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Capítulo 6

6
CONNOR



El ambiente en el interior de la cantina era ameno, colmado de carcajadas y jarras tintineantes que chocaban entre sí. La mayoría de las mesas estaba alrededor del salón, pegadas a la pared. Había espacio suficiente en el medio para la clientela que prefería estar de pie y también para que los ebrios riñeran. Así los demás clientes podrían ver la pelea sin terminar involucrados en ella. También había mesas en el centro de la sala, pero eran para grupos de doce miembros y estaban acomodadas lejos unas de las otras para tener espacio libre.
Cuando entró a la cantina nadie reparó en él. Por supuesto. Un forastero encapuchado era cosa de todos los días, en especial en un pueblo donde vanirianos, aesirianos y humanos convivían casi sin problemas. Kehari era en teoría un poblado del Imperio Aesiriano invadido por vanirianos. En la práctica era un asentamiento donde a los pocos aesirianos que vivían allí les daba lo mismo contar con las visitas de muchos forasteros que huían de la ley aesiriana y tener a un puñado ocasional de vanirianos.
Estos últimos frecuentaban Kehari más como un lugar de descanso que como un sitio tomado a la fuerza. Eran decentes con los establecimientos sin importar a quién le pertenecieran. Esa cantina era prueba de esto. Contar con tantas visitas al pueblo era el equivalente a decenas de bocas que necesitaban comida y cerveza, y decenas de cabezas que pedían una almohada para descansar. Un sitio ameno de buen servicio, donde nadie hacía preguntas sobre nada, era un establecimiento destinado al éxito.
Lo más sorprendente de esta extraña convivencia en el pueblo era, precisamente, que los dueños del local eran humanos. El gran tamaño del salón, el par de casonas grandes al lado, a manera de hostal, y los establos eran signo de época de prosperidad del establecimiento.
Darius cruzó la habitación con cuidado de no importunar a los groliens y arpías que bebían de pie, charlaban y bailaban. Alcanzó una mesa en una esquina. Alguien acababa de dejarla, porque todavía estaba algo sucia y tenía un poco de cambio a manera de pago.
El profeta se sentó, seguro de que pronto vendría alguien a atenderlo. No se quitó la capucha, pues no se atrevía a hacerlo en medio de tantos vanirianos. En el último año y medio se acostumbró a no descubrirse la cara a menos de que estuviera solo. Desgraciadamente sus ojos mestizos eran muy famosos. Muchos vanirianos y aesirianos sabían que el hijo bastardo del General Tonare tenía una mezcla de verde y azul en la mirada. Aunque todos creían que Darius fue ejecutado, no quería correr riesgos y llamar la atención. Lo lamentaba mucho por los aesirianos que tuvieran los ojos como él. De seguro que los pobres lo estarían pasando muy mal por su culpa.
—Buenas noches, señor. ¿En qué le puedo servir? —preguntó un hombre de contextura mediana.
Tenía ojos verdes oscuros, así como nariz y mentón largos. El cabello comenzaba a escasearle en las entradillas, cerca de las orejas, y tenía unas arrugas en la frente, debajo de los ojos y al lado de la boca. Darius calculó que el anfitrión tendría unos cuarenta y cinco o cincuenta años… en edad humana, por supuesto. Ese de ahí no era un mago.
El hombre sonreía de oreja a oreja y miraba a Darius con paciencia y alegría. No le incomodaba ni un poco la capucha negra que le impedía ver el rostro del nuevo cliente, ni le asustaba la espada que el profeta cargaba a la cintura. El cantinero parecía más que acostumbrado a tratar con personas de mala pinta; incluso, como sostenía una libreta y una pluma sin que le temblaran las manos, parecía encontrarlo apasionante. Darius sintió simpatía inmediata hacia él.
—Un estofado de carne y una cerveza. Después ya veremos. —La pluma del hombre se movió con rapidez sobre el papel.
—¿Se quedará esta noche en Kehari, señor? Porque si es así, hay una oferta: un cuarto con cena y desayuno incluidos. Estoy seguro de que sus bolsillos se lo agradecerán. —Darius ni siquiera lo tuvo que pensar.
—¿Un compartimiento en el establo para mi caballo está incluido en la oferta?
—Por supuesto, señor.
—Entonces creo que me le he adelantado. Mi corcel ya está bien acomodado. —El cantinero sonrió.
—Mi esposa vendrá dentro de poco para darle la llave a su habitación. Puede pagar en la mañana. —Y así, desapareció.
El profeta observó al cantinero mientras visitaba otras tres mesas, recogiendo más órdenes o simplemente preguntando si la comida fue agradable. Por un momento pensó que el humano se había olvidado de limpiarle la mesa, pero luego se dio cuenta de que estaba impecable, sin platos sucios ni monedas. Sin lugar a dudas era un hombre muy eficiente en su trabajo. Darius veía con facilidad por qué los vanirianos lo trataban con respeto, amabilidad y hasta camaradería. No era un negociante hipócrita ni molesto, sino uno que de verdad disfrutaba atendiendo a otras personas.
Un buen hombre.
