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Capítulo 28

28
SENTENCIA

Sakti miró la joya ámbar que Sigfrid trajo para ella y pensó en lo conveniente que era. Justo cuando la solicitó como evidencia, la piedra apareció como por arte de magia en el parque donde antes no hubo ni rastro del asesino. «Ah. Interesante».
Decenas de cortesanos y soldados la vieron impacientes, aunque ella no les prestó atención. Sakti apartó la mirada de la joya cuando al fin las puertas del Salón de Juicio se abrieron. Miró al prisionero que venía escoltado por un par de oficiales. Los soldados obligaron a Darius a arrodillarse delante del trono de la Jueza y lo ataron con cadenas a unos aros en el suelo.
—¿Reconoces esto? —le preguntó Sakti mientras le enseñaba el dije. La joya colgaba de una sencilla cadena de plata. Darius negó con la cabeza, en silencio. Sakti le lanzó el pendiente—. Toma, míralo más de cerca.
A pesar de estar encadenado, Darius atajó el dije con la mano derecha. Se detuvo en seco apenas lo tocó. Miró hacia la nada por unos cuantos segundos, como si todo alrededor hubiese desaparecido. Después de un rato parpadeó asombrado y miró a Sakti con culpa.
Los cortesanos y soldados gruñeron por lo bajo. La princesa mantuvo una fría expresión en el rostro. Con eso bastó para que Darius comprendiera que todos sabían qué contenía el eco de la piedra. Gracias al pendiente lo vieron asesinar a Enlil.
Sakti se levantó y avanzó hacia él con la espada desenvainada.
—Los hechos… —dijo fuerte y claro mientras caminaba alrededor de Darius, con la punta del arma en el suelo—. Eres hijo bastardo del difunto General Enlil, por lo que estás atado a la antiquísima maldición que acabó con todos los Tonare anteriores a él.
De la punta del sable saltaron chispas y chirridos que se confundían con la respiración pesada de Darius.
—Tu padre te abandonó antes de que nacieras y te aprisionó en Masca por muchos años. Lo detestabas, siempre jurabas que algún día lo matarías. Además, al fin Enlil y su esposa lograron concebir un hijo legítimo. Ese niño tendría todo lo que tú no.
—¿Un niño? —susurraron algunos cortesanos mientras miraban asombrados a Sakti.
La princesa se detuvo para ver las expresiones de sus rostros. La sorprendió que los cortesanos escucharan la noticia por primera vez en el juicio. «No», pensó. «Todos sabían del embarazo de Dioné. Por eso les indignó aún más la muerte de Enlil».
Quizá lo habían olvidado por la tensión generada por la investigación, por la búsqueda exhaustiva de evidencias, por el golpe de encontrar el cuerpo del General. Pero cuando Sakti miró los semblantes del Emperador y Sigfrid se dio cuenta de que faltaba alguien.
Buscó entre las butacas donde estaban las esposas de Enlil, todas ataviadas de negro, pero no encontró a Dioné. Los susurros sobre el niño de la mensajera se desvanecieron. Las expresiones confundidas de los cortesanos se adormilaron un poco, como si estuvieran drogados. Incluso Sigrid y el Emperador parpadearon y agitaron la cabeza, como si les doliera o acabaran de despertar de un sueño.
«La han olvidado», comprendió Sakti. «Dioné ha desaparecido. Para ellos, ella nunca existió. Es un fantasma de algo que nunca fue». Lo raro era que ella sí recordaba a la mensajera. Sakti suspiró y reanudó la marcha alrededor de Darius, segura de que nadie recordaría lo del niño nonato de Enlil.
—Finalmente, tras la investigación se comprobó que fuiste tú quien mató a Enlil Tonare. Te las arreglaste para subir al carruaje, atacaste y mataste al cochero. Cuando estabas seguro de que nadie te vería ni escucharía en lo profundo de un parque, abriste el techo del coche y atacaste a Enlil hasta matarlo. El cadáver de tu padre y esta joya —dijo mientras arrebataba el pendiente de manos de Darius— te delataron. La piedra contiene la esencia que arrebataste al cochero. De algún modo él también te delató.
Sakti terminó el círculo alrededor del profeta y se detuvo delante de él con la espada en alto. Darius la miró incrédulo y pálido, sin asimilar lo que sucedía.
—Ni siquiera intentes excusarte —lo cortó Sakti cuando lo vio tomar aire para defenderse. Despacio y con solemnidad, la princesa colocó la espada sobre los hombros de Darius, a la vez que recitaba—: Yo, Sakti Allena Aesir II, te declaro a ti, Darius Tonare, culpable del asesinato del General Enlil Tonare…
La princesa recitó la fórmula de sentencia, donde le dijo al acusado cuándo se celebraría su ejecución y qué tipo de muerte padecería. Darius no entendió las palabras de su amiga. No se pudo creer que ella lo sentenciara a muerte.
Las horas siguientes las pasó en blanco. Ni siquiera escuchó los gritos de Airgetlam, Dagda y Zoe al oír la sentencia, ni se percató de en qué momento los soldados lo sacaron del Salón de Juicio y lo llevaron de nuevo a las mazmorras. En la noche no pudo pegar ojo, diciéndose a sí mismo que Sakti bromeaba, que de alguna forma lo sacaría a tiempo de la cárcel para salvarle la vida.
