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Capítulo 24

24
PROMESA DE LUZ

La luz le quemó los ojos. Tuvo que parpadear varias veces antes de que pudiera distinguir lo que tenía de frente. Era la torre de hierro, plata y jade, rodeada por aros de nubes grises. Alrededor de la columna batallaban miles de aesirianos contra vanirianos. Los gritos de los guerreros llegaban hasta ella, que levitaba por encima de todo.
Una columna de luz brotó de la punta de la torre y disipó al paso los anillos grisáceos. Abajo, en la ciudad de hierro, plata y jade, los ataques, gritos y lamentos se detuvieron. Los guerreros miraron anonadados la luz, que se los tragó. Sakti también quedó atrapada en la luminiscencia pero esta vez no quedó ciega.
Ya no observaba la batalla desde el cielo, sino que estaba al lado de la pared de una gran habitación circular. En el centro, sobre un pozo, levitaba y brillaba una gema blanca del tamaño de un niño.
Sakti no tuvo ni idea de qué veía pero supo que debía buscar al amo. Avanzó hacia la gema, siempre mirando de un lado a otro. Siete columnas de mármol en circunferencia sostenían el techo. Frente a cada una de las vigas había una esfera de energía que brillaba con algún color del arcoíris. Sakti percibió que algunas eran benévolas y dulces, otras frías, la mayoría crueles y peligrosas. Pero todas estaban de acuerdo en algo: «NO», decían con cada pálpito de energía. «NO, NO, NO».
Evitó pasar cerca de ellas. Caminó de espaldas pues temió que en cualquier momento alguna de las esferas reaccionara, se moviera y fuera hacia ella. Supo que era tonto pero no pudo quitarse esa sensación.
Chocó de espaldas contra lo que le pareció una estatua. ¿Pero cómo? Estaba segura de que todavía le faltaba mucho para alcanzar la gema. Se giró y de inmediato soltó un grito, pues se encontró frente a frente con un cuerpo pétreo que tenía un rostro idéntico al suyo y una mano extendida hacia ella en súplica.
Solo que no era una estatua. Cierto era que esa Sakti estaba inmóvil y rígida, con ojos opacos que seguramente miraban una escena congelada en el tiempo. Pero no estaba hecha de piedra, sino de carne todavía cálida y empapada de sangre. La sangre también estaba inmóvil. Los goterones que resbalaban de las heridas estaban suspendidos en el aire y todavía no formaban un charco en el suelo. ¡Oh, pero qué gran charco harían! Porque esa estatuilla de carne estaba empalada por estacas de mármol que surgían del piso.
«No está muerta», pensó Sakti al ver la agonía de esa macabra figura. Las estacas le atravesaban las piernas, los brazos y la cadera izquierda, pero por el momento evitaron puntos clave. Una estaca, sin embargo, iba a medio camino por debajo del cuello. Si subía un poco más le atravesaría la mandíbula y lo terminaría todo. «Está congelada en el tiempo en su momento final».
Sakti quiso echar a correr y escapar, apartar la mirada de esa otra versión suya, pero no pudo. Estaba tan congelada como ella, aunque un pensamiento se repetía a toda velocidad en su mente: «Ella soy yo. Pero mayor. Soy yo, en el futuro». El estómago le lanzó una advertencia. Iba a vomitar. «No, ¡así no quiero morir!».
Miró la mano extendida de la mujer congelada. ¿A quién veía? ¿A quién pedía ayuda? Sakti se giró y volvió a soltar un grito cuando vio a Adad arrodillado, también atravesado por estacas. Ese Adad mayor también estaba congelado en el tiempo. Pero mientras que la Sakti adulta todavía vivía, ya Adad había muerto: una estaca le asomaba por el techo de la cabeza.
—¿Qué es esto…? —logró musitar Sakti con voz temblorosa.
Como respuesta las figuras empaladas se esfumaron. Reaparecieron –ahora sin sangre y sin heridas, en diferentes posiciones– cuando la gema empezó a brillar alternando la luz. A veces brillaba de blanco y a veces de púrpura. Cada vez que lo hacía la escena cambiaba. Sakti no entendió qué sucedía pero percibió las cosas como un parpadeo tras otro, como una sucesión de imágenes diversas. A cada segundo las vestimentas, las expresiones de los personajes y las acciones cambiaban.
Finalmente lo comprendió: ocurrían dos actos diferentes según la intercalación de la luz. Siempre participaban las versiones futuras de ella, su hermano y una tercera persona que debía de ser Marduk, aunque no le reconocía el rostro.
A pesar de que los movimientos, la vestimenta y las miradas de los Tres Dragones cambiaban a cada instante, las palabras eran las mismas. Al principio Sakti no pudo reconocerlas, hasta que llegó un punto en que los actos intercalados se detuvieron como si el tiempo tuviera problemas para seguir adelante y mostrar las acciones.
—Desearía —dijo de repente su versión adulta, pero esta vez sin que la gema intercalara la luz o el tiempo— que nunca te hubiera amado. Así habría sido más fácil traicionarte. Así no me dolería tanto dejarte atrás por mi egoísmo.
