¡Sigue el blog!

Capítulo 19

19
QUE OTROS NO RECUERDEN



La lluvia repicó contra las ventanas cerradas, a la vez que el fuego de la hoguera hervía una olla con agua. Cuando alguien se colocó junto a ella, Sakti abrió los ojos. Se removió entre las frazadas todavía un poco somnolienta y estiró el cuello para desperezarse.
—Aquí tienes, querida —dijo la anciana—. Ten cuidado, está caliente.
—Gracias.
La princesa extendió los brazos y recibió una taza de té. Entrecerró los ojos sobre ella largo rato. Luego se la llevó a los labios, despacio, como si le temiera.
—¿Todavía no puedes ver? —le preguntó la anciana con una mezcla de curiosidad y lástima en la voz.
—No del todo —respondió la princesa—, pero se arreglará con el tiempo.
Estaba ciega por forzar la visión la noche anterior. Sakti sabía que se había excedido pero no estaba preocupada. Con el tiempo sus ojos se acostumbrarían a la cantidad regular de luz y enfocarían otra vez como era debido. Todo regresaría a la normalidad.
—Eso es bueno —dijo la anciana a la vez que le daba unas palmaditas cariñosas en la cabeza—, pero te cubriré los ojos con otro paño hervido en infusión, ¿de acuerdo?
La mujer regresó a la chimenea, que estaba muy cerca. Sakti bebió el té mientras percibía el refugio. Aunque no podía ver supo que la casa era muy pequeña pues en una sola habitación estaban la sala, el comedor y la cocina, así como una puerta que llevaba al exterior y otra que conectaba con un dormitorio.
Ese era el cuarto de los ancianos Corin y Trevor, aunque los dos estaban en la sala. Ambos hacían piruetas para ir de un extremo de la habitación a otro, pues debían sortear a Dereck y a uno de los gemelos, que dormían como leños en el piso. Connor y su otro hermano estaban despiertos y hablaban en susurros. Darius dormía en la otra habitación, con un sueño más profundo que el de Dereck.
Sakti dejó que el calor del té le recorriera el cuerpo. ¡No podía creer la buena suerte que tuvieron al encontrar a Trevor! Él y su esposa eran muy bondadosos, no dudaron en darles refugio y, para mejorarlo todo, ¡eran amigos de Darius! Aunque Sakti estaba un poco frustrada porque se arruinó el plan original de encontrar una flota en Norishka, estaba muy agradecida de estar al fin en un pueblo costero de la Península. En la noche anterior supuso que tendrían muchísima suerte si encontraban una cueva donde pudieran descansar. ¡Y ahora estaban en un lugar mucho mejor, con fuego, comida, té, cobijas y seguridad!
—Allenita, ¿ya estás despierta? —preguntó la alegre voz de Connor. Sakti volvió el rostro hacia donde escuchó al joven profeta—. Estábamos hablando sobre cuando papá era niño. ¿Sabías que dejó de mojar la cama a los seis años? ¡Ja, ja, ja! Yo me detuve a los tres. ¿Y tú?
—Al año —contestó ella—. Si me hacía en la cama me obligaban a sentarme en clavos hirvientes. —La sonrisa de Connor se esfumó al instante. El chico abrió los ojos como platos pero Sakti no se enteró—. ¿Ya revisaste a Darius? ¿Está bien?
—S-sí —tartamudeó, aunque le alegró cambiar de tema—. Tendrá el cuello moreteado por un buen tiempo y no creo que se pueda mover libremente por unas tres semanas, pero aparte de eso está de maravilla. No hay de qué preocuparse.
Connor caminó hacia Sakti, con cuidado de no tropezar con las largas piernas de Dereck que estaban estiradas por el suelo de la casa.
—¿Cómo está tu brazo? ¿Te duele? ¿Me dejas echarle un vistazo?
Sakti se desabotonó la blusa y dejó al descubierto el hombro. Connor torció el gesto cuando vio un horrible moretón. Cuando lo tocó para inspeccionarlo se dio cuenta de que a Sakti no le dolía o sabía guardar muy bien el dolor, como cuando le acomodó el hombro.
Palpó la clavícula y arrugó otra vez la cara. No le gustaba cómo se sentían los huesos de Sakti. Si fuera otro paciente, Connor habría dicho que tenía una enfermedad degenerativa o que se quebró la clavícula con mucha gravedad, tanto que perdería el brazo o por lo menos la sensibilidad. Pero cuando se lo pidió, Sakti movió los dedos y flexionó el codo sin problemas.
—No entiendo cómo tienes tanta resistencia —soltó cuando terminó de examinarla—. ¡Te envidio mucho! —Regresó al lado de Airgetlam y agregó—: Te lanzaste a los vanirianos y a papá sin pestañear; y cuando tuve que reacomodar el brazo ni arrugaste la cara. Tú nunca tienes ni pizca de miedo. ¡Cómo te envidio!
Sakti guardó silencio. Connor la tenía en alta estima, mucho más de lo que ella merecía en verdad. Era cierto que ya no entraba en pánico cuando se enfrentaba a los vanirianos, pero todavía sentía la adrenalina cuando se le desataba en el cuerpo para enfrentar a un enemigo. El corazón todavía se le aceleraba con furia y los pies todavía tanteaban con sigilo el suelo que pisaban al combatir. Además, todavía evaluaba sus posibilidades antes de lanzarse contra un adversario. Así que, en cierto modo, todavía tenía miedo.
La única diferencia entre ella y la chiquilla que se enfrentó por primera vez a unos groliens era que sabía controlar ese miedo y aprovecharlo. Algún día Dagda y Airgetlam también podrían hacerlo. Connor también, si seguía empeñándose en las clases de defensa que le daba su papá. Todo era cuestión de tiempo y práctica.
Sakti se levantó y tanteó con cuidado el suelo hasta dar con el cuerpo de Dereck. Lo despertó con suavidad para no asustarlo. El Guardián se sobresaltó cuando no reconoció el sitio en el que estaban. Sin embargo, después de unos parpadeos Dereck recordó el encuentro con Trevor durante la madrugada y la suerte que tenían de estar vivos y a salvo.
—¿Sabe qué hora es, Alteza? —preguntó entre bostezos después de darle los buenos días.
—Mediodía —contestó Trevor por ella—. Pero parece más temprano. Hay tormenta.
—¿Tormenta?
Dereck fue hacia la ventana y la abrió. Una fría ventisca se coló en la casita, estremeció las llamas de la chimenea y le provocó escalofríos al Guardián. Antes de que cerrara la ventana otra vez, vio a lo lejos el mar embravecido y el cielo gris. De vez en cuando, rayos carmesí iluminaban las nubes oscuras. Si Trevor no le hubiera dicho que era medio día, habría creído que se trataba de una madrugada o un crepúsculo tristes.
Cerró la ventana. El soldado soltó un suspiro y apoyó la frente en el cristal.
—¿Vio los truenos, Alteza?
—No —contestó Sakti—, pero los percibí. Son rojos. —Sabían lo que eso significaba, así que la princesa preguntó a los ancianos—: ¿Hace cuanto que los vanirianos están aquí?
Corin le apretó los hombros para que se sentara. Cuando la chica obedeció, la mujer le puso una venda cálida y húmeda sobre los ojos a la vez que decía:
