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Capítulo 20

20
PARA BARCOS, TRATOS



A diferencia del día anterior, la mañana estuvo soleada, sin rastro de nube alguna. Cuando Dereck abrió la ventana, la brisa marina se coló en la habitación y despertó a Dagda, el último de los hermanos que dormía plácidamente. Corin y Sakti habían salido temprano para asearse, así que el desayuno corrió por parte de Trevor y Connor.
—Muy bien —dijo Dereck—. Ya que todos están despiertos es hora de tener claros los planes para hoy. —El Guardián dejó de lado su usual alegría, adoptó un perfil serio y pasó a cada uno una lista de las labores que le tocaban.
—«Revisar las heridas de los lobos y averiguar su peso...» —leyó Dagda—. ¿Es esto una broma, Dereck?
—A mí me toca ayudar en la casa —comentó Airgetlam.
—Y a mí... —Connor estaba entusiasmado—, ¡¿acompañarte al pueblo?!
De inmediato los hermanos mayores se quejaron ofendidos:
—¡Pero él es el más pequeño!
—Y curiosamente es el más maduro —respondió Dereck. Los gemelos lo miraron enfadados, así que el soldado tuvo que mantener la compostura para controlarlos—. Chicos, nuestra situación es seria. Su padre tardará un poco en despertar, los lobos están muy heridos y de seguro los vanirianos nos están buscando en este momento. Si hubo un sobreviviente o si alguno vio a la princesa... —Dereck negó con la cabeza. No quería ni pensar en las consecuencias—. De seguro la buscan ahora. Debemos irnos cuanto antes al desierto, pero muchos estamos heridos y cansados y todavía no tenemos un transporte. La princesa y yo queremos zarpar lo más pronto posible, pero también debemos ser cuidadosos. No podemos llamar mucho la atención. Y ustedes dos —dijo señalando a los gemelos— son inquietos como el demonio. —Los chicos se ofendieron de nuevo.
—¿Qué diablos te hace creer que Connor es más maduro que nosotros?
—Sí, ¿y por qué él puede ir al pueblo y nosotros no? ¡Queremos ir!
«Ahí están otra vez, armando un escándalo», pensó Dereck mientras suspiraba. Sacó las placas de identificación que guardaba en el bolsillo y se las pasó a los chicos para que las vieran. Cuando los tres estaban al tanto de lo sucedido, continuó:
—Ese era el príncipe Sin, tío de la princesa. Ella y yo creemos que fue secuestrado por la sincronización. —Les explicó lo que él y Sakti concluyeron la noche anterior—. Por eso temo que los vanirianos busquen ahora a la princesa. Si la reconocieron intentarán capturarla. Si los castillos que atacaban Masca estaban sincronizados con algún príncipe, ¿se imaginan la potencia de una ciudad flotante con la portadora del Primer Dragón en plena sincronización? Sería terrible. —Los chicos guardaron silencio por unos instantes.
—Eso no explica por qué Connor irá al pueblo mientras nosotros nos quedamos aquí y pesamos a los lobos. Antes de que digas otra cosa —cortó el gemelo a Dereck, quien ya empezaba a abrir la boca—, te lo cuestiono no porque me comporte como un niño. Lo hago porque si las cosas están tan mal como dices entonces ¿cómo te atreves a llevar a mi hermano menor a un pueblo que sabemos que está atestado de vanirianos?
Dereck esbozó una media sonrisa, un poco amarga porque ese era un gran inconveniente. Trevor ya le había dicho que el pueblo, que estaba a unos escasos trescientos metros de la choza, fue invadido. Había tantos o más vanirianos que aesirianos. Aun así él, Trevor, Connor y Sakti irían a echar un vistazo.
—No quiero llevar a ninguno de los tres pero ocupamos sus ojos. Solo ustedes pueden ver a los kredoa. Quizá sería más conveniente que alguno de ustedes dos —dijo mientras señalaba a los mayores— me acompañara, pero hablé en serio cuando dije que son inquietos. Connor, en cambio, es más tranquilo. —Como Dereck vio que los gemelos se enfadaban, agregó—: Además, si algo sucediera y llegaran vanirianos aquí, ¿qué haría uno de ustedes y Connor para defender a Corin y a Darius? Lo mejor es que los dos estén cerca porque sí saben pelear. Connor en cambio no.
Los hermanos se miraron pero esta vez no tenían nada que objetar. Defender a su padre y a la anciana era una tarea muy importante, a pesar de lo aburrido que sería quedarse en casa.
—¿También te llevarás a Allena? —preguntó Airgetlam—. ¿No será muy peligroso si de verdad los vanirianos quieren atraparla? —La sonrisa de Dereck se esfumó.
—Sí es peligroso pero no tengo otra opción. Además de un barco necesitamos conseguir ropa nueva y raciones de alimento. La princesa conoce la talla de ustedes dos, Connor se encargará de buscar ropa para él y ahora que Darius sufrió una transformación se hizo... más alto. —Dereck suspiró un poco malhumorado, pues tuvo que prestarle una segunda mudada a Darius cuando recuperó su forma aesiriana—. Ahora somos de la misma talla. En cuanto a la princesa, no toda la ropa le queda bien por la garra. Es mejor que ella se encargue de eso.
Al terminar el desayuno, Dereck se quitó la camisa del uniforme y quedó en camiseta. Los chicos lo observaron con una sonrisita burlona, pues el soldado miraba el uniforme como si estuviera rechazando a un hijo. Con la misma cara de miseria, Dereck se quitó la placa de identificación que llevaba al cuello.
Aunque todavía llevaba pantalones y tenía el pecho cubierto, Dereck se sintió tan desnudo como el día en que nació. Estaba tan acostumbrado al uniforme que le pareció que ya no era Dereck Sunkel sin él. Un poco malhumorado, giró el cuello a Connor y le gruñó para que terminara de desayunar, pues el chico se le quedó mirando largo rato.
Connor dio un saltito por la sorpresa, pero no fue por el regaño sino por la cicatriz que Dereck tenía en la garganta. Como el cuello del uniforme era alto, Connor nunca antes había visto esa marca. Se estremeció al imaginar lo dolorosa que debió de ser y lo difícil que fue sanarla. No sabía que esa era la herida más grave que Dereck se ganó cuando enfrentó al come-almas en el Pantano –cuando Sakti era una chiquilla y la llevaba por primera vez a Masca–, pero sí supo con certeza que el soldado era un hueso duro de roer. ¡Una herida tan severa en la garganta habría matado a cualquier persona!
Al terminar el desayuno, el chico salió de la choza seguido del Guardián y Trevor. Lo recibió una deliciosa brisa marina. Como estaba en un terreno elevado divisó el pueblo y la playa que se extendía al lado. El mar era de color azul zafiro y el sol brillaba radiante, como si bendijera el día. Al contrario, el pueblo era un cascarón triste. Los edificios estaban demolidos o con remaches, y las calles estaban sucias y llenas de pordioseros.
