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Capítulo 16

16
ENTRE FAUCES Y GARRAS



—Cuidado. —Sakti sostuvo a Connor antes de que cayera de bruces al suelo.
Aunque sentía que su autoridad se había visto considerablemente minada, debía admitir que Dagda y Airgetlam tenían la visión muchísimo más aguda que ella. Eso la redujo a «niñera de Connor», encargada de llevarlo de la mano para que no se cayera mientras ambos caminaban detrás de los gemelos.
Connor se disculpó por la molestia pero Sakti no estaba enfadada con él. Solo preocupada. No tenía idea de a dónde se dirigían. Quería que comenzara a amanecer para así tener un poco más de luz y buscar con mayor éxito. Pero esperar hasta entonces para buscar a Darius y a Dereck era peligrosísimo. En todo ese tiempo los vanirianos podrían encontrarlos o las sanguijuelas podrían matarlos. Sakti y los gemelos estaban convencidos de que sus otros dos compañeros de viaje necesitaban urgentemente ayuda.
—Tranquila —dijo Dagda—. Los encontraremos a tiempo así que no te preocupes, ¿sí, Allena? —Sakti miró la espalda de su amigo, con las cejas un poquito fruncidas.
—¿Cuál de los dos me dio instrucciones telepáticas antes?
—Los dos lo hicimos —respondió Airgetlam.
—Eso es asombroso. En Masca nadie tiene acceso a mi mente. Ni siquiera Enlil puede, y sé que lo ha intentado con muchas ganas. Ustedes en cambio lo hacen como si nada…
—¿Como si nada? ¡JA! —exclamó Dagda—. Casi nos da un derrame cerebral intentando enviarte algún mensaje. Es como si… —Dudó por tanto tiempo que su hermano tuvo que intervenir.
—No te ofendas pero tu mente es rarísima. Es como si fueras dos personas en una. La primera vez que intentamos enviarte indicaciones fue como si un puñetazo de roca nos repelara. La segunda vez no encontramos nada: ni la muralla, ni tus pensamientos, ¡nada! Era como si no tuvieras mente. Y en la tercera ocasión Dagda sintió de nuevo el muro de roca y yo no te sentí para nada. ¿No es eso raro?
—Pero lograron enviarme algo.
—Sí, a duras penas. Dagda casi se desmaya por el esfuerzo. Cuando se descompuso Connor tuvo que echarme una mano para burlar un poco tus defensas y enviarte un mensaje. Temí que al peque se le estallara el cerebro si se esforzaba más de la cuenta.
—De verdad dolió… —comentó a su vez Connor en un susurro mientras se llevaba la mano libre a la cabeza.
¿Así que aunque los tres podían enviarle mensajes telepáticos tenían graves problemas para hacerlo? Lo mismo debía de suceder si intentaban leerle la mente. No se equivocó al decir que esos niños tenían un potencial muy grande que bien podría superar incluso las facultades de la portadora. A pesar de esto, Sakti no estaba dispuesta a que esos chicos ni ninguna otra persona le leyera la mente y descubriera la presencia del Dragón. El espíritu sentía lo mismo. Ninguna de las dos quería imaginar el escándalo que se armaría si se sabía que ambas tenían un contacto consciente.
—¿Cómo sabías que estaba angustiada por Dereck y Darius? —continuó la princesa.
—¿Entonces estabas preocupada? —preguntó uno de los hermanos—. En realidad solo estábamos aventurándonos con la pregunta. —El muchacho la miró por encima del hombro—. Apenas puedo distinguirte con tan poca luz, pero estoy seguro de que tu cara no transmite nada y que está tan seria como siempre. Incluso cuando caías por la grieta era así. No te veías asustada, ni sorprendida… Solo resignada. Es bueno saber que a pesar de verte tan zombi sí experimentas sensaciones.
Sakti meditó en esas palabras. Lo que quería decir era que estaba preocupado de que ella fuera tan distante, ¿no es así? Le preocupaba lo que podía sentir o no.
Él y sus hermanos se habían arriesgado a que el cerebro se les convirtiera en gelatina con tal de enviarle dos mensajes telepáticos para salvarle la vida. De no ser por ellos no habría apagado la bola de fuego que facilitaba que las flechas de los vanirianos la alcanzaran; y tampoco habría saltado con todas sus fuerzas justo antes de caer por la grieta en el risco.
Eran buenos chicos. Majaderos, traviesos e irresponsables, pero dulces y amables. Era tan bueno que le hablaran de nuevo y no que pretendieran ignorarla cuando se la topaban en los pasillos de Palacio o en una plaza de entrenamiento.
—Incluso crearon una ilusión para que supiera cuándo saltar. Son increíbles, chicos.
—¿Una ilusión? —preguntó Connor—. Nosotros no hicimos ninguna ilusión. —Se le iluminó el rostro con la idea—: ¿Crees que podemos hacer ilusiones? ¿Será posible? ¡Sería genial!