—Hace mucho. Invadieron toda la Península hace casi veinte años. ¿No sabían esto en la Capital?
—¡Seguro que sí, mujer! —estalló Trevor—. En Masca tienen noticias de todo. Pero ya sabes cómo es el Lord Anterius. Jamás se ha preocupado por quienes viven en este pedazo de tierra, ¿por qué habría de hacer algo para salvarnos?
—Anterius Mürk ya no es Lord de la Península —explicó Sakti—. Fue removido hace un buen tiempo pero nunca se nombró a un sustituto. Y es cierto, en la Capital se sabía que la Península fue atacada, pero siempre creí que los vanirianos la abandonaron. Creí que solo...
—Creíste que solo atacaron este lugar porque querían atrapar a Darius y a sus niños, ¿no es así? —terminó Corin por ella—. Como el General Enlil los atrapó antes, creíste que los vanirianos se retiraron al ver que no podían ponerles las manos encima.
Corin dio en el clavo. La anciana explicó:
—Este era un pueblo muy tranquilo, así que la visita de un Escuadrón y un General dio mucho de qué hablar durante meses. Además, Darius siempre fue muy querido aquí. Cuando se lo llevaron todos lo extrañamos mucho. —Terminó de atar la venda sobre los ojos de Sakti y suspiró con una mezcla de cansancio y melancolía—. Ahora las cosas han cambiado, pues el pueblo es bastante… «movidito», por decirlo de alguna manera. Todos los días matan a alguien.
Corin se acercó otra vez al caldero y dejó la conversación para los demás.
—Si los vanirianos están aquí de seguro tienen vigilada la flota —comentó Dereck.
—Los chicos me contaron que quieren un barco que los lleve al Reino de las Arenas —le dijo Trevor—. Pero me temo que «flota» es una palabra muy elegante para el montón de botes rotos que están en el puerto.
—¿Entonces no podremos encontrar un barco adecuado para nuestro viaje? —preguntó el Guardián.
—Siempre hemos pescado en aguas cercanas y no hemos necesitado barcos que resistan por mucho tiempo en mar adentro.
—Ya veo. Eso es un no.
—Pero esto me recuerda a cuando Darius era pequeño. Veamos, ¿qué era...?
Trevor se rascó la barba canosa por un tiempo, a la vez que preguntaba en voz alta cuál era la historia que quería contar. Dereck giró los ojos, un poquito exasperado, porque estaba seguro de que la anécdota del anciano no tenía nada que ver con el problema que tenían.
—Una vez, cuando Darius tenía unos once años, paseó por la playa y pisó una sanguijuela marina que se había quedado varada y cubierta por arena. Como la sanguijuela todavía estaba viva, lo mordió. La herida no fue muy grave y Darius creyó que podría regresarse para tratarla. Pero entonces, de la nada apareció un hombre quien lo tomó en brazos y lo llevó a su casa, que quedaba en la colina.
»Zoe, la madre de Darius, al principio se preocupó muchísimo cuando vio que su hijo precioso estaba herido. Pero cuando se aseguró de que el chico estaba bien se olvidó por completo de él e invitó al «hombre salvavidas» a cenar.
»Unos días después se lo encontraron otra vez en el mercado del pueblo, y Zoe lo invitó a cenar de nuevo. La situación se repitió unas cuantas veces más, hasta que se hizo costumbre que el hombre se quedara hasta tarde en casa de ellos. Pero había un problema: a Darius no le caía bien ese tipo.
—¿Por qué —preguntó Connor muy inocente—, si lo ayudó cuando estaba lastimado?
—Tonto —le espetó Airgetlam—. Papá estaba celoso porque ese hombre salía con la abuela. Además, ¿no ves que fue culpa de él que papá se lastimara con una sanguijuela en la playa? ¿Cómo crees que una de esas cosas se quedó varada y bajo arena, con vida y lista para morder a alguien? ¿Y por qué crees que el hombre apareció de la nada para ayudar a papá? Él preparó todo para acercarse a la abuela. —Trevor rio.
—¡Sí que eres hijo de tu padre! Eso fue exactamente lo que pensó Darius. Incluso nos pidió que le ayudáramos a hacer una pócima que le diera un buen dolor de tripas a ese hombre y culpara a la comida de Zoe. Esperaba que así dejara de visitarlos. ¡Qué ocurrencias las de los niños! —El anciano se aclaró la garganta—. Pero eso no era lo que quería contarles. Este hombre sabía que Darius no le tenía mucha simpatía. ¿Han visto cómo mira a las personas que no le agradan?
—Sí —contestó Dereck—. Como si no fuera suficiente con los colores de sus ojos, cuando se enfada lo mira a uno como si le echara el mal de ojo.
—Bueno, pues así es como Darius miraba a este hombre. Así que para ganarse su favor, él le propuso un trato: llevarlo a su barco y enseñarle a navegar.
—¿Eso fue todo? —preguntó Dereck incrédulo—. ¿Eso bastó para comprar a Darius?
Si con un barco era suficiente para contentar al mestizo, ¡el Emperador le habría regalado una flota entera con tal de que se comportara como un buen prisionero en Masca! Trevor agitó una mano para desechar el comentario del soldado, pero se carcajeó con fuerza, muy feliz.
—Es que no entiendes el contexto, muchacho. Todos los niños que crecen en la Península sueñan con ser marineros. En este lugar eso es casi lo único que da de comer. Zoe no sabía mucho de botes, Darius no tenía un padre que le enseñara y yo ya era muy viejo como para hacerlo. Así que te imaginarás lo que significaba esa oportunidad para él. Así fue como el capitán Telius y su tripulación enseñaron a Darius todo lo que sabían de barcos, lo cual no es poco.
Dereck aún no entendía qué tenía que ver la anécdota de Trevor con la necesidad de obtener un barco que los llevara al Reino de las Arenas. Sakti, en cambio, ya sabía a dónde quería llegar el anciano.
—¿Y qué pasó con el capitán y la abuela? —preguntó Connor—. ¿Se casaron?
—¡Ja, ja, ja! —rio Trevor—. La verdad es que ni Zoe ni Telius tenían ganas de formar una relación a largo plazo. Tu padre se habría enfermado de la rabia de ser así. Además —agregó con malicia—, un día Telius sufrió un buen dolor de tripas que casi se lo lleva a la tumba. No quiero señalar a nadie con el dedo, pero el buen capitán prefirió tomar eso como una señal y alejarse mientras tuviera la oportunidad. ¿Entiendes lo que te digo?
Connor asintió, aunque no se podía creer que su padre fuera capaz de una travesura tan grave como envenenar a alguien. Al igual que a Sakti, tenía a Darius en muy alta estima.
—No quiero ser grosero —dijo Dereck—, ¿pero qué tiene esto que ver con lo que necesitamos en este momento?
