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Capítulo 25

25
MARCAS



Girar, girar, girar en un baile que no tiene fin. Gritos agónicos desde las llamas. Llantos y murmullos en los pasillos cercanos al fuego. Silencio cerca de ella, como una tumba.
Sabía que si preguntaba a las personas que miraban la pira qué les parecía, ellos empezarían a hablar y reír en voz alta. Le dirían que las llamas eran muy bonitas, que el fuego era un castigo que se habían merecido esos bocas sucias por enojarla. También le dirían que ella era una niña linda y buena, aunque esa solo sería la corona de la mentira.
Lo único que querrían sería evitar que ella los lanzara a las flamas.
—Allena.
Cuando escuchó que Adad la llamaba, Sakti dejó de bailar y corrió hacia él, ligera como una pluma. El cabello y las faldas hondeaban detrás de ella. El príncipe abrió los brazos y la recibió como siempre, sin enojo, tristeza o satisfacción. Los gritos en el fuego no le provocaron ninguna reacción. Ella se las mostró de todas formas, orgullosa por las notas estridentes que surgían de las llamas, por los cuerpos negros como carbón que ardían en el interior y por el tono carmesí intenso del fuego.
Todo lo que él hizo fue agacharse frente ella y secarle la lagrimilla que le corría por la mejilla.
—Estás llorando, mi pequeña. —Casi no despegó los labios al hablar y lo hizo tan bajito que por poco los gritos del fuego opacaron su voz, pero ella lo escuchó con claridad—. ¿Fueron malos contigo?
Con eso Sakti supo que no tenía que contenerse más, así que escondió la cara en el pecho de su hermano y lloró en silencio. Adad la abrazó con suavidad, aunque ella percibió la fuerza contenida y la furia que latía en lugar del corazón. Si alguien alguna vez deseaba recibir una reacción de parte de Adad, todo lo que tenía que hacer era molestar a su hermanita.
—Me gustan mucho tus llamas —susurró él con voz dulce como el chocolate—. Son preciosas, Allena, hermosísimas.
«No, ese no es mi hermano».
Adad susurró algo que ella no alcanzó a entender, pero Sakti supo que el príncipe había visto a Velmiar e Istar en la multitud que contemplaba las llamas. Ella también los había visto antes. Sus expresiones le parecieron planas, sin pizca del miedo de los primeros años. Desde luego, sin rastro de amor. Siempre que la veían parecía que le tenían más lástima que cariño. No la veían como lo hacía Adad. No la miraban como lo hacía Marduk.
«No, ellos no son mis padres. Ellos ya están muertos».
—Ya sé, ¿por qué no visitamos a Marduk? —canturreó Adad con una sonrisa de oreja a oreja. Como lo dijo en voz alta, Sakti supo que quería que todos lo escucharan—. ¡Sé que entre los tres podremos hacer un hechizo para guardar tus llamas por siempre! Así arderán sin descanso. Sería magnífico, ¿verdad?
La idea de ver a Marduk, de estar los tres reunidos junto al fuego, le provocó mariposas en el estómago. Sakti se separó de Adad y saltó con las palmas extendidas en el aire, llena de felicidad. Se habría puesto a girar sobre los talones otra vez pero entonces no habría podido detenerse, no habría podido dejar de ver el fuego ni de pensar en los que ardían en él.
No habría podido dejar de llorar.
Pero Marduk… Él siempre la calmaba.
«No, esa no soy yo. Yo odio a Marduk».
Adad extendió una mano para que caminaran juntos. Debían apresurarse. Si no encontraban a Marduk antes de que el fuego consumiera a los sacrificios, entonces no tendría mucha gracia guardar las llamas para que ardieran hasta el final de los días.
—Pero si cuando llegamos ya están muertos —susurró ella con voz de pajarillo—, podemos lanzar a más a las llamas, ¿verdad?
—¿Fueron malos contigo?
¿Por dónde empezar? ¿Cómo podía explicarle a Adad que los detestaba ver reír sin que ella pudiera hacerlo? ¿Cómo podía describir la extraña y vacía sensación que le provocaban los murmullos de los cortesanos, las miradas indiscretas de los sirvientes o la distancia que ponían los guardas cuando la veían en los pasillos? ¡Ah, el dolor, la náusea! Ni ella misma lo entendía muy bien, pero sabía que todos eran malos y sucios, hipócritas e impuros. Y peor, mucho peor: la mancharon también. La habían convertido en un desperdicio del mundo.
Pero ¿podía decírselo a Adad, hacerlo entender? No estaba del todo segura –la incertidumbre era lo peor que le habían hecho–, pero si había alguien en el mundo que comprendiera esa extraña sed, ese vacío abismal en el interior, era él. Así que asintió para decir que sí, que fueron malos con ella.
—Entonces tendremos más llamas, Allena —sonrió él. Ella también sonrió aunque los ojos le escocieron un poco.
