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Capítulo 22

22
PIEZAS

A la señal de los hombres, las puertas se abrieron y dieron paso a un carruaje jalado por caballos blancos. Los sirvientes se apresuraron a abrir el coche. Se les adelantó un joven de elegantes ropas y cabellos caobas, largos y lacios recogidos con una peineta dorada.
—Bienvenida, milady —dijo con caballerosidad mientras extendía una mano. Sakti arrugó el ceño al verlo. Ignoró la ayuda y bajó por su cuenta del carruaje—. Tal vez la princesa querrá honrarme con un paseo por los jardines…
—Esfúmate —ordenó ella sin siquiera verlo.
—Entiendo que la princesa esté ocupada y que quizá quiera verme otro día, pero…
—No, no estoy ocupada. Simplemente no quiero verte ni hoy ni ningún otro día de mi vida —Se detuvo y miró al pretendiente con frialdad—. Dile a mi tío que lo intentaste, pero que si sigue enviando muchachos quizá yo no los devuelva en una sola pieza. Ahora, ¿te irás por las buenas, Dereck tendrá que sacarte o peor: quieres que yo misma te arrastre fuera de la mansión Tonare?
Mientras fulminaba con la mirada al muchacho de familia cortesana, Sakti pensó que al menos él tenía el valor de no temblar como gelatina o salir corriendo. Si no lo hacía ella estaba segura de que le rompería la nariz por insistir tanto. Él pareció entender los pensamientos de la chica, porque esbozó una pequeña sonrisa nerviosa que lo delató. Antes de que Sakti avanzara para sostenerlo por el cuello de la camisa, aporrearlo y echarlo a patadas de la propiedad Tonare, Dereck se colocó detrás del pretendiente.
—La princesa le ha pedido irse, joven Marshel —dijo el Guardián con voz tétrica y amenazadora—. Por favor, siga a los sirvientes a la salida antes de que ella le saque los ojos.
Dereck terminó la frase con una sonrisa, aunque su voz quería decir otra cosa: «Salga antes de que yo le arranque los ojos». Sakti se sonrió cuando el muchacho bajó la mirada y siguió a los sirvientes, quienes le señalaron el camino de salida. Cuando él ya no estaba, Sakti y Dereck intercambiaron una mirada cómplice y se echaron a reír.
Poco tiempo después de que regresara a Masca comenzaron a llegar muchachos a casa de Enlil, buscándola. Al General no le gustó nada ver a todos esos jóvenes con hormonas alborotadas. A Sakti le tomó un par de días entender la razón de las visitas. Al principio el asunto le causó gracia. Dos semanas después dejó de tolerarlo y ahora llevaba ya casi dos años en la Capital sin que nada hubiese cambiado. Su tío era insoportable y siempre enviaba a casa de Enlil cuanto muchacho de familia rica se encontrara para «distraer» a su sobrina.
Sakti se las ingeniaba muy bien para deshacerse de la mayoría de los pretendientes, pero de vez en cuando llegaba alguno muy insistente que se las arreglaba para seguirla dentro de la casa. Cuando eso pasaba a la princesa le bastaba con ir a uno de los jardines y sentarse al lado de Mark, quien trabajaba sin descanso en las flores. Cuando era la hora del té, Sakti le servía galletas e infusión al amo pero ignoraba al pretendiente sin importar los intentos de conversación del muchacho o cuánto le gruñera el estómago. Eso era más que suficiente para enviar el mensaje: «No, no me interesas ni en lo más mínimo así que vete».
Bajo otras circunstancias Sakti no sería tan grosera con los muchachos; pero como sabía que la buscaban por órdenes de su tío –y que no estaban en realidad interesados en ella– le parecía justo el trato que les daba. Además, esperaba que así el monarca entendiera también el mensaje: «Manda a todos los que te dé la gana. Ninguno me apartará del amo».
Sakti y Dereck entraron a la mansión. El primer salón de recibimiento era enorme, ideal para realizar una fiesta. La sala conectaba con varios pasillos que llevaban a habitaciones todavía más grandes, como cuartos de estar, comedores, salas de reunión, armerías y muchas más. La mayoría de estos cuartos tenía acceso a jardines internos de diferentes formas, colores y olores, que ofrecían escenas ideales para cada ocasión o ánimo.
Sakti fue a uno de los comedores más iluminados, que conectaba con tres jardines diferentes. Cuando vio a Mark agachado junto a un árbol corrió a abrazarlo por la espalda.
—¡Ya llegué, amo! —anunció con alegría. Mark perdió el equilibrio y estuvo a punto de caerse de lado, pero se las arregló para mantenerse de cuclillas.
—¿Cómo estuvo el juicio de hoy? —preguntó el mensajero tras apretar las manos de Sakti como saludo. La chica lo soltó y se sentó junto a él para verlo trabajar.
—Fueron tres. Un inocente y dos culpables, pero a ninguno se le sentenció a muerte. Como el amo ordenó.
Mark solía recibirla con una sonrisa más amplia, un abrazo fuerte y de vez en cuando un beso en la frente. Sakti sabía que si no lo hacía ahora era porque alguien lo veía. Levantó la vista y encontró al príncipe Kardan apoyado a la baranda de uno de los pasillos que rodeaban el jardín, observando al mensajero. Su primo ni siquiera intentó esconderse, así que Sakti supuso que ya llevaba tiempo allí y que tal vez hasta conversó con Mark.
—¿Otra vez visitaste a Zoe? —le preguntó ella con malicia—. A Enlil no le gusta que lo hagas, pero no dice nada porque eres el príncipe heredero. Creo que ya te lo he dicho antes.