—¿Qué dices? —preguntó Marduk. Sakti supo que era él porque la voz de Adad era distinta.
—Si te odiara no sentiría el más mínimo remordimiento de destruirte a ti también, junto a esta tierra maldita que pide mi sacrificio. En este día el mundo será destruido. ¡Ése es mi voto!
La habitación comenzó a temblar. De las esferas de luz en cada columna surgieron bufidos y risotadas crueles. La gema empezó a silbar como una tetera gigante. Adad y Mark gritaron su nombre. Le suplicaron que se detuviera, pero la versión adulta de Sakti no quiso cambiar de opinión. «Quiero acabar con todo», pensó Sakti sin saber si ese pensamiento era suyo o de la mujer que quedaría empalada. Una potente voz se hizo escuchar por encima de las risotadas:
Si es así debes sacrificar algo.
—¡Lo que sea! —exclamó la princesa adulta.
Perfecto.
La gema inició de nuevo el brillo tintineante. Otra vez las escenas se intercalaban. En una de ellas se escuchaba una avalancha. ¿Escombros, quizá? En la otra, un relámpago alumbraba todo el salón hasta arrancar un grito de agonía. Sakti supo que su versión adulta estaba a salvo del ataque porque vio el arrepentimiento lúcido de sus ojos. ¿Quién resultó herido? ¿Adad? ¿Marduk? ¿Los dos? No lo supo. Quizá no importaba porque fuera como fuese la versión adulta de Sakti esbozó una sonrisa triste, entusiasmada y desquiciada.
—¡Bien, como sea! —gritó la mujer—. Solo detenlo, detenlo, ¡DETENLO!
Las estacas brotaron del suelo y la hirieron. La Sakti que votó por la destrucción del mundo enmudeció empalada. El grito débil y preocupado de Marduk resonó en la habitación:
—¡ALLENAAAAAAAAAAA!
La princesa herida extendió la mano a esa voz y…
El tiempo se alteró otra vez. Con cada parpadeo de la gema las estacas se insertaron en la Sakti adulta una y otra vez. Pero en la otra escena, la que parpadeaba con la gema, la mujer no era atravesada por ninguna estaca. En cambio, de la espalda le surgían alas de luz cuando el Dragón salía a cumplir su destino.
Sakti se cubrió la boca. No pudo entenderlo. ¿Por qué había dos muertes distintas en el mismo lugar, en el mismo día? «¿Son esas mis opciones?», se preguntó. «¿Morir empalada o morir hecha luz?».
La gema dejó de parpadear. Sakti apretó las manos sobre la boca, haciendo un solo puño idéntico al que tenía en el estómago. Estaba segura de que la última imagen que vería sería la muerte final en la Profecía. «Por favor, la luz», rezó. No quería morir de ninguna de las dos formas, pero si tenía que elegir prefería una que no incluyera sangre y dolor infinito.
Qué mal que la gema eligió por ella. El tiempo corrió libre para la mujer empalada. La estaca que estaba a medio camino debajo del cuello terminó de subir. La boca de Sakti se llenó de sangre cuando la punta le atravesó la mandíbula y el paladar.
—¡NOOOOO! —gritó al tiempo que se cubría los ojos.
Hizo una arcada, segura de que vomitaría. Un par de manos la sostuvieron con fuerza. El gesto detuvo la bilis, aunque no el sabor de la sangre. Sakti se descubrió los ojos. Las manos le temblaban. Al principio vio borroso, solo siluetas y sombras recortadas contra la luz. Después los rasgos del príncipe Kardan se hicieron claros. El príncipe la tenía acunada en los brazos y la mecía ligeramente para espabilarla.
—¿Estás bien? —preguntó Kardan. Estaba nervioso y preocupado, aunque empleó la voz más serena de la que fue capaz para calmarla—. La luz te electrocutó muy fuerte y te desmayaste. ¡Cielo Santo! Te juro que pensé que ibas a morir.
Sakti se llevó la mano a la boca y lamió un dedo. Como lo supo, había sangre. Era una reacción física, como la que tuvo Darius hacía años tras tocar la oreja de Sigurd.
Al ver que sangraba, Kardan la abrazó más fuerte con la intención de levantarla y llevarla a un médico. Sakti le metió un codazo en las costillas. No tenía tiempo que perder. Si ella estaba herida, ¿qué sería de Mark? Se levantó por su cuenta con intención de ir a la baranda. La escotilla en lo alto estaba cerrada, así que ya no había luz púrpura. Sin embargo, del pozo en el fondo todavía surgía un resplandor tenue que se desvanecía lentamente.
Sakti escuchó un gemido antes de que pudiera avanzar. Al mirar atrás vio que Dereck estaba herido en el suelo. Estaba encogido en posición fetal, con las manos sobre la boca del estómago. De la boca le salía sangre. En la cara tenía raspones y golpes que empezaban a hincharse. Sigfrid estaba delante de él, con una expresión malhumorada. El General había dado una paliza a Dereck por traer a Sakti antes de tiempo a la fiesta púrpura.
