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Capítulo 23

23
LA FIESTA PÚRPURA

Sakti terminó de ajustarse la gabardina blanca mientras miraba el jardín que quedaba bajo la ventana de su habitación. Mark había terminado el tercer jardín en casa de Enlil. Como lo prometió, había iniciado el jardín con las allen. Ya tenía sembrados algunos árboles pequeños para que ofrecieran una sombra fresca y agradable cuando crecieran. También tenía listos los surcos para las otras flores que acompañarían las plantas del Reino de las Arenas.
—Hoy terminaré el jardín —prometió Mark mientras se estiraba somnoliento en la cama—. ¿Ya te vas? —Sakti se despegó de la ventana y se sentó al lado del amo—. Gracias por haberme hecho compañía.
—Cuando quiera, amo —dijo la muchacha mientras sonreía.
Desde la cena en Palacio el mensajero se comportaba de forma extraña. Mientras trabajaba en el jardín se distraía, pero el resto del tiempo perdía la mirada en la nada y se sobresaltaba por cualquier cosa. Las últimas noches le había pedido a Sakti que durmiera junto a él, tal y como cuando eran pequeños. La princesa accedió de buena gana porque le traía recuerdos agradables, pero también porque percibía que el amo la necesitaba.
—Hoy cancelaré los juicios de la tarde, así podré venir más temprano para…
Un resplandor la detuvo. Cuando miró hacia la ventana vio la luz púrpura que se encendía en el cielo. A Sakti le palpitó el corazón con fuerza, como un caballo desbocado. Un torrente de energía le recorrió el cuerpo. Tembló de pies a cabeza, incluida la garra. Cuando miró los dedos de la mano izquierda le sorprendió que los pudiera mover a voluntad. Lo más que consiguió en los últimos meses fue levantar el brazo, porque lo sentía muy extraño y ajeno, como si fuera una bisagra herrumbrada. Ahora que su magia se fortalecía con el astro también ganaba control sobre la garra.
En la ciudad, los gritos alegres de los mascalinos precedieron la entonación de los cantos que había preparado con fervor para alabar la estrella.
Sakti y Mark se precipitaron a la ventana y vieron que la luz púrpura se extendía por Masca. La estrella brillaba desde el este. Era más pequeña que el sol pero aun así los rayos violáceos calentaban y alumbraban más.
—¡Alteza! —Dereck abrió la puerta de par en par sin siquiera pedir permiso—. La estrella, ¡la estrella está aquí! El festival, la fiesta, ¡tiene que ir! —Tomó a Sakti de la mano y la llevó por los pasillos hasta llegar al vestíbulo principal en el que esperaban Enlil y Dioné.
—Buenos días, Alteza —saludó el General con excelente humor—. Al fin la Estrella Púrpura ha hecho su aparición. Por poco los sabios se equivocan, ¿eh?
—Tardó en aparecer dos meses más de lo que calcularon —lo secundó su esposa mientras le colocaba una gabardina elegante en los hombros—. Al fin podremos celebrar la fiesta púrpura. —Dioné esbozó una sonrisa. Sakti supo que no era para ella—. ¿Viene a despedirla, joven Mark?
El mensajero todavía estaba en pijama pero su expresión somnolienta había desaparecido. No estaba espabilado como Dereck o contento como Enlil, sino abrumado. A Sakti se le erizó la piel y fue a su lado para sostenerlo. Mark temblaba tanto que temió que se cayera.
