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Capítulo 11

11
ESCAPANDO ENTRE FUEGO Y NIEVE



El golpe en el pecho lo aturdió. Al ver que perdía tanta sangre estuvo seguro de que moriría. ¿Qué podía hacer? Nada, excepto apreciar las últimas sensaciones. Lo que quedaba de espada le resbaló entre los dedos. Las flamas en el carruaje se estiraban como suplicantes hacia el cielo.
Cuando cayó de lado vio que Darius se acercaba a él. No escuchó las palabras del muchacho pero sí vio que sostenía algo en la mano. ¿Qué era eso?
El General cerró los ojos mientras comenzaba a deslizarse por un agujero sin fondo, frío y oscuro. «Pero… ¿qué era eso?». Vio de nuevo la mano de Darius, otra vez el resplandor que cargaba y se preguntó de nuevo ¿qué era eso? «Es una joya. Tiene una esencia». ¿Pero cómo? ¿Por qué? Darius no podía tener algo así, no podía…
El profeta se situó junto a él y le dio una pequeña patada para tantear si estaba vivo.
—Bien —murmuró satisfecho cuando Enlil se mantuvo inmóvil—. Ahora es su turno.
Darius dio media vuelta y se encaminó al límite del bosque. Un rayo frío lo golpeó en la espalda y le atravesó el cuerpo antes de que llegara.
—Ya lo comprendí.
Una hoja plateada y escarlata sobresalía del pecho del mestizo. Era una espada. Su espada.
—Tú no eres mi hijo —siseó Enlil—. Eres un kredoa.
El General retiró el arma que arrebató al enemigo cuando estuvo distraído. El hombre que se hacía pasar por Darius giró hacia él. Enlil levantó el brazo y le hizo un corte en la garganta. Esta vez fue fácil porque el rostro del kredoa había comenzado a desfigurarse, a mostrar la verdadera apariencia del vaniriano. Las facciones de Darius se habían difuminado. Una pelusilla oscura había aparecido en parte del rostro y los ojos mestizos se habían oscurecido.
Para cuando cayó muerto, Enlil estaba completamente espabilado y al tanto de su situación. «Un kredoa se hizo pasar por mi hijo. Y donde hay un kredoa hay dos». Tomó posición de defensa, seguro de que había más enemigos alrededor. El movimiento le causó un fuerte dolor en todo el cuerpo.
Quizá ya estaba despierto pero el golpe lo había noqueado durante un par de segundos y la herida era grave. Otro hombre se habría muerto pero no por nada Enlil era un General. «Aunque si se tomaron la molestia de atacarme lo mejor habría sido que lo hicieran a matar». El kredoa le disparó al pecho pero evitó el corazón. Enlil dudó que el vaniriano tuviese mala puntería, así que llegó a la conclusión de que no querían matarlo. «Y ese fue un error».
Escuchó los pasos y los murmullos de los kredoa alrededor, pero no se movió. Años de práctica le enseñaron que los soldados inexpertos seguían de un lado a otro los sonidos, sin sospechar que era una trampa: la estrategia de los kredoa era confundir al oponente, hacerle creer que un grupo de enemigos estaba en alguna dirección para luego atacar desde la otra.
Los ignoró y dejó fluir la magia. «Qué idiotas», pensó. «La telequinesis no necesita ver». Y era, también, la esencia más poderosa de todas. Enlil cerró los ojos. Dejó que el poder le recorriera los canales del cuerpo y le saliera por cada poro de la piel. Alrededor todo se despegó del suelo y quedó suspendido en el aire: los restos del carruaje, los cadáveres de los caballos y, por supuesto, los kredoa invisibles.
Los vanirianos guardaron silencio, como si con eso pudiesen evitar dar su locación, pero fue en vano. Con la telequinesia, Enlil podía percibir los campos magnéticos de las personas. Supo que lidiaba con cinco enemigos.
—Tendré buenas noticias para mi rey en la mañana —dijo con una sonrisa. Hasta las ramas de los árboles se levantaban como si alguien las jalara con hilos invisibles—. Se alegrará cuando le lleve los cadáveres de un grupo de kredoa que evadió la sincronización.
Los vanirianos lo habrían enfrentado con otra táctica si él tuviese fama por atacar con telequinesia, pero pocas veces se valía de esa esencia. Quizá era muy útil, pero también corría peligro de excederse y perder el control. Mal empleada, la telequinesia podía alterar dimensiones.
La ocasión ameritaba recurrir al poder de los Tonare. Por más General que fuera tenía un hueco en el pecho. Moriría si no encontraba atención médica pronto. Los vanirianos no le darían oportunidad de buscar ayuda, así que él tampoco podía darles la cortesía de un enfrentamiento amable.
Decidió causarles un aneurisma pero entonces los kredoa empezaron a susurrar. Las palabras parecían murmullos del mar, olas de espuma contra la arena. Enlil no pudo comprender qué decían salvo una palabra:
—Tonare, ¡Tonare, Tonare!
Un círculo carmesí apareció delante de Enlil. Fuera de la circunferencia había runas mágicas hechas de luz, que formaban curvas como si alguien las hubiese hecho con plumillas. Los trazos brillaban con el color del fuego y de la sangre. Parpadeaban cada vez con mayor intensidad mientras los kredoa susurraban en coro.
—¡Tonare, Tonare, Tonare! —repitieron.
Los trazos se alargaron y rodearon a Enlil como si fueran lazos de hierro. El General pensó que las marcas lo atravesarían como si fuesen neblina. Pero cuando le rozaron la piel sintió un ardor terrible y una extraña debilidad.
Le estaban arrebatando sus poderes.
«¿Un hechizo de sangre?», pensó antes de que el dolor lo electrizara sin piedad. No, era imposible, los kredoa no podían hacerlo, no deberían.
Los encantamientos de sangre solo podían ser invocados por una persona para hacer daño a un familiar inmediato. Él utilizó un sortilegio de este tipo para secuestrar a Darius en la Península. En aquella ocasión el hechizo también afectó a los niños profetas porque tenían un vínculo sanguíneo con Darius.
