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Capítulo 27

27
INTUICIÓN


Sakti revisó una vez más los papeles que tenía sobre el escritorio. Nunca antes había permanecido por tanto tiempo en la oficina que se le asignó como Jueza de la Corte. No tardó en darse cuenta de que tenía razón al evitar las horas largas encerrada en esa habitación.
Lo que más le frustraba era que la investigación marchaba bastante bien pero muy mal para Darius. En los últimos dos días, más sirvientes y guardias dieron testimonio de haber escuchado y visto al General y al profeta discutiendo. Y, para colmo de los colmos, las palabras que Darius gritó tan bravamente entonces le ajustaban ahora la soga al cuello.
—«Ojalá te mueras, maldito, ojalá te mueras. ¡Debería matarte!» —susurró la princesa mientras imitaba a su amigo—. Darius, eres un imbécil, un imbécil…
A eso había que agregar que los guardas encargados de las habitaciones de los profetas constataron que el mestizo regresó en la madrugada, somnoliento y de mal humor. Además, la teoría de que todo fuera parte de un ataque vaniriano perdía cada vez más credibilidad.
Su tío ya se había sincronizado con Masca en busca de alguna presencia mágica diferente a la aesiriana, pero no dio con ningún enemigo. Mientras tanto en la ciudad –en especial en el parque donde se encontró el carruaje– rondaban cientos de oficiales con lobos entrenados en el rastreo. Los animales no distinguían ningún olor vaniriano y todavía no daban con Enlil, vivo o muerto.
—No quisiera ser pesimista, Alteza —comentó Dereck, quien esperaba sentado en una esquina y con las piernas estiradas sobre una mesita—, pero quizá en lugar de buscar algo que desligue a Darius por completo del incidente debería hallar la manera de que la pena no alcance la ejecución.
—Dices que ya no hay nada que salve a Darius como perpetrador.
—Tiene todas las de perder —respondió el Guardián—. Todos los miembros de la Corte eran amigos del señor Enlil y no sentían mucha simpatía por Darius antes de que esto sucediera. No les importará si se prueba o no que Darius permaneció dentro de Palacio cuando el General fue atacado. Lo que importa es que él es el mayor sospechoso y alguien tiene que pagar por lo que le pasó al señor Tonare.
Sakti curvó ligeramente los labios. Su Guardián actuaba como tonto la mayor parte del tiempo, pero a veces tenía ideas muy inteligentes. Era cierto: Darius era el único sospechoso porque era el único que siempre demostró rencor contra Enlil. El Segundo General era querido por todos y nadie le deseaba mal. Incluso los mismos mascalinos, al escuchar sobre el ataque a Enlil, se alzaron a las afueras de Palacio para pedir la cabeza del profeta.
Lo único que impedía que fuera ejecutado era la esperanza de que Enlil no estuviera muerto, ya que la princesa fue clara: si no se encontraba el cuerpo del General existía la posibilidad de que estuviera vivo. Si así era, Darius no tenía por qué pagar por un crimen que no cometió.
—Aunque a como van las cosas —siguió Dereck—, pronto Su Alteza solo podrá elegir entre la hoguera, la ahorca, el verdugo y la guillotina para darle a Darius la sentencia menos cruel.
Sakti todavía esperaba salvar la vida de su amigo aunque debía admitir que las posibilidades de lograrlo eran muy, muy limitadas. El asunto en sí le parecía cada vez más complicado. No solo se hallaba sin otros sospechosos, sino que ella misma dudaba de la inocencia de Darius.
—Creo que sí lo hice… pero no lo recuerdo…
Las palabras de su amigo todavía resonaban en su cabeza. Como Darius no modificó su versión sobre quedarse dormido en un jardín, a la princesa no le quedó más remedio que ordenar una entrevista al profeta con el crûdus vêritâtis. De lo contrario le habría sido imposible mantener una relativa armonía con los demás miembros de la Corte –en especial el Emperador–, quienes la desafiaron a hacerlo. Después de todo, si estaba segura de la inocencia de Darius no tenía nada que temer.
La crûdus vêritâtis era una droga muy potente, en forma de pequeñas esferas verdes que parecían perlas. Tomar una era el equivalente a beber diez jarras de cerveza, más todos los síntomas que eso acarreaba: malhumor en algunas personas y sueño en otras, pero siempre, siempre, una lengua mordaz incapaz de contenerse.
La entrevista se hizo en una habitación en las mazmorras, que era fría, húmeda y apenas iluminada por una candela que giraba alrededor de una silla y a la persona sentada en ella, con el fin de confundir más al sospechoso. Dos sacerdotes acompañaron a Sakti como parte del protocolo, pues eran los encargados de suministrar la droga.
Al llegar a la mazmorra, la princesa encontró una desagradable sorpresa: los sacerdotes dieron a Darius una dosis mucho más fuerte de la crûdus vêritâtis antes de que ella llegara. En lugar de darle solo una pastilla le dieron cinco. Así que el mestizo no dejó de decir estupideces que nada tenían que ver con la razón por la cual estaba preso.