—¿Qué le pasa, amo? —Sakti lo tomó de las manos, que le temblaban como si no estuvieran bien sujetas de las muñecas—. ¿Está bien? ¿Se siente enfermo? ¿Está…?
—Estoy bien, no te preocupes —intentó tranquilizarla él—. Es solo la emoción. —Sakti no lo vio emocionado sino asustado.
—Tendrás que ir sin mí, Enlil —decidió mientras empujaba a Mark para llevarlo de regreso a la cama—. No voy a ir.
—No, Allena, tienes que ir —la urgió el mensajero. Sakti lo miró extrañada. Al cabo de un tiempo dijo:
—¿Quiere ir a la fiesta, amo? Lo esperaré, entonces. ¿Es por eso que ha actuado tan raro estos días? ¿Porque quería ir a la fiesta y yo decidí por usted que no?
—¡Qué cosas dices! —exclamó él con una sonrisa, más animado—. Estoy bien. Es cierto que te echaré de menos hoy pero definitivamente no quiero ir. Escuché que el General Montag regresó de su misión solo para la fiesta.
—Eso no es justo —intervino Enlil muy serio—. Mi amigo Sigfrid no es ningún psicópata del que haya que cuidarse. Estoy seguro de que si lo viera él lo saludaría con gran entusiasmo. —El silencio se hizo por unos segundos, hasta que el mismo Enlil se burló del comentario y todos comenzaron a reír.
—Deja de hacer bromas a expensas de Sig —lo reprendió Dioné mientras le daba un beso en la mejilla—. Ya deben irse, señores de gobierno.
—Sí, sí… —se quejó el General mientras caminaba hacia el patio, donde esperaba el carruaje que compartiría con Sakti y Dereck—. Procuraré salir temprano de la celebración para estar contigo, Di. —Cuando se dio cuenta de que Sakti no lo seguía le preguntó qué ocurría.
—En un momento voy. Por favor ve con Dereck a revisar que el carruaje esté en orden. —Los aesirianos acataron la orden. Sakti tocó las mejillas de Mark para asegurarse de que no tuviera fiebre. El muchacho estaba fresco y algo pálido, pero no más de lo usual—. ¿Está seguro de que está bien, amo? Es que lo veo… triste… —Mark bajó la mirada. Sonrió de todas formas.
—Es solo algo de melancolía por ver la luz púrpura… Nada de qué preocuparse. Estoy seguro de que Huginn y Muninn sentirán algo similar. —Sakti no disimuló la mirada que dedicó a Dioné. Sabía que la esposa de Enlil era una mensajera, pero estaba en perfectas condiciones, tan animada como el resto de aesirianos—. Ya vete para que regreses temprano. Como te dije, para hoy estará listo tu jardín. Lo prometo.
Sakti esbozó una sonrisa y abrazó al amo con fuerza. No quería irse, quería quedarse con él, pero supo que si faltaba a la fiesta su tío encontraría la manera de desquitarse. No debía darle la oportunidad ni la excusa para dañar a Mark. Antes de separarse de él le besó la cortada en la mano, como hacía todas las mañanas, y murmuró:
—Así va a sanar más rápido.
No importaba que Mark no recordara la magia de esas palabras. Todo lo que le importaba era ver la sonrisa agradecida del muchacho cada vez que ella hacía eso. La chica se acercó a Dioné y la abrazó también.
—Como te he estado siguiendo el juego todo este tiempo —susurró al oído de la mensajera— te pido un favor: cuida del amo, no le veo bien.
Cuando se separó de la aesiriana para ir al carruaje no la miró ni una sola vez. Sabía que si lo hacía Dioné fingiría que no la había entendido.

