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Capítulo 22

22
BARCOS, PIRATAS Y MALDICIONES



En la madrugada alistaron los últimos preparativos. La carne estaba suave y jugosa. Connor se emocionó tanto en la cocina que incluso dejó raciones suficientes para que Corin y Trevor se chuparan los dedos por cuatro días más. También había carne preparada para que durara unas tres semanas en el barco y así comieran algo más que pescado durante las primeras semanas del largo viaje. Además de eso, llevaban suficientes verduras y granos para varios meses. Telius no podría negarles pase por falta de raciones.
El sol no había salido cuando Sakti, Dereck y Connor abandonaron la choza, con nada más que unos pequeños bolsos sobre las espaldas y unos cuantos paquetes de olor sabroso entre los brazos. El resto de ropa, raciones y armas esperaban en maletas a un lado de la puerta, listas para que los gemelos las tomaran cuando se escabulleran al bosque a toda prisa. Los vanirianos no podían ni saber que ellos estaban cerca.
—Recuerden —dijo Dereck—, deben ser rápidos. Darius está débil después de la transformación, así que dependerá de ustedes y los lobos. Eso significa que deben ser precisos. Mi prioridad es proteger a la princesa; no sacarlos de problemas. Si cometen un error se las arreglan solos.
Los gemelos se rieron en su cara y le dijeron que no se preocupara, pues todo saldría bien. Dereck suspiró. Los gemelos estaban confiados bajo su mando, de la misma forma que él se sintió seguro al seguir las órdenes de Sigfrid durante años. Como ahora él estaba a cargo, se sentía más responsable y temeroso de los planes esbozados.
El soldado miró a los ancianos e inclinó la cabeza con humildad.
—Muchas gracias por todo lo que han hecho. Sin su ayuda jamás lo habríamos conseguido. —Levantó la mirada y agregó—: Sé que Darius ya conoce a Telius, pero aun así les agradeceré cualquier consejo que puedan darme para lidiar con él.
—Bastará con que lo trates con respeto —le aseguró Trevor—. A él no le gusta que se olviden de que es el capitán de su nave.
Dereck asintió al tiempo que Sakti agradecía a los ancianos. La princesa llevaba uno de los vestidos que compró el día anterior, pues no quería destrozar el que Corin le regaló. Después de que preguntara qué podía hacer para pagar la hospitalidad, la anciana abrazó a Darius y dijo:
—Solo basta con que los cuiden a él y a los chicos. —El profeta le devolvió el abrazo aunque torció un poco la cara. No recordaba que Corin fuera tan pequeñita y frágil en sus brazos, como una niña. En verdad había pasado mucho tiempo—. Ojalá que cuando todo esto acabe puedan visitarnos.
—Claro, nona, claro —respondió Darius, aunque no sabía si podría cumplir esa promesa.
Once meses en el mar solo para ir al desierto era mucho tiempo. A eso tenía que sumar los meses que se tardarían en el Reino de las Arenas para conseguir ayuda; después tenía que agregar otro viaje de once meses de regreso al continente principal; y luego más meses de ida a Masca y todo el tiempo que tomaría recuperar la ciudad... Si lo conseguían.
Si todo se desarrollaba a su favor, se tomaría tres o cuatro años para salvar a Zoe. En ese tiempo muchísimas cosas podían suceder. Por eso Darius temía –en realidad, estaba seguro– de que esa sería la última vez que vería a Trevor y a Corin.
«Así va a caer el último telón de mi vida en la Península», pensó con tristeza. «Incluso si no muero en el desierto, las probabilidades de que regrese aquí son mínimas, casi cero». Solo pensarlo lo puso triste pero no había nada que hacer. Ya estaba decidido a hacer el viaje y no se iba a echar para atrás.
—Los lobos ya están esperando—informó Dereck tras reconocer la figura de los mensajeros entre la espesura del bosque—. Es hora de empezar.
El Guardián, la princesa y el menor de los profetas salieron de la choza. Caminaron rumbo a la patrulla de groliens a la entrada del pueblo, con Dereck y Connor cargando entre los dos diez paquetes de carne preparada con hierbas y acompañada de verduras. Aunque los tres desayunaron una buena ración del platillo, se les hizo la boca agua al oler el vapor que desprendía. Los vanirianos tuvieron una reacción similar, pues se revolvieron inquietos y con los ojos brillantes al pescar el delicioso aroma que traían los aesirianos.
—Diez paquetes de carne, señores —informó Connor cuando alcanzaron la patrulla—. ¿Están seguros de que alcanzará? No es por ser orgulloso ni nada pero no quiero que haya peleas por uno de mis platillos. No me sentiría nada bien si alguien resulta lastimado.
Dereck sonrió por el comentario poco modesto. A Connor le gustaba que los adultos lo adularan. Si bien era un chico inocente y dulce, estaría más que halagado si una pelea se desataba a raíz de su comida.
Eso le hizo preguntarse cuántos vanirianos había realmente. Veía a siete groliens, cinco más que el día anterior. ¿Cuántos kredoa habría? Por la mirada de ilusión de Connor, imaginaba que debía de haber tantos hechiceros de ilusiones como groliens, y que de seguro también miraban los paquetes de carne con la boca hecha agua. El Guardián dirigió una mirada discreta a Sakti para que comenzara con su parte.
—Yo que ustedes me comería la carne ya —dijo la chica—. No vaya a ser que un buyjer venga por el aroma.
—¿Un buyjer? —preguntó un grolien con las cejas arqueadas.
—Bah, no le hagan caso —dijo Dereck con un ademán despectivo—. Val es todavía una niña y cree en las historias de miedo.
—¡No son historias, de verdad hay un buyjer cerca!
—Tonta. Aunque los buyjer existieran no habría alguno por aquí. No son de esta zona. —Luego, como si lamentara que su hermana pequeña fuera una tonta, explicó a los groliens—: En nuestro pueblo se cuentan historias de terror para que los niños sean buenos. Cuando Val era pequeña, nuestra madre le contó la historia del buyjer para que nunca fuera sola al bosque. Se supone que es un gran animal con garras y fauces de metal y pelaje oscuro, que se come a las personas que merodean solos por el bosque. Es solo un cuento pero creo que la historia la afectó mucho cuando se la contaron. —Después agregó en un susurro, lejos de Sakti para que la chica no escuchara—: Pero sí creo que hay algún animal cerca. Uno muy grande.
»Anoche escuchamos algo muy extraño. Aquí no son comunes los coyotes, ¿o sí? ¿Quizá los pumas? Bueno, la cuestión es que anoche algo merodeó cerca de la choza. Para que Val no se asustara mucho le dije que seguro era un buyjer. No pensé que todavía creyera en historias de terror, que ya tiene edad para haberlas superado. —Soltó un suspiro dramático que decía que tener hermanos menores era todo un reto—. En fin, solo por si acaso sí deberían comerse la carne pronto para evitar atraer a algún animal salvaje. Puede que solo haya sido un zorro pero es mejor prevenir que lamentar.
