—Allena, la Profecía…
—La última vez que revisé, la Profecía no decía nada de que los profetas serían esclavos de Masca —lo cortó Sakti. Pero como supo que su tío no iba a ceder por las buenas, aceptó ser un poco más flexible—: Darius, su familia y yo nos comprometemos a leer y traducir la Profecía en mi espalda. Cuando eso esté listo, serán libres. Pero si Su Majestad no promete ni cumple esto, entonces me marcharé de Masca con el amo. —Como estaba enojada, agregó—: Y a lo mejor me marcho como hizo Adad, que a él le resultó tan bien…
La princesa y el Emperador se miraron mutuamente, enfadados y con ganas de decirse muchas cosas desagradables, aunque ninguno se atrevería. A Mark le pareció muy irreal lo que acababa de ocurrir. No se podía creer que la cálida bienvenida que recibió Sakti se convirtiera en una batalla política en menos de un santiamén.
—Fui atrapada por los vanirianos y destruí la ciudad más importante del País de Hielo en mi escape —dijo la chica después de un largo silencio incómodo. Señaló los pedestales que estaban detrás de ella y continuó—: Liberé la Fortaleza Heimdall y a los soldados del Ejército de Aesir cautivos en ella; derroté al come-almas, traje conmigo la calavera de un Virtuoso y tres armas mágicas poderosas. Y falta agregar que perdí un brazo en la guerra. Tío, ¿no te parece que en comparación con mis logros mis peticiones son bastante pequeñas?
Mark supo que Sakti tenía razón. Ella sacrificó tanto para asegurarse de que el mensajero estuviera a salvo en Masca, ¡no era justo que se lo negaran ahora! Además, solo por chantajear a Darius el Emperador le debía a la princesa la liberación de los profetas.
Él también debía de saberlo, porque apretó los puños, chupó los dientes y finalmente dijo:
—De acuerdo, Allena, acepto tus términos.

