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Capítulo 13

13
SANGRE MESTIZA



Cuando lo vieron, Dereck murmuró algo sobre lo terrorífico que era para un hombre conocer a su suegro pero el profeta no lo creía. A decir verdad, él y Garrow se llevaban muy bien. Aunque el mestizo no sabía si su suegro se tomaría la muerte de Njord con calma. Después de todo, él no se tomaría muy bien la muerte de Zoe si algo le pasaba.
Garrow era un hombre mayor, con la barba corta llena de canas, igual que el cabello y las cejas. Separaba mucho las piernas al mantenerse en pie, ya que tenía un tronco grueso por la suma de músculos y barriga. Sus ojos eran serios, casi fríos, así que la primera impresión que daba era la de una persona severa.
Pero cuando vio a Darius la expresión se le iluminó como si fuera un niño. Cuando se acercó al mestizo no le estrechó la mano con frialdad, sino que lo abrazó como a un hijo más. Darius le devolvió el abrazo. Aunque Miriam y las demás siempre le gastaban bromas, él las quería. Quería a toda la familia, se sentía cómodo con ellos pues siempre lo trataron como a uno más del clan.
Garrow se separó de Darius y miró a los chicos. Supo que los gemelos eran Dagda y Airgetlam –aunque no tenía ni idea de cuál era cuál– y no tardó en reconocer a Connor.
—Cuando ustedes eran pequeños —dijo a los mayores— me los llevaba a escondidas a cabalgar. Una vez Njord se enteró y casi me parte la cara.
Garrow se rio por el recuerdo. Darius apretó los labios, seguro de que pronto el anciano le preguntaría por Njord y los otros chicos. Aunque Garrow entrecerró los ojos y a todas luces se extrañó por la familia reducida, no dijo nada al respecto. En lugar de eso miró a Connor con afecto como si mirara ahora al recién nacido que nunca pudo ver.
—A ti no tuve tiempo de conocerte. Desaparecieron una semana antes de que pudiéramos visitar a tus padres para verte. Cuando supimos que los secuestraron nos preocupamos por todos los niños, pero por ti nos angustiamos el triple. Tan solo tenías tres semanas. No pensamos que tuvieras posibilidades de sobrevivir si lo peor sucedía.
Darius hizo una mueca al escuchar esas palabras. Era cierto: Connor fue el que tuvo menos probabilidades de sobrevivir. Aun así fue el más afortunado de todos, pues creció libre y en un ambiente amoroso en lugar de estar prisionero en Masca o vagando en el Reino de los espíritus.
Se estremeció al pensar que allí eran donde estaban Njord y su pequeño Fenran. Quizá Drake también. Con tan solo pensarlo le escocieron los ojos y tuvo que esforzarse para no llorar. ¿Cómo podía explicarle a Garrow lo que ocurrió? ¿Cómo se le plantaría delante para decirle que su hija Njord y su nieto Fenran estaban muertos? ¿Cómo le diría que lo más probable era que Drake también?
Sintió la gran mano del anciano sobre el hombro. Miró a Garrow con culpa, segurísimo de que tendría que decírselo todo en ese momento. Su suegro le dio una triste media sonrisa. Ah, lo sabía, sabía que algo no iba bien. Pero por el momento no tenía intención de presionar a Darius. El profeta se lo agradeció. Garrow siempre respetó su espacio y nunca lo forzó a decir o hacer algo que no quería. Era bueno que todavía fuera el mismo.
Como si quisiera cortar el silencio incómodo que caía sobre ellos, el anciano miró a Dereck y a Sakti. De inmediato abrió los ojos de par en par.
—¡Ay! —exclamó—. Nunca había visto a alguien tan hinchado. Nunca es buena idea punzarse con esas espinas, menos si se tiene alergia.
Sakti entrecerró los ojos sobre Garrow, como si le dijera «¡Cállese! No tiene idea de lo que está hablando». Darius se lamentó. Su suegro acababa de echarle leña al fuego del resentimiento de Sakti, ¡y la princesa veía otra vez feo al profeta! Ella quería agarrarlo a golpes por el incidente, pero como no podía en cualquier momento le ordenaría a Dereck que se encargara del asunto.
Garrow los invitó a pasar al refugio pues le preocupó el estado de Sakti.
—Aunque la hinchazón más grave ya pasó en cualquier momento puede reactivarse. Si no bebe más antídoto podría ahogarse en las próximas horas.
El interior de la casa era casi todo de tierra, con excepción de unos escalones de madera por aquí y unas hojas enormes por allá. Garrow, Vash y las mujeres se las habían arreglado para construir una choza subterránea que incluso tenía una hoguera donde hervía una olla con agua. Encima había una chimenea de tierra que transportaba el humo. Como no vio ninguna señal en el exterior, Darius imaginó que debía de conectar con un túnel que llevaba el humo a otra parte.
Vash, que se había quedado afuera con los lobos y el caballo, entró al refugio a través de unas enormes puertas de madera al otro lado. Esas eran las puertas que daban al sótano de la casa. «Ah, entiendo. Esto antes era el sótano. Ahora es su hogar». Aunque no era tan cómodo como la antigua choza, sí era mucho mejor que una cueva. Se sintió muy orgulloso del ingenio de su familia y de su instinto de supervivencia.
El grolien acomodó a Geri, Freki y Mükael en una sección un poco más amplia del refugio, donde él tenía su colchón de paja para dormir.
