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Capítulo 7

7
VENTO



Darius bajó las escaleras con paciencia, disfrutando cada segundo antes de llegar a la cantina. Aunque la decisión que tomó la noche anterior era peligrosa estaba muy animado.
Los caserones que estaban al lado de la taberna se conectaban entre sí por medio de escaleras y pasillos, que fueron construidos después de que los dueños compraran las propiedades. Aunque la habitación del profeta no estaba cerca de la cantina tampoco estaba muy lejos, por lo que prefirió seguir la ruta de pasillos para ir a desayunar. Así evitaba salir por la puerta principal de la casona donde se hospedaba, darle la vuelta y llegar a la entrada principal de la cantina.
Al llegar al salón lo notó vacío. No había nadie más para el desayuno. Ni siquiera había un mesero o alguno de los dueños. Pensó que quizá era demasiado temprano, pero como ya estaba levantado prefirió permanecer allí hasta que alguien lo atendiera. En lugar de buscar la mesa solitaria de la noche anterior fue directamente a la barra. Supo que cuando llegara el encargado lo notaría más deprisa.
Para aligerar la espera sacó el libro que quiso leer la noche anterior, antes del inconveniente con los groliens. Por suerte las tapas eran duras, así que no se arrugaron cuando la manota del vaniriano las aplastó. Darius no había terminado de leer la primera página cuando alguien lo llamó.
—Buenos días, señor. ¿Durmió bien?
El profeta pegó un brinco en la silla cuando escuchó la voz de Connor. Se bajó más la capucha, tanto que hasta se bloqueó la vista. Sabía que se comportaba como un idiota pero no podía evitarlo. Por suerte Connor no hizo ningún comentario al respecto.
—S-sí, gracias —respondió con un tartamudeo. El chico, al otro lado de la barra, se le acercó para darle un menú. Darius lo tomó y agudizó el oído por si acaso pillaba los pasos de los cantineros; sin embargo, al poco rato comprendió que estaba solo con Connor—. ¿Dónde están tus padres?
—Papá se va a dormir en la madrugada y por eso atiende el negocio hasta pasado el mediodía. Mamá ya está despierta, pero antes de venir aquí se encarga de nuestra casa. Yo tengo toda la responsabilidad de la cantina en las mañanas.
Connor lo dijo con mucho orgullo. Incluso hinchó el pecho. Darius comprendió lo entusiasmado que estaba de que sus padres confiaran en él y le encomendaran la responsabilidad de un adulto.
—Pero no se preocupe porque sé cocinar. —Connor se acercó un poco más para señalar en el menú la lista de platillos del desayuno—. Le recomiendo alguno de estos dos. Saben bien y son perfectos para los viajeros. Le mantendrán el estómago lleno hasta ya muy entrada la tarde, en caso de que tenga problemas para detenerse a almorzar en algún sitio.
—¿Cómo sabes que hoy pensaba partir? —Connor sonrió y levantó los hombros.
—A menos que estén heridos, muchos viajeros se quedan en Kehari solo por una noche. Es algo muy común. —Se agachó detrás de la barra y el profeta lo perdió de vista por unos cinco segundos. Cuando se levantó de nuevo el chico se terminaba de poner el delantal del negocio—. Puede tomarse todo el tiempo que quiera para decidir.
—No es necesario. Puedes prepararme cualquier cosa. Lo que creas más conveniente.
—¿En serio? —Connor ladeó la cabeza. No estaba acostumbrado a que los clientes se decidieran tan rápido.
—Sí, en serio. Confío en tus habilidades.
Connor sonrió de nuevo aunque con más calidez que antes. A Darius lo conmovió. Parecía que a su hijo le gustaba mucho que los adultos lo adularan.
Darius creyó que el chico se perdería en la cocina y lo vería hasta unos minutos después, cuando le trajera el desayuno. Pero pudo ver a Connor a través de un pequeño ventanal, que estaba entre la pared al otro lado de la barra y algo que parecía ser la estufa.
El chico se enrolló las mangas de la camisa, cogió un cuchillo y comenzó a cortar alguna verdura que el profeta no pudo ver. Eso no lo preocupó. Los padres adoptivos de Connor no lo dejarían a cargo de la estufa si no sabía cocinar; además, tenía muchas ganas de comer algo preparado por su hijo. ¡Hasta se comería pasteles de barro si eso era lo que le servía!
Mientras el chico picaba, Darius lo miró orgulloso y aliviado. Su Connor estaba bien, era feliz, era libre. Nada le faltaba. Algún día, cuando Darius regresara con Zoe y los gemelos, no tendría miedo de ser sincero, buscarlo y reunirse con él.
—¿Sucede algo? —le preguntó Connor. El chico tenía una ceja arqueada, intrigado porque sabía que el encapuchado lo miraba.
—No. Solo pensaba que sabes coger bien un cuchillo —mintió el mestizo—. ¿Sabes también usar una espada? —Connor soltó una carcajada.
—¡A mi madre le daría un ataque! Ya habrá notado que mis padres son humanos. Por lo general los humanos no enseñan a sus hijos a pelear. Me han enseñado muchas cosas, desde luego, pero usar una espada es impensable para ellos. —Darius temió que se hiciera un silencio incómodo entre los dos pero Connor era muy hábil para mantener conversaciones—. Pero usted sí que sabe pelear, ¿eh? ¡Santo Cielo! La manera que tumbó a Hürt ¡no tuvo precio! ¡Fue fantástico!
