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Capítulo 26

26
MÁS MALOS AUGURIOS

Sakti cruzó las puertas y puentes que formaban parte de las estrictas normas de vigilancia de la casa del lago. Los soldados que se encargaban de custodiar a los profetas guardaron un silencio sepulcral. Además, como vestían de negro y usaban máscaras, daban un poco de miedo. Pero cuando entró a la bonita prisión sintió el cambio drástico de ambiente, ya que los prisioneros estaban muy alegres y llenos de energía, como si los guardias no existieran.
Los gemelos no notaron la llegada de Sakti, así que discutieron sin parar sobre sus pertenencias. Mientras tanto, Zoe correteaba feliz de un lado para otro, haciendo y deshaciendo equipajes. Dagda y Airgetlam no peleaban por elementos tan básicos como ropa u otros instrumentos de uso personal, porque los profetas esperaban irse con lo que llevaran puesto más un cambio adicional de ropa. No querían llevarse nada que perteneciera a Palacio, como si le debieran algo.
Sus discusiones eran, por supuesto, por los libros. Aun cuando desde hacía días estaban preparando las maletas, la casa todavía rebozaba del desorden de Darius. Había pilas de libros en cada rincón, hojas sueltas por doquier y apenas un caminillo cercado por el caos que seguía el andar ansioso de Zoe.
—«Caballero santo» es mi libro —dijo uno de los muchachos.
Incluso después de tantos años los hermanos todavía se vestían y peinaban igual para que los soldados y sirvientes no los reconocieran ni llamaran por sus nombres. Lástima que Sakti no tenía mejor suerte que los demás para dar con Dagda o Airgetlam.
—¡No, es mío!
—¡MÍO!
—¡MÍOOOOOO!
Mientras los gemelos discutían por un puñetero libro que seguro ya habían leído por lo menos unas mil veces, su hermanita buscaba la manera de encajar todo lo que pudiera en un par de maletas pequeñas. Para eso metía y sacaba, metía y sacaba, y los artículos con los que hacía esto variaban incontables veces. No podía decidirse cuál llevar.
Sakti dejó escapar un suspiro. Nunca más vería a esos tres niños chiflados. Darius se las apañaría de maravilla para criarlos por su cuenta, ¿pero quién cuidaría de él? El mestizo era descuidado consigo mismo y estaba claro que sus hijos mayores no tendrían más reparo que él. Las esperanzas caían en Zoe, pero Sakti sabía que ella perdía el interés en cuanto algo más se cruzaba en el camino. Para ponerlo en términos simples, Zoe dejaría de mirar el vuelo de una bonita mariposa si se daba cuenta de que había una libélula revoloteando cerca del lago; mientras se fijaba en cuestiones tan simples, detrás de ella podía haber un asesino psicópata y ella no se daría cuenta nunca.
Sakti hizo una seña para despedir al soldado enmascarado. El oficial cerró la puerta tan fuerte que los chicos al fin se dieron cuenta de que Sakti estaba allí. Los tres corrieron a abrazarla como lo hacían desde que eran pequeños. A veces, cuando veía lo altos que eran ahora los gemelos, la princesa se animaba a pensar en ellos como muchachos. Pero luego Dagda y Airgetlam comenzaban a saltar como monos y le demostraban una vez más por qué serían siempre niños para ella.
Zoe no mejoraba esta impresión. Aunque ya alcanzaba a Sakti en altura –ya la había superado en otras tallas– y tenía el cuerpo de una muchacha, todavía sonreía, miraba y reía a carcajadas como la niñita de seis años que le pidió a Adad que la dejara peinarle los mechones grises.
—¡Allenita! —dijo uno de los gemelos—. ¡Ya estamos súper-mega listos para irnos!
—Dagda solo me tiene que devolver el libro y nos iremos de esta pocilga —dijo el otro.
—No, ya podemos irnos porque ese es MI libro. —Los hermanos estaban listos para reanudar la discusión, pero Zoe intervino a tiempo.
—Allenita, ¿es cierto que no vienes con nosotros? —preguntó la profetisa mientras hacía pucheros. Dagda y Airgetlam la imitaron en un santiamén.
—¿No vienes porque no nos quieres? —preguntaron los tres mientras fingían lágrimas.
Cuando le ponían esa cara a Darius, el mestizo tenía que darles la espalda porque de lo contrario les daría todo lo que pidieran. Sakti siempre fue un poco más fuerte a esa mirada porque ganó resistencia después de que Adad la utilizara mucho con ella. En esta ocasión ni siquiera sintió cosquillas. La mirada de inocencia que los chicos aprendieron del príncipe no les sirvió de nada.
Sakti los apartó con suavidad, sin siquiera responder. Supo que Darius tenía algo que ver con esa petición. De seguro pidió a los chicos que echaran mano a todas sus artimañas para convencerla de huir con ellos. Pero Sakti estaba decidida a quedarse en Masca. Era lo mejor para todos.
Buscó el cuarto de Darius. Hasta un desconocido podría llegar a la habitación del mestizo, pues bastaba con seguir el camino de desastre que aumentaba en cuanto más cerca se estaba del cuarto. Los libros se amontonaban tanto que era increíble que alguien pudiera entrar y salir de ese lugar.
Sakti se recostó al marco de la puerta y miró a su amigo. Darius estaba agachado, mirando una hilera de veinte libros como si fuera lo más importante del mundo. Al igual que Zoe, tenía problemas para decidir cuál llevar y cuál dejar.
—Qué triste —dijo ella—, tu habitación está acomodada y todavía es un chiquero.
Darius le respondió con una carcajada fingida a la vez que se volvía hacia ella. Por lo general los libros eran el equivalente al suelo, pero en esta ocasión el profeta tuvo el reparo de amontonarlos en torres que rodeaban el cuarto hasta cubrir las paredes
—¿Cuál me llevo, Allena? ¡Me falta leerlos todos! —Sakti ni siquiera fingió interés. Darius se sentó en la cama y señaló la pila de tapas y hojas que había «acomodado»—. Ya sé, tengo una idea. Mejor te los encargo todos. Así me los puedes traer cuando nos reunamos. Solo espera a que nos asentemos. Después te enviaré un mensaje para que puedas acompañarnos.
