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Capítulo 12

12
MÏRMA



El bochorno de la selva empezaba a hartar a Sakti. La zona Este era mucho más cálida que Masca y mucho más sofocante que la región Oeste. Para empeorarlo todo, el calor aumentaba entre más cerca estaban de la costa.
Aunque el mapa del Imperio mostraba un camino oficial en medio de una extensísima planicie que llevaba directo al mar, Dereck decidió que lo mejor era evitar los caminos más transitados y peligrosos como ese. La razón era simple: si los vanirianos ya habían conquistado no solo el Oeste, sino también el Este, lo más prudente era evitar caminos en los que resultara difícil ocultarse. La planicie era un perfecto ejemplo: amplia, sin árboles de por medio. Cualquier grupo como el de ellos sería visible a millas de distancia.
Por eso optaron por internarse a las montañas y bosques. A veces debían subir cumbres altísimas y entonces hacía más fresco. Pero en cuanto descendían al otro lado el calor era mil veces peor que el anterior.
Esto solo parecía molestar a Sakti y a los lobos, que dejaban un gran rastro de pelos cada vez que se sacudían o se rascaban como maniáticos para quitarse las hojas pegajosas que formaban parte de la selva del Este.
Al principio Dagda, Airgetlam y Connor resintieron tanto el calor como ella, pero pronto hasta lo encontraron divertido. El menor de los chicos se había criado en un pueblo donde disfrutaba de las cuatro estaciones, aunque el invierno era mucho más corto y cálido que en Masca. El verano era también más caliente que el de la Capital. Tardó poco en relacionar ese bochorno que aumentaba en el viaje con algunas vacaciones que disfrutó con sus padres adoptivos en otros pueblos de la región.
Los gemelos tenían una idea similar. Como Enlil los llevó a Masca cuando todavía eran muy pequeños, tenían escasos recuerdos de la Península y los alrededores. Por esa razón sentían que el calor les traía de vuelta algunas memorias sobre lugares que visitaron en compañía de sus padres y hermanos menores.
Darius, por supuesto, no podía estar mejor. Odiaba el frío hasta la muerte mientras que el calor mejoraba su ánimo. Él sabía que no estaba de vacaciones, sino de viaje para buscar ayuda y salvar a su hija en Masca. Aun así le era fácil unirse a los chicos para refrescarse en los ríos que encontraban, o contarles historias sobre el mar que a él le contaron cuando era niño.
Dereck, tan disciplinado como era, no se quejó del calor en ningún momento y se hizo cargo de apretar la marcha cuando notaba que alguno de sus acompañantes ya no resistía más. Todo con tal de que nadie se aletargara demasiado por el calor.
Para Sakti el viaje era insoportable, en especial a mediodía. Creía que podía soportar solamente el calor, y más le valía porque de lo contrario la pasaría muy mal cuando llegara al desierto. Pero lo que no toleraba era el bochorno, que la hacía sudar a chorros. A cada rato decía que lo que más extrañaba de Masca era que allí se podía bañar todos los días y cuántas veces lo deseara, mientras que en el camino debía esperar a llegar a un río y a estar sola para darse un chapuzón. ¡Todo para después reanudar la marcha y sudar de nuevo!
—¡Bua! —se quejó uno de los lobos mientras se lanzaba al suelo, rendido—. ¿Podemos, por favorcito, hacer una parada de emparedado ya?
—Apoyo a Freki —lo respaldó Connor—. Ya es más de mediodía y también me estoy muriendo de hambre.
Las «paradas de emparedado» fueron bautizadas así por Airgetlam, porque al principio del viaje fue muy difícil tener tiempo para cazar algo para el almuerzo. Connor resolvió el inconveniente al preparar emparedados con algunos sobros de carne que, por sí mismos, no habrían sido suficientes para satisfacer ni a dos de los viajeros. Además, los emparedados de Connor eran deliciosos, como todo lo que preparaba.
Al criarse como hijo de un par de cantineros, la cocina era una de sus cualidades. Airgetlam y Dagda eran incapaces de cocinar un par de huevos, Darius se las podía arreglar para preparar algo comestible sin que fuera muy elaborado, y Dereck y Sakti también podían cocinar si la ocasión lo ameritaba. Pero a ninguno le quedaba la comida como a Connor, por lo que en poco tiempo fue nombrado cocinero oficial del grupo. Él se encargaba de todo lo que consumían sus acompañantes y lo hacía de buena gana. Le gustaba sentirse apreciado por algo que hacía bien.
Aunque por lo general ya no almorzaban emparedados, las paradas que hacían para comer se quedaron con ese nombre.
—Resistan un poco más —les dijo Darius, sonriente—. A unos cien metros de aquí verán el próximo pueblo. Con suerte y hasta encontraremos posada para pasar la noche ahí.