—¿Ustedes no hicieron la ilusión de la niebla? —Los hermanos lo negaron otra vez—. Pero… ¿entonces…?
¿… qué fue esa neblina? Hmmm… quizá no era nada, quizá solo fue su imaginación o un daño sufrido por forzar mucho los ojos. No tenía importancia. El punto era que ahora estaba a salvo y que tenía a los jóvenes profetas al lado. Ahora debía encontrar a Darius y Dereck, y cuidar a los niños hasta que dieran con los demás.
—Alto —advirtió Dagda. Él y su hermano tomaron posiciones de defensa—. Percibo movimiento. —Sakti intentó ver algo en la oscuridad pero no pudo distinguir nada. Quizá eran vanirianos.
—¿Los ven? —preguntó en un susurro.
—Sí, vienen para acá —susurró Airgetlam. Dagda miró por encima del hombro en busca del camino de vuelta y anunció:
—También vienen por detrás. —Entonces estaban rodeados. Connor apretó con mayor fuerza la mano de Sakti y se acercó a ella hasta apoyar la cabeza en el brazo de la muchacha.
—¿Qué haremos?
—Lo único que podemos hacer —contestó Sakti—. Luchar. Pero ahora tendrán que hacerlo ustedes. Yo no seré muy certera si no puedo ver a mi enemigo. —En la oscuridad Sakti notó que los hermanos mayores se veían con desconcierto—. Todos nos lastimaremos en este viaje y nos llenaremos de sangre, pero con suerte no será la nuestra. ¿Entienden lo que digo?
Más indecisión. Dagda y Airgetlam defendieron con palabras su derecho a viajar, pero ahora debían demostrar las facultades que dijeron tener. Connor también se comportó muy valiente cuando pidió permanecer en el viaje, pero ahora temblaba como una hoja y se apoyaba mucho en Sakti. Las rodillas le temblaban. A pesar de ser ligeramente más bajo que ella parecía querer abrazarse a su cintura o que lo cargaran como si fuera un bebé en peligro.
—Tu padre te está enseñando a usar una espada —le dijo ella.
—Pero no soy bueno… —contestó él—. Y yo… —dejó escapar un gemido como si quisiera vomitar—… no me siento… muy bien...
La princesa dejó que Connor apoyara la cabeza en su hombro. Miró a los otros dos profetas y giró los ojos, señalando hacia el frente. Los chicos entendieron.
—Muy bien. Nos haremos cargo de ellos. Y tú…
—Yo cuidaré a Connor.
Dagda y Airgetlam desenfundaron las espadas. Las habían utilizado muchas veces en los entrenamientos de Sigfrid pero ahora las sentían pesadas e incontrolables. El General nunca se los decía, y ellos estaban muy preocupados durante las sesiones como para notarlo, pero en realidad eran bastante diestros en combate. Sakti lo sabía. Ahora solo faltaba que los chicos aprendieran que podían enfrentarse a los enemigo en lugar de escapar de ellos.
Recordó la primera vez que encontró una manada de groliens. En aquella ocasión huyó. Cuando intentó hacerles frente con magia no logró hacerles daño. Pero la segunda vez Sigfrid la dejó luchar con una espada, fingiendo que la dejaba por su cuenta aunque en realidad vigilaba su desempeño. Así fue como ella descubrió que Masca le enseñó todo lo que necesitaba para sobrevivir en la guerra. Ahora los niños debían aprender esa lección.
—Guarden las espadas, chicos —les dijo—. No corran con ellas, al menos no todavía.
Los hermanos estuvieron más confundidos e indecisos, pero hicieron caso y envainaron otra vez. Intentaron ponerse de acuerdo en cuál se enfrentaría a los enemigos que venían desde el frente y cuál se haría cargo de los que venían atrás, pero Sakti los contradijo:
—No se separen. Ambos enfrentarán al grupo de vanirianos que esté más cerca de nosotros. Se dirigirán hacia ellos y cuando estén lo bastante cerca desenvainarán y los atacarán. Se apoyarán y se cuidarán las espaldas. No importa la situación, nunca bajen la guardia. Si tienen problemas no duden en pedir refuerzos. Cuando acaben la tarea se encargarán del otro grupo de vanirianos. ¿Entendido?
Los muchachos sabían que no tendrían tiempo de derrotar al primer grupo de enemigos y encargarse del segundo antes de que Sakti y Connor fueran atacados. Pero callaron cualquier réplica al ver la expresión de Sakti. La princesa los miraba ahora como Sigfrid cuando les daba las instrucciones del entrenamiento del día, esperando que se callaran e hicieran lo que se les ordenara.
—Sí —respondieron a la vez. Salieron disparados al frente sin decir ni una palabra más.
Airgetlam y Dagda se alejaron rápido de su rango de visión. Pronto, Sakti escuchó el choque de las espadas contra las armas vanirianas. No pudo verlos pero estuvo segura de que los muchachos peleaban fieramente. Dagda y Airgetlam solo pensaban en derrotar a los enemigos para regresar y proteger a su hermanito.
