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Capítulo 25

25
TRAE MALDICIONES


Las fiestas continuaron en Masca. Ya se había superado la euforia inicial, aunque todavía los mascalinos se entusiasmaban si alguien comenzaba a entonar uno de los tantos himnos a la Estrella Púrpura o a los Dragones. Sakti lo encontró repugnante.
Desde el estudio del Emperador miró la ciudad bañada en los destellos púrpura. Se preguntó cuánto más continuaría esa estúpida fiesta. No podía creer que el mundo la desafiara y todavía siguiera girando. «Todo debió acabar con el amo», pensó. «La fiesta, el mundo, la salvación y esa maldita Estrella Púrpura que me quema la vista».
—¿Escuchaste, Allena? —la llamó su tío en voz alta—. Tus habitaciones en Palacio ya están listas. Ya puedes regresar a casa.
Sakti no respondió. Se mantuvo inmóvil en el sillón solitario que estaba junto a la ventana, ignorando al grupo reunido en un sofá cerca de la chimenea. Su aprecio por Enlil disminuyó a números negativos después de la fiesta púrpura, pero prefería quedarse en la mansión Tonare que regresar a Palacio. No quería tener que ver siempre al Emperador o al heredero. Estaba harta de ellos, de sus largos cabellos negros, la piel pálida como el papel y los ojos del clan Aesir. Cada vez que los veía quería agarrarlos a golpes, dejarlos calvos, con moretes y con las cuencas vacías.
Su tío no se daba cuenta de lo mucho que lo despreciaba o no quería admitirlo. El Emperador dio un largo suspiro y continuó:
—Querida, he sido muy bueno contigo. Incluso cumplí mi promesa y los profetas serán libres dentro de poco. Lo mínimo que puedes hacer es darme las gracias y colaborar más en lo que te pido.
Sakti tampoco respondió. Ni siquiera miró al Emperador o a los demás. Se daba cuenta de que estaba en desventaja en la reunión, pues su primo, Sigfrid, Enlil y Dioné estaban al lado del monarca. Lo apoyaban mientras a ella se le pedía algo irracional.
—Como la luz del Tercer Dragón ya brilló en los templos, eso quiere decir que su alma se ha encarnado en el vientre de alguna aesiriana —repitió el Emperador—. Está escrito que los Dragones serán príncipes, pero dudo mucho que tus primos Harald y Sin sean el padre. Son muy jóvenes para tener hijos. Eso significa que quizá alguno de mis hermanos dejó preñada a una mujer.
La piel de Sakti se erizó con tan solo pensarlo. Eso significaba que el Tercer Dragón, el que supuestamente estaba destinado a amarla, sería su primo hermano. La idea solo le produjo más asco al pensar en Marduk.
—Entonces es simple, ¿no? —masculló al fin la muchacha—. Trae a los tíos con cuanta mujer hayan conocido en estos años y así te encargas de que esa monstruosidad nazca en Palacio. No me necesitas para eso.
—Lamentablemente —continuó su tío, feliz de hacerla hablar— no es tan fácil. Mis hermanos ya enviaron cartas y dicen que vienen de camino, pero no hablan de ninguna mujer. ¿Qué haremos si no traen ninguna? O al revés, ¿si traen a más de una? Si resulta que tienen más concubinas de lo que sospechamos será difícil diferenciar al bebé que carga con el Tercer Dragón.
—Puede ser que los príncipes de Masca en realidad no esperen niño alguno —apuntó Sigfrid—. Debemos recordar a los príncipes del Reino de las Arenas. Quizá alguno de ellos será el padre del próximo portador.
—Como verás, querida, sea como fuere te necesitaremos. No tenemos tiempo ni métodos para buscar y probar niño tras niño para saber si es el Tercer Dragón o no. Necesitamos la ayuda de su amada, del Primer Dragón Blanco, para distinguir al adecuado.
—Tendrá los ojos púrpura —dijo Sakti de mal humor—. Solo eso necesitas para distinguirlo.
—Pero el bebé fue concebido durante la aparición de la Estrella Púrpura —intervino de nuevo Sigfrid—. En las ocasiones anteriores que la estrella brilló, los niños concebidos bajo su luz nacieron con ojos y cabellos púrpura. Incluso algunos tuvieron la piel manchada. Esa no será marca suficiente para reconocer al portador.
—¿Ves, querida? —sonrió satisfecho el Emperador—. Te necesitamos, así que quieras o no, nos vas a ayudar.
No era una cuestión de si quería colaborar. Sakti supo que lo haría, pero no porque su tío lo exigía sino porque ella quería. No era mala idea que le pusieran delante las barrigas embarazadas de las concubinas de sus tíos, o que le presentaran a los niños candidatos a portador. De hecho, eso le facilitaría mucho las cosas. Le llevarían a Marduk en bandeja de plata para que ella misma lo matara.
Lo único que la incomodaba era que el proceso le llevaría muchos meses y ni siquiera estaría acompañada, pues Darius y los chicos se marcharían al día siguiente. Ya estaban libres de la Profecía, de su trabajo como profetas, de Masca y del Emperador. Ella, en cambio, era todavía prisionera.
—Ya que eso está claro —continuó su tío—, queda otro asunto por resolver. —El Emperador miró a Enlil y soltó—: Tenías buenas noticias para nosotros, ¿no es así? ¿De qué se trata?
