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Capítulo 10

10
PREMONICIÓN DE SOL Y ARENA



Darius miró el piso mientras esperaba a que el doctor terminara de chequearlo. El curandero tenía arrugas en la frente, aunque casi no se veían porque también tenía unas grandes cejas. El cabello era blanco y largo, agarrado en una colita en la nuca, aunque ya tenía una calva en la bóveda de la cabeza que insinuaba que los mechones no durarían mucho tiempo más. A pesar de esto, los ojos del anciano chispeaban con más vitalidad que los de algunos jóvenes, y las manos se movían seguras por encima de la espalda desnuda de Darius.
El mestizo se había acostumbrado al calorcito de la magia que lo chequeaba y la echó de menos cuando el doctor se apartó. El curandero acercó una silla y se sentó delante de él para darle el diagnóstico:
—La cabeza ya está mejor. Respondes bien a los sonidos, tus pupilas se dilatan y contraen correctamente, tienes buenos reflejos. Ya no hay que preocuparse por eso. Pero… hay algo raro en ti. ¿Cuántos años tienes?
—Todavía me falta mucho para cumplir los cien años —respondió con la boca un poco fruncida. No le gustaba que le preguntaran por su edad. A veces se sentía mal por admitir lo joven que era.
—Ajá. ¿Ya sufriste tu primera transformación?
Darius se sonrojó. No, no la había experimentado aún a pesar de tener edad suficiente como para haber sufrido dos o tres. Solo por algún milagro Sigfrid nunca le restregó en la cara que era un niño en comparación con Adad, que ya había experimentado esa terrible fase que lo acercaba más a la madurez.
—No te molestes en responder. Tu cara lo ha dicho todo —se mofó el doctor. Darius esperó una burla larga y tediosa. En lugar de eso, el doctor soltó un suspiro de resignación y dijo—: No hay forma fácil de decirte esto pero debo hacerlo. Sabes que tienes un serio problema con tus esencias, ¿verdad? —Darius asintió.
—Sí, no las tengo. —El curandero también asintió.
—¿Y sabes lo que le sucede a los magos que las pierden? —Darius inclinó la cabeza. Siempre lo había sabido pero nunca se preocupó mucho por ello.
—Mueren. Sin magia un mago no puede vivir. Pero yo tengo otras esencias dentro de mí. Tengo el poder de la premonición y el viento. —Como el semblante del doctor no cambió, Darius se preocupó un poco—. Pensé que eso era suficiente… ¿Me equivoqué?
—Me temo que sí. —El anciano sonrió para consolarlo pero no pudo esconder muy bien la preocupación en los ojos—. Ahora estás bien porque esas esencias te mantienen con vida. Puedo apostar que quien quiera que te haya arrebatado tus poderes te dejó esos dos para que pudieras vivir. Sin embargo, estar por mucho tiempo sin todos los poderes con los que se nació acarrea la muerte. Es como estar enfermo de un órgano. Se puede vivir mientras el órgano resista, pero cuando ya no pueda más todo acabará.
»Eso es lo que pasa contigo. Las esencias dentro de ti te mantienen con vida. Pero llegará el día que no podrán ayudarte más. También... —el doctor hizo una pausa, como si intentara entender algo antes de poder explicarlo—. También percibí algo anormal con los poderes que sí tienes. Fluyen muy rápido dentro de ti. Creo que su potencia aumenta día a día.
Darius se alegró un instante por esto pues debía de ser bueno. Si la potencia de los poderes que sí tenía aumentaba constantemente, entonces rellenarían el vacío de los que ahora le faltaban. La mirada del doctor devastó todo rastro de esperanza.
—No te hagas ilusiones. Es normal que los poderes de un mago se hagan más fuertes con el paso de los años, pero en tu caso el aumento es exagerado. Tu cuerpo estaba acostumbrado a un número de esencias que ya no tienes y también a un crecimiento adecuado de esos poderes. Ahora el crecimiento de las esencias que conservas podría matarte porque tu cuerpo no puede mantener el equilibrio por la falta de las esencias restantes que no han podido crecer al mismo ritmo.