—Como lo sospeché —dijo el Guardián al lado—. Allí hay una patrulla vaniriana. ¿Los ves, Connor? ¿Distingues a algún kredoa?
La entrada al pueblo estaba a unos trescientos metros, custodiada por un par de groliens visibles a los ojos de Dereck. Connor vio también un par de hombres con sotana rala, cortada a la cintura como una caperuza. Los rostros de estos vanirianos estaban cubiertos por una pelusilla marrón y tenían ojos redondos y negros. Eran kredoa.
—Bien —dijo Dereck después de que Connor lo informara—. Lo más probable es que alguno de los kredoa nos seguirá para asegurarse de que somos quienes decimos ser.
—¿Y quiénes diremos que somos? —Dereck ya tenía una historia preparada.
—Seremos un grupo de hermanos que visita restaurantes y hoteles. Nuestro objetivo es ver cómo se desempeña la competencia, con el fin de fundar un hostal exitoso en nuestro propio pueblo. ¿Te parece?
—¡Sí! Yo puedo ser el cocinero.
—Yo seré el vigilante.
—¿Y Allena?
De repente a Connor le preocupó que el plan no funcionara. En toda su vida había visto como a ocho mujeres aesirianas. Dos eran de Kehari, las otras cuatro eran sus tías –Eleanor, Miriam, Frigg y Frey–, la sétima era la anciana Corin y la última era Sakti. Aun así sabía que las chicas aesirianas rara vez tenían los ojos y los cabellos grises. Hasta un ciego podría distinguir a la princesa de Masca solo por esas características.
—Ella podría ser la camarera —dijo Corin detrás de ellos.
Al girarse, vio que la anciana regresaba a casa y traía las ropas de Sakti en los brazos. Una chica caminaba detrás de ella. Tenía el cabello negro y una capucha crema sobre los hombros y brazos. Por debajo de la capucha se podía ver un bonito vestido corto de color verde, que dejaba al descubierto las piernas. Los pies estaban calzados con sandalias a juego, que tenían unas cuantas piedritas verdes que brillaban con la luz del sol.
A Connor se le pegó la lengua al paladar. Todo lo que pudo hacer fue mirar a la chica, un poco sonrojado y preguntándose de dónde había salido. «¿Quizá es la nieta de Corin y Trevor?», pensó distraído mientras la estudiaba. La chica se le hizo conocida cuando le vio los rasgos faciales. Al ver los ojos grises comprendió quién era.
—¿Allena? —preguntó con voz chillona. Corin aplaudió jocosa y miró a Connor con picardía.
—¿Verdad que parece otra persona con un vestido y un poco de tinte? ¡Ha sido tan divertido peinarla y vestirla! Es como una muñequita. —Luego alisó mejor la falda verde—. Este era mío cuando tenía su edad. Lo guardé durante años por puro sentimentalismo, aunque Trevor dijo que era una tontería porque yo ya no me lo ponía ni teníamos una hija que lo usara. Pero la vida da giros inesperados. ¡Parece que todo este tiempo lo guardé solo para ella! Le queda de maravilla.
Connor miró a Dereck con la esperanza de que el soldado estuviera tan sorprendido como él. Sin embargo Dereck tenía la expresión usual, pues él había visto a Sakti en vestidos cuando vivieron en Masca. Connor, en cambio, estaba estupefacto.
—¡Te ves muy bonita, Allena! —la felicitó de corazón—. Pareces una princesa.
—Connor —dijo ella con una ceja arqueada—, yo soy una princesa, ¿recuerdas?
El chico se mordió los labios y se sonrojó de nuevo, pues sí se le había olvidado. Había visto a Sakti montar a caballo, cazar, patear y luchar como una guerrera. A veces ¡hasta se le olvidaba que era una chica! Solo unos cuantos detalles delataban que era de alta alcurnia, como la forma en que se corría el mechón de cabello que le caía sobre el rostro, o los bocados mesurados que daba al comer, o los ojos como navajas que eran los ojos de un líder.
—Pero hoy tendrá que actuar como plebeya, Alteza —intervino Dereck—. Será una camarera, ¿de acuerdo? —Sakti asintió—. También usaremos nombres falsos. Yo seré Kevin.
—Y yo Falkor —sonrió Connor. Le gustaba ese nombre tan agresivo.
Él y los demás miraron a Sakti. La chica guardó silencio largo rato, sin dar con un nombre apropiado. Dereck resolvió el problema con facilidad.
—Usted será Valeria, Alteza. Val, de cariño.
—¿No se llama así tu hermana? —preguntó ella.
—¿Tienes una hermana, Dereck? —preguntó a su vez Connor. El Guardián sonrió, pero al cachorrillo le pareció que era una sonrisa triste.
—Sí, es una Doncella, pero está prisionera en Masca, igual que tu hermana... Eso si no murió durante el primer ataque de la invasión. —Dereck se aclaró la garganta para hacer el tono un poco más alegre y miró a la princesa—. Me será más fácil llamarla Val que de otra forma, Alteza. Creo que así dejaré de actuar como Guardián de una princesa.
—De acuerdo, como mejor te parezca.
El grupo se despidió de Corin y avanzó hacia el pueblo. Mientras se acercaban a la patrulla vaniriana, Dereck le indicó a Connor que actuara con normalidad pero que también prestara atención en caso de que un kredoa los siguiera. Cuando llegaron a la entrada del poblado un grolien les pidió identificarse. Trevor intervino:
—Son hijos de un conocido mío, señor. Vinieron aquí para probar la comida del hostal de Marcus. —El anciano estaba acostumbrado a tratar con la patrulla, pues visitaba constantemente el pueblo—. Ellos son Kelvin, Falkor y Val.
El grolien los observó con detenimiento. Contra todo pronóstico el más calmado fue Connor. Como el chico ayudaba en el hostal de sus padres en Kehari estaba acostumbrado a tratar con vanirianos y aesirianos por igual; por esta razón, el vaniriano decidió al instante que el chico era inofensivo.
Pero sospechó de inmediato de Dereck y Sakti. Aunque el Guardián se había quitado el uniforme y la placa, su musculoso cuerpo lo delataba como soldado. Además, la cicatriz del cuello decía que estuvo involucrado en un enfrentamiento feo y que también necesitó muchos cuidados para sanar. Aunque todos los aesirianos por igual tenían buenas capacidades regenerativas, los soldados eran más fuertes y tenían acceso a mejores técnicas medicinales.
Luego vio a la chica con ojos entornados y le pidió que se quitara la capucha. Aunque Dereck mantuvo el rostro inexpresivo, una navaja de miedo le atravesó el pecho. Estaban en problemas.
—¿Cómo dijiste que te llamas, niña? —Cuando Sakti se quitó la capucha, el grolien tomó los mechones negros y los revisó en busca de un hilo plateado.
—Valeria, señor —respondió ella con la mirada pegada al suelo—. Mis hermanos me llaman Val de cariño.
