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Capítulo 17

17
INCONVENIENTES Y CASUALIDADES



—¡FUSTUS!
Las flechas silbaban a escasos centímetros de su cabeza pero siempre caían entre matorrales y árboles. ¡Era una suerte que esos guardias de pacotilla tuvieran una terrible puntería! Pero como todavía era posible que alguno de los proyectiles sí lo alcanzara, Darius apretó la marcha y se escondió detrás de un árbol.
Lo consiguió justo a tiempo, pues escuchó la lluvia de saetas cuando cayó sobre la madera. Darius se encogió tanto como pudo y se cubrió la cabeza para asegurarse de que ninguna lo alcanzara. Cuando el ataque remitió, el muchacho se lanzó al suelo y se arrastró con rapidez a la vez que utilizaba los arbustos cercanos para esconderse.
—¡Fustuuuus! —susurró mientras giraba la cabeza a los lados para encontrar a su amigo.
Al poco tiempo reconoció una mancha amarilla chillón que se movía entre unos matorrales delante de él. Darius chupó los dientes, miró por encima del hombro –los guardias cargaban con torpeza los arcos– y comenzó a gatear para ir más rápido. ¡Tenía que alcanzar a Fustus antes de que le dispararan!
Es decir, ¿qué idiota se pone un pañuelo como ese? Prácticamente era una señal que decía «¡Hola, hola! ¡Aquí estoy! Vamos, ¡no pueden fallar el blanco!». ¡Fustus en verdad era un imbécil!
—¡Tarado! —gritó cuando lo alcanzó.
Lo tomó de la cintura y lo arrastró detrás de otro árbol, justo antes de que el nuevo ataque cayera sobre ambos. Era una suerte que él tuviera piernas más largas que Fustus. De lo contrario hasta esos flecheros torpes lo habrían alcanzado antes de que pudiera ponerlo a salvo.
—¿Qué demonios hiciste? ¡Dijiste que nada más iríamos a ver!
—¡Y vimos! —se defendió Fustus—. Los restos del castillo de Lord Anterius todavía están custodiados por guardias. Guardias inútiles, pero guardias al fin y al cabo. Era obvio que custodiaban algo.
—¡Y ahora esos guardias nos están disparando! —le gritó Darius—. Ya deja de engañarme que no soy idiota. ¿Qué te robaste? —Fustus parpadeó, haciéndose el inocente.
—Ay, Darius, me ofendes. No me he robado nada. Oh, espera. —Con un movimiento rápido de la mano, Fustus hizo aparecer una pequeña perla en la palma—. No la robé, solo la tomé. Estaba ahí, entre las ruinas, solita, triste y abandonada.
—¡Fustus!
—Tranquilo, no me olvidé de ti. —Movió de nuevo la mano y otra perla apareció para hacerle compañía a la primera—. Te la regalo por haberme acompañado.
—No la quiero —siseó el profeta, malhumorado—. No me importa si la «tomaste». A mí me enseñaron a no tomar lo que no me pertenece.
—¿Entonces me la puedo quedar?
Darius levantó los hombros, enfadado porque Fustus lo engañó de nuevo. A veces no entendía por qué su madre le pidió hacer un amigo como Fustus, que era tres años mayor que él pero con la madurez de un mocoso de cinco años. Siempre tomaba lo que no era suyo, se metía donde no debía y hacía lo que le daba la gana sin pensar en las consecuencias. Y siempre arrastraba a Darius a los problemas.
—Ah, ¡por eso me encanta hacer estas expediciones contigo! Jamás pides nada del botín. Si te unieras a la tripulación serías el favorito de todos.
Darius gruñó al escuchar la palabra «botín» porque supo que Fustus tenía más de esas perlas ocultas en alguna parte. Era típico de él: siempre buscaba la manera de hacer sus «negocios» y se valía de la ayuda de sus compañeros. Aunque no le gustaba la parte de compartir lo que robara.
Pero ¿qué más podía esperar Darius de él? Al fin y al cabo, era un pirata. Ese era solo su estilo de vida, aunque Darius creía que no le quedaba muy bien. Fustus era muy flaco y bajo de estatura, pero nadie utilizaba los cuchillos como él. En lugar de dedicarse a lanzarlos en asaltos a barcos de otros pueblos o en peleas de cantinas, podría utilizarlos en una cocina, o en una pescadería, o en cualquier otra parte donde sí tuviera un trabajo honrado.
—No pongas esa expresión, niño —lo regañó Fustus a la vez que le guiñaba un ojo—. Algún día romperás tu capullito y te unirás a la tripulación. ¡Todos lo sabemos! No puedes llevarte bien con piratas sin terminar haciendo unas cuantas travesuras con ellos.
—Cosas como esta son más graves que una travesura —dijo Darius con severidad—. Alguien podría terminar muerto. —Miró por encima del hombro. ¡Era el momento de escapar! ¿Por qué les dieron arcos a esos guardas de pacotilla, si ni siquiera podían sacar las flechas del carcaj?—. Vamos.
Salieron a toda prisa del escondite, sin darle tiempo de reaccionar a los guardias. Darius escuchó que uno lanzó el grito de alarma y ordenó a los demás que se apresuraran para atrapar a los prófugos, pero no se preocupó. Con la triste habilidad de esos guardas era seguro que él y Fustus se salvarían.
—¡Suelten los perros! —gritó uno.
