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Capítulo 5

5
PALACIO NEGRO



Apenas tuvo tiempo de agacharse, cerrar los ojos, cubrirse la cabeza y esperar a que pasara lo que tenía que pasar.
Nunca sintió el golpe fatal de la estructura al caer y aplastarla. Sí escuchó el impacto de los gigantescos trozos de mármol que cayeron en la habitación, pero ninguno la alcanzó. Cuando abrió los ojos vio que Dereck la abrazaba para protegerla. Aunque estaba encogido y apretaba los dientes, él tampoco estaba herido.
Sakti miró alrededor en busca de aquello que los había salvado. «No», se corrigió al ver que buena parte de los soldados habían desaparecido bajo los escombros. Los charcos de sangre empezaban a expandirse debajo de las rocas. «No todos tuvieron la misma suerte». Los gemidos de los sobrevivientes y los cadáveres aplastados le hicieron un nudo en el estómago. ¿Qué pasó con los profetas? ¿Dónde estaban Darius, Zoe, Dagda y Airgetlam?
El resplandor del cielo le llamó la atención. Por un momento pensó que era un nuevo ataque pero se equivocó: la luz venía de los escombros suspendidos en el aire. Los trozos de techo estaban sostenidos por hilos invisibles de magia que solo se materializaban sobre el mármol en forma de runas luminosas.
El Emperador estaba en el centro de la habitación, justo debajo de los escombros flotantes. Tenía el cuerpo rígido y la mirada fija en el mármol. Una vena comenzaba a latirle en la frente por el esfuerzo.
Los escombros se agitaron en un extremo del salón. De entre ellos surgió una mano ensangrentada que se abrió camino entre la destrucción. De ahí salió Sigfrid, con miles de cortadas y golpes pero más vivo que nunca. «Es como las cucarachas», pensó admirada Sakti. «Él no se muere con nada».
—Si regresaste de la tumba solo para morirte aquí —siseó el General—, espero que caigas en todos los avernos en los que crees, Enlil.
—Pero qué mal hablado eres —lo reprendió su amigo.
Enlil salió de entre otros escombros con mucha más dignidad y menos sangre que Sigfrid. Bloqueó buena parte de los golpes gracias a la telequinesia. Lo más sorprendente era que estaba muy lejos del sitio en el que estuvo antes del ataque. Derribó los restos alrededor y se apartó para darle lugar a Darius para que respirara.
El mestizo estaba cubierto de polvo de la cabeza a los pies. En circunstancias normales habría mirado al viejo General sin ninguna pizca de gratitud por ser salvado, pero ahora miraba de un sitio a otro con preocupación.
—Zoe —logró decir entre toses—. ¿Dónde está Zoe?
—Aquí —dijo la profetisa.
La chica estaba lejos de Darius y cerca del Emperador. Ningún escombro le cayó encima, pues en el último momento el príncipe Kardan se abalanzó sobre ella para protegerla. La cara que puso Darius fue de todo menos agradable. Le alegraba que Zoe estuviese a salvo pero casi prefería que le cayese encima un bloque de mármol en lugar de un príncipe.
—Sí, nosotros estamos bien, muchas gracias por preguntar. —Al escucharlos, Darius buscó a los gemelos. No los encontró.
—¡Hola, estamos aquí, debajo de la gran roca omnipotente que nos quiere aplastar!
Dereck distinguió a los gemelos. Estaban bocarriba, en el suelo. Justo encima de ellos, a un pelo de rozarles las narices, había un gran trozo de mármol que levitaba cubierto con las runas de sincronización. El Guardián corrió hacia ellos para jalarlos de las piernas y sacarlos antes de que el Emperador perdiera el control y el escombro los aplastara.
Solo ellos y algunos pocos soldados se habían salvado.
El techo estaba tan destrozado que el cielo nocturno se asomaba por entre los trozos de mármol flotante. No había estrellas ni luna. Solo nubes oscuras de las que sin descanso brotaban relámpagos rojos. De momento las arpías se habían retirado aunque desde lejos llegaba un retumbo constante, como si fuera un tambor gigante. Los soldados experimentados como Sigfrid y Enlil sabían que eran los groliens, que golpeaban el suelo con los cascos. Ese sonido era su ritual antes del ataque. Cuando los castillos flotantes terminaran, ellos entrarían a escena.