Pero la muchacha no apareció en la celda en toda la noche.

****

—¿En dónde estabas, Allena? —preguntó Kardan en un susurro a la vez que la muchacha se colocaba detrás de él. Los dos príncipes estaban frente la puerta entreabierta que llevaba a uno de los patios públicos de Palacio—. Mira que llegar tarde…
—No llegué tarde —lo cortó Sakti—. Llegué a tiempo. Hay ciertos lugares a los que Dereck no puede acompañarme, como al baño, pero es difícil hacerle entender eso. Perdí más tiempo intentando explicárselo que yendo.
Sigfrid y el Emperador se unieron a ellos. El monarca se colocó de primero en la fila, mientras que el General fue al final. Los tres Aesir llevaban trajes de seda negra y los cabellos sueltos, mientras que Sigfrid portaba una armadura oscura para el funeral.
Era la primera vez en mucho tiempo que la usaba. Aunque todos sus compañeros Generales murieron antes que él, pocas veces entabló con ellos una relación que superara el saludo formal. Nunca se hizo amigo de algún Tonare u otro oficial; por tanto, para él no tuvo sentido asistir a sus funerales.
Pero faltar a las honras de Enlil era impensable. Enlil fue mucho más que un compañero de guerra. Fue su mejor amigo, el hermano que eligió y el que lo había elegido a él. Fue la primera persona que se interesó en llevarse bien con el temible Demonio Montag y hacerlo parte de su vida.
—Todos los preparativos para hoy están listos, Majestad —informó un sacerdote al Emperador.
—Entraremos durante el Himno —dijo él mientras observaba por la entrepuerta lo que sucedía en la plaza.
En el centro había un gran cuadrilátero de entrenamiento. Enlil entrenó a muchos soldados en ese mismo patio, razón por la cual se escogió para los servicios fúnebres del General. Las compuertas que permitían el acceso de los mascalinos a la plaza estaban abiertas de par en par. Las personas que se reunían bajo el umbral colmaban las posibilidades de entrada o salida. Los civiles se vistieron con sus mejores ropas para despedir al General Tonare, cuyo cuerpo se exponía en el centro del cuadrilátero en una pila funeraria que ardería dentro de poco. Los cortesanos estaban acomodados en palcos especiales, por lo que observarían el funeral sin preocuparse por los plebeyos que se amontonaban en el patio.
Al soplo de un corno, los aesirianos entonaron una canción melancólica. Se trataba del Himno a los Muertos, una melodía que solía cantarse en cualquier funeral sin importar que fuera para un noble o un plebeyo. Cuando las voces de los mascalinos estuvieron en pleno apogeo, las puertas de Palacio se abrieron y entraron en escena el Emperador, los príncipes cachorros y el General Montag.
Las voces siguieron mientras la Comitiva Real subía las gradas del cuadrilátero. El Emperador y los príncipes se detuvieron al lado de la pira y se arrodillaron para rezar por Enlil. El único que permaneció en pie fue Sigfrid, con la mirada clavada en el rostro de su amigo.
El General agradeció que, a pesar de las condiciones de su muerte, Enlil no tuviera muestras de dolor en el rostro. Sus esposas lo bañaron con aguas perfumadas, lo vistieron con trajes de terciopelo y, en compañía de Sigfrid, Dereck y los dos cuervos mensajeros, compusieron la cama de madera que alimentaría el fuego que consumiría el cuerpo.
Después de un par de minutos en que el Himno a los Muertos se intensificó, el Emperador se levantó y se acercó más al cuerpo del General para despedirlo. Permaneció unos instantes en silencio, enviando sus pensamientos a Enlil hacia el Más Allá. Se separó de la pira y dio lugar a su hijo.
El príncipe Kardan imitó al Emperador. Cuando terminó de rezar por Enlil dio lugar a Sakti. La princesa no tenía muchas palabras para el General, pero sí una idea clara de lo que padecía en ese momento. No supo si sus pensamientos, los del Emperador y los de Sigfrid llegarían a Enlil, pero de todas formas le deseó buena suerte para enfrentar la locura del Reino de los espíritus.
Después dio lugar a Sigfrid, aunque creyó que el General se abstendría de enviar pensamientos a Enlil. Después de todo, sabía que él no creía en la vida después de la muerte. Imaginó que para él la pérdida de Enlil era peor, porque no concebía qué tipo de existencia tenía su amigo ahora. Quizá, dentro de sus conceptos de la vida y la muerte, para Sigfrid incluso el alma de Enlil había perecido.
El General inclinó la cabeza cuando se detuvo al lado de su compañero fallecido y permaneció plantado allí, en silencio, por un buen tiempo. Quizá no creía en el Infierno o en el Cielo, pero en el fondo temía que si de verdad el alma de Enlil estaba en alguna parte echara de menos sus palabras.
La Comitiva subió hasta el palco principal de la plaza, en donde Dereck y los cuervos ya los esperaban como parte de la escolta real. El monarca aesiriano se centró en un gran trono con cojines negros, mientras que a su derecha se sentó su hijo y Sakti a su izquierda. El General Montag permaneció de pie al lado del príncipe Kardan, mientras que Dereck se situó, también de pie, al lado de Sakti. Muninn y Huginn se acomodaron al lado de sus respectivos amos, conservando la forma de cuervos.
