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Capítulo 21

21
MARCADO



Los groliens a la entrada del pueblo se sorprendieron cuando vieron llegar a los tres «hermanos» y al anciano después de la hora del almuerzo, ya que creyeron que se quedarían hasta más tarde. Lo que más les sorprendió fueron las expresiones en sus rostros. La chica de ojos amarillos no se veía tan adorable como en la mañana, pues estaba muy seria. En cambio el chicuelo estaba radiante, con una sonrisa de oreja a oreja que no disminuyó cuando vio a los vanirianos. El mayor de los tres parecía exasperado y exhausto, como si hubiese corrido una maratón.
—¡Hola! —saludó Connor a los groliens mientras jalaba a Dereck consigo para alcanzar juntos a los vanirianos—. Les hemos traído algo.
Esto llamó la atención del grupo, pues nunca un aesiriano les ofreció algo por las buenas y con una sonrisa tan inocente. A lo mejor era una trampa.
—Probamos la comida en el hostal. Es buena, pero yo puedo hacerla mejor. Tomen. —Dereck les entregó a los vanirianos un par de paquetes de los muchos que cargaba. Estaban envueltos en paños blancos de los que emanaba un delicioso olor a carne—. Este es el mejor platillo del hostal y lo traje especialmente para ustedes. Pero —dijo con énfasis— a cambio de esto me harán un pequeño favor.
Uno de los groliens, que fue tentado por el aroma, había extendido los brazos; los retiró al escuchar la condición de Connor y miró a los aesirianos con sospecha.
—¿Qué favor?
—Mañana, cuando mis hermanos y yo busquemos una habitación para alquilar en el pueblo, ustedes aceptarán otro regalo mío. ¡Tienen que comer lo que prepararé, decirme si les gusta y cómo podría mejorarlo! —Los vanirianos lo miraron como si les tomara el pelo.
—¿La condición para que aceptemos esta comida es aceptar mañana más comida?
—No, no —corrigió Connor mientras negaba con el índice—. Hoy aceptan esta comida, pero mañana aceptarán la mía. Verán que hay una gran diferencia.
Quizá fue la seguridad de Connor, su simpatía o inocencia, pero los groliens le tomaron la palabra. Les agradaba el chico, así que aceptaron el trato y los dejaron pasar sin darles una segunda mirada. No dedicaron un pensamiento de sospecha al muchacho alto con cuerpo de militar, ni se preguntaron por qué la jovencita ya no sonreía, ni se percataron de que el kredoa que habían enviado para vigilarlos no estaba con ellos. Los groliens estaban demasiado ocupados relamiéndose los dedos como para prestar atención a los detalles.
—¡Oye! —gritó uno. Connor y los demás giraron para verlos—. Si eres tan bueno como dices, ¿tendrás problemas para traernos seis platos en lugar de dos? —Connor sonrió. Vio que los kredoa de la patrulla de vigilancia también disfrutaban de la carne que les compró.
—¿Solo seis? Puedo traer más si quieren.
—¡Perfecto! ¡Trae diez!
—¡Hecho! —Connor hizo un gesto de asentimiento y continuó hacia la choza.
—De acuerdo —admitió Dereck cuando ya llegaban—. Tu plan para ganar su confianza parece estar resultando. Pero más te vale que podamos pasar a Darius y a tus hermanos sin que los vanirianos se den cuenta.
—Tranquilo —sonrió Connor—. Los groliens tienen un gusto muy exigente, pero dales un platillo digno de un rey y no prestarán atención a nada más. Sé de lo que hablo.
Dereck sabía que así era. ¡Diablos!, él mismo dejaría de prestar atención a los alrededores si tuviera entre sus manos una carne preparada por Connor. El chico simplemente tenía un talento innato para la cocina. Si el Emperador llegaba a enterarse de su existencia, en lugar de encerrarlo en la casa del lago, como a todos los profetas, lo condenaría a la cocina de Palacio.
—¡Ya llegamos, pastelito de mi corazón! —saludó con cariño Trevor tras abrir la puerta de la choza.
Corin intentaba prender la chimenea. Connor se ofreció de inmediato a ayudarla e incluso pidió que la cena corriera por su cuenta. Un gemelo también estaba en casa, sentado a la mesa con cara somnolienta. Sakti supuso que debía tratarse de Airgetlam, al que se le había asignado cuidar la choza, a Corin y a Darius.
—Ayúdame con esto —pidió Dereck al muchacho.
El profeta se levantó entre bostezos y liberó a Dereck de algunos paquetes: las compras de ropa que tomaron toda la mañana y una gran cantidad de provisiones que Connor eligió. Mientras Airgetlam ayudaba, Sakti le preguntó por Darius.
—Todavía duerme —respondió el muchacho—. Estará exhausto.
Ella no recordaba mucho de su propia transformación incipiô, salvo el dolor constante y el consuelo que le ofrecieron Mark y Darius. Si ellos no se hubiesen quedado con ella cuando tanto los necesitó, quizá no habría logrado reponerse a la transformación. Sabía que la situación de Darius no era tan terrible pero quería asegurarse de que estuviera bien.
Cuando se asomó a la habitación donde Darius debía dormir, la descubrió vacía. La ventana estaba abierta y una suave brisa marina se metía y hacía bailar las cortinas. Ese era todo el movimiento del cuarto. Sakti soltó un suspiro.
—Dagda…
—¡Airgetlam! —la corrigió el muchacho.
«¡Ah, debí seguir mi instinto!», pensó ella. «Sí era Airgetlam, después de todo».
—Airgetlam… Sabías que Darius no está, ¿verdad?
El rostro de Airgetlam se descompuso. Dereck lo fulminó con la mirada a la vez que Connor se levantaba de un salto e iba hacia la habitación.
—P-pe-pero… ¡no salió! ¡He estado aquí todo el día! —balbuceó Airgetlam mientras apartaba a Connor para revisar el cuarto—. ¡No pudo haberse ido!
Corin rio.
—Lo siento, lo siento. Fue mi culpa por no decirlo antes. Darius salió hace más o menos una hora. —La expresión del gemelo debía de ser graciosa porque hasta Trevor se rio al verle el rostro—. Mientras tú lavabas los platos, yo tendía la ropa afuera, ¿recuerdas? Darius salió por la ventana trasera y me saludó. Es una maña que tiene desde pequeño. Le expliqué que sus amigos estaban en el pueblo mientras él dormía, y me dijo que aprovecharía para echar un vistazo a su casa. No creo que tarde mucho en regresar.