—Pues es bastante simple. Como bien has dicho, los vanirianos tienen control sobre eso a lo que amablemente llamas «flota». Aunque hubiera un barco registrado en condiciones de llevarlos al Reino de las Arenas, ningún marinero se atrevería a que su embarcación, su tripulación y su familia se vieran involucradas en un asunto feo con los vanirianos. Pero Telius no posee ni un barco ni una tripulación registradas. Y hasta donde sé, todavía está activo y surcando los mares.
Todos, salvo el inocente de Connor, entendieron de inmediato a lo que se refería Trevor.
—¿Conque un barco clandestino, eh? ¿Y hay manera de contactar con el capitán Telius?
—Ah, se me ocurren algunas ideas... —sonrió el anciano.
La sonrisa de Dereck fue grata por unos instantes. Pero su expresión se convirtió en una mueca de dolor cuando intentó moverse para estar más cómodo. Se llevó una mano al costado y se palpó con cariño para disminuir la punzada que sintió. Airgetlam sonrió burlón y le soltó:
—Papá te hizo añicos, ¿eh? —Dereck sabía que el chico solo quería molestarlo, así que le siguió el juego y le sacó la lengua como si fuera un crío de diez años.
—En mi defensa, me esperaba cualquier cosa menos esa. Los Tonare no se transmutan en lobos. —Eso picó la curiosidad de Sakti, quien le preguntó:
—¿Cómo es la transformación de los Tonare? ¿La has visto?
—La he visto controlada en muy pocas ocasiones —respondió de buena gana el soldado, pues era raro que Sakti mostrara interés en algo—. El señor Enlil la utilizó cuando el príncipe Adad iba a nacer, para así expulsar mayor poder contra los vanirianos que atacaron el desierto. Son como púas que le salen de todas partes del cuerpo. —Dereck imitó las púas con los dedos, pero se detuvo cuando recordó que Sakti no podría verlo con los ojos cubiertos—. Aunque supongo que de todas formas no tenía por qué sorprenderme tanto. Después de todo, Darius es profeta. Su transformación es herencia de su madre.
Pensó que con eso acabaría la conversación, pero Connor abrió los ojitos de par en par y vio a Dereck con una mirada reluciente llena de inocencia y emoción. El chico se colocó delante del Guardián, apretó las manos en súplica y soltó sus ocurrencias:
—¿Herencia de la abuela? Entonces ¿nosotros también nos convertiremos en lobos cuando nos llegue la transformación?
A Dereck le agradaba que Connor fuera un niño tan curioso y alegre, pero le agradó aún más que Sakti también se acercara a él y le preguntara:
—¿Cómo sabes que las transformaciones de los profetas son de lobos? Hasta donde sé, en Masca no hubo profetas por miles de años. ¿Cómo puedes saberlo entonces?
Dereck sonrió. Aunque Sakti tenía los ojos cubiertos –y no le resplandecían como el par de canicas ilusionadas que tenía Connor en las cuencas–, casi parecía una niña.
—Por la leyenda, por supuesto. —Cuando vio que Connor y Airgetlam lo miraron con las cejas arqueadas y que Sakti, a pesar de la venda sobre los ojos, parecía observarlo, él agregó—: La leyenda del Emperador Odín, el que cerró el Pacto con Dios... ¿Les suena?
No hubo respuesta de parte de sus amigos. Dereck suspiró decepcionado de que los profetas y la portadora del Primer Dragón no conocieran una leyenda tan importante para la Profecía.
—Mi madre me la contó cuando era pequeño. Hace mucho, mucho tiempo, cuando los clanes de magos todavía se mantenían puros, había guerras entre ellos por poder, territorios y mujeres. Los cultivos perecían, las enfermedades minaban la población y la maldición se extendía a todos. Nadie escuchaba a nadie. Era un caos. Ni siquiera las Casas Militares, que habían jurado obediencia a los Aesir desde tiempos inmemoriales, prestaban atención. Habían perdido la esperanza en un único líder aesiriano. Entonces llegó al Trono el Emperador Odín.
»Ya que las Cuatro Casas Militares no escuchaban a Odín, el Emperador eligió a cuatro consejeros, cada uno proveniente de un punto cardinal. Gracias a ellos, el soberano estaba al tanto de lo que ocurría en el Imperio y se esforzó en unificar a todos los aesirianos. Pero había algo especial en los consejeros, algo que no calzaba con el resto de los sirvientes del Emperador. ¿Saben qué era?
Connor y Airgetlam negaron con la cabeza, mientras que Sakti y los ancianos esperaron con paciencia a que el soldado terminara la historia.
—Los consejeros de Odín no eran aesirianos. Al menos no en el sentido estricto de la palabra. Eran espíritus que se habían materializado en el cuerpo de los magos. Dos de ellos eran cuervos que volaban por el mundo y susurraban al oído de Odín lo que sucedía en cada rincón del planeta. Los otros dos eran lobos, que se sentaban a sus pies para protegerlo y juzgar si quienes se presentaban ante él eran dignos de confianza o no.
Cuando escuchó esto, la garra de Dragón de Sakti comenzó a temblar. Al principio, la princesa creyó que era una reacción tardía por la dislocación pero no tenía dolor. Lo que sí sentía era la ansiedad del Primer Dragón. «Escucha, ¡escucha!», la urgió el espíritu. «Esto es un recuerdo, ¡no una leyenda! Dos cuervos y dos lobos. ¡Como ahora!».
—Una noche —continuó Dereck— los cuatro consejeros escucharon una voz y tuvieron una visión. La leyenda dice que fue entonces cuando Dios concedió la esencia de la premonición. Así fue como nació el clan de los profetas. El resto ya lo conocen: los consejeros convencieron a Odín de intentar el Pacto con Dios y así nacieron los Dragones y la Profecía.
—¿Y las transformaciones? —preguntó Connor, todavía con los ojitos resplandecientes—. ¿Los descendientes de los profetas se convirtieron en cuervos y lobos cuando sufrieron transformaciones? —Dereck levantó los hombros.
—En realidad se sabe muy poco de los profetas, Connor. Su clan siempre fue el más pequeño de todos; además, hubo una época en la que huyeron del Imperio y no se volvió a saber de ellos... Al menos hasta que dimos con tu abuela materna.
»Pero, como te dije, esto es una leyenda. Lo más probable es que los primeros profetas fueran simples aesirianos con transformaciones particulares; como ya debes de imaginar, la forma que se toma durante la mutación es también algo hereditario. Como las esencias, ¿comprendes? Ahora ya no hay clanes completamente puros, exceptuando a los Aesir, los Montag, los Tonare y alguno que otro clan en el desierto. Eso quiere decir que los poderes que heredan los magos en la actualidad son variados, al igual que su transformación.
—Pero no es una casualidad que Darius tomara la forma de un lobo —susurró Sakti—. Dereck, ¿tu madre te dijo alguna vez cómo se llamaban los consejeros del Emperador Odín?
—No que recuerde, Alteza —contestó el Guardián—. ¿Por qué?
—Porque creo saber cómo se llamaban —respondió la joven con voz glacial a la vez que un trueno resonaba en el cielo.