Justo cuando Sakti iba a dejar la entrevista para otro día, Darius perdió el equilibrio y cayó sobre ella. Por un momento la princesa temió que le vomitara en el hombro, pero el profeta, que estaba más dormido que despierto, le susurró:
—Creo que sí lo hice pero no lo recuerdo... Es tan terrorífico… Sé que me dormí, pero cuando desperté estaba cansado y tenía la sensación de haber hecho algo malo. Como cuando sueño y veo lo que haré. Lo sentí igual, pero… —Darius se detuvo. Sakti creyó que la droga lo había dormido pero el profeta siguió adelante—: Tengo tanto miedo, Allena. No recuerdo haber hecho algo malo pero no puedo creerme a mí mismo. Pero tú sí me crees, ¿verdad? Necesito que lo creas por mí…
Sintió mucha pena por él. Aunque todavía debía comprobar si Darius salió o no de Palacio cuando Enlil fue atacado, todos los testimonios la hacían a pensar que él era culpable. No encontraba un solo hecho que expusiera lo contrario. La lógica le decía que Darius sería sentenciado. Si hubiese sido otra persona ella misma lo habría acusado sin tantos rodeos.
Pero el cariño que le tenía se empeñaba en decirle que su amigo no pudo ser capaz de ello. Aunque Darius lo hubiese querido no habría atacado a Enlil: eso comprometería la libertad de sus hijos. Sakti lo sabía, pero eso no era prueba suficiente. Su trabajo como jueza era ser objetiva, preferir los hechos por encima de las emociones.
Pero su deber como amiga era ser incondicional con Darius, tal y como él lo era con ella.
—No puede hacerse a la idea de que sea culpable, ¿cierto? —le preguntó Dereck—. Yo tampoco puedo. Es que Darius… No sé, no tiene aura de asesino. Pero el tipo que atacó al General Tonare era todo un psicópata.
Él y Sakti visitaron el parque donde encontraron el carruaje de Enlil. El cuerpo del cochero ya había sido removido, pero el coche todavía esperaba a todos los oficiales encargados de la investigación. La escena revolvió el estómago de Sakti porque había sangre por doquier: en lo poco que quedaba del carruaje, en el césped, en los árboles… Darius no podía ser capaz de algo así, pero no había rastros que delataran quién pudo ser el atacante. Si bien no había nada que probara que él fue el causante tampoco había algo que lo desmintiera.
—Lo único que cerraría esto es encontrar el cadáver de Enlil.
—¿Lo quiere encontrar? —preguntó Dereck, aunque ya conocía la respuesta.
—Claro que no. Mientras no aparezca Darius no podrá ser ejecutado.
—Pero tampoco libre.
—Pero al menos permanecerá con vida.
—Ah, qué complicado —se quejó el Guardián mientras bostezaba.
Sakti intentó concentrarse otra vez en los documentos, pero estaba segura de que en unos segundos los tiraría al suelo para revisar de pies a cabeza la Constitución y encontrar la manera de mantener a Darius con vida en las mazmorras. Antes de que perdiera la paciencia, un joven oficial entró atropelladamente a la oficina sin pedir permiso.
El soldado jadeaba. El uniforme estaba desacomodado y tenía los flecos del pelo pegados a la cara por culpa del sudor. Quién sabe de dónde venía y por qué tanta prisa.
—¿Qué quieres? —preguntó Sakti de mal humor. No tenía tiempo para interrupciones innecesarias.
—Lo encontraron, Alteza —respondió él con un hilo de voz y los ojos irritados—. Encontraron el cadáver.
La piel se le erizó. ¿Muerto? ¿Enlil Tonare estaba… muerto? Sakti se levantó como un rayo y salió a toda velocidad de la oficina. Dereck le pisó los talones.
—Esto no es posible, esto no es posible, esto no es posible —mascullaba el Guardián mientras corrían—. El Imperio está perdido sin el General Tonare.
Pasaron cerca del patio de entrada y salida, donde había una gran conmoción. Soldados ordinarios asediaban al Escuadrón Vento con preguntas sobre lo que acababa de ocurrir. El Escuadrón pedía calma, porque todavía no podían negar ni afirmar nada.
«Los rumores van a correr rapidísimo», se lamentó Sakti mientras pasaba a toda velocidad, so pena de que la descubrieran y le hicieran preguntas que no podía ni sabía contestar. «Toda Masca va a colapsar si es cierto. Y Darius… ».
No se atrevió a terminar la idea. Ahora solo importaba confirmar o desmentir el hallazgo del cadáver de Enlil. Si de verdad encontraron el cuerpo lo llevarían a una habitación del primer piso en un pasillo tan apartado que hasta los sirvientes olvidaban limpiarlo.
Tres miembros del Escuadrón Vento hacían guardia frente una puerta de madera. Los soldados estaban serios y erguidos, pero les costó trabajo mantener los ojos libres de lágrimas. Eran grandes admiradores de Enlil. La princesa entró sin que los soldados la anunciaran, pues ya se la esperaba. Los oficiales la cerraron detrás de ella y Dereck.
El cuarto estaba en penumbra, apenas iluminado por una antorcha que brillaba en la parte más alta de la habitación. No había ventanas, ni siquiera un coladero por el que se filtrara la luz del día. La habitación fue una alacena y todavía conservaba varios muebles de madera, la mayoría podridos.
Sakti tuvo que esperar unos segundos para que la vista se le acostumbrara a la penumbra. Unos instantes después distinguió a Sigfrid. El General estaba al lado de una mesa amplia, inmóvil como una estatua. Si no fuera porque torció un poco la cabeza para mirar a Sakti, la princesa lo habría confundido por otro mueble.