—No es bueno que se queden afuera —explicó—. De vez en cuando rondan patrullas vanirianas por aquí. Los descubrirían en un santiamén.
Garrow y sus hijas se pusieron manos a la obra para hacer más antídoto para Sakti. Sin importar cuánto bebiera, siempre le quedaban ronchas que se hinchaban otra vez al poco tiempo. Por eso se pasaron todo el día preparando más antídoto y se saltaron el almuerzo. Era de noche para cuando al fin Sakti ya pudo respirar mejor, así que tuvieron que conformarse con una sopa como cena.
—Con todo no nos ha explicado cómo cayó sobre las espinas —dijo Garrow mientras le servía un tazón a la muchacha.
Sakti dirigió una mirada asesina a Darius. El mestizo se estremeció y ocultó la expresión culpable al concentrase en el tazón de sopa como si fuera una maravilla del mundo. La muchacha respondió entre dientes:
—Darius me lanzó a las espinas.
—¡Qué travieso! —lo regañó juguetonamente una de las hermanas, aunque las demás parecieron sorprendidas de que el profeta hiciera algo así.
—¡Lo hice sin querer y solo porque si no lo hacía ella habría destajado a Vash! No bromeo —agregó al ver la mirada incrédula de su amigo—. Ahí donde la ves parece muy indefensa, pero esta niñita es el monstruo de Masca.
—Ah, me halagas —comentó entre dientes la princesa, aunque todavía miraba a Darius como si quisiera torturarlo.
—Fue un accidente —continuó él mientras se removía incómodo en su sitio—. ¿Me perdonas? —La muchacha calló por un buen rato, el suficiente para que Darius dudara de su seguridad. Cuando al fin la chica respondió miraba el tazón de sopa ensimismada, como si allí leyera la suerte del profeta.
—De acuerdo, entonces lo que te pasará también será un «accidente».
Eso no confortó a Darius. Pero como todavía le quedaba algo de dignidad no suplicó perdón. Aunque eso significaba que debía estar atento para recibir la venganza de la chica.
—En verdad aprecio mucho la ayuda que me ha dado después de que el bruto de su yerno me lanzara a las espinas —dijo Sakti a Garrow. El anciano asintió mientras se dirigía al caldero, pues todavía debía servirse la cena—. Espero que disculpe mi… curiosidad.
Darius se había llevado la cuchara a la boca, pero se detuvo en seco cuando escuchó a su amiga. El tono de la princesa fue… inusual. No le gustó para nada la forma en que ella articuló las palabras ni cómo miraba a Garrow. Sin embargo, supo que era algo minúsculo y ridículo, algo que nadie habría notado. Pero él conocía a Sakti desde hacía muchos años y sabía reconocer cuándo tramaba algo.
—¿Curiosidad? —repitió Garrow a la vez que regresaba al lado de la pequeña chimenea—. Puede preguntar lo que sea, jovencita. Si es amiga de Darius seguro que es de confianza.
El profeta miró a Sakti de manera sospechosa. Todo parecía ir bien pero sintió que algo no encajaba. Vio a Dereck, quien estaba al lado de princesa. El soldado veía sin pestañear a Garrow. Estaba inmóvil como una estatua, sin comer, casi sin respirar. El mestizo vio a sus chicos, quienes comían muy emocionados como si no se dieran cuenta de nada. En cambio Miriam y las demás estaban algo adormiladas, como si hubiesen bebido tres copas de vino.
—Verá, es que Darius no habla mucho sobre su pasado. Sé poco o nada sobre su esposa Njord, aunque me hubiera encantado conocerla y saber más de ella.
Otra vez el tono, la articulación de las palabras, la mirada fija… Darius quiso preguntarle qué hacía, pero la lengua se le quedó pegada al paladar y los párpados le pesaron como si tuviera sueño. Garrow, en cambio, respondió con claridad:
—Claro. ¿Qué quiere saber sobre ella?
—En realidad también sobre usted y todos sus hijos…
No, algo no andaba bien. Darius recordó de repente que Sakti era la Jueza de la Corte en Masca y que estaba acostumbrada a hacer interrogatorios. Todos los acusados le respondían sin chistar, como ahora lo hacía Garrow. Entonces, ¿empleaba algún tipo de truco para obtener información del anciano? ¿Y por qué eso asustaba tanto a Darius? Sabía que podía confiar en su amiga así que no había nada que temer. Pero, por otra parte, ¿por qué ella recurriría a un truco para hacer una pesquisa? ¿Por qué no podía hacerlo con naturalidad, como la gente normal?
—No hay mucho que contar, siempre hemos vivido aquí —explicó Garrow mientras masticaba con lentitud, como si estuviera comiendo la suela de un zapato—. Eleanor es la mayor, luego le siguen Frey, Miriam, Njord, Frigg y finalmente Vash.
—A pesar de verse tan grandote es el bebé de la casa —dijo a su vez Miriam con cara somnolienta. Vash se sonrió.
—Interesante —dijo Sakti—. Su madre debe de estar muy orgullosa de él. —Darius sacudió la cabeza, pero el sueño y la incomodidad se quedaron con él como si fueran un manto invisible adherido a su piel.
—Mamá se suicidó… —siguió Vash. El grolien miró el fondo del tazón con tristeza, como si la sopa estuviera hecha con sus lágrimas—. Fue mi culpa. No debí haber nacido.
