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Capítulo 4

4
VOLVER DE LA TUMBA


—Mienten —masculló Sigfrid sin apartar la mirada de Darius—. Los ecos, las visiones, el cadáver, la maldición… Para mí todo es muy claro. ¡Tú mataste a Enlil!
El General se detuvo al ver la expresión del profeta. Darius no mentía sobre cómo y por qué Sakti lo salvó de la ejecución. Sigfrid sabía que la explicación era muy coherente, ¡pero no podía aceptarlo!
Todavía detestaba a Darius y sus sentimientos encontrados hacia Sakti solo se confundieron más. Admiraba el ingenio de su ahijada, cómo ella notó lo que todos los demás dieron por sentado, ¡estaba maravillado por los hechizos que la princesa logró para engañar a los mascalinos! Pero…
Pero aun así no quería creerles porque eso significaría que el culpable de la muerte de su mejor amigo todavía estaba libre, a salvo, lejos de la furia del Demonio Montag. Esa era la peor parte. Le hería haber sido burlado y que el asesino de Enlil tuviera cinco años de ventaja sobre él.
Con Darius vivo, Sigfrid sentía que le quitaron el placer de ver la ejecución del hombre que arrebató a Enlil del mundo. No. Era mucho más sencillo empeñarse en la idea de que Darius era culpable. Era mucho más fácil lanzarse sobre el muchacho y acabarlo con tal de cerrar el capítulo que Enlil inició cuando quiso su amistad.
Pero no podía ser tan emocional. Tenía que ser racional. Cuando se controló y pensó con la cabeza fría tuvo que aceptar los argumentos que Sakti ofreció a Darius hacía cinco años: todo fue una trampa vaniriana para debilitar el poder militar de los aesirianos.
—Si lo que dices es cierto —masculló el Emperador mientras apretaba los puños. A él también le costaba aceptar que el asesino de Enlil estaba libre—, ¿por qué Allena no nos lo explicó entonces?
—Nadie habría prestado atención —contestó Sakti a treinta pasos de la espalda de su tío—. Todos querían castigar a alguien, y tú y Sigfrid habrían dicho que mis observaciones no eran más que ganas de salvar a Darius. Jamás me habrían creído.
El Emperador la miró con furia. Quería discutir con ella pero sabía que no tenía nada que defender. Perdería. Miró a Darius y dijo:
—Eso todavía no explica por qué estabas al tanto de la invasión, cachorro. —Los ojos del monarca aesiriano centellearon por la ira. No solo se sintió burlado por Sakti y Darius, sino también por los vanirianos. Además, que el profeta se hubiese adelantado incluso a las visiones de Zoe era algo que todavía no encajaba del todo.
—Intenté explicárselo a Allena —dijo Darius—, pero ella no me dio tiempo para hacerlo. Lo que ocurrió es que…
Los gritos de sus hijos lo interrumpieron. Al principio Darius no entendió por qué Dagda y Airgetlam lo miraban con una mezcla de incomprensión y terror. Entendió que había algo detrás de él hasta cuando Zoe lo abrazó tan fuerte que le enterró las uñas. Instintivamente giró e intentó apartar a la profetisa para protegerla.
Antes de que pudiera reaccionar por completo escuchó el sablazo.
Al girarse se encontró con una figura semi-transparente atravesada por una espada a la altura del pecho. Entre más sangre brotaba más visible se hacía el sujeto: era un hombre ataviado con una túnica café, como si fuera un monje. Tenía la cara cubierta con pelusilla. Los pequeños ojos redondos negros estaban fijos en los del profeta.
Para cuando Darius comprendió que se trataba de un kredoa, la espada que atravesaba al vaniriano se retiró. El cuerpo del hechicero se desplomó. Darius soltó un bufido aunque no de alivio sino de malestar. Escuchó los gemidos de sorpresa y el eco de las espadas que cayeron al suelo del salón luego de que los soldados las soltaran por la confusión.
—¡AH! —gritó uno de los oficiales mientras se jalaba el cabello—. ¡BASTA, POR FAVOR! Ya no lo tolero más, ¡ya no puedo ver a más muertos levantarse de la tumba!
Él fue el único que pudo decir algo. «Estupefacción» era una palabra que se quedaba corta para describir lo que sentían. Hasta Sakti, quien estaba acostumbrada a sorprender con sus planes –pero no a que la sorprendieran–, abrió un poquito la boca al ver al hombre que mató al kredoa. Incluso Sigfrid retrocedió dos pasos, incapaz de asimilar lo que veía.
Darius, que era el más cercano a la aparición, esbozó la usual expresión de tedio de cuando veía a alguien que despreciaba.