****

—Viniste, Allena —saludó el Emperador a la vez que las exclamaciones de los súbditos, reunidos en torno a Palacio, aumentaron al ver a Sakti entrar al palco de la Realeza—. Por un momento temí que te arrepintieras de unirte a nosotros.
—Sí me arrepentí, pero Enlil no me dejó dar marcha atrás —respondió la princesa después de inclinar la cabeza. Ante todo debía mantener las apariencias, fingir delante de los mascalinos que su relación con el Emperador era tan buena como siempre. Cuando su tío le dio permiso, se sentó a la izquierda del monarca en un asiento especial para ella.
La fiesta púrpura había comenzado. La luz de la estrella todavía no estaba en su máximo esplendor, pero los destellos que emitía se reflejaban en todo lo que tocaban: edificios, calles, animales, plantas y personas. La celebración en una calle amplia al pie de la torre –donde estaban el Emperador y los dos príncipes– reunía todo lo que Sakti podía imaginar para una gran fiesta: música, danzas, comida, vino y súbditos fieles que gritaban su nombre.
Desde la torre vio que la fiesta se daba en toda Masca. Vio las hogueras ceremoniales que se encendían en los principales templos, en torno a los cuales también había danzas y cantos. Sin embargo, la mayor celebración era la que se daba a sus pies.
Su palco estaba adornado con telas y cojines púrpuras, y los vestidos de las sacerdotisas que los atendían eran del mismo color. Lo que más le llamó la atención fue encontrar a Galatea, la gran esfinge de su hermano, acurrucada detrás del Emperador como si fuera la guardiana feroz de los Aesir. Cuando le acarició la nariz la esfinge le lamió con cariño la cara, demostrando que era muy mansa.
—Ya que el humano no quiso participar en la fiesta pensé que Galatea podría ocupar su lugar. Al ser la mascota de Adad no hay mejor representación del príncipe fugado, ¿no te parece? —dijo el monarca mientras enroscaba un mechón de Sakti entre los dedos—. Anda, sonríe un poco más, que al fin y al cabo tú también estás siendo celebrada, sobrina.
—Quiero terminar la fiesta pronto —confesó Sakti—. No me siento con tanto ánimo como usted, mi señor.
—Y ahora estás usando el «usted» —se quejó su tío aunque no borró la sonrisa mientras miraba a los mascalinos. Él también tenía que fingir—. Solo me hablas así cuando estás molesta. ¿Ahora qué crees que hice, eh? Incluso logré meter a Galatea en la torre para animarte y créeme que no fue fácil.
Sakti bajó la mirada, sintiéndose algo boba. Era cierto. Su tío no había hecho algo terrible en los últimos meses, excepto quizá el envío persistente de pretendientes babosos que tanto la hartaban. Fuera de eso se había portado muy bien con ella. Incluso le permitió a Mark salir de casa de Enlil para que pudiera comprar las plantas de sus jardines. Quizá estaba siendo muy paranoica y sobre-protectora con el amo. Quizá, después de todo, Enlil tenía razón y el Emperador solo quería mejorar la relación que tenía con ella y fue sincero cuando invitó al mensajero a la fiesta púrpura.
—Lo siento, tío —murmuró—. No era mi intención ofenderte.
El Emperador sonrió satisfecho y estuvo a punto de hablar. Un sirviente lo interrumpió al acercársele y susurrarle al oído. Sakti se esforzó por captar algo de la conversación, pero el criado era muy hábil para dar recados.
—¿Y la niña también? —preguntó su tío con una sonrisa.
—Sí, señor. Ya está lista.
—Bien, retírate.
—¿Qué tiene que ver Zoe con esto? —preguntó Sakti cuando el sirviente se marchó.
—¿Por qué crees que estaba hablando de ella?
—Porque es la única a la que te refieres como «niña». Tío, ¿de qué estabas hablando sobre Zoe? —El Emperador giró los ojos, obstinado. Después sonrió y dijo:
—Bien, de acuerdo, te diré la verdad aunque eso arruine la sorpresa. Los profetas también son parte especial de esta fiesta, querida mía. Como tú y ellos se han portado muy bien en estos meses y cumplieron con leer la Profecía, pensé en agradecerles con una reunión familiar. —Sakti abrió los ojos de par en par. Eso la había tomado desprevenida.