Airgetlam se llevó las manos a la cabeza para jalarse el cabello mientras balbuceaba que estuvo a punto de tener un ataque de pánico. Por su parte, Dereck estaba muy orgulloso de Darius porque se había recuperado rápido justo cuando era necesario. El Guardián le contó a Airgetlam que Sakti consiguió un barco –aunque la princesa no le dijo ni la mitad a su guardaespaldas de cómo convenció al marinero– y que al día siguiente partirían al Reino de las Arenas. Justo cuando le iba a explicar el plan que Connor urgió para que los vanirianos no se dieran cuenta de la presencia de los profetas en la Península, el soldado notó que Sakti se escabullía por la puerta.
—Oh, no, señorita —dijo mientras tomaba a la princesa del brazo—. Esta vez no se me escapará, Alteza. ¡Mi trabajo es estar con usted! Por favor, ¡déjeme hacer bien mi trabajo!
Aunque Sakti intentó intimidarlo con sus fríos ojos grises, el truco no funcionó con Dereck. El Guardián ya estaba más que acostumbrado a esa expresión y la personalidad de la princesa, por lo que era de las pocas personas que lograban mantenerle la mirada. Además, era bueno en su trabajo. Sakti casi nunca se lo decía pero Dereck era el mejor guardaespaldas que podría pedir. Era tranquilo, obediente y no cuestionaba las extrañas órdenes de la princesa, aunque sí era bastante sobreprotector. Aunque esto era muchas veces una molestia para Sakti, sabía que no era malo. Dereck solo se tomaba muy en serio su tarea de mantenerla a salvo.
—Quiero ir a ver a Darius —explicó ella—. Quizá ya tiene fuerzas para caminar pero una transformación incipiô es una experiencia desagradable. Solo quiero asegurarme de que está bien. —Dereck sabía que ella se preocupaba mucho por los profetas.
—Entiendo —asintió él—. Entonces la acompañaré. Airgetlam, ve a traer a tu hermano. Quiero que estemos todos aquí para hablar del plan. No te tardes, ¿me entendiste?
Pidieron indicaciones a Trevor para llegar a la casa de Darius. Al salir de la choza, Sakti y Dereck se encaminaron a la colina más alta de las cercanías, que estaba justo al lado de un peñasco contra el que se estrellaban las olas embravecidas del mar.

****

El camino resultó agradable. La brisa del mar sopló fresca, llena de sal, y les acarició los rostros cuando ascendieron por la ladera, que era un poco inclinada. Dereck entendió por qué Darius extrañaba tanto su hogar y recriminaba a Enlil una y otra vez su cautiverio. Por más comodidades que se le ofrecieran en Masca, siempre se sentiría prisionero si no podía disfrutar del sol, la brisa y el sonido del mar. Siempre extrañaría las tardes de la Península.
El soldado vio un par de figuras que le asustaron por unos instantes, pero se sintió aliviado y seguro cuando las reconoció. Geri y Freki estaban sentados en el camino, de espaldas a ellos y con las miradas clavadas en el cielo. Cuando los alcanzaron, Sakti acarició la oreja de un lobo-dragón y observó el paisaje.
Aunque los cuatro estaban a la sombra de los árboles, más adelante vieron un claro lleno de maleza y ruinas. Las hierbas perdían terreno entre más se acercaban al peñasco, hasta dejar roca árida desnuda. Todo lo que había en la orilla era una lápida y un muchacho de cabello negro.
—Es la tumba de su madre —susurró Geri—. No queríamos molestarlo porque sabemos que la visita por primera vez en mucho tiempo. Además… —el lobo agachó la cabeza para que la chica apreciara el chichón que tenía entre las orejas—, nos dio un coscorrón por estar aquí y no con Garrow.
Aunque Sakti dudó por unos segundos, resolvió ir hacia Darius. Los lobos y Dereck no tenían derecho a acercarse al profeta mientras visitaba la tumba de su madre, pero esa regla no aplicaba para Sakti. Como era la mejor amiga tenía derecho a conocer a la primera Zoe.
Además, sabía que Darius era un tipo sensible. Quizá estaba feliz por regresar a la Península pero también triste por el estado del pueblo. Allí la gente todavía lo recordaba con cariño. Quizá a Darius le gustaría visitar las tiendas, la taberna, el humilde puerto, compartir con Marcus, la tal Britney y todos los otros amigos que pudiera tener.
Pero él no era tonto. Buscarlos era arriesgarse a ser visto por los vanirianos. En cuanto le vieran los ojos, los groliens, kredoa y las arpías se lanzarían a él para llevarlo a Vanir.
Como si eso fuera poco, su casa estaba en ruinas…
Mientras avanzaba hacia el profeta, la princesa vio los restos de madera y la maleza que los cubría. El lugar estaba tan destrozado que ni siquiera los roedores podrían buscar refugio allí. Se imaginó que los vanirianos destruyeron la casa la primera vez que vinieron en busca de los profetas. «Fue bueno que Enlil llegara primero», pensó. «Si esto es el resultado de la frustración y enojo de los vanirianos, los niños no habrían sobrevivido como sus rehenes».
Una vez junto a Darius, la princesa miró la tumba largo rato. No era tan bonita como la que ella hizo para Mark, pero tenía cierto encanto. La lápida era de piedra pura, sin rastro de nombre y con pequeños huequitos provocados por la erosión del viento y el agua salada, que llegaba hasta allí cuando el mar estaba violento.
—¿Te vas a sentar junto a mí o te quedarás de pie? —preguntó Darius sentado delante de la tumba. Sakti se acomodó junto a él—. No conocías a mi madre, ¿verdad?
—No he tenido el placer.
Esas fueron las últimas palabras que intercambiaron durante varios minutos. Darius no esperaba otra cosa de Sakti, pues ella siempre fue una chica callada, en especial en los momentos difíciles. Sabía que a la princesa le costaba encontrar palabras de consuelo, pero siempre, después de un largo silencio y mucha meditación, ella lograba ofrecerle las palabras adecuadas. Aunque no las hallara, Darius tenía suficiente con su silencio. La compañía muda y cálida de Sakti era en realidad todo lo que necesitaba de ella.
Después de un rato la princesa se animó a ver el rostro del profeta. Aunque no lo tenía transfigurado en hocico, la cara sí la tenía más larga y delgada y muy, muy pálida. Además, las venas azules que tenía marcadas en la frente, mejillas y quijada le daban un aspecto fantasmagórico. A Sakti le alivió que no palpitaran como cuando estaba entre la forma aesiriana y la de un lobo gigante.