Uno de los gemelos tomó a Sakti de la cintura y la levantó como si no pesara nada. La llevó a la cama y la sentó al lado de Darius. Los niños los acompañaron en un santiamén y se acomodaron en la cama, como si fueran una familia.
—Hablaba en serio cuando dije que me quedo en Masca. Tío los cazará como cucarachas si me marcho con ustedes. No insistan.
Los niños abrieron la boca para explicarle por qué debían permanecer juntos, pero bastó una mirada de Sakti para que las palabras murieran. Hablaba en serio. Quizá hasta se enojaría si la presionaban más. Ese era el adiós definitivo, nunca más la volverían a ver.
—Pero… —masculló Zoe mientras jalaba con timidez la manga del vestido de Sakti—… Somos tu familia, eres nuestra hermana… ¿Quieres que te dejemos?
—Es peor —dijo Airgetlam resentido—. Nos abandonas, Allena.
La princesa miró al gemelo con la misma expresión de antes, aunque se adivinaba un poco de suavidad en su mirada. Era como si dijera que no los abandonaba, que nunca podría hacerlo. Pero tampoco los acompañaría porque tampoco podía.
A Darius se le secó la garganta. Ya comenzaba a asimilar que nunca más vería a la chica con voz de pajarillo. Eso le causó una sensación extraña, como si en el corazón tuviera un punzón de hierro hirviente que debía quitarse pero no podía. No podía darle la espalda a Sakti, cerrar el capítulo de su vida junto a ella e iniciar uno nuevo donde ya la princesa no pintaba nada. Era casi tan malo como si ella se muriera.
—¿Sabes? —murmuró triste—. Ya decidimos qué haremos primero. Buscaremos a Connor. Fenran dijo que lo dejó al cuidado de un par de humanos, así que decidimos que buscaremos en todas las aldeas y ciudades en las que habiten humanos.
—No —lo cortó Zoe—, ¡buscaremos por tooooodo el mundo si es necesario! Así que si algún día te escapas de Masca y quieres vernos, tan solo busca a Connor. Eventualmente nos encontraremos, ¿sí?
Zoe tenía los ojos un poco vidriosos pero no se atrevió a llorar. Creyó que si mantenía la esperanza algún día su familia estaría al fin completa, reunida y feliz. Sakti estaba incluida en esa imagen mental. La princesa debía de saber toda la ilusión que Zoe ponía en ese cuadro, porque no se atrevió a matarle la fantasía.
—De acuerdo. —No era una promesa definitiva, aunque supo que tarde o temprano se sentiría tentada a cumplirla—. Entonces ¿alguno podría decirme cómo es Connor, para buscarlo? —Los niños abrieron mucho los ojos y se mordieron los labios. Luego bajaron la mirada, avergonzados—. ¿No saben cómo es?
—No los culpes —los defendió Darius—. Cuando nos separamos de Connor, Zoe iba para cuatro años y Dagda y Airgetlam para siete. Y él todavía era un bebé. Por supuesto que no lo recuerdan.
—¿Y tú sí? —la pregunta lo tomó desprevenido.
—Cabello negro y ojos azules… o verdes —agregó dubitativo mientras se rascaba la cabeza—. ¿Azules o verdes?
Sakti no entendió por qué dudaba. Fenran, Dagda y Airgetlam salieron igualitos a él, como calcados, así que era muy probable que Connor se le pareciera mucho también. Además, aunque Fenran heredó los ojos mestizos, Zoe, Airgetlam y Dagda tenían los ojos azul zafiro. ¿Por qué Connor sería diferente?
—Mamá tenía los ojos verdes, ¿verdad, papi? —preguntó Zoe.
—Sí. Connor se la pasaba dormido, así que no recuerdo muy bien de qué color eran sus ojos. Pero no pasa nada —agregó más animado—. De seguro lo reconoceremos a primera vista. Tú tampoco tendrás problema con eso, Allena. —Darius esbozó una sonrisa tranquilizadora, pero se notaba que estaba un poco tenso. Finalmente suspiró y dijo—: Bueno, supongo que eso es todo. De verdad te encargo los libros, ¿eh? Por ahora me llevo «Caballero santo».
—¡No! —dijeron los gemelos a la vez mientras se levantaban—. ¡Es míoooo!
Darius no prestó atención a sus berrinches, tomó el libro y lo guardó en el bolsillo. En cuestión de minutos, Zoe y los gemelos terminaron de alistar las maletas y tanto ellos como Darius y Sakti esperaron a que los soldados abrieran las puertas.
Justo cuando los pasos al otro lado se detuvieron, justo cuando la puerta comenzó a abrirse, Darius recordó algo importante.
—Visitaremos a Mark antes de irnos… ¿Nos acompañas…?
No pudo terminar la pregunta porque llegaron los enmascarados, quienes los tomaron de los brazos para guiarlos fuera. Uno extendió la mano a Sakti para sacarla con caballerosidad, pero ella retrocedió un paso y se sentó al borde del pasillo exterior de la casa. Estiró las piernas sobre el césped y apoyó la espalda en uno de los pilares de madera.
Como no dijo nada, los soldados asumieron que ella todavía no estaba lista para irse. Todos sabían que era amiga de los profetas, así que no sería raro suponer que estaba triste por la partida. Por eso la dejaron en paz.
Antes de que se cerraran la puerta, Darius y los chicos pillaron la mirada furtiva que Sakti dirigió al lago. Allí había un pasaje secreto por el que podría salir de Palacio sin ser descubierta.


Sakti se alejó cinco pasos de la tumba para mirar el resultado. La lápida estaba recta, rodeada por unas cuantas flores amarillas que la adornaban con sencillez. No era mucho, pero el lugar brillaba con luz propia, con algo semejante a felicidad y tranquilidad. Solo con eso estaba satisfecha.
La muerte del amo fue tan repentina que no pudo encargar a tiempo una losa digna de él, así que hasta ahora pudo darle la sepultura ideal. Después de salir del pasadizo secreto recordó que ese día la lápida debía de estar lista, así que se puso manos a la obra.
