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Fe

FE



Las paredes negras emitían un perverso eco a medida que Enlil caminaba por los pasillos. El General estaba inmerso en sus pensamientos, pues intentaba recordar algo que le hacía muchísima falta. Era algo que extrañaba, algo que anheló durante el cautiverio en el País de Hielo. Pero ahora que estaba de regreso en Masca no podía recordar de qué se trataba.
Escuchó una detonación sobre la barrera protectora de la ciudad. Sacudió la cabeza, enojado. Los vanirianos desperdiciaban energía de los castillos flotantes con tantos disparos, pues la sincronización absoluta de Palacio Negro y Masca todavía tardaría un tiempo en agotarse. Pero eso no evitaba que el Emperador sintiera los impactos como si los recibiera él mismo. Si los vanirianos sabían esto entonces atacaban solo para torturar al monarca.
Enlil escuchó otros pasos. Sigfrid se acercaba a él desde la dirección contraria. El General Montag traía mala cara. Daba más miedo de lo usual ya que llevaba armadura negra en lugar de dorada. Aun así el semblante de Enlil se iluminó al ver a su amigo.
—Mejora el aspecto, hombre —le dijo—. La princesa logró salir de Masca. Estoy seguro de que traerá refuerzos.
—Yo no —confesó Sigfrid—. Desconfío de la princesa. Si no avisó sobre la invasión es porque le da lo mismo si Masca cae o no. Además, ¿qué refuerzos buscaría? Ya no hay suficientes soldados en Heimdall. Que los vanirianos llegaran hasta aquí significa que han eliminado gran parte de nuestras fuerzas en el Oeste, si no es que a todas. Las demás tropas y pelotones están esparcidos por el continente. Eso deja al Reino de las Arenas, pero ¿de verdad crees que los príncipes del desierto enviarán refuerzos cuando se les negó ayuda hace nueve años? Estamos atrapados. Cuando el escudo caiga todo terminará.
—¡Vaya que eres pesimista! —dijo Enlil mientras alzaba las cejas. La confesión de Sigfrid no le agradó nada y sabía que no era para tomárselo en broma—. Ni se te ocurra decir eso en frente de los soldados. Lo último que necesitan es que tu encantadora personalidad los arrastre también a ver la situación igual que tú. Debes tener esperanza, amigo mío. Y fe.
Sigfrid frunció los labios y miró a Enlil como si se tratara de un idiota.
—Tú sabes que no tengo fe en nada, salvo en nuestros poderes, que son insuficientes en este momento. Tan solo veo las cosas como son.
—¿Crees que veía la vida color de rosa mientras estuve cautivo? —lo cuestionó Enlil, mirándolo con la misma expresión—. No, Sig. Yo sabía que las cosas no iban bien entonces, como ahora. Sabía que nunca nadie, ni siquiera tú, ha tenido éxito en una expedición al País de Hielo y que era imposible que alguien me socorriera. También sabía que aunque consiguiera huir de las mazmorras jamás podría escapar del país porque sería suicidio. Habría muerto en la tormenta helada. A pesar de esto alguien sí fue por mí. Mi hijo, la última persona en el mundo que imaginé que arriesgaría su vida por mí, se las arregló para ir hasta el País de Hielo y sacarme de ahí. Sobrevivimos al enfrentamiento y a la tormenta, y llegamos hasta Masca. Incluso hemos sobrevivido a la invasión. ¿Y sabes algo? Durante todo ese tiempo, aunque el horizonte nunca fue claro, jamás dejé de tener fe. Nunca la perdí estando preso, ni luchando, ni ahora. No importa en qué creas o que no creas en nada. Pero ten siempre fe de que todo saldrá bien.
Sigfrid lo miró con una ceja arqueada.
—Algo que no extrañé de ti fueron tus sermones. Pareces un viejo sacerdote cuando intentas darme lecciones espirituales. —Enlil arrugó la frente y giró los ojos.
—Se esparce la semilla y cae en tierra árida... —murmuró con sarcasmo—. Por esta ocasión lo dejaré pasar por nuestro feliz reencuentro.
Sigfrid también giró los ojos. Se preparó para seguir con su camino pero Enlil lo sostuvo del brazo.
—Te parecerá tonto —dijo—, pero tengo la sensación de que he olvidado algo muy importante. ¿Recuerdas si algo bueno me sucedió antes de, ya sabes, el supuesto asesinato y todo lo demás? —Sigfrid lo miró con las cejas arqueadas.
