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Capítulo 14

14
NORISHKA



—Este es el camino que vamos a seguir. —Dereck trazó una línea imaginaria con el dedo sobre el mapa y luego señaló la planicie frente a él—. Darius, ¿tienes alguna recomendación?
—Que bebamos toda el agua que podamos ahora y que llenemos los odres al máximo. En la planicie no hay ningún río y el calor podría matarnos si no estamos preparados.
El Guardián asintió. Cuando se preparaba para ir a un riachuelo cercano reparó en el semblante de Darius.
—Por favor, ya deja de hacer esa cara. Te ves miserable.
—Me siento miserable —contestó el profeta con un suspiro—. Los extraño mucho. —Sakti miró a su amigo pero no dijo nada porque ella también los extrañaba bastante—. No debí abofetearlo tan fuerte.
—Fue necesario —lo consoló Dereck—. Yo lo sabía, la princesa también. Hasta tu suegro lo supo y aprobó.
—Los únicos que no sabían que era necesario llegar a ese extremo eran tú y Airgetlam —continuó Sakti.
—Dagda —la corrigió Darius.
—El que sea.
No era necesario decir más. Sakti y Dereck sabían lo mucho que le dolió a Darius decidir que los chicos ya no podían viajar hacia el Reino de las Arenas. Los dejaron atrás el día anterior, en plena madrugada. Aunque el plan inicial era que Sakti, Dereck y Darius partirían antes de que los muchachos despertaran, Dagda resultó tener sueño ligero y se levantó cuando percibió movimiento fuera del refugio subterráneo de su abuelo.
Lo que encontró lo molestó tanto que despertó a sus hermanos a gritos y exigió a Darius que no los abandonara. Fue un pleito tremendo. Por un lado Darius intentó explicarles que ya no era seguro que los acompañaran y que debía dejarlos con alguien de confianza. Por otro, Dagda y sus hermanos se quejaron de que no se les explicara nada y que se les abandonara en plena madrugada. Eran sus hijos y tenían derecho a estar junto a él. Pero Darius era el padre, por lo que ellos le debían respeto y explicaciones a él y no al revés.
Sakti, que siempre pensó que los profetas eran «la familia perfecta», se sorprendió muchísimo al ver que los niños le gritaban a su padre y que él era incapaz de mantenerse firme ante ellos.
«Allá se va todo mi respeto hacia ti, Darius», pensó la princesa en ese instante. Entonces el profeta detuvo el griterío con un único movimiento.
PLAZ. El golpe fue tan fuerte que Dagda tuvo que retroceder dos pasos. Sus tías, que estaban también preparando equipaje, apartaron la mirada pero no dijeron nada al respecto. Garrow suspiró y asintió, pues aprobó la decisión de su yerno. Airgetlam y Connor abrieron muchísimo la boca. Era la primera vez que Darius abofeteaba a uno de sus hijos.
—No se te olvide que yo soy tu padre —le dijo el profeta con mucha seriedad y frialdad— y que es mi trabajo cuidarlos a ustedes. Si he decidido que se quedarán con su abuelo, lo harán y punto. Lo respetarán y seguirán sus instrucciones. Y ya que los tres están despiertos lo ayudarán a empacar, ensillar a Mükael y después se irán directo al pueblo de Connor. ¿Queda claro?
Darius había escrito una carta para Lea, la madre adoptiva de Connor, en la que se disculpaba por quedarse tanto tiempo con el muchacho y también le pedía que se hiciera cargo de Dagda y Airgetlam hasta que él pudiera regresar a Kehari. Garrow y los demás acompañarían a los niños, ya que su actual hogar era peligroso y no tenía sentido separarse otra vez de ellos. Era mejor que la familia se mantuviera unida.
En cuanto a los animales, Darius había cedido Mükael a Garrow. Su suegro podría utilizar mejor al corcel. De todas formas el profeta pronto tendría que deshacerse de él para viajar por mar. Era mejor dárselo a alguien de confianza. Geri y Freki también se fueron con Dagda y los demás para asegurarse de que llegaran sanos y salvos hasta Kehari.