—¡No digas eso, Vash! —le pidió Frey a la vez que lo tomaba de la mano—. Lo dices como si lo hubiera hecho porque no te quería, ¡pero fue todo lo contrario! Te amó muchísimo pero temía que tuviéramos otro hermano igual que tú. Habríamos estado en peligro.
—Muy interesante —continuó Sakti, mirando a los ojos a Vash—. ¿Puedes decirme más, más, más…? Aún hay mucho que quisiera saber sobre ella.
Darius gimió y consiguió mascullar el nombre de su amiga. Sakti lo miró y le chascó la lengua para mandarlo a callar. Nadie alrededor pareció darse cuenta. Darius se sintió abrumado, como si estuviera soñando despierto. Sabía que algo iba mal pero cada vez que meditaba en el asunto la respuesta se le iba de las manos. ¡Diablos! ¿Por qué no podía darle forma a sus pensamientos? Su mente era un caos, como si alguien diluyera en agua la tinta de sus ideas. Entre más veía a Sakti más confundido se sentía. No tuvo más remedio que poner el plato de lado y llevarse las manos a las mejillas para pellizcarlas. Si no hacía algo al respecto se quedaría dormido al instante.
—Ustedes tienen unos ojos muy peculiares —siguió la princesa—. Algunos los tienen verdes, como Garrow.
—Sí —respondió el anciano—. Mi pequeña Njord tenía los ojos como los míos. Pero cuando Frigg nació me arrepentí de haberle dado a su hermana el nombre de mi esposa. Frigg se parece más a ella que Njord.
—¿Ah, en serio? —Sakti miró a Frigg: tenía los ojos color miel y el cabello rosado—. ¿Y cuál era el nombre de su esposa? —preguntó la princesa.
—Era…
—¡ALLENA! —gritó Darius.
En ese momento todos lo miraron y pusieron una expresión rara, como si sospecharan que algo extraño ocurría. Fuera el que fuese el truco que Sakti empleaba, requería de mucha precisión. La princesa lo miró fijamente y estuvo a punto de hacerlo caer en su extraño hechizo. Darius estaba muy enojado como para permitírselo. Ya sabía qué quería la princesa: ¡conseguir información sobre la madre de Njord, que fue vaniriana!
—Esta no es manera de hacerlo —susurró el mestizo—. Así te pareces a tu tío.
Darius tuvo la impresión de que si lograba superar el sueño y salir del encantamiento de Sakti, el hechizo sobre los demás se rompería.
—Es mal de familia, Darius —respondió ella, desafiante.
La princesa sonrió y Darius supo que estaba en problemas. ¡No podía contra la magia de Sakti! Ella solo necesitaba un empujoncito más de poder ¡y listo! Lo tendría justo en donde quería. Pero en ese momento Dereck gritó:
—¡Un vaniriano! Entonces… entonces…
Sakti miró a Dereck, luego a Darius y después otra vez a Dereck, como si temiera que una burbuja entre los dos se rompiera. Cuando el profeta sintió que el manto invisible se diluyó sobre su piel, comprendió que el hechizo de la princesa se rompió. Dereck se incorporó de un salto, jaló a Sakti consigo y se pegó a la pared de la casa como si fuera un gato arisco. También miró a los anfitriones con hostilidad. La mirada más furibunda fue la que dirigió al profeta.
—¡Darius, eres un traidor! —gritó el Guardián—. Ellos son vanirianos. ¡Te apareaste con una mujer vaniriana!
«Vaya que esa es una forma sutil de decirlo», pensó Darius con sarcasmo. Dereck miró a todos en el refugio como si pensara enfrentarlos y matarlos de ser posible. Incluso vio a los gemelos y a Connor como si los imaginara con cortes en la garganta. Eso le dio escalofríos al profeta.
—Darius, eres un imbécil —dijo entonces Sakti a la vez que lo miraba a los ojos—. ¡Con lo que me costó engañar a Dereck!
Las palabras de la princesa sorprendieron al soldado y Sakti logró zafarse del Guardián. Luego se agachó, recogió la cuchara con la estuvo comiendo, se la tiró a Darius y le dio justo en la frente. Después espetó:
—¿Tienes idea de lo complicado que es manipular la mente de un soldado de alta categoría como Dereck? ¡Está entrenado para que no le jueguen trucos mentales! Decidido: no te pasará un accidente. ¡Como mínimo serán dos!
Sakti se sentó de nuevo y bufó, a la vez que Dereck la miraba con los ojos abiertos de par en par. ¡No se podía creer que la chica supiera que estaban con vanirianos y aun así no iniciara la retirada! El soldado agitó la cabeza, tal y como Darius lo hizo antes para quitarse la extraña sensación del hechizo de Sakti. Los demás parpadearon todavía somnolientos, como si les costara todavía más salir del sortilegio.
—Usted… ¿usted lo supo? —preguntó el Guardián mientras ataba cabos—. ¿Qué ellos eran vanirianos?
—Vash es un grolien, así que sí, siempre supe que tenían sangre vaniriana. Además, aunque él no fuera grolien yo ya lo sabía de antemano. Darius me contó que su esposa era mitad vaniriana. —Dereck miró al profeta con asombro y después a Sakti.
—¿Por qué no dijo nada, Alteza? —le espetó—. Es tan, pero tan, pero taaan peligroso. —El soldado se sentó junto a Sakti y se agarró la cabeza a pescozones—. Esto no está bien, no está nada bien. —Darius no estaba menos confundido que Dereck y miró a Sakti como si la chica se hubiese vuelto loca.