La espera valió la pena. Ya que al mensajero le gustaron las construcciones aesirianas por el uso constante de mármol y, en algunas ocasiones, metal, Sakti encargó una lápida con estas características. La roca era celeste, en honor a los ojos de su amo, mientras que la inscripción y los tallados en el borde estaban estilizados con rastros de plata. Sakti pensó en sembrar las últimas semillas de allen que quedaban, pero no estaba segura del cuidado que merecían. Lo único que sabía es que eran flores muy delicadas que no podrían crecer salvajemente.
Por suerte Mark había escrito como mil diarios nuevos desde que llegó a Masca, donde apuntó todo lo que aprendió sobre jardinería. Sakti estaba segura de que encontraría alguna referencia valiosa sobre las flores del desierto, así que algún día animaría la tumba del amo con las plantas que él mismo encargó para ella. Por el momento ambos tendrían que conformarse con las únicas flores que Sakti sabía cuidar: tulipanes. Los eligió amarillos, por el cabello rubio de Mark.
Sacó un pañuelo para limpiarse la tierra de las manos y miró hacia la ciudad. Aunque Masca era muy grande, le parecía extraño que sus amigos todavía no estuvieran con ella. En la urbe había muchos servicios de carruaje, con lo que podían llegar a tiempo.
Lo sabía porque por primera vez en la vida hizo las compras por su cuenta. Fue sola a recoger la lápida de Mark y visitó el vivero preferido del amo para comprar los tulipanes. Cargó los paquetes sin ayuda alguna, aunque no faltaron los hombres que se ofrecieron a acompañarla a cambio de un pequeño «trueque».
Todas esas diligencias debieron de darle tiempo a Darius y a los chicos para llegar a la tumba antes que ella. Pero no solo se atrasaron sino que Sakti ya había terminado los arreglos en el sepulcro. Le habría gustado que los profetas la ayudaran un poco, pues habría sido el regalo de despedida perfecto para Mark.
«Quizá compraré un árbol…», pensó mientras miraba la tumba. «Le dará sombra al amo y podré recostarme al tronco para sentarme cerca de él como antes…». Recordó todas las tardes junto a Mark en Masca, mientras el muchacho plantaba semillas y cubría raíces de plantas, a la vez que ella se sentaba bajo un árbol y le hablaba de los juicios… No había pasado mucho tiempo desde la última vez que tuvieron una tarde así, pero a Sakti le pareció que ya había pasado una eternidad.
Los días sin Mark se le hacían muy largos y vacíos, sin color o sabor, tan… inútiles. Lo peor era que quedaban muchos así, sin el amo, sin los profetas, sin nadie.
—¡Alleeeeeena!
Sakti miró de nuevo hacia la ciudad. Esperó ver a la familia entera con una sonrisa en los labios, con Dagda y Airgetlam saltando y corriendo como monos, mientras que Darius y Zoe avanzaban detrás de ellos a pasos moderados pero constantes. Pero al único que vio fue a Airgetlam… o Dagda, Sakti no estaba muy segura.
El gemelo corrió hacia ella a toda máquina, tan acalorado que pareció una remolacha. Cuando al fin la alcanzó, Sakti tuvo que sostenerlo porque estuvo a punto de caerse de bruces por el agotamiento. El profeta hizo señas a Sakti, boqueó como pez fuera del agua y balbuceó sonidos extraños que ni siquiera formaron palabras.
Al principio a Sakti le irritó la falta de compostura del muchacho, pero luego notó que el gemelo estaba empapado de pies a cabeza. El largo cabello negro lo tenía suelto y desacomodado, lleno de nudos que no se habían secado. Los labios y las manos le temblaban, estaba muy pálido, tenía los ojos irritados y en las mejillas no solo tenía agua, sino también surcos de lágrimas.
—Tranquilízate —pidió ella mientras lo sostenía de los hombros—. ¿Qué pasa? Explícamelo.
—Es que… los soldados… y papá, ¡y el General! —Sin importar lo mucho que se esforzara en calmarse la voz le temblaba—. Todos dicen que fue él… ¡El tonto Emperador lo quiere matar! Pero no fue él… No fue… No fue…
—Cálmate —le dijo Sakti mientras lo zarandeaba—. No entiendo nada. ¿Quién dice qué sobre qué?
—¡La maldición Tonare! —chilló el muchacho antes de llorar sin consuelo. Sakti se apartó del gemelo como si hubiese recibido un latigazo y permaneció muda del asombro por varios segundos.
—¿Es por eso que tu hermano no está contigo? —preguntó con un susurro. Algo parecido al miedo le hizo cosquillas en la mano—. ¡¿Mató a Darius?!
Así como las palabras de Airgetlam le parecieron un latigazo, las suyas tuvieron el mismo efecto en el gemelo. El muchacho dejó de llorar al instante y la miró como si se hubiese vuelto loca.
—¡Claro que no! —gritó él—. ¿Cómo se te ocurre? ¡Están culpando a papá de la muerte del General Tonare!
Sakti tardó en entender lo que acababa de escuchar. Claro. Qué tonta. Ni Dagda o Airgetlam matarían a Darius, lo querían muchísimo. A ellos la maldición Tonare no les hacía ni cosquillas.
Darius, en cambio, era otro cantar. Sin embargo… «No. Darius siempre dice lo mucho que odia a Enlil pero él no es un asesino. No podría matarlo». A pesar de lo cascarrabias que era con todo lo relacionado a Enlil, Sakti no creía que Darius llevara a efecto la maldición de la Casa Tonare. Darius podía ser insolente y rencoroso, pero su nobleza superaba por mucho las tinieblas de su corazón. Por eso a ella le agradaba, porque él era mejor de lo que creía de sí mismo.
Era mucho mejor de lo que ella jamás podría ser.
—Espera —masculló cuando entendió la otra parte de la noticia—. ¿Enlil está muerto? Pero… ¿cómo?
—¡NO LO SÉ! —gritó Airgetlam, exasperado—. Los soldados nos detuvieron antes de que saliéramos de Palacio. Luego llegó el General Montag y se llevó a rastras a papá hasta la Sala del Trono. ¡Ese monstruo decía que papá mató al General Tonare! Pero no tiene sentido, ¡no tiene sentido!
¿Qué era eso? ¿Otra treta de su tío para mantener a los profetas en Masca? Si ese era el caso, era una medida extrema y absurda. ¿Cómo se le ocurría al Emperador acusar a Darius del asesinato de Enlil? Una falta como esa ameritaba un castigo igual: la pena de muerte. Si declaraban a Darius culpable lo ejecutarían como si fuera un perro rabioso.