—Ahora te toca a ti —dijo ella. Cambió a Connor de lugar.
Rodeó los hombros del profeta con el brazo izquierdo. El chico tragó fuerte. Sabía que ella no lo lastimaría pero aun así le incomodó estar rodeado por la garra de Dragón, que era capaz de cortar un árbol con un solo zarpazo.
—Sigue mis movimientos y siente el flujo de ellos, ¿de acuerdo? —Connor tragó otra vez.
—¿Por qué?
—Porque los dejaré acercarse mucho. Así aprenderás a evadir.
Dicho esto, Sakti esquivó un hachazo que zumbó a escasos centímetros del oído de Connor. El chico quiso creer que era una locura, que Sakti jamás lo pondría en peligro así… Pero era cierto. Sakti peleaba contra enemigos invisibles para ella. En ese peculiar combate lo arrastró consigo a la vez que esquivaba los ataques ¡sin siquiera desenvainar la espada en el proceso! Todo lo que hizo fue caminar hacia atrás y agacharse para evitar los golpes. Lo único que la guiaba era el sonido de las armas cuando cortaban el aire.
Mientras tanto, los gemelos luchaban contra un número modesto de vanirianos ordinarios. Al principio, cuando los miraron, creyeron que eran aesirianos; sin embargo notaron a los kredoa que estaban en las filas más alejadas del grupo, moviendo los labios en silencio para recitar un hechizo de ilusión.
La duda los acompañó poco antes de alcanzar el grupo. Pero una vez que estuvieron a punto de recibirlos, el cuerpo se les movió por cuenta propia. En sus mentes escucharon la voz cruel y autoritaria de Sigfrid; vieron su mirada fría mientras les ordenaba pelear. Así que pelearon. Los brazos supieron cuándo empuñar la espada para atacar y cuándo retirarla para defender. Las piernas supieron cuándo plantarse firmes para repeler un ataque, cuándo avanzar para ganar terreno y cuándo retirarse para ponerse a salvo. Dagda y Airgetlam temían desconcentrarse en medio combate pero en un rincón de la mente estaban sorprendidos, orgullosos y contentísimos de poder mantener el ritmo de la batalla.
—¡Por favor, basta! —escucharon gritar a Connor—. Es demasiado, ¡por favor detente!
El grito los desconcentró. Se detuvieron a la vez y giraron en busca de Connor, seguros de que el chico estaba en problemas. Fue un error. Justo en ese momento un silbido cortó el aire.
Dagda cayó con una rodilla plantada en el suelo cuando un golpe le perforó el hombro de manera rápida y limpia. El dolor llegó después. Era una flecha. Percibió un movimiento rápido al lado antes de que pudiese sentir miedo. Supo que era un enemigo. Apretó los ojos, seguro de que moriría sin remedio.
Escuchó otro silbido por encima de su cabeza y esperó la muerte.
El golpe de gracia no llegó. Dagda entreabrió los ojos. Al lado había un vaniriano con un hacha levantada a punto de golpearlo. Lástima que le faltaba algo importante para terminar el trabajo: la cabeza. El sujeto se mantuvo en pie por unos instantes y cayó después de medio lado, fláccido. La cabeza del vaniriano estaba justo al lado, a la par de una espada clavada en el suelo que todavía vibraba por el golpe. Dagda reconoció la espada de tres curvas pronunciadas. Era el arma de Sakti.
Giró la cabeza hacia la princesa, al otro extremo del combate. Sakti tenía el brazo derecho todavía extendido tras el lanzamiento. ¡Conque eso era! ¡Ese fue el silbido que escuchó poco después de cerrar los ojos!
—¡Nunca bajes la guardia! —lo reprendió enojada.
Un vaniriano enorme se colocó detrás de ella. Dagda no pudo socorrerla porque otro vaniriano se había acercado a él y ahora lo enfrentaba. Sin embargo, Sakti tenía todo bajo control. La princesa giró a la velocidad del rayo para recibir al grolien a la vez que cubría a Connor con la garra para protegerlo de un ataque. Airgetlam fue más rápido. Sakti abrió mucho los ojos cuando el gemelo saltó por encima de ella y cayó frente al enemigo invisible. El profeta sostenía la espada con las dos manos y la punta del arma miraba hacia abajo.
—¡No te metas con mi hermanito! —gritó.
La espada de Airgetlam produjo una salpicadura de sangre que Sakti sí pudo distinguir. La princesa creyó que el profeta mató a su primer adversario. Sin embargo, Airgetlam mantuvo la espada en alto cuando cayó en tierra para recibir un ataque. Al poco tiempo su espada chocó contra otra arma. El gemelo perdió fuerza en una pierna y colocó una rodilla en el suelo.
«Un grolien», comprendió la princesa después de calcular la estatura y la fuerza del enemigo al ver el esfuerzo de Airgetlam. El gemelo era veloz pero todavía no tenía la fuerza ni la experiencia para acabar con un grolien al primer golpe. Necesitaba ayuda para salir de esa dificultad.