—Quiero que ardan. ¡Que ardan y se consuman! ¡Que mueran y que…!


 —¡… SE CONDENEN! —gritó Sakti.
Dolor, mucho dolor. Los huesos y los músculos se le contraían. A veces se estiraban mucho y a veces se encogían, pero siempre lo hacían a ritmos veloces e indecisos. La piel le ardía como si tuviera millones de ampollas en todo el cuerpo, mientras que la cabeza le latía con fuerza, como si la estuvieran golpeando con un martillo, en especial en las sienes.
Sakti aulló a pesar de que la garganta ya le dolía por todos los gritos anteriores. Alguien la abrazó y la llamó por su nombre. El dolor se disipó un poco. Cuando abrió los ojos vio fuego en las alturas, que rozaba las velas pringadas de sal y las quemaba en los bordes.
En otras circunstancias le habría preocupado perder el control y dejar que la piroquinesis atacara la nave de Telius. Pero más allá del fuego vio una imagen que la fascinó.
Mark estaba enmarcado por las llamas y la miraba. Ella lo vio tan hermoso y bello que no se asustó por la expresión preocupada del mensajero. Se lanzó a él de inmediato y lo abrazó con fuerza, tan feliz que se había olvidado de que él estaba muerto y que no podía estar allí, a su lado. Le olió el cuello, ansiosa por recordar la fragancia de hogar, calidez y seguridad que había extrañado por tanto tiempo.
Al principio solo olió cabello chamuscado, lo cual era muy normal después de perder el control de la piroquinesis. Después percibió otro aroma querido que no era el de Mark. El dolor regresó más fuerte que nunca cuando se dio cuenta de que el amo no la sostenía.
—Tranquila —murmuró Darius mientras le acariciaba el cabello y la espalda para calmarla—. Todo va a estar bien, cariño. Dereck está trayendo a Connor, así que todo estará bien.
Sakti apretó los puños y arrugó la cara, sin saber si quería golpear a Darius para que la abrazara más fuerte o si quería ponerse a llorar para que la soltara y no la lastimara. Sentía que en cualquier momento explotaría envuelta en llamas y no quería arrastrar a su amigo en la vorágine.
Pero tampoco quería estar sola, sin nadie que la consolara.
De no ser por el profeta, estaría en el suelo convulsionando por el dolor. Geri y Freki también estaban junto a ella, lloriqueando como lobeznos porque no podían hacer nada para calmarla. En cambio Darius todavía se mantenía fuerte. La miraba preocupado, pero no se apartaba si ella gritaba y le sostenía la mano sin importar que ella se la triturara.
—Dale algo para que vomite —escuchó. Cuando entreabrió los ojos vio que Dereck y Connor ya estaban junto a ella—. Las algas le cayeron muy mal, quizá si las vomita…
—No creo que fueran las algas —lo interrumpió Connor mientras tocaba la frente de Sakti—. Solo nos pusieron mal por dos días, pero ella ya lleva una semana así. Algo más la enfermó. Además, está muy cansada y vomitar requiere esfuerzo. No la voy a agotar más.
Connor extendió una cobija en el suelo y le pidió a Darius que acostara a Sakti allí. Connor insistió en que era lo mejor para que las convulsiones cesaran.
—Te voy a hacer un té con un sedante, así no vas a sentir más dolor —prometió el doctor.
—Mejor mátame y terminemos ya con esto —gruñó Sakti mientras giraba a un lado.
Connor hizo una mueca. Todavía era aprendiz de medicina y nunca había perdido a un paciente. Desde luego que no iba a dejar que Sakti fuera la primera, menos por algo tan absurdo como dolor de estómago. «Oh, si tan solo fuera eso, si tan solo fuera una intoxicación…», pensó mientras se mordía el labio. «De ser así, con un poco de carbón y agua se pondría bien».
Ya lo había intentado todo. Le había dado todos los remedios que conocía para luchar contra indigestiones y envenenamientos, sin que ninguno diera resultado. Conforme pasaron los días, el dolor, la temperatura y las convulsiones de Sakti aumentaron. Tuvieron que dejarla dormir durante el día en las habitaciones más oscuras de la nave y subirla a cubierta en la noche, donde hacía más fresco, para que no se rostizara viva.
Connor levantó la vista y vio las últimas flamitas que quedaban en las velas, que se extinguían gracias a la llovizna de las olas que golpeaban el barco. «Si la hubiésemos dejado dormir dentro, habría incendiado toda la nave». Si Sakti había perdido el control sobre su magia mientras dormía era porque tenía mucho, mucho dolor.
Connor le acarició la cabeza. La princesa ni se quejó cuando se dislocó un brazo por luchar con la transformación de Darius. Eso significaba que debía de tener un umbral de dolor más amplio que la mayoría. «Si grita ahora es porque en verdad está muy mal». Decidió que le daría un sedante tan fuerte que la dejaría fuera de combate durante un día entero.