Darius parpadeó en plena carrera. ¿Perros? Eso era nuevo. ¿Había perros en las ruinas del castillo? Creyó que escucharía ladridos lejanos; en lugar de eso escuchó una mezcla de aullidos, gemidos y gritos que salían de gargantas profundas como cavernas. Miró por encima del hombro porque eso no podían ser perros. Su temor se confirmó cuando vio que unos sabuesos gigantes lo perseguían y estaban cada vez más cerca.
—¡Ah, los soltaron! —gritó Fustus junto a él. En la expresión del pirata Darius adivinó una mezcla de emoción y miedo—. ¡Tengo una teoría! ¡Creo que el gobierno alimenta a esos bichos con pócimas de magia negra! ¡Tan solo mira qué grandes son!
Darius no necesitó mirar una segunda vez, ¡porque a la primera vio que eran bestias gigantescas! Tampoco quería escuchar otra teoría de la conspiración, de esas que Fustus, Telius y la tripulación defendían todo el tiempo. Lo único que quería era escapar y aporrear a Fustus por esa estúpida «expedición».


—¡Ah, al fin! —exclamó Miriam cuando subió a la superficie—. ¡Qué falta me hacía un bañoooo! —La peli-verde sonrió muy contenta, aunque sus hermanas le dirigieron miradas furiosas y resignadas por partes iguales.
—Al menos te hubieras quitado la ropa antes —la riñó Eleanor—. Para cuando salgamos estará todavía empapada y no dejarás de quejarte hasta que lleguemos a casa.
Miriam giró los ojos y se preparó para responderle con una grosería. En ese momento una de las hermanas se lanzó al río y levantó una cortina de agua que cayó sobre Eleanor y Miriam. Cuando Njord regresó a la superficie les sonrió muy juguetona y complacida. Era divertido sacar de quicio a una de las hermanas, ¡todavía más enfadar a dos!
—Vinimos a bañarnos, no a pelear —les dijo—. Papá y Vash tienen cosas por hacer y no podemos atrasarnos mucho aquí. —Para respaldarla, Frey y Frigg también entraron desnudas al agua—. Vamos, ¡gana la que más aguanta bajo la catarata!
Eleanor puso los ojos en blanco cuando sus cuatro hermanas menores nadaron hacia la falda de la cascada. ¡Eran unas taradas! Aunque gran parte del agua caía como neblina, todavía caían chorros de agua con una fuerza abrumadora que podrían hundir con facilidad a alguna de las chicas. ¡Hasta Vash, que tenía el cuerpo fornido de un grolien, ya había sufrido un par de malas experiencias en esa cascada!
Eleanor quiso aporrearlas a todas para que aprendieran a ser un poco más cautelosas, pero las dejó hacer. «Algún día aprenderán por las malas», pensó mientras se desvestía. «¡Pero que ni crean que yo voy a sufrir las consecuencias de este juego!».
En realidad era un reto. Sus hermanas solían nadar hacia unas enormes rocas que estaban por debajo de la cascada; se subían a ellas y apostaban quién aguantaría más bajo el chorro de agua. La ganadora obtenía algún tipo de recompensación, como un platillo especial, una almohada adicional para dormir o un par de días libres, en los cuales las demás harían todas las tareas de la vencedora.
Con un vistazo, Eleanor comprobó que Njord ya estaba subida en una roca y que sonreía de oreja a oreja. Como la mayoría de las veces ganaba, ya se imaginaba campeona de este nuevo desafío.


Los extraños ladridos de los perros eran tan fuertes que a Darius le dio la impresión de que se le reventarían los tímpanos. ¡CRACK! Sin necesidad de mirar por encima del hombro, supo que ese fue el crujido de un árbol cuando alguno de los sabuesos lo destruyó con una embestida. ¡Era aterrador! Las bestias eran tan fuertes y brutales que de seguro le romperían las costillas si se le tiraban encima.
—¡Oh, cielos, cielos! —gritó Fustus. Ya no estaba ni un poquito emocionado, ¡ahora estaba asustado hasta la médula!—. ¡Esos bichos son enormes! ¡Nos van a comer vivos!
—¡Es tu culpa! —le espetó Darius sin dejar de correr—. ¡Tú y tus brillantes ideas! ¿Por qué no usas tu cerebro para sacarnos de aquí?
—¡Sí, eso es! ¡El cerebro! Darius, ¡tú tienes la esencia de la telequinesia! Lanza a esos bichos lejos de nosotros, ¡hazlo!
Darius le dirigió una mirada funesta a su amigo y le giró los ojos. ¡Apenas si podía mover un lápiz! Fustus lo sabía muy bien. ¿Cómo podía enfrentarse con ese poder tan débil a unos sabuesos gigantes? El pirata le giró también los ojos y dijo:
—¡Solo hazlo!
A regañadientes, Darius se detuvo en seco. Giró sobre los talones y se concentró en un único pensamiento: detener a los perros. Extendió una mano hacia los animales para hacer más efectiva la ráfaga mental y alejarlos. Al principio los sabuesos titubearon un poco, como si se hubiesen topado de frente con un muro invisible. Pero… «Son… ¡muy grandes!», pensó Darius al verlos otra vez. El pánico hizo que el muro desapareciera, con lo que los sabuesos avanzaron sin complicaciones.
—¡Fustus, no puedo hacerlo! ¡Los perros no se detienen!
