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Capítulo 9

9
¿OLVIDAR?



Darius se apoyó y ocultó detrás de un árbol. Calculó la distancia que lo separaba de la ventana entreabierta. Sus pensamientos giraban en las mismas palabras una y otra vez. Casi podía escuchar a Sakti gritándoselas, restregándoselas en la cara y tomándolo del cuello de la camisa para arrastrarlo hasta los pies de Connor.
«Cobarde, tonto, llorón, estúpido, atolondrado, tarado e imbécil. No me hagas perder el tiempo y enfréntalo de una buena vez. ¡Pareces un bebé cuando te comportas de esta manera!».
Darius se rascó la cabeza, seguro de que Sakti sería capaz de decirle todas esas cosas y más. Retiró las manos tan pronto como se las llevó a la nuca. ¡Pero qué golpe le habían dado! Tenía un chichón tan grande como una manzana. De las enormes. De las bastante grandes como para llenar el estómago de Sigfrid Montag por un par de horas.
Se acarició el chichón. Cuando el dolor se atenuó se concentró de nuevo. Estaba amaneciendo y todos dormían en el pueblo. Si corría rápido podría saltar al tejado sobre el portal de entrada al hostal. De ahí podría saltar unos metros hacia la derecha hasta la ventana abierta de su habitación. Después solo sería cuestión de recoger sus cosas, lanzarse de nuevo por la ventana y correr hacia el establo para buscar a Mükael.
Simple. Así se marcharía de Kehari, buscaría a Geri y a Freki, entraría al País de Hielo, rescataría al bueno para nada de su padre, reclamaría a sus hijos en Masca y después regresaría a este mismo pueblo para hablar con Connor, explicarle por qué huyó de él como una gallina y luego seguir con todo el rollo de por qué no lo crió como debió haberlo hecho.
Bien, suficiente. No tenía sentido seguir lamentándose por lo sucedido el día anterior. Ahora solo debía marcharse y probar su inocencia. Entre más pronto lo hiciera más pronto podría solucionar sus problemas.
Se aseguró por última vez de que nadie estaba cerca. Tomó aire y echó a correr a la ventana del hostal. Se felicitó a sí mismo cuando llegó al techo sobre el portal. A pesar del golpe pudo correr rápido sin hacer ruido y saltar. De ahí en adelante la gracia lo abandonó. Le faltó poco para resbalar cuando saltó del tejado al marco de la ventana. Los dedos apenas si se sostuvieron al marco y fue todo un misterio de dónde adquirió fuerzas para que los brazos lo levantaran, abrieran por completo la ventana y pudiera entrar al cuarto.
La entrada a la habitación fue un desastre. Apenas puso pie dentro tropezó con una silla mal colocada. Típico. Ahora su desorden habitual se lo cobraba caro. ¿Es que no podía pasar ni una sola noche en un cuarto sin ponerlo patas arriba? Gruñó por lo bajo y recogió sus pertenencias a toda prisa. Por suerte hizo maletas el día anterior y el bulto lo esperaba sobre la cama, recogido de milagro. Listo, ahora solo tenía que ir hacia Mükael y…
—Ejem, ejem —tosió alguien, sobresaltándolo—. El hostal siempre está abierto, ¿lo sabe? Es más seguro entrar por una puerta que por una ventana.
Connor. El morral resbaló de las manos de Darius cuando descubrió que el cachorrillo estaba en la habitación. Y no solo él. Emilio también estaba allí, sentado a una mesa donde hacía compañía a su hijo adoptado. El cantinero tenía las cejas levantadas por la sorpresiva entrada de Darius. Una sonrisita burlona le bailó en los labios porque la reacción del profeta le pareció graciosa.
Esa emboscada fue de todo menos chistosa para el mestizo. ¡Era una congoja! Oh, no. Connor estaba molesto. El cachorrillo se levantó con una mirada que se encrudeció a la vez que se acercaba lentamente a Darius.
—¿Cuál es su nombre? ¿Por qué huyó en el bosque? ¿Por qué conocía al Escuadrón Vento? ¿Y cómo...?