—¿En serio? ¡Eso es grandioso! —exclamó ella, emocionada. Lo próximo que supo era que estaba abrazando a su tío, en verdad agradecida—. Darius y los gemelos estarán muy felices de ver a Zoe de nuevo. ¿De verdad vas a dejar que se reúnan?
—Por supuesto, Allena —dijo el Emperador después de besarla en la frente—. Pronto Kardan y yo tendremos que irnos para asegurarnos de que los profetas se reúnan sin contratiempos, pero tú te quedarás aquí, ¿de acuerdo? No podemos dejar que los mascalinos celebren sin su princesa. —Al escuchar esto, Sakti se separó del Emperador y entrecerró los ojos sobre él—. Otra vez me estás mirando con desconfianza y no sé por qué.
—No, olvídalo… —susurró ella, aunque sabía que algo sucedía delante de sus narices y todavía no podía verlo—. Pero si los reúnes ¿podré verlos? Es decir, todavía falta un poco para que terminen la traducción…
—Claro que podrás verlos —contestó su tío, aunque ahora no sonreía sino que miraba fijamente el carnaval.
«Oculta algo», siseó el Dragón. «Esa mirada… ¡siempre la tiene cuando planea algo y le cuesta ocultarlo!». El Emperador volvió a mirarla y le sonrió. Esa sonrisa siempre le hacía preguntarse qué pensaba. Tan enigmática pero a la vez tan transparente. Era cierto, su tío no era un gran mentiroso y por eso era fácil saber cuándo tramaba algo. Lo difícil era descubrir qué plan había ingeniado, pues era fantástico para crear rompecabezas complicados.
Antes de que Sakti pudiera formular otra pregunta, el Emperador se incorporó y caminó hacia la baranda del palco. Levantó los brazos y dejó que los mascalinos gritaran su nombre con grandes vítores. Después ordenó silencio.
—¡Hermanos míos, la Estrella Púrpura nos ha honrado con su presencia en el cielo! Glorioso sea este día, porque es como aquel en que Dios nos recordó y firmó un pacto con mi antepasado para que los aesirianos tuviéramos esperanza y salvación. Hoy brilla la Estrella Púrpura y entre nosotros tenemos a mi sobrina, ¡el Primer Dragón! —Las exclamaciones resonaron de nuevo. El Emperador dejó que los mascalinos alabaran a Sakti por unos segundos—. Los profetas que yacen detrás de estos muros revelarán hoy el misterio que queda por descubrir. ¡Todo gracias al poder del astro púrpura que les baña con su gracia! —De nuevo hubo vítores ensordecedores—. Ahora, para alegrar más las cosas, dejemos que mi sobrina recite algunas palabras.
Sakti quiso abofetearlo. No le gustaba permanecer de pie como una estatua para que miles de personas la miraran y alabaran, mucho menos dar algún discurso. Antes de que pudiera negarse con elegancia, una sacerdotisa se arrodilló al lado y le ofreció un baúl. Dentro había un viejo libro de hojas amarillentas. La sección que debía leer estaba señalada con una cinta.
—Allena, lee esos versos del «Canto del Dragón».
Sakti miró avergonzada y enojada al Emperador. Él sabía lo mucho que esos actos la mortificaban. El único consuelo era que conocía el libro de principio a fin, ya que allí estaban las canciones que Mark le dedicaba cuando eran pequeños. Tomó el códice y caminó a la baranda del palco, al lado de su tío. Esa versión del «Canto del Dragón» era tan vieja como la que Darius le regaló una vez, pero pesaba mucho y era más grueso.
Dedicó una última mirada suplicante al Emperador para que se apiadara y le permitiera saltarse la lectura. No hubo suerte. El Emperador sonrió y regresó a su sitio. Ahora sí, convencida de que ya no había marcha atrás, Sakti se aclaró la garganta.
El silencio de los mascalinos fue mucho más aplastante que sus vítores. Sakti empezó. Su voz era tímida como la de un pajarillo, pero también clara y entendible gracias a una suerte de magia. Sus palabras bailaban en el viento para que todos la escucharan.

