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Fusión, condenación

FUSIÓN, CONDENACIÓN




Fustus se acarició el chichón. Ni siquiera el dulce sonido del mar ni las olas que se movían bajo el bote lo aliviaron. ¡Bonita forma de que lo arreglaran! Para «reponer» el error que cometió al jugar con la mente del pirata, la chica con complejo de reina le dio un puñetazo en la cabeza. «Si ahora estoy tan cuerdo como cuando la conocí», pensó el hombrecillo, «¡es solo porque me acomodó las neuronas con ese porrazo que me dio!».
Aunque ella no le caía bien tenía que admitir que le agradaba mucho verla. Era orgullosa y prepotente, pero era una chica. A pesar del pantalón, Telius vio que tenía un par de piernas largas y bien formadas. También tenía una cinturita que se amoldaría a la perfección en los brazos de cualquier hombre, y suficiente carne por delante y por detrás. No era la mujer más bonita que había visto –Njord y las cuñadas de Darius eran mucho más hermosas– pero estaba bien.
«Decidido», pensó a la vez que una sonrisa lobuna le cruzaba el rostro. «Te haré la vida insoportable en los próximos meses, cielito».
—Por favor deja de que comértela con los ojos —le pidió Darius.
Fustus soltó un suspiro de fastidio. Darius siempre fue un ingenuo con las mujeres. Nunca se atrevió a verlas a los ojos o tan siquiera hablarles, y le dio sermones a Fustus cada vez que el pirata se quería ligar a una. Ni siquiera casado se curó de eso, aunque ahora parecía llevarse bastante bien con la muchacha de ojos grises; sin tartamudeos, ni sonrojos, ni falta de contacto visual. «Es porque ni siquiera la considera chica», pensó el hombrecillo aunque no estaba del todo convencido.
No podía decir que Darius había cambiado mucho pero tampoco que era el mismo. A pesar de que el mestizo estaba algo pálido y tenía los ojos irritados de tanto llorar –Sakti tuvo que darle un par de cachetadas para que se calmara y luego Telius lo abrazó conmovido, porque creyó que el profeta lloraba por él–, estaba más alto y había echado cuerpo. Tal vez no tenía los músculos de Dereck, el Gorila, pero se movía con la ligereza de quien ha recibido entrenamiento militar. De no ser por la mirada desdeñosa del mestizo cada vez que veía el uniforme del soldado, Fustus habría sospechado que su viejo amigo había cambiado al bando del mal. O sea, al ejército.
Darius todavía era un muchacho de pocas palabras, todavía miraba con fijeza al hablar y, claro, todavía lo regañaba por mirar con lujuria a una mujer. Si Fustus no estuviera tan feliz de reencontrarse con él, le habría soltado unos cuantos comentarios sarcásticos. «¡Ah, no me puedo contener!», pensó el hombrecillo y dijo:
—¿Por qué? ¿La quieres para ti? —Como se lo esperaba, Darius se espantó por la idea.
—¡No molestes! Solo lo digo por tu bien. —El mestizo hizo una breve pausa, suficiente para que el rubor se le disipara de las mejillas—. En Masca, el tío de Allena le envió pretendientes pero ella les hizo cosas terribles. —Su voz fue tenebrosa—. Lo menos grave fue que lanzó a uno por las escaleras. Solo quiero evitar que te lastime porque, créeme, puede hacerlo. No quieres enojarla.
Fustus se carcajeó, seguro de que las advertencias de Darius eran puros cuentos. Pronto se dio cuenta de que el mestizo no lo mandó a callar y eso le dio miedo. El Darius que él conocía le habría dado un coscorrón por burlarse de él o le habría hecho una mueca de frustración. En cambio, el mestizo solo lo vio en silencio con una mirada que decía «Ya te lo advertí. Luego no te quejes».
Darius ya no era un niño. Ya se había convertido en un adulto maduro. Esa idea puso triste a Fustus. ¿A quién molestaría en lugar de al mestizo?
El hombrecillo miró a los chicos. De inmediato supo que no podría meterse con los gemelos. Dagda y Airgetlam tenían cara de diablillos pero eran más grandes que él. También se movían con sutileza, pero la de ellos era más pronunciada. «Estos sí han llevado entrenamiento militar», pensó. Luego miró a Sakti. «Ah, y ella también. Por eso me golpeó tan fuerte, porque sabe hacerlo».