»¿Cómo decirlo? Es como si la cabeza de un niño creciera hasta alcanzar un tamaño fenomenal, pero el resto del cuerpo no le sigue el ritmo. Llegará el día en que las piernas y el torso no podrán soportar a la cabeza gigante, se romperán y la cabeza caerá con el resto. Pero ni siquiera yo puedo decirte cuándo te sucederá esto. ¿Me entiendes?
Darius asintió. ¿Sabían esto el Emperador, Sigfrid y Enlil cuando le quitaron sus poderes? ¿Lo sabían? Porque si así era planearon matarlo desde el principio. Y si no lo sabían... Bueno, la ignorancia era algo a lo que no podían alegar. De todas formas no tenían derecho a quitarle a él y a sus hijos sus esencias...
Los pensamientos de Darius se congelaron. Oh, sus hijos. Zoe, Dagda y Airgetlam tampoco tenían todos sus poderes y estaban en Masca, en Palacio, cerca de dos grandes fuentes de poder que aumentarían la potencia de sus esencias de premonición. Sin quererlo, el Emperador y Sakti podrían matarlos.
—¿Hay algo que pueda ayudar? —preguntó Darius aunque sabía la respuesta.
—¿A no morirte? Pues sería fantástico que recuperaras tus otras esencias. Pero aun así es posible que tu cuerpo no pueda restaurar el equilibrio. Todo regresaría a la normalidad si los poderes que conservas no hubiesen crecido tanto. Pero la potencia ha aumentado demasiado, lo suficiente para hacerme dudar. Lo bueno es que eres joven. Si hubieses tenido más edad tu cuerpo no habría soportado el cambio ni aunque te dejaran una esencia para vivir. Entre más joven se es, menos dependencia tiene el cuerpo a la magia. —Darius suspiró. Quizá Zoe y los demás tenían mayores oportunidades que él—. También es por esa razón que no has sufrido una transformación. Tu cuerpo te mantiene con vida porque desbordarás magia en cuanto sufras la primera. Es algo normal que siempre sucede. Pero en tu caso tienes pocas esencias y mucha potencia que desbordar. No quiero ser pesimista pero si tuvieras una transformación quizá no puedas sobrevivirla.
Darius se restregó los ojos con cansancio. No eran las mejores noticias que recibía en años pero curiosamente estaba tranquilo. Estaba seguro de que todo saldría bien, de que tarde o temprano resolvería el problema de sus esencias. Ahora había asuntos que urgían más.
—Entiendo. Muchas gracias. ¿Puedo pedirle un favor?
—Claro.
—No le diga a Connor. No necesita saberlo.
—¿Decirle qué cosa? —preguntó el curandero con una leve sonrisa.
«Esta es la maravilla de hablar con personas que saben ponerse en los zapatos de otros», pensó agradecido. Connor no tenía por qué preocuparse por lo que pudiera sucederle a Darius. Dagda, Airgetlam y Zoe tampoco se enterarían. A su debido tiempo todo saldría bien con él pero ahora debía concentrarse única y exclusivamente en reunir a su familia. Con eso listo, el mundo entero se podía destruir y a él no le importaría un comino mientras estuviera con sus hijos.
El doctor recogió los instrumentos mientras Darius se abrochaba la camisa. Charlaron sobre asuntos insignificantes mientras se preparaban para salir de la habitación. Emilio invitó al curandero a cenar y ya percibían un delicioso aroma en el aire.
—¿Puedo pasar? —llamó Connor desde la puerta.
—Claro. —El cachorrillo entró con un par de camisas limpias que entregó a Darius.
—Deberías usar suavizante más seguido —dijo el chico—. De lo contrario toda la ropa se pondrá dura como pedazos de cuero.
—Discúlpame pero en pleno viaje tienes suerte si cargas comida. El suavizante es un lujo que se disfruta hasta llegar a un buen hostal —bromeó Darius, sonriendo mientras echaba la ropa en el equipaje.
Le alegraba mucho que Connor lo tratara de «tú» en lugar de «usted». No pudo soportarlo cuando al principio escuchó al cachorrillo hablándole con tantísimo respeto. Le recordaba a Sakti cuando estaba molesta con el Emperador y solo lo trataba de «Su Majestad», «mi Señor» y «usted».