El niño soltó varias preguntas más, apenas sin respirar. Darius no las pudo escuchar. Solo oyó la voz nerviosa y enfadada del chico. Quiso escapar de él y de sus ojos molestos. Así que retrocedió. Primero un paso, luego otro y… trastabilló hacia atrás con la bendita silla que lo hizo tropezar antes.
Lo esperaba el vacío de la ventana abierta. El tejado del portal estaba a seis metros de distancia, por lo que su parada más próxima era la propia calle. Eso fue lo que pensó antes de terminar el trayecto. Un suelo duro y lleno de piedrecillas lo recibieron con brutalidad y punzones. Lo último que reconoció fue el rostro contorsionado de Connor, que se asomó por la ventana y pronunció una simple palabra:
—Oooops…

****

Darius se quejó cuando un rayo de luz se coló por la cortina y le cayó sobre la cara. Intentó cambiar de posición para dormir un poco más, pero solo se provocó un buen punzón en la cabeza. ¡Malditos cabrones del Escuadrón Vento! Era un milagro que estuviera vivo.
Se preguntó cómo la «manzana» no le dolió antes. Tardó en darse cuenta de que no estaba bocarriba, como creyó en un principio. Estaba acostado bocabajo. Eso era prueba más que suficiente de que estaba confundido, desorientado y muy, muy herido. Al menos tendría que esperar un par de días para que las neuronas recuperaran la posición habitual en el cerebro.
Quiso dormir un poco más, disfrutar de una cama antes de dormir otra vez a la intemperie. Entonces recordó por qué le urgía salir de Kehari. Quiso levantarse de un salto y empezar a empacar, pero solo se pudo sentar despacio y analizar qué tanta movilidad y coordinación tenía. La habitación dio vueltas aunque si se movía con cuidado podría caminar sin tropezar.
Debía ir hasta las caballerizas. Montar en ese estado era una locura, pero Mükael no lo dejaría caer. Si le pedía que cabalgara hacia el Oeste el corcel lo haría por su cuenta, con Darius dormido e inclinado sobre el lomo. Estaba seguro de que en el camino encontraría a los lobos-dragón y entonces podría dormir todo lo que quisiera. Geri y Freki lo cuidarían y se contendrían de hacerle bromas al caballo por el bienestar del profeta.
Mientras se preparaba descubrió que tenía puesta una ropa para dormir que no era suya. Tenía que ponerse algo más adecuado para el viaje, encontrar las botas, la capucha, el bulto… En fin. Demasiadas labores para su pobre cabeza adolorida. Se tomó un buen tiempo para ordenarse a la vez que se preguntaba cómo saldría sin que nadie lo viera. ¿Por la ventana?
No. No cometería el mismo error dos veces. Tendría que usar la puerta, ser sigiloso y asegurarse de no encontrar a nadie en los pasillos, en la calle o en los establos. Cuando al fin estuvo listo se encaminó a la puerta. Genial. Tendría que caminar apoyado en las paredes si no quería terminar con la cara estrellada contra el suelo.
Un paso, dos, perilla, girarla y abrir la puerta. Se tardaba mucho pero era mejor eso que nada. Otro paso, salir de la habitación al pasillo, media vuelta, perilla otra vez y cerrar la puerta. Se sintió un poco tonto haciendo todo paso por paso, pero supo que no tenía otro remedio. Se giró de nuevo para seguir por el pasillo hacia la salida del hostal. Esta vez no iría a la cantina. Se marcharía de una vez.
Se apoyó en la pared y miró el suelo para asegurarse de que sus pasos estuvieran bien encaminados. Entonces descubrió un par de ojos que lo miraban con las cejas ligeramente levantadas. Rayos, ¿es que ese niño siempre estaba en el lugar y el momento menos indicados, listo para darle un susto de muerte? Connor estaba de cuclillas al lado de la habitación. Sonrió al ver que el profeta intentaba escabullirse de nuevo.
—Me alegra que esta vez usara una puerta en lugar de una ventana —dijo mientras se levantaba.
