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Capítulo 18

18
FESTIVAL DE VERANO



Vash tensó las riendas para cambiar de camino, pues no quería encontrarse con Darius. Durante la noche y la mañana se escondió en el establo, pues era común que los aesirianos reaccionaran de mala forma al ver un grolien. Después de ese esfuerzo no tenía sentido tirar todo por la borda y que Darius lo viera cabalgando por el trillo que llevaba hasta la casa de Garrow.
Eso podía ser peligroso. Si Darius llegaba a Mïrma, alguien le preguntaba por esas heridas y el chico decía que pasó la noche en una casa donde había un «monstruo peludo», entonces los pueblerinos tendrían una razón adicional para querer exterminarlos. Aunque Darius no supiera decir cómo se hizo esas heridas, en Mïrma asumirían que Vash era el culpable.
Soltó un suspiro triste. No le gustaba ir a Mïrma porque lo trataban diferente. Él sabía que no tenía que avergonzarse de ser un grolien, de tener cuernos en la cabeza, o pelaje en lugar de piel lampiña, o pesuñas en lugar de dedos. De pequeño se acomplejaba mucho, pero ahora, gracias a los mimos de sus hermanas y padre, se aceptaba tal cual era. ¡Al diablo con aquellos que quisieran hacerlo sentir lo contrario!
Pero aun así había días en los que deseaba que todo fuera diferente. Quería que en lugar de piedras, los aesirianos de Mïrma lo recibieran con saludos. Que en lugar de murmullos y risas burlescas, le hablaran con normalidad y confianza. Él no tenía una enfermedad extraña y contagiosa. Aun si la tuviera todavía era una persona. No un animal.
Pero sabía muy bien que eso nunca sucedería y que perdía el tiempo en ensoñaciones, así que pensó en las compras que debía hacer: telas color rosa para sus hermanas y celestes para él y su padre. Cuando llevara las telas a casa, las muchachas confeccionarían los trajes que debían vestir en el festival de verano que se celebraría dentro de dos semanas.
De repente, Vash sintió un picotazo en la cabeza.
—¡AUCH! —gimió a la vez que se protegía el rostro con una mano.
Pensó que quizá algún chiquillo del pueblo estaba cerca y le tiró una piedra. Luego se dio cuenta de que se trataba de un pájaro de plumas blancas, que lo picoteaba sin misericordia en la cabeza y las manos.
Vash nunca había oído hablar de aves que atacaran a jinetes en plena marcha. ¿Qué diablos le pasaba a ese pajarraco? ¡Lo peor era que el bicho era muy grande y tenía unas garras enormes y un pico filoso que le arrancaban mechones de pelo y le aruñaban la piel!
Vash se sacudió y agitó los puños como si quisiera romperle el pico al pájaro. Se había olvidado de que estaba cabalgando y lo recordó de un golpe cuando el caballo saltó. Vash estuvo a punto de irse de lado pero logró sostenerse. Tomó las riendas para calmar al corcel pero sus intentos fueron en vano. El caballo no solo saltaba y daba giros, sino que también corría muy rápido. Se había vuelto loco. ¡Todo era culpa de ese pajarraco del demonio que también picoteaba al pobre caballo!
Vash estuvo tentado a lanzarse pero no podía perder el corcel. Además, los estribos estaban diseñados para sostener las pesuñas del grolien y no podría liberarse con facilidad.
El caballo dio un salto más fuerte que los anteriores. Vash estuvo a punto de salir disparado al frente, pero los estribos lo mantuvieron en la silla. Sin embargo, uno se debilitó y se rompió cuando el animal dio un giro. Vash perdió el equilibrio y se fue de lado. Tenía una pierna libre pero la otra estaba atrapada. Todo el peso del grolien estaba sobre esa pobre pierna, que se tensó como si estuviera a punto de romperse.
El maldito pajarraco siguió picoteando. Vash ya ni siquiera sabía si estaba en el camino correcto o si se había adentrado al bosque.


Darius hizo una parada. Todavía le dolía tanto la cabeza que de vez en cuando se mareaba. Si Garrow y las hijas no hubiesen querido deshacerse de él tan pronto, les habría pedido un par de horas adicionales de misericordia para recuperarse.
Pero la familia fue muy clara: no lo querían cerca. «Demonios, ¿qué fue lo que hice?». Todo lo que entendía era que cayó al río mientras las chicas se bañaban, ¿pero por qué él haría tal cosa? ¿Por qué se lanzaría desde una cascada? Si lo recordaba entonces podría explicar mejor la situación. Aunque nunca más vería a la familia no quería ser recordado como un extraño pervertido.
De repente escuchó un grito. Al mirar por encima del hombro vio que un caballo saltó de la espesura del bosque rumbo a él. El corcel pateaba de un lado a otro, encabritado, para deshacerse de un pájaro blanco que le lanzaba picotazos. El caballo relinchaba enojado. Los gritos venían de un extraño jinete cubierto por un abrigo de piel y un sombrero con cuernos.
A Darius le pareció una vestimenta curiosa, en especial con el clima, pero no dudó en ayudar al desafortunado jinete. Corrió hacia el caballo con los brazos en alto, listo para saltar a un lado o al otro en caso de que no pudiera detenerlo.
—¡Ooooh! —exclamó.
El caballo se levantó en dos patas y pateó con las delanteras justo delante del mestizo. Estuvo a punto de recibir una coz en la cara. Qué locura. Darius supo que su madre le daría un buen pescozón por ponerse en peligro.
Cuando el caballo estuvo otra vez en cuatro patas, Darius logró agarrar las riendas y sujetarlo. Le acarició el cuello y le envío una onda telepática de tranquilidad para hacerle saber que todo estaría bien. El caballo se relajó un poco, aunque respiraba agitado y temblaba.
—Tranquilo, tranquilo —dijo él con lentitud—. Todo estará bien.
Cuando se aseguró de que no se encabritaría de nuevo, Darius miró al jinete. Al instante se petrificó. Lo que creyó un abrigo de piel era en realidad pelaje, mientras que los cuernos no estaban sujetos a un sombrero sino a la cabeza. La extraña figura tenía los ojos cerrados y la boca un poco entreabierta. Se había desmayado del dolor. Darius se inclinó de inmediato sobre el estribillo para liberar la pierna atrapada.
—¡Ah! —gritó de repente la figura peluda. El mestizo por poco recibe una patada de la pierna libre, pero la esquivó a tiempo.
—¡Tranquilo! —dijo—. Si se mueve se lastimará o asustará de nuevo al caballo. No quiero que lo vuelva a arrastrar.
Se sorprendió al ver que los ojos del jinete eran mestizos, como los suyos, aunque tenían dorado y verde. Eso lo hizo sentir simpatía inmediata hacia él, pues rara vez encontraba a otro mestizo. Además, cuando se veía a alguien tan adolorido era imposible no compadecerlo.
—Tranquilo —repitió—. Todo estará bien. Voy a liberar la pierna, ¿de acuerdo? Creo que le va a doler, pero así no nos arriesgaremos a que el caballo lo arrastre otra vez.
Descifró pronto cómo servía el mecanismo del estribo y soltó la pierna de esa extraña figura. Cuando comprobó que estaba rota, Darius la entablilló con una rama y con un trozo de camisa. Recostó al jinete a un árbol para que recuperara el aliento.
El rostro peludo se crispó. Darius le preguntó si tenía más heridas. El jinete negó con la cabeza y señaló la rama del árbol contrario. Darius siguió la seña y vio el pájaro blanco…
… que tenía ojos púrpura.