Extendió la mano hacia el cuello del profeta, donde tenía un feo moretón, y lo acarició con cuidado.
—Lamento haberte lastimado —le dijo.
Darius llevaba camiseta y ella no pudo ver hasta dónde se extendía el moretón. Supuso que bajaba por el pecho y parte de la espalda. Si no hubiese ahogado a Darius con la garra no lo habría derrotado, pero eso era un breve consuelo. Su amigo de seguro sufría mucho por la herida, quizá hasta le costaba respirar. Contrario a lo que ella esperaba, Darius sonrió.
—Así que tú te hiciste cargo de mí, ¿eh? Geri y Freki están tan aporreados que pensé que fueron ellos los que me ayudaron.
—Claro que lo hicieron pero eras imparable. Por un momento pensé que los matarías. —Darius se mordió los labios e hizo una pausa larga. Cuando habló de nuevo su voz fue un susurro:
—¿Y te lastimé a ti?
Sakti sabía que a él no le gustaría la respuesta pero tampoco tenía sentido mentirle. Se descubrió el hombro izquierdo y le enseñó el bonito moretón que ella tenía. Darius arrugó la frente, enojado consigo mismo. Ella hizo un gesto con la mano para restarle importancia.
—Solo se dislocó un poco pero ya está en su lugar. No me duele.
Intentó mirar a Darius a los ojos pero no pudo mantenerle la mirada. Esto la frustró porque tanto el mestizo como ella sabían lo que significaba que no pudiera verlo a los ojos: le iba a pedir algo difícil y él no cedería. Aun así lo intentó.
—Geri y Freki me contaron sobre el problema de tus esencias. Una transformación como la que sufriste es muy peligrosa. Estás débil. Lo mejor es que te quedes aquí y descanses. Como en el pueblo te quieren mucho quizá…
—Detente —la cortó Darius—. Sabes que iré al Reino de las Arenas sin importar qué. No me esconderé en algún sótano del pueblo mientras tú buscas ayuda para mi Zoe. —Sakti suspiró.
—Connor también me habló de la visión que tuvieron. Darius, sabes que te diriges al lugar donde podrías morir, ¿cierto?
El profeta asintió. «Por supuesto que lo sabe». Sakti estaba al tanto de que él no abandonaría el viaje ni aunque su vida dependiera de ello, pero sería una estúpida si no intentaba lo más fácil para evitar la visión de Connor. Eso era convencer al profeta de que desistiera del viaje.
—Tu hijo está aterrado —le espetó Sakti, casi enojada—. Teme ser incapaz de ayudarte cuando llegue el momento. En general eres un magnífico padre pero eres un grandísimo egoísta al exponerte así. Si lo peor te sucediera no morirás como un héroe para ellos sino como un imbécil que los abandonó.
Darius alzó las cejas y miró a Sakti sorprendido. Le acarició la cabeza al ver que la princesa tenía los brazos cruzados sobre el pecho y que veía la lápida como si quisiera explotarla en pedacitos.
—Auch. Eso sí que fue duro, ¿no te parece? —le dijo juguetón aunque después se puso serio—. Tú me cuidarás, Allena. Te vi ahí, junto a mí. Si protegerme fuera un deporte...
—... yo sería campeona mundial. Lo sé —terminó ella. A veces le daba miedo lo sincronizados que estaban los dos—. Eso no es justo, Darius. Me estás dando una responsabilidad muy grande. —Darius retiró la mano y miró a Sakti con intensidad.
—Te necesito, Allena. No puedo retirarme y esperar a que consigas ayuda en el desierto. ¿Quién sabe cuánto tiempo podrías tardar? ¡Me volveré loco si me quedo sentado a esperar! Sin importar las consecuencias tengo que salvar a Zoe. Ninguno de mis hijos será prisionero de Masca por más tiempo. Así yo muera en el proceso, ellos serán libres y estarán juntos de nuevo.
Tomó la mano de Sakti y la apretó con fuerza.
—Allena, si lo peor llegara a pasar tienes que encargarte de que los cuatro estén juntos. Reunirás a Dagda, Airgetlam y Connor con Zoe, ¿cierto? Si muero los protegerás, ¿verdad?
Sakti apartó la mirada de la lápida y posó los ojos sobre Darius, sin piedad, sin tregua. El mestizo la soltó de la mano y se echó para atrás, porque no le gustó la mirada de su amiga. Era tan fría, tan cruel, tan despiadada. «Oh, mierda», pensó. «¡La he cabreado!».
Darius no recordaba que Sakti lo hubiese visto así alguna vez. Los ojos eran mucho más profundos y salvajes de lo normal, mucho más… animales. Se estremeció pero no porque Sakti estuviera enojada, sino porque recordaba haber visto esos ojos.
Eran los de la criatura que intercambió palabras con la chica justo cuando los dos salieron del Reino de los espíritus. Eran los ojos del Primer Dragón.
Darius no pensó en el asunto porque después de eso sucedieron muchísimas cosas. Como el cadáver de Fenran en sus brazos, la cremación, el recorrido que hicieron por el Pantano, la lucha contra Sigurd… Todo fue de mal en peor, así que se olvidó convenientemente del extraño encuentro. Pero, si lo pensaba con honestidad, ¿de verdad le habría preguntado a Sakti qué fue eso que vio? No era como si pudiera decirle: «Oye, Allena, me pareció que tú y el Primer Dragón hablaron. ¿Se conocen desde antes? ¿Son amigas?». Eso implicaba muchísimo, porque si Sakti y el Dragón hablaban entonces…
—Darius.
El profeta creyó que recibiría una paliza. Cuando vio que Sakti extendió los brazos a él, se echó para atrás, cerró los ojos y se preparó para recibir un par de puñetazos. Sakti solo abofeteaba a los descarados, no a los imbéciles.
En lugar de golpearlo, Sakti le sostuvo el rostro con ambas manos. Darius abrió los ojos y se estremeció de nuevo. Esa sensación le era familiar: una mano suave y otra un poco más dura que lo tomaban con fuerza. Era igual a su visión, donde se moría sobre un montón de arena mientras Sakti lo sostenía así para mantenerlo despierto.
—Darius, mírame —le ordenó ella—. Mírame y escúchame muy bien. Aquí, delante de la tumba de tu madre, recuerda lo que sentiste cuando ella falleció.