Ella no se movió ni un ápice. Intentó descifrar lo que vio en ojos de su padrino. ¿Odio o miedo? ¿Traición o despecho? Fue difícil saberlo. No recordaba haber visto algo semejante a la tristeza en el rostro del aesiriano.
Sigfrid miró de nuevo la mesa. Ella siguió la mirada. El cuerpo del General le impidió ver con detalle lo que había sobre la tabla, pero Sakti supo que se trataba de un cadáver auténtico pues distinguió unos pies descalzos al borde de la mesa.
Dereck la agarró de los hombros para sacarla del cuarto y evitarle una conmoción, pero Sakti lo ignoró y avanzó. El Guardián la imitó aunque casi al instante apartó la mirada.
Allí estaba el gran y buen General Enlil Tonare. Las ropas estaban tan rasgadas que apenas mantenía un trozo de camisa colgándole del hombro izquierdo, mientras que los ruedos de los pantalones estaban completamente destrozados hasta la altura de las rodillas. Ya ni siquiera llevaba botas.
Aunque en el rostro solo tenía una herida en la mejilla y un rastro de sangre seca en la nariz, bastaba con verle el tronco del cuerpo para saber que sus últimos momentos no fueron placenteros. En el lado izquierdo del pecho tenía una quemadura circular perfecta. Fuera lo que fuese que lo impactara, tuvo la potencia suficiente para atravesarle el pecho pero no la bastante para perforarle la espalda. El abdomen lo tenía abierto pero no había vísceras. Era una herida limpia por la que le extrajeron todos los órganos.
—¿Es esta suficiente prueba para Su Alteza? —preguntó Sigfrid con rencor. Sakti  no se estremeció por la voz tétrica de su padrino. Si era posible, sintió un poco de lástima por él.
—Lamentablemente sí lo es —respondió ella en voz baja con firmeza, sin quiebres por la conmoción.
—Pero la princesa todavía cree que esto no prueba que Darius sea el culpable, ¿cierto?
Supo que Sigfrid se burlaba de ella, pero no le importó. Todo le pareció irreal, como un sueño ridículo. En los días anteriores solo pensó en la suerte de Darius, en nada más. Ni siquiera en el Salón de Juicio, cuando consideró un poco las consecuencias de la muerte de un General, se atrevió a creerlo posible.
Incluso ahora, con la prueba irrefutable de la muerte de Enlil, no podía creerlo. No podía aceptar que estuviera muerto. Sintió que en cualquier momento el cadáver se desvanecería delante de ella, o abriría los ojos y pediría una mudada limpia. Le pareció un engaño, una ilusión, una cortina de humo que temblaría en cuanto ella lo tocara.
Sakti estiró una mano para acariciar los dedos fríos del cadáver y asegurarse de su corporeidad. Fue entonces cuando lo vio.
Al principio sintió una tristeza profunda. Quería olvidar la melancolía, distraerse en los documentos que tenía a mano… «No, estas no son mis manos», pensó al ver las grandes palmas y el regazo amplio. «Este es…».
Cuando se dio cuenta de que estaba en el cuerpo de Enlil se separó del General. Ya no estaba dentro del hombre ni miraba a través de sus ojos, sino que estaba sentada delante de él, en el mismo carruaje. Sakti miró a uno y otro lado, pero Enlil ni se daba por enterado. No podía verla.
«Es un eco», comprendió la princesa. Una vez Darius le explicó que era así como tenía visiones: a través de los ecos o residuos de pensamientos y memorias que permanecían en objetos y personas después de un suceso traumático. Ya Sakti podía comprender por qué Darius actuaba tan raro durante y después de las visiones. Ahora que tenía una, apenas si se podía creer lo real que le parecía: sentía el terciopelo que cubría la butaca, la corriente de aire que se colaba por la ventana entreabierta, incluso escuchaba con claridad la respiración de Enlil y el susurro de las hojas de papel, que resbalaban sobre el regazo del General a medida que el viaje aumentaba de velocidad.
Sakti se preocupó cando el carruaje intensificó la marcha. Ella supo lo que estaba a punto de suceder pero Enlil ni siquiera prestó atención al cambio. Seguro pensó que el cochero aprovechaba la vía libre para llegar pronto a la mansión Tonare, antes de que otra vez la calle se llenara de carrozas y peatones. El coche dio un salto y estuvo a punto de irse de lado. Enlil perdió el equilibrio y todos sus documentos cayeron al suelo.
—¡Kerth! —gritó a la vez que golpeaba el techo con el puño—. ¡Ten más cuidado, hombre! Si sigues así atropellarás a alguien.
Se agachó para recoger los papeles. Quedó inmóvil al escuchar un gorgoteo. «No, alguien se ahoga», pensó el General. El eco de ese pensamiento también llegó a Sakti. Enlil golpeó otra vez el techo y llamó a Kerth, seguro de que el cochero tenía algún problema. Kerth no contestó. El General dejó los papeles en el suelo y miró las puertas del coche, como si pensara saltar por alguna de ellas. Ya el asunto le parecía muy extraño.
Escuchó pasos en el techo antes de que pudiera lanzarse. Enlil levantó la mirada justo cuando una espada atravesó la cubierta forrada de terciopelo. El General tomó el arma que llevaba al cinto para defenderse. Para cuando estuvo listo ya el intruso había abierto el techo como si se tratara de una lata.