Sakti no lo pensó dos veces. Tomó al muchacho de la mano y corrió con él hacia Palacio. Ahora entendía por qué el gemelo la había ido a buscar: ella era la Jueza principal de la Corte, de alguna manera podría ayudar a Darius y desenmascarar esa farsa tan macabra. ¡Era la única que podía salvarlo!
—¿Dónde están tus hermanos? —preguntó en plena carrera.
—Con papá, intentando decirles a esos idiotas que él no pudo matar al General Tonare. ¿En qué momento, si siempre estuvo con nosotros?
—¿Y te dejaron buscarme así nomás?
—Bueno… —Airgetlam tenía problemas para seguir el ritmo de Sakti, pero no se quejó ni se detuvo—. Sabía que no me dejarían salir por la puerta principal de Palacio, así que…
—¿Nadaste? —lo regañó Sakti, enojada—. ¡Pudiste haberte ahogado!
El pasaje secreto que la princesa usó para escapar de la prisión de los profetas era muy largo, subterráneo y lleno de agua. Sin magia sería prácticamente imposible cruzarlo y ninguno de los profetas tenía control sobre los líquidos. La princesa no se quería ni imaginar los minutos angustiantes de Airgetlam mientras aguantaba la respiración y nadaba por un trecho interminable y oscuro, pegado al camino de lozas para no perderse. La conmovían los sacrificios que estaba dispuesto a hacer por su padre, aún si eso significara su vida.
Esa idea la hizo aumentar la velocidad. Sakti jamás había corrido tanto. De no ser porque llevaba a Airgetlam arrastrado de la mano, el muchacho le habría perdido la pista. Recorrieron la ciudad a pie y en coches hasta llegar al parque donde estaba la trampilla oculta que llevaba a Palacio. Habría sido más rápido entrar por las puertas principales, pero no eran idiotas. Si alguien los veía entrar –pero nadie tenía registros de verlos salir de Palacio– se sospecharía de algún pasadizo secreto.
Cuando al fin atravesaron el pasaje, Sakti ordenó a su amigo que se cambiara por una mudada seca. Tenían que ocultar todas las pistas que revelaran la existencia de un pasadizo y eso incluía, por supuesto, la ropa empapada de Airgetlam.
Salieron de la prisión y recorrieron Palacio a toda prisa hasta llegar a la Sala del Trono. El inmenso salón estaba vacío. Los soldados que escoltaban las puertas los miraron angustiados, con un poco de simpatía, y explicaron qué estaba pasando.
—Se lo llevaron al Salón de Juicio, Alteza.
—¿Qué? —preguntó ella sin dar crédito a lo que escuchaba—. ¡Pero solo yo puedo…!
—El Emperador efectuará de juez.
Sakti dio media vuelta y arrastró al gemelo al primer nivel de Palacio, al ala sur.
—¿«Efectuará de juez»? —preguntó Airgetlam, angustiado—. ¿Qué significa eso?
—Que lo van a condenar.
El Salón de Juicio era una amplia sala blanca con dos entradas colosales. La primera conectaba con un pasillo interno de Palacio y servía de acceso para los jueces y los sirvientes que se encargaban de la limpieza. La segunda entrada era para los plebeyos, ya que salía a una de las pocas plazas públicas para los ciudadanos.
La entrada que conectaba a Palacio estaba cerrada, vigilada por un par de guardas que intentaron detener a Sakti y a Airgetlam. Para ese entonces la princesa estaba tan molesta que le propinó una buena patada al primer soldado que se le atravesó en el camino. Lo hizo con tanta fuerza que cuando lo mandó a volar contra la puerta abrió la entrada de par en par.
De inmediato, el acto en el interior se detuvo. Cuando Sakti entró al Salón de Juicio vio a Darius en el centro de la sala, arrodillado y sujeto por un par de soldados. El Emperador estaba delante del profeta y sostenía una espada cuya punta rayaba el suelo y formaba un círculo alrededor del acusado. Sakti reconoció el significado: se trataba de un acto de protocolo muy estricto que solo se utilizaba cuando el crimen era grave.
Después de darse todos los testimonios y las pruebas, el juez procedía a formar un círculo en el suelo alrededor del culpable con la punta de una espada. Luego se detenía frente a él y, mientras le golpeaba los hombros con el arma, dictaba la sentencia.
Sakti supo que llegó justo a tiempo, porque el círculo alrededor de Darius todavía no estaba ni por la mitad.
—Yo soy la Jueza de la Corte —dijo con voz clara y fuerte—. Solo yo puedo dar la sentencia. —Como lo esperó, su tío no se quedó callado. La miró exasperado, rabioso como nunca antes, y dijo:
—Yo soy el Emperador. Por Ley soy el Juez de la Corte.
—Pero usted me dio ese puesto para aligerar sus muchos deberes, señor. Ahora, para que usted dé sentencias, debe destituirme de mi cargo. Claro está que primero debe hacer todo el papeleo correspondiente. —Los ojos de su tío centellearon con furia, como si quisiera golpearla, pero la voz le tembló como si tuviera miedo.
—¡No me vengas con esas estupideces ahora, Allena! ¡Este mestizo malnacido ha matado a Enlil! —Sakti no lo soportó más. Caminó directo hacia su tío, se colocó entre él y Darius, y lo abofeteó con furia. Cuando retiró la mano el eco de la cachetada acompañó sus palabras.
—Ya es suficiente —dijo ella. Abofeteó a su tío tan fuerte que lo hizo torcer el cuello y mirar hacia otra parte—. Esto no es un juego. Estoy harta de tus artimañas para que las cosas salgan como tú quieres. Primero mataste al amo y ahora quieres matar a Darius. ¡Es ridículo! Me cuesta creer que Enlil se haya prestado para esta broma tan pesada. ¿Qué piensas hacer? ¿«Resucitarlo» mágicamente cuando el verdugo haya rebanado el cuello de Darius?
—¿De qué estás hablando? —El Emperador la miró incrédulo, resentido por la cachetada.