Darius dio un paso hacia atrás. Estaba tan mareado que estuvo a punto de tropezar. Connor lo tomó de la mano antes de que se cayera de espaldas. El cachorrillo quiso preguntarle por qué le tenía miedo. Darius se asustaba cada vez que lo veía. Se encogía de hombros, retrocedía y tropezaba si había algo en el camino. Podría resultar gracioso de no ser porque en uno de esos sustos terminó cayendo de un segundo piso.
—¿Tiene hambre? —preguntó sin soltarlo de la mano—. En casa se está preparando algo. También hay té. Un té le hará bien.
Connor lo jaló sin esperar respuesta. Como lo tomó desprevenido, Darius lo siguió en silencio. Todavía estaba mareado y adolorido pero ganó coordinación y orientación a medida que caminaba. Creyó que podría mantenerse en pie sin la ayuda de Connor pero no quería que el chico lo soltara.
Recorrieron los pasillos del hostal y bajaron escaleras. A lo lejos escucharon la charla de la cantina y después el pasillo continuó hasta que Connor se detuvo frente a una puerta. El cachorrillo sacó una llave del bolsillo y abrió el cerrojo. Connor entró a la sala y esperó a que el mestizo lo siguiera. Darius entró con pies hechos de plomo. La casa era otra habitación del hostal pero más grande y ambientada para simular un hogar entero.
Inspeccionó el lugar mientras Connor cerraba. Lo primero que encontró fue la sala, que era extensa y acogedora. Había un sofá largo frente a una gran chimenea, que estaba apagada en ese momento, y otros dos sillones al lado. También había un estante con libros y algunas pinturas pequeñas en las paredes y encima de los muebles, acomodadas en portarretratos.
Los cuadros eran retratos de individuos, de una familia y de la cantina de Kehari; nada de paisajes pretensiosos. En un cuadro aparecían Emilio y Lea junto a un niño pequeño de cabellos negros. En otro aparecía ese mismo cachorro con unos meses menos, sonriente y sentado al borde de una cama baja. El corazón de Darius dio un vuelco. ¿Cuántos años tenía Connor cuando lo pintaron tan feliz y regordete? ¿Unos dos, quizá? Y ahora tenía catorce.
—¿Me está escuchando?
Connor tuvo que levantar un poco la voz para que Darius le prestara atención. El chico estaba al otro lado de la sala, recostado al marco de otra entrada que llevaba a un comedor.
—Le decía que la cena está lista —continuó el cachorrillo. Cambió el tono de voz cuando se dio cuenta de que Darius había visto su retrato. Pareció un poco avergonzado—. Ahí tenía dos años y medio… ¿Me parecía a usted a esa edad? —El profeta tragó fuerte y miró el cuadro una vez más.
—No lo sé —respondió mientras levantaba los hombros—. Pero sí te parecías a Dagda y a Airgetlam. Todavía te les pareces un poco.
Connor se sobresaltó al escuchar los nombres pero después sonrió. Darius soltó un suspiro de alivio: el chico estaba dispuesto a escuchar la larga historia que le debía.
Aceptó la invitación y se sentó a la mesa. El comedor y la cocina eran una sola habitación. El fogón ardía en una esquina para mantenerlos calientes porque afuera llovía. Connor sirvió dos platos de estofado y verduras, una taza de té para Darius y otras dos de fresco de frutas para ambos.
—Mi maestro dijo que le haría bien —dijo cuando le pasó el té—. Sirve para aliviar los golpes y la sangre coagulada. Nunca hay que descuidar un golpe en la cabeza, ni siquiera cuando parece que está bien. —El mestizo bebió. El sabor amargo le provocó una mueca.
—¿Tu maestro?
Sí, el curandero del pueblo. ¿Recuerda que le dije que estaba aprendiendo con él?
Darius se estremeció otra vez aunque nada tenía que ver con el té. Si hubo un doctor que lo atendió definitivamente le vio el rostro. ¿Y si el curandero lo reconoció? Además, alguien debió levantarlo cuando cayó desde la ventana. ¿Quién más le vio la cara? ¿Se encargaron de eso solo Emilio y Connor, o quizá un vaniriano se ofreció a ayudarlos? Si así era, entonces...
