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Capítulo 2

2
BURLAS


Esconderse en el Templo de las Doncellas era algo más complicado. Si bien los pasillos eran más silenciosos y solitarios, la entrada estaba fuertemente custodiada. Además, el salón al que quería ir estaba rodeado de soldados enmascarados. Estos eran mucho más difíciles de burlar que simples guardias de pasillo. Por eso la princesa cambió de táctica. Esta vez solo se apareció frente a los guerreros y les ordenó que le abrieran el paso.
—Necesito que la pitonisa me aclare algo —dijo.
Los soldados ni siquiera dudaron de sus intenciones. Uno le hizo una seña para que lo siguiera y la princesa entró al templo sin problemas. Ahí los pasillos eran mucho más amplios que los de Palacio. También tenían pilares más robustos y altos, como para que un gigante caminara sin preocuparse de que la cabeza rozara el techo.
—Espero que a Su Alteza no le moleste esperar —dijo el enmascarado cuando llegaron frente a una enorme puerta, en cuyo relieve se dibujaba un lago con ondulaciones en la superficie—. Alguien llegó antes que usted para consultar con la hechicera.
La noticia desagradó a Sakti aunque no la preocupó. Ya tenía idea de quién podría ser el intruso indeseado y también cómo podría sobornarlo. Cuando el soldado abrió la puerta, la muchacha se coló en la habitación sin él. El nuevo pasillo estaba a oscuras a pesar de que todavía faltaban unos minutos para que se hiciera de noche.
Sakti descendió por una escalera en forma de caracol. Caminó con una mano pegada a la pared para evitar tropezar en la oscuridad. Poco a poco distinguió un resplandor en el fondo así como los rasgos de su primo Kardan.
El príncipe estaba oculto en el límite de la luz y la penumbra, apoyado en la baranda. Tenía la mirada dócilmente perdida en el fondo de la habitación. Sakti se acercó con cautela, sin que el muchacho reparara en su presencia.
En lo más hondo del cuarto había un lago circular perfecto. Era poco profundo, apenas para que la sacerdotisa se mojara hasta por la cintura. La aesiriana tenía los ojos cerrados y movía lentamente la cabeza. Escuchaba los designios del agua, que subían en forma de vapor y se arremolinaban en torno suyo para susurrarle predicciones al oído.
Sakti imaginó la congoja de Airgetlam y Dagda cada vez que visitaban a su hermanita. Aunque el Emperador seguía empedernido en que el heredero no tomaría la mano de Zoe, los gemelos sabían que el príncipe Kardan –en realidad, casi todos los chicos de su edad– enloquecían al pensar en ella.
Sakti sabía que la princesa Istar estudió en el Templo de las Doncellas y que incluso hubo una época en la que escuchaba los designios del agua. Pero las habilidades de Zoe superaban las de Istar y las pitonisas anteriores a ella. Lo único en lo que no se ponían de acuerdo los guardias y las Doncellas era en cuál de las dos era más bonita. Sakti creía que el puesto de su madre estaba seguro en ese departamento, aunque por muy poco.
Sakti no se equivocó cuando sugirió enviar a la profetisa al templo. Que el vestido de seda le quedara bien era lo de menos. Lo más importante era que sus dotes como adivina habían florecido muchísimo.
No era raro que algún monje o sirviente se sorprendiera cuando se la encontraba en los pasillos y que dejara caer algo del puro asombro. Cuando eso pasaba Zoe ni parpadeaba. A veces estiraba la mano a tiempo para atajar las tazas o bandejas. En otras ocasiones dejaba que todo se convirtiera en añicos, porque nada le importara.
Eso era lo único que Sakti lamentaba de enviarla al templo. Aunque sabía que la comparación la molestaría, Zoe se parecía en ella. Las dos no sonreían. Apenas hablaban con otras personas. Incluso cumplían sus responsabilidades a cabalidad pero sin interés. La muerte de Darius afectó mucho a Zoe, casi tanto como la muerte de Mark afectó a Sakti.