—Entonces ¿está bien? —preguntó Connor a su maestro después de plantarse seriamente frente a él, como si se tratara de vida o muerte.
—Oh, sí. El muchachote está de maravilla. Ya se puede caer de otra ventana.
—¡Sí! —exclamó el niño, entusiasmado—. ¿Sabe una cosa? En estos días no guardó mucho reposo y me llevó al bosque para enseñarme cosas. ¡Ya aprendí a hacer esto!
Connor juntó las manos y una pequeña mota de luz brotó de ellas. La luz creció durante unos segundos hasta que Connor la dejó escapar y recorrer la alcoba. La atrapó de nuevo y la hizo desaparecer en un santiamén.
—¡Ta-da!
—Muy bien —aplaudió el doctor—. ¿Ya se lo enseñaste a tus padres? —Connor asintió—. Pues vas a seguir aprendiendo, ¿eh? Solo así yo te voy a enseñar otros trucos.
—¡Yey! —Connor extendió los brazos, muy feliz, y se lanzó a la cintura de Darius—. ¡Gracias, gracias, gracias! Mañana me enseñarás más, ¿verdad que sí?
—¿Mañana? ¿No crees que ya sea hora de echar una mano en la taberna? Lea de seguro te extraña en las tardes.
—Pero estoy aprendiendo —se quejó el chico mientras hacía un puchero—. Y ni siquiera me dejan mover las cosas. Ahora es más aburrido ir hasta ellas para alcanzarlas.
Darius esbozó una sonrisa. Emilio y Lea tuvieron muchísimos problemas para adaptarse a los inusuales poderes del cachorro y tuvieron que convencerlo de que no era buena idea mover con la mente objetos en la cocina, como cuchillos y tenedores. Mucho menos ahora, cuando Connor tenía que esforzarse en mover una sola cosa y la estrellaba contra la pared. Lo mismo aplicaba en la taberna, donde la repentina aparición de sus poderes podría despertar el interés y las sospechas de los vanirianos. La telequinesia era muy poco común entre los aesirianos y estaba ligada a las familias de alcurnia.
—Como sea, la cena ya está lista.
Connor fingió un mohín y se separó de Darius. El mestizo no se preocupó pues ya sabía que Connor era incapaz de mantener el ceño fruncido por más de cinco segundos. En cuanto cruzó la puerta y salió al pasillo, el chico se entusiasmó de nuevo y comenzó a contarle a su maestro fragmentos de la historia que Darius le había contado en esos días.
—¿Sabe? ¡Él es amigo de una princesa! De la princesa que porta al Primer Dragón. ¿Verdad que es fantástico?
—Oh, sí, desde luego —comentó el anciano. Sonaba como un adulto que le seguía la corriente a un niño pequeño pero sin creerle—. ¿Su Alteza nos dará una visita pronto?
—No lo sé. ¿Lo haría, papá? —Darius sonrió.
—No lo creo. Me tomará unos años volver a verla.
De repente allí, de camino a la cocina de la casa de Connor y sus padres adoptivos, se sintió triste. ¿Cuándo volvería a ver a Sakti? Había jurado que la sacaría de Masca junto a Dagda y los demás, pero no podría hacerlo si antes no liberaba a Enlil. Entre más tiempo se tardara más disminuirían sus posibilidades de ver cumplidas sus metas. Cörel le había dicho que Enlil seguía con vida. ¿Pero qué pasaría si Vanir y las mangodrias decidían que ya no valía la pena tener cautivo a un General viejo? No admiraba a Enlil pero le constaba que el anciano tenía buena pasta. No soltaría ni una palabra que traicionara al Emperador, a Sigfrid o a los príncipes, incluida Sakti. Moriría antes que ello.
¿Y qué si…?
¿Y qué si el que moría primero era él? ¿Qué ocurriría si de la noche a la mañana su cuerpo no soportaba el desequilibrio de poderes del que le habló el médico? Nada. Nada ocurriría y ese era el problema. Si moría nadie sacaría a Enlil del País de Hielo. Tarde o temprano eso traería graves consecuencias a todo el Imperio, en especial a quienes estaban en la cima del gobierno.