Freki y Sakti refunfuñaron; los demás solo suspiraron por la fatiga. Desde temprano subían una pendiente muy inclinada. Como ya llevaban horas en eso creían que nunca alcanzarían la cima. Continuaron hasta llegar a lo que parecía ser un poste con un rótulo desteñido y lleno de lianas en lo alto de la pendiente. Darius se adelantó y dijo:
—Ya llegamos a… Mïrma… —La voz alegre bajó de tono de repente.
Cuando los demás lo alcanzaron, vieron lo que desanimó al profeta: un pueblo en ruinas. De Mïrma no quedaban más que piedras amontonadas, como si fuesen paredes, todas rodeadas de maleza. En el centro del pueblo todavía había una plaza, aunque estaba rota. Incluso la fuente en medio estaba destrozada.
Las calzadas, que también estaban hechas de piedra, trazaban una red de caminos dentro de Mïrma que comunicaban un extremo del pueblo con el otro. Había mucha maleza por encima de las calles y las raíces de los arbustos creaban grietas por doquier.
Con tan solo verlo, Sakti supo que fue un pueblo muy bonito. Nada muy elaborado en comparación con las ciudades hechas de mármol, pero sí modesto, rústico y agradable.
—¿Este era tu pueblo? —preguntó mientras veía la expresión melancólica de Darius.
—No —respondió él sin apartar la mirada de la plaza—. Me crié cerca de una villa que estaba a la orilla del mar. Todavía aquí estamos a dos días de llegar a la costa. —Hizo una pausa antes de seguir—. Después de Mïrma hay un puente colgante. Lo mejor es cruzarlo y comer al otro lado. De lo contrario algunos podrían vomitar el almuerzo.
—C-¿colgante? —preguntó Connor—. ¿De esos que se mueven mucho y que están sobre un río, a muchos metros de altura?
—Sí y es larguísimo. Como de trescientos metros —continuó Darius con una sonrisa para molestar al chico—. Tranquilo, es muy resistente. Hasta Mükael y los lobos podrán cruzarlo sin problemas.
Connor hizo un puchero pero siguió adelante. Para llegar a Mïrma debían bajar por un camino inclinado que llevaba un buen tiempo en desuso, pues también estaba plagado de maleza que crecía de un lado a otro. Mientras bajaban vieron el pueblo con más detalles.
—¿Cuánto tiempo crees que lleve deshabitado? —preguntó Sakti a Dereck.
—Quizá unos ocho años —calculó el Guardián—. Puede que más.
No solo había maleza en el suelo, sino también hojas tan grandes como sombrillas que crecieron tanto en algunas secciones que los viajeros tenían que saltarlas o pisarlas. Ni a los lobos ni a Mükael les gustaban esas plantas, porque se confundían con unas hojas similares que eran muy pegajosas y se adherían al pelaje en un santiamén. Incluso en una ocasión Sakti dejó una buena cantidad de mechones pegados en esas hojas cuando se recostó sin querer a un árbol cubierto de ellas.
Mientras descendían escucharon el trinado de unos pajarillos que Sakti desconocía y que sacaron una sonrisa a Darius. En otra parte vieron una rana pequeñita que los gemelos quisieron molestar, hasta que su padre les advirtió que lanzaba veneno a los ojos. En medio de tanto color y tanta vida, Dereck percibió un temblor que lo hizo detenerse.
Aunque los demás avanzaron, él permaneció inmóvil por unos segundos para sentir la vibración en los pies. Cuando estuvo seguro de lo que se avecinaba dio aviso a los demás:
—Hay que buscar refugio. Viene una estampida.
—¡Búfalos! —gritó muy animado Freki, pues ya imaginaba un gran almuerzo.
—No hay búfalos aquí —lo corrigió Darius a la vez que buscaba un sitio para ocultarse.
Podrían internarse al bosque pero sabía que era mala idea. Por el aumento de la vibración percibía que la estampida iba directo al follaje, así que eso sería meterse en el camino. Además, si se adentraban mucho en la selva podrían encontrarse con una fiera. Solo quedaban las ruinas de Mïrma, pero tendrían que correr a toda prisa para llegar a tiempo.
Dagda se encargó de jalar a Mükael de las riendas. Geri se echó a Connor sobre el lomo porque era el que corría más lento. Pero era peligroso avanzar rápido por ese camino tan inclinado y lleno de maleza, pues en cualquier momento alguien podría tropezar y romperse una pierna.
Mientras avanzaban –ni muy aprisa para no caer, y ni muy lento para llegar a tiempo– distinguieron por entre los árboles una figura que escapaba. La criatura apartaba con manotazos las ramas y lianas de la jungla. Quería llegar al camino que estaba un poco más despejado. Parecía que también quería refugiarse en el pueblo. A los chicos profetas les costó identificar la silueta pero Dereck lo hizo al instante.