La ejecución de Darius afectó mucho a los profetas y los obligó a madurar muy rápido. Por lo menos Dagda y Airgetlam se tenían el uno al otro para apoyarse y soportar la tortura de Sigfrid. En cambio Zoe estaba por su cuenta, porque además no dejaba que nadie se acercara a su corazón. No entablaba conversación o amistad con las sacerdotisas, los sirvientes, los guardias, las Doncellas, ¡nadie! Se recluía a sí misma.
—El tío se enfadará si le digo que has estado aquí —susurró Sakti al oído de su primo. Kardan se alarmó pero logró taparse la boca antes de soltar un grito. Lo último que quería era que Zoe lo descubriera espiándola.
—¿Qué haces aquí? —murmuró entre dientes el muchacho.
—Necesito que Zoe me aclare algo sobre un caso. Hay algunas evidencias que no aparecen, testigos que no concuerdan… En fin, me harté de darle vueltas al asunto. Prefiero que la pitonisa me lo aclare todo. —Kardan entrecerró los ojos sobre ella. Después de un breve silencio dijo:
—Mientes. Si fuera cierto habrías levantado los hombros y dicho que no es de mi incumbencia. Pero quieres ocultar algo y por eso fuiste más detallada. —Sakti admiró la perspicacia de su primo, ¿pero qué podía esperar de él? ¡Eran Aesir! Mentir a la familia era un deporte entre ellos. Y descubrir la mentira era un arte.
—Eso no quita que el tío se enfadará si le digo que has visitado a Zoe. Si les preguntan, los soldados enmascarados cantarán cuántas veces y qué tan seguido vienes a verla.
—¿Me estás amenazando?
—En eso no te estoy mintiendo.
El príncipe intentó sostenerle la mirada, pero no era fácil ver los fríos ojos grises de Sakti sin estremecerse. Al poco tiempo Kardan desistió. Intentó ocultar la derrota y fingir que buscaba a Zoe. El vello de la nuca se le erizó cuando la vio: la profetisa los miraba a los ojos, rencorosa. El vapor de agua se estremeció alrededor de ella. A la muchacha le bastó un movimiento de la mano para que el humo se convirtiera en agua. Después de una última mirada, Zoe dio media vuelta y fue hacia la orilla del lago al otro extremo de la habitación.
—¿Feliz? —preguntó Kardan a Sakti con rencor.
—Es tu culpa por estarla espiando —lo juzgó ella con frialdad—. Si no tienes las agallas para buscarla cara a cara, no me recrimines si nota que la espías. En primer lugar no tienes por qué hacerlo. Es repugnante. Pareces un pervertido.
El comentario fue como una daga en el corazón para Kardan. No pudo ni pensar en una respuesta. Sakti lo ignoró e inició el descenso rumbo al pasillo alrededor del lago. Quería llegar al nivel inferior antes de que Zoe se fuera. El príncipe la miró marchar, picado por lo que había dicho. Al final maldijo por lo bajo y se retiró a Palacio.
Sakti llegó a la orilla donde Zoe estuvo hace poco. Qué lindo. Como la chica sabía que la princesa la buscaba se marchó sin siquiera secarse y ahora había una estela de agua en el piso. Si no se andaba con cuidado cualquiera resbalaría y se llevaría un golpe del demonio.
Sakti gruñó. Lo peor no era que alguien se lastimara, sino que Zoe se resfriara. Aunque los designios del agua subían como vapor el lago era friísimo. La princesa tomó la toalla de Zoe y siguió la marca de agua.
Tras cruzar una puerta se encontró en un pasillo de mármol iluminado por antorchas. Debía de tratarse de un pasaje secreto. Como el Templo de las Doncellas estaba dentro de Palacio el arquitecto quiso asegurarse de que las estudiantes y sacerdotisas tuviesen posibilidades de ocultarse en caso de un saqueo.
A lo largo del pasillo había varias puertas pero Sakti no se aventuró por ellas. El rastro de Zoe no conducía a ninguna. Además, seguro esas eran las habitaciones personales de las chicas que vivían allí. Además de las sacerdotisas y las aprendices, era común que en el templo viviera también una Doncella. No obstante, desde hacía varios años allí vivían cientos de ellas.