—¿Viste la pelea? —Connor se rio de nuevo, aunque parecía un poquito nervioso.
—Solo parte de ella. Quedé anonadado cuando vi que un aesiriano derribó a un grolien con una sola patada. Eso no se ve todos los días. Tampoco me malinterprete. —Connor arrugó un poco el ceño, serio de repente—. Me llevo muy bien con Hürt y los demás, pero sé que recibieron una cucharada de su propia medicina. Ellos se la buscaron al molestarlo. —El chico soltó un suspiro—. Me encantaría aprender a hacer algo así…
—Entonces ¿por qué no le pides a algún aesiriano del pueblo que te enseñe?
—¿A pelear? —Connor, que en todo ese tiempo no había separado la vista de la tabla, miró al encapuchado como si se hubiese vuelto loco.
—Si quieres aprender necesitas que alguien te enseñe. —El chico pareció incómodo un rato. Al final dijo:
—Lo intenté una vez pero no quisieron enseñarme. Dijeron que era tradición que los padres enseñaran a sus hijos, y que no romperían la costumbre aunque el pueblo estuviera en manos vanirianas. Pero está bien. Papá sí me ha enseñado todo lo que sabe. No puedo pedirle más de lo que ya me ha dado.
Connor tomó las verduras que había picado y las echó en una cazuela que ya esperaba en la estufa. A Darius le pareció que el chico estaba tan triste que no pudo evitarlo y dijo:
—Mi madre rompió la tradición. Como no tenía padre, ella se encargó de enseñarme las bases de la defensa. Cuando murió, aprendí un poco de los piratas. Y cuando dejé mi pueblo, aprendí más de algunos soldados. Las tradiciones son valiosas pero no deben prohibirte algo que anhelas.
—¿Aprendió de piratas? —preguntó Connor con los ojitos brillantes y abiertos de par en par—. ¡¿De piratas de verdad?!
—… Sí, de piratas de verdad.
—¿Y luego se hizo soldado?
—¡Que me caiga un rayo el día que esa desgracia me suceda! —soltó Darius mientras se estremecía—. El ejército, la milicia, el gobierno aesiriano… ¡Ufff! No tienes ni idea de lo afortunado que eres de crecer en un pueblo con vanirianos, humanos y aesirianos. Créeme.
Hablar con Connor era muy sencillo, en especial porque le gustaban las historias de aventuras. Eso fue una suerte porque Darius tenía muchas anécdotas interesantes. El único desafío fue guardarse algunas, como el viaje al Reino de los espíritus o el enfrentamiento contra Sigurd. Esas historias eran muy escalofriantes y terribles. Darius corría dos riesgos si las compartía: primero que Connor no las creyera y perdiera el interés; o que sí las creyera y averiguara la identidad del hombre encapuchado.
«Todavía no te las puedo contar», pensó Darius. «Pero algún día te lo contaré todo».
—¿Pero sabe una cosa? —comentó el cachorrillo mientras el mestizo desayunaba—. A pesar de todo un doctor en el pueblo me aceptó como aprendiz. Todas las tardes voy a su casa a que me enseñe.
—¿Quieres ser curandero? —Eso tomó a Darius por sorpresa—. ¿No es contradictorio? Pelear es herir a otros, mientras que la medicina ayuda a tratar heridas y enfermedades.
—Pero yo no quiero aprender a pelear para lastimar a las personas —respondió Connor a la vez que apoyaba los codos en la barra y reposaba la barbilla en las manos—. Yo quiero aprender a pelear para defender a otros cuando sea necesario. Ahora en Kehari estamos muy bien pero ¿qué sucederá si al ejército aesiriano se le ocurre recuperar el pueblo? Los vanirianos lucharían y los pueblerinos tendrían que decidir a qué bando pertenecer. ¿A los de su propia raza o a los invasores que no los han atacado?
»Lo peor será durante la batalla, porque al ejército aesiriano no le importan los humanos. No tendrán reparos en atacar si hay alguno de por medio. A ellos no les importará que mis padres me adoptaran a pesar de la diferencia de raza y no sentirían ningún remordimiento si los matan. Por eso quiero que alguien me enseñe a pelear… y a usar la magia…
Eso último lo dijo más para sí mismo que para Darius. Se dio cuenta de que habló demás cuando el cliente se atragantó. El profeta tuvo que beberse un jugo de frutas para recuperarse pero aun así estaba agitado.
—¿No sabes usar magia? ¿Ni siquiera… un poquito?
Connor se sonrojó y lo miró muy afligido.
—Los aesirianos del pueblo dijeron que era parte de la tradición que los padres enseñaran a sus hijos, pero mi padre no tiene magia. ¿Cómo esperan que aprenda? Y el curandero me dijo que me enseñaría a usar pociones para curar heridas y enfermedades, pero que no me instruiría en ningún hechizo sin antes saber qué poderes tengo o cómo usarlos un poco. ¡Pero él tampoco está dispuesto a enseñarme! ¡Argh!