—Pero a Zoe le gusta que la visite —dijo Kardan con una sonrisa pícara—. Y como puedes ver ahora mismo no estoy con ella. Anda, pregúntale a Mark. Él te dirá que estoy con él desde hace dos horas. —El amo asintió sin decir ni una palabra, aunque una sonrisilla traviesa le cruzó los labios, y regresó al trabajo.
—Y apuesto a que tus lindas manos no se molestaron en ayudarlo —soltó Sakti con sarcasmo mientras miraba la blancura de las uñas de su primo, que contrastaba con los guantes que Mark llevaba.
—Lamentablemente yo no tengo el poder de crear —respondió él con un suspiro—. Nosotros solo sabemos destruir. Tú con el fuego y yo con los rayos. Pero Mark… —Kardan hizo una pausa mientras miraba con envidia la paciencia del mensajero para cubrir las raíces de unas pequeñas plantas con pintas moradas en las hojas—. Él sí crea, ¿lo has notado?
—Es solo jardinería —dijo el mensajero después de cubrir las últimas plantas. Mark se secó el sudor de la frente y agregó—: Si Su Alteza lo intentara seguro cultivaría flores muy hermosas.
Kardan sonrió pero no dijo nada. A diferencia de su padre, a él le agradaba Mark y comenzaba a entender por qué su prima estaba fascinada con él. El mensajero tenía mucho que a ambos les faltaba, como la compasión y la facilidad de crear belleza en lugar de destruirla.
Por supuesto que él, como príncipe, no se atrevería a intentar algo tan común como la jardinería. El simple hecho de pensar estar en cuclillas por horas, con el único objetivo de llenarse las manos de tierra para sembrar unas insignificantes plantas, le causaba risa. Pero al mismo tiempo envidiaba que Mark pudiese moldear escenas bellísimas solo con las manos.
Ejemplo de eso eran dos de los jardines en casa de Enlil. En la mansión Tonare siempre hubo patios bonitos pero los dos que Mark diseñó eran los mejores. En ellos había flores de todos los tamaños, colores y aromas. También había árboles diversos que, dependiendo de la especie y del cuidado que recibían desde pequeños, tenían hojas de diferentes colores.
Ahora Mark terminaba su tercer jardín desde que llegó a Masca. Las esposas de Enlil y el General estaban fascinados por los resultados, y le permitían sembrar y arrancar a su antojo pues ya confiaban en su gusto.
—Otra vez te has enfadado solo —dijo Sakti al ver que la frente de su primo se llenaba de arrugas—. ¿En qué piensas en silencios como ese?
—En nada, Allena —mintió el príncipe mientras saltaba la baranda para cruzar el jardín—. Me voy a casa, ¿tienes algún mensaje para mi padre?
—Sí, que deje de ser tan puñetero y meterse en mi vida. A la próxima que me mande otro tipo con complejo de galán se lo meteré por…
—Oh, oh —exclamó el príncipe mientras se tapaba los oídos—. Me refería a un saludo o a una invitación a tomar té, ¡no esas vulgaridades! Dereck, ¿qué tipo de lenguaje empleas frente a mi prima? —Kardan buscó al Guardián. Le molestó encontrarlo tendido sobre la hierba y dormido—. Ay, Dios mío, aún no entiendo por qué eres Guardián de Allena. ¿De verdad eres tan fuerte?
—No, lo que pasa es que soy mañoso —respondió el soldado mientras abría los ojos y sonreía. Después se sentó, bostezó y estiró los brazos—. Disculpe, es que aguantar como cinco horas seguidas a los mascalinos quejándose sobre no sé qué cosas es fatal. Aún me cuesta entender por qué Su Majestad pidió a la princesa hacerse cargo de algo tan aburrido como ser la Jueza principal de la Corte. ¿No que esa es una de las funciones del Emperador?
Dereck miró a Sakti con aburrimiento. Ya que la chica había terminado su entrenamiento mágico y militar, y regresó como heroína de guerra, tenía un rol más importante en la Corte. Ya no era solo una princesa sino la máxima jerarquía en cuestiones judiciales. Por eso llevaba un uniforme especial, compuesto por un vestido de seda blanca con pliegues en la falda y mangas, además de un velo y una tiara de plata.
El príncipe Kardan también regresó victorioso de su misión en Tyr, por lo que también tenía un nuevo papel en la Capital: era el encargado de un proyecto ambicioso de reconstrucción de la ciudad después de la invasión vaniriana. El asedio no solo se cobró muchas vidas, sino que también dejó secciones enteras de Masca destruidas. Una de ellas era la sección este de Palacio, por lo que el heredero era el responsable de su restauración.
—Sí, pero mi padre apenas si da abasto para las cuestiones militares y financieras. Ni siquiera teniendo a Enlil puede con todo. —El príncipe miró a su prima y agregó—: Le diré que le enviaste saludos y que no quieres que te envíe a más pretendientes asaltacunas.
—El burro hablando de orejas —tosió Sakti, lo que provocó un tic nervioso en el rostro del príncipe.
Él sabía que le llevaba muchos años a Zoe pero no podía evitar lo que sentía por ella. Aunque le molestaba que Sakti se lo echara en cara, también sabía que no tenía caso pelear con ella. Así que dio media vuelta, hizo un gesto con la mano para despedirse de los tres y salió del jardín en busca del carruaje personal que lo llevaría a Palacio.
Cuando Kardan se marchó, Mark se incorporó y miró las plantas recién sembradas. Como le gustaba el resultado se permitió una sonrisa orgullosa y se quitó los guantes. Al instante se dio cuenta de que no debió hacerlo. Sakti le miró la cortada en la mano y se apresuró a sostenerla… tal y como hizo en la mañana, el día anterior, y el anterior, y el anterior…