****

Garrow sabía que no era prudente pero subió al techo para arreglar una gotera. Durante los últimos días se dijo que debía guardar reposo para sanar una herida en la espalda. Si estaba adolorido durante el festival de verano ¡sería el peor escolta de toda la historia! Pero no podía soportar estar sin hacer nada mientras que las chicas y Vash se las apañaban con todas las tareas pendientes: cultivar las huertas al lado de la casa, cuidar la vaca, las dos ovejas y los dos cerdos que tenían. Además tenían que arreglárselas para ver qué podían intercambiar o vender en Mïrma y en otros pueblos con tal de conseguir algo de dinero.
También tendrían que cultivar algo para dar de comer a los animales, ya que las monedas que solían dedicar a ese gasto las utilizarían para comprar las telas de los trajes del festival. Encima de eso, ni el clima ni la tierra eran adecuados para el cultivo de muchos granos. ¿Es que acaso la situación no podía ser más complicada?
—¡AUCH! —gimió. Dejó caer el martillo y se llevó el dedo herido a la boca para chupar la sangre y aliviar el dolor.
Garrow estuvo a punto de caerse del techo, lo cual no habría sido raro. ¡En esos días tenía tan mala suerte que no sería extraño que se muriera reparando una estúpida gotera!
Enojado, tomó otra vez el martillo para clavar sin piedad. Entonces reparó en las figuras que se acercaban a la casa. Reconoció de inmediato el caballo de la familia pero le costó más ver a Vash. El grolien venía adelante, encogido y cojo. Cuando vio que Vash avanzaba apoyado en el chico mestizo que despidieron en la mañana, se bajó a toda prisa del techo y llamó a gritos a las chicas.
Darius avanzaba con esfuerzo. Procuró ser un buen apoyo para el silencioso grolien pero fallaba. Como Vash pesaba mucho, la ayuda de Darius era insuficiente. Cada paso que daban era una tortura para el grolien, que arrugaba la cara y se estremecía sin parar.
—Todo va a estar bien —lo consoló Darius—. Por aquí hay una familia que podría ayudarlo. No hay de qué preocuparse, se pondrá bien.
Como Vash no dijo nada Darius sospechó que el grolien no hablaba el mismo idioma. En realidad, Vash estaba tan aterrado que no podía hablar. En cuanto llegaran a la casa, el chico mestizo descubriría que Vash formaba parte de la familia. Entonces regresaría a Mïrma, les diría a los demás lo que vio y…
—¿Qué le has hecho a mi hermano? —rugió una voz.
Darius se detuvo en seco cuando vio que Njord se acercaba veloz como un rayo. La chica tenía una mirada asesina y sostenía un rastrillo como si fuera una lanza, con las púas en alto y listas para acertar un golpe.
—¡Te voy a…!
Vash se interpuso antes de que Njord alcanzara a Darius. La chica logró detenerse para no lastimar a su hermano menor, pero tenía los ojos fuera de órbita. «Oh, oh», pensó Vash preocupado. «Está muy, muy cabreada». Aun así sacó fuerzas de flaqueza y dijo:
—No sé qué te pasa, ¡pero últimamente estás de un humor de perros!
El grolien iba a añadir algo más, pero se apoyó en la pierna lastimada y estuvo a punto de caer. Por suerte Njord y Darius lo atajaron a la vez.
—¡Suéltalo! —gruñó la peli-rosada—. ¡Es mi hermano!
—Pero si lo suelto se caerá. ¡No podrá sostenerlo sola! —replicó el muchacho.
Njord le gruñó, a punto de agarrarlo a puñetazos. En ese momento llegaron Garrow, Miriam y Eleanor, quienes ayudaron a sostener a Vash y a tranquilizar al caballo.
Darius se alejó cuando el grolien contó con el apoyo de las tres chicas, aunque pronto quedó claro que no podían ayudarlo. No lograban que Vash avanzara y apenas podían mantenerse en pie con el peso del grolien.
—Ummm, si quieren puedo llevarlo a la casa —se ofreció.
—¡No es necesario! —le gritó Njord—. Puedes irte, nadie te quiere aquí.
Vash soltó un grito tan agudo que todos se estremecieron. Darius apretó los ojos porque le pareció que la pierna se había torcido más.
—Ah, ah, suficiente —gimió el anciano, quien miró a Darius con los ojos un poco empañados—. Chico... si pudieras...
—Claro. —Eleanor y Miriam dieron lugar a Darius para que sostuviera a Vash pero Njord se negó a quitarse.
—¡Es mi hermano! —le dijo—. ¡Así que yo lo ayudo!
Darius comprendió que perdería tiempo si reñía con ella y resolvió que la colaboración de los dos era lo mejor. Al poco tiempo se dio cuenta de que Njord solo le estorbaba. De seguro que la chica también lo supo pero era muy testaruda como para admitirlo.
Cuando al fin llegaron a la casa, Njord lo condujo a la habitación donde el mestizo durmió la noche anterior. Entonces Darius comprendió que ese era el cuarto de Vash: la cama era muy grande, las sábanas ligeras como hojas de papel y había una colección de pelos por doquier.
Cuando recostaron al grolien en el catre, Frey –la hermana rubia– entró con un balde de agua caliente y varios paños. Darius salió a toda prisa para evitar ver la sanación. Vash gritó tan fuerte que el mestizo no supo si la chica lo estaba curando o matando.
En la sala estaba el resto de la familia. Garrow y sus hijas estaban abrazados, con los ojos vidriosos y se encogían con cada grito del grolien. «¿Por qué no buscan a un médico profesional?», pensó el muchacho. Le parecía que Frey se tardaba mucho en ajustar la pierna. ¿En verdad sabía cómo hacerlo? ¿Acaso no era mejor ir al pueblo cercano y pedir la ayuda de un doctor?
Estuvo a punto de sugerirlo cuando Garrow dijo:
—Con esa pierna no podrá ayudarnos pronto. Necesitará descansar.
—Eso es lo de menos —dijo Eleanor—. Nosotras podemos hacernos cargo de...
—... de la granja, ¿pero el festival? —la cortó su padre. Luego miró a Darius—. Yo solo no podré hacerlo.
El anciano enmudeció de repente. Sus ojos miraron con detalle a Darius. Lo estudiaba. Al principio las chicas miraron a Garrow sin entender lo que ocurría; después, una a una, mostraron una expresión de comprensión y miraron también al muchacho.
—¡NO! —cortó Njord—. No pueden tan siquiera estarlo considerando...
—Vash quizá no se recuperará para entonces... —dijo Garrow.
—... y aunque lo lograra, otro acompañante no nos haría ningún daño —murmuró Frigg.
—Y él tiene todo en su lugar —agregó Miriam con malicia—. Casi desearía que fuera lo opuesto a la escolta...
Darius arqueó las cejas. Aunque no entendía la conversación sabía que hablaban de él. No le gustaba ni una pizca que lo miraran como si fuera una pieza de ganado. Miró hacia la salida de la casa y consideró salir corriendo, pero no pudo. Fue como si hubiese echado raíces.
—Chico... —murmuró Garrow.
—No, papá. No, por favor —pidió Njord pero la ignoraron.
—En la mañana dijiste que estabas dispuesto a pagar lo que hicimos por ti si te necesitábamos. ¿Eran ciertas tus palabras?
—Sí, lo fueron —respondió Darius, aunque ya no estaba tan seguro como en la mañana.
—Quiero que pagues tu deuda. Dentro de unas semanas se celebrará el festival de verano. —Recordó que el muchacho era muy joven. Si en serio no era un pervertido entonces quizá era todavía algo inocente e ingenuo—. ¿Sabes qué es un festival de verano?
—Sí, una fiesta en la que los hombres... Ah... Oh... —Darius abrió mucho los ojos, miró a las chicas y se sonrojó.
—Lo que voy a pedirte no es sencillo —prosiguió Garrow—. Necesito que seas un escolta para mis hijas.
Darius casi se ahoga. ¡Esa petición era lo último que esperaba para saldar una deuda! Ser el escolta de una muchacha era algo muy delicado, una tarea que una mujer pedía a un hombre de confianza. A él le encargaban no una, sino cinco chicas. Sabía que no era más que un niño, que esa responsabilidad era demasiado seria e importante, que no era la persona adecuada para tomarla. Sabía que lo mejor era decir que no aceptaba la tarea. Pero al ver los ojos suplicantes de Garrow y escuchar los gemidos de dolor del grolien no se pudo echar para atrás.
Lo primero que tuvo que hacer fue las compras que Vash no pudo realizar. Después, cuando vio que la ayuda de Vash y Garrow hacía falta en la granja, se ofreció a hacerse cargo de las labores más pesadas. Sin que apenas se diera cuenta se convirtió en el nuevo encargado del arado, las reparaciones del techo, el cuidado de Fulk –el enorme caballo de la familia–, el corte y transporte de leña e incluso el encargado de vender los cultivos.
Así, tan rápido y natural, pasaron dos semanas.