—Sé que esta es otra de tus tretas —dijo ella sin ablandarse por la mirada inocente del monarca—. Curiosamente el mismo día que mi amigo va a dejar la ciudad, resulta que «Enlil está muerto». ¡Sí, claro! Solo está jugando a las escondidas mientras tú culpas a su hijo de su muerte, utilizando la maldición Tonare como una excusa. ¡Todo esto es para acabar con Darius y quedarte con sus hijos aquí en Masca, ¿no?! Solo que esta vez exageraste demasiado. ¿Matar a uno de tus Generales, aunque sea hipotéticamente? ¿No te da vergüenza recurrir a un plan tan bajo?
Sakti miró ferozmente a su tío, pero la mirada que el Emperador le devolvió no fue la que ella esperó. Creyó que el rostro del monarca escondería una sonrisilla y que los ojos le brillarían con malicia. En lugar de ello, él la miró con pena, los labios le temblaron y los ojos le brillaron aunque por otra razón. Al cabo de unos segundos no intentó mantener las apariencias y dejó que las lágrimas fluyeran.
—¿Crees que estoy jugando con la muerte de mi General, Allena? —preguntó con un hilo de voz—. ¿Qué tipo de persona crees que soy? —Sakti se sintió tentada a responder, pero su tío continuó—: ¿De verdad crees que podría andar por ahí diciendo que mi amigo está muerto y encima inculpar a su hijo solo para que los niños profetas permanezcan en Masca?
»Respeto a Enlil. Solo por él me he contenido de mandar a este cachorro mestizo a la sala de torturas para que lo cuelguen de la lengua mientras lo azotan. Incluso accedí a tu petición de dejarlo libre porque Enlil me pidió lo mismo por mucho tiempo. ¿Cómo te atreves tan siquiera a pensar que yo sería capaz de inventar su muerte para matar a su hijo bastardo? ¡Deberías avergonzarte por insinuar algo así!
¿Qué ella debería avergonzarse? ¡Descaro de los descaros! Sakti recurrió a toda su fuerza de voluntad para no abofetear de nuevo al Emperador. ¿Cómo esperaba que lo considerara un corderito inofensivo después de lo que le hizo a Mark? ¡Por supuesto que él sería capaz de algo tan estúpido como crear todo un escándalo sobre su General muerto!
Pero la reacción física de su tío concordaba con lo que él decía. El Emperador temblaba de rabia y tristeza, y las lágrimas no tenían ni pizca de falsas. No sollozaba como un mocoso, como si intentara negar los hechos. Lloraba como un hombre que los acepta y lamenta.
—Pues si no eres tú el farsante —dijo Sakti con frialdad—, entonces es Sigfrid.
—¿Yo, Alteza? —inquirió la voz grave del General, detrás de la muchacha.
Al mirar por encima del hombro, vio que Sigfrid también estaba en la sala, sentado en una de las butacas en un rincón junto a cinco mujeres. Una de ellas era Dioné, la que más lloraba. Las demás eran otras esposas de Enlil y también sollozaban, pero parecían más preocupadas por la condición de la esposa principal del General Tonare.
El rostro de Sigfrid estaba tenso y miraba a Sakti sin pizca de simpatía, con la misma furia y perversidad con la que vería a un enemigo. «Él tampoco finge», comprendió la princesa. Sakti creyó que durante el viaje de regreso a Masca vio al General de verdad enojado. Pero esto… Esto era diferente.
Sigfrid tenía ganas de matar a Darius, a los gemelos e incluso a Zoe, quienes estaban en un rincón, rodeados de soldados. Pero también deseaba torturar a Sakti. Quería herirla por lo que acababa de insinuar. Él, que tanto se enorgullecía de obedecer, respetar y proteger a los Aesir, quería estrangular y cortar a pedacitos a una princesa. Tan solo bastaba con verle la ceja arqueada, las venas palpitantes en el cuello y frente, las fosas nasales abiertas y los ojos centelleantes para darse una idea de las miles de torturas que planeaba.
—¿Insinúa que yo fingiría la muerte de mi amigo tan solo para matar al mestizo? ¡Podría matar a Darius en cualquier momento si me place, sin necesidad de excusas! Es más…
Sigfrid se incorporó y avanzó hacia Darius con la espada desenvainada. Sus pasos fueron como los de un gigante, lo bastante intimidantes como para que los soldados apartaran la mirada. Sakti no solo se mantuvo firme, sino que se colocó delante del profeta para protegerlo.
—Al diablo con todo esto, ¡mataré al mocoso de una vez!
—¡NO! —gritaron los gemelos, Zoe y Dioné.
—Esto tiene que ser un malentendido —sollozó la mujer—. Enlil tiene que estar vivo, ¡tiene que estarlo! No se alegrará si matas a su cachorro.
Pero rompió a llorar otra vez porque no estaba tan segura de la situación de su esposo. Sigfrid se detuvo por ella. Sakti se dio cuenta de que no fingían. Dioné, el Emperador y Sigfrid no le estaban tomando el pelo.
Por primera vez consideró la posibilidad de que Enlil de verdad estuviera muerto. Con tan solo pensarlo la sangre se le convirtió en hielo picado. ¡Era grave! ¡Claro que todos sospecharían de Darius! «El hijo matará al padre». La maldición Tonare era muy fuerte, porque fue la asesina de todos los Tonare anteriores a Enlil. Además, Darius tenía el pésimo hábito de decir en voz alta lo mucho que odiaba a su padre y las ganas que tenía de vengarse de él. Solo con eso ya era el sospechoso número uno… quizás el único. «Todos los que aprecian a Enlil harán que la cabeza de Darius ruede, así sea lo último que hagan». Sakti sabía que a Enlil le sobraban amigos y admiradores.
Esto no implicaba solo la ejecución del profeta, sino algo más de dimensiones abismales y apocalípticas: uno de los dos Generales del Imperio Aesiriano estaba muerto. Ahora solo quedaba Sigfrid a la cabeza del ejército. El General Montag era una leyenda viviente, inteligente, fuerte, cruel, invencible, hasta se rumoreaba que era inmortal… Pero aun así no podía estar en más de una región o batalla al mismo tiempo. Él solo no podría dar abasto para todas las labores militares.