—¿Le duele? —preguntó ella. Mark suspiró.
—La revisaste hoy en la mañana y te dije que estoy bien. Tranquila, no hay de qué preocuparse. Hace mucho dejó de sangrar.
—Tonto Muninn… —susurró la princesa enfadada mientras Mark retiraba la mano.
Un día después de que ambos se instalaran en casa de Enlil, Dereck llegó con Huginn para retomar su puesto como Guardián de Sakti. Aunque de inmediato el soldado le cayó bien al mensajero por lo amable y simpático que era, Mark no podía permanecer al lado del cuervo sin temer que lo picoteara. Huginn se dio cuenta de esto, así que tomó la forma de Dereck y le demostró que podía confiar en él. Desde entonces cada vez que se veían charlaban como viejos amigos, como hermanos. Después de todo, los dos eran mensajeros del Tercer Dragón.
Pero un día, ya cuando Mark se había acostumbrado a la forma de cuervo, creyó ver a Huggin esperando en uno de los patios de la Casa Tonare. Se acercó y le acarició la cabeza. A cambio recibió un picotazo en la mano tan grave que Sakti y los doctores creyeron que se desangraría.
A quien había encontrado era en realidad Muninn, el cuervo del General Montag. Dicho sea de paso, el cariño de Muninn a Mark era exactamente el mismo que le tenía Sigfrid.
—Hace un par de horas avisaron que ya llegó mi encargo —dijo el mensajero a la princesa—. ¿Podemos ir?
—¡Sí! —exclamó Sakti mientras miraba a Dereck en busca de alguna señal de aprobación. El Guardián levantó los hombros y se incorporó—. ¡Iré a cambiarme!
La princesa corrió a su habitación sin darle tiempo a Dereck para reaccionar y seguirla. Aunque la norma era que el guardaespaldas la siguiera por todas partes, Dereck no se alarmó porque sabía que en casa de Enlil no había nada de qué preocuparse.
—¿Sabes? Nunca te lo he dicho pero estoy muy agradecido contigo.
—¿Conmigo? —preguntó Mark mientras apartaba la mirada de la silueta de Sakti, que se perdía por el pasillo.
—Es que la princesa es muy rarita pero tú haces que actúe casi normal. Al menos ahora no todas sus sonrisas dan escalofríos. Incluso las sentencias que da… No sé, me parecen más piadosas de lo que esperaba de ella.
Mark sonrió mientras él y Dereck salían del jardín, rumbo a la habitación del mensajero.
Cuando el Emperador nombró a Sakti Jueza principal de la Corte, el muchacho temió que diera castigos muy severos. Aunque la princesa era toda dulzura con él, Mark sabía que también podía ser cruel y violenta. Sakti no se conmovía con facilidad y le costaba mucho simpatizar con las situaciones de otras personas. Eso, unido a las estrictas Leyes aesirianas, le pareció a Mark un sinónimo de que la princesa encontraría a más culpables que a inocentes.
Mark no quería que ella lastimara a nadie más, así que le pidió ser piadosa con los acusados. Como lo supuso, la chica se lo tomó como una orden y cumplió con creces. En Masca estaban fascinados con ella y la consideraban la mejor jueza que hubiesen tenido en siglos. Sakti no sentía lástima por víctimas o victimarios, de manera que nunca tomaba partido en los procesos. Por esto le era muy fácil discernir más allá de los hechos y obtener testimonios fieles a la verdad.
Además, sus sentencias eran ingeniosas y efectivas. Sabía cómo dictar algo bastante escalofriante sin llegar a la pena de muerte, de modo que los mascalinos la respetaban por eso. En un buen día, Sakti ordenaba el servicio comunitario de los acusados para que colaboraran con la reconstrucción de Masca. Si los crímenes eran muy graves sentenciaba la expulsión de la Capital hacia la sección sur del Pantano, infestada de demonios araña. Con esta opción abierta logró que los crímenes se redujeran, de manera que la princesa solo debía lidiar con pequeñeces como peleas sin sentido entre los mascalinos.
—¿Visitaron a Darius? —preguntó el mensajero. Mientras Mark se cambiaba las ropas llenas de tierra por unas más limpias, Dereck se sentó en la cama y respondió:
—Hoy no lo vimos pero dice que pronto terminarán la traducción. Les ha llevado más tiempo del que esperaban, pero eso les pasa por no tomarse en serio el trabajo los primeros años.
—¿Y las calles? ¿Cómo están las calles? —Dereck emitió un bostezo que Mark entendió al instante: estaban repletas de gente que, después de los tristes meses posteriores a la invasión vaniriana, encontraban una razón para celebrar: la aparición de la Estrella Púrpura.
—El tránsito es horrible. ¿Estás seguro de que aún quieres salir? Ya es tarde y es difícil caminar afuera.
Dereck supo que su petición cayó en oídos sordos cuando vio la sonrisa de Mark.
Se dirigieron a la entrada principal de la mansión Tonare. Sakti ya los esperaba allí, con un sencillo vestido de seda azul. Era ligero y menos pretencioso que las ropas que debía llevar en actos públicos, pero a Mark le gustaba más verla así, cómoda, relajada y como su Sakti; no como una figura más de la Corte.
Salieron de la mansión después de que el mensajero y la princesa se ajustaran las capuchas. Mark lamentó que ella se cubriera la cabeza porque le gustaba ver los destellos de la tarde en sus mechones, que los convertían en hilos de plata. El pelo de Sakti estuvo teñido por largos meses, pero al fin creció lo suficiente como para que la princesa lo cortara sin pizca de rosado en el cabello gris.