Un buen ejemplo a seguir.
El profeta suspiró mientras se clavaba las uñas en las palmas de las manos, preguntándose si así sería el humano que había criado a su hijo. Desde que salió de Masca no había hecho más que buscar, buscar y buscar. Prácticamente conocía todos los pueblos del Este que estaban antes de cruzar las montañas que llevaban a la Planicie, que conectaba con el mar.
Incluso conocía algunos que, como ese, estaban bajo control vaniriano. Como la guerra se expandía a velocidades alarmantes, el profeta sabía que dentro de unos meses le sería imposible viajar solo. Tendría que buscar refugio en una ciudad que todavía tuviera una Doncella –lo cual, estaba seguro, era imposible a esas alturas de la guerra– o vivir en un pueblo como Kehari, donde las aguas parecían tranquilas.
Pero eso no era lo que quería ni lo que debía hacer. Claro, debía encontrar un sitio seguro donde pudiera elaborar un mejor plan. Pero lo que más le urgía era encontrarlo antes de que viajar fuera casi imposible. Tenía que dar con Connor. Tenía que encontrar al niño que perdió hacía más de catorce años.
—¿Primer o segundo piso? —le preguntó una señora.
Igual que el cantinero, la mujer aparentaba entre unos cuarenta y cinco y cincuenta años. Ya tenía patas de gallo debajo de los ojos. El cabello era pelirrojo, casi anaranjado, y lo traía recogido en un moño. Era algo regordeta, pero por la forma en la que se erguía se sabía que era una mujer fuerte. Y como su esposo esbozaba una hermosa sonrisa de bienvenida.
—Segundo piso —respondió Darius sin pensarlo mucho.
La mujer llevaba dos llaves. Le extendió una pero se le resbaló de la mano. Antes de que Darius pudiera detenerla, la señora se disculpó y se agachó para recogerla. Tomó la llave acuclillada en el suelo y levantó la mirada para entregársela a Darius con una sonrisa. Al instante los labios se le tensaron con una extraña mueca y las mejillas le palidecieron.
Al principio Darius no comprendió por qué la expresión amable cambió tan de golpe, ni por qué la mujer dejó que la llave resbalara de nuevo y cayera al suelo con un suave tintineo. Entendió lo que pasaba al ver el horror reflejado en los ojos que lo miraban fuera de órbita. Claro. Una capucha solo sirve para cubrir el rostro siempre y cuando el encapuchado no deje que nadie lo mire desde una altura o un ángulo inadecuado. Pero ahora que la cantinera estaba agachada y Darius la miraba directo a los ojos ella podía verle gran parte de la cara.
La mujer se levantó de un brinco, como impulsada por un resorte. El vello de la nuca se le había erizado y tenía las manos sudorosas por el susto. «No», pensó Darius. «Por favor, que no haya visto mis ojos, que no diga nada...». Pero supo que era justo eso lo que tanto la asustó.
Darius sabía que los ojos aesirianos incomodaban un poco a los humanos, ya que la mirada de los magos recordaba a la de los animales. Pero incluso entre los aesirianos, los ojos de los mestizos eran mucho más impactantes. Si a eso le sumaba que los suyos tenían una mezcla de verde y azul –como los del asesino del General Tonare– era comprensible que la mujer se asustara.
—No… —musitó ella—. No, Fenran
Darius pensó que la mujer gritaría del pánico, pero en lugar de eso entornó los ojos y se cayó de espaldas. Él extendió una mano y se incorporó para sostenerla, pero fue demasiado tarde. No solo se golpeó las piernas con la parte baja de la mesa, sino que también reaccionó despacio. Para empezar, no se esperaba que la mujer se desmayara de la nada. Además, la última palabra que pronunció le causó un escalofrío en la médula. Ella lo llamó «Fenran».
Fenran… como el hijo de ojos mestizos de Darius.
De un golpe comprendió qué había pasado. De todos sus hijos, Fenran era el que más se le parecía. El pequeño murió hacía mucho tiempo, cuando él y sus hermanos se cruzaron en el camino de Sigurd, el come-almas.
¿Era posible que la mujer confundiera a Darius por Fenran? ¿Acaso creyó ver el fantasma del niño en el cliente encapuchado? No importaba cuánto lo pensase, Darius siempre llegaba a la misma conclusión: esto no podía ser una coincidencia. ¡De seguro que no había muchos niños mestizos con ojos verdes y azules llamados «Fenran»! Así que eso significaba que la mujer tuvo contacto con el pequeño mestizo.
El silencio lo sacó de sus cavilaciones. Cuando miró alrededor, Darius se percató de que todos en la cantina los miraban a él y a la mujer desmayada en el suelo. Como tenían miradas sospechosas y un poco rencorosas, el profeta entendió un par de cosas: primero, que la cantinera era una mujer querida por su clientela y a nadie le hacía gracia que estuviese lastimada. Segundo, que un tipo envuelto en una capucha bien podía ser un asesino. Estos dos puntos lo llevaban a una conclusión: estaba en problemas.