—Ya era hora —se quejó.
—Lo lamento —contestó Enlil mientras limpiaba la espada con un trapo que llevaba a la cintura—. Alguien se me adelantó en el Templo de las Doncellas. Tu hija no estaba y…
Enlil calló al ver los ojos resplandecientes de la profetisa. Zoe lo miraba boquiabierta mientras abrazaba la cintura de Darius.
—¡Oh, estás bien! —sonrió con su sonrisa bonachona mientras se inclinaba delante de Zoe—. Qué chiquilla tan inteligente. Te las apañaste para salir por tu cuenta, ¿eh?
Zoe no respondió. Se abrazó más a Darius para esconder las lágrimas de frustración que le empapaban las mejillas. ¡Ya no aguantaba más sorpresas! Ese sinfín de revelaciones abrumadoras no hacía ningún bien a una chica acostumbrada a prever lo que ocurriría.
Darius no entendió la frustración de Zoe y miró a Enlil con rencor por haberla hecho llorar. Enlil se rascó la nuca y puso la expresión usual de impotencia de cada vez que interactuaba con los profetas y metía la pata sin querer.
Entonces reparó en el silencio. Al mirar el salón se encontró con los rostros pálidos y asustados de los soldados. Sigfrid y el Emperador tenían peor aspecto, como si en cualquier instante fuesen a desplomarse. Era la primera vez que los veía a ambos con esas expresiones de impotencia y perplejidad.
—¿Se sienten bien? —preguntó mientras entraba al salón—. Parece que hubieran visto un fantasma o algo así.
Sigfrid reaccionó. Se lanzó a Enlil antes de que pudiera dar un paso atrás. Fue veloz e inesperado, como un relámpago poderoso. Y con la fuerza de un relámpago asestó un puñetazo en la cara de Enlil. El viejo Segundo General se fue de espaldas y chocó contra la puerta entreabierta. Habría derribado a Darius y a Zoe si los profetas no se hubiesen quitado a tiempo.
El mundo de Enlil dio vueltas, en parte por el golpe bárbaro que acababa de recibir y en parte porque Sigfrid lo tenía agarrado del cuello de la camisa y lo zarandeaba brutalmente.
—¡¿PERO QUÉ DEMONIOS TE PASA?! —gritó Enlil cuando al fin pudo reaccionar. Sigfrid lo sacudía tan fuerte que incluso le golpeaba la cabeza contra la puerta—. ¿A QUÉ VIENE ESTO, GRANDÍSIMO ESTÚPIDO?
Sigfrid dejó de zarandearlo y ambos se miraron con furia. Enlil sabía por qué él estaba enojado, ¿pero por qué diablos Sigfrid también? ¿Acaso lo había golpeado al entrar? Reparó entonces en las manos que lo agarraban duro como trampa de oso. Temblaban. Al ver mejor los ojos del Primer General se dio cuenta de que la ira estaba mezclada con algo más ardiente e imposible de descifrar.
—Vi tu cadáver —masculló el Demonio Montag sin soltarlo—. ¡No puedes hacerte pasar por muerto y luego regresar a perturbar todo de nuevo! ¡Eres un desconsiderado!
«Ah», pensó Enlil. Conque Sigfrid no estaba enojado, sino contento de verlo de nuevo. Esbozó una sonrisa para tranquilizar a su amigo, aunque la cara se lo recriminó con una fuerte punzada en la mejilla.
—Esa fue una reacción curiosa al alivio —dijo burlón—. Ya quita esa expresión. No te queda bien.
Enlil apartó las manos de Sigfrid con suavidad, siempre mirándolo a los ojos. Sabía que él todavía no asimilaba que estuviera vivo, así que estuvo tentado de devolverle el golpe para hacerlo entrar en razón. Se contuvo. Eso –el golpe, la sacudida– era lo más cercano que Sigfrid tenía a las lágrimas de felicidad. No quería echar a perder el momento.
—Lamento decirles que hubo un grave malentendido —dijo Enlil a todos en la habitación mientras se rascaba la barba, la cual llevaba más larga y descuidada—. Parece que les hicieron creer que yo había muerto, pero en realidad estoy bien. Bueno… aunque quizá me muera dentro de unas horas si el golpe de este bruto me ocasiona una hemorragia cerebral.
El comentario final quedó acompañado por los suspiros de alivio de los soldados. Incluso algunos oficiales se rieron por lo bajo. Claro, sus bromas a costa de Sigfrid eran prueba de que sí era Enlil. Solo él podía llamar al Demonio Montag «bruto» o «estúpido» sin mayores consecuencias.