Ella lo lamentó mucho por el Guardián pero no podía preocuparse por él ahora. ¡Mark, ¿dónde estaba Mark?! Dio dos pasos tambaleantes hacia la baranda hasta que una risa la detuvo en seco. Era el Emperador, que estaba apoyado en el mismo sitio donde Mark estuvo antes de caer.
—¿Lo viste, Allena? —dijo el Emperador mientras se giraba a ella—. ¡El día prometido! La luz brotará de esa magnífica torre, los Tres Dragones volarán y nos salvarán. ¿Viste lo que vendrá después? Paz, armonía, un mundo libre de maldiciones, ¡estaremos limpios de nuevo! —El Emperador avanzó hacia ella y la rodeó en un cálido abrazo—. Gracias, Allena, porque tú y tu hermano nos salvarán. Gracias, pequeña mía, gracias…
Los brazos de su tío eran terriblemente reconfortantes y protectores. Entonces ¿por qué le parecieron tan desagradables? ¿Gracias? ¿Eso era todo lo que obtenía por lo que tendría que sufrir? ¿GRACIAS? ¿Es que ese imbécil no vio cómo morirían ella y Adad? ¿No los vio atravesados por estacas como si fueran animales a punto de ser asados a fuego lento?
Sakti apretó las manos. Quería escupir la cara del Emperador y luego rodear su magnífico cuello con la garra de Dragón. ¡Lo despedazaría! ¡Le sacaría los ojos y le arrancaría el cabello hebra por hebra!
La voz de Enlil la detuvo.
—¡Señor! Por favor, ¡que vengan los doctores! —suplicó el General desde el fondo de la torre—. Creo que uno de los niños no respira.
Sakti apartó al Emperador con todo el odio y rencor que pudo reunir. Corrió hacia la baranda. Temía por Darius y Zoe, por Dagda y Airgetlam, pero la preocupación que sentía hacia los profetas palidecía al pensar en Mark mientras caía de espaldas hacia la luz.
Llegó a la baranda y vio el fondo. Los profetas dejaron de preocuparle. Estaban inconscientes y todavía encadenados, pero por lo menos había soldados que se ocupaban de ellos. En cambio Mark estaba solo. Lo descubrió tendido de medio lado a unos pasos de Zoe, sin que quienes se ocupaban de la profetisa se giraran para atender también al mensajero.
Sakti corrió escaleras abajo. Los oídos le vibraban con un pitillo ensordecedor. No podía escuchar nada, ni siquiera los latidos asustados de su corazón. Por eso no escuchó las palabras del Emperador, que le ordenaba que se detuviera. Tampoco es que le hubiese obedecido si lo hubiese escuchado.
Unos cuantos soldados subieron del fondo hasta ella para cortarle el paso. Sakti los tomó por sorpresa cuando giró de medio lado, corrió hacia la baranda y saltó al vacío. Ya la altura no era tan terrible como para que se matara con la caída; sin embargo, igual sintió el aterrizaje en las rodillas y se cayó de cara cuando perdió el equilibrio. No le importó y se levantó de inmediato. Ya nadie la detuvo cuando alcanzó a Mark y lo acunó en los brazos.
—¡Amo, amo, amo! —gritó. No notaba las lágrimas que le corrían por las mejillas. Solo el miedo infinito que tenía atrapado entre pecho y espalda—. ¿Está bien? ¡AMO!
—Estoy bien —respondió Mark en un susurro, sin abrir los ojos—. No grites tan fuerte. Solo tengo sueño. —Se acurrucó en los brazos de ella, como un pajarillo golpeado por granizo. Volvía a dormirse pero antes dijo—: Estoy tan feliz de entenderlo finalmente… Lo que sucedió, lo que ya no te lastimará. Porque para eso nací, para que no tuvieras que sufrirlo.
—No hable, amo —suplicó ella en un susurro—. Se pondrá bien. Lo prometo.
—La primera vez… —murmuró Mark, débil y adormilado—. Ya verás que no dejaré que ocurra de nuevo. Te lo prometo. —Sonrió—. ¿Entonces esto es lo que significa ser salvado…? Quiero ir a casa... A dormir…

****

—Magnífico —susurró Enlil de mala gana cuando las primeras gotas cayeron—. Siempre tiene que llover en momentos como este…
Las nubes cubrieron el cielo durante la noche, por lo que la mañana apenas tenía resplandor púrpura. Enlil había rezado para que no lloviera. Supo que era difícil pero se había hecho la ilusión de que el clima fuera benéfico para que ese día no fuese más melancólico para Sakti.
Dioné estaba a unos pasos de él. Bajo el brazo sostenía los hombros de Zoe para consolarla, pues la pitonisa estaba encogida y sollozante.
—Llora después —le susurró—. Cuando tengas más fuerzas.
Zoe no dejó de llorar. Los hombros le subían y le bajaban mientras que las lágrimas se le escurrían por los dedos y las mejillas, a pesar de que se limpiaba la cara con las manos. Aunque vivió en casa de Enlil al mismo tiempo que Mark, nunca pudo verlo porque ella estaba en una sección con seguridad especial.