Aunque le hubiera gustado que ese fuera problema del Emperador y de Sigfrid sabía que no sería así. Sakti también estaba en la cima. Mientras estuviera en Masca su destino estaba ligado al del Imperio. Lo mismo sucedía con los niños. Sakti los cuidaba. Pero si algo horrible sucedía en Masca por falta de la fuerza de Enlil, la princesa y los chicos terminarían metidos en problemas.
Tenía que hacer que algo ocurriera. Tenía que mover él mismo los hilos que inclinarían la balanza para uno u otro lado antes de que sucediera algo que ni él ni Sakti pudieran controlar.
Tenía que irse.
Tenía que irse pronto.


—Gracias por la cena —dijo el curandero mientras estiraba los viejos huesos de la espalda. Connor estaba al otro lado de la cocina, lavando los platos mientras tarareaba la canción que les llegaba desde la cantina—. ¿Y el muchacho? ¿Ya se fue a dormir?
—No. —Connor cerró la llave del agua y se secó las manos en el delantal—. A esta hora va al establo para alimentar al caballo. Le dije que podía encargarme pero… —Vaciló sin saber cómo terminar la frase.
—¿Su caballo es muy fino como para comer cualquier cosa?
—No, no… Es que el caballo… Ach, no le agrado al caballo —confesó al final mientras se sentaba para acompañar a su maestro y a Emilio, quien trabajaba en las cuentas del negocio—. Se encabrita cada vez que intento montarlo. Y si lo acaricio ¡me empuja! ¡El animal está loco!
El doctor y el cantinero se rieron. Callaron de repente al ver que Connor perdió un poco de color. El chico miró fijamente detrás del anciano. El doctor y Emilio se giraron y vieron a Darius vestido con uniforme militar negro. En una mano llevaba la maleta y en la otra sostenía la capucha de viaje.
—Conque eres soldado, ¿eh? —preguntó el doctor—. O lo fuiste porque ahora eres un fugitivo.
—Soy un fugitivo pero nunca fui soldado —contestó Darius—. Y jamás lo seré.
—Entonces te estás haciendo pasar por uno. ¿Sabías que es delito? —El profeta sonrió.
—¿Y usted sabía que es un crimen atender a un acusado de asesinato sin dar aviso a las autoridades? —El anciano levantó las cejas y sonrió por el empate.
—Muy bien. Entonces eres un fugitivo que comete otro delito al vestirse como soldado. —Se enderezó. Caminó hacia Darius y le palmeó el hombro—. Y yo soy un viejo que está interrumpiendo una despedida. Que te vaya bien y recuerda tener cuidado con las ventanas.
La sonrisa del profeta se difuminó una vez que el doctor salió por el patio. Qué difícil. Nunca se le dio bien decir adiós. Emilio se levantó para despedir al doctor en la puerta y se quedó allí, en el umbral, como una estatua. Darius no supo qué hacer con el cantinero: ¿pedirle que se marchara? No era muy cortés, en especial después de todo lo que hizo al criar a Connor y luego acoger a un perfecto desconocido.
«A lo mejor…», pensó, «… quiere evitar que me lleve a Connor». Se puso en los zapatos del cantinero y se imaginó lo que sentiría si un extraño muy parecido a Connor dijera que era el padre biológico. Se volvería loco, querría que el muy maldito se largara de una buena vez, habría acaparado al chico solo para él y no lo habría compartido…
Pero Emilio nunca lo hizo. Aceptó la fascinación de Connor hacia su nuevo padre. No puso excusas a las tardes que el chico dedicaba para aprender magia en el bosque y nunca le arrugó la cara a Darius. Siempre lo trató con amabilidad, sin recelo.
Lea, en cambio, solía dirigir miradas inquisidoras cada vez que creía que Darius y Connor no prestaban atención. El profeta siempre se daba cuenta. La mujer pocas veces le dirigía la palabra; cuando lo hacía usaba un tono cortante, seco y un poco altanero. Le servía de último cuando iban a almorzar. Y aunque no tenía el valor de decirlo en voz alta, le molestaba que los dos pasaran tiempo juntos. A Darius le molestaba ese trato pero no podía culpar a Lea por recelosa. Lo comprendía si Emilio también estaba nervioso.