Sigfrid también estaba interesado y veía a su amigo con atención. Como todos habían decidido darle una probada de su propia medicina a Sakti e ignorarla, ella hizo lo mismo con ellos. Se concentró de nuevo en Masca, en los odiosos rayos púrpura y en las lejanas faldas de las montañas al este, donde estaba sepultado el amo. Antes de que pudiera desligarse de lo que sucedía en el estudio, escuchó que Enlil decía:
—Quisimos guardar el secreto por un par de días para estar seguros, pero ya no hay duda. Di está embarazada. ¡Vamos a tener un hijo!
El príncipe heredero no pudo ahogar una exclamación de júbilo, el Emperador abrazó fuertísimo a Dioné para felicitarla y hasta Sigfrid apretó la mano de Enlil y esbozó una pequeña sonrisa libre de escalofríos maliciosos. Todos sabían lo mucho que la pareja quería un hijo y lo difícil que fue para Dioné aceptar que jamás tendría un cachorro propio. Pero ahora todo eso cambiaría y la Casa Tonare tendría un heredero legítimo.
A Sakti se le erizó la piel mientras ellos celebraban. ¿Cómo podían ser tan ciegos? ¿Cómo es que ignoraban lo que eso podía significar? Justo después de la aparición de la Estrella Púrpura, después de la muerte de Mark, después de que la luz del Tercer Dragón se encendiera en los templos… ¿Es que nadie más pensaba que quizá Dioné sería la madre del nuevo Dragón?
Se dirigió hacia la mujer a la vez que meditaba más en el asunto. Sí, tenía bastante lógica. Dioné era una mensajera del Tercer Dragón cuyo rol era criar las piezas más importantes de la Profecía. Su nueva misión bien podría consistir en ser la madre de Marduk. Además, Enlil pertenecía a la Nobleza Militar. Si bien no era parte de la Familia Real, su estatus social y la pureza de su sangre eran tan buenos como los de los Aesir. Todo encajaba. ¡Marduk podría estar ahí mismo, en esa habitación! Todo lo que Sakti tenía que hacer para nunca ver sus ojos púrpura –como los de Dioné– era atravesar el vientre de la aesiriana ¡y listo! No tendría que preocuparse más por Marduk.
Alcanzó a Dioné y levantó la garra, lista para atravesarle el cráneo. Se detuvo justo antes de acertar el golpe. «No, no es él». No sintió ni una pizca de energía. El bebé que cargaba Dioné en el vientre todavía no era capaz de desbordar magia. En cambio Marduk, en donde fuera que estuviera, sí podía hacerlo; por eso encendió los templos con solo su concepción.
Como Enlil y los demás se la quedaron viendo extraño, ella giró hacia la salida del estudio. Vio que la puerta estaba abierta y que allí había dos personas. Los ojos mestizos de Darius miraron con frialdad a Enlil. El profeta no hizo ningún comentario sobre lo que acababa de escuchar. Entró al estudio sin pedir permiso y colocó sobre el escritorio un grueso bloque de hojas cosidas al dorso, en forma de libro.
—Aquí está la traducción —dijo el profeta sin mirar a nadie—. Ya cumplimos con todo.
Dereck, que seguía a Darius, se quedó bajo el marco de la puerta esperando permiso para entrar. Por la cara que tenía resultaba fácil imaginar que se moría de las ganas de felicitar a Dioné, pero no quería hacerlo donde Darius lo mirara feo.
—Muchas gracias —sonrió el Emperador—. ¿Por qué no te quedas a celebrar? Ya que eres libre confío en que no hay ningún resentimiento, ¿eh?
Aunque Sakti tenía la cara entumecida desde la muerte de Mark, Enlil la vio girar los ojos. Él también quiso hacerlo pero se contuvo porque el gesto podía malinterpretarse. No se necesitaba ser un genio para saber que Darius era muy rencoroso y claramente no se llevaría bien con sus captores de la noche a la mañana. Menos se tomaría una copa con ellos.
—Gracias a ti, ahora sabemos cómo terminará el día de la Profecía —siguió el monarca. Sus palabras eran corteses, pero Sakti y Darius supieron que eran una burla—. Sería ingrato no invitarte a participar de la fiesta, ya que por tus predicciones estoy de buen humor.
Contrario a lo que Sakti esperó de Darius, el muchacho sonrió. La sonrisa se convirtió en risa y luego en una agradable carcajada. La princesa se esperó cualquier cosa de él –como que saltara sobre el Emperador a molerlo a golpes, que insultara a Sigfrid, que tuviera un ataque de ira y limpiara el escritorio con una sacudida violenta, o que se marchara con un portazo–, menos la risa.
—¿De qué te ríes? —preguntó el Emperador con malestar.
—De usted, por supuesto —contestó el profeta, todavía divertido. Darius miró el grupo en el estudio. La única que se salvaba de sus palabras era Sakti—. De hecho, me río de todos ustedes y de su ingenuidad. Al principio no podía creerlo pero parece que es cierto: confían demasiado en meras ilusiones.
—¿Qué quieres decir?
—Oh, es simple —ahora era Darius el que se mofaba—. Las visiones no son exactas. Solo porque ingeniaron toda una maquinación horripilante por curiosidad a ver qué podría suceder el día de la Profecía, no significa que sucederá tal y como se vio. —Darius sonrió más cuando vio que el rostro del Emperador se contrajo con furia—. Por ejemplo, la visión que tuve de Allena antes de que se enfrentara a Sigurd. Lo vi por mucho tiempo, las mismas imágenes una y otra vez y aun así el resultado fue diferente. En mi visión Allena murió.
