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Del sueño a la pesadilla

DEL SUEÑO A LA PESADILLA



Recordaba las miradas indiscretas y alegres de Garrow y las chicas cuando regresaron al festival. Hasta Miriam estuvo complacida por cómo se resolvieron los problemas entre Darius y Njord, como si nunca se hubiese interesado por el muchacho. Se conformaba con tenerlo de cuñado.
—Mis nietos van a ser lindíiiiiiiiiiisimos —comentó Garrow cuando regresaban a la casa. Hasta se rio como un niño cómplice en el plan de un adulto travieso.
Darius se sonrojó como por milésima vez gracias a los comentarios y las miraditas pícaras de Garrow. Al cabo de unos años vio que el anciano tuvo razón. Ahora tenía a esa lindura de niña, a la que le terminaba de poner la bata de dormir.
Su Zoe, su pequeñita Zoe. Aunque le hubiese gustado que tuviera el cabello como el de la madre o el de la abuela, a Darius no le decepcionó que naciera rubia. Se parecía más a Frey que a Njord, pero tenía los ojos de la madre de Darius. Por eso la llamó «Zoe» sin chistar.
—Pero tú no vas a ser como tu mamá ni como tus tías, ¿me entendiste? Nada de miradas o comentarios pícaros, señorita. Ya tengo suficiente con que seas así de linda.
Le tocó la nariz con la punta del dedo. Zoe, que tenía tres años, se llevó las manitas a la cara para atrapar el dedo de su papá. Darius se apartó a tiempo y la niña se golpeó la nariz. En lugar de llorar, Zoe rio como si ese fuera el objetivo del juego.
Darius sonrió enternecido y se llevó un dedo a los labios para pedirle silencio. Zoe lo pilló al instante. También se llevó un dedito a los labios y miró al niño que estaba junto a ella. Fenran ya tenía el pijama puesto y dormía como un leño; ni siquiera se movió cuando Darius lo cargó.
El mestizo hizo una seña a Zoe para que lo siguiera. Antes de acostarlos a ella y a Fenran, tenía que llevarlos donde Njord para que les diera el beso de las buenas noches. Luego, el periplo de Darius continuaría. Todavía tenía que encargarse de Drake y los gemelos.
Drake, por lo general, era un niño tranquilo y tímido, hasta un poquito llorón –aunque él se ponía a llorar si se lo decían–. Pero en los últimos días comenzó a seguir los pasos de los gemelos. Eso era lo último que Darius y Njord necesitaban. Dagda y Airgetlam eran lindísimos pero daban unos dolores de cabeza tremendos con sus travesuras. Los padres apenas podían cuidar a los cuatro niños pequeños y al par de niños grandes que sembraban terrores en el hogar. ¿Cómo harían si ahora Drake se unía a las travesuras?
Por suerte Darius sabía cómo chantajear a Drake, cómo convencerlo de que siguiera siendo el niñito dulce y fácil de lidiar que era. Una vez que metiera a Drake a la cama con Zoe, los pequeños se dormirían y entonces sí podría hacerse cargo de los gemelos, que, conociéndolos, seguro se escondían de él para dormirse hasta tarde.
Darius soltó un suspiro. Dagda y Airgetlam se le parecían por fuera, pero por dentro llevaban mucho del fuego inquieto de Njord y sus hermanas. Quizá Drake también lo llevaba, ¡quizá Fenran, Zoe y Connor se unirían a las travesuras y al largo ritual de ir a dormir! «Pero podría ser peor», pensó mientras iba a la habitación que compartía con Njord y el recién nacido Connor. «Todos ellos podrían ser niñas y traviesas. Eso sí que sería terrible».
Cuando abrió la puerta, vio que los gemelos estaban con Njord. Dagda y Airgetlam le hacían ojitos a su madre para que despertara a Connor y pudieran jugar juntos; por su parte, Njord les explicaba que el bebé todavía era muy pequeño y no podía jugar con niños grandes.
Darius sonrió feliz. Aunque era difícil ser padre, amaba a su familia. Se tiraría de un precipicio por los gemelos. Se freiría vivo por Zoe. Se colgaría de cabeza por Drake. Se dejaría pisotear por una estampida por Fenran. Entraría a un enjambre de avispas por Connor. Se lanzaría de una cascada por Njord.