****

—Así que lo saben...
Freki gruñó después de escuchar la historia de Dereck. El lobo-dragón, de eterno apetito y buen humor, miró enojado a sus amigos. En especial a Sakti, como si ella le hubiese hecho algo cruel. Geri no estaba enfadado sino más ansioso que nunca, como si temiera que un extraño castigo cayera del cielo. Gimoteó durante el relato de Dereck y aún más cuando el soldado terminó la historia de los consejeros del Emperador Odín. Guardó silencio cuando Freki le lanzó un gañido amenazador y se quedó mirando sus patas mojadas sin atreverse a hacer contacto visual con nadie.
—Tú también ya lo sabes, ¿verdad, Allena? —gruñó Freki—. Estás comenzando a recordar. Eso no es bueno, ¡no lo es!
El lobo gruñó y tensó los músculos, como si quisiera entrar a la casita para atacar a Sakti. Se contuvo porque aunque estaba enojado adoraba a la princesa. Lo que sentía por ella se asemejaba al amor incondicional de un cachorrito hacia su madre.
Sakti permaneció inmóvil frente a él, aunque sí percibió las intenciones del lobo aun con los ojos vendados. Todavía tenía uno de los paños cálidos de Corin sobre la vista para protegerse de la luz, aunque sabía que el día estaba muy nublado y llovía.
De no ser por la lona que Dereck puso sobre ellos, los lobos se habrían mojado. Se habían refugiado en el bosque cercano porque no cabían en la casita de los ancianos. Pero cuando Airgetlam los llamó con un aullido –el chico era buenísimo en eso– acudieron sin chistar. ¿Quién habría creído que los esperaba un grupo atento a una vieja leyenda?
—Dereck —gruñó Freki, pues le parecía que el soldado tenía la culpa por compartir la anécdota—. ¿Cómo es que conocías esa historia?
—Mi madre me la contó cuando era un niño. Cuando todavía vivía en el templo con ella, en...
—¿Lavenna? —preguntó Geri con un murmullo. Dereck asintió y el lobo batió el rabo, feliz—. Ah, ya veo. Tu madre era Crisalia, Doncella de Lavenna, ¿verdad? Nuestra hermana mensajera. —Dereck soltó un gemido de escepticismo. Geri levantó la mirada y sonrió un poquito burlón—. Je, pareces sorprendido.
—Mi madre no era mensajera. Era una aesiriana...
—¿Común y corriente? —terminó Geri por él—. Mira, Dereck, así son las cosas: tu madre no era una aesiriana común y corriente, al igual que Freki y yo no somos lobos normales. Algunos mensajeros son más obvios que otros pero eso es irrelevante a final de cuentas. Todos somos mensajeros. Todos somos hermanos. Todos tenemos misiones. Y todos regresaremos a nuestro amo algún día. —Como Dereck todavía no se creía lo que el lobo había dicho, Sakti aprovechó para participar en la conversación.
—¿Hay más mensajeros además de ustedes dos, Huginn, Muninn, el amo Mark, la ama Krishna y Dioné? —Geri sonrió otra vez aunque lo hizo un poco siniestro.
—Más, más, somos muchos más —respondieron ambos lobos a la vez.
Sakti supo que los lobos no querían colaborar. Geri y Freki podían ser fieros en las cacerías, bonachones en el viaje, traviesos como niños y cariñosos como perros. Pero también muy pillos. Por el tono que emplearon quedó claro que querían jugar a las adivinanzas
Sakti soltó un suspiro de fastidio. ¿Es que acaso no era más fácil que los lobos soltaran todo lo que sabían, en lugar de que ella les hiciera preguntas? Si Freki se enojó tanto y Geri se asustó con el asunto de los consejeros del Emperador Odín, ¡era obvio que no dirían más de lo que se les pidiera! Si Sakti no hacía las preguntas correctas los lobos no se preocuparían en contarle algo que ella se hubiese saltado.
—¿Qué tipo de mensajeros hay?
—Los hay de todos tipos —respondieron de nuevo los lobos a la vez, como si fueran uno solo—. Animales, espíritus, humanos, aesirianos y también vanirianos. Todos somos hermanos. Todos tenemos misiones. Y todos regresaremos a nuestro amo algún día. Estamos en todas partes; estamos en todas las épocas. Los hay tanto como estrellas en el cielo.
Aunque Sakti no podía ver las expresiones de Geri y Freki, sabía que los mensajeros tenían sonrisas burlonas. La retaban. Esa pregunta no les pareció comprometedora pero se equivocaban si creían que la princesa era idiota.
—En todas las épocas, ¿eh? ¿Incluso antes del Pacto? —No los pudo ver, pero sintió la tensión en los músculos de Geri y Freki. Las sonrisas lobunas habían desaparecido—. ¿Qué hay de los mensajeros del Emperador Odín?
—No eran mensajeros —la corrigió rápidamente Connor—. Eran consejeros que luego se convirtieron en profetas.
—No. Eran mensajeros. Dereck dijo que eran espíritus que se materializaron en cuerpos aesirianos. Así son los mensajeros: son espíritus, fragmentos del Tercer Dragón que han reencarnado en un cuerpo. —Sakti caminó hacia los lobos y les colocó las manos sobre las frentes—. ¿Cómo se llamaban los lobos y los cuervos de Odín? —preguntó en un susurro.
Los lobos guardaron silencio por unos segundos. Freki gruñó molesto mientras que Geri batió la cola, desesperado. Al final los dos respondieron:
—Ya sabes cómo se llamaron.
—Los cuervos eran Huginn y Muninn; y los lobos eran Geri y Freki. —Sakti hizo una pausa, pues sabía que los lobos gruñirían al escucharla—. ¿Por qué estaban ustedes allí, en esa época? —Luego dio con la pregunta adecuada—: ¿Cómo es posible que existieran mensajeros antes de la creación del Dragón que los envía al mundo?
