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Capítulo 8

8
DESEO


Las palabras resonaron en la cabeza de Connor. Las piernas le temblaron tanto que se habría caído de no ser porque Sivú lo agarraba a través de los barrotes. La verdad era que ¡nada tenía sentido! Esos soldados no decían más que estupideces. ¿Que ese hombre era su…? Era cierto que se parecían mucho pero eso no significaba que fueran padre e hijo.
—¿Cómo es posible? —preguntó Sivú mientras movía la cara de Darius para inspeccionarlo—. Es él, de verdad es él, ¿pero cómo? ¡Vimos la ejecución! —Cuando miró a Fellyan en busca de respuesta solo obtuvo una mueca.
—La princesa —dijo entre dientes el otro—. ¿Recuerdas que intentó probar la inocencia del mestizo? Como no lo consiguió ¡de seguro lo embrujó para salvarlo!
—¡Esa princesa! —Sivú escupió en el suelo—. Te lo juro, Fellyan. Esa niña es escalofriante. ¿Has visto cómo mira al Emperador? ¡Lo repudia! Pero a este mestizo lo salva, ¡es una…!
—Calla —lo cortó el otro—. La princesa es la princesa, es la portadora del Primer Dragón, es nuestra llave a la salvación. No te atrevas a deshonrar su nombre.
Fellyan empujó con suavidad a Sivú y sostuvo al profeta noqueado. Lo miró un rato para asegurarse de que era él. No prestó atención a Connor. Luego estiró el brazo hacia atrás, a la vez que de los dedos índice y corazón saltaban chispas.
—¿Qué vas a hacer? —preguntó Sivú.
—Le volaré la cara. Lo primero que haré cuando lleguemos a Masca será arrastrar su cadáver hasta los pies de la princesa y le diré: «El mestizo logró escapar de su veredicto, milady. No podía tolerar que se burlara de usted. Espero que le agrade mi muestra de lealtad hacia su persona y al Imperio». ¡Quiero ver su cara cuando le diga eso!
La sonrisa de Fellyan se ensanchó al ritmo de la luz electrizante, que aumentaba a cada segundo. Los destellos azules hacían que su rostro pareciera el de un espectro. Connor, que se había dejado caer al suelo, no podía apartar los ojos. Miraba la sonrisa odiosa y las arrugas malévolas en las comisuras de los labios del soldado, pero también el rostro relajado de Darius, que no se enteraba de lo que pasaba. Dentro de unos segundos esa expresión desaparecería y solo quedaría un cráneo frito cubierto de sangre.
Connor sabía que no era justo. El encapuchado intentó salvar a los cachorros. ¿Cómo podían matarlo así cuando no podía defenderse? Además… ¿y si en verdad eran parientes? Connor sabía que las posibilidades eran mínimas, pero en su interior sentía una chispita de esperanza, el deseo de que ese hombre fuera una llave que lo conectara con su pasado.
Cuando Fellyan lanzó un grito triunfal y extendió los dedos hacia el rostro de Darius, Connor chilló con todas sus fuerzas. No supo si fue su grito, el del soldado o el zumbido de la descarga eléctrica, pero Darius reaccionó.
El mestizo levantó de repente un brazo y desvió la mano de Fellyan antes de que le disparara en la cara. El relámpago voló hacia las alturas. Soltó chispas deslumbrantes y un rugido potente. Eso no fue suficiente para tomar desprevenido al militar. Fellyan maldijo entre dientes y con la mano que sostenía a Darius le apretó más fuerte la garganta.
Darius se espabiló por completo y sostuvo la muñeca de Fellyan con todas sus fuerzas para cortarle la circulación. Aunque el soldado intentó mantenerse firme, el dolor y la presión fueron lo bastante fuertes como para hacerle abrir la mano. Apenas tuvo unos centímetros libres, Darius se apartó para tomar aire y lanzó una patada. Fue como la noche anterior, cuando derribó al grolien en la cantina. Golpeó a Fellyan tan fuerte en el estómago que lo lanzó a unos metros de distancia.
