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Capítulo 1

1
PANTOMIMAS


—Conque tú eres el Demonio Montag, ¿eh? ¡Mucho gusto, camarada!
Sigfrid lo miró con desdén e incluso bufó, pero eso nunca intimidó a Enlil. A pesar de que siempre lo ignoraba para dejarle claro que jamás le hablaría más de lo necesario, el muchacho nunca desistió. Cada vez que lo veía extendía una mano para saludarlo. Hasta que un día…
—¡Oh! —exclamó el joven General—. ¿Te sientes bien, pesadilla rara? ¡Es la primera vez que me estrechas la mano!
Sigfrid se separó rápidamente de él al darse cuenta de lo que acababa de hacer. Se miró la mano con una ceja arqueada y se preguntó qué fue esa extraña reacción. ¡No tenía ni idea de dónde salió! ¿Por qué correspondió el saludo de Enlil?
—Ah, ya sé lo que eso significa —dijo el otro mientras guiñaba un ojo—. ¡Nos estamos haciendo amigos! Ya es hora de que compartamos intimidades.
—¡No molestes! —gruñó Sigfrid—. Tuviste suerte en tu primera expedición. Solo fui cortés y te felicité, porque es la norma entre Generales. No te lo tomes como un elogio. Me comportaba igual con tu padre, así que no te extrañe que haga lo mismo contigo.
Algo extraño sucedía desde que conoció a Enlil. Primero el saludo involuntario y ahora esto: culpa. Se sintió responsable de haber tapado el sol con una nube gris cuando vio que se esfumó el brillo alegre de los ojos del General Tonare. No le gustó nada la sombra áspera en los ojos de Enlil, porque no pertenecía allí. En menos de un santiamén extrañó la bondad que nadaba en esas piscinas de jade.
Enlil evadió la mirada de Sigfrid y se recostó a la baranda que rodeaba el jardín interno.
—¿Recuerdas que te dije que tengo dos sueños para mi vida? El primero es casarme con una mujer de la que me enamore. El segundo es tener un hijo con ella para ser un buen padre. Ya que somos amigos…
No somos amigos.
—… me ayudarás. —El tono de voz se le encrudeció como si lanzara una amenaza mortal—. Así que nunca más me compararás con el imbécil que mató a mi madre y a mi hermana. ¿Queda claro, amigo?
—Ya te dije: no somos amigos.
—Ahora, camarada mío…
—Mucho menos camaradas.
—… ¿Crees que llegue a ser buen padre algún día?
Sigfrid iba a cortarlo y marcar de nuevo los límites de su relación: mientras él se esforzaba por dejar claro que no quería la amistad del General Tonare, Enlil se las apañaba para darse a conocer y, peor aún, conocer a Sigfrid.
La lengua no le respondió. Otra vez la bondad estaba en los ojos esmeralda de Enlil, quien esbozaba esa sonrisa bonachona que tomaba desprevenido al Demonio Montag. Sigfrid se preguntó por qué Enlil quería su amistad. ¡Eran tan diferentes! Mientras él era un gruñón, Enlil sonreía sin reparos. Sigfrid era cruel y hermético, mientras que Enlil era bondadoso y transparente. Las personas temblaban y huían al ver al Demonio Montag, pero corrían encantadas hacia Enlil para ganar su favor. Entonces, ¿qué podía tener él que ameritara tanto esfuerzo? ¿Por qué una persona con tanta luz querría ser amigo de alguien tan tenebroso?
—Yo qué sé —gruñó a la vez que apartaba la mirada. No podía ver por más tiempo esos ojos sin pensar que quizá sería agradable tenerlo de amigo. ¡Y no podía dejar que ese pensamiento le llegara a Enlil!
—¿Ves? ¡Viniendo de ti eso es un gran elogio! Te lo digo: vamos a ser grandes amigos.
Las espadas tronaron de nuevo, borraron la sonrisa que Enlil esbozó hacía mucho tiempo y regresaron a Sigfrid a la realidad.