Él no dirá nada dijo Connor con una sonrisa—. Mi maestro sí lo reconoció, pero dijo que le debía mucho como para delatarlo. Usted impidió que el Escuadrón Vento matara a su hija y también ayudó a que su nieto regresara a Kehari. De no ser por usted habría perdido a toda su familia. —Darius recordó a la mujer sollozante a la que ayudó cuando los soldados se llevaban los cachorros—. En cuanto a quién lo cargó hasta la habitación, fue Cörel. Son amigos, ¿verdad? —Connor iba a decir algo más pero se detuvo al ver la expresión sombría en el rostro de Darius—. ¿Qué?
—¿Cómo supiste lo que pensaba? ¿Leíste mis pensamientos? —El chico asintió, muy emocionado—. Pensé que no podías usar magia.
—No podía pero desde aquel día han sucedido cosas fantásticas. Puedo escuchar lo que la gente piensa, ¡ver y sentir sus recuerdos y sensaciones! Y también puedo... —Connor se entusiasmó tanto que se levantó de un salto—. No, mejor se lo mostraré.
Tomó una cuchara y la colocó sobre la mesa, en medio de él y de Darius. Entrecerró los ojos, se concentró por unos segundos como si la vida se le fuera en ello y al fin la cuchara empezó a moverse. Al principio tembló muy débil. Luego se arrastró unos centímetros sobre la mesa y después saltó y se estrelló contra una pared.
—¿Qué me hizo? —preguntó Connor admirado—. Desde que me tocó en el bosque todos mis poderes despertaron. ¡Es fantástico! ¿Cómo lo hizo?
—Yo... No lo sé. Esto es imposible, yo no soy una fuente. Los únicos que pueden hacer algo así tan rápido son Allena, Adad y ese...
Darius dejó de balbucear y meditó. Él vivió por mucho tiempo en Masca, en Palacio, donde estaba el Emperador. El monarca aesiriano tenía tanta magia que era considerado una fuente de poder, así que podía nutrir las esencias de las personas que estuvieran cerca de él. Darius y sus hijos debieron de recibir parte de esa energía. Además, Darius tuvo un contacto muy estrecho con los príncipes portadores de los Dragones, en especial con Sakti.
Recordó el día que la conoció y vio la pluma de Dragón. En ese momento fue sincero cuando dijo que la pluma podía matarlo. Aun así pudo utilizarla para salvar a su amiga cuando estaba desangrada. Se le quemó la mano, pero eso no se comparaba con terminar hecho cenizas después de usar un instrumento mágico fuera de sus capacidades. ¿Quizá, porque estuvo mucho tiempo junto a Sakti, él también ganó el poder suficiente para ser una fuente? ¿O tal vez parte del poder de la princesa todavía lo acompañaba y nutría hasta hacerlo influir en las esencias de Connor?
—Esa muchacha que está en sus pensamientos, ¿quién es? —preguntó el cachorrillo con una sonrisa inocente. Darius lo miró. A todas luces su nuevo talento lo enorgullecía, pues al fin podía emplear algún tipo de magia. Eso no le hizo mucha gracia al mestizo.
—Es mi mejor amiga —respondió al cabo de un tiempo, aunque estaba un poco melancólico—. Pero quisiera pedirte que no leas mis pensamientos. Son míos. No tienes por qué ver algo así. Además, no quieres convertirte en un hombre sin escrúpulos que irrespeta la intimidad de otros, ¿cierto? —Connor se asustó.
—¿Está mal que vea estas cosas? No es mi intención, solo pasa... Pensé que usted, que quizá también...
—Lo heredaste de mí, sí —asintió él—, pero me robaron mis poderes. Ya no puedo mover objetos con la mente o leer los pensamientos de otros, pero tampoco lo hacía cuando tenía la capacidad. Créeme. Quizá ahora te parezca divertido pero eso es porque aquí estás a salvo. Los pensamientos de tus padres de seguro son agradables, pero los de las demás personas, los que están fuera de Kehari, no lo son. Afuera hay mucha guerra y destrucción. Eso no querrás verlo.
