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Epílogo

EPÍLOGO
FUEGO Y AULLIDOS

Sakti esperó con paciencia en el palco a que el segundero del reloj de bolsillo terminara la última vuelta. Pronto sería medianoche, con lo que podría recuperar el cuerpo de Darius sin que su tío se opusiera. A veces la Ley era una tontería, como cuando exigía que el cadáver de los acusados se expusiera por lo menos hasta la medianoche de la ejecución.
Escuchó los pasos que se acercaban a ella y miró por el rabillo del ojo al recién llegado.
—¿Dónde está Dereck, Alteza? —preguntó Sigfrid.
—Está buscando madera para incinerar el cadáver de Darius —contestó en voz baja. Las manecillas marcaron la medianoche. Hora de recoger el desastre.
—¿La princesa planea seguir viviendo en casa de Enlil? —preguntó Sigfrid cuando la muchacha empezó a bajar las escaleras rumbo a la plaza.
—¿Tienes un problema con eso? —soltó Sakti sin volverlo a ver. La presencia del General la fastidiaba más allá de lo que quería admitir.
—No, Alteza. De hecho Enlil le heredó la mansión. —Sakti se giró con el ceño fruncido. No se había esperado la herencia. Sigfrid sacó de entre la túnica un pergamino enrollado con una cinta azul y se lo entregó—. Es el testamento de Enlil, Alteza.
Al leer el pergamino descubrió que el General Tonare fue muy generoso con todas las personas cercanas. Le heredó cientos de cosas a Sigfrid, al Emperador y a todos los príncipes, e incluso se acordó de Dereck y Kael. Los profetas también estaban en su testamento: la mayor parte de la Mansión Tonare era por derecho de Darius y sus hijos, mientras que otra era de Sakti. En el testamento también expresó su voluntad de que todas sus esposas vivieran en la casa hasta que encontraran un nuevo marido que se hiciera cargo de ellas.
—Con Darius muerto, los profetas todavía no tienen la edad para ser dueños legales de la propiedad. Usted también es joven, pero es heredera explícita de Enlil. Toda la mansión es suya al menos hasta que los mocosos crezcan.
Sakti enrolló de nuevo el pergamino y lo guardó. Mientras no tuviera acceso a los documentos de la casa esa era la prueba de que le pertenecía. ¡Qué oportuno era Enlil! En secreto agradeció la generosidad del General fallecido. ¿Qué habría hecho si tuviera que volver a Palacio y ver todos los días al odioso de su tío? No lo habría soportado.
Dio las gracias a Sigfrid y se retiró. Mientras bajaba las gradas escuchó los pasos del General Montag, que también se marchaba. Era un milagro que se retirara sin murmurar algo sobre dejar el cadáver pudriéndose por semanas allí para que los cuervos le sacaran los ojos. De seguro deseaba para Darius un final mucho más desagradable que una pira funeraria, pero tal vez él también estaba cansado de todo eso. Entre más pronto terminara ese episodio más pronto podría recuperarse de la pérdida de Enlil.
Mientras el General se marchaba, Dereck llegó a la plaza junto a Huginn. Los dos cargaban un buen puñado de leños, suficientes como para crear un incendio. Sakti ya había llegado al cuadrilátero. El cuervo mensajero torció el gesto al verla remover las estacas que prensaban el cuerpo del profeta.
—Alteza —dijo Huginn mientras imitaba la forma de Dereck, aunque su voz era un poco diferente a la del Guardián—. Deje que nosotros nos encarguemos de esto. Usted puede…
—No me importa hacerlo —lo interrumpió mientras desprendía los garrotes que aprisionaban una de las piernas de Darius—. Me gustaría incinerarlo por mi cuenta pero no puedo. No terminaría nunca. Mientras yo me encargo de esto ustedes construyan la pira.
Dereck y Huginn se miraron el uno al otro porque la tarea de Sakti era más ardua y desagradable. Pero no la contradijeron, pues pensaron que esa era la forma de la princesa de disculparse por la ejecución del profeta.
Una vez que terminó de liberar los miembros, Sakti los colocó en orden sobre la pira construida por el Guardián y el cuervo.
—Estamos casi listos —anunció el cuervo—. Solo nos falta la cabeza.
Sakti avanzó a la pira con la cabeza en brazos. Antes de colocarla sobre el cuello la miró de frente. Darius tenía sangre seca en la cara y el cabello lo tenía enmarañado por los golpes que recibió de los mascalinos. Sakti lo limpió con delicadeza, le peinó los mechones negros y le cerró los ojos, que los tenía entreabiertos. Lo despidió con un pequeño beso en la ceja y lo colocó sobre la pira. Así, a pesar de que los miembros estaban separados, Darius parecía en paz.
Sakti se alejó del altar de madera; el Guardián y el mensajero la imitaron. Un círculo de fuego rodeó la pira. Las llamas subieron voraces por los leños y se lanzaron al cuerpo del profeta.
El calor se hizo tan fuerte que Dereck y Huginn tuvieron que retroceder. Cerraron los ojos cuando llegaron a un borde del cuadrilátero. Allí se arrodillaron para rezar por el alma del profeta.
Sakti no se movió. Se quedó plantada en el sitio donde invocó las llamas, de pie, sin apartar la mirada. Sin importar el calor, el humo o el ardor en los ojos, miró el fuego hasta el final.
Los leños se agrietaron por el calor. La carne sulfuró y dejó escapar un fuerte olor que fue tanto agradable como aborrecible. Pero lo más importante fue que, en medio de las llamas, Sakti casi pudo escuchar los cascos de los caballos.
Estaba en lo correcto.
En un bosque no muy lejano, un caballo galopaba a toda marcha. El jinete lo espoleaba con ánimo, ansioso y emocionado, carcajeándose del puro gozo mientras la brisa nocturna le acariciaba el rostro. En el cielo brillaba un débil cuarto creciente. Era difícil ver algo en las tinieblas. Los árboles alrededor del camino formaron una masa de sombras grotescas y escalofriantes, pero a él no le importó. Estaba muy feliz como para preocuparse por algo así.
De repente, un par de luces apareció a unos pasos. El caballo se asustó y se levantó en dos patas, cortando así la carcajada del jinete. Por poco se cae y se rompe la cabeza. Al reconocer las luces, el aesiriano acarició el cuello del corcel para tranquilizarlo y susurró unas palabras suaves para hacerlo retroceder lentamente.
Escuchó un gruñido detrás de él. Al mirar por encima del hombro descubrió otro par de ojos lobunos. Estaba rodeado. Los animales cercaron a jinete y caballo con pasos silenciosos, pues sus patas eran suaves como terciopelo. Casi no se podían adivinar sus figuras en la oscuridad. El jinete supo, sin embargo, que eran lobos gigantescos porque el reflejo de sus ojos estaba a la misma altura que la mirada de él, que iba a caballo.
No había forma de escapar. Él solo no podría contra una de las bestias, menos con dos. Justo cuando lo abandonó la esperanza, una voz profunda e inesperadamente amable lo consoló:
—No temas, no te haremos daño. —Los lobos se acercaron más, pero con lentitud para no asustar al caballo—. Estamos aquí para acompañarte. Hasta que nos lleves a nuestra legítima dueña, te serviremos incondicionalmente.
Luego, como para demostrar que sus intenciones eran sinceras, los lobos aullaron.

"Los Hijos de Aesir: Guerra en tierra maldita" © 2009-2017. Ángela Arias Molina

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Gracias por tomarse su tiempito y honrarme con sus comentarios. =^_____^=

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