Incluso cinco años después todavía se sumía en los recuerdos que tenía de su mejor amigo. Cada vez que pensaba en el cadáver de Enlil, en el eco de la joya, en los ojos satisfechos de Darius al matar a un buen hombre… ¡Grrr! ¡Quería retorcer el cuello del profeta!
Pero Darius tampoco vivía. Eso habría sido dulce de no ser porque la muerte del mestizo no fue del todo agradable para el General. Le habría encantado que Darius muriera en una ejecución más perversa y acorde al crimen, como la hoguera o –mucho mejor– la tortura a manos del Demonio Montag.
Por eso mismo resentía a Sakti. La princesa cumplió la promesa de condenar a Darius si resultaba culpable de asesinato, pero aun así lo protegió hasta al final y le negó el dulce placer de la venganza a Sigfrid.
—Los niños avanzan muy bien —comentó ella.
La princesa estaba sentada al lado, cerca de una mesita con bocadillos y té. Sakti se acercó la taza a los labios con delicadeza, con la elegancia de un Aesir. Nunca apartó la mirada de la pelea entre Dagda y Airgetlam.
El primero tenía el cabello corto, con un fleco que le caía con cierta picardía sobre el ojo izquierdo. En cambio Airgetlam conservaba la cabellera larga recogida en una cola. Solo así podían diferenciarlos, porque ni siquiera los horribles años bajo la tutela de Sigfrid eran capaces de destruir la similitud extrema que aparentaban frente a otros.
El General miró la batalla de los cachorros. Dagda jadeaba muy feo, atenazado por el dolor en las costillas después de un enfrentamiento contra Sigfrid como parte de su educación militar. Airgetlam se esforzaba por aparentar que lo atacaba sin misericordia, algo muy ingenuo de su parte: Sigfrid siempre se daba cuenta de cuándo fingían.
Como era común, uno de los hermanos intentaba proteger al otro de los castigos que el General infligía si creía que no daban lo mejor de sí. Airgetlam no quería herir a su hermano, pero también sabía que si se desempeñaba mal en el cuadrilátero el General se vengaría de él con una paliza a Dagda.
Los jóvenes Tonare ignoraban a Dereck y Sakti, que acompañaban al General Montag. El Guardián desempeñaba el papel como guardaespaldas y permanecía a unos pasos de la princesa, quien a su vez disfrutaba de la pequeña merienda que Sigfrid ordenaba siempre para observar el avance de los cachorros. Mientras padrino y ahijada estaban sentados a una mesa de campo, colocada en el extremo del cuadrilátero, los gemelos se disputaban en pleno patio.
No era la primera vez que Sakti acompañaba a Sigfrid. Ya era una costumbre. Algunas tardes, mientras los niños estaban condenados a leer manuales de guerra y leyes, Sakti llegaba al despacho de Sigfrid para beber algo juntos. Otras, el General Montag buscaba a la princesa en la residencia Tonare.
No tenían la relación que mantuvieron con sus respectivos mejores amigos –Sigfrid con Enlil y Sakti con Darius–, ni hablaban mucho ni eran cercanos. De hecho se resentían mutuamente. Pero como no tenían a nadie más se hacían compañía.
Aunque el General también se reunía con el Emperador a veces sentía la necesidad de incluir en muchas de sus tardes a una tercera persona. Por su parte, aunque Sakti era muy solitaria y se las arreglaba bastante bien solo con Dereck, no le incomodaba Sigfrid.
Ambos sabían que tenían modos distintos de ver el mundo y a las personas, que no compartían los mismos gustos y que se guardaban resentimientos entre sí. Pero Masca era un buen lugar para jugar a las charadas. Para fingir que Sakti no guardaba rencor por lo que le pasó a Mark y que Sigfrid tampoco la resentía por su frívola reacción a la muerte de Enlil.
—Después de cinco años de práctica deberían ser capaces de al menos una pelea como esta. Pero parece que aún no entienden que en la guerra —dijo el General, elevando el tono de voz— los vanirianos no se contendrán como ellos.
Esas palabras hicieron temblar las manos de Airgetlam, que se aferraron inútilmente a la empuñadura de la espada. Dagda estaba pálido por el cansancio y el dolor, y los dos sabían que era solo cuestión de tiempo antes de que colapsara. Si lo hacía Airgetlam sería castigado por Sigfrid. La única forma de evitarlo era que Airgetlam derrotara de verdad a su hermano, pero eso significaba que Dagda recibiría más golpes.