—Déjame ver si lo entiendo… ¿Estabas hechizando a Dereck para que no se percatara de que ellos tienen sangre vaniriana, pese a que tenía a un grolien al frente?
—Obvio —respondió Sakti mientras levantaba los hombros. Lo miró como si fuera un verdadero idiota—. No quería que se pusiera quejumbroso como ahora, sin mencionar que es un soldado bien disciplinado. Si le hacen preguntas responderá. Pero gracias a ti ya no me será posible controlarlo.
—Santo Dios, Santo Dios, Santo Dios… —repitió Dereck.
—Pero nos estabas hechizando a todos —continuó el profeta. Recordó lo que tanto le enfureció del asunto: el método de interrogación de Sakti—. ¡No tienes derecho a hechizar a Garrow y a los demás para obtener lo que quieras! Eso solo te hace como…
—… como mi tío, ya sé —lo cortó Sakti.
La princesa se percató de que la mente de Garrow ya estaba clara, pues él y algunos de sus hijos la miraron con sospecha. Sakti siguió:
—¿Qué querías que hiciera? Aunque admitieran que la abuela de tus hijos fue vaniriana, no me revelarían su identidad solo porque sí. Ellos no te lo dijeron, ¿verdad?
Darius se sintió incómodo otra vez, aunque ya no era por el hechizo. La princesa miró a Garrow. El anciano la miraba con una mezcla de enojo, sorpresa y, sobre todo, preocupación. Él sabía lo que Sakti quería indagar.
—Hasta ahora lo pienso —siguió la princesa—, aunque la pista estuvo suelta frente a mí desde hace mucho tiempo, desde aquel día en un bosque del Oeste donde fuimos atacados por los vanirianos. ¿Recuerdas lo que nos contó Sigfrid en aquel entonces? ¿Te acuerdas de cuando nos habló de las «abejas reina», conocidas también como mangodrias? —El profeta esquivó su mirada y dijo a la defensiva:
—No sé a qué viene eso ahora…
—Vaya… —Sakti se recostó a la pared de tierra—. Entonces tú sí te diste cuenta en ese momento y fuiste lo bastante sensato como para callártelo. Aunque tu suegro no te dio la identidad de su esposa, la adivinaste gracias a un golpe de suerte. Y como eres tan noble te pusiste en su lugar y lo entendiste. Pero ¿sabes? Lo mejor habría sido que me lo dijeras en aquel entonces. —Darius no dijo nada, pero se estremeció por lo que Sakti diría pronto—. El nombre de tu esposa y el nombre que nos dio Sigfrid en aquel momento, Njor…
—¡Basta! —gritó Garrow—. Me temo que usted no es de confianza, que debería irse.
Garrow enmudeció cuando Sakti lo miró. ¿Cómo no se había dado cuenta de que esa chica tenía unos fríos y letales ojos que asustarían al miedo mismo? Ahora le creía a Darius cuando dijo que esa niñita era el monstruo de Masca.
—Los dos sabemos que lo he descubierto —le dijo la princesa—. El nombre de su esposa era Njordian, la mangodria de Vanir que desapareció misteriosamente hace más de cien años.
Con esas palabras, los chicos profetas y la última hija de Garrow salieron del trance. Ahora todos comprendían el extraño rumbo que tomó la conversación de la cena.
—¿QUÉ? —gritó Dereck—. No, no, ¡oh, no! Esto está mal, mal, muy mal…
—Deja de quejarte, soquete —lo cortó Darius, molesto—. No puedo creer que seas un tarado tan racista. —Miró a Sakti y le soltó—: Y no puedo creer que tú hayas hecho esto. De no ser por ellos habrías muerto por una estúpida alergia. ¡Eres una malagradecida al sacarles la información así! —Dereck y la princesa se tomaron turnos para defenderse.
—Esto es más importante que el racismo, Darius —dijo el Guardián—. ¿Es que no te das cuenta de nada? Tú, tus hijos… Oh, Cielo Santo… ¡Espabílate de una vez! ¡Piensa! Tú ya eres una mezcla de dos clanes: el de los profetas y el de los Tonare. Este tipo de mestizaje no suele hacerse porque el resultado es un individuo con muchísimo poder. Las Casas Militares no se aparearon entre sí por lo mismo, porque se temía que hijos en común resultaran tan poderosos que se convertirían en un peligro.
»Pero contigo se hizo la excepción: se planeó tu nacimiento y que serías mestizo, que tendrías dones de dos clanes poderosos. ¿Pero ahora tus hijos también? Ellos no solo son profetas y Tonare, sino que también tienen sangre vaniriana… ¡Nietos de una mangodria! ¿Te das cuenta de lo que eso significa? ¿Te das cuenta del poder que yace dentro de ellos?
Dereck señaló a los chicos. Connor alzó las cejas y se mordió los labios, pues no pillaba muy bien de qué iba el asunto. Dagda y Airgetlam se miraron el uno al otro, un poco pálidos. Ellos sí comprendían lo que quería decir Dereck… y las consecuencias. Darius guardó silencio y meditó en lo que decía el Guardián.
—No lo puedo creer —siguió el soldado—. Esto sí que es mala suerte.
—¡No es mala suerte tener sangre vaniriana! —gritó Vash, ofendido—. Estoy orgulloso de mi madre. ¡No la insultes al decir que mis sobrinos tienen mala suerte de ser sus nietos!
