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Capítulo 3

3
FRAUDE


El sueño lo desorientó pero no pudo cerrar los ojos. Supo que lo único que conseguiría sería dar vueltas en el catre y solo se cansaría más. «Debo conservar mis energías. Debo estar listo para cuando ella me saque de aquí», pensó. Pero cuando notó un tímido rayo de luz que se coló entre las grietas de la celda el último rastro de esperanza desapareció.
Darius apartó la mirada del haz de luz y se miró las manos. Le temblaban. Lo más triste no era la tensión acumulada por la sentencia, sino la sensación de que lo habían traicionado. No podía dejar de pensar en cómo Sakti caminó alrededor de él sin titubear, sin detenerse, sin soltar la espada que lo encerraba en el círculo de la condena. No podía dejar de pensar en el rostro inexpresivo de la chica mientras lo sentenciaba a muerte.
A pesar de que se aturdió al ver el eco en la joya, una parte se negó a creer que moriría. Cuando los soldados lo regresaron a la celda, Darius se dijo que Sakti solo fingía. Se dijo que en la noche lo sacaría a hurtadillas, lo metería en un carruaje y lo enviaría lejos de Masca. Por eso esperó en vela. Pero Sakti lo había abandonado.
Darius apretó los labios y miró el suelo cuando se abrió la puerta de esa sección de las mazmorras. No daría ningún placer a los soldados. No dejaría que le vieran las ojeras, los ojos irritados por las lágrimas ni el rostro descompuesto por el miedo.
Había otras cuatro celdas en esa sección, pero los visitantes se detuvieron delante de la suya y esperaron en silencio.
—Te ves horrible —dijo al fin una suave voz—. ¿Qué pasó? ¿No dormiste? —El profeta levantó la mirada. Sus ojos expresaron furia en lugar de temor.
—No, pero qué bárbara. ¡De seguro tú sí podrías dormir si tu mejor amigo te condenara a la muerte! Claro, si es que de verdad me consideraras tu amigo… —Sakti tomó eso por un no.
—Acércate, necesito un mechón de tu cabello.
—¿Para iniciar una colección? —preguntó Darius con sarcasmo. Al instante reparó en el aspecto de su amiga.
Ella también tenía ojeras y no parecía dispuesta a bromas. Cerró el puño derecho y con telequinesis obligó a Darius a arrastrarse hasta las rejas. El muchacho gimió. Además de chocar contra los barrotes se lastimó las muñecas con las cadenas que lo tenían sujeto.
—No te muevas —ordenó Sakti mientras sacaba una daga de entre el vestido. Cortó un mechón de cabello de Darius de manera que no se notara. La sirvienta que la acompañaba le pasó una pañoleta, donde la princesa guardó el mechón.
—Te esperé toda la noche —dijo Darius cuando Sakti lo liberó de la telequinesia—. Pensé que me sacarías.
—Sí, bueno, yo tampoco lo pasé muy bien. Estar en vela una noche entera estudiando no es precisamente mi mayor satisfacción.
Darius se separó de las rejas y miró a la chica. Sakti estaba preparada para las ceremonias de ese día y su vestido elegante no parecía hecho para una expedición o un rescate.
—Descuida —dijo la princesa al ver que Darius todavía no estaba seguro de si ella lo salvaría. Sacó una llave de la manga del vestido y la lanzó al profeta—. Los guardas vendrán por ti en diez minutos y harán una parada en una caballeriza. El verdugo que elegí para ti tiene mala reputación entre los nobles porque pasa la mayor parte del tiempo ebrio.
—¡Sí! —soltó Darius, todavía sarcástico—. Quizá esté tan mareado que fallará. ¡En lugar de cortarme el cuello me clavará el hacha en la espalda! —Sakti dejó pasar el comentario.
—Entre los soldados ese verdugo es casi un héroe porque se divierte un poco con los condenados a muerte que lo ameriten. Debes entender que para todos en Masca, el asesino del buen General Tonare debe pagar caro. Una simple ejecución no es lo bastante humillante. —Darius guardó silencio por unos segundos, sin entender lo que eso significaba.
—¿Qué quieres decir?
—Que para cuando llegues a las caballerizas y los soldados te dejen a solas con el verdugo, tú ya debes estar desencadenado y listo para pelear contra él. Te veré ahí.
Sakti se marchó sin decir ni una palabra más, a pesar de que Darius le pidió a gritos que le diera más explicaciones. Diez minutos después de que la princesa abandonara las mazmorras, los soldados llegaron por él.
Mientras recorría Palacio rumbo a los establos, el corazón de Darius latía desbocado. No estaba seguro de qué hacer. Le preocupaba que los soldados vieran la llave que escondió en el pantalón, en la cintura. Había tantas posibilidades de ser descubierto, como que la llave resbalara al suelo o que él no fuera lo bastante discreto a la hora de sacarla…
¿Y si tampoco podía liberarse a tiempo? ¿Y si al llegar a las caballerizas el verdugo lo golpeaba hasta que tuviera que arrastrarlo al patio de ejecución? ¿Cómo se supondría que escaparía? Incluso si lograba utilizar la llave sin problemas ¿cómo lucharía contra el verdugo? Se lo imaginaba enorme como una roca, con unos músculos tan gruesos y fuertes capaces de levantar un hacha e incluso de enfrentar a Sigfrid.
Él, en cambio, apenas si era más alto que los aesirianos de su edad y no estaba acostumbrado a levantar armas tan pesadas como las hachas. Eso sin mencionar que llevaba días comiendo sobras. No estaba en la mejor condición para luchar, menos contra el tipo que le iba a rebanar el cuello.