—Eh… —logró decir—. ¿Alguien puede ayudarme? Creo que se desmayó… y no sé qué hacer…
Supo que señalaba lo obvio pero solo eso se le ocurrió para romper el silencio. Por suerte el truco funcionó, pues el cantinero apareció. Saltó la barra a la vez que llamaba a su mujer. Estuvo al lado de ella en un santiamén. Cuando no obtuvo respuesta de parte de ella, levantó la mirada para preguntarle a Darius qué había sucedido. Y así todo se repitió de nuevo.
El cantinero palideció, tensó la expresión y miró al encapuchado con los ojos fuera de órbita. ¡Demonios! Otra vez la capucha no sirvió para cubrirle el rostro, pues –agachado como estaba– el cantinero pudo ver los rasgos faciales desde el ángulo correcto. Darius estuvo a punto de suplicarle que no se desmayara. El hombre solo lo miró por un buen tiempo para asegurarse de reconocerle los ojos mestizos. ¿Quizá, si lo miraba el tiempo suficiente, reconocería también los rasgos de un niño pequeño que murió hace tiempo?
—¡Papá! ¿Qué pasó? ¿Cómo está mamá? —llamó una voz un poco aguda.
Al levantar la mirada, Darius vio que un niño se saltaba la barra para acercarse al cantinero. Apenas lo vio sintió un retortijón en el estómago.
Si tuviera que darle una edad humana, habría dicho que tenía unos doce años como mucho. Sin embargo, aunque llamaba al cantinero «papá» el niño no era humano. Era un cachorro aesiriano. Todavía era bajito y tenía la contextura de un chico de catorce o quince años de la raza de magos. Tenía ojos azules como el zafiro y un cabello tan negro que si se le veía por mucho tiempo daba la impresión de ser un agujero sin fondo.
—No es nada, Connor —se apresuró a decir el cantinero a la vez que agitaba una mano para que el chico no se acercara más—. Solo se… sorprendió.
Darius se estremeció. Supo que el cantinero no quería que el chico mirara al encapuchado. Aun así el niño se arrodilló al lado de la mujer, preocupado y sin saber qué hacer por ella.
—Ven, déjame ayudarte —se ofreció una arpía. La vaniriana se pasó un brazo de la cantinera por encima de los hombros y la levantó. Connor la ayudó.
—Lleva a tu madre a descansar —pidió el hombre. Mientras Connor y la arpía se marchaban él se incorporó lentamente, como si temiera que algo estuviera a punto de explotar. Luego, despacio, colocó la llave del cuarto sobre la mesa.
—Lo siento… —se disculpó el profeta—. No sé qué ocurrió. Yo no quise que…
—Los accidentes pasan —murmuró el cantinero, aunque parecía que se estaba convenciendo a sí mismo en lugar de tranquilizar a Darius—. Espero disculpe y entienda el retraso, pero pronto llegará su comida. Con permiso.
Dicho esto se retiró. Darius quedó solo en la esquina de la taberna, aunque ya no pasaba desapercibido. Todas las miradas del salón estaban sobre él.
«Bien hecho, Darius», pensó con sarcasmo. «De todas las personas a las que podías asustar con tus ojos tenía que ser a la dueña del local que todos aman, ¿no?». La peor parte era que los otros clientes lo veían con sospecha y murmuraban palabras poco gratas, como si quisieran castigarlo. Genial. Al parecer los había ofendido.
Darius se revolvió incómodo en el asiento, deseoso de tener el estofado al frente para comer como si nada hubiese pasado. Quizá así podría dar el asunto por zanjado en lugar de estar bajo el escrutinio de los demás. De momento solo podía esperar. Sabía que si se levantaba y salía algún grolien lo seguiría para darle una paliza. En el mejor de los casos solo le quebrarían las costillas. En el peor le descubrirían el rostro. Lo más sabio era quedarse en el local y esperar a que la cantinera se recuperara y apareciera otra vez.
Fenran.
Recordó el momento en que la mujer se cayó de espaldas. Quizá ese incidente fue incómodo y problemático. Pero de no ser por él Darius nunca habría encontrado lo que buscó por tanto tiempo. Su Connor estaba ahí, en ese pueblo. Apenas podía asimilar que acababa de verlo y que era aún mejor de lo que siempre imaginó. A pesar de ser bajito y delgado, se veía sano. Estaba bien vestido, no parecía famélico. Y, sobre todo, era amado.
La forma en que preguntó a su «papá» si su «mamá» estaba bien demostraba que los quería, lo que significaba que ellos lo trataban muy bien, que lo amaban.  Connor se angustió por la mujer y la miró como si temiera que algo fatal le hubiese ocurrido. Además estaba muy bien educado, pues obedeció al cantinero sin chistar cuando le pidió que se marchara con la arpía y la humana.
El niño tenía padre y madre a los que amaba y que lo amaban. Ellos lo adoptaron, le dieron refugio cuando su vida estuvo en peligro, lo aceptaron como hijo a pesar de no tener ningún compromiso. Lo criaron, lo apoyaron, lo educaron. En cambio ¿qué había hecho Darius por él?