—¿De dónde eres, Val? —A Dereck se le contrajo el estómago. Aunque Sakti era muy buena para improvisar y conocía los nombres de los pueblos cercanos, el grolien repararía pronto en que ella no lo miraba a los ojos. Si le levantaba la barbilla le vería los irises grises.
—De un poblado al sureste de aquí, señor. Se llama Veniria. Es un bonito pueblo pero nuestra playa solo tiene guijarros. Esta de aquí es más linda.
«Cambia la voz, Allena, cámbiala», pensó Connor. Él estaba tan preocupado como Dereck. «No solo uses palabras sencillas, también debes cambiar la voz. Que sea un poquito más dulce».
El grolien llevó la otra mano a la barbilla de la chica para levantarle la mirada. Ella hizo el movimiento por su cuenta. Al mirarlo, tanto el vaniriano como Connor abrieron la boca por la sorpresa: el rostro de Sakti estaba iluminado con una sonrisa capaz de quitar el aliento y tenía un par de soles dorados en lugar de ojos. Los irises grises habían desaparecido.
—Aunque nos gustaría que nos visitaran también allá, cuando abramos nuestro negocio —siguió ella como si no se percatara del encanto que tenía—. Mi hermano Falkor tiene una lista de platillos del agrado de muchos groliens. ¿Hay algo en particular en el hostal de este pueblo que les guste a ustedes? Porque él de seguro podrá hacerlo mejor.
Connor estaba más estupefacto que nunca, incluso más que cuando la vio en vestido. La sonrisa de Sakti era como un rayo de sol, con los labios como flores, estirados sobre unas mejillas sonrosadas. No tenía camanances pero había algo en su expresión que los agregaba. El toque final lo aportaban los colmillos de Sakti, que eran tan largos como debían de serlo en una aesiriana de su edad; aunque a Connor le daba la impresión de que eran más filosos de lo normal. «Ah», comprendió. «Esa es la sonrisa de un Aesir. Brutal y hermosa por partes iguales». Solo esperaba que los groliens no pensaran lo mismo.
El vaniriano dejó caer la mano que sostenía el mentón de Sakti, a la vez que los mechones que había atrapado le resbalaban de la otra mano. Miró a la chica anonadado por varios segundos, con los ojos fuera de órbita, hasta que bajó la mirada y retrocedió dos pasos como si de repente fuera un chico tímido. El otro grolien tuvo una reacción similar pero se recuperó rápido al ver que Connor también estaba maravillado.
—¿Por qué tan sorprendido? —le preguntó. Esa no era la reacción de un hermano ante la sonrisa de su hermana. Connor carraspeó.
—Es que... no me acostumbro a que mi hermana sea tan bonita. Antes no lo era tanto y le decía que se quedaría solterona y fea. ¡Y ahora nadie le quita los ojos de encima! —Sakti le pasó el brazo derecho por encima de los hombros y lo acercó a ella.
—Ah, ¿no es lindo mi hermanito?
Abrazados así parecían hermanos de verdad. Pero el grolien más compuesto todavía no encajaba a Dereck con ellos. El muchacho era muy robusto, mientras que los otros dos eran delgados. Además, los tres tenían colores de ojos distintos: el menor tenía ojos color zafiro, la chica tenía ojos amarillos que brillaban como oro a la luz del sol, mientras que los de Dereck eran verdes como un bosque. Cuando los cuestionó por esto, Dereck dijo:
—Bueno, en realidad somos medios hermanos, hijos de la misma madre. Nuestros padres son diferentes.
Con eso las dudas del grolien se disiparon un poco. Era común que durante los festivales de verano las aesirianas se aparearan con hombres que no serían sus esposos. De esta forma, ellos no solo se libraban de energía sexual acumulada sino que también las mujeres tenían mayores oportunidades de concebir una hija en lugar de niños de un mismo hombre.
El grolien supuso que «Val» fue un acierto de la tradición aesiriana, pues las niñas eran muy poco comunes. Pero todavía no estaba del todo satisfecho. Todavía dudaba del rol de Dereck.
Sin embargo, los dejó pasar. Cuando el trío de hermanos y el anciano Trevor se adentraron al pueblo, el grolien susurró a uno de los kredoa:
—Müliar, síguelos. El chico y el anciano son inofensivos pero no les quites la mirada de encima al gorila y a la chica.
—¿Eh? —le preguntó el otro grolien—. ¿Por qué la chica?
El vaniriano agitó la cabeza. Le avergonzaba admitirlo, pero por un momento estuvo tan encantado con ella como su compañero. Pero ahora que tenía la cabeza más despejada se daba cuenta de que había algo mal con la muchacha.
—Esa sonrisa… —contestó mientras reproducía en su mente los labios estirados y los dientes blancos de Sakti—. Fue… muy fría.

****

Dereck y sus compañeros se mezclaron con la gente harapienta del pueblo. Había un olor a pútrido en el ambiente. El soldado no sabía si era una pesca echada a perder o si los callejones oscuros ocultaban cadáveres de pordioseros.
Cuando el primero de los vagabundos se les quedó mirando, Dereck pasó un brazo por encima de los hombros de Sakti. La chica se cubrió de nuevo con la capucha, pero eso no fue suficiente para evitar las miradas desvergonzadas de los hombres alrededor. Incluso creyó reconocer rostros al otro lado de las ventanas de algunos edificios, que la seguían con la mirada como si estuviera cargando una pancarta pidiendo atención.
El único que no se daba por enterado de lo que ocurría era Connor, quien se carcajeaba.
—¿De qué te ríes? —preguntó la princesa con frialdad.
—Perdón —se disculpó Connor, aunque todavía sonreía de oreja a oreja—. Es que hasta ahora caigo en cuenta de que eres una chica. O sea, siempre lo supe, ¡pero siempre se me olvida!
—Es grosero decirle a una dama que se comporta como varón, Falkor —dijo Dereck, aunque él también sabía que Sakti no era la típica princesita—. Mide tus palabras.
—Lo siento, Kevin, pero sabes que no me refería a eso. —Mientras avanzaba, Connor se agachó un poco para pillar el rostro de Sakti a través de la capucha y le susurró—: Te ves muy bonita cuando sonríes. ¿Por qué no lo haces más a menudo, Val?
Sakti no respondió. Con la capucha puesta la sonrisa de niña boba se había desvanecido. ¡Hasta tenía la cara entumecida por sonreír como idiota! Le habría gustado darle un buen puñetazo al grolien que le tocó el cabello y el mentón, ¡pero en lugar de eso tuvo que estirar los labios como si le encantara que la tocaran! Pensarlo la enfurecía, así que se concentró en cumplir el objetivo de la visita al pueblo.
Después de una ojeada, descubrió una tienda en un edificio pequeño. Se dirigió a toda prisa allí, aunque estaba segura de que los precios serían altísimos. Dadas las condiciones del pueblo, los dueños de la tienda debían aprovechar todas las oportunidades para sacar dinero. «No importa», pensó mientras abría la puerta del negocio. «Ese no es el objetivo».