—La vida no es justa, mocoso —ironizó Sigfrid en voz alta, pues comprendió el razonamiento de su aprendiz—, pero aquí puedes elegir: le das la paliza tú o se la doy yo.
Airgetlam apretó los labios sin mirar a Sigfrid. Dos segundos después levantó de nuevo la espada y se lanzó a su hermano con brutalidad. Dagda no le reprochó. Él también dio lo mejor de sí para enfrentarlo. Podrían luchar unos cuantos minutos más aunque ya sabían el resultado: ese día le tocaba a Airgetlam ganar, pero solo después de que Dagda dejara su buena porción de sangre en el cuadrilátero. Solo entonces estaría Sigfrid satisfecho. De lo contrario uno de los dos no dormiría esa noche por el «entrenamiento extra» del General y el otro tampoco pegaría el ojo al preocuparse por su hermano.
—¿Más té, señores? —preguntó una sirvienta mientras acercaba una bandeja a Sakti y a Sigfrid.
La princesa ni levantó la mirada al reconocer la voz de la aesiriana. Esa era otra a la que le gustaban las pantomimas. Hacía mucho que Sakti dejó de rebanarse los sesos cada vez que la veía. Dioné estaba otra vez ahí, disfrazada de sirvienta. No era la primera vez que la encontraba, ni la primera en que la mensajera fingía ser una simple empleada que no estaba enterada de nada.
—Sí —contestó Sigfrid mientras extendía la mano para tomar él mismo la bandeja—, pero vete. No me gusta que me atiendan sirvientas tan avanzadas.
Sakti giró los ojos cuando Dioné agradeció la preocupación de «su buen señor y General». Desde luego esa tampoco era la primera vez que Dereck y Sigfrid veían a Dioné como sirvienta. Pero, curiosamente, ninguno recordaba haberla visto antes.
Sakti consideraba a Sigfrid un demonio cruel y retorcido. Pero admitía que su padrino –aun bajo palabras y mandatos toscos– se preocupaba de verdad cuando una mujer embarazada intentaba servirlo. Quizá le avergonzaba la idea. O tal vez una parte de él, enterrada muy profundo, recordaba que Dioné fue la esposa de Enlil y también una amiga de él.
Debía de quedar algo del pasado dentro de Sigfrid, porque Dioné era una de las poquísimas personas que podía hacerle bromas sin ni siquiera recibir una mirada fría cargada de malos augurios. Eso decía mucho.
Dioné reparó en que Sakti la veía, así que le sonrió con dulzura antes de retirarse y desaparecer como una sombra de humo. Ya la princesa ni siquiera se molestaba en dirigirle la palabra, pues se arriesgaba a que las personas creyeran que hablaba sola. Cada vez que Dioné se retiraba todos olvidaban sus largos mechones negros y sus bellos ojos púrpura.
Mucho menos le daba vueltas al asunto de que Dioné llevaba ya cinco años apareciendo y desapareciendo cada vez que se le antojaba y que en todo ese tiempo estuvo embarazada. A veces Sakti se preguntaba si de verdad no estaba imaginando cosas. Las apariciones de Dioné podían justificarse porque era mensajera. Pero ese embarazo tan extenso… No, no existía ninguna explicación para eso.
Sakti suspiró y sorbió el té. Era una mezcla que Sigfrid ordenó especialmente para ese día. Era una delicia. Hace cinco años no lo habría sospechado, pero resultaba que su padrino era un genio en la guerra y un experto amante de tés. Quién lo diría.
«Portadora, levanta la vista», pidió el Dragón. «Creo que al fin llegó la visita que hemos esperado». Sakti obedeció. Sus ojos se posaron en la baranda de uno de los pasillos superiores que rodeaban la plaza de entrenamiento. Ahí había un soldado de uniforme y máscara negros. El oficial observaba la práctica de los gemelos, aunque por la máscara era difícil saber si estaba interesado o aburrido. Sakti sabía que un guardia de máxima categoría como él no tenía por qué esconderse, pero tampoco tenía nada que hacer en este sitio de Palacio. Los soldados como él estaban restringidos a la casa del lago y al Templo de las Doncellas, porque allí custodiaban a los prisioneros más importantes de Masca: los profetas.