—¡Darius, detente! —gritó. El soldado se detuvo, tomó el arco que llevaba a la espalda y cargó una flecha—. ¡Es un grolien!
Darius iba muy a la delantera. Escuchó a tiempo la advertencia de Dereck y vio al vaniriano por entre la maleza. Su primer instinto fue detenerse pero siguió avanzando porque creyó reconocer el pelaje castaño del grolien. Miró por encima del hombro para decirle a Dereck que no se preocupara por el vaniriano pero ya era muy tarde: el soldado ya tenía listo el arco.
Dereck disparó sin notar que Darius apretó la marcha y se acercaba ya a toda prisa al vaniriano. Solo lo vio una vez que la flecha estuvo a punto de alcanzar el blanco. El soldado apretó los labios, seguro de que el proyectil alcanzaría al mestizo. Sin embargo, la flecha se clavó en un árbol justo una milésima de segundo después de que el grolien se quitara del camino. Darius pasó unos instantes después, cuando el proyectil todavía vibraba en el tronco.
Dereck guardó el arco y echó a correr otra vez. ¡Tenía que alcanzar a Darius antes de que el grolien entrara en el camino e interceptara al profeta! Estaba seguro de que Darius iba disparado porque la inclinación le hizo perder el control y si se detenía rodaría por la pendiente. Entonces dejaría los dientes en el camino y se quebraría más de un hueso. Lástima que no llegaría a tiempo para socorrer al mestizo. Darius le llevaba mucha ventaja.
Por suerte Sakti ya trabajaba en eso. La princesa era la corredora más rápida y ágil del grupo. Hasta el momento se había contenido para no dejar a sus amigos atrás. Al ver que Darius necesitaba ayuda apretó el paso. Ahora corría a toda velocidad, saltando hojas, raíces y piedrecillas con la gracia de una gacela. Alcanzó a Darius y corrió junto a él.
—No tienes remedio —soltó la princesa al profeta en plena carrera—. Te gusta lastimarte por los vanirianos. —Se llevó la mano a la cintura para desenfundar la espada—. Déjame esto a mí.
Darius comprendió que la princesa haría su mejor movimiento: se convertiría en un borrón y luego aparecería al lado del grolien para cortarlo de un tajo. Darius apretó los dientes. No quería que Sakti matara al vaniriano. Agarró a la princesa de la cintura antes de que ella saltara para interceptar al grolien, y la lanzó a un lado del camino. Justo después, él chocó contra el vaniriano.
Los dos rodaron pendiente abajo hasta la entrada del pueblo, hechos un manojo de piernas y brazos. Gimieron juntos por los golpes que sufrieron. Era difícil saber quién estaba más adolorido. El grolien se levantó primero, tomó al profeta de los hombros y se preparó para lanzarlo tal y como Darius lanzó a Sakti. Se contuvo cuando vio los ojos del mestizo.
—¿Darius? ¡Darius!
Abrazó muy fuerte y entusiasmado al profeta, pero dio un paso atrás cuando llegaron los aesirianos. El primero fue Dereck, quien trastabilló al pie de la pendiente aunque ya tenía la espada desenvainada. Después llegaron los gemelos y el caballo, luego los lobos y Connor.
—Bájalo ahora mismo —ordenó el Guardián mientras se preparaba para atacar—. Te mataré si no obedeces.
El grolien soltó a Darius. El profeta se tambaleó cuando tocó suelo de nuevo y se apoyó en el vaniriano para no irse de bruces. La caída lo había desorientado pero no lo suficiente como para ignorar que el soldado atacaría en cualquier momento.
—Baja el arma, Dereck —pidió—. Lo conozco.
El Guardián frunció la frente. ¿De dónde conocería Darius a un vaniriano? El soldado mantuvo la espada en alto, listo para atacar. El grolien, sin embargo, se relajó por las palabras del mestizo. Lo miró como si estuviera a punto de llorar y exclamó:
—¡Estás vivo! Hace mucho que no sabemos de ti y de… —El grolien reparó en los gemelos y Connor. Los miró un rato con los ojos abiertos de par en par. Luego señaló a los chicos mientras balbuceaba—: ¿Son ellos? ¿Serán…?
Darius guardó silencio y bajó la mirada. Estaba ligeramente sonrojado, aunque bien podía ser por la carrera. Cuando miró a los ojos a su peculiar amigo respondió con voz quebrada:
—Sí, Dagda y Airgetlam, y el menor es Connor. —El grolien sonrió encantado, aunque las miradas confusas de los chicos le explicaron que ellos no tenían ni idea de qué ocurría.
—No me recuerdan —dijo un poco triste.
—Eran muy pequeños cuando nos fuimos.