Al cuadrilátero subió un grupo de sacerdotes, que se acomodó alrededor de la pira. El más anciano de los hombres miró al Emperador y avanzó unos pasos para sobresalir del resto. Justo cuando el Himno llegó a su fin, el clérigo extendió los brazos para llamar la atención de la audiencia. Mientras tanto, los otros monjes lanzaron polvos multicolores al cuerpo de Enlil.
—Hermanos y hermanas —recitó el sacerdote—. Para nuestro pueblo la vida nunca es fácil. Soportamos los males propios de los mortales, como el dolor, la tristeza, el hambre, la enfermedad o la soledad. Pero también debemos enfrentarnos a una dura prueba que ganamos por nuestra ignorancia.
»Me refiero a la maldición de Dios —dijo mientras señalaba la Estrella Púrpura que brillaba en el cielo—, quien nos castigó a pesar de que somos sus criaturas más poderosas y leales. Somos casi perfectos. Durante todo este tiempo se lo hemos probado, ¡lo fuerte que somos, cómo aceptamos y enfrentamos las pruebas a las que nos somete! Dios lo ve, hermanos y hermanas. Nuestros esfuerzos no han pasado desapercibidos ante Sus ojos. Por eso vivimos en la época de los Dragones.
Los mascalinos guardaron silencio aunque casi todos dirigieron una mirada rápida a Sakti, la chica que portaba al Primer Dragón.
—Sin embargo, existen otras pruebas. A veces damos por sentado todos los milagros que Dios nos da, todos esos dones. Es solo cuando los perdemos que nos damos cuenta de lo valiosos que eran. A pesar de nuestros sufrimientos infinitos, conocemos qué es el amor y el valor. Así como hemos vivido días grises, los hemos tenido hermosos y soleados. Así como hemos conocido a terribles enemigos que nos desean el mal, también hemos contado con grandes aliados que sin conocernos luchan por nosotros.
»Hoy despedimos a uno de estos dones. —El sacerdote hizo una pausa para acrecentar la tensión—. El General Enlil Tonare, símbolo de la perfección aesiriana, de la bondad en el corazón del hombre, de la fuerza mística de los pilares de nuestra nación, ¡del valor y la solidaridad en épocas de terror!
Muchos soldados bajaron la mirada para ocultar los ojos vidriosos o las lágrimas que los habían traicionado. Otros más se mordieron las mejillas para no llorar todavía, para no echar a perder el discurso con el llanto.
—Mucho más que un jefe militar —continuó el sacerdote—, fue un siervo del pueblo como ningún otro, al que defendió en sueños y pesadillas. Gran maestro, fiel amigo, súbdito leal, esposo gentil… Muchos son los adjetivos que califican a este hombre y ninguno ofende su nombre o su memoria.
»Muchos aquí tuvimos el honor de conocerle. Ya fuera bajo su mando en batalla o en una simple conversación en este patio, cualquiera rescataría su bondad y su alegría. Aquellos de ustedes que no le conocieron, están aquí porque sabían de sus grandes cualidades. Incluso en la distancia él también tocó sus corazones.
»Hoy despedimos el cuerpo mortal de nuestro amigo y héroe, con la certeza de que su alma noble le ha abierto las puertas al Cielo. Aunque le extrañaremos, jamás le olvidaremos. —El sacerdote recitó uno de los versos del Himno a los Muertos—: «Porque realmente morimos cuando nos olvidan, ¿verdad?».
—«Así que recordaremos —dijeron los mascalinos a coro, como si todavía cantaran—, para que tú jamás mueras. Y así yo tampoco moriré».
—¡Por Enlil Tonare, hermanos y hermanas!
—¡Por Enlil Tonare! —rugieron los mascalinos, con pasión.
El sacerdote asintió satisfecho por la respuesta e hizo una señal a Sigfrid. Al instante, un par de sirvientes se acercaron al General. Uno cargaba un cofre con un arco y una flecha, mientras que el otro llevaba una pequeña piletilla donde ardía un modesto fuego. Sigfrid incendió la punta del proyectil, tensó el arco y apuntó hacia la pira de su amigo.
Los sacerdotes ya habían terminado de lanzar los últimos polvos al cuerpo de Enlil y se apartaron con dos pasos devotos justo cuando Sigfrid disparó.
La flecha cayó en un poco de paja, en lo más hondo de la pira. El fuego no tardó más de dos segundos en extenderse. Los maderos ardieron. El Himno a los Muertos inició de nuevo en cuanto las flamas se alzaron. Solo que esta vez se sumaban a la tonada las voces del Emperador, su hijo, su sobrina y su último General con vida.
Los polvos que echaron los sacerdotes eran pólvora mágica que teñía las llamas de diferentes colores: verde, azul, púrpura, fucsia, dorado, plateado… El efecto no era solo visual, sino que también aceleraba el proceso para que el cuerpo se consumiera en unos pocos minutos. Después de repetir por segunda vez la canción fúnebre, la pira se desvaneció y en su lugar quedó un rastro de cenizas que se arremolinaban y perdían con la brisa.
Los aesirianos creían que esos remolinos de cenizas eran las últimas esencias del espíritu que, libre al fin, recorría el mundo hasta llegar a donde fuera necesario para alguien más.