Sakti estaba segura de que la despedida se dio en el momento y lugar adecuados. Los niños necesitaban estar a salvo y tenían a su abuelo, tío y tías para hacerles compañía. También, Garrow y los demás tendrían la oportunidad de empezar de nuevo en un pueblo donde su convivencia no parecería extraña a ojos aesirianos. Aun así los términos no fueron los mejores. Ella sabía que Darius lo lamentaba muchísimo, porque justo después de abofetear y regañar a Dagda les dio la espalda y se marchó sin mirar atrás ni una sola vez.
En cambio ella sí miró por encima del hombro en una ocasión. Aunque estuvo muy lejos como para entender las expresiones en los rostros de los niños, vio que Dagda todavía se sostenía la mejilla adolorida con una mano. Él, su gemelo y Connor se quedaron petrificados y miraron sin parpadear a su padre, que se iba sin ellos.
Darius fue muy listo al no mirar atrás. Si hubiese visto las caritas de los chicos de seguro se habría regresado sin pensarlo dos veces. O se quejaría ahora de lo insensible que fue con ellos. En cambio Sakti no tenía problemas con la última imagen que tenía de los chicos profetas. Sí los extrañaba pero podía concentrarse fácilmente en algo más, como el camino que debía recorrer.
Mientras Dereck y Darius se dirigieron al riachuelo, ella se quedó atrás para mirar lo que le esperaba en los próximos días. Desde la pequeña cima donde estaban vieron la Planicie. El mapa decía que era extensa pero la princesa no encontraba palabras para describir lo que veía. Si la abrumaba ese terreno llano que se extendía más allá de la vista, cubierto de maleza pero sin pizca de árboles, ¿qué sentiría al ver el mar?
Hacia el oeste veía más montañas, pero hacia el este –a donde se dirigían– solo veía unas pequeñas colinas que interrumpían de vez en cuando la regularidad del terreno. Ellos ni siquiera irían allá porque su destino ahora era la base militar Norishka, que estaba al noreste de su posición actual. A última hora Dereck recordó que dicha base estaba todavía en servicio.
El plan original era ir a la Península y encontrar un barco con destino al Reino de las Arenas, pero en los últimos días Garrow les explicó que prácticamente todos los pueblos de la Península estaban bajo control vaniriano.
Algunas arpías solían sobrevolar la Planicie. Pero Dereck esperaba que pasaran desapercibidos porque el grupo de viajeros disminuyó considerablemente. Llegar a la base militar no sería un viaje muy largo, pues avanzarían por la Planicie hasta llegar a un punto donde la roca reclamaba el terreno. Así llegarían al inicio de unos riscos que comunicaban con el mar. Cuando llegaran allí reconocerían la fortaleza militar Norishka, que estaba construida en la roca de los riscos, con las olas rompiendo a sus faldas.
Dereck solo estuvo una vez allí –en realidad, su estadía fue de unas cuantas horas y nunca entró al edificio en sí–, pero sabía que era una fortaleza infranqueable que servía como puerto para naves aesirianas del continente principal y el desierto. Él y su rango de Guardián serían suficientes para poner a todos los oficiales a trabajar en una embarcación que los llevara al Reino de las Arenas. Además, si alguien ponía en duda su autoridad ahí estaba Sakti para poner todo bajo control.

****

—Hmmm…
—¿Qué te pasa? —preguntó Darius a Sakti. Jadeaba un poco por el esfuerzo.
—El viaje fue muy fácil, ¿no te parece? —El profeta le giró los ojos.
—¿Siempre eres tan pesimista? Parece que esperas a que algo malo suceda a cada instante.
La princesa no contestó. Quizá Darius tenía razón y todo era paranoia suya. No solo recorrieron la Planicie en el tiempo que se propusieron, sino que también durmieron sin inconvenientes, prendieron fuego y comieron con normalidad. Ahora, al atardecer de su segundo día de viaje por esa sabana calurosa, veían Norishka a la perfección.