—No que yo sepa. Debes estar imaginando cosas.
—Fui a casa hace poco para conducir a mis esposas y sirvientes a los túneles. Todos estaban felices de verme, pero… siento que faltaba alguien ahí. ¿Te parece extraño?
—Sí. Yo diría que contagiaste la estupidez de tu hijo o que se te congeló el cerebro en esa celda.
—Muy gracioso.
—Pero ya estás aquí y eso es lo que importa. Ahora ve a visitarlo. Está delirando un poco. —Escucharon otra detonación sobre la barrera, pero ninguno levantó la mirada pare ver las llamas de la explosión—. Quizá tú, tu optimismo y tus sermones puedan ayudarlo. Creo que ya no soportaba mi encantadora personalidad, como tú mismo lo dijiste, así que le agradará escuchar alguna historia mientras esto dure. Y más vale que tengas razón —agregó mientras se marchaba— y que la princesa sí pretenda ayudar a Masca.
Aunque los soldados le temían, Sigfrid siempre fue el mejor de los Generales para infundir ánimos en los guerreros. Si algo necesitaban los militares y toda Masca en este momento era ánimo para soportar la invasión. Qué irónico que el adusto, cruel y desesperado Demonio Montag fuera la persona a la que todos buscaban para darse valor.
Enlil sacudió la cabeza. Ninguno de los soldados que escucharían el próximo discurso épico de Sigfrid imaginaba que el General todopoderoso estaba más vacío y sin esperanza que ellos. Igual Sigfrid haría un buen trabajo e infundiría ánimos que él no sentía. Siempre lo hacía.
Enlil siguió adelante. No podía perder más tiempo en divagaciones inútiles. No podía recordar lo olvidado, así que tenía que concentrarse en lo que más urgía. Se dirigió a la Sala del Trono. Cuando abrió las grandes puertas encontró al Emperador sentado en esa majestuosa butaca, con los cables de sincronización alrededor de él como si se trataran de un capullo. Lo único que tenía descubierto era el rostro para que pudiera respirar. Mientras se acercaba, Enlil vio que los ojos del monarca estaban abiertos y clavados en el techo aunque no veían nada. No había ni pizca de luz en ellos. Además, como estaba mucho más pálido de lo usual daba la impresión de que estaba muerto.
Pero los cables brillaban. Eso significaba que el Emperador estaba vivo.
El General hizo una reverencia elegante al llegar al pie del Trono. Después se saltó el protocolo, subió los escalones y se situó justo al frente del monarca. En teoría nadie nunca podía hacer eso, pero el Emperador se lo permitía a unas cuantas personas. A él le alegraba ser una de esas pocas que contaban con el honor.
Enlil lo miró largo rato, triste y apenado. Aunque la sincronización era un arma increíble y un escudo inigualable, los Emperadores la respetaban y temían por partes iguales.
—Su hijo está a salvo en los túneles, señor —informó el General—. En cuanto asimilemos lo que ocurre y podamos meditar mejor en todo esto, él mismo vendrá para acompañarlo. No permitiremos que se quede solo aquí.
Al principio no hubo respuesta. Después de una larga pausa el Emperador respiró profundo y parpadeó. Los ojos recuperaron un poco de brillo, como si acabara de despertar de un sueño, pero todavía se veía exhausto. No pudo sonreír o mirar al General. La sincronización debía de arrebatarle hasta la energía para mover los músculos faciales. Aun así logró despegar un poco los labios para dar las gracias a Enlil.
—Necesito que hagas algo más —pidió el Emperador—. Ven. —Enlil se arrodilló delante de él y preguntó qué necesitaba—. Cuéntame una historia, algo que me distraiga de esta noche oscura…
—Sí, señor.
El General cerró los ojos, apoyó la frente en las rodillas cubiertas por cables de sincronización y empezó el relato:
—Es una historia de fe de dos hombres. Uno encontró lo que buscaba y el otro fue hallado por el que esperaba…


"Los Hijos de Aesir: Travesía bajo la sombra del Tercero © 2010-2017. Ángela Arias Molina

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