La princesa se situó al lado del gemelo. Lo apartó de un empujón y le quitó la espada. Sakti supo que el grolien bien podría destrozarla con un simple movimiento porque tenía la ventaja. Así que ella retiró el arma y recibió el ataque enemigo con la garra de Dragón.
Aunque no pudo ver la expresión del grolien, se la imaginó. ¡De seguro estaba sorprendido de que el arma no cortara el brazo izquierdo de una muchachita! Sakti aprovechó el momento y repelió al grolien. Después de calcular que lo tenía lejos, giró sobre los talones con la espada extendida. El filo trazó círculos en el aire. El grolien cayó de espaldas, con tajos de piel arrancados y una línea sanguinolenta en el vientre por donde se asomaron las vísceras.
—Tu hermano —dijo Sakti después de detenerse al lado de Airgetlam. Le ofreció la empuñadura de la espada y agregó—: Ve a ayudarlo. Que nada los distraiga ahora.
Airgetlam dudó unos instantes. Miró el cadáver del grolien y luego la sangre que salpicó el rostro de Sakti.
—En este viaje todos nos lastimaremos —dijo la princesa—. Ustedes tres, Dereck, Darius y yo. Y en este viaje todos lastimaremos a otros. Entre más pronto lo entiendas más pronto terminaremos con esto. Ahora ataca y no dudes.
Airgetlam apretó los dientes pero tomó el arma y socorrió a Dagda, quien enfrentaba por su cuenta al otro grupo de vanirianos. Sakti se tomó su tiempo. Los dejó luchar un buen rato más y los vigiló de la misma forma que Sigfrid lo hizo con ella en sus primeros enfrentamientos contra groliens. Si todo salía bien, después de unas batallas más no tendría que vigilar a nadie y contaría con dos pares de manos más en la lucha.


Dagda se dejó caer de espaldas y se llevó el antebrazo a los ojos para cubrirlos. Airgetlam se dejó caer sentado al lado porque las piernas ya no podían sostenerlo. Jadearon exhaustos y tenían sudor en todo el cuerpo.
Sakti los miró un rato. Dagda se cubrió los ojos porque la delgada línea de fuego que rodeaba al grupo hacía que le ardieran, pero también porque lloraba y no quería admitirlo. Tal vez Airgetlam también lloraba, pero Sakti no estaba segura pues el gemelo le daba la espalda.
—Todo está bien, Connor —dijo ella a la vez que le acariciaba la cabeza. Connor estaba acuclillado al lado. Se tapaba los oídos con las manos—. Ya pasó.
El chico tenía los ojos cerrados muy fuerte. Abrió uno y bajó las manos con lentitud. Luego miró a la princesa con expresión culpable.
—Lo lamento —dijo—. Es que… me dio mucho miedo.
—Es una reacción normal —lo consoló ella. Luego confesó—: La primera vez que los groliens me rodearon, tu padre tuvo que salvarme y cargarme hasta el campamento porque las piernas no me sostenían.
—¿En serio?
Connor no podía creerse que Sakti tuviera alguna vez miedo de los vanirianos. ¡La había visto enfrentarlos muy bien, tan fresca como una lechuga y tan ágil como una bailarina!
—¿Por qué gritabas, Connor? —le preguntó Dagda, todavía en el suelo—. Pensé que te estaban lastimando pero no tienes ni un raspón.
—Es que Allena me arrastró muy rápido por todas partes. Me estaba mareando.
Dagda gruñó enojado, pues de verdad se había asustado. Airgetlam se rio como si el susto de su gemelo fuera una broma. Connor se acercó para atenderles las heridas. Dagda tenía el hombro lastimado, pues lo había alcanzado una flecha; mientras que Airgetlam tenía varias magulladuras y raspones. Los dos quedaron como nuevos después de ungüentos y vendajes.
Connor sonrió satisfecho. Él todavía no podía pelear como su papá o sus hermanos, pero sí podía cuidarlos. Eso era tan o más importante que sostener una espada. Se giró a Sakti para atenderla también pero la princesa estaba intacta. Ni siquiera el brazo izquierdo tenía un rasguño, a pesar de que recibió un hachazo directo.
La princesa caminó hacia el borde del círculo de fuego. Utilizó la piroquinesis poco antes de terminar el encuentro, cuando sintió que los gemelos ya llegaron al límite de sus capacidades y peligraban. Quería entrenarlos, no matarlos, así que les dio una ayudita para acabar el enfrentamiento. Aprovechó e incineró a los kredoa para despreocuparse de los hechizos de ilusión.
Saltó las llamas, que eran tan altas como brizna de hierba, y recogió su espada, que todavía estaba donde aterrizó después de rescatar a Dagda. Escuchó varios gemidos lastimeros y chascó la lengua. Por lo general, después de sus batallas había silencio. Como los gemelos estuvieron más preocupados en defender que en atacar todavía quedaban muchos vanirianos vivos, aunque no estaban en condiciones de contraatacar.