«¿Me oyes, amada mía?
¿Puedes verlo en esta luz púrpura?».

Mark se apresuró para terminar de echar tierra a la última semilla. Ya no quedaba tiempo.
No se había vestido con la indumentaria usual para trabajar en el jardín, sino que llevaba la ropa más elegante que Sakti le puso en el armario. Iba con pantalón y camisa de vestir, además de un chaleco oscuro y una chaqueta crema. No quería que lo último que viera Sakti de él fuera a un muchacho cubierto de tierra, sudoroso y desaliñado. Falló en mantenerse por completo limpio, porque los zapatos tenían grumos y las manos estaban manchadas por aplanar la tierra sobre las semillas. No se preocupó por esos detalles. Más que estar completamente presentable lo que quería era cumplir la promesa hecha a Sakti.
Ya tenía completa la siembra en tres surcos, pero todavía le quedaban muchas semillas en el paquete que recibió del botánico. También había terminado de plantar los arbolillos que en unos años se convertirían en hermosos cerezos, fuertes sauces y álamos. Pero todavía faltaba mucho tiempo y cuidados para que las allen crecieran y abrieran los pétalos, lo mismo con los árboles. No podría ver el jardín terminado, aun cuando sabía que no había nada más por hacer de momento.

«No llores porque el tiempo ha llegado.
¡Sonríe, porque pronto estaremos juntos!».

Mark se llevó las manos a los ojos para secar las lágrimas. Tenía mucho miedo por lo que estaba a punto de hacer. «Es la única opción», se dijo. «Solo así sabré lo que le pasará a Allena». Deseaba salvarla, aunque bien sabía que la única forma era si ella cumplía la Profecía.

«Las flores están listas,
las mariposas han llegado».

Sintió un cosquilleo en la mano. Encima de los nudillos desnudos había una mariposa de alas azules. Tuvo cosquillas en las orejas. Al levantar la mirada vio más mariposas que revoloteaban alrededor, dejando al paso estelas de zafiros.
Las mariposas se detenían en las copas de los arbolillos recién sembrados, que no sobrepasaban las rodillas de Mark. Cuando las mariposas de añil volvían a levantar el vuelo era como si los árboles volaran también. Las hojas se ensanchaban y oscurecían, y las ramas se alargaban hacia los lados a la vez que los troncos se estiraban hacia el cielo.
Mark miró las ramas que se entretejían y le daban sombra; por entre los recovecos se asomaba el resplandor de la Estrella Púrpura. Los árboles pasaron de ser jóvenes a adultos y soltaron sus primeras flores. Algunos pétalos se desprendieron y cayeron en espirales. Cayeron sobre las mejillas de Mark, sobre sus palmas extendidas y el suelo.
Cada vez que un pétalo tocaba uno de los montículos recién cubierto, un tímido tallo verde de hojas tiernas se asomaba a la superficie. Como los árboles, los brotes crecían una vez que las mariposas los saludaban con un beso de alas. Las allen abrían los pétalos como si pudiesen echarse a volar también.

«Llevarán mi espíritu a tus labios,
saciarán con mis lágrimas tu sed».

Mark levantó la mirada. La luz ya no era solo púrpura, sino una mezcla de tonos violáceos y azules. Además de las mariposas, al jardín había llegado un ser hecho de luz. Mark miró la silueta flotante sobre él. Era una linda muchacha rubia, quien lo miraba con una sonrisa cariñosa y triste. Mark entendió quién era ella y supo qué hacía allí.

«Escucha el canto de mi estrella,
arrulla el sollozo de mis ojos.

Cumple tu palabra de amarme,
incluso abrazando mi oscuridad».

Un cuervo de humo se unió al revoleteo de las mariposas y los arrullos consoladores de Krishna. Las alas de Huggin se cerraron alrededor de Mark. Antes de que lo cubrieron, el muchacho vio a Dioné. La mujer estaba en el balcón, mirando la escena del jardín. Dioné esbozó una sonrisa para tranquilizar a Mark, aunque los ojos colmados de lágrimas la traicionaron. Eso fue lo último que él vio antes de que Huggin y Krishna se lo llevaran.

«Yo amo hasta tu traición,
porque en ella veo la expiación de mi pecado.

Por eso espérame, deséame, mírame,
como yo te espero, te deseo y te miro.

¡Corre al templo y reza por mí!
Que esta vez el tiempo no se retuerza
ni nos separe de nuevo».

Sakti terminó la lectura con un sabor amargo en la boca, aun cuando los mascalinos aplaudieron y rugieron felices por haberla escuchado. Tuvo un mal presentimiento. Sintió que algo no estaba bien pero no pudo distinguir qué. Dio media vuelta para regresar a su lugar. Devolvió el libro al cofre cuando se sentó junto al Emperador.
—La fiesta debe continuar, ¿de acuerdo? —le susurró él al oído—. Dereck se quedará contigo mientras tanto, así que no te preocupes. Regresaremos en unos minutos.
El Emperador y el príncipe heredero se marcharon, dejándola con Galatea y Dereck. Las canciones y danzas de los mascalinos no lograron distraerla. Nunca había leído ese poema en el «Canto del Dragón», pero esos versos la asustaron. ¿Qué significaban?
«Es un rompecabezas…», insistió ella en su mente. «Las piezas, solo encuentra las piezas…».
Al ver a Dereck se dio cuenta de que el Guardián sudaba. Él tampoco era bueno para mentir o fingir que no pasaba nada si sabía de algo que era incorrecto.
Su tío y su primo se habían ido supuestamente para asegurarse de que Darius, los gemelos y Zoe se reencontraran. Pero ni Enlil ni Dioné mencionaron que Zoe saldría de la mansión Tonare. En todo caso ¿dónde estaba Enlil? ¿Y Sigfrid? ¿No se suponía que el General Montag regresó de una misión para participar de la fiesta púrpura?