—Pero… —la voz del Emperador Kardan lo tomó desprevenido. Estaba acostumbrado a escucharlo muy seguro de sí mismo, pero ahora sonaba confundido y herido—. ¿Cómo… cuándo… quién…? —Enlil bajó la mirada y se rascó la barba con mayor insistencia.
—Lo que sucedió es un tanto vergonzoso, preferiría no hablar de ello…
—Fue secuestrado —lo cortó Darius.
El profeta bien sabía que un secuestro mancharía la buena reputación de Enlil como guerrero, pero no le importaba. Solo quería probar que era inocente.
—Los vanirianos lo atacaron, lo hicieron prisionero y fingieron un cadáver. —Darius miró a Sakti. Le alegraba explicarle algo que ni ella esperaba—. Allena, tenías razón: los vanirianos sí me pusieron una trampa. El cadáver y el eco fueron parte de toda la escena. Es irónico. Me salvaste con la misma técnica que los vanirianos utilizaron para inculparme.
—Un muñeco —comprendió Sakti—. El cadáver era un muñeco de Enlil. ¿Pero el eco qué es?
—Sí fue un eco mío —explicó el General—, pero lo modificaron para que pareciera que mis pensamientos terminaban a causa de la muerte. De ahí en adelante todo es falso. Darius se percató de que todavía estaba con vida y me sacó de la Torre vaniriana con la ayuda de unos amigos muy peculiares.
Enlil sonrió a Darius. El profeta lo ignoró y clavó la mirada en el suelo. Era evidente que seguían distanciados a pesar del tiempo que se vieron forzados a compartir en el viaje de regreso a Masca.
—Ahí también nos dimos cuenta sobre el plan de invasión a Masca —siguió Enlil—, así que les seguimos la pista para averiguar cuándo y cómo atacarían. Sabíamos que cuando iniciaran lo primero que harían sería ir al Templo de las Doncellas para buscar a la niña. Por eso yo busqué a Zoe mientras Darius buscaba a los gemelos.
—Luego la traerías aquí para que se reuniera con Darius y los chicos —terminó Sakti—. Pero yo me adelanté y la saqué del templo antes que tú.
—Lo importante es que está a salvo, Alteza —dijo Enlil con una sonrisa sincera.
—Sí, sí. Ya que todos estamos juntos y felices, y todo se ha aclarado, es hora de largarme —se quejó Darius mientras pasaba un brazo por el hombro de Zoe y caminaba hacia los gemelos—. Dagda, Airgetlam, vámonos. Tú también, Allena.
—Espera —lo cortó el Emperador—. ¿Cómo que se van?
—Todavía recuerdo que me sentenciaron a muerte. ¿O es que ya se les olvidó el numerito que montaron para decapitarme? Ya probé mi inocencia, mis hijos y yo terminamos hace mucho de leer la Profecía en la espalda de Allena y no hay ninguna otra razón para que nos retengan por más tiempo. Es justo que nos vayamos de una buena vez y por todas.
—¿En plena invasión? —preguntó Sigfrid con sorna—. ¿Qué demonios harán en plena invasión en Masca? ¡Los matarán antes de que lleguen a alguna puerta en la Muralla!
Darius lo ignoró. Avanzó hacia los gemelos. Si los chicos guardaban alguna duda sobre él, la eliminaron en cuanto el mestizo les sonrió. Se lanzaron a sus brazos como si tuvieran de nuevo cinco años, aunque eran casi tan altos y corpulentos como él. Darius los abrazó también con todas sus fuerzas. Estaba contento de verlos por fin pero también algo triste. En esos cinco años se perdió de la oportunidad de verlos crecer y convertirse en quienes eran hoy. El único consuelo que tenía es que todavía les llevaba un par de centímetros de ventaja, así que todavía tenía un poco de tiempo para cuidarlos.
Pero todo eso –la feliz reunión de la familia de profetas, la alegre noticia de que Enlil estaba con vida, incluso el asombro por la traición de Sakti– se interrumpió cuando el techo crujió. Los aesirianos levantaron la mirada a tiempo para ver que se formaba una grieta en lo alto del salón.
—Ah, sí, me olvidé de decirlo… —comentó Enlil—. Con tanta emotividad me salté algo muy importante: esta invasión es grave. —Sigfrid bufó al lado, aunque parecía divertido.
—No hay de qué preocuparse —dijo mientras desenvainaba la espada, ansioso por entrar a combate—. La invasión anterior la controlaste tú solo. Ahora somos dos. Será sencillo acabar con este pequeño percance.