Los mascalinos guardaron silencio mientras veían las cenizas disiparse. Cuando el viento levantó la última, los tambores sonaron. Alrededor de la muralla que rodeaba Palacio había varios puestos de vigilancia. En cada uno estaban instalados dos grandes tambores de piel de lagarto con sus respectivos ejecutantes, más otros aesirianos con tambores más modestos que también tocaban.
El silencio solemne que los mascalinos guardaron durante el funeral fue sustituido por un ansia perversa. Ya no había tristes melodías en el aire, sino rugidos demandantes que exigían la segunda parte de la actividad. Para complacerlos, las puertas de Palacio se abrieron otra vez. En lugar de abrir paso a un miembro de la Familia Real lo hacían al condenado más odiado de todos los tiempos.
Cinco soldados arrastraron con fuerza a Darius, que estaba encadenado, mientras que un sexto guarda amenazaba con azotarlo si intentaba dar un paso hacia atrás. En la cola de la caravana venía el verdugo con su hacha, sus ropas negras y la capucha que le cubría el rostro.
A Darius lo ataron a unos metros de donde ardió la pira de Enlil, de frente al palco principal para que viera al Emperador y a los príncipes. El sacerdote más anciano se aseguró de que las cadenas estuvieran seguras, mientras que uno de los soldados ajustaba el banquillo donde Darius debería apoyar la cabeza para la ejecución.
—¡Contemplen! —exclamó el anciano a la vez que los tambores callaban—. ¡Este es el infame asesino de nuestro querido General! Este de aquí es el cachorro mestizo y bastardo que honró la espantosa maldición del clan Tonare. Atacó y mató a su padre.
Los mascalinos rugieron, gritaron obscenidades y algunos hasta lanzaron piedras y verduras podridas a Darius. Pero a una señal del anciano guardaron silencio y lo dejaron continuar.
—¡Oh, amigo Enlil! Siempre cuidaste de tu cachorro, incluso en las sombras, ¡pero él, pese a ser profeta, nunca lo supo apreciar! Sabemos bien que con tu gran compasión puedes perdonar a este mestizo, pero por favor entiende que nosotros no somos capaces de hacerlo. ¡Nunca podremos perdonar a este cachorro por tu pérdida! —Los mascalinos de nuevo rugieron, pero el sacerdote continuó—: Antes de que el verdugo le dé castigo justo a este cruel asesino, escuchemos las palabras de nuestro amo y señor, el Emperador Kardan, y de su sobrina y sabia jueza, la princesa Sakti.
Los mascalinos guardaron silencio y miraron el palco principal. Al Emperador le tocaría desahogar toda la frustración sobre Darius, pero Sakti debería releer la sentencia. El monarca esbozó una sonrisa cínica y carcajeó a la vez que chascaba los dedos.
—¿Los ves, Darius? —preguntó mientras señalaba el movimiento que ocurría cerca del cuadrilátero. A su señal, tres soldados arrastraron consigo a tres cachorros y los colocaron frente al profeta—. Para mí tu muerte no es castigo suficiente. Ver tu cabeza rodar no repondrá ni en un millón de años la pérdida de Enlil. Pero quizá que tus hijos vean tu cabeza rodar miles de millones de veces en sus pesadillas ajustará un poco las cuentas.
Cuando Darius entró al patio no tuvo ninguna expresión en el rostro. Estaba resignado a morir. Pero ahora que veía los rostros angustiados de sus hijos la cara se le contrajo del espanto. ¡No podía ser que lo último que vería sería sus caritas tristes, o que lo último que escucharía sería sus gritos!
Dagda y Airgetlam se esforzaron por no llorar. De vez en cuando miraron a Sakti por encima del hombro, todavía con la ilusión de que la princesa salvara a Darius. Zoe no pudo apartar la mirada de su papá, y lloró y suplicó para que no lo mataran.
—¿Duele, Darius? —se burló el Emperador—. ¿Duele verlos sufrir por ti? Quizá debas contarles lo que te espera en unos minutos, ¿no? Parece que tú llegarás antes que yo a esa tierra de pesadilla que me describiste hace unos días.
El profeta no le respondió. Se limitó a mirarlo con odio, como si quisiera escupirle en la cara, darle un puñetazo que le rompiera su perfecta nariz y explotarle la cabeza. Quizá, si todavía conservara la esencia de la telepatía, habría hecho eso último.
El Emperador sonrió y se acomodó mejor entre los cojines para disfrutar de la ejecución. Era el turno de Sakti. La princesa se levantó. Tras tomar un amplio rollo que le pasó un sirviente, leyó:
—Darius Tonare, se te ha condenado a muerte por el asesinato del General Enlil Tonare. La ejecución la realizará el verdugo Elren Therf, justo después del décimo quinto redoble de tambores. —Dicho esto, los tambores más pequeños sonaron de nuevo. Esta vez lo hacían con mayor pausa y suspenso, ya que sonaban cada cinco segundos—. ¿Alguna última palabra o petición antes de morir?
El redoble de los tambores continuó sin hesitación alguna, a modo de cuenta regresiva. Darius miró a Sakti a los ojos. La expresión que le dedicó a ella estaba libre de odio, pero llena de melancolía. El profeta sonrió con tristeza y dijo:
—Sí, por favor no dejes que esto le pase a mis hijos. Cuídalos. —La expresión indiferente de Sakti no cambió, pero agachó la cabeza y contestó con solemnidad:
—Lo juro.
Los últimos redobles vibraron en el aire.