—La princesa murió —intervino Sigfrid. Ya no quedaba ni pizca del agrado que recibió con la noticia de su amigo. Ahora era otra vez el Demonio Montag.
—Pero en mi visión ella estaba muerta, muerta. No había nada que hacer por ella. Además, vi que había perdido un ojo pero en la realidad no ocurrió. —Todos miraron a Sakti y después al profeta—. Al principio pensé que las visiones cambian, pero no es así. Simplemente no pueden ser acertadas siempre. No importa si lo miro una, dos o mil veces: la visión será la misma, el resultado será diferente. Solo estoy seguro de algo.
Darius dedicó una reverencia irónica al Emperador y después pasó al lado de Sakti para salir de la habitación. Antes de que cruzara la puerta, el monarca lo detuvo y le preguntó sobre qué tenía certeza.
—No creo que a Su Majestad le guste —respondió Darius con expresión seria.
—Tendré que arriesgarme —siguió el Emperador mientras le devolvía la mirada desafiante—. No contaré con profetas en mucho tiempo. Por favor comparte aquello de lo que sí estás seguro. —Darius esbozó una sonrisa malvada.
—De acuerdo —dijo con voz tétrica—. Es sobre su futuro. Sobre el lugar donde terminará por todos sus actos. Allena también lo vio, ¿no es cierto, cariño?
El profeta guiñó un ojo a Sakti. La princesa comprendió que Darius por fin se vengaba de todo lo que le hicieron en Masca.
—Lo veo a usted, Majestad, arrastrándose en un mundo de tinieblas, con voces acusadoras gritándole al oído, acaparándole la mente. Primero caerá a un lago de sangre, donde una de las tres serpientes que lo recibirán se lo tragará de un bocado. Cuando al fin consiga salir de las vísceras, flotará al lado de otros aesirianos y esperará al próximo que caiga para aprovecharse de sus fuerzas y alcanzar la orilla.
»Luego llegará al túnel. Intentará llamar a su hijo, a sus Generales y ninguno le responderá. Porque aunque todos llegaron al mismo lugar alcanzaron lados diferentes. No habrá ni un alma conocida. Solo canciones melancólicas de otros que esperan en las sombras. Perderá la razón y el cuerpo. Creerá que está soñando y cerrará los ojos para encontrar el camino de regreso. Pero cada vez que lo intente se sumergirá más y más en las tinieblas.
Sakti apretó los puños y se enterró las uñas en la palma derecha para olvidar el sitio que describía Darius. Ahora que lo recordaba, ella y su amigo nunca explicaron a Sigfrid o alguien más cómo era el Reino de los espíritus. No quisieron revivir sus desventuras en el inframundo. El Emperador no entendió qué tan horrible era ese lugar porque esbozó una sonrisa y no tomó en serio la advertencia de Darius.
—¿Eso es lo mejor que puedes hacer? —preguntó con sorna—. No eres muy bueno para contar historias de terror. Creo que puedes tachar eso de tu lista de empleos por tomar ahora que saldrás de Palacio.
—Quizá no sea bueno relatándolo —respondió Darius sonriente, mientras extendía una mano al Emperador—. Pero creo que soy muy bueno para mostrarlo. ¿Quiere verlo? No se lo recomiendo. Pero con ofrecerle la oportunidad de mirarlo no tendré cargo de conciencia por no haberle advertido. Aunque me temo que ya no puede hacer nada que cambie el resultado.
—De acuerdo —dijo el Emperador mientras tomaba la mano de Darius—. Solo para darte el gusto…
La voz se le cortó cuando vio el lago de sangre, los cadáveres y las serpientes persistentes que una vez fueron aesirianos, pero que ahora eran las criaturas encargadas de recibir con coletazos y mordidas a los nuevos inquilinos.
Aún después de llegar a la orilla el panorama siguió sin mejorar. Todo lo contrario: sintió el terrible frío que le arañó los huesos y la mente enloquecida por las voces que le asediaron por la traición a Istar, Adad y Sakti. Buscó consuelo pero lo único que encontró fueron rostros de personas desconocidas, muertas y torturadas mucho tiempo antes que él, que lo miraban y a la vez no lo hacían.
Lo que Darius definió como canciones eran lamentos coordinados sin querer, interrumpidos por los gritos ocasionales de aquellos que se topaban con un hermano caído; es decir, con un demonio que los asediaba en busca de carne aun cuando sentiría mucha más hambre y sed después de la cacería.
En medio de esa locura donde vio a niños, adultos, ancianos, mujeres y hombres, se reconoció a sí mismo suplicando a una pared que lo engullera tal y como lo hizo con los otros muchos que estaban pegados a ella, formando un terrorífico tapiz de carne. Las sombras lo perseguían. Las voces lo enloquecían. Y al fin el demonio que lo cazaba lo encontró y devoró sin importarle que fuera Emperador.
—Darius, ya basta —ordenó Sigfrid.
El profeta obedeció y soltó la mano del Aesir. Estaba más que satisfecho con los resultados. El Emperador no había palidecido más de lo normal, pero estaba como ido, en trance. El príncipe Kardan tuvo que golpearlo en el hombro para que reaccionara.