Por eso, la única forma de que un hechizo de sangre lo afectara era si Darius o los chicos lo empleaban en su contra. «Es imposible. Ninguno está aquí, ¡no pueden hacerlo!». Pero si los kredoa habían invocado ese sortilegio entonces… ¿alguno tenía sangre Tonare?
Las ramas de los árboles respondieron a la gravedad y volvieron a su posición original. Los restos del coche y los cadáveres oscilaron en el aire hasta caer. Ya no había magia que los sostuviera.
«No, no es que ellos tengan sangre Tonare en sus venas. Simplemente tienen sangre Tonare en alguna parte».
Él también cayó al suelo, apoyado sobre las rodillas y los brazos para no irse de narices. Eso supuso un esfuerzo tremendo porque las runas de luz eran ardientes como veneno de escorpión. Las venas se le adelgazaron. Enlil lo vio en las manos y en los músculos resaltados. Lo sintió también en todo el cuerpo porque la sangre dejó de circular bien. La presión sanguínea aumentó. Fue una sensación horrenda, como si todo dentro de él se estuviese encogiendo. Los ojos incluso comenzaron a saltarle, como si en cualquier momento fuesen a salir disparados de las cuencas. Las costillas se le contrajeron y se le clavaron en los pulmones. Las entrañas se convirtieron en un nudo. Enlil escuchó la explosión en un oído y sintió después el chorrillo de sangre que le escurrió por la oreja.
Con razón Darius lo detestaba tanto. «Oh, si lo hubiese sabido», pensó. Si hubiese tenido idea de lo mucho que iba a doler no habría dejado que su hijo sufriera un maldito hechizo de sangre. «Y los niños…». Los mayores solo tenían seis años. ¡Para ellos debió de ser peor!
Era retribución. Pagaba por el dolor que había infligido. Se lo merecía, ¡se lo merecía como nadie nunca jamás había merecido un castigo!
Pero si unos chiquillos valientes de seis años pudieron soportar todo eso dolor, él también lo haría. ¡No se dejaría derrotar! Intentó levantarse, pelear hasta el último segundo, pero un kredoa lo alcanzó y le dio una buena patada en la cabeza. Enlil cayó a un lado, inmerso en convulsiones. Escuchó las risas de los vanirianos. Apretó los dientes. Quizá no podía mover el cuerpo a voluntad pero no gritaría. Se mantendría firme y digno dentro de sus posibilidades.
—¿Cómo consiguieron la sangre? —preguntó. Uno de los kredoa silbó. Respondió en reconocimiento al esfuerzo del General:
—Es sangre de uno de los muchos Generales Tonare que ha habido. Hace siglos que la tenemos guardada para usarla en el momento adecuado. ¡Es una maravilla que los aesirianos sean tan orgullosos como para mantener pura la sangre de sus casas malditas!
Enlil rechinó los dientes. Además de que lograron efectuar un hechizo de sangre los kredoa también habían sobrevivido. Estaban risueños y campantes, sin consecuencias, a pesar de que la sangre era un elemento mágico con el que no se podía jugar a libertad. «Entonces…», comprendió, «… es diferente. Este hechizo es más complicado y efectivo que el que usé yo». Eso lo consoló porque entonces era probable que Darius y los chicos no sufrieran un eco del sortilegio empleado contra él.
Esa idea también lo alertó: los vanirianos eran discretos. El plan era muy detallado porque lo llevaron a un sitio donde la sincronización no funcionaba. Además, ¿desde cuándo tenían la sangre de un Tonare? ¡De seguro siglos antes de que él naciera! Quizá también tenían sangre de un Montag pero no creyó que la utilizaran para atrapar a Sigfrid. «De los dos Generales, yo soy el pez chico».
En medio de las convulsiones, Enlil tosió un buen chorro de sangre. Temió haber vomitado un trozo de pulmón. Las risas de los kredoa se hicieron más tenues. Ellos también se hicieron más corpóreos, pues Enlil sintió los dedos fríos y duros que lo sostenían para encadenarlo.
—Que tenga dulces sueños, General —se burló uno—. Ojalá que cuando despierte no tenga mucho frío.
Fue lo último que escuchó antes de llegar al País de Hielo. Cuando despertó, la celda estaba helada como si la hubiesen construido en un témpano. Recordar aquella noche le hacía hervir la sangre, así que pensaba a menudo en ella para ganar algo de calor en el país congelado.
—Oye, anciano —escuchó—, ¿no te vas a comer el pan? —Un vaniriano ordinario le lanzó trozos de un buñuelo duro como roca—. ¿O es quizá muy poco apetitoso para un grandioso General como tú, eh?
Un arpía macho le sostuvo el brazo cuando iba a lanzar otro pedazo y lo regañó:
—Déjalo. Los vanirianos no somos maleducados. No hacemos leña del árbol caído ni desperdiciamos la comida. —Su compañero le hizo un puchero. Hermien se apartó con una sonrisa consoladora y agregó—: Ya es mi turno, así que vete a casa. Descansa.
—De acuerdo —dijo el otro entre dientes— pero ten cuidado. Deja de hacer amistad con él. En cuanto menos te la esperes te apuñalará por la espalda.
El hombre cerró la puerta metálica de la mazmorra y dejó la habitación en penumbra, salvo por los destellos tímidos que surgían de las runas en las paredes. Hermien miró al prisionero mejor custodiado de la capital vaniriana.
De la Torre solo quedaban los cimientos, pero estos eran lo bastante altos como para dar cobijo a tres millones de habitantes. Sin embargo, ese número era muy poco comparado con los otros diez mil millones que se alojaron antes allí y que murieron con el colapso de la ciudad o por el frío del país.