—Sí, muy lindo, un hijo defendiendo la memoria de su madre —respondió Dereck con tono sarcástico—, pero me temo que esto es mucho más complicado que un asunto de honor o de raza. —Luego miró a Darius y a los chicos a la vez que agitaba la cabeza, exasperado—. El Emperador y los Generales sabían que tienes un buen potencial, Darius, a pesar de que todavía no sobresalgas tanto como lo esperaban. Por eso, cuando se creía que el General Enlil y tú estaban muertos, nombraron a Dagda y Airgetlam como Generales. Creían que después de recibir el entrenamiento adecuado serían una gran ayuda para terminar la guerra.
»Pero ahora resulta que los chicos que mantendrán el clan Tonare después de la Profecía tienen también sangre vaniriana de parte de una de las mujeres de Vanir. Una mangodria tiene muchísimo poder, así que ¿te imaginas la herencia que tienen tus hijos? ¿Te imaginas lo que hará el Emperador cuando se percate de esto? O, peor aún, ¿lo que sucedería si los vanirianos se enteran? Por eso digo que es mala suerte: de todas las mujeres en el Este tenías que casarte con la hija de una mangodria. ¡MALA SUERTE! Qué mala jugada del destino.
Dereck continuó quejándose de la suerte, por lo que Sakti tomó la palabra.
—De ahí que usara el hechizo. Tu suegro podía contarnos todo sin que ninguno, refiriéndome a Dereck, se tomara todo tan a pecho. Necesitaba saber si mis sospechas eran ciertas, necesitaba saber si Dagda y los demás descienden de una mangodria. Ahora lo sé y también creo que fue una jugada del destino bastante interesante.
Sakti se llevó un dedo al mentón y miró a los chicos profetas como si pensara qué hacer con ellos. Garrow se aclaró la garganta y la encaró:
—¿Cómo lo sospechó? ¿Por qué creyó que mi esposa fue una mangodria?
—Todas ellas se ven como aesirianas comunes y corrientes —respondió la princesa mientras señalaba a las mujeres. Luego señaló a Vash—, pero él es un grolien. Yo sé que las mangodrias pueden tener hijos de todas las sub-razas vanirianas sin morir. Así que cuando vi que ellas tenían un hermano grolien comencé a sospechar.
»Además, tienen unos ojos curiosos. Vash es mestizo, igual que Darius, pero ella se me parece mucho a una mangodria. —Esta vez Sakti miró fijamente a Frigg, una de las peli-rosadas—. En el País de Hielo conocí a dos mangodrias y las dos tenían ojos dorados, como la miel, idénticos a los de ella. Pero solo una tiene el cabello rosa. Frigg y ella podrían pasar por hermanas con facilidad.
Darius se estremeció y miró con mayor atención a Frigg. ¿Cómo no se había dado cuenta? ¡Si ella se parecía tantísimo a…!
—… Abigahil… —susurró el profeta. Sakti asintió.
—¿La conoces?
Él se quitó una bota y levantó el pantalón hasta la altura de la rodilla. Así mostró una cicatriz extraña que, en lugar de ser roja o de un color de piel más o menos normal, tenía tintes morados y verdes como si se tratara de un eterno moretón.
—Cuando fui al País de Hielo tuve la desgracia de encontrarla cara a cara.
—¿Te quemó? —El profeta asintió—. La otra mangodria, Lemuria, ella puede usar el fuego azul, pero no sé si Abigahil puede…
—¡Oh, créeme! Usa fuego pero no es azul. Es verde. También puede usar la piroquinesis, como tú.
—¿Fuego verde? —preguntó Dereck—. Solo sabía que existía el fuego normal y el azul. Pero si el azul quema almas ¿qué hace el verde? —Darius se cubrió la cicatriz y contestó:
—Destruye cosas. Cuando el fuego verde tiene contacto con algo, lo vuela en pedazos. Yo tuve suerte porque las llamas no me tocaron directamente. Esto —dijo mientras se acariciaba la pierna— me lo hizo la onda de calor. Un poco más y me quedo renco de por vida. Pero aun así dolió muchísimo, como si en lugar de fuego me hubieran atacado miles de escorpiones pequeños a la vez. —Sakti miró a las cuñadas de Darius con una enigmática expresión. No necesitó hacer la pregunta en voz alta para que ellas entendieran lo que quería saber.
—Sí, está bien —contestó de mala gana Frey—. Nosotros también podemos usar fuego. —Acompañó la respuesta con una flama, que le rodeó la mano sin quemarla—. Pero es común y corriente, nada fuera de este mundo. Njord también podía, ¿y qué? ¡Eso no significa que mi madre fuera una mangodria!
La princesa guardó silencio otra vez, aunque ahora miró a Garrow con ojos inquisidores. El anciano se mordió los labios, un poco indeciso, pero finalmente suspiró resignado y contestó:
—Njordian podía usar fuego… blanco.
Sus hijas e hijo abrieron los ojos de par en par. Vash, Frey y Eleanor lo miraron asustados, mientras que Miriam y Frigg se cubrieron la boca para contener un grito. Siempre supieron que tenían sangre vaniriana, ¿pero por qué hasta ahora descubrían que su madre fue una mangodria? Garrow los miró muy apenado y les dijo:
—Lamento nunca habérselos dicho pero creímos que era lo mejor. Ella dejó de usar el fuego cuando nos comprometimos, pues temía que Vanir la encontrara. Renunció al ejército y a la guerra por mí, por nosotros, por una vida juntos, pero sabíamos que habría consecuencias.