—Dijiste que tus visiones no son exactas —murmuró el monarca sin mirar a Darius—. Entonces eso no tiene por qué cumplirse.
—Cierto —sonrió el profeta—. Hay otra opción pero a Su Majestad tampoco le gustará. —Esta vez Darius no esperó a que el monarca le pidiera continuar—. El Reino de los espíritus es un castigo de la maldición de Dios. Cuando la Profecía se cumpla ese inframundo desaparecerá y sus habitantes tendrán dos opciones: el Cielo o el Infierno. Después de escuchar sus voces, Majestad, ¿cuál cree que será el lugar al que irá una vez cumplida la Profecía?
Darius esbozó una última sonrisa antes de salir de la habitación con mejor ánimo. Parecía que en lugar de entregar el manuscrito asistió a la reunión a absorber el humor del Emperador. En otro tiempo Sakti habría sonreído al ver cómo Darius se vengaba, aunque sí estaba un poquito orgullosa de la crueldad de su amigo. Le agradó la idea de que su tío no pudiera dormir esa noche y que ahora sus días fueran un preludio al Reino de los espíritus.
—¿No te vas a quedar a celebrar, Allena? —preguntó el Emperador, todavía afectado, al ver que la princesa seguía a Darius—. Es una gran noticia lo de Enlil y Dioné, ¿no te parece?
Sakti no respondió y salió de la habitación. Dereck dio un paso para seguirla. Sin embargo, sintió la mirada de Sigfrid sobre él así que giró sobre los talones y entró al estudio. Cerró la puerta a la vez que el Emperador apretaba los dientes.
—De verdad odio a ese niño —dijo con rencor—. Enlil, no tienes ni idea lo mucho que me alegra que ahora vayas a tener un hijo de verdad. —Los ojos del monarca se clavaron en los de Dereck, a la vez que señalaba el sillón solitario en el que Sakti estuvo antes—. Todavía estamos decepcionados por tu acción en la torre del metal bendecido por Dios. Por favor siéntate. Tenemos que hablar contigo.
Dereck tragó fuerte pero obedeció. Supo que lo juzgarían por haber actuado a favor de su protegida. En el mejor de los casos solo le harían una entrevista exhaustiva. Lo que temía era que esas preguntas lo confundieran y terminara hablando demás, porque de seguro todavía existían más fórmulas para controlar a Sakti.


Estaban ahí desde hacía rato, apoyados a la baranda del pasillo, mirando los patos que nadaban en el pequeño estanque del jardín interno. El agua reflejaba los destellos púrpuras de la estrella. Darius no supo si Sakti estaba callada porque le afectaba la muerte de Mark, o si simplemente estaba siendo comprensiva. Fuera como fuese, le agradeció la compañía silenciosa.
Todavía pensaba en Enlil y Dioné, anunciando felices que esperaban un hijo. No le importaba mucho, por supuesto, pero era un poco humillante. Su madre lo crió por su cuenta y en más de una ocasión echó de menos a otra persona para educar a Darius.
No podía creer que ahora, así porque así, el hombre que tan solo ofreció algo de esperma para engendrarlo sonreía feliz porque tendría un hijo legítimo con su esposa legítima. Le dio coraje pensar en ello aunque supo que no ganaba nada si le daba vueltas al tema. «No tengo padre, nunca lo tuve. Así que nunca tendré un hermano o cosa parecida». Además, había cosas que urgían más que un resentimiento estúpido contra un bebé que todavía no nacía.
Vio a Sakti de soslayo. La chica miraba en dirección al estanque, pero sus ojos daban la impresión de que no veían nada en particular. La brisa movió las ramas, hojas y lo que quedaba del cabello de la muchacha. Darius echó de menos sus mechones largos, que fueron tan cómodos y cálidos cuando cabalgaron juntos al salir de Aleoni.
Qué ridículo. Si extrañaba tanto el cabello de su amiga, ¿cómo sería cuando ya no la viera nunca más? Le picaron las manos cuando pensó que al día siguiente abandonaría Palacio. Dentro de unos días cruzaría las Murallas para nunca regresar. Estaba feliz porque al fin sería libre junto a sus hijos, pero también estaba triste porque dejaría a Sakti atrás.
«No, no puedo hacerlo», decidió. «Mi familia no estaría completa sin ella». Sakti era más que su amiga. Era la hermana menor que nunca tuvo, la chica que cuidaba de él, la que lo regañaba por ser un desordenado sin remedio, la que lo consoló cuando tuvieron que cremar a Fenran, la que cumplió su promesa y derrotó a Sigurd, la que le compró su tiquete a la libertad. ¿Cómo podía dejarla atrás, sola en Masca, rodeada de esas serpientes venenosas que la traicionaron al quitarle lo que más amaba en el mundo? No podía abandonarla, dejarla en manos de aquellos que sacrificaron a Mark y unos días después lo celebraron en la misma habitación que ella sin importarles lo dolida y triste que pudiera estar.
—Ven con nosotros —pidió el profeta—. Acompáñanos, escápate. Ya no hay nada aquí para ti. Los niños y yo somos tu familia ahora. No te dejaremos.
—No. —La respuesta fue breve y clara, como la cortada de una daga. Darius necesitó un par de segundos para recuperarse porque no se había esperado una negativa tan veloz.
—¿Por qué?
—Los encerrarían de nuevo con cualquier excusa. Si me escapo los culparían a ustedes de secuestro y los arrestarían, esta vez para siempre.