La mazmorra fue una vez la prisión de vanirianos conflictivos. Ahora era la cárcel principal porque estaba en el piso superior de lo que quedaba de la Torre. En ese piso también estaban las habitaciones de las mangodrias y las del rey Vanir. Aunque era peligroso que los dirigentes del país compartieran el mismo nivel que un enemigo, también era lo más lógico. Una mangodria hacía rondas constantes para asegurarse de que el prisionero no era un riesgo, mientras que la otra se encargaba de dar instrucciones para mantener el orden en la capital. Si por alguna razón Enlil Tonare lograba escapar de los hechizos que lo retenían, las mangodrias darían con él en menos de cinco minutos.
Pero era muy difícil –por no decir imposible– que el General se liberara. Toda la habitación estaba cubierta de runas mágicas, cortesía de los kredoa. Las runas no solo encerraban al aesiriano sino que también suprimían sus poderes. Enlil estaba sentado en el centro de la habitación, en el suelo, rodeado por un círculo perfecto de esas marcas. Del círculo brotaban más líneas de luz que se intercalaban con el resto de la habitación.
Si el General salía del círculo, o si tan siquiera extendía una mano fuera de él, recibiría una fuerte descarga que le adormecería el cuerpo y le succionaría la magia. Eso sería bueno para los vanirianos: desde que la princesa Sakti Allena se llevó el cráneo de Set, la ciudad necesitaba magia aesiriana para mantener algún nivel de temperatura estable. Enlil no podía tan siquiera estirarse. Solo tenía ocasión de moverse cuando removían algunas runas para que pudiera ir al baño.
El resto del tiempo lo pasaba sentado en posición de loto y con los ojos cerrados. Bien podría estar meditando o durmiendo, y ninguno de sus carceleros sabría la diferencia. Así era como estaba en ese momento. Hermien solía detenerse frente a él para estudiarlo. ¿Era realmente este el General Enlil Tonare? Cuando el vaniriano era niño escuchó historias terroríficas sobre los Generales del Imperio enemigo.
Él no discutía que el Demonio Montag fuera de verdad un demonio. Era cruel y malvado como el Diablo, y nadie ponía en duda eso. Pero el General Tonare era diferente. Sus ojos eran diferentes. Estar cuatro años en prisión no le produjo grandes cambios. De alguna forma todavía conservaba la musculatura, aunque sí estaba más flaco que al principio. Hermien se encontraba constantemente pensando que Enlil parecía una montaña que dormía y esperaba.
El cabello del General había encanecido en algunas partes –aunque por aquí y por allá todavía era castaño– y le creció hasta la cintura, mientras que la barba creció hasta caer por el ombligo. Todo eso lo hacía ver algo viejo. Pero cuando abría los ojos perdía como mil años. Todavía eran ojos verdes, profundos y alegres, con convicción y fortaleza. A Hermien le parecía que esos eran los ojos de un tipo simpático. De hecho, Enlil lo era... si se sabía iniciar una conversación con él.
Se acuclilló frente al General sin importarle majar las runas mágicas. El hechizo no le hacía daño y las marcas no se borraban. Recogió un trozo de pan y se lo llevó a la boca.
—Quizá está algo duro pero es de lo poco que queda aquí. Si no lo come dentro de unas semanas lo lamentará. —Enlil esbozó una sonrisa, aunque mantuvo los ojos cerrados.
—Quizá, pero ahora no tengo hambre. Si la comida escasea lo mejor es que la repartan entre ustedes. De todas formas yo no necesito comer mucho.
Era cierto. Enlil casi no comía y aun así conservaba el cuerpo de un luchador, la mente lúcida y un buen humor. Hermien se preguntó si el General acaso conocía un método para que solo necesitara comer una vez a la semana. ¿O quizá las runas no solo suprimían sus poderes, sino también el apetito?
—Traje las cartas —dijo el vaniriano sin apartar la mirada—. ¿Le apetece jugar? —Enlil abrió los ojos y los fijó en Hermien.
Ese verde inconfundible. El arpía lo había visto antes en otro par de ojos, solo que en esos hubo también otra buena mitad de azul. Darius heredó el color del cielo gracias a su madre. Pero por más que renegara sobre su padre era obvio que el color verde era herencia de Enlil.
De nuevo se preguntó si era posible que uno de los dos monstruos de las historias que escuchaba de niño fuera un prisionero tan manso y padre de un muchacho que salvó a buena cantidad de vanirianos. Era una contradicción. Aunque, si lo pensaba más, Enlil era el mejor amigo del Demonio Montag. Eso quería decir que en alguna parte él también era un demonio.
—Ahora estoy desocupado —respondió el aesiriano mientras levantaba los hombros—. Echa las cartas.


—¡Vas bien! —gritó un lobo. La voz se perdió en el aullido del viento.
—Sí, ¡tranquilo! Que la nieve está suavecita incluso a esa altura. ¡Es imposible que se te abra el cráneo si te estrellas contra ella!
El viento sopló con más fuerza. Darius cerró los ojos, apretó el cuerpo tanto como pudo contra la columna de hielo y se aferró a los piolets con los que escalaba la Torre. Estaba abrigado de pies a cabeza pero el frío le calaba los huesos. De vez en cuando sentía que se resbalaba, a pesar de que las suelas de las botas estaban forradas con crampones de acero para mantenerse firme.
Tomó todas las precauciones posibles pero aun así no estaba seguro de utilizar el método adecuado para subir. Clavaba anclas en el hielo y con ellas sostenía una larga cuerda con la que se había atado a la cintura. La idea era que si resbalaba, las anclas lo sostuvieran y evitaran una caída peligrosa. Pero como no estaba muy seguro de que funcionara Darius no tenía más remedio que escalar sin caer.
—Maldito el día que decidí venir a este lugar —se quejó entre dientes.
Geri y Freki estaban al pie de la Torre, muchos metros debajo de él. Se divertían a lo lindo viendo a Darius agitarse en el viento. No les pasaba por la mente que su amigo podría matarse si se caía. A Darius le llegaban las bromas de los lobos-dragón, ¿o acaso era su imaginación? ¿Quizá las risotadas que escuchaba eran en realidad las ráfagas de viento congelado, que le pellizcaban las orejas?