Cuando buscó a su amigo, el mestizo descubrió que estaba solo. Miró alrededor boquiabierto, sin creer que Fustus lo abandonara. A lo lejos reconoció el pañuelo chillón que el pirata usaba para cubrirse la cabeza y que se escabullía lejos del peligro…
¡El peligro! Darius recordó de golpe que los sabuesos le pisaban los talones. Echó a correr tan rápido como pudo. Como no pensó muy bien qué camino tomar a los pocos segundos descubrió de mala gana que tomó una ruta distinta a la de Fustus. Si los sabuesos lo alcanzaban el pirata no podría ayudarlo. «Soy un tonto. Si Fustus quisiera ayudarme no me habría abandonado».
Mientras pensaba en lo mal amigo que era Fustus, lo tonto que era él por confiar ciegamente en un pirata y en la mala suerte que tenía por meterse en problemas, se adentró en un terreno húmedo y resbaloso. Tardó en comprenderlo, pero cuando escuchó el rugido de la corriente vio que a su derecha corría un río. Si se lanzaba a él ¿lo seguirían los sabuesos?
«No, mala idea», pensó al ver que la corriente era muy fuerte. «Me ahogaría y además…». Al ver al frente se dio cuenta de que ese definitivamente no era su día de suerte. «Hay una cascada». Se regañó de nuevo por idiota. ¿Cómo no se dio cuenta antes de que corría hacia un precipicio? ¡Estaba muy cerca del borde y no podría detenerse! Así que hizo lo único que podía dadas las circunstancias: saltó.
Le pareció que estuvo suspendido en el aire por un par de segundos; el tiempo suficiente para dar un giro y ver que los sabuesos se detuvieron al borde del precipicio. «Ellos no son tan idiotas como yo», pensó a la vez que veía las extrañas expresiones de los perros gigantes. Ellos también sabían que Darius era un idiota.
El mestizo miró hacia abajo. ¿Qué tan alta era esa caída? ¿Doscientos, trescientos o quizá quinientos metros? Darius no podía ver el fondo porque la cortina de agua se convertía en neblina espesa. No tenía ni idea de qué lo esperaba o cuándo llegaría al pie de la cascada.
Por suerte, mientras caía tuvo un momento de lucidez y recordó que alguien le dijo una vez que, en una situación como esa, lo mejor era recoger los brazos sobre el pecho y mantener las piernas extendidas como si fuera a caer de pie. Darius no pudo recordar quién se lo dijo, si era una instrucción acertada o si solo se lo imaginó, pero siguió las indicaciones. Cerró los ojos e intentó tomar una bocanada de aire para tener oxígeno suficiente cuando cayera al río. Pero la caída fue más terrible de lo que él esperó, así que solo pudo hacer una cosa.
Gritar.


—¡Ah, mierda! —soltó Miriam. La peli-verde bajó de la roca y nadó hacia la orilla—. ¡Está muy, muy fría!
Njord sonrió porque otra de sus hermanas se daba por vencida. Solo quedaban ella y Frey, que se disputaban cuál de las dos tendría un par de días de descarada vagabundería. Con una mirada comprobó que a su hermana rubia le castañeteaban los dientes, así que no aguantaría por mucho tiempo más. Ya la podía saborear, ¡la dulce, dulce victoria!
Justo entonces algo cayó al lado y levantó una furiosa cortina de agua que la hizo perder el equilibrio. Njord trastabilló sobre la roca e hizo piruetas para no caerse. Logró mantenerse en pie porque alguien la sostuvo del tobillo.
Al principio pensó que era alguna de sus hermanas. Creyó que quizá Miriam se había devuelto para ayudarla, pues alrededor había muchas rocas. Si se caía al agua por accidente podía golpearse fatalmente o incluso quedar atrapada entre algunas piedras de río, que estaban sumergidas y creaban pequeñas cuevas de las que era difícil escapar.
Al poco tiempo se dio cuenta de que la mano que la sostenía no era de una chica. Njord se sacudió las gotas que le caían por las pestañas para ver mejor. El agarre se hizo más fuerte y un chico subió a la superficie.
El muchacho tosió e intentó respirar, pero el agua caía con tanta fuerza que lo hundía. Subió la otra mano y se aferró con más fuerza, hasta que se dio cuenta de que no se agarraba a la áspera superficie de una roca sino a algo mucho más terso y suave.
El chico levantó la mirada. Primero miró el tobillo, luego subió por la pierna desnuda, por el torso semi-cubierto por largos mechones peli-rosados y luego miró el rostro de una muchacha de ojos verdes.
Cuando Njord miró por primera vez los ojos mestizos de Darius, sintió una especie de golpe, como un impacto difícil de recibir. No era la primera vez que veía ojos mestizos, pues su hermano Vash tenía una mezcla de dorado y verde en sus irises. Pero estos… estos la tomaron desprevenida.
Como la caída. Como el latido fuerte de su corazón.
Entonces recordó que ella estaba tomando un baño… ¡y que un muchacho la veía!
—¡AAAAAAAH! —gritó.
La sorpresa fue sustituida por furia. A pesar de la humedad, Njord levantó el puño derecho y logró rodearlo con llamas; lo dejó caer sobre el mestizo, quien no tuvo tiempo de reaccionar.
Atinó a la cabeza del muchacho pero lo hizo con tanta fuerza que golpeó también la roca, que se desmenuzó bajo sus pies. Como resultado, ella también cayó al agua y ya no tenía nada a qué aferrarse.
La corriente era muy fuerte y el fondo era profundo. Njord sabía que no podía dejarse hundir, porque entonces podría quedar atrapada entre dos rocas y nunca regresaría a la superficie. Arañó las piedras para sostenerse pero solo se ocasionó raspones y cortadas profundas en pies, rodillas, codos y manos. Al final chocó contra una roca gigante. Aunque el golpe le sacó el aire la roca fue un buen punto de apoyo.