Las nubes sobre Palacio se disiparon un poco, apenas para que entre el techo destrozado se distinguieran los contornos de la base de un castillo flotante. En el centro de la base parpadeaba un círculo rojo. Era el cañón.
—Va a disparar —susurró Zoe con voz quebrada.
El salón se llenó de silencio y suspiros contenidos de resignación. Los soldados apartaron la mirada, seguros de que morirían sin remedio.
—No —decidió el Emperador. Mantuvo la mirada fija en los escombros flotantes mientras decía—: Kardan, Allena. Lo siento, pero necesito que me ayuden.
El brillo de las runas aumentó. Las líneas trazaron nuevos patrones en el suelo y formaron también círculos a los pies de los príncipes. Ni Sakti ni el joven Kardan pudieron moverse; fue como si hubiesen echado raíces. Los destellos de las runas se hicieron más fuertes a la vez que el calor del cañón les llegaba desde el cielo.
Justo cuando el castillo flotante disparó, Masca pidió más poder de los Aesir.
El salón escuchó los gritos de dolor del Emperador y sus sobrinos.
La magia de Sakti le recorrió el cuerpo a toda velocidad desde la cabeza hasta la planta de los pies. Allí el mármol de Palacio succionó la energía para llevarla al resto de la Capital. Fue muy doloroso. Las piernas y los brazos se le retorcieron sin que ella pudiera evitarlo, como si quisieran escapar de la tortura. La magia dentro de ella era tan variada que la hacía sufrir de diferentes formas. A veces tenía tanto frío que sentía que se congelaba; en otras ocasiones tenía tanto calor que creía que en cualquier momento explotaría en llamas. Los músculos le pesaban como plomo. El vértigo era tan fuerte que no sabía si iba a desmayarse o a vomitar.
Apretó los ojos porque sentía que se le saldrían. No vio nada pero a la vez lo vio todo. Se percibió así misma como si se hubiese salido del cuerpo y ganado los ojos de un espectro. Jamás experimentó algo semejante. Pudo ver las contracciones de sus órganos, el fluido de la sangre, incluso cómo en la piel se le marcaron las venas al hinchársele con la magia que fluía por ellas. Justo cuando creyó que no podría soportar más dolor escuchó las voces de su primo y tío.
Eran sus pensamientos. No eran ideas muy coherentes o completas, sino esbozos de lo que ocurría. Le llegaron los datos de la sincronización, con los números de muertos y sobrevivientes, cuántos edificios habían caído y cuántos enemigos había en toda Masca. Percibió también el miedo. El príncipe Kardan estaba tan aturdido que no podía reaccionar ni empezar a entender lo que ocurría. En cambio el Emperador estaba un poco más lúcido. Sufría aún más que los otros dos Aesir a causa de la sincronización, pero no quería detenerla porque entonces la nueva tanda de rayos acabaría con los sobrevivientes.
Sakti vio con nitidez lo mismo que él. Fue como si su consciencia viera Masca desde un par de kilómetros de distancia: los rayos rojos de los castillos flotantes ya no tocaban la Capital porque una gran barrera semi-transparente cubría la ciudad. El escudo enfrentaba el ataque vaniriano. Era magia versus magia. La más poderosa sería la victoriosa. «Por eso pidió nuestra ayuda», comprendió Sakti. «Sin mi magia y la de Kardan el tío no habría podido invocar una barrera para protegernos de los castillos flotantes».
«Tengo que soltarlos…». El pensamiento del Emperador resonó también en la mente de los príncipes. El príncipe Kardan reaccionó. «Tengo que soltarlos, o si no ellos…».
«¡No lo hagas!», pensó el príncipe. «Si lo haces… ¡no sobrevivirás! ¡No nos sueltes!».
El Emperador los soltó. Los círculos a los pies de Sakti y Kardan se desvanecieron. Los príncipes cayeron de narices al suelo. Aunque ya no había ningún hechizo que les succionara la magia todavía tenían el cuerpo débil por la energía que perdieron.