Su única esperanza era Connor, que parecía un blanco fácil. Tan bonachón e ingenuo como era, ¡de seguro que sería fácil de molestar! Se parecía mucho a Darius, porque el mestizo también fue muy inocente de chico. Lo malo era que los gemelos parecían encantados con su hermanito menor, ¡hasta el Gorila Dereck lo miraba con respecto! «Eso quiere decir que si me meto con él me meto con los demás».
Al fin llegaron al barco. Como los lobos nadaron hasta Cecaelia fueron los primeros en subir. Los siguieron Telius, Fustus y los otros dos marineros. Después Darius, los chicos, Dereck y, por último, Sakti. El resto de la tripulación esperó en cubierta.
Cuando Telius se giró para dar la bienvenida oficial a Darius, reparó en algo que no esperó ver tan pronto: la expresión de miedo de Sakti. La cara de la princesa casi no había cambiado, pero sí abrió mucho los ojos y se colocó detrás del Gorila para que la protegiera. Telius comprendió de golpe que, después de todo, Sakti era una chica. «Y hasta ahora comprende que hizo un trato con el capitán de una tripulación de piratas. Todos hombres que se la comerán con los ojos durante meses y que quizá intentarán ponerle uno o dos dedos encima durante el viaje». En el mar los hombres podían sentirse solos.
Dereck también comprendió el predicamento de su protegida, pero todo lo que pudo hacer fue colocarse delante de ella. Aunque tenía cara de querer golpear a alguien, Telius supo que el Gorila se contendría. Él sabía que no le convenía agredir a los miembros de la tripulación.
Cuando el capitán empezó a asignar tareas a los nuevos integrantes de la tripulación –pues había muchas cosas que hacer y siempre faltaban manos que trabajaran–, Sakti le dirigió una mirada asesina que decía: «Ni se te ocurra que no soy una sirvienta».
La princesa se apartó del grupo y caminó hacia la baranda contraria del barco, donde podría ver la costa. Aunque Dereck aceptó de buena carga las tareas que Telius le asignó –labores de fuerza, como ayudar con las cuerdas y las velas–, la siguió como un obediente guardaespaldas. Antes de que llegara a la baranda la princesa notó una gran esfera de piedra incrustada en la pared del castillo de popa.
Sakti se acercó y la miró largo rato. Aunque el capitán le ordenó que no lo hiciera, ella estiró un dedo y acarició la superficie de la roca. En cuanto lo hizo, Cecaelia desapareció. La tripulación entera gritó del asombroso al verse suspendida en el aire, por encima del mar. Aunque no podían ver el barco todavía sentían la cubierta de madera húmeda bajo los pies. Cuando la chica retiró el dedo, Cecaelia se hizo visible de nuevo.
—¿Dónde la robaron? —preguntó.
—Je —se burló Telius—. Solo porque seamos piratas no significa que todo lo robemos. A veces también pagamos por algunas cosillas... —La tripulación se rio, pues el capitán decía más mentira que verdad.
—¿Saben lo que es esto?
—El hechizo de invisibilidad que nos protege, por supuesto —respondió Telius mientras levantaba los hombros.
—Es un núcleo de sincronización —lo corrigió ella mientras señalaba la esfera—. Los núcleos de sincronización permiten que un noble aesiriano, por lo general una Doncella, se sincronice con una ciudad. Pero además este núcleo es especial.
»En el Oeste hay trenes que se mueven por la magia de los pasajeros, lo que significa que hay una especie de sincronización entre ellos y los trenes sin que medie un noble. Si este núcleo —dijo con énfasis en la esfera— efectúa un hechizo de invisibilidad en un barco de madera, y no de mármol, entonces el núcleo puedo sincronizar estructuras y aesirianos comunes. ¡Esto es tecnología antigua! Y la única forma de dar con algo como esto es encontrando ruinas del Imperio.
Sakti miró con furia a Telius. Sus ojos chispearon tanto que hasta el mismo capitán bajó la mirada, como si estuviera en el Salón de Juicio de la princesa a punto de recibir la pena capital.
—¿Asaltaron patrimonios históricos y culturales aesirianos? —preguntó la princesa entre dientes. Los piratas guardaron un silencio sepulcral hasta que uno de ellos dijo:
—Yo fui el que encontró el núcleo.