Enlil estuvo a punto de lanzar una estocada, pero se detuvo en seco cuando vio los ojos mestizos de Darius. El profeta lo miró con tanto odio y resentimiento que Enlil y Sakti solo pudieron pensar en algo: la maldición Tonare.
—Darius… —susurró el General con un nudo en la garganta—. No dañes a Kerth. Solo vienes por mí, ¿de acuerdo?
El profeta le dirigió una sonrisa cínica y levantó la mano derecha, que estaba ensangrentada. Allí sostenía la cabeza del cochero. Sakti y Enlil miraron el rostro de Kerth sin creer lo que ocurría. «Darius no es capaz de esto», pensó Sakti. «Cuando mató arpías de camino a Lahore, hasta las enterró y rezó por ellas. Él no sonríe después de matar a alguien».
Darius levantó la mano libre hacia Enlil. Una luz brilló entre los dedos del mestizo. Enlil reaccionó justo a tiempo, pues abrió una de las puertas y se lanzó antes de que el coche explotara.
Sakti cayó a un lado, entre la maleza, junto con los restos ardientes de la carroza. Sintió quemaduras atroces en el cuerpo pero estaba intacta. «Es solo una visión», se recordó. «Si me creo lo que veo tendré reacciones físicas en el cuerpo. Es solo una visión. Estoy a salvo del dolor». Con eso el ardor desapareció.
El General estaba ileso a unos pasos de ella, aunque observaba alrededor con preocupación. Estaban en lo más profundo de un parque, donde los árboles y arbustos eran tan densos que sería difícil que alguien viera el fuego del carruaje en los próximos minutos. Enlil zapateó el suelo y constató lo que ya sabía: la maleza y la tierra tenían una buena profundidad. No había ni una loza de mármol cerca así que la sincronización no podría informar al Emperador de lo que sucedía.
—Muy listo, Darius —susurró mientras apretaba el mango de la espada—. No quieres que reciba la más mínima ayuda. Bien por ti. De verdad eres mi hijo.
Enlil miró los escombros ardientes pero no vio a Sakti ni rastros de Darius. Solo el cuerpo y la cabeza de Kerth, además de los cadáveres de los caballos, que murieron por la explosión. El General avanzó con cautela. Llevaba una posición de defensa débil. «Duda», comprendió Sakti. De golpe percibió las sensaciones de Enlil.
Él sabía que Darius todavía estaba allí, que lo buscó para matarlo, para vengarse, para cumplir con la maldición Tonare. El enfrentamiento era inevitable pero Enlil no quería luchar a muerte contra su hijo. No quería lastimarlo aunque tampoco podía dejarse matar. No ahora que él y Dioné esperaban un niño. No podía abandonar al menor de sus hijos, tal y como abandonó al mayor.
Debía derrotar a Darius sin lastimarlo. Quizá podría noquearlo con un ataque mental lo bastante fuerte como para dejarlo fuera de combate un buen tiempo. Lástima que no percibía los pensamientos de Darius. ¿Dónde estaba?
Como respuesta, un puñetazo en la cara lo hizo caer de espaldas. Aunque el golpe fue fuerte y lo aturdió, Enlil giró en el suelo y se levantó justo a tiempo para evitar que el arma de Darius se le clavara en el abdomen. El General se limpió la sangre que le bajaba de la nariz a la vez que buscaba al mestizo en la oscuridad.
Esta vez escuchó los pasos de Darius a tiempo, así que esquivó los puños y las estocadas aunque por muy poco. El juego de luces y sombras acrecentaba el odio en el rostro de Darius. Enlil apenas pudo seguir el ritmo de su hijo. Darius se movió veloz como un gato, fuerte como un león y constante como un lobo. No se detenía ni jadeaba mientras atacaba a Enlil, aunque sí dejaba varios espacios abiertos que el General pudo haber utilizado para neutralizarlo.
Enlil no se atrevió. Sostuvo la espada con todas sus fuerzas para que Darius no se la arrancara de las manos con las estocadas bárbaras que lanzaba, pero la simple idea de empuñarla contra él, de lanzar el filo contra las costillas, las muñecas o el cuello, le hizo un nudo en el estómago. No podía lastimar a su hijo. No podía herir a su cachorro. Solo podía defenderse, desear que la pesadilla acabara… Aunque supo que la única forma era con la muerte de alguno.
Enlil vio que otro resplandor brilló en la mano fuerte del mestizo –la misma que sostenía la espada–, así que se preparó para recibir el ataque. Darius lanzó un rayo electrizante. Enlil colocó la espada delante del pecho para bloquear el ataque, a sabiendas de que aun así sentiría buena parte del golpe. Creyó que la descarga le adormecería el cuerpo o le provocaría espasmos. En lugar de eso, el rayo partió la espada en dos y golpeó el pecho del General. Enlil no sintió la corriente. Solo vacío en el nuevo agujero.
Dejó de sentir los dedos, que soltaron el mango de la espada destrozada. El arma cayó al suelo. Él también cayó, aunque se mantuvo de rodillas por unos segundos. A pesar de que las sombras se hicieron más densas y las flamas del carruaje más brillantes, Enlil vio que todo alrededor era un desastre. La sangre le salió disparada del pecho en todas direcciones. Salpicó la maleza en el suelo, lo que quedaba del coche y algunas hojas de los árboles.