—¡No te olvides otra vez de mí, maldito! —gritó Sivú.
Antes de que pudiera insertar un puñetazo en el rostro de Darius, una espada le atravesó el pecho.
—No lo hice —contestó Darius, mirándolo con frialdad—. Ese es un error que no cometeré dos veces.
Darius sacó la espada. En el último momento, justo antes de patear a Fellyan, le quitó el arma para matar a Sivú. Ja. De seguro que Sigfrid nunca imaginó que el profeta utilizaría el truco que aprendió de él para matar a sus soldados.
Sivú se llevó una mano a la cintura para tomar la espada y luchar contra Darius. En lugar de eso trastabilló unos pasos, se recostó a la jaula y se dejó caer despacio, con la espalda apoyada en los barrotes. Quedó sentado en el suelo, dio un último gemido y murió.
Darius no se culpó por el resultado. Estaba demasiado confundido y adolorido por las heridas en el costado, la espalda, el pecho y la cabeza como para arrepentirse de matar a un soldado. Todo lo que quería era echarse a dormir, pero sabía que no podría levantarse después y que entonces Fellyan sí que le volaría la cara.
Buscó al último oficial para enfrentarlo y acabar ese encuentro odioso. Se dio cuenta tarde de que estaba muy mal. No solo estaba aturdido por los golpes, sino que también las piernas apenas lo sostenían y la visión la tenía muy borrosa. Fellyan, en cambio, se levantaba furioso y todavía estaba fuerte.
—Dime, bastardo mestizo —soltó con una sonrisita, consciente del estado de su adversario—, la princesa te salvó la vida, ¿verdad? Nunca pensé que te vería de nuevo, Darius Tonare. ¡Ni me alegra hacerlo!
El profeta se detuvo en seco al escuchar esto. No solo lo llamaron «bastardo mestizo», sino que también usaron su nombre completo. Eso quería decir ¡que lo habían descubierto!
—El sentimiento es mutuo —respondió entre dientes—. Te aconsejo, maldito infeliz, que retires lo dicho. No soy ningún Tonare.
—¡Cierto! —exclamó Fellyan—. Una basura como tú no merece cargar con el nombre de una Casa Militar. ¡No mereces ser llamado hijo del General Tonare, ni siquiera reconocido como su bastardo!
Fellyan se lanzó con mucha fuerza. Aunque Darius tuvo tiempo de interponer la espada para recibirlo, el impacto fue tan fuerte que lo hizo retroceder hasta el cadáver de Sivú.
—¡Debimos haberte matado en la Península! —chilló Fellyan—. Tú eras la maldición del General, ¡todos lo sabíamos! Pero él quiso mantenerte con vida, ¡qué gran error!
—¡Su error fue secuestrarnos a mí y a mi familia! —gritó Darius furioso. Recordar la mañana que Enlil lo buscó en la Península, la mañana cuando comenzó el final de su felicidad, fue suficiente para darle algo de fuerza—. ¡Y el tuyo fue haberle obedecido!
Repelió con furia al soldado y soltó unas cuantas estocadas que habrían tomado por sorpresa a un novato. Lástima que Fellyan era un militar con experiencia. La ira de Darius solo lo divertía. Dejó que el profeta liderara la lucha por unos segundos. Después contraatacó con unos golpes violentos y rápidos que Darius apenas pudo bloquear.
—¿Lo recuerdas? —se burló el soldado—. Es cierto que nos enfrentaste bien en esa ocasión ¡pero apenas te podías mantener en pie! ¡Tu linda esposa por poco queda viuda! Y tus cachorros, ¡JA! ¡Cómo se retorcieron por el hechizo de sangre…! —Darius apretó los dientes y embistió a Fellyan sin lograr derribarlo—. ¿Así que lo recuerdas, verdad?