El profeta tembló. A pesar de que Zoe murió hace muchos años, él todavía recordaba el cuerpo ensangrentado y violado, y la desesperación que sintió en su corazón de niño. Apretó los puños y la frente. Sakti ignoró los gestos y dijo:
—Eso es exactamente lo que tus hijos sentirán cuando pierdan al único padre que les queda.
—Connor tiene a Lea y a Emilio... —intentó defenderse. Sakti lo cortó.
—Connor tiene dos padres adoptivos. Estoy segura de que hicieron un buen trabajo y se ganaron su amor, pero ellos nunca te sustituirán a ti. Tenerlos no lo aliviará si te mueres. Y Airgetlam, Dagda y Zoe no tienen padres adoptivos. Solo te tienen a ti.
—Se tendrán los unos a los otros —insistió él— ¡y tú también estarás con ellos!
—¡Maldita sea, Darius!, no me estás escuchando. Ellos solo te tienen a ti. Tendrán a sus hermanos, me tendrán a mí, pero no tendrán a su padre. —Sakti chupó los dientes y miró a Darius como si fuera un imbécil. Quizá sí lo golpearía después de todo—. Escucha bien y responde sin chistar. ¿Acaso el que Corin y Trevor estuvieran pendientes de ti te hizo sentir mejor después de que perdieras a tu madre? —Darius apretó los dientes.
—No.
—¿Encontrar a Connor te hizo olvidar que cremaste a tu Fenran en algún lugar del Pantano? —Los ojos de Darius comenzaron a empañarse. ¡Maldita sea! ¡Sakti lo conocía muy bien!
—No.
—¿Encontrar a una amiga te hizo olvidar la muerte de tu esposa?
Darius apretó los ojos e intentó apartarse de Sakti, pero ella lo sostuvo con fuerza y lo obligó a mirarla de nuevo. La princesa tampoco se conformaría con una pregunta sin respuesta.
—No.
—Tus hijos son como tú. Entonces ¿crees que tener padres adoptivos, hermanos y una amiga que los cuide les hará olvidar que perdieron al único padre biológico que les quedaba? ¿El que les juró que los protegería? —Darius quiso evadir la pregunta pero supo que Sakti no lo dejaría ir sin responder. Así que dijo con los dientes apretados:
—No.
—Si yo muriera ahora, ¿te sentirías mejor porque tienes a tus hijos contigo?
La pregunta lo tomó desprevenido. Solo imaginar un mundo sin Sakti le quitó el aliento. La sensación fue idéntica a aquella horrible noche en Aleoni, cuando el doctor salió del cuarto y les dijo a todos que Sakti murió desangrada.
Esa noticia le dolió tanto que él también se quiso morir.
Aunque Mark estuvo ahí para sufrir junto a él, el dolor fue tan insoportable que creyó que el pecho le explotaría.
Aunque supo que los chicos lo esperaban en Masca y que él viviría por ellos, no sintió ningún consuelo. Solo vacío, como si el mundo hubiese perdido color y significado.
Lo peor es que esa horrible sensación ya la había experimentado con anterioridad. Cualquiera creería que ya estaba acostumbrado a soportar los colmillos fríos y tristes de la muerte cada vez que le arrebataba a un ser querido, pero cada golpe era severo y dolía tanto o más que el anterior. Era como si el mundo entero se destruyera, como si no hubiese punto de apoyo, como si una niebla gris lo cubriera todo, aunque el mundo seguía girando y todavía había color para los otros que no entendían su desgracia.
Eso fue lo que sintió cuando perdió a su madre, cuando vio a Njord morir, cuando perdió a tres de sus cachorros, cuando descubrió el cadáver de Fenran… Sakti fue la única que regresó a él gracias a una pluma de Dragón. Los demás no tuvieron suerte. Los demás destruyeron el mundo de Darius con su muerte.
Aunque no le gustó ni una pizca recordar todo ese dolor, entendió qué le quería decir Sakti. Si él perdía un punto de apoyo, si perdía a uno solo de sus hijos o a su amiga, el mundo se destruiría de nuevo. Tener a los demás no borraría el hecho de que perdió a uno.
—Por la cara que has puesto —dijo Sakti—, sé que te sentirías exactamente igual a mí si te murieras frente a mis narices. No puedes ir como si nada al lugar donde podrías perder la vida, como si tu muerte no afectara a otros. Por eso, aquí, frente a la tumba de tu madre, me vas a hacer una promesa: NO TE VAS A MORIR.
Los mundos de Connor, Airgetlam, Dagda, Zoe y Sakti se destruirían si él moría. Perderían luz, color, significado. Quizá durante unos meses, quizá durante unos años, quizá toda la vida. Darius todavía no se había recuperado de la muerte de su madre, Njord y Fenran, así que ¿cómo podría esperar que sus chicos se recuperaran de la suya con facilidad? ¿Cómo suponía que Sakti sortearía la muerte de su mejor amigo cuando todavía estaba de duelo por la de Mark?
Por eso lo sostenía con fuerza ahora y por eso lo sostendría cuando llegara el día de la visión. Ella lo hacía recordar el dolor para que prometiera que él no permitiría que los mundos de los que le eran queridos se destruyeran.
—Por tus hijos vivos y por el que está muerto, por tu madre y esposa que se han ido, y por tu amiga que está aquí contigo, promételo, Darius —dijo ella con palabras de hierro—. Promete que no te vas a morir cuando llegue el día de la visión.
—Lo prometo, Allena.
Sakti lo soltó de inmediato y miró otra vez la lápida, como si nada hubiese pasado. Darius se llevó la mano a la mejilla derecha, la que Sakti le sujetó con la garra de Dragón. Sabía que no estaba herido pero sentía una quemadura invisible, como si Sakti lo hubiese marcado. Eso le sacó una sonrisa de alivio, porque la marca que le dejó la princesa era la misma que le dejó su madre en cada abrazo y Njord en cada beso. Era amor incondicional de amiga y hermana.
Sakti soltó un suspiro de exasperación y se quejó con la lápida:
—Señora, lamento decirle esto pero su hijo es un idiota. No hace más que darme problemas. —La sonrisa de Darius se ensanchó.
—Lo siento, mamá, pero dice la verdad. —Sakti dejó escapar otro suspiro, como si tratar con el tarado de su amigo fuera el ejercicio más extenuante que hacía en la vida.
—¿Terminaste?
—Sí.
—Ven, te ayudaré a levantarte.
Sakti se incorporó de un salto y le ofreció la garra a Darius para levantarlo. Esto le hizo gracia al profeta porque aunque Sakti era temible con una espada, era risible en un pulso. ¡Así que era imposible que levantara a un muchacho! Pero las piernas le fallaron cuando él intentó levantarse por su cuenta. La transformación incipiô lo dejó exhausto. Si no hubiese encontrado a los lobos en el camino no habría podido llegar hasta las ruinas.