—Maldito mil veces ese estúpido anciano, ¡maldito sea! —dijo mientras subía.
Al instante se arrepintió de esas palabras. La garganta se le quemaba cada vez que hablaba o abría la boca para respirar. Era como si el hielo se le metiera en las entrañas y estaba tan, tan frío que ardía. El cuerpo le temblaba por el agotamiento. ¿Cómo demonios creyó que escalar era la solución perfecta? ¡Estaba loco! Pero claro, no tendría que pasar por esa situación tan miserable si no fuera por el inútil de Enlil.
—¡AH, VIEJO ODIOSO! ¡CÓMO TE DETESTOOOOOOOO!


—A---¡chuuuu! —estornudó Enlil. Hermien se sobresaltó y arrugó la frente.
—Salud —dijo pensativo. Era la primera vez que escuchaba al General estornudar—. ¿Tiene frío?
—No... Eso es raro. —Hermien lo miró por unos instantes. Dejó las cartas a un lado y se levantó.
—Le traeré una manta.
—No tienes que molestarte.
—Sí tengo. Es mi prisionero, mi responsabilidad. Las mangodrias todavía esperan sacarle información valiosa y no sirve mucho si muere por un resfriado.
—... Gracias... supongo… —Enlil le sonrió aunque Hermien no supo si era gratitud sincera o irónica.
—Es culpa mía por no pensarlo antes —soltó el vaniriano—. Ya está viejo y los ancianos se enferman con facilidad.
Hermien dio media vuelta de inmediato y se marchó sin reparar en que la sonrisa de Enlil se esfumó. El General arrugó la frente pues el último comentario no le gustó nada.
El arpía avanzó hasta el final del pasillo, salió de la sección de celdas especiales y siguió la ruta que lo llevaba a una alacena. Ahí se guardaban las frazadas para los guardas, aunque supuso que nadie reprocharía si le daba una a Enlil. Mientras buscaba una, no reparó en el hoyo que se formaba en la pared.
Hermien estaba acostumbrado a los rugidos de la tormenta eterna de su país. A veces parecían chillidos de niños y mujeres, y en ocasiones peleas entre osos y hombres. El ruido había empeorado desde que la princesa aesiriana dejó maltrecha la Torre, así que no se preocupó por un «clack, clack, clack» adicional en la tormenta.
Ese «clack, clack, clack» era una de las picas de Darius, que se abría paso en la primera sección débil que el mestizo encontró en la columna para hacer un boquete. Darius tenía tanto frío y estaba tan desesperado por entrar en calor que ni siquiera intentó ser discreto con los golpes. Estaba un poco loco después de días enteros de tormenta, blanco, blanco y blanco, y se había imaginado que el interior de la Torre era cálido y acogedor.
El hielo cedió y Darius hizo un hoyo lo bastante grande como para pasar. Hermien no se dio por enterado hasta que encontró la manta de Enlil y se giró para regresar a la celda. Fue en ese momento que encontró al profeta, que había caído sentado al suelo, y estaba cubierto de pies a cabeza por una capa de nieve y escarcha.
Hermien se sobresaltó por la extraña aparición, pero conservó la calma y sintió compasión por Darius. Cuando el mestizo reparó en él y se le quedó mirando, Hermien se quedó en su sitio. Darius guardó silencio. ¿Qué podía decir? ¡No podía creer que justo cuando lograba escaparse de la infernal tormenta tuviera la mala suerte de encontrarse con un vaniriano!
—¿Vienes a atormentar a tu padre, profeta? —preguntó Hermien de repente. Si Darius no hubiese estado tan cansado por el esfuerzo y el frío, se habría dado cuenta del tono solemne y sospechoso que utilizó el vaniriano.
—¿Qué…? ¿Qué padre? —preguntó. ¿De qué hablaba el vaniriano? ¿Lo había visto antes? ¿Se refería a Enlil? Darius sacudió la cabeza, desorientado. Hermien respondió a sus preguntas silenciosas.
—Estás confundido. No sabes qué haces aquí, por qué todavía estás apegado al mundo. Vete, cruza al Más Allá y deja de perseguir a tu padre. Él no tuvo nada que ver en tu injusta muerte. Descansa en paz.
Silencio.
Darius miró largo rato al vaniriano azul, como si las palabras que acababa de decir fueran hielo y tuvieran que derretirse para que el cerebro las procesara. Se carcajeó como no lo había hecho en mucho tiempo cuando al fin comprendió que el tipo lo creía un fantasma. Se miró los guantes y la ropa y vio que estaban cubiertos de nieve. De seguro que su rostro también estaba muy pálido, quizá incluso tenía un tinte azul por el frío. ¡Ja, ja, ja! Si hubiese sabido que se podía hacer pasar por un fantasma ¡habría entrado a la Torre con menos esfuerzo!
—Vete, profeta —continuó Hermien.
El arpía puso una expresión solemne, como si estuviera listo para exorcizar un espectro. Avanzó hacia Darius y extendió una mano hacia él. La dignidad de su rostro se tornó en confusión cuando tocó el hombro del aesiriano. Qué raro. Se suponía que los fantasmas eran incorpóreos. Además ¿para qué necesitaba un espectro tantos abrigos? Dio un paso atrás cuando comprendió que no lidiaba con un fantasma y tomó aire para dar el grito de alarma.
Darius fue más rápido. Lo tomó del brazo, se lo torció con una llave y lo golpeó en la garganta con la mano libre. El arpía cayó al instante al suelo, pues el golpe le cortó la respiración. A Darius le alegró solo haberlo noqueado. No le habría gustado nada matarlo porque la pareció un buen sujeto. ¿Si no entonces por qué se habría tomado la molestia de ayudar a un alma miserable a cruzar al Más Allá?
Lo envolvió con las mantas para devolver el gesto amable. Así el vaniriano guardaría calor a pesar de la corriente helada que entraba por el agujero. Lo escondió en un rincón de la bodega. Después movió la alacena de sitio para esconder el hoyo en la pared. «Así lo utilizaré de nuevo cuando escapemos», decidió.