—¡Elren! —gritó uno de los soldados que lo sostenían cuando llegaron a las caballerizas—. Mira lo que tenemos para ti: el bastardo que mató al General Tonare.
Dos de los soldados empujaron a Darius, forzándolo a caer de rodillas sobre la paja. El profeta miró al verdugo para evaluarlo. Elren Therf esperaba sentado en un cajón de madera, con una navaja en una mano y una manzana en la otra, pues la estaba pelando para comerla.
Elren no llevaba la capucha. No era tan temible como Darius imaginó. Aunque era unos años mayor, tenía una contextura muy similar a la suya. Ambos eran igual de altos y sus brazos parecían tener el mismo grosor, aunque los de Elren estaban más tonificados. Se parecían tanto que hasta tenían el mismo color de pelo y el mismo tono de piel.
Darius esbozó una pequeña sonrisa. Tras enfrentarse a groliens y arpías, pelear contra un sujeto de su talla parecía cosa fácil. Se dijo que fue un tonto por dudar de Sakti. Claro que ella quería salvarlo. Por eso eligió al verdugo ideal para él.
—Bien —dijo Elren con una sonrisa macabra después de dar un mordisco a la manzana. El jugo de la fruta le escurrió por los labios.
El verdugo tomó una botella de ron a sus pies. La vació de un sorbo y después la chocó contra la pared. Ahora solo quedaba el cuello de la botella –por donde Elren la sostenía– y las puntas filosas.
—¿Así que tú mataste al General Tonare, eh? —preguntó mientras se levantaba.
Paseó por el establo en lugar de caminar directo a Darius. Mientras lo hacía, con el borde de la botella rota golpeaba otras iguales que estaban esparcidas por la habitación. Darius vio las puntas de vidrio que se asomaban por las vigas, en el suelo, en las cajas…
—El General Enlil fue el mejor de los mejores. Siempre tan atento a todo y a todos. Él me salvó de pequeño. —Los soldados rodearon a Darius. Tenían los puños cerrados y los golpeaban contra la palma libre de la otra mano. Era el típico gesto de bravuconería—. De hecho nos ayudó a todos nosotros. Cuando perdimos nuestros pueblos y padres, nos trajo a Masca y nos dio un lugar en el ejército. Yo no cumplí muchas de sus expectativas pero se encargó de que tuviera al menos un trabajo como verdugo. ¿Y sabes una cosa? —Elren se acercó a Darius. La botella rota le bailaba entre los dedos—. Le agradeceré lo que hizo por mí rebanándote el cuello.
Agarró a Darius de la nuca y lo forzó a agachar la cabeza hasta que la frente tocara el suelo. Elren tenía muchísima fuerza. El mestizo se reprendió por creer que estarían parejos en un enfrentamiento. Un golpe bárbaro en la espalda le arrancó un grito de dolor. El verdugo le había clavado la botella rota por encima del omoplato.
Ahora Darius lo entendía: Elren no jugaría limpio. Aprovecharía que el condenado estaba encadenado para golpearlo una y mil veces con la botella rota. Lo patearía y empujaría contra las otras botellas esparcidas por el establo hasta dejarlo lleno de agujeros.
—Tienen que irse a reportar, ¿verdad? —rio Elren al escuchar los gemidos de dolor de Darius—. Yo me quedo a disfrutar un rato más.
Los soldados se marcharon entre risas y lamentos, pues también querían divertirse. Mientras se marchaban, el verdugo abrió una caja de madera y extrajo una nueva botella de ron que se terminó de un sorbo. Después la golpeó para tener otra arma.
Darius lo miró desde el suelo. De acuerdo, si Elren quería jugar sucio el profeta también jugaría sucio. Aprovechó que cayó bocabajo para cubrirse los brazos y muñecas con el resto del cuerpo. Sacó la llave del pantalón y, todavía en el suelo, se las arregló para abrir el cerrojo de las esposas. Ahora solo le faltaban los grilletes en los tobillos.
Elren se acercó con la nueva botella. Darius se encogió en el suelo, como si estuviera muy adolorido y asustado. Una trampa. Cuando el verdugo estuvo a un paso de él, el profeta dio un pequeño salto y golpeó las pantorrillas de Elren con las cadenas que lo aprisionaron antes. Elren estaba ya afectado por el ron, así que cayó de espaldas sin complicaciones.
Darius aprovechó que el verdugo todavía estaba confundido en el suelo para liberarse de los grilletes de los tobillos. Se levantó con dificultad y se arrancó de un tirón la botella que Elren le clavó. La espalda se le empapó de sangre a pesar de que todavía tenía vidrios incrustados en casi toda la herida.
—¡Maldito cachorro bastardo! —gritó Elren mientras se levantaba—. ¡Te voy a destruir! ¡Para cuando subas al banquillo ya estarás medio muerto!
El verdugo se lanzó hacia Darius a la vez que agitaba la botella rota como si fuera un mazo. El profeta apenas tuvo tiempo de sostenerle el brazo para que no le golpeara la cara. Quedaron atrapados en un impasse que se rompería hasta que el que tuviera más fuerza lograra derribar al otro. Darius supo que por mucho que él y Elren tuvieran la misma talla, el verdugo tenía más potencia. La única forma de librarse de él era empujándolo, pero entonces el verdugo podría caer sobre una de las botellas rotas esparcidas por el suelo. Podría morir si se cortaba un punto vital. «¿Y a mí eso qué me importa?», se preguntó. «Él me quiere matar y no le importa si soy yo el que se estrella contra el vidrio».