El enmascarado reparó en la mirada de la princesa y se perdió de vista al apartarse de la baranda. Sakti miró de nuevo el entrenamiento. Airgetlam le daba unos golpes tan brutales a Dagda que era un milagro que el chico todavía se mantuviera en pie. Lo más triste era que Airgetlam sufría más por el ataque que su hermano.
—Debo volver al Salón de Juicio —se excusó la princesa tras apartar la taza—. Me espera una larga tarde. —Miró a Dereck y le dijo—: Quédate. El rendimiento de los niños ha bajado un poco y quizá puedas ayudar a Sigfrid para instruirlos. —El General aceptó el ofrecimiento con un asentimiento de cabeza mientras ella se levantaba—. Ven por mí antes de la puesta del sol.
Sakti sabía que acababa de pedirle algo difícil. Dereck detestaba ir al Salón de Juicio. Para él no había nada más aburrido que estar en ese inmenso salón, escuchando las quejas de los mascalinos durante horas. Solo aceptaba hacerlo porque como Guardián de Sakti era su deber acompañarla para protegerla.
Librarse de una tarde de sesiones debería ser motivo de alegría, pero no le parecía tan dulce cuando tenía que colaborar en la tortura de los profetas. Él también estuvo bajo la tutela de Sigfrid durante años y sabía lo horrible que era. El General no era un mentor amable con los reclutas, mucho menos con los que él entrenaba personalmente. Pero incluso así a Dereck le constaba que Sigfrid era muchísimo peor con los hermanos. No los quería para nada.
La princesa dejó atrás la mesa de bocadillos, a Dereck y Sigfrid, a los sirvientes que los atendían, el cuadrilátero y los gemelos. Entre más se alejaba más se confundían los sonidos del patio con el resto de Palacio, que estaba sumido en silencio. No había nadie en los alrededores. Nadie, salvo una persona.
—¿Y bien? —preguntó sin detenerse, aunque sabía que una sombra se apartó de un pilar del pasillo y ahora la seguía.
—Se acerca una invasión —informó el soldado enmascarado—. Una muy grande. Las arpías y los groliens están todavía un poco lejos, pero los kredoa ya llegaron y se filtraron en Masca. —Sakti se detuvo.
—¿Estás seguro?
—Completamente.
—¿Y? —El soldado también se detuvo. Estaba incrédulo. Después de unos momentos de duda soltó:
—¿Y qué con ese «y» tan descuidado? Pensé que…
—¿Tomaría cartas en el asunto?
—Pues sí.
—De momento no me interesa —confesó la princesa mientras levantaba los hombros—. Puedo apañármelas cuando llueven arpías del cielo. Lo que me impresiona un poco son tus habilidades de espía. ¿Cómo sabías que habría una invasión? ¿Cómo te diste cuenta de que hay kredoa en Masca? Nadie puede verlos. A no ser, claro, que hayas encontrado a alguien que sí. —Los hombros del soldado se relajaron. Aunque el aesiriano tenía máscara, Sakti pudo adivinarle una sonrisa en el rostro—. ¿Lo encontraste?
—Sí, lo encontré —respondió él muy feliz, pero al instante recuperó la compostura—. Hay algo urgente que debo decirte. Descubrí que…
—Shhh. —Antes de que el hombre se diera cuenta, Sakti estaba delante de él y le colocó un dedo donde debería de tener la boca. La princesa no miró el rostro cubierto, sino que observó por encima del hombro—. Alguien viene hacia acá. Es mejor que nadie se entere todavía de la invasión.
—Eso suena peligroso —reprochó él.
—Para los que no sepan, sí. Para ti y para mí, no. De hecho es la distracción perfecta. Confía en mí. ¿Cuánto tiempo tenemos antes de que la invasión sea oficial? —El soldado pareció preocupado.