Si «algo» le pasaba a Sigfrid, el único General…
Sakti no quiso ni pensarlo, pero no pudo evitar ponderar las consecuencias. Si Enlil de verdad estaba muerto y si por alguna razón Sigfrid sufría un «accidente», el Imperio Aesiriano estaría a merced de los vanirianos. Caería.
«No», se regañó. «Primero Darius. Piensa en la guerra y el Imperio después. Ahora lo que más urge es Darius». Respiró profundo y relajó la garganta, que se tensó al pensar en castillos flotantes vanirianos haciendo estragos a lo largo y ancho del continente. Como decía Sigfrid: ¡al diablo con todo esto! Primero lo más importante: su amigo.
—¿Por qué creen que Enlil está muerto? —Su pregunta hizo que Dioné tuviera un nuevo ataque de lágrimas y que Sigfrid chupara los dientes, bajara la mirada y apretara la espada.
—El señor Enlil no llegó anoche a casa —explicó una de las esposas del General mientras le daba palmaditas compasivas a Dioné en la espalda—. Su Alteza se retiró a dormir temprano y hoy salió a primera hora de la mañana. Quizá por eso no reparó en la ausencia del señor.
—La última vez que alguien vio a Enlil, estaba con Darius —siguió Sigfrid mientras lanzaba una mirada venenosa al profeta—. Ese soldado lo vio.
Uno de los oficiales que sostenían a los niños se paralizó cuando el General Montag lo señaló. Se acercó a Sakti y se arrodilló frente a ella para explicarle lo sucedido, tal y como hizo con el Emperador.
—Ayer en la tarde, cuando hacía ronda por los pasillos de la sección Este, escuché al General Tonare hablar con su cachorro. Estaban peleando.
—¿Viste que lo matara? —preguntó la princesa con frialdad. El oficial se estremeció pero continuó:
—No. Solo me percaté de que discutían muy acaloradamente y me apresuré a irme. —El soldado miró angustiado a la princesa y dijo—: No era mi lugar inmiscuirme en los asuntos del señor Tonare, pero ahora lamento no haberme quedado un poco más para saber qué sucedió en realidad.
«Genial. Uno de los tantos admiradores de Enlil», pensó la princesa.
—Solo porque los hayas visto pelear no significa que Darius lo matara. —La siguiente pregunta se la hizo a todos en el Salón—: ¿Cómo están tan seguros de que él está muerto? —El soldado se levantó y dio lugar a otro aesiriano, que se arrodilló frente a Sakti.
—Soy el encargado de la vigilancia en el patio de recibimiento y despedida, Alteza —dijo el nuevo testigo—. Durante mi ronda, el cochero me informó de que saldría en compañía del General Tonare. Apenas me aseguré de que era Kerth quien me hablaba desde el coche del General, pero asumo que el señor ya estaba dentro del carruaje. Apunté la salida de ambos en el diario. Salieron a punto de anochecer.
—¿Viste a Darius con él?
—No, Alteza. Ni siquiera vi al General montar al coche, pero no tenía motivos para dudar de Kerth. No sería la primera vez que alguien se monta a un carruaje sin que todo el mundo se dé cuenta.
—Aunque no lo viste estás seguro de que Enlil llegó al patio después de discutir con Darius, ¿cierto? —El oficial asintió—. Eso quiere decir que él no pudo matarlo cuando el otro soldado los vio en el pasillo.
—Cierto, Alteza. Pero mi ronda no terminó cuando Kerth salió. Cuando llegan a su destino, los cocheros deben enviar una paloma mensajera a la base para informar del viaje. Es una medida que se tomó después de la invasión vaniriana. Cuando se trata de un Lord, un General o de una princesa, como usted, es sagrado cumplir a cabalidad. Kerth nunca falló en dar un mensaje hasta anoche. Esperé su paloma hasta la madrugada, pero no llegó ninguna.
—¿Avisaste?
—Por supuesto. Cuando pasaron quince minutos más de lo que usualmente le toma a la paloma de Kerth llegar a mí, avisé al Escuadrón Vento. Ellos y el General Montag se encargaron de investigar en la ciudad. —El oficial se levantó y dio sitio a Sigfrid.
—¿Averiguaste qué ocurrió con el carruaje? —Sakti tuvo que esforzarse para no estremecerse cuando su padrino se arrodilló delante de ella.
—Sí, Alteza —respondió el General con voz fría y cortante como navajas—. Estaba destrozado y abandonado en un parque, entre los árboles y la maleza, fuera del alcance de los mascalinos. Las marcas de las ruedas y las pisadas de los caballos indican que perdió el control.
—¿El cochero perdió el control de la carroza?
Sakti supo que eso era extraño, porque los cocheros de Palacio llevaban un entrenamiento especial para mantener el carruaje andando sobre fuego, hielo, navajas y cualquier otro obstáculo. Más les valía porque no transportaban plebeyos, sino a miembros de la Nobleza y la Realeza.
—Al cochero lo decapitaron —respondió Sigfrid con una fría sonrisa irónica—. Encontramos su cuerpo junto al carruaje. Pudo perder el control antes o después de que lo atacaran.
—¿Y Enlil? —La fortaleza de Sigfrid lo abandonó un segundo, pues el General hizo una mueca y se mordió los labios.
—Creo que Dioné debería salir.
—¿Encontraste su cuerpo? —Sakti ni siquiera se enteró de que Sigfrid quería evitarle un mal trago a Dioné. Todo lo que le importaba era saber qué ocurrió.
—No —respondió el General con dureza—. No encontré el cuerpo de Enlil. Pero sí había rastros de su sangre. Mucha.
—¿Estás seguro de que era suya? Quizá era del atacante —insistió la muchacha.
—¡¿Cree que no conozco el aroma de mi amigo?! —replicó Sigfrid casi gritando—. ¡Reconocería el olor de su sangre en cualquier parte del mundo! —Cualquier otra persona habría retrocedido por la voz de tigre del General, pero Sakti ni siquiera pestañeó.
—Asumo que para ese momento solo tenías en la mente un par de cosas: que el coche de Enlil fue atacado y que la última vez que lo viste seguía a Darius.
—Obvio, Alteza. —Sigfrid perdía la paciencia, aunque Sakti comenzó a entender cómo su amigo se vio inmerso en ese rollo.