Las manos del profeta se congelaron. A pesar de que lo buscó por mucho tiempo nunca planeó qué hacer después de encontrar a Connor. Así que ¿qué haría ahora?
¿Esperaría a que estuviera solo y lo enfrentaría? ¿Le diría: «Hola, Connor. No me conoces pero soy tu padre. Sí, el que no pudo defenderte cuando eras un bebé. El que no pudo impedir que tu hermano Fenran se sacrificara a sí mismo para salvarte. El que no pudo encontrarte, criarte y demostrarte su amor en estos años. Por cierto, ya tienes unos catorce, ¿verdad? Tu madre estaría orgullosa de ti. Ah, sí, por cierto: ella también murió. Falleció en mis brazos porque por mi culpa se tuvo que enfrentar al demonio come-almas para protegerte a ti y a tus hermanos. ¡Y eso! Tienes hermanos. Fenran ya está muerto, como bien sabes; Zoe, Dagda y Airgetlam están prisioneros, y no tengo idea alguna de donde está Drake si es que todavía vive. Sin agregar, además, que se supone que soy un criminal ya ejecutado, pero eso podemos dejarlo como un secreto. En fin, fue bueno verte. ¿Qué haremos ahora? Podríamos hablar un poco si quieres, despejar todas las dudas de por qué no supiste nada de mí en todo este tiempo, de por qué tu madre y hermanos padecieron tanto, de por qué ahora vengo a ti a revivir fantasmas que de seguro tus buenos padres adoptivos se han esforzado en desterrar…»?
Sus pensamientos se detuvieron ahí y lo dejaron con una horrible sensación de vacío en la mente. ¿Qué hacía en el pueblo? ¿Por qué había ido a buscar a Connor? ¿Por qué hacía exactamente lo que hizo Enlil con él? Nada bueno saldría de eso. De seguro que Connor sentía que sus padres biológicos lo habían traicionado, de seguro que los odiaba. Si ahora se presentaba ante él ¿qué podía esperar? Solo una mueca de disgusto y las mismas palabras que rondaban su mente desde el día que supo que Enlil era su progenitor: «Desearía que nunca hubieras regresado, ¡desearía que no fueras mi padre!». No podría tolerar ver esa expresión en el rostro de su hijo. Tenía mucho miedo. Le aterraba la posibilidad de que…
«… de que Connor me odie tanto como yo odio a Enlil».
Tuvo que enterrar las uñas en la mesa para evitar marearse. Ahora incluso sudaba. Ya nada tenía sentido. ¿Qué haría ahora? ¿Intentaría hablar con Connor o…? No, lo mejor era dejarlo así. Ya lo había encontrado y descubrió que era feliz. Porque lo era, ¿cierto? Tenía todo lo que él habría deseado darle: una familia amorosa, el sustento necesario para que no pasara necesidades y libertad.
Connor era libre. No era otro profeta del Imperio Aesiriano. Aunque tuviera poderes de clarividencia el Emperador jamás lo descubriría. Los vanirianos tampoco. Connor estaba a salvo porque era solo el cachorro aesiriano adoptado por los humanos dueños de un hostal.
Era amado. Era libre. Era feliz.
¿Por qué arrebatarle eso?
Respiró profundo para calmarse y después suspiró. Ya había tomado una decisión. Ya estaba resignado. Comería algo y después se marcharía. Para hacer la espera menos larga –y también para olvidarse de la daga de tristeza que sentía en el corazón–, sacó un libro que cargaba en un bolsillo interno de la capucha.
Había leído miles de veces «Caballero Santo», pero siempre le hacía bien repasar la historia para tranquilizarse y conciliar el sueño. Con leer el libro, o a veces solo con sentirlo en la capucha, se sentía a salvo, cerca de Zoe, Dagda y Airgetlam. Los tres también leyeron la novela, repasaron las letras con los ojos, acariciaron las hojas con los dedos… Cada vez que Darius pensaba en esto se sentía conectado con ellos, como si los chicos estuvieran al lado.
—Eh, eh, ¿qué tenemos aquí? —preguntó de repente alguien.
Darius gimió cuando la manota de un grolien le estrujo los dedos entre las tapas del libro y le aplastó la mano contra la mesa. Miró alrededor. Estaba rodeado. Además del grolien que lo sostenía, otros tres vanirianos con cuernos y dos arpías estaban al lado de la mesa. Era el típico grupo de matones.
—Es solo un libro —contestó. Mantuvo la voz firme aunque le dolían mucho los dedos y estaba un poco preocupado porque los números no estaban a su favor.
—¡Increíble! ¿Entonces atacas a mujeres indefensas con solo un libro?
—No. El libro solo sirve para leer. En cuanto a lo que le pasó a la cantinera… no era mi intención, yo…
—¡Mentiroso! —dijo un grolien—. Últimamente hemos visto a muchos aesirianos como tú en este pueblo. No les gusta cómo están las cosas en Kehari, ¡así que buscan problemas! Pero una cosa es que se metan con nosotros ¡y otra muy distinta que dañen a personas inocentes!