Darius dejó caer la pala en la tierra removida. Alzó la cara y se limpió la frente con el dorso de la mano. El dolor de cabeza desapareció hacía tiempo y del incidente no quedaba más que una diminuta marca, que cada día se hacía más pequeña. El viento de la tarde sopló una delicada brisa, que le acarició el rostro y lo alivió.
Era un placer sencillo pero también muy satisfactorio. Todos los días se levantaba y desayunaba temprano, luego trabajaba hasta la hora de la cena y después caía dormido, como un leño. Esa vida tranquila era muy distinta a la que estaba acostumbrado.
Siempre fueron «su madre y él». Después fue «solo él». Esa era la primera vez que eran «él y tantos más». El concepto de «hacer algo para una familia grande» le parecía nuevo pero le gustaba.
Sus amigos piratas le dirían que esa idea de vida apacible era una burla pues tenía que trabajar mucho, pero eso era lo que tanto le gustaba. Con el arduo trabajo tenía tiempo para despejar la mente. Entre más cansado se sintiera más sabrosa le sabría la cena y más cómoda le parecería la cama. La mejor parte era que no estaba solo. En su casa, en cambio, estaba solo desde los quince años. Nadie lo saludaba al llegar, nadie lo regañaba si se tardaba mucho afuera, nadie se preocupaba si no estaba cerca.
«Eso no es verdad», se regañó. «Seguro que Corin y Trevor están locos de la preocupación». Esa pareja de ancianos, a los que llamaba «nona» y «nono» como si fueran sus abuelos, de seguro que lo echaban muchísimo de menos. Después de todo, fueron los que más se preocuparon y cuidaron de él cuando su madre murió.
Sabía que por lo menos debía enviarles una carta para que supieran que estaba bien. Pero ¿para qué molestarse? Cuando terminara el festival de verano pagaría la deuda que tenía con Garrow. Ya no haría falta que él estuviera allí. Tendría que irse y regresar a la solitaria vida que tenía en la casita de la colina; solo podría variar un poco la rutina con las visitas ocasionales a los nonos. No faltaba mucho para que regresara y ellos se enteraran de que estaba a salvo.
Miró a un lado. Miriam y Njord se le acercaban. Aunque en general la familia de campesinos le caía muy bien, esas dos hermanas lo incomodaban un poco. Como siempre, Miriam esbozaba una sonrisa pícara que estremeció a Darius. Aunque él era mucho más joven que ellas no era tan ingenuo como parecía. Sabía muy bien que la peli-verde tenía una especie de enamoramiento con él porque siempre le hacía pases.
Bajo otras circunstancias eso le habría agradado… de no ser porque Miriam no era nada inocente. Era divertida y agradable, pero Darius rara vez entendía que sus comentarios tenían doble sentido así que se sentía como un idiota. Además, ella era completamente opuesta al mestizo: mientras la chica era extrovertida, Darius era tímido y reservado.
Njord lo incomodaba por otras razones. La peli-rosada todavía estaba enfadada por el incidente del río, casi no le dirigía la palabra y siempre lo veía como si quisiera matarlo. Darius había aprendido a estar lejos de ella cuando la notaba tensa, porque entonces sucedía algo que lo abrumaba muchísimo: ella explotaba.
La muchacha nunca escondía cuándo estaba enojada y se encargaba de que el responsable de su furia lo supiera para que hiciera algo al respecto. Las explosiones no eran solo de ira, sino también de felicidad o tristeza. Njord era la persona más honesta que Darius había conocido jamás: era muy sincera con sus emociones.
Aunque la muchacha no se mostraba tan alegre o agradable cuando sabía que él estaba cerca, Darius la había pillado en momentos felices en muchas ocasiones. La había visto reír y pelear con sus hermanas, la había visto encabritada con las ovejas traviesas o enternecida por ellas, la había visto regañar y consentir a Vash.
Le agradaba que Njord pudiera ser tan consecuente con sus emociones, pensamientos y acciones, porque era algo que él no podía hacer. Él no podía demostrar con honestidad cuándo estaba enfadado, feliz o nostálgico, porque siempre temía ser una molestia. Envidiaba a Njord por la libertad de espíritu que tenía. Pero como eso mismo le demostraba que él era preso de sí mismo, le incomodaba estar con la chica.
A pesar de esto procuraba ser positivo con las personalidades de esas hermanas. Después de todo, las dos también eran diferentes entre sí y aun así se llevaban bien. Las dos tenían temperamentos fuertes que diferían, pues Miriam era traviesa y pícara mientras que Njord era más madura que la peli-verde, aunque también más explosiva. Lo que hacía una exasperaba a la otra, pero las dos aprendieron a llegar a un punto medio para estar a gusto una con la otra.
Darius supuso que ese era un talento propio de los hermanos: el de llevarse y conocerse bien después de varios años de convivencia. Aunque lo admiraba también lo envidiaba un poco porque él nunca sabría qué se sentía tener un hermano.
—Papá quiere que nos reunamos —le dijo Miriam. Se encaminaron a la casa.
Toda la familia estaba reunida frente a la casa, sentados en un par de bancas improvisadas. El único que estaba en pie era Garrow, quien miraba a sus hijas e hijo con preocupación.
Cuando vio que el grupo de Miriam ya estaba allí, el anciano pidió que tomaran asiento para iniciar la reunión. Njord sentó a Darius al lado de Frey y apartó a Miriam antes de que se sentara al otro lado del mestizo. Darius creyó que estaría en medio de una nueva pelea. Sin embargo, en los labios de Miriam bailó una sonrisita burlona y los ojos le brillaron como si se rieran de Njord mientras la peli-rosada se sentaba junto al mestizo.
—El festival es dentro de dos días. Es hora de dividirnos —comenzó Garrow—. Son cinco chicas y tres escoltas.
Vash asintió, satisfecho consigo mismo. Después de los –tortuosos– cuidados de Frey, descubrieron que el grolien no se había roto la pierna aunque le faltó muy poco. Sufrió un esguince muy grave que todavía resentía, pero a fuerza de voluntad se las apañaba para mantenerse en pie y caminar un buen tiempo.
—Eso quiere decir que serán máximo dos chicas por escolta —prosiguió el anciano—. No hay que engañarnos: nuestra situación es pé-si-ma. Sin importar cómo se mire yo soy un anciano, Darius tan solo es un chico y Vash, que era nuestra mejor carta, no tendrá la misma fuerza con el dolor de pierna. Eso significa que las chicas también tendrán que ayudar.
Las cinco asintieron. Aunque Darius comprendía que ellas no querían ser la aventura de una noche para un tipo desconocido, en muchas ocasiones quiso proponerles que, de ver una invitación decente, la aceptaran. No hacía falta ser un genio para darse cuenta de que la situación económica de la familia era difícil.
El festival de verano podría ser la oportunidad perfecta para que ellas conocieran un buen partido, un hombre que se uniera a la familia y echara una mano para mejorarlo todo. Pero como él era solo un huésped temporal, sabía muy bien que no tenía derecho a sugerir nada. Garrow y los demás no eran su familia. El futuro de ellos no era asunto suyo.
—Eleanor vendrá conmigo —continuó Garrow—. Aunque duele admitirlo, yo soy el escolta más débil y lo mejor será que solo tenga a una chica conmigo, a la más fuerte. —Luego agregó, mitad en broma, mitad en serio—: A lo mejor seré yo el que necesita ser escoltado. A que podrás cuidar de tu viejo, ¿verdad, Eleanor? —La muchacha sonrió pero se le notaba tensa—. Miriam es la más inquieta de todas y Vash no va a poder seguirle el ritmo, así que definitivamente ella irá con Darius. Lamento dejarte a cargo de mi pequeño demonio verde, chico.
—No hay problema, señor —contestó el profeta.
—Eso quiere decir que la otra que va a acompañar a Darius será...
—Yo —dijo Njord para sorpresa de todos. No era un secreto que la chica era muy grosera con el mestizo—. Ya todos sabemos cómo es Miriam. Aunque sabe que los hombres de Mïrma son unos brutos, aprovechará la oportunidad para lucirse ante ellos. Necesita que alguien le llame la atención y Darius no lo hará, de la misma forma que no lo ha hecho antes aunque Miriam se la insinuado. Es un cobarde, no tiene las agallas necesarias.
Todos abrieron la boca por las palabras crueles de Njord, en especial Miriam y Darius, a quienes había ofendido
—Frey es muy tímida —siguió la peli-rosada—. Como se pondrá muy nerviosa se olvidará de ayudar a Darius a controlar a Miriam. Frigg podría ayudarlo, pero cuando Miriam la saque de quicio la ignorará para no explotar en medio pueblo. Todos sabemos que eso pasará más rápido de lo que canta un gallo.
Nadie la contradijo, porque Njord acertó con las descripciones de sus hermanas. Las conocía muy bien, como a la palma de su mano.
—En cambio yo —dijo con una sonrisa— le jalaré las orejas a Miriam siempre que sea necesario. La idea es que el escolta se vea rudo y en control de la situación. Pero si no puede apaciguar a una de las muchachas que custodia, entonces solo hará el ridículo y nos pondrá en peligro. Como Darius no tiene lo que se necesita para cumplir con las expectativas de un escolta completo, yo me ofrezco para cubrir esa debilidad.
Sus hermanas la miraron con los ojos abiertos de par en par. ¡¿Cómo se le ocurría decir semejante grosería?! Aunque Darius estaba allí para saldar una deuda, el chico era una gran ayuda. No solo para escoltarlas sino también por todo el trabajo que realizó en las últimas semanas. ¿Cómo podía Njord ser tan malagradecida y despreciar así al pobre chico?
El silencio reinó por unos segundos, hasta que Garrow se aclaró la garganta.
—¿Darius? —preguntó un poco avergonzado.
—Por mí no hay ningún problema, señor —contestó él con cortesía, aunque las palabras de Njord lo habían herido.
—Bien, gracias. Ahora necesito que respondas con sinceridad. —Garrow hizo una seña para que Vash le pasara un paquete—. ¿Qué tan bueno eres con la espada?
Garrow desenvolvió un sable que estaba en una funda de cuero. Era una espada muy sencilla y débil. La hoja era muy delgada y el mango estaba desajustado. En nada se parecía a las armas de los soldados de Lord Anterius. Darius comprendió el peso detrás de la pregunta y se olvidó de las groserías de Njord. Aunque esa era la espada de un granjero pobre, era también la última esperanza de Garrow para salvar a sus hijas. Porque le ofrecía esa esperanza a él, un chico, Darius se sintió sumamente honrado.
—Mi madre me enseñó a usarla —respondió; luego añadió—: Hace mucho tiempo que no tomo una pero si practico podré hacer un buen trabajo.
—Me basta —asintió Garrow mientras se la pasaba a Darius—. Vash y yo somos muy torpes con espada. Ojalá no necesitemos usarla, pero prefiero que esté en manos de alguien que sí tenga oportunidad con ella. —Garrow recordó algo importante—. Darius, jamás te hemos visto usar magia y necesitamos saber con qué contamos para enfrentar a los pretendientes. ¿Qué esencias te tocan?
—Tengo la esencia del viento. —Era un poder muy común en la zona. Pero por desgracia costaba mucho dominarla por completo.
—¿Algo más?
Darius se sintió incómodo. Tenía la esencia de la premonición, pero esa sí era menos común y muy inútil en este caso. ¿De qué le serviría tener visiones para escoltar a un par de chicas? También tenía otros poderes pero esos eran todavía más raros. Si lo decía quizá Garrow pensaría que estaba mintiendo. O quizá –y peor– le haría preguntas incómodas. Aun así respondió:
—También tengo telequinesia y un poco de telepatía... Pero no soy muy bueno con ellas. Nadie me ha enseñado a controlarlas.
Como lo supuso, Garrow estaba un poco escéptico y arqueó las cejas. Aun así el anciano no hizo ningún comentario. En cambio, a Frey la picó la curiosidad:
—¿Puedes mostrarnos?
Darius asintió. Se relajó y respiró muy profundo. Miró unas piedritas que estaban a sus pies, se concentró en ellas y, después de unos segundos, logró que levitaran. Las mantuvo a flote por unos segundos y luego las lanzó a unos arbustos.
—Es muy débil —se excusó—. No suelo usarla porque me da miedo que se me salga de control.
—¿Y la mente? ¿Puedes leerme la mente? —preguntó Frey emocionada. Se colocó delante de Darius, con los ojos brillantes como si estuviera en un espectáculo. El chico apartó la mirada de inmediato.
—No me gusta hacerlo. No es de buena educación irrumpir en la mente de las personas.
—¡Vamos! No irrumpirás —le dijo ella mientras lo tomaba de las manos— porque te doy permiso de entrar. Anda, hazlo, compláceme.
Darius se estremeció. Frey pensó que era porque lo tomó de las manos. Si algo habían aprendido de él en esas semanas era que Darius era un chico muy tímido. Sin embargo, al instante comprendió que no era culpa suya, sino de Njord, que estaba tensa al lado del mestizo.
Cada vez que Njord se ponía así, Darius temblaba como una hoja. A lo mejor temía que la peli-rosada le diera una tunda.
Frey sabía muy bien por qué Njord actuaba de esa forma. La sonrisita maliciosa de Miriam se lo comprobó. Las dos conocían la debilidad de la pobre chica y a Miriam le encantaba aprovecharse de ella para enfadarla. Frey se había contenido pero en esta ocasión decidió bromear un poco. Miró a Darius a los ojos y pensó: «Le gustas a Njord».
—¿Eh? —preguntó él de inmediato.
Abrió los ojos de par en par y la miró con la boca entreabierta. Frey sonrió porque supo que Darius le había entendido. Le soltó las manos y pensó con fuerza: «¿Me entendiste? Le gustas mucho, mucho, MUCHO. La otra noche la escuché murmurando algo en sueños sobre ti, algo que sonaba como...».
—¡Ah, ah, ah, ah! —gimió el profeta.
Se llevó las manos a la cabeza porque los pensamientos fuertes de Frey fueron como gritos para él. Además, había descubierto algo que habría deseado desconocer por siempre: ¡Frey también era maliciosa! Quizá no se parecía mucho a Miriam ¡pero en la mente eran igual de pícaras!
—Ya puedes dejar de hacer eso —le suplicó Darius—. En serio, no es necesario que…
Enmudeció de repente. Frey le transmitió una imagen que lo hizo sonrojarse desde la punta de los pies hasta la coronilla: el beso que Njord le dio para salvarle la vida.
—¡Ja, ja, ja, ja! ¡Funcionó! —se rio Frey—. Oh, Darius, ¡es taaaaaan fácil molestarte! Eres como un niñito pequeño.
Darius no pudo decir nada, pues todavía tenía la imagen en su mente. Vash, Eleanor, Frigg y Miriam se reían junto a Frey, como si ellas también hubiesen visto lo mismo que él. Hasta Garrow tenía una pequeña sonrisita en los labios, pues sabía muy bien de qué iba el chiste. Los únicos que no entendían nada eran Darius –que todavía no asimilaba lo que acababa de descubrir– y Njord, que tenía la frente fruncida.
—Bueno, creo que tienes telepatía —dijo Garrow con malicia.
Darius apretó los labios. ¡Argh! ¡Así que de ahí venía la picardía de Miriam y las chicas! ¡Quién lo habría imaginado! Al rato el anciano preguntó con seriedad:
—¿Puedes usarla en el festival? Con la telepatía podrás saber las intenciones de los pretendientes y los evadirás con facilidad. Además ¿será posible colocar pensamientos en sus mentes? ¡Así podrías persuadirlos antes de que cometan alguna estupidez!
—No.
Las risas de las chicas se detuvieron al instante. La sonrisita de Garrow se esfumó. Darius ya no estaba sonrojado de la vergüenza, sino de la furia. Incluso sus bonitos ojos mestizos estaban algo encendidos, como si emitieran chispas eléctricas.
Todos se asustaron pues era la primera vez que lo veían enojado, aunque tampoco pudieron culparlo. De seguro que acumuló resentimiento en las últimas semanas, pues Njord lo trataba muy mal y las hermanas –en especial Miriam– le hacían bromitas pícaras. Quizá las palabras de Njord y la broma de Frey durante la reunión le colmaron la paciencia.
En realidad Darius estaba molesto por la petición de Garrow. ¡Él no era una persona inescrupulosa que se aprovechaba de la mente de las demás personas! ¡Él no era un rufián que utilizaba su don para obligar a otros a hacer algo que no quisieran!
El silencio cayó sobre el grupo hasta que Frey le envió un pensamiento a Darius. «Lo siento». El mestizo relajó los hombros al ver la expresión culpable de la chica. Luego miró avergonzado a Garrow y dijo:
—No sé hacer nada de lo que me ha pedido. Lo siento.
El anciano asintió. Una sonrisa culpable le palidecía en los labios.
—No te preocupes, de seguro es lo mejor.
Como Darius sonrió de vuelta, todos supieron que el problema quedaba en el pasado.