No había forma de describir todo lo que sentía cuando los veía. Era mucho más que felicidad, mucho más que amor, mucho más que seguridad, mucho más que perfección. Lo que tenía en esa casita era mucho mejor que el Paraíso mismo. Darius deseaba abrazarlos a todos, congelar ese instante en el tiempo.
Que su Paraíso nunca tuviera fin.
«Pero sabes que está a punto de terminar», pensó triste. La sensación feliz en el pecho se convirtió en algo frío y ardiente a la vez, como un punzón. «Ahora sabes que dentro de una semana y media vendrán a llevárselos. Esto que tanto amas se acabará en menos de treinta minutos, el tiempo justo que necesita ese maldito anciano para atacar con el hechizo de sangre. Esto es solo el recuerdo de lo que ya nunca más podrás tener».
Quiso caminar de espaldas. Regresar sobre sus pasos como si con eso pudiera rebobinar el sueño hasta el inicio, hasta el momento que conoció a Njord. Quiso empezar de nuevo, que la historia siguiera otra vez su curso y que reiniciara cuando llegara otra vez a la puerta, a la habitación con Njord, los gemelos y el recién nacido.
Quiso mantenerse en ese lapso de felicidad hasta el final de los tiempos.
Pero todo cambió para mal cuando dio un paso hacia atrás. Njord y los chicos todavía estaban delante de él; todavía cargaba a Fenran y Zoe todavía lo seguía, pues estaba aferrada a su pierna. Pero ya no estaban en casa, sino en un sitio oscuro como caverna.
De repente, el cuerpito cálido de Fenran se puso frío como témpano de hielo y dejó de pesar como si…
Darius apretó los labios. No se atrevió a ver al niño en sus brazos, pues sabía que se convertía en cenizas. Se le salieron las lágrimas porque sabía que la carita tierna de Fenran se arrugaba como papel y se llenaba de úlceras, como cuando lo encontró después de visitar el Reino de los espíritus.
¿Es que nunca podría superar eso? ¿Acaso sus pesadillas nunca estarían libres del inframundo y lo que descubrió allí? ¿Por qué se hacía esas preguntas si ya sabía la respuesta? No. Nunca podría superarlo, nunca podría olvidarlo, nunca podría soñar con Fenran sin que el sueño se convirtiera en pesadilla.
Zoe desapareció. A Darius le dio la sensación de que la niñita se convirtió en neblina, como si nunca hubiese existido, como si nadie la echara en falta. Para él fue como si el mundo entero perdiera el eje, porque la pequeña fue todo lo que lo mantuvo en pie mientras Fenran se deshizo en sus brazos.
Giró para buscarla. Encontró las espaldas de cuatro personas jóvenes, envueltas en tinieblas. Eran Dagda, Airgetlam, Zoe y Connor, crecidos. Los cuatro estaban inmóviles, tenían los brazos pegados al cuerpo y la cabeza inclinada al suelo.
Como estaban muy juntos, a Darius le costó distinguir qué era lo que veían. Cuando se asomó por entre las piernas de los chicos, vio el extremo de un brazo pálido rodeado por un charco de sangre. El mestizo tembló de pies a cabeza porque supo a quién veían.
Njord.
Quiso gritarles, pedirles que dieran media vuelta y apartaran la mirada de inmediato. Él sabía lo mucho que dolía ver a una madre muerta. ¿Por qué ellos también tenían que pasar por eso? ¿No era suficiente ya con perderla?
Dio un paso hacia ellos, pero las piernas le fallaron y tuvo que arrodillarse en el frío y oscuro suelo. Sintió que gritaba, pero el nudo de aullidos se le quedó en la garganta y no hizo ni un ruidito. La voz no le salió. Todo era en vano.
Una nueva figura apareció junto a él. Con dificultad, Darius apartó la mirada de los chicos y vio al hombre que se materializó en la oscuridad. Enlil lo miró muy serio, sin decir ni una palabra. Todo lo que hacía era verlo como si lo juzgara, como si lo repudiara, como si él no le importara nada. Darius se estremeció. Curioso. En la vida real Enlil nunca lo vio con tanta frialdad, pero vaya que dolía en sueños.