Connor esperó que la compra fuera como las que hacía con su madre en Kehari o los pueblos cercanos, cuando buscaban telas y ropas nuevas. Pero pronto descubrió que nada era común con Dereck y Sakti. El soldado tomó unas cuantas prendas de la talla suya y de Darius sin tan siquiera mirarlas; mientras que Sakti agarró unas cuantas blusas y vestidos, se apartó en una esquina y se las probó para asegurarse de que le quedaran a pesar del brazo izquierdo.
Cuando Connor hacía compras con su madre, tanto él como Lea se tomaban un buen tiempo en decidir qué llevar. En cambio Dereck ya estaba decidido, mientras que Sakti terminaba de elegir un par de blusas poco llamativas. «Si fuera mi madre habría elegido la de color azul y la de lino, porque son las más bonitas. Ni siquiera en eso se parece Allena a una chica». La selección de princesa y Guardián fue muy metódica, sin pizca de interés. Si no se cuidaban hasta un ciego se daría cuenta de que actuaban como militares. Esto alarmó a Connor, pues sabía que un kredoa los seguía.
El chico fingió que se quitaba algo del hombro y aprovechó para mirar a través de la ventana de la tienda. Justo allí estaba el kredoa, observando a Dereck con una ceja arqueada. «Él también piensa lo mismo que yo», comprendió el cachorrillo y soltó un suspiro de derrota. Estaba seguro de que en cualquier momento una patrulla vaniriana los detendría.
¡Hasta el dueño de la tienda miraba con sospecha a Dereck y Sakti! Connor tuvo que esforzarse en apartar la atención de ellos y hacer una y mil bobadas para demostrar que él sí tenía interés en las compras, como una persona normal. Lo único que consiguió fue que el ventero lo mirara con cautela, como si él fuera el raro.
La escena se repitió en los demás negocios. Mientras Sakti y Dereck eligieron ropa para chicos, Connor buscó de un lado a otro en las tiendas e intentó entablar conversación con los mercaderes. Siempre faltaba algo. O bien Dereck hablaba con la precisión y vocabulario de un soldado, o Sakti se comportaba como siempre lo hacía –fría, distante, imponente– en lugar de como lo haría la simpática y dulce «Val». ¡Eran pésimos actores! Para rematar, en cada tienda Dereck pagó casi que con los ojos cerrados, con una bolsa de monedas de plata y oro que nunca se acabaron a pesar de los precios ridículamente altos.
Después de terminadas las compras, visitaron la cantina del pueblo. Connor le había dicho mil veces a Dereck que un kredoa los seguía pero al soldado no pareció preocuparle. El chico estaba nervioso por lo que pudiera ocurrir, en especial porque el kredoa todavía los espiaba. Estaba sentado al otro lado de la taberna. Sin embargo, Connor estaba más cansado que nervioso pues todos sus esfuerzos por parecer normal fueron en balde. En más de una ocasión los venteros –y hasta el mismo Trevor– lo miraron como si tuviera una cola y tres ojos. «Quizá yo también soy mal actor», pensó. «Quizá sobreactué».
—Creo que los odio mucho —murmuró.
—Debería ser yo la que dijera eso —susurró Sakti al otro lado de la mesa. La muchacha cruzó los brazos sobre el pecho y levantó un poquito la barbilla—. Val y sus hermanos vinieron a ver la cantina, ¿pero por qué de verdad estamos aquí? Este lugar es horrible.
La princesa miró la barra con desprecio, donde se apilaban platos y vasos sucios. No muchos aesirianos tenían el dinero suficiente para pagar la comida pero parecía que el licor era barato. Varios hombres tomaban las jarras sucias y se servían de una botella común. Connor sabía que el alcohol limpiaría cualquier suciedad de las jarras, pero Sakti se estremecía cada vez que uno de los pueblerinos bebía sorbos de cerveza agria.
La princesa inspeccionó la mesa que eligieron. Aunque estaba recogida podían ver las líneas mugrientas que dejó un paño mojado cuando alguno de los meseros «limpió» la tabla.
—No está tan mal —dijo Connor para consolarla—. Quizá el sitio es un poco oscuro y cerrado, y le falta ventilación, pero escucho el agua que corre en algún fregadero. Eso significa que sí lavan los platos. —Sakti lo miró con una ceja arqueada. El chico supo que ella no se creía eso. Connor suspiró, miró a la princesa y al Guardián y dijo en voz baja—: Por favor, por favor, actúen como personas comunes y corrientes. No como aristócratas que se creen por encima de sitios como este.
Durante todo el viaje por el Este, Dereck y Sakti se comportaron según las condiciones. Nunca les molestó ensuciarse, sudar, ayudar en la caza o incluso comer ranas cuando no había presas cerca. Pero en la taberna los dos eran unos remilgados. Dereck incluso llegó a decir que esa cantina de mala muerte nada tenía que ver con su posición militar.
El único aliado de Connor era Trevor, aunque el chico creía que el anciano pudo haberle dado unos cuantos codazos a Dereck para que se comportara. Sin embargo, nunca lo hizo.
Llegó un mesero. Mientras Trevor se encargó de dar las órdenes de comida, Connor se entretuvo viendo al salonero. Era un hombre calvo y barrigón, con el cutis limpio y una barba corta bien cuidada. «Es de los pocos que ha tenido suerte con la invasión vaniriana», comprendió el chico.
Entonces el mesero reparó en la mirada de Connor… y se le quedó mirando también. Cuando Trevor terminó de pedir, el salonero se quedó plantado en el mismo sitio durante un buen rato, sin siquiera parpadear. Connor se sintió incómodo cuando el silencio se hizo muy largo. Si el hombre se iba quedar mirando a alguien, ¿por qué a él? ¿Por qué no a Sakti, que era una chica con las piernas descubiertas?
—Er… —Connor se encogió con timidez—. ¿Sucede algo?
El mesero parpadeó entonces y giró el cuello lentamente hacia Trevor. Todavía le costaba despegar la mirada de Connor. Cuando al fin miró al anciano, Trevor tenía una pequeñísima sonrisa indescifrable.
—Por cierto, Marcus... —susurró con voz misteriosa y llena de promesas—. ¿Tienes idea de qué hace Telius en estos días?
El rostro del mesero se tensó por la sorpresa. La expresión se esfumó en un santiamén. El hombre sacó un trapo del delantal que llevaba puesto y se inclinó sobre la mesa para limpiarla, aunque esa solo fue una excusa.
—Es peligroso que hables de él en público —susurró Marcus—, ¡lo sabes! ¿Por qué lo has hecho y ¡aquí!, para rematar?
—Porque es urgente.
Trevor inclinó a un lado la cabeza con disimulo para señalar a Connor. El chico no tenía ni idea de qué pasaba, pero los ojos del mesero se iluminaron con algo parecido al reconocimiento, incluso quizá a la esperanza.
