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Una nueva criatura de ojos miel

UNA NUEVA CRIATURA DE OJOS MIEL




Abigahil miró con reprobación el gran hoyo en la pared. No era culpa suya que el General tuviera la grandiosa idea de quitarse del camino para herir a Lemuria, pero aun así estaba muy avergonzada de ser la causa de que la Torre tuviera un desperfecto más.
Lemuria ya había ordenado a los guardas que se retiraran y buscaran a los fugitivos. Si no actuaban pronto, Enlil y Darius morirían congelados. Los vanirianos no podían perderlos. El General todavía podía darles información militar de los enemigos y los poderes de un profeta serían de mucha ayuda en la guerra.
Abigahil no tenía esperanza de que los encontraran a tiempo. Si la ventisca no los había matado ya, entonces consiguieron escapar. Después de todo ¿cómo logró Darius llegar a la Capital vaniriana sin un medio de transporte? De seguro que tenía cómo salir del País de Hielo.
En ese momento escuchó pasos que hicieron que su corazón latiera más aprisa. Reconocía el peso de los pies, la fragancia del cabello y la piel, el aura magnífica de hombre con deseo de mujer… Abigahil se giró a tiempo para recibir a Vanir. Debía disculparse por el desliz con el fuego verde.
—¿Escapó? —preguntó el rey.
—Escaparon, señor —respondió avergonzada—. En plural. El profeta Darius todavía vive.
Vanir tensó los labios, con lo que Abigahil supo que la noticia no era de su agrado. Sin embargo, al poco tiempo esbozó una pequeña sonrisa y dijo:
—Quizá es lo mejor. Tal vez al final tendremos que utilizarlo a él en lugar de a sus hijos. O quizá… —Vanir sonrió más—. O quizá debemos asegurarnos de que la maldición de su Casa no lo consuma a él sino a sus cachorros. —Abigahil sonrió al comprender las palabras del rey—. Todavía guardo el alma maldita de los Tonare. Dejaremos que uno de los cachorros la encuentre. ¿Lemuria?
La mangodria peli-verde estaba al lado de Abigahil, ensimismada en sus pensamientos, con la mirada perdida en la furiosa tormenta que soplaba en el exterior. Cuando Vanir la llamó dio un pequeño salto, como si acabase de regresar a la realidad. Primero vio a su amiga, después al rey y luego se sonrojó.
—Lo siento —murmuró—. Es solo que él… Bueno, él se sobrepasó.
Vanir tensó otra vez los labios, disgustado, y caminó hacia Lemuria. Colocó los dedos sobre los labios de la mangodria. El rey torció la boca con desagrado.
—Hay que hacer algo al respecto.
—Sí. Hay que hacerlo pagar. Porque yo soy solo suya. —Lemuria sonrió con picardía—. No puedo permitir que haya otros labios que me gusten además de los suyos y los de Darius me han gustado mucho. Hay que encargarse de él. —Vanir le obsequió una sonrisa tierna y luego la abrazó con afecto.
—Bien. Entonces solo debemos ver los designios del arma. Ella decidirá el momento y el lugar para cruzarse en el camino de un vástago de los Tonare, pero…
—… las personas se encuentran dos veces en la vida —continuó Abigahil—, para así saldar cuentas.
—Exacto. Ya que el profeta tiene una deuda con Lemuria, estoy seguro de que al arma le agradará usarla como medio para llegar a las manos del cachorro que herirá su costado.
Vanir abrió el abrazo para invitar a Abigahil. La mangodria se acercó complacida, pues sabía que el rey ni siquiera se molestó por lo ocurrido a la Torre. Era tan bueno estar cerca de él, sin preocuparse de lastimarlo; era tan bueno sentir su cuerpo cálido en lugar de frío. Aunque ambas lo amaban y no les importaba la apariencia cadavérica que tenía de vez en cuando, lo preferían tal y como lo tenían ahora: como un hombre joven, castaño y de ojos rojos.
—Entonces ¿los dejamos escapar? —preguntó Lemuria—. Sería catastrófico si se nos adelantan.