A Dereck no se le pasó por alto la mirada que intercambiaron los groliens. De seguro pensaron en el kredoa que enviaron tras los hermanos el día anterior, que no regresó a reportarse. El soldado sonrió en su interior al imaginar la cara que pondrían los vanirianos cuando encontraran el cadáver en el bosque. Si eso no era suficiente para que perdieran el tiempo y formaran una cuadrilla de cacería, sí que se asustarían cuando encontraran los cuerpos desgarrados de los tres hermanos que les regalaron carne esa mañana. Buscarían como locos al «buyjer», sin sospechar que uno de los tesoros más importantes del Imperio Aesiriano bailó delante de sus narices por dos días seguidos.
La siguiente parte del plan le tocó a Connor. El chico no necesitó una seña de parte de Dereck, pues estaba tan emocionado que hasta se olvidó de que todo era una farsa. En cuanto los vanirianos abrieron los paquetes preguntó con los ojitos brillantes qué les parecía la carne, cómo podía hacerla más sabrosa, con qué bebida la acompañarían y otras muchas cuestiones más que distrajeron a los groliens y kredoa.
Mientras Connor conversaba con ellos, Dereck se aseguró de que ninguno mirara hacia el bosque al lado del camino. Los gemelos, los lobos y Darius se alejaban hacia el punto de encuentro; cualquiera los habría visto con tan solo escudriñar por entre las ramas. Por suerte Connor era un charlatán increíble y los vanirianos solo prestaron atención al chiquillo. Dereck y Sakti solo tuvieron que asentir y sonreír muy satisfechos cuando los groliens les dijeron que tenían suerte de tener semejante cocinero en la familia.
—¿Ahora qué harán en el pueblo? —preguntó otro grolien a Dereck.
—Queremos quedarnos una semana para seguir nuestra investigación, pero nos parece injusto incomodar más a Corin y a Trevor —respondió el soldado—. Por eso alquilaremos una habitación en algún hostal.
Apretó a Sakti y Connor por los hombros, como un gran y bonachón hermano mayor.
—Pero por hoy daremos un paseo por la playa y el bosque. Durante el viaje nos hemos comprometido mucho con nuestro trabajo, pero no hemos disfrutado juntos como hermanos. Quiero que cuando seamos viejos recordemos los buenos momentos que disfrutamos juntos. Jugar y divertirnos nos caerá bien.
Los dos le devolvieron el abrazo y sonrieron como lindos hermanitos pequeños.
Cuando los groliens los dejaron pasar, Dereck estuvo segurísimo de que el plan marchaba a la perfección. El grupo de Darius pasó inadvertido y ahora los vanirianos los despedían con sonrisas. Quizá no los llorarían cuando los encontraran muertos, pero sí que lamentarían sus muertes sin nunca jamás sospechar que ese trío de hermanos les tendió una trampa.

****

—¿Todo listo? —preguntó Sakti cuando ella, Dereck y Connor alcanzaron a los demás.
Darius y los chicos estaban sentados en un viejo tronco, que había caído justo en el límite del bosque y la playa. El suelo estaba cubierto de pálida arena que los gemelos no tardaron en amoldar en torres frágiles. Sakti negó con la cabeza. Cada vez que podían, los chicos jugaban como niños. Hasta se habían quitado las botas y cubierto los pies con montículos de arena.
También tenían los pantalones sucios y estaban sonrojados por el juego, aunque ahora descansaban. Sostenían una fruta que Sakti reconoció de inmediato: un coco. Era la misma que ella probó hacía años en la «Estación Segundo Dragón». Recordó el agua dulce, la piel suave y blanca del interior y, sobre todo, la sonrisa de Mark mientras sorbía de una pajilla de madera. Las sonrisas de oreja a oreja de los gemelos nunca serían tan radiantes como la de Mark aquel día.
Uno de los hermanos puso de lado el coco, buscó entre los paquetes que cargaron hasta la playa y sacó tres frascos de cristal. Dentro de cada uno había una sustancia blanca que se revolvía con lentitud, como una babosa.
—No tienen ni un rasguño —informó mientras entregaba un frasco a Dereck, otro a Connor y el último a Sakti—. ¿Estás segura de que funcionará?
—Sí. Con este truco burlé a toda Masca para salvar a tu padre. Funcionará de maravilla con los vanirianos.
En la madrugada, Sakti echó en cada frasco los mechones de cabello correspondientes. Ya la mezcla estaba lista para la saliva y la sangre. La princesa hizo los trazos de runas mágicas y terminó el hechizo una vez que ella, Dereck y Connor agregaron los últimos ingredientes.
Después todo fue cuestión de vestir a los muñecos. El que terminó primero fue Connor, quien intentó jugar con su clon sin mucho éxito.
—No tienen sentimientos —le explicó Dereck cuando el soldado terminó de vestir a su réplica—. Los muñecos no tienen mente, alma ni corazón. Ni siquiera están vivos.
Connor hizo una mueca, decepcionado. Dereck estaba muy complacido con los resultados. Ahora que los clones suyo y el de Connor tenían puesta la ropa que los vanirianos vieron a «Kevin» y «Falkor», cada vez faltaba menos.
Después apareció Sakti. Se había apartado para vestir a su réplica y cambiarse la ropa. Ahora llevaba una camisa blanca sin mangas, además de un pantalón largo y botas. Todo lo que le quedaba de Val era el tinte negro en el cabello, pero con el tiempo eso también se iría.
Colocó a la réplica –que llevaba el vestido que ella lució frente a los groliens– con las demás. Aunque los tres muñecos eran idénticos a Connor, Dereck y Sakti, era fácil distinguirlos de los originales porque no tenían ninguna expresión. No sabían lo que les iba a pasar pronto; aunque lo sospecharan tampoco les importaba.
—Ahora les toca a ustedes —dijo Sakti a los lobos—. Pero tengan cuidado porque no son comestibles. Ni siquiera la carne es verdadera.
—Ah —se quejó Geri—. ¿Por lo menos la sangre sabe bien?
La princesa levantó los hombros. O no lo sabía, o no le importaba, o ambas. Ese era uno de los gestos más comunes en ella, pero Darius notó algo que ningún otro de sus compañeros de viaje pilló: la princesa hizo una mueca rapidísima. En otras circunstancias el mestizo no la habría visto. Pero desde que el día anterior notó la diferencia en la mirada de Sakti, ahora le ponía más atención a todo lo que hacía.
Darius solo quería encontrar una prueba que desmintiera o confirmara sus sospechas.
No quería que Sakti y el Primer Dragón tuvieran contacto. Siempre creyó que el espíritu que ella cargaba estaba dormido, pues eso era lo que todos en Masca creían: el Emperador, los sacerdotes, los profetas… Para ellos, los Dragones eran solo energía al alcance de los portadores, criaturas que quizá despertarían solo en el día del sacrificio.