Aunque ya no estaban ligados a Masca todavía registraban información fragmentada de la Capital. Todavía sentían los cuerpos que se enfriaban bajo los escombros, la sangre que resbalaba por las calles, los gritos adoloridos de los sobrevivientes, el terror, la desesperación, la angustia…
Alguien la tomó en brazos. La visión de Sakti era borrosa e imperfecta pero reconoció los rasgos de Dereck. Se dejó sostener por él. Sabía que el Guardián le hacía preguntas pero ella no podía escucharlo. Se hacía muchas preguntas a sí misma. ¿Qué sucedería ahora que el Emperador manejaba por su cuenta la sincronización? ¿Logró cargar lo suficiente el núcleo con los poderes de los príncipes? ¿Podría enfrentar los ataques vanirianos por unos minutos más? ¿O había fracasado, y ahora él y Masca se agotarían hasta morir? Entonces ¿qué pasaría con los ciudadanos?
Nunca antes estuvo tan conectada con su tío pero ahora sabía que la prioridad del monarca era que los mascalinos sobrevivieran. No solo su hijo y sobrina, sus Generales y soldados, sino todos. Aunque Masca se destruyera, él estaba empeñado en que su pueblo sobreviviera.
—Evacuar… —comprendió Sakti—. ¡Quiere que evacuemos la ciudad!
—¡Es imposible! —gritó su primo. Kardan estaba inclinado, con los brazos flexionados sobre el suelo. Intentaba levantarse pero no conseguía mover las piernas—. ¡No hay tiempo para sacar a todos de Masca! Aunque así fuera ¡no podemos dejar a papá aquí!
Sí, Masca era muy, muy grande. Demasiado. Además, aunque lograran sacar a la mayoría había groliens a las afueras de la Muralla. No quedaba mucho tiempo. Los ataques eran tan fuertes que la barrera que protegía la ciudad cedería en cualquier momento. Si un solo rayo impactaba la Sala del Trono, destruiría el núcleo. ¿Entonces qué se podía hacer?
—¡Los túneles! —gritó de repente Zoe—. ¡Hay túneles en Masca! Allí podrían esconderse los mascalinos.
La profetisa miró a los Generales y al Emperador, expectante y esperanzada. Con esa mirada Sakti comprendió que Zoe quería repetir lo que ocurrió hacía innumerables generaciones. Hace mucho, mucho tiempo, en la época de Maat, los mascalinos vivieron en los túneles mientras que los Emperadores se mantuvieron sincronizados para la sobrevivencia de los súbditos. Parecía que la historia se repetiría de nuevo. Pero ¿eso sería suficiente?
Tarde o temprano su tío se agotaría y lo mismo pasaría con Kardan si llegaba a tomar el Trono. ¿Quién más podría sincronizarse con Masca? Los tíos Harald y Sin, así como los primos con el mismo nombre, no habían regresado a la Capital porque encontraron trabajo que hacer en el camino. Si el Emperador se ataba a la sincronización y los mascalinos se escondían en los túneles, ¿podrían los demás Aesir regresar a la ciudad a tiempo antes de que ya no quedara en ella alguien que se sincronizara?
¿Y la princesa? ¿Podría ella sincronizarse con Masca? Sakti tenía mayor potencia mágica pero eso no sería suficiente. La Capital era muy caprichosa. Elegía no solo a magos con grandes poderes, sino también a los que les cayera bien.
Fuera como fuese, Masca necesitaba no solo de uno o dos Aesir dentro de las Murallas sino también de otros fuera de ellas para que la rescataran. Sakti se preguntó si sus tíos y primos se percatarían de la invasión. ¿Tendrían tiempo de actuar? ¿Salvarían la ciudad?
Un rugido la sacó de sus cavilaciones. Al levantar la mirada vio que Galatea intentaba llegar a ella a través de los escombros flotantes, sin encontrar un recoveco lo bastante grande como para entrar al salón. La esfinge quería sacarla de Masca antes de que fuera demasiado tarde. Sakti comprendió que Galatea no debía perder tiempo en ella.
—¡Galatea! —la llamó—. ¡Ve al Reino de las Arenas, busca a Adad! ¡Tráelo de regreso, ¿escuchaste?! ¡Busca a Adad! —La leona alada la miró triste porque no quería abandonarla. Sakti no la dejó dudar—. ¡Solo hazlo! No te preocupes por mí, ¡estaré bien!
Galatea agachó las orejas y miró confundida de un lugar a otro. Observó a Sakti, luego a la barrera que protegía Masca de los rayos y después miró con dirección al Este.
—¡En cuanto tengas la oportunidad debes ir por Adad!
La esfinge le dedicó una última mirada interrogativa y se marchó.