Estuvo tentado en seguir ese pensamiento pero lo rechazó. Apretó los dientes. En lugar de empujar dejó de hacer fuerza. Elren perdió el equilibrio y estuvo a punto de caer sobre él. El profeta se quitó del camino y el verdugo cayó sobre la paja libre de cristales en la que Darius estuvo tirado hace poco.
Sabía que era cuestión de segundos antes de que Elren se levantara de nuevo para atacarlo. ¿Cómo podía detenerlo? Vio las cadenas con las que derribó al verdugo antes. Las cogió a toda prisa, se sentó sobre Elren y le sostuvo los brazos por detrás. Tenía la intención de amarrarlo pero el verdugo no permitió que le atara las manos. Elren estiró los brazos y agarró al profeta de los hombros para jalarlo hacia el frente, estrellarlo contra el suelo y sostenerlo.
Darius se desesperó. Sabía que si Elren tenía éxito él no se levantaría de nuevo. Elren le podría clavar la botella en la cabeza, o estrellarle el cráneo contra el suelo, o ahogarlo con la cadena… Si el verdugo lo tumbaba sería el fin.
El miedo actuó antes que la razón. Pasó la cadena alrededor del cuello y comenzó a asfixiar al verdugo. Apretó con todas sus fuerzas, presa del pánico. Se dio cuenta de que se excedió solo hasta que los brazos de Elren cayeron inmóviles a un lado. Los dedos de Darius dejaron resbalar la cadena. La cabeza del verdugo golpeó el suelo con un sonido seco apañado por la paja.
«¿Qué he hecho?», se preguntó Darius, todavía inmóvil sobre Elren. «Oh, por Dios. ¡¿Qué he hecho?!».
—Un hombre sobre otro hombre —comentó Sakti desde la entrada del establo—. No es una imagen que se ve todos los días. —Darius no se movió ni un ápice cuando la princesa entró. Sakti se asomó al exterior para asegurarse de que nadie venía y cerró la puerta—. ¿Te costó vencerlo?
Darius guardó silencio durante unos segundos. Cuando al fin levantó la mirada Sakti vio lo pálido que estaba.
—Allena… C-c-c-cr-creo que l-lo ma-mama-maté…
Sakti giró los ojos y soltó un bufido. No era la reacción que Darius esperaba de ella.
—Definitivamente no mataste a Enlil. No tienes material de asesino. —Sakti se hincó al lado y palpó el cuello de Elren—. Siento algo de pulso. Si te bajas podrá respirar mejor.
Darius se levantó y rodó el cuerpo de Elren para que quedara bocarriba. Apartó la mirada al ver la feísima marca morada en el cuello del verdugo. Elren tenía la lengua hinchada y por fuera. Poco faltó para que Darius se pusiera a llorar. Aunque Elren todavía tenía pulso bien podría morirse. Eso lo convertía en un asesino.
—No pongas esa cara —lo reprendió Sakti. La princesa se irguió. Tomó los bordes del vestido con delicadeza y empezó a patear el abdomen del verdugo—. A ver, debilucho, respira un poco.
Darius la miró horrorizado sin entender las intenciones de Sakti. Elren, sin embargo, empezó a toser. Escupió una gran flema sanguinolenta y respiró de nuevo, aunque sonaba como un jabalí enfermo.
—Déjalo que duerma —dijo Sakti al ver que Darius se inclinaba de nuevo para ayudar a Elren. La princesa sacó un frasco de cristal de entre el vestido y lo mostró a Darius—. Ahora escupe en él, desnúdate y desnúdalo. —En lo último señaló a Elren. Darius la miró sin entender qué diablos quería—. Escupe en el frasco —repitió Sakti, armada de paciencia—. Luego te quitas la ropa y te pones la del verdugo. Después escondemos tu ropa y a Elren en los cajones o en un baúl.
Comprendió las palabras de Sakti pero igual la miró como si se hubiese vuelto loca. Ella le dio un coscorrón, agitó el frasco delante de él y lo hizo escupir en el interior. Una vez satisfecha con la saliva de Darius, Sakti se apartó para darle privacidad. Mientras Darius se desvestía la princesa abrió la caja más grande del establo. Esta también tenía botellas de ron. Sakti las tomó una por una y las escondió entre la paja.
De la paja también sacó un frasco que ella escondió más temprano, incluso antes de que Elren llegara a las caballerizas. Era un cilindro cerrado de vidrio. En el interior había una sustancia blanca, casi sólida, que se revolvía al ritmo de un latido. Sakti dibujó un círculo de runas mágicas en el suelo, colocó el cilindro en el centro, verticalmente, y removió la lámina delgada en la parte superior. Agregó la saliva de Darius a la masa.
—¿Ya terminaste? —preguntó la princesa—. Necesito tu sangre.
Darius avanzó hacia ella con cara de resignación. No tenía ni idea de qué diablos sucedía, pero ya había aceptado hacer lo que Sakti le pidiera sin chistar. Estaba seguro de que al final vería resultados positivos.
Aunque llevaba puesto el pantalón de Elren todavía no se había puesto la camisa. Necesitaba la ayuda de Sakti para curar la herida que el verdugo le hizo en la espalda. La princesa sacó los trozos de botella con cuidado, le limpió las cortadas con un paño blanco y después tiró el trapo dentro del cilindro.