El ángulo de visión cambió de súbito. Enlil ni siquiera se dio cuenta de en qué momento cayó de lado, pero sí notó el par de piernas que se acercó a él para verlo morir. Con mucho esfuerzo mantuvo los ojos abiertos para ver la expresión de Darius. «¿Al menos mi muerte te alegra un poco, hijo?», quiso preguntarle pero no pudo ni gemir. Darius tenía una sonrisa satisfecha y orgullosa, respondiendo así a la pregunta de Enlil sin necesidad de las palabras.
El General no supo si reír o llorar. Por tanto tiempo deseó ver esa sonrisa en su hijo, pero la imaginó en un mundo donde los dos se llevaran bien y se entendieran. Quiso, anheló, ¡soñó con esa sonrisa…! Pero no con esa mirada. Ahora que podía verlo más de cerca, los ojos de Darius le parecieron muy perversos. «Nada tienen que ver con el muchacho que abraza a sus hijos, o el que acaricia la cabeza de la princesa y la llama “cariño”, o el que entierra con lágrimas al mensajero que era su amigo». Todo lo que vio en los ojos de Darius fue fuego negro, no el paisaje mestizo que Sakti le describió una vez.
«Deseo que ellos nunca te miren así, Darius», pensó Enlil mientras el mundo se le nublaba. No quería que su cachorro muriera igual que él, a manos de los gemelos. No quería un final tan triste y solitario para Darius. Aunque, pensándolo bien, ¿de qué se preocupaba? Darius era diferente. Él nunca abandonó a sus hijos, siempre estuvo allí para ellos. Cuando el mestizo muriera los gemelos lo llorarían. En cambio ¿quién lloraría a Enlil? Él no se había ganado las lágrimas de su hijo y nietos. Solo su odio.
Darius se inclinó sobre él y murmuró algo con labios alegres, pero Enlil no pudo escucharlo. Mientras cerraba los ojos miró por última vez las manos de su cachorro. La derecha todavía tenía la sangre de Kerth, mientras que en la izquierda sostenía la espada… y una pequeña joya ámbar que brillaba tenuemente.
«Ah», comprendió Enlil, «conque eso era…». Darius no tenía esencias de ataque porque se las habían quitado todas cuando lo aprisionaron en Masca. Por sí solo no pudo haber invocado el rayo que destruyó el carruaje ni el que dio el golpe final al General. La joya, en cambio, guardaba por lo menos una esencia. ¿Pero dónde la consiguió? ¿A qué mago se la quitó? ¿Cómo aprendió el hechizo para remover poderes? Esas preguntas quedaron sin respuesta, porque Enlil cerró los ojos y ya no los abrió nunca más.
Sakti tragó saliva y parpadeó. El parque, el carruaje ardiente y el mestizo asesino se desvanecieron delante de sus ojos. La dejaron en una habitación en la penumbra, frente a una mesa y un cadáver.
Cuando levantó la mirada y vio el rostro de Sigfrid, supo que el General también vio el eco cuando tocó el cuerpo de Enlil por primera vez. Con razón estaba tan afectado. Todo lo que quería era vengar a su amigo, ser él mismo el verdugo de Darius.
—¿Tendré que llamar a alguien más para que lo vea, o usted ya dictará la sentencia que le corresponde a ese maldito bastardo? —soltó Sigfrid—. Preferiría evitarle al Emperador la visión, pero si usted no cumple con su deber yo…
—Me basta, Montag —lo cortó ella sin alterarse—. Dije que si Darius era culpable lo sentenciaría yo misma. No alardeé cuando lo dije.
El General la vio con furia. No podía creer que la princesa se mantuviera tan serena después de ver la muerte atroz de Enlil.
—Necesito que traigan el pendiente —ordenó la princesa. Sigfrid apretó los puños.
—¿Necesita más pruebas?
—No, solo tengo curiosidad —respondió ella mientras levantaba los hombros y se dirigía hacia la puerta—. Quiero saber de quién es la magia que utilizó para atacarlo, ¿tú no? —Sigfrid no respondió, pero Sakti supo que el General cumpliría la orden a cabalidad—. Por cierto, ¿dónde encontraron a Enlil?
—Los lobos reaccionaron de un momento a otro. El mestizo enterró el cuerpo en otro parque más cercano a Palacio.
—Buen trabajo. Ahora encuentra el pendiente. Probablemente estará en el parque donde murió Enlil.
Sigfrid respondió pero Sakti no le prestó atención. Le costó mantener el paso sereno y no echar a correr. No podía dejar que los guardias la miraran preocupada. Todo estaba mal, muy mal. Todas las piezas estaban allí, cantando a coro la respuesta que los miembros de la Corte defendieron a capa y espada desde el comienzo: Darius era culpable. Sakti no supo qué pensar. El eco, el cuerpo de Enlil, el ataque, ¡todo coincidía! Su mejor amigo, el padre cariñoso, el muchacho noble, ¡era un asesino!
«Pero sus ojos…». Sakti recordó los pensamientos de Enlil al ver los ojos mestizos de Darius. Ni siquiera él se creyó que el muchacho que lo mató fuera el mismo que abrazaba a los gemelos, el que peleaba por Zoe, el que se llevaba bien con Sakti… Sin embargo, eso también coincidía con la coartada de Darius. «Se fue a dormir a un jardín y no recuerda haber atacado a Enlil, aunque lo presiente». ¿Sería como cuando caminó dormido e intentó estrangular a Mark en una taberna? ¿Como cuando persiguió a la princesa porque soñaba que ella se moría? El profeta tenía muy malos antecedentes de sonambulismo.