****

Los ojos púrpura, el pico curvo, las plumas blancas. El ave podría ser considerada hermosa pero había algo aterrador y repugnante en la mirada fantasmal, en las plumas crispadas, en el aleteo de sus alas mientras la perseguía, en la extraña voz que escapaba de sus ojos.
«En el festival. En el festival. Una unión. Más profetas».
¿Por qué el búho hablaba? ¿Por qué la voz salía de los ojos y no del pico? ¿Por qué la perseguía por bosques infinitos de pesadilla?
Njord abrió los ojos de repente, empapada en sudor. Supo que el sueño no había terminado. Desde hacía varias noches ese era el ritual. Apenas miró a través de la ventana encontró de nuevo al búho blanco. En esta ocasión no voló. Se mantuvo inmóvil en el alfeizar, con los ojos puestos en ella, repitiendo las palabras de siempre. «En el festival. En el festival».
Njord se retorció en la cama. Quiso gritar pero la voz no le salió. El pico del ave se curvó un poco, como si sonriera, y los ojos lanzaron una pregunta: «¿Quieres que acabe?». Aunque estaba asustada también se enfureció. «Sabes lo que tienes que hacer», le dijo el búho con los ojos. «Quieres hacerlo. Quieres pedirle que te proteja. Así que llámalo. En el festival. En el festival. Una unión. Más profetas».
Njord luchó. Entre más se resistía, más fuerte se hacía la voz mental de ese pajarraco del demonio, más crispadas se ponían la plumas blancas, más retorcida era la sonrisa del pico. Njord pensó en el nombre de sus hermanas, en Vash, en su padre. Pero aunque quería llamarlos a gritos la voz no le salió. Se le quedó pegada en la garganta, tal y como el búho quería.
Njord sabía cuál era el nombre que debía llamar, sabía qué imagen era lo bastante fuerte para ahuyentar las pesadillas, pero en cada ocasión se negaba a admitirlo. Finalmente, cuando pensó en un paisaje pintado en ojos mestizos, el nombre de Darius salió de sus labios.
Lo llamó con un grito. Antes de que la pesadilla se desvaneciera, la chica pilló la sonrisita de victoria del maldito pájaro. Se sentó en la cama de un salto y abrió los ojos de par en par. Sudaba pero no sabía si por el esfuerzo de la lucha o porque estaba roja hasta las orejas.
«¡Maldito Darius!», pensó enojada. Todo era culpa de él. El búho blanco debía de ser una extraña metáfora que su mente utilizaba para hablarle del mestizo. Por culpa de él, Njord ya llevaba varias noches sin dormir bien y estaba segura de que estaba algo enferma del estómago. A cada instante sentía retortijones.
«Cuando el festival acabe», pensó mientras se acomodaba de nuevo en la cama, «él se irá y se llevará todas las pesadillas. Todo acabará». Soltó un suspiro profundo y cerró los ojos. Antes de que los párpados estuvieran apretados, una sombra plateada voló fuera de la ventana.
La chica se sentó de nuevo, ahora con la piel erizada. Algo acababa de volar desde la ventana. Como siempre la tenía abierta –pues las noches eran calurosas–, Njord sacó la cabeza para seguir la ruta del extraño pájaro. Lo confirmó al instante: el búho no era ninguna metáfora. ¡Era real!
De inmediato se lanzó por la ventana. ¡Tenía que averiguar qué era ese búho! El camino estaba bien iluminado con la luna llena. Resultó sencillo encontrar al ave, pues el plumaje era tan blanco que brillaba con una extraña fosforescencia. Njord corrió detrás de él tan rápido como pudo, sin saber muy bien si estaba despierta o soñaba de nuevo.
El búho entró al bosque y Njord tuvo que maniobrar para evitar las ramas. Aun así estuvo a punto de atraparlo. En un momento lo tuvo tan cerca que la chica saltó para agarrarle la cola. Cuando los dedos rozaron las plumas blancas, el búho desapareció como si fuera neblina. La dejó en un claro.
Njord rechinó los dientes y se preparó para soltar unas cuantas palabrotas. Entonces escuchó un zumbido en el aire. Se dio cuenta de que no estaba sola: Darius también estaba allí.
El chico practicaba con la espada que le dio Garrow. Se movía en el claro con sigilo, como si los pasos de defensa y ataque formaran una coreografía. El arma le bailaba en las manos con los complicados movimientos de una rutina de entrenamiento. Justo antes de hacer un pase complicado, la espada le resbaló de las manos.
Darius soltó un bufido de exasperación. Tomó otra vez la espada e inició los movimientos. Njord vio que falló de nuevo en la misma posición y pensó en voz alta:
—La espada no tiene buen equilibrio entre el mango y la hoja. Eso o estás muy, muy cansado.
Darius se giró para verla y Njord se sonrojó. ¿Por qué demonios habló en voz alta? «Si me hubiese quedado calladita pude haberlo espiado--- ¡Ejem!, visto a escondidas… ¡ARGH!». Dio media vuelta para largarse. Estaba enfadada con el búho, las pesadillas, Darius, ¡y consigo misma por lo que había pensado de él!
—Supongo que es una combinación de las dos cosas —dijo entonces el mestizo. ¿Por qué todo lo que decía sonaba a disculpa? ¡Eso molestaba a Njord!—. Pero si no me acostumbro a lo uno o a lo otro entonces no podré hacer nada contra los pretendientes.
Cuando Njord lo miró por encima del hombro vio que el muchacho se masajeaba los brazos. Quién sabe cuántas horas llevaba levantado.
—De seguro casi todos serán adultos. Tendrán más fuerza y experiencia que yo. Si no practico seré un gran fiasco.
Darius guardó silencio unos segundos, con la mirada pegada al suelo. Eso también molestaba a la chica. ¿Por qué demonios él tenía la costumbre de evadir la mirada de las demás personas? Se preguntó si era un problema de autoestima o actitud. Fuera como fuese, no le gustaba que él fuera tan retraído.
—¿Problemas para dormir? —preguntó de repente el muchacho.
—Sí, una pesadilla. —Njord se cruzó de brazos, pues no sabía cómo responder—. ¿Te pasa lo mismo?
—Más o menos.
Se quedaron en silencio unos instantes que parecieron muy largos. «Oh, esto no va a ninguna parte», pensó la chica un poco triste. Lo más cercano que tuvo a una conversación con Darius antes de ese momento fueron las discusiones donde él callaba mientras ella le gritaba. Después de lo que le dijo en la reunión de la tarde, ya era un milagro que él tuviera la cortesía de hablarle.
Njord suspiró resignada y se preparó para regresar a la casa. Entonces se le ocurrió soltar una pregunta un poco delicada. Antes no lo hizo porque hasta ella sabía que podía sonar grosera, pero comprendió que nunca más tendría la oportunidad de hacerla. Cuando el festival acabara, Darius se marcharía.
—Tus ojos... —susurró ella—. ¿De quién los heredaste?
Apenas habló supo que cometió una imprudencia. Darius despegó los ojos del suelo y la miró tal y como miró a Garrow en la tarde: con una extraña furia electrizante que le ocasionó escalofríos. El chico abrió la boca y dijo:
—El azul es el mismo color que tenía mi madre. Supongo que la mitad verde es de mi padre.
Enterró la punta de la espada a sus pies, en una actitud retadora. Ahora miraba a Njord sin ningún pudor, retándola a que le hiciera otra pregunta. La peli-rosada sonrió de medio lado. ¿Es que no había aprendido él que ella aceptaba los retos sin miedo? Así que le soltó:
—¿De quién heredaste las artes de la mente?
Darius perdió. Bajó otra vez la mirada. Guardó silencio por varios segundos más, tantos que hasta Njord contó el número de grillos que estaban cerca. Cuando el muchacho habló de nuevo, lo hizo conciso y un poco resentido. Njord supo que no quería hablar más del asunto.
—No es herencia de mi madre.
Esto no molestó a la peli-rosada. Le enojaba que Darius fuera siempre tan retraído, como si se contuviera; pero ahora estaba un poco triste porque comprendió que el mestizo nunca se abriría para ella.
—¿Tú no vas a preguntar por qué Vash tiene ojos mestizos o por qué tiene esa apariencia? —lo retó.
Le iba a dar una lección: no bastaba con ser agradable y cortés con las demás personas; si no podía hablar con facilidad sobre sí mismo entonces no era honesto con quienes lo rodeaban. ¡Ella le iba a enseñar lo que significaba ser sincero consigo mismo!
—Eso no cambia quién es Vash, ¿o sí? El que sepa o ignore su origen no alterará su personalidad. Entonces no tiene por qué importarme a mí.