Aceptó la ayuda de Sakti a regañadientes. De acuerdo. Quizá el brazo derecho de Sakti era risible, pero el de la izquierda era formidable. Levantó a Darius sin problemas y se colocó junto a él para sostenerlo cuando el mestizo se tambaleó.
—Te dije que estabas débil —lo reprendió la princesa.
Darius no dijo nada, aunque estaba muy mareado y la cabeza empezó a palpitarle como si tuviera tambores dentro del cráneo. Sakti lo urgió a caminar para que el dolor pasara. Darius tuvo que cerrar los ojos porque sintió que se le saldrían de las cuencas. El primer paso fue doloroso, el segundo, delirante; pero ya el tercero fue más ligero y en el cuarto se sintió mejor. Cuando abrió de nuevo los ojos vio que Sakti lo miraba con atención.
—Todavía se te marcan las venas si te esfuerzas mucho —le dijo—. Te advierto que te sentirás mal por lo menos durante tres días, pero si necesitas ayuda te la daré.
Darius recordó la transformación incipiô de Sakti. Ella sí que se retorció cuando el brazo le creció de nuevo y al poco tiempo tuvo que ponerse en pie y luchar. En cambio él necesitaba la ayuda de la chiquilla para caminar. Qué vergüenza.
—Muchas gracias, Allena.
—Agradécemelo mañana, cuando conozca a ese tal Telius. Si el capitán o la tripulación son tan desagradables como ese hombrecillo, necesitaré que los alejes de mí. ¡Puaj! Rodeada de sabandijas como esas, ¡qué horrible! —Darius la miró perplejo.
—¿Telius? ¿Quieres decir que...?
—¿Tenemos un barco? —Los ojos de Sakti brillaron con satisfacción—. Oh, sí.
Darius sonrió porque esas eran buenas noticias. Pero borró la sonrisa cuando encontró algo con el pie. Al bajar la mirada vio los primeros escombros. A uno y otro lado vio las ruinas de su casa y la tristeza lo consumió de nuevo.
—Fue aquí donde nací y me crié —susurró con melancolía—. En esta casa también nacieron mis hijos.
Antes de que se perdiera en las memorias que le traían las ruinas, Sakti lo jaló y lo obligó a seguir adelante. Darius supo que así la princesa también lo incitaba a superar el pasado.
—Si todo sale bien, algún día regresarán y hasta puede que tus nietos nazcan aquí. —Después agregó—: Si todo sale bien, morirás en el mismo lugar donde naciste. ¿Te parece?
—Sí, me parece.
—Bien, ahora regresemos a la choza para que tú y los chicos escuchen el plan. —Darius la siguió obedientemente por unos instantes hasta que se dio cuenta de algo.
—¿«Los chicos»? ¿A quiénes te refieres con «los chicos»? Allena —su voz se hizo fría como hielo—, por favor dime que «los chicos» no son mis chicos. —Sakti arqueó las cejas.
—¿Entonces no viste a...?
No, no vio a Airgetlam. El muchacho estaba lavando los platos cuando Darius salió por la ventana en la habitación de los ancianos. No se vieron en ningún momento.
—Prepárate —suspiró Sakti—, porque me temo que se te hará una úlcera en el estómago cuando regresemos a la choza.
Darius tomó una gran bocanada de aire para sosegarse. Miró enojado a los lobos que esperaban a un lado del camino, junto a Dereck. Geri y Freki notaron la mirada y bajaron las orejas, muy arrepentidos. Cuando comenzaran a caminar tendrían el rabo entre las patas.
—Lo sentiiiiiiiimos —gimoteó Geri.
—Ni una palabra. Les pedí un favor y no lo hicieron. ¡Tenían que mantenerlos alejados, este viaje es muy peligroso para---!
Freki lo interrumpió con un salto. El lobo levantó una nube de tierra y polvo al lanzarse por entre los árboles que estaban al borde del camino. Sakti tosió y cerró los ojos, igual que Darius. Escucharon un fuerte gañido y después Geri también saltó para ayudar a su hermano. Los lobos forcejearon fuera de la vista de los aesirianos. Regresaron con los hocicos ensangrentados después de unos segundos.
—Tenemos problemas —anunció Geri. Dio paso a Freki, quien trajo en el hocico un cadáver nada agradable a la vista. Era un kredoa.
—Connor dijo que el kredoa que nos seguía sospechaba mucho de nosotros —dijo Dereck—. Cielo Santo. Cuando no regrese los groliens lo echarán de menos y...
—Tranquilo —lo cortó Sakti—. El plan de Connor es bueno. Como les ofreció comida no sospecharán de nosotros. Solo debemos deshacernos del cadáver.
—Podemos trabajar en eso —sonrió Freki con malicia, babeando ansioso—. Toda carne es buena.
—Perfecto —aprobó Sakti, aunque Dereck y Darius hicieron una mueca al imaginar a los lobos comiéndose el cadáver—. Háganlo ver como el ataque de un par de animales hambrientos. Les será muy fácil. Eso quitará cualquier sospecha de nosotros.
Los lobos asintieron, batieron el rabo y comenzaron a trabajar en el ataque. Sakti y sus amigos retomaron el camino hacia la choza justo cuando los lobos se pusieron creativos. Geri y Freki pintaron el paisaje con varias huellas rojizas.

****

Aunque Dereck y Sakti tuvieron que ayudarlo en el camino para que no perdiera el equilibrio, el profeta recuperó la fuerza justo afuera de la choza y se deshizo del apoyo de sus amigos.
¡Estaba tan, pero tan molesto!
De la chimenea de la casa salió un humo denso que olía exquisito. Las cuatro paredes también tenían un calorcito agradable, propio a un hogar. Aun así Darius estaba furioso. Contuvo la ira lo mejor que pudo y abrió la puerta con cuidado, sin hacer ruido.
Al primero que vio fue a Connor, que estaba inclinado sobre la olla que ardía en la chimenea. Corin estaba junto a él, conversando en voz baja sobre las hierbas que podrían echarle a la carne para darle mejor sabor.
Dagda y Airgetlam estaban sentados a la mesa y jugaban una partida de cartas con Trevor. En ese momento, Dagda –que era el que estaba sentado de cara a la puerta– levantó la mirada y vio a Darius. El rostro del muchacho se puso pálido de un solo golpe y las cartas comenzaron a temblarle en las manos. Airgetlam miró por encima del hombro para ver qué asustó tanto a su hermano.