Njord se aferró con todas sus fuerzas. Entonces sintió algo que la sorprendió y encolerizó por partes iguales: un roce en los muslos. Sabía que no era ninguna de sus hermanas. No, qué va. ¡Era ese muchacho depravado! Cuando miró a un lado, descubrió al joven junto a ella pero no se percató de que tenía la cabeza sumergida.
Enfurecida, Njord se sostuvo a la roca con una mano y con la otra tomó los cabellos negros del tipo. ¡Ah, esta vez se aseguraría de romperle el cráneo por haberla espiado! Apenas le levantó la cabeza notó que el muchacho estaba noqueado. Tenía una fea cortada en la frente y sus manos rozaban los muslos de Njord porque el agua las empujaba.
La chica chupó los dientes porque sabía muy bien que si soltaba al pervertido se moriría sin remedio. Literalmente, la vida de él estaba en sus manos.

****

Eleanor, Frigg y Miriam corrieron hacia ella. Como Frey estuvo cerca cuando el «pervertido» cayó al agua, se dio cuenta de las dificultades de Njord y le echó una mano. Njord no supo qué habría pasado sin la ayuda de Frey. Quizá nunca habría salido del río sin arrastrar al causante del desastre.
—¡Se los he dicho muchísimas veces! —gritó Eleanor, enojadísima—. ¡Ese juego es peligroso! Pero no, ¡qué va! Jamás escuchan a su hermana mayor, ¡sino que hacen lo que les da la gana!
Njord giró los ojos, segura de que escucharía un sermón. No estaba de humor para recibir los regaños de Eleanor, aunque sabía muy bien que ella y las demás estaban preocupadas porque la veían llena de sangre. Njord alzó el brazo izquierdo para levantar lo que llevaba a rastras y tranquilizarlas. Frey subió también el brazo derecho para ayudar a mostrar lo que llevaban.
Eleanor y las demás, que habían entrado al río, se detuvieron al instante.
—¿No crees que deberíamos ponerlo bocarriba? —preguntó Frey—. Se va a ahogar si lo seguimos jalando así.
—Que se ahogue, no me importa —resopló ella.
Eleanor y Frigg reaccionaron. Las dos agarraron al muchacho a la vez que Miriam y Frey ayudaban a Njord a salir del agua. Cuando alcanzaron la orilla, Njord se sentó para revisarse los raspones. Cuando sus hermanas sacaron al joven del agua se le quedaron mirando sin saber qué hacer. Después de unos segundos de silencio incómodo, Miriam tomó una rama mojada y con ella le golpeó las costillas.
—¿Estará muerto?
—Seguro que sí —se lamentó Frey—. Njord le dio un golpe bárbaro y no quiso ponerlo bocarriba mientras lo arrastrábamos. —A Njord no le importó que le echara la culpa encima, porque al fin y al cabo era cierto. Además, no se arrepentía ni un ápice de lo que hizo.
Frigg lanzó un suspiro de fatalismo y buscó la ropa para que comenzaran a vestirse. Mientras tanto, Eleanor pidió a Njord que explicara qué pasó. Njord estaba tan enojada que prácticamente escupió el relato, así que Frey tuvo que intervenir:
—Entiendo que te llevaste un buen susto pero el chico no cayó porque quiso. No quería hacerte daño, solo quería salir del agua.
—¡Eso dices porque este depravado no te estaba espiando a ti!
Comenzaron a pelear. Aunque por lo general se llevaban bien, después del susto era normal que estuvieran sensibles y propensas a las peleas. Miriam las calló con un grito y les preguntó algo fundamental:
—¿A alguna se le ocurrió revisar si respira?
Eleanor le  puso la mano sobre la nariz pero no sintió ni una corriente de aire. Miriam colocó el oído sobre el pecho del muchacho pero no escuchó una respiración o el latido del corazón.
Pánico. El miedo saltó de Miriam a Eleanor, de Eleanor a Frey y de Frey a Frigg, que ya había regresado con las mudadas. La única que no se preocupó fue Njord, quien se ocupó en lavarse la sangre y vestirse. Sus hermanas, en cambio, estaban aterradas. ¿Qué pasaría si se iban y lo dejaban allí, a la orilla del río? Si alguien encontraba el cadáver ¿podría relacionarlas con lo sucedido?
Aunque en Mïrma creían que Garrow adoptó a un grolien cuando era cachorro, esto no mejoraba la imagen del anciano y su familia. Aunque nadie sabía que Njord y las demás eran hermanas de sangre de Vash, estaban marcados como traidores. Si alguien encontraba el cadáver juzgarían que de «traidores» a «asesinos» había un trecho corto, y enviarían una guardia por ellos bajo el crimen de asesinato. ¡Todo por un prejuicio!
Y aunque eso no sucediera ¿podrían las hermanas pasar el resto de sus vidas con una muerte en sus consciencias? Si todavía podían hacer algo por ese misterioso muchacho, ¿lo dejarían a su suerte?
—Solo béselo alguna —dijo Njord, malhumorada, mientras se ajustaba el cinturón de la falda. Cuando vio la expresión confundida de las demás, detalló—: Respiración boca a boca, taradas. Si no se murió por el golpe entonces no respira porque tragó mucha agua.