Sakti giró para encarar al dueño de la voz. Se encontró con una extraña criatura de cabello azul. Aunque aparentaba ser joven, la princesa supo de inmediato que era muchísimo mayor. Las orejas no eran redondeadas como las de los humanos, sino puntiagudas y largas, con un poco de cartílago azulado que hacía que se parecieran a la cola de un pez.
La criatura solo vestía pantaloncillos. Sakti vio que en los codos tenía más cartílago a modo de aletas y que, entre los dedos de los pies y manos, tenía membranas del mismo material. También tenía una larga cola de escamas zafiro, que nacía en la base de la columna, se estiraba por casi dos metros y medio y concluía en un par de largas membranas. Lo más extraño eran los ojos, enormes y completamente azules, sin iris de algún otro color. Fuera lo que fuese esa cosa, no era aesiriano.
—Estaba en unas ruinas en las profundidades del mar —dijo el extraño ser—. Me pareció que era un objeto mágico de mucho poder y lo traje abordo. Lamento haberte ofendido, pero ojalá comprendas que nunca esperé conocer a una persona que le interesara tanto la arqueología.
Sakti hizo algo que Darius no se esperó de ella, algo que no la había visto hacer en mucho tiempo: se sonrojó avergonzada. La chica chilló:
—A mí no me interesa, pero a mi padre... —se calló de repente.
Cuando la vio apretar los dientes, Darius supo que estaba molesta. A Sakti no le gustó que esa criatura la estudiara tan rápido y tan bien, hasta el punto de descubrir algo que ni siquiera el propio mestizo sospechó antes: a la chica le gustaba la arqueología. «Claro», comprendió el profeta después de pensarlo un tiempo. «Su padre amaba la arqueología. Adad le habló mucho de las ruinas del desierto y Mark también disfrutaba mucho con las construcciones aesirianas. La arqueología le da buenos recuerdos a Allena».
Sakti apartó la mirada y soltó:
—¿Qué eres?
—Un tritón, ¿jamás habías visto uno? Mi nombre es Youzen. ¿Cómo te llamas? —Sakti le gruñó. Geri y Freki reaccionaron y se colocaron al lado de ella para que recuperara la autoridad que el tritón le quitaba con sus comentarios.
—Sakti Allena —respondió con orgullo.
—«Poder» y «belleza» —dijo Youzen al pillar el significado de los nombres—. Muy apropiados para una chica interesante como tú, quien tiene afinidad con espíritus y criaturas mágicas. Incluso entre aesirianos, esa es una habilidad rara. Aunque no tanto si tomamos en cuenta que tú no eres aesiriana.
El tritón miró el brazo izquierdo de Sakti y sonrió como si supiera un secreto importante. La tripulación de Telius se miró entre sí y retrocedió un paso, como si hubiesen descubierto que un monstruo subió abordo.
—Qué bobo eres —soltó Sakti—. Por supuesto que soy aesiriana. ¿Qué sería, si no?
—Ah, no lo sé... —dijo Youzen mientras levantaba los hombros—. Pero definitivamente eres algo más.
«Sí, sí es algo más», pensó Darius. «Allena no es solo aesiriana. También es un espíritu. También es un Dragón».
Telius avanzó indeciso hacia el tritón y dijo:
—¿Es un mal augurio, Youzen? ¿Debería sacarla? —El tritón sonrió a Sakti.
—Oh, no, no lo hagas. No nos prives de la compañía de una chica tan adorable. Si en verdad quieres hacer el viaje hasta el Reino de las Arenas, la habilidad de esta señorita para lidiar con criaturas mágicas nos salvará de un encuentro desagradable con dragones marinos. —La sonrisa del tritón se ensanchó tanto que Sakti y sus amigos pudieron verle los dientes, que eran como una fila de colmillos de tiburón—. Casi desearía que nos encontráramos a un dragón solo para verte en acción, Sakti Allena.
—Cuidado —advirtió ella mientras se alejaba del núcleo de sincronización—, los deseos irresponsables suelen hacerse realidad.
Sakti pasó a Youzen y se apoyó a la baranda del barco. Al ver que no le sacarían más conversación, los piratas y los nuevos integrantes de la tripulación se pusieron manos a la obra para navegar. Fue solo después de unos minutos de arduo trabajo que Dereck y Darius se reunieron con ella para acompañarla.