Geri y Freki se miraron el uno al otro, angustiados. Geri gimió frustrado, como si quisiera golpearse la cabeza contra la pared una y otra vez. Freki tuvo que responder por los dos.
—Es... algo de lo que no podemos hablar libremente. Lo siento. Son las reglas. Ya se han roto miles pero esta es sumamente importante, así que tendrás que conformarte con lo poco que podamos decirte. —Sakti se separó de ellos y asintió.
—Adelante.
—Las almas... son las mismas... casi. ¿Comprendes? —Sakti negó con la cabeza. Airgetlam intervino:
—Las almas de los consejeros del Emperador Odín son las mismas que las de los cuervos y los lobos actuales. ¿Es eso? ¿Quieren decir que es una reencarnación? —Los lobos asintieron.
—Más o menos, sí. Pero a la vez, no. En el caso de los cuervos, ellos comparten alma con sus dueños, o sea, con el General Montag y con Dereck. Sus almas originales... bueno, quizá gran parte de esas almas está en el Reino de los espíritus.
—O quizá fueron destruidas cuando los Huginn y Muninn originales fueron fusionados con el Tercer Dragón. El rastro que quedó de ellos es lo que dio origen a los cuervos mensajeros que conocen.
—Es confuso —se quejó Connor.
—Lo siento, no podemos decir más.
—¿Y qué hay de ustedes? ¿Qué hay de sus almas? —Geri lloriqueó de nuevo por la pregunta de Sakti, y dijo entre dientes que faltaba poco para que un relámpago les cayera encima para castigarlos por hablar demás.
—En nuestro caso, nuestras almas pueden ser las de los Geri y Freki originales —dijo Freki, ignorando los lamentos de su hermano—. O pueden ser fragmentos de sus recuerdos o de su corazón.
—¿Cómo no pueden estar seguros? —preguntó Connor—. Si estuvieron antes allí, cuando el Emperador Odín y los profetas crearon a los Dragones, entonces seguro que---
—¿Lo recordaríamos? —lo interrumpió Freki—. No funciona así, Connor. Las almas, antes de encarnarse, duermen en un lugar sagrado, en el seno de Dios. Pero los mensajeros somos diferentes. Somos fragmentos del Tercer Dragón, un espíritu y un alma que no dormía sino que tramaba. Cada vez que reencarnamos usamos almas nuevas. Un fragmento del Tercer Dragón se une a otra alma que sí dormía. Esta nace y olvida la memoria que sea del Dragón, por lo que se convierte en una persona distinta. Aunque una parte nuestra es del amo Marduk, otra parte no lo es del todo... Pero aun así está condenada a formar parte de él. Sea como fuere, lo uno y lo otro se olvida al nacimiento y a la muerte.
—O sea... —Connor estaba cada vez más confundido—. ¿Que no recuerdan nada antes de nacer como mensajeros y que tampoco recordarán nada cuando mueran?
—Tú no recuerdas nada antes de haber nacido, ¿verdad? Quizá cuando mueras tendrás memoria de lo que fuiste o quizá no. Pero habrás existido. En cambio nosotros... —Freki suspiró—. Nos fusionaremos de nuevo con el amo y cualquier rastro de alma que no sea de él, sino nuestra, olvidará por completo su existencia.
—O se destruirá por la falta del resto. Será igual a no haber existido —completó Geri. Sonrió por la mirada compasiva que les dirigió el menor de los profetas—: No te angusties, peque. Es parte de ser mensajero. Viene en el contrato. —Aun así Connor parecía triste.
—¿Qué querían decir con lo de «recordar»? —preguntó Sakti—. Dijeron que no era bueno. —Freki gruñó otra vez, esta vez con colmillos.
—Eso es precisamente lo que no podemos decir, Allena —respondió él molesto—. Por el bien de tu alma lo mejor será que te olvides de esto, ¿de acuerdo?
—Pero---
—¡ARGH! —gruñeron los lobos juntos, a la vez que lanzaban una dentellada de advertencia a la princesa.
Sakti se lo esperaba de Freki, pero no de Geri; igual supo que no tenía que temerles pues los lobos nunca le harían daño. «Aunque es mejor dejarlos en paz», decidió. «Están muy tensos». Los lobos retiraron las fauces que cerraron a escasos centímetros del rostro de Sakti, y dijeron:
—Ya no diremos nada más. Estamos violando el tabú.
—De acuerdo —aceptó Sakti—, no preguntaré más sobre lo de «recordar» pero todavía tengo un par de dudas. —Como supo que los lobos consideraron lanzar una segunda dentellada de advertencia, ella agregó—: Si les parece que violo las reglas no me responderán. ¿De acuerdo? —Después de consultarlo entre sí, los lobos asintieron.
—Pregunta.
—Si no tienen los recuerdos de los anteriores Geri y Freki, ¿cómo saben que son las mismas almas o fragmentos de los lobos de Odín? —Geri contestó de inmediato, sin pensarlo.
—Porque debíamos saberlo, por nuestra misión. ¡AUCH!
Geri dio un pequeño salto de dolor y sorpresa cuando Freki le majó la pata delantera. El lobo herido miró a su hermano como si quisiera matarlo, pero Freki se limitó a negar con la cabeza y a observarlo como si fuera un idiota. Sakti ignoró la pelea entre los lobos y preguntó:
—¿Cuál es su misión?
En esta ocasión Geri se mordió la lengua –y retiró las patas– para evitar un nuevo golpe. Freki pensó largo tiempo cómo responder sin romper el tabú y al final dijo:
—Evitar que otros recuerden.