—Entonces, ¿el chico es su hijo? Se le parece mucho, ¿pero lo es? —preguntó Marcus tan bajito que fue difícil escucharlo. Trevor asintió, aunque el movimiento fue tan leve y rápido que desapareció en menos de un parpadeo—. Entonces, ¿está bien? ¿Él, su mujer, los niños…?
—Este no es lugar para hablar de eso —se limitó a responder el anciano. Después agregó—: Lo llevé a varias tiendas y pregunté con cuidado por Telius. Todos me han dicho que hablara contigo, que puedes contactarme con él.
—Con él no —respondió el mesero a toda prisa. Sabía que tenía que despegarse pronto de la mesa o arriesgarse a llamar la atención de los vanirianos que estaban en la cantina—. Pero puedo llamar a Fustus. Él es el enlace con Telius.
—Perfecto. También debes saber que...
En ese momento Dereck se levantó, tomó al mesero del cuello y le asestó un puñetazo en la cara.
—¡Deja ya de ver los pechos de mi hermana, bastardo! —exclamó en voz alta. Marcus cayó al suelo y se llevó una mano al rostro. La mejilla comenzaba a hinchársele—. Trae de una buena vez lo que te hemos pedido, ¡pero intenta una vez más fingir que limpias la mesa y te quiebro las piernas! ¿Entendido?
Marcus y Connor miraron confundidos a Dereck, preguntándose qué mosca lo picó. El Guardián levantó la mirada y clavó los ojos en un par de groliens que se acercaban a la mesa.
—¿Qué, tienen algo que decir? —preguntó a secas.
El vaniriano más cercano retiró la mano de la espada que le colgaba a la cintura y levantó las palmas con sencillez, como si le pidiera calma a Dereck.
—No, para nada —respondió—. Solo queríamos ayudarte, porque notamos que ese tipo se estaba pasando de la raya con tu hermana.
Dereck levantó la barbilla, como si estuviera enojado. A Connor se le puso la piel de gallina, porque no era bueno hacerse el ofendido ni el insolente delante de un grolien. Luego miró a Sakti con pavor porque si Dereck tenía esa mirada ¡de seguro que los ojos de la princesa serían mil veces más desafiantes!
Sin embargo, la chica se había cubierto la boca, esquivaba la mirada y estaba sonrojada. ¡Hasta los ojos estaban un poco aguados, como si estuviera a punto de llorar! Parecía muy avergonzada y miserable, como si acabaran de tumbarla sobre la mesa y la desnudaran para violarla. «¡¿Cuándo pasó esto?!», pensó Connor al ver la expresión de Sakti. Se equivocó. Sakti y Dereck eran buenos actores pero actuaban bien solo si les venía en gana.
El otro grolien le dijo a Dereck:
—Es claro que puedes encargarte de este bribón por tu cuenta. Lamentamos haberte ofendido. —Luego agregó—: Eres un gran hermano. Admiramos tu valor.
Sin nada más que decir, los groliens regresaron al grupo de vanirianos que estaba apostado en una esquina de la taberna. Dereck tensó los brazos y el rostro como si quisiera darle una tunda al mesero. Marcus, a diferencia del soldado, sí era un mal actor porque miraba a Dereck como si quisiera darle una alabanza. Connor comprendió entonces que el soldado fingió un arranque de ira para proteger al salonero. De seguro vio que los groliens se acercaban y, para evitar cuestionarios peligrosos, armó toda la escenita.
—T-traeré lo que me han pedido —tartamudeó Marcus.
El silencio cayó sobre Connor y sus compañeros. Después del escándalo era normal que todos en la taberna se les quedaran viendo, pero había algo muy raro. ¡Los aesirianos miraron solo a Connor! ¡A él, por amor de Dios! ¿Por qué no a Sakti, que era una chica en medio de tantos hombres? ¿Por qué no a Dereck, que era el loco que asestaba golpes? ¿Por qué miraban al chico callado e inofensivo que no se metía con nadie?
Poco a poco, el bullicio de taberna regresó y los aesirianos se preocuparon de sus propios asuntos. Aun así Connor notó que los magos se sonrieron por lo bajo. Incluso algunos le guiñaron el ojo.
El profeta le preguntó con la mirada a Dereck qué pasaba. El Guardián tenía el ceño fruncido. Todavía interpretaba al hermano mayor ofendido. Connor miró a Sakti para preguntarle, pero la chica miraba distraída por la ventana que estaba al lado. Cuando el chico miró a Trevor, al fin encontró una pista: una pequeña sonrisa.
Marcus regresó con las órdenes. Se inclinó sobre la mesa para entregar los platillos. Miró a Dereck con humildad, como para demostrarle que no era una amenaza. «Oh, Dios, él también está actuando», pensó el cachorrillo. Lástima que no conocía la obra o si él también tenía papel en ella.
—Esta es la cuenta, señor —murmuró Marcus a la vez que entregaba un pequeño papel con unos apuntes.
—No hemos ni comido y ya nos das la cuenta, ¿es que no tienes ni un poco de vergüenza? —espetó Dereck. Miró el papel y luego lo partió en pedacitos—. Piérdete. La próxima vez que traigas la cuenta piensa en todo lo que has hecho. ¡Quiero números acordes con este pésimo servicio!
—S-sí, señor —tartamudeó Marcus y se retiró. Mientras se marchaba, Connor vio una diminuta sonrisa en el rostro del mesero.
Ya estaba harto. ¿Por qué parecía que todos sabían qué pasaba, menos él? No. Eso no era cierto. Los vanirianos tampoco se daban cuenta de lo que ocurría pero ni siquiera sospechaban que algo iba mal.
Salvo el kredoa. Connor vio que el vaniriano enviado a espiarlos estaba picado por la curiosidad; incluso hablaba con unos groliens a la vez que señalaba con desdén la mesa del chico. Sus compatriotas negaban con la cabeza y parecían molestos. «Le están diciendo que es un paranoico», entendió al leerles los labios.
Había aprendido a hacerlo en la taberna de sus padres, de vuelta en Kehari, porque Emilio decía que esa habilidad era capaz de pillar a los viajeros que planeaban irse sin pagar.
Connor leyó los labios del grolien. El vaniriano picó el anzuelo de Dereck, pues estaba seguro de que el soldado solo era un hermano mayor devoto a su hermana pequeña. Entre aesirianos ese era un comportamiento normal.
El kredoa insistió en que había algo extraño en todo el asunto, en especial porque los aesirianos de la taberna tenían sonrisitas en los labios. Fue entonces que Connor empezó a entender. «Dereck también atacó al mesero para que los vanirianos le prestaran atención a él... y no a Allena o a mí. En especial a mí. No quería que los vanirianos se percataran de que los aesirianos se sonríen cuando me miran...».