Pero si el Dragón de Sakti estaba despierto, si tenía contacto con la princesa, entonces todo cambiaba. Los aesirianos llamaban a los Dragones «salvadores» aunque «jueces» era más acertado. Darius no sabía mucho de dragones pero sí que eran criaturas extremas. Algunos eran benevolentes y capaces de grandes sacrificios –así esperaban los aesirianos que fueran sus Dragones–, otros crueles y frívolos, pero todos observadores e inteligentes. Muy, muy inteligentes. Ninguno pecaba de idiota.
Darius amaba mucho a Sakti pero no era ciego. Si los Dragones se parecían un poco a sus portadores, entonces el de la princesa de seguro era cruel. Si estaba despierto y veía a través de los ojos de Sakti, nunca se dejaría sacrificar. Después de todo, ¿por qué habría de hacerlo si los aesirianos eran una raza traicionera? No podía culpar al Dragón si decidía darles la espalda a todos los magos después de ver a criaturas retorcidas como el Emperador.
Pero ese no era el problema. Eso no era lo que preocupaba a Darius. Lo que él tanto temía era que el alma mortal del Dragón condenara el alma inmortal de la princesa.
Lo que Darius tanto temía era que el Dragón y la portadora se fusionaran.
Suponía que el contacto entre las almas era el primer paso. Hablarían entre ellas y formarían vínculos, quizá una amistad. Luego el Dragón tomaría de vez en cuando posesión del cuerpo y se haría pasar por la princesa. Nadie se daría cuenta porque nadie jamás sospecharía que el espíritu estaba despierto. Después, Dragón y portadora pensarían y actuarían juntas hasta olvidarse de que fueron dos en el principio.
Si eso ocurría y la Profecía se llevaba a cabo, la portadora sufriría también. El Pacto con Dios traería la salvación aesiriana a cambio de la vida y alma de los Dragones. Si el alma de los portadores estaba muy fusionada al alma de los Dragones, entonces ellos también desaparecerían en el día prometido.
Darius estaba seguro de que la Sakti delante de él era la portadora. Pero… ¿y si estaba equivocado? ¿Y si nunca fue amigo de la princesa Sakti, sino del Dragón que tomó control del cuerpo antes de que alguien más lo notara? ¿Y si era amigo de las dos? ¿Qué haría?
Le dolía la sola idea de ser amigo de una criatura con alma destinada a desaparecer porque eso significaba que la perdería sin ningún remedio. Pero si era amigo de la portadora todavía había esperanza. Todavía estaba a tiempo de hacer todo lo que estuviera en sus manos para evitar que Sakti se fundiera con el Dragón.
Lástima que no sabía qué podía hacer para evitarlo.
—Hagan rápido el trabajo —ordenó Sakti a los lobos a la vez que señalaba a las réplicas—. Antes de que venga el barco.
Connor apartó la mirada antes de que uno de los mensajeros se lanzara sobre su clon y se lo llevara por aparte a unos matorrales. El otro lobo se encargó de los muñecos restantes. El chico se encogió al lado de Darius para que lo consolara.
—Tranquilo —le susurró el mestizo a la vez que le daba unas palmaditas en la espalda—. No les duele, Connor. No están vivos. Ni siquiera se dan cuenta de nada.
Los clones nunca gritaron a pesar de que Geri y Freki los destrozaron como si fueran cerdos. Aunque Darius sabía que los muñecos eran solo un hechizo, esa parte del plan le revolvió el estómago. No fue sugerencia de Connor porque él nunca podría idear algo tan sangriento. La idea de los clones y los lobos fue de Sakti.
El objetivo era que cuando los vanirianos encontraran los restos de los muñecos creyeran que Val y sus hermanos se habían ido para siempre. Con suerte crearían cuartillas de cacería para buscar al animal que mató a cuatro víctimas –los tres hermanos y el kredoa–, sin reparar nunca en el barco que zarpó rumbo al Reino de las Arenas.
Era un buen plan, aunque algo cruel a pesar de que usaba muñecos. Si hace unos quince años alguien le hubiese dicho que la chiquilla con voz de pajarillo sería capaz de algo tan macabro, Darius se habría reído. ¿Cómo una princesita fanática a la limpieza, callada y tan tímida que se escondía detrás de su hermano y su Guardián en actos públicos, sería capaz de una idea tan sangrienta?
Sakti todavía era una fanática de la limpieza, pues en Masca se bañaba dos veces al día y todo –desde su habitación hasta el carruaje personal que usaba, pasando por su oficina y el Salón de Juicio– estaba ordenado y nítido. También todavía era tímida pues cada vez que conocía a alguien se escudaba detrás de Darius o Dereck hasta asegurarse de que la nueva persona era inofensiva. Y todavía era tan callada que a veces parecía muda.
Pero esa misma chica era capaz de enfrentarse a un grolien sin temor, correr sobre una balsa de cadáveres para salvar su vida, lanzarse a un lobo gigante para ahogarlo y ordenar el despellejo de un criminal sin siquiera parpadear.
Ahora que lo pensaba, Sakti era una gran contradicción. ¿Cómo una chica tímida no dudaba entrar en combate? ¿Por qué alguien que amaba la limpieza era capaz de pelear durante horas sin temor a llenarse de sangre, sudor y barro de pies a cabeza? Ahora que lo pensaba, veía que Sakti era como dos personas diferentes. Eso no le gustó ni un poco.
El mestizo sintió la mano fría de Sakti sobre la frente. Hace mucho que la chica no sonreía ni lloraba. Pero Darius podía vislumbrar algunos signos de su estado de ánimo o pensamientos entre las expresiones ausentes de su cara. En esta ocasión supo que la princesa estaba preocupada por él.
—Estás pálido —le dijo—. Todavía te afecta la transformación. ¿Te sientes bien?
Sakti podía ser muy cruel y violenta, algunos incluso la llamarían desalmada, pero para Darius ella siempre sería la chiquilla con voz de pajarillo; cálida, atenta y dulce a su muy extraña manera. ¿Acaso esa calidez era de la portadora, mientras que lo frío y salvaje era del Dragón? Si así era entonces tenía que hacer algo para salvar a la chiquilla que era su mejor amiga.
—No te preocupes, estoy bien —le respondió con una sonrisa.
«Solo te estoy espiando para saber si eres mi Allena o el Dragón. O para saber si el Dragón es mi Allena. O para saber si voy a perder a mi amiga». Se guardó esos pensamientos porque no creía buena idea compartirlos. Si en verdad el Dragón estaba consciente, el espíritu se ocultó durante años al propio. Si el Dragón no quería que nadie se enterara, Darius debía seguirle la corriente para estudiar mejor la situación.
Puso a un lado el coco que bebía, tomó otro que estaba a sus pies y se lo ofreció a Sakti.