—Entonces para ti desde el inicio el único culpable fue Darius, ¿verdad? —Sigfrid guardó silencio. Sus ojos fríos enviaron miles de palabrotas a la princesa—. Recordaste de inmediato la maldición Tonare y no dudaste de su culpabilidad. ¿Pero no te detuviste a pensar ni por un segundo que tal vez él no tiene culpa de nada? ¿Qué quizá alguien más está detrás de todo esto? ¿Un vaniriano, tal vez? Si antes se tuvo una invasión masiva a la Capital, ¿por qué no habría de tenerse otra más discreta e inteligente? ¿Jamás pensaste que tal vez el ataque a Enlil es parte de un plan vaniriano?
El rostro de Sigfrid se contrajo, pero la ira ya no era hacia Sakti sino hacía sí mismo. La princesa miró por el rabillo del ojo que el Emperador tuvo una reacción similar. Ninguno de los dos consideró antes esa opción.
—Aunque esté la maldición Tonare, no creo que Darius hubiera cometido una estupidez tan grande como matarlo un día antes de ser completamente libre. A él no le cae bien Enlil, pero no haría algo tan absurdo que pondría en riesgo la libertad de su familia. Además, ¿cómo crees que Darius pudo salir de Palacio, atacar el carruaje de Enlil y regresar sin que nadie lo viera? —Esta vez fue Sigfrid el que intentó sonar lógico.
—Entonces, ¿por qué Su Alteza no le pregunta a Darius qué hizo ayer en la noche?
—De acuerdo —contestó ella desafiante, a la vez que Sigfrid se levantaba y se colocaba al lado del Emperador. Ahora frente al profeta estaban el General, la princesa y el monarca aesiriano—. Darius, iré al grano: ¿mataste o no a Enlil Tonare?
En todo ese tiempo Darius había mirado al suelo, con algunos mechones cubriéndole la cara. Por eso Sakti no pudo ver su expresión… hasta ese momento. Cuando el profeta levantó el rostro y la miró, la chica sintió un terrible vacío en el estómago. Darius estaba pálido, los labios le temblaban y los ojos tenían una extraña sombra en los irises verdiazules: culpa.
—Yo… —La voz de Darius tembló y tuvo el tono que a ningún Aesir se le podría pasar por alto—. Yo… no lo maté.
Mentía. Sakti no lo pudo creer. Darius le mentía. Lo pero era que lo hacía patéticamente.
—Escúchame bien —exigió ella mientras lo sostenía por los hombros—. ¿Mataste o no a Enlil Tonare?
—¡No lo hice! —exclamó el profeta, pero la voz y el rostro lo traicionaron otra vez—. Allena, créeme, yo no…
Pero no pudo continuar. Él supo que Sakti no le creía. Hubo un silencio breve, pero incómodo y sofocante para ambos. La princesa tuvo que esforzarse para no mirar a su tío o a Sigfrid, porque supo que los dos la veían con la expresión de «Te lo dije».
—¿Qué hiciste después de discutir con Enlil? —siguió ella con un hilo de voz.
—Me fui —contestó seguro—. Él quería hablar más pero yo ya estaba harto. Lo dejé hablando solo.
—¿Estabas molesto?
—… Sí, estaba molesto.
—¿Fuiste a tu habitación? —Por el rabillo del ojo, Sakti vio que Zoe se estremeció. Algo no iba bien.
—Estaba molesto —repitió Darius—… y no quería que los chicos me vieran así. —Sakti supo a qué se refería: cuando Darius estaba muy enojado era peor que un ogro.
—Entonces ¿qué hiciste?
—Allena, por favor no…
—¿Qué hiciste?
Al ver los ojos de Sakti y sentir la fuerza de las manos que lo sostenían de los hombros, Darius supo que no tenía caso suplicar. Solo podía decir la verdad y esperar lo mejor.
—Te busqué para sosegarme un poco, pero ya te habías ido. Así que fui a un jardín para distraerme…
—… ¿Y después? —Sakti sintió a Darius temblar como una hoja tierna al viento.
—Me quedé ahí. Te lo juro, ¡me quedé ahí!
—¿Hasta qué hora? —Esta vez fue el Emperador quien hizo la pregunta—. Anda, mestizo, ¡dile a tu amiga lo que me dijiste a mí! ¡Permite que escuche tu patética excusa!
—Darius, ¿qué hiciste? —preguntó Sakti entre dientes.
—¡No lo sé! En el jardín debí de quedarme dormido. ¡Tengo una laguna mental, ¿me crees?! Solo recuerdo que me senté en una grada, cerré los ojos y lo próximo que supe es que era de noche.
—¿Qué tan de noche?
—No lo sé… Pudo ser más de la medianoche, no lo sé… Allena, ¡no lo maté! Debes creerme, ¡no lo hice!
Pero sus ojos decían otra cosa.
Sakti no supo qué creer. Ni siquiera Darius lo sabía. Se aferraba a que no atacó a Enlil, pero dudaba de sí mismo. ¿Por qué? Lo hizo o no lo hizo. Era blanco o negro, no había tintas medias. ¿Por qué dudaba de su inocencia? ¿De su culpa?
—Los hechos —dijo el Emperador mientras caminaba alrededor de Darius, con la punta de la espada formando un círculo—: primero, al ser hijo bastardo de un Tonare, la maldición de esa Casa también aplica para ti. Segundo, detestabas a Enlil porque él te capturó en la Península. Tercero, justo ayer escuchaste que Enlil tendría un hijo legítimo. ¿Celos, quizá? Ese niño tendrá derecho a todo lo que hubiese sido tuyo.
»Cuarto, ayer estuviste a solas con Enlil. El encargado del patio de carruajes no vio a mi General montar al coche. ¿Quién dice que no lo acompañabas? ¡Así pudiste salir de Palacio durante las horas en las que dices haberte «quedado dormido» en el jardín! Quinto: ¡MIENTES! ¿Crees que no lo vemos? ¡Ni siquiera eres capaz de pensar en una coartada más creíble en lugar de esa excusa tan patética!
»Por eso, la sentencia es…
Sakti interrumpió al Emperador cuando estaba a dos pasos de terminar el círculo alrededor de Darius. Cuando acabara el recorrido y diera la sentencia, ya no habría nada que hacer por el profeta.