Aunque le hubiese gustado verla sin capucha, sabía que era lo mejor. En días normales Masca estaba llena de hombres que se comían con la mirada las pocas siluetas femeninas de la ciudad. ¿Cómo sería ahora, que había fiesta en todas las calles?
Cuando cruzaron el portón principal vio que Dereck tenía razón: el ambiente era muy alegre. Los puestos del mercado, que desaparecieron después de la invasión, estaban de regreso más animados y ruidosos que nunca. Las personas caminaban de un lugar a otro apretándose mucho entre sí, mientras que varios mercaderes invitaban a probar los diferentes productos que ofrecían. La música, los cantos y los bailes estaban a la vuelta de la esquina, sin importar si había poco espacio para llevarlos a cabo o no.
Eso era solo en una parte de la ciudad. Mark se preguntaba cómo sería en el resto de Masca, en aquellos barrios y mercados que no conocía. Seguro era diferente, todavía alegre pero no tanto como allí. Después de todo, los mascalinos estaban animadísimos en esa sección de la Capital no solo por la Estrella Púrpura sino también por Sakti, ya que sabían que la princesa vivía en casa de Enlil. El mensajero pensó, no sin cierto alivio, que si ella caminase sin capucha la multitud crearía una estampida solo para verla.
—Entren ¡y recuerden! —susurró Dereck al oído de Sakti mientras abría la puerta de un establecimiento—: no se quiten la capucha.
El edificio era un extenso vivero. El recibidor principal tenía muchos estantes con vasijas con diferentes plantas pequeñas, algunos frascos con animalillos suspendidos en una sustancia viscosa y amarillenta, cuchillos, palas y toda clase de herramientas.
Mark no perdió tiempo en los estantes porque ya los conocía de sobra. Se dirigió de inmediato al mostrador principal, detrás del cual esperaba el dueño del negocio. Dereck se le adelantó, adivinando que Mark se quitaría la capucha apenas llegara al mostrador.
—Hola, Fabricio —saludó el Guardián al ventero botánico—. ¿Te molesta si…?
Señaló con la cabeza a los pocos clientes que revisaban los anaqueles. Era regla de oro que la gente común ni se enterara de la presencia de Mark en Masca.
—No, para nada. —Fabricio se subió al mostrador y llamó a los clientes—. Lo siento, la tienda cerrará en este momento. Lamento los inconvenientes pero deben marcharse.
Los aesirianos se mostraron un poco molestos por el cambio de horario. Pero se marcharon sin reprochar cuando vieron que Dereck llevaba el uniforme de soldado de alta categoría. Fabricio trancó la puerta del establecimiento cuando el último cliente salió.
—Es un gusto atenderlos en mi humilde negocio, Altezas —dijo mientras hacía reverencia a Mark y a Sakti.
El mensajero y la princesa se quitaron la capucha. Una pequeña sonrisa se asomó al rostro de Mark. Todavía no se acostumbraba a esa bienvenida tan calurosa por parte del ventero. Sabía que ahí no corría ningún peligro si revelaba la cara, ya que el hombre era de los pocos que sabían de su estadía en Masca.
El Emperador solo dejaba que el mensajero caminara por ciertas calles de la Capital, siempre en compañía de Dereck, y que interactuara solo con ciertos magos. El ventero botánico era uno de ellos, aunque esa excesiva amabilidad se debía también a la agradable suma que Sakti le proveía si trataba a Mark como a uno más de la Realeza.
—¡Hola! Dijeron que ya llegó mi encargo. ¡Vengo a recogerlo! —Apenas podía contener la emoción. El ventero hizo una seña para que lo siguieran detrás del mostrador, hacia una puerta que llevaba a la parte principal del vivero.
Ahí crecían flores diversas y plantas impropias del clima de la ciudad, exportadas. Mark tampoco les prestó atención porque ya había pedido las que más le gustaron y ya las había sembrado en casa de Enlil. Ahora estaba decidido por una nueva planta que había visto en la ilustración de un libro.
—Lamento mucho decirle que algunas de las semillas germinaron. Tuvimos que sembrarlas o de lo contrario se perderían por completo —dijo el botánico—. Como las quería lo más pronto posible…
—Está bien —dijo Mark, aunque estaba un poco decepcionado—. Entiendo que no es tan fácil hacer un viaje ida y vuelta al Reino de las Arenas. Mucho menos con una guerra a cuestas y solo por unas semillas.
—¿Pidió algo del Reino de las Arenas? —preguntó Sakti mientras el ventero se detenía.
—Sí, es para ti —respondió Mark a la vez que Fabricio se corría para dejarle ver el encargo.
En un par de vasijas crecían unas plantas que a primera vista parecían un rosal. Sin embargo, al prestar mayor atención se notaba que el tallo no tenía espinas, las hojas eran más alargadas y las flores eran distintas. Algunas todavía estaban en botón, pero otras ya tenían largos pétalos extendidos como si fueran plumas. Los pétalos eran celestes fulminantes, pero brillaban y descomponían la luz en varios colores como si estuvieran hechos de cristal. Mark acarició uno de ellos y sonrió al sentir la tersa textura.
—¿Sabes cómo se llaman? —preguntó a Sakti con una sonrisa. La princesa negó con la cabeza—. Estas flores son muy famosas en el Reino de las Arenas a pesar de que solo hay un jardín con ellas y que no pueden crecer salvajemente. Tienen una historia muy bella: el consorte de una reina quería regalarle el más hermoso de los jardines. Pero aunque encontró muchas flores exóticas creyó que ninguna le hacía justicia a su esposa. Así que creó esta planta a partir de las más bellas y fuertes que encontró.