«Los profetas que yacen detrás de estos muros revelarán hoy el misterio que queda por descubrir. ¡Todo gracias al poder del astro púrpura que les baña con su gracia!».

Un escalofrío recorrió la espalda de Sakti al recordar las palabras del Emperador. Apretó tanto las manos que se clavó las uñas en la palma derecha, pero las garras de la izquierda no pudieron lastimarla.
—Dereck, necesito que me digas la verdad. —Levantó la mirada hacia el Guardián. Al verlo a los ojos supo que Dereck no podría mentirle—. Esta no es la fiesta púrpura, ¿verdad?


—¿Todas las piezas están en su lugar?
—Sí, señor —respondió un oficial mientras en el centro de la torre, en la parte más profunda, Enlil y otros soldados terminaban de atar las cadenas.
—Bien —sonrió el Emperador.
Desde su posición observó toda la escena. La habitación era circular. Había una escalera de caracol que trepaba por las paredes. En el fondo había un pozo también circular aunque más pequeño, del que parecían emerger tinieblas. Se habían instalado anillos de bronce alrededor del pozo, a los cuales encadenaron a los cuatro profetas.
—Lo siento —murmuró Enlil mientras terminaba de ajustar las cadenas de Darius—. Si no lo hacemos escaparían de aquí. Pero no te preocupes. Cuando esto acabe serán libres por fin. Podrán hacer lo que quieran.
Enlil requirió de todo su valor para levantar la mirada y sonreír a Darius. De nada le valió al ver los ojos rencorosos y asustados del mestizo, que eran una ventana a su mente. «¿Qué es esta sala? ¿Por qué nos atan? ¿Qué nos quieren hacer?». A Enlil le habría gustado disipar esas dudas pero supo bien que Darius no quería explicaciones de parte suya. Lo que quería era que el General se esfumara de una maldita vez.
—Enlil, sube aquí —lo llamó Sigfrid, que ya estaba junto al Emperador—. La Estrella Púrpura alcanzará el cenit. Nadie puede estar con los profetas entonces.
Enlil dedicó una última mirada a Darius e inició la retirada. Mientras iba hacia la escalera de caracol vio el semblante de sus nietos: estaban asustados y confundidos.
—Muy bien, ¡abran la escotilla! —ordenó el Emperador. Una compuerta chilló en lo alto de la torre.
Las antorchas que llevaba el Escuadrón Terra temblaron por la brisa que llegó desde lo alto. La luz de la Estrella Púrpura cayó en un chorro intenso que quemó la vista. El Emperador y su gente tuvieron que entrecerrar los ojos para soportar la vista, aun cuando estaba protegidos en la sombra del barandal. Al fondo de la torre, en donde la luz pegaba con más fuerza, los profetas cerraron los ojos.
El príncipe Kardan fijó los ojos en el rostro arrugado de Zoe. La chica intentaba cubrirse los ojos pero las cadenas no le permitían alzar las manos. Más que deslumbrada parecía sentir dolor. Los cuatro profetas sufrían.
—Padre, tal vez debamos…
—Silencio, Kardan —susurró el Emperador mientras seguía la mirada del príncipe—. No te preocupes. Después de esto lograremos de alguna forma que la niña se quede contigo.
—¡No me refiero a eso! —exclamó sin poder contenerse—. Es Allena. ¿Cómo eres capaz de…?
—Sí, ¿cómo eres capaz de mentirme de esta manera?
La sangre del Emperador se heló cuando descubrió que Sakti estaba detrás del príncipe. Todavía traía el vestido blanco de jueza, pero los destellos púrpura se reflejaban en la seda, la tiara, el velo y los ojos de Sakti. Parecía así un espíritu enviado por la Estrella, no una mortal.
—¿Qué haces aquí? —preguntó el Emperador cuando se recuperó del asombro. Vio que Dereck estaba detrás de Sakti, oculto en la penumbra.
—Sabía que algo no andaba bien. ¿Qué pretendes con todo este espectáculo, tío?
—¡Allena! —la llamó Darius desde el fondo de la torre.
Sakti corrió a la baranda. Vio a los profetas atados alrededor del pozo, bañados en la luz púrpura. Notó sus caras adoloridas y deslumbradas pero registró esas expresiones en lo más profundo de su mente. Lo que dominaba sus pensamientos ahora era una imagen.