El grolien que apretaba los dedos de Darius lo tomó de los hombros y lo levantó. Otro vaniriano empujó al encapuchado con fuerza hasta hacerlo retroceder al centro del salón. Como los otros clientes no se alarmaron, Darius comprendió que todos estaban de acuerdo con el nuevo espectáculo. Incluso lo rodearon, tanto para ver la paliza que recibiría como para evitar que escapara.
—¡No tenías por qué lastimar a Lea! —gritó el grolien que lo había empujado. Los clientes lo respaldaron con improperios hacia Darius.
El mestizo retrocedió para distanciarse más del grolien pero fue inútil. No tenía a dónde escapar. Muchos de los clientes eran vanirianos, aunque incluso los humanos y aesirianos que estaban allí se unieron al coro de voces que gritaba «¡Pelea, pelea, pelea!». Darius chupó los dientes. ¿Por qué le pasaba esto a él? Todavía no había bebido ni una gota de cerveza ¡y ya estaba en un círculo de pelea en media cantina!
Aunque estaba en desventaja se negó a darles una pelea fácil a los matones. Darius se palpó la cintura en busca de la espada para demostrar que no era ningún pelele. Pronto se dio cuenta de que no la tenía. Al parecer los vanirianos eran inteligentes y lo desarmaron cuando lo tenían sujeto contra la mesa.
El profeta inspeccionó al oponente. El grolien se acercaba bufando a la vez que caminaba al borde del círculo de espectadores. Darius sabía que los puños de los groliens eran más que suficientes para hacer picadillo a cualquier aesiriano.
Sabía también quitar armas en pleno combate y sí, era más fuerte que un mago promedio. Pero eso no sería suficiente para enfrentar a un grolien, porque por lo general esas criaturas eran tan o más altas que Sigfrid Montag. Además, aunque pudiera hacerse cargo de uno, ¿qué haría con el resto? Si podía librarse del vaniriano que lo retaba los otros tres irían tras él.
El grolien embistió con la cabeza agachada para enterrar los cuernos en el abdomen del profeta. El aesiriano fue más rápido y se quitó a tiempo. Como si eso no fuera suficiente, el cuerpo le reaccionó automáticamente: tomó los cuernos del grolien con fuerza y obligó al vaniriano a detenerse. Después giró los brazos e hizo que la cabeza del grolien girara también. Por suerte para el vaniriano, el cuerpo siguió la misma trayectoria; el grolien dio una vuelta en el aire antes de caer al piso.
Los espectadores aguantaron la respiración, sorprendidos por la fuerza de Darius. Después de unos segundos el grolien se levantó de nuevo. Antes de que atacara otra vez gritó:
—¡Maldito seas! Eres un soldado aesiriano, ¿verdad? ¡Solo ellos conocen esos movimientos! ¡Pudiste haberme roto el cuello!
Darius quiso desmentirlo pero apenas tuvo tiempo de evitar los golpes del vaniriano. El grolien avanzó hacia él con los puños extendidos. El mestizo fue mucho más rápido. Cada vez que el vaniriano lanzaba un golpe, Darius lo evitaba mientras caminaba de espaldas y en círculos. Apenas se lo podía creer. ¡Peleaba contra un grolien y no lo hacía nada mal!
Su madre le enseñó a pelear con espada y también tenía amigos piratas que le dieron unas cuantas lecciones de defensa personal. Pero lo que de verdad le permitía enfrentar al grolien era el entrenamiento que recibió de Sigfrid. Así que aunque no era soldado el vaniriano tuvo razón cuando dijo que tenía movimientos de oficial.
Ese maldito de Sigfrid… Aunque el General estaba muy lejos de ser su persona favorita, Darius debía admitir que tenía buenos métodos de enseñanza. Si Sigfrid no lo hubiese obligado a viajar por la región Oeste desarmado no habría aprendido a arrebatar espadas en pleno combate ni a evadir los golpes de los adversarios.
Se sentía más confiado que nunca. Cuando el vaniriano dio un paso en falso y se le acercó demasiado, Darius lo tomó del brazo, le dio una fuerte patada en el abdomen y lo lanzó contra la multitud. Los clientes lograron quitarse justo a tiempo y el grolien terminó estrellándose contra una mesa.
Darius sonrió. Con suerte los demás reconocerían su victoria y lo dejarían en paz. Se giró para saber si los otros vanirianos todavía pensaban enfrentarlo, pero entonces una enorme manota le rodeó el cuello. Antes de que se diera cuenta otro grolien lo alcanzó, le despegó los pies del suelo y comenzó a estrangularlo. Darius intentó patearlo. Pero como el vaniriano lo sostenía lejos de la entrepierna los esfuerzos del profeta fueron inútiles.
—Te crees la gran cosa, ¿no? —le soltó el grolien—. Es sorprendente que pudieras enfrentarte a Hürt, pero no voy a dejar que le hagas esto a uno de mis amigos. Debería matarte por insolente…
Darius entreabrió los ojos para evaluar a su oponente. Quizá, si parecía un tipo listo, podría explicarle que todo era un malentendido. Apenas miró al grolien las expresiones suya y del vaniriano cambiaron. Otra vez Darius estaba en un mal ángulo: el grolien podía verle la cara a pesar de la capucha. De inmediato supo que era el bastardo del General Tonare.