—¿Y los demás? ¿Y Njord? —Darius bajó otra vez la mirada y despacio negó con la cabeza. Esa fue respuesta suficiente para el grolien—. Ah…
—Lo siento.
La voz de Darius se quebró de nuevo. Dereck y los chicos no podían estar más confundidos. ¿El profeta conocía a un vaniriano? ¿Y de dónde venía ese tono de tristeza? ¿Qué sucedía? Antes de que un silencio incómodo cayera sobre ellos, el grolien puso las manos sobre los hombros de Darius para consolarlo.
—Tranquilo. Estoy seguro de que no fue tu culpa. Me alegra que tú y los niños estén bien.
Darius esbozó una sonrisa triste. Al instante se dio cuenta de la condición de su amigo: el grolien tenía un corte grave en el muslo derecho y la sangre le escurría hasta el suelo.
—¿Qué te pasó? —preguntó alarmado. Como si fuera un recordatorio, el grolien se tensó y miró hacia la dirección de donde venía.
—Un grupo de vanirianos me persigue. Cuando me vieron intenté actuar con calma pero de inmediato supieron que no soy uno de ellos. ¿Te imaginas por qué?
Darius ya lo sabía, pero solo hasta ese momento se dieron cuenta los demás de lo peculiar que era este grolien. Dereck y Connor ya habían visto groliens como él, pero eran enormes, casi del tamaño de dos aesirianos juntos. Este, en cambio, apenas si le llevaba una cabeza a Darius. Lo que más sobresalía en él eran sus ojos, que eran mitad dorados y mitad verdes.
—¿Un grolien mestizo? ¡Ahora sí que lo he visto todo! —exclamó Dereck. Darius giró los ojos. Quiso poner al soldado en su lugar, pues el comentario fue grosero. Pero el tiempo apremiaba. La estampida estaba cada vez más cerca.
—¿Dónde está Allena? —preguntó mientras empujaba al grolien hacia las ruinas. Los chicos alzaron los hombros e hicieron muecas, pues no tenían ni idea de dónde estaba la princesa. La respuesta llegó entonces en muy malos términos.
—¡TE ODIO, DARIUS TONARE! —gritó Sakti. La chica llegó renqueando al pie de la pendiente, hecha una furia—. ¡ME TIRASTE! ¡ME TIRASTE!
Darius palideció al ver que Sakti estaba muy magullada. Tenía un raspón en la cabeza, las manos llenas de rasguños y un sinfín de espinas azules clavadas en brazos, piernas y el torso. Ella estaba tan, tan mal, que Darius ni siquiera se enfadó por recibir el máximo insulto: el apellido de Enlil.
—Cielos, perdóname —dijo mientras se le acercaba—. Pensé que caerías sobre algo, que…
—¡SÍ CAÍ SOBRE ALGO! —lo riñó ella—. ¡SOBRE UN MONTÓN DE ESPINAS!
Sakti agregó algo más pero Darius no pudo entenderla. Fue como si la lengua se le hubiese hinchado. La princesa jadeó y se rascó la garganta con una mano. Darius vio que en el cuello se le estaba formando una mancha rosada que se hinchaba muy rápido.
—Ëloria —dijo el grolien a la vez que señalaba las espinas—. La muchacha es alérgica.
—Genial —murmuró el profeta de mal modo—. Dime por favor que conoces un antídoto. —Su amigo asintió—. Bien. Dereck, tómala y escondámonos.
No perdieron más tiempo y se ocultaron en las ruinas. Los lobos y Connor se acomodaron detrás de unas rocas enormes, mientras que Mükael y Dagda se ocultaron detrás de lo que debió haber sido un hostal. Darius se escondió junto a Airgetlam y el grolien, mientras que Dereck y Sakti se acomodaron en una cuneta, al lado de lo que quedaba de una acera.
La estampida se hizo tan fuerte que mínimo debía tratarse de unos treinta groliens; todos más grandes que el amigo de Darius y gigantescos comparados con los aesirianos.
Dereck miró al profeta mestizo, a la vez que le enseñaba la espada que Sakti llevaba a la cintura. Cuando entendió el mensaje, Darius asintió y mostró el arma que él cargaba. Si lo peor sucedía los dos debían luchar. Dagda y Airgetlam recibieron entrenamiento militar y sabían combatir; no obstante, Darius prefería que los gemelos se mantuvieran al margen y protegieran a Connor y a Sakti.
Después de unos segundos se percató de que tomaron la decisión incorrecta. ¡Eran unos idiotas! Las estampidas de los groliens eran peligrosas porque nada se metía en su camino. Lo mismo podían derribar un árbol que una ciudad en ruinas. Si se quedaban allí ¡los groliens los aplastarían con todo y ruinas! Pero ya no tenían tiempo de huir. Si lo hacían los vanirianos los verían al instante y los perseguirían hasta la muerte.