Connor se llevó las manos a la cabeza y se alborotó el cabello. No podía tolerar ser el único cachorro del pueblo incapaz de usar sus poderes. Darius respiró profundo, con el corazón latiendo a toda máquina, esperanzado. Si todo salía bien quizá dentro de un par de años…
—Hoy tengo que partir al Oeste, pero pienso regresar a Kehari… y quizá no me marche la próxima vez. —El chico lo miró sin entender qué quería decir—. Cuando regrese traeré a alguien conmigo… a mis hijos, de hecho. Y quizá… bueno, ya sabes que no tengo problemas con las tradiciones. Si quieres entonces yo puedo enseñarte a luchar y a usar la magia… como si fueras uno de mis hijos. —Darius bajó el tono en la última frase y volteó el rostro, incapaz de ver a Connor. Por un par de segundos el chico permaneció en silencio pero de pronto exclamó:
—¡¿EN SERIO?! ¿Me enseñaría? —Cuando Darius lo miró de nuevo vio que estaba ilusionadísimo.
—Sí —asintió—. Te lo prometo.
—¡Mil gracias!
Connor dio unos cuantos saltitos de emoción. A Darius no le importó. Si no fuera porque debía mantener las apariencias él también estaría saltando. En el interior sentía un tremendo remolino de emociones. Estaba feliz, ilusionado, ansioso, esperanzado… y muy, muy agradecido. Todo estaba saliendo bien. Pronto todo tendría solución.
Cuando acabó el desayuno, Darius le avisó a Connor que iría al cuarto a recoger sus pertenencias. Como Cörel se había encargado de la cuenta no tenía que preocuparse por el dinero. Luego los dos visitarían los establos, pues el chico quería ver el corcel de seis patas del misterioso encapuchado.
El profeta recorrió las escaleras y pasillos de tan buen humor que casi tenía alas. Cuando llegó al cuarto ni siquiera torció el gesto al ver el desorden –si para algo era bueno, era para poner patas arriba toda habitación en tan solo una noche–. Echó sus pertenencias en un morral, cerró la puerta con seguro y bajó a la cantina casi que saltando de la emoción. Cuando llegó al salón Connor no estaba. Se acercó a la barra, pues esperaba verlo en la cocina o agachado, quitándose el delantal.
Detrás del taburete encontró a una aesiriana y un niño pequeño. Cuando la mujer lo miró dio un pequeño brinco, así que Darius se apresuró a apartar la mirada. «¡Otra vez!», pensó malhumorado. «¡Que no diga nada por mis ojos mestizos!».
La puerta del establecimiento se abrió con fuerza después de que alguien la pateara. Darius se giró para ver quién había entrado. Por el rabillo del ojo vio que la mujer se encogió más y que tapó la boquita del niño para que no llorara.
—¿Escondes a alguien, fugitivo? —preguntó el hombre que estaba en el umbral.
Darius aguantó la respiración porque reconocía el uniforme: el aesiriano tenía una armadura celeste que le protegía el hombro derecho, los muslos y los brazos. Traía un abrigo largo, también celeste, que se abría a cada lado de la cintura y dejaba ver el pantalón azul oscuro. El soldado portaba una espada enfundada a la espalda. Darius también reconoció al mago.
Jamás podría olvidar a un miembro del Escuadrón Vento, porque fueron ellos, en compañía de Enlil Tonare, quienes lo secuestraron en la Península y lo alejaron de la dulce vida familiar que tanto añoraba.
Cuando el soldado avanzó hacia la barra, Darius comprendió que la mujer se escondía de él. «No… al que esconde es el al niñito». No entendía qué estaba pasando pero no quiso que el oficial lastimara a dos personas indefensas.
—Lo siento, creo que hay un error —dijo mientras se interponía entre el soldado y la barra—. No escondo a nadie. Solo busco al muchacho encargado de la cantina. Debo pagarle la estadía.
—Tienes suerte, amigo mío. Te hemos ahorrado unas cuantas monedas. —El mago soltó una carcajada que heló la sangre del profeta. ¿A qué se refería con eso?
—¡CONNOOOOOOR! —gritó la cantinera afuera.
No lo pensó dos veces y corrió al exterior. Era un caos. Los pueblerinos y los vanirianos estaban acomodados a veinte metros de una caravana, donde había más soldados del Escuadrón Vento. En total eran siete. En el centro del grupo había una jaula enorme, acomodada en una plataforma con ruedas y atada a bueyes. En la celda había niños aesirianos.
Darius vio que los padres –sabía que eran ellos, porque él conocía la expresión de impotencia de un padre cuando no puede salvar a su hijo– estaban con el resto de la multitud, mirando con pánico a los niños. Ninguno se atrevía a enfrentar al Escuadrón Vento. ¿Cómo hacerlo, si los soldados de los elementos eran la mano derecha del General Montag? Solo a ellos se les encomendaban las misiones más peligrosas porque tenían un potencial de destrucción tremendo. Ni siquiera los vanirianos podrían enfrentarlos, lo cual era una suerte para los invasores porque el Escuadrón Vento no quería un encuentro. Solo se estaba llevando a los niños.
El problema era que también se llevaban al hijo de Darius.
Connor forcejeaba contra un soldado que lo tenía agarrado del cuello. Como el chico no era rival para un adulto, el oficial lo lanzó a la jaula junto a los otros niños.
Una mujer chilló detrás de Darius. El soldado que había entrado a la cantina pasó al lado del encapuchado, ahora con el pequeño en brazos. El niño lloraba y estiraba los bracitos hacia su madre. Sin importar cuánto forcejeara la mujer no podía hacer que el oficial le devolviera a su hijo.