Ahora que lo pensaba, durante las visitas a las tiendas los venteros se le quedaron viendo mucho a él. Creyó que fue por las bobadas que hizo pero quizá no era por eso. «Trevor habló con ellos antes, en susurros, y luego todos me miraron». Si pensaba también en los paseos que hicieron por el pueblo, la gente miró largo rato al grupo. Connor creyó que era por Sakti, ¿pero en verdad todas las miradas fueron para la princesa o para él? Quizá Sakti no fue al pueblo solo porque conocía las tallas de los gemelos. A lo mejor fue para ser una distracción, para que los vanirianos creyeran que los aesirianos prestaban atención por ella en lugar del chico.
Los groliens se hartaron del kredoa y lo echaron del local. Connor siguió la salida del vaniriano. No reparó en que un cliente nuevo entró a la cantina y se sentó a la mesa que estaba al lado de la de ellos. Se trataba de un hombre pequeño que se cubría la cabeza con un pañuelo amarillo y vestía pantaloncillos y camiseta remendados. El hombre se recostó a la silla, que estaba justo detrás de la de Dereck. Cuando el soldado reconoció la señal, puso los codos sobre la mesa y se inclinó. Se tapó la boca con las manos, que estaban recogidas en puños, como si rezara.
—Puedo pagar su precio —murmuró Dereck. Esto sacó a Connor de sus cavilaciones, quien prestó atención al extraño intercambio de susurros.
—¿En serio? Entonces tiene mucho dinero. Nuestros servicios no son baratos —masculló el recién llegado. Connor no podía ver al hombrecillo detrás del soldado pero sí le llegaban con claridad sus murmullos—. Así que triplicaré la tarifa. Si puede pagar un precio como el primero, de seguro pagará otro como el que le propongo.
Dereck frunció los labios y apretó el puño. Ahí guardaba todavía los trocitos de la factura que rompió delante de Marcus. ¿Acaso ese era el precio del que hablaban, y no la factura de la comida? Connor creía que sí.
El chico sintió un ligero roce en la pierna. Apartó la mirada del puño de Dereck y vio a Sakti, quien le llamó la atención. La chica comía la orden que le trajo Marcus. Con una mirada discreta la pidió a Connor que hiciera lo mismo. El único que tenía derecho a no tocar el plato era Dereck, porque todavía era el hermano mayor que estaba muy enojado como para comer. Los demás tenían que actuar como si no hubiese conversación clandestina.
—De acuerdo —accedió Dereck—, pero las dos terceras partes de la suma se pagarán finalizado el viaje. En nuestro destino tenemos amigos dispuestos a pagar lo que falte. Incluso más, si es necesario.
—Bien. —Aunque Connor no podía ver al extraño cliente, supo por el tono de voz que sonreía de oreja a oreja—. Ahora cambiamos de tema. ¿Son ciertos los rumores? ¿Que el chico es... hijo de Darius?
—Mírelo usted mismo —respondió Dereck.
Unas monedas cayeron al suelo. El hombrecillo de pañuelo amarillo se agachó para recogerlas. Connor vio las monedas, los largos dedos llenos de cicatrices y luego el rostro del hombre. Tenía unas cuantas arrugas en la cara, pero eran pequeñas, causadas por el viento. La piel era tensa y dura como cuero, también bronceada por el sol. Los ojos eran azul zafiro, como los de Trevor, como los de Marcus, como los de Connor. Esto provocó un retortijón en el estómago del chico, aunque fue agradable por la emoción. «Sí, se nota que vengo de aquí. Mis hermanos y yo pertenecemos a este lugar».
Como para confirmárselo, el hombrecillo dibujó una sonrisa de alivio antes de regresar a su lugar como si nada hubiese pasado. Marcus se acercó a la mesa y le ofreció un menú al aesiriano de pañuelo amarillo. Él lo usó para cubrirse el rostro y hablar con más libertad, sin temer que los vanirianos vieran que movía los labios.
—Este lugar es peligroso para él y los chicos —murmuró— porque los vanirianos invadieron hace unos años solo para buscarlos. Si se enteran de que han regresado, destrozarán todo con tal de atraparlos.
—Una razón más para que ese famoso capitán nos preste su barco y nos saque de aquí —respondió Dereck. Marcus se marchó cuando el hombre del pañuelo ordenó un platillo.
—¿Y usted qué es de Darius?
Dereck supo que, en realidad, el hombrecillo quería saber si era uno de los tipos que secuestró al mestizo y su familia hace muchos años.
—Podría decirse que soy su amigo.
No se atrevía a asegurarlo porque Darius arrugaba la cara cada vez que veía el uniforme de Dereck. Aunque por lo menos no le escupía en la cara, como sí hacía con otros oficiales
—Nos volvemos locos el uno al otro —agregó el soldado—, pero es un buen muchacho. Me agrada. —Después dijo como si no tuviera importancia—: ¿Tenemos un trato?
—No tan rápido —lo cortó el otro—. Nos anima mucho saber que Darius está bien y solo eso bastará para reunirnos. Pero no para viajar. Son tiempos difíciles, vaya que sí. Pero a veces ni una suma como la que está dispuesto a pagar es suficiente para que un grupo de hombres, como mi capitán y el resto de la tripulación, nos juguemos el cuello. Así que tendré que preguntarlo: ¿adónde nos dirigimos?
La pregunta que Dereck temió tanto. ¿Sería posible mentir sobre el destino o era mejor decir la verdad? Después de unos instantes de duda, el soldado decidió apostarlo todo.
—Al Reino de las Arenas. —El silencio se hizo por unos instantes hasta que el otro hombre suspiró fatigado.
—Entonces no, no tenemos trato.
Sin decir nada más, se levantó y se marchó. Dereck apenas pudo contener las ganas de agachar la cabeza y suspirar exasperado. Estuvo tan cerca de conseguir un barco y ahora había perdido la oportunidad. Era frustrante. Toda esa expedición al pueblo fue para contactar con el capitán Telius, pero no consiguió una nave.
—Con permiso —dijo Sakti mientras se levantaba. Dereck la miró con sorpresa.
—¿A dónde va, Alt... Val?
—Al baño. Y ni se te ocurra seguirme. Te he dicho miles de veces que puedo ir sola.
La muchacha se dirigió a la parte trasera de la cantina, donde encontró a Marcus. Sakti se detuvo al lado del mesero por un instante, susurró algo que no llegó a oídos de indeseados y el hombre asintió. Luego, la princesa se perdió cuando cruzó una puerta de vaivén.
—¿Sabes una cosa? —preguntó Connor con timidez cuando Dereck empezó a comer de mala gana—. Es solo para que lo sepas, pero con mi experiencia en cantinas he aprendido algo muy importante. —Hizo una pausa solemne—. Las chicas jamás, y digo jamás, deben ir solas al baño en un lugar atestado de hombres que beben alcohol. Cosas muy desagradables suceden entonces.
Dereck abrió los ojos como platos. Se levantó de un salto y salió disparado al baño, mientras Connor se sonreía por lo bajo, divertido por la reacción del soldado. Cuando Dereck cruzó la puerta de vaivén y abrió la puerta de baño de las damas, no encontró a Sakti. Solo una ventana abierta.