—¿No te importa que sea un chico con cuerpo de toro? —¡No podía creer que Darius fuera tan desinteresado!—. ¿No te da curiosidad saber cómo cinco chicas pueden ser hermanas de sangre de alguien como Vash?
—Admito que no es común pero tampoco es asunto mío. Me cae bien Vash tal y como es. No necesito saber nada más que él no quiera contarme.
Fue como un puñetazo en el estómago. Quizá Darius no lo dijo con mala intención, pero para Njord fue como si la llamaran chismosa. Era decisión de Vash si compartía ese pasado con Darius o con alguien más, ¡y ella no tenía vela en ese entierro!
—Bueno —le gruñó—. Entonces te dejo en paz de una buena vez.
Giró otra vez rumbo al bosque. Antes de que diera dos pasos, Darius la alcanzó y la agarró del brazo.
—¡Espera! Te cargaré.
¿Disculpa? —Njord lo miró con los ojos abiertos de par en par. El muchacho le veía los pies descalzos.
—Hay serpientes. Si una te muerde te deformará la pierna. Eso si no te mata.
Njord se miró los pies. De hecho, se miró las piernas descubiertas. ¿En qué demonios estuvo pensando? ¡Saltó de la maldita ventana sin ponerse sandalias o cubrirse! Todo lo que tenía puesto era un delgado camisón de dormir. No quería que Darius la cargara, pero… ¡Pero tampoco podía ser tan orgullosa como para dar media vuelta y arriesgarse a una mordida! Miró al muchacho con ojos chispeantes y le advirtió:
—Si te sobrepasas te mato.
Darius sonrió. Njord desvió la mirada rapidísimo. Era la primera vez que le veía esa expresión y le pareció agradable. Él la levantó como si no pesara nada y se metió al bosque. «Si Miriam se entera de esto», pensó la peli-rosada, «nunca me dejará en paz». Recordó que Darius podía leer mentes. Lo último que necesitaba era que el muchacho pillara algo de sus pensamientos. Njord se aclaró la garganta y soltó:
—Dijiste que lo de Vash no es asunto tuyo pero el festival tampoco lo es. Si te interesas por uno y decides ignorar el otro ¡no eres consecuente!
—El festival es diferente —apuntó el mestizo—. Así saldaré la deuda con tu padre.
—¿Y la granja? En lugar de ir a tu casa y regresar después a saldar la deuda, te quedaste a ayudar con la granja. ¿Cómo es que eso y el festival sí son asunto tuyo, pero no Vash? —Darius lo meditó por unos instantes.
—Supongo que fue… empatía. —Luego hizo lo que Njord siempre esperó de él: que se abriera—. Sabes que me crió mi madre, ¿verdad? Ella era una mujer sola con un niño pequeño, un blanco fácil para pretendientes. Por eso tenía que apañárselas sola para evitar a los abusadores, para cuidarme, para mantener nuestra pequeña familia a flote. Podía hacerlo, desde luego, porque no había nada que la detuviera. Pero sé que no fue fácil. Por ella sé que no siempre es sencillo para una mujer tener admiradores.
—O sea que nos tienes lástima —apuntó Njord. Darius agitó la cabeza.
—¿Por ustedes? ¿Por Miriam, Frey y las demás? Oh, no. Si comparo sus situaciones con la de mi madre, ustedes la tienen fácil. Al que compadezco es al pobre Garrow.
—¿Eh? —Njord lo miró boquiabierta mientras él explicó:
—Yo era muy pequeño pero comprendía muy bien las penurias de mi madre. Todo lo que deseaba era ser grande y fuerte para que nadie la mirara con malas intenciones sin temerme. Vash y Garrow podrían cuidar a una o dos de ustedes sin problemas. ¿Pero cinco? Jamás. Lo que dijiste en la tarde es cierto: Miriam es muy inquieta, Frey es muy nerviosa y Frigg es poco paciente. Eleanor es la única que no le dará problemas a Garrow.
—… ¿Y qué hay de mí? —preguntó Njord entre dientes, con los ojos chispeantes sobre Darius. El muchacho evadió la mirada y la pregunta.
—El asunto es que sé que pude saldar la deuda cuando ayudé a Vash o cuando me quedé en la granja, pero no me sentiré bien dejando a Garrow a la suerte del festival. Yo creo que cuando es posible ayudar hay que hacerlo.
Llegaron a la casa. Darius bajó a Njord en el porche, abrió la puerta y dejó que la chica entrara primero. Njord avanzó hacia la habitación que compartía con Frey. Se detuvo para ver al mestizo.
—Lo lamento. Sé que me he comportado muy mal contigo en las últimas semanas aunque también sabía que no lo merecías. Agradezco todo lo que has hecho por nosotros.
Darius sonrió de nuevo. Njord bajó la mirada y se mordió las mejillas. Aunque la sala estaba a oscuras, temió que él pillara que se había sonrojado.
—No hay de qué —contestó Darius con un susurro. Njord se preparó de nuevo para irse pero entonces pilló algo que antes se había saltado.
—Tu madre… ¿Le enviaste una carta para que sepa que estás aquí? ¿No estará preocupada por ti?
La sonrisa de Darius se esfumó. Fijó de nuevo los ojos en Njord. No había ira ni reto en su mirada mestiza, pero sí algo que hizo a Njord temblar: tristeza. Ya no estaba tan segura de querer conocer lo que guardaba ese muchacho en el interior.
—Cuando cumplí quince años, cuando ya era lo bastante grande y fuerte para protegerla… Mi madre murió. La asesinaron.
La piel se le erizó. Sintió que el corazón se le convirtió en una roca que bombeaba hielo picado en lugar de sangre. Njord quiso decir algo para consolarlo, pero Darius siguió:
—Quizá ahora no soy lo bastante grande y fuerte para cuidar a cinco chicas, pero no me haré a un lado. Quizá, si alguien hubiese pasado cerca de mi casa hace unos años, habría ayudado a mi madre y ella todavía estaría con vida. Así que no dejo de decirme que quizá estoy ahora aquí para impedir que Garrow sufra por ustedes tal y como yo sufrí por mamá.
Njord asintió aunque le escocieron un poquito los ojos. Cuando Miriam decía que Darius era lindo, no sabía cuánto. Él no era honesto consigo mismo pero tenía algo mucho mejor: era un chico agradable que, a su manera, hacía del mundo un lugar más ameno. Era la primera vez que Njord podía decir eso de alguien, pues a veces creía que sus hermanas solo vinieron al mundo para enfurecerla. Eso quería decir que Darius estaba en un nivel diferente, superior incluso. Tenía un tipo de belleza que ella nunca creyó encontrar.
De repente, el muchacho estiró una mano hacia ella. «¡Mierda!», pensó Njord. «Que no haya escuchado el último pensamiento, ¡que no haya pillado la parte de “belleza” y toda esa porquería!». Darius le tomó un mechón de cabello con suavidad y lo acarició con delicadeza, como si estuviera hecho de seda.
—¿Herencia de tu madre? —preguntó con una sonrisa. Njord se mordió las mejillas para no sonreír de vuelta porque estaba segura de que pondría cara de boba, como Miriam.
—Sí —logró decir—. Ella fue la que le dio el color miel a la mitad de los ojos de Vash. También nos dio este color de cabello a Frigg, Eleanor y a mí.
—Es bonito. —Darius soltó el mechón y se encaminó al cuarto de Vash, pues lo compartía con el grolien—. Mi madre también lo tenía así. Buenas noches.
Cuando Darius entró al cuarto, Njord se acarició el mechón de pelo y se sonrojó. «Mierda», pensó de nuevo, abochornada. «Miriam y las demás tienen razón».
En varias ocasiones le dijeron que martirizaba a Darius porque le gustaba. Ella siempre lo refutó: ¿cómo podía gustarle un chico que quizá era un pervertido torpe que se cayó a un río? ¿Cómo podía gustarle un chico que siempre miraba el suelo y se dejaba mangonear por una desconocida? ¿Cómo podía gustarle alguien tan retraído?
Pero una parte de ella casi quería que Darius la hubiese espiado. Porque entonces ella habría sido lo bastante interesante para hacerlo despegar los ojos del suelo. Lo mangoneaba tanto solo para que la mirara, para que se diera cuenta de que ella era distinta a sus hermanas, que no le tenía miedo, que quería escucharlo hablar.
Si el humor de Njord empeoraba era porque estaba frustrada. ¡Utilizó tácticas de niñas de seis años para llamar la atención de un niño: molestándolo! ¿Qué tan patético era eso? ¡ARGH!
Regresó a la cama y abrazó la almohada. Odiaba hacerlo pero tenía que admitirlo: le gustaba Darius. Le gustaba mucho, mucho, mucho, mucho… El búho tenía razón. El nombre del mestizo era como un encantamiento que la sacaba de una pesadilla para sumergirla en un extraño y apetecible sueño.