En lugar de eso irritó tanto al soldado que él la apartó de un golpe. Desenfundó la espada y la lanzó a la mujer. El pueblo cerró los ojos y se preparó para escuchar el último grito de la aesiriana, pero el arma se detuvo en las manos de un encapuchado. Darius había detenido el ataque.
—¿Por qué se llevan a los cachorros? —preguntó.
Darius apretó los dientes. Quería partirle la cara al soldado por llevarse al niño, por intentar matar a una mujer, ¡y porque el filo de la espada le cortó las palmas de las manos! Se contuvo porque atacar sin meditarlo sería peligroso. El oficial sonrió y explicó en voz alta:
—En esta guerra faltan soldados. Lo ideal es que los mismos aesirianos se enfrenten a los enemigos. Pero hay un sinfín de pueblos como este, llenos de cobardes que no luchan por lo que es suyo. Entonces ¿cuál es el punto de liberarlos, de quererlos en nuestro bando? ¡Es mejor salvar a los cachorros, entrenarlos y hacer que sean útiles para nuestro Imperio y nuestro Emperador!
»Así que no teman —el soldado retiró la espada. Dirigió una miradita odiosa a la mujer que estaba detrás de Darius, arrodillada y con los ojos abiertos de par en par, puestos en su hijo—. Estos niños no serán cobardes como ustedes. Se convertirán en hombres dignos de ser aesirianos. Si les queda algo de honor, en lugar de sollozar deberían estar agradecidos de que sus hijos sean elegidos para esta importante misión.
El soldado sacudió el arma para quitarle las gotas de sangre de Darius. Enfundó la espada y dio media vuelta. Echó al niño a la celda y puso seguro a la jaula. El líder dio la orden de partida y comenzaron la retirada. La mujer detrás de Darius se levantó de un brinco y dio un paso hacia la caravana. E profeta la detuvo.
—Son muchos —susurró para tranquilizarla—. Por ahora no podemos hacer nada pero todo estará bien. —Guardó silencio mientras veía a Connor asomado a los barrotes—. Todo estará bien.
Una vez que el Escuadrón se marchó los padres se lamentaron, pero ninguno sugirió ir detrás de la caravana. No había forma de enfrentar a los oficiales y salir vivos del encuentro. Quizá hasta pondrían en peligro a los niños.
Darius sabía que estaban asustados pero él no tenía miedo. Dejó que los soldados se fueran porque primero tenía que trazar un plan. ¡Los soldados del Escuadrón Vento debían de estar locos si creían que él permitiría que se llevaran a Connor! No otra vez. No de nuevo. Jamás se llevarían otro cachorro del profeta. Así tuviera que enfrentarlos solo ¡no lo permitiría! Ya los había combatido una vez y no le fue tan mal. En esta ocasión le iría de maravilla porque tendría un as bajo la manga.
—¡¿Se van a quedar ahí?! —gritó el cantinero. Darius no era el único dispuesto a actuar—. ¿Van a dejar que se lleven a los niños? ¡No voy a dejar que se lleven a mi hijo! Los alcanzaré y les exigiré que los regresen, ¡no tienen derecho a secuestrarlos! ¿Quién está conmigo?
Nadie contestó. Los pueblerinos y los groliens esquivaron la mirada y dieron un paso hacia atrás. Ni siquiera los padres de los otros cachorros sabían qué hacer.
—Olvídalo —dijo un aesiriano—. Son muy fuertes. Aunque los enfrentáramos todos juntos no podríamos ni contra uno. Nos matarían. Lo único que podemos hacer es rezar para que los niños sobrevivan al entrenamiento.
—¡Ni siquiera los groliens los enfrentaron! —dijo otro
 Aunque estaba decepcionado, el cantinero no olvidó su determinación.
—Está bien. Entonces iré solo.
—No, no irá solo —Darius dio un paso al frente—. Iré con usted. Creo que tengo un plan.
Tanto el cantinero como su esposa miraron al encapuchado con intensidad. Darius comprendió que se preguntaban por qué quería ayudarlos. ¿Acaso porque sí tenía alguna relación con Connor? Darius avanzó hacia ellos mientras levantaba la túnica para que observaran mejor la espada que cargaba a la cintura.
—Yo me encargaré de enfrentarlos mientras usted libera a los niños y huye con ellos. Si alguien más quiere acompañarnos —dijo mirando a los pueblerinos— es bienvenido a unirse en este instante. Pero después no. Si actuamos por separado unos pondrán en peligro el plan de otros.
Observó a los aesirianos por unos instantes. Nada. Buscó las reacciones de las arpías y groliens. Tampoco. Ni siquiera Cörel quería ayudarlo.
—Está decidido.
Darius regresó a la habitación y dejó atrás casi todas sus pertenencias. Solo se quedó con la espada y la brújula de Cörel, en caso de que necesitara guiarse. Bajó, se reunió con el humano y se marchó junto a él. No se llevaron a Mükael. Aunque la velocidad del corcel era una gran ventaja, el sonido de los cascos alertaría a los soldados y perderían el elemento sorpresa. No tenía caso arriesgarse. Además, el Escuadrón Vento marchaba con una celda jalada por bueyes. No podrían llegar muy lejos en poco tiempo.
El bosque era de árboles de hojas y troncos anchos, perfectos para ocultar incluso a un humano inexperto en el camuflaje o la batalla. Avanzaron en silencio por unos minutos, cada uno sumido en sus pensamientos, hasta que el cantinero se animó a hablar:
—Me llamo Emilio, ¿y usted?