Salió del cuarto y tanteó las celdas. La mayoría estaban vacías, aunque algunas tenían prisioneros dormidos. Ninguno era el que buscaba. Pronto comprendió que debía ir a alguna sección especial de las mazmorras.


Como Hermien estaba atrasado, Enlil cerró los ojos y cabeceó. Se rodeó el tronco con los brazos. Ahora que lo pensaba, sí, tenía frío. Y sueño. Y hambre. Y sed. Y unas ganas terribles de estar en casa.
Apretó los ojos y pensó en lo mucho que le gustaría estar en Masca, junto a Sigfrid, el Emperador, Sakti, Darius... Los recordaba con muchísima nitidez, aunque quizá sus recuerdos estaban manipulados por el ansia de verlos. ¿Si no cómo podía explicar que tenía memorias extrañas donde Sakti y Sigfrid sonreían? ¡Argh, los extrañaba mucho!
Un remolino feroz le nació en el pecho y le subió por la garganta. Quiso gritar pero se contuvo. No podía darle ese placer a los vanirianos. No podía sucumbir. Había soportado tortura, encarcelamiento, hambre, frío, ¡así que no dejaría que todo eso fuera en vano solo por un momento de debilidad! Aunque era prisionero también todavía era General del Imperio Aesiriano. Todavía tenía que mantenerse firme por su país y su rey.
La celda se abrió. Cuando miró al sujeto se percató de que era cambio de guardia. No pudo ver la cara del carcelero porque la luz del exterior era más fuerte que las runas dentro de la celda, así que una sombra caía sobre el rostro del vaniriano. Aun así Enlil supo que no era Hermien porque la silueta carecía de alas.
—Dejó las cartas —dijo el General mientras señalaba el mazo—. Puede venir a recogerlas. No muerdo.
Acomodó las cartas al borde de las runas y retiró la mano, siempre viendo al suelo. Supo que el carcelero lo vería por un largo rato para asegurarse de que no había trampas, así que no le sorprendió el silencio. Lo que lo tomó por sorpresa fueron las palabras:
—No tengo tiempo para estas boberías. Andando.
Enlil levantó la mirada y arrugó la frente, pues todos los guardas sabían que no podía moverse sin que antes los kredoa removieran las marcas. Además, esa voz se le hacía familiar. Tenía tanto tedio y desprecio que se le parecía a alguien, ¿pero a quién…?
—Andando, hombre —se impacientó la figura—. No sé cuánto tiempo tendremos antes de que alguien venga. —Dentro de Enlil se prendió una chispita de esperanza.
—¿Eres aesiriano? ¿Pero cómo...?
—Eso no importa —lo cortó el otro—. ANDANDO. —Como Enlil no se movió la figura se impacientó y dio un paso hacia la celda. El General lo detuvo con un grito:
—¡ALTO! Las runas... No puedo salir por las runas. Absorben la magia aesiriana. —El otro retrocedió de inmediato y guardó silencio por un par de segundos.
—Espera aquí.
El desconocido se marchó. Enlil esperó a solas por un minuto y medio. ¿De verdad alguien lo ayudaba a escapar? Todavía no terminaba de creérselo cuando regresó el rescatista, quien traía consigo a alguien sobre los hombros. Enlil se sobresaltó cuando el tipo dejó caer a Hermien en la celda, justo en medio del General y la salida.
—Listo. Pasa por encima de él.
¿Pasar por encima de Hermien? El General lo lamentó un poco, pues el arpía macho fue un carcelero amable. Aun así todavía era vaniriano, todavía eran enemigos. Si tenía la oportunidad de escapar, si al fin se estaba dando el milagro, no podía objetar nada. Ni siquiera pasar por encima de un tipo simpático.
Avanzó por encima de Hermien tan rápido como pudo. Como no escuchó el «crack» de ningún hueso supuso que no le quebró ni una costilla al pobre vaniriano.
El truco del hombre misterioso funcionó y las runas permanecieron inactivas. Cuando alcanzó la salida, Enlil colocó las manos sobre los hombros del desconocido pues necesitaba apoyo. Era la primera vez en mucho tiempo que estaba erguido sobre sus dos piernas. Aunque la sensación le agradaba también estaba algo mareado.
Levantó la mirada para darle las gracias al rescatista, pero se detuvo en seco cuando reconoció el rostro de Darius. Enlil retrocedió de inmediato y miró al profeta con los ojos abiertos de par en par. El muchacho parecía malhumorado –lo cual era normal siempre que veía al General–, además de cansado y pálido.
—Uf, ya entendí —dijo Enlil mientras giraba sobre los talones para regresar a la celda—. Es una trampa para hacerme hablar, ¿verdad? Ante la idea de un rescate habría salido de mi celda brincando y bailando, tan solo para ser atrapado por las mangodrias unos pisos más abajo y sometido otra vez a tortura. Pero si querían que cayera en la trampa debieron pensar mejor qué forma adoptar. Darius jamás vendría a rescatarme. Que un kredoa se haga pasar por él no me engañará de nuevo. Pero fue un buen intento. La próxima vez intenten imitar a Sigfrid. —Enlil de verdad estuvo a punto de entrar pero Darius lo detuvo:
—¿Qué diablos te sucede? No —se corrigió—, no me importa saberlo. Lo único que me importa en este momento es que me obedezcas, mala pantomima de General, y que me sigas. No he hecho todo este viaje solo para que me des la espalda.
Como Darius continúo regañándolo, Enlil se giró otra vez para estudiarlo. Sí, tenía toda la pinta de ser su hijo. La forma en que lo veía, cómo lo ofendía y también la forma de expresarse…
Su hijo...
… en la tierra helada de los vanirianos...
… para salvarlo.