****

Más, más, ¡más! Ardan, ardan, ¡ardan!
El baile continuaba. La niña giraba sobre los talones, con las manos extendidas para sentir en las puntas de los dedos el calor de la hoguera. Los demás veían el sacrificio con horror, con el miedo y la desaprobación ocultos en sus corazones, aunque ella podía verlos. Es más, los olía.
Eran basura. Eran simples y bobos mortales, pecadores hipócritas que no merecían lástima. Si fueran más justos que ella la habrían enfrentado. Pero como no querían arder en la hoguera condenaban entre susurros el grito de la princesa y se consolaban al creer que eran mejores. ¡Mejores! ¡Ellos, los pecadores por los que una niñita tendría que sacrificarse!
La brisa sopló y le meció los mechones grises. «La lágrima en mi mejilla», pensó la niña antes de sentir la humedad que se extendía casi en línea recta a un lado del rostro. «No sabía que estaba llorando...».
Antes de que pudiera admitir que estaba triste, la furia la embargó de nuevo. Odiaba a sus padres, los plebeyos, sus creadores. ¡Odiaba a Dios! Pero no se sintió mejor al ver a otros arder en un fuego semejante al que la consumiría. Quizá la hizo sentir un poco… culpable.
«¡NO!», aulló en su mente. Extendió otra vez los brazos, giró de nuevo sobre los talones, bailó con la falda extendida y rio y lloró a la vez. Después de todo, los que la veían a lo lejos bailarían también cuando ella y los otros Dragones ardieran. Pero quizá, si la veían carcajear frente la hoguera donde se retorcían los cuerpos, ¡se pensarían mejor el sacrificio!
¡Qué ardan y se consuman! ¡Que mueran y que…!
—… se condenen... —susurró Sakti somnolienta.
Cuando entreabrió los ojos supo que habló dormida, aunque no pudo recordar lo que dijo o lo que soñó.
El fuego en la chimenea se redujo a carbones con marcas incandescentes. La luz más fuerte venía de un rincón de la casa. Cuando giró el cuello hacia esa dirección, vio a Dereck de pie, con la espalda apoyada en la pared. El soldado sostenía una de las placas que arrebató a los cadáveres de Norishka, de la que brotaba la luz que le bañaba los ojos.
Dereck leía la información de la placa. Por la expresión seria del Guardián, la princesa también supo que no eran noticias placenteras. Cuando el brillo se apagó la habitación quedó a oscuras.
—Ya puede ver, Alteza —susurró Dereck.
—Sí, aunque un poco borroso —contestó—. ¿Muy malas noticias?
El soldado avanzó hacia ella, se sentó al lado y le entregó la placa.
—Fatales. Necesitamos de inmediato un barco.
Sakti tomó el trozo de metal y se lo colocó delante de los ojos. Cuando el haz de luz brotó le proporcionó una serie de imágenes. Al principio se trataba de algo simple y cotidiano, como un día común y corriente para el soldado que llevaba la placa. Después inició el ataque feroz contra los vanirianos. Sakti sabía cómo terminó esa batalla pero le sorprendió ver algo que nunca se esperó. O, mejor dicho, alguien que nunca imaginó ver.
—¡Liberen las catapultas! —gritó un hombre rubio y de ojos rojos—. ¡Libérenlas ahora!
Aunque sus órdenes fueron acatadas, muchas de las arpías esquivaron los proyectiles y lograron infiltrarse en la Fortaleza. A pesar de que Norishka tenía un sinfín de guerreros, todas las mujeres aladas se lanzaron sobre el mismo objetivo: el hombre rubio que llevaba una armadura de color negro. Sakti la reconoció porque ella utilizó una idéntica cuando marchó en el Oeste.
Era la armadura de un noble.
El hombre luchó con ferocidad contra las vanirianas, pero los números demostraron ser superiores a sus talentos. Algunos oficiales intentaron ir a su rescate pero ya era muy tarde. Sakti supuso que vería la muerte del aesiriano pues a todas luces era el de mayor rango. Si algo había aprendido en la guerra era que matar al líder de los enemigos ganaba la mitad de la batalla. Para su sorpresa las vanirianas solo se elevaron en el aire con él.
—¡Luchen! —gritó el hombre mientras las arpías se lo llevaban—. ¡Luchen hasta el final!
Aunque él predicó con el ejemplo y opuso resistencia a sus captoras, las nubes se lo tragaron. La batalla en Norishka siguió el curso hasta el fatídico final que Sakti y compañía apreciaron cuando llegaron a la Fortaleza. Con eso terminó la secuencia de imágenes y se apagó la luz de la placa de identificación.
—¿Quién era él? —preguntó mientras devolvía la placa a Dereck. Presentía la respuesta.
—Su tío, el príncipe Sin.
Sakti suspiró. No conocía a sus tíos Sin y Harald, sino a los hijos de estos. Ella no era muy cariñosa con su familia, pero se sintió mal al enterarse de que su tío fue secuestrado por los vanirianos. Sin embargo, su curiosidad y sospecha sobrepasaron el malestar. «¿Con qué propósito secuestraron a un príncipe?».
—La última carta que recibimos de él decía que estaba en el Noroeste. No tenía planes de ir al extremo Este. ¿Qué estaba haciendo aquí? —Dereck sacó la otra placa. En lugar de dársela para que ella viera el despliegue de información, él le resumió:
—Al parecer, el príncipe tenía un buen tiempo de estar aquí. La Fortaleza era su refugio. Las arpías habían intentando secuestrarlo con anterioridad.
—Nunca lo mencionó en sus cartas.
—Alteza, creo que esas cartas no eran de su tío. —Entonces Sakti lo comprendió.
—Crees que fueron de los vanirianos. Crees que ellos las enviaban para despistarnos, para que las verdaderas cartas del tío pidiendo ayuda jamás llegaran a nosotros. Para que no supiéramos que querían secuestrarlo. —Luego recordó la ausencia de su tío Harald, y la de sus primos Sin y Harald—. Ellos también enviaron cartas, excusándose por no regresar a Masca cuando las luces del Tercer Dragón se encendieron. Tío Kardan se molestó pero no había nada que pudiera hacer. Dijeron que estaban trabajando pero quizá sus cartas también fueron falsas. Quizá también fueron secuestrados.