Eran muchachas que, como los príncipes, compartían la sangre de Aesir. Por eso podían sincronizarse con las ciudades del Imperio. Eran hijas, nietas, primas segundas, terceras y hasta cuartas, legítimas y bastardas, de príncipes de hacía varias generaciones. Si bien eran descendientes de Aesir, ninguna tenía derecho al Trono.
Sakti siguió el rastro de Zoe hasta una de las puertas. A pesar de que la profetisa no quería verla tampoco dejó cerrado con llave. Zoe sabía muy bien que si Sakti en verdad tenía intenciones de verla un simple cerrojo no la detendría.
El vestido de Zoe estaba sobre una silla al lado de la puerta, hecho un puño empapado. La habitación era sencilla. Había un escritorio pequeño con pergamino, pluma y tinta, una cama en una esquina y un armario en otra. También había otra puerta, debajo de la cual parpadeaba una luz. Sakti escuchó el agua correr y supuso que Zoe tomaba un baño.
—Sal ya —le dijo—. Tenemos que irnos.
La profetisa no respondió. Sakti comprendió que quería agotarle la paciencia. Planeaba hacerla esperar tanto tiempo como para aburrirla. «Es una gran pitonisa y ni siquiera puede prever esto», se quejó el Primer Dragón. «¡Cinco años! ¡No ha visto esto en cinco años!».
«Es porque no quiere verlo», le respondió Sakti mentalmente. «Es comprensible. No quiere recordar porque sabe que vería los detalles. Eso le da miedo. En cuanto a sus visiones, sabes que los poderes de los profetas no solo dependen de sus percepciones. También dependen de que Dios quiera que vean ciertos acontecimientos. Si no lo ha visto entonces no es el momento».
No podía esperar a que Zoe entrara en razón. Sakti entró al cuarto de baño y la sacó a rastras. La profetisa reclamó pero no pudo hacer nada cuando Sakti le echó la toalla encima y la sentó al borde de la cama, donde le secó la cabeza con otro paño.
—Si no quieres que también te ponga la ropa —la amenazó cuando el cabello dejó de gotear— te cambiarás por tu propia cuenta. Busca algo cómodo. Nada de vestidos.
Se apoyó en una pared mientras Zoe se vestía de mala gana. Todo había cambiado mucho entre las dos. Apenas se podía creer que esa chica era la misma niñita que le pedía que se quedara a dormir con ella. Se habían bañado, peinado y jugado juntas cuando eran más jóvenes. Habían sido hermanas y ahora no podían ser amigas.
—No quiero ir a ninguna parte contigo —dijo Zoe cuando al fin estuvo lista.
Sakti vio que en el armario solo había vestidos de sacerdotisa, con excepción de uno azul un poco gastado que era el que tenía puesto. La princesa se había asegurado de enviarle más ropas. Ahora que Darius y Enlil estaban muertos ella tomó la responsabilidad de cuidar a los profetas.
Los gemelos se ponían lo que tuvieran en el armario sin sospechar de dónde venía pero Zoe era diferente. Ella siempre supo que Enlil se encargó de la manutención de su hijo y nietos, como ahora sabía que Sakti era su patrocinadora. Ah. Así que Zoe aceptó todo lo que le dio Enlil, pero se deshacía de lo que la princesa le enviaba. Auch. Sakti sabía que la chica la odiaba, pero hasta ahora se daba cuenta de que la despreciaba más que al viejo General.
Bueno, ¿qué esperaba? Enlil por lo menos salvó a Darius del come-almas. Ella, en cambio, condenó a muerte al mestizo y no movió ni un dedo cuando el verdugo levantó el hacha para ejecutarlo. No podía culpar a Zoe por lo que sentía.
—De todas maneras vendrás conmigo —dijo mientras agarraba a la profetisa del brazo.
Como era de esperar, Zoe forcejeó. Sakti no quería lastimarla para forzarla a obedecer, así que hizo lo único que garantizaría la cooperación de la profetisa: le enseñó el joyero.
—¿Eso es…? —Zoe estiró una mano pero Sakti apartó el joyero.
—Está encantado. Espera un poco más y tendrás lo que te pertenece. Confía en mí.
—¿Confiar en ti? —preguntó Zoe mientras salían al pasillo—. ¿En serio? ¡¿Confiar en ti?!
La intención de Sakti era regresar al cuarto del lago y salir por ahí, ya que no conocía el interior del Templo de las Doncellas. Cambió de opinión cuando escuchó un corte en el aire. Ella y Zoe se detuvieron a la vez. Al instante un hombre cayó de bruces al final del pasillo, cerca de la puerta que conectaba con el cuarto de los designios del agua. Era uno de los soldados enmascarados. Debajo de él se extendía un charco de sangre.