Las runas del círculo mágico comenzaron a brillar. El cilindro de vidrio se derritió como si fuese de hielo. El cristal líquido formó una capa esférica alrededor de la masa. La sustancia ya no era blanca sino rojiza por la sangre. Las runas parpadearon con diferentes colores, cada vez a un ritmo más acelerado, mientras que la masa crecía al son de los destellos.
Darius arrugó la frente y alzó una ceja al ver que la masa tomaba la forma de un hombre. Al principio pareció el maniquí de una sastrería pero luego los rasgos del rostro se definieron y unos mechones de cabello negro cubrieron la cabeza.
—¡Allena! —gritó el mestizo mientras tapaba los ojos de Sakti—. ¿Q-q-qué es…?
—Es un muñeco —contestó la princesa con los ojos cubiertos. Soltó un suspiro que decía «Ya sabía yo que ibas a reaccionar así»—. ¿Recuerdas a la sirvienta que me acompañaba más temprano? La hice anoche.
Darius frunció la frente sin entender qué tenía que ver lo uno con lo otro. Antes de que pudiera preguntar, Sakti le metió un codazo en las costillas para que la soltara. La princesa se acercó al muñeco e inspeccionó su nueva creación. El clon de Darius estaba arrodillado frente a ella, con la cabeza gacha, los ojos cerrados y desnudo. Era idéntico al profeta en todo: la longitud del cabello, las facciones de la cara, los músculos y las cicatrices que se había ganado en el viaje por el Oeste y por su enfrentamiento contra Sigurd.
Sakti apartó la mirada del clon y asintió satisfecha. Darius se sonrojó. Se sentía indefenso delante de ella.
—¿Y qué hiciste con la muñeca? —logró mascullar.
—La tienes al frente. Es ella pero con otra forma. A la sirvienta la hice sin los ingredientes más importantes del hechizo. Me concentré mucho en cómo quería que fuera su apariencia, hasta que en la madrugada conseguí el efecto que quería. Pero desde el principio noté que se estaba rompiendo.
—¿Rompiendo? —Darius miró el clon—. ¿Quieres decir que estaba… muriendo?
—No seas tonto —Sakti negó con la cabeza—. Es un ser artificial. No está vivo. No es más que un hechizo con forma de mago que se mueve gracias a mis poderes. Pero para que el hechizo sea perfecto necesitaba fluidos corporales auténticos. —Darius hizo una mueca. La princesa continuó la explicación—: Pude haber hecho la primera prueba con una réplica mía, ¿pero cuál era el caso? Si alguien veía a dos princesas Sakti se armaría un lío nefasto. Así que preferí hacer una muñeca con nada más que mi imaginación. El problema es que sin algo orgánico las réplicas se caen a pedazos. A la sirvienta le faltaba poco para que se le cayera un brazo.
»El mechón de cabello que te pedí antes es uno de los ingredientes originales, el más corpóreo, y necesitaba que se diluyera antes que los otros dos. Vine más temprano con la sirvienta aquí y la deshice para que se mezclara con tu cabello. Me dio pena malgastar los ingredientes, ¿sabes?
Darius tenía la boca ligeramente abierta y el ceño fruncido, pero asintió. Lo que decía Sakti parecía un hechizo muy complicado, pero ella era un genio con los sortilegios avanzados.
—Necesitaba la saliva para que el muñeco tuviera una cara idéntica a la tuya.
—¿Y la sangre?
—Obvio: cuando le cortes la cabeza tiene que sangrar para que sea más realista. Si no habrá sospechas. —La expresión de Darius era cada vez más divertida.
—¿Quieres decir que me haré pasar por verdugo y él se hará pasar por mí? —preguntó mientras señalaba el muñeco. Sakti giró los ojos, ofendida.
—¿Tienes alguna queja? Pasé toda la noche aprendiendo este hechizo. Si no lo vas a apreciar entonces no me sentiré tan mal cuando te maten. ¿Es eso lo que quieres? ¿Que te ejecuten?
—No… —Darius bajó la mirada y la voz se le quebró—. Es solo que… ayer… cuando me enseñaste la joya y vi lo que hice… Sabía que había hecho algo malo pero no tan horrible. No podía creer que era yo. Pero ahora… —Darius giró el cuello hacia Elren, tendido en el suelo a unos pasos de él—. Ahora ya no estoy tan seguro. Es decir, ¡casi lo mato! Seguro sí maté al anciano. ¿Qué pasará si lo vuelvo a hacer? ¿Qué ocurrirá si la próxima víctima es un inocente, alguno de mis hijos o tú? ¿Qué pasaría si…?
—Darius, eres un idiota —lo cortó Sakti—. Un idiota sensible que no tiene material de asesino. ¿Es que aún no te has dado cuenta? —Sakti cruzó los brazos sobre el pecho—. Yo también tardé un poco en notarlo pero estoy segura de que no mataste a Enlil. —La seguridad de Sakti alivió y asustó a Darius por partes iguales.
—¿Qué quieres decir? El eco en la joya… —Sakti lo interrumpió otra vez.
—Yo primero miré el eco en el cadáver de Enlil. La misma escena se repitió en la gema.
—Eso solo confirma doblemente que yo fui quien lo hizo.
—Darius, piensa —le rogó la princesa mientras negaba con la cabeza—. ¿No te parece extraño que la joya tuviera los mismos recuerdos que el cuerpo de Enlil? Tiene sentido que el cadáver de Enlil contuviera sus últimas apreciaciones, ¿pero por qué la gema las tiene también? ¿Por qué cuenta la escena desde el mismo ángulo, a través de los ojos de Enlil? ¿No debería relatar lo sucedido desde su propio punto de vista?