Connor ladeó la cabeza y meditó en las palabras de Darius. Por su parte, el profeta se sintió como un imbécil. No habían intercambiado más que unas cuantas frases y ya lo estaba regañando. Ese inicio no ayudaría mucho a su relación, si es que Connor estaba interesado en tener alguna con él. Antes de que pudiera disculparse, una puerta se abrió. Lea, la madre adoptiva de Connor, entró a la cocina. Darius no se percató antes de esa otra puerta pero ahora notó que comunicaba con el patio de la familia.
Lea se detuvo unos instantes. Vio primero a Darius y después a Connor. La mujer traía un par de gallinas con el cuello roto; llevaba un vestido sucio que le llegaba por las rodillas y que dejaba al descubierto el par de botas enlodadas. Acababa de trabajar en la huerta de la familia.
Darius percibió la hostilidad. La cantinera lo recelaba, quizá incluso le temía, y era muy evidente que le disgustaba que él estuviera en su cocina. Sin embargo, se esforzó por aparentar ser cortés y hospitalaria.
—¿Cómo está el golpe? —preguntó—. ¿Ya se siente mejor? —Darius inclinó la cabeza como un perrito sumiso para que Lea viera que él no pretendía hacerle daño.
—Mejor, gracias.
Estuvo a punto de preguntarle si ella también se encontraba mejor desde la primera vez que se vieron, pero se contuvo. No era buena idea traer a colación esa primera mala impresión.
Connor tomó las gallinas que traía Lea, las puso en una olla cerca de un lavamanos y sirvió un estofado a su madre. Con la expresión de la cantinera quedó claro que no quería compartir mesa con Darius, pero aceptó a regañadientes cuando Connor puso el plato al lado del de él y se sentó a comer otra vez.
Lea prefería estar en cualquier otro lugar menos en ese. O quizá lo mejor sería decir que deseaba que Darius estuviera en cualquier otro sitio, menos en su cocina. Se sentía incómoda con él. Cada vez que levantaba la mirada para verlo, la bajaba casi de inmediato. Al profeta le costó entender qué era lo que la molestaba tanto. Cuando lo pilló se puso la capucha.
—No tiene que hacer eso —dijo Connor con una sonrisa inocente cuando vio que Darius se convirtió otra vez en el misterioso encapuchado—. ¿O es una tradición de donde viene?
—No... Es solo que... algunas personas se sienten más cómodas si no me miran a los ojos. Es una reacción normal, así que...
—¡Tonterías! —exclamó el chico. Connor se levantó sobre la silla, estiró los brazos por encima de la mesa y empujó la capucha hacia atrás—. Es muy incómodo hablar con alguien sin verle el rostro. ¡Sería como si un fantasma me contara historias! Porque lo hará, ¿cierto? ¡Me contará quién es y cómo llegó hasta aquí, ¿verdad?! —Darius abrió mucho los ojos a la vez que Connor soltaba un sinfín de preguntas—: ¿Es muy común tener los ojos así de donde usted viene? ¿Entonces por qué yo no los tengo? ¿Mi otra madre tiene los ojos como yo? ¿Y quiénes son Dagda y el otro? ¿Y esa muchacha de mirada tan extraña? ¿Cómo se llama? ¿Y...?
—No lo entiendo —musitó Darius y cortó las preguntas.
—¿Voy muy rápido? —preguntó Connor, avergonzado—. Perdón, es que estoy entusiasmado...
—No, no lo comprendo... —siguió Darius—. ¿Es que acaso... no me odias? —Connor frunció el ceño y se apartó un poco de la mesa, sorprendido por la pregunta. Hasta Lea arqueó las cejas y miró con desconcierto al invitado indeseado.
—¿Por qué habría de odiarlo? —preguntó cuando al fin se recuperó de la sorpresa. Lo hizo con mucha inocencia, como si esa ingenuidad fuera típica de él.
En otras circunstancias a Darius le habría conmovido la dulzura del chico, pero ahora solo lo enfureció. No estaba bien. Sencillamente era anormal. Connor no podía verlo de esa manera, no podía ser tan puro y atento al tratarlo. ¡Estaba mal!