Escuchó un disparo. El silbido del aire. El gemido de un vaniriano y luego la caída de un grolien.
Darius apretó los labios, seguro de que el imbécil de Dereck disparó el arco. ¡Entonces los vanirianos sabrían que alguien se escondía en las ruinas! Pero cuando miró al Guardián lo vio tan sorprendido como él. Dereck no había disparado. Ni siquiera tenía el arco listo.
Un nuevo disparo. Luego otro, otro, otro y otro… Una lluvia de flechas cayó sobre la manada de groliens aunque no fueron suficientes para derribarlos. Al parecer el primer caído tuvo mala suerte y recibió un disparo perfecto. Pero como el resto de groliens avanzaba a toda marcha era difícil atinar en un punto débil.
Dereck cubrió a Sakti mientras que los demás se encogieron. La manada estaba cada vez más cerca. Como las flechas caían sobre los vanirianos los proyectiles también comenzaban a caer sobre las ruinas. ¡En cualquier momento una flecha podía herirlos!
Justo cuando parecía que nada los salvaría ni de los groliens ni de las flechas, un torbellino de hojas y polvazal sopló sobre las ruinas y detuvo así la estampida. El viento azotó con fuerza y dejó ciegos a los vanirianos y a los aesirianos escondidos en las ruinas.
Dereck apretó más fuerte a Sakti para protegerla del vendaval. Entonces sintió que alguien lo agarraba del brazo. Lo alarmó aún más percibir que otra silueta agarraba a la princesa. El Guardián se levantó para atinar un golpe, preocupado de que alguien secuestrara a su protegida. Todo lo que consiguió fue golpearse la frente contra un árbol. El dolor lo hizo ver puntitos de colores por un tiempo. Cuando al fin la vista se le aclaró se percató de que estaba en medio de un bosque y no en la cuneta de Mïrma.
Al girar vio que sus compañeros también estaban ahí, junto a unas figuras encapuchadas armadas con arcos. Sin duda fueron ellas las que lanzaron la lluvia de flechas.
Los lobos-dragón estaban panza arriba, con una divertida expresión de sorpresa. Connor estaba sentado en la cima de una pirámide aesiriana. El menor de los profetas estaba sobre Dagda, quien estaba tirado sobre Airgetlam, él sobre Darius y Darius sobre el grolien mestizo.
Como los profetas todavía no se percataban de las figuras encapuchadas, Dereck decidió encargarse y enfrentarlas. Preparó un golpe a la más cercana pero se detuvo cuando las cuatro se quitaron la capucha. Eran mujeres. Dos tenían el cabello color rosado, una lo tenía verde y la otra era rubia. Dereck desechó la idea de atacarlas al ver que eran guapas.
Una avanzó hacia los profetas. Se hincó y tomó el rostro de Darius para inspeccionarlo. Lo miró detenidamente unos segundos. Luego le jaló las mejillas y le alborotó el cabello. Al principio el profeta estuvo un poco sorprendido por ese extraño trato, pero después dejó que le tocaran la cara como si fuera arcilla. Después de que la mujer le jalara como por décima vez las mejillas, hizo una larga pausa y miró los ojos mestizos de Darius.
—Sí, Miriam —dijo el profeta con una sonrisa—. Soy yo.
La mujer de cabello verde jaló a Darius de la cabeza y lo abrazó contra el pecho con mucha fuerza, muy feliz. El profeta gimió, pues no tenía espacio para respirar y sus hijos todavía estaban encima de él.
—¡Darius, Darius, Darius! —dijo Miriam—. ¡Ha pasado tanto, tanto, tanto tiempo! Pensábamos que…
—¿Se había muerto? —la cortó el grolien, que estaba al fondo—. Pues lo vas a matar si no lo sueltas ya. Lo estás asfixiando.
La peli-verde soltó a Darius mientras que las otras mujeres ayudaban a los gemelos y a Connor a levantarse. Una vez que el mestizo se incorporó las cuatro se lanzaron para abrazarlo y cubrirlo de besos.
—Maldito afortunado —murmuró Dereck entre dientes, envidioso.
¿Cómo era posible que de la nada salieran cuatro mujeres bonitas listas para lanzarse sobre el mestizo? No pudo envidiar más la suerte de Darius, pues alguien lo agarró de la pierna. Al bajar la mirada vio que Sakti estaba todavía en el suelo, con la garganta hinchada y los labios azules.
—¡AAAAAH! —gritó Dereck. Tomó a la princesa en brazos y corrió hacia el grolien—. ¡Dijiste que conocías un remedio! Haz algo pronto, ¡haz algo ya! ¡Se va a morir y luego a mí me van a asar vivo!