Deseó tener sus poderes telepáticos otra vez. Así podría susurrarle en la mente que se marcharía pero que no se llevaría a Connor. No podía arrebatárselos, quitarle su hogar ni llevarlo al País de Hielo, donde correría peligro. Si la expedición salía mal, quería tener el consuelo de que su hijo pequeño estaba a salvo y permanecería así para siempre.
Aunque eso significara que nunca más lo volvería a ver.
¿Cómo podía explicarles todo eso? ¿Cuáles eran las palabras correctas?
Connor saltó de la silla, cruzó la distancia que los separaba y se lanzó para abrazarlo.
—¡No quiero que te vayas! ¡No quiero! —sollozó.
¿Acaso le leyó la mente? Connor no lo haría con mala intención, pero Darius se sintió mal de que sus temores y tristezas quedaran expuestos justo delante del chico que no debía conocerlos. No le avergonzaba que Connor supiera lo mucho que lo amaba pero tampoco quería que conociera el alcance del poder que tenía sobre él.
Porque cuando Connor sonreía, lo abrazaba y lo llamaba «papá», lo hacía querer quedarse con él para siempre.
Por eso las despedidas no se le daban bien. Nunca encontraba el valor para marcharse. Tampoco el necesario para quedarse e ignorar lo que debía hacer. «Es por el bien de todos», se recordó. «Por Connor, Dagda, Airgetlam y Zoe. Y también por Allena y por mí».
Le hubiese gustado hincarse y devolver el abrazo, pero supo que entonces Connor lo haría cambiar de opinión. Así que se limitó a acariciar la cabeza del chico a la vez que miraba a Emilio. «No me lo llevaré», le dijo con la mirada. «Se quedará con ustedes, a salvo».
Se separó de Connor y lo llevó a la puerta, donde esperaba Emilio. No supo qué decir. ¿«Te quiero, Connor»? ¿«Lamento tener que irme»? ¿«Volveré»? Era cierto: amaba a su hijo, no quería marcharse y haría todo lo posible por regresar, pero no podía prometerlo. ¿Lograría salvar a Enlil y salir con vida del País de Hielo? ¿Podría tan siquiera entrar a territorio vaniriano? No lo sabía y por eso no quería hacer una promesa vacía.
Connor merecía algo mejor.
En el patio había un pequeño sendero que llevaba al bosque, ideal para iniciar un nuevo viaje. Había dejado a Mükael ensillado al lado del camino, listo para montar. También ya había llamado a Geri y a Freki con un aullido, que recibió respuesta esta vez. Ya todo estaba listo. Era hora de partir. Darius decidió marcharse sin una palabra más.
Cruzó la puerta y puso un pie en el patio. Estuvo a punto de perder el equilibrio cuando Connor se lanzó a él desde atrás. Estuvieron a punto de caerse de bruces, pero el chico se empeñó en sostenerlo y arrastrarlo hasta la casa. Darius nunca imaginó que Connor reaccionaría así, como si quisiera encerrarlo, y tuvo que sostenerse al marco de la puerta para que no lo metiera en la casa.
¿Cómo era posible que un chiquillo, que era como la mitad de su tamaño, pudiera sostenerlo tan fuerte? Darius notó el par de brazos adicionales que ayudaban a Connor y comprendió que lidiaba también con Emilio.
—¿Qué hace? —preguntó al cantinero—. Pensé que…
«… que ya no me querría aquí, que le aliviaría que al fin me fuera», quiso decirle. Emilio lo cortó antes:
—¡No lo perdonaré si se marcha y no regresa! —gritó—. ¡No lo perdonaré si un día mi hijo despierta roto y resignado a que ha perdido a su segundo padre para siempre!
A su segundo padre. Darius lo comprendió entonces. Emilio no estaba preocupado de que Darius le arrebataría a Connor porque Connor nunca sustituiría a uno con el otro. A los dos los llamaba «papá» pero ambos sabían a cuál se refería en cada ocasión por la forma en que pronunciaba la palabra, por la manera en que los miraba a los ojos.