—¡Papá! —gritó Zoe.
—Cierra los ojos —pidió Darius mientras colocaba la cabeza en el banquillo—. Obedece, Zoe. ¡Cierra los ojos!
El décimo cuarto…
—¡NO, ALLENA, DETENLO! —gritó uno de los gemelos. Sakti ni siquiera lo miró.
—¿Sabes, Huginn? —susurró Dereck al lado de Sakti, incapaz de mirar la ejecución. El Guardián levantó la mirada al cielo—. Tienes razón. La Estrella Púrpura sí trae maldiciones. —En ese momento la luz del astro menguó hasta desaparecer por completo.
El décimo quinto…
—La Estrella Púrpura… es la Maldición.
—Adiós, Darius —susurró la princesa justo cuando el verdugo levantó el hacha y la dejó caer sobre el cuello del profeta.
Airgetlam apenas tuvo tiempo de esconder el rostro de Zoe en su pecho, pero tanto él como Dagda vieron la ejecución con lujo de detalles. No pudieron creerlo. El hacha cortó limpiamente el cuello y les pringó de sangre los rostros y el cabello de Zoe.
La cabeza del profeta apenas si rodó un par de veces y sus ojos mestizos mantuvieron la mirada clavada en los de los gemelos. El cuerpo del muchacho permaneció inmóvil, arrodillado frente el banquillo, mientras que la sangre brotó del cuello y alimentó una mancha que se extendió por el cuadrilátero.
Los rugidos de aprobación de los mascalinos ensordecieron a Sakti. Era increíble la cantidad de odio que se ganó Darius en menos de una semana. Los sacerdotes, los guardias y el verdugo bajaron del cuadrilátero, dándole vía libre a los mascalinos para que subieran y cumplieran con los tradicionales abucheos y maltratos al cadáver del condenado. Eran como buitres peleando por carroña.
A una señal del Emperador, los soldados que vigilaban a los niños profetas los sacaron de allí. Cuando los gemelos y Zoe estuvieron fuera de vista, el monarca dijo:
—Sin Enlil y Darius, solo tenemos a esos tres niños para mantener el clan Tonare con vida. ¿Crees que puedas manejarlos hasta que crezcan, Sigfrid? —El General arrugó la cara. No le agradaban los gemelos porque parecían un retrato de Darius.
—No querré tocar a esos vástagos malditos pero lo haré, Majestad. Rescataré lo que sea que Enlil les haya heredado.
—Bien. —El Emperador sonrió por unos instantes. Cambió de expresión cuando Sakti se levantó para irse—. ¿Adónde vas? Eres la jueza, la mano detrás de la ejecución del profeta. Lo justo es que veas tu obra hasta el final.
Sakti no respondió. Ni siquiera se dignó a verlo. Abandonó el palco por una salida que la llevaba al interior de Palacio. Cuando Dereck la iba a seguir, la princesa lo miró con tal ferocidad que lo dejó clavado en su sitio. Quería estar sola.
El príncipe Kardan la miró salir. Luego vio el cadáver de Darius o, mejor dicho, la masa de aesirianos que se peleaban por arrancarle piernas y brazos, patear los miembros y pincharlos con espadas. El príncipe no soportó la carnicería. Salió del paco en pos de Sakti sin pedir el permiso del Emperador.
—Allena, espera —pidió—. ¿Cómo pudiste hacerlo? ¡¿Cómo pudiste condenar a muerte a tu propio amigo?! —Sakti caminaba muy por delante de él, con la cabeza en alto, como si no le afectara la muerte de Darius. Giró al escuchar a Kardan y lo encaró.
—¿No querías que muriera? Eso es ser demasiado adulador, Kardan. Te comportas así solo porque quieres la mano de Zoe.
—¡Claro que no! —se defendió el príncipe. Le costó encontrar las palabras adecuadas para explicarse—. Me gustaba quedarme con Mark cuando él trabajaba en los jardines. Pero también me enfurecía, porque él tenía el poder de crear cuando yo solo puedo destruir. Siempre creí que era porque soy aesiriano, que todos somos destructores innatos. Que quizá por eso… estamos malditos.
»Pero él decía que cualquiera podía ser un constructor. Como Darius, como Enlil. Los dos eran diferentes. No se llevaban bien pero tenían mucho en común. Mark lo veía. Para él los dos eran constructores.
»El sacerdote dejó muy claras las virtudes de Enlil, pero Mark también me señaló las de Darius. El tipo era un insolente, Allena, no lo niegues. Testarudo, cascarrabias, boca sucia… Pero quizá solo era sincero y no estoy acostumbrado a que la gente sea sincera conmigo.
»Mark también decía que él… que Darius… era noble, que no se quedaba callado cuando algo le parecía incorrecto, que buscaba soluciones, que hacía cambios. Mark veía luz pura en una persona que para mí solo era un punto negro. Y también decía que veía en mí otra luz. Distinta a la de Darius, pero una luz al fin y al cabo. Para él yo no era solo un destructor. Tengo que admitir que eso… eso… eso me salvó. De no ser por él yo todavía me vería como un punto negro.
Sakti no entendió a dónde quería llegar Kardan, pero lo dejó continuar.