Cuando se preparó para ir a la cocina a alistar la infusión, notó marcas en el cuello de la muchacha. Eran como tatuajes de líneas oscuras que ardían al contacto. Siguió una marca con los dedos y descubrió que se extendía por la espalda, el pecho y el brazo de Sakti. Creyó que era un nuevo síntoma, una pista que le permitiría saber de qué se había enfermado su amiga, pero Darius y Dereck se encargaron de corregirlo.
—Es la marca de la Profecía —dijo el Guardián—. La princesa tiene la espalda cubierta de esas líneas.
—Yo no se la había visto antes. ¿Es normal que la tenga en el cuello? —lo cuestionó el chico.
—Las marcas crecen, Connor —le explicó Darius—. La última vez que vi a Adad, las suyas le rodeaban los brazos. —Miró la que Sakti tenía en el cuello y arrugó un poco la frente—. No había notado que a ella también le crecieron, pero ha pasado mucho tiempo desde la última vez que se las vi. Es normal.
Connor no estaba muy seguro de eso, porque él no recordaba habérselas visto hasta ahora. Además, Darius tuvo que haberlo notado antes pues no se separaba de Sakti desde que enfermó; sin embargo, dejó pasarlo por el momento.
—Dereck, acompáñame a la cocina. Quiero que me pongas al tanto del historial médico de Allena.
El soldado asintió aunque tanto él como Darius sabían que no había mucho qué contar. Sakti, en realidad, era una chica sana. La única alergia que le conocían era la de las espinas de ëloria, solo se enfermó de gravedad cuando Sigurd le arrancó un brazo y lo más cercano que tenía a una quebradura fue la dislocación que sufrió por Darius.
Cuando Connor y Dereck se marcharon, los lobos se apretujaron contra el mástil. Darius  se acomodó junto a uno para que le sirviera de almohada gigante, mientras que el otro sirvió como pared contra el viento para Sakti.
—No tengas miedo, duérmete otra vez —susurró el profeta mientras se acomodaba junto a la chica—. Si veo que tienes pesadillas de nuevo, te despierto.
—¿Pesadillas? —Sakti apretó los puños y rechinó los dientes. Si Connor no se compadecía de ella ni la mataba, el dolor lo haría.
—Ajá, tenías pesadillas. ¿No te acuerdas? —De no ser por los murmullos de Sakti mientras dormía, Darius no habría apartado la cara a tiempo para evitar la llama que ella lanzó con la mente—. De hecho, Dereck dice que tienes pesadillas desde hace meses, desde que salimos de Masca. Dice que a medianoche te despiertas. ¿Quieres hablar de eso?
Era lo justo. Hace muchos años, cuando fue prisionero en Masca, tuvo pesadillas por lo que sufrió en el Pantano con Sigurd. Hablarle a Sakti de ellas lo ayudó a superarlas. Todavía había noches en que las tenía, pero ya no le causaban el mismo daño que antes. Si ahora Sakti sufría pesadillas lo justo era que él la ayudara a enfrentarlas.
—No, ni siquiera recuerdo haber soñado —dijo la muchacha entre dientes—. Aunque sí es cierto que me despierto en las noches pero luego me duermo muy rápido.
Darius no dijo nada más. Le frotó los hombros para calmarle los escalofríos. Pasados unos minutos logró que Sakti se durmiera, aunque todavía la veía adolorida por la forma en que arrugaba la cara y el sudor que le empapaba el cuerpo.
Detestaba esa situación. Connor era buen médico pero todavía no encontraba el remedio para Sakti. La chica tampoco había comido mucho; primero porque ya casi no tenían provisiones, y segundo porque, aun cuando lograron pescar algunos pececillos, solo verlos la hacía sentirse peor.
Lo único que tomaba era agua pero eso también se les estaba agotando. Él y los chicos compartían sus raciones con Sakti pero pronto se quedarían sin una sola gota. Darius estaba dispuesto a pedirle más a Telius pero sabía que las raciones de los piratas también se agotaban. Solo dos cosas podrían salvarlos: una lluvia o llegar al fin a la costa, pero el profeta no veía ni una sola nube en el cielo ni una franja de tierra en el horizonte. A ese ritmo todos comenzarían a sentir la sed y Sakti se moriría deshidratada por culpa de esas fiebres.
—Así que la nena no se recupera aún, ¿eh?
Darius levantó la mirada para ver a Youzen. El tritón lo veía bocabajo, con una sonrisa de oreja a oreja y con la cola bien sujeta a las sogas.
—Esto da para mucho, ¿verdad? Es una lástima que me perdiera el espectáculo que ofreció con la dragona, ¡pero estoy seguro de que ahora hará algo mucho más grandioso!