Darius se habría preocupado de no ser porque él también distinguió al grolien. El rostro de toro le resultaba conocido y simpático. El color del pelaje, de los ojos, la manera en que lo miraba con una mezcla de sorpresa e incredulidad… Además, era fácil reconocer a un grolien que gustaba de las chamarras de cuero, porque por lo general a estos vanirianos no les gustaba usar ropa. Sus cuerpos peludos eran suficientes para protegerlos del frío.
El vaniriano no lo soltó de inmediato, pero sí dejó de apretar con fuerza y Darius pudo recuperar la respiración. Se miraron el uno al otro durante varios segundos, como para asegurarse de que se conocían. Darius escuchó las quejas de los clientes, que le pedían al grolien que acabara con el encapuchado. Por suerte nadie más podía verle la cara. Sin embargo el profeta se dio cuenta de que el vaniriano no sabía qué hacer: dejarlo ir o delatarlo.
—¡Ya basta, Cörel! —lo regañó una voz joven—. Mira al desastre que han hecho. Si esto sigue así no solo tendrás que pagar la mesa rota, ¡sino también la comida y el hospedaje del forastero!
Cörel retrocedió después de que le dieran un empujón. El grolien soltó a Darius. En cuanto tocó suelo, el mestizo se balanceó y tuvo que arrodillarse porque estaba algo mareado. Un par de manos lo sostuvieron de los hombros al instante para que no se desplomara.
—Lo lamento mucho —se excusó la voz—. No debí irme. En cuanto me marcho estos hacen un alboroto tremendo. Por favor acepte mis disculpas.
Darius guardó silencio, incapaz de creer lo que acababa de pasar. Reconoció la voz. El que detuvo la pelea, el que regañó a los groliens, el que lo sostenía en ese momento… era Connor. Le ardieron los ojos. Quiso abrazar al chico con todas sus fuerzas, pedirle perdón por haberle fallado, decirle que lo amaba pero…
… Connor retiró las manos de repente. Darius se preguntó si el chico tenía telepatía y le leyó los pensamientos. Si así era entonces Connor ya sabía quién era el encapuchado. ¿Qué haría ahora? ¿Gritarle? ¿Decir a los groliens que tenían permiso para acabar con él? Esperó lo peor. Connor lo sorprendió cuando dijo:
—Por favor disculpe si lo ofendí. Sé que no debí tocarlo, es solo que… me preocupé. ¿Está bien? ¿Necesita algo? ¿Ir a su habitación, un vaso de agua… algo? —Connor sonaba nervioso. Darius no se atrevió a levantar la vista. Simplemente no podía mirarlo a los ojos.
—Solo necesita una cerveza. —La manota que estuvo a punto de asfixiarlo le palpó el hombro con camaradería. Darius supo entonces que sí era Cörel—. Tienes razón, Connor —siguió el grolien—. Esto fue culpa mía. Sabía que Hürt y los demás querían pelear con él, pero no los detuve. Lo siento mucho. Por favor no te enfades con nosotros, ¿sí, Connor? Es más, para pedir disculpas me ofrezco a pagar la cena del forastero. ¿Qué fue lo que ordenó?
—Un estofado de carne y una cerveza —contestó el chico—, pero forma parte de la oferta de estadía.
—Entonces yo también me haré cargo de eso.
Muchos reproches se levantaron entre la multitud, pues los clientes decían que la pelea estaba justificada: ¡los vanirianos solo querían que el forastero pagara por lo que le hizo a Lea! Connor intervino otra vez:
—Fue un accidente. Papá me explicó qué sucedió.
Miró a Darius. El mestizo ya se había levantado y se sostenía la capucha para asegurarse de que nadie le viera la cara. Connor lo miró indeciso, como si no supiera cómo seguir. Finalmente dijo:
—Tiene una quemadura en todo el rostro y por eso mamá se sorprendió. Por favor no se moleste con ella —se apresuró a decir mientras inclinaba la cabeza—. Mamá no suele actuar así con personas que están desfiguradas y de verdad estamos muy apenados. Supongo que no lo vio venir y… —Calló. Tenía las orejas rojas por la vergüenza porque sabía que habló con poco tacto.
—Está bien —dijo Darius después de una larga e incómoda pausa—. Suele pasar. Espero que tu madre se recupere pronto. —Connor le sonrió y dijo:
—Sí, ya le di algo para que se sienta mejor. ¡Ahora vuelva a su mesa! Su estofado ya está listo y después podrá retirarse a su habitación si así lo desea. Si se le ofrece algo más no dude en llamarme. Después de todo, el servicio lo paga hoy Cörel. —Connor guiñó un ojo al grolien y este asintió.
La multitud se dispersó. El joven cantinero desapareció para buscar la comida del forastero. Darius lo vio marcharse. Su padre adoptivo de verdad fue un buen ejemplo para él. Connor era simpático, atento, valiente… Tenía cualidades que no se heredan: se aprenden. Estaba en buenas manos.