Tuvo la misma reacción al ver a Darius. Palideció tan rápido como Dagda y abrió los ojos con la misma amplitud. Eran como dos estatuillas de cera, idénticas.
—Les dije que se quedaran con su abuelo —dijo el mestizo con los dientes apretados.
Las manos las tenía hechas un puño, tanto así que sintió las uñas que se le clavaron en las palmas. La cara le dolía, como si alguien le jalara la piel y la tensara con prensas. Lo peor era el corazón, que bombeó tan fuerte que hasta sintió la sangre que corría por las venas.
—¡LES ORDENÉ QUE SE QUEDARAN CON GARROW Y NO OBEDECIERON! —gritó, aunque más pareció un rugido.
Darius estuvo a punto de lanzarse sobre los chicos, pero entonces un par de brazos, duros como acero, le rodearon el pecho y lo sostuvieron. En el último momento Dereck detuvo al profeta antes de que hiciera algo de lo que pudiera arrepentirse.
Darius contuvo el aliento, horrorizado. ¿Qué estuvo a punto de hacer? ¿Lanzarse a los chicos para qué? ¿Golpearlos? Él nunca lo había hecho, jamás podría hacerlo, ¡pero estaba tan furioso! Tan solo quería explotar, dejar salir la ira. Sabía que era una estupidez, un deseo irracional, pero era lo único que se le antojaba.
La garra blanca y fría de Sakti lo sostuvo por la cintura y permitió a Dereck soltar a Darius un rato. El Guardián aprovechó para colocarse delante de él y lo sostuvo de nuevo, pero esta vez le agarró el mentón y lo hizo verlo directo a los ojos.
—Escúchame —pidió—. No soy doctor pero entiendo lo suficiente de transformaciones como para saber que ahora tienes miles de hormonas desatadas en la sangre. Estás muy sensible. Es normal que estés confundido, o que de un momento a otro te sientas deprimido y después colérico, pero debes intentar sosegarte. Si no tus emociones te harán perder el control y podrías transformarte de nuevo. Hablo en serio.
Dereck consideró soltar a Darius pero se lo pensó dos veces al ver las venas azules resaltadas en la cara, cuello y brazos del profeta. Además, Darius tenía los labios un poco estirados sobre las mejillas, como si en cualquier momento se fuera a transformar en un lobo gigante. Incluso los dientes estaban mutados, pues eran frías navajas. Apretó los hombros de Darius para evitar que saltara. Se preocupó más. Aunque sabía que el mestizo no tenía mala intención, los músculos los tenía tensos, listos para atacar.
—Si te transformas —le dijo Dereck— destruirás la choza y matarás a tus hijos, a Corin y a Trevor. La princesa y yo podríamos burlarte pero aun así no quiero lidiar otra vez contigo. —Miró por encima del hombro a uno de los gemelos—. Airgetlam, trae esa silla y luego quédate detrás de la mesa. Tú también, Connor.
El gemelo obedeció las instrucciones y llevó una silla al lado de la puerta. Después se refugió detrás de la mesa, junto a Dagda, Connor, Trevor y Corin. Los cinco estaban pálidos y preocupados. Si Darius se transformaba de nuevo... No, no querían ni pensarlo, pero sabían que no podrían huir por estar tan lejos de la puerta.
—Siéntate —pidió Dereck con amabilidad.
El profeta se dejó llevar y se sentó. Casi de inmediato se encogió. Le dolían las costillas y la piel en la cara le ardía. La cabeza le iba a explotar. Intentó llevarse las manos a las sienes para masajearlas, pero los brazos estaban tan tensos que no le respondieron.
—Si quieres te noqueo —se ofreció Sakti, con el puño izquierdo en alto—. Lo haré rápido para que no te duela.
—Oh, sí, eso te gustaría, ¿verdad? —comentó él con sarcasmo.
Dereck tenía razón con lo de cambiar de emociones rápidamente. Ahora no solo estaba molesto, sino que a ratos se sentía miserable y a ratos capaz de hacer bromas. No lo podía controlar.
Sakti se colocó junto a él y el mestizo se preparó para el golpe prometido. La princesa lo sorprendió con un abrazo. Cualquiera creería que alguien tan indiferente como ella no abrazaba o que lo haría con frialdad. Darius sabía que era todo lo contrario. Cuando Sakti lo consolaba en Masca, era cálida. Cuando lo consoló frente a la pira fúnebre de Fenran, lo apretó con fuerza y ternura.
En la choza de Corin y Trevor también lo abrazó con dulzura, incluso le acarició la espalda. Las palmaditas fueron suaves y lentas, ideales para borrar el dolor que atravesaba el cuerpo del profeta. La respiración de Darius se calmó y el corazón le latió al ritmo pausado y sereno de Sakti. Era como si se sincronizara con él para aliviarlo.
—¿Mejor? —preguntó ella mientras se separaba un poco.
—Sí, bastante. —La cabeza ya no le dolía y sentía de nuevo los brazos ligeros—. Gracias.
—De todas maneras haré esto. —Sakti se colocó detrás de Darius y le rodeó el cuello con el brazo izquierdo—. Ya sabes, es solo por precaución —dijo mientras levantaba los hombros, como quien no quiere la cosa. Darius giró los ojos, aunque esperaba que el moretón que tenía en el cuello no se hiciera más feo. Sakti agregó—: Ibas a regañar a tus hijos.
Dagda y Airgetlam abrieron la boca, claramente traicionados. La cerraron de nuevo cuando Darius clavó los ojos mestizos en ellos. Aún estaba enojado, pues las venas se le marcaron de nuevo en la quijada, pero no se les tiró encima. Por si acaso, Dereck se colocó a la izquierda de él para sostenerlo si perdía los estribos de nuevo.
—Los tres, al frente —ordenó el mestizo a la vez que señalaba otras tres sillas colocadas al lado contrario de la mesa.
Los hermanos se miraron entre ellos, afligidos porque supieron que los iban a regañar. Aun así fueron obedientes y se sentaron donde se les indicó. Fue un grave error, pues aunque sabían que solo Darius los reprendería sintieron que también se enfrentaban a Dereck y Sakti.
—¿Qué diablos están haciendo aquí? —preguntó Darius con lentitud, con una voz profunda que los chicos no habían escuchado en mucho tiempo.
Los tres se sintieron como si tuvieran cinco años y acabaran de hacer una travesura. No encontraron a tiempo palabras que los defendieran, pues Darius eligió a uno de ellos.