****

Las chicas llevaban vestidos rosados que las identificaban como puras y en edad casadera. Si hubiesen sido madres solteras interesadas en participar en el festival habrían llevado vestidos amarillos. Los escoltas, en cambio, llevaban pantalones y una camisa de falda larga, ajustada a la cintura por un cinto azul. Así se diferenciaban de los pretendientes, que llevaban trajes similares pero de color verde.
Antes de que llegaran a Mïrma, Garrow los detuvo y les dirigió unas palabras.
—Ya tenemos un plan de acción para esta noche, pero quiero que recuerden algo: el festival de verano no nació solamente como una fiesta para que los hombres tengan sexo indiscriminado con cualquier mujer —cuando dijo estas palabras, el único que se sonrojó y se sintió como un niño fue Darius. El anciano continuó—: El festival de verano nació como una fiesta para celebrar el amor.
—Ay, lo que faltaba —dijo Njord mientras miraba sarcásticamente a su padre—. ¡Ya te dio el verano! Ahora andas todo romántico. —Garrow rio.
—Quizá, pero lo que digo ahora es en serio. Aunque no quisiera cederlas en ningún caso, lo cierto es que me estoy haciendo viejo. Dentro de unos años ya no estaré por aquí. Si algo le sucediera a Vash, Dios no lo quiera, ustedes se quedarían solas. Sé que son más fuertes y valientes de lo que dejan ver, pero se me destroza el corazón al imaginármelas desamparadas.
Njord recordó lo que Darius contó sobre su madre. Al mirarlo por el rabillo del ojo lo vio asentir, pues entendía muy bien a qué se refería Garrow. El anciano continuó:
—No sé si este será el primero de más festivales de verano, pero piensen en lo que les digo: no solo habrá hombres de Mïrma sino también de otros pueblos. Créanme cuando les digo que no todos los hombres son unos cerdos. Quizá encontrarán a alguien ideal para ustedes. Solo quiero que lo piensen. Eso sí —agregó con alegría, en lugar de seriedad—, quiero nietos lindos. ¡Hablo en serio!
Sus hijos rieron porque era bueno romper la tensión con una broma. Garrow ordenó tomar posiciones. Él tomó la delantera, con Eleanor colgada de su brazo izquierdo. Luego los siguieron Vash, con Frey y Frigg a los lados. Darius cerró la marcha, con Miriam y Njord abrazadas a él.
El festival ya había empezado. Había muy pocas personas vestidas de rosado o amarillo, pero muchísimas vestidas de verde. Cuando cinco muchachas entraron al pueblo, todos los ojos se volvieron automáticamente hacia ellas.
—Hipotéticamente hablando... ¿cómo me enteraré de que hay un pretendiente que sí les gusta? —preguntó Darius en un susurro.
—No tienes de qué preocuparte, no creo que nos guste ninguno —contestó Njord—. Además, Miriam tuvo la delicadeza de no peinarse tan bonita hoy. No creo que haya muchos pretendientes para ella o para mí esta noche.
—Eso no es cierto —respondió Darius muy serio—. ¿Ven a ese tipo con cara de perro, aquel otro con cara de caballo y aquellos dos con forma de gorila a la derecha?
Las chicas miraron a la misma dirección y asintieron. No era difícil distinguir a quiénes se refería Darius, ya que las expresiones de los pretendientes correspondían muy bien a las descripciones del muchacho.
—Bueno, pues están considerando seriamente venir hasta acá, darle de comer a la calle mi cara y llevárselas a las dos.
—¿Les estás leyendo las mentes? —preguntó Njord. Después de que Darius se molestara por la propuesta, en verdad creyó que él no hacía ese tipo de cosas.
—Así es, lo siento, entré en pánico. Son muchas personas.
Las dos miraron al pobre escolta. Aunque Darius no estaba pálido ni sonrojado, y mantenía un semblante compuesto, la voz le tembló nerviosa. Parecía un niño pequeño que intentaba ser muy valiente. Njord sonrió porque supo que la madre del mestizo habría estado muy orgullosa de él.
Darius las paseó por el pueblo, siempre detrás de Vash. La idea era permanecer en grupo para así ayudarse en caso de que necesitaran una mano. Entre más tiempo pasaba más ojos se quedaban viendo a las chicas. Aunque la expresión de Darius nunca falló, Njord y Miriam lo sintieron temblar; no sabían si el chico quería escapar o se estaba preparando para enfrentarse a alguien.
—Diablos —murmuró al cabo de un rato—. De verdad no quería hacerlo, pero creo que no hay otra opción: haré lo que Garrow me pidió.
Njord y Miriam asintieron nerviosas. ¡Dios, qué detestable era esa situación! Se sentían como filetes en una carnicería. ¡Todos las veían como si quisieran comérselas! Njord sabía que Darius tenía muy buenas intenciones y que era bastante alto para su edad, pero dudaba mucho de que pudiera contra los pretendientes si ellos decidían unir fuerzas contra él. Estaba ahí para saldar una deuda, ¡no para que lo hicieran picadillo! Si podía evitar las peleas, mejor.
—Pero no sé muy bien cómo hacerlo —explicó rápidamente el muchacho—. No puedo leer mentes y cambiar pensamientos sin esforzarme, ¡menos mientras camino! Ustedes tendrán que guiarme.
Darius respiró profundamente y se puso a trabajar. Sabía que si se esforzaba mucho terminaría con un dolor de cabeza del demonio. Pero no tenía otra opción porque allí había muchísimas mentes, muchísimos hombres que querían quedarse con las hermanas o con otras chicas del pueblo. Algunos tenían intenciones honestas y solo querían probar suerte, pero otros estaban dispuestos a todo, incluso matar.
Con la telepatía, Darius vio que muchos querían hacerle daño a Vash y quedarse con Frigg o Frey para mortificar a Garrow. Eso significaba que además de desviar a los pretendientes interesados en Njord o Miriam, también tenía que desviar a los que querían a las otras chicas.
Después de unos segundos, Miriam y Njord se percataron de un cambio de conducta en los pretendientes. Cuando alguno se les acercaba, de repente daba media vuelta y se iba como si se le hubiese olvidado qué quería. Mientras los pretendientes se alejaban parecían marionetas, pues caminaban con torpeza. Las hermanas supieron que sobrevivirían al festival de verano. Darius las estaba salvando.
De repente un hombre se colocó delante de ellas y les cortó el camino. Al principio Miriam y Njord se preocuparon de que un pretendiente lograra derribar la telepatía de Darius. Se despreocuparon al ver mejor al hombre. Era un tipo muy bajito y flacucho, parecido a una varilla. Era imposible que Darius perdiera en un duelo contra él. Es más, ¡hasta ellas mismas podían patearle el trasero si intentaba cortejarlas por las malas!
—¿Darius? —preguntó el hombrecillo, que iba vestido de verde.
—¿Fustus? —preguntó a su vez el muchacho.
—¡Darius! ¡Estás vivo! —El hombrecillo saltó y se le lanzó al cuello para abrazarlo—. ¡Me alegra mucho!
En cuanto lo tocó el mestizo lo recordó todo. Como tenía la mente abierta para recibir pensamientos de alrededor, Darius vio los recuerdos de Fustus sobre el incidente del río: el escape en el bosque, Fustus y las perlas, los sabuesos gigantes, el momento cuando se armó de valor para detener a los perros con telepatía y el instante en que el pirata lo abandonó. También recordó su huida solo, el precipicio, la caída por la catarata, las rocas, Njord y….
—¡ME ABANDONASTE! —gritó Darius. Levantó a Fustus de los hombros y lo despegó del suelo—. ¡MALDITO PERRO! ¡ME DEJASTE PARA MORIR!
Sacudió al pirata tan fuerte que parecía que la cabeza de Fustus se zafaría del cuerpo.
Njord y Miriam se encogieron por la furia de Darius, pues nunca habrían imaginado que podía explotar así y agredir a alguien. Una vez superada la sorpresa, Njord descubrió que le gustaba este lado de Darius. Era un poquito cascarrabias –y sí, daba miedo–, pero estaba bien que fuera sincero con sus emociones de vez en cuando. Este era el verdadero Darius. Quizá algún día el muchacho sería capaz de ser más honesto con sus emociones, y reír, llorar y gritar sin reservas ni temores.
—Agggg… —gimió Fustus—. Me… vas… a… matar… ¡Darius!
Aunque el muchacho todavía estaba molesto, poco a poco dejó de agitar a Fustus hasta que finalmente se detuvo. Cuando bajó al pirata al suelo, se apoyó en los hombros de él y agachó la cabeza. Estaba muy cansado.
—No puedo creer que me hayas abandonado —dijo resentido.
—Uf, lo siento —se disculpó Fustus—. Me entró pánico. ¡Pero me devolví a buscarte! Solo que... después de buscarte por dos días... pensé que te habías muerto, que eras popó de perro mutado.
—¡Pudiste haber buscado mejor, idiota! ¡No estaba tan lejos!
—Darius...
—¡O simplemente pudiste haberte quedado junto a mí!
—Darius...
—¿Por qué me abandonaste? ¡Qué gallina eres!
—¡DARIUS!
—¿QUÉ? —gritó el mestizo, exasperado.
Se giró para ver a Miriam, que lo había llamado. Al instante sintió un vacío en el estómago, pues un hombre la arrastraba. Njord la seguía para salvarla, sin darse cuenta de los pretendientes que se acercaban a ella para secuestrarla.
«¡Son como pirañas!», pensó al ver la mirada voraz de los pretendientes. Sin perder más tiempo persiguió a Njord; cuando la alcanzó la tomó de la cintura, la alzó y corrió tras Miriam. Cuando alcanzó a la peli-verde aprovechó que el pretendiente estaba de espaldas y le dio una buena patada en las costillas. El hombre soltó a Miriam y giró furioso.
Njord y Miriam se apartaron. Estaban pálidas y temblaban un poco. Cuando Fustus se les atravesó en el camino perdieron de vista a Garrow y a los demás, así que Darius estaba solo para este duelo. El muchacho parecía estar en desventaja pues el pretendiente era un hombre muy alto y fornido, con un rostro bronceado por la brisa y el sol. Debía de ser marinero y esa profesión no era para blandos. Darius esbozó una sonrisita de desprecio, miró fríamente al pretendiente y le soltó:
—¿Conque llevándose a la señorita a mis espaldas, eh? —Formó un puño y se sonó los nudillos, preparándose para golpear—. Mala idea.
Sin darle tiempo al pretendiente, Darius se lanzó y lo atacó. «¡Idiota!», pensaron Njord y Miriam a la vez. Aunque Darius era alto todavía era un chico; ¡no podría derrotar a un hombre adulto si atacaba de frente! Menos ahora que no tenía a dónde escapar, pues un grupo de gente se había formado alrededor para ver el primer duelo del festival.
Para sorpresa de las hermanas, el golpe del mestizo conectó con la mandíbula del pretendiente, quien cayó de espaldas. Darius levantó la pierna y la dejó caer con fuerza sobre la cabeza del hombre. El marinero logró girar a un lado para evitar el ataque. Sin embargo, Darius le acertó un golpe entre las costillas con la otra pierna. El hombre giró otra vez en el suelo para evitar más golpes, aunque estaba adolorido.
«E… está enojado», pensaron Miriam y Njord a la vez. Ahora no estaban pálidas por el susto del secuestro, ¡sino por el susto de ver a Darius furioso!
—¿Ven ese movimiento? —les preguntó el hombrecillo que era amigo de Darius, quien se había colado entre ellas.
El pretendiente se había levantado y corrió hacia el mestizo para tumbarlo, pero el muchacho se agachó, estiró una pierna para hacerle una zancadilla y lo hizo caer de bruces al suelo. Sin darle tiempo de recuperarse, Darius le puso un pie en la espalda, le agarró los brazos y empezó a jalárselos con fuerza. A la vez le decía que no se detendría hasta que estuviera satisfecho o hasta que el pretendiente se olvidara de Miriam.
—¿Es un movimiento sucio, verdad? ¡Yo se lo enseñé! —dijo el pirata con orgullo. Les guiñó un ojo, les tomó las manos y las besó como si fuera un príncipe—. Mi nombres es Fustus, señoritas. Es todo un placer conocerlas.
Las hermanas parpadearon al ver el gesto del pirata. Intercambiaron una mirada y decidieron que eso no era tan raro como ver a Darius enojado.
—Miriam —respondió la chica.
—Njord.
—Lo repito: un placer.
La multitud soltó una ovación. Darius había agarrado al pretendiente del cuello de la camisa. El muchacho lanzó un grito de furia, levantó al hombre con esfuerzo y lo mandó a volar. El pretendiente aterrizó en una fuente, donde se empapó de pies a cabeza.
En la multitud muchos aplaudieron y vitorearon al joven escolta, quien había realizado toda una hazaña al derrotar al marinero. Algunos pocos abuchearon a Darius y se prepararon para entrar al improvisado círculo de pelea. El mestizo giró el cuello hacia ellos, los miró con esos ojos chispeantes que eran verdes y azules a la vez, y se secó con desprecio la sangre que le salía del labio.
—¿Qué? —les preguntó con voz tétrica—. ¿Alguien más quiere vérselas conmigo?
Los pretendientes se detuvieron de inmediato y tragaron fuerte. Nadie se atrevió a retarlo.