Al ver que la muchacha estaba en problemas, las mujeres se apartaron de Darius para ayudar. Recostaron a Sakti a un árbol. Dos comenzaron a quitar las espinas mientras otra arrimaba una bota a los labios de la princesa para que bebiera un líquido rojizo. Sakti tenía la lengua tan hinchada que al principio el antídoto se le escurrió por la barbilla. Al cabo de unos minutos pudo tomar sin derramar. Para cuando terminaron de sacarle las espinas, Sakti estaba tan agitada y cansada que tuvieron que esperar a que se le bajara el resto de la inflamación antes de ponerse en camino.
Una de las peli-rosadas regresó al lado de Darius y se le guindó al brazo, cariñosa.
—Hace mucho que no te veíamos —dijo. La rubia también se acercó y tomó el otro brazo del mestizo.
—Ni un aviso, ni una carta, ¡nada! —le reprochó—. Los dábamos por muertos. —Obligó a Darius a que la mirara a los ojos—. ¿Qué pasó? Cuando fuimos a visitarlos nos dijeron que los habían secuestrado. —Como Darius apartó la mirada y mantuvo los labios apretados, la mujer siguió con las preguntas—: ¿Dónde están los niños? ¿Dónde está Njord?
El silencio cayó en el bosque. Dagda, Airgetlam y Connor sabían que hablaban de ellos, pero no se atrevieron a decir nada porque también preguntaban por su madre muerta. ¿Cómo podían hablar sobre eso? Comprendían por qué Darius tampoco podía hablar. El interrogatorio debía de ser mil veces peor para él, pues sí recordaba la muerte de Njord con detalles.
—Lo siento —murmuró al fin Darius.
Sin necesidad de agregar las palabras fatales, lo dijo todo. Las mujeres que lo sostenían se apartaron de él, temblorosas. Era curioso cómo esas dos pequeñas palabras podían decir cosas tan grandes. Las mujeres que todavía estaban con Sakti también se estremecieron. Se cubrieron la boca con la mano para contener un grito.
—¿Está muerta? —preguntó al fin la rubia con un murmullo casi inaudible. Darius apretó los ojos y asintió.
—Lo siento —repitió.
La primera que lloró fue la rubia. Por un momento Dereck y Sakti creyeron que la mujer se apartaría y le gritaría a Darius. Fuera cual fuese su relación con la esposa difunta del profeta, parecía muy cercana. Pero casi de inmediato regresó al lado del mestizo y enterró el rostro en el pecho de Darius para que la consolara. Las demás también comenzaron a llorar y rodearon a Darius. Hasta el grolien se unió al abrazo colectivo, también con lágrimas.
A Darius también se le empañaron los ojos aunque se contuvo con éxito. Sakti lo tenía por llorón, pero sabía que a él no le gustaba llorar delante de otra gente. Con ella hacía la excepción. Por la cara que tenía en ese momento, la princesa supo que hacía un esfuerzo tremendo para no echarse al suelo a llorar como loco. Todo lo que podía hacer era frotar la espalda de las mujeres y susurrar una y otra vez que lo sentía.
Al fin una se calmó y se abofeteó a sí misma para recuperar la compostura. Miró a Darius con los ojos irritados. La voz le tembló un poco cuando le preguntó qué había sucedido. Era el momento de la verdad. Darius abrió la boca un par de veces pero no logró decir palabra. Decidió ir por lo fácil cuando se dio cuenta de que no podía comenzarse a explicar.
—Los gemelos son Dagda y Airgetlam —dijo mientras señalaba a los chicos, que estaban junto a los lobos—. El menor es Connor.
Todavía no tenía el corazón para decirles que Fenran estaba muerto y que no tenía idea de dónde estaba Drake. Todavía no podía decirlo pero sabía que tarde o temprano debía referirse a ellos.
—Niños —los llamó—. Saluden.
Muy obedientes, los tres chicos esbozaron una sonrisita nerviosa e hicieron un gesto con la mano, aunque quedaba claro de que no tenían ni idea de qué ocurría. Lo más difícil era que las mujeres y el grolien los veían con muchísima ternura, ¿pero cómo podían ellos corresponder el gesto cuando no los conocían? La rubia –que parecía la más locuaz– se acercó a ellos y tomó a Airgetlam del rostro.
—Eres igualito a tu padre —le dijo—. No me digas que también tienes tantos problemas como él para relacionarte con mujeres, ¿eh? —Eso sacó una risita entre los chicos, aunque Darius giró los ojos. ¡Siempre lo molestaban por eso! Como la mujer vio que la risa era todo lo que iba a obtener del gemelo, soltó un suspiró triste y dijo—: No me recuerdas.
—No, lo siento —respondió Airgetlam.
La rubia lo soltó y él se quedó mirándola largo rato. Ese rostro… se le hacía familiar. Había algo en ella que se le hacía conocido pero no podía situar qué era.