«Pero igual llora por él como si fuera uno de sus hermanos», pensó Enlil al tiempo que veía la figurita pálida de su nieta. Zoe insistió en asistir al funeral aunque no se había recuperado de la visión del día anterior. Estaba ahí por el mensajero que nunca conoció, pero también por Sakti. Para darle apoyo. Para llorar con ella.
Salvo que Sakti no lloraba. La princesa estaba a unos pasos delante de Enlil, arrodillada junto al ataúd sin cubrir de Mark. Tenía los hombros hundidos en la más terrible de las miserias, pero no le temblaban como los de Zoe. Enlil creyó que Sakti intentaba ser fuerte y que guardaba su dolor para cuando estuviese a solas. Pero no le vio los ojos irritados ni la cara hinchada o sonrojada. Aunque tenía ojeras por la noche en vela, no había rastro de que hubiese llorado la muerte del amo ni una vez cuando estuvo sola.
Enlil apretó los labios, preguntándose de dónde sacaba Sakti la fortaleza. No solo se quedó toda la noche con el mensajero, hablándole con suavidad y cariño, sino que también le sostuvo la mano cuando al fin Mark murió de agotamiento en la madrugada. No pudo imaginarse lo mucho que debió dolerle a Sakti bañarlo y mudarlo para el entierro, y todo sin derramar una lágrima.
Escuchó un carruaje. El General vio por encima del hombro que un coche se acercaba levantando cortinas de agua a medida que pasaba por los charcos de lluvia. La puerta se abrió de golpe apenas el carruaje se detuvo junto al de Enlil.
Darius y los gemelos bajaron en estampida, sin preocuparse de la lluvia. Zoe se separó de Dioné y corrió al profeta para que la abrazara. Los gemelos se unieron al abrazo familiar, aunque los cuatro estaban muy tristes y cansados como para celebrarlo.
Avanzaron hacia el ataúd aún abrazados, ignorando con frialdad a Enlil. «Está bien», pensó el General. «No estoy aquí. Ni siquiera existo». Hasta el momento había respetado el dolor de Sakti sin acercarse a ella, pues bien sabía que su presencia solo sería una molestia para la princesa. Podía aceptar que ahora ellos también lo ignoraran porque eran los únicos que ella necesitaba en ese momento.
El primero en detenerse fue uno de los gemelos, que dio media vuelta apenas vio a Mark. Lo siguió su hermano, quien se giró para consolarlo. Los dos tenían los ojos colmados de lágrimas. Ellos sí conocieron a Mark. El mensajero los visitó en la casita del lago y compartió con ellos muchas tardes alegres. Las suficientes para que el recuerdo les doliera y lloraran la pérdida.
Darius y Zoe fueron más fuertes y se quedaron de pie junto al ataúd. A Darius se le salieron las lágrimas pero no se atrevió a sollozar como su hija. Todavía no asimilaba lo que veía. No podía creerlo. Mark parecía dormido, atrapado en un sueño agradable pues incluso sonreía y no estaba tan pálido como otros muertos. Tuvo la impresión de que en cualquier momento el muchacho abriría los ojos y se quejaría de la lluvia. Fue hasta cuando se inclinó al lado y lo tomó de la mano que al fin lo comprendió. La frialdad de aquella mano, una vez tan cálida, lo estremeció.
«Marduk tuvo razón. Maté a Mark», pensó el profeta. La idea lo devastó. Quizá no utilizó la espada virgen que el Emperador le dio, pero igual tuvo parte de la culpa. Si Mark no hubiese estado en la torre, si la Estrella Púrpura no los hubiese bañado juntos, entonces sus poderes de profeta no se habrían salido de control ni habría utilizado la energía del mensajero para fortalecer la visión.
¿Y todo para qué? ¡Darius ni siquiera podía recordar nada! Aunque no, eso no era del todo cierto. En una parte de su mente sabía que vio la muerte de Sakti. Igual, ¿de qué servía eso si no para torturar? ¿Cómo podían el Emperador y su gente encontrar alivio en una visión cruel de sacrificio y dolor?
¡Todos ellos tenían la culpa! El Emperador, el príncipe Kardan –quien fue el encargado de acondicionar esa sección de Palacio–, Sigfrid, Enlil, ¡hasta el mismo Dereck! Todos colaboraron en esa estrategia para utilizar a los profetas y al mensajero sin importarles que el resultado fuera fatal para alguno. «No, yo no maté a Mark», se consoló aunque el pensamiento también le causó furia. «Ellos lo hicieron. Ellos mataron a mi amigo».
Sakti se levantó y tomó una de las palas que estaban al lado del ataúd. Comenzó a cavar. Darius estaba cansado por la visión del día anterior pero también tomó una pala para ayudarla. Dagda y Airgetlam se unieron.
Enlil avanzó hacia ellos y se inclinó para tomar la pala restante. Darius no se lo permitió. Apenas comprendió las intenciones del General, levantó los brazos para tomar fuerza y dejó caer la pala sobre la mano de Enlil. Clavó el filo en un costado, justo entre el pulgar y el dedo índice. La sangre brotó en goterones que formaron grumos al caer sobre la tierra mojada.