—... Así que no me hagas perder más tiempo, grandísimo anciano bruto que---
Enlil cortó las palabras de Darius con un abrazo. La mente del mestizo quedó en blanco y perdió la respiración en un santiamén. ¡Hasta le pareció que el corazón se le detuvo! Fue muy extraño estar ahí, delante de una celda vaniriana, tieso como una escoba y rodeado por los brazos de un hombre más alto que él. Luego recordó que el tipo que lo abrazaba era Enlil ¡y eso estaba muy mal!
—Suéltame si no quieres que te mate en este momento —masculló el mestizo. Todavía temblaba pero ya no de cansancio, sino de ira. Tenía las orejas acaloradas.
—Lo siento —se excusó Enlil mientras lo soltaba y reía—. Fue la emoción del momento. Tú... bueno, jamás creí que Sigfrid te enviaría a ti. Pensé que sería él o algún soldado, no tú...
—Oh —Darius estaba molesto—, ¿entonces me voy y esperamos sentados no sé cuántos años hasta que ellos se den cuenta de que no estás muerto, anciano? ¡Lamento que tengas que conformarte conmigo! Ahora muévete.
Enlil siguió a Darius hacia la alacena, pues ahora tendrían que descender la Torre desde afuera. Tras salir de las mazmorras caminaron por un corredor amplio y oscuro que conectaba con los cuartos de descanso de los guardas y la bodega de las frazadas.
—¿Qué quisiste decir con que se «den cuenta de que no estoy muerto»? —preguntó Enlil. Antes de que Darius pudiera responder alguien más lo hizo:
—Quiere decir que para los aesirianos usted está muerto, General. Ellos creen que fue víctima de la Maldición Tonare. —Era una voz dulce, aunque sonaba algo sorprendida. Enlil y Darius se detuvieron al instante, pues supieron que los habían descubierto.
La figura avanzó hacia ellos. Primero con duda y después con la certeza de un cazador ante la presa. Darius sintió un retortijón en el estómago. Los iban a atrapar. Cuando al fin la mujer estuvo cerca, el profeta vio que tenía una bonita tez morena, el cabello rosado y los ojos color miel.
—Abigahil —saludó Enlil aunque de mal modo—. Diría que me complace verte pero eso sería mentir. Yo no miento a las damas… O a eso que eres tú.
La mangodria le sonrió con dulzura. Sabía que Enlil la detestaba porque fue la encargada torturarlo en los últimos años. ¡Y vaya que sabía hacerlo! Si la mangodria comparara notas sobre métodos de tortura con Sigfrid, el Demonio Montag quedaría bastante sorprendido.
—¿Y quién es el chico guapo que lo acompaña, eh?
Abigahil miró a Darius con interés. No lo conocía, nunca lo había visto, pero una mirada bastó para reconocerlo. Al verle los ojos mestizos, el rostro de la mangodria se descompuso por la sorpresa. Abigahil dio un paso hacia él sin creer que estaba vivo, pero Enlil se interpuso en el camino.
—Aléjate —le ordenó.
Darius no necesitó más palabras ni gestos para saber que estaban en serios problemas. Bastaba con ver la posición de defensa de Enlil para comprender que nadie querría enfrentarse a esa mujer. Cuando Abigahil se recuperó de la sorpresa le dirigió una sonrisita que le heló la sangre. ¡Era igual a las sonrisas macabras de Sakti cuando quería que alguien sufriera!
De repente, una llama verde apareció entre Abigahil y los aesirianos. Enlil jaló a Darius antes de que fuera demasiado tarde. El fuego se expandió con rapidez y golpeó la pared cercana. Trozos de mármol congelado saltaron por los aires. Una cortina de polvo cubrió cayó sobre ellos. Darius cerró los ojos para que no se le metiera basurilla. Enlil no perdió tiempo; lo jaló por el pasillo a toda prisa, como si escapara de un enjambre de abejas.
—¡No tienen a dónde huir! —gritó Abigahil.
Cuando miró por encima del hombro, Darius descubrió más escombros de los que había imaginado. La mangodria los saltó con facilidad, como si fuera una gacela, y luego echó a correr tras ellos como si fuera un leopardo. Rápida y letal.
Entre más la veía más se le parecía a Sakti. Eso no era nada bueno. Recordó lo rápida y certera que era su amiga; la facilidad que tenía para convertirse en un borrón, aparecer al lado del oponente en un parpadeo y cortarlo a la mitad. Como las detonaciones de llamas verdes les pisaban los talones, Darius comprendió que la mangodria utilizaba piroquinesis. ¡No podía ser más parecida a Sakti!
Enlil se detuvo de repente. Había llegado a una intersección. En cada ruta había sombras de groliens y vanirianos ordinarios que se acercaban por la señal de alerta. Darius se detuvo también por un instante, pues no quería toparse de frente a los enemigos. Entonces una de las detonaciones explotó justo detrás de él. Enlil lo jaló de nuevo para que el fuego no lo alcanzara pero falló.
La onda de calor le alcanzó la pierna derecha. El dolor fue insoportable, como si miles de agujas se le clavaran a cada instante en la piel y le suministraran un veneno ardiente. De no ser porque Enlil lo sostuvo, Darius se abría dejado caer de inmediato. Todo se hizo muy borroso y confuso en un santiamén. No se percató de en qué momento el General lo recostó a una pared.
—¡Mantente despierto! —le gritó. Lo que Darius escuchó fue la risa de Abigahil, que hacía eco en el pasillo mientras se acercaba a ellos.
Enlil desapareció. El General corrió a toda prisa hacia la mangodria, desesperado. Cuando la alcanzó, Abigahil desenfundó la espada y lanzó una estocada. Enlil la esquivó con un inesperado movimiento rápido. Levantó la rodilla a toda velocidad y le dio un golpe en el abdomen. Aprovechó que la tomó desprevenida para agarrarla del brazo, se lo torció por detrás de la espalda y le quitó el arma.
Mientras tanto, los vanirianos llegaron al pasillo y corrieron para auxiliar a Abigahil. Darius, en medio del dolor, pensó que todo acabaría, que los vanirianos llegarían a él primero, lo matarían mientras estaba débil y después terminarían con Enlil. Incluso vio a un grolien que se dirigía a él con el hacha en alto. Un potente grito resonó por el pasillo:
—¡DETÉNGANSE!