Cuatro personas en torno a un pozo del que emitía una luz esmeralda. Tres esferas luminosas naciendo del hechizo. Otras tres almas bajando del cielo para quedar eternamente atadas a las de los Dragones.

«Cielo Santo», pensó. Estaba en el mismo lugar donde Dios y los profetas crearon a los Dragones hacía incontables milenios.
—¿Qué pretendes? —gritó Sakti. La piel se le erizó. El Dragón dentro de ella estaba agitada y erizada, como en una pesadilla. No le gustó ese lugar.
—¿Sabes dónde estamos? —preguntó el Emperador después de una pausa. Tenía curiosidad. Se esperó que Sakti sonara enojada, no asustada—. Estos son los cimientos más antiguos de Masca. Esta habitación está construida con el metal bendecido por Dios y aquí, hace mucho, mucho tiempo…
—¡Detente! —ordenó la princesa mientras se cubría los oídos—. ¿Qué quieres hacer aquí?
El Emperador no respondió. Sakti ni siquiera pudo adivinar qué pensaba. Buscó respuestas en Enlil, que terminaba de subir la escalera; en Sigfrid, que permanecía callado y con la mirada colérica fija en Dereck por haber incumplido las órdenes a cabalidad; y en Kardan, cuyo rostro reflejaba lo culpable que se sentía.
Creyó que el príncipe sí le daría respuestas. Antes de que pudiera avanzar a sacárselas, dos soldados la agarraron de los brazos para que no avanzara. Un tercer oficial le sostuvo la cabeza bocabajo para que se arrodillara y no pudiera levantar la mirada. «¡Qué atrevimiento!», pensó la princesa mientras invocaba la piroquinesis para ponerlos en su lugar. Sin embargo, ninguna flama se prendió.
El Emperador se inclinó delante de ella, la tomó de la barbilla y la hizo mirarlo a los ojos.
—No te resistas. La Estrella Púrpura amplía los poderes del Escuadrón Terra lo bastante como para contenerte un buen tiempo.
Sakti chupó los dientes. No podría deshacerse de los soldados si no podía descubrir qué encantamiento utilizaban para anularle los poderes.
—Era parte del plan que vinieras, querida, pero no que estuvieras aquí tan pronto. Dereck nos ha decepcionado un poco —continuó el Emperador mientras clavaba los ojos en el Guardián—. Por suerte no todo está perdido. Si estás aquí a lo mejor intensificarás la visión. Ahora solo nos falta una pieza…
—¡Allena! —gritó Darius. La voz del mestizo estaba mucho más que aterrada.
Sakti se debatió entre los soldados, preocupada de que a su amigo lo estuviesen lastimando. Pero apenas logró levantar los ojos supo que Darius no gritaba por él o los chicos, sino por el muchacho que estaba subido en la baranda.
Los soldados soltaron a Sakti, pues la figura los tomó desprevenidos y los asustó. En cambio, el Emperador y Sigfrid sonrieron al ver a Mark sobre la baranda. Estaba a un paso de caer al vacío. Todo salía de acuerdo al plan.
—Hola, Allena —sonrió Mark como si nada pasara—. Cumplí mi promesa: terminé tu jardín.
Sakti se levantó de un salto y avanzó hacia él lentamente para no asustarlo. Extendió los brazos para sostenerlo, a la vez que suplicaba:
—Amo, venga aquí. No salte, por favor no salte.
—¿Qué? —se rio el mensajero— ¿Piensas que me voy a suicidar o algo así? Tranquila, eso no es lo que ocurre. La Estrella Púrpura está alcanzando el cenit y pronto iluminará al máximo esta habitación. Cuando eso suceda… —Mark abrió los brazos. Miles de mariposas azules se materializaron y revoletearon por doquier—. Mi hermana vino a recogerme, a llevarme de regreso al amo Marduk. ¿La puedes ver, Allena? No es una niña, ¡es toda una señorita!
Apareció la silueta de una chica rubia y de ojos azules, quien abrazó a Mark del cuello mientras sonreía. Si Krishna no hubiese muerto de niña se habría convertido en una muchacha muy guapa.
La luz que se colaba por el techo se intensificó. Fue como si el sol alumbrara allí mismo. En la baranda, los soldados y Generales se cubrieron los ojos con el antebrazo para protegerse. Los ojos de Sakti lagrimearon por el dolor pero ella no se atrevió a cerrarlos. Tenía miedo de que si lo hacía nunca más volviera a ver a Mark.
Los profetas aullaron de dolor en el fondo de la torre. Aun con los ojos entrecerrados, Sakti vio que del pozo surgía ahora un resplandor esmeralda que rodeaba a Darius y a los chicos. Los profetas gritaron con la mirada prendida en lo alto. Sus ojos, sin embargo, no reflejaban el color de la Estrella Púrpura.
Eran celeste fulminante, como los que Darius tuvo al salir de Aleoni. El mestizo y sus hijos movían los labios rapidísimo, sin que las palabras se entendieran o escucharan.
—Yo también debo irme —susurró Mark. El fantasma de Krishna se deshizo en vapor blanco—. Si no lo hago, Darius y los chicos sufrirán más por su cuenta. No puedo permitirlo.
La luz del pozo ganó intensidad. Ya no solo era esmeralda, sino que también empezó a emitir destellos blancos y violáceos. Ganaba terreno sobre la luz de la Estrella Púrpura. Si Sakti no hubiese estado tan pendiente de Mark habría visto que la luz del pozo se convertía en una esfera que crecía hacia las paredes, la escalera y la baranda. Ya había cubierto a los profetas. Pronto también tocaría a los testigos de la escena.
El mensajero sí vio la esfera. Si era una llamada, él la entendió. Mark sonrió con tristeza y cerró los ojos. Sakti gritó su nombre y corrió hacia él para sostenerlo, pero fue muy tarde. Mark se dejó caer de espaldas a la esfera de luz.
Sakti le rozó las manos y sintió que los cálidos dedos del amo resbalaron en los suyos antes de que la luz también la engullera.