Darius no tenía control sobre sus actos cuando estaba en esos trances, pero esa no sería excusa suficiente para defenderlo en un juicio por la muerte de un General. Nadie iba a perdonarle lo que hizo, sin importar cuál fuera el motivo. El profeta no tenía salvación.
Dereck tuvo razón: todo lo que Sakti podía hacer por él era condenarlo a la muerte menos cruel. Porque tenía que hacerlo, tenía que sentenciar a su mejor amigo, el que siempre estuvo a su lado para cuidarla, mimarla, revivirla. Tenía que hacerlo ella misma o dejar que otro juez, menos piadoso y más rencoroso, se encargara de darle el castigo.
—Dereck, necesito pensar —dijo mientras se giraba al Guardián para pedirle que se retirara. Se detuvo al ver la reacción del soldado—. Estás llorando.
—Es que… ¡no lo puedo creer! —sollozó Dereck mientras intentaba secar las lágrimas—. ¡No puedo creer que el General esté muerto!
Sakti tampoco lo asimilaba. Ya nunca más vería los ojos alegres de Enlil, ni su sonrisa bonachona. No escucharía sus carcajadas ni las bromas que hacía a costa de Sigfrid. Enlil se había ido para siempre. Ahora estaba en el Reino de los espíritus, huyendo de los castigos de ese inframundo. ¿Se sentía mal por él? ¿Lamentaba que el General buenazo que la mimó por muchos meses padeciera ahora en el limbo? Sakti no lo supo. Nunca perdonó a Enlil por participar en la muerte de Mark y ahora estaba muy preocupada por Darius como para pensar en el alma del General caído.
Tenía que salvar a Darius pero todavía no sabía cómo.
—Debemos rezar por Enlil —dijo Sakti a su Guardián—. Vamos a casa. Mañana será un largo día.
Dereck asintió y se dejó guiar como si fuera un niño pequeño. Mientras iban en el coche hacia la Mansión Tonare, Sakti planeó muy bien lo que haría. Apenas llegaron a la casa, ella y Dereck se escabulleron a sus respectivos aposentos para rezar por Enlil. Acordaron no decir nada a las esposas del General, pues era seguro que un mensajero llegaría en la noche para dar las malas nuevas y empezar los preparativos fúnebres.
Mientras Dereck rezaba con devoción, Sakti se cambió de ropa, se puso una capucha sencilla y escapó. Como lo supuso, los guardias que vigilaban las salidas de los sirvientes estaban distraídos, pues ya corrían los rumores sobre el hallazgo del cadáver. No le costó nada burlarlos, escabullirse por una de las puertas y abandonar la Mansión.
Habló en serio cuando le dijo a Dereck que necesitaba pensar. Desde siempre su lugar predilecto para eso fue el regazo del amo. Ya Mark no podía acariciarle el cabello, ni aconsejarla con dulzura como antes, cuando ella le hablaba de los casos sobre los cuales tenía dudas. A veces había juicios así, donde las leyes no prestaban respuestas justas para los crímenes. Era entonces cuando Mark llegaba con su luz y le mostraba el camino a tomar.
Con el caso de Darius, Sakti necesitaba la luz de Mark como nunca antes. Necesitaba el consejo del mensajero para dar con la respuesta correcta.


Cuando alcanzó la tumba faltó poco para el anochecer. De seguro que para ese entonces Dereck ya se había percatado de su ausencia. Debía de estar como loco, buscándola a escondidas para que nadie se percatara de que le perdió la pista. Aunque imaginó los suplicios del guardaespaldas, Sakti no sintió pena por él. Todo lo que vio fue el nombre de Mark tallado en la lápida mientras le hablaba de lo ocurrido.
—No sé qué hacer. Las pruebas son irrefutables, Darius sí mató a Enlil… Pero todavía no puedo creer que lo haya hecho. No estoy convencida. No puedo ejecutarlo.
Sentada delante de la lápida, Sakti le explicó la visión del eco y las múltiples pruebas que sentenciaban a Darius. Pero también sus dudas. ¿Era responsable dejar libre a una persona que podía convertirse en un asesino a sangre fría sin tener consciencia de ello? ¿Era responsable sentenciar a muerte a una persona amable, dulce y protectora, que era además un gran amigo y un excelente padre?
No sabía cuál era la respuesta acertada pero sí que Enlil intentaría salvar a Darius. Él ni siquiera perdonó al profeta por lo que hizo porque nunca lo culpó. Lo amó hasta el final.
Pero eso no era suficiente, ¿verdad? Los miembros de la Corte, los soldados, los mascalinos… Nadie dejaría a Darius marchar en paz.
—Amo, ¿qué hago? —preguntó mientras ocultaba la cabeza entre las rodillas.
Deseó que Mark estuviera vivo, que le susurrara la respuesta al oído, que le dijera que todo iba a estar bien. En lugar de eso escuchó movimiento. Sakti miró por encima del hombro y descubrió a un anciano a unos pasos de ella. El hombre llevaba un carretillo enorme, además de una pala y una bolsa de lona.
Se miraron el uno al otro por un buen tiempo, hasta que una sonrisa de comprensión alumbró el rostro del aesiriano.
—Vaya, lo siento, Alteza —dijo el hombre mientras hacía una reverencia—. No sabía que frecuentaba este lugar.