—Podría ser en unas horas, esta noche, mañana, la próxima semana… Están en todas partes, salvo en Palacio. —El enmascarado esperó un momento antes de agregar—: El Emperador está exhausto, ¿verdad? ¿Desde hace cuánto no se sincroniza?
—No sé. Pero si no se ha dado cuenta de la presencia de los kredoa y la tuya significa que está muy agotado. Pero no te preocupes: se dará cuenta a tiempo. Ahora debes salir de Palacio. Si a tío se le ocurre sincronizarse ahora te descubriría. —El soldado asintió pero no se marchó de inmediato.
—Cuando entren a Palacio revelarán su presencia. Cuando lo hagan sabes a quiénes buscarán. ¿Verdad?
—Por eso te lo dije —Sakti se separó del soldado y empezó a alejarse rápidamente para desaparecer antes de que llegaran nuevas personas al pasillo—. Confía en mí. Yo me haré cargo de los últimos detalles.
La princesa desapareció antes de que el enmascarado pudiera decir algo más. Segundos después unos sirvientes animados ingresaron al corredor. Cortaron la cháchara en cuanto vieron el uniforme del soldado. El oficial los ignoró y se marchó. Sabía que lo mejor era seguir el consejo de Sakti, aunque se preguntó si podría mantenerse al margen y esperar.

****

En lugar de ir a la Sala de Juicio como dijo, Sakti se encargó de atar varios cabos sueltos antes de que pudiera aprovecharse de la invasión. El enmascarado tuvo razón al decir que el ataque podía ocurrir en cualquier momento, pero Sakti percibía que les quedaba poco tiempo. Podía sentirlo en el aire y en las entrañas. Tenía que poner todo en su lugar sin más demoras así que regresó de inmediato a la residencia Tonare.
Las viudas del General se extrañaron de verla llegar tan temprano, pero la princesa no dio explicaciones. Aunque no era esposa de Enlil en los últimos cinco años se había convertido en señora de la casa. Nadie la contrarió ni interrumpió mientras iba a su habitación para cambiarse de ropa.
Después de todo, el vestido de Jueza era menos que ideal para la actividad física. En su lugar se puso una prenda que a primera vista parecía un largo vestido negro. Sin embargo, un luchador experto se habría fijado en las aberturas que había en la falda a cada lado de las piernas. Los incisos permitirían que Sakti se estirara sin complicaciones. Algo muy útil para correr, trepar y patear.
Las mangas largas le cubrían incluso hasta la mitad de la mano, pero en las muñecas llevaba esposas de metal. Otro luchador sabría que no se trataba de un adorno, sino de una muñequera para defenderse. Sakti también llevaba un cinturón que, además de la amarra para la espada, tenía compartimientos de cuero en los que alistó hierbas, medicina, galletas y algo de dinero.
Con todo, el vestido negro era en realidad una chaqueta larga ajustada al cuerpo y que disfrazaba a Sakti de una chica baja y frágil. Todo un engaño. La tela era ligera y fresca, pero lo bastante fuerte para proveer a la princesa de un atuendo que no se dañaría en el combate. Bajo la chaqueta Sakti llevaba un pantalón blanco a la medida, además de las botas negras que cubrían hasta un poco más arriba de las rodillas.
Sakti tomó una espada de las muchas que adornaban su habitación. No era el arma de un Virtuoso, pero no quería arriesgarse a buscar la espada de Set o la maza de Heimdall –la hoz de Maat ni siquiera era una opción para ella– en las habitaciones de Palacio donde reposaban. Eso solo llamaría la atención y estaba segura de que no las necesitaría para la expedición breve de esa noche.
Con esta espada le bastaba. Era menos larga que las espadas regulares y tenía una hoja más ancha. El borde tenía tres grandes pronunciaciones a modo de dientes curvos con un filo peligroso. La empuñadura era ideal para un guerrero de la talla de Sigfrid. Aun así sabía blandirla con destreza. La guardó en una funda atada a la espalda porque era tan gruesa que no podía llevarla a la cintura.
«La capucha», le recordó el Dragón. «Nunca está de más ser prevenidas».