—Ni te atrevas —siseó Darius con odio—. Eres un viejo hipócrita. Eres uno de sus asesinos. ¡No mereces enterrarlo como si fueses su amigo, como si lo amaras!
Fijó los ojos en los de Enlil. ¡Cómo quería partirle la cara con la pala! Quizá lo habría hecho de no ser porque Enlil retrocedió lentamente, sumiso. Menos mal, porque Darius estaba muy cansado. En lugar de desperdiciar fuerzas golpeando al viejo General prefería dedicarlas a Mark.
Así que cavó. Le dolía muchísimo ese final. Le habría encantado que Mark llegara a viejo y que se convirtiera en una cabeza algodonada como la del señor Salvot. No que muriera tan joven, con tanto camino por recorrer, y que terminara en un sitio tan remoto como ese.
Apretó los dientes mientras pensaba en el descaro del Emperador. Además de idear el final de Mark, el monarca tampoco tuvo la decencia de asumir responsabilidad de ningún tipo. Lo mínimo que pudo haber hecho era ofrecer un bonito mausoleo en Palacio para que Sakti pudiera visitar al amo cuando lo deseara, o dejar que enterraran al mensajero en uno de los jardines que él mismo sembró en la mansión Tonare.
Pero no. Al Emperador le horrorizó tanto la idea de tener el cadáver de un ser humano en el corazón de su queridísima ciudad que ordenó desecharlo como si fuera basura. Si por él fuera lo habría lanzado por la Muralla Sur para que cayera al Pantano. Lo único que permitió –Darius detestaba esa palabra– fue que enterraran a Mark en algún sitio donde no hubiese sincronización.
Por eso lo sepultaban allí, cerca de la Muralla Este, a las faldas de una montaña. En esa sección de Masca los edificios y las calles de mármol eran remplazados por caminos de tierra, huertas y chozas de los campesinos que vivían justo al lado de las Murallas. Lo único que consolaba a Darius de ese sitio era que Mark tendría un reposo tranquilo, lejos del ajetreo de la ciudad. Lástima que quedara tan lejos como para que Sakti pudiera visitarlo con frecuencia.
La fosa estuvo lista. Como el Emperador tampoco permitió que un sacerdote oficializara el entierro, los profetas y Sakti tuvieron que encargarse de todo. Así estaba bien. Darius sabía que ningún sacerdote o sacerdotisa podría despedir a Mark con todo el amor de sus amigos.
Cuando llegó el momento de cerrar el ataúd y enterrarlo, Sakti tomó una daga que llevaba a la cintura. Agarró la larga trenza que llevaba a la espalda y se la pasó por encima del hombro. Cortó la trenza y ató el cabo suelto con un lazo. Después la acomodó en las manos entrelazadas de Mark, que descansaban ahora sobre el pecho del mensajero.
—¿Por qué lo haces? —preguntó Darius al tiempo que veía el pelo disparejo de Sakti. Los mechones apenas le llegaban por debajo de las orejas.
—Porque soy esclava del amo. —No había rastro de la voz de pajarillo que tanto le gustaba. No había rastro de nada en esa voz—. No puedo dejarlo solo. Una parte de mí tiene que quedarse con él para protegerlo.
Sakti cerró el ataúd. Lo bajó a la poza con ayuda de Darius y los gemelos. Después de que terminaron de cubrir la tumba, el mestizo pasó un brazo por los hombros de la princesa. Le dio un beso en la cabeza para consolarla, pero ella no temblaba. Ni siquiera tenía los ojos vidriosos. Simplemente permaneció allí por un buen tiempo, muda, sin moverse, mirando la tierra fresca sin rastro de pena. Al final, sin decir nada, dio media vuelta y se metió al carruaje que la llevaría a la casa que ya no era hogar.

****

La lluvia se intensificó. Los goterones cayeron sobre el techo del carruaje como si fueran guijarros. No sería nada raro que hicieran mil agujeros. «Si se hace uno sobre la cabeza de este maldito príncipe seré feliz. ¡Y ojalá le caigan mil guijarros y mil relámpagos encima!». pensó al tiempo que miraba por el rabillo del ojo al príncipe Kardan.
El heredero estaba en la misma butaca que él pero era como si no estuviese allí. Los profetas lo ignoraban. No bajó durante el funeral de Mark ni se atrevió a hacer saber su presencia. Darius supo que tenía vergüenza de mirar a Sakti. La manera en que pedía perdón por su participación en la fiesta púrpura fue ayudando a los profetas a llegar a la despedida de Mark.
No era mucho, pero al menos era bastante más de lo que el Emperador había hecho.
Darius apretó los puños, preguntándose qué haría Sakti ahora en el otro carruaje. ¿Estarían por fin sus lágrimas cayendo con la misma intensidad de la lluvia?
Por un lado esperaba que no fuera así. Quería estar con ella cuando la pena la embargara, para consolarla. Si Sakti lloraba ahora, cuando él estaba en un carruaje rumbo a Palacio y ella en otro rumbo a la mansión Tonare, todo lo que tendría la princesa serían Enlil y Dioné. Un asesino y una extraña.