****

—¿Ves? Estás cansada, recuéstate —pidió Mark cuando Sakti no pudo contener un gran bostezo. Pasó un brazo por los hombros de la chica y la recostó sobre su pecho, para que ella durmiera el resto del viaje.
El carruaje marchaba con parsimonia pero el silencio no le pareció insoportable. Al principio Mark se preocupó cuando el Emperador decretó que él y la princesa vivirían en casa del Segundo General. Esto no le hizo ni pizca de gracia, porque había escuchado que Enlil se llevaba de maravilla con Sigfrid. Creyó que para que esto fuera posible Enlil debía de ser mínimo un asesino en serie. Fue extraño descubrir que este General era un buenazo, pues lo trataba con amabilidad y cortesía, le sonreía e incluso le estrechó la mano antes de subir al carruaje.
«Los rumores son ciertos, entonces. Darius sí es hijo de este General». Durante el viaje a Masca, Mark no se pudo creer lo que se decía entre la tropa. Siempre le pareció ridículo que alguien que detestara tanto a los Aesir y a la milicia aesiriana fuera descendiente –y heredero– de una Casa Militar.
Mark se dijo que los rumores eran mentiras cuando conoció al Segundo General en la Sala del Trono. Darius no se parecía a Enlil. El profeta tenía el cabello negro, mientras que el del General era castaño. La barba descuidada de Enlil le daba una primera impresión de brutalidad, y con la armadura se veía fiero y todopoderoso, un poco como Sigfrid. En cambio Darius parecía una persona común y corriente, salvo por los ojos.
Pero cuando el Segundo General sonrió Mark notó el parecido oculto. Enlil acarició la cabeza de Sakti y con eso ya no tuvo dudas. La semejanza entre padre e hijo no estaba en lo físico, sino en las reacciones: los dos tenían una sonrisa cálida, eran amables y nobles y podían hacer que la gente se sintiera segura con ellos. Mark sabía que Darius heredó esa naturaleza bondadosa de Enlil, por lo que no tenía nada que temer bajo el techo del General.
—Gracias, Alteza —dijo el aesiriano de repente—. Por conseguir la libertad de Darius.
Sakti esbozó una pequeña sonrisa. Estaba agotada, sentía el cuerpo pesado por el viaje y las heridas de la guerra, pero aun así estaba muy satisfecha consigo misma. Todo estaba saliendo bien.
—Si de verdad salimos de Masca —le dijo Darius cuando terminó la reunión en la Sala del Trono— tú y yo nunca más nos volveremos a ver.
—Pero ahora tengo al amo conmigo, no estaré sola —respondió ella entonces—. Y sé que tú estarás bien. Esto es lo menos que puedo hacer por ti.
La entristecía saber que en unos meses ya no podría ver a su mejor amigo, pero estaba muy feliz por él. Mark tenía razón: Darius había hecho muchísimo por ella. Si estaba en su poder darle la libertad que tanto ansiaba no tenía derecho a negársela.
Cuando la reunión terminó los soldados se llevaron a Darius a rastras a la prisión de los profetas; pero él estaba de tan buen humor que ni siquiera respondió una grosería cuando Enlil se despidió de él. Le faltaba poco para irse bailando y cantando junto a los oficiales que tanto detestaba. Haber visto ese milagro era más que suficiente para que Sakti se sintiera por las nubes. Solo podía imaginarse la reunión de Darius con los gemelos. ¡Seguro que estaban saltando de la felicidad porque pronto podrían irse de Masca!
Lástima que en ese reencuentro familiar no estuviera Zoe. Ella todavía tendría que esperar varios meses para ver a su papá y hermanos, ya que el Emperador decidió que los profetas se reunirían hasta que Darius y los gemelos terminaran la traducción de la Profecía en la espalda de Sakti. La princesa sabía que Zoe podría trabajar mucho más rápido en la tarea que Airgetlam y Dagda juntos, pero su tío no quiso escuchar razones. Para él, tener a Zoe como rehén era el estímulo que Darius y los chicos necesitaban para terminar el trabajo pronto.
—Gracias a ti por dejarnos quedar en tu casa, Enlil —dijo Sakti con cortesía—. La verdad es que me gusta más tu hogar que Palacio.
Enlil se lo tomó como un cumplido y correspondió la sonrisa de la princesa. Pero ella pronto clavó la mirada en Dioné, quien estaba sentada junto al General y tomándolo de la mano.
—¿Todavía está confundida sobre mi esposa, Alteza? —preguntó Enlil. Aunque Sakti no volvió a actuar extraño después de la reunión con el Emperador, el General temía que Darius tuviese razón y la chica tuviera una contusión que le provocara alucinaciones.
—Creo que comienzo a entender un poco —respondió a la vez que Dioné le sonreía de manera dulce. Eso no le gustó a Sakti. Dioné la trataba como si de verdad estuviera loca por un feo golpe en la cabeza, aunque las dos sabían que la muchacha no se equivocaba—. ¿Fuiste nodriza de mi madre?
—Así es —contestó la aesiriana—. Cuidé de Istar desde que era bebé. Su tío me contrató junto a otras mujeres para cuidarla. Incluso la asistí cuando el príncipe Adad nació. —El rostro alegre de Dioné cambió tan rápido que Sakti tuvo que admitirlo: la mujer era una actriz innata—. Es una lástima que ella no me dejara acompañarla cuando usted iba a nacer. Si hubiese estado allí quizá no se habría ido, quizá todo habría sido diferente…
Por el rabillo del ojo Sakti vio que Mark estaba conmovido, pues le brillaban los ojos. Enlil también estaba algo afectado, porque abrazó a Dioné y le dio un beso en la cabeza para consolarla. Pero Sakti, la que debía estar triste por la madre que perdió, no se dejó engatusar.
—Entonces también cuidaste de mi tío cuando era pequeño, ¿no? —insistió la chica—. En la Sala del Trono lo convenciste de que dejara al amo en Masca. Supongo que te hace caso porque te conoce desde que era cachorro. —De nuevo la sonrisa, otra vez la voz acaramelada como sirope mágico… Lástima que el truco de Dioné no funcionara en la princesa y ella no se dejara convencer.
—Conozco a su tío desde que era niño pero yo no lo crié. Aun así creo que me llevo muy bien con Su Majestad. ¿Por qué pregunta? ¿Tiene alguna otra duda?
—No —dijo Sakti mientras se acomodaba en el pecho de Mark y estudiaba la reacción en el rostro de Dioné—, pero lo creo muy conveniente…
Gracias a la conversación entendió mejor el rol de esa nueva ficha. «Conveniente» era una palabra bastante acertada para describir el papel que jugaba la mujer en todo. Crió a Istar, la madre de los Dragones. Conoció a Kardan cuando él era un cachorro, de manera que ahora el Emperador escuchaba sus consejos como si se tratara de su propia madre. Asistió al nacimiento de Adad y, por lo que recordaba Sakti de los relatos de su hermano, también estuvo muy presente en la infancia del príncipe.
Además, era la esposa del General que era padre y abuelo de profetas. Sakti recordó la conversación que tuvo con Enlil hacía unos años, cuando él le confió que su esposa quiso criar a Darius como si fuera hijo de ambos. De haberlo hecho habría sido madre del profeta que más adelante leería la Profecía. Y también fue Dioné quien ayudó a criar a Mark y a Sakti cuando ambos vivían en Lahore, antes de que el Tercer Dragón condenara al mensajero a olvidar a la princesa.
Sakti no tenía ninguna duda: Dioné era otra mensajera del Dragón Púrpura y su misión era criar e influir en las grandes piezas del tablero de ajedrez. Para eso tenía algún poder que le permitía manipular a las personas alrededor. Sin embargo, la princesa todavía tenía varias dudas. ¿Por qué solo ella recordaba haberla visto en Lahore como esclava de los Salvot? ¿Por qué Darius, Sigfrid y Mark no? ¿Por qué ella era inmune al hechizo de Dioné, que hacía que la gente la olvidara cuando le convenía? También, ¿qué otro tipo de poderes tenía esta mensajera para haber estado en dos ciudades al mismo tiempo? Era imposible estar en dos lugares a la vez, ¡¿cómo se las arregló para cuidar a los niños en Lahore y al príncipe Dragón en Masca?!
—Perdone mi atrevimiento —dijo de repente Mark para acabar con el silencio incómodo que provocaba Sakti al mirar a Dioné como si se tratara de un rompecabezas—, pero me parece que tiene unos ojos hermosos.
—¿Verdad que son preciosísimos? —lo secundó Enlil. El General le dio un beso en la frente a Dioné, muy orgulloso de ella, y la abrazó con fuerza—. Sus ojos violetas fueron lo primero que me llamó la atención.
—Te equivocas —lo interrumpió Sakti—, sus ojos no son violetas. Son púrpuras.
Mientras Enlil se separaba de Dioné para ver si la princesa tenía razón, Sakti se acurrucó al lado de Mark para dormir un poco. Hasta donde sabía la presencia de la mensajera no era peligrosa. No se suponía que Sakti estuviera al tanto de la doble vida de Dioné y, si intentaba probar lo contrario solo conseguiría que la trataran de loca. Así que lo mejor era cerrar los ojos y dejar el misterio para otro día.

"Los Hijos de Aesir: Guerra en tierra maldita" © 2009-2017. Ángela Arias Molina

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Gracias por tomarse su tiempito y honrarme con sus comentarios. =^_____^=

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