La mirada del General le resumía lo que sentía ahora: desesperanza. ¿Por qué un sueño tan bello y prometedor terminaba así? ¿Por qué la vida alegre y apacible que tuvo se convirtió en una vorágine de desesperación? ¿Qué hizo para merecer eso?
—¿Por qué? —preguntó a Enlil. Su voz fue como la de un niño pequeño—. ¿Por qué, por qué? ¡Ah! ¡¿Por qué?! ¡¿POR QUÉ?!
Aunque escuchó el eco de su voz, Darius no supo si en verdad hablaba porque Enlil no reaccionó. Le pareció que le gritó «¿Por qué, por qué, por qué?» durante horas. Fue hasta que la garganta se le rasgó que obtuvo respuesta. Lentamente, el General lo rodeó y se colocó detrás de él. Luego se agachó y le susurró al oído:
—Detente, Darius. Los vas a matar.
—Si no hubiese sido por ti... —susurró él, exhausto.
—Detente.
—Si no hubieses venido...
—Escúchame, Darius: ¡debes detenerte!
—Si no existieras...
—Lo siento.
La palabra fue como un bálsamo.
Darius hizo memoria. Estaba seguro de que Enlil nunca le pidió perdón por haberlos secuestrado, llevarlos al Pantano donde Sigurd los atacó o por haberlos encerrado en Masca. Las palabras no podían borrar el pasado pero sí mejoraban el presente. Un poco.
Se encogió y se llevó las manos al rostro. No quiso que el maldito anciano viera cómo lo afectaba. Supo –deseaba– que si Enlil lo consolaba le vería las lágrimas. Darius soltó un suspiro de alivio cuando el General le rodeó el cuello con los brazos. Esperaba calidez, incluso afecto.
Pero…
Los brazos no fueron cálidos como los imaginó, sino fríos, húmedos y duros como acero. Cuando Darius aspiró le llegó el olor de agua de mar. Enlil susurró otra vez:
—Lo siento pero me tienes harta.
No le sorprendieron las palabras ni que la voz fuera de Sakti. Lo que lo sorprendió fue la traición, pues el abrazo se convirtió en estrangulación. Los brazos de Enlil se cerraron como trampa de oso alrededor de su garganta. Darius se agitó de un lado a otro, furioso y asustado. No podía soltar el aire viejo que tenía en los pulmones y que le sabía a tristeza, ni podía respirar aire limpio de mar. ¡Tenía que quitarse al General de encima! ¡Tenía que apartarlo antes de que lo matara, antes de que…!
—¡SUFICIENTE!
La voz de Sakti fue como un latigazo para Darius. Parpadeó confundido. Ya no estaba en la caverna donde los chicos miraron el cadáver de Njord. Frente a él había un lobo gigantesco con cuernos, que temblaba. ¿Qué le pasaba a Freki? ¿Qué podía asustarlo tanto como para que tuviera el rabo entre las patas?
Escuchó los gritos de Connor. Por el rabillo del ojo, Darius vio que el chico sacudía a Geri y le preguntaba si se sentía bien. El lobo estaba echado en una playa de guijarros y arena, ensangrentado. Se asustó al ver que Geri convulsionaba. Luego vio las siluetas de Dagda y Airgetlam. Los dos estaban al borde de una línea imaginaria, debatiéndose entre acercarse o ser precavidos. Dagda le gritó a Connor una retahíla de barbaridades con la voz quebrada por el miedo:
 —¡Ven aquí, imbécil! ¡Ven antes de que papá te haga daño! ¡VEEEEN!
«¿Daño?», se preguntó enojado. «¡Jamás le haría daño!». Estaba tan furioso que quiso lanzarse sobre Dagda para darle un escarmiento. ¿No era eso… indebido?
Airgetlam también gritó, aunque no a Connor sino a Sakti:
—¡No seas idiota! ¡Bájate ahora! ¡Bájate! ¡Papá te va a destrozar!
Quiso lanzarse también sobre él por lo que decía pero no pudo quitarse un peso de encima. Alguien todavía lo estrangulaba. También Dereck estaba justo al lado, atenazándolo con una espada. Cada vez que Darius intentaba avanzar hacia el Guardián, Freki, Geri o alguno de los gemelos, el soldado le lanzaba estocadas en las patas.