—¡Mira esto! La otra vez, frente la Estación, te gustó mucho. ¿Recuerdas? ¿Quieres uno?
Sakti apartó la mirada de la fruta como si tan solo verla le quemara la vista.
—No.
—¡Vamos! Hace calor y las raciones de agua son para el viaje en barco y ni siquiera nos durarán once meses. Lo mejor es que todos nos hidratemos ahora que estamos en tierra firme, antes de que zarpemos. —Darius movió el coco para que el agua en el interior sonara tentadoramente—. Vamos, sabes que te gusta y que...
—Ya te dije que no quiero —lo cortó ella.
Sakti no levantó el tono de voz ni arrugó la frente ni levantó las cejas, pero Darius supo que estaba enojada. El bendito coco la sacó de casillas. Quizá lo mejor era dejarla en paz. Lástima que estaba decidido a pasar tanto tiempo con ella como fuera necesario con tal de descubrir qué pasaba con el espíritu y si podía ayudar a su amiga.
—Bueno, al menos quítate las botas. —Darius se corrió en el tronco para darle lugar a Sakti—. En la sombra la arena es fresca. Te agradará.
Sakti se sentó con él pero no se quitó las botas. Solo guardó silencio mientras perdía la vista en el mar, como si con eso hiciera que el barco apareciera por arte de magia. Dereck y Connor se unieron al grupo. Los seis aesirianos contemplaron en silencio la Playa de la Sirena.
Se trataba de una bahía pequeñísima, oculta por las altas copas de los árboles del bosque que limitaba con la playa. Las olas entraban con fuerza en tres sectores, donde formaban en la arena cuervas pronunciadas. Vistas desde alto estas curvas hacían que la pequeña playa pareciera la cola de un pez o la de una sirena de mar.
Como la bahía era muy pequeña apenas tenía espacio para que un solo barco pudiera anclar. Y como estaba lejos del pueblo no tenía caso construir un puerto allí. A pesar de esto, de pequeños Darius y sus amigos jugaron en la Playa de la Sirena. El mestizo supuso que si ahora no había niños era porque sus padres les prohibieron alejarse mientras los vanirianos tuvieran la Península invadida.
En ese momento, de entre las olas apareció la proa de un barco de madera. Los chicos soltaron una exclamación mientras que Darius, Dereck y Sakti se tensaron al instante. ¿De dónde salió la nave? ¿Del mar, del aire? Lo más extraño era que solo podían ver la proa del barco, que estaba suspendida sobre la superficie del mar como si fuera un fantasma.
—Es un hechizo de ilusión —dijo Dereck preocupado—. Son vanirianos.
—Imposible —dijo uno de los gemelos—, habríamos visto el barco antes. —Esto hizo que Darius y Dereck fruncieran el seño, pues Dagda tenía razón.
—¿Pueden ver el barco ahora? —Los chicos negaron con la cabeza.
—No. Solo vemos la proa.
El mestizo y el Guardián intercambiaron una mirada, pues no sabían qué podía significar eso. Sakti se lo tomó muy bien.
—Es perfecto —dijo la princesa—. El barco es invisible incluso para los ojos vanirianos. Esto podría traernos muchos beneficios.
Un pequeño bote apareció frente al barco. Allí viajaban cuatro personas, quienes remaban hacia la playa. Al reconocer a uno, Darius le dio una palmada en la espalda a Dereck.
—Todo estará bien. Ese es Telius.
Reconoció la proa. Había pasado muchísimos años desde la última vez que lo vio. Al parecer el barco sufrió muchos rasguños y arreglos –más rasguños que arreglos, en realidad–, pero Darius al fin distinguió el tallado de una mujer pulpo en la proa, con los tentáculos adornados con conchas de las Islas Gördinas. Era Cecaelia, la nave del capitán que le enseñó a navegar.
Al ver que la reunión estaba a punto de comenzar, Dereck decidió que los seis aesirianos recibirían juntos al grupo de Telius. Los lobos se quedarían en el bosque. Tenían una apariencia poco común y eran tan grandes que no sería raro que asustaran a los marineros.
La princesa solo logró preparar la reunión pero todavía había muchos arreglos por hacer antes de iniciar el viaje. Sakti encabezó la comitiva por ser la encargada de la negociación. Dereck le pisó los talones. Darius y los chicos los siguieron.
Se detuvieron a cinco metros del agua, justo cuando tres de los cuatro hombres bajaron del bote. Fue fácil adivinar cuál era el capitán. Telius tenía el porte de un líder. Aunque no era tan alto como Dereck o Darius, mantenía la cabeza firme y la espalda recta, lo que le ayudaba a aparentar ser más alto de lo que era. Tenía la piel morena, los ojos azul zafiro y el cabello y las barbas llenas de canas, aunque por aquí y por allá todavía le quedaban hilos azabaches como la noche.
Telius caminó sin importarle que los ruedos del pantalón se empaparan. En poco tiempo adelantó a sus compañeros. Cuando llegó a la playa no prestó atención ni a Darius ni a sus chicos, pero miró a Sakti con desprecio.
—Tú, niña —dijo con desdén—. Tú le hiciste eso a mi marinero, ¿verdad?
Telius señaló detrás de él a un hombrecillo de pañuelo amarillo, que saltaba entre las olas como si fuera un niño. Uno de los otros hombres intentaba atraparlo. Pero cuando se lanzaba sobre él, el mago lo burlaba y hacía que cayera al agua.
—¡Arréglalo A-HO-RA! —gritó el Capitán. Sakti miró al hombrecillo sin entender por qué ese comportamiento era culpa de ella.
—¿Qué le pasa? —preguntó.
—¿Que qué le pasa? —rugió Telius—. ¡Que alguien jugó ayer con su mente! Después de que me diera tu maldito mensaje comenzó a cacarear porque se creyó gallina y ahora se cree sapo de mar. ¡Eso es lo que le pasa!
—¿Jugaste con su mente? —la cuestionó Darius—. Allena, te he pedido decenas de veces que no toques las mentes de mis amigos. —Ella giró los ojos.
—El tipo intentó asaltarme, tuve que hacerlo —se excusó. Dereck apretó los puños, miró a Sakti enojado y al hombrecillo rana como si quisiera freírlo. La princesa ignoró el gesto del soldado y miró al capitán a los ojos—. Lo arreglaré pero antes tenemos que hablar.
Al fin uno de los subordinados de Telius atrapó al hombrecillo y, empapado como estaba, lo arrastró al lado del capitán.
—No tenemos nada de qué hablar —dijo Telius. Sakti supo que tendría muchos problemas para convencerlo—. Fustus me dijo que una chiquilla con porte de reina lo arrinconó en un callejón para convencerlo de que la llevara al Reino de las Arenas. No solo estás pidiendo algo imposible, mocosa, sino que también atacaste a uno de mis piratas.
—¿Piratas? —preguntó Dereck a la vez que se le caía el alma a los pies. Telius no dio importancia al Guardián y miró a Darius con mucha atención.