"Los Hijos de Aesir: Guerra en tierra maldita" © 2009-2017. Ángela Arias Molina

4 comentarios :

  1. Y como siempre aqui me doy un pequeño tiempo para comentar, ando vuelta loca por el inicio de clases asi que te dire solo una cosa:

    ¡NO VALLAS A MATAR A DARIUS!

    nos seguiremos leyendo.

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  2. TwT
    ... Sí, nos seguimos leyendo, cariño :) Gracias por pasarte

    ResponderEliminar
  3. Hola guapaaa!!Muchas gracias por tus comentarios en mi blog. Yo también te voté cuando me enteré del concurso y vi que estabas en varias categorías. Me encanta el diseño de tu blog^^Tu historia va genial, si la publicas yo la compraría.Siento hacerte esperar tanto con mi historia, waa entre lo lento q escribo y todos los problemas con el dichoso internet tardo mucho en actualizar.Por lo menos intento que los capítulos sean largos para compensar.

    Bueno muchos besos y sigue así :D

    ResponderEliminar
  4. Mil gracias, Luxuria. ¡Qué bonitas palabras para mi blognovela! Y nada, que yo espero tus actulizaciones con mucha ansía y, como tu novela es bien buena, no me importa esperar. ¡Saludos!

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¡Hola! Muchas gracias por leer este capítulo de "Los hijos de Aesir". Puedes ayudar a la autora al calificar la lectura en la barra de calificación (está un poquito más arriba). O mejor aún ¡deja un comentario! Toda crítica constructiva es bienvenida. ¡Muchas gracias!
*Los trolls no serán alimentados*

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