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LeyendoPrimer tomo: "Gales" Disponible en la web

Capítulos "Los hijos de Aesir"

Último capítulo publicado

  • Capítulo 2 - 2 BURLAS Esconderse en el Templo de las Doncellas era algo más complicado, porque si bien los pasillos eran más silenciosos y solitarios, la entrada es...

Epílogo

EPÍLOGO
FUEGO Y AULLIDOS



Sakti esperaba pacientemente en el palco a que el segundero de su reloj de bolsillo terminara la última vuelta. Pronto sería medianoche, y así podría recuperar el cuerpo de Darius sin que su tío se opusiera. Después de todo, la Ley dictaba que el cuerpo de los acusados se expusiera por lo menos hasta la medianoche de su ejecución.

¿Dónde está Dereck, Alteza? —La muchacha torció ligeramente la cabeza para ver a Sigfrid acercarse a ella.

Está buscando madera para incinerar el cadáver de Darius —explicó la muchacha. Todas las manecillas marcaron las doce, ya era medianoche.

¿La princesa planea seguir viviendo en casa de Enlil? —preguntó Sigfrid a la vez que la muchacha lo dejaba para bajar las escaleras que la llevarían a la plaza.

¿Crees que sea incorrecto?

No, Alteza. De hecho, Enlil le heredó su residencia. —Sakti se giró a él con el ceño levemente fruncido. Eso no lo había visto venir. Sigfrid sacó de entre sus ropas un pergamino enrollado y atado con una cinta azul—. Es el testamento de Enlil, Alteza.

La muchacha tomó el pergamino y lo leyó. El General Tonare fue muy generoso no solo con ella, sino con todas las personas cercanas. Le heredó cientos de cosas a Sigfrid, al Emperador y a todos los príncipes, e incluso se acordó de Dereck y de Kael. Los profetas también estaban en su testamento: la mayor parte de la residencia Tonare era, por derecho, de Darius y de sus hijos, mientras que otra era de Sakti. En el testamento también expresó su voluntad de que todas sus esposas continuaran viviendo en la mansión hasta que encontraran un nuevo marido que se hiciera cargo de ellas.

Ya que Darius está muerto, los profetas todavía no tienen la edad ni el derecho para ser dueños de la propiedad. Usted también es joven, pero es heredera explícita de Enlil. Al menos hasta que los mocosos crezcan, toda la mansión es suya.

Sakti enrolló de nuevo el pergamino y lo guardó entre sus ropas. Mientras no tuviera acceso a los documentos de la casa, esa era la prueba de que le pertenecía.

Gracias, Sigfrid. Ahora, si me disculpas… —La muchacha reanudó su camino rumbo a la plaza, donde esperaba el cuerpo de Darius a que alguien se ocupara de él.

Sigfrid la miró partir sin poner un pero de por medio. Aunque prefería que el cadáver de ese maldito profeta se pudriera bajo el sol, sabía que no podía pedirle a Sakti que dejara el cuerpo abandonado. Enlil le habría dicho que ya se pidió mucho de la princesa al condenar a su propio amigo a la muerte.

Mientras el General se retiraba, Dereck llegó a la plaza en compañía de su cuervo, cargando varios leños consigo. Ya Sakti había empezado a remover las estacas que prensaban el cuerpo de Darius y, cuando su Guardián y el mensajero la alcanzaron, apenas dio señal de haberlos reconocido.

Alteza —dijo Huginn imitando la forma de Dereck, aunque su voz era levemente distinta—, mejor deje que nosotros hagamos esto. No es justo que usted…

No me importa hacerlo —lo cortó Sakti mientras que, sin asco alguno, desprendía uno de los garrotes de lo que quedaba de la pierna de su amigo—. Quiero ser quien creme a Darius. Me gustaría hacerlo sola, pero no puedo. Ustedes empiecen a construir la pira.

El Guardián y su cuervo se miraron con un poco de pena, pero obedecieron. Pronto Sakti terminó de liberar el cuerpo de su amigo y Dereck y Huginn lo posaron sobre la cama de madera que ardería en cuestión de minutos.