»Al principio todo iba bien, incluso cuando las niñas nacieron. Pero cuando nació Vash Njordian temió que se corriera la voz. Temió que alguien escuchara que una mujer «aesiriana» dio a luz a un grolien. No sabía qué hacer, no sabía cómo protegernos en caso de que el rumor llegara a oídos de Vanir. Además, temía que tuviéramos más hijos, que nuestro próximo cachorro fuera otro grolien, o una arpía, incluso un kredoa. Por eso…
—Optó por el suicidio —terminó Sakti. Garrow asintió sin decir nada más, pues se le había hecho un nudo en la garganta. Como la princesa comprendió que no tenía caso hablar más de ese incidente, pasó al siguiente punto—: ¿Qué hacía el fuego blanco? —Garrow soltó un suspiro, pero contestó muy obediente. Estaba cansado de ocultar la verdad.
—Daba fuerza a todo lo que tocaba. Cuando Njordian tocaba una pared con los puños envueltos en llamas blancas, la pared se caía a pedazos. Las espadas y otras armas también ganaban resistencia, como si el fuego fuera una capa de poder. Pero también podían…
Garrow titubeó y miró a sus nietos. Connor lo miraba con los ojitos brillantes, muy entusiasmado por la historia. Quedaba claro que no entendía lo grave de la situación. En cambio Dagda y Airgetlam lo miraban con una extraña calma. Ellos sabían que habría consecuencias, pero estaban dispuestos a escucharlo todo. No era solo curiosidad sino también supervivencia. Garrow comprendió que debía decirles lo que sabía, pues esa bien podría ser la diferencia entre la vida y la muerte para sus nietos.
—Las flamas blancas también le mostraban «cosas». Njordian decía que eran un canal, porque con ellas veía lo que sucedía frente a otras fogatas. Incluso entablaba conversaciones con alguien más. Por ejemplo, cuando yo iba de cacería, pasaba la noche en la montaña y prendía una hoguera, Njordian me contactaba a través del fuego para saber cómo estaba.
Sakti miró a Darius con la expresión enigmática que hizo que Garrow soltara lo que sabía. En esta ocasión no le hacía preguntas al profeta, sino que le decía algo de forma silenciosa. Darius lo pilló al instante, esbozó una sonrisa triste y le dijo:
—Es mucha casualidad, ¿verdad? El fuego blanco le daba un tipo de visión. Es más poder adivinatorio para sus nietos.
Todos guardaron silencio. Algunos comprendían de sobra el peso de las palabras de Darius, pero los demás no podían ni siquiera imaginar las consecuencias. Connor fue uno de esos. El chico miró a Sakti, luego a Garrow y finalmente a Darius. Tenía los ojos brillantes y estaba ansioso por escuchar una explicación.
—No lo entiendo —dijo al cabo de un rato—. ¿Qué significa eso? —Su padre le acarició la cabeza con suavidad para consolarlo.
—Allena cree que no es casualidad que Garrow se casara con una mangodria, cuyo poder sobre el fuego le daba cierto poder visionario. Tampoco cree que fue una coincidencia que yo, un mestizo profeta, me casara con la hija de esa mangodria. Lo que intenta decir es que todo fue planeado.
—Es una tontería —interrumpió Miriam con desdén—. Nadie podía prever que mis padres se conocerían, o que Darius y Njord se casarían. El resultado es simple casualidad.
—¿Lo es? —preguntó Sakti—. ¿De verdad crees que es casualidad que tus sobrinos desciendan de una Casa Militar, una de profetas y de la Realeza vaniriana? Yo no lo creo. A estas alturas todo me parece planeado.
—¿Por quién? —la riñó Miriam—. ¿Quién va a planear algo tan grande y durante tanto tiempo? ¿Y para qué?
Sakti no respondió pero cuando miró a Darius él supo en qué pensaba. Él también recordó la habitación blanca y la figura sin rostro. «Claro», comprendió el profeta. «Marduk pudo haberlo planeado y enviar a sus mensajeros para asegurarse de que todo tomara el rumbo que él deseaba». Sakti se sobresaltó cuando una idea apareció de la nada en su mente.
—Los estaba preparando —murmuró—. Él los estaba preparando para que sobrevivieran al día de la Profecía. ¿Y qué si…? ¿Y qué si Kardan se interesó en Zoe por…?
—Sobre mi cadáver —la cortó Darius. Solo pensarlo hizo que la sangre se le congelara en las venas—. Ya tengo suficiente con que tu tío se crea que tiene derecho a decidir que mi hija será esposa del imbécil de tu primo. ¡No toleraré que Marduk sea tan descarado también!
—Pero debes admitir que tiene mucha lógica. Los Aesir y las Casas Militares conservan sus poderes originales porque no se aparean con cualquier mago. Pero imagina que una mezcla tan poderosa como la que tiene Zoe se una a la pureza de un Aesir. ¿Te imaginas al heredero? Podría ser más poderoso que Sigfrid, incluso más que yo. —Luego se lo pensó mejor—. No… Quizá Dagda y los demás ya tienen el potencial para ser más poderosos que la princesa portadora.