—Se parece a Zoe —dijo entonces Dagda. Tenía los ojos muy entrecerrados y miraba con atención a la mujer. Ella sonrió radiante y se corrió un mechón de cabello, muy coqueta y orgullosa.
—¡Al fin lo notas! Claro que me le parezco, soy su tía. A que ella tiene suerte de parecerse a mí, ¿eh? Pobrecita si se hubiera parecido a Miriam.
—¡Ja! —rio la peli-verde, claramente molesta—. Le habría servido más parecerse a mí. Yo soy más bonita que tú, ¿verdad, Darius? —Miriam se aferró a un brazo del profeta y dijo—: Por eso Njord me dijo que si algo le pasaba a ella yo tenía derecho a quedarme con su esposo. Ahora Darius es mío.
—¡¿Qué?! —preguntó el mestizo con un grito. Darius saltó en su sitio y se puso pálido y colorado a la vez, de una forma muy extraña. Miriam intentó contenerse pero al final se carcajeó. Tomó el brazo del profeta y se lo mostró a las demás.
—¡Ja, ja, ja! ¡Nunca falla! Hasta se le erizó el vello de los brazos, ¡ja, ja, ja!
Las cuatro se rieron a costa de Darius, ¡hasta el grolien se carcajeó! Darius lo aguantó con dignidad. Sabía que se burlaban de él pero no tenía muy claro si el comentario de Miriam era en serio o en broma. Para añadir leña al fuego, una de las peli-rosadas se le acercó con un movimiento sensual y le hizo una caricia provocadora en el rostro.
—No dejes que Miri te ponga nervioso —le dijo. Se puso de puntillas para susurrarle al oído—: Nosotras tres también podemos ser muy tentadoras a veces. Ya sabes que estás entre nuestros favoritos, así que ten cuidado…
El profeta se estremeció de pies a cabeza y se sonrojó violentamente. Apartó la mirada pero ya el daño estaba hecho. ¡Argh, siempre era así con ellas! No podían pasar ni diez minutos para que comenzaran a hacerle bromas de ese tipo. Lo único bueno de eso era que habían dejado de llorar. Lástima que a costa suya.
—Ejem, ejem —tosió Dereck. El Guardián seguía al lado de Sakti, viendo junto a ella a ese grupo tan extravagante—. Darius, ¿podrías presentarnos?
Darius soltó un suspiro y agradeció la intervención del soldado para cambiar de tema. De lo contrario ¡ya Miriam y las demás lo habrían ridiculizado unas veinte veces!
—Ellos son Dereck y Allena —dijo mientras señalaba al oficial y a la princesa. Siguió con los lobos y los chicos—: Geri y Freki, y ya conocen a Airgetlam, Dagda y Connor. —Miró al otro grupo y empezó las presentaciones con el grolien—. Ellos son Vash, Eleanor, Miriam, Frigg y Frey. Mi cuñado y mis cuñadas.


Connor iba agarrado de la mano de una de sus tías y evitaba mirar para abajo mientras cruzaba el puente colgante. Delante de él, uno de los gemelos llevaba las riendas de Mükael y hablaba con el tío Vash. El otro iba detrás, escuchando historias sobre las bromas que sus tías le gastaron a Darius cuando lo estaban conociendo.
Como Sakti todavía estaba muy débil para ir por su cuenta, Dereck la cargaba en la espalda. El soldado iba justo detrás de Darius, con lo que la princesa aprovechaba para dirigir miradas asesinas a su mejor amigo. Todavía no lo perdonaba por tirarla a las espinas. Finalmente, Geri y Freki cerraban la marcha.
—Está muy alto —se quejó Connor.
Más arriba rompía una catarata altísima que se perdía de vista gracias al recodo del río. A pesar de la distancia les llegó parte de la cortina de agua de la cascada y los empapó.
—Tu padre cayó desde esa catarata —dijo la tía Eleanor, una de las peli-rosadas—. Así fue como conoció a Njord.
—¡SHHHHHHH! —la calló Darius—. No le cuentes, por favor.
—¿Por qué? ¡A los niños les encanta escuchar cómo es que sus padres se conocieron! —Darius supo que Connor se moría de la curiosidad pero aun así se negó rotundamente.
—Pretendo que los chicos me guarden un poco de respeto. Si les cuentas todo se vendrá abajo.
Guardó silencio y miró a Eleanor de manera significativa. ¡De verdad no quería que sus hijos conocieran ese trágico episodio! La peli-rosada giró los ojos pero respetó el deseo de su cuñado. Dijo:
—El punto es que si te caes sobrevivirás. A tu padre no le fue tan mal.
Darius murmuró algo sobre un golpe en la cabeza y de la suerte que tenía de no estar tonto en ese momento. Ignoró la conversación entre Eleanor y Connor, y miró por encima del hombro las ruinas de Mïrma, que se perdían a la distancia entre la neblina del agua.