—Quizá son un poquito vulgares pero no son malas personas —le dijo el profeta.
Al igual que Dereck, él también quiso darles una tunda a unos cuantos de sus viejos amigos que miraron a Sakti como si fuera un filete delicioso. Incluso ahora, mientras la chica estaba acompañada, Darius se percató de las miradas alegres y pícaras de los marineros. «Solo espero que no le lancen piropos pronto, porque si no Allena o Dereck les sacarán los ojos a alguien», pensó preocupado. Por suerte Sakti no parecía tan molesta.
—Lo sé —dijo ella—. Si consiguieron tu amistad deben de ser buenas personas. Pero recuerda que yo no lo soy.
—Bah, ¿de qué estás hablando? —bromeó Darius—. ¡También te hiciste mi amiga!
Sakti guardó silencio mientras veía la playa lejana. Cecaelia se movía suavemente entre las olas, a un lado de la costa. Se dirigía a un puerto «clandestino» para buscar más provisiones para el largo viaje.
—Mira. —La princesa señaló un par de figuras que estaban en lo alto de un risco—. Trevor y Corin vinieron a despedirse.
Darius se emocionó al ver que Sakti tenía razón: los ancianos veían el mar desde el peñasco donde estaba la tumba de la madre del mestizo. El profeta levantó un brazo para despedirse de ellos. Al ver que no obtenía respuesta recordó que el barco tenía un hechizo de invisibilidad.
—Tuviste suerte al crecer con ellos —comentó la princesa.
—Sí, son fantásticos. Ayudaron a mi madre a criarme. Y también nos apoyaron cuando Njord y yo tuvimos las primeras camadas. No habríamos logrado sobrevivir a los gemelos si ellos no nos hubiesen echado una mano. —Darius sonrió agradecido. La sonrisa se esfumó cuando Sakti dijo:
—Sí, su presencia en verdad fue… muy conveniente.
El tono de voz le causó escalofríos a Darius. Miró a Sakti sin saber qué buscaba pero lo reconoció al instante: los ojos eran otra vez fríos y salvajes. Entendió qué le daba esa impresión: las pupilas estaban rasgadas de manera vertical, como los de una serpiente. «No, no es nada», se dijo. «Es solo un truco de la luz. Por eso veo cosas».
—Otra vez estás de paranoica —dijo el profeta—. Si sigues así te parecerás a Telius y Fustus y verás conspiraciones en todas partes.
—Trevor nos encontró —dijo Sakti—, pero en realidad fue como si nos hubiese estado esperando. Y el vestido de Corin... Dijo que fue suyo de joven pero estaba como nuevo y me quedó de inmediato, sin necesidad de hacer ningún ajuste por mi brazo izquierdo.
—... ¿Qué quieres decir? —la cuestionó Darius. Sakti guardó silencio por unos segundos.
—Además de Trevor y Corin, ¿ves a alguien más allí, Darius? —Señaló el risco lejano—. ¿Ves a alguien más, Dereck? —El profeta y el Guardián negaron con la cabeza.
—No, Allena. No hay nadie más. ¿Por qué? ¿Tú sí ves a alguien?
—No importa, de todos modos lo olvidarán dentro de nada.
Al mirar por encima del hombro a los lobos, Sakti vio en los ojos de los mensajeros una sombra de miedo. «Ellos también la ven». Miró otra vez el risco donde esperaban tres figuras.
Trevor y Corin estaban justo al lado de la tumba de la madre de Darius. En compañía de Dioné. A pesar de la distancia, Sakti la reconoció por la exuberante cabellera negra y por los ojos púrpura, que brillaban como joyas a kilómetros de distancia. Además, tenía el vientre tan hinchado por el embarazo que solo podía ser ella.
—Allena —dijo Darius con suavidad—. Lo que sospechas sobre Corin y Trevor...
—Tú sabes lo que sospecho —lo cortó ella—, pero tú puedes creer lo que gustes.