Darius arrugó la frente. Él no conocía de antemano a Youzen y todo lo que sabía de él era que Telius y la tripulación lo encontraron en una de sus aventuras, herido y solo en una playa. Al parecer, el tritón se metió en un lío con los de su especie por lo que terminó siendo desterrado: no tenía derecho de regresar al mar. Si lo hacía y era descubierto, lo matarían. Y los tritones siempre sabían cuándo había alguien en su territorio.
Ese habría sido el equivalente a la muerte pues los tritones solo podían vivir en agua salada. Pero Telius le dio la oportunidad de unirse a la tripulación. Todos ganaban con ese trato: Youzen ofrecía sus servicios al hacer expediciones marinas y el barco se convertía en su refugio. Así podía darse unas cuantas zambullidas y vivir en el mar sin temor a que los suyos terminaran de matarlo, pues siempre regresaba al barco antes de que los demás tritones se enteraran.
Su pasado y la razón por la que fue desterrado era todo un misterio; ni el mismo Telius lo sabía. Darius habría pasado por alto ese vacío en la historia de Youzen, pero el tritón no le agradaba ni una pizca porque siempre veía a Sakti de una forma… extraña. No la miraba como lo hacía Fustus; es decir, como si quisiera toquetearla. Más bien la veía como si supiera algo de ella que nadie más conocía, ni siquiera Darius, quien era su mejor amigo.
Eso sacaba de casillas al profeta.
—¿Qué quieres? —le espetó de mala gana. Youzen levantó los hombros.
—Solo saber si la chica está bien o empeora. Si está bien, significa que nada pasará y me aburriré. Si no está bien, ¡significa que veré algo magnífico!
—Piérdete —dijo Darius entre dientes—. Lo que le pasa a Allena no es un juego y no me agrada que te diviertas a costa de ella.
—No tienes que ser tan gruñón ni sensible, mestizo —sonrió el tritón—. En especial porque vine a darte un consejo de buena fe.
Youzen señaló las marcas en el cuello de Sakti, las mismas que preocuparon a Connor.
—Es mejor que la tengas de lejitos. Quizá no ahora, pero pronto sí, muy pronto… porque está a punto de enseñarnos algo bueno.
Darius se estremeció aunque no supo por qué. «Las marcas son normales», se dijo. «A Allena le crecieron, tal y como a Adad. Eso es todo». Aun así no se pudo quitar la mala sensación de encima y culpó a Youzen de su incomodidad.
—Hoy te toca ser vigía, así que regresa a tu puesto, por favor —le dijo al tritón.
—Solo acepto las órdenes de mi capitán —sonrió Youzen—, pero me retiraré porque me lo has pedido como favor. Aunque la verdad no hay de qué preocuparse ni nada interesante que ver. Las luces todavía están lejos.
—¿Las luces? —preguntó Darius. Estaba harto de Youzen y sus palabras misteriosas, pero eso último le llamó la atención.
El tritón sonrió de nuevo. Sin necesidad de mirar, señaló el cielo detrás de él a la vez que, en la distancia, unos parpadeos rojizos rasgaron la noche.
—Esas luces —indicó. Hizo que la cola lo levantara y regresó a lo alto del mástil, en donde se perdió de vista.

****

Sakti llevaba una semana y media enferma cuando Telius se atrevió a decir en voz alta lo que todos creían que ella tenía.
—Peste —dijo el capitán.
Esa única palabra hizo que los piratas se estremecieran y se alejaran todavía más de ella, aunque Darius permaneció fielmente al lado de la chica para frotarle los hombros. Connor, quien también estaba junto a Sakti, miró al capitán a los ojos y dijo muy serio:
—No es peste. La peste se da por la infección de una herida grave; la infección se expande por todo el cuerpo, provoca fiebres, llagas con pus, vómitos, diarrea y hemorragias internas. Ella solo tiene fiebre y no tiene ni una herida, así que no vuelvas a decir algo tan grave. Ni siquiera en broma.
Connor hizo una larga lista de las posibles enfermedades de la muchacha, pero tachó la peste porque, por suerte, ella no tenía los síntomas de la terrible plaga. Esto lo alegró, claro, pero también lo dejó con la incertidumbre de qué tenía su amiga. Ni siquiera podía estar en calma consigo mismo porque no logró aplacar el dolor con ningún sedante, a pesar de que le dio varios fármacos fuertes. Era como si Sakti los quemara con la fiebre.
—¡Pero aun así no puedes descartar la posibilidad! —insistió Telius—. Ya lleva mucho tiempo enferma. ¿Qué tal si es una nueva cepa de la peste? ¿Qué haríamos entonces?
—Nada —respondió Connor a la vez que levantaba los hombros como si no le importara. Estaba tan cansado que en verdad no le interesaban las sospechas de Telius—. Si tuviera peste, que no es así, ya todos la tendríamos también. Es muy contagiosa y letal. Por eso es que no puedes bromear con algo tan serio.