Darius le respondió con un grito y con otra patada, pero Fellyan logró esquivarla. Los dos retrocedieron con un salto para recuperar algo de equilibrio. El soldado cayó firme y listo para atacar de nuevo, pero Darius sentía las piernas tan flácidas que le sorprendía estar todavía en pie.
—¿Sabes lo que haré? —se burló otra vez Fellyan—. Después de matarte lanzaré tu cadáver a los pies del niño ese, el que se parece a ti. ¿A que es tu cachorro, verdad? —La expresión de Darius le dio la respuesta que necesitaba—. Le hablaré todos los días sobre la basura que fuiste hasta hacerlo detestarse a sí mismo por tener tu sangre. Luego lo lanzaré a los pies del General Montag para que él elija la mejor forma de torturarlo y convertirlo en lo que tú te negaste a ser. ¡Darius, me llevaré de nuevo a uno de tus hijos!
El soldado se lanzó al profeta rapidísimo, sin darle tiempo de levantar la espada para defenderse. A Darius no le hizo falta porque un torbellino de aire lo rodeó.
—¡Imbécil! —gritó Fellyan—. Somos el Escuadrón Vento porque el viento nos obedece. ¡No importa si tienes la esencia del aire! Igual no eres rival par---
El torbellino se dividió en múltiples ráfagas que se movieron por doquier como tentáculos afilados que cortaban todo al paso. Primero cercenaron la mano armada de Fellyan y después los barrotes de la celda. Abrieron un hueco lo bastante grande como para que los niños escaparan. El tercer corte fue al azar y los siguientes fueron erráticos y desproporcionados. La esencia del viento se había salido de control.
Emilio, que no se había movido en todo ese tiempo, llamó a los cachorros para que se acercaran a él. Cuando los tuvo a todos intentó a escapar, pero al instante se dio cuenta de que era inútil. Si daba un solo paso el viento lo barrería. Hizo lo único que podía: lanzar a los chicos al suelo y colocarse sobre ellos para protegerlos con el cuerpo en caso de que algo –una roca o el cuerpo de alguno de los soldados del Escuadrón Vento– les cayera encima. En total eran cinco niños, incluido Connor, y todos se aferraron al cantinero como garrapatas.
Fellyan estaba en problemas. Sin mano y sin espada no podía atacar. Tampoco podía ver a Darius porque el viento soplaba tan fuerte que era casi imposible abrir los ojos. Aun cuando los entreabría solo veía una figura borrosa rodeada de ráfagas impetuosas.
Todo lo que podía hacer era ganar control sobre el viento desatado, así que gritó y liberó la magia para imponer su poder al de Darius. Antes de que tuviera éxito, una navaja de aire le acarició la garganta y le dejó una marca carmín. Fellyan vio las gotas de sangre que flotaron delante de sus ojos como despidiéndolo. El viento las arrastró lejos pero no se lo llevó a él. Fellyan cayó de espaldas. No había nada que hacer. El viento lo mató.
Emilio vio que el soldado perdió pero no se atrevió a escapar. El viento todavía giraba en el claro, ya no como un torbellino sino como varios. Cortaban a diestra y siniestra lo que se interpusiera en el camino. El cantinero apretó a los niños y levantó la mirada, asustado. La ventisca mantenía también suspendidos en el aire troncos de árboles y cuerpos de aesirianos.
Las ráfagas se extendieron y se acercaron peligrosamente. Emilio apretó los ojos y rezó una breve plegaria, seguro de que él y los chicos morirían pronto. Sin embargo, el viento cesó de repente y todo lo que flotaba cayó al suelo. Los niños se apretujaron contra él cuando escucharon el impacto de los árboles, la celda destruida y uno de los bueyes contra el suelo. El otro buey no apareció nunca. Quizá consiguió escapar o el viento lo lanzó lejos.