La expresión de Eleanor y las demás ya no fue de confusión, sino de bochorno. Se veían algo bobas y rígidas. Njord giró los ojos y dio media vuelta, lista para irse a casa en busca de medicina para los raspones.
—¿Adónde vas? —le preguntó Frey, aterrada—. ¡No puedes dejarnos solas con él! ¡Es tu culpa que esté en este estado!
Njord se indignó pero se mordió la lengua para evitar una nueva discusión. Soltó un bufido y siguió adelante como si nada. Al poco rato se dio cuenta de que no la seguían, así que miró por encima del hombro. Sus hermanas todavía estaban inmóviles, sin saber qué hacer.
—¿Ninguna lo hará? —soltó ella—. He escuchado que es algo fácil. No entiendo por qué se paralizan.
Sus hermanas la miraron azoradas y guardaron silencio. O no tenían nada que decir o el gato les comió la lengua. Al fin Miriam esbozó una sonrisita pícara y dijo:
—Supongo que yo podría hacerlo. Si quitamos la herida y la sangre, tenemos a un muchacho bastante más que lindo.
Para Njord eso fue como si le dieran una bofetada y un puñetazo en el estómago. Sintió las mejillas ardientes y se quedó sin aire. De repente estaba muy enojada con Miriam pero no encontró palabras para reprochar. La peli-verde debió de notar algo, pues se sonrió más, se enrolló un mechón del muchacho en el dedo y dijo con malicia:
—Es más, me atrevo a decir que no es lindo sino guapo. Muy, muy guapo.
—¡Pues ya está! —soltó Njord, furiosa—. ¡Hazlo tú y listo!
No supo por qué estaba tan enojada. ¿Por el susto en el agua, porque un muchacho la había espiado, porque Miriam ahora jugueteaba con él? Solo quería que ese día acabara y el problema terminara.
En lugar de inclinarse sobre el muchacho y darle respiración boca a boca, Miriam desenrolló el mechón y se llevó el dedo a los labios. A la vez miró fijamente a Njord, aunque ya sin pizca de esa malicia juguetona a la que estaba tan acostumbrada. Miriam pocas veces en la vida actuaba con tanta seriedad así que Njord y las demás la miraron en silencio, como si estuvieran en una celebración solemne.
—Estaba pensando —dijo Miriam— que no me será posible encargarme de esto. —Como se quedó callada otra vez, Njord tuvo que preguntarle por qué—. Porque yo no he dado aún mi primer beso y no estoy dispuesta a dárselo a un desconocido.
¡Argh! Njord giró los ojos. Eso era típico de Miriam.
—¿Frey? —La hermana rubia desvió la mirada y se sonrojó. Luego fingió que vestirse le importaba más que salvar una vida—. ¿Frigg? —Esta hermana fingió que veía un pájaro al otro lado del río—. ¿Eleanor? —La mayor de las hermanas se vistió a toda prisa, a la vez que evadía la mirada de las demás. Estaba tan sonrojada como Frey—. ¡No puede ser! ¿Tú también? ¡Y yo que pensé que de todas eras la única lo bastante madura como para pasar por alto estas trivialidades!
—¿Trivialidades? —le soltó Eleanor—. Quizá para ti esto sea una trivialidad pero no para mí. Esto es... bueno, es un poco vergonzoso. —Luego agregó en un susurro—: La primera vez de una chica... no sé, debería ser... ya sabes... —Njord se sintió un poco asqueada por lo infantiles que eran sus hermanas. Antes de que dijera algo, Eleanor explotó—: ¡Pero ya que a ti te parece una trivialidad, deberías hacerlo! Además, si no te hubieras puesto histérica no estaríamos en esta situación. Él estaría vivo, no tendríamos que preocuparnos de que alguien encuentre el cadáver y le eche la culpa a Vash solo porque es un grolien.
Njord quiso explotar también y decir que no era justo que le echaran la culpa, pero Eleanor se incorporó y la señaló con el dedo:
—Será tu decisión. Si él se muere que quede en tu consciencia, no en la nuestra. Tú eliges.
Njord bufó y dio media vuelta para irse. Al principio creyó que en cuanto se marchara alguna de sus hermanas se lanzaría sobre el joven para reanimarlo. Después de todo, ¡eran chicas de corazón blando! No podrían cargar con una muerte en la consciencia.
Dio un paso, dos, tres, cuatro y no escuchó movimiento de parte de sus hermanas. Comenzó a temer porque, al igual que ellas, también tenía un corazón blando. ¡DEMONIOS! Si él moría ¿ella cargaría con la culpa por el resto de sus días? No, no, ¡no! No podía ser tan débil. No podía entrar en pánico. De seguro que alguna de sus hermanas se haría cargo, ¿verdad? De seguro que todo estaría bien, ¿verdad?
—¡Diablos! —chilló. Dio media vuelta, regresó al lado de sus hermanas a toda velocidad y se lanzó al muchacho—. ¡Que te quede claro que te voy a odiar para siempre, tarado!
Y lo besó. Al principio no recordó que debía darle aire, ¿pero qué más se podía esperar de ella? También era su primera vez. Entonces sintió una palmadita en la espalda y, sin quererlo, dejó escapar parte del aire que tenía en los pulmones. Se esforzó en soplar aunque no sabía si lo hacía bien. Sin embargo, sintió que el pecho del muchacho se movió debajo del suyo. Al poco tiempo, él empezó a toser.

****

Una explosión de color y dolor le inundó la vista y la cabeza cuando abrió los ojos. Cuando los puntos de colores desaparecieron, lo dejaron en una habitación a oscuras. Lástima que la jaqueca no lo había abandonado.