—Estoy seguro de que Mark habría visto la luz en Darius hasta el final. Tú también lo sabes, ¿no? Por eso insististe tanto en probar su inocencia. Pero si al final la evidencia probó lo contrario ¿entonces significa que Mark estaba equivocado? ¿Que toda la bondad que vio en Darius era falsa? ¿Que él sí era un punto negro? Entonces ¿dónde me deja eso a mí? —Kardan apretó los labios y negó con la cabeza—. No, me niego a creer que Mark estaba equivocado. Él era un constructor porque sabía reconocer la luz verdadera. Y por tanto Darius tenía que ser inocente. Solo porque sé que Mark lo habría creído estoy seguro de eso.
Sakti guardó silencio por unos segundos mientras se acercaba despacio al príncipe. Por un momento Kardan pensó que ella cedería, lo abrazaría y lloraría desconsolada por la muerte del profeta. Al contrario, la princesa lo agarró de la camisa con rudeza y lo miró a los ojos.
—Quieres creer en la inocencia de Darius para que eso signifique que el amo no se equivocó contigo. ¿Pero adivina qué? Sí se equivocó. Tu hipocresía me da asco, así que no finjas tener más moral que yo. Así solo te pareces a tu padre. Y él no es un punto negro, sino un agujero sin fondo.
Para cuando Sakti lo soltó y se marchó, Kardan temblaba de pies a cabeza. El príncipe se sintió condenado. En el fondo del abismo.


Las puertas del Salón del Trono se cerraron después de que los soldados lanzaran al aro de luz a los tres profetas. En otras circunstancias los chicos habrían reprochado pero no pudieron. Estaban cansados de gritar, llorar y suplicar. Era todo lo que hicieron en los últimos días ¿y para qué? Darius estaba muerto. Moría una y otra vez en sus mentes. No se podían quitar de la cabeza el hacha ensangrentada, el cuello cercenado, los gritos satisfechos de los mascalinos, el horror de que el cuerpo que los alzó y abrazó tantas veces ahora se deshiciera entre las garras vengativas de los aesirianos.
—Después del «espectáculo» de hoy —dijo el Emperador con una sonrisa cruel desde lo alto del Trono—, comprenderán algo, ¿no? Oficialmente solo hay un General. Pero tenemos a dos herederos varones para tomar las riendas de la Casa Tonare.
Entonces sí hubo reacción por parte de uno de los hermanos. Cuando Dagda levantó la mirada al Emperador, el monarca arrugó la frente. Reprobable. Era la misma mirada que Darius le dedicó antes de morir.
—No vamos a formar parte de su circo enfermo —declaró el chico. Fue como si con esas palabras desechara al niño que fue hacía unos días. Casi pareció un adulto. El Emperador no se dejó impresionar por el odio de Dagda y dijo:
—Obviamente imaginé que dirían algo así, pero si son como su padre entonces son fáciles de subyugar. Solo necesitan «ayuda». —Como si esas palabras fueran una señal, uno de los guardas se acercó a Zoe y la arrastró del cabello—. Es una lástima, pero su linda hermanita se pudrirá en una celda hasta que se conviertan en Generales obedientes. ¿Qué tal en la misma donde estuvo encerrado su padre?
El soldado jaló a Zoe tan fuerte que le sacó un chillido. Eso hizo que Kardan, sentado a la derecha del Emperador, se levantara de un salto y dijera:
—¡No puedes tratarla así! ¡No es…!
—Cállate, Kardan —lo cortó su padre—. Sé que te interesa la niña y has sido un buen príncipe e hijo, pero he cambiado de opinión. No tomarás a esa mocosa por esposa. No permitiré que cualquier rastro de la maldición Tonare en ella te aniquile a ti también.
Dagda reaccionó mejor y se levantó también con ferocidad.
—¡Suelte a mi hermana! —gritó mientras señalaba al Emperador con un dedo acusador—. Si no lo hace…
—¿Qué harás? —lo cortó el Aesir con sorna—. ¿Matarás al soldado? ¿Me matarás a mí? ¿Cómo? ¿Acaso sabes luchar? ¿Tienes esencias de ataque? No, no tienes nada. Tú y tus hermanos no tienen nada con qué amenazarme, pero yo sí. De sobra. Por ejemplo…
El Emperador chascó los dedos. Otro oficial apareció detrás de Airgetlam. Este gemelo todavía no se recuperaba de la conmoción y no se daba cuenta de nada. Solo miró el suelo con los ojos llorosos y permaneció arrodillado y tembloroso. No opuso resistencia cuando el soldado se colocó detrás de él, le rodeó el cuello con un brazo y le cubrió la boca y la nariz con la mano libre.
—Si no colaboran —canturreó el Emperador— puede que dentro de poco celebremos otras dos ejecuciones. Me pregunto entonces cuál de los tres será el último sobreviviente de la Casa Tonare.
Airgetlam al fin reaccionó. Gruñó por la falta de aire e intentó apartar la mano que le impedía respirar, pero no pudo. Dagda intentó ayudarlo: golpeó al guarda, le metió uñas y gritó pero el oficial era como roca sólida que no deshacía el agarre. Cuando al fin Airgetlam perdió fuerzas y puso los ojos en blanco, Dagda entendió que al Emperador no le importaba si el muchacho se ahogaba. Iba a perder a su hermano.
—Ya es suficiente —dijo Sakti. Una flama apareció frente el rostro del soldado, quien se apartó apenas sintió los pellizcos ardientes del fuego.