Darius no supo qué responder. ¿Y si Fenran les dijo el nombre de su papá? Entonces ¿cómo actuaría el hombre al terminar de confirmar sus sospechas? Tenía que pensar en un nombre ficticio, pero su mente estaba tan preocupada que no podía idear nada ingenioso.
—Hóceo Reuma.
—¿Hóceo Reuma? —repitió Emilio—. Disculpe pero creo que es falso.
—Soy un fugitivo —explicó Darius—. Comprenderá que no puedo dar mi verdadero nombre. —El cantinero frunció la frente, claramente ofendido. Antes de que pudiera replicar Darius se detuvo—. Aquí está bien. Veré si puedo pedir refuerzos.
Darius se llevó las manos alrededor de la boca y comenzó a aullar. El sonido salió amplificado, como a través de un megáfono. El aullido fue muy convincente, pues en verdad parecía un lobo. Cualquiera se habría aterrado por la idea de encontrar una manada. Pasaron unos minutos y no hubo respuesta por más que Darius aulló.
—Tendremos que apañárnoslas solos —dijo resignado al fin. Emilio lo miraba como si se hubiese vuelto loco. Darius lo ignoró—. En cuanto encontremos al Escuadrón usted se ocultará. Si lo ven descubrirán pronto el plan.
—Bueno, es que no es un plan muy elaborado —soltó el cantinero con insolencia.
Ahora ya no parecía tan simpático como la noche anterior aunque Darius no podía culparlo. Después de todo, por culpa suya la cantinera se había desmayado y ahora le dio un buen susto con los aullidos. Además, ¿cómo podía enojarse con él, cuando le debía tanto por cuidar a Connor?
—Si usted también puede pelear entonces me ayudará a enfrentar al Escuadrón. ¿Le parece? —Como lo supuso, Emilio guardó silencio. Darius no quería ser grosero pero el cantinero… Bueno, basta decir que no tenía ninguna pinta de luchador. El profeta siguió—: Si lo descubren lo herirán para que no abra la celda. Yo los entretendré a todos. Cuando esté seguro de que no lo verán, liberará a los niños. ¿Alguna duda?
—Solo una. —Era el turno de Emilio de echar en cara las debilidades de su compañero de rescate—. En el pueblo ni siquiera los groliens se atrevieron a enfrentar a los soldados. ¿Por qué cree que usted sí podrá hacerlo? —Darius suspiró.
—Porque lamentablemente ya tengo experiencia en hacerles frente. Andando.
Los minutos siguientes fueron muy incómodos y largos para ambos. Pero los dos eran padres de Connor, los dos lo amaban, los dos querían que estuviera a salvo. Así que dejaron de lado las antipatías y siguieron adelante juntos, mejorando los detalles del plan.
Cuando por fin divisaron al Escuadrón Vento, el encapuchado y el cantinero se escondieron detrás de unos matorrales. Darius analizó la situación por unos instantes. No tenía mucho sentido que los soldados se detuvieran a una hora y media de Kehari. ¿Por qué hicieron una parada tan pronto? Notó que una de las ruedas estaba rota. Los soldados estaban furiosos. Un oficial sostenía a uno de los niños a través de los barrotes.
—¡Mocoso! ¿Qué diantres esperabas con esto, ah? ¡Solo me has enfadado!
El soldado sostenía a Connor. Emilio se levantó como impulsado por un resorte para salvar al chico pero Darius lo detuvo a tiempo. Aunque él también se había alarmado no podía echar a perder la oportunidad que Connor les había dado. El niño estaba asustado y no podía hablar, pero sostenía la evidencia que lo inculpaba por la rueda rota: una larga varilla que encontró en el suelo de la celda. Con ella zafó la rueda del eje, la soltó e hizo que se rompiera cuando el peso del cargamento le cayó encima.
Darius deseó como nunca en la vida tener sus poderes de telepatía. Así podría pedirle a Emilio que se ocultara y buscara la forma de acercarse a la celda sin ser descubierto. No era muy inteligente hablar tan cerca del Escuadrón, porque los soldados se valían del viento para atacar y defender. Como en ese momento la brisa soplaba las voces de los intrusos serían transportadas hasta los oídos de los oficiales.
Por suerte Emilio era avispado y estaba al tanto. Bastaron unas señas para que se pusieran de acuerdo. Era ahora o nunca. Connor les había dado la oportunidad para alcanzarlos, para que la celda estuviera inmóvil por un buen tiempo, para que los soldados estuvieran distraídos. No podían desaprovechar esa ocasión.
Darius se acercó a la caravana por un lado, mientras que Emilio lo hizo por otro extremo. Como el cantinero necesitaría de toda la ayuda posible para pasar desapercibido, el profeta se dejó ver. Caminó entre los arbustos sin importarle que sus pasos fueran ruidosos. Al poco tiempo los soldados lo divisaron. Cuando el mestizo los alcanzó en el claro ninguno lo atacó.
—Ah, el fugitivo del pueblo anterior —dijo uno de los oficiales—. ¿Qué quieres?
—Es obvio —dijo Darius con los dientes apretados. Los soldados siempre le cayeron mal, pero los del Escuadrón Vento estaban en la lista de las personas más aborrecibles del mundo—. Vengo por los niños. Sus padres están muy angustiados.
Un soldado dejó escapar una risita. Los demás se unieron.