Quizá el chico había descuidado un poco el trabajo en la taberna para ir a jugar con Darius, pero todavía despedía a Emilio cuando iba a trabajar. Cada vez que el cantinero regresaba de la ronda nocturna encontraba la ración de cena y postre que Connor preparaba siempre. A él no lo había descuidado.
Los dos eran únicos e irremplazables, queridos y admirados. Darius nunca ocuparía el lugar de Emilio, tal y como Emilio nunca podría sustituir a Darius. Connor amplió su familia con un segundo padre, como si fuera lo más normal del mundo, y Emilio lo entendió y lo aceptó con igual naturalidad.
El mestizo se preguntó qué estaba mal con el cantinero. «¿Cómo puede aceptarlo? ¿Cómo puede compartir su hijo con un completo desconocido?». Y no solo eso: le enseñó a Connor a ser exactamente igual, bienintencionado y comprensivo. Los dos estaban locos. ¿O sería al revés? ¿Acaso esa bondad era la norma y Darius era el raro? La verdad lo golpeó como una ola: además de rencoroso era tan desconfiado y egoísta que no podía creer que las demás personas fueran desinteresadas.
«Por eso Connor estará bien», supo. Emilio le había dado a su hijo algo que Darius nunca habría podido. Entonces lo correcto, lo cortés, era darle a Connor algo más: esperanza y tranquilidad. No le podía dar una promesa vacía pero sí le podía dar la ilusión que lo movía a él. Así Connor comprendería que Darius haría hasta lo imposible por regresar y despertaría todas las mañanas con esa esperanza.
Entonces Emilio nunca tendría que lidiar con un Connor roto y triste, y Darius nunca se lo quitaría en verdad.
—Regresaré  —susurró el profeta a la vez que daba unas palmaditas a las pequeñas manos de Connor, que lo sostenían como si fuesen garras de acero—. Volveré lo más pronto posible y traeré a tus hermanos conmigo. Quizá al principio te alegres pero después ya no nos soportarás. Dagda y Airgetlam te harán bromas pesadas, te sacudirán el cabello y te asfixiarán en abrazos sin tu consentimiento. Te querrán tanto que hasta te parecerán molestos. Y Zoe se pondrá a peinarte una y otra vez, te abrasará con tanta fuerza que te dejará sin aire en menos de cinco segundos. Y yo me quedaré de lado, viéndolos a los cuatro juntos de nuevo. Entonces sabré que todo estará bien.
Emilio y Connor dejaron de jalar. El cantinero se apartó pero Connor no. Abrazó la cintura de Darius con todas sus fuerzas y enterró la cara en la espalda de su papá. El mestizo le separó los dedos y se liberó. Caminó hacia Mükael.
Por el rabillo del ojo vio a Connor limpiándose las mejillas y lo escuchó sonándose la nariz. Tenía muy claro lo que Connor debía de sentir: lo estaban abandonando. Eso no le gustó porque Darius sí sabía lo que era el abandono.
Enlil lo hizo. Los dejó a él y a su madre, y regresó cuando Darius ya había armado una vida feliz y agradable. Regresó solo para estropearlo todo. Si Enlil nunca se hubiese aparecido, Njord y Fenran todavía estarían vivos y Connor nunca se habría separado de su familia. Y aún después de que Sigurd entrara en escena, Enlil lo abandonó de nuevo en la prisión de máxima seguridad de Masca sin una explicación o una disculpa.
Él no le haría lo mismo a Connor. Nunca.
—Toma. —El mestizo regresó sobre sus pasos y se sacó el anillo que llevaba al cuello, atado a una cadena—. Es mi alianza de matrimonio. Si tienes dudas de que regresaré por ti entonces que no te quepa duda de que regresaré por este anillo.
Tomó la mano de Connor y le puso el anillo en la palma. Los ojos llorosos del chico se aclararon un poco cuando vieron los destellos dorados de la alianza, que se reflejaban por el fuego que ardía en la chimenea. «Está caliente», pensó el cachorrillo, «es casi como si latiera». Supo que de alguna forma era verdad porque el anillo guardaba el calor corporal de Darius y también su corazón.