Detestaba las jaquecas. Cuando le dolía la cabeza le costaba controlar la esencia de la telequinesia; en ocasiones era simplemente imposible. Cuando eso sucedía por lo general alguna cosa se rompía. Recordaba que una vez, cuando solo tenía cinco años, rompió todos los vasos de vidrio de la cocina porque el dolor era insoportable, lloraba y tenía un berrinche con su madre. De un momento a otro Zoe se le quedó mirando boquiabierta porque todo en la cocina había comenzado a levitar; al instante siguiente su madre lo cubrió con un abrazo para que no lo hirieran los trozos de vidrio que saltaron al estrellarse contra el suelo.
Desde entonces, cada vez que sentía que una jaqueca se aproximaba le pedía a su madre que le preparara una pócima que lo pusiera a dormir de inmediato. Pero su madre ya no estaba con él. Eso lo deprimió. Sería la primera jaqueca que enfrentaría solo desde que Zoe murió.
Se acurrucó para dormirse de nuevo. En cuanto se movió sintió una nueva oleada de dolor en todo el cuerpo. Estaba magullado y sentía unos escozores que solo podían ser cortadas profundas. Y la cabeza... ¡Santo Cielo! La cabeza le iba a explotar.
—Ya, ya, tranquilo. Para ser un invitado te quejas mucho. —Alguien le puso un paño frío en la cabeza, que lo alivió de inmediato. Todavía tenía el cuerpo resentido, pero al menos el dolor de la frente comenzaba a esfumarse.
—Lo siento, nona —dijo con los ojos cerrados.
—¿Nona? —preguntó la voz, muy ofendida—. ¿Me estás llamado abuela?
Darius se sobresaltó. ¿Cómo confundió la voz de la anciana Corin con la de una extraña? Abrió los ojos de golpe y reconoció una silueta perfilada de medio lado por el fuego que ardía en otra habitación.
—¿Mamá? —preguntó entre confundido y asustado.
—¡ARGH! —gritó la figura—. ¡¿Ahora me llamas MADRE?! ¿Qué diablos te pasa?
—¡Njord! —llamó otra persona, apoyada al marco de la puerta—. Baja los brazos, ¿o lo quieres golpear de nuevo? Está confundido. No le eches la culpa de que te llame por nombres. —La nueva chica suspiró y luego dijo—: Traeré una luz, así que prepárate.
Instantes después, una joven de cabellos rosados entró a la habitación con una lámpara. Darius cerró los ojos de inmediato, adolorido por la luminosidad, aunque sí alcanzó a ver que la primera figura no era su madre. Qué idiota. La confundió solo por los destellos rosados que emitía su cabello con la tenue luz.
Darius se cubrió los ojos pero entreabrió los dedos para mirar. Las dos chicas definitivamente eran hermanas, pues tenían el mismo color de ojos y cabello. Eso lo asustó. No recordaba haberlas visto en el pueblo cerca de su casa y tampoco sabía en dónde estaba.
—¿Quiénes son? —preguntó mientras se sentaba en la cama—. ¿Dónde estoy? —Luego se llevó la mano a la cabeza y al paño frío—. ¿Qué me han hecho?
—Nosotras no te hemos hecho nada —dijo molesta una de ellas—. Bueno, Njord sí, ¡pero porque la asustaste! Si quieres saber quiénes somos primero tendrás que decirnos quién eres.
Darius pudo calmarse con una orden clara. Se frotó la cabeza, respiró profundo para relajarse y las miró con ese par de ojos mestizos. Njord dejó caer la mandíbula por un segundo, pero al siguiente cerró la boca. Estaba muy avergonzada de sí misma. «No importa que tenga ojos bonitos», se regañó, «¡igual es un pervertido!».
—Lo siento —dijo él después de aclararse la garganta—, no quise ser descortés. Mi nombre es Darius. ¿Podrían decirme por favor en dónde estoy y qué hago aquí?
Njord quiso responderle con algún comentario rápido e inteligente para dejarlo en ridículo, ya que todavía estaba molesta por el incidente del río. Los repentinos buenos modales solo la enfurecieron más. Muy a su pesar, la lengua no le respondió. Por suerte Eleanor tenía más compostura.
—Caíste al río y casi matas a mi hermana del susto. Por eso te trajimos a la casa de nuestro padre. Mi nombre es Eleanor y ella es Njord.
—Me gustaría decir que es un placer conocerte —dijo Njord, recuperada y lista para el sarcasmo—, pero eso sería mentir. Así que aprovecharé que mi hermana está aquí y me iré.
Se fue con paso seguro y tiró la puerta al salir. El ruido hizo que Darius se encogiera, porque la cabeza le vibró como si dentro ocurriera un terremoto.
—Caíste sobre ella mientras se estaba bañando —le explicó Eleanor—. Comprenderás que no está muy feliz contigo.
Darius se puso tan pálido que parecía hecho de cal y la boca se le abrió tanto que la quijada estuvo a punto de tocar el suelo. Eleanor alzó una ceja y admitió que Frey tenía razón: ese chico no era un pervertido que tuvo mala suerte en su expedición. Un muchacho depravado quizá se habría sonrojado pero también habría sonreído con picardía. En cambio, Darius parecía que podía morirse ahí mismo de la vergüenza. Ni siquiera podía hablar.