¿Pero por qué? ¿Por qué no asesinados frente a los soldados, para así disminuir los ánimos de los militares? Si los iban a matar ¿por qué no delante de los ejércitos aesirianos?
«Los necesitaban», comprendió Sakti. En ese momento todas las piezas encajaron. El secuestro de Enlil, la invasión a Masca, los castillos flotantes...
Recordó el castillo que destruyó con la sincronización de Lahore. En esa ocasión, el castillo flotante fue tan lento que a pesar de haber iniciado el escape con tiempo no logró huir de la supernova de la ciudad cuando esta se autodestruyó. Pero los castillos flotantes que atacaron Masca se movieron con mayor velocidad y sus ataques no fueron simples relámpagos, sino descargas violentas de energía que caían en forma de rayos. La diferencia entre el castillo que atacó Lahore y los que atacaban Masca era una muy importante: la sincronización.
Al parecer los castillos flotantes podían moverse y atacar levemente sin sincronización. Pero para ser más efectivos necesitaban sangre Aesir pura. Necesitaban por lo menos a un príncipe.
—Todo se complica cada vez más —murmuró Dereck cuando llegó a la misma conclusión—. Ahora no se trata solo de salvar Masca. Ahora también tenemos que rescatar a los príncipes secuestrados.
—Si es que no murieron ya por la sincronización —comentó Sakti de forma tenebrosa—. Quizá aunque lleguemos al desierto no conseguiremos ayuda. Quizá los Aesir de las Arenas también han sido secuestrados. —Se le formó un nudo en la garganta al imaginar a su hermano apresado.
—De todas formas necesitamos llegar al desierto. Necesitamos la ayuda de las Arenas, sí, pero quizá allá también nos necesitan a nosotros. Si no están al tanto de los secuestros entonces nosotros podríamos avisarles. —Sakti asintió—. Mañana mismo iremos a buscar a ese tal Telius. Quería esperar a que Darius estuviera un poco más recuperado pero ya no podemos perder más tiempo.
—Perfecto. Tenemos que zarpar en menos de tres días. No se tolerarán más retrasos.
Dereck se acomodó al lado de Sakti para dormirse. Mientras la princesa se acurrucaba prestó atención a las respiraciones en la casa. Como no cabían allí, Geri y Freki regresaron al bosque. Darius todavía dormía profundamente en la otra habitación. Corin y Trevor dormían plácidamente en un rincón, con un montón de pieles como cama. Los gemelos también dormían, incluso murmuraban entre sueños. Pero la respiración acompasada de Connor estaba ausente. Eso asustó a Sakti, quien saltó entre las cobijas.
—¿Dónde está Connor? —Dereck, con los ojos cerrados, esbozó una sonrisita.
—Salió. Dijo que iría al baño pero ha estado al lado de la choza todo este tiempo. Creo que se asustó mucho por la transformación de Darius y tenía que dejarlo salir sin que lo viéramos. —Sakti lo miró enfadada a la vez que se deshacía de las cobijas.
—¿Y no se te ocurrió consolarlo?
—A los chicos no nos gusta que otros chicos nos vean llorar, Alteza —dijo Dereck de forma chistosa—. Pero para eso están las mujeres: para exprimirnos el orgullo.
Sakti dudó por unos instantes. Quizá a Connor no le gustaría que ella fuera de curiosa a ver cómo se encontraba. Pero, por otra parte, el chico podría estarse mojando –la llovizna no había cesado– y sería bueno que alguien lo calmara un poco. No se trataba solo de la transformación de Darius, sino que también estuvo en el campo de batalla por primera vez. De todos, Connor era el menos capacitado para luchar. Quizá se sintió muy vulnerable. Quizá necesitaba que alguien lo tranquilizara y le dijera que todo estaría bien.
Sakti se levantó, saltó los cuerpos de los gemelos y salió de la casa. Dereck sonrió muy complacido. Sabía que la princesa nunca sería otra vez la chiquilla que conoció en Lahore. Pero cuando se trataba de los profetas ella se ablandaba. Si Sakti todavía tenía un lugar cálido en su corazón, los chicos habían llegado a él con éxito.
Al otro lado de la puerta, Sakti sintió el frío del viento y de la lluvia que caía al suelo, mojándole los pies desnudos. La choza tenía un techo amplio, así que no podría mojarse por completo.
Miró a uno y otro lado en busca de Connor. Por un momento temió que el chico se hubiese alejado mucho y se perdiera en la noche. Connor estaba sentado a unos metros, con la espalda recostada a la pared, las rodillas recogidas y los brazos alrededor de las piernas. Sakti se acercó y se sentó; lo miró largo rato, sin saber si estaba llorando o se había quedado dormido. Entonces el chico dijo:
—Hace mucho calor adentro. Entraré cuando haga más fresco.
Aunque intentó mantener la voz estable, Sakti la escuchó quebrada. Argh, demonios. ¡No sabía qué hacer! Con Darius era muy sencillo porque solo debía guardar silencio, escuchar lo que el mestizo tuviera que decir y luego meditar en una solución. Eso siempre parecía animar al profeta. Pero Connor era distinto. A diferencia de Darius –que, a decir verdad, se deprimía con facilidad–, el chico era muy alegre. Por eso no sabía si era válido consolarlo como lo hacía con su padre.
—Dereck dice que las chicas exprimimos el orgullo de los chicos, así que no sé qué hacer contigo. ¿Me quedo o me voy?
Connor levantó un poco los ojos. Los tenía irritados. Por un momento temió que él llorara otra vez –Sakti era pésima para ver llorar a otros, ¡ni siquiera podía soportarlo con Darius!–. Por suerte ya Connor había superado esa etapa.