Cuando se atrevió a abrir los ojos vio a Darius en el centro del claro, en medio del desastre de madera destrozada, sangre, cuerpos y espadas. El profeta estaba erguido de espaldas a él. De repente cayó de lado como si fuera una ramita mecida por el viento. Emilio no supo qué hacer. Connor se levantó de un salto y corrió para ayudar al profeta.
—¡No vayas! —pidió el cantinero. Extendió una mano para sostener a Connor pero el chico ya se había escapado—. Es muy peligroso. Si pierde de nuevo el control ¡te cortará en pedazos!
—Nos ayudó —replicó el chico mientras saltaba troncos para llegar a Darius—. Después de todo lo que ha hecho ¡no podemos dejarlo aquí abandonado!
Connor se inclinó al lado del profeta. Estiró una mano para sacudirlo y despertarlo, pero se contuvo por unos instantes. Dios, era tan parecido a él. El encapuchado no tenía una quemadura en la cara, como Emilio dijo. Pudo ser que el cantinero viera mal y se equivocara. ¿O tal vez mintió? ¿Por qué? ¿Es que Emilio y Lea sospechaban que este hombre tenía relación con él?
Connor sacudió la cabeza. Sus padres solo querían protegerlo. No sería raro que hubiese aesirianos que se le parecieran. Los groliens eran muy semejantes entre ellos y Connor había visto a más de un humano que pasaría por hermano de Emilio aunque no tenía ningún parentesco con el cantinero. Este aesiriano tenía cierto parecido pero eso era todo. Emilio y Lea solo querían evitarle una desilusión, así de fácil.
Sacudió el hombro de Darius con cuidado de no alarmarlo. No quería que perdiera el control sobre la magia. El profeta gimió por lo bajo mientras se despertaba. Se llevó una mano a la nuca, parpadeó un poco y tomó al niño por sorpresa.
Mestizos. Verdes y azules a la vez. La piel de Connor se erizó al ver los ojos. Retrocedió sentado unos cuantos centímetros sin saber qué más hacer. Era la primera vez que veía a un mestizo, aunque toda su vida escuchó de uno: el niñito que se sacrificó a cambio de que él estuviera a salvo. Siempre lamentó el destino de su hermano mayor y guardó su sacrificio con cariño porque gracias a él, a esa valentía y ese amor infinito, llegó a brazos de Lea y Emilio.
A Connor le escocieron los ojos al ver los de Darius. Se le hizo un nudo en la garganta. Quería preguntarle muchísimas cosas: «¿Eres mi hermano Fenran? ¿Sobreviviste? ¿O eres alguien más, alguien relacionado a mí? ¿O esto es solo una gran coincidencia? ¿Solo una coincidencia?».
Darius estaba muy confundido como para darse cuenta de que ya no tenía la capucha puesta. Su mente era un desastre. ¿Qué pasó? ¿Dónde estaba Fellyan? ¿Qué…? Escuchó unos gemidos y recordó que había más miembros del Escuadrón Vento.
Sabía que por lo menos mató a dos. Si dejaba vivos a los otros seis regresarían a Masca y avisarían que el profeta estaba con vida. Lo lógico era matarlos pero… Darius ya no estaba tan furioso como para acabar con ellos. «No soy un asesino», se recordó. «No soy el asesino que el Emperador y Sigfrid querían que fuera cuando me enviaron a matar a Mark».
Además, si mataba al Escuadrón tarde o temprano alguien notaría la ausencia e investigaría el paradero de los soldados. Eso llevaría a otro Escuadrón o al mismo Sigfrid hasta Kehari y a Connor.
Connor…
Lo buscó de un lado a otro, temiendo haberlo lastimado. El chico estaba allí, sentado a unos pasos de él. Connor lo vio con los ojos tan abiertos que hasta Darius se vio reflejado en ellos. Entonces se dio cuenta de que ¡ya no tenía puesta la capucha! ¡Oh, no! Connor le había visto el rostro. Todavía se lo veía. ¿Qué iba a hacer con…?