—Dagda.
Fue como una orden para que hablara pero también una acusación. A Dagda se le secó la garganta y no supo qué decir. No encontró respuesta en sus hermanos cuando los miró. Airgetlam y Connor estaban tan asustados como él y no sabían cómo reaccionar. El muchacho guardó silencio por unos segundos para armarse de valor. La voz le tembló cuando habló:
—Los seguimos porque no queríamos quedarnos por fuera. —Clavó la mirada en el suelo y dijo con un hilo de voz—: Lo siento.
El silencio que siguió fue largo y opresivo. Dagda no se atrevió a levantar la mirada porque sabía que Darius lo veía enojado. No quería que él lo mirara como hacía con los soldados, no quería enojarlo nunca más en la vida. Cuando el mestizo llamó al otro gemelo, Dagda soltó un suspiro de alivio. Él ya no estaba en la mira.
—Airgetlam, ¿puedes explicarme por qué demonios están los tres aquí cuando les pedí que se quedaran con su abuelo? ¿Se escaparon de él?
Al principio Airgetlam se mordió los labios y estuvo a punto de dejar caer la cabeza. Pero en el último momento mantuvo los hombros erguidos y la mirada en alto. Al ver esto, Sakti y Dereck intercambiaron una miradita rápida porque sabían lo que significaba. Airgetlam se iba a mantener firme, como cuando encaraba a Sigfrid. Quizá nunca tuvo mucho éxito con el Primer General, pero hasta el Demonio Montag admitía que el chico tenía agallas para enfrentársele.
—Los seguimos porque nos pareció injusto que nos dejaran por fuera. —La voz no le tembló—. No pudimos cuidar a Zoe en Masca, pero ahora no nos quedaremos de brazos cruzados justo cuando ella nos necesita más. Tú no entendiste esto, papá, pero el abuelo sí. Nos dio provisiones y también pidió a Geri y a Freki que nos guiaran. Luego nos dio su bendición y una carta para ti. ¿Quieres leerla? —El gemelo sacó un trozo de papel del pantalón y avanzó hacia Darius. Cuando le entregó la carta, las manos las tenía firmes—. Y yo no lo siento. Lo volveré a hacer si es necesario.
Dagda y Connor abrieron la boca, incrédulos. Cuando Airgetlam se sentó de nuevo, los chicos lo miraron con una mezcla de espanto –«¡Está loco, está loco, ¿cómo se le ocurre hablarle así a papá?!»– y admiración –«¡Eres mi ídolo, Airgetlam!»–. Las expresiones de Connor y Dagda eran tan idénticas que a Darius le pareció que ellos eran los gemelos.
El mestizo lanzó una última mirada furiosa a Airgetlam y leyó en silencio el mensaje.

«Querido Darius:
Lamento mucho no poder hacerme cargo de lo único que me has pedido pero creo que me será imposible. Tus hijos se parecen mucho a Njord: son unos cabezas huecas. Pero por lo mismo también se parecen a ti, pues se preocupan y angustian mucho al no saber de su hermana y padre.
Entiendo lo que sienten cuando los escucho en la noche, pues dan vueltas en el suelo, sin poder dormir. Se están preguntando qué será de ti, si te volverán a ver y si algún día podrán ayudar a Zoe. Lo sé porque es lo mismo que todos nosotros sentimos cuando ustedes desaparecieron.
Ahora nosotros dormimos tranquilos porque sabemos qué sucedió con ustedes. Pero no queremos que los chicos pasen por la angustia de la incertidumbre. No es nada placentero.
Además, Connor me contó que eres torpe. ¿Te caíste por una ventana cuando lo conociste? Al recordar como tú y Njord se conocieron, veo un patrón. Ten cuidado con las alturas. Lamento decirlo, pero creo que necesitas que ellos te cuiden tanto o más como ellos necesitan que tú los protejas. Después de todo, para eso son las familias.
Y no te preocupes. Connor nos explicó muy bien cómo llegar a su pueblo e incluso nos trazó el camino en un mapa. Llegaremos sin problemas, por lo que nos veremos de nuevo cuando solucionen todo este embrollo. Y, de nuevo, no te preocupes: no hay razón para temer a Lea. Me dijiste que es una mujer aterradora pero Connor habla maravillas de ella. Le diré que su hijo está perfectamente bien, conociendo mundo y divirtiéndose con sus hermanos. También le daré el mensaje que Connor quiere que le transmita: que todos regresarán sanos y salvos para hacer que su familia crezca aún más. Me alegra mucho ver que mi nieto es tan positivo (y creo que tú deberías imitarlo).
En fin. Disculpa que no pueda contener la energía de tus hijos. No tengo fuerzas para enfrentarlos y tampoco quiero hacerlo. Los admiro y no me interpondré en su camino, de la misma forma que no me interpondría en el tuyo. Al fin y al cabo, los chicos son hijos de su padre.
Cuídate, hijo, y recuerda: no hay motivo para hacerlo todo solo. Los estaremos esperando.
Con amor, G.»

Darius releyó la carta. Se preguntó si sería falsa pero al instante desechó la idea. La letra era de Garrow y las palabras también. Airgetlam y los demás no sabían como él conoció a Njord –y para mantener el poco respeto que le quedaba, ¡ellos nunca podrían saberlo!–, ni tampoco sabían que le tenía miedo a Lea –la mujer era muy celosa con Connor, ¡y siempre veía al mestizo como si quisiera destriparlo!–.
Además, solo Garrow lo llamaría «hijo».
—«Connor me contó que eres torpe. ¿Te caíste por una ventana cuando lo conociste?» —leyó Dereck en voz alta, lo que hizo que Darius se sonrojara.
—¡No hagas eso! No es de tu---
—«Al recordar como tú y Njord se conocieron, veo un patrón. Ten cuidado con las alturas» —leyó a su vez Sakti—. Yo también veo el patrón. ¿Recuerdas la vez que te caíste de un precipicio tras salvar al amo?
—¡Tú también caíste!
—Sí, pero una vez no hace un patrón. También te caíste del tren...
—No me caí; Sigfrid me lanzó, que es distinto.
—... y te caíste de un caballo, arrastrándome contigo.
—Tenía una visión —respondió entre dientes.
—También recuerdo que te caíste de un barco.
—Esa vez me lancé por voluntad propia, lo cual también es diferente.
—Y está la otra vez que...