—No pueden viajar más rápido que nuestras tropas, querida mía. Para cuando lleguen a Masca será demasiado tarde. —Tras hacer cálculos mentales, Abigahil se separó del rey para verlo a los ojos.
—¿Eso significa que adelantaremos la invasión?
—Sí, así es. —Después agregó—: ¿Te interesaría ser reina de Masca? ¿Te gustaría arrancar la corona del Emperador en mi lugar? —Abigahil miró a Vanir de la misma forma que una niña miraría a su padre después de que este le prometiera comprarle un poni—. Entonces que no se diga más. Tú serás la encargada de la invasión a Masca. Tu misión es matar al Emperador y reclamar su Trono.
—¡Gracias! —exclamó Abigahil.
—En cuanto a ti, mi Lemuria…
La mangodria peli-verde miró a Vanir con ansiedad, ya que envidiaba la suerte de su amiga. ¿Reina de Masca? ¡Eso sonaba muy bien! El rey era equitativo con ellas, así que era de esperar que le diera un honor similar.
—A ti te daré tres responsabilidades muy grandes. La primera, y a la que darás prioridad, es la de entregar el arma para perpetuar la maldición. La segunda será asesorar la recuperación de las ruinas en el desierto. Pero será la tercera la que te consumirá más tiempo.
Vanir chascó los dedos y se separó de las mangodrias para permitirles ver la figura que se acercaba a ellas.
—Kiria está casi lista. ¿Podrías completarla por mí?
Lemuria y Abigahil miraron a una niña de unos doce años que temblaba de frío. Llevaba un abrigo de piel. A pesar de tener también guantes soplaba sobre las manos y se las frotaba para ganar algo de calor. Kiria las miraba con muchísima timidez porque sabía que todavía no calzaba muy bien con lo que se esperaba de una mangodria.
Aunque Lemuria sabía que Vanir le pedía hacer de niñera, sonrió. La pequeña Kiria le recordaba a ella y a Abigahil cuando tuvieron su edad. ¿Cómo podía abandonar a su hermanita pequeña cuando la necesitaba tanto?
—Quiero que le enseñes a liderar una armada. Encárgate por un tiempo de las ruinas en el desierto, deja que ella aprenda de ti y, después, cuando consideres que está lista, déjala a cargo. Entonces podrás asegurarte de que el arma caiga en las manos correctas.
—Si las condiciones son adecuadas puedo hacer ambas cosas al mismo tiempo —respondió Lemuria con una sonrisa. Vanir le plantó un beso en la frente.
—Esa es mi niña. Por eso te amo tanto. A las tres. —Miró a Kiria—. Ven aquí. Tú también eres mía.
Kiria titubeó al principio, pero se acercó a Vanir y a sus dos hermanas. Dejó que el rey las estrechara a ella, a Abigahil y a Lemuria, como si las tres fueran una sola mujer.
Vanir las miró complacido. Tres mangodrias en una misma era. Tres mujeres con el terrible don del fuego. Tres Generalas vanirianas capaces de enfrentar a sus contrapartes aesirianas. Tres pares de ojos color miel que lo miraban como padre, amigo y hombre.
Tres magníficas piezas a las que sacaría el mejor de los provechos.


"Los Hijos de Aesir: Travesía bajo la sombra del Tercero" © 2010-2017. Ángela Arias Molina

2 comentarios :

  1. Hola, pasaba rápido, solo para felicitarte por la mención en el periódico La Teja de ayer, sigue con tu calidad de siempre. ¡Nos leémos!

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  2. Muchas gracias, BIMAGO. Estaba enterada de que iban a hacer una mención sobre el blog en el periódico, pero aún así la emoción no se va. Personas como vos y Mauricio Vargas -el redactor de la columna- hacen que me sienta más a gusto con mi trabajo y me animan a seguir adelante y a dar lo mejor de mí. ¡Mil gracias! Nos leemos ;)

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¡Hola! Muchas gracias por leer este capítulo de "Los hijos de Aesir". Puedes ayudar a la autora al calificar la lectura en la barra de calificación (está un poquito más arriba). O mejor aún ¡deja un comentario! Toda crítica constructiva es bienvenida. ¡Muchas gracias!
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