A pesar del sudor frío que les cubría el rostro, ella y sus compañeros sentían una humedad placentera que venía de las paredes oscuras de la fortaleza, empapadas por la cortina de gotitas saladas que saltaban desde el mar.
Dereck iba a la cabeza. Se giró cuando vio que Sakti y Darius tenían problemas para seguirle el ritmo.
—Pronto nos enviarán una señal para detenernos —explicó— y me sentiré más tranquilo si los dos están detrás de mí.
—¿Estás asumiendo una responsabilidad? —preguntó Darius divertido—. No me esperaba eso de ti.
—Ja, ja. Muy gracioso —comentó Dereck—. Actúo como payaso la mayor parte del tiempo, pero cuando tengo que trabajar, trabajo. Además, soy el único adulto por aquí. ¿Qué haría si mis dos niñas resultaran heridas, eh?
Darius respondió a la pulla con una mueca.
Sakti iba a preguntar qué tipo de señal recibirían cuando de repente cayó una flecha a pocos metros delante de Dereck. El soldado levantó el puño para pedir a los cachorros que se detuvieran. Ambos le hicieron caso y siguieron su mirada hasta el poste de guardia de la fortaleza. Allí había un sujeto en uniforme, armado con un arco.
Dereck hizo señas con las manos –algún código militar–. Instantes después, el puente levadizo de la fortaleza descendió y abrió paso a una comitiva de tres oficiales a caballo, que se apresuraron a llegar junto a ellos.
—Identifíquense —pidió el que tenía mayor rango cuando los alcanzaron. Los otros dos oficiales describieron círculos alrededor de Dereck y los demás como para intimidarlos.
—Soy Dereck Sunkel, mano derecha del señor Sigfrid Montag y Guardián de la princesa Sakti Allena Aesir II. Estas son mis credenciales.
Dereck se quitó la cadena que llevaba al cuello y que tenía una placa de metal con su nombre impreso. Tras recibirla, el oficial pasó la mano sobre ella y provocó que una luz azul le bañara las pupilas.
—Esta es mi protegida —continuó el Guardián a la vez que tomaba a Sakti de los hombros y la presentaba—, princesa del Imperio Aesiriano. Este muchacho es Darius Tonare, profeta e hijo del General Enlil Tonare. —Dereck ignoró el temblor en las mejillas del profeta cuando escuchó que lo presentaban de esa manera.
—El hijo bastardo del General Tonare fue acusado de asesinato y fue ejecutado —dijo el oficial a la vez que regresaba la identificación a Dereck.
—Lo ocurrido fue un terrible malentendido ya resuelto en Masca. El General Tonare está con vida y en ejercicio, y su cachorro también está a salvo. Lamentablemente, la Capital ha sido víctima de una invasión masiva y ahora nuestra misión es llevar refuerzos. —El oficial parecía listo para interrumpir pero Dereck lo detuvo—. A callar, hombre. A menos que en esta fortaleza haya un General, un Teniente General o un Mayor General, ahora yo soy la máxima figura y me debes obediencia. ¿Entendido, Coronel?
El oficial esbozó una rápida sonrisa sumisa y bajó los ojos. Darius contó las estrellas en las hombreras del hombre y se asombró de que Dereck averiguara tan rápido el rango de su anfitrión.
—Sí, señor.
—¿Alguna situación especial de la que deba enterarme antes de entrar a Norishka? ¿Quién estaba a cargo antes de que yo llegara?
—Hace un par de días tuvimos un enfrentamiento interno con unos vanirianos, señor. El Brigadier General Mürrock murió durante la batalla, por lo que yo me hice cargo de la fortaleza.
—¿Algo más?
—No, señor.
—¿Cuál es tu nombre? —El hombre parpadeó sorprendido. No se había esperado esa pregunta.
—Savitra Jöru, señor.
—Bien, Coronel Jöru, le agradezco que nos tome bajo su techo.
—Claro. —El hombre bajó del caballo y se lo ofreció a Dereck—. Señor.