—Duérmete —le dijo—. Mañana te irás temprano. Sin importar si fue un accidente, no eres bienvenido aquí. Aunque es ruda, mi hermana está muy herida. La habríamos perdido por tu culpa si hubiese quedado atrapada entre las rocas bajo la cascada.
Eleanor sopló la luz de la lámpara. La cabeza y los ojos de Darius se aliviaron, aunque el mestizo se sintió muy incómodo cuando la peli-rosada salió sin una sola palabra más. Cuando Eleanor cerró, la luz de la chimenea se convirtió en una delgada línea naranja que ardía por debajo de la puerta; todo lo demás era oscuridad en una habitación desconocida.
Se sintió muy despreciado. ¿Qué hizo para merecerse ese trato? ¿Qué ocurrió? ¿Qué estaba haciendo en un río? No recordaba nada. Por más que pensaba en los últimos días solo obtenía un espacio en blanco y un dolor de cabeza. Se acarició la frente, que le escocía aunque tenía un parche. Comprendió que se había golpeado, ¿pero dónde? ¿En el río?
Entonces tenía suerte. Fuera lo que fuese que sucedió, fue lo bastante terrible como para merecer la frialdad de las hermanas. Aun así ellas no lo abandonaron. Lo cuidaron y hasta le dieron un sitio para dormir. En lugar de estar resentido debía agradecer que no lo abandonaran.
Siguió la indicación de Eleanor. Cerró los ojos y decidió que a la mañana siguiente correspondería lo que habían hecho por él.

****

—Muchas gracias.
Darius inclinó tanto la cabeza que le faltó poco para pegarla al suelo. Estaba en el pórtico de la casa, despidiéndose de la familia. En total eran cinco chicas –aunque una de ellas, Njord, había desaparecido después del desayuno para no verle más la cara– y el padre, Garrow, un hombre muy fornido y de fría mirada verde.
A Darius le habría gustado pagar la deuda que tenía con ellos, pero… ¡ahora solo quería escapar! En verdad que lo que hizo debió de ser grave, porque durante el desayuno la chica Njord lo miró como si quisiera cortarlo a pedacitos, y Garrow no despegó nunca los ojos de él. Ni siquiera parpadeaba mientras lo veía, como si con eso lograra hundirlo en la tierra.
Como dijo Eleanor la noche anterior, él no era bienvenido. Por eso se limitó a aceptar el desayuno que le ofreció la familia y a marcharse apenas terminó de comer.
—En verdad lamento los inconvenientes que he causado —se disculpó otra vez—. Si hay alguna forma en que pueda pagarles no duden en pedirlo.
—Con que te vayas será más que suficiente, niño —contestó Garrow con frialdad—. Sobra decir que no quiero que te encuentres con alguna de mis hijas tal y como lo hiciste ayer. ¿Queda claro?
«En realidad no», quiso decirle el mestizo. «¡Porque todavía no sé cómo las encontré ayer!». Pero se guardó las palabras, agachó más la cabeza y respondió con un hilo de voz:
—Sí, señor. Gracias de nuevo por su amabilidad.
Levantó la mirada para que Garrow viera que en verdad estaba muy avergonzado, arrepentido y agradecido por los cuidados que le dispensaron. Le pareció que los ojos del hombre se enternecieron un poco –casi como si viera un cachorrito–, pero al instante Garrow encrudeció la mirada. ¡Ojos de perrito desamparado no serían suficientes para perdonarlo!
Darius no lo culpó porque se podía poner en el lugar de Garrow. Los aesirianos rara vez tenían hijas. La maldición de Dios era culpable de que nacieran menos mujeres, lo que hacía que los hombres las codiciaran.
Cuando su madre vivía, Darius sufrió mucho por ella porque Zoe siempre tuvo un sinfín de pretendientes. Desde que él tenía uso de razón, recordaba que su madre bajaba al pueblo o al mercado envuelta en una capucha y con un cuchillo a la cintura para «encargarse» de pretendientes indeseados.
¿Cómo sería para Garrow? ¡El pobre hombre debía de vivir eternamente preocupado! No solo tenía una, sino cinco hijas a las cuales cuidar de pretendientes poco honrosos. No podía ser un hombre poco firme en sus convicciones o que perdonara con facilidad las ofensas, porque de lo contrario ya habría perdido a sus hijas.
Darius dio una última inclinación de cabeza y se marchó para dejar a la familia en paz.


Garrow suspiró. Se llevó una mano al pecho y con la otra se sostuvo al marco de la puerta, como si tuviera un ataque cardiaco.
—Pensé que si me miraba por más tiempo no podría soportarlo y terminaría pidiéndole que se quedara un día más.
—Es muy lindo, ¿verdad? —comentó Miriam con una sonrisita mientras veía la espalda del muchacho, cada vez más lejos.
—Parece un bebé —se burló Eleanor—. ¡De seguro no tiene ni treinta años! Es un cachorrito lejos de casa.
La mayor de las hermanas perdió el interés en el asunto y se marchó a hacer sus tareas. Vash y Njord salieron de la cuadra del establo, que estaba al lado de la casa, y preguntaron si el visitante ya se había marchado.
—Lamento que hayas dormido en el establo, Vash —dijo su padre.
—Bah, está bien —respondió mientras levantaba los hombros—. Entiendo.
Vash llevaba las riendas de un enorme caballo pardo, ideal para que el grolien mestizo pudiera montarlo. No era un corcel de seis patas pero sí un semental muy costoso que representaba casi toda la fortuna de la familia.