Sakti hizo una pausa, tomó la taza de té al lado y sorbió un poco del medicamento contra la alergia. Luego continuó:
—Quizá es como dijo Dereck y sí es mala suerte. Si mi tío se entera mandará a los chicos a la horca. Lo mismo harán los vanirianos, a menos que planeen aprovecharse de la mezcla y usar a Dagda y a los demás como juguetes.
—Nadie se tiene que enterar —la interrumpió Airgetlam—. Esto puede quedar entre nosotros. ¿Verdad, Dereck? —El soldado arrugó la cara. Para él no sería tan sencillo guardar en secreto lo que acababa de averiguar. Antes de que pudiera responder esa difícil pregunta, Sakti dijo:
—Esto no depende solo de si alguno de nosotros es indiscreto. Ahora nos hemos dado cuenta de la identidad de tu abuela y hasta donde sé ni tú ni tus hermanos puede usar el fuego. Pero los poderes se pueden manifestar de diferentes formas y en cualquier momento.
»Mírame como ejemplo. Después de ver mis entrenamientos, mi tío sospechaba que sería capaz de aprender piroquinesis. Pero no lo conseguí sino hasta que me arrancaron un brazo. A veces las condiciones más extremas despiertan los potenciales menos esperados.
Sakti se llevó la taza a los labios y fijó los ojos en Darius. Cuando terminó de beber, continuó:
—Por el momento todo está bien. Pero ahora que sabemos que guardan tanto potencial no sería raro que durante la guerra alcancen dones que desconocen o que los haga destacar más de lo debido. Solo se necesita una palabra, un comentario, un simple rumor, que si llega a oídos de mi tío o de Vanir podría significar la muerte o ser utilizados por alguna de las dos partes.
Sakti finalizó la frase con los ojos todavía fijos en los de Darius. Aunque al principio de la conversación el profeta estuvo enojado y dudoso de sus intenciones, ahora tenía claro lo que ella quiso desde el principio. Al fin lo había entendido.
No era que Sakti despreciara la ayuda de Garrow y sus hijos, pero sabía que jamás habría confirmado sus sospechas si hubiese preguntado como una persona normal. Después de todo, aunque no llevaba tiara ni vestido de cortesana su ropa era de costura fina. Además, ¿cómo una simple chica tendría a un soldado especializado como guardaespaldas, que la llamaba «Su Alteza»? Ellos no eran tontos y ya se habían dado cuenta de que era una muchacha mínimo de la Nobleza. Así que ¿cómo podrían decirle a alguien con conexiones en el gobierno que Garrow se casó con una vaniriana y tuvo hijos híbridos? ¡Era como pedir una sentencia de muerte!
Sakti supo que si sus primos se hubiesen encontrado con una situación así los príncipes habrían ejecutado a Garrow por traición y a Vash y a las chicas por «esbirros». Quizá, si no fuera porque ella estaba ahí, Dereck ya habría matado al anciano y sus crías.
A ella no le importaban los orígenes de Vash y sus hermanas, pero sí la identidad de la abuela de los chicos profetas. De eso dependía la magnitud de los riesgos que corrían si continuaban en el viaje. Como ella había dicho, en cualquier lugar y momento una situación o un enemigo harían que alguno de los profetas más jóvenes alcanzara poderes poco usuales en los aesirianos.
Hasta ahora ella sabía que los gemelos, Connor y Zoe compartían una habilidad que ningún aesiriano tenía: podían ver kredoa. De seguro que Vash y sus hermanas también podían hacerlo, ya que todos descendían de vanirianos y los hechizos de ilusión de los kredoa no funcionaban con los de su raza.
¿Pero qué si había otro poder oculto? ¿Qué si de un momento a otro Dagda era capaz de invocar un poder de ilusión? ¿Qué si Airgetlam sufría una transformación en la que le salían cuernos en la cabeza? ¿Y qué si Connor todavía no había descubierto que tenía la esencia del fuego y era capaz de invocar llamas con uno u otro color?
Todo eso era posible porque las mangodrias podían dar a luz a cualquier tipo de vaniriano y, por tanto, transmitirles cualquier tipo de don. No importaba si Vash y sus hermanas carecían de poderes que destacaran. La herencia bien podía saltar una generación y desatarse con muchísima mayor fuerza en los hijos de Darius, que tenían una carga genética sin precedentes.
El riesgo era demasiado grande. Lo que Sakti quería decir era claro: los niños ya no podían viajar más. No podían exponerse a situaciones o enemigos que los obligaran a despertar dones que solo un descendiente de vanirianos podía tener. De lo contrario, eso facilitaría que el gobierno aesiriano o el vaniriano se enterara de su ascendencia e intentara matarlos o utilizarlos.
Pero Sakti no podía decirlo todo en voz alta, porque ese era el equivalente a una larga y eufórica discusión. Los chicos profetas –en especial los gemelos– se plantarían firmemente e insistirían en viajar a como diera lugar.
Darius entendió todo esto. Aun no aprobaba el método que Sakti utilizó para confirmar sus sospechas, pero sabía que ella solo deseaba lo mejor para los chicos. Por eso se lo agradeció de todo corazón. Pero también sintió una punzada de tristeza. Tan poco tiempo. Tuvo tan poco tiempo para estar con ellos, para escucharlos reír, para regañarlos por sus travesuras, para divertirse con sus ocurrencias… Ahora sabía que tenía que separarse otra vez de los tres y eso le causó un vacío angustiante en el pecho.
—Falta leña —dijo Garrow de repente—. Darius, ¿me acompañas a buscar un poco?