—¡Vamos, Alteza! —pidió Dereck mientras la tomaba del brazo—. Los demás ya se están yendo. —Los soldados abandonaban el cuarto de armas por entre las aberturas provocadas por la explosión anterior—. Iremos a los túneles.
—¡NO, PADRE! —gritó el príncipe Kardan mientras unos soldados y Zoe lo apartaban a jalones—. ¡SIGFRID, NO PODEMOS DEJARLO AQUÍ!
Sigfrid también parecía contrariado por la decisión tomada pero no había otra solución. Aunque la barrera de la sincronización todavía los protegía, las explosiones no cesaron. Los rayos caían sobre la barrera una y otra vez, sin descanso. El Primer General nunca había visto tanto poder. Si los vanirianos contaron con esa energía en los castillos flotantes, ¿por qué atacaban Masca hasta ahora? ¿O es que esa energía era una nueva adquisición? Si era tan buena como para lidiar con la sincronización del Emperador ¿podía tratarse también de una sincronización? ¿Y por qué el poder de ataque no disminuía ni un poco?
Sakti pensaba lo mismo que él, pero sabía que no podría encontrar una solución hasta que llegara a los túneles y lo meditara con calma. Siguió a Dereck durante un trecho pero se detuvo cuando escuchó un crujido nuevo. Era como si una copa de cristal se rompiera despacio, a poquitos. Cuando levantó otra vez la mirada vio que ya era demasiado tarde. Los rayos estaban abriendo un boquete en la barrera. Cuando la destrozaran los relámpagos golpearían de nuevo Masca y terminarían con la ciudad.
—No… —masculló el Emperador—. ¡No, no, no! —La barrera cedía. Necesitaba más poder —. No te rompas. —Sin ese poder todo terminaría—. ¡He dicho que no te rompas!
El grito del Emperador fue más potente que los rugidos de Galatea y mucho más efectivo. De alguna forma logró invocar más poder. Las runas en el suelo pasaron de un celeste fulminante a un negro absoluto que tiñó todo el mármol. Era la primera vez que Sakti veía la sincronización máxima de Masca. Apenas podía creerlo. Las paredes le recordaron la Sala del Trono de Vanir, donde todo era tinieblas, aunque el cuarto de armas no era frío. Al contrario, era sofocante con tanto poder.
La energía del Emperador vibrara alrededor. Fortalecía no solo la barrera aérea sino también la estructura de Palacio. Los edificios que quedaban de pie también se fortalecieron, con una capa de fuerza mágica que los recubrió para protegerlos de otro ataque. A la vez todo lo que ya no tenía uso fue descartado.
Las runas mágicas desaparecieron de los escombros flotantes. Estas rocas no se unieron a la sincronización de Palacio Negro, sino que comenzaron a caer sin que ya nadie tuviera control sobre ellas.
Se vinieron de picada a toda velocidad, listas para aplastar a los aesirianos que quedaban en el cuarto. Sakti y Dereck todavía estaban ahí y sabían que no podrían escapar. No tenían tiempo suficiente para alcanzar los hoyos en las paredes. La princesa tensó las piernas, lista para saltar a uno u otro lado y huir, aunque tenía los pies pegados al suelo.
Dereck la jaló y comenzó a correr. «No lo lograremos», pensó la princesa. «No llegaremos a tiempo a la salida». Grande fue su sorpresa cuando vio que Dereck no corría hacia los boquetes del salón sino contrario a ellos: corría hacia los gemelos.
Dagda y Airgetlam estaban petrificados y miraban sin parpadear los escombros que caían. No tenían salvación.
Un círculo mágico se formaba alrededor de ellos, bajo los pies. No era tan elaborado como las runas que el Emperador utilizó para la sincronización, pero la energía se elevaba como cortinas. La mitad del círculo era claro y brillante, como luz pura, mientras que la otra parte era oscura y profunda, como el vacío absoluto.
—¡Darius, ve hacia los chicos! —gritó Dereck.
Sakti comprendió entonces lo que se proponía el Guardián: escapar con el don de los gemelos, el poder sobre la luz y la sombra: la teletransportación. ¡Claro! ¡Dereck era tan listo! Ahora que recuperaron sus poderes los gemelos tenían de nuevo las esencias de luz y sombra. Podían entonces controlar las dimensiones y teletransportarse.