La garganta y la boca de Darius se secaron. ¡¿Cómo no se lo ocurrió antes?!
—¡Tienes razón! No me había dado cuenta… Parecía un detalle tan insignificante…
—Nadie más se percató. ¿Sabes lo que eso significa? —Darius estaba muy aturdido como para responder—. Alguien te tendió una trampa. Alguien te quiere muerto. La misma persona que atacó a Enlil se encargó de colocar ese eco en la gema. Por cierto, la joya apareció cuando yo pedí que la buscaran. Lo mismo ocurrió con el cadáver de Enlil: apareció enterrado en un parque porque yo lo solicité como evidencia.
—Pero ¿y qué hay de mi percepción? ¡Te juro que sentía como si hubiera hecho algo horrible la noche que murió el anciano!
—Darius, creo que ya sé por qué Zoe es mejor profetisa que tú o los gemelos. No es que ella tenga más visiones que ustedes, o que sus poderes superen por mucho a los tuyos. Es porque ella puede recordar mayor cantidad de sueños que ustedes tres. Tú siempre sueñas con algo. Siempre tienes visiones. Pero al despertar no las recuerdas. Creo que esa noche de verdad te quedaste dormido en el jardín y viste el ataque a Enlil. Por eso te sentías culpable, porque en cierto modo lo viviste.
—Pero… ¿y el atacante? ¿Por qué soy yo el---? —Sakti negó de nuevo con la cabeza.
—No eras tú, de eso estoy segura. Ayer te lancé la gema en el juicio, ¿lo recuerdas? —Darius asintió—. La atajaste con la mano derecha. Pero en los recuerdos de Enlil el atacante utilizaba el brazo izquierdo para sostener la joya. Quiere decir que era zurdo y tú eres diestro. —Sakti esperó a que Darius dijera algo pero el profeta apenas asimilaba la información—. Hace unos años Dagda y Airgetlam me acompañaron al mercado. ¿Lo recuerdas? Fue antes de que tú y yo saliéramos de Masca.
Por la cara que puso Darius, Sakti supo que ya comenzaba a entenderlo.
—Sí —continuó la princesa—. Dagda y Airgetlam sí vieron a un kredoa en esa ocasión. Los kredoa estuvieron antes de la invasión en Masca, abriendo camino a sus compañeros. Aunque el Emperador se sincronizó para exterminarlos, Enlil me explicó que los hechiceros más poderosos disfrazarían sus poderes. ¿Ahora lo entiendes? Todo esto es parte de un plan vaniriano: un kredoa nos engañó al disfrazarse con una ilusión tuya. Mató a Enlil, el Segundo General del Imperio Aesiriano, y te inculpó a ti, su heredero. Si tú mueres no hay un descendiente en edad para tomar las riendas de la Casa Tonare. Aunque seas profeta eres desechable si hay otros tres más jóvenes y débiles que tú para atraparlos y controlarlos. —La piel de Darius se erizó.
—¡Pero entonces eso quiere decir que mis hijos…! —Sakti asintió.
—Son los próximos en la lista, pero no creo que quieran matarlos. Al menos no todavía. Intentarán atraparlos para leer la Profecía. Pero lamentablemente Dagda y Airgetlam son un blanco más despreciable que Zoe.
—¿Qué quieres decir?
—Con tu muerte ellos serían los únicos herederos varones de la Casa Tonare. Solo ellos podrían convertirse en Generales. Serían poderosos por sus dotes de profeta pero también más difíciles de controlar por el enemigo. Pronto los vanirianos harán planes para deshacerse de ellos. Zoe, en cambio, no tiene por qué tomar el título de General y tiene mayor capacidad como profeta. Y si ella no sabe luchar será sencillo atraparla.
Darius temblaba. Si no fuera por Sakti y su hábito de desconfiar y prestar atención a todo, jamás se habrían percatado de lo sucedido.
—¿Ahora qué haremos?
—Dereck tiene razón: lo único importante para los mascalinos, ya sean nobles o plebeyos, es que alguien debe pagar por la muerte de Enlil. Los vanirianos sabían que todos te culparían a ti, y se esforzaron en dejar migajas que convencieran hasta a la más escéptica de todos: a mí. Si incluso la princesa Sakti caía en la trampa ¿a quién no podrían engañar?
—Te lo pregunto otra vez —dijo el profeta mientras se acariciaba las sienes—: ¿qué haremos?
—Es simple. Les daremos a vanirianos y aesirianos lo que quieren: la muerte del heredero bastardo de la Casa Tonare. Los vanirianos quieren que mueras. Así debilitarán a la Casa Tonare y tus cachorros estarán más desprotegidos. Por otra parte, si los aesirianos no ven tu cabeza rodar insistirán hasta el aburrimiento y no quiero escuchar más quejas. Fingiremos tu muerte y nadie hará más preguntas ni se preocupará por los últimos detalles. Después de todo, ¿qué supera como prueba ver una cabeza rodar por el cuadrilátero?
Darius comprendió el plan de Sakti. Miró su réplica desde un nuevo ángulo.
—Allena, eres increíble —exclamó—. No puedo creer que hagas todo esto por mí.
—Sí, bueno… ¿Para qué son los amigos? —Sakti hizo un gesto para que Darius se inclinara. Puso el índice derecho en la frente del mestizo y el izquierdo en la frente de la réplica—. Con esto el muñeco estará conectado a tus emociones. Cuando suba al cuadrilátero no se verá tan falso. Incluso podrás hablar a través de él.