—Eso lo podemos solucionar muy fácil —dijo Darius—. Nosotros salimos antes que tú y un par de semanas después te escapas. Podemos vernos en algún sitio.
—No.
El profeta quiso reprochar pero se contuvo a tiempo. Sakti se veía exactamente igual que en el entierro de Mark, como ida, seria, sin ninguna expresión facial. No parecía enojada, frustrada ni triste. Darius se habría sentido un poco aliviado si le hubiese visto los ojos hinchados o enrojecidos, porque eso significaría que había llorado y venteado emociones.
Comprendió que Sakti todavía no se recuperaba de la conmoción. «No se quiere ir de Masca porque para ella Mark todavía está aquí». Sakti no quería dejar los jardines que sembró el amo ni abandonar la tumba del muchacho. Eso era todo lo que le quedaba de Mark.
Darius entendió muy bien esa sensación, la de no querer dejar que alguien amado se fuera. Lo entendió porque todavía no se podía deshacer de la alianza de matrimonio que compartió con Njord, ni del relicario que dio a Fenran y re-encontró antes de entrar al Reino de los espíritus. Siempre cargaba ambos objetos consigo. Sentía que daría la espalda al recuerdo de su esposa e hijo si se deshacía de ellos o los guardaba lejos. ¿Cómo podía ignorarlos así, como si nunca hubiesen existido?
También entendió la extraña reacción de Sakti o, mejor dicho, la falta de ella. Cuando él llegó a Masca también actuó así. No se pudo creer que Njord y tres de sus hijos ya no estuvieran con él. No pudo asimilar la imagen de su esposa muriéndose en sus brazos, o que ya nunca más vería las sonrisas juguetonas de Drake y Fenran, o que nunca escucharía las primeras palabras de Connor.
Al principio creyó que si no lloraba ni hablaba de lo ocurrido, si fingía que Njord y los niños todavía estaban con él, eventualmente regresarían. Se empeñó tanto en esa idea que llegó a estar seguro de que alguna mañana despertaría con Njord al lado, escucharía a Drake pelear con los gemelos y vería los lindos ojos mestizos de Fenran en una esquina, jugando a las escondidas.
Eso le pareció tan lógico que por las mañanas se negó a tomar el desayuno porque creyó que sería grosero de su parte comer sin Njord. Lo mismo se dijo a la hora del almuerzo y la cena. Además, no tenía hambre. La idea de comer solo le mataba el apetito.
Los días y las noches pasaron pero él no se dio cuenta de nada. No notó la gente que entraba a la habitación para intentar alimentarlo, ni de cuándo dormía o cuándo miraba la pared, perdido. De esa época no recordaba rostros ni voces. Solo una eterna película gris que tocaba todo lo que veía, como si se hubiese llevado consigo parte del Pantano. Lo único que recordaba de ese entonces fue lo que lo sacó de la profundidad de aquel limbo.
Un grito, un chillido agudo, asustado, impotente.
—¡Se lastimó, se lastimó, se lastimó!
Darius no supo muy bien quién lo dijo. Quizá fue Zoe. Quizá Airgetlam. Tal vez los dos. Fueron dos simples palabras, repetidas una y otra vez con tanto pánico, lo que lo despertó. Y el llanto.
«Uno de los niños se lastimó», pensó entonces. Eso lo hizo levantarse de un salto, buscar sin descanso por los pasillos de una casa desconocida, seguir como un perro de caza las voces de sus pequeños. Cuando los encontró en el jardín cerca del lago, el corazón le dio un vuelco tan violento que creyó que se le detendría. Uno de los niños tenía la cabeza ensangrentada pero era el bracito lo que le dolía. Dagda lloraba entre jadeos, mientras los otros dos niños intentaban consolarlo sin mucho éxito porque también lloraban.
Cuando Darius les preguntó qué sucedió, le explicaron que jugaban en el lago. Dagda dio un mal clavado, se golpeó la cabeza y se dislocó el brazo. Más adelante se dio cuenta de que –en las semanas que él estuvo perdido en ensoñaciones– los niños tuvieron sesiones de juegos peligrosos y berrinches constantes. Lanzaban almohadones, rompían las vajillas que llevaban los sirvientes con la comida, incluso mordían y pataleaban. Los juegos eran la peor parte, porque subían a los árboles, al techo de la casa o a otros sitios muy altos para ellos y se lanzaban al vacío.
No era que les diera igual las consecuencias. Todo lo que querían era llamar la atención de Darius, recordarle que ellos todavía estaban ahí, listos para que los regañara, castigara, abrazara y consolara. Ellos también estaban en la bruma gris y necesitaban que su papá los sacara de allí.
Darius no los regañó ni castigó porque supo que el mal comportamiento de los niños no era culpa de ellos, sino suya. Se enfureció por haber empujado a los chicos a ese extremo, por haberlos abandonado cuando lo necesitaban tanto. Él era todo lo que les quedaba, tal y como ellos eran lo único que él tenía.