****

La muchacha se alisó la falda del vestido lo mejor que pudo. Salir saltando por una pequeña ventana no era algo que una chica llamada «Val» habría hecho, así que debía mantener la apariencia y esperar que nadie la hubiese visto.
Tal y como Marcus le dijo, la ventana daba a un estrecho callejón en el que ni siquiera los vagabundos dormían, pues no había espacio suficiente para que estiraran las piernas. Sakti caminó como un silencioso y rápido gato callejero, como si conociera el camino a la perfección. Se detuvo a la entrada del callejón que conectaba con la calle principal y buscó desde allí el pañuelo amarillo que pilló en la cantina.
«Allí está». Esperó a que el tipo pasara al lado del callejón. Cuando lo tuvo a escasos dos metros, Sakti extendió los brazos para atraparlo y arrastrarlo consigo. Justo cuando lo iba a agarrar, él desapareció. Fue como un borrón. Sakti chupó los dientes porque nunca se imaginó que él tendría tanta velocidad.
—No tan rápido, amor.
El hombrecillo apareció de nuevo, ahora detrás de ella. Tenía una daga colocada debajo de la yugular de Sakti. También la tenía abrazada de la cintura para evitar que se le escapara. Era mucho más bajo que ella, tanto que tuvo que pararse de puntillas para susurrarle al oído:
—Quédate calladita y ven conmigo, ¿sí?
Sakti retrocedió con el hombre al callejón solitario. No le gustó el tono meloso que él usó. Le gustó menos la idea de que la cazadora se convirtiera en la presa. El hombre la arrinconó contra una pared y la rodeó con los brazos. Pronto Sakti se dio cuenta de que no tenía de qué preocuparse. Aunque él tenía un puñal, ella podría hacerlo picadillo. Además de pequeño también era muy, muy delgado, como una varilla. Los brazos y piernas tenían el grosor de una cerilla. Quizá nació deforme o tenía una enfermedad degenerativa en los huesos. O quizá desde pequeño padeció hambrunas. Fuera como fuese, Sakti podía tumbarlo si era necesario.
—Muy bien, cariñito —dijo el hombre con una sonrisa sinvergüenza—, dame todo el dinero que tengas. —Eso tomó por sorpresa a Sakti.
—¿Me está asaltando?
—Sé que estás aterrada y que te cuesta hacerte a la idea, pero sí: te estoy asaltando.
—No estoy aterrada —respondió ella, aunque solo consiguió que la sonrisa del hombre se ensanchara. ¡Dios, si Dereck se enteraba de esto jamás se lo quitaría de encima!—. Solo estoy un poco sorprendida. Pensé que trabajaba en una embarcación, no que era un ladrón. —El hombre se rio.
—En tiempos difíciles tenemos que diversificar nuestros ámbitos laborales y obtener dinero de donde sea necesario. Ahora, por favor, dame todo el dinero que llevas contigo. Sé que eres parte del grupo que ha causado furor en el pueblo, en parte porque eres una chica con un buen par de piernas y en parte porque tu hermanote anda con un saco de monedas que parece no tener fondo. Así que por favor, si eres tan amable...
—Como usted dijo, es mi «hermanote» el que lleva el dinero. Yo no llevo nada. Pero me alegra que hablemos de dinero porque venía a proponerle un trato. —La sonrisa del hombre se ensanchó de nuevo, como si no creyera que la chica pudiera negociar con él—. Queremos que nos lleve al Reino de las Arenas.
—Como ya dije antes, no hay trato. Mira, cielito, de verdad tengo que irme y quiero que me des todo...
—... el dinero que tengo. Pero parece que no escucha: no tengo nada conmigo —lo cortó ella—. Pero en la cantina sí que tenemos una buena cantidad de oro.
—¿Oro?
—Sí, oro. No es cobre, ni plata, sino oro. Dorado y brillante oro, ni más ni menos; aunque también hay plata. Mucha plata. —Los ojos del hombrecillo chispearon con codicia pero todavía había precaución en ellos—. Si nos llevan al Reino de las Arenas, todo ese oro y más será de ustedes. —Como Sakti vio que él todavía no estaba convencido, agregó—: Si no quieren hacer el trabajo por el oro, háganlo por Darius. Él es su amigo, ¿verdad? Trevor nos ha dicho que todos aquí son amigos de Darius.
Apenas lo dijo supo que cometió un error. El hombre la había visto con codicia y lujuria –la suficiente para que ella quisiera partirle la cara–, pero ahora la miró con despreció. Se acercó más a ella, tanto que la chica le sintió las costillas y la entrepierna. Ahora sí le preocupó que él hiciera algo peor que asaltarla o golpearla.
—Oro —repitió él con asco—. Una niña intenta atraparme en un callejón sucio y angosto, segura de que podrá comprarme con muchísimas monedas de oro, ¿no es así? Pero las niñas comunes y corrientes no tienen tanto dinero como para gastarlo en un viaje al Reino de las Arenas. ¡Una niña común y corriente no tendría a un gorila haciéndose pasar por su hermano mayor! ¿O crees que no me he dado cuenta? Solo toma un par de segundos para saber que no hay sangre que los una. No, ¡qué va! ¡La niña en cuestión no es nada común y corriente, eh! Te crees muy valiosa y maravillosa, crees que eres superior a un golfillo como yo.
El hombre se pegó más ella. Sakti apretó los dientes y lo miró con frialdad. No iba a gritar. No iba a suplicar. No se dejaría asustar. Si era necesario, mataría a ese impertinente incluso a costa de perder el barco.
El hombre colocó la nariz aguileña en el cuello de Sakti y la olió con profundidad. Por lo menos no la lamió, como ella temió al principio.
—Hueles muy bien, primor. A agua y jabón. Ni una pizca de sudor, ni tierra, ni cebolla, ni pescado. Incluso creo que huelo algún perfume. Y mira cómo me enfrentas, ¡tan serena y recta como una reina! ¿Crees que no sé lo que eres? ¡Eres una más de ellos! ¡Eres de la calaña del Lord Anterius y de los hombres que se llevaron a Darius! Todo en ti te delata. ¡Eres una aristócrata!
El hombre colocó otra vez la daga bajo la garganta de Sakti. El movimiento fue tan brusco y fuerte que ella tuvo que pegarse más a la pared por temor a que la degollaran.
—¡Tienes a ese niño prisionero, ¿verdad?! —la acusó el hombrecillo—. ¡Y a Darius! ¡Tú y ese gorila los tienen---!
—No son prisioneros —lo cortó ella a la vez que apartaba de un manotazo el puñal.
Fue rápido y fácil. En un instante el hombre la tenía amenazada y al siguiente la cuchilla voló y aterrizó en algún lugar del callejón. Sakti se apartó de la pared y se irguió más. Si cuando estuvo a merced del hombre pareció una reina, ahora era toda una emperatriz. Miró a uno y otro lado para asegurarse de que no había nadie cerca y dijo con voz firme:
—Darius y los chicos no son mis prisioneros. Darius es mi mejor amigo, no podríamos llevarnos mejor ni aunque fuéramos hermanos. Por eso, como él no está aquí para decírselo, yo hablaré en su nombre: necesitamos un barco para llegar al Reino de las Arenas. Él ocupa ese barco para salvar a su hija.