Sakti se puso de nuevo la capucha y apartó la mirada, aunque supo que no tenía caso. Ella era la única chica con cabello gris en toda Masca. Hasta un campesino la reconocería solo por eso.
—¿Qué está haciendo aquí, Alteza? —preguntó el viejo mientras se acercaba.
—Eso es asunto mío —respondió con dureza—. Vete. Es una orden. —El hombre no se movió. Cambió el peso de una pierna a otra, nervioso, y dijo:
—Er… Lo siento… Tengo otro mandato. El Emperador ordenó exhumar una tumba y limpiar el terreno. Dijo que podría perjudicar los cultivos.
Se detuvo en seco al ver la expresión de la princesa. Ella no arrugó la frente ni hizo una mueca, pero abrió un poco los ojos y se mordió los labios. Fue breve, porque después escondió el rostro entre las rodillas. El anciano se preguntó qué sucedía. Después miró con más atención la tumba: el sencillo jardín de tulipanes, la lápida limpia y bella, la princesa sentada delante de ella…
—Oh… —susurró al comprenderlo—. Lamento mucho su pérdida, Alteza.
El anciano se rascó la frente sin saber qué más decir. Como vivía en los alrededores recorría con frecuencia ese camino para ir al centro de la ciudad a hacer diferentes encargos. Por eso notó desde el principio los cambios en la tumba. Primero vio la tierra revuelta tras del entierro, luego los pequeños tulipanes y la lápida.
Sin importar cuánto se esforzara por leerla no podía dar con el significado de las palabras. «Es lengua humana», comprendió al fin. Con eso entendió también por qué se le pidió exhumar la tumba.
—¿Conoció al humano enterrado aquí? —No pudo contenerse y estiró una mano hacia la princesa—. ¿Qué hacía un humano en Masca, si…?
Apenas rozó la capucha de Sakti ella se levantó de un salto y lo encaró. El anciano estuvo a punto de caerse de espaldas, pero la princesa lo sostuvo con la fuerza de una guerrera y le colocó una espada por debajo del cuello.
—No es asunto tuyo —susurró ella con voz gélida. Lo miró un buen rato, como si intentara memorizar cada arruga en el rostro del hombre—. ¿Tienes familia? ¿Alguien que te extrañará y hará preguntas si desapareces misteriosamente? —El anciano tragó fuerte al saber que estaba en problemas. En otra situación habría mentido, pero no tenía las agallas para intentar engañar a la Aesir que portaba un Dragón.
—Esposa, dos hijos, una nuera y un nieto, Alteza.
—Entonces —dijo Sakti en un murmullo intimidante—, regresarás con ellos y no dirás nada sobre la tumba. O de lo contrario no quedará nadie que te extrañe ni haga preguntas sobre tu desaparición. ¿Entendido?
El anciano cayó sentado al suelo una vez que Sakti lo soltó. La princesa le dio la espalda y miró la lápida, todavía con la espada en la mano. Estaba dispuesta a quedarse allí para proteger la tumba y despachar al otro mundo a cualquiera que intentara exhumar el cuerpo.
El anciano no la miró resentido, ni siquiera se arrastró por el suelo para escapar. Sakti lo había amenazado con matarlos a él y a su familia, pero él todavía estaba vivo. Con la fuerza y rapidez de la princesa, ya estaría muerto si en verdad ella quisiera lastimarlo.
Podía hacerlo. Podía acabar con él, incluso si alguien hacía preguntas. ¿Qué se le podría reprochar a ella, la portadora de la salvación? ¡Nada! Sakti podía hacer lo que le diera la gana y nadie le diría nada.
Fue muy consciente de que la princesa lo miraba por el rabillo del ojo mientras el anciano tomaba el carretillo para irse. Supo antes que ella que el encuentro no había terminado.
—¿No lo desenterrarás ahora? —soltó cuando el hombre dio los primeros pasos para marcharse.
—No, Alteza —respondió él con lástima. Ese tono no le gustó a Sakti—. No lo haré ahora ni nunca. —Vio las flores y continuó—: Es un jardín muy modesto. Su belleza está en la sencillez, aunque tampoco le iría mal un rosal o un árbol. —La princesa lo miró con algo de interés, aunque desconfiaba de él.
—Al amo no le gustaban las rosas. Las aborreció desde que me pinché con una. Pero quiero sembrar un arce. ¿Se podrá?
—Desde luego, Alteza —asintió el anciano—. Aunque debe cuidarse de que las raíces no abran el ataúd.
—Ah. —Sakti miró otra vez la lápida, aunque en esta ocasión imaginaba la posición adecuada del árbol—. ¿Por qué no lo desenterrarás? Las órdenes del Emperador son absolutas. Te meterás en problemas si no las cumples.
—No diré nada si usted tampoco lo hace —respondió el anciano mientras le guiñaba un ojo. Por debajo de ese signo de simpatía Sakti percibió la pena que sintió por ella. No le gustó nada. No le hizo ni pizca de gracia que un desconocido la compadeciera—. Este sitio no significa nada para mí, pero es sagrado para usted. Es el templo que la une a quien esté enterrado aquí, el lugar donde lucha por mantener vivo con el recuerdo lo que ya ha partido de este mundo.
»Es una explicación boba. Un lugar apartado de la ciudad, rodeado de cultivos, al lado de un camino lodoso, no debería ser sitio para una tumba y una princesa, pero lo es. Lo lógico, lo legal, es obedecer al Emperador y «limpiar» el terreno. Pero en este caso, lo lógico y legal me parece cruel e incorrecto. Quizá estoy violando una o dos Leyes pero… me parece… que lo mejor es dejar el sitio en paz. No es bueno violar un lugar sagrado.