—Tuve razón —murmuró Sakti—. Ya empezó.
Apretó el brazo de Zoe y la hizo girar hacia el lado contrario. Echó a correr, decidida a apartar a la profetisa de ese lugar. Los soldados enmascarados eran rudos. No caerían a no ser que tuvieran un enemigo feroz.
El eco de sus pasos se escuchó por todo el pasadizo. Cuando llegaron a un cruce y se detuvieron, Sakti reparó en los otros pasos que la seguían. Le parecía que estaban cerca pero no podía ver sombras en las paredes ni ninguna otra silueta.
—¿Por dónde? —preguntó la princesa mientras señalaba la intersección.
Zoe eligió un camino. Siempre acertaba cuando se trataba de decisiones al azar. Esta vez fue la excepción: escucharon un nuevo corte en el aire y luego la caída de un soldado. Al asomarse por el borde del pasillo vieron a un soldado enmascarado tendido en el suelo y a otro que daba vueltas en círculos sin adversario a la vista. Por lo menos a la vista de Sakti, porque Zoe se cubrió los ojos poco antes de que una espada invisible cortara la garganta del oficial. El hombre enmascarado cayó. Su sangre se mezcló con la de su compañero.
—N-n-no vi eso venir —musitó Zoe—. Yo… no sabía que…
No lo podía entender. ¿Por qué eligió el camino donde había peligro? ¿Por qué no supo con anticipación lo que ocurriría? Antes de que pudiera pensar en lo raro que era, Sakti le apretó de nuevo la mano y echó a correr por el pasillo contrario al que Zoe había elegido. La princesa hizo un movimiento con la mano libre. De inmediato las antorchas se extinguieron.
En la oscuridad Zoe no sabía qué pasaba. A veces Sakti tomaba un pasillo pero se devolvía de repente y a toda velocidad cuando escuchaba los gritos de las aprendices o las peleas de los soldados enmascarados contra los enemigos. En una ocasión la profetisa tropezó con un cuerpo cálido. Sakti la levantó y la apuró a correr más antes de que pudiera entender que se trataba de un cadáver.
Los pasillos subterráneos del templo eran un laberinto. Fue un milagro que Sakti lograra salir por su cuenta. Zoe creyó que ya estarían a salvo pero en el exterior todo era peor. Todavía estaba oscuro. No había luna ni antorchas, solo la luz de unas pocas estrellas. Sin embargo fue suficiente para ver las paredes del templo empapadas de sangre. Zoe apartó la mirada de los cadáveres desperdigados en el jardín y los caminos. No tenía en muy alta estima a los enmascarados, sacerdotisas y aprendices, pero nunca deseó que terminaran así. Esa muerte se la deseaba a aquellos que más odiaba.
—¿Qué pasa? —le preguntó a Sakti—. Tú lo sabes, ¡así que dímelo!
La princesa sacó tres esferas del cinturón. Las agitó y las lanzó al final de un pasillo.
—Vienen por ti. Cúbrete la nariz y la boca. Necesito tus ojos porque tú sí podrás ver a los kredoa. Pero si el gas te desmaya no podré arrastrarte.
Zoe apenas tuvo tiempo de obedecer porque Sakti la agarró de nuevo del brazo y echó a correr hacia donde lanzó las esferas. La profetisa quiso gritarle que en esa dirección se oían más gritos y armas. Pero no pudo decir ni una palabra cuando distinguió los rostros velludos y los ojos centelleantes de los kredoa. Creyó que ese sería el fin, que los vanirianos la atraparían. Entonces las esferas soltaron el gas, los enemigos tosieron y cayeron a los pies de Sakti y Zoe.
—Ahora harás lo que te diga sin refunfuñar, ¿verdad? —le preguntó Sakti cuando llegaron a un nuevo cruce de pasillos.
Todos los corredores estaban ocupados. Sakti sacó tres esferas en una mano y tomó la espada en la otra. Zoe asintió. No tenía caso oponer resistencia cuando quedaba claro que la princesa sabía lo que hacía haciendo y, más importante aún, que la estaba protegiendo.
—Buena niña —dijo la princesa. Luego lanzó las esferas y avanzó.