—Chico, tranquilo, puedes ser sincero conmigo. Quiero que me respondas de inmediato: ¿esta niña y el gorila te tienen amenazado?
—¿C-cómo? —preguntó el mestizo sin entender qué rumbo tomaba la conversación.
—¿Tú y tus chicos son prisioneros de estos dos, sí o no?
Cuando Darius vio los ojos de Telius, reconoció en ellos un cariño profundo y verdadero. El viejo capitán accedió ir a la reunión para que Sakti arreglara la mente de Fustus y también para «rescatar» a Darius y los chicos. De seguro creía que el mestizo todavía era prisionero y que esta vez podría salvarlo. Darius sonrió conmovido.
—No, Telius —dijo—. Allena y Dereck son nuestros amigos. Los chicos y yo estamos a salvo.
—Ya veo —suspiró Telius, aliviado. Cuando miró de nuevo a Darius ya no lo vio con cariño, sino con enfado. Cuando habló su voz fue glacial—. ¿Entonces te molesta explicarme que haces con una chica como ella? —señaló a Sakti—. ¿Crees que somos idiotas, Darius? ¿Por qué alguien como tú estaría con alguien como ella? ¡Es una aristócrata, una zorra del gobierno!
Darius y los chicos abrieron la boca de par en par por la rudeza de Telius. «Oh, oh», pensaron los cuatro profetas, «¡va a haber sangre!». Creyeron que si Sakti no le daba una tunda al capitán, ¡Dereck sí! Cuando vieron al Guardián lo descubrieron inmóvil, mudo y pálido de la ira. Estaba tan enojado que no sabía qué hacer.
—¿Zorra del gobierno? —preguntó la chica con ligereza, casi como si le divirtiera el término—. ¿Acaso soy tan obvia?
Hizo algo que molestó aún más a Telius: una reverencia. Inclinó la espalda y la cabeza. Con las manos sujetó una falda imaginaria. Era la pose de una princesa llevada al sarcasmo.
—Es cierto lo que dice al llamarme aristócrata, aunque hay un término mejor para describir a las personas como yo y ese es «Realeza».
«Oh, esto no me gusta nada», pensó Darius. «¡Sí va a haber sangre!». Sakti continuó:
—Asumo por sus palabras, y por lo que piensa Darius de mi familia en general, que las personas de sangre noble o real no son muy apreciadas por aquí. Pero aun así solicitamos sus servicios. —La mirada de Telius no cambió; todavía observaba a Sakti con desprecio y a Darius con decepción—. En el pueblo nos han dicho que el barco y la tripulación del capitán Telius son los únicos que permanecen clandestinos y en servicio, fuera de la vista de los vanirianos. Es justo esto lo que mis amigos y yo necesitamos para ir al Reino de las Arenas.
—No, Alteza —la interrumpió Dereck—. Me temo que esto no es lo que queremos.
Sakti y los profetas miraron al Guardián sin entender lo que decía. Dereck se encaminó a Telius, se detuvo a unos pasos de él, desenfundó la espada y la colocó en dirección al cuello del capitán.
—Mi nombre es Dereck Sunkel. Mi familia ha servido a la milicia por generaciones enteras y yo soy considerado el soldado número uno en todo el ejército aesiriano. Además de eso, tengo el honor de ser un Guardián Celestial. Eso quiere decir que no puedo ver a un pirata frente a mis narices sin hacer nada al respecto. Aunque seas amigo de Darius, me temo que tendrás que morir en este instante.
«¡Ahí viene la sangre!», pensó Darius. Él y Sakti le gritaron a Dereck que se detuviera pero fue muy tarde. La espada del soldado voló hacia el cuello del pirata. Otra espada bloqueó el ataque antes de que conectara.
Al ver la posición de Telius, Sakti tuvo que admitir que el capitán sabía pelear. No solo tenía muy buenos reflejos –pues desenfundó a tiempo para defender–, sino que los pies estaban bien plantados en el suelo y los brazos estaban en la postura adecuada para repeler el ataque sin desperdiciar energías. Dereck también lo notó. Telius era un buen oponente.
—¿De verdad quieres cruzar espadas con un pirata, niño? —preguntó el capitán.
—¿De verdad quieres enfrentarte al soldado más fuerte de la armada aesiriana, anciano? —soltó a su vez Dereck.
«Sangre, sangre, sangre…», pensó preocupado Darius. ¡No pasaron ni cinco minutos y esos dos ya se llevaban mortalmente mal! El profeta se colocó a un lado del Guardián para detenerlo y le alegró que Sakti se colocara al otro lado con el mismo objetivo.
—Baja el arma, Dereck, ¡no puedes atacar a mi amigo! —dijo el profeta.
—Dereck, entiendo tu punto pero necesitamos ese barco —dijo la princesa—. Es la única forma que tenemos para llegar al Reino de las Arenas. Tú sabías que haríamos un trato con una embarcación «clandestina». ¿No entendiste que hablábamos de piratas? —Sakti lo miró con fiereza, como si mirara a un enemigo—. Baja el arma en este instante.
—¡Es un pirata, Alteza!
—Bájala. ¿O es que desafías mis órdenes?
Dereck apretó los dientes pero no se atrevió a gruñir. Al final dio un paso hacia atrás y bajó la espada, pero no la enfundó. Darius, mientras tanto, se interpuso entre él y Telius para que el capitán no aprovechara la oportunidad ni atacara.
—Me disculpo por las acciones de mi súbdito —dijo Sakti mientras se colocaba al lado de Darius—. Es muy disciplinado y obediente. Le han enseñado a hacer cumplir la Ley a toda costa. En cambio yo soy un poco más... relajada en ese sentido.
—¡Usted es la Jueza de la Corte! —soltó el soldado detrás de ella.
—Cállate —ordenó con suavidad Sakti.
Dereck cerró de inmediato la boca; aunque no se estremeció, Darius sí. «¿Es idea mía o Allena se pareció a su tío?». El Emperador era capaz de estremecer a guerreros veteranos con palabras murmuradas y aun así letales. Al parecer Sakti tenía el mismo talento.
—Mi soldado también es un poco testarudo a veces —continuó la princesa como si nada hubiese pasado—, pero es porque le gusta hacer muy bien su trabajo.
—¿Matar piratas? —preguntó Telius con sorna.
—Mantenerme a salvo —lo corrigió ella—. Bueno, en realidad esa era su tarea antes, cuando era más pequeña. Ahora es mi compañero de prácticas y compañía en general. Pero nos estamos desviando. Ya sabe lo que queremos: un viaje para ocho hacia el Reino de las Arenas. ¿Qué pide a cambio? —Por la cara que puso Telius parecía que en cualquier momento le escupiría a Sakti.
—¡Niña boba! ¡Ya lo he dicho antes! Mi barco no irá al Reino de las Arenas, ¡y ni mi tripulación ni yo haremos negocios con los de tu calaña!