—¿Qué pasa? —le preguntó Airgetlam, que iba junto a él.
La tía con la que habló antes se había quedado atrás para charlar con Dereck. Darius giró los ojos. Miriam nunca cambiaba. Cada vez que veía a un tipo guapo, rapidito se pavoneaba delante de él. Y ese Dereck… ¡El soldado estaba encantado con las atenciones de la peli-verde! Si de repente se olvidaba de Sakti y la dejaba caer, a Darius no le sorprendería.
Como eso no era asunto suyo, Darius miró a Airgetlam y respondió:
—Nada, no ocurre nada. —Apenas lo dijo se dio cuenta de que sonaba a mentira. Su hijo también lo notó, pues enarcó una ceja interrogativa. Como supo que no se libraría de las preguntas del muchacho, Darius soltó un suspiro de resignación y explicó—: Tu madre y yo solíamos ir todos los años al festival de verano que se celebraba en Mïrma. Me cuesta creer que el pueblo ya no esté.
—Oh. —La confesión tomó desprevenido a Airgetlam y no supo qué decir por unos instantes. Después se animó a preguntar—: ¿También cuando Dagda y yo ya habíamos nacido?
—Por supuesto. Veníamos no solo a la fiesta, sino también a visitar a tus tías, tío y abuelo.
—¿Abuelo? —El único «abuelo» del que sabía era Enlil y no consideraba al viejo General como tal.
Llegaron al final del puente. Cuando el último lobo terminó de cruzarlo las maderas empapadas crujieron como si les alegrara deshacerse del peso de los viajeros. A Darius le sorprendió que pese a que Mïrma estuviera destruida el puente colgante se mantuviera en tan buen estado. Ojalá la casa de sus cuñadas y cuñado estuviera en iguales condiciones.
Caminaron rumbo a la costa por unos veinte minutos. Después entraron al bosque por un trillo tan delgado que tuvieron que cruzarlo en fila india. Ahora no solo estaban empapados por la cortina de agua sino también con el sudor del bochorno del bosque. Hasta Darius estaba un poco cansado y supo que Sakti estaría refunfuñando por el calor de no ser porque estaba agotada por la alergia.
Al fin el profeta vislumbró el claro donde estaba la casa de la familia de su esposa. Sin embargo, nada era como lo recordaba. Se quedó inmóvil a una orilla del claro, con los ojos abiertos de par en par al ver que de la casa solo quedaban las bases de piedra, cubiertas por un montón de paja. Se habría quedado petrificado por más tiempo de no ser por una de sus cuñadas, quien lo empujó para que el resto pudiera avanzar.
—¿Qué pasó? —preguntó mientras se acercaban a lo que quedaba de la casa.
—Seguro fue un ataque vaniriano —comentó Dereck detrás de él.
—Ja, claro… —se rio Vash un poco sarcástico—. En realidad fueron los aesirianos de Mïrma. O los que sobrevivieron después del ataque.
El grolien mestizo explicó que hace unos años los vanirianos atacaron varios poblados que estaban cerca de la costa y uno de ellos fue Mïrma. A pesar de que el ataque fue muy fuerte, los enemigos no se acercaron a la casa de la familia pues estaba fuera del camino principal. Además, la casa solo podía verse desde lejos si la chimenea estaba encendida.
Aunque pareció que se salvaron por los pelos de un asalto vaniriano no contaron con que los aesirianos sobrevivientes los buscaran para «rendir cuentas».
—Ya sabes que nunca fueron muy amables con nosotros porque Vash nació grolien —explicó Frigg—. Pensaron que tuvimos algo que ver con el ataque a Mïrma. Pero estamos bien, no hay nada que lamentar.
Darius calló aunque no estaba de acuerdo. ¡Era muy injusto que ellos perdieran su casa por culpa de un estúpido prejuicio! ¿Dónde vivían ahora sus cuñadas y cuñado? ¿En una cueva, como animales? La idea le hizo hervir la sangre. Una de las hermanas se acercó a los restos de la vivienda y levantó una trampilla cubierta de paja.
—¡Ya estamos en casa! —anunció muy feliz—. Oh, tienes que venir, ¡ven, ven! Apresúrate.
Unos instantes después Darius vio que Garrow, su suegro, salía de la casa destrozada.

"Los Hijos de Aesir: Travesía bajo la sombra del Tercero" © 2010-2017. Ángela Arias Molina

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No es necesario que dejen su nombre, aunque se los agradecería para poder darle las gracias cada vez que publique de nuevo, ya que quiero dar crédito a las sugerencias que me hagan.
Gracias por tomarse su tiempito y honrarme con sus comentarios. =^_____^=

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