Era Enlil, que logró poner a Abigahil de rodillas y se colocó detrás de ella. El General puso el filo de la espada debajo de la garganta de la mangodria y dijo:
—Si dan un paso más o si lo lastiman, mataré a su preciosa reina abeja. —Los vanirianos resoplaron cuando Enlil apretó el filo contra la piel de Abigahil para darle mayor peso a la amenaza.
—Te subestimé, viejo —susurró furiosa la mujer mientras veía la hoja de metal que le acariciaba la garganta—. No sabía que tenías todavía tanta energía.
—Es tu culpa, bruja —respondió Enlil con desprecio—. No debiste lastimar a mi hijo. ¡Darius! —El General miró al profeta—. ¿Puedes levantarte? Si es así ven para acá.
Darius estaba mareado por el dolor pero se incorporó en la pierna izquierda y avanzó. Antes de que pudiera recorrer tres metros una figura apareció en la retaguardia vaniriana. La mujer saltó tan rápido que Enlil no la vio a tiempo. Para cuando la notó, ella ya había alcanzado al profeta. Lemuria pateó la espalda de Darius, lo obligó a caer de rodillas y se colocó detrás de él, justo como Enlil estaba detrás de Abigahil. Solo que en lugar de una espada, Lemuria puso dos debajo de la garganta del mestizo.
—Hola, General —saludó la peli-verde, divertida—. Perdón por llegar tarde a la fiesta. Creo que ahora estamos en términos iguales para llevar a cabo un intercambio.
Enlil soltó una maldición, pues nunca se esperó que la otra mangodria de Vanir atrapara a Darius. Aunque Lemuria era juguetona, sus amenazas siempre eran serias. Ahora, por ejemplo, tenía las espadas justo por debajo de la yugular de Darius. Enlil sabía lo mucho que dolía una quemadura del fuego verde de Abigahil y que ni siquiera Sigfrid podría soportar el dolor por mucho tiempo. Si Darius perdía el conocimiento se caería de bruces y se cortaría solito el cuello. Lemuria sabía esto, así que aprovechó la condición del profeta para poner tiempo límite a la negociación.
—Suelte a mi amiga y haré que los mejores doctores se encarguen de su hijo —continuó la mangodria—. Es decir, le importa lo que pueda pasarle, ¿verdad?
Todavía sosteniendo las espadas, Lemuria se acuclilló al lado de Darius. Enlil apretó los dientes. Por eso decía que Lemuria era juguetona. Le encantaba acariciar a los prisioneros para ponerlos tensos y atacarlos en el momento menos esperado. La mujer metió la nariz en el cabello de Darius, le olió los mechones y luego le mordió la oreja, de la misma forma que lo habría hecho a un amante. Nunca apartó los ojos de Enlil, como si se lo hiciera a él.
—Tendrás que disculparme, Darius —susurró ella—, pero tengo cierta debilidad con los chicos. En especial uno tan interesante como tú. ¿Cómo es que sigues con vida, eh? Nuestros espías te vieron morir y aun así aquí estás. Aunque supongo que también es culpa mía, porque yo debía presentir que todavía estabas vivito y coleando.
—Pero no lo hiciste —le soltó el profeta, incómodo.
—No, no lo hice. —Los ojos de Lemuria sonrieron a Enlil mientras la mujer susurraba a Darius—: Míralo… Todavía no suelta a Abi, todavía planea salir de esta sin importar las consecuencias. Si en algo le importaras habría cedido de inmediato a mis condiciones.
Darius sabía que Lemuria quería hacerlo dudar de Enlil, ponerlo en contra del General. Lástima que el muchacho nunca confió en él y lo detestaba desde antes, así que el truco no funcionaría.
El General estaba tenso. No era tan idiota como para dejar libre a una bruja cruel como Abigahil, pero tampoco podía abandonar a Darius. Lemuria sabía lo que el profeta significaba para él.
Por eso también sabía cómo distraer al General. La mangodria se acercó más a Darius. Giró el cuello del mestizo para que la mirara de frente y le plantó un beso en los labios. Los vanirianos detrás de ella respingaron pero la reacción que se llevó el premio fue la de Enlil. El General abrió la boca de par en par y bajó la espada, como si el beso repentino desequilibrara el mundo entero.
Abigahil aprovechó la oportunidad dada por su hermana. Cuando Enlil bajó la guardia, ella giró el cuello y concentró una llamarada verde encima de la cabeza del General ¡para explotársela! El aesiriano percibió el flujo de sus pensamientos y les dio forma incluso antes que ella. La tomó del brazo y la tiró lejos, a la vez que él retrocedía.
—¡Mátalo, Abi! ¡Ahora! —gritó Lemuria a la vez que se levantaba. Estaba lista para saltar sobre Enlil si Abigahil necesitaba ayuda.
El General estaba en serios problemas. No podría combatir a dos mangodrias a la vez. Sabía que Abigahil ya estaba lista para incendiarlo. Si por algún milagro esquivaba el ataque, tendría a Lemuria en la espalda lista para cortarle el cuello.
—¡Espera!
Justo cuando Lemuria se dirigía hacia Enlil, Darius la tomó del brazo, la acercó a él y la besó. Los vanirianos respingaron otra vez, Abigahil se detuvo en seco por la sorpresa y Lemuria se petrificó. A Enlil le hizo gracia que la mente de la peli-verde quedara en blanco, como si se desconectara. En cambio la mente de Darius estaba muy despierta.
«AHORA», gritó el profeta en su interior para hacerse escuchar por Enlil. El General comprendió que era una distracción así que no perdió tiempo. Corrió hacia Darius porque supo que Abigahil se recuperaría más rápido de la impresión que Lemuria. Enlil sintió que una nueva flama lo perseguía. Tomó al profeta, dejando a Lemuria plantada en el mismo sitio,  y se lanzó a un lado. Abigahil apenas tuvo tiempo de corregir la dirección de la llama pues se había olvidado de que su amiga estaba allí.