En Masca las alarmas rugieron sin control. Aunque los pasillos estaban oscuros, Zoe distinguía a tiempo la figura de los kredoa y avisaba a Sakti para que la princesa se encargara del enemigo con la espada.
—Argh. ¿Por qué mis poderes no sirven? ¿Por qué no puedo prever nada? —preguntó Zoe entre dientes y con la respiración entrecortada mientras seguía a Sakti.
La princesa logró salir del Templo de las Doncellas y entrar a Palacio. Toda su atención recaía en el camino y lo que se interpusiera. Ignoraba las sirenas, las bolas de fuego que corrían por los cielos y las arpías que caían o esquivaban el ataque.
—Porque eso era lo que esperaban —respondió la princesa—. Ahora lo entiendo.
Sakti se hizo esa misma pregunta desde el primer ataque en el templo. Zoe era la mejor pitonisa de la historia. Sin Enlil y con Sigfrid recluido en Masca, la profetisa fue la única herramienta que permitió a los aesirianos soportar los ataques vanirianos en diversas partes del Imperio. Sus poderes de profeta velaron por los ejércitos aliados, como Sakti lo esperaba. Pero ahora sus dones no servían de nada. Debió haber previsto la invasión. Debía de ser capaz de saber cuándo y dónde aparecerían los enemigos, pero todo la tomaba por sorpresa.
—Los vanirianos encontraron la manera de burlar los poderes de los profetas —explicó Sakti—. Solo esperaron el momento adecuado para que ni tú ni los gemelos pudiesen prever la invasión.
—¿Pero cómo lo hicieron? —preguntó Zoe furiosa—. ¡Mis visiones son perfectas! Siempre lo han sido.
—No, yo también te he burlado —admitió la princesa.
Cuando llegaron a una baranda, Sakti se agachó e hizo una seña para que la profetisa la imitara. Desde ahí vieron una plaza de entrenamiento llena de soldados que combatían. A Sakti le pareció que luchaban contra el aire, pero Zoe vio los kredoa y los vanirianos ordinarios bajo el hechizo de invisibilidad. También había arpías. Sakti sí las podía ver aunque apenas, porque eran tan rápidas que caían como halcones sobre sus presas.
La princesa supo que no podía ir por ahí. Si estuviera sola se arriesgaría, pero no podía arrastrar a Zoe a un campo de batalla cuando la profetisa no tenía entrenamiento militar. Sería muy peligroso. Lo peor era que si no se apuraba pronto no podría ir por ningún camino.
—Es la luna… y las estrellas —dijo Zoe de repente—. Los astros benefician los poderes de adivinación. Por eso esta noche tengo menos percepción: hay pocas estrellas y la luna no brilla. —Zoe hizo algo que no había hecho desde hacía cinco años: tomó la mano de Sakti en busca de consuelo—. Dagda y Airgetlam… sus poderes tampoco funcionan y…
—… también vinieron por ellos —completó Sakti mientras le daba un cálido apretón para hacerle saber que todo estaría bien—. Ya lo sé. Por eso te dije que confiaras en mí. Tengo todo bajo control.
Sigfrid tenía otras buenas características además de su sobrenombre perverso. Por ejemplo, era muy cauteloso. En extremo. En el primer momento que tomó a los gemelos bajo tutela les explicó todo lo que se hacía en caso de ataque. Lo primero era ir al cuarto de armas, una habitación enorme que por obligación debía ser cruzada antes de llegar a los pasillos que llevaban a la Sala del Trono. Se suponía que en una invasión los soldados debían ir ahí para hacerse de armas nuevas en caso de que hubieran perdido las suyas. Así defenderían el salón que los enemigos tendrían que cruzar si querían llegar al Emperador.