—¡Allena! —la interrumpió Darius. Dereck tenía una sonrisa amplia y burlona, hasta Trevor y Corin sonreían un poquito divertidos. ¿Cómo se suponía que regañara a los chicos cuando había gente que se mofaba de él?—. El punto es que tomé una decisión. No quiero que los tres sigan con este viaje. Mañana, a primera hora...
—... todos nos prepararemos para tomar el barco al Reino de las Arenas —lo interrumpió Sakti. Aunque Darius la miró enojado, ella siguió—: El verdadero punto aquí es que Garrow tiene razón y los chicos sí se parecen a ti: son unos testarudos. Hoy te dije que no es seguro que sigas con el viaje pero te niegas a retirarte. No seas hipócrita y sé consecuente con tus actos. Si no quieres que los chicos viajen hasta el otro lado del mundo porque es peligroso para ellos, entonces quédate porque también corres riesgos si pones un pie en el desierto. —Sakti no se alarmó cuando las venas se marcaron otra vez en el rostro de Darius.
—¡Tú fuiste la que me convenció de que el viaje ya no era seguro! Lo dijiste en casa de Garrow y en Norishka, ¡que las batallas apenas habían comenzado, que la carga sería muy pesada para ellos!
—Sí, pero me arrepentí mucho de haberlo dicho cuando estuvimos en una habitación llena de cadáveres. También recuerdo lo aliviada que me sentí cuando me socorrieron, porque yo no podía ver ni mis manos en plena noche.
Sakti miró a los chicos y dijo:
—Cometí un error pero no cuando dije que el viaje era peligroso, sino cuando dije que ya no podían seguir. Ustedes tienen razón: todos nos lastimaremos. Me equivoqué al creer que no podrían soportarlo, que todavía no estaban listos para hacer frente a algo tan serio. —Tomó una posición muy formal, como si hablara a un miembro más de la Realeza—. Pido disculpas, los he ofendido.
Dagda y Connor la miraron como si soñaran. ¿De verdad Sakti los reconocía aptos para el viaje y todo lo que eso implicaba? El único que mantuvo la compostura fue Airgetlam.
—Te disculpamos, Allena —dijo con una sonrisa pícara—, y te damos gracias.
—... Entonces... —murmuró Connor con timidez—... ¿eso significa que todo está bien? ¿Que podremos acompañarlos...?
—Yo no he dicho eso —respondió la chica—. No soy ni su hermana ni su madre. Al único al que le deben obediencia es a su padre. Si él decide que ustedes ya no viajarán más, entonces todos respetaremos su decisión.
Como Sakti vio que los chicos y Darius abrían la boca para cuestionarla por sus contradicciones, ella agregó:
—Pero si él no los deja seguir adelante, yo lo forzaré a ser consecuente y a retirarse también. —Darius la miró como si la chica llevara uniforme militar—. No pongas esa cara. Los chicos deben obedecerte pero no permito que me pongas en aprietos. Te salvé cuando te acusaron de asesinato y me disloqué un hombro al lidiar con tu transformación. Todo eso hace que me debas obediencia a , ¿me entiendes?
Darius quiso reprochar pero los ojos de Sakti fueron otra vez fríos como navajas. Salvajes como de bestia. Eso lo hizo preguntarse si de verdad hablaba con Sakti. ¿Y si era alguien más? ¿Y si era… el Primer Dragón?
—Te lo preguntaré de nuevo, Darius —siguió la princesa sin enterarse de las sospechas del profeta—. ¿Vas a ir al Reino de las Arenas?
Darius pensó en varias cosas a la vez: en lo mucho que lo enojaba que Sakti se aliara a los chicos –¿por qué, si no, le echaba en cara eso de la «obediencia»?–, en lo asustado que estaba de que a los gemelos y Connor les pasara algo malo, y en el Primer Dragón. Quizá eso era lo que más lo preocupaba: la posibilidad de que el Dragón fuese consciente y que mantuviera contacto con Sakti. No quería ni pensar en las consecuencias, así que se concentró en la pregunta de la princesa y contestó entre dientes:
—Ya sabes mi respuesta.
—Entonces tú también sabes la mía.
Oh, sí que la sabía: los chicos irían. Sakti todavía se preocupaba por ellos pero estaba lista para hacer algo que él todavía no. Estaba lista para aceptar que los niños se estaban convirtiendo en jóvenes. Quizá pronto también los reconocería como hombres.
—Bien, entonces queda decidido —dijo Dereck—. Chicos, ustedes viajarán con nosotros. Pero deben comprender que es algo serio. Basta de hacerse los monos. Quiero que se comporten tal y como lo hicieron esa noche en Norishka: con valentía, enfrentándose a los obstáculos sin rendirse. Connor, tú hoy te comportaste muy bien. Quiero que sigas así. —El más joven de los profetas sonrió por el cumplido. Después miró a su padre.
—Te quiero mucho, papá; no deseo que estés molesto conmigo. Sé que te desobedecimos pero en el fondo de mi corazón también sé que fue lo correcto. Y prometo volver a hacerlo si la situación lo amerita.
Era imposible ver a Connor a los ojos y sentirse enfadado con él. Darius nunca podía enojarse con el chico por mucho tiempo, en especial porque sabía que la inocencia y la dedicación de Connor no eran fingidas. Al verle los ojitos chispeantes, recordó lo que Sakti le dijo más temprano frente a la tumba de su madre:

«Tu hijo está aterrado. Teme ser incapaz de ayudarte cuando llegue el momento».

Connor solo intentaba cuidarlo. Al igual que Dagda y Airgetlam intentaban cuidar a Connor y a Zoe. Al igual que Sakti intentaba cuidar a los tres chicos y a su padre. Al igual que Darius intentaba cuidarlos a todos.

«... y recuerda: no hay motivo para hacerlo todo solo».

El profeta suspiró y dijo:
—Aún estoy muy molesto con los tres. Pero... me alegra que podamos hacer esto juntos.
Tres sonrisas idénticas cruzaron los rostros de sus niños. «Aww», pensó conmovido, «parecen trillizos».
—Connor, por favor explica a todos tu plan —dijo Dereck—. Al principio tenía mis dudas, pero después de ver cómo convenciste a los groliens me trago todas mis sospechas. Al igual que la princesa, erré al creer que no estabas preparado. Te pido disculpas, te he ofendido. —Connor se sonrojó y se levantó de un salto, ansioso por comenzar.
—Te disculpo, Dereck. Ahora, esto es lo que he pensado... 

"Los Hijos de Aesir: Travesía bajo la sombra del Tercero" © 2010-2017. Ángela Arias Molina

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