Garrow acarició la crin del animal y ajustó las correas, a pesar de que Vash ya lo había hecho. Como el grolien tenía pezuñas en lugar de pies, los estribos y la silla de montar tenían un diseño especial para él. Eso le agradaba a Garrow. Como estaba ya muy mayor, había decidido hacer todo lo que pudiera para que Vash no encontrara obstáculos en la vida. Porque entre menos dificultades tuviera el grolien, mejor suerte tendría para proteger a sus hermanas.
—También lamento que tengas que ir a Mïrma solo —susurró el anciano. Vash le dio una palmadita cariñosa en la espalda y dijo:
—Tranquilo, papá. No puedes montar con la espalda lastimada. Además —Vash se aupó y acomodó las pesuñas en los estribos especiales—, no debes preocuparte por lo que pase en Mïrma. Allá los demás tendrán que acostumbrarse a mí. No dejaré que me amedranten por lo que digan o cómo me miren. Mucho menos con el festival de verano tan cerca. Si no, ¿cómo seré un buen escolta, eh?
Frigg le dio a Vash una bolsa con monedas, a la vez que Garrow le sonrió con tristeza.
¡El mil veces maldito festival de verano! ¡Lo detestaba! Garrow estaba como loco con esa infeliz celebración pero no tenía otra alternativa. Debía llevar a sus hijas al festival, listas para la ocasión. Así se lo habían dicho varios hombres de Mïrma.
 Un día, ese gran caballo del que estaban tan orgullosos podría amanecer envenenado. O quizá un incendio misterioso consumiría la casa durante una madrugada… Las amenazas no fueron nada sutiles pero sí muy gráficas. Si quería evitar desgracias solo debía cumplir un requisito: enviar a sus hijas al festival de cortejo, que era una fiesta en la que muchachas fértiles y solteras caminaban por el pueblo sin velo ni capucha. La idea era que los machos las miraran, eligieran la que más le agradaba e intentaran cortejarla.
Garrow no era hipócrita. De joven él también esperó con ansias el festival de verano para acostarse con una mujer; pero ahora que tenía hijas comprendía lo mal que debieron sentirse los padres de las chicas a las que cortejó. En la noche del festival de verano no había restricciones. Un hombre podía reclamar una mujer sin preocuparse de la deshonra.
Era la costumbre. Como había muy pocas mujeres era seguro que la mayoría de los hombres jamás se casaría. El festival era la oportunidad para que esos aesirianos conocieran de arriba abajo a una mujer y, con suerte, engendraran un hijo.
En la fiesta había muchas oportunidades para cortejar, pues había cantos, bailes, ventas de comida y bebidas, rezos… Pero también había otro «entretenimiento»: las peleas, que podían ser de dos tipos.
La primera ocurría cuando más de un aesiriano se interesaba en una misma muchacha. Si eso ocurría, entonces era tradición que los pretendientes se batieran a duelo allí mismo. Podían usar puños, armas y hasta magia. Todo era válido. El victorioso se ganaba, sin discusión o impedimentos, una noche con la mujer.
El otro tipo de pelea era que el más angustiaba a Garrow: la lucha entre el o los pretendientes contra la escolta.
En teoría, las mujeres tenían derecho de rechazar a un pretendiente. Pero como en la fiesta había alcohol era común que algunos hombres quisieran forzarlas. Por eso ellas debían contar con una escolta que las cuidara en caso de que algo se saliera de control. La escolta estaba conformada por amigos o parientes de las mujeres, que caminaban junto a ellas para pelear contra los pretendientes indeseados.
Garrow chascó la lengua. Aunque de joven disfrutó de los festivales de verano, ahora que estaba viejo se convenció de algo: ¡esas estúpidas fiestas hacían que los aesirianos parecieran animales! ¿Qué les pasaba? ¿Por qué los hombres tenían que pavonearse con fuerza bruta para sorprender a una mujer? ¡Tenían complejo de pavos reales!
Sabía que sus cinco lindas hijas despertaban comentarios nada castos en Mïrma. No podía entenderlo. Los aesirianos del pueblo trataban mal a la familia porque vivían con Vash, ¡pero aun así se morían de las ganas de tener a una de las muchachas en brazos! Eso lo enfureció pero no podía hacer nada.
Estaba en problemas. Sus hijas solo tenían a dos personas como escolta: un anciano y un grolien joven, inexperto y –tenía que aceptarlo– un poquito torpe. Como la tradición aesiriana lo exigía, Garrow sabía usar una espada y defenderse con magia pero no podía alardear de ser muy bueno. En cambio Vash... Bueno, Vash era menos diestro que su padre en lo uno y en lo otro, pero era muy fuerte. Por eso el grolien era la esperanza de sus hermanas para que los potenciales pretendientes se intimidaran.
Aun así la familia tenía miedo. En el festival de verano todo valía para ganar una mujer. Incluso matar. El festival era la excusa perfecta para que un aesiriano de Mïrma matara por fin a Vash, a Garrow o a los dos. ¿Y qué sería de las hermanas? Garrow no quería ni imaginarlo. Aunque las cinco eran fuertes y se cuidarían las unas a las otras, sufrirían mucho. Quizá las obligarían a casarse con algún imbécil, o las convertirían en el juguetito sexual de todo el pueblo, o las forzarían a actos indescriptibles, o las matarían…
Garrow suspiró con tristeza. Dio una palmadita al caballo y despidió a Vash para que iniciara los preparativos del festival de verano.


"Los Hijos de Aesir: Travesía bajo la sombra del Tercero" © 2010-2017. Ángela Arias Molina

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