—Valores definidos, muy bien para tratarse de un pirata —dijo Sakti. Su voz fue tan plana que sonó un poco cortés, aunque Darius supo que estaba siendo sarcástica—. Sin embargo, usted no me ha entendido. Quiero un barco al Reino de las Arenas. Quizá con mi nombre baste. Me llamo Sakti Allena. Estoy segura de que ha oído hablar de mí.
—No.
El silencio cayó en la playa.
—¿No? —preguntó Sakti.
—Oh, lo siento —se rio Telius—, ¿acaso herí tu ego?
—¿No sabes quién es «Sakti Allena»? —preguntó a su vez Dereck, asombrado—. ¡Todos saben quién es Sakti Allena! ¡Hasta las lombrices que viven bajo tierra saben quién es Sakti Allena!
—Jamás he oído hablar de ella —contestó el pirata mientras levantaba los hombros.
—Telius... —Darius se acercó a él para susurrarle—. Corta los juegos, ¿de verdad no se te hace conocido ese nombre? —Telius se apartó con rudeza y exclamó:
—¡No! Ni yo ni mi tripulación hemos escuchado jamás ese nombre.
—¡Por Dios! —exclamó Dereck, molesto—. ¿Y qué hay de la Profecía y los Drag---?
—¡La Profecía! —gritó Telius—. ¡Es tan solo una maldita farsa! Lamento abrirte los ojos, niño soldado, pero eso de la Profecía y los Dragones no es más que un cuento que los zorros del gobierno se inventaron para mantener a una sola familia en el poder. ¡No puedo creer que todas las personas en el Imperio sean tan estúpidas como para tragarse esos disparates! Profecías, Dragones, portadores. Esas cosas ¡NO EXISTEN!
El silencio cayó de nuevo en la playa, hasta que uno de los gemelos murmuró:
—Ahora sí que lo he oído y visto todo.
—Permítenos un momento —pidió Dereck mientras se llevaba a Darius y a Sakti con él junto a los chicos, para hablar entre ellos—. Alteza, no quiero que viajemos con un montón de piratas que ni siquiera saben quién es usted. Y Darius —dijo regañando al profeta— me decepciona que seas amigo de personas que además de piratas ¡son ignorantes!
—No hables sin saber, Dereck. —El profeta suspiró—. Es solo que Telius y los demás... Bueno, ellos tienen menos simpatía que yo al gobierno aesiriano. —Dereck hizo una mueca. ¿Alguien con menos simpatía que Darius hacia el gobierno? ¡Oh, Dios! Eso era demasiado—. Y creen en un sinfín de teorías de la conspiración. Pero nunca me esperé que desconocieran el nombre de Allena.
—No te sientas mal, Allenita —dijo de repente Connor al ver que Sakti estaba más muda de lo usual—. Antes de que papá llegara a mi pueblo yo sí sabía quién eras. ¡Los vanirianos no dejaban de hablar de ti! Bueno... la mayoría no eran cosas agradables pero... —Sakti soltó un suspiro de resignación. Cuando habló de nuevo lo hizo con confianza.
—Jamás han escuchado mi nombre y no creen que existo... Esto podría servir a favor nuestro. —Antes de que Dereck pudiera preguntarle a qué se refería, Sakti miró a Telius—. ¿Le suena familiar el nombre «Kardan»? —El capitán levantó los hombros.
—¿Quién diablos es ese? ¿Otro zorro más?
—No puede ser —se lamentó Dereck después de golpearse la frente con la palma de la mano—. ¡Ni siquiera se sabe el nombre del Emperador! ¿Es que está completamente desconectado del mundo?
Clic, ¡se hizo la luz! Dereck comprendió a qué se refería Sakti. Si Telius y su tripulación despreciaban tanto al gobierno como para ignorar los nombres de dos de sus miembros más importantes, entonces no entenderían la naturaleza de los pasajeros. Por tanto, desconocerían el verdadero riesgo de llevarlos consigo.
Si le decían a Telius que debía transportar a una princesa aesiriana hacia el Reino de las Arenas, quizá entregaría a Sakti y a Dereck a los vanirianos. Piratas, sicarios o ladrones no tenían lealtad a una bandera sino a sí mismos. Mientras obtuvieran dinero fácil harían lo que fuera.
Pero Sakti ya había pillado el punto débil de Telius: se preocupaba mucho por las personas a las que quería. Por eso le exigió que recompusiera a Fustus y por eso mismo quiso saber si Darius y los chicos eran prisioneros. Aunque no aprobaba que el profeta estuviera en buenos términos con alguien como ella, todavía le tenía estima. Eso era justo lo que Sakti aprovecharía para conseguir el maldito barco.
—Aun así no quiero hacer tratos con piratas —murmuró Dereck al oído de la princesa.
—¿Crees que tengamos suerte una segunda vez? Tenemos un barco en condiciones de navegar y el capitán es amigo de Darius. Es ahora o nunca. —Cuando entendió lo que en verdad preocupaba a Dereck, agregó—: No te preocupes, mantendremos el secreto para que Sigfrid no se entere de que hiciste un trato con piratas.
—Oh, me da miedo con tan solo pensar en la cara que pondría si se entera —lloriqueó el soldado. Sakti se encaminó de nuevo hacia Telius.
—A cambio de un viaje al Reino de las Arenas, ¿qué pide?
—¡Maldita mocosa! ¡Te he dicho que...!
—Ya sé —lo cortó Sakti—. Pero solo puedo insistir una y otra vez. Este viaje no es un capricho. Debo ir. Si lo que le preocupa es el dinero, no hay problema. Mi Guardián tiene una bolsa de oro y otra de plata. Si eso no es suficiente, al otro lado del océano tengo familiares que estarán felices de verme sana y salva. Pagarán cualquier cosa a quien me lleve con ellos.
—Entiéndelo, ¡no voy a hacer ese viaje! —gritó Telius.
El capitán estaba tan harto de ella que dio media vuelta para ir hacia el bote. ¡Ya ni siquiera le importaba que el hombrecillo de pañuelo amarillo se quedara como idiota para toda la vida! Darius avanzó y lo sostuvo del brazo. El mestizo suplicó:
—Por favor, escúchala. Olvídate de que es de la realeza, olvídate de que serán sus familiares aristócratas los que pagarán, ¡pero no te olvides de que yo también necesito este viaje! La vida de mi hija depende de esto.
Sakti y Dereck guardaron silencio mientras el profeta explicaba a Telius la situación de Zoe.
—Allena tiene familiares en el desierto, personas con mucho poder que pueden movilizar un ejército lo bastante grande como para enfrentar a los invasores de Masca. Si podemos salvar la Capital, ¡podremos salvar a Zoe! Debo salvarla, Telius, ¡es mi pequeña! Y la única forma de hacerlo es con la ayuda del desierto. Así que por favor, por favor, ¡llévanos al Reino de las Arenas!