»Los ojos de la reina eran los del clan Aesir, así que se empeñó en que los pétalos fueran celeste fulminante. Una semana después de que la flor se abre por completo, los pétalos empiezan a teñirse de negro. Aun así la flor nunca pierde su belleza. Cuando el hombre consideró que el obsequio estaba listo lo nombró como su esposa. Ella se llamaba Allena por lo que nombró a las flores «allen», que significa «belleza».
Mark tomó una de las vasijas y la puso en los brazos de Dereck para que le ayudara a cargarlas.
—Me gustó mucho la historia así que pensé en hacerte un jardín con estas flores.
—¿A mí? —preguntó Sakti mientras abría los ojos de par en par, sonrojada.
—El General Enlil dice que está bien, porque de todas maneras espera que te quedes a vivir con él y con Dioné incluso cuando Palacio y tu habitación estén restaurados. Les gusta mucho tenerte en casa. —Mark recibió un sobre con las semillas que estaban aún sin germinar y continuó—: Quería ser yo mismo quien las cultivara desde el inicio pero al menos ya viste cómo son. ¡Me alegra que las hayamos visto juntos! ¿Te gustaron?
Le agradó muchísimo la reacción de Sakti. La princesa bajó la mirada, jugó nerviosamente con los dedos y asintió con debilidad, sonrojada hasta las orejas. Solo eso fue más que perfecto para él.
Mark pagó al ventero, tomó la última vasija y la cargó por su cuenta, no sin antes advertir a Dereck que debía proteger las flores en las calles aun a costa de su vida. El camino de regreso fue más lento por lo mismo, ya que el Guardián y Mark tuvieron que hacer maniobras para que las allen no sufrieran daño.
—¿Amo…? —preguntó Sakti cuando ya estaban llegando a la mansión—. ¿Puedo dejarme una flor para mi habitación? ¡Prometo que la cuidaré bien!
—Claro —respondió él con una sonrisa. Iba a agregar algo más pero alguien los detuvo antes de que pusieran un pie en el recibidor de la casa:
—Uf, otra vez afuera —los pilló el General—. Alteza, se lo he pedido millones de veces: no salga sin carruaje ni escolta. Si tiene enmiendas por hacer haga lo mismo que su tío y todos los nobles: ¡envíe a alguien más a hacerlas! ¡Envíe a Dereck!
—Gracias, señor —respondió el Guardián con una mueca.
A Mark le agradaba Enlil. El General había desarrollado cierto grado de sobreprotección paterna hacia Sakti, por lo que no le gustaban los pretendientes que el Emperador enviaba para la princesa ni que la chica se mezclara entre los plebeyos. Además, era muy bueno con Mark. Siempre buscaba la manera de hacerlo sentir cómodo en la casa.
—¡Allen! —exclamó el General cuando vio las flores.
—¿Las conoces? —preguntó Sakti entusiasmada—. ¡El amo quiere hacer un jardín para mí con estas flores! ¿Verdad que son hermosas?
—Sí, ya antes las había visto en el Reino de las Arenas —respondió Enlil mientras acariciaba con delicadeza uno de los pétalos de la flor que cargaba Mark—. ¿Sabe, Alteza? Cuando sus padres se casaron el príncipe Velmiar cultivó un jardín privado. Todavía faltaba mucho para que la princesa Istar quedara embarazada del príncipe Adad, pero de todas formas el príncipe Velmiar insistió en cultivar estas flores. Dijo que sería el regalo que le daría a su hija si la tenía.
Enlil acarició la cabeza de Sakti como si fuera una niña pequeña, pero a ella no le importó. Era agradable tener algo parecido a un padre y mucho más compartir ese momento con personas que de verdad apreciaba. La princesa miró por el rabillo del ojo a Mark para saber qué pensaba de ella en momentos un poco embarazosos como ése. Le vio una diminuta sonrisa de perspicacia.
«Ah», entendió Sakti. El mensajero estaba al tanto del jardín que Velmiar cultivó para su hija. Quizá la intención del amo era llevarle un pedazo de su padre a Masca, además de alegrarla con unas bellas flores que compartían nombre con ella. Como para confirmarlo, Mark tomó la mano de Sakti y la jaló consigo.
—Ven, vamos a cultivarlas juntos. Entre más pronto comencemos más pronto las veremos crecer y florecer.
—No tan rápido —intervino Enlil—. Ustedes dos se van a cambiar de inmediato. Estas no son horas para llenarse de tierra. —Sakti quiso protestar pero el General se le adelantó—: Tengo un mensaje de Su Majestad. En realidad es una invitación a una cena para esta noche, para usted y Mark.
A Sakti le cambió la expresión. Antes estuvo tímida, avergonzada y encantadora, pero ahora frunció el ceño y la piel se le erizó como si fuera una gata molesta.
—¿Qué quiere mi tío con el amo? ¡Él nunca ha sido amable con él! ¿Por qué habría de cambiar ahora? —Enlil levantó los hombros para eximirse de toda culpa. El tono de voz y la expresión de su rostro no le gustaron a Sakti porque sabía que, una vez más, el General intervendría a favor del Emperador.
—Su Majestad se preocupa por usted, Alteza, y lo entristece que lleven tantos meses sin hablarse. De seguro que quiere arreglar las cosas, demostrarle lo valiosa que es para él.
—Sí, por supuesto —siseó la chica con sarcasmo mientras giraba los ojos—. Toda esa falsa amabilidad podría metérsela por…
—Oh, oh —la detuvo Mark—. Solo ve a cambiarte. Estoy seguro de que no es nada malo, ¿sí?
Sakti arrugó la frente, pero se abstuvo de comentar algo más y se marchó cabizbaja hacia su habitación para cambiarse de nuevo. Sabía que su tío no podía estar planeando nada bueno; ¿por qué quería ahora invitarlos a comer a ella y a Mark?