La película gris lo acompañó por mucho tiempo más, pero él no dejó que lo volviera a tumbar como antes. Se concentró en los niños, en ser cariñoso y risueño con ellos. Pero como le era tan difícil aparentar ser feliz con la tristeza que le carcomía el alma, intentó sustituir el dolor con furia. Por esa razón los príncipes, soldados y sirvientes salían de la casa del lago con las orejas rojas de la frustración cada vez que hablaban con él. Se convirtió en Darius el Cascarrabias, porque siempre lanzaba comentarios venenosos y decía insolencias sin importarle las consecuencias. Estaba enojado con todos. Con los soldados por aprisionarlo, con los Generales por secuestrarlo, con el Emperador y los príncipes por manipularlo, con Sigurd por haber matado a Njord y tres de los niños…
… y consigo mismo por no haberlos salvado, por no haber detenido al come-almas, por mirar hacia la pared cuando los gemelos y Zoe hacían piruetas peligrosas para llamar su atención, por ser incapaz de retroceder en el tiempo y borrar todo el mal que había sufrido. Estaba furioso consigo mismo por no poder realizar imposibles.
Fue entonces cuando Adad y Sakti lo visitaron en la casa del lago. Él no lo supo en ese momento, pero lo mejor que obtuvo ese día no fue la promesa de salir de Masca sino Sakti. Fue ella quien lo sacó de la bruma.
Mientras Adad correteaba con los niños, los alzaba o saltaba con ellos en la espalda, la princesa enmendó a Darius. Para eso le bastó con quedarse en una esquina, en silencio, mientras el profeta tomaba una taza de té o leía. Sakti solo debía moverse un pelín, acomodar los libros, separar la ropa sucia de la limpia, o acercar un platillo con un tentempié a Darius, para que él supiera que ella estaba allí, en la sombra, vigilándolo.
La barrera que el profeta levantó para Adad cayó rapidísimo con ella. La niña que esperaba en un rincón poco a poco se acercó más a él, con cuidado, sin espantarlo, sin hacerle dudar de sus intenciones. Sakti notó lo que nadie más en todo Palacio: Darius era un perro herido que se lanzaba a morder a quienes tuvieran intenciones de lastimarlo. Pero, como todo perro, solo quería consuelo, un sitio donde pudiera sanar sin complicaciones.
Sakti le ofreció ese sitio. Cuando al fin Darius ya no pudo soportar más la furia hacia sí mismo, ni fingir que era rudo con sus insolencias o que no era tan feliz como quería que sus niños creyeran, ella solo le ofreció un pañuelo y se sentó junto a él en silencio. Sakti nunca le preguntó nada pero él se lo dijo casi todo. Después de desahogarse, la película gris desapareció y un poco de color regresó al mundo.
—Siempre te va a doler, Darius —susurró ella con su voz de pajarillo una tarde mientras acariciaba la cabeza del profeta después de un ataque de lágrimas—, pero te harás más fuerte. Aprenderás a vivir con ese dolor. Dentro de un tiempo ya no te darás cuenta de que sigue allí, contigo. Ya no lo sentirás.
Sakti tuvo razón. El dolor todavía estaba allí, pero el mundo de Darius brillaba cada vez más. Todos los días él ganaba un poco de resistencia contra el pasado. Era más fuerte. Sakti lo hizo más fuerte.
Ahora debía devolver el favor. Sanar a su amiga tal y como ella lo curó. Acompañarla en silencio o con palabras de ánimo, sonrisas y lágrimas cuando lo necesitara. Quería darle lo que ella le ofreció: el sitio para que al fin pudiera ventilar sus emociones. Quería ser las cuatro paredes donde Sakti pudiera desmoronarse, llorar sin que nadie la viera, donde pudiera renacer después de afrontada la pérdida.
Quería sacarla del limbo gris en donde estaba.
Pero…
—¡Alteza!
… él no podía.
Se crispó del puro asco al escuchar esa voz detrás de él. Quizá cada día se hacía más fuerte contra la tristeza, pero el rencor crecía al mismo ritmo que él. No podía ofrecer consuelo a Sakti cuando él estaba tan lleno de resentimiento. No podía darle felicidad y calidez mientras él estuviera tan lleno de desdicha.
Darius supo que Enlil, Dioné y Sigfrid venían por el pasillo. Sin pensarlo dos veces, el profeta se marchó por el lado contrario hacia la casa del lago. «No puedo ofrecerle un hogar a Allena si no estoy dispuesto a estar con ella aunque las sabandijas la acompañen». El pensamiento le generó tanto vergüenza como furia pero aun así no se detuvo. No iba a ver a Enlil ni aunque eso significara perder la vida.
—Quizá deberías alcanzarlo —susurró Dioné al Segundo General cuando alcanzaron a la princesa—. Mañana se irá y no tendrás otra oportunidad para arreglar las cosas con él.
Sakti supo que la mensajera tenía buenas intenciones, pero también que Dioné no conocía ni una pizca a Darius.
—No lo sé… —susurró inseguro Enlil—. Parece molesto, no quiero ofuscarlo más. Sigfrid, ¿tú que harías?
—Dejarlo pasar, ¿qué importancia tiene? —soltó Sigfrid sin importarle bajar la voz o que Darius lo escuchara. De hecho, quería que el profeta se diera cuenta de lo que pensaba—. Él no te considera su padre, ¿por qué habrías tú de considerarlo tu hijo? Es un fallo, un error. Ahora puedes empezar de cero con un hijo auténtico y no con un mestizo altanero e irrespetuoso. Por favor, deja de mortificarte por un niño que no aprecia la suerte que tiene de ser tu hijo, ¿sí?