Al principio Telius miró a Darius no muy convencido, casi como si lo llamara mentiroso. Pero comprendió que decía la verdad al ver la expresión sincera del mestizo. Apartó la mirada y dijo:
—Lo siento. Darius, a ti sí te ayudaría pero el viaje al Reino de las Arenas está plagado de peligros. No solo es un viaje largo para el cual no tenemos suficientes provisiones, sino que también estamos en plena guerra. Notaste el mecanismo de invisibilidad, ¿cierto?
El capitán señaló la proa de Cecaelia, que era la única parte del barco que se podía ver.
—Lo agregamos después de que nos metiéramos por error en medio de una batalla naval entre tropas aesirianas y vanirianas. Los rumores dicen que a lo largo de todo el camino hacia el Reino de las Arenas hay enfrentamientos similares. Si mi barco recibiera un solo ataque se hundiría. Además, el hechizo de invisibilidad no siempre sirve y nosotros no podemos ver los barcos vanirianos.
»Y no solo eso —agregó alarmado—, ¡el océano está infestado de dragones marinos! Solo los buques de guerra pueden navegar de un extremo al otro, y aun así hay ocasiones en que las bestias logran hundirlos. ¿Lo entiendes ahora? ¡Por eso no podemos ir al Reino de las Arenas! —Sakti miró a Dereck.
—Es cierto lo que dice: las aguas tienen animales peligrosos —corroboró el Guardián—. Por eso quería que obtuviéramos un barco especializado en Norishka.
—Entiendo —dijo Sakti antes de mirar al capitán—. Entonces, ¿qué quiere a cambio del viaje? —Telius suspiró y miró a Darius.
—¿Esta chica es retrasada o qué? ¿Cuántas veces tengo que decirle que no haré el viaje?
—Sí lo hará —dijo la princesa—. Viajará porque ama a Darius, porque la vida de Zoe está en sus manos y porque no podrá pasar el resto de sus días con la culpa de no haberla ayudado.
Sakti le dio otra razón importante: la recompensa. Le prometió todo lo que quisiera: oro, diamantes, terrenos, flotas y mujeres, porque sabía que a cambio de Masca los Aesir le darían todo a un maldito pirata. También le dijo que no debía preocuparse por los riesgos. Su grupo llevaba suficientes raciones para los próximos meses y estaban dispuestos a comprar más si era necesario. Además, no tenían que preocuparse por los hechizos de invisibilidad que los kredoa utilizaran sobre las naves vanirianas.
—Dagda y Airgetlam aprendieron en Masca a ver a través de los hechizos de los kredoa… —esa era una mentira, ¡pero no iba a revelar que los chicos tenían sangre vaniriana!—… y Connor la está aprendiendo también. Los tres pueden avisar con tiempo si ven algo sospechoso.
Si se encontraban con una embarcación o una flota aesiriana, la tripulación pirata de Telius no tenía nada que temer.
—Bastará con que les diga mi nombre para que nos escolten a una zona segura, porque ellos me reconocerán.
Darius sonrió al escucharlo. Supo que el ego de Sakti sí se hirió cuando el capitán dijo que no sabía quién era. Luego, la chica se refirió al riesgo más grande: los dragones.
—Digamos que en ese departamento yo tengo todo bajo control.
Fue entonces cuando Geri y Freki aparecieron. Los lobos-dragón todavía tenían los hocicos llenos de sangre –falsa, pero Telius no necesitaba saberlo– cuando se encaminaron hacia el grupo. Gruñeron a los desconocidos y por un instante pareció que se lanzarían sobre los piratas. A una seña de Sakti se colocaron junto a ella, obedientes. Los lobos gruñeron largo rato, incluso cuando la chica les acarició las orejas.
El semblante de Telius cambió al ver a los animales, aunque ni Dereck ni Darius lo culparon. Cualquiera se pondría pálido si veía a un par de bichos con la forma de un lobo, pero gigantescos y con garras, fauces y cuernos de dragón.
—Estos son Geri y Freki, los otros pasajeros que nos acompañarán al Reino de las Arenas —los presentó Sakti.
—¿Q-qué son? —preguntó Telius.
—Lobos-dragón. Como puede ver, tengo excelente química con cualquier tipo de dragón.
Aunque Telius sí estaba asustado por las criaturas todavía estaba determinado a negarles el viaje.
—Podría controlarle la mente y ahorrarme todos estos problemas —lo amenazó la princesa—, pero lamentaría estropear el cerebro de un hombre prudente e inteligente. Ya le he dado razones y promesas para hacer este viaje. ¿Por qué no quiere hacerlo?
—Los peligros son muchos y no valen la pena por una zorra del gobierno. La vida de mi tripulación es más importante.
—Entonces el pago que he ofrecido no es suficiente, pero puedo aumentar la oferta.
—Auméntala cuánto quieras, igual no me interesa. La vida de mi tripulación no tiene precio. —Sakti se rio. Fue una carcajada baja y fría, incluso cruel.
—Oh, por favor. Todo tiene precio, hasta los hombres. Usted es un pirata. Debería saberlo.
Esto sacó a Telius de casillas. Sin importar la presencia de los lobos, avanzó hacia Sakti y la agarró con fuerza con intenciones de romperle el brazo. Aunque los lobos gruñeron y el pelaje se les erizó, Telius los ignoró. A la única que vio fue a la chica.
—Ningún hombre es un objeto que se pueda comprar. Si los zorros del gobierno creen eso, entonces son más piratas de lo que yo nunca he sido jamás.
Telius aumentó la fuerza del agarre. Sakti no parpadeó. Lo miró fijamente con unos ojos que sonreían por sí mismos, con frialdad, sin necesidad de labios que se estiraran con gusto.
—Hará el viaje —sentenció la princesa—. Por su bien.
Telius se carcajeó. Sakti miró la mano con la que Telius la sostenía. Aunque el pirata al principio no le dio mucha importancia a esto, pronto notó el semblante pálido de Darius y escuchó los gemidos asustados de dos marineros que estaban detrás de él.
Cuando siguió la mirada de Sakti, Telius vio dos cosas. La primera, que el brazo que tomó fue el izquierdo. Nunca había visto un brazo tan extraño, duro como roca y frío como piel de serpiente. En lugar de mano terminaba en una garra. Se preguntó qué era Sakti. ¿En verdad era una chica aesiriana o algo más?
Lo segundo que notó fue lo más aterrador, pues la mano con la que sostenía a la muchacha estaba ahora oscura, como si la noche le hubiese dado un beso. Telius se apartó de Sakti y se miró los dedos, el dorso, la palma…
—¡AAAAH! —gritó horrorizado—. ¿Q-qué es esto? ¿QUÉ ME HAS HECHO?
El pirata tuvo cosquilleo en la mano. En la palma había un hoyo negro semejante a una llaga. Los bordes eran oscuros y quebradizos, como si estuviesen calcinados. El interior de la herida se movía en una espiral, como el ojo de un huracán con nubes oscuras y sombras.