—¿Y la otra? —preguntó con un hilo de voz—. ¿La de... mamá?
—No lo sé. —Darius negó con la cabeza y suspiró—. Ni siquiera sé en dónde está su tumba, si es que le hicieron una. Muchas cosas quedaron sin resolver en ese entonces.
—¿Entonces de verdad me lo puedo quedar?
Darius sonrió. A pesar de la carita mojada por las lágrimas, su Connor sonreía otra vez.
—Por supuesto. Pensaba darte esto —dijo mientras sacaba un relicario viejo y corroído—. Pero se lo ofrecí antes a Fenran y no pude cumplir la promesa que le hice. Contigo tengo que hacer una nueva y fresca.
Se hincó frente a él y le devolvió al fin el abrazo desesperado que quiso darle al inicio del adiós, el que quiso darle desde que lo vio por primera vez en la cantina, el que anheló ofrecerle desde que lo perdió.
—Regresaré. Te lo prometo.
Se había dicho que no le daría una promesa hueca, que no haría un juramento que no podría cumplir…
… pero lo haría. No le fallaría a Connor nunca más en la vida. Pero entonces…

El sol le pegó en el rostro. La arena debajo era ardiente como el fuego. Aun así los dedos de las manos y los pies estaban helados. No sintió las piernas, no pudo respirar. Se estaba ahogando. Los ojos le ardieron. ¿Lloraba? Intentó llevarse una mano al rostro para comprobarlo pero un punzón en el abdomen succionó todas sus fuerzas. No pudo moverse.
Movió los labios. Tenía que decir algo, preguntar si alguien estaba bien, pero la garganta le ardía. Hacía demasiado calor, como si estuviese en un horno. Lo normal sería que la boca la tuviese seca pero la tenía inundada de algo salado y denso que le resbaló por los labios.
Sangre.
—Darius, mírame... —susurró alguien. Un par de manos, una más suave que la otra, le sostuvo el rostro y lo obligó a enfocar la vista—. Mírame, no te duermas.
Reconoció a Sakti aunque la vio borrosa, como si una película de humo le cubriera los ojos. La vio bronceada y asustada, lo segundo más inusual que lo primero. «¿Qué te pasa, cariño?», quiso preguntarle. «¿Qué ocurre?». Sakti nunca pondría esa cara. Era una chica de hierro, no sonreía ni se alteraba en las buenas o en las malas. Si estaba preocupada algo verdaderamente malo ocurría.
La princesa apretó los ojos y recompuso el rostro. Supo que asustaba a su amigo con esa reacción, así que se convirtió otra vez en la chica de hierro que Darius conocía. Otra vez fue fría, dura y firme como una roca.
—Toma mi mano, ¡apriétala! No la sueltes por nada del mundo —ordenó ella a la vez que apretaba la mano de Darius.
—¿Cómo está papá? —gritó otra persona aunque Darius no pudo reconocer quién—. ¡Connor, haz algo, maldita sea, HAZ ALGO!
Algo muy malo estaba pasando porque el mestizo escuchó un bullicio tremendo. Alguien gritaba improperios y juraba que mataría a otra persona, aunque por lo menos dos tipos le gritaban y sostenían para que se calmara. Quiso girar el cuello, mirar qué sucedía, pero el cuerpo no le reaccionó. Fue como si se estuviese diluyendo, como si su cuerpo se evaporara en ese infierno y no pudiese hacer nada para recuperar la corporeidad. Hasta sus sentidos se difuminaban. Ya casi no reconocía a Sakti y no podía escuchar lo que ella le decía.
—¡HAZ ALGO! —gritaron de nuevo—. ¡CONNOR, AYÚDALO!
—¡ES QUE NO SÉ QUÉ HACER! —gritó Connor.
Entonces Darius supo lo que su hijo pensaba: «Oh, por Dios, va a morir. Oh, por Dios, va a morir...».

… Connor saltó de repente hacia atrás y se separó de Darius. ¿Qué rayos fue eso? Levantó la mirada en busca de una respuesta. Vio que los ojos mestizos habían cambiado: ahora eran completamente celestes. Darius también lo miró y vio que los ojos de Connor eran como los suyos. Después de unos segundos regresaron a la normalidad.