Aunque ya no eran una amenaza tan seria, Sakti supo que tenía que rematarlos para evitar futuros problemas. Escuchó el tintineo de la voz de Connor cuando estuvo a punto de liberar cientos de llamas. No pudo hacerlo. No podía matar a los groliens delante del chico. Durante el encuentro Connor se cubrió las orejas porque no soportó los «clank» de las armas cuando chocaban. Se volvería loco si escuchaba a los vanirianos gritar por el dolor. Los gemelos tampoco se lo tomarían bien. Sigfrid les enseñó a matar. Si no lo hicieron fue porque no quisieron, porque tuvieron miedo de arrebatar una vida.
Porque eran más nobles que ella.
Sakti soltó un suspiro y sacudió la cabeza. Tenían que irse pronto, antes de que los groliens pudieran movilizarse de nuevo.
Además, comenzaba a amanecer. Sakti vio el horizonte. Descubrió un poco de claridad en medio de la noche, como un tono morado un poquito más pálido que el resto. Tuvo que cerrar los ojos porque empezaron a lagrimearle.
¡Qué ironía! Mientras avanzó por la balsa de cadáveres se esforzó al máximo por ver. Pero ahora que unas cuantas llamitas ardían en el suelo los ojos le escocían por la luz. «Cometí un error», pensó mientras se acariciaba los párpados. «Forcé mucho la vista y estoy sufriendo las consecuencias». Se estaba quedando ciega. En cuanto saliera el sol no podría ver nada.
—Tenemos que irnos —dijo mientras regresaba con los chicos—. Tenemos que encontrar a Darius y Dereck.
Quería hallarlos antes de que amaneciera y ella fuera incapaz de cuidar a los profetas. Inició la marcha. Sakti logró salir de Norishka al escapar de los flecheros, pero ahora debía regresar. Como conocía muy bien a Dereck supo que el Guardián todavía estaba en la fortaleza, buscándola como loco para subir a uno de los barcos y escapar.
La silueta de la fortaleza se hizo más clara a medida que avanzaban. Como comenzaba a amanecer, Sakti reconoció la figura de Norishka a la distancia, como a un kilómetro. También reconoció los riscos en los que estaba construida la base militar.
Darius había dicho que no podía haber barcos en los riscos, pues el oleaje los destruiría. Sin embargo, la princesa vio que las embarcaciones flotaban sobre el agua a pesar de las olas violentas y de las rocas en medio. «Debe de haber una construcción por debajo del agua o quizá un sortilegio. Algo protege las naves», pensó.
Los gemelos –que lideraban la marcha– sortearon las grietas y pozas hasta dar con una playa de guijarros por donde era más fácil avanzar. Aun así en un par de ocasiones Connor y Dagda estuvieron a punto de caerse por lo resbalosas que estaban las piedritas húmedas. Ahí el oleaje era también muy fuerte y reventaba como truenos. Sakti sentía que además de ciega se estaba quedando sorda.
—Escucho algo al frente —advirtió Airgetlam de pronto.
Sakti se detuvo. A esas alturas confiaba más en los sentidos de los gemelos que en los suyos propios. Se concentró para percibir un sonido fuera de lo común. Separó las olas furiosas, la brisa brava y los latidos de su corazón hasta dar con algo diferente.
Escuchó maldiciones entre jadeos. Alguien venía corriendo. «No», pensó la princesa. «Huyendo. Alguien está escapando». Desde lejos escuchó palabrotas groseras y el susurro de los guijarros cuando resbalaban bajo los pies de un corredor anónimo. El corazón de Sakti dio un pequeño vuelco cuando la voz se hizo más clara.
Era Dereck, que escapaba de los vanirianos.
No…
La princesa agudizó el oído porque no pillaba el sonido de las pesuñas de los groliens sobre los guijarros, o sus bramidos de toro como cuando corrían en estampida. Tampoco escuchó las risas de las arpías. Si no eran vanirianos ¿entonces qué perseguía a Dereck? Lo único que Sakti percibió fue un gruñido ronco de animal y rasguños, como si algo arañara los guijarros con cada paso.
—¡Detrás de mí! —gritó ella.
Dio un paso al frente, se situó delante de los gemelos y extendió los brazos para impedir que los chicos la pasaran.
—Allena, nosotros veremos a los groliens… —intentó decirle Airgetlam. Sakti lo apartó.
—No son groliens. Es algo más grande.
En ese momento alcanzaron a ver a Dereck. El soldado corría como loco hacia ellos, a la vez que gritaba «Diablos, demonios, ¡diablos, demonios!» una y otra vez. Los profetas alzaron una ceja por la carrera de Dereck, porque no podían ver qué perseguía al Guardián. El oficial miraba por encima del hombro a cada instante. Cuando veía de nuevo al frente parecía mucho más asustado que antes.
—Tiene cuatro patas —susurró Sakti, ensimismada—. Es un animal.
De repente giró sobre los talones, extendió la garra de Dragón y lanzó una onda de viento hacia los profetas. Los gemelos y Connor gritaron cuando el vendaval los arrancó del suelo y los lanzó lejísimo de ella. Los tres cayeron de espaldas en la playa, confundidos y adoloridos. ¿Por qué Sakti hizo eso?