Apenas tuvieron tiempo de entrar al círculo de sombras y luces, pues la energía se convertía en un manto para rodear a los gemelos. Darius llegó justo a tiempo de manera tan estrepitosa que dio un empujón a Sakti. Ignoró a la princesa mientras miraba a la profetisa.
—¡Zoe, ven aquí! —gritó a la vez que extendía una mano hacia su hija.
Era imposible. Zoe estaba muy lejos. No llegaría antes de que las sombras y luces se llevaran a los gemelos y compañía, ni antes de que las rocas cayeran en el recinto.
«No hay tiempo, papá», susurró Zoe telepáticamente a Darius, gracias a los poderes que había recuperado. «No te preocupes, yo estaré bien. Hasta pronto».
Zoe alcanzó a ver que las cortinas de luz y sombras cubrieron a Darius, los gemelos, Sakti y Dereck justo antes de que un escombro enorme les cayera encima. «Están bien», pensó. «Lograron salir a tiempo». Jaló más fuerte el brazo del príncipe Kardan, quien intentaba librarse de ella para ir por el Emperador.
—Estará bien —le dijo Zoe—. Los cables lo protegerán.
A los pies del monarca surgieron delgados hilos oscuros que se le insertaron en la piel. Era una reacción automática de la ciudad ante las circunstancias, ya que lo normal era que los cables de sincronización funcionaran solo cuando el Emperador estaba cerca del núcleo. Como la situación era complicada los hilos sortearon la distancia para iniciar la sincronización lejos del Trono; rodearon al monarca y tejieron alrededor de él un capullo de malla oscura. Los cables no lo parecían pero eran durísimos. Podrían protegerlo de cualquier golpe como si fueran una armadura.
—¿Quién tomó esto? —preguntó una voz ronca al lado de Zoe—. ¿Alguien podría decirme qué hace esto aquí?
Enlil sostenía una cajita con runas. El General miró a la profetisa con una ceja interrogativa. Zoe fingió inocencia aunque sabía muy bien que se trataba del joyero donde antes estuvieron sus esencias y las de sus hermanos. Ahí todavía debían de estar los poderes de Darius. Sakti perdió la cajita en medio de la confusión. «Bueno», pensó Zoe, «es una razón más para que papá regrese a Masca».
Se puso manos a la obra. Sabía que dependían de ella para encontrar los túneles. Habían pasado muchísimas generaciones desde la última vez que alguien los usó, así que nadie recordaba dónde estaba la entrada. Zoe tenía una idea de cómo encontrarlos, pero necesitaba un poco de calma para que sus poderes de profetisa la guiaran.


Dereck apretó a Sakti con fuerza. El parpadeo incesante de luz y oscuridad lo mareaba. Estaba desequilibrado porque no sentía un suelo estable bajo los pies. No tenía muy claro dónde estaba arriba o abajo. Tenía la impresión de que flotaban en la nada, encerrados en una esfera con paredes giratorias. De ahí venía el juego de luz y sombra.
De repente la burbuja que los contenía estalló y los dejó en las tinieblas. Dereck abrazó más fuerte a Sakti para protegerla pero ella se escabulló entre sus dedos. Por un momento creyó que la princesa ascendía como si tuviera alas, mientras que él caía por vacío eterno. Cuando al fin tocó suelo sintió el impacto en las piernas, pues aterrizó de pie como los gemelos. Sakti y Darius, en cambio, cayeron de espaldas y se llevaron un buen golpe.
El Guardián fue hacia Sakti para ayudarla pero el vértigo lo hizo avanzar entre tambaleos para atrás y para adelante, a un lado y al otro. Estuvo a punto de irse de narices al suelo. Logró mantenerse en pie porque por el rabillo del ojo vio que Dagda estaba mucho peor que él y que definitivamente se caería. Dereck lo atajó antes de que se desplomara. Lo ayudó a levantarse pero Dagda no respondió. La teletransportación lo había noqueado.
Darius atajó a Airgetlam antes de que también se desplomara.
—Van a estar bien —dijo Dereck al ver la cara preocupada del mestizo—. Es la primera vez que hacen esto, ¡pero qué bien lo hicieron! ¡Estamos a salvo!
La pregunta era ¿en dónde estaban? Sentían la frescura de la noche, la hierba fría debajo de ellos y el susurro de la brisa, que se colaba por entre las ramas de los árboles. No veían arpías ni relámpagos, aunque sí escuchaban explosiones distantes y los cascos de los groliens, también lejos.