—Toma —dijo Frey mientras le pasaba una compresa con hielo—. Nosotras pensábamos que Vash sería el primero que tendría un duelo.
—O que sería el que intimidaría a los pretendientes —agregó Frigg.
Darius se llevó el paño a la mejilla izquierda para que no se le inflamara por el puñetazo que el pretendiente alcanzó a darle.
Él y los demás estaban sentados en una banca del parque, esperando a que el muchacho se recuperara. Pocos eran ya los pretendientes que se acercaban a alguna de las chicas, pues quedaba claro que Darius acompañaba a las cinco hijas de Garrow.
Además, la familia contaba con un nuevo escolta: Fustus. El hombrecillo no desaprovechaba la oportunidad de tener una linda compañía y se sacó de algún lugar un uniforme celeste. Hasta el momento la ayuda de Fustus consistió en divisar algunos pretendientes interesados que, al acercarse unos cuantos pasos, de repente giraban sobre los talones y se marchaban entre tambaleos.
—Estás usando las artes de la mente, ¿verdad? —preguntó Fustus, pues pilló al instante los síntomas de una persona con la mente controlada—. Siempre dijiste que jamás manipularías la mente de los demás, ¡pero ahora estás exhibiendo tus poderes a lo lindo!
—Cállate —le pidió Darius con una mirada feroz—. Es por una buena causa. —Fustus sonrió, se colocó delante de él y le estiró las mejillas, hasta la lastimada.
—Sí, por una buena causa. Qué lindura de niño. Tu mamá estaría muy orgullosa de ti.
Darius gimió por el dolor y apartó con un manotazo los dedos de Fustus. El pirata no se lo tomó para mal, sino que se carcajeó muy feliz. Era como un hermano mayor orgulloso de su hermanito.
—Te estás convirtiendo en un excelente hombre, Darius.
—Y tú en un pirata traidor —le espetó el muchacho.
—Es cierto, ¡ja, ja, ja! Los dos cumpliremos nuestras metas en la vida, ¡ja, ja, ja!
Aunque Fustus se estaba divirtiendo, Garrow soltó un suspiro, miró a Darius y preguntó:
—¿Crees poder seguir adelante? Si no nos movemos tendremos problemas. Se supone que en el festival las mujeres caminan por todo el pueblo.
—Claro, tan solo...
—Creo que le duele la cabeza —intervino Fustus—. Sí, le duele la cabeza. Tiene cara de «¡Oh, por Dios, mi cabeza me está matando! ¡Haz que me explote ya para acabar con este sufrimiento!». Se la conozco muy bien.
Darius lo miró molesto, aunque Fustus supo que no estaba enojado con él. Siempre ponía mala cara cuando tenía dolor de cabeza, aunque ya llevaba un buen tiempo sin sufrir jaquecas. Ahora debía de dolerle como los mil demonios, pues el puñetazo que recibió sí fue muy fuerte.
Darius se quería morir. El golpe lo había aturdido mucho. Además, estaba usando sus poderes en exceso. Nunca antes se había animado a utilizarlos por un periodo tan prolongado. En el pueblo había tantas mentes que le costaba distinguir los pensamientos propios de los demás.
—Lo peor que le puede pasar a un telépata es una jaqueca —dijo Fustus—. Preciosa, ¿qué tal si tú te quedas con él mientras yo, Vashito y tu papá paseamos a tus hermanas, eh?
—¿«Preciosa», «Vashito»? ¿Desde cuándo los tratas así? —le preguntó Darius.
—Desde que supe que cuidaron de ti, mocoso. Eres como mi hermanito, debo demostrarles mi aprecio por haberte salvado. —Luego miró a la familia—. ¿Qué les parece?
Estuvieron de acuerdo. Garrow, Vash y Fustus se marcharon con cuatro de las cinco hermanas, mientras Darius y Njord se quedaron sentados en la banca del parque. Los dos mantuvieron un silencio incómodo durante varios segundos. Al final Darius dijo:
—¿Quieres ir a dar un paseo?
—Pensé que te dolía la cabeza.
—Uy, sí, a montones. —Darius todavía apretaba la compresa fría contra la mejilla—. Pero quizá podríamos caminar a un lugar donde haya menos mentes. No puedo cerrar la mía y... bueno, la verdad me da miedo de que esto se me salga de control. —Darius se levantó y le tendió la mano libre—. ¿Vamos?
Njord miró nerviosa la mano de Darius. Por un instante quiso negarse, pues no quería que al tocarlo viera lo que sentía. Pero luego vio que él temblaba y comprendió que necesitaba de ella para apoyarse. Si le dolía tanto la cabeza por espantar a los pretendientes, lo mínimo que podía hacer era ayudarlo. Además, quizá esa sería su única oportunidad en la vida de caminar tomada de la mano de un chico que le gustaba.
—Tienes suerte de que conozca el lugar ideal en Mïrma —le dijo.
Caminaron por el pueblo. Darius estaba muy ocupado distrayendo pretendientes con pensamientos sencillos que los hicieran retroceder. Les hacía creer que tenían que ir al baño, o que al otro lado del pueblo había más chicas, o que quizá el escolta sería muy difícil de burlar. Soltó un suspiro de alivio cuando las mentes por controlar se redujeron drásticamente.
Njord lo guio a un lugar apartado: un mirador, que estaba en un parque oscuro. Allí no había faroles y los árboles eran tan densos que casi no llegaba la luz del pueblo. Pero cuando llegaron al mirador Darius pudo ver sin problemas. Con la luz plateada de la luna, que era como una moneda en el cielo, el bosque aledaño a Mïrma le pareció un grupo de nubes susurrantes que brillaban. El viento agitaba las copas de los árboles. El movimiento le recordó las olas del mar por las noches, cuyas coronas de espuma brillan con la luz de la luna llena.
—Mañana podrás irte tranquilo —susurró Njord—. Has pagado con creces tu deuda.
—Ah, sí...
Njord pensó que Darius estaba desinteresado en la conversación por culpa de la jaqueca. Pero cuando vio la expresión del muchacho le pareció que estaba triste.
—¿No quieres irte?
Muy a su pesar, eso prendió una llama de esperanza en su corazón. Ella no quería que las dos semanas terminaran. No quería que Darius se fuera. El mestizo se apoyó a la baranda del mirador. Respiró una buena bocanada de aire nocturno y respondió:
—La verdad disfruté mucho contigo y tu familia. Fue divertido. Pero lo que sea de ustedes ahora en adelante ya no es asunto mío…
Njord se mordió el labio inferior, pues no esperaba una respuesta tan cortante. Entonces Darius agachó la cabeza con timidez y agregó en un susurro:
—A no ser que quieran que lo sea.
—¿Qué quieres decir? —preguntó ella. Darius no pudo responder de inmediato, porque ni él mismo supo a lo que se refería—. Si te lo pidiera, ¿vendrías a visitarnos?
—Sí, claro —respondió de inmediato a la vez que levantaba la cabeza y miraba a Njord con un brillo infantil en los ojos—. Eso me gustaría mucho. ¿Me invitarías?
—Ah, quizá me lo piense —respondió Njord con una sonrisa.
Quedaron en silencio. Les llegaban los gritos de pelea y las conversaciones alegres del festival, pero muy de lejos. Lo que se escuchaba con más fuerza eran los grillos y el susurro del río cerca del pueblo. Eso no era suficiente para calmar la ansiedad de Njord.
Si Darius visitaba la familia entonces lo volvería a ver. Eso la hacía muy feliz, pero también significaba que tendría que soportar de nuevo ver a Miriam coqueteándole como si se le fuera la vida en ello. ¡Argh, no podría soportar los celos otra vez! Muy a su pesar tuvo que reconocer que en parte fue grosera con Darius porque estaba celosa de los coqueteos de Miriam.
Se acarició un mechón de cabello, insegura. Darius le había dicho que era bonito, pero ese fue un simple cumplido amable. Quizá, con el tiempo y las visitas, los esfuerzos de Miriam darían resultado y él se interesaría en ella. Entonces ¿qué le quedaría a Njord? Solo podría conformarse con tenerlo de cuñado.