Darius y Dereck se estremecieron. Supieron lo que Sakti sospechaba. Mensajeros. Sakti creía que los ancianos eran mensajeros. El mestizo quiso reírse y decir que era un disparate, pero no pudo porque recordó las palabras de Geri y Freki:

«Los hay de todos tipos. Animales, espíritus, humanos, aesirianos y también vanirianos. Todos somos hermanos. Todos tenemos misiones. Estamos en todas partes; estamos en todas las épocas. Los hay tanto como estrellas en el cielo».

Si lo pensaba más a fondo tenía que admitir que no era una idea tan descabellada. Los ancianos siempre estuvieron allí, dispuestos a cuidarlo, a guiarlo, a protegerlo. Además, les ofrecieron refugio justo cuando más lo necesitaban, cuando él estaba débil por la transformación y Sakti y los demás perdidos y cansados.
«Basta, deja de pensar en ello», se dijo el profeta. «¿O es que acaso quieres ponerte histérico y creer que toda tu vida ha sido controlada siempre por Marduk? ¡Detente!».
Pero no se pudo quitar esa idea de la mente. Tenía la impresión de que toda su vida se desarrolló a la sombra del Tercer Dragón. No bastaba con descubrir que la madre de Njord tuvo un cierto poder visionario y que, como por azar, él se casó con ella. Además tenía que descubrir que el par de ancianos que lo cuidó desde lejos eran los secuaces de Marduk. Lo próximo que descubriría era que el verdulero que solía venderle manzanas en el pueblo era también un mensajero. ¡Qué locura!
«Pero si en verdad todo ha sido planeado por Marduk, ¿entonces mis pensamientos y acciones también fueron calculados por él?». Eso no le gustó nada pero le dio nuevas ideas. «¿Acaso ahora pienso en Allena y el Primer Dragón porque Marduk… quería que lo hiciera? ¿Acaso quería… que hiciera algo al respecto?».
Miró a Sakti, deseando y no deseando encontrar algo en ella que desmintiera sus sospechas. Pero sí, ahí estaba. No era un efecto de la luz. Las pupilas de Sakti estaban rasgadas verticalmente; no eran redondas como en los ojos normales.
Como para confirmarle que eso era extraño, Sakti levantó la mirada y vio al profeta. El cambio se produjo de nuevo. Darius estuvo completamente seguro de que no era un truco de luces y sombras. Las pupilas de Sakti se redondearon de repente, como si un pincel invisible las pintara a la normalidad.
Los ojos fríos de bestia salvaje se convirtieron de repente en los tristes ojos de una niña acostumbrada al dolor. A Darius se le puso la piel de gallina. ¿Por qué no lo notó antes? ¿Acaso era el primero en darse cuenta de ese cambio? Hizo memoria de todas las veces que vio a Sakti a los ojos y recordó muchas ocasiones en que las pupilas parecieron líneas y no esferas.
«¿Por qué no lo noté antes?», se preguntó de nuevo. De inmediato encontró la respuesta. «Porque ella no quería que nadie lo notara. Ella y el Dragón actúan muy semejante». Tanto que no estaba seguro de en qué momento habló con el Dragón y en qué momento con la portadora. Ya Darius no sabía nada, excepto que…
Sakti lo miró con una extraña expresión, que pasó de la curiosidad a la sorpresa y de la sorpresa a la precaución. Darius lo notó. Y ella notó que él lo notó. «¡Nos ha descubierto!», decían los ojos de la princesa. El profeta no supo qué hacer. Ese era un momento crucial en su relación con Sakti y para lo que tendría que hacer en los próximos meses por ella.
Por suerte, la princesa evitó un enfrentamiento. Bajó la mirada y giró sobre los talones para ir hacia el castillo de popa. Ahí había una puerta al interior del barco.
—Iré a ver los camerinos —dijo—. Probablemente tendré que hacer muchas mejoras.
Con esa excusa se marchó con Dereck pisándole los talones. Darius se quedó solo al lado de la baranda. Aunque la brisa marina era cálida, sintió la piel fría. También tenía un nudo en la garganta y la lengua pesada, como si estuviera hecha de goma. El profeta apretó los ojos para disipar unas lágrimas que se le formaron. Ya estaba seguro. Su amiga estaba en camino a la condena absoluta y todo lo que él podía hacer era preguntarse una y otra vez si podría evitar el destino fatal que esperaba al alma de la portadora.

****

—Ya se han ido —murmuró Corin—. Con esto nuestra misión ha concluido.