Sakti se encargó del reconocimiento. Mientras Dereck y Darius se aseguraban de que los chicos estuviesen bien, la princesa inspeccionó el perímetro. Vio Masca a lo lejos después de atravesar unos arbustos espesos. Sopló un silbido de admiración. Era la primera vez que los gemelos se teletransportaban, pero lograron salir de la ciudad y refugiarse en alguna montaña sin vanirianos.
Vio lo que ocurrió con la Capital. La barrera que el Emperador invocó se había roto pero la ciudad no estaba en ruinas. Al contrario, estaba a oscuras, inmersa en el poder máximo de la sincronización. Aunque los rayos impactaban algunas zonas, los edificios se mantenían en pie gracias a la capa mágica que los protegía. Pero Sakti sabía que eso no duraría mucho tiempo. Si su tío no tomaba otra medida pronto la sincronización se agotaría y Masca regresaría a su forma original.
De repente una explosión sacudió la torre de Palacio donde estaba la Sala del Trono. A diferencia de las detonaciones vanirianas, esta no hizo que las paredes saltaran en pedazos. Una esfera de poder, envuelta en relámpagos morados y centellas doradas, rodeó la torre. La esfera se expandió y engulló el resto de Palacio, las avenidas principales, los comercios y mansiones aledañas, los mercados, los edificios, las casas. En menos de un minuto toda Masca estuvo cubierta por esa cortina de sombras y destellos.
Era un escudo mágico. Un par de castillos flotantes intentaron atravesarlo pero explotaron al tocarlo. Este escudo era muchísimo más resistente que la primera barrera y además tenía la ventaja de destruir lo que tocara. Pero por más increíble que fuera, Sakti supo que no sería suficiente para detener la invasión.
Además de Masca veía las nubes y los castillos flotantes sobre la Capital. Eran tantísimos. Sakti retrocedió y se escondió entre los arbustos, preocupada de que la vieran desde alguno y le dispararan. Era poco probable porque estaba muy lejos, pero la flota cubrió rapidísimo una ciudad tan grande como Masca. No les costaría nada volar desde allá hasta la montaña donde estaba la princesa.
—Es un campo de poder —explicó Dereck detrás de ella. El Guardián estaba un poco pálido al ver el despliegue enemigo—. Contacté con Huginn pero dice que no puede salir de Masca. Ya lo intentó. —El Guardián y el cuervo se mantenían unidos por los pensamientos. Esa cualidad telepática era la razón por la cual Dereck llamó al cuervo «Huginn».
—¿Y Galatea? —preguntó la princesa—. ¿Salió antes de que se levantara el campo?
—Huginn dice que sí —respondió Dereck después de unos segundos—. En este momento los mascalinos están entrando a los túneles. El Emperador logró llegar a la Sala del Trono, así que controlará mejor la sincronización. —El Guardián miró a Darius, quien seguía junto a los gemelos, y agregó—: Zoe ya llegó a los túneles, así que estará a salvo. Pero…
—No por mucho tiempo —concluyó el profeta—. Cuando el escudo caiga todo terminará.
Sakti acarició la cálida bufanda que le abrigaba el cuello y pensó en varias cosas a la vez: la tumba del amo, la flor de allen que ella cuidaba en su habitación personal, el jardín y, desde luego, Zoe. Tenía que salvarlos, asegurar que no fueran destruidos.
—Entonces solo nos queda algo por hacer —dijo la princesa—. Debemos traer refuerzos. Tenemos que ir al Reino de las Arenas.
Con una mirada Dereck comprendió lo que quería Sakti. En el continente principal había varias academias militares, pero sospechaba que por lo menos una de ellas –Heimdall– no sería de ayuda ahora. De seguro los vanirianos la sitiaron antes de invadir Masca. Después de todo, la Fortaleza Heimdall era la más cercana a la Capital.
También estaban Menhir, Toaldria, Kranvella y Norishka, pero esas no tenían muchos soldados. El Emperador los había disperso por el continente para enfrentar a los vanirianos esparcidos en territorio aesiriano. Sería muy difícil encontrar todos los pelotones y compañías a tiempo para salvar Masca, sin mencionar, además, que de seguro no tendrían la potencia ni las herramientas necesarias para enfrentar las flotas aéreas invasoras.