—Te excediste, mestizo —dijo un soldado. Darius giró el cuello a un lado para ver que un soldado se levantaba de entre los escombros. El hombre estaba herido pero estaba listo para transformarse en cualquier momento y reanudar la batalla—. Cuando lleguemos a Masca el General estará complacido de---
¡PUM!
—¡Papá! —gritó Connor. El soldado cayó redondito al suelo justo después de que Emilio le golpeara la cabeza con un madero—. ¿Por qué hiciste eso?
—¿Qué esperabas que hiciera? —se defendió él—. Si se marcha regresará después con más soldados para llevarte a ti y a los otros niños. Solo nos queda…
—¿Matarlos? —preguntó Connor alarmado—. ¡No podemos hacer eso!
—Nosotros no, pero él sí —Emilio señaló a Darius con la barbilla.
Connor miró de nuevo al profeta. El mestizo no pudo distinguir lo que vio en los ojos del cachorrillo. ¿Comprensión, temor, confusión? ¿Odio? Antes de que pudiera pensar en las opciones más dolorosas escuchó el crujido de unas ramas. Todos se sobresaltaron y miraron hacia el límite del claro. Ahí había un grolien.
—¿Qué haces aquí, Cörel? —preguntó Darius al reconocer la chamarra de cuero.
—¿No te alegra verme? —reprochó el otro, haciéndose pasar por ofendido—. Los seguí después de que se fueran. Pero para cuando los alcancé tú ya enfrentabas al Escuadrón Vento.
—¿No se te ocurrió echarme una mano?
—¿Para qué? —Cörel levantó los hombros, divertido—. ¡Lo hacías muy bien por tu cuenta! Pensé en ayudarte cuando estuvieron a punto de pulverizarte la cabeza, pero después el viento se desató sin control. No podía hacer nada. —Cörel sonrió y cambió de tema—: Hay otra solución para tu pequeño problema. Darius, aunque no lo quieras escuchar sabes que desciendes de los Tonare. Por eso heredaste las artes de las mentes. Esas esencias podrían borrar la memoria de los soldados y así no tendrías que matarlos.
Darius desechó la idea de inmediato.
—No puedo borrarles la memoria. Me robaron esos poderes.
—Eso lo sé —continuó el grolien mientras se adentraba al claro—. No me refería a que les lavarás el cerebro. —El profeta miró extrañado al vaniriano, sin comprender lo que quería decir—. Así como el General te heredó la magia de la psique, tú también se la heredaste a tus cachorros. Enséñale a Connor cómo hacerlo.
Connor y Emilio gimieron porque todas sus sospechas quedaron confirmadas ese momento. «Muchas gracias, Cörel», pensó el profeta con sarcasmo, aunque sabía que el grolien no tenía la culpa de nada. El vaniriano no le había quitado la capucha ni era responsable de que Darius decidiese guardar el secreto por un tiempo más.
El profeta apretó los dientes. Ahora tendría que enfrentar a Connor, hablarle, intentar explicarle… ¿Qué cosa? No sabía por dónde comenzar. Todo dependía de cómo el chico se tomara la noticia de que encontró a su padre. Darius no se atrevía a verlo a los ojos para averiguarlo. Se hizo un largo e incómodo silencio en el que todos contuvieron la respiración, hasta que el mismo Connor lo rompió:
—¿Qué debo hacer? —Entonces Darius lo miró.
Los ojitos de Connor no brillaban con admiración, sorpresa, felicidad, odio o vergüenza. Darius no podía ni imaginar lo que pensaba el chico, aunque en su interior el cachorrillo apenas podía contenerse. Ni él mismo quería pensar en lo que sentía porque entonces comenzaría a hacerse muchas preguntas, le daría rienda suelta al llanto y no podría detenerse. No. Ahora tenía que concentrarse, encargarse de los soldados, atar todos los cabos sueltos. Después habría tiempo para disipar dudas.