El clon del profeta abrió los ojos de repente. Darius se asustó. Él ya se había visto reflejado en el agua y los espejos, pero nunca imaginó que su mirada resultara tan impactante. Ahora comprendía por qué siempre las personas se le quedaban viendo cuando lo conocían.
—Ahora deja de admirarte y ponle algo de ropa a tu copia —dijo Sakti mientras daba media vuelta para asegurarse de que todavía no venía nadie al establo—. Después ayúdame a esconder al verdugo —agregó mientras señalaba el cajón que vació antes—. Si alguien lo encuentra se arruinan nuestros planes.
Darius tomó el uniforme de reo, no muy seguro de cómo vestir al clon. Había vestido a los gemelos cuando fueron pequeños pero no creía que vestir a un niño pequeño fuera igual que vestir a un adulto. Para su sorpresa el muñeco tomó la ropa y se vistió solo. Darius se apartó de él. Le parecía escalofriante lo real que se veía.
Se acercó a Elren y lo miró dubitativo.
—¿Qué harás con él? No irás a matarlo, ¿verdad? Aunque cuando despierte y recuerde que…
—Tranquilo, casi lo matas. No despertará en un buen tiempo.
Después de un vistazo afuera, Sakti cerró otra vez la puerta del establo y ayudó a Darius a levantar a Elren. Sakti se masajeó los hombros cuando al fin metieron el verdugo en el cajón.
—Tranquilo —dijo al ver la expresión de angustia de Darius—. No creo que muera. Pero si se ahoga mientras estamos en la ejecución puedo hacer que parezca un accidente.
Ja, ja, gracias, Allena. Eso me consuela mucho. —Sakti dejó pasar el nuevo comentario sarcástico de su amigo mientras caminaba a la salida del establo.
—Después de la decapitación regresa aquí. Es obvio que no podrás quedarte en Masca por un tiempo. No te preocupes, también he pensado en algo más. —Sakti se detuvo al lado de la réplica. Observó el clon con mirada crítica y le palpó la mejilla—. Darius, estoy orgullosa. Tan solo me tomó una noche dominar este truco de magia avanzada. Eres mi obra maestra.
—¿Es así? De repente soy tu experimento, ¿eh?
—Pues sí, puedes verlo de ese modo si quieres. Lo importante es que con este hechizo me he superado a mí misma. —Antes de cerrar la puerta, Sakti agregó—: Recuerda que es solo un muñeco. No está vivo. Aunque parezca que tiene emociones solo estará reflejando las tuyas. No sentirá dolor alguno cuando lo decapites. Y no se te olvide la capucha.
Darius siguió el consejo de Sakti y se cubrió la cara. No era muy sabio que los soldados que vinieran a recogerlo –a su réplica, se corrigió– vieran a dos Darius. También se recordó que debía tener cuidado al mirar a alguno a los ojos, porque sin dudas repararían en la mezcla mestiza y todo se echaría a perder.
Miró su réplica. El muñeco le devolvía la mirada pero estaba serio, sin pizca de las emociones que bullían en el interior del profeta. ¿Qué era eso? ¿Acaso el último hechizo de Sakti no funcionó y la conexión con las emociones había fallado? Sin importar qué tan ansioso estuviera el muñeco no demostraba nada.
Al final Darius decidió conformarse con lo que tenía, aunque dio el último detalle a la réplica: los grilletes y las esposas. Por poco se olvida de atarlo. Para cuando llegaron los otros soldados todo estaba en orden.


El sacerdote ajustó las cadenas del condenado. El anciano profirió el discurso mientras los soldados terminaban de preparar el banquillo para la cabeza. Aunque Darius sentía una alegría inmensa al saber que burlaba a cientos de personas, su réplica no demostraba ningún tipo de emoción…
… Hasta que el sacerdote dio la palabra al Emperador. El monarca llamó a los niños profetas y los situó frente al clon para que contemplaran la ejecución en primera fila.
—¿Duele, Darius? ¿Duele verlos sufrir por ti? Quizá debas contarles lo que te espera en unos minutos, ¿no? Parece que tú llegarás antes que yo a esa tierra de pesadilla que me describiste hace unos días.
Eso era demasiado cruel, incluso para el Emperador. ¿Cómo podía poner a unos chicos a mirar la ejecución del único padre que les quedaba? Le dio tanta furia que se atrevió a mirar al Emperador y transmitirle todo el odio que bullía en su interior. Fue hasta que el monarca sonrió que él se dio cuenta de que Kardan no veía al verdugo, sino al condenado: el clon. La réplica de Darius transmitía los sentimientos del profeta a la perfección. El hechizo de Sakti al fin surtía efecto.
Darius Tonare, se te ha condenado a muerte por el asesinato del General Enlil Tonare. La ejecución la realizará el verdugo Elren Therf, justo después del décimo quinto redoble de tambores.
Darius observó a sus hijos. Los gemelos y Zoe estaban tan pálidos y angustiados que parecía que eran ellos los condenados. No podía soportar sus caritas tristes. Se llevó una mano a la capucha para quitársela y consolarlos. «Ni se te ocurra», sonó la voz de Sakti en su cabeza. «Si lo haces te ejecutarán y ellos jamás te verán de nuevo. Pero si seguimos con la farsa tarde o temprano todo se solucionará. Lo prometo».
Darius asintió y tragó saliva. Miró al clon. Era demasiado real. Sabía que era cálido al tacto, que si ponía la mano sobre el pecho sentiría los latidos del corazón y que si le cortaba la cabeza brotaría mucha sangre. Así lo hizo Sakti: perfecto, ideal para engañar a miles de personas que demandaban la ejecución de un hombre inocente.