****

Mark miró la mesa y a los comensales con sigilo. Sakti, el Emperador y el príncipe heredero comían en silencio, sin mirarse, aunque el plato del mensajero estaba intacto.
No había comido porque la tensión le había quitado el apetito y porque, honestamente, temía que su plato estuviera envenenado. Si los cocineros no echaron al propio algún tóxico bien podrían matarlo sin querer, ya que entre los manjares se encontraba una extraña fruta azul que jamás había visto. Aunque Sakti la comía sin problemas, Mark no quería arriesgarse a que resultara tóxica para humanos. Lo mismo sucedía con otros alimentos acomodados en su plato y en los demás esparcidos por la amplia mesa.
Creyó que la cena terminaría tal y como empezó: sin conversaciones, sonrisas o miradas. De repente el Emperador dio un largo suspiro de agotamiento y dijo:
—Es suficiente, Allena. Te preguntarás por qué te llamé.
—Pues es obvio: para una encantadora cena familiar —respondió ella con insolencia antes de acercarse un vaso de vino a los labios.
Eso fue suficiente para que su tío perdiera la paciencia. El Emperador se incorporó tan rápido como un rayo. En un santiamén le quitó la copa a Sakti y la dejó caer al suelo, donde se deshizo en cristales entintados con el vino. El monarca agarró a la princesa de la barbilla y la obligó a mirarlo a los ojos
—La Estrella Púrpura viene, sobrina. ¿Sabes lo que es la Estrella Púrpura?
Mark se incorporó, disgustado por la violencia con que trataban a Sakti. Se detuvo a una mirada funesta del Emperador. «No intervengas», decían los ojos del Aesir. Mark buscó el apoyo del Kardan para defender a Sakti. El príncipe, sentado a la derecha de su padre, ignoró al mensajero salvo por una breve mirada tranquila. «Espera», decían sus ojos. Mark esperó. Supo muy bien que no recibiría ningún apoyo u otro reconocimiento del príncipe mientras los dos estuviesen en presencia del Emperador.
—Es una estrella mágica caprichosa cuya aparición los astrólogos no pueden prever por completo —respondió Sakti mientras miraba a su tío. Otra vez tenía los ojos del clan Aesir—. Aparece en el cielo cuando quiere, brilla cuanto tiempo desee y aumenta los poderes de los magos. A algunos los beneficia más que a otros, todo depende de a quiénes haya elegido. —Su tío no pareció satisfecho, así que continuó—: La Estrella Púrpura brilló el día que mi hermano nació y los sabios dicen que ese astro se apareció por primera vez cuando se hizo el Pacto con Dios. Por tanto, los aesirianos celebran cada vez que se pronostica su aparición y brilla. Porque ven en ella a un guardián de la Profecía.
—Exacto. —El Emperador la soltó y se agachó para susurrarle al oído—. ¿Y sabes quiénes más son celebrados por los aesirianos? ¡Tú y tu hermano! Dos de los Tres Dragones. ¿Y cómo se representa al Tercer Dragón? —Sakti sintió un nudo en la garganta y se reprendió por no haber notado la similitud antes.
—Como un dragón púrpura —dijo con amargura—. ¿Para esto hiciste venir al amo? ¿Porque es mensajero del Tercer Dragón, el Dragón Púrpura, y está en Masca cuando la Estrella Púrpura brillará de nuevo?
Su tío se separó de ella y volvió a su lugar. Los ojos y la sonrisa del Emperador le confirmaron sus sospechas. Sakti se levantó y tomó la mano de Mark para jalarlo consigo. Antes de que ambos dieran un paso el monarca dijo:
—No sabes lo triste que estoy porque no confíes en mí, Allena. No te digo esto para que sospeches y te andes con cuidado de tu propio tío. La razón por la que saco esto a colación es simple: tú y el humano deben participar en la fiesta púrpura. —Sakti se petrificó.
—No, es una broma, ¿cierto? ¡No quieres que nadie sepa que hay un humano en Masca! ¿Por qué ahora quieres que el amo participe en una fiesta pública? Algo te traes entre manos.
—Tu padre también sospechaba mucho de mis intenciones y mira cómo terminó. Allena, eres mi sobrina y te amo. Si soportar la presencia de un humano en mi ciudad te hace feliz entonces lo hago. ¿No te lo he demostrado en estos meses? Entiende: Adad no está en Masca y el Tercer Dragón no ha nacido. Los mascalinos necesitan celebrar algo, sentirse seguros de que la Profecía los salvará. Tú como Dragón, y él como mensajero, deberían ser más que suficientes, ¿no te parece?
Su tío esbozó una sonrisa tranquilizadora que a Sakti no le agradó nada. Sabía que él se traía algo entre manos pero no podía imaginar qué era. Fuera lo que fuese, sabía que no podía dejar que Mark participara en esa dichosa fiesta. La Estrella Púrpura, el Dragón Púrpura… ¿qué si a su tío y a los mascalinos se les ocurría el sacrificio del mensajero en plena fiesta para invocar así el nacimiento de Marduk? ¡No lo iba a permitir!
—No quiero que el amo participe —dijo con voz autoritaria.
—Te das cuenta de que entonces así arruinarías la celebración, ¿no?
—Si los mascalinos no saben que hay un mensajero en Masca no sabrán que un invitado de honor no ha asistido a ella y no se desilusionarán. Si quieres yo participo de tu dichosa fiesta pero al amo no lo meterás en tus planes. ¿Escuchaste, tío?
—Ah, y yo que esperaba contar con él… —suspiró el Emperador mientras apoyaba la barbilla en la muñeca sin esconder la pequeña sonrisa que le asomó a los labios—. Pero si eso te hace feliz así será. Ahora siéntate y termina de comer. La cena no está envenenada. —Su tío la miró mientras hablaba pero Sakti supo que se refería al plato sin tocar de Mark.
—No, está bien. El amo claramente no tiene hambre y la conversación me ha quitado el apetito. Ahora, si no te molesta, nos retiraremos a las habitaciones de huéspedes.
Sakti inclinó la cabeza y salió del comedor principal jalando a Mark consigo. El mensajero dedicó una última mirada al Emperador y al príncipe. El primero lo miró con repulsión mientras que el segundo con lástima.
—¿Qué te pareció? ¿Viste algo? —dijo el monarca después de que la puerta se cerrara.
—La princesa está muy distraída. En estos meses ni siquiera supuso la similitud que hay entre la Estrella y el Tercer Dragón, a pesar de que los mascalinos cantan en honor del astro todas las noches. En cuanto al mensajero… Sí, está emitiendo un aura púrpura. La misma que vi en Lahore en el pergamino que dejó para Darius.
Sigfrid caminó desde un rincón oscuro del cuarto hasta situarse al lado del Emperador y arrodillarse junto a él.
—¿Lo sientes, hijo? —continuó el rey, mirando al príncipe sentado a su diestra—. La venida de la Estrella Púrpura, el último canto del mensajero, la gran visión de los profetas… Las piezas están aquí y solo falta que nosotros armemos el rompecabezas.