La muchacha asintió satisfecha consigo misma, pues apartó a los chicos del peligro. Giró para ver a Dereck, quien ya estaba a veinte metros de ella. Entrecerró los ojos y logró distinguir al monstruo que perseguía al Guardián.
En circunstancias normales no habría visto al animal, pues era oscuro como la noche y se camuflaba en la oscuridad. Pero la visión de Sakti ardía porque el cielo se hacía más claro a cada minuto y así pilló el pelaje negro. Distinguió también la hilera de dientes puntiagudos que se asomaba por la boca abierta de par en par. Por las comisuras de los labios se asomaba una lengua larga que se mecía en el aire con cada salto.
Diez metros. Las botas de Dereck resbalaron otra vez sobre los guijarros. El Guardián se las arregló para caer de rodillas en lugar de bruces. Mientras caía se giró hacia el animal y comenzó a desenfundar la espada para enfrentarlo. Sakti pensó que Dereck pudo haberlo hecho antes, que se comportó como un imbécil al huir y gastar energía en lugar de matarlo cuando se lo encontró en el camino.
Ella no era tan tonta. Aunque el animal –imaginó que era un puma u otro depredador– solo cazaba la cena y actuaba sin maldad, no podía permitir que el Guardián muriera por algo tan absurdo.
Antes de que Dereck terminara de caer sobre las rodillas, Sakti saltó y cayó con la espada extendida. Aunque ella fue más rápida que el soldado, la criatura lo fue aún más. Percibió el peligro justo a tiempo y se detuvo en seco. En lugar de asestar la cabeza, la espada de Sakti golpeó el lado derecho del lomo y allí quedó enterrada.
Sakti cayó de pie con el arma bien sujeta, que goteaba sangre. El animal la miró con cautela por un instante y al siguiente se lanzó sobre ella. Sakti retiró la espada a toda velocidad y tomó una posición de defensa. Con eso sería suficiente. En cuanto el bicho hiciera contacto, se clavaría la punta de la espada en el pecho y todo acabaría. Justo antes de que el monstruo la alcanzara, Dereck derribó a Sakti y cayó sobre ella.
—¡No lo mate! —gritó el Guardián.
—¡¿Qué haces?!
La princesa y el soldado intentaron levantarse –ella para atacar y él para huir con ella–, pero entonces el animal cayó sobre los dos y los apresó con las patas delanteras. La criatura les lanzó dentelladas y estuvo a punto de arrancarle la cara a Dereck con un mordisco. Sakti fue más rápida e interpuso la garra para que no se los comiera. A pesar de que escuchó el crujido de los dientes sobre el brazo izquierdo –ahora veía que no era un puma, sino un enorme lobo negro–, la princesa apenas si sintió una punzada.
Después del primer mordisco el lobo retiró las fauces, sorprendido de que el brazo no se hubiese deshecho entre sus dientes de acero. Como si esto le hubiese herido el ego, lanzó dentelladas cada vez más furiosas a la garra de Dragón.
—¡Princesa! —gritó Dereck al ver la fuerza de los embates.
—Estoy bien. No podrá romperlo —respondió Sakti. Sin embargo, pronto se dio cuenta de que ese no era el problema: el lobo ya no solo mordía, sino que también jalaba—. Si sigue así —gritó— ¡me arrancará el brazo! ¡Mátalo, Dereck! ¡Mátalo ahora!
Dereck sabía que la espada de Sakti estaba en el suelo, cerca de él. Bastaba con estirar un poco los dedos, tomar el arma, hacer un corte en la pata del lobo para que retrocediera y luego ¡ZAZ!, cortarle la garganta. Pero no lo haría.
—¡No voy a matarlo! —contestó—. Alteza, ¡mírelo!
Sakti quiso responderle con una grosería. ¿Cómo diablos no iba a ver un lobo gigante justo cuando lo tenía encima? Luego reparó en algo a lo que antes no prestó atención: los ojos del animal.
Mitad azules, mitad verdes.
—¡¿Es una maldita broma?! —masculló Sakti, molestísima.
—El veneno de las sanguijuelas lo hizo cambiar —explicó Dereck rápidamente—. Pensé que podría manejarlo, pero entonces unos groliens nos encontraron y creyeron divertido molestarlo. Ahora se volvió loco, atacó a los groliens y cuando acabó con ellos decidió que todavía tenía hambre y que yo sería un buen postre.
A Sakti se le revolvió el estómago. Sabía que aunque no todas las transformaciones eran severas, algunas veces hacían que un aesiriano tomara forma animal. Como un dragón –en el caso de su hermano–, un ave –como los soldados del Escuadrón Vento– o cualquier otra criatura.