—Dime, muchacho —murmuró Cörel mientras le pasaba un brazo por encima de los hombros—, ¿todavía guardas la brújula que te di? —El aesiriano dio un profundo suspiro y sacó el compás de entre la capucha.
—Sí, y no tienes idea de cuánto me ha ayudado en estos años, Cörel.


Darius no podía conciliar el sueño. Las luces estaban apagadas y las cortinas corridas, así que estaba en el lugar adecuado para entrar al reino de los sueños… o al de las pesadillas.
Encontrar a Connor. Esa fue su meta por mucho tiempo, pero ahora que lo tenía cerca no se atrevía a hablarle. Era mejor así. Antes del inconveniente con los groliens decidió marcharse del pueblo sin revelarle nada. Aun así le dolía la idea de irse sin una palabra, como si lo abandonara. Deseaba saber si podía acercarse a Connor, hablarle y revelarle que era su padre biológico sin temer que el chico lo despreciara; pero lamentablemente no había forma de saber esto sin riesgos.
Para «mejorar» el panorama ahora además le dolía la cabeza. Le había alegrado un poco encontrarse con Cörel, incluso lo ayudó a distraerse un rato, pero la compañía del grolien resultó ser más simpática de lo que Darius habría imaginado. El resultado fue dos estofados de carne y tres jarras de cerveza aptas para groliens, no aesirianos jóvenes como él. No quería llegar al día siguiente y descubrir qué efectos tuvieron los abusos de esa noche en su cuerpo.
Alguien tocó a la puerta. Al principio quiso ignorar la llamada pero los golpes persistieron. ¿Quién podía ser a esas horas de la noche? ¿Más vanirianos buscando problemas? O quizá…
Sintió un escalofrío al pensar en las posibilidades. A pesar de que la cabeza le latía, se sentó en la cama de un brinco y se quedó mirando la puerta. ¿Acaso eran el cantinero y su mujer? ¿Acaso era… Connor? Tenía miedo de enfrentarlo pero quizá esa sería su última oportunidad para hacerlo. El cuerpo le temblaba por la expectativa. Se levantó y abrió la puerta.
—Ah, eres tú… —murmuró decepcionado. Cörel levantó una ceja, ofendido, y entró a la habitación.
—No sabía que eras de los que esperan que a medianoche una hermosa señorita toque a la puerta dispuesta a entregarse.
—No lo soy —respondió Darius mientras se sonrojaba.
Cörel no tenía ni idea de lo tímido que era el profeta con las mujeres. Darius bufó y dejó pasar el comentario. Se dirigió a la mesita de noche, donde estaba una lámpara de aceite, pero el vaniriano lo detuvo antes de que la encendiera.
—Que no alumbre mucho. Nadie debe enterarse de que estoy aquí. —Una pequeñísima flama apareció en la lámpara. Cuando Darius miró el rostro peludo de su amigo comprendió lo sospechosa que era su visita.
—Escucha, sé que te estás metiendo en muchos problemas por no delatarme. Te lo agradezco pero no debes preocuparte. Pronto me iré y no tendrás que lidiar más conmigo.
—Es cierto que es peligroso saber que estás con vida y no informarlo —dijo Cörel mientras se sentaba en una silla—, pero me ofendes si crees que dudo en proteger tu vida. Después de todo, te debo la mía y las de mis hombres. —El grolien esbozó una sonrisa que alivió al aesiriano—. ¿Confías en mí, muchacho?
Cörel actuaba con tanto recelo que a Darius no le cupo duda de que el grolien quería decirle algo importarte, algo que no pudo comunicarle en la cena, rodeado de tantos vanirianos. Algo que nadie podía saber que le diría.
—Sí, confío en ti —respondió mientras se sentaba al borde de la cama.
—¿Cómo sobreviviste? Los rumores dicen que te ejecutaron en Masca.
—En parte los rumores son ciertos. En la Capital, miles de personas vieron la ejecución de un profeta. Pero yo era el verdugo y la víctima era un muñeco con mi apariencia. La princesa me salvó. —Cörel suspiró.
—¿Se puede saber por qué hizo eso por ti? ¿Te salvó porque eres su amigo o porque descubrió algo?
Darius dudó. No conocía mucho a Cörel. ¿Sería prudente confiar en él? ¿Cómo podía asegurar que el grolien no buscaba información para dañar al Imperio, a Masca, a Sakti…? Pero luego miró los ojos de Cörel y se avergonzó de sus sospechas. No sabía qué quería el grolien pero no tenía malas intenciones.
—Por ambas razones —contestó al fin—. Ella dijo que… Ella dijo que los vanirianos me inculparon de la muerte del General Enlil Tonare.
—Estaba en lo cierto. —Cörel suspiró con suavidad e hizo una breve pausa—. Pocos saben esto, Darius, y yo me enteré porque cuando escuché que te habían ejecutado no lo quise creer. Te estoy muy agradecido por salvar mi vida y las de mis amigos. Siempre quise devolverte el favor y por eso me dolió escuchar que estabas muerto. Pero tengo un amigo en la sección de espionaje y él me lo contó todo.