Ignoró al capitán y se concentró otra vez en Sakti. Solo pudo admirarse por el valor de la princesa.
El dolor era tan fuerte que se le marcaban las venas en la cara y brazos. Ya ni siquiera podía apretar los puños sin lastimarse, así que arañaba el suelo a cada momento. Alrededor de ella el piso estaba rasgado como si un oso hubiese afilado allí las garras. Por aquí y por allá había una que otra uña de Sakti. Lo que más estremecía a Connor eran los retortijones de los músculos, las extrañas convulsiones que arqueaban la espalda de la princesa y la hacían torcer brazos y piernas en posiciones imposibles. Era entonces cuando Sakti gritaba y le helaba la sangre al joven doctor.
Connor sabía que si él estuviese pasando por eso se habría desmayado del dolor a cada instante, pero Sakti siempre se mantenía despierta. Incluso ahora, que estaba agotada por los días sin descanso, ella lo miraba lúcida, sabiendo muy bien que Connor no podía ayudarla.
«Necesita a alguien más. Otro doctor tiene que encargarse de ella». No le fue fácil aceptarlo, pues una de las razones por las que estudiaba medicina era para cuidar a los que quería. Ahora la única manera de cuidar de Sakti era ayudándola a resistir hasta llegar a la costa. Quizá en el Reino de las Arenas había alguien que sí supiera qué hacer por ella.
Se apartó para hablar con Dereck y Telius. El Guardián merecía saber lo grave que estaba su protegida y el capitán tenía que hacer un gran esfuerzo para llegar pronto a la costa.
Dagda alcanzó a Dereck antes que Connor y le susurró algo al oído. Luego el gemelo señaló hacia la proa, en donde esperaba Airgetlam con la mirada fija en el horizonte. Connor entrecerró los ojos hasta dar con lo que veían sus hermanos. Supo que estaban en problemas.
Eran barcos. Todavía estaban un poco lejos pero ya eran reconocibles. Si el pirata encargado de otear todavía no había dado la alerta, era porque no podía verlos. Y si no podía verlos –pero Connor y sus hermanos sí–, entonces esas naves eran vanirianas.
Cuando un parpadeo brilló a la distancia, Connor no fue el único que lo vio. Los piratas también se habían tensado. Esperaron unos segundos en silencio hasta que al fin distinguieron un nuevo relámpago.
—Es difícil verlos porque es de día —explicó Fustus a sus compañeros menos entendidos—. Pero si no hay nubes y sí relámpagos, eso significa que…
—… hay vanirianos —concluyó Telius por él. El capitán dio las órdenes a la tripulación para que tomaran cuerdas y movieran las velas—. Si nos acercamos mucho los relámpagos golpearán la nave y nos hundirán. Hay que cambiar de curso.
Telius se dirigió hacia el castillo de popa, en donde estaba el timón. Dereck lo detuvo. El soldado fue rápido y brutal como un relámpago, pues agarró al capitán de un brazo y lo lanzó contra el mástil principal, a un lado de Sakti. Lo sujetó de nuevo y le pegó la cara contra la columna, a la vez que le estiraba el brazo como si quisiera rompérselo.
—No vamos a cambiar de rumbo. Vamos a seguir adelante hasta encontrar la costa.
—¡No! —rugió Telius a pesar de la posición incómoda en la que se encontraba—. ¿Quién te crees? Esta es mi nave y yo doy las órdenes.
Dereck le jaló el brazo hasta que todos escucharon el crujido del hueso. El soldado se acercó al oído del pirata y le susurró:
—Tu dolor es insignificante comparado al de ella. Tú no puedes sentirlo, pero yo sí; a mí me llega un eco de su sufrimiento y créeme que es terrible. Ya no me quedaré de brazos cruzados esperando a llegar a tierra firme. Que me parta un rayo si sigo sin hacer nada mientras mi protegida sufre en esta nave.
Un buen número de piratas se había acomodado alrededor de Dereck. El soldado giró sobre los talones y lanzó a Telius contra ellos. El capitán y quienes lo atajaron cayeron al suelo, aunque solo Telius tenía la cara rasguñada y el hombro ensangrentado.
Dereck no se amedrantó por las miradas que le dirigieron los piratas, ni porque era uno contra varios; en lugar de tomar posición de defensa y esperar un ataque, avanzó hacia ellos, inflexible y poderoso.
Fustus reaccionó y le lanzó una serie de cuchillos desde la espalda. Dereck giró como si tuviera ojos en la nuca que le alertaran sobre el peligro. Atajó todos los cuchillos y le devolvió un par a Fustus. Atinó en la ropa y lo dejó prensado en lo alto del mástil. Luego siguió avanzando. Con las dagas que le quedaban atacó al resto de los piratas.