Dagda apenas tuvo tiempo de sostener a Airgetlam para que no se golpeara al caer. Cuando lo escuchó toser dejó salir todo el aire que había estado conteniendo por el miedo.
—Los niños ya entendieron lo que Su Majestad quiso decir —continuó la princesa, sentada a la izquierda del Emperador—. Pero creo que es un grave desperdicio enviar a Zoe a las mazmorras cuando se le puede sacar más provecho a sus habilidades.
Dagda miró a Sakti, pero no con gratitud por haber salvado a Airgetlam. La fulminó con rencor, igualito a Darius cuando miraba a Enlil. La odiaba.
—¿Entrenarla también como militar, dices?
—Por supuesto que no, tío. —Sakti desechó la idea con un ademán despectivo—. A Zoe no le quedaría bien un uniforme, es muy bonita para ello. Pero un traje de seda, cortesía del Templo de las Doncellas, no estaría nada mal. Piénsalo —su voz fue como una dulce tentación—: es la más talentosa de los profetas. Es inteligente y una visionaria poderosa. Con el entrenamiento adecuado podría convertirse en toda una pitonisa de la guerra para que vele por los ejércitos aesirianos.
El Emperador miró a la princesa con una sonrisa satisfecha, aunque el príncipe la miró como si a Sakti se le hubiese aflojado un tornillo. «¿Qué pretendes?», preguntaron sus ojos. Sakti lo ignoró con frialdad.
—Sí, tienes razón… —asintió el Emperador mientras chascaba los dedos—. Hemos encontrado una buena utilidad a la nieta de Enlil. —Con la señal, el soldado que arrastraba a Zoe se detuvo y la soltó un poco para no lastimarla más—. Ahora solo queda ver cuál de los gemelos es el más apto para tomar el lugar de su abuelo. El otro será nombrado Tercer General. ¡En mucho tiempo no hemos tenido uno! Dime, Allena, ¿cuál de los dos es el más apto para el puesto de Enlil?
Sakti supo que el Emperador la ponía a prueba. Claro. Sin importar cuánto se esforzara, él nunca se creería que a ella no le interesaban los profetas. Cualquiera se daría cuenta de que sugirió el Templo de las Doncellas para salvar a Zoe de las mazmorras. Pero esto no preocupó a la princesa. No necesitaba ocultar su intención de proteger a los hijos de Darius.
—Cualquiera de los dos —respondió—. Ambos son inteligentes, buenos profetas y pueden aprender a luchar como el mejor de los guerreros. No hay diferencia de por medio.
—¡Dagda es más agresivo y Airgetlam más protector! —gritó Zoe.
Todos la miraron de inmediato. El soldado le había alborotado muchísimo el cabello y ella tenía la cara rojísima a causa del llanto. Parecía una chiquilla de la calle y recién golpeada, pero aun así mantuvo la mirada en alto y miró con ferocidad a Sakti.
—Sí hay diferencia porque no son iguales —siseó—. Dagda es el mejor para el puesto de Segundo General porque dudará menos en luchar. Airgetlam también sería bueno, pero es más pasivo. Preferiría solucionar los conflictos con palabras en lugar de batallas. —El Emperador sonrió como si la diferenciación le causara gracia.
—¿Y podrías decirme cuál de los dos es Dagda, por favor?
Zoe ya no tenía fuego en la mirada, sino simple tristeza. Su mirada bastó para que los gemelos entendieran que no había otra solución.
—Yo soy Dagda —masculló el muchacho, rencoroso—. Airgetlam es el que a casi matan.
—Bien —continuó el monarca, aunque torció el gesto. Estaba de acuerdo con Sakti: entre los gemelos casi no había diferencia de por medio—. Deberán hacer algo para que los podamos reconocer. Tienen tiempo hasta esta noche. De lo contrario, unas lindas cicatrices en sus rostros tampoco estarían mal.
El Emperador le sonrió al ver la expresión de impotencia de Dagda. Casi estaba feliz por lo miserables que eran sus prisioneros. Luego recordó que esos chiquillos serían sus Generales y eso no le gustó nada. Nunca podría confiar en ellos tal y como lo hizo en Enlil. Así que borró la sonrisa e hizo un gesto a Sigfrid. El Demonio Montag caminó hacia los gemelos y se impuso delante de ellos.
—No puedo arriesgarme a enviar a Sigfrid a una misión fuera de Masca —explicó el Emperador—. Pronto los vanirianos sabrán que Enlil ha muerto y harán hasta lo imposible para matarlo a él también. Por eso, él permanecerá en la ciudad entrenándolos a ustedes para que se conviertan en grandes Generales.
»Lo indicado sería entrenarlos exhaustivamente por años y después darles el título militar. Pero como comprenderán, no podemos esperar tanto tiempo. Los rumores tienen que correr ya. Los vanirianos deben saber que ahora no solo hay dos Generales, sino tres.
El monarca hizo otra seña. De un rincón de la sala apareció el sacerdote que dirigió el funeral de Enlil. El anciano caminó hacia los gemelos, seguido por un par de sacerdotisas que cargaban consigo dos piletas de plata con agua.
—Dagda Tonare —comenzó el Emperador—, por mi orden y la mano de este sacerdote, eres ungido como Segundo General de mi ejército. —El anciano se mojó las manos en una de las piletas y las puso sobre los cabellos de Dagda. Después de recitar unas frases en aesiriano antiguo, se secó las manos antes de sumergirlas en la otra pileta—. Airgetlam Tonare, por mi orden y la mano de este sacerdote, eres ungido como Tercer General de mi ejército.
