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Ilusiones y fantasmas

ILUSIONES Y FANTASMAS

—Mi hijo me pidió permiso para estrechar la mano de ese espantoso humano —dijo el Emperador con una mueca mientras miraba el tablero de ajedrez—. Le dije que estaba loco. Quién sabe cuántas enfermedades extrañas transmiten esos gusanos.
Sigfrid y Enlil guardaron silencio mientras lo veían mover las piezas. Estaban concentrados en los pálidos dedos de Kardan porque era mejor que verle la cara y el ojo, que otra vez se parecía al de un aesiriano común y corriente y no al de un Aesir. «Su magia está al límite», pensaron los dos. «Apenas tiene la suficiente para vivir». La sincronización lo había dejado al borde de la muerte.
—¿No se te pareció hoy a Istar, Sigfrid? —preguntó de repente el Emperador. A Sigfrid se le estremecieron las entrañas—. El tinte del cabello, su mirada… Cuando se plantó frente a mí y me advirtió, recordé el día que Enlil te trajo junto a mi hermana de la región Oeste. Istar se plantó exactamente en el mismo lugar y miró a mi padre con la misma ferocidad con la que Allena me miró hoy. El fantasma de mi hermana me atormenta —dijo con la mirada perdida en las fichas—, me acusa, me castiga, ¡me mira a través de los ojos de su hija, echándome en cara una y otra vez que la traicioné!
—Todos la traicionamos, señor —dijo Enlil con suavidad para tranquilizarlo—. Pero ahora tiene una oportunidad para solucionar un poco las cosas. —Enlil le sonrió con calidez—. La mente de la princesa siempre me ha parecido un océano profundo en cuyas aguas no puedo sumergirme para desvelar sus secretos. Ese mar estuvo turbulento y gris por ocho años, pero ahora la tormenta se ha calmado y pude distinguir un pensamiento.
—¿En serio? —preguntó sorprendido Sigfrid—. ¿Qué es?
—No te gustará saberlo.
—Es el único pensamiento que has logrado leerle, Enlil —dijo el Emperador—. Quizá sea el único del que tengamos noción. Por favor compártelo. —El Segundo General rio y dijo:
—«Ahora estará a salvo. ¡Mi amado amo estará a salvo!».
—¡Ugggh!
—¡Le dije que no querría saberlo, Majestad! —se carcajeó Enlil—. Pero a mí me parece un buen pensamiento. Está libre de odio, de sospecha, de resentimiento. Usted y Sigfrid no quieren entenderlo pero es muy conveniente que el humano esté en Masca.
—Eso dices ahora pero espera un par de días y querrás ahorcarlo —se quejó Sigfrid.
—Supongo que sería así… si estuviera celoso de él.
Fue como un puñetazo a la cara. Sigfrid agarró a su amigo del cuello de la camisa y lo arrinconó contra una pared, con el puño levantado de forma amenazadora.
—¡NO ESTOY CELOSO DE ESA COSA! —exclamó furioso. Enlil no se inmutó.
—Vaya, vaya… alguien está bastante sensible últimamente —una sonrisa descarada se asomó a sus labios—. estás celoso, por la misma razón que Su Majestad. No toleran que la princesa saliera de la Sala agarrada de la mano del mensajero. No soportaron ver cómo, a la orden del humano, la princesa se disculpó con Darius. Y no les gusta la sonrisa inocente que se le aparece en el rostro cada vez que Mark le habla. Los dos temen que la princesa se haya enamorado de él.
—… Tu maldita telepatía sí que puede ser molesta a veces, Enlil —le soltó el Emperador mientras fulminaba con la mirada al General. Enlil no se lo tomó para mal y se deshizo del agarre de Sigfrid sin preocupación.
—La verdad no peca pero duele, Majestad. Solo les señalo lo que quieren ignorar. Pueden fingirlo si quieren pero saben que no tratan mal a Mark porque sea humano.
Por la cara que pusieron los dos, Enlil supo que tenía que cambiar pronto de conversación o atenerse a la ley del hielo.
—No afirmo que lo que dijiste sea cierto —dijo Sigfrid con recelo—, pero si así fuera ¿por qué no te molesta la posibilidad de que la princesa se haya…?
—¿Enamorado? —Enlil se divirtió al ver que a su amigo se le erizó la piel con esa única palabra—. Simple: la princesa no entiende qué es enamorarse. Está al tanto de que es amar a otra persona más allá de un simple cariño pero no puede amar de esa forma. Cuando la miro siento que está a un paso del enamoramiento con Mark, pero hay algo que le impide hacerlo.
Enlil guardó silencio por unos instantes. Las miradas de Sigfrid y el Emperador lo instaron a seguir adelante.
—Ella ya está prometida a otro. El hechizo que la mantiene atada a la Profecía le impedirá amar como a un hombre a otra persona que no sea el portador del Tercer Dragón. Está condenada a amarlo. Por eso, aunque en este momento Mark es la persona más importante del mundo para ella, aunque está consciente de lo mucho que lo ama, no está enamorada de él.
Los hombros del Emperador se relajaron como si se hubiesen quitado un peso de encima. Incluso Sigfrid, que hacía poco estuvo dispuesto a romperle la nariz a su amigo, dejó escapar un suspiro de alivio.
—Entonces ¿por qué crees que la presencia del humano es conveniente? ¿Para que puedas leerle la mente a Allena ahora que tiene las defensas bajas? —La expresión alegre de Enlil se esfumó, pero respondió con voz firme:
—No. Es conveniente porque ahora Su Majestad podrá aprovechar todo el potencial de la cámara de los cimientos del metal bendecido por Dios. Si los sabios tienen razón dentro de poco la Estrella Púrpura brillará en nuestro cielo y nos iluminará como un sol.
—Entonces los poderes de los magos se ampliarán —dijo Sigfrid, intentando seguir los pensamientos de su amigo—, incluidos los de los profetas.
—Los poderes del mensajero también se incrementarán y si unimos ambas fuentes…
—… la Profecía será leída y comprendida por completo —terminó el Emperador—. ¡Podremos ver el resultado del día prometido! Enlil, ¿esto es lo que quiso decir Di hoy, en la Sala del Trono?
—Creo que ella lo supuso pero no me comentó nada al respecto.
—Entonces ¿cómo se te ocurrió una idea tan brillante? —A pesar de que el Emperador lo decía como un cumplido, Enlil respondió con voz pesarosa:
—Fue idea de Mark. Él me explicó cómo veríamos el día de la Profecía. Y cómo moriría para que el Tercer Dragón se reuniera con sus hermanos en el mundo de los vivos.