Al ver la expresión de su suegro, el muchacho comprendió que el anciano entendió las intenciones de Sakti. También había algo más en los ojos de Garrow. Era el momento de la verdad. Darius suspiró, resignado. No podía mentirle a Garrow ni ocultarle nada. Él merecía saber lo que ocurrió con Njord y Darius era el único que podía decírselo.
—Claro. —Se levantó—. Se está haciendo tarde. Niños, terminen de comer y duérmanse. Mañana madrugaremos para aprovechar el día.
El profeta abandonó la casa subterránea en compañía de su suegro.

****

Fuego. Calor. La brisa cálida le golpeaba el rostro con cada giro que daba sobre los talones, con los brazos extendidos. Las chispas brotaban de las llamas y danzaban junto a ella.
Su risa. El llanto de los amigos de las víctimas. El aliento contenido de sus padres mientras la veían carcajear.
Más, más, ¡más! Ardan, ardan, ¡ardan!
La niña se detuvo y miró la hoguera que ardía en el patio de Palacio, grande y majestuosa, con las siluetas de cuerpos incinerados en el medio. Estaba tan molesta. Pensó que el sacrificio la haría olvidar el ruido de los plebeyos pero ahora… ¿qué sentía?
No lo sabía.
Una brisa más fresca brotó desde alguna parte anónima y le meció los mechones grises. También le hizo darse cuenta del frío en la cara, que le bajaba desde el ojo como una delgada línea por la mejilla. Era la primera lágrima. Las siguientes ya estaban allí, listas para desbordarse.
Enojo. Odio. Desesperación. Tristeza. Locura.
No podía soportar todo eso dentro de ella, así que gritó. Su voz fue ambigua. Pudo ser la continuación de la carcajada, el inicio de un llanto o ambos. El equilibrio regresó a la voz de repente, como si nunca hubiese estado triste. Rio de nuevo y bailó otra vez, dando giros sobre los talones mientras decía que estaba muy feliz por el castigo.
Fuego, fuego, fuego, llamas, llamas, llamas, ¡qué ardan y se consuman! ¡Que mueran y que…!
—¡… se condenen! —gritó Sakti entre sueños antes de despertarse.
Estaba acostada de medio lado y cobijada, a pesar de que hacía calor porque había muchas personas cerca de ella y porque un pequeño fuego ardía en el hogar. Tenía la garganta seca. Se puso de mal humor al sentir el sudor que bajaba por la espalda. ¡Argh! Odiaba el clima de esa región. La peor parte era que estaba tan cansada que no podía quitarse la cobija, ni siquiera apartarse un poco de Dereck, quien dormía tranquilo al lado.
Tampoco se pudo quitar la sensación pesada de que estaba entre dormida y despierta. Fue mucho después que notó el temblor del cuerpo. Al rato se dio cuenta de que estaba acostada en posición fetal y que apretaba muy fuerte la sábana, como si tuviera miedo.
«¿Una pesadilla?», se preguntó pero ni ella ni el Dragón recordaban haber soñado.
«Alguien acaba de llegar», le advirtió el espíritu.
Levantó un poco la cabeza, apenas para ver que Darius descendía por la trampilla. El profeta caminó con cuidado de no pisar a sus cuñadas y llegó al lado de los chicos, que dormían apiñados en un rincón.
«Nos despertó Darius», pensó Sakti. Como Garrow entró después del mestizo supo que tuvieron una conversación larga.
El anciano estaba en otro rincón del refugio, donde había un catre apto para él y sus huesos cansados. Sakti escuchó que Garrow le susurró un «Buenas noches» a Darius y que el profeta respondió. Luego todo quedó en silencio. La princesa y el Dragón no pudieron cerrar los ojos ni conciliar el sueño. Las dos se quedaron viendo fijamente al profeta.
Darius descobijó un poco a Airgetlam, pues el gemelo se había quedado con casi toda la cobija. Dagda y Connor tenían frío. Sakti los envidió porque imaginó que estaban cerca de una grieta por la que se colaba una brisa. Darius extendió la cobija a partes iguales para que los tres durmieran calentitos y cómodos.
Después el profeta se quedó inmóvil, al lado de los chicos. Los miró dormir como si fueran bebitos tiernos e indefensos, como si fueran lo más precioso en el mundo para él. Aunque tenía los ojos un poco irritados –Sakti no sabía si de sueño o porque había llorado–, Darius sonreía. Ver a sus hijos era toda la medicina y alivio que necesitaba.
«Gracioso», pensó Sakti. Luego cerró los ojos. Dereck se movió dormido y empezó a jalar parte de la cobija así que ella no tendría que esforzarse para estar fresca.
«¿Qué te parece gracioso?».
«Envidia. La sentiste ahora. ¿Por qué?». El Dragón tardó en responder.
«Solo pensaba en la suerte que tienen los niños de que Darius los arrope».
«Ah».
«¿Y tú? ¿También los envidiaste por eso?».
«Te equivocas. No envidio a los niños porque tienen quién los arrope». Sakti no tenía frío, pero aun así se abrazó el cuerpo y se acurrucó. «Envidio a Darius porque tiene a quién arropar. Yo ya no lo tengo».
Y con ese pensamiento se quedó dormida.

"Los Hijos de Aesir: Travesía bajo la sombra del Tercero" © 2010-2017. Ángela Arias Molina

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Gracias por tomarse su tiempito y honrarme con sus comentarios. =^_____^=

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