En cambio, el continente desértico tenía la escuela militar más importante y grande de todo el Imperio: la Academia de las Arenas, donde se graduaban los mejores oficiales del mundo. Además, en el Reino de las Arenas había alguien que de seguro sería capaz de controlar la invasión a Masca: el príncipe Adad.
Dereck imaginó a Adad como un príncipe regio y maravilloso; ya no como el niño dulce y bueno que buscó con cariño y devoción a su hermana. La última vez que lo vio era un Dragón. Después de tantos años en el desierto ya debía de haberse convertido en un hombre poderoso, capaz de dominar todos sus dones y al desierto entero que algún día lo llamaría rey. De seguro que Sakti quería contar con la colaboración de su hermano –que era lo mismo que contar con la colaboración de un continente entero– para salvar la Capital.
La princesa hizo una seña hacia los gemelos y le indicó a Dereck que cargara a uno. No tenían tiempo que perder, debían irse pronto. No solo desconocían cuánto tiempo le quedaba a la barrera que protegía Masca, sino que también corrían el riesgo de que los vanirianos los descubrieran tarde o temprano. Tenían que poner algo de distancia.
Después de orientarse con las pocas estrellas en el cielo, comprendieron que Dagda y Airgetlam los llevaron hasta una montaña al este de Masca. Qué suerte. Ahora solo era cuestión de seguir el camino hacia la costa, en donde zarparían hacia el Reino de las Arenas. Qué lástima que para llegar a un puerto debían recorrer primero infinidad de montañas y valles. Sin caballos tardarían muchísimo tiempo antes de que pudieran zarpar.
Dereck y Darius se hicieron cargo de los chicos, así que no se dieron cuenta a tiempo de un gruñido. Sakti se paralizó mientras estudiaba los arbustos. Fue demasiado tarde para cuando al fin distinguió los dos pares de ojos que la veían desde los matorrales. Los animales saltaron sobre ella y la derribaron. Alertado al fin, Dereck desenfundó la espada para ayudarla. Darius lo detuvo.
—Tranquilo, no le harán daño.
—¡¿Qué no le harán daño?! —gritó el soldado mientras intentaba liberarse del profeta para ayudar a la princesa—. ¡Se la están comiendo!
Los enormes cuerpos lobunos cubrían a la muchacha. Aun así Darius no se alteró. Apartó de un empujón a Dereck, luego se acercó a las bestias y jaló del pescuezo a una.
—Ya, suficiente. Geri, Freki, déjenla en paz. —Jaló hasta que separó a uno de los lobos.
—¡Ah, pero Darius! —se quejó el animal. Al escucharlo Dereck se sorprendió tanto que necesitó recostarse a un árbol, porque las piernas no lo quisieron sostener—. ¡Al fin la encontramos! Y huele muy rico. ¡Y su piel sabe muy bien!
—No seas glotón, Freki. Si sigues así de verdad te la vas a comer. Geri, suéltala tú también. —El otro lobo se apartó a regañadientes. Dejó al descubierto a una Sakti llena de baba. La princesa todavía estaba tendida en el suelo, tan inmóvil que casi parecía una escoba, salvo por los ojos abiertos de par en par que brillaban por la confusión.
—De todo lo que me podía pasar hoy —comentó al fin—, eso sí que no me lo esperaba.
Sakti se levantó poco a poco, con cuidado de no resbalar con la baba de los lobos. Miró a las bestias mientras se limpiaba la cara. No eran lobos comunes y corrientes. Además de que podían hablar tenían otros rasgos muy característicos. Eran casi tan grandes como un corcel de seis patas. Con solo verlos Sakti supo que tenía suerte de que no le rompieron una costilla cuando se le tiraron encima.
Lo segundo que notó fue el tono verde grisáceo de los pelajes, interrumpido por unas franjas y manchas negras en algunas partes de los lomos y en las puntas de las orejas. El pelaje en la parte inferior de las patas era blanco antes de fundirse con el resto. La cola era más larga que la de los lobos comunes y corrientes, y también más delgada. Ahí también había mezclas de rayas verdes grisáceas y negras hasta llegar a la punta, que se ensanchaba como un plumero de ambos colores.
Lo que más destacaba eran los largos, delgados y puntiagudos cuernos que nacían justo por debajo de las orejas y se extendían hacia atrás. Las garras eran más grandes, curvilíneas y fuertes de lo que se esperaría de un lobo ordinario; casi parecían garras de demonio.