****

El plumaje de Muninn era suave y cálido. Al mismo tiempo, la brisa fría de la noche le calmaba y le hacía olvidar la ira de los últimos meses. Necesitaba relajarse, encontrar un lugar tranquilo donde no tuviera que recurrir a la maña de sostener el mango de una espada mientras dormía. Por una vez en la vida quería cerrar los ojos sin preocuparse de estar indefenso.
—Debió aceptar la invitación de Enlil, señor —comentó el ave al llegar a una abertura en la cima de los Tres Riscos—. Su pierna todavía necesita reposo. En caso de que le provocara una fiebre, la atención de las otras esposas de Enlil sería beneficiosa.
—Te preocupas demasiado —respondió Sigfrid mientras bajaba del cuervo.
El General se coló por la abertura, que lo llevaba directamente a su habitación. ¿Cuánto tiempo tenía sin visitar los Tres Riscos? No lo sabía con certeza pero aprovecharía la oportunidad para revisar que todo estuviera en orden.
Recorrió la habitación. Los muebles estaban cubiertos por sábanas que los protegieron de telarañas ancestrales. Cuando llegó a un gran diván lo descubrió con cuidado de no agitar el polvo. Estaba casi listo, ya tenía un sitio para dormir, pero todavía faltaba algo. Caminó a la pared contraria, justo la que quedaba frente al extenso sofá, y apartó la sábana que protegía el único cuadro de la habitación.
—Yo también la extraño —dijo Muninn al lado mientras picaba amigablemente la mano de Sigfrid. El General acarició la cabeza plumífera del cuervo a la vez que se perdía en los ojos retratados de Istar.
—Aún no he olvidado cómo era —susurró—. El poder de tu nombre la mantiene a mi lado.
Cuando bajó la mirada vio el cofre que estaba al pie del retrato. Sigfrid lo abrió y dio con la espada, la misma que encontró en la cuna de Sakti cuando perdió a Istar. Pasó el dedo por la hoja del arma pero no la levantó. No recordaba mucho de aquel fatídico día pero sabía que estuvo a punto de matar a la pequeña princesa con esa espada.
La inscripción en la hoja era como un beso de fuego o una lágrima ensangrentada, pues el último mensaje de Istar estaba teñido de rojo. «Cuídalos y cuídate». A Sigfrid le pesaban esas palabras. ¿Cómo podía levantar la espada? No tenía el coraje ni el honor para hacerlo. ¿Cómo podía colocarse el arma al cinto si la primera vez que la empuñó violó la razón por la que Istar se la dejó? No merecía tenerla. No merecía tan siquiera verla.
Cerró el cofre de un golpe y se apartó de él. Se recostó al diván pero no cerró los ojos. Estaba cansado pero no quería dormir sin antes grabarse bien el rostro de Istar. No importaba si el retrato le provocaba pesadillas donde ella le echaba en cara la traición. Todo lo que quería era soñar con ella, verla de nuevo, aun cuando Istar lo mirara con odio.
Muninn se echó al suelo. El cuervo mensajero era tan grande como un caballo y emitía un calor muy placentero durante las noches frías. Él también miró el retrato de Istar hasta adormilarse, incluso repitió el nombre de la princesa mentalmente para invocarla en sueños.
Pero antes de que él y el General cayeran dormidos un escalofrío erizó el plumaje de Muninn. El mensajero se levantó de un salto y miró asustado a través de la fisura en la cima con dirección al Este.
—¿Qué sucede? —le preguntó Sigfrid. Sintió en el pecho la extraña agitación del cuervo.
—Alguien ha nacido —dijo el ave mientras intentaba regular la respiración.
—¿Quién?
—Un mensajero… No, dos.
Sigfrid miró también a través de la fisura, casi percibiendo el par de latidos lejanos que perturbaron tanto al cuervo. En medio de la noche, él y Muninn escucharon el aullido distante de un lobo.

"Los Hijos de Aesir: Guerra en tierra maldita" © 2009-2017. Ángela Arias Molina

4 comentarios :

  1. Ángela cruel... nos dejaste en medio de la incertidumbre sobre esos nuevos mensajeros...

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  2. XD Sí, soy mala :p ¡Gracias por leer!

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  3. sabes, en este capitulo me doy cuenta de algo... los mensajeros son los lobos-dragon Freki y Geri ¿Vdd?

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    Respuestas
    1. Así es. Detallitos de los que uno se da cuenta cuando hace re-lectura. ¡Muchas gracias por re-leer! :D

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Ojalá que me den CRITICAS CONSTRUCTIVAS para poder mejorar en mis escritos.
No es necesario que dejen su nombre, aunque se los agradecería para poder darle las gracias cada vez que publique de nuevo, ya que quiero dar crédito a las sugerencias que me hagan.
Gracias por tomarse su tiempito y honrarme con sus comentarios. =^_____^=

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