Al cambiar la trayectoria del ataque dio de lleno contra una de las paredes, que quedó hecha pedazos. Al instante la tormenta exterior entró al pasillo y las llamas se disiparon. En menos de un santiamén la ventisca y la nieve conquistaron el pasadizo y lo convirtieron en un escenario de escarcha blanca. Para cuando la visión de los vanirianos se ajustó a las nuevas condiciones, Darius y Enlil habían desaparecido.


—Suéltame.
—No puedes correr.
—Aun así quiero que me sueltes.
Enlil bufó pero no soltó a Darius, sino que lo sostuvo del brazo con mayor fuerza. La nieve danzaba alrededor y los aullidos del viento los ensordecían. No había a dónde ir. El General utilizó la telequinesia para aligerar la caída pero ahora que estaban fuera de la Torre estaban a merced de los elementos.
—¿Cómo llegaste hasta aquí? ¿Tienes un medio de transporte? —Enlil esperó respuesta pero no la hubo—. ¡DARIUS!
—¿Hmmm…?
—No te duermas, tonto. No con este frío.
Darius levantó la mirada pero estaba muy cansado como para ver al General con odio. «Tengo que apresurarme», pensó Enlil. «Debo encontrar un sitio para ponerlo a salvo».
—¿Cómo llegaste aquí?
—Solo camina.
Enlil avanzó aun cuando no podía ver hacia dónde iba. Bien podía estar dando vueltas alrededor de la Torre y nunca se daría cuenta. Entonces vio una luz. Al inicio le alegró verla pero casi de inmediato pensó en dar media vuelta y apartarse. Una luz en el País de Hielo señalaba el lugar donde había un vaniriano. Pero, por otra parte, Darius necesitaba ayuda o de lo contrario perdería la pierna. O peor: moriría. No podía sacrificar el bienestar del muchacho a cambio de la promesa sin fundamentos de la libertad.
Hacia la luz, entonces.
En cuanto dio un paso hacia el faro, escuchó un gruñido detrás de él. Se giró para ver si se trataba de un grolien. No tuvo tiempo de defenderse. Una enorme bestia se le lanzó encima. Enlil cayó de espaldas junto a Darius pero desenfundó la espada que le robó a Abigahil para apartar al monstruo.
Sin embargo, el lobo le pisó el brazo y lanzó dentelladas al rostro del General aunque sin rozarlo. Cuando quedó claro que Enlil y Darius estaban a merced suya, la bestia los olfateó. Después de unos segundos lloriqueó y lamió el rostro del profeta para despertarlo.
—Darius, ¿estás bien? —preguntó—. ¿Este hombre te hizo daño? —El mestizo entreabrió los ojos. Tanto Enlil como el lobo se dieron cuenta de lo cansado que estaba.
—Estoy bien, Geri. Pero de verdad quiero irme de aquí.
—¿Y él? —preguntó el lobo—. ¿Qué hago con él? ¿Lo mato? —El animal acercó las fauces a la garganta de Enlil, listo para recibir la orden y romperle el cuello.
—Por mucho que me gustaría lo necesito con vida. Por él vinimos hasta aquí.
—Entiendo. —Geri se quitó y les dio espacio para que se levantaran. Cuando vio que Darius no podía sostenerse en una sola pierna se ofreció como apoyo y le dio unos toquecitos en la cabeza con la nariz para que se sintiera a salvo—. Todo está listo. Freki nos espera.
El lobo los condujo hacia la luz. Enlil vio que se trataba de un campamento vaniriano rodeado por carros gigantes. Esos eran los trineos que se utilizaban para cruzar el mar congelado e ir a la región Oeste del Imperio Aesiriano.
—Aquí, este — el lobo los guió hacia uno de los carros—. No hagan ruido, los campistas no saben que estamos aquí.
Enlil abrió la puerta trasera del carro y vio que el interior tenía espacio para unos cinco groliens. Más que suficiente para él y Darius. Además, había varias pieles de animales y lo que parecía ser una caja con provisiones. No dudó en entrar.
—Quédate aquí. —Enlil acostó a Darius en una piel extendida en el suelo—. Si puedes quítate la ropa y abrígate con una manta. Iré a ayudarlos con las pecheras.
Enlil salió de nuevo al frío y ayudó a Geri y a Freki a ponerse las pecheras. Luego los ató a las cadenas que jalaban el trineo. Antes de regresar al carro con Darius, escuchó un ronroneo metálico que se mezclaba con la ventisca.  Cuando levantó la mirada vio que una flota de castillos cruzaba el cielo a paso lento.
La tormenta no permitió ver detalles, pero vio que eran grandes como ciudades. Tenían luces que parpadeaban y flotaban hacia la dirección que él debía tomar.
—¿Qué haremos? —le preguntó uno de los lobos.
—Nada —respondió él—. No pueden vernos desde aquí. Es hora de irnos.
Los lobos echaron a correr apenas él subió al trineo. La ropa de Darius estaba en un rincón, empapada. El mestizo dormía con la espalda recostada a una pared y estaba cobijado con más pieles, pero dejó la pierna herida al descubierto. Enlil no era el mejor de los curanderos pero sabía que debía encargarse. «Lástima», pensó.  «Le quedará una cicatriz».
Se acercó para iniciar el trabajo pero se detuvo cuando Darius abrió los ojos de repente. Sus ojos lo miraron con resentimiento porque lo sabía: necesitaba de Enlil ahora. Necesitaba del hombre que más aborrecía en el mundo para sobrevivir.
—Déjame ver tu pierna —dijo Enlil en el tono más conciliador del que fue capaz—. Creo que de ahora en adelante estaremos juntos por un largo, largo, largo, largo, largo, laaaaargo tiempo. Que la diversión comience.


"Los Hijos de Aesir: Travesía bajo la sombra del Tercero © 2010-2017. Ángela Arias Molina

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Gracias por tomarse su tiempito y honrarme con sus comentarios. =^_____^=

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