»El plan de ataque al General, la magia para que un kredoa se hiciera pasar por ti, los ecos en el cadáver… Todo era muy detallado. Aunque me hubiera gustado ayudarte ya era muy tarde. El plan ya se había ejecutado, así como tu supuesta muerte. No había nada que pudiera hacer.
—Si te estás disculpando no tienes que hacerlo —lo interrumpió el profeta con una sonrisa—. Entiendo muy bien que esto es una guerra y que los vanirianos solo estaban haciendo lo necesario para ganarla. No guardo ningún rencor personal contra ustedes. Pero comprenderás que tampoco puedo fiarme demasiado. Si mataron al General, por mi seguridad deben creer que yo también estoy muerto.
—Lo curioso es que no lo estás —dijo Cörel, pensativo—, y lo irónico es que el General tampoco.
Las últimas palabras fueron como un latigazo para Darius. El mestizo miró al vaniriano largo rato, sin asimilar lo que acababa de escuchar. Como el grolien se dio cuenta de que Darius tenía problemas, explicó:
—El General Enlil Tonare no está muerto. En realidad lo secuestraron. La noche del supuesto asesinato lo debilitaron con un hechizo de sangre. Luego crearon un muñeco suyo y lo hicieron pasar por su cadáver. El General Enlil Tonare todavía vive en algún lugar del País de Hielo, como prisionero del rey Vanir. —Cörel se incorporó. Darius no lo hizo. Las piernas se le habían adormecido y las manos se le habían congelado.
—¿Por qué me dices esto? —preguntó al fin—. Al revelármelo ¡cometes traición contra tu país! ¡Podrían ejecutarte por esto! —Cörel lo miró como si fuera un idiota.
—Acabo de decirte que te inculparon injustamente. Si la princesa no te hubiese ayudado te habrían matado por un crimen que no cometiste. ¿Aun así lo que más te preocupa es que me acusen de traición? —Cörel soltó un bufido de fastidio—. En serio, debes tener un límite, muchacho. No puedes ser tan noble. En este mundo los nobles no viven por mucho tiempo.
Cörel avanzó hacia la puerta. Antes de que girara la perilla dijo:
—Te debo la vida, Darius. Lo que te acabo de decir es lo menos que puedo hacer para agradecerte. Ahora es tu decisión qué hacer con la información. Eso sí, por favor sé prudente. Muy pocos vanirianos saben la verdad; la mayoría cree que el General Tonare sí está muerto. Yo me enteré porque un amigo violó su juramento de confidencialidad. En pocas palabras…
—Me quedaré callado, descuida —prometió el aesiriano—. Gracias por confiar en mí, Cörel. —El vaniriano agachó la cabeza, esbozó una débil sonrisa y se marchó. Darius guardó silencio por varios minutos, procesando las palabras del grolien.
Enlil vivía. Era prisionero en el lejano y hostil País de Hielo. ¿Qué haría Darius ahora? ¿Acaso estaba considerando… rescatarlo? ¡No! Era una tontería. Arriesgaría su vida en vano por un padre irresponsable al que odiaba. Pero, por otra parte, ayudar a Enlil sería ayudarse a sí mismo. Si lo llevaba a Masca, si lo presentaba al Emperador, demostraría su inocencia. Quizá también podría llevarse a sus hijos consigo.
Después…
Después regresar a Kehari y presentarse a Connor no sería tan difícil porque Dagda, Airgetlam y Zoe estarían ahí para respaldarlo, para decirle a su hermano menor que todo fue un terrible accidente, que en verdad Darius hizo todo lo que pudo para llegar a él y rescatarlo.
Entrar al País de Hielo sería muy difícil, ¿pero acaso no tenía él la ayuda de Geri y Freki? Cada vez que Darius entraba a un pueblo, los mensajeros se apartaban para que él no llamara la atención. Por eso los lobos estaban escondidos en los bosques aledaños.
Los lobos-dragón eran poderosos y tenían un buen pelaje para sobrevivir a la fría temperatura del País de Hielo. Darius sabía que si se los pedía ellos le ayudarían de buena gana en lo que él necesitara.
Estaba decidido. Al día siguiente partiría.

"Los Hijos de Aesir: Travesía bajo la sombra del Tercero" © 2010-2017. Ángela Arias Molina

2 comentarios :

  1. Había olvidado lo bien que se te dan los monólogos, Ángela. El de Darius te quedó muy bien, deberías recurrir más a ellos. Lo único que faltó en su recuento fue algo así como "soy tu padre y también un criminal presuntamente ejecutado"

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  2. Muchas gracias, jimeneydas :D Lo tomaré muuuy en cuenta. Es bueno saber cuáles podrían ser mis puntos "fuertes". Y creo que sí, que en próximas versiones de este capítulo agregaré lo que me has sugerido ;) ¡Mil gracias!

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¡Hola! Muchas gracias por leer este capítulo de "Los hijos de Aesir". Puedes ayudar a la autora al calificar la lectura en la barra de calificación (está un poquito más arriba). O mejor aún ¡deja un comentario! Toda crítica constructiva es bienvenida. ¡Muchas gracias!
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