La anciana tomó la mano de Trevor y la apretó sin saber muy bien si le estaba dando valor a su esposo o a sí misma. Luego miró el vientre de Dioné y preguntó:
—¿Cuándo nacerá?
—No lo sé. Yo... —La mensajera de ojos púrpura se llevó una mano al vientre y lo acarició con cariño—. No estaba planeado que quedara preñada. No se suponía que daría a luz. Quizá nunca lo haré. Es una de las tantas maldiciones de ser mensajero.
—Tranquila, algún día todo saldrá bien —la alentó Corin. La mirada de la anciana se oscureció—. ¿Sabes a dónde nos dirigiremos?
—A algún lugar del sureste, en una apacible villa —respondió Dioné—. Poco a poco recolecto los fragmentos del amo que todavía están dispersos. Aún es un niño pero todos debemos regresar a él.
—¿Sus padres saben quién es? —preguntó Trevor.
—No, lo desconocen. Como el amo nació fragmentado, ni él mismo sabe quién es. Esto será un inconveniente para los aesirianos durante largo rato, pero tiene la ventaja de que los vanirianos tampoco lo han reconocido. Pero cuando esté completo entonces…
—Todos somos hermanos. Todos tenemos misiones. Y todos regresaremos a nuestro amo algún día —recitó Trevor.
—Olvidaremos esto que fuimos y nos fundiremos con él. Nos condenaremos —agregó Corin. Trevor miró el vientre de Dioné y la advirtió:
—Encárgate de que ese niño nazca. De lo contrario, su alma inocente correrá la misma suerte que las nuestras. No lo permitas. —Dioné asintió.
—Lo salvaré a como dé lugar. Pero… ahora… —Incómoda, se colocó delante de los ancianos y extendió una mano hacia ellos—. Lo siento mucho, mucho, mucho…
—No te preocupes —la consoló Corin—. Cumple tu misión.
Dioné respiró profundo, cerró los ojos y disparó. No vio la esfera de energía que le salió de los dedos, ni el impacto que tuvo en los ancianos. Cuando la mensajera abrió de nuevo los ojos, el aire contenido salió de ella como un quejido al ver los cuerpos destrozados. La sangre de los ancianos salpicó la roca del risco, la lápida y la falda del vestido de Dioné.
—Lo siento… —susurró la mensajera—. Lo siento tanto, tanto, tanto…
La sonrisa en labios de Corin y Trevor la consoló un poco. Murieron complacidos, satisfechos con la vida que tuvieron. Felices de estar juntos. Incluso en muerte, Dioné vio que se sostenían las manos con fuerza. Los envidió por eso, porque ella también deseó morir al lado de la persona amada.
«Enlil», pensó mientras se acariciaba el vientre, «me alegra mucho que estés con vida. Pero… no podremos estar juntos. De seguro tú también te has olvidado de mí». Miró la lápida y envidió a la mujer que estaba enterrada allí.
—Le diste a mi esposo todo lo que él siempre deseó, todo lo que yo no le pude dar. Un hijo. Ni siquiera ahora que estoy tan cerca podré darle un cachorro.
Para cuando Dioné vio hacia el horizonte, la nave de Telius ya se había esfumado. Ahora todo lo que podía hacer era buscar al siguiente mensajero de la lista, al próximo fragmento de Tercer Dragón que regresaría a Marduk a través de la muerte. Dioné sería la última, lo cual la afligía. «Cuando me suicide», pensó, «el fragmento que le pertenece al amo irá a él. Pero lo que queda de mí irá al Infierno. Ni siquiera en muerte podré estar con Enlil».
De repente comprendió un mensaje cifrado en las sonrisas de Trevor y Corin. Al morir, los ancianos todavía mantuvieron la esperanza. Estaban tan condenados como ella a formar parte del Tercer Dragón, pero quizá podrían librarse el día de la Profecía. «El amo nació fragmentado», pensó Dioné, «el amo nació distinto».
Quizá así sería inocente por más tiempo. Quizá así podría darle a Darius el tiempo suficiente para que descubriera cómo salvar a los Dragones. Y entonces el profeta podría salvarlos a todos, aesirianos, Dragones y mensajeros por igual.


"Los Hijos de Aesir: Travesía bajo la sombra del Tercero" © 2010-2017. Ángela Arias Molina

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