Además, si la transformación era muy violenta el aesiriano podía perder el raciocinio y sentir un hambre repentina. Por eso existían las cavernas y orbes mágicos: para que los cachorros que sufrían esas transformaciones no representaran un peligro y estuvieran prisioneros mientras duraban sus cambios. Si perdían los cabales antes de ser encerrados atacaban lo primero que vieran para saciar su apetito. Sakti supo que eso fue lo que pasó cuando el mestizo vio a los groliens.
—Cuando Darius se recupere vomitará como nunca en la vida —comentó con los dientes apretados.
Dereck se rio por la ocurrencia, aunque la risa fue más nerviosa que de gozo. ¿Cómo podrían quitarse a Darius de encima sin lastimarlo? ¿Cuánto tiempo más resistiría la garra de Sakti? ¿Qué sucedería si el lobo hacía caso a los gritos de los chicos profetas, que le hacían señas y le lanzaban guijarros, y se iba tras ellos? ¿Cuánto más…?
—Lo siento pero ya me tienes harta. —El Guardián percibió electricidad en el ambiente—. También lo siento por ti, Dereck. Te dolerá un poco.
El soldado cerró los ojos justo cuando Sakti hizo brotar una corriente eléctrica que recorrió los cuerpos de Dereck y Darius. Los dos estaban empapados por la zambullida con las sanguijuelas, así como por las olas que los mojaron cuando corrieron por la playa. Por eso el impacto fue más fuerte.
Darius salió disparado hacia atrás y cayó al agua, a la vez que se retorcía como un epiléptico. Dereck también convulsionó. Por el rabillo del ojo vio que Sakti se incorporó delante de él, lista para recibir a Darius en caso de que se recuperara. La princesa esperó que el ataque inmovilizara a su amigo por un par de minutos, pero el lobo se levantó más furioso a cabo de veinte segundos. Para ese entonces Dereck todavía no se había recuperado.
Darius gruñó como si de verdad fuese un lobo rabioso y observó a Sakti con furia. Si él la hubiese visto así en forma aesiriana, la princesa le habría dado una tunda para ponerlo en su lugar. Se lo perdonó solo porque sabía que ahora él no tenía ni idea de lo que hacía.
—¡Allena! —gritaron de repente los chicos detrás de ella.
La piel de Sakti se erizó cuando Darius miró a los profetas. Consideraba encargarse de ellos en lugar de la princesa. Sakti miró hacia atrás solo por una milésima de segundo y gritó a sus amigos para que se detuvieran. Eso fue suficiente para que Darius se le escapara.
El lobo la burló sin problemas y se lanzó hacia los chicos. Sakti no supo qué hacer. Estuvo tan asustada que ni siquiera se le ocurrió lanzar un relámpago hacia el lobo. Solo pudo gritar de nuevo cuando Darius dio un último salto hacia los chicos. Justo antes de que las zarpas los atraparan, una sombra gigante alcanzó y derribó a Darius. El mestizo gimió cuando una mandíbula se cerró alrededor de su cuello y lo revolcó en el agua salada.
Sakti soltó un suspiro de alivio al ver al nuevo lobo gigante. Luego sintió una presencia cálida detrás de ella y Dereck. Al girarse encontró los ojos esmeraldas de Freki, que la calmaron. El mensajero la saludó con un lengüetazo cariñoso. De repente el pelaje se le erizó y empezó a gruñir tras escuchar el gemido de Geri, que acababa de recibir una fea mordida.
—No lo lastimes —le pidió Sakti cuando vio que el mensajero levantaba los labios y dejaba al descubierto sus dientes mortales—. Es Darius.
—Lo sabemos —respondió el lobo-dragón—. A pesar del cambio huele a él. Pero debemos detenerlo.
Freki saltó por encima de Sakti y se dirigió a la pelea entre Geri y Darius. Los lobos-dragón se revolcaron junto al profeta en una batalla furiosa donde las mandíbulas se cerraban en los lugares más dolorosos. Los dientes de las criaturas provocaban sonidos similares a los de las espadas, aunque era peor, pues también chillaban y gruñían. El agua alrededor de ellos se teñía de rojo.
El que peor suerte tuvo fue Geri, pues Darius se ensimismó más con él y lo atacó sin misericordia. Cuando el profeta se le lanzó al lomo, el mensajero creyó que no podría levantarse de nuevo. Freki logró apartarlo y Geri  aprovechó para retirarse momentáneamente. Se alejó del agua y se dejó caer en la playa, exhausto.
Al ver esto, Dereck se esforzó en levantarse a pesar del cuerpo entumecido.
—Lo sabía —susurró el Guardián—. Darius es muy fuerte en esa forma. Él solo se deshizo de más de una docena de groliens. No podemos ganarle mientras nos contengamos. Pero si no nos contenemos podríamos hacerle muchísimo daño.
Sakti no tenía idea de qué hacer. Dereck estaba muy cansado como para combatir a Darius; los chicos miraban la pelea aterrados, sin creer que ese gran lobo negro era su padre; y ella no podía atacar a Darius sin lastimarlo de gravedad. Si la corriente eléctrica, que no era peligrosa pero sí paralizante, había fallado, no tenía más cartas bajo la manga. ¡Todo lo que se le ocurría podría resultar fatal!