Sakti apretó los puños y se marchó por donde los tres aesirianos habían venido, en dirección opuesta a la de Darius. No estaba de humor para soportar a nadie, menos al imbécil de Sigfrid insultando al profeta. Enlil la jaló de la manga del vestido para detenerla.
—Alteza, ¿qué me aconseja hacer?
Hubo un tiempo en que ella lo habría ayudado. Hubo un tiempo en que le habría gustado que Darius y Enlil superaran sus diferencias, que tuvieran la oportunidad de trabajar la relación que nunca tuvieron y que los dos necesitaban. Pero ya no.
—Primero, que me sueltes —dijo con voz y mirada frías. Todavía no tenía expresiones en el rostro, pero el tono hizo que Enlil obedeciera sin chistar—. Segundo, que lo dejes en paz. ¿Sabes por qué él se empeña en ser tan buen padre? —Por la mirada del General, Sakti supo que él esperaba un golpe—. Para no parecerse en nada a ti. Darius tiene de padre con sus hijos todo lo que tú nunca tendrás con ninguno de los tuyos.
El golpe fue acertado. El dolor en la expresión de Enlil fue tan palpable que hasta Sigfrid hizo una mueca. Pero ella no. «Bien, que te duela», pensó mientras daba media vuelta y se alejaba. «Que te duelan tanto mis palabras como tu traición al quitarme al amo».
Antes de que pudiera perderse por el pasillo escuchó a Enlil pedirle a Sigfrid que se llevara a Dioné a casa.
—Quiero hablar con Darius.
—¿Para qué? —le soltó Sigfrid, molesto—. ¡No tiene caso! Vas a tener un hijo de verdad. ¡Olvídate de ese cachorro infeliz!
—¡Ese cachorro es mi hijo! —le reprochó Enlil con ferocidad—. Me alegra el niño que Di y yo tendremos, ¡pero Darius es mi primogénito!
—¿Y qué? —Sigfrid frunció el ceño—. ¿Es que no lo ves? ¡Tu maldición se llama «Darius»! En cualquier momento ese cachorro podría matarte. En cambio ahora tendrás un hijo que no representa ningún peligro. Quizá tú no te das cuenta, ¡pero si Darius desapareciera o muriera todos tus problemas se resolverían!
—¿Cómo puedes decir eso, Sig? —lo interrumpió Dioné, alarmada—. Darius solo es un poco complicado pero tiene buen corazón.
—Oh, perdóname si no estoy de acuerdo contigo —contestó Sigfrid con sarcasmo—, pero creo que te expresas demasiado bien del mocoso que te llamó zorra. —Miró de nuevo a Enlil y agregó—: ¿Por qué te empeñas en él? Es un caso perdido. Déjalo ir.
Sigfrid no pudo descifrar la mirada de Enlil. ¿Por qué él no comprendía el peligro que representaba ese cachorro imbécil? El profeta tenía todos los síntomas que los Tonare anteriores a él demostraron antes de matar a sus padres. Entre más tiempo pasaba, Sigfrid más cuenta se daba de que Darius debía morir para que Enlil sobreviviera.
Enlil lo miró como si él fuera el villano de la historia, en lugar del amigo que quería mantenerlo con vida.
—Porque es mi hijo y lo quiero, aunque no te lo puedas creer —respondió con tristeza—. Llévate a Di a casa, por favor. Prometo que no me tardaré mucho. —Dioné le dio un beso cariñoso en la mejilla para demostrarle que aprobaba su decisión. Aunque Enlil sonrió a su esposa, los ojos que miraron a Sigfrid fueron puro hielo—. Una última cosa. Si me entero de que a Darius le ocurre un «accidente», las consecuencias serán funestas, ¿me entiendes?
Dioné y Sigfrid contuvieron la respiración hasta que Enlil desapareció en una esquina. Fue entonces cuando la mensajera dejó escapar una risita.
—Ya enviaste el accidente, ¿verdad?
—No me gusta que me pueda leer la mente —se quejó Sigfrid antes de explicarse—: Los sicarios esperaban a dos días de camino después de salir de la Muralla, en todas direcciones. Ahora tendré que enviar a detenerlos.
—Nadie lo diría, Sig —continuó Dioné, divertida, mientras se abrazaba al General—, pero eres un amigo bastante sentimental, ¿verdad? ¡Quieres-mucho-a-Enlil!
Dicen que el silencio otorga. Sigfrid no respondió ni con un soplido.

****

—¡Ahí estás! —exclamó Dereck al encontrar al cuervo—. Te he estado buscando desde hace varios días… ¿Me estás huyendo?
Huginn estaba escondido detrás de un edificio interno de Palacio, donde no solía acercarse mirón alguno. El cuervo suspiró y giró los ojos, apenas capaz de creer que su amo fuera todavía más metiche que el resto de aesirianos.
—En serio, pollito mío, ¿qué haces por aquí solito sin mi compañía? —preguntó el Guardián mientras se sentaba al lado del ave mágica.
Huginn estaba echado con la cabeza reposada entre las patas como si fuera un perro aburrido, pero bastaba verle la expresión para saber que estaba triste. El cuervo movió un poquito la cabeza para mirar al soldado. Al instante desvió los ojos vidriosos de Dereck.
—Es que no quería hacerlo —sollozó.