—Espera —pidió Mark mientras jalaba a Sakti para detenerla en el pasillo—. Tengo algo para ti y creo que debes verlo ahora mismo.
La princesa se giró con el ceño fruncido. Mark sabía que no era por él sino por la discusión con su tío, que la había molestado mucho. El mensajero la tranquilizó con una sonrisa cariñosa. Soltó la mano de la princesa, sacó algo del bolsillo y lo puso sobre la palma derecha de la chica.
—No me malinterpretes, por favor —se apresuró a decir al ver la cara de Sakti, que del enfado pasó al terror—. Mi antiguo yo quería que lo tuvieras. Sé lo que simboliza pero no es eso lo que quiero que pienses. Tan solo deseo que lo tengas. ¿Lo aceptas?
—P-p-pero…
—Si lo aceptas —continuó Mark—, aceptarás mi promesa: que pase lo que pase estaré siempre contigo. Ese es el nuevo símbolo para este anillo.
Sakti miró la alianza de oro blanca, la misma con la que Mark le propuso matrimonio cuando ella tenía catorce años. Solo la había visto una vez pero la recordaba a la perfección porque en ese anillo el amo concentró todo su amor por ella…
… y a cambio fue castigado y estuvo a punto de perder la vida.
Miró el rostro del amo y vio lo mucho que él quería que aceptara el anillo. Quizá, si esta vez la alianza simbolizaba algo nuevo, entonces Marduk no tomaría represalias contra Mark. Con esta idea, Sakti cerró la mano y aceptó el regalo. Le agradó lo cálido que era.
Supo que, de alguna forma, sostenía el corazón del amo y ahora debía protegerlo.