—¿Crees que te los vamos a devolver por las buenas? —preguntó uno mientras empezaba a carcajear. Darius cruzó los brazos sobre el pecho y le devolvió la burla:
—A diferencia de ustedes no busco asaltar a otros cuando menos se lo esperan. No tomo lo que no me pertenece. Aunque quizá en esta ocasión fui más atento de lo que se merecen. Esos niños no son suyos. No hay falta si se los quito para devolverlos a donde pertenecen.
Darius supo que no lo tomaban en serio. ¿Por qué habrían de hacerlo? Eran ocho soldados de alta categoría contra un solo tipejo. Darius claramente estaba en desventaja. «Pero antes les di una sorpresita, la primera vez que se quisieron llevar a mi familia. Esta vez no hay nadie que me detenga hasta hacerlos trizas».
Un oficial dio un paso al frente. No reía pero los labios se le estiraban con una expresión soberbia detestable. Darius quiso botarle los dientes de un solo golpe para ver si sonreiría de nuevo con tanto descaro.
—Dinos tu nombre, «héroe encapuchado». Así te haremos una linda lápida. —El profeta gruñó. No tenía nada ingenioso para devolverle la pulla.
—Hóceo Reuma —contestó. Las risitas se detuvieron y las expresiones de los soldados se endurecieron. Ese era un nombre ridículo pero no lo encontraron gracioso.
—Vaya. Si no quieres darnos tu nombre e inventas estupideces como esa debiste de haber hecho algo muy malo —dijo uno mientras daba un paso al frente. Llevaba la espada desenfundada—. De verdad eres un fugitivo.
Los demás miembros del Escuadrón tomaron posición. Ocho soldados, los mismos a los que logró golpear antes de que Enlil lanzara un hechizo de sangre para debilitarlo. Darius sabía que no importaba qué tan fuertes fueran. Sin un General esos tipos no eran más que unos matones sin seso. Eran tan orgullosos que sus egos se interponían antes de que pudieran tomar decisiones acertadas.
La batalla comenzó pero el profeta no se alarmó. Sabía que los Escuadrones atacaban según sus maniobras planificadas. El primero que se lanzó en la ofensiva tenía la espada extendida hacia el pecho de Darius. El mestizo sabía que esa era solo una distracción. Debía prestar atención a la mano libre del soldado, que la llevaba escondida detrás de la espalda. En eso consistía el ataque: la espada era una trampa que desviaba la atención de la otra mano, donde la magia se concentraba y formaba una esfera de energía. La intención del soldado era noquear al adversario con una descarga inesperada.
Darius le arruinó los planes. Corrió hacia él y lo tomó desprevenido, pues un encuentro inmediato disminuiría el tiempo de carga de la esfera. Una vez frente a frente, Darius evadió con un solo movimiento la espada, sostuvo con una mano la muñeca derecha del militar y lo obligó a soltar el arma. El oficial intentó golpear al encapuchado con la esfera de energía, pero Darius le agarró el puño con la mano libre. Le torció el brazo y cambió la dirección del ataque. La esfera no descargó en Darius, sino en el pecho del oficial. Ya tenía la suficiente potencia para noquear al adversario.
—Uno menos y faltan siete —canturreó el mestizo cuando el oficial cayó a sus pies.
La ira y la sorpresa de los oficiales le llegaron como una brisa. Al principio fue ligera y agradable, pero al cabo de unos segundos se convirtió en un vendaval que giraba alrededor del mestizo como un torbellino.
Darius se agachó sin perder la calma. Tomó la espada que el soldado había dejado caer y la clavó en el suelo. Así tendría un punto de apoyo en caso de que el ojo del torbellino empequeñeciera y el viento intentara arrastrarlo. «No hay de qué preocuparse», pensó al ver al guerrero inconsciente al lado. «Esta es solo otra distracción. No querrán lastimar a su compañero herido».
El torbellino era solo una cortina de humo mientras los soldados restantes se colocaban en posición. Darius estaría rodeado cuando el remolino se desvaneciera. Un combatiente inexperto se desorientaría al ver a siete enemigos alrededor de él y no sabría a quién atacar o de cuál defenderse. Darius no era una novato y sabía a quién atacar.
Cuando la vibración del aire disminuía –lo que significaba que el torbellino desaparecería pronto–, Darius desenfundó la espada a la cintura y la lanzó hacia arriba. El remolino se desvaneció un par de segundos después. El mestizo contó a seis oficiales alrededor de él, listos para atacar…
… mientras que el sétimo cayó de repente al lado del encapuchado, desde lo alto.
Darius se permitió una sonrisita. Ese fue el guerrero encargado del torbellino. Con el poder del viento el soldado se mantuvo a flote por encima de Darius para ver sus movimientos, indicar a los demás cómo atacar y aprovechar un flanco desprotegido para acabar con el oponente. Lástima que no se esperaba la espada voladora de este encapuchado.
Los soldados estaban tan sorprendidos por el resultado que no pudieron reaccionar durante unos segundos. Darius quiso disfrutar ese momento pero entonces se percató del estado del enemigo recién derribado: la espada se le clavó en la clavícula y cortó más de lo que Darius había calculado. Un charco de sangre se expandía debajo de él.
Sintió una punzada de remordimiento pero al instante se corrigió: «No. Se llevaron a Connor y a los chicos. Si de ellos hubiese dependido me habrían matado hace años. No merecen mi lástima». Con el pie volteó al soldado herido y le arrancó la espada de un tirón, sin misericordia, sin alarmarse por el alarido de dolor.