A todos les atinó en el hombro sin ni siquiera haberse detenido a apuntar. Cuando al fin alcanzó otra vez a Telius, el pirata desenvainó la espada con la mano sana. Dereck no lo dejó tomar posición: le pateó la mano y se la pisoteó con fuerza, como si quisiera rompérsela.
—Dereck, ya es suficiente —lo detuvo Darius—. Esto no hará que Allena se sienta mejor.
El soldado apretó los dientes. Darius tenía razón. Se había dejado llevar por la frustración de ver a Sakti en tan mal estado y ser incapaz de ayudarla, pero esa reacción no mejoraría las cosas. En lugar de perder tiempo con Telius y los demás, debía dirigir el barco al Reino de las Arenas.
—De acuerdo. Dagda, Airgetlam y Connor, los tres serán el escudo. Quiero que rodeen el barco con un campo telequinético, en especial en el casco.
—P-pero… —Connor trastabilló al escuchar esto—. ¿Qué quieres decir? —Cuando Dereck lo miró, el chico vio hielo en sus ojos verdes.
—Solo ustedes tres tienen la esencia de la telequinesis, así que son los únicos que podrán protegernos en caso que un rayo impacte el barco.
—Estás loco —le espetó Youzen—. De seguro que navegar en medio de los rayos será divertido, ¡pero no he visto ni pizca de tierra firme! Si nos pegan, la nave se hundirá con o sin escudo y todos ustedes se ahogarán. Además —Youzen señaló las velas— tenemos el viento a nuestro favor, pero no avanzamos nada porque estamos en medio de muchas corrientes violentas. Quizá no puedes sentirlo porque no eres una criatura marina, ¡pero puedo asegurarte que ir por esa dirección hundirá el barco si los rayos no lo hacen!
—Por eso iremos más rápido —resolvió Dereck, como si fuera cosa de cantar y zurcir—. Waio, Juhys, Youzen y Kamil utilizarán la esencia del agua para manejar las corrientes e impulsar la nave. Darius, Momië, Kuzon y Fenris utilizarán la esencia del viento para dar mayor velocidad al barco. Los demás se encargarán de manejar las cuerdas y las velas.
Después de dar las órdenes, Dereck fue al lado de Sakti y la tomó en brazos. La llevaría al camarote de Telius. Hasta el momento había respetado el cuarto del capitán ¡pero qué demonios! Era la habitación más limpia en todo el barco, con un amplio ventanal que tenía celosías para dejar entrar el aire en los momentos más oportunos y con una cama suavecita que le haría mucho bien a su protegida.
—Dagda queda a cargo mientras regreso —dijo mientras avanzaba hacia el castillo de popa.
—¡Y un comino! —rugió Telius, rojo por la ira y el dolor del hombro dislocado—. ¡Ya te dije que no puedes dar órdenes en mi nave! ¡Yo soy el capitán!
—Calla —lo interrumpió Dereck—. No entiendes la posición en la que estás: yo estoy tomando tu nave y ahora estás bajo mis órdenes y las de mis soldados.
Eso no le gustó a los gemelos, pero no entrenaron cinco años bajo la tortura de Sigfrid sin alcanzar la destreza de los oficiales del gobierno.
—Tus servicios como capitán ya no son requeridos y si sigues contradiciéndome me encargaré de que te condenen por piratería en cuanto lleguemos al puerto, sin importar el trato que tengas con mi señora. —Luego agregó—: En nombre de los Aesir, tomo control de este barco.
Telius y los más avispados de la tripulación supieron que Dereck hablaba en serio, que estaba tomando control de una nave pirata en nombre del Imperio Aesiriano mismo. Como Dereck no jugaba con el honor del ejército ni del Imperio, la amenaza de condenarlos era también real.
Al comprender que no habría más problemas, el soldado se preparó para bajar al camarote de Telius. Justo entonces algo surgió del mar y atacó el barco. El golpe fue tan potente que empujó a Dereck contra el castillo de popa, aunque logró dar media vuelta y chocar contra la espalda para no golpear a Sakti.
Comprendió que estaban bajo ataque cuando dos rayos más surgieron del agua. Y como el barco empezó a moverse de un lado a otro, como si girara sobre sí mismo, entendió que Youzen hablaba en serio sobre la violencia de las corrientes marinas. A ese ritmo, la nave se iría de lado y en verdad naufragarían.
—¡El campo! —gritó Dereck a los gemelos—. ¡Les dije que lo levantaran!
Le sorprendió ver que los gemelos ya no estaban en la proa, sino empapados y sujetos a las barandas a estribor. Los golpes de los rayos fueron tan fuertes que los habían sacudido y cambiado de lugar. Dagda apretó los ojos como si hiciera un gran esfuerzo y Airgetlam agitó la cabeza, como si le doliera.
—¡El campo está! —le gritó este gemelo—. ¡Pero no tienes ni idea de lo fuertes que son esos rayos!