Eh… —susurró Huginn—. Creo que tenemos un problema, ¿dónde está la cabeza?

Aquí. —El cuervo y el aesiriano se volvieron a Sakti, que recogió la cabeza y la sostenía entre sus manos sin repugnancia alguna.

La muchacha acercó el rostro de Darius para verlo mejor. Había cerrado los ojos del profeta, y aún con la sangre seca en su cara y los cabellos enmarañados por los golpes de los mascalinos, Darius parecía tranquilo. Dereck cerró con fuerza los ojos para ignorar lo que había visto. Con la luz del cuarto creciente le pareció ver una diminuta sonrisa en el rostro de la princesa pero, al mirarla nuevamente, se convenció de que no fue más que un error. Sakti caminó hacia la pira, colocó la cabeza de Darius en el cuello y, después de acariciarle los mechones negros, regresó a Dereck y al mensajero.

Después de que el cuerpo termine de arder, déjenme sola. Quiero recoger las cenizas para dárselas a los niños.

Nosotros podemos ayudarle, Alteza —se ofreció Dereck.

No. —Un círculo de fuego rodeó el altar de madera, y las llamas se cernieron sobre la leña y el cuerpo del profeta como si fueran cuervos hambrientos—. Hay ciertas cosas que quisiera decirle a Darius, pero no quiero que las escuchen. ¿Creen que podrían respetar mi momento íntimo de pena?

Dereck alzó las cejas. No importaba si Sakti lo decía; la verdad es que no se veía muy apenada por las muertes ocurridas desde la aparición de la Estrella Púrpura: la de Mark, la de Enlil y la de Darius.

Por supuesto, Alteza.

Bien.

El fuego incrementó su intensidad. Aunque al cadáver no se le echó ningún polvo mágico que acelerara el proceso, era claro que el calor de las llamas de Sakti lo reduciría a cenizas rápidamente. Dereck y Huginn cerraron los ojos para rezar por el alma de Darius, pero la princesa contempló el fuego por unos segundos más antes de imitarlos. Casi podía escuchar el eco del galope a través de las llamas.

Y estaba en lo correcto.

En un bosque no muy lejano a la frontera este de Masca, un caballo galopaba a toda marcha porque su jinete, ansioso y emocionado, no dejaba de incitarlo a correr más, más y más. El cuarto creciente no era lo suficientemente poderoso como para iluminar el camino rodeado de árboles, que formaban una masa de sombras grotescas y escalofriantes. No podía verse nada, pero el corcel y su jinete seguían su rumbo sin preocupación alguna, como si pudieran ver en la oscuridad.

De repente, vislumbraron un par de luces que brillaron con astucia en medio del bosque. El caballo se detuvo bruscamente, se levantó en dos patas y por poco se cae por la sorpresa. El montador, que ya había descubierto qué nueva criatura se acercaba a él con la mirada brillante clavada en su persona, susurraba palabras tranquilas para que el corcel no se desesperara. Intentó mirar hacia atrás para reconocer el camino de regreso, pero lo único que pudo distinguir fue otro par de ojos lobunos que lo miraban con picardía.

Escapar sería imposible. Los animales caminaron hacia él, rodeando con cuidado al caballo. La oscuridad de la noche, si bien no permitía distinguir en dónde comenzaban las figuras de los lobos o en dónde se fundían con el resto del bosque, no era suficiente para opacar el sonido de sus patas al caminar. Por su peso y la altura de sus ojos, lo único que era completamente descifrable en las tinieblas, debían de ser animales enormes. El jinete sabía que no tendría oportunidad contra dos lobos tan grandes.

No temas —dijo una voz profunda, pero inimaginablemente amable—, no hemos venido a hacerte daño. Estamos aquí para acompañarte y ayudarte. Hasta que nos lleves a nuestra legítima dueña, te serviremos incondicionalmente. —Y ambos lobos aullaron para demostrar que sus intenciones eran sinceras.


"Los Hijos de Aesir: Guerra en tierra maldita" © 2009. Ángela Arias Molina

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Gracias por tomarse su tiempito y honrarme con sus comentarios. =^_____^=

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