«Quizá encontrarán a alguien ideal para ustedes».

Tal vez exageraba. Tal vez no importaba nada de eso. Le gustaba Darius pero quizá solo era un estúpido enamoramiento de verano. El mestizo tal vez no era el «ideal» para ella, como dijo Garrow. Eso la hizo pensar. Para ella ¿qué era el hombre «ideal»? Sin mucho esfuerzo supo la respuesta: alguien que aceptara el paquete completo; o sea, ella y su familia. No podía ser alguien de Mïrma, porque los hombres del pueblo despreciaban a Garrow y a los demás por Vash.
Darius se llevaba bien con el hermanito de Njord pero ¿lo haría después de conocer sus orígenes? ¿Querría visitar a la familia después de enterarse de su procedencia? Tragó fuerte. Si Darius era como los hombres en Mïrma y la despreciaba por lo que iba a decir, entonces todo se resolvería. Si Darius repudiaba la verdad, entonces lo que sentía por él se desvanecería en un santiamén.
—Mi madre era vaniriana —dijo con la cabeza gacha—. Por eso Vash tiene esa forma. Eso quiere decir que mis hermanas y yo somos mitad vanirianas.
Tomó aire para darse valor. Levantó la cabeza con timidez y encaró a Darius. El muchacho la veía enojado, pues tenía las cejas fruncidas. Si Njord hubiese visto esa mirada en otra persona le habría dado una paliza. Los ojos se le empañaron cuando vio la expresión de Darius.
—¿Ahora te doy asco?
—Ahora estoy enfadado. Te dije que me habría gustado que Vash me lo dijera si lo creía pertinente. Es más, me habría gustado que Garrow me lo dijera. Después de todo, es decisión de ambos. De Vash porque es diferente y de Garrow porque es el padre, el que toma las decisiones para proteger a la familia.
—Entonces… ¿Entonces te molesta que te lo haya dicho yo? ¿No te molesta el contenido de lo que dije, sino que fuera yo quien lo dijera?
—Exacto —asintió Darius, serio—. Si tu padre o hermano me lo cuentan después tendré que fingir que es la primera vez que lo escucho. ¿No entiendes lo grave que es? ¡Soy pésimo actor!
—Darius, ¿no me escuchaste? Te dije que soy MI-TAD VA-NI-RIA-NA.
—¿Y qué? —Darius ya no parecía enojado sino un poco perplejo.
—Sabes lo que es un vaniriano, ¿verdad?
—Ajá. —Como Njord lo miró con ojos retadores, el muchacho agregó—: Son los enemigos del Imperio Aesiriano. Y tú sabes que no soy tan bobo como parezco, ¿verdad? —Njord lo miró un poco anonadada y luego estalló:
—¡Eso no tiene ningún sentido! ¿No te da nada? ¿No te da asco, ni miedo, ni…?
—Njord —la cortó él—. Mírame. Ves este par de ojos, ¿verdad? Significa que soy mestizo, mitad y mitad de mis padres, de dos aesirianos que provenían prácticamente de mundos diferentes. De no ser por la decisión de dos personas que no debieron estar juntas, yo no estaría aquí ahora.
»No me importa de dónde vengo porque eso no cambia quién soy. No me importa de dónde vienen tú o tus hermanas, porque eso no cambian quiénes son. No me repugna ni asusta tu origen. Lo que siento es… —Darius buscó una palabra adecuada. Sonrió cuando la encontró—: Orgullo.
»Tu padre y tu madre debieron de ser muy valientes. ¡Seis hijos y se mantuvieron juntos a pesar de las diferencias, a pesar del qué dirán! Tú y tu familia son unos campeones. En un mundo donde se señala y aparta a los que son diferentes, ustedes se mantuvieron unidos. Ni tú ni tus hermanas rechazan a Vash. Tu padre los protege y les da amor.
»A mí me avergüenza vivir en un país donde los poderosos se aprovechan de los débiles, pero me enorgullece que también haya personas valientes que terminan solos una guerra de miles de miles de años. Y para eso solo les bastó amor y una familia. Admiro mucho a tus padres, Njord. Te admiro mucho a ti.
Los ojos de Njord escocieron porque Darius era sincero. Se sentía orgulloso de ella, aunque la chica estaba avergonzada. Ella y sus hermanas apalearían a quien quiera que intentara molestar o herir a su hermanito, pues aunque Vash era enorme tenía un corazón y temperamento blandos y bondadosos.
Pero ¿admitir que eran también mitad vanirianas? No, no podrían hacerlo. Les daba mucho miedo la reacción que tendrían en Mïrma. En cambio, Darius decía con una sonrisa que nada de eso importaba, que él admiraba la unión furtiva de sus padres.
Que aprobaba la existencia suya, de sus hermanas y hermano.
—Por favor no llores —susurró Darius. Se puso pálido de un golpe y regresó a ser el muchacho ingenuo que se dejaba molestar por otros.
—Nadie va a llorar, idiota —le soltó ella, aunque una lágrima le resbaló por la mejilla.
La expresión de Darius cambió de nuevo. Ya no parecía asustado de una tunda, sino preocupado por ella. Njord no lo soportó y se cubrió el rostro, porque sabía que estaba llorando por una ridiculez.
—¿Es la primera vez? —preguntó él en un murmullo. Ella asintió y respondió con voz de gatito:
—Sí. Jamás se lo hemos confesado a nadie más.
—Entonces —susurró él muy cerca, pues le corría un mechón de cabello para apartárselo del rostro—, ya no estoy molesto contigo por habérmelo dicho antes que Vash o Garrow. Tenías tanto derecho como ellos en hacerlo. Gracias por confiar en mí.
Njord tragó fuerte. Darius y ella estaban muy cerca y viéndose a los ojos. Justo como en las ridículas novelas de amor que tanto le gustaban a Frigg y a Eleanor, aunque la mayor de las hermanas se quemaría viva antes de admitirlo.
Si Darius se inclinaba un pelín más sobre ella, la besaría. ¡Argh, qué tortura! ¿Por qué no lo hacía de una maldita vez? ¿Qué tenía que hacer? ¿Ponerse un letrero en la frente que dijera «Sí, tienes permiso. ¡Hazlo, hazlo, hazlo!»? Ella lo haría de no estar tan nerviosa. Y asustada. E insegura.
Justo cuando Darius iba a dar el siguiente paso, escucharon un graznido. El muchacho apartó el rostro y se quejó:
—¡No, otra vez ese pajarraco! Juro que si te tiras encima de nosotros te asaré vivo, maldito búho.
—¿Búho? —preguntó ella.
Miró hacia los árboles que estaban detrás. Encontró el búho blanco de ojos púrpura. El ave extendió las alas. En lugar de lanzarse sobre ellos, alzó el vuelo en dirección contraria y se perdió en el bosque.
Darius y Njord suspiraron relajados, pues el búho que los ponía nerviosos se había marchado. Entonces escucharon movimiento en un arbusto. ¿Acaso el fantasmagórico pájaro había regresado? Los dos se llevaron una sorpresa cuando apareció un muchacho vestido de verde, con ojos púrpura y cabello blanco. Darius y Njord se estremecieron. La semejanza con el pajarraco endemoniado era más que evidente.
—Sabía que encontraría algo por aquí —dijo el pretendiente a la vez que daba un paso hacia ellos. Se detuvo al salir de los arbustos y desenvainó la espada—. Pido un duelo con el escolta a cambio de estar con la señorita.
Darius intentó persuadirlo con magia pero no pudo. Fue como si en lugar de mente, ese joven tuviera neblina. Tendría que luchar de nuevo. Dio un paso al frente y desenvainó la espada que le había dado Garrow.
—Acepto el desafío.
Los dos se miraron el uno al otro por un buen tiempo. Darius tenía la intención de hacer trampa al leer los pensamientos del contrincante sobre cómo atacaría. Tampoco tuvo éxito. La mente del hombre peli-blanco era un vacío absoluto.
—Darius, no tienes que enfrentarlo —dijo Njord. Se situó al lado del mestizo y le colocó la mano sobre el hombro con suavidad—. Ya no necesitas pelear contra más pretendientes. He elegido a uno.
Darius la miró sobresaltado. Ella sonrió. El muchacho vio al pretendiente, luego otra vez a la chica y de nuevo al pretendiente. No le quedó más remedio que envainar la espada y retroceder. Después de todo, la decisión era de Njord y nadie más.
—De acuerdo, pero antes de que te vayas con él deberías ir donde tu padre para...
Njord lo calló de la mejor forma posible. Con un beso.
La mente de Darius se puso en blanco de inmediato. ¿Quién era él? ¿Qué hacía ahí? ¿Qué hizo en la tarde, qué haría al día siguiente? Nada de eso importaba. Todo lo que importaba era Njord, la chica que le robó sus primer y segundo besos.
Njord se separó de repente de él y lo miró a los ojos. Darius temió que algo hubiese salido mal. Supo lo que diría Njord cuando vio el brillo alegre en la mirada de la chica y las mejillas sonrosadas.
—Te elijo a ti Darius. ¿Me eliges tú a mí?
Darius contestó con una sonrisa.
Ninguno se percató de que el pretendiente había desaparecido, envuelto en bruma. Los dos se quedaron juntos en el mirador, bajo la luz de la luna llena y la mirada de un búho curioso, que ladeó la cabeza a un lado. Si le hubiesen prestado atención, habrían visto que el pico se le curvó un poco como si sonriera. Los ojos púrpura también le resplandecían alegres pues el mensaje de su misión había sido entregado.
El clan de los profetas no se extinguiría con Darius.

"Los Hijos de Aesir: Travesía bajo la sombra del Tercero" © 2010-2017. Ángela Arias Molina

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Gracias por tomarse su tiempito y honrarme con sus comentarios. =^_____^=

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