Pero, por otra parte, la mirada de Sakti, su actitud durante el funeral, su silencio… Algo no iba bien. Darius sabía mejor que nadie lo que la muerte podía hacer a un corazón que ama mucho. Suponía que las personas tenían formas distintas de lidiar con la muerte de un ser querido. Aun así no estaba convencido de la forma en que Sakti lo enfrentaba. No reaccionaba como debería.
Lo normal serían lágrimas de dolor y furia, malhumor y tristeza. Sakti no mostraba ninguno de esos síntomas. Por Dios, ¡hasta se subió al mismo carruaje de Enlil sin chistar! Y ese silencio tan largo, la voz ahora sin los tonos de un pajarillo… A Darius se le hacía un nudo en el estómago cuando pensaba en cuánto tiempo pasaría hasta que volviera a escucharla o verla sonreír. «Si llorara», pensó, «lo sacaría todo. Se recuperaría más rápido».
Quería que Sakti sollozara, por lo menos sola, para que enfrentara la partida de Mark con normalidad, en terreno que Darius pudiera pisar y entender para así serle útil.
—Zoe, no llores más —pidió Dagda mientras estrechaba a su hermana—. No debemos llorar más que Allena. No es justo.
—¡Es por eso que lloro! —balbuceó la profetisa mientras se restregaba los ojos—. ¡Porque ella está rota! ¡Porque no puede llorar!
Darius miró las gotas de lluvia que golpeaban la ventana. «Rota. Por eso no llora». Desde que conoció a Sakti tuvo la sensación de que algo no estaba bien con ella, pero esta era la primera vez que encontraba la palabra adecuada para describirla. A su amiga la habían roto muchas veces. Tiamat, los krebins, los sacerdotes de Lahore, Sigurd, el Emperador… Todos la habían dañado con latigazos, castigos y sacrificios. El único que se tomó la molestia de enmendarla fue Mark. La tomó con manos cálidas y la trató con dulzura y delicadeza, como si fuera una flor.
Por eso Sakti lo amaba tanto. Por eso estuvo dispuesta a correr tantos riesgos por él.
Ahora que Mark se había ido no había nadie que pudiera remendarla. Darius lo intentaría porque era su amigo, pero bien sabía que no podría alcanzar el nivel del mensajero. Había ciertas personas que jamás se podían reemplazar.
Tuvo muchísimo miedo. ¿Y si fallaba en consolar a Sakti? ¿Y si seguía rota el resto de su vida? «Hoy no solo enterramos a Mark», comprendió, «sino también la mejor parte de Allena. La luz se ha ido. Ahora solo queda oscuridad en ella».
La lluvia siguió golpeando la ventana.

****

Marduk acarició el reposa brazos del sillón mientras veía la habitación en silencio. Se despedía del lugar. Esa sería la última velada allí. Sintió una mezcla de alegría y angustia al pensar en esto, pero no tenía remordimientos. Era hora de seguir adelante, de alcanzar la meta que se planteó desde el Pacto con Dios. Había esperado dos eternidades para dar este paso.
Era hora de nacer.
Nada anunció su llegada. Marduk solo supo que él estaba allí. Respiró profundo para prepararse pues quería aprovechar el momento. Cuando naciera no tendría recuerdos de los altos y bajos, de las alegrías y tristezas, de las victorias y pérdidas. No podría recordar ese momento, que hasta ahora sería el más feliz de su estadía en el lugar fuera del espacio y el tiempo.
Miró a un lado y esbozó una sonrisa macabra para celebrar la victoria. La sonrisa se le borró al ver la luz que emanaba del invitado. Mark estaba vestido de blanco y tenía una expresión tan serena y alegre que era como si brillara. Marduk lo envidió porque el mensajero no tenía ninguna aflicción. Solo estaba de paso. Dentro de poco cruzaría al otro lado y podría descansar en paz. En cambio, el viaje del Dragón Púrpura apenas comenzaba.
—Creo que fue un buen final —susurró el mensajero—. Tuve una buena vida y fui bendecido a la hora de morir. Nada retiene mi corazón. Soy libre. —Marduk chupó los dientes. ¡Mark quería arruinarle el momento con esas palabras! ¡Arrebatarle la victoria!
—¿Nada, dices? Oh, mensajero, te engañas. Perdiste. Ya no podrás estar junto a ella. Yo gané y tengo el resto de la eternidad para disfrutar a su lado. Tú solo serás un recuerdo que se perderá en su memoria. Nada más.
—Aunque esté muerto siempre estaré con ella —replicó el mensajero con una sonrisa.
—¿Flotando a su lado como un fantasma? Eso es ser mal perdedor —se burló Marduk. Le irritó que la pulla no provocara a Mark. La sonrisa del mensajero no tembló ni dudó. Se quedó serena y fija en los labios del muchacho mientras explicaba:
—Una persona que ama y es amada deja rastros en los demás, como marcas al rojo vivo que no se borran. Usted lo sabe porque lo ha visto muchas veces desde aquí —señaló la extensa y blanca biblioteca al lado de la pared, que tenía tomos y más tomos de cubiertas blancas—. Ha envidiado a los mortales por eso, porque desea tener marcas de ese tipo y convertirse en una también. Por eso me envidia. Porque después de mi marca Allena no tendrá espacio para la suya.