—Aunque no quieras hacerlo igual vas a exprimir todo mi orgullo. Tú eres más valiente que yo.
—Solo te parece que es así pero al principio siempre da miedo. Los groliens son muy grandes y difíciles de derrotar. ¿Crees que no lo pienso dos veces antes de enfrentarme a un bicho casi tres veces más grande que yo? —Connor la miró de manera perspicaz.
—No me refería a los groliens.
—También me preocupé cuando tu padre nos atacó. Temí que mi plan fallara, no pudiera noquearlo y todo se saliera de control
—Tampoco me refería a eso. —Sakti alzó un poco la ceja. Esa era la única expresión que lograban sacarle muy de vez en cuando.
—Entonces ¿a qué?
Connor la miró por unos segundos y lo pensó muy bien. Llegó a la misma conclusión que su padre: si había alguien capaz de salvarlo, esa era Sakti.
—Cuando papá estuvo en Kehari conmigo, mi maestro lo atendió. Él no sabe que escuché su conversación, pero estuve detrás de la puerta justo cuando terminaban de revisarlo.
Connor le contó lo mismo que el curandero de Kehari le dijo a Darius: que estaba muriendo por los desniveles de magia ocasionados por la pérdida de esencias y que no podría soportar una transformación debido al desequilibrio del cuerpo.
—Esa misma noche, los dos tuvimos una visión en la que él estaba muriendo y yo no podía hacer nada para ayudarlo.
Connor detalló lo mejor que pudo su visión a Sakti, a la vez que ella escuchaba sin decir ni una palabra.
—Cuando derrotaste a papá y él cayó, pensé que se iba a morir ahí mismo. Porque estábamos en una playa y ya no habían tantos guijarros, sino arena. Pensé que el sol iba a alumbrar mucho y que de nuevo no sabría qué hacer para ayudarlo. Pensé que esta vez mi papá sí me abandonaría sin que yo pudiera hacer algo al respecto.
Connor miró a Sakti en busca de palabras consoladoras pero ella lo miró largo rato sin decir ni pío. Apenas parpadeaba. Connor creyó que quizá pensaba en una solución, pero en realidad ella pensaba en lo fuerte que era el chico. No habría sido fácil cargar todo ese peso él solo. Le había ocultado la verdad a Darius. A todas luces, nunca dijo nada a los gemelos. De lo contrario Dagda y Airgetlam tendrían cara de miseria todas las mañanas.
El chiquillo que hacía preguntas con ilusión, el que no pillaba las intenciones ocultas de las personas, el que estaba encogido junto a ella, era un valiente tremendo. Cuando Connor se diera cuenta de eso sería capaz de comerse al mundo.
—La razón por la que viajas no es para sacar a Zoe de Masca —murmuró Sakti—, sino porque quieres ayudar a Darius cuando la visión se cumpla. —Connor asintió.
—Pero aún no sé qué haré cuando llegue el momento. Aún creo que me congelaré allí mismo. Tengo miedo de fallarle a papá, Allena.
Sakti lo miró largo rato otra vez. Los lobos ya la habían alertado sobre los problemas de las esencias de Darius, pero la visión de Connor era algo nuevo.
Una visión en la que Darius moría desangrado por una herida fatal, mientras ella le tomaba la mano para mantenerlo consciente y Connor decía que no sabía qué hacer.
Una visión en que el sol les cegaba y la arena caliente les quemaba la piel.
Una visión que sin dudas se desarrollaría en el desierto, a donde se dirigían. Claro que Connor tenía miedo. De seguro que Darius también.
Sakti sabía que aunque Darius era muy sentimental, temperamental y un poco depresivo, no pecaba de idiota. Él sabía que el Reino de las Arenas era el lugar de la visión, que si subía a un barco y cruzaba hasta el otro continente podría morir. ¿Pero se detendría? No. Porque viajaba por Zoe. Él primero se moriría mil veces antes de abandonar a uno de sus hijos.
—Connor, escúchame. —Sakti pasó el brazo por los hombros del muchacho y lo acercó a ella para confortarlo—. Ambos ayudaremos a tu papá, tanto con sus esencias como con la visión. Sigue estudiando y mejorando tus habilidades como doctor, y yo me encargaré del resto. Tu padre tiene razón: no permitiré que muera.
—Pero...
—Tranquilo —dijo ella con suavidad. Si hubiese sonreído Connor se habría sentido tranquilo de inmediato—. Si salvar la vida de tu padre fuera un deporte, yo sería campeona mundial. Después de armar todo un número que incluía ejecución, hacerme cargo de una simple herida será pan comido. Además, no lo haré sola ahora porque contaré contigo. —Connor la miró todavía con temor, pero tragó fuerte y asintió—. ¿Te sientes mejor por habérmelo dicho? Ya no tienes que cargarlo solo. Podrá ser nuestro secreto.
Connor asintió de nuevo y esbozó una pequeña sonrisa.
—Gracias, Allena. Ya me siento mejor.
Los dos se quedaron abrazados fuera de la choza por unos minutos más.


"Los Hijos de Aesir: Travesía bajo la sombra del Tercero" © 2010-2017. Ángela Arias Molina

2 comentarios :

  1. Hola guapa!!

    No me he leído el capítulo porque tengo que empezar desde el principio u__u pero quiero decirte que te has currado un montón la presentación de todo :D enhorabuena!

    Un beso!

    -Da-

    ResponderEliminar
  2. Muchas gracias, ojalá que si empezás a leer te guste el contenido tanto como la presentación :P
    ¡Saludos!

    ResponderEliminar

Ojalá que me den CRITICAS CONSTRUCTIVAS para poder mejorar en mis escritos.
No es necesario que dejen su nombre, aunque se los agradecería para poder darle las gracias cada vez que publique de nuevo, ya que quiero dar crédito a las sugerencias que me hagan.
Gracias por tomarse su tiempito y honrarme con sus comentarios. =^_____^=

Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...
¡Sigue el blog!