El Guardián montó y extendió una mano a Sakti para que lo acompañara. Savitra montó con otro de los soldados y Darius subió con el último de los oficiales. Cabalgaron hasta Norishka. El puente levadizo comenzó el ascenso cuando cruzaron el umbral.
El interior de la fortaleza era muy semejante a la fachada, pues estaba tallado en piedra negra del risco. En los puestos de vigilancia había varios soldados que ni siquiera dirigieron una mirada a los recién llegados, sino que se mantuvieron atentos a las afueras. Un grupo de oficiales recibió a Dereck y a los demás, y se hizo cargo de los caballos cuando desmontaron.
—Puaj —se quejó Sakti mientras se cubría la nariz—. Apesta.
—Le ruego nos disculpe, Alteza —pidió el Coronel—. La batalla de hace dos días fue bastante fiera. Los vanirianos burlaron nuestras defensas y no tuvimos más remedio que matarlos aquí adentro. Todavía no hemos podido deshacernos de todos los cadáveres.
—No parece que hubiese una batalla —comentó Darius al ver los alrededores. Las lozas estaban limpias, sin ningún rastro de sangre. Lo mismo con las paredes. Tampoco había cuerpos de los que emanara tal hedor.
—Hemos limpiado este lugar lo mejor posible, pero todavía no podemos deshacernos del olor. Por aquí.
El Coronel los guió al interior del edificio principal. Cuando entraron, a Sakti se le erizaron los vellos de los brazos. Ese lugar apestaba muchísimo a sangre. Creyó que en cualquier momento no podría contenerse y vomitaría. Dereck iba delante de ella. Tenía la nariz arrugada pero no hizo ningún comentario al respecto. Darius apretó la marcha para colocarse junto a la princesa. Estaban tan cerca que se rozaban al caminar.
—Me imagino que están cansados —dijo el Coronel mientras abría una puerta y los invitaba a pasar—, pero la intromisión que sufrimos ocasionó muchísimos problemas. En este momento no estamos en condiciones de ofrecerles ni una habitación limpia para que descansen. Iremos a prepararla de inmediato pero por favor esperen aquí. Dentro de poco me reuniré con ustedes y traeré conmigo a los oficiales que me siguen en rango. Así podremos discutir el plan a tomar mientras los preparativos están listos.
—Perfecto. Esperaremos, entonces —dijo Dereck mientras entraba a la sala de conferencias—. Tómese su tiempo, Coronel.
—Sí, señor. Si necesitan algo no duden en pedirlo a los guardias apostados afuera.
Savitra cerró la puerta y dejó a Sakti y a los demás a solas. La sala de conferencias era una habitación rectangular y larga, ocupada principalmente por una mesa que iba de un extremo a otro del salón.
Sobre la superficie de la mesa se dibujaba un mapa del mundo entero con lujo de detalles: el continente principal, las islas del suroeste y sureste, el desierto y el País de Hielo. Todos tenían puntos con los nombres de los pueblos, ríos, montañas, bosques y caminos para llegar a ellos, con excepción del país vaniriano, que estaba delimitado a la perfección pero que aparecía como un gran parche blanco. Lo único escrito allí era «Columna de hielo oscuro», la Torre. Una única mirada bastó para que Sakti y Darius supieran que el mapa estaba equivocado. Esa no era la ubicación correcta de la Capital vaniriana.
Dereck dejó escapar un profundo suspiró y se sentó en un silla, exhausto.
—Lo hiciste muy bien —lo felicitó Sakti a la vez que se sentaba sobre la mesa—. ¿Es la primera vez que das órdenes de esta forma?
—Sí —confesó su Guardián—. Me esforcé mucho para seguir las indicaciones que me dio el señor Montag en caso de que tuviera que hacer algo así, pero estoy seguro de que me salté varios puntos importantes. Si se diera cuenta me agarraría a coscorrones.
—Aun así lo hiciste muy bien —repitió la princesa—. Plántate de la misma forma para que no tardemos mucho en preparar un barco. Y también para hacer algo con este detestable olor. No lo soporto.