—¡No la llames por su nombre! —gritó el Dragón mientras se levantaba y derribaba el sillón.
—Antes le temía —dijo Mark sin dejarse intimidar—, pero ya no. Estoy muerto y por eso estoy más vivo que nunca. Ya no puede hacer nada para herirme. Ya no tiene poder sobre mí.
Mark caminó hacia una esquina de la habitación. Allí estaba el niño rubio encadenado que Darius vio cuando buceó en la mente del mensajero dormido en Lahore.
—Una amnesia que se cura con la muerte… —susurró Mark.
Las cadenas se rompieron. El niño cayó de pie al suelo aunque se tambaleó por unos segundos. Abrió los ojos apenas recuperó el equilibrio. Los dos Mark se miraron sin parpadear, reconociendo en el otro lo que le faltaba a uno. El mayor extendió los brazos e invitó al niño a ellos.
—¿Ella me…?
—Velo por ti mismo —dijo Mark—. Seamos uno de nuevo.
El niño era sus memorias, deseos y sentimientos. Lo recibió con placer y anhelo. Al fin estaba completo. Una luz emanó de ambos en cuanto se abrazaron. El pequeño sollozó en silencio, con una sonrisa de dicha eterna en el rostro. El cuerpo se desintegraba, convertido en mariposas de luz que se fundían en el mensajero adulto.
—Sí, sí me quiso… —alcanzó a decir el niño antes de unirse por completo a Mark.
El mensajero quedó inmóvil, abrazándose a sí mismo una vez que el cuerpo del niño se desintegró en sus brazos. La risa del Tercer Dragón lo sacó de sus meditaciones.
—¡Ja, ja, ja! Ahora lo sientes, ¿verdad? ¡Yo tenía razón, ¿verdad?! Ahora que recuerdas te duele lo que has perdido. Aunque ¿qué estoy diciendo? No perdiste nada porque nunca tuviste nada. Eres una parte de mí. Por eso crees que amaste y fuiste amado por mi Allena. Pero en realidad todo fue una ilusión.
—No fue una ilusión —lo cortó Mark mientras lo veía con ojos sinceros—. Y usted lo sabe. Dice que fue una ilusión para darse ánimos. —Lo miró con tanta lástima que a Marduk se le puso la piel de gallina—. Está aquí desde hace milenios, solo, abandonado, olvidado, luchando por algo que creyó tener y que quizá ahora no podrá recuperar jamás.
»Me recuerda a Vanir. El tiempo y el fracaso los han obsesionado. Se ha convertido a sí mismo en un monstruo. Lo siento tanto por usted. No puede ser malvado aquel que haya sacrificado el alma y se condenara a este lugar con tal de salvar a la persona amada. Pero cuando nazca lo olvidará todo y podrá empezar de nuevo. Tendrá una segunda oportunidad, como la que le dio a la princesa.
—Cállate.
—Yo fui la segunda oportunidad de Allena. Yo fui el regalo que usted le envió para salvarla. Ahora ella será diferente.
—¡Ya vete! Estás muerto, ¡no puedes hacer más! Esfúmate, desaparece, ¡piérdete en la nada y devuélveme mi poder! —Mark extendió una mano al Dragón, sin borrar la sonrisa triste, consoladora y comprensiva del rostro.
—Vine a recuperar mis recuerdos y a devolverle su poder. No a perderme en el olvido.
Marduk tomó la mano del mensajero. La luz brotó de ambos. Mark, al igual que lo hicieron sus recuerdos de la infancia antes de fundirse con él, comenzó a convertirse en mariposas de luz blanca. Marduk, en cambio, en pequeñas motas de luz púrpura.
Los ojos del Tercer Dragón centellaron con envidia y odio, enfadado porque el mensajero le echó a perder el momento. Su único consuelo era que cuando naciera olvidaría el sabor amargo en la boca. Aunque se preguntaba si podría olvidar la mirada de Mark y qué era lo que veía en esos ojos que por tanto tiempo lo odiaron.
—También me quedaré con usted —susurró el mensajero—. Así, cuando llegue el momento, los dos tomarán la decisión correcta y les será fácil. A usted llegar a ella; y a ella perdonarlo a usted.
Era perdón. Mark había perdonado al Tercer Dragón por todo el mal que le había hecho. Eso no supuso ningún consuelo para Marduk. ¡Lo envidió tanto! Mark fue todo lo que él deseaba ser y obtuvo lo único que él anhelaba. ¿Pero de verdad podía dar el paso más importante de su existencia así, enfadado? ¿En verdad podía ir al mundo de los vivos con todo ese resentimiento? No creía que eso augurara nada bueno, así que se liberó del rencor y la envidia y esperó lo mejor. Todo para alcanzar la meta.