Sakti decidió ir allí. Zoe tuvo que tomar una gran bocanada de aire porque el camino hacia el cuarto de armas estaba repleto de luchadores. Sakti lanzó un buen puñado de granadas de humo sin importarle que cayeran tanto vanirianos como aesirianos. Cuando vio que el camino estaba más o menos despejado, tomó a Zoe de la mano y echó a correr con ella.
Eran tantos pasillos y había tanto humo que hasta a Sakti comenzaron a lagrimearle los ojos. Cuando al fin alcanzaron la entrada al cuarto de armas la encontraron bloqueada. Claro, los soldados al otro lado ya estaban defendiendo la habitación. Sakti no tuvo más remedio que empujar con la garra de Dragón y lanzar un fuerte hechizo de desbloqueo, que hizo que una onda de poder se extendiera alrededor. El resultado fue que los soldados al otro lado fueron expelidos y las puertas se abrieron de par en par.
Zoe entró apresurada para recuperar el aire. Contuvo tanto tiempo la respiración que ahora tosía entre jadeos desesperados. Ya no lo toleraba más. No podía soportar la idea de que Sakti la hubiese protegido y puesto a salvo con tan poco esfuerzo, mientras ella apenas podía seguir el ritmo de los acontecimientos.
—¡Ya basta! —gritó cuando recuperó el aliento—. ¿Cómo sabías sobre la invasión? ¡¿Por qué estás tan preparada?!
—Sí, Allena —dijo alguien de repente—. ¿Por qué estás tan preparada?
Como a Zoe le lagrimeaban los ojos no se había dado cuenta de la comitiva en el cuarto de armas. Además de los soldados que Sakti empujó con el hechizo, también había oficiales de los Escuadrones Terra, Fuoco y Mare, así como varios enmascarados. En el cuarto también estaban el príncipe Kardan y el Emperador, así como Sigfrid, Dereck y los gemelos.
El monarca miró furioso a Sakti. Cada vez que lo veía la princesa se daba cuenta de lo enfermo y cansado que estaba. Todavía no se recuperaba de la sincronización que efectuó hacía unos años para salvar Masca de una invasión. Si estuviese en mejores condiciones él mismo habría previsto el nuevo ataque, pero no tenía energía suficiente para sincronizarse regularmente con la ciudad.
Por su parte, al Emperador le enfurecía ver a Sakti lista para el combate. Esa era evidencia clara de que sabía que la invasión era una posibilidad. Si ella hubiese avisado el ataque no habría alcanzado las dimensiones peligrosas que tenía.
—¡Responde, Allena! —gritó—. ¿Sabías de la invasión? ¿Por qué no avisaste?
Sakti guardó silencio. Empujó a Zoe para que se adentrara más al salón. Arrastró a tres soldados aesirianos que estaban cerca de la puerta, los metió al cuarto de armas y cerró la entrada. Para asegurarse de que nadie más se colara, fundió el cerrojo con la garra de Dragón. El mármol se derritió; una vez seco selló las puertas dobles. Ya segura de que no tendrían visitas inesperadas, Sakti sacó la cajita de madera de entre la capucha.
Abrió el joyero antes de que el Emperador entendiera qué pasaba. El rostro de Sigfrid se contrajo al instante. En los oídos le vibró una sirena que solo él podía oír. Sakti se felicitó por esperar. Si hubiese abierto la cajita antes Sigfrid la habría pillado y arruinado sus planes.
—¡Las esencias! —gritó el General al tiempo que miraba a los gemelos, que estaban en un extremo de la habitación.