El olor a sangre era incluso más fuerte en esa habitación. Estuvo a punto de pedir que dejaran la puerta abierta para ventilar un poco, pero no estaba segura de que eso funcionara ya que los pasillos tampoco tenían aire fresco.
El hedor le recordaba al lago de sangre del Reino de los espíritus. Intentó con todas sus fuerzas apartar la imagen de su mente. A pesar de todo, se sentía mareada. Necesitaba concentrarse en algo más.
—¿Por qué tienes esa cara? —le preguntó a Darius. Su amigo también se había sentado en una silla y ahora apoyaba los codos sobre la mesa. El mestizo levantó los ojos y la miró con expresión nostálgica.
—Estaba pensando en los niños. Al final no tuvimos ningún inconveniente con los vanirianos. Estarán furiosos cuando se enteren de que el viaje ya no representaba ningún riesgo.
—En eso te equivocas, Darius —le contestó Sakti—. El enfrentamiento que se dio en Norishka hace dos días puede ser la razón por la que no nos topamos a ningún vaniriano de camino. Nosotros tuvimos suerte pero este lugar no. Tan solo basta con oler. ¿Te imaginas la masacre que ocurrió aquí?
Un escalofrío recorrió el cuerpo del profeta con tan solo imaginarlo. ¿Qué habrían hecho sus hijos al percibir tanto hedor? Habrían vomitado, quizá incluso entrado en pánico. Haberlos sacado del viaje fue lo mejor para evitarles un terrible trauma.
—No solo eso. Ahora podremos ir en barco hasta el Reino de las Arenas, pero lo último que escuchamos de allí era que también estaban sufriendo una invasión. Todavía no sabemos si habrá suficientes soldados para socorrer Masca o si primero tendremos que detener la invasión del desierto para que nos ayuden. Como ves, las batallas apenas inician. —La muchacha hizo una pausa—. Tomaste la decisión correcta al prohibirles seguir adelante.
Darius suspiró. Sabía que Sakti tenía razón pero aun así le hacían muchísima falta los chicos. ¿Es que no podría pasar más que una temporada junto a ellos? Siempre había algo que los separaba. No era justo. El profeta estiró los brazos para desperezarse, se inclinó en el respaldar de la silla y se impulsó hacia atrás para estirar todo el cuerpo.
La silla resbaló y él cayó de espaldas al suelo.
—Tonto —dijo Dereck. Darius no le respondió.
—¿Estás bien? —preguntó Sakti mientras arqueaba una ceja. Desde su posición no podía ver a su amigo y se preocupó de que se hubiera lastimado.
—El suelo… —dijo Darius.
—¿Qué con el suelo?
—Está muy resbaloso. No debería…
—¿Qué? ¿Te golpeaste la cabeza al caer?
Sakti se lanzó al suelo para ir hacia Darius. En cuanto sus pies tocaron las lozas, se resbaló. Se sostuvo al filo de la mesa para evitar caer pero le costó mantener el equilibrio. Dereck se levantó para ayudarla, pero él también tuvo que apoyarse en la mesa para evitar resbalar.
Los dos miraron el suelo. Estaba limpio, se veía áspero e incapaz de jugar malas pasadas. Pero aun así…
—Hay algo en el suelo —dijo Darius mientras se levantaba con cuidado. Se frotó los dedos de la mano con el pulgar, como si sintiera algo en las yemas—. Es una sustancia, creo… —Se llevó los dedos a la nariz y de inmediato los apartó.
—¿Qué es? —preguntó Dereck.
Darius no le respondió sino que se limpió los dedos en el pantalón, casi frenético, a la vez que miraba a un lado y otro con terror. Dereck se agachó, acarició el suelo y olfateó la sustancia invisible que atrapó en los dedos. Su reacción fue muy semejante a la de Darius.
—¿Qué les pasa? —preguntó Sakti.
Caminó hacia el Guardián a la vez que se apoyaba en la mesa para no resbalar. Entonces sus dedos tocaron una sustancia invisible que estaba sobre la mesa. Esa sensación tan escalofriante, ese líquido tan pegajoso, ¿dónde lo había sentido antes?