Para rematar, los ojos eran muy similares a los del clan Aesir; salvo que, en lugar de celeste fulminante, uno de los animales tenía los irises de color amarillo mientras que el otro los tenía verde esmeralda.
—Son mensajeros, lobos-dragón —explicó Darius al darse cuenta de que Sakti y Dereck todavía intentaban descifrar qué tipo de criaturas eran. El profeta acarició la cabeza del animal que había apartado, el que se llamaba Freki. El lobo sacó la lengua, entornó los ojos y movió la cola contento. A todas luces le gustaba recibir cariño—. ¿Dónde está él? ¿Lo dejaron solo? —preguntó a los animales.
—¡Ya lo llamo! —dijo el otro lobo, que estaba más cerca de Sakti. Geri aulló tan fuerte que la princesa se encogió de hombros. Cuando Freki se unió al aullido, ella y sus dos amigos tuvieron que cubrirse los oídos—. Ya viene para acá —informó Geri—. ¡Es tan divertido asustar a Mükael!
Geri se echó panza arriba delante de Sakti para que le hiciera cosquillas. Ella arqueó un poquito la ceja, sin asimilar lo que sucedía. Al poco rato escucharon un trote rápido que se acercaba hacia ellos, así que mensajero y princesa se quitaron del camino. Al trote lo acompañaban gritos y quejas:
—¡Aaaaaah! ¡Deteeeenteeeeeeeee!
Un caballo saltó de entre lo espeso del bosque. Sakti reconoció al corcel de seis patas y notó que la silla de montar estaba desajustada y que el jinete se iba de lado.
Darius se colocó delante del caballo y agitó los brazos para detenerlo. Mükael se detuvo al instante de reconocerlo, aunque todavía estaba muy agitado. Con la parada, la silla terminó de dar vueltas alrededor del torso de la bestia. El jinete quedó cabeza abajo, justo entre las patas del corcel. Darius palpó con cariño el cuello de Mükael para asegurarse de que no perdiera los estribos otra vez. Luego se agachó para mirar con una sonrisa burlona al chico que montaba.
—Es culpa de Geri y Freki —se excusó el jinete—. Cuando aullaron lo asustaron muchísimo. —Hizo un puchero, como si estuviera muy triste—. Nunca le agradaré a Mükael, ¿verdad?
—Solo tienes que aprender a ajustar la silla como se debe para que no termines siempre así —dijo el mestizo mientras lo desenredaba—. ¿De acuerdo, Connor?
Darius soltó una cuerda que prensaba la pierna del chico, con lo que este cayó al suelo. El muchacho se sacudió el polvo de la ropa y se limpió la cara, que la tenía llena de rasguños. De seguro se golpeó con varias ramas mientras el caballo trotaba encabritado. A pesar de esto parecía estar bien, pues se quejaba muy sonoramente del caballo lunático que no se dejaba montar.
El chico reparó en Sakti. Ambos se miraron el uno al otro por largo rato, sin decir ni una palabra. Una mirada bastó para reconocerse. Él la conocía, pues Darius le había hablado mucho de la princesa que lo salvó de morir ejecutado. Y ella sabía de quién se trataba, porque era imposible pasar por alto el parecido.
Connor era como su padre. El cabello quizá lo tenía más oscuro que Darius, pero los rasgos del rostro y las expresiones faciales eran idénticos a las del mestizo. Además, aunque los ojos del chico no eran una mezcla de verde y azul, eran zafiro como los de los gemelos.
Sakti asintió para sí misma, satisfecha porque esos cinco años fueron de provecho para Darius: encontró a su hijo Connor, se alió a un par de lobos bastante peculiares y, para mejorarlo todo, hasta dio con su padre supuestamente fallecido para probar que era inocente de asesinato. Qué lástima que todavía tenía que viajar hasta el Reino de las Arenas, traer a Adad, liberar Masca y salvar a Zoe para tener reunida a toda su familia.
—Supongo que en el camino nos contarás una que otra historia interesante, ¿verdad? —preguntó la princesa mientras miraba al mestizo. Darius le sonrió.
—Ni lo dudes, Allena. Ni lo dudes.

"Los Hijos de Aesir: Travesía bajo la sombra del Tercero" © 2010-2017. Ángela Arias Molina

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