Del joyero salieron cuatro perlas pequeñas del tamaño de una moneda, que levitaron sobre la cajita con un zumbido. Las joyas parpadearon con luz como si en el interior tuvieran flamas o luciérnagas. Dos de las perlas salieron disparadas hacia Dagda y Airgetlam, otra voló hacia Zoe, y la última regresó al joyero. No encontraba a su dueño.
Los profetas cayeron al suelo cuando las perlas los golpearon en el pecho con la fuerza de un meteorito. Se encorvaron del dolor al sentir la energía que les recorría las venas. Al fin estaban completos.
—¿Qué significa esto? —preguntó Dagda al tiempo que levantaba la mirada a Sakti. La energía le marcaba el camino de las venas y arterias en la cara y los brazos. Era un resplandor verde que disminuía a la vez que el cuerpo asimilaba la magia—. ¡Maldita sea! Sabías de la invasión y no dijiste nada, pero al mismo tiempo trajiste a Zoe y nos devolviste nuestros poderes. ¿Para qué? ¿Qué demonios quieres de nosotros?
Sakti gruñó. Era la primera vez que la escuchaban gruñir en cinco años.
—En primer lugar, que te calles —soltó la princesa con dureza—. En segundo, que seas más agradecido. En caso de que no te hayas dado cuenta, los estoy ayudando. Qué cabeza de chorlito eres. —Al escucharla, el Emperador rechinó los dientes y señaló a Dereck.
—Toma a Allena y detenla —ordenó—. No dejes que su plan resulte, sea el que sea.
—Lo que planeé no está resultando de todas formas —se quejó Sakti mientras el Guardián se acercaba a ella—. Mi plan era que los niños se reunieran sin que ustedes se dieran cuenta, antes o después de la invasión. Tampoco quería que supieran que yo los liberé.
Mientras Dereck se acercaba, Zoe se separó de Sakti y avanzó hacia los gemelos. Todavía no entendía las intenciones de la princesa pero sí sabía que la situación era complicada. Todos en el salón lo sabían. ¡Sakti confesaba traición! El plan de liberar a los profetas a escondidas del Emperador era la más grande felonía cometida en cinco años.
Zoe temió por sus hermanos y por sí misma. Aunque deseaba ser libre no quería que la mezclaran en el plan de Sakti. Si creían que los profetas colaboraron con la princesa también los acusarían de traición.
—Esto no lo hiciste sola, Allena —dijo el Emperador entre dientes—. Alguien te ayudó.
El monarca miró a los profetas en busca de respuestas, a lo que Zoe respondió con una enfática negación de cabeza. Su palabra no valía nada a los ojos de los Aesir pero el Emperador notó la auténtica sorpresa de los profetas. Los descartó como cómplices.
—Por lo menos alguien debió informarte sobre la invasión. ¿Quién lo hizo?
Sakti miró al Emperador. Dereck la había sujetado de un brazo y estaba listo para agarrarla del otro, pero la mirada de la princesa lo detuvo. Sakti no sonreía, pero sus ojos sí. A pesar de lo grave de la situación estaba muy satisfecha consigo misma.
—Él me lo dijo.
Señaló con la barbilla el otro extremo del salón. Con todo lo ocurrido nadie notó que la puerta contraria –la que conectaba con los pasillos que llevaban a la Sala del Trono– estaba abierta. Allí había un soldado enmascarado.
«Es mi espía personal», iba a decir Sakti. El oficial se le adelantó al quitarse la máscara.
Dereck soltó a la princesa, bajó los brazos y abrió la boca hasta que pareció que la mandíbula tocaría el suelo. Los soldados retrocedieron, soltaron una suave exclamación y se miraron entre sí confundidos y asustados, como si acabasen de ver un fantasma. El Emperador y Sigfrid palidecieron por la ira y la confusión.