»Lo correcto, creo yo —agregó mientras miraba el rostro de Sakti—, es seguir mi corazón. Y el suyo, Alteza. —El anciano sonrió—. Usted también quiere ir contra lo establecido y defender este sitio. Se meterá en problemas si no obedece al Emperador, pero está dispuesta a hacerlo. Así que yo la apoyo. Si me lo permite guardaré su secreto, mi señora.
Sakti guardó silencio, pero el anciano no necesitó respuesta para saber que ya era partícipe del secreto. Con solo dejarlo ir con vida ya era prueba de que confiaba en que no exhumaría la tumba.
Mientras el viejo se marchaba, Sakti meditó las palabras del aesiriano. Conque hacer lo correcto nada más guiada por el corazón y la intuición, ¿eh? ¿Pero qué le decía su corazón? «Que Darius es inocente sin importar qué estúpida evidencia diga lo contrario». ¿Qué le decía la intuición? «La lógica dice que Darius es culpable… ¿Pero mi intuición?». Ambas solían estar unidas de la mano, pero en ese momento estaban peleadas.
—Se me hace que las razones de Su Majestad están basadas en cuestiones de raza —escuchó que decía el anciano, ya lejos de la tumba, como si hablara consigo mismo—. ¡Si los humanos no son tan malos!
Sakti intentó ignorarlo y pensar solo en el caso de Darius, pero las siguientes palabras del hombre hicieron eco con otro recuerdo:
—¡Hasta recuerdo a una pareja que incluso adoptó a un bebé aesiriano para cuidarlo! ¡Hay que verlo para creerlo! ¡Dos humanos criando a un mago por puro amor!

«Había una pareja de humanos muy buena que no quería sacrificarnos y ellos me prometieron que cuidarían de él».

Sakti corrió tras el anciano al recordar las palabras de Fenran. Lo adelantó en un santiamén y se plantó delante de él tan de repente que casi le provoca un ataque del puro susto.
—¿Conoció a una pareja de humanos que adoptó a un bebé aesiriano? ¿Dónde?
—Ummm… —El anciano tomó aire para recuperarse de la impresión y luego se rascó la cabeza, como si intentara recordar—. Fue cuando decidí venir a Masca con mi familia, Alteza, pues soy originario del Oeste. En aquel entonces se creía que el resurgimiento del come-almas no era más que una farsa. —La princesa lo pilló al instante.
—Cruzaste el Pantano para acortar camino, ¿cierto?
—Sí, así es. Antes en el Pantano había algunos pueblos de humanos que ofrecían sacrificios a los demonios. Era parte de una superstición: creían que con los sacrificios evitaban que se los comieran. —Sakti asintió, pues los krebins con los que se crió solían hacer lo mismo—. Cuando mi familia y yo cruzamos el Pantano, muchos de los humanos ya se habían mudado por temor al come-almas. Fue entonces cuando vimos a una pareja que se marchaba al Este, cargando un bebé aesiriano con ellos.
El anciano se golpeó el pecho, de repente lleno de ánimo al recordar la historia.
—Por supuesto que me alteré al ver esto. «¡Capaz y los muy rufianes secuestraron a la criatura!», me dije. Pero cuando los enfrenté me explicaron que salvaron al niño de un sacrificio. Sé que quizá no debí —el anciano bajó la mirada, algo avergonzado—, pero al final dejé que se marcharan con el cachorro. Con verlos a los ojos cualquiera se daba cuenta de que en verdad amaban al pequeñín como si fuera hijo de ellos. Además, mi familia y yo éramos refugiados. No teníamos forma de mantener a uno más. Ese niño habría pasado muchas necesidades con nosotros. Quizá hasta habría muerto en los campamentos fuera de Masca.
—¿Hace cuánto ocurrió esto? —Aunque Sakti estaba casi segura de la respuesta tenía que confirmar sus sospechas.
—Como hace unos doce, trece años, Alteza. No sabría decirle.
—¿Recuerdas cómo era el niño?
—Lindo —contestó el aesiriano mientras arrugaba la cara, como si con eso pudiera mejorar la memoria—. No recuerdo muy bien la forma de su cara, pero sí que tenía un cabello negrísimo. ¡De eso estoy seguro!
—Sí, yo también —Sakti se apartó del camino del anciano e hizo un gesto con la mano—. Gracias, ya te puedes retirar. Si mantienes tu promesa y no tocas la tumba, te estaré siempre agradecida.
El anciano hizo una reverencia y se alejó, no sin antes pensar que la princesa aesiriana era muy rarita. Mientras tanto, Sakti regresó a la tumba y se sentó delante de la lápida.
—¿Es esta su respuesta, amo? —preguntó en un susurro.
No escuchó la dulce voz de Mark hablándole al oído, pero el viento sopló y agitó los tulipanes y los mechones cortos de la princesa. Eso bastó para Sakti. Supo que el amo tampoco quería que Darius muriera, así que envió su heraldo de buenas nuevas con un mensaje que solo ella podía descifrar.

"Los Hijos de Aesir: Guerra en tierra maldita" © 2009-2017. Ángela Arias Molina

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Gracias por tomarse su tiempito y honrarme con sus comentarios. =^_____^=

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