—¿Alguna última palabra o petición antes de morir? —El clon transmitió la respuesta de Darius:
—Sí, por favor no dejes que esto le pase a mis hijos. Cuídalos.
Alguien lo inculpó del asesinato de Enlil para quitarlo del camino. Si lo que decía Sakti era acertado, Dagda y Airgetlam también podrían caer en una trampa mortal. Zoe quedaría sola, a merced de los embusteros del gobierno aesiriano o de los enemigos vanirianos. Todo lo que podía hacer Darius era confiar en Sakti, en que ella protegería a los jóvenes profetas tal y como lo estaba protegiendo a él. Por las expresiones de sus hijos, Darius sabía que no sería fácil. Odiarían a la princesa en cuanto vieran rodar la cabeza del clon. Él sabía que la princesa los cuidaría muy bien, pero ellos no aceptarían ni entenderían su ayuda.
El redoble de tambores continuó imbatible, mientras que los gritos de Zoe, Dagda y Airgetlam eran los únicos que se animaban a interrumpir el acto solemne que los mascalinos contemplaban impacientes. El décimo tercer redoble, el décimo cuarto, el décimo quinto…
La luz de la Estrella Púrpura desapareció justo cuando Darius levantó el hacha de verdugo para clavarla en el clon. Sí, así habría sido si él hubiese sido ejecutado. Así habría rodado su cabeza, así habría permanecido su cuerpo inerte en el banquillo, así habría corrido su sangre…
Tuvo que esforzarse para que las rodillas lo sostuvieran, porque la impresión fue muy fuerte para él. Acababa de entender que se salvó por los pelos de una muerte horrible. Pero ahora tenía que ser valiente porque los mascalinos creían que él era el fuerte verdugo Elren Therf, no Darius. Ese ya había muerto.
Escuchó los gritos histéricos de los niños y vio que un grupo de soldados se los llevaba antes de que comenzara el tradicional ataque de los mascalinos. Darius quiso ir hacia los chicos, susurrarles que todo estaría bien, pero se contuvo a tiempo. Él debía estar muerto para ellos por lo menos hasta que fuera el momento adecuado. Si los gemelos y Zoe no sospechaban nada sería más fácil mantener la farsa a aesirianos y vanirianos por igual.
Darius miró el palco principal justo a tiempo para ver que Sakti se marchaba. Era hora de la despedida. Debía regresar al establo a escuchar qué planeó su amiga para él. Para esas alturas él ya no hacía preguntas: solo acataba los consejos de la princesa sin objetar nada. Confiaba en ella ciegamente.
Salió del patio a través de la masa de mascalinos que se lanzaron al cuadrilátero a mutilar el cuerpo del clon. Por un momento temió que la réplica no fuera lo bastante convincente y alguien se percatara de que no era un cadáver auténtico. Luego se reprendió. Sakti de seguro previó el tradicional ataque de los civiles, así que no habría dejado ningún cabo suelto.
Una vez en el establo caminó de un extremo a otro como un gato encerrado mientras esperaba a la princesa. Cuando al fin Sakti lo alcanzó abrieron el cajón donde estaba encerrado el verdadero Elren. Para alivio de Darius, el verdugo todavía respiraba y ya tenía mejor aspecto.
—Cámbiate de nuevo y vístelo —dijo Sakti mientras señalaba a Elren. Luego fue a una de las cuadras, donde esperaba un caballo de seis patas que Darius reconoció al instante—. Debes llevarte a Mükael antes de que el mozo encargado regrese.
Darius sintió un nudo en la garganta cuando vio que el corcel ya estaba ensillado y con equipaje. Dios, todo estaba cambiando muy rápido. Apenas podía asimilarlo aunque Sakti no tenía problemas. La princesa ni parpadeó cuando le entregó un paquete.
—Toma, esta es tu mudada para salir de Masca.
Sakti se retiró para que Darius se mudara tranquilo. Una vez listo, el profeta sacó a Elren del cajón y lo vistió con el uniforme de verdugo. Luego llamó a Sakti. La princesa puso el índice izquierdo sobre la frente de Darius y el derecho sobre la de Elren, como hizo antes con el clon.
—Listo. Ahora él recordará la ejecución como si nada. Creerá que te decapitó.
—¿También sabes falsificar memorias? —preguntó asombrado.
—Todavía no. Solo tomé las tuyas y las modifiqué un poco. —Apenas terminó de hablar dio un profundo bostezo. Darius la miró preocupado.
—¿Cuánta magia has usado hoy?
—Mucha —confesó la princesa—, pero no me arrepiento. Tú lo vales.
Lo que Darius vio en la celda estaba mucho más acrecentado ahora: Sakti estaba algo pálida y las ojeras la hacían ver más delgada. Hasta parecía que tenía los ojos un poco hundidos. Darius sabía que ella no duraría así mucho tiempo, pero le conmovió todo lo que había hecho por él aunque la llevara a la extenuación.
No podía hacer mucho para agradecerle, excepto abrazarla. La apretó con todas sus fuerzas, aunque le pareció poco para corresponder las réplicas, telepatía, modificación de memorias, imitación de sentimientos… ¡Era tantísimo! Sakti tenía razón: él era su obra maestra. En una noche se superó a sí misma y a miles de hechiceros solo para salvar a su mejor amigo.
Pero el cansancio de ese día no era la consecuencia más grave para ella, sino el peligro en el que se zambullía. Sakti nadaba en aguas peligrosas. Al salvarlo traicionó deliberadamente al Emperador. Además, al descubrir el plan de los vanirianos puso en peligro la estrategia de los enemigos. Si se daban cuenta de que la princesa lo sabía todo ¿qué no harían para callarla? Darius no quiso ni pensarlo.