Entonces lo recordó. Ella no tenía que llevarse los dedos a la nariz para olerlo porque el hedor colmaba la habitación; tampoco tenía que frotarse las yemas para descifrar la sustancia, porque la había sentido miles de veces cuando era niña.
Era sangre.
En cuanto se dio cuenta de esto la habitación cambió. Ya no estaba en la inmaculada sala de conferencias, sino en una versión sangrienta del cuarto. El mapa que se dibuja en la mesa estaba manchado con sangre semi-seca y rastros de pellejo. El suelo estaba igual: tenía sangre y cadáveres.
A Sakti le temblaron las rodillas y tuvo que agacharse para evitar caer. Entonces miró el espectáculo debajo de la mesa: soldados aesirianos retorcidos, mutilados, con cortaduras en la piel y unidos entre sí y a la mesa por delgados hilos transparentes.
La princesa no se sorprendía con facilidad pero estuvo a punto de gritar al ver esos rostros muertos que la miraban con dolor y terror. Una de las caras era la del Coronel Savitra Jöru, apenas reconocible tras una cortada que dibujaba una sonrisa desde el pómulo izquierdo hasta el derecho, pasando por la boca.
—Shhh, Alteza —la calló Dereck mientras le ponía la mano limpia sobre los labios para que no gritara. La levantó y la sostuvo contra él mientras le susurraba—: Todavía no se han dado cuenta de que la ilusión no funciona, pero pronto lo harán.
Darius se acercó para sostener a Sakti, mientras Dereck se inclinaba para ver los cadáveres debajo de la mesa. Al ver el del Coronel extendió la mano hacia el cuello y le arrancó la cadena con la placa de metal, que era su identificación. «Coronel Lee Syänt», no Savitra Jöru.
«Diablos», pensó. «Este es uno de los puntos que olvidé. Debí haberle pedido la identificación a ese farsante cuando me dio su nombre. ¡Un nombre vaniriano y yo no me di cuenta!». Guardó la placa en la bolsa del pantalón y se incorporó. Sakti y Darius parecían haber superado la sorpresa. Los dos miraron a Dereck de forma intensa, preguntándole qué harían ahora.
—Vengan —susurró el soldado mientras caminaba al extremo contrario de la habitación—. Todos los cuartos de reunión deben tener un pasadizo secreto. Es la norma. Pero necesitaremos trabajar juntos para abrirlo.
Cuando alcanzaron la pared Dereck se agachó de nuevo por debajo de la mesa. Al ver el cadáver que buscaba lo arrastró consigo. Se trataba de un hombre rubio muy musculoso y con un uniforme diferente al de los demás oficiales, pues llevaba una armadura rota de hombro derecho y de bronce. Dereck sacó la placa de metal que decía «Brigadier General Ian Mürrock» y le cerró los ojos.
—Darius —dijo en un susurro—, necesito que lo toques y averigües cómo abrir el pasadizo. —El mestizo asintió. Tocó el cadáver y se concentró. Las visiones llegaron a él casi de inmediato.
—Candela izquierda, luego derecha, izquierda dos veces más y pulsas el sello en la parte inferior.
Dereck se fijó en la pared y vio que había un extraño candelabro pegado a ella que tenía tres candelas: una a la izquierda, una en el medio y otra a la derecha. Jaló hacia abajo la izquierda, con lo que hizo que esta y la base descendieran. Hizo lo mismo con la derecha, después subió de nuevo la izquierda y la volvió a bajar. Finalmente se agachó y apretó un pequeño sello en relieve del escudo del Imperio Aesiriano.
La pared se deslizó suavemente y dio paso a un oscuro túnel. Aunque olía a viejo resultaba mucho más limpio que el aire podrido de la habitación. Sakti hizo aparecer una llama en la mano y comenzaron el camino por el pasillo, con la esperanza de escapar de Norishka antes de que los invasores vanirianos repararan en ellos.

"Los Hijos de Aesir: Travesía bajo la sombra del Tercero" © 2010-2017. Ángela Arias Molina

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