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Prólogo

PRÓLOGO
«¿ACASO ME PERMITIRÁS CUMPLIRLAS...?»


Es curioso descubrir cómo las personas te roban el corazón. Las conoces y sabes que las amas. Pero cuando te das cuenta de que puedes perderlas te percatas de lo mucho que dependes de ellas. Sería cruel no verlas nunca más. Tu mundo se destruiría si tan solo una de esas personas dejara de existir.
Esto es recíproco. Ellos sentirán exactamente lo mismo cuando llegue el día en que te perderán para siempre.
Esta noche ese es el sentimiento común en el aire: miedo; temor de perder a quienes luchan. Temor de que ellos también nos pierdan. Temor de que nuestro mundo se destruya aun cuando se gane la guerra y la salvación.
Mi mundo se ha destruido muchísimas veces. Tantas que todavía tengo pesadillas en las que miro sus últimas sonrisas y lágrimas, sus últimos cálidos abrazos, sus despedidas, sus adioses sin retorno. A veces me pregunto cómo sigo en pie. ¿Cómo es que vivo todavía, a pesar de que he perdido algo más precioso que mi vida?
Si la pierdo hoy no creo que pueda levantarme de nuevo. Por favor, Dios. Me he esforzado para que todo regrese a la normalidad, o que al menos sea lo más normal posible. Porque lo sé. Nunca nada volverá a ser como antes. Sin importar cuánto luche no puedo recuperar a los que ya han partido.
Pero los que todavía están conmigo, los que todavía me sostienen... A ellos no los puedo perder. A ninguno. Por eso estoy aquí, en este circo que desprecié por tanto tiempo y al que nunca quise unirme. Porque si no estuviese en este lugar y en este momento, podría perderla. Eso es intolerable. No. No quiero. Haré todo lo posible para que la visión del día de la Estrella Púrpura jamás se cumpla.
Se lo prometí a ella, a ellos y a mí.
Tengo tantas promesas incumplidas y tantas otras que cumplir.
Tú sabes que he hecho todo en mi poder para mantenerlas, ¿no es así?
Sabes que nunca quise romper ni una y lo mucho que me dolió ser incapaz de conservarlas.
Pero también sé que todo saldrá bien y que mi mundo girará otra vez. Ha habido señales. Las he visto en todas partes aunque al principio no las comprendí. La primera es que todavía estoy aquí, luchando junto a ellos. También están las lágrimas, las que he llorado y las que han llorado por mí. Lágrimas de remordimiento, dolor, compasión, felicidad y, sobre todo, amor. Pero quizá las que más me han limpiado fueron las del perdón.
Para mí esa es la prueba más grande que me has dado de que tarde o temprano todo tiene solución. Porque estoy vivo, porque gracias a ella él me ha perdonado, porque sé que me ama, porque por eso él también está aquí, junto a mí.
¿No es hora de que yo también pueda perdonar, tal y como él me perdonó?
Quiero llorar cuando llegue la mañana. Liberar por fin el nudo que me aprisiona la garganta. Ser consolado y consolar a los que no quiero perder. Todos los que conforman mi mundo, todas las piezas que arman el engranaje que mueve mi corazón, están aquí abajo, desperdigados en el campo de batalla cumpliendo el rol que cada uno quiso cumplir. Pero igual están junto a mí.
Menos ella.
Por eso me enfurece que me compliques tanto las cosas. ¿Por qué simplemente no susurraste visiones que calmaran mi corazón? ¿Por qué dejaste que la Estrella Púrpura nos torturara con la visión de su muerte? ¿Por qué no me dejas subir a esa torre de hierro, plata y jade para aligerar su maldición, tal y como ella aligeró la mía? ¿Por qué su sacrificio significará la libertad de los que esperan en ese limbo odioso que creaste para los de nuestra raza? ¡¿Cómo es posible que deba elegir entre ella y los que amo y están encadenados allí?!
Todavía espero más de ti, Dios. Todavía deseo que limpies mi corazón rencoroso. No me importa si jamás se rompe la maldición que pesa sobre los aesirianos, pero te pido que borres la que recae sobre mi alma. ¿Por qué soy incapaz de perdonar? ¿De olvidar? ¿Por qué no puedo vivir feliz sin esos a los que has puesto en mi camino tan solo para arrebatármelos cuantas veces lo deseas? ¿Juegas conmigo? ¿De eso se trata todo esto? ¿Es un juego para ti, donde todos sufrimos mientras tú te diviertes?
No, lo siento. Sé que no es así. Mejor dicho, quiero creer que no es así.
Quiero salvarme al salvarlos a ellos.
Y quiero limpiarme al olvidar y perdonar, porque ambas son mis maldiciones: el pasado y el rencor. El de unos, el de otros y el mío.
Pero todo esto tú ya lo sabías, ¿verdad? ¿Por qué nos has traído a este día? ¿Es esa la pregunta correcta? ¿Es esa la llave para entender todo esto? Porque me lo he preguntado desde hace mucho tiempo...
Pero ya no me importa descubrir qué es lo que esperabas de cada uno de nosotros. Solo quiero que esta noche termine para llorar aliviado en la mañana. Quiero que todo acabe: mis pesadillas, mi rencor, mi tristeza, mis temores, mis promesas por cumplir.

«¿Acaso me permitirás cumplirlas...?»

Dios le dio la oportunidad que tanto esperaba. Fue como un brote de fuego en una hoja seca, una chispa con el poder de incendiar el bosque entero. Lo que le llamó la atención no fue la carcajada de la criatura, ni sus colmillos sobresaliendo en una sonrisa malvada, ni sus zarpas arañando el mármol de las gradas, sino la ausencia de esto. El monstruo apenas podía velar la emoción con una tenue sonrisilla mientras se escabullía entre el gentío que batallaba.
Fue una suerte de magia, un suspiro divino en el oído, lo que hizo que se volteara a tiempo para ver la figura del come-almas mientras se marchaba a escondidas. Al verlo supo de inmediato lo que haría Sigurd: subir a la torre de hierro, plata y jade a tomar lo que siempre quiso: el poder de los Dragones y las almas capaces de salvar al mundo.
Después de todo, su negro corazón era incapaz de cumplir la promesa de alianza a los aesirianos o de olvidar el rencor hacia los príncipes. Él solo anhelaba destruir el mundo, consumirlo, reinar y carcajear sobre sus cenizas. Pero para su desgracia había otro corazón en esa misma plaza que estaba destinado a destruir el suyo, porque estaba dispuesto a cumplir todas sus promesas, olvidar el rencor y, sobre todo, proteger su mundo.
«La primera promesa que cumpliré esta noche, Sigurd», pensó el aesiriano mientras apretaba la espada y seguía a la bestia, «será la que te hice. Yo te destruiré».


"Los Hijos de Aesir: Travesía bajo la sombra del Tercero" © 2009-2017. Ángela Arias Molina

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