—¡Deberías odiarme! —gritó mientras se levantaba con furia. La silla cayó detrás de él y retumbó en el suelo como si fuese un trueno—. ¡Deberías detestarme por no haber estado aquí, junto a ti! ¿Por qué no coges uno de los cuchillos y me matas? ¿Por qué me hablas tan sencillamente, sin rencor? ¡No puedes ser tan inocente todo el tiempo! ¡Deberías hacer lo mismo que ella! —Darius señaló a Lea—. Deberías dudar de mí. ¿Es que no te preguntas en dónde he estado todo este tiempo? ¿No sientes que te abandoné, que los dejé a ti y a Fenran a su suerte en un pantano tenebroso? ¿Por qué no me aborreces? ¡Es mi culpa que él esté muerto, es mi culpa que tu madre también lo esté, es mi culpa! ¡Deberías odiarme por haberme tardado catorce años en encontrarte! ¡Yo soy el culpable de todo tu sufrimiento!
—¿Cuál? —lo interrumpió Connor.
Darius se atragantó. ¿Cómo que cuál? ¿Es que le parecía poco que un padre dejara a su bebito en el hogar de mil demonios? ¿Qué parte de «es mi culpa que tu hermano y tu mamá estén muertos» no entendía? Connor aprovechó que las palabras de Darius se convirtieron en un nudo y continuó:
—Aquí soy muy feliz porque siempre he tenido a un padre y a una madre que me aman, que me adoptaron y me dieron todo lo que un niño podría desear. Me educaron y me convirtieron en quien soy, alguien que me agrada ser.
»Sé del hermano que se sacrificó por mí. Pero aunque eso es triste no cargo con ningún sufrimiento. No puedo sentir nostalgia por algo que ni siquiera recuerdo. Todo lo que tengo es mi hogar en Kehari, junto a mis padres. El recuerdo de mis otros padres, a los que no conocí, nunca me persiguió.
Connor hizo una pausa y se llevó un dedo al mentón, como si pensara.
—Claro que me he hecho preguntas. ¡Soy un niño! ¡Tengo curiosidad! Como «¿quiénes habrán sido mis padres? ¿Por qué no estaban con nosotros cuando los humanos nos encontraron?». Pero no los odié. Tampoco los extrañé mucho. Hasta se me olvidaba a veces que mis papás no son mis padres biológicos. Supongo que es fácil olvidar cosas así cuando eres feliz, cuando no hay ningún fantasma persiguiéndote. —Connor se rio. Luego bajó la mirada, un poco avergonzado—. Ni siquiera el de mi hermano Fenran me atormenta.
»Pero con usted todo esto es diferente, ¿verdad?
Darius retrocedió un paso cuando Connor lo miró. Todavía había inocencia y calidez en la mirada del chico, pero también algo más: comprensión. Darius no sabía si Connor estaba leyendo la parte más profunda de su mente, donde conectaba con su alma y su corazón. «No», logró pensar. «Sencillamente así es él. Comprende a la gente». Connor siguió:
—Estos catorce años fueron largos y tormentosos para usted, porque sufrió, esperó, buscó y añoró. El que cargó con todo ese remordimiento, el único que de verdad se desesperó, fue mi padre. El primero. Eso lo sé ahora y es una razón más para no odiarlo. ¿Cómo se puede detestar a alguien por algo que no me ha herido ni la mitad de lo que lo ha herido a él?
»Un padre no abandona a su hijo al propio para luego regresar y salvarlo, como lo hizo usted. Un padre siempre regresa, sin importar cuánto tiempo se tarde. Le tomó catorce años pero finalmente está aquí, junto a mí. Y por eso estoy sumamente agradecido.
Connor sonrió de nuevo con inocencia pero ya no enfureció a Darius. Esta vez el mestizo sintió alivio, como si una lluvia de perdón lo hubiese bañado y limpiado toda la oscuridad y angustia que tenía en el interior.
—Gracias por regresar por mí, papá.
Eso lo derribó.
Intentó aguantar las lágrimas para mantener un poco la dignidad, pero apenas si pudo taparse la boca para no gritar. Lea se apartó asustada cuando él se apoyó a la mesa y se arrodilló, incapaz de estar de pie por más tiempo.
No podía creerlo. Dagda y Airgetlam eran rencorosos como él. Hasta Zoe era cruel con las personas a las que detestaba. Entonces ¿por qué Connor era diferente? ¿Por qué no guardaba rencor hacia el padre que lo abandonó? ¿Por qué le daba la bienvenida con los brazos abiertos?