—Allena… —Geri la llamó muy adolorido.
Sakti se le acercó para consolarlo. Se agachó al lado para chequear la profundidad de las heridas y se estremeció al ver la sangre. Ya no se mareaba tanto como cuando era niña, pero todavía le disgustaba ver la sangre de las personas a las que apreciaba. Geri y Freki no eran una excepción.
—¡Tenemos que detenerlo! —dijo el mensajero con los ojos aguados, apunto de llorar—. De lo contrario ¡se va a morir!
Geri le explicó con rapidez lo que el doctor de Kehari dijo a Darius. Se lo contó todo: la inestabilidad de la magia, la debilidad interna del cuerpo, ¡los peligros de sufrir una transformación!
—Nos hizo prometerle que si sufría una metamorfosis antes de recuperar sus esencias nos encargaríamos de él para que todo saliera bien. Pero la transformación es muy severa. Si sigue así liberará más magia y no podrá soportarlo.
Escucharon el gemido de Freki, pues Darius estaba sobre él, mordiéndolo para arrancarle el pelaje a tirones. Geri se levantó de inmediato. Aunque estaba muy adolorido no podía abandonar a su hermano.
—Cada vez libera más magia —continuó Geri—. Por eso se hace más fuerte. ¿Lo sientes? —Sakti asintió. Lo sentía a la perfección. El lobo-dragón giró la cabeza hacia los profetas cachorros, que observaban desde lejos lo que sucedía—. Nos hizo prometer que no se lo diríamos a ellos, que tampoco te diríamos nada a ti, pero…
—Entiendo.
Sakti acarició la cabeza del mensajero y miró la batalla entre Freki y Darius. El otro lobo-dragón perdería a pesar de que tanto él como su hermano no escatimaron fuerzas para detenerlo. Era preferible lastimarlo mucho e inmovilizarlo por completo a entretenerlo con ataques que no lo derrotarían. Ahora lo comprendía. Porque ella era su amiga tenía que atacarlo con todo lo que tenía.
Se miró la garra izquierda, que estaba intacta a pesar de la mordedura de Darius. Estiró los largos dedos, que terminaban en puntas afiladas, y cerró el puño. Acababa de tomar una decisión.
—Esto es lo que haremos. —Sakti señaló la dirección contraria a Norishka—. Tú y los chicos se alejarán de inmediato. Sé que estás cansado, pero si encuentran a un vaniriano de camino encárgate de él. —Geri sonrió.
—No habrá vanirianos de camino. Freki y yo nos encargamos de ellos antes de venir. Por eso tardamos tanto. —Su sonrisa juguetona se esfumó y su semblante se tornó serio—. Pero no puedo aceptar que me pidas escapar.
—Todos lo haremos. Tú primero porque estás cansado y los niños porque si Darius los ataca no tendrán oportunidad contra él. Después Freki los seguirá. Dereck y yo lo detendremos un poco más, para darles tiempo a ustedes, y luego también nos retiraremos. Haremos que Darius nos persiga y así nos alejaremos de aquí. Mientras ustedes huyen deben buscar un sitio donde podamos descansar todos, incluido Darius.
Geri miró a Sakti intensamente, preguntándole si había perdido los cabales o no. En el rostro de ella no había ni rastro de duda.
—¿Y luego? ¿Cómo detendrás a Darius antes de que sea muy tarde?
Sakti alzó la garra de Dragón y la colocó delante del rostro de Geri.
—Luego utilizaré este brazo. Darius me lo dio y ahora lo ayudaré con él. Ahora vete. Parece que Freki estará pisándoles los talones antes de tiempo.
A pesar del dolor de los músculos y del ardor de la sal en las heridas, Geri batió la cola. Por eso le entusiasmaba estar junto a Sakti. Porque sin importar la situación la muchacha siempre se mantenía serena.
—¿Será por eso que él te ama tanto? —El lobo lamió el rostro de la princesa, sin darle tiempo de que preguntara qué significaba ese extraño comentario. Geri saltó hacia los profetas y les dijo—: Andando, chicos. Esto se pondrá feo.
Geri se carcajeó porque sabía que todo estaría bien. Pastoreó a los chicos como si fueran ovejas. Los profetas, muy obedientes, corrieron delante de él. Al poco tiempo la risa profunda del lobo disminuyó conforme se alejaba.
—¿Listo, Dereck?
—Listo, Alteza. —El Guardián pasó a Sakti la espada. Cuando ella la guardó él hizo lo mismo con la suya.
—Tenemos que terminar esto antes de que amanezca por completo —dijo Sakti mientras entrecerraba los ojos—. Antes de que me quede ciega.
El soldado asintió otra vez, tomó posición y esperó a que Sakti diera la señal a Freki para que se retirara. Después, él y la princesa se hicieron cargo de Darius.


"Los Hijos de Aesir: Travesía bajo la sombra del Tercero" © 2010-2017. Ángela Arias Molina

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