****

Otra vez sintió la angustia desesperante en el pecho. El peligro inminente. Supo que en realidad estaba a salvo en la cama, libre de riesgos, pero su mente estaba atrapada en una visión. Comenzaba a hartarse de los presagios que quería desconocer.
Se vio a sí mismo atrapado en la nada. A diferencia de sueños anteriores, la blancura de ese limbo se estaba contaminando. Darius miró las extrañas rupturas que flotaban en el aire, similares a las ranuras sepias de los libros viejos y en mal estado. También vio las sombras de los ayudantes de Dios, que lo olfateaban, acechaban y perseguían. Lo habían descubierto sin que él tuviera permiso de estar allí.
Supo que tenía que escapar, que no podía dejar que lo encontraran en el lugar fuera del espacio y el tiempo. Pero sin importar cuánto corrió no pudo moverse. Le dio la impresión de estar en el mismo sitio siempre.
Un golpe por la espalda. Algún monstruo le hundió las uñas en el hombro y lo hizo caer de bruces. Darius no opuso resistencia pues pensó que era mejor conservar la calma. «El dolor es falso», se dijo. «No estoy herido, solo me lo estoy soñando, así que no puedo gritar». Sabía que si se mantenía sereno tarde o temprano encontraría la salida de esa pesadilla.
He hecho tanto por ti —le susurró una voz al oído—. ¡Y tú no has hecho más que fallarme!
—¿Marduk? —preguntó el profeta. No se podía creer la diferencia en la voz del Tercer Dragón. Ahora le parecía sucia, podrida, corrupta. La sorpresa se convirtió en ira cuando vio a lo lejos que una de las sombras se acercaba—. ¿Para qué demonios me traes hasta aquí? ¡Este lugar está prohibido para los mortales! Aquí habitan los ayudantes de Dios, ¿por qué insistes en traer a las personas si sabes esto? —Por suerte la sombra se alejó como si no viera ni al profeta ni al Dragón Púrpura. Cuando Darius se calmó un poco más soltó la pregunta que en verdad importaba—: ¿Qué haces en este lugar?
Esperando —contestó Marduk— y tú vas a poner fin a esta espera. Debiste haberlo hecho hace mucho tiempo, en Lahore, cuando el Emperador y yo te ordenamos matar a Mark. ¡Ahora sí que vas a cumplir esa misión!
—Sí, ¡cómo no! —gruñó el aesiriano—. ¡No mataré a mi amigo!
¡Sí lo harás! —replicó Marduk a la vez que jalaba a Darius del cabello para obligarlo a levantar la cabeza.
El movimiento fue tan brusco que Darius pensó que se rompió el cuello. El resultado no fue tan fatal, pero ahora el profeta tenía delante la cara de Marduk. Darius nunca había visto el rostro del Tercer Dragón porque siempre le pareció hecho de papiro. Sin embargo, ahora reconoció una abominación. Los ojos de Marduk ya no brillaban como la estrella que los aesirianos esperaban, sino como dos agujeros negros que lo absorbían todo, mientras lágrimas de sangre bajaban de ellos. El rostro de papiro se descascaraba a la vez que una sonrisa macabra de oreja a oreja dejaba al descubierto filas de dientes puntiagudos.
Corrupto, lleno de angustia, desesperación, celos, odio, dolor y miedo. Darius percibió todas esas emociones y más al ver el rostro macabro del Tercer Dragón, aunque todavía no veía los rasgos de un aesiriano.
Marduk se pasó la lengua puntiaguda por los labios, enterró más las garras en el hombro de Darius y recitó:

«Matarás al mensajero
mientras ella escucha mi canción.
Mirarás nuestro futuro
y me liberarás de esta prisión».

La voz de Marduk fue tan horrible que Darius rechinó los dientes.
Me devolverás el favor de haberte dado el poder para salvar a uno de tus hijos —ordenó el Tercer Dragón con un susurro amenazador al oído del profeta—. ¿Por qué crees que envíe mi pluma de Dragón? ¿Por qué crees que Mark soñó hace mucho contigo, salvando a tu cachorrito de la soledad sin su madre en el Reino de los espíritus? —Darius se mordió los labios al comprender lo que eso significaba—. Así es, Darius, siempre has sido mi pieza. ¡Y siempre lo serás!
Marduk se le lanzó al cuello. Darius aulló cuando los dientes puntiagudos se le clavaron en la carne. Despertó en medio de gritos, sudor y temblores. La luz de la mañana se colaba por la ventana e iluminaba el desastroso cuarto del profeta, donde había libros esparcidos por doquier.
Algunas mañanas Darius tenía la decencia de avergonzarse por su mal hábito de dejar tiradas en el suelo sus pertenencias, pero en esta ocasión no tuvo ganas de fingir arrepentimiento. Sintió un nudo en el estómago y una sustancia que no era sudor en el hombro y el cuello. Cuando se llevó una mano allí confirmó que las heridas tenían la marca de las uñas y dientes de Marduk.

"Los Hijos de Aesir: Guerra en tierra maldita" © 2009-2017. Ángela Arias Molina

2 comentarios :

  1. AN-GE-LA

    que te dire...bueno para empezar a tranquilizarme primero te pedire disculpas por mi ausencia, pero muchas cosas suceden diariamente.

    Pero aun asi me he leido hasta el ultimo capitulo publicado por ti, lo malo es qe no habia tenido la oportunidad de comentar.

    Hubo muchas cosas que me han encantado, desde la batalla que tuvo Allena con Sigurd hasta el misterio que esconde Dione - y dejame decirte que me lei los primeros capitulos y descubri qe siempre nos diste pistas sobre esa mujer-, al parecer es otra mensajera y eso me deja algunas preguntas mas.

    En cuanto a este capitulo, entre mas pasa el tiempo le tomo mas cariño a Sakti y a Mark.

    y por ultimo ¡DEJA DE LASTIMAR A DARIUS POR EL AMOR DE DIOS O RECONSIDERARE LO DEL ASESINO EH! es que en verdad el pobre hombre ya tiene suficiente con sus hijos - y ese futuro yerno - y TU le sigues complicando la existencia ¬¬

    pero igual continua con tu historia que yo te apoyo. Te quiero -MATAR ^^-

    ResponderEliminar
  2. :3 Gracias, querida Annie, qué gustazo tenerte por aquí otra vez

    ¿Le estás tomando cariño a Mark? O.o? En serio? No que lo odiabas? Entonces... bueno, lo siento por lo que viene ToT

    En cuanto a Darius... nada más, por favor, sigue leyendo el próximo volumen, ¿de acuerdo? TE PROMETO QUE TODO SALDRÁ BIEN

    Y espera, porque se vienen más misterios y secretos y vueltas de cabeza, jajaja. No solo con Dioné, sino que con próximos personajes en el siguiente volumen ^o^

    Saludos, mi chiquilla ;)

    ResponderEliminar

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