—Creo que le dije, Majestad, que yo soy la Jueza de la Corte —dijo Sakti—. Solo yo puedo dar la sentencia.
Puso la mano sobre el mango de la espada, pero su tío no la soltó. Sakti creyó que no había manera de solucionar eso. Ninguno de los dos cedería. Para su sorpresa, después de unos segundos el Emperador la rodeó con el brazo libre y la atrajo hacia sí en un frío abrazo.
—Es cierto que quiero evitar el papeleo —le susurró él al oído—, pero no puedo permitirte ser la jueza de Darius. Eres su amiga. Dirías que es inocente.
—Y usted es su enemigo —contraatacó la chica—, diría que es culpable.
—¿Entonces…?
—Ya se lo dije, Majestad. Soy la Jueza de la Corte. Solo yo puedo dictar la sentencia.
—¿Estás segura de que quieres hacer esto, Allena? Si dices que es inocente las consecuencias serán terribles. Sigfrid y yo no éramos los únicos amigos poderosos de Enlil. Muchos comandantes, Lores y nobles harán hasta lo imposible por firmar la sentencia justa que le niegues a Darius. —Sakti apretó los dientes, pero cuando respondió lo hizo con voz clara:
—Dije que solo yo puedo dictar la sentencia, no que lo declararía inocente porque es mi amigo. Si al final todo indica que Darius mató a Enlil, entonces yo misma lo sentenciaré a muerte.
La mirada de la princesa no dejó entrever ninguna duda. No temblaron la voz ni la mano que sostenía la espada de la condena. El Emperador sonrió. Habría preferido ser el juez de Darius, pero quizá esto era lo mejor, lo más dulce. Cuando no tuviera más opción que condenar a Darius –porque era culpable, seguro como que el Sol se levanta en el este y se oculta en el oeste–, Sakti aprendería una importantísima lección de humildad. Y no había castigo mejor para ese profeta bastardo que recibir la muerte de parte de su preciada amiga.
—Bien. Es todo tuyo, sobrina. —El monarca soltó la espada, con lo que Sakti se vio a sí misma con el arma que declararía inocente o culpable a su mejor amigo—. Estamos esperando. —Sakti levantó la espada y la colocó frente a ella con solemnidad, mientras decía:
—Darius Tonare, se te ha apresado por el presunto asesinato de tu padre, el General Enlil Tonare. Tienes motivos para haberlo hecho y los testimonios dados hasta ahora no benefician tu persona. Sin embargo, tampoco te condenan. Asimismo, no hay evidencia de que tal crimen se haya cometido.
—¡¿Que no la hay?! —vociferó Sigfrid, indignado—. ¿Necesita ver el cuerpo del cochero y el carruaje destrozado, lleno de la sangre de mi amigo, para decir que hay «evidencia» de lo que sucedió?
—Eso solo prueba que el cochero fue asesinado y que Enlil fue atacado, pero todavía no hay evidencia de que el General esté muerto. Antes de sentenciar a una persona a la muerte tengo que estar completamente segura de que cometió el crimen. Si no veo el cadáver de Enlil no puedo sentenciar a Darius.
—¡Esto es una infamia! —gritó Sigfrid—. Majestad, no deje esto en manos de una cachorra que…
—De una cachorra que es tu princesa, Montag. Por favor, recuerda tu lugar y, por sobre todo, el mío —lo reprendió Sakti con dureza—. Además, Enlil quizá no está muerto. Viste su sangre, te enfureciste, te obsesionaste con la idea de que Darius lo mató y punto. Apuesto a que ni siquiera continuaste la búsqueda en el parque. ¿No se te ha ocurrido que quizá Enlil está todavía ahí, herido de gravedad, mientras tú estás aquí cegado en que ya está muerto?
Esto congeló a Sigfrid. Él no solía ser tan impulsivo y enfurruñarse en una idea. Era cierto que perdió los estribos y eso solo lo enfureció más, porque por eso quizá su amigo sí moriría.
—¡Ve a buscarlo! —le gritó Dioné mientras se acercaba a él para golpearlo en el pecho—. ¡Cuando todos estaban seguros de que tú estabas muerto, él cruzó medio mundo para probarles lo contrario y rescatarte! ¡Hazlo tú también!
Hasta Sigfrid supo que eso estaba mal. Él debió tener más seso cuando vio el carruaje destrozado. Debió buscar a Enlil hasta el final, debía buscarlo todavía. No estaba bien que los puños pequeños e inofensivos de Dioné lo hicieran entrar en razón como no pudieron hacerlo las palabras de Sakti.
El General hizo una seña al Emperador, quien apartó a Dioné y la abrazó para consolarla. Mientras la mujer lloraba en brazos del monarca, Sigfrid hizo una reverencia y salió de Salón de Juicio. Sakti continuó como si nada hubiese pasado:
—Aunque no puedo declararte culpable de lo sucedido tampoco puedo declararte inocente, ya que eres el principal sospechoso de este crimen. Por esa razón, estarás en las mazmorras hasta que este misterio se haya resuelto. Se procederá a hacer una investigación sobre lo sucedido. En cuanto se reúnan todas las pruebas y testimonios posibles, serás sometido a un juicio justo.
—Y… ¿si nunca se consiguen pruebas? —La expresión frívola de Sakti no cambió.
—Hasta no saber del paradero del General Tonare, seguirás siendo el principal sospechoso. Por tanto, seguirás siendo prisionero. Por eso te aconsejo que trabajes más en tu coartada, porque de eso depende tu vida. —Sakti hizo una seña y un sirviente se acercó a ella para recoger la espada—. Llévenlo a las mazmorras —ordenó a los soldados que sostenían al profeta—. Los niños regresarán a la casa del lago. Solo si su padre es inocente dejarán de ser «invitados» de honor. También quiero que revisen sus maletas y la casa de pies a cabeza, en busca de evidencias. ¿Está claro?
Sakti se retiró después de que los soldados se llevaran a Darius y a los chicos. Tenía que rebanarse los sesos para saber cómo demonios haría ahora para salvarle el pellejo a su amigo. Entre más pronto comenzara su investigación, mejor.


"Los Hijos de Aesir: Guerra en tierra maldita" © 2009-2017. Ángela Arias Molina

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