Esa fue señal para cuatro oficiales, que se le lanzaron a la vez desde diferentes ángulos. Dos tenían las espadas en alto, listos para machacar al encapuchado. Los otros dos tenían chispas electrizantes que danzaban en las puntas de los dedos.
Darius se agachó. Sostuvo en una mano el arma que había arrancado y tomó la otra que había clavado en el suelo. El profeta levantó los brazos poco antes de que los soldados cayeran sobre él. El resultado fue un par de oficiales incrustados, cada uno en una de las espadas de Darius.
Todavía faltaban los otros dos oficiales. El encapuchado no perdió tiempo. Se levantó en una fracción de segundo y giró sobre los talones. Arrastró consigo a los oficiales que había atravesado y los colocó frente a frente a los otros dos soldados para que recibieran la descarga. Darius retiró las espadas antes de que las chispas impactaran para no electrocutarse.
La sonrisita triunfante regresó al profeta después de que dos oficiales más cayeran noqueados. Con eso eran cuatro de ocho militares derrotados. ¿Quién dudaría entonces de que pudiera acabar con los otros? De seguro que para ese entonces lo tomaban en serio.
Los soldados que intentaron electrocutarlo retrocedieron con un salto, avergonzados por el giro de los acontecimientos. ¡Nunca nadie los había usado para atacar a sus compañeros! Además, había algo extraño. Miraron al encapuchado con desconfianza y rencor.
—¿Lo notaste? —preguntó uno entre dientes—. La forma en que se mueve… ¿No te recuerda a alguien?
El otro no respondió. Miró al fugitivo largo rato, intentando adivinar un rostro debajo de la capucha. Aunque no pudieran identificar al combatiente tenían claro que ya se lo habían encontrado en alguna parte. ¡Solo eso explicaría que supiera enfrentarlos!
Darius dejó que lo observaran tanto como quisieran, pues por el rabillo del ojo pescó que el plan era un éxito. Como cumplió con llamar la atención del Escuadrón, Emilio tenía vía libre para hacer su parte. El cantinero no solo estaba ya junto a la celda sino que también trabajaba en la cerradura. Tomó la varilla de Connor. La dobló, curvó la punta y la metió en el cerrojo, pero todavía necesitaba más tiempo para abrir la celda.
De repente, Darius escuchó un rugido y no pudo prestar más atención al cantinero. Un soldado que todavía no había atacado se transformaba ahora. La transformación lo tomó desprevenido la primera vez que enfrentó al Escuadrón Vento, cuando Enlil secuestró a los profetas en la Península.
Ahora ya no había sorpresas. Darius sabía que estos soldados podían controlar las transformaciones a voluntad. El soldado no esperó a completar el proceso y se lanzó al encapuchado. El mestizo tomó posición, aunque ahora sí se sintió un poco nervioso. Los ojos verdes del soldado se hicieron de un color esmeralda electrizante, muy semejante al iris de los Aesir. Los labios se le endurecieron y se convirtieron en un pico curvo y fuerte. A la vez, la piel se le llenó de púas que se abrieron en plumas. Los brazos se le convirtieron en alas y las piernas en patas. El soldado se transformaba en un pájaro verde.
—¡Quien sea este encapuchado conoce nuestros movimientos! —gritó otro de los soldados—. Todos, ¡apoyen a Kaleb!
Darius escuchó tres rugidos más y comprendió que estaba en problemas. En la Península solo se enfrentó a un mago transformado. En retrospectiva, ese fue el momento cuando comenzó a perder. Ese fue el instante que Enlil necesitó para acercarse y efectuar el hechizo de sangre. Si tuvo problemas con uno solo de esos pajarracos gigantes, ¿qué se suponía que hiciera ahora contra cuatro?
«Primero debo preocuparme por el que ya está listo. Solo tengo dos espadas, así que tengo que usarlas bien».
Kaleb preparaba una descarga de energía en la punta del pico. Cuando disparó, Darius interpuso un arma para no recibir el impacto en el pecho. Igual sintió la descarga eléctrica. El cuerpo le ardió. Soltó un grito de dolor que no pudo controlar. Quiso también dejarse caer pero supo que entonces se entumecería y no podría levantarse. Así que esperó.
Kaleb venía en pleno vuelo hacia él. Darius espero hasta que el pajarraco ya no pudiera detenerse o desviarse. Cuando el soldado estuvo a un metro de él, Darius avanzó y levantó la espada. Kaleb soltó un alarido cuando el encapuchado le cortó el ala. Darius escuchó el grito multiplicado por mil pues ahora la descarga lo golpeó directamente.
Darius sacudió la cabeza e intentó fijar la vista en un solo punto. Al principio solo vio a Kaleb, quien cayó a tres metros de él. El ave verde se retorció en el suelo con unos espasmos macabros. Las plumas resbalaron del cuerpo y dejaron al descubierto a un aesiriano desnudo, que intentaba contener la hemorragia. Darius había cortado una arteria.
«Cinco abajo y faltan tres», pensó el profeta aunque de mala gana. Ya no estaba en condiciones para enfrentar ni a un solo soldado más. Aun así sujetó las espadas con fuerza y recibió al nuevo pajarraco que cayó sobre él. No pudo hacer nada contra las otras dos aves. Una le atacó la espalda y otra le alcanzó el costado. Los picos le atravesaron la capucha y la ropa, le rasgaron la piel y le alcanzaron el omoplato y las costillas.