—Ve a la puerta Este de la Muralla —pidió la muchacha mientras se separaba de él—. Habrá un pequeño conflicto con algunos civiles. Debes aprovecharlo para salir de Masca sin que los oficiales te vean. ¿Crees que puedas lograrlo?
—Sí, claro —asintió él sin preguntar a qué se debería el conflicto. Presentía que Sakti logró hacer más muñecos o pagar a unos civiles para que armaran un pequeño alboroto. Como fuera contaba con ella—. Pero ¿por qué la puerta Este?
Darius sabía que la más cercana era la Oeste y que la región era más o menos estable gracias al rescate de Heimdall de hacía unos años. ¿Acaso había nuevos problemas por allá y Sakti quería que los evitara? La respuesta de la princesa no solo lo tomó fuera de base, sino que también hizo que el corazón le diera un vuelco.
—Porque creo que en el Este encontrarás a Connor.
Sakti le explicó el encuentro con el anciano frente a la tumba de Mark, y cómo este dijo haber conocido a una pareja de humanos con un bebé aesiriano.
—Estoy segura de que era Connor. ¿Lo entiendes? Él está a salvo en algún lugar del Este. No puedo decirte en qué pueblo, pero al menos ya tienes por dónde empezar. No sé si te ayudará más adelante pero…
—¿Qué dices? —la cortó Darius—. ¡Allena, eres fantástica! Me salvas la vida y me das una pista para buscar a mi hijo. ¡Has hecho tanto por mí que no sé cómo agradecerte!
—No tienes que hacerlo —Sakti frunció un poquito el ceño—. Cuando Sigurd me atacó ¿me ayudaste solo para que te agradeciera? —Darius miró la garra de Dragón y recordó uno de los momentos más terribles de su vida: cuando vio el hombro destrozado de Sakti.
—No.
—Cuando me desangré ¿buscaste la pluma de Dragón para que te agradeciera eternamente por salvarme la vida?
—No.
—Esto es igual. Solo quiero que estés a salvo y que no regreses al Reino de los espíritus. Tú no me dejaste llegar ahí una segunda vez.
Sakti no era muy expresiva y era muy torpe para comunicarse con otros, pero esas palabras fueron más que suficientes para conmoverlo. Desde la muerte de Mark, Sakti se había hecho muy taciturna e inexpresiva. Levantaba un muro para apartar a otros. Pero la barrera no existía para Darius. Por él estaba dispuesta a violar leyes y superar límites.
Por eso Darius sabía que Sakti lo quería, tal y como quería a los gemelos y a Zoe, como quería a Adad. Ese era el pequeño círculo que ella atesoraba. Y a Mark, desde luego, pero él estaba en la cúspide de una pirámide, en un nivel y una orden completamente diferentes.
Pero por eso mismo, porque su círculo de allegados era muy limitado, Sakti estaba muy sola. Darius recordó el día que regresaron a Masca, junto a Mark. Cuando ella negoció la liberación de los profetas le dijo que no debía preocuparse, pues ella no estaría sola cuando partieran de Masca. Tendría a Mark. Pero ahora el mensajero estaba muerto, Adad se había marchado al Reino de las Arenas y Darius también partía. Solo quedaban los gemelos y Zoe, pero ellos la rechazarían después de la ejecución.
Ahora la princesa estaba por su cuenta.
—Apenas tenga la oportunidad —siguió Sakti—, liberaré también a los chicos de Masca. Así que debes estar atento. Cuando llegue el momento te lo haré saber.
—No —dijo el profeta. Tomó las manos de Sakti y la miró a los ojos, decidido—. Yo regresaré a Masca. Yo sacaré a Dagda, Airgetlam y a Zoe de este lugar. Y también te salvaré a ti. Te juro que encontraré la manera de mantenernos a salvo en algún lugar seguro.
Como Sakti iba a reprochar Darius la calló con un apretón de manos.
—No me importan tus excusas, Allena. Eres mi familia, tanto como los chicos. Te prometo que regresaré por ustedes y nunca más tendrás que preocuparte por mí y protegerme, porque yo cuidaré de ti.
Abrazó otra vez a la princesa y le dio un beso en la frente. Como sabía que estaba a punto de llorar por la despedida –y que Sakti lo llamaría «llorón»–, montó a Mükael antes de que se le empañaran los ojos.
Los caballos de seis patas eran un privilegio de los nobles o los soldados de más alta categoría, pero Sakti se había encargado de que el corcel no llamara atención indeseada. Cuando Darius se puso la máscara de los soldados de élite –los mismos que lo custodiaron en la casita del lago– supo que a nadie se le ocurriera revisarlo o mirarlo por mucho tiempo.
Aunque era un buen disfraz no quería depender de él por siempre. Por eso tenía que buscar un lugar seguro donde él y su familia no se preocuparan por vanirianos o aesirianos.
—Hasta pronto, Darius —se despidió Sakti con la mano.
Al profeta le agradó que no dijera «Adiós». Eso y el ademán eran los símbolos de la promesa silenciosa de Darius: tarde o temprano se reunirían. Quizá entre él y Sakti no había un parentesco sanguíneo, pero sí un vínculo mucho más fuerte que los convertía en familia.
Y como toda familia, se mantendrían unidos.

"Los Hijos de Aesir: Travesía bajo la sombra del Tercero" © 2009-2017. Ángela Arias Molina

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