Si Darius estuviese en el lugar de Connor se habría lanzado hacia los cuchillos en el estante para abrirle las tripas. No lo habría perdonado. Habría acabado con él por estar ausente, por aparecer de un momento a otro y estremecerlo todo con su presencia. Eso era lo que sentía hacia Enlil.
Por supuesto le alegraba que Connor no lo odiara pero aun así no podía comprenderlo. ¿Por qué la maldición Tonare no hizo que el chico lo matara en ese instante e incluso antes, cuando dormía por el golpe en la cabeza? ¿Por qué la maldición ni siquiera hacía eco en la mente de Connor? ¿Por qué parecía libre de la herencia infecciosa que Darius recibió de parte de Enlil, la misma que recibieron los gemelos?
—Ahora todo está bien, ¿verdad? —le susurró Connor.
Darius se congeló cuando el chico se situó junto a él, de pie, y lo abrazó. Genial. No solo Darius lloraba como un niñito pequeño, sino que Connor también lo abrazaba como si fuera un padre comprensivo. ¡Los papeles sí que estaban al revés!
—No puedo creer que me perdones... —murmuró.
—No lo hago, porque desde un inicio no tenía nada que perdonar. —Connor le acarició la cabeza y le dio unas palmaditas tiernas en la espalda—. Pero usted sí tiene que hacerlo. Debe empezar a perdonarse por lo que pasó porque ese odio terminará matándolo. No quiero que el padre que me buscó por tanto tiempo termine muerto por algo que sucedió hace mucho. Ya es hora de dejar todo eso en el pasado.
Pero Darius no podía. No podía olvidar lo que sucedió hacía catorce años, en la Península, cuando Enlil fue a reclamar a los profetas. Tampoco podía olvidar lo mucho que Njord le imploró que descansara del hechizo de sangre y lo mucho que se arrepintió por no haberla escuchado cuando ella se desangró en sus brazos.
¿Y cómo podía olvidar el rostro de satisfacción de Sigurd cuando tenía a los cachorros en las garras? ¿O la herida que le hizo con esa lengua filosa, cuya cicatriz cargaba todavía en el hombro izquierdo? Tampoco podía olvidar la angustia por estar atrapado en Masca, sin saber de Fenran, Connor y Drake, dándolos por muertos.
Lo que definitivamente jamás lo dejaría olvidar era el bello rostro de Fenran en el Reino de los espíritus, convertido luego en polvo en el mundo de los vivos.
—Había una pareja de humanos muy buena que no quería sacrificarnos y ellos me prometieron que cuidarían de él —le había dicho Fenran.
Esas palabras lo persiguieron por mucho tiempo, pidiéndole que buscara a Connor. Encontró al chico porque no olvidó lo que sucedió cuando Enlil los secuestró, cuando Sigurd los encontró, cuando él y Sakti viajaron al Reino de los espíritus...
Recordar no era fácil o algo que quisiera hacer. ¿Quién querría tener constantes pesadillas sobre la muerte de su esposa, o el monstruoso come-almas, o el cadáver de un niño en sus brazos? Nadie. Pero Darius sabía que esas pesadillas eran lo que lo impulsaban a seguir adelante para acabarlas como era debido: con los conflictos resueltos, las venganzas hechas y sus hijos sanos y salvos.
Después podría empezar de cero. Podría olvidar lo horrible y recordar lo bello con cariño.
Podría dejar de lado el rencor.
Eso era todo lo que deseaba. Pero todavía no. Todavía tenía asuntos pendientes que atender.

"Los Hijos de Aesir: Travesía bajo la sombra del Tercero © 2010-2017. Ángela Arias Molina

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Ojalá que me den CRITICAS CONSTRUCTIVAS para poder mejorar en mis escritos.
No es necesario que dejen su nombre, aunque se los agradecería para poder darle las gracias cada vez que publique de nuevo, ya que quiero dar crédito a las sugerencias que me hagan.
Gracias por tomarse su tiempito y honrarme con sus comentarios. =^_____^=

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