No sabía qué pasaba pero… ¡Tenía mucha hambre y estaba tan enojado! Quería comer. Quería destrozarlo todo. Quería olvidar. No tenía sentido luchar contra la energía furiosa que le recorría el cuerpo. No tenía sentido contenerse. Así que cerró los ojos y dejó que la transformación también poseyera su mente.
Cuando parpadeó otra vez lanzó una dentellada a Dereck sin remordimiento. Ya no era Darius. Ya no era nada más que un lobo. El Guardián esquivó el mordisco pero perdió la esperanza.
—Princesa, ¡bájese ya! —suplicó—. Alteza, ¡no funciona! ¡Tenemos que abandonarlo!
Sakti no hizo caso. Apretó con más fuerza el cuello de su amigo. Apretó con los talones los costados del lobo gigante para evitar resbalar. El transformado se agitó para tirarla pero ella se mantuvo sobre el lomo como si fuera una garrapata.
Aunque deseaba hacerlo, Dereck no huyó. Lanzó una nueva estocada a Darius para hacerlo retroceder; sin embargo, el lobo comenzaba a perderle miedo al dolor. «Diablos», pensó el soldado. El plan original era agotar a Darius con una pelea; pero no solo resultó tener más resistencia que la princesa y el Guardián, sino que también los hizo escapar y alcanzó a los lobos-dragón y a los chicos rapidísimo. Si ahora también dejaba de temer a la espada ¡se los comería enteros!
Dereck gritó a Freki para que lo ayudara a atacar pero el mensajero estaba como catatónico. El soldado no se lo reprochó. Cuando Darius los alcanzó apaleó tanto a Geri que a nadie en su sano juicio se le ocurriría enfrentársele. Excepto Sakti, claro.
Cuando Darius atrapó a Geri todos supieron que lo mataría; por eso la princesa se las arregló para saltarle al lomo y le rodeó el cuello con la garra de Dragón. Ese siempre fue el plan de la princesa, aunque ella quiso usar la táctica cuando Darius estuviera agotado. Como el mestizo todavía tenía mucha energía ella tenía que lidiar con las sacudidas.
De un momento a otro las sacudidas se hicieron menos violentas. En lugar de saltar de un sitio para otro, Darius giró sobre las patas mientras agitaba la cabeza. Las dentelladas también fueron más débiles, como si estuviese bostezando en lugar de morder.
—Freki, ¡que no se vaya de lado! —ordenó Sakti.
Dereck vio que las patas traseras de Darius temblaban y le dio un coscorrón a Freki para que reaccionara. El mensajero comprendió lo que sucedía y se colocó al lado derecho del profeta transmutado para mantenerlo en pie. Si Darius se caía aplastaría a Sakti.
Dereck se colocó a la izquierda de Darius para que el mestizo no cayera por el otro lado. El lobo negro se agitó durante unos segundos más, pero estaba tan confundido y adolorido que ya no distinguía en dónde estaban sus enemigos.
Dereck lo agarró del pellejo para sostenerlo con más fuerza. Entonces notó que el pelaje de Darius se caía. Sintió que los músculos del lobo se hicieron más pequeños y cambiaron de forma, y que el cuerpo del profeta perdía volumen. Comprendió que la transformación estaba remitiendo
Sakti apretó tanto como pudo los costados del lobo pero de pronto el lomo del animal se convirtió en la espalda desnuda de un hombre. Aunque Dereck le lanzó una advertencia, la chica resbaló y terminó colgada a la espalda de Darius. Las piernas del mestizo fallaron al fin y se fue de lado. Dereck todavía estaba ahí para sostenerlo. Logró atajar a Darius, aunque Sakti sí golpeó el suelo al caer.
—Excelente —dijo Dereck con un suspiro de alivio.
—¿Ya terminó? —preguntó uno de los gemelos mientras el otro tomaba a Connor para llevarlo a Darius—. ¿Cómo está papá? ¿Está bien?
Dereck iba a asentir pero entonces notó las venas azuladas que estaban marcadas en el cuerpo de Darius. El profeta todavía tenía la cara transmutada, pues los labios estaban estirados por encima de las mejillas y casi formaban un hocico.
—No, esto aún no ha terminado.
Airgetlam giró sobre los talones y le gritó a Connor:
—¡Haz algo! Ayuda a papá. ¿Se pondrá bien, se…?