El anciano repitió el gesto en Airgetlam, con lo que los gemelos se encontraron a sí mismos convertidos en Generales. ¡Esa debía de ser la peor de las bromas! No podían ni empezar a describir lo sucios y utilizados que se sentían, a pesar de que el agua les escurría de la cabeza y los bañaba. Antes de que pudieran seguir lamentándose, Sigfrid habló:
—Detesto a su padre y los detesto a ustedes, pero su abuelo fue mi mejor amigo. Así que pondré las reglas claras: intenten parecerse más a Enlil y menos a Darius, y no los lastimaré… mucho. Ah, y a la más mínima contestación reprobable —dijo mientras se agachaba frente a Dagda, quien lo miraba con un nuevo récord de odio acumulado— desearán no ser tan unidos.
Sigfrid estiró la mano con tal rapidez que golpeó el rostro de Airgetlam y lo hizo caer al suelo a unos tres metros de donde había estado. Nunca quitó la mirada de Dagda mientras atacó a Airgetlam. El muchacho miró con terror a su hermano inmóvil, que sangraba por la boca.
—Si alguno de los dos no cumple con mis expectativas —continuó el General— será el otro el que pagará las consecuencias. Ahora dime, ¿seguirás mirándome con insolencia cuando te hablo, sí o no? —Dagda no pudo responder, todavía no asimilaba lo que acababa de pasarle a su gemelo—. Esa expresión te queda mejor. Acostúmbrate a ella. —Sigfrid tomó a Dagda del cabello y lo arrastró hasta donde estaba Airgetlam. Luego agarró al chico inconsciente de la misma forma y se los llevó consigo—. No hay tiempo que perder, debemos comenzar su entrenamiento.
Sigfrid salió arrastrando a los gemelos. Por su parte, el Emperador ordenó a otro soldado que se llevara a Zoe al Templo de las Doncellas. De ahora en adelante esa sería la prisión de la profetisa.
—Niña —llamó el monarca mientras el soldado sacaba a Zoe—, procura aprender rápido para que te conviertas en una gran hechicera. ¿Quién sabe? Quizá alguno de tus hermanos o los dos sufrirán las consecuencias si tú no te esfuerzas lo suficiente.
Zoe no respondió. Se abstuvo de dirigir una mirada feroz al Emperador, porque entendió muy bien la amenaza. No quiso darle una excusa para que lastimara a alguno de sus hermanos otra vez. Todo lo que pudo hacer fue mirar a Sakti con decepción y dolor. La princesa la miró hasta que las puertas se cerraron. Con la salida de Zoe confirmó lo que supo desde la ejecución: los chicos jamás la perdonarían. La odiarían siempre.
—Pensé que actuarías diferente —dijo su tío—. Después de todo, juraste a Darius que cuidarías de los cachorros.
—Y pienso cumplir —contestó con tranquilidad—. Ayudar a una persona no significa impedir que pase por calamidades, sino estar ahí para apoyarle. Al final, lo único que pude hacer por Darius fue dejarlo morir por un verdugo y no en la hoguera. Si la guillotina hubiese estado mejor afilada, habría sentenciado que esa fuera su ejecución. Por eso para mí cuidar de sus cachorros significa ayudarlos a permanecer con vida y en las mejores condiciones posibles.
—¿Aunque te odien?
—Sí, aunque me odien. —El Emperador sonrió. Se le acercó y le susurró al oído:
—Felicidades, Allena. Si has entendido esto entonces te estás convirtiendo en toda una mujer adulta.
Sakti asintió en silencio y se levantó para salir de la Sala. Tenía que regresar a la plaza de ejecución para conocer el estado del cuerpo de su amigo. «Los chicos me odiarán más», pensó, «pero no puedo dejar que miren el cadáver de Darius. No podrán soportarlo».
Tenía que recoger los restos del cuerpo, que de seguro estaban desperdigados por doquier, machacados, pinchados, destrozados… No sería una tarea bonita pero alguien debía recoger el desastre. Ya que era la jueza de Darius lo mínimo que podía hacer era darle el descanso adecuado. Después podría darles las cenizas a los chicos, aunque eso significara que la detestaran por hacer el rito fúnebre sin ellos.
Cuando llegó al patio de ejecución vio que el cadáver estaba descuartizado. Los brazos y piernas estaban clavados con estacas bajo el sol. Aun así la escena era menos macabra a como la imaginó, pues los mascalinos ya se habían retirado.
Sakti supo por qué: la Estrella Púrpura ya no brillaba. Desapareció justo antes de que el hacha cayera sobre el cuello de Darius. Los aesirianos lo habrían tomado como una mala señal. Además, el funeral de Enlil no había mejorado el ánimo de los magos.
Todos sabían que tiempos oscuros se acercaban. El Imperio Aesiriano, Masca incluida, sufriría en cuestión de semanas las graves consecuencias de no tener ya a Enlil entre sus tropas. Los mascalinos sabían que solo quedaba sentarse, rezar y esperar que la guerra no destruyera las últimas bases de su nación.

"Los Hijos de Aesir: Guerra en tierra maldita" © 2009-2017. Ángela Arias Molina

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