Airgetlam no podía describirlo en voz alta. Fue como una descarga eléctrica en la mente. Cada vez que un rayo rozaba la nave generaba una vibración con el escudo telequinético. Esa era una buena jaqueca. Si recibían un golpe directo quizá no podrían soportarlo.
—¡¿Por qué nos alcanzan los rayos?! —gimoteó Geri—. ¡Creí que estábamos todavía lejos de los barcos!
Si hubiesen estado más cerca de una nave vaniriana, los gemelos y Connor habrían alertado a Dereck. Además, con el mecanismo de invisibilidad de Telius los vanirianos no habrían podido ver el barco.
«Quizá es una especie de ataque programado», pensó Dereck. «Cielos, ¡qué tipo de tecnología de sincronización deben de tener si pueden ponerla en modo automático!». No dudaba de que los efectivos ataques vanirianos eran producto de la sincronización. Pero, si estaba en lo cierto, entonces quizá esos ataques programados habían alertado a las naves enemigas que estaban a lo lejos. Aun con el dispositivo de invisibilidad en Cecaelia, los vanirianos verían los rayos y sabrían que algo había entrado en su rango de funcionamiento.
—Dereck, bájame —le pidió Sakti con voz gastada—. No voy a aguantar por más tiempo. Necesito llegar a un puerto —Dereck intentó sostenerla un poco más, pero ella logró ponerse en pie—. Entiendo lo que quieres hacer: planeas impulsar el barco con magia. El problema es que con estas corrientes, la magia de Telius y los demás no será suficiente. Se necesita más potencia.
Un escalofrío recorrió la espalda del soldado al comprender lo que Sakti decía.
—¿Cree que pueda hacerlo en su condición? ¿Usted sola?
—No, igual necesitaré que los chicos se encarguen del campo telequinético —confesó la muchacha—. De todas formas sabes que mi telequinesia es patética.
Dereck chupó los dientes pero supo que no tenían alternativa. Sakti necesitaba llegar a un puerto, pero había quién sabe cuántas leguas de por medio, además de corrientes, relámpagos y naves vanirianas. La única forma de sortear esos obstáculos era con magia y ella era la que tenía más potencia en ese campo.
—Dagda, Airgetlam y Connor, quiero un campo ya —ordenó el soldado—. Tiene que ser perfecto, fuerte e indestructible. ¡Ahora! Y los demás... —dudó—. ¡Los demás sosténganse y estén alertas para tomar las posiciones que les indiqué antes!
Los piratas no comprendieron qué ocurría hasta que Youzen señaló las olas junto al barco. Empezó primero como unos pequeños remolinos, que se unieron hasta formar grandes vórtices al lado de la nave. Cecaelia estaba justo en medio de ellos, pero no se movió de un lado a otro sino que permaneció estabilizada, como si el tiempo se hubiese congelado.
—Lo va a hacer —susurró el tritón. Giró sobre los talones, extendió los brazos hacia el cielo y gritó emocionado a la tripulación—: ¡Lo va a hacer, lo va a hacer! ¡Va a divertirme!
Los piratas sintieron un golpe en el casco de la nave, pero no fue un rayo vaniriano. En lugar de que el barco se convirtiera en astillas, Cecaelia comenzó a elevarse poco a poco. Los marineros más osados se fijaron por la baranda para saber qué sucedía. Unos cuantos estuvieron a punto de caerse por el asombro: el barco se elevaba en la cúspide de una ola gigante.
Los que perdieron el equilibrio y estuvieron a punto de irse de narices al mar tuvieron suerte de que los gemelos y Connor ya hubiesen formado el campo telequinético. La fuerza de esa magia impidió que los piratas se cayeran de la nave y protegió también el casco de la fuerza de la ola que crecía bajo él.
Al darse cuenta de lo que sucedía, los piratas se sostuvieron a todo lo que tuvieran a mano: sogas, trozos de madera, incluso otras personas. Hasta Geri y Freki estaban hechos un puño bajo el mástil principal, listos para morder mil sogas y sostenerse si el asunto se ponía feo.
—No puede ser, no puede ser, no puede ser... —susurró Telius. Cuando el capitán comprendió lo que sucedía se dirigió al castillo de popa, donde se sostuvo con el brazo sano a la puerta—. Es imposible, es imposible. Ni mil magos juntos pueden hacer algo así.
Para sorpresa de Telius, Dereck soltó una risita. El soldado, que estaba a la par suya, miró a Sakti con orgullo.
—Mil magos juntos no pueden hacerlo. Pero ella… Oh, ella sí que puede.
—¡Allena! —gritó un gemelo. Él no estaba sorprendido de que Sakti pudiera hacer algo así, pero sí estaba preocupado por la altura que habían ganado—. Ya detente, ¡ni siquiera podemos ver ahora a los otros barcos!
—No, ¡que siga, que siga! —pidió Youzen—. ¡Desde aquí puedo ver la costa! Entre más agua acumule debajo del casco, ¡más potencia tendremos!