—Solo es una pequeña maldición —contestó la chica.
Lo dijo como si se refiriera al clima, al sabor de los cocos o al color de las flores, como si la llaga no importara nada. Telius se preparó para derribarla, para quitarle a golpes esa expresión indiferente de la cara. Antes de que él pudiera reaccionar, Darius agarró a Sakti de los hombros y la zarandeó.
—¡Quítasela ahora! —ordenó furioso—. ¡Maldita sea! Te he dicho millones de veces que no te metas con mis amigos. —Sakti apartó al mestizo de un empujón y lo corrigió:
—Me has dicho que no juegue con sus mentes pero este no es ningún truco mental, sino mi deber. —Luego miró al capitán, desafiante—. ¿Qué ha escuchado del desierto? Mi hermano mayor me contó que el Reino de las Arenas está dividido en zonas según el color de las arenas. La más temida es la zona negra, porque todo lo que toca la arena oscura es arrastrado a un agujero negro.
»Este tipo de maldición —dijo mientras señalaba la mano del capitán— es el peor castigo que recibe un criminal en el desierto, porque es igual a la zona negra. Solo un príncipe de las Arenas pueda removerla porque solo un príncipe puede perdonar las faltas.
Telius la miró sin comprender.
—¿Por qué me la has puesto? —Sakti levantó los hombros.
—Dereck lo dijo antes: yo soy la Jueza de la Corte de Masca. Mi deber en el gobierno es juzgar a los criminales y darles castigo. La última vez que revisé, la piratería era un delito punible.
Darius contuvo el aliento, Dereck asintió satisfecho por el veredicto de la princesa y los lobos gruñeron para darle apoyo a la chica. Esto no desmotivó a Telius, quien desenfundó otra vez la espada para amenazar a Sakti.
—¡Quítamela ahora, zorra! —La princesa acarició las orejas de los lobos y dijo sin pizca de miedo:
—Lo siento pero no puedo. Mi hermano me enseñó a hacerla pero no a quitarla. Solo un príncipe de las Arenas puede removerla. —Sakti no sonrió pero sus ojos maliciosos sí—. Ahora, ¿en dónde podríamos encontrar príncipes de las Arenas que le hagan el favor al capitán Telius? —La chica chascó los dedos y respondió de inmediato—. Claro, ¡en el desierto! Pero ¡qué terrible predicamento! El Reino de las Arenas está al otro lado del océano y, aunque el capitán llegue a tiempo allí, ningún príncipe le quitará la maldición porque es un pirata, un criminal.
»A no ser… —el tono de voz de la princesa era suave y burlón—… que el pirata haga algo por un príncipe. —Sakti se señaló a sí misma—. Llévame al Reino de las Arenas y todos los príncipes del desierto se pelearán por quitarte la maldición. Te agradecerán como a un dios si me llevas a casa.
Telius miró colérico a Sakti. Aunque la muchacha no sonreía era claro que se divertía. Al capitán no se le pasó por alto que ya ni siquiera le hablaba de «usted», como cuando intentó hacer un trato con él. Ahora lo trataba de «tú», como si le hablara a una rata miserable.
—Entonces… —Cuando Sakti se giró, vio que un par de lágrimas se escurrían por las mejillas de Darius—, ¿va a morir?
Sakti se petrificó. «¿Qué demonios---? ¡¿Por qué estás llorando?!». Había pocas cosas que la perturbaran tanto como la mirada miserable de Darius. Ahora apenas si podía soportar la expresión de niño desconsolado que tenía su amigo. Sakti apartó la mirada y dijo a regañadientes:
—No se morirá, al menos todavía. —Como Darius todavía sollozaba, ella agregó—: El agujero en la mano es solo una marca de la maldición, desde donde se transmite veneno al resto del cuerpo. No duele durante meses. Pero cuando le llegue el momento sufrirá mucho. Morirá como en un año, dos a lo máximo.
Sin pensarlo dos veces, Telius puso la muñeca sobre el filo de la espada. Antes de que pudiera cortarse la mano, la princesa le advirtió:
—Es inútil, así no detendrás la maldición. Cuando te cortes la mano el agujero aparecerá al azar en otra parte del cuerpo.
—… ¿Es contagioso? —preguntó el capitán.
Sakti negó con la cabeza. Telius la miró largo rato, furioso. Se relajó al ver a Darius. Sakti también vio al profeta, aunque no conmovida como el pirata. «¿En serio? ¿Por qué llora tanto?», se preguntó la princesa. ¿Acaso se equivocó al maldecir a Telius? Creyó que a Darius no le importaría, pues el pirata intentó seducir a su madre. Si lo que Trevor les contó fue verdad, ¡Darius envenenó al capitán para que se olvidara de sus intenciones! Pero, si lo pensaba más, Telius también fue el que le enseñó a navegar a Darius. Si eso era tan importante para los niños de la Península, como Trevor decía, a lo mejor el mestizo superó su desagrado y llegó a querer al viejo capitán. A lo mejor, al maldecir a Telius, Sakti le arrebató a Darius lo más cercano que tenía a un padre.
En realidad el mestizo lloraba porque… ¡no se podía controlar! Estaba furioso por lo que Sakti le hizo a Fustus y a Telius, preocupado por la suerte del capitán y la posible fusión de la princesa y el Dragón, ¡y muy, muy asustado de no conseguir el maldito barco para ir hasta el Reino de las Arenas y obtener ayuda para Zoe!
¿Qué fue lo que dijo Dereck el día anterior? Ah, sí: que tenía un sinfín de hormonas en la sangre por culpa de la transformación y que no podría controlar sus emociones. Le hacía gracia que esa estupidez lo afectara tanto. Pero cuando intentaba burlarse solo conseguía sollozar más fuerte.
Sakti le tomó una mano y se la apretó con calidez para consolarlo.
—Se puede salvar. Todo lo que necesita es un príncipe de las Arenas que le quite la maldición. —Miró a Telius y agregó—: No puedo quitarla pero tampoco me arrepiento de lo que hice. Hasta una zorra del gobierno como yo debe respetar y cumplir su trabajo.
Telius guardó silencio otra vez. Apretó el puño maldito con fuerza, como si quisiera arrancárselo. Cuando vio a Sakti a los ojos la princesa supo que él quería vivir.
—Cuando lleguemos al desierto asegúrate de que me la quiten. O de lo contrario te cortaré el cuello. —Sakti asintió.
—Como pago por tus servicios, la maldición se irá y obtendrás cualquier otra recompensa que desees.
Sakti supo que Telius se daría por satisfecho con sobrevivir a la maldición. «Todos tienen un precio, pirata», pensó la princesa. «El tuyo es tu vida».


"Los Hijos de Aesir: Travesía bajo la sombra del Tercero" © 2010-2017. Ángela Arias Molina

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