Darius asintió en silencio, se levantó y caminó hacia el soldado que Emilio había noqueado. El cantinero dio un salto hacia atrás y empuñó el madero como si quisiera golpear a Darius. El profeta ignoró la posición de defensa. Colocó al soldado bocarriba. Connor se acercó en silencio. Aunque de cuando en cuando miraba al mestizo con un poquito de ansiedad no se atrevió a decir ni una palabra.
—Ponle la mano sobre la frente —pidió el profeta sin mirarlo— y encárgate de taparle los ojos. Será algo básico. Solo lo haremos olvidar este día. No más. —Connor se arrodilló al lado del soldado e hizo lo que pidió Darius—. Ahora concéntrate y busca sus pensamientos. Te tomará algo de tiempo pero de seguro lo conseguirás.
Un minuto, dos, luego tres…
—No consigo nada —murmuró Connor, frustrado—. ¿Qué se supone que sucederá? ¿Veré o sentiré algo?
Darius no respondió de inmediato. Apretó los labios y miró la mano que cubría la frente del soldado. Luego, como si requiriera de un enorme esfuerzo, se acuclilló junto a Connor. La voz le tembló un poco cuando dijo:
—Tus esencias están dormidas porque no recibieron la estimulación necesaria en estos años. Todo es cuestión de… —Darius puso la mano sobre la de Connor—… despertarlas.
El contacto físico con Darius fue como un pequeño impulso que recorrió el cuerpo de Connor, como una lucecita que ilumina un túnel. Ese roce fue suficiente para que las imágenes llegaran. Vio rostros de personas desconocidas, aunque seguro el soldado y Darius sí las habían visto antes.
Un torbellino de emociones lo atacó desde todos los flancos. Las orejas se le acaloraron cuando sintió la vergüenza de alguien más; el corazón se le hundió cuando percibió una tristeza fría y asfixiante; en el estómago le revoletearon mariposas alegres que le contagiaron la felicidad; y en las entrañas sintió el más profundo amor y el más terrible de los odios.
Después siguió la recreación de muchas escenas. Vio a mujeres y hombres muertos, tendidos en el suelo. También se rio con un grupo de hombres sonrojados que chocaban las jarras de cerveza en una cantina para celebrar la victoria en el campo de batalla. Vio a unos niños reír y saltar, la sonrisa de una damisela al recibir una flor, la cara disgustada de un anciano después de abofetear a su hijo y una sombra pálida y ojerosa que alguna vez fue un hombre, pero que ahora lo miraba desde el vacío y angustiante reflejo del espejo…
Vio tanto, tanto más, pero no supo a quién pertenecían esos recuerdos. Ya no podía soportarlo más. Tanta información lo estaba volviendo loco.
—Tienes que concentrarte —escuchó decir a Darius—. Debes buscar los recuerdos de este soldado sobre el día de hoy. Nada más. Solo concéntrate en eso.
Connor cerró los ojos y lo intentó de nuevo. Vio en una secuencia rápida lo que hizo el soldado ese día, desde que abrió los ojos hasta que cayó por el golpe de Emilio. Además de las imágenes percibió también las emociones y los pensamientos del aesiriano, en especial los referentes al encuentro con Darius.
Lo picó la curiosidad. ¿Por qué al soldado le sorprendió y repugnó tanto ver al mestizo? ¿Por qué quería matarlo? ¿A quién quería vengar? Quiso saber quién era Darius y qué hizo para desatar esa reacción de parte de un militar. ¿Cómo conoció antes al Escuadrón Vento? ¿Era un asesino o un héroe? Era cierto que se arriesgó por rescatar a los niños de Kehari pero también mató a dos soldados. Eso era una contradicción. «No», pensó el chico. «No es una contradicción, tal y como yo no me contradigo al aprender medicina y querer luchar».