Sakti abrió de nuevo el guardarropa y buscó una capucha negra. Encontró también una bonita bufanda gris liliácea, con tejidos que parecían marcas de fuego. El amo se la había regalado en el único cumpleaños que pudieron celebrar juntos en Masca. Hacía frío así que, ¿por qué no usarla? También sería una bonita manera de que el amo participara en la aventura.
Sakti salió sin mirar atrás. Eligió con cuidado los pasillos para evitar a los soldados de la casa Tonare o a alguna viuda. Supo que llegó al ala de la mansión donde estaba el cuarto de Enlil cuando encontró un cuadro enorme del General fallecido.
Se preguntó si Dioné era también experta en pinturas, porque no solo se borró a sí misma de las memorias de todos quienes la conocieron sino también del cuadro donde una vez estuvo retratada junto a su esposo. En el cuadro original aparecían Dioné y Enlil abrazados. Debajo hubo una placa de metal que indicaba sus nombres.
Ahora Enlil era el único en el retrato, exactamente en la misma posición y con la misma expresión que tenía en la primera pintura. Aunque ya no abrazaba a su mujer, el cuadro tenía tal naturalidad que nadie echaba de menos a la aesiriana. La placa, por supuesto, también había cambiado.
Sakti ignoró el retrato y se concentró en los guardas. Los soldados de la casa Tonare eran fieles a Enlil, incluso ahora que estaba muerto. Después de la cremación del General solicitaron al Emperador y a Sigfrid que los dejaran permanecer en la mansión con la excusa de proteger a las viudas y a la princesa. Sakti sabía que los guardias mintieron sobre protegerla, pues la resentían por no haber aceptado de inmediato la culpabilidad de Darius.
En el ala personal de Enlil los guardias eran mucho más estrictos que en el resto de la casa. Era complicado eludirlos, pero los pasos ligeros de Sakti y su rapidez la ayudaron en todo momento. Le resultó tan sencillo que hasta consideró que podría ser una excelente espía para infiltrarse en territorio enemigo. Llegó a un punto crítico: un cruce de pasillos donde sabía que había por lo menos dos soldados bien fornidos resguardando la habitación de Enlil.
Sakti se escondió en una esquina. Sacó una pequeña esfera de metal con runas azules de uno de los compartimientos que cargaba a la cintura. Al agitarla, las marcas comenzaron a parpadear, intercalando el azul por el rojo. Sakti dejó que la esfera rodara hasta situarse a los pies de los guardas. Sin saber de qué se trataba, los aesirianos apuntaron las lanzas al pequeño objeto. Denso humo gris brotó de las marcas cuando las runas dejaron de parpadear y quedaron rojas.
Los soldados retrocedieron sorprendidos y al instante comenzaron a toser. Se taparon la boca y la nariz pero ya era muy tarde. Cayeron noqueados en pocos segundos, con nada para hacerles compañía salvo el eco de las lanzas cuando cayeron al suelo. Sakti salió del escondite y se plantó frente a la puerta del cuarto del General. Aun con el humo apreció el relieve tallado en la madera. Abrió la puerta con una patada.
El humo entró a la habitación todavía oscuro aunque Sakti sabía que en unos segundos se difuminaría. Era una suerte que no la afectara. Durante años practicó el hechizo para crear esas esferas, pero también fortaleció su cuerpo para hacerse inmune a los efectos del gas.
El cuarto de Enlil era enorme, ideal para la talla que tuvo el General. Además de la gran cama matrimonial había amplios ventanales, armarios gigantescos, libreros colmados y en orden. Al parecer, Darius no heredó sus descuidos de parte de Enlil. Frente a la ventana había un escritorio apto para un gigante.
La princesa bufó. Había muchísimos sitios en los que Enlil pudo haber ocultado lo que ella buscaba. El General no fue tonto y por lo menos debió dejar uno o dos hechizos para esconder las esencias de los profetas. Eso si todavía estaban allí. Quizá Sigfrid ya se las había llevado y escondido en otra parte. Si así fue, el plan de Sakti se arruinaba.