—Pero había que hacerlo —contestó él en un susurro, a la vez que le acariciaba la cabeza emplumada. Él también lamentaba lo que ocurrió—. Había que llevar a Mark a la torre…
—¡Pero el amo no quería! —refunfuñó Huginn mientras se levantaba estresado y feroz. Tenía las plumas erizadas y el pico abierto a Dereck como si estuviera a punto de picarlo, aunque los dos supieron que no atacaría—. Nos caía bien Mark. ¡¿Por qué dejamos que se lo llevaran?!
—Tú no quieres conocer al Tercer Dragón, ¿verdad? —preguntó Dereck, saliéndose del tema. Aunque eso irritó a Huginn, el Guardián supo que dio en el clavo—. Vamos, mi pollito. Puedes contarle todo al guapote de Dereck.
—No —refunfuñó Huginn como si fuera un niño pequeño—. El amo no se toma en serio mi pena.
—Te comportas como un chiquillo.
—Soy su ave, ¿qué esperaba?
Dereck no lo refutó. Como Muninn era idéntico en carácter a Sigfrid, el cuervo se negó rotundamente a llevar a Mark a la torre porque no quería ni tocarlo. Por eso Huginn tuvo que acatar la orden, aunque ni él ni Dereck quisieron formar parte de esa treta macabra.
—El señor Montag lo golpeó fuerte, ¿verdad? —se animó al fin el cuervo.
—¿Por eso me evitas? —preguntó mientras se acariciaba las costillas.
Dereck sintió el flujo de pensamientos de Huginn. El cuervo se sentía culpable por haber escapado después de dejar a Mark en la torre del metal bendecido por Dios. Le dio tanto miedo la idea de verlo morir, de verlo regresar al Tercer Dragón, que no soportó quedarse ni un segundo más allí. Se le erizaban las plumas y se le revolvían las tripas cada vez que pensaba en la sonrisa triste de Mark al despedirlo.
Como si eso no fuera ya bastante malo, también se recriminaba la paliza que le dieron a Dereck. Sigfrid lo castigó muy severamente por haber llevado a Sakti a la torre antes de tiempo. Quizá Dereck actuaba como si no hubiese pasado nada, pero Huginn sentía el dolor del Guardián. Si se hubiese quedado en la torre, si no hubiese huido de la visión de Mark y los profetas, pudo haber defendido a Dereck aún cuando eso significara recibir la mitad de la paliza de Sigfrid y una paliza entera de parte de Muninn.
Así como Dereck leyó los pensamientos del cuervo, el ave mágica hizo otro tanto con los de él. Le consoló saber que Dereck también estaba triste por Mark y Sakti, porque eso significaba que sí se tomaba en serio la tristeza del cuervo. Pero de ahí en adelante nada lo animaba.
A diferencia de él, Dereck sí intentó salvar a Mark. Por eso llevó a Sakti a la torre antes de que las visiones comenzaran, porque esperó que ella detuviera la ceremonia. Pero con eso no bastó. La princesa no pudo salvar a Mark, él recibió una buena tunda y, para rematar, su puesto como Guardián peligraba. La entrevista del día fue solo una advertencia.
—Pisas hielo muy delgado, Dereck —le había dicho el Emperador—. Fállanos una vez más y te irás directo al fondo.
—Iré con cuidado, señor. No necesitarán buscar un sustituto.
—No lo haremos. Si vuelves a fallar tú mismo te sustituirás. Por eso no te preocupes.
Dereck era lo bastante avispado para entender la amenaza: si volvía a dar problemas Enlil le haría un lavado de cerebro. Todo lo que él era, todo lo que lo animó a tomar un riesgo por Sakti, desaparecería. Sería él pero sin él. Ya antes había visto a uno o dos soldados con un lavado de cerebro. Andaban como extraviados, obedeciendo sin chistar, sin sentir, sin alegrarse o apenarse. A Sigfrid le agradaban esos oficiales porque hacían todo lo que se les pedía sin problemas. Podían ser en extremo crueles sin darse cuenta.
Él no quería ser así. «Camino sobre hielo delgado, así que debo tener cuidado. No tanto por mí como por ella. Debo ser más precavido por mi protegida». Si le hacían un lavado de cerebro obedecería cualquier orden, incluso si eso significaba traicionar a Sakti. Para él, como Guardián, eso era impensable. Debía protegerla a como diera lugar. Ese era el voto más sagrado que había hecho en la vida. Era todo lo que podía hacer ahora para enmendar su pecado. Debía cuidarla. Por Mark.
—Hay algo que te preocupa además de la culpa, ¿no? Pobrecillo, de verdad le tienes miedo a Marduk. —Huginn recostó la cabeza en el regazo de Dereck para que lo consolara.
—Es que siento… que algo muy malo está a punto de pasar. Todos estás muy felices con la Estrella Púrpura, la consideran casi sagrada. Pero yo… no sé. Me parece que su luz es un mal augurio. Creo que trae maldiciones.
—Tonterías.
—¿El amo no lo siente?
Dereck no contestó. Él se entusiasmó mucho cuando vio el astro en el cielo, como todos los demás aesirianos. Creyó que la tensión que sentía en los hombros era por lo que hizo en la torre del metal bendecido por Dios, pero ahora pensó que quizá su cuervo tenía razón.
Después de todo, el desencadenante de lo ocurrido, el aceite que prendió la lámpara, la chispa que hizo que todo ardiera… era esa luz púrpura.


"Los Hijos de Aesir: Guerra en tierra maldita" © 2009-2017. Ángela Arias Molina

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