—Envié dos mensajeros más —dijo Marduk—. Pero no son como tú o Dioné, sino como Muninn y Huginn. Alguien más debe estar junto a ella, acompañándola mientras yo crezco. Dejaré… —lo meditó un poco más pero decidió que era lo correcto—. Dejaré que estos mensajeros decidan por sí mismos cuál es el mejor método para cuidar de ella.
Mark suspiró agradecido.
—Estoy seguro de que ahora todo estará bien.
Las luces desaparecieron. Al menos una de ellas abandonó para siempre el lugar fuera del espacio y el tiempo.

****

«Es su culpa», pensó Sakti mientras daba vueltas sobre los talones una y otra vez, como si bailara. «¡Es culpa de Marduk, de mi tío, de Sigfrid, de Enlil!».
«Sí, ¡es culpa de esas basuras!», le contestó el Dragón sin dejar de girar.
Sus voces resonaron como un eco vacío en la mente de ambas, y también en el cuarto del amo donde solo una flor de allen podía verlas juntas.
«Esta tierra está maldita…».
«… los pies del amo ya no la purifican».
¡Que se pudra, que se devore, que se muera! —gritaron ambas, engrosando la voz—. ¡Que todo arda, que todo se destruya!
«Sí…», decidió Sakti con maldad. «Pero antes de eso hay que hacer algo». Avanzó hacia la flor y acarició con ternura uno de los pétalos.
«¡Sí, tienes un plan! ¿Cuál es? ¡Dilo, DILO!».
—El amo está durmiendo, prometió que siempre estaría con nosotras.
«¡FALLÓ! El amo nos mintió…».
—No, no mintió —continuó la portadora. A cualquiera le habría parecido que Sakti se hablaba a sí misma—. Solo se ha adelantado. Somos nosotras las que debemos seguirlo.
¿Y a qué esperamos? —gritó el Dragón, extendiendo los brazos—. ¡Sigámosle! Aún no está tan lejos. Solo se fue hace unas cuantas horas.
—No llegaríamos junto a él. Nos devoraría el Reino de los espíritus.
Sí, porque el amo era bueno. ¡Él definitivamente está en el Cielo! Nosotras en cambio…
—… no le alcanzaremos si partimos ahora.
¿Entonces qué haremos? —gritó el Dragón mientras se dejaba caer de rodillas al suelo y se jalaba el cabello recién cortado—. Ahora esa asquerosa criatura nacerá. ¡No quiero verlo! ¡QUIERO QUE SE PUDRA EN EL VIENTRE DE LA MALDITA ZORRA QUE LO PARIRÁ!
—Ya, tranquila —la consoló Sakti—. Para ganar el Cielo y seguir al amo, limpiaremos este mundo. ¡Lo destruiremos para que se purifique! Después de todo, ¡eso es lo que Dios quiere! Por eso maldijo a los aesirianos, para borrarlos del mapa y empezar de cero. Nosotras, como juezas, solo decidiremos que Dios tuvo razón al principio. Pero nuestra misión no estará completa si antes no aniquilamos el germen que infectó este mundo.
¿Lo mataremos? —preguntó entusiasmada el Dragón—. ¿Me lo prometes? Lo haremos juntas, ¿verdad?
—Sí, lo mataremos. —Sakti se pasó la lengua por los labios—. ¡Le arrancaremos los ojos siendo tan solo un bebé! ¡Marduk va a morir!
Una luz púrpura las detuvo antes de que se echaran a reír. Al principio pensaron que las nubes se habían disipado y que la Estrella Púrpura iluminaba el cielo nocturno. Comprendieron que estaban equivocadas cuando se percataron de que la luz parpadeaba como un faro. Los mascalinos soltaron gritos de júbilo en toda la ciudad.
Los templos brillaban para anunciar la encarnación del Tercer Dragón.
Un vientre aesiriano albergaba ahora al nuevo mesías.
Sakti escuchó el jolgorio a las afueras de la mansión. Supo que las calles de Masca se prendían de nuevo con festejos. En su mente vio los puestos del mercado, los grupos que se formaban para bailar, los cantantes que se subían a cajas de madera para entonar notas de alegría y agradecimiento…
¿Y qué hizo ella? Corrió a la ventana y gritó. ¡Estúpido Marduk! ¿Cómo se atrevía a encarnarse justo esa noche de luto? ¡Aesirianos ignorantes! Imaginaba a los magos del mundo entero regocijándose alrededor de los templos más cercanos al ver la luz púrpura del Tercer Dragón. Pero ¿sabían a qué costo sucedía eso?
El Tercer Dragón nacería, ¡sí!, pero el precio era la destrucción del mundo. La existencia de Marduk equivalía a la furia de Sakti. Ahora que Mark no estaba nadie podría contenerla.
«Que celebren», pensó la princesa mientras agarraba a golpes la ventana. Mientras todos bailaban, ella se hería las manos con el vidrio roto. Mientras todos celebraban, ella sufría.
«¡Que celebren hoy porque mañana», pensó, «cuando las estacas me atraviesen, sonreiré al saber que el mundo entero se destruirá también!».

"Los Hijos de Aesir: Guerra en tierra maldita" © 2009-2017. Ángela Arias Molina

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