Aun así fue paciente y revisó cajón por cajón, armario por armario, incluso almohadón por almohadón. Su búsqueda fue en vano. Justo cuando iba a darse por vencida descubrió una pequeña mariposa azul, que estaba sobre uno de los pilares de la cama. El insecto debió de esperar a que Sakti lo mirara, porque entonces batió las alas y revoleteó. Ahora era el turno para que Sakti esperara. La mariposa eligió uno de los armarios. Sakti lo abrió.
Para cualquiera sería una estupidez tomar los revoloteos de una mariposa por presagios, guías y consejos. Pero no para Sakti. Las mariposas azules que creaban destellos mágicos no eran nada comunes. Las había visto el día que murió el amo. A lo largo de esos cinco años también las había visto en el jardín de allen y en la tumba de Mark. Los soldados y las viudas ya se habían acostumbrado a la estadía permanente de las mariposas de añil, pero no se daban cuenta de que los insectos nunca entraban a la casa. No revoloteaban por los pasillos, mucho menos en las habitaciones.
Además, los ventanales en el cuarto de Enlil estaban cerrados. La mariposa no tuvo cómo entrar. Simplemente se apareció allí para mostrarle a Sakti el escondite que buscaba.
Después de abierto el armario, la mariposa se posó en el cajón más alto. Sakti acercó una silla para alcanzar el sitio, pero solo encontró las mismas cobijas que halló en la primera búsqueda. Perseveró porque la mariposa todavía revoloteaba allí. ¡Las esencias tenían que estar ocultas entre las frazadas! Removió las cobijas una y otra vez, pero no dio con nada…
… hasta que sintió que su mano caía por un vacío. Al principio no sintió los dedos, pero pasados unos segundos palpó algo semejante al césped. El efecto fue extraño e inesperado, pero pronto comprendió qué ocurrió.
—Muy inteligente, Enlil —dijo mientras estiraba los dedos. Al final sintió una caja de madera—. Escondiste las esencias en otro mundo.
Ese era un hechizo que ella se esforzaba por aprender, pero todavía no lo conseguía. Al parecer el truco estaba en crear una especie de puerta entre su mundo y otro, ya fuera imaginario o real.
Entendía la teoría. La aventura en el Reino de los espíritus le enseñó que existían miles de mundos y que incluso estos tenían millares de dimensiones diferentes. Pero crear una puerta entre uno y otro era lo complicado. Enlil solo logró crear una pequeña abertura entre las frazadas, apenas suficiente para que una mano pudiera encontrar o esconder las esencias. De seguro que algo más complicado, como una puerta para un cuerpo entero, era algo que se salía por completo de sus capacidades.
Sakti tomó la caja, la jaló hacia sí y la miró. Era un pequeño joyero que tenía varias runas pintadas. No se sorprendió al verlas porque eran idénticas a las esferas que utilizó antes. Los hechizos que aprendió en los últimos años los encontró en los libros de encantamientos que estaban en la casa Tonare. No era de extrañar que Enlil también los conociera.
Guardó la cajita en un compartimiento del cinturón. Estaba algo molesta. Su plan era que nadie se percatara de que liberó a Zoe, pero Enlil no le dejó muchas opciones. Las runas en el joyero eran una alerta. Supo que en cuanto lo abriera, las marcas avisarían a Sigfrid sobre el hurto de las joyas. Era lógico que Enlil le confiara ese papel a su mejor amigo.
Sakti dejó la habitación tal y como la encontró. Cuando cerró la puerta tomó la esfera de metal que lanzó a los soldados porque ¿qué clase de espía sería si dejaba evidencia en la escena del crimen? Luego siguió a la mariposa de añil pues sabía que la guiaría por los pasillos correctos sin que nadie la viera. No tenía tiempo que perder. Debía seguir con la siguiente fase del plan.


"Los Hijos de Aesir: Travesía bajo la sombra del Tercero" © 2009-2017. Ángela Arias Molina

2 comentarios :

  1. Sigo intrigado con el portador que nació el día que apareció la estrella púrpura... ¿cuándo se sabrá algo de él (e ella?)?

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  2. Ningún portador nació el día de la Estrella Púrpura, sino que fue concebido ;) ¿Y cuándo...? No sé ^3^

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