—Me temo que no es un pequeño percance —respondió Enlil, preocupado—. Las arpías y los kredoa son solo una distracción. Lo grave es que…
Una explosión lo interrumpió. Las paredes de Palacio retumbaron. Los aesirianos se balancearon de un lado a otro sin equilibrio. El estruendo fue tan fuerte que por un momento creyeron que estallarían en pedazos. Incluso algunos escucharon un molesto «tii» en los oídos. Sin embargo, de alguna forma la habitación se mantuvo en pie, aunque por aquí y por allá caían restos de polvo. Cuando miraron el techo vieron que había más grietas.
—Lo grave es que los vanirianos trajeron castillos flotantes —anunció Enlil en voz alta, pues temía que pronto escucharan más detonaciones.
—¿Pero cómo? —preguntó Sigfrid—. Nunca antes…
Enlil solo pudo levantar los hombros.
Los castillos flotantes eran estructuras aéreas majestuosas que se ocultaban entre las nubes. Los vanirianos habían invadido la región Oeste del Imperio con estas naves, ya que podían producir rayos que destruían todo lo que estuviera al alcance. Pero, a pesar de ese gran poder, los castillos flotantes eran muy lentos y no podían recorrer grandes distancias.
En todos sus años como General Sigfrid nunca vio que una invasión a Masca con estas estructuras diera resultado. No eran lo bastante potentes para llegar a la Capital; y, en todo caso, tampoco eran rápidas. Desde cualquier punto en la Muralla se vería el peligro y se lidiaría con él antes de que fuera una verdadera amenaza.
Entonces, ¿por qué ahora sí pudieron cruzar todo el Oeste hasta llegar a la Capital? Más importante aún, ¿cómo pudieron ser tan rápidas como para que en la Muralla no las vieran a tiempo y avisaran del peligro?
Fuera como fuese, Sigfrid entendió el plan de los vanirianos. Primero, los kredoa y las arpías entrarían a Masca para secuestrar a la pitonisa. Cuando atraparan a Zoe los castillos flotantes se encargarían de la verdadera destrucción. Sigfrid dudaba de que tuvieran la suficiente potencia para destruir Masca, pero sí que le harían un grave daño. Imaginó que los vanirianos enviarían lo fuerte de la armada –los groliens– para acabar con el trabajo una vez que cayera un buen puñado de edificios.
Escucharon una nueva explosión. Esta fue mucho más cercana y todos se cubrieron por instinto. Se dieron más detonaciones, cada vez más repentinas y poderosas. Parecían una lluvia incesante de meteoritos. El ataque era tan fuerte que aun desde el cuarto de armas se escuchaba el desplome de los edificios aledaños. El polvo marmóreo saltaba del techo y de las paredes sobre los oficiales y Generales.
La grieta en el salón se hizo aún más grande. Palacio no era directamente atacado –de lo contrario hace rato el techo habría caído encima de los oficiales–, pero los impactos eran lo bastante fuertes como para hacer temblar los cimientos del castillo.
En medio de las detonaciones escucharon una voz mucho más fuerte y furiosa.
—¡Suficiente! —gritó el Emperador.
Los largos mechones de cabello negro comenzaron a levitar alrededor del monarca, como si un aura de poder lo rodeara. A los pies se le formó un círculo de runas mágicas que brillaron con destellos celestes. Las líneas de las runas se extendieron y recorrieron el suelo de la habitación sin un patrón fijo, como si avanzaran por capricho. A Sakti le pareció que las marcas formaban un extraño mapa, como un plano.
—¡Córtala, padre! —gritó el príncipe Kardan—. ¡Si vas a usar la sincronización que sea desde el Trono! ¡Aquí corres más peligro y gastas más energía!
Sakti miró a su primo, luego al Emperador y por último las líneas de luz. ¿Qué tipo de sincronización era esa? Siempre creyó que para lograr tal poder el Emperador –y cualquier otro noble con sangre Aesir– tenía que estar directamente conectado al núcleo de la ciudad mediante los cables de sincronización. El núcleo de Masca era el Trono, pero su tío había iniciado una sincronización sin que los cables se le insertaran en la piel. ¿Cómo lo logró?
Todo eso dejó de importarle cuando escuchó la más funesta de las detonaciones… justo sobre su cabeza. A partir de ahí todo ocurrió muy rápido. Escuchó el crujido del mármol y la explosión de la torre encima del cuarto de armas. Las antorchas que iluminaban el salón se apagaron con un soplido cuando el techo se abrió.
Una violenta ráfaga de aire saturada de calor y polvo entró al cuarto.

"Los Hijos de Aesir: Travesía bajo la sombra del Tercero" © 2010-2017. Ángela Arias Molina

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