Los únicos que no estaban asustados o furiosos por la aparición eran Zoe y sus hermanos.
—¡Papá! —gritaron los profetas al ver a Darius.
Zoe atravesó el cuarto de armas a toda velocidad sin que nadie se lo impidiera. El mestizo extendió los brazos para recibirla. Una vez en ellos, Zoe apretó la cintura de Darius para asegurarse de que era él y no una ilusión. Era él. ¡Era él! Se daba cuenta por el olor a padre, por el calor de hogar, por el abrazo que solo él podía dar. ¡Era él!
—Estás vivo —sollozó Zoe—, p-p-pero… nosotros… y el verdugo… y tú… ¿qué pasó?
Darius se hincó frente a ella. Le plantó un beso en la frente y le sonrió de nuevo.
—Allena, por supuesto. ¿Quién, si no?
El profeta dio un último apretón a su hija antes de separarse de ella. Buscó la mirada cómplice de su amiga, listo para compartir el éxito de una travesura. Sin embargo, Sakti tenía los ojos entrecerrados sobre él, claramente molesta.
—Fuiste mi obra maestra, Darius, y tenías que echarlo todo a perder revelando tu rostro.
Como para confirmarlo, Sigfrid desenvainó un espadón doble y tomó posición de ataque.
—Fue una estupidez descubrirte, cachorro —siseó el General. Sigfrid miró a Sakti por encima del hombro y continuó—: Y ayudarlo, Alteza, fue todavía más estúpido.
Los ojos centelleantes de Sigfrid estremecieron a Dereck y a los soldados. Pero la princesa, que era el blanco de esa mirada, ni siquiera parpadeó del susto.
—Ah, ¡¿qué pasa?! —preguntó un oficial exasperado.
—Yo alerté a Allena sobre la invasión —explicó Darius al tiempo que Zoe se abrazaba de nuevo a la cintura de él. El mestizo miró a la princesa y agregó—: No te preocupes. No desperdicio todo lo que hiciste para mantenerme a salvo. Tengo la prueba de mi inocencia.
—¡No eres inocente de nada, maldito bastardo! —gritó el Emperador—. ¡Tú mataste a Enlil y fuiste ejecutado!
No se podía olvidar de ese día. Estaba seguro de que uno de sus últimos recuerdos antes de morir sería la satisfacción que sintió al ver rodar la cabeza del profeta. ¡Lo había visto! ¡Todos en Masca lo vieron! Pero entonces… ¿cómo estaba él ahí, a unos pasos?
—Todos te vimos morir —siseó el monarca—. ¿Qué tipo de ilusión y burla es esta, ah?
Darius le respondió con una sonrisa cínica.

"Los Hijos de Aesir: Travesía bajo la sombra del Tercero" © 2009-2017. Ángela Arias Molina

2 comentarios :

  1. wooow
    la verdad, a mi me ha gustado mucho, a pesar de que soy nueva por tu blog.

    Ha quedado lindisimo n.n

    Ahora, quisiera invitarte a participar en el concurso "Navidad Especial" organizado por el blog. Ojalá puedas participar.

    Te dejo el link por si te interesa

    http://elycervantes.blogspot.com/2009/12/concurso-navidad-especial.html

    tambien un besote!

    Ely Cervantes

    ResponderEliminar
  2. Muchas gracias. En seguida me paso ;) ¡Saludos!

    ResponderEliminar

Ojalá que me den CRITICAS CONSTRUCTIVAS para poder mejorar en mis escritos.
No es necesario que dejen su nombre, aunque se los agradecería para poder darle las gracias cada vez que publique de nuevo, ya que quiero dar crédito a las sugerencias que me hagan.
Gracias por tomarse su tiempito y honrarme con sus comentarios. =^_____^=

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