Dereck, Darius y los demás entrecerraron los ojos sobre el horizonte, hasta que al fin divisaron una lejana franja de color ámbar hecha de los reflejos del sol. Se habían elevado hasta casi rozar las nubes. «Pero si estamos tan arriba», comprendió Telius, «significa que ahora solo nos queda bajar».
En ese momento comprendió lo que quiso decir Youzen con «más potencia».
Cuando la ola se puso al fin en movimiento, los piratas que no lograron sostenerse a tiempo rodaron sobre la cubierta como si fueran canicas. Los que sí estaban bien sujetos gritaron y apretaron con más fuerza las sogas y las barandas, pues el movimiento fue tan brusco y rápido que les despegó los pies del suelo. Mientras Cecaelia avanzaba a toda velocidad sobre una ola de maremoto, los marineros parecieron unos banderines que se movían al compás del viento.
Comenzaron a descender. Eso fue peor, porque hasta los que estaban sujetos a las sogas flotaron en el aire, incapaces de seguir la velocidad del barco en la picada. Geri y Freki, Darius, incluso Dereck y Sakti se separaron por completo de la cubierta, hasta que ¡PLAZ!
El barco al fin regresó al mar con un retumbo atronador. Los lobos y aesirianos cayeron al suelo con un golpe bárbaro. Cecaelia se hundió por unos instantes, pero resurgió gracias al campo telequinético que la rodeaba como en una esfera. Las olas mecieron la nave con violencia, pero no fue sino hasta unos segundos después que cayó una fuerte lluvia salada sobre los marineros.
Dagda, Airgetlam y Connor, que estaban cada uno por su cuenta, avanzaron entre temblores hacia un mismo punto: Darius, que estaba hecho un puño entre los lobos. Cuando alcanzaron a su padre, los chicos lo abrazaron como si quisieran morirse allí mismo.
Darius no los culpó porque él tampoco asimilaba lo que acababa de ocurrir. Quería zarandear a Sakti por destrozarles los nervios al hacerlos viajar sobre una ola gigante. También quería aporrear a Dereck por encargar a los chicos armar un escudo que soportara semejante travesía. ¡No podía ni imaginarse el miedo que debieron de tener al saber que de ellos dependía que la ola no destruyera el barco! Pero, sobre todo, quería tener fuerzas para avanzar hacia la baranda y vomitar lo poco que tenía en el estómago.
Se hizo muchas preguntas cuando comenzó a superar la sorpresa. ¿Estaban todos bien? ¿Algún pirata se cayó de la nave en medio viaje? ¿Ya habían pasado el campo minado con rayos vanirianos? ¿Ya pasaron la flota enemiga? ¿Ya habían llegado a la costa? Dereck y un extraño rugido, que se acercaba a toda velocidad, interrumpieron esas ideas con un grito:
—¡El maldito campo! ¡Levántenlo!
En ese instante Darius comprendió que la lluvia marina cayó sobre Cecaelia porque los chicos habían deshabilitado el campo telequinético.
Cuando escucharon la advertencia de Dereck no tuvieron tiempo de formar ni una capa decente. La tormenta de fuego que cayó sobre la nave la envolvió como si quisiera tragarla. Darius pensó que ese sería el fin, pero las llamas solo alcanzaron las velas, rozaron la madera y quemaron unas cuantas sogas. Las siguientes detonaciones que cayeron sobre Cecaelia no tuvieron mayor efecto.
Una mirada bastó para que el mestizo supiera que sus hijos no protegían la nave. Estaban demasiado asustados y exhaustos como para mover un lápiz. Eso solo dejaba a una persona: Sakti.
Cuando la miró por encima del hombro, la vio sentada en el suelo y rodeada por los brazos de Dereck. Sakti se sostenía la cabeza con una mano, como si tuviera una jaqueca del demonio. Los ojos le chispeaban con una furia que Darius no le había visto en mucho tiempo.
Cuando Sakti parpadeó, el humo de las detonaciones se desvaneció y dejó a la vista la franja ámbar que vieron antes, solo que ahora mucho más cercana. La costa estaba empapada, llena de naves destrozadas, aunque todavía había algunos barcos enteros en el mar.
—¡Buques aesirianos! —sonrió Dereck al reconocer las naves.
¡Al fin habían llegado al Reino de las Arenas! Estaba tan feliz que ni siquiera se preocupó por las naves que recibieron el impacto del maremoto de Sakti ni pensó en las consecuencias del oleaje en el puerto. Dagda se encargó de estropearle la alegría:
—¡También hay barcos vanirianos! —gritó al reconocer los estandartes de las naves invisibles al resto de la tripulación—. Dereck, ¡estamos en medio de una lucha naval!


"Los Hijos de Aesir: Travesía bajo la sombra del Tercero" © 2010-2017. Ángela Arias Molina

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