«Que no lo haya visto», pidió. Supo que Connor también tuvo una visión cuando una lágrima le resbaló por la mejilla. El chico se lanzó para abrazarlo de nuevo, decidido a no soltarlo estaba vez. El mestizo le colocó los dedos sobre los labios y lo detuvo.
—No es algo de lo que se pueda escapar —le dijo—. Además, no ocurrirá pronto... y es algo que de todas formas puede no llegar a suceder. Ya aprendí que las visiones no son perfectas. Se equivocan constantemente.
El profeta se incorporó.
—¿De qué está hablando? —preguntó Emilio, que notó el cambio de color de ojos.
—Las visiones, la razón por la que nos secuestraron.
«Si no las hubiese tenido nunca, si no hubiese nacido profeta, nunca nos habrían secuestrado, nunca habría perdido a mi familia». Cierto, pero las visiones siempre fueron parte de él. Si nunca las hubiese tenido quizá la vida hubiese sido más sencilla, pero también sería una persona completamente diferente.
—Lamento que Connor también lo haya heredado. Algo caliente le sentará de maravilla. Y también debe irse de inmediato a la cama.
Darius secó las mejillas del chico porque sabía que ahora, además de triste, estaba también cansado y asustado. No quería dejarlo en ese estado pero debía aprovechar que Connor estaba impresionado. O de lo contrario, una vez que se recuperara no lo dejaría marchar bajo ninguna circunstancia.
—No voy a poder hacer nada —lloriqueó el niño—. Por mi culpa tú…
—Tranquilo —lo cortó Darius.
Quiso abrazarlo otra vez pero se contuvo porque a lo mejor desencadenaría una nueva visión. Lo empujó con suavidad hacia Emilio para que el cantinero lo sostuviera con un abrazo. Darius caminó hacia el caballo y dijo en voz alta:
—Todo saldrá bien porque Allena estará ahí. Si tú no puedes hacer algo ella sí. Allena no permitirá que yo muera, tal y como yo no dejé que ella lo hiciera. Modificará el futuro, tal y como yo modifiqué su pasado. Por eso es que ella me tomará la mano. No te preocupes, ¿de acuerdo? Sé de lo que estoy hablando.
Pero la verdad era que no lo sabía. Sakti definitivamente haría todo lo que pudiera para salvarlo pero quizá no sería suficiente. ¿Y qué más podían hacer él o Connor? Nada. Solo esperar que la visión tuviera una conclusión diferente.
Darius liberó la rienda de Mükael y montó sin más titubeos. Vio la máscara que le servía para hacerse pasar por un oficial de alta categoría. Puaj, cómo la detestaba. Era idéntica a las que usaban los soldados que custodiaban la casita del lago en Masca. Aunque ahora era su aliada, Darius no podía esperar el momento para deshacerse de ella.
—¡Connor! —gritó  la vez que espoleaba a Mükael—. Te juro que volveré. No te abandonaré ahora ni cuando llegue el día de la visión.
Quizá esa sí era una promesa hueca, la más vacía que había hecho en la vida, pero también era la que más anhelaba cumplir. Sobreviviría, tenía que hacerlo, por Connor y los demás.
Mükael cruzó el patio. Se adentró al bosque y pasó entre ramas y hojas como una exhalación. «Voy a sobrevivir», pensó el profeta. «Regresaré por Connor y los chicos. Viviré por ellos». El camino se ensanchó entre más se adentraba al bosque. Adelante divisó los dos pares de ojos brillantes y las sonrisas lobunas de sus amigos. «Sobreviviré, regresaré», se repitió Darius.
—¡Cuídate mucho, papá!
Las palabras de Connor no fueron una súplica sino una orden. Darius sonrió. «Por ti haré lo que sea, Connor. Lo que sea». Y eso incluía sobrevivir a la visión de sol y arena que acababa de tener.

"Los Hijos de Aesir: Travesía bajo la sombra del Tercero" © 2010-2017. Ángela Arias Molina

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