—Por favor no me vuelvas a pedir eso —lo interrumpió su hermano menor.
Connor fue junto a Dereck y Darius. Supo de inmediato que su papá necesitaba un lugar tranquilo para reposar. Aunque jadeaba casi no le entraba aire a los pulmones y el corazón le latía tan aprisa que temió un ataque cardiaco. Estuvo a punto de sugerir que se marcharan cuando Dereck le hizo una seña.
—Connor, revisa a la princesa.
El chico miró a Sakti, que estaba apartada y sentada en el suelo. Tenía la cabeza agachada y el pelo enmarañado, así que no pudo verle la cara. Aun así vio lo que tanto preocupó a Dereck: la princesa se sostenía con fuerza el hombro izquierdo.
Se acercó a ella y le tomó la mano con delicadeza para ver qué ocurrió. Apenas Sakti apartó la mano, el brazo le quedó colgando mucho más largo que de costumbre e inmóvil. Connor palideció aunque Sakti se mantuvo en silencio, sin pizca de gemidos.
—S-s-se dislocó —logró decir el chico—. Se dislocó mucho.
Durante su práctica en Kehari vio varios brazos dislocados, pero nunca uno como el de Sakti. Lo mareó verlo porque se imaginó lo mucho que debía de doler. Además, la estructura ósea del lado izquierdo de Sakti era muy diferente a todo lo que él conocía de anatomía aesiriana. Los brazos de Dragón no eran comunes entre los magos. Creyó que no podría ayudarla, pero se tragó sus miedos, se armó de valor y dijo:
—Voy a acomodarlo. Te va a doler y te parecerá que estoy tardando mucho, pero es solo por el dolor, ¿entiendes? En un par de días estarás bien.
—De acuerdo —murmuró Sakti con calma—. Confío en ti.
 «Qué mal», pensó Connor. «Eso me compromete mucho».
Respiró profundo para calmarse. Tomó el brazo izquierdo de Sakti con una mano y con la otra sostuvo a la muchacha. Rezó para que esos huesos tan extraños se unieran de nuevo. Le alegró que Sakti tuviera los ojos cerrados porque así ella no vería lo nervioso que estaba.
Cuando acomodó el brazo, los gemelos apartaron la mirada y se taparon las orejas mientras que Dereck apretó los dientes. El chillido que tanto temieron no salió de Sakti. La princesa solo contuvo la respiración y apretó los ojos sin emitir ni un gemido.
—Bien —dijo Connor después de escuchar un «clac» en el hombro de su amiga. Tanto él como Sakti soltaron un suspiro de alivio, aunque el chico todavía dudaba—. Creo que ya está. ¿Sientes los dedos? Muévelos solo un poquito para estar seguro de que…
Sakti lo cortó cuando se levantó en un santiamén. Giró sobre los talones y se colocó delante de él para protegerlo.
—¿Quién eres y qué quieres? —preguntó con voz amenazante.
Como todavía estaba oscuro, Connor al principio no vio a nadie más y creyó que Sakti alucinaba por el dolor. Luego vio una figura envuelta en capucha negra. El aesiriano se descubrió el rostro. Era un anciano con la espalda encorvada y con varias arrugas en la cara, aunque parecían hechas por el viento y el sol en lugar de los años.
El viejo carraspeó un poco –Connor también lo habría hecho porque el tono amenazante de Sakti daba escalofríos– y se pasó la lengua por los labios para humedecerlos.
—Mi nombre es Trevor —respondió— y vengo a ofrecerles refugio.

"Los Hijos de Aesir: Travesía bajo la sombra del Tercero" © 2010-2017. Ángela Arias Molina

2 comentarios :

  1. Me ha gustado el texto me leeré los anteriores.
    Un saludo

    ResponderEliminar
  2. ¡Qué bueno que te gustó! Ojalá que el resto también te agrade. Si no, siéntete libre de decirme cómo podría mejorarlo. Muchas gracias, y saludos :)

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¡Hola! Muchas gracias por leer este capítulo de "Los hijos de Aesir". Puedes ayudar a la autora al calificar la lectura en la barra de calificación (está un poquito más arriba). O mejor aún ¡deja un comentario! Toda crítica constructiva es bienvenida. ¡Muchas gracias!
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