No pudo golpear a los soldados con las espadas. Aunque las blandía a uno y otro lado para alcanzar las alas de alguno, los oficiales mantenían los puntos clave bien lejos y con las garras aruñaban las manos de Darius para que soltara las armas. El mestizo supo que no tenía mucho tiempo. Le estaban arrancando la piel a tirones.
Miró por el rabillo del ojo. ¡Diablos, Emilio todavía luchaba contra la maldita cerradura! Tenía que darle más tiempo o de lo contrario no podría salvar a Connor. Tenía que… tenía que… Tomar una decisión rápido.
Apartó las espadas. Un par de garras le rasgaron el pecho. Contuvo el alarido y se concentró en atacar. Soltó un arma, cerró el puño y lo dejó caer como si fuera bola de cañón sobre la nuca del pajarraco que lo tenía agarrado del costado. El golpe fue certero pues el soldado cayó al suelo al instante y recuperó la forma aesiriana.
Darius alzó el otro brazo, que todavía sostenía espada. Dirigió la punta hacia atrás y golpeó. No tenía caso contenerse. No importaba si asustaba al soldado alado que tenía en la espalda o si le partía el cráneo; mientras se deshiciera de él todo valdría. Un chillido agudo le avisó que acertó el golpe. El grito se convirtió en el de un hombre, pues el soldado regresó a su forma aesiriana. Ahora Darius solo tenía un pajarraco mutante como adversario.
Sin perder tiempo, giró sobre los talones y extendió la espada con la esperanza de herir al último oficial. El ave batió las alas y retrocedió en el aire. Darius aprovechó y se lanzó al suelo. Giró un par de veces para alejarse de los soldados y luego cayó de rodillas. Así observó la escena. Casi todos los adversarios estaban noqueados. Quedaban tres conscientes aunque dos estaban más preocupados en contener hemorragias que en enfrentarlo. «Solo uno. Solo un poco más y…».
—No te olvides de mí, maldito —dijo uno detrás de él. Darius recibió un golpe en la nuca y las luces se apagaron.
Emilio soltó un grito de sorpresa. El cantinero no había tenido suerte con el cerrojo y había esperado que el encapuchado derrotara a todo el Escuadrón para salvar a los niños. Ahora que lo habían descubierto supo que él también estaba condenado.
El mago transformado voló hacia él con las garras extendidas. Emilio apenas tuvo tiempo de cubrirse los ojos. Las patas le arrancaron varios tirones de piel de los brazos. Cuando el ataque terminó, Emilio quedó en el suelo, golpeado y adolorido. El soldado recuperó la forma aesiriana y se mantuvo erguido delante de él. Lo evaluó por unos instantes; cuando decidió que el humano no era una amenaza se giró para ver al oficial que noqueó a Darius.
—Sivú, ¿estás bien? —preguntó.
—Sí —respondió el primer oficial que atacó al profeta—. La esfera no cargó tanto como para noquearme por más de cinco minutos. —Sivú escupió en el suelo una mezcla de saliva y sangre. Dejó caer el madero con el que golpeó a Darius—. ¿Quién es este? ¿Por qué sabía tanto de nosotros?
Tomó a Darius de la capucha, lo arrastró hasta la celda y lo lanzó a los pies del otro soldado, quien era el líder del Escuadrón.
—Quítale la capucha —ordenó a Sivú—. Quiero verle el rostro.
El oficial obedeció. Al instante retiró las manos como si hubiese descubierto una fuente de peste.
—¡No puede ser!
Emilio estaba un poco aturdido por el ataque pero aun así reconoció el rostro de Darius. Sintió un retortijón en el estómago al ver con claridad los rasgos de Fenran, pero no comprendió la sorpresa de los soldados.
—¡Darius Tonare! —gritó el líder del Escuadrón.
Sivú enloqueció. Levantó a Darius como si no pesara nada y lo golpeó una y otra vez contra los barrotes de la jaula. Los niños chillaron y retrocedieron asustados, menos uno.
Emilio vio la carita pálida de Connor, quien miraba de perfil el rostro de Darius. «Oh, no», pensó el cantinero. «Oh, no». Darius no solo se parecía a Fenran sino también a Connor. «No, es al revés», comprendió el humano. «Ellos se parecen a él». Cualquiera lo notaría de inmediato. No solo Lea, no solo Emilio, no solo Connor…
… sino también el soldado. Sivú reparó en la expresión de Connor. Luego miró a Darius. Después miró a Connor otra vez y luego de nuevo al mestizo.
—Fellyan, ¡mira esto! —dijo con una sonrisita odiosa.
Sivú sostuvo a Darius con una sola mano y luego metió el otro brazo entre los barrotes hasta alcanzar a Connor. Agarró al cachorrillo y lo jaló hasta situarlo al lado del profeta para que sus caras estuvieran una al lado de la otra.
—¿Qué dices a esto, ah?
Connor vio la mueca de desagrado que cruzó el rostro de Fellyan.
—Por eso nos enfrentó —dijo con voz profunda—. Este niño es su cachorro. Este niño también es un profeta.

Los Hijos de Aesir: Travesía bajo la sombra del Tercero" © 2010-2017. Ángela Arias Molina

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Gracias por tomarse su tiempito y honrarme con sus comentarios. =^_____^=

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