El semblante acusador del hombrecillo se llenó de conmoción.
—¿A Zoe? ¿La pequeña Zoe? —Sakti asintió.
—Ya no es tan pequeña, pero sí. La Zoe de Darius está atrapada en Masca, mientras que la Capital está siendo asediada por los vanirianos. Lo único que mantiene con vida a los mascalinos es la sincronización del Emperador, pero en cualquier momento todo podría acabarse. En todo el continente no hay príncipes ni soldados disponibles para salvar Masca. Solo podemos encontrar suficientes refuerzos en el Reino de las Arenas.
Aunque Sakti quería golpear al hombrecillo por los momentos que la hizo pasar, vio que las noticias en verdad lo afectaron. Quizá era un bribón que se dio más libertades con ella de las que nadie se habría atrevido, pero no era una mala persona. A todas luces se preocupaba mucho por Darius. Todavía le guardaba estima a pesar de no verlo por casi veinte años.
Tenía que aprovechar eso para conseguir el barco, así que dijo:
—Zoe, los chicos y Darius ya han sufrido bastante. Deseo que lo que queda de su familia esté reunida de nuevo. La madre de Zoe lo desearía. —El hombre palideció y retrocedió un paso. Estaba a punto de derrumbarse.
—Entonces... Njord está...
—Muerta antes de que yo conociera a Darius —asintió Sakti—. Y los niños...
—¡No quiero escucharlo! —dijo él mientras se tapaba los oídos. Al cabo de unos segundos bajó las manos y miró a Sakti con los ojos llorosos—. ¿Todos los chicos? No… el que estaba en la cantina...
—No es Fenran porque él está muerto —soltó ella. La noticia fue como una cuchillada para el hombre.
—¡No! Entonces... El chico en la cantina es muy joven como para ser uno de los gemelos. No puede ser Drake, porque él no tenía el cabello negro, y tampoco es Fenran. Entonces es... el pequeñín. Connor. ¡Santo Dios! Es igualito a su padre.
—Los tres se le parecen mucho —continuó ella, aunque no fingía—. Son amables y nobles como él. También son excelentes hermanos y están tan empeñados como Darius en salvar a Zoe. Yo los apoyo por completo.
Avanzó hacia el hombrecillo, a la vez que él se recostó a la pared contraria y se dejó resbalar hasta caer sentado al suelo.
—Aquí la verdadera pregunta es si Telius y su tripulación apoyan a Darius.
El hombre levantó la mirada de inmediato y vio a la chica a los ojos. Si Darius estuviera ahí le habría dado un largo sermón a Sakti sobre no jugar con la mente de las demás personas. Utilizaba el mismo hechizo que usó con Garrow y los demás para saber los orígenes de la abuela de Connor y los gemelos.
—Siempre. Darius es como un hermano para mí. Él y su madre nos regalaban manzanas cuando no había nada que comer en el pueblo. Cuando me rompí la rodilla, él me cargó desde la playa hasta la casa del curandero Fraq, que murió hace años. También pagó la consulta por mí, porque yo no tenía nada, ni siquiera para comer.
Eso es típico de Darius, ¿verdad? Da todo lo que puede por otros. ¿No es justo que se le pague de la misma manera?
El hombrecillo la miró como si la idolatrara. Se levantó de un salto y se frotó las manos como un desquiciado mientras asentía una y otra vez.
—Sí, sí, tienes razón. Es lo justo. ¡Todos se lo debemos! Darius ayudó a Marcus a construir su negocio. Ayudó a Trevor a cultivar su huerta. Y a Britney, que era dueña de una pequeña pescadería, le ayudó a confeccionar redes de pesca y a pescar en mar adentro. ¡Pescar en una barca que solo Dios sabe cómo no se hundió!
¿Entonces quieres ayudarlo?
—¡Claro que sí!
¿Sabes, entonces, lo que tienes que hacer?
—¡Darle lo que necesita!
¿Y eso es...?
—Un barco al Reino de... —El hombre se detuvo. Parpadeó un par de veces y sacudió la cabeza—. No, no. No es posible. El capitán Telius jamás accederá a navegar hasta el Reino de las Arenas, ni siquiera por Darius. Les daría a él y a sus chicos un lugar dónde quedarse, ¡pero no los llevaría hasta el Reino de las Arenas! Es demasiado peligroso. No. No. No hay trato.
El hombre giró sobre los talones, desorientado y sin saber a dónde irse. Antes de que se marchara, Sakti lo tomó de los hombros y lo arrinconó contra la pared. «Qué frustrante», pensó. Las artes de la mente nunca fueron su especialidad, pero la avergonzaba no poder controlar por completo a ese hombrecillo tan frágil.
—Escúchame bien, gusano. Esto es lo que sucederá: irás a donde tu capitán, le dirás que Darius está con vida y que quiere verlo. También le dirás que viaja con una chica que tiene un buen bolsillo para pagar un viaje inusual y que Darius necesita también ese viaje. En total son ocho pasajeros. De ser necesario se pagará una buena suma por cada uno de ellos. ¿Me has comprendido? —El hombre asintió—. Bien. Ahora ve y convéncelo a como dé lugar de que nos reunamos mañana.
—Mañana, en la Playa de la Sirena. —Sakti quiso preguntarle por más señas, pero se imaginó que Darius y Trevor sabrían a qué lugar se refería—. Le diré al capitán que hay una chica dispuesta a pagar un buen precio —dijo él con una sonrisa boba—. Aunque no logre convencerlo de ir hasta el Reino de las Arenas, de seguro vendrá a verte, cariño.
—Bien, perfecto. Entonces podré convencerlo yo misma.
—Sí, sí, estoy seguro.
—Ahora ve y trabaja en lo que te he pedido. —Sakti soltó al hombrecillo—. Todo te quedó claro, ¿cierto?
—Como el agua —respondió él mientras se tambaleaba hacia la calle principal—. Hasta mañana, cielito.
Una vez sola en el callejón, Sakti suspiró y negó con la cabeza. Estaba exasperada. Eso le tomó más esfuerzo y tiempo del que pensó. Ahora tendría que escuchar las quejas de Dereck al regresar a la cantina.


"Los Hijos de Aesir: Travesía bajo la sombra del Tercero" © 2010-2017. Ángela Arias Molina

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Ojalá que me den CRITICAS CONSTRUCTIVAS para poder mejorar en mis escritos.
No es necesario que dejen su nombre, aunque se los agradecería para poder darle las gracias cada vez que publique de nuevo, ya que quiero dar crédito a las sugerencias que me hagan.
Gracias por tomarse su tiempito y honrarme con sus comentarios. =^_____^=

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