Siguió la serie de recuerdos que tuvo el soldado al ver a Darius. Cuando reconoció el rostro del mestizo, el aesiriano recordó una mañana soleada en algún lugar con vista al mar mientras que él y sus compañeros luchaban contra un Darius más joven y débil que protegía a las personas dentro de una casita. Connor escuchó el choque de las espadas y el chillido de un soldado que se transformó en un ave gigante. Después oyó el llanto de un bebé, los sollozos de unos niños, la dulce y preocupada voz de una mujer…
—¡Solo concéntrate en los recuerdos de hoy! —gritó Darius.
El chico se estremeció. Esa era como la voz del trueno, el rugido de un tigre o el grito de un General rubio que apareció en los recuerdos del soldado caído. Era difícil desobedecerlo.
Connor se limitó a las memorias de ese día. Estaba seguro de ponerse a llorar si Darius le gritaba otra vez. Entonces el profeta apartó la mano. Connor temió, como nunca en la vida, que lo abandonaran. «¡No!», quiso gritar. «Lo siento, no haré nada malo ¡así que no me dejes!». Darius no se marchó sino que se acercó más, casi a punto de abrazarlo, y le susurró al oído con voz cálida y dulce:
—Vas bien, pequeño. Ahora solo desea. Ese es el secreto de la magia: el deseo. Desea que el soldado olvide la misión de robar niños, el encuentro, por qué dos de sus compañeros murieron y desea que no vuelva a Kehari pronto. Deséalo y tus esencias te complacerán.
Fue la primera vez que experimentó esa corriente dentro de él. Una fuerza electrizante le surgió del pecho y se le extendió por el brazo. Llegó a la mano y le rozó los dedos. La magia de Connor se filtró a la cabeza del soldado como si fuera un soplo. Poco a poco le borró los recuerdos. Cuando el militar despertara no tendría ni idea de qué pasó.
El chico abrió los ojos cuando ya no había memorias por borrar. Aunque estaba un poco cansado por el primer empleo de magia, también estaba satisfecho porque hizo un buen trabajo: el oficial ya no era una amenaza. Miró a Darius para compartir el éxito con él y agradecerle por cumplir la promesa de enseñarle a usar magia. Pero…
—¿Qué estás haciendo? —preguntó Cörel.
… el mestizo estaba de pie y se alejaba poco a poco, con una extraña expresión en el rostro. «No», pensó el cachorrillo. Antes de que pudiera decir nada, Darius dio media vuelta y echó a correr hacia el bosque. La capucha ondeó un rato hasta perderse entre los matorrales, junto al profeta. A Connor le escocieron los ojos y se le salieron las lágrimas.
—¡ESPERE! —gritó. Tenía que alcanzarlo. Era todo lo que lo conectaba con el pasado. Dio un salto para correr tras Darius pero Cörel lo sostuvo de los hombros para detenerlo.
—Tranquilo, tú  espera. —El grolien le quitó una lagrimilla con delicadeza y explicó—: Dale un poco de tiempo. Por lo que sé las cosas no han sido fáciles para él y está confundido y cansado. No sabe cómo reaccionar. Además —el grolien se arrodilló delante del niño y le sonrió—, ese golpazo en la cabeza no lo dejará ir muy lejos. Ni siquiera recordó que todavía tiene el equipaje y el caballo en Kehari. Tendrá que regresar al pueblo. Entonces podrás hablar con él.


"Los Hijos de Aesir: Travesía bajo la sombra del Tercero" © 2010-2017. Ángela Arias Molina

2 comentarios :

  1. ^o^ acabo de dar con el blog, y me encanta "Los hijos de Aesir" de verdad que tienes una imaginación enorme :3:3

    Seguiré surcando los mares del blog n.n

    Besos!

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  2. Muchas gracias. Eres bienvenida siempre. Ojalá te guste lo que encontrarás por aquí!

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¡Hola! Muchas gracias por leer este capítulo de "Los hijos de Aesir". Puedes ayudar a la autora al calificar la lectura en la barra de calificación (está un poquito más arriba). O mejor aún ¡deja un comentario! Toda crítica constructiva es bienvenida. ¡Muchas gracias!
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