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Capítulo 23

23
CANCIÓN DE DRAGONES



El calor y la luz del sol, tanto en el cielo como en el reflejo del mar, la abrumaban. Sakti se acomodó bajo la sombra del mástil para escapar de la insolación. Estaba adormecida por el balanceo continuo del barco y el calor de Geri y Freki, que estaban junto a ella. Lástima que estaba harta de dormir.
En Cecaelia todos tenían tareas por hacer que los mantenían alertas, pero a Sakti no le agradaban esas labores. Le parecía bobo trapear la cubierta si al instante se ensuciaba de nuevo y no quería encerrarse en la cocina junto a Connor y Wuaio, el cocinero jefe.
—¡No soy sirvienta de piratas para limpiarles la casa o prepararles la cena! —se quejó cuando Telius le asignó las tareas.
Las otras opciones eran otear el horizonte –lo cual le parecía terriblemente aburrido–, manejar las cuerdas que controlaban las velas –lo que le parecía en extremo agotador– o pescar algo con las redes, que no le hacía ni pizca de gracia porque significaba que se mojaría y que el cabello le olería a sal y quizá a pescado.
—Ay, Allena —le reprochó Darius una vez—. ¡Yo creía que no eras una princesa quejumbrosa! Estoy decepcionado.
Sakti sabía que él tenía razón, ¡pero aun así se negó a ayudar en las labores! Aunque también sabía que ella y los lobos se estaban haciendo torpes. En circunstancias normales los tres habrían engordado por vagabundear tanto, pero ni siquiera tenían el lujo de preocuparse por eso.
—¡Ay, qué hambre! —se quejó Geri.
Aunque Freki no dijo nada, los ojos le brillaron con frustración porque estaba harto de que esas palabras salieran del hocico de su hermano. ¡Todos tenían hambre! Decirlo no les llenaba el estómago, pero sí les daba más apetito y los ponía de mal humor.
Sakti se conformó con acariciarse el estómago. Aunque se negaba a hacer las tareas, ni siquiera Telius podía decir que era tan caprichosa o consentida pues ella nunca se quejaba de la falta de comida. Aceptó el ayuno constante como el resto de la tripulación, pues todos aguantaban cinco días seguidos sin comer.


Se sentía como una idiota por no haber previsto la situación. Aunque al principio tuvieron más que suficiente comida, los lobos se encargaron de vaciar gran parte de las bodegas. Ya que no podían ayudar en el barco, todo lo que hacían era holgazanear. Su único pasatiempo fue comer, así que comieron, comieron y comieron.
Cuando Telius se percató de que la comida escasearía, ordenó darles una pequeña porción de alimento una vez al día. Esto no resultó porque, al fin y al cabo, los mensajeros eran bestias con un apetito más grande que el de un aesiriano. Las porciones fueron insuficientes. El capitán y la tripulación soportaron los malos humores de los lobos durante semanas, pero todo fue en vano. Al final casi todo el alimento se agotó, los piratas tenían hambre y ni se diga los mensajeros.
De no ser por unas pocas conservas que Connor y Wuaio lograron salvar, estarían por completo condenados. De momento esas conservas estaban resguardadas en la bodega, pues los marineros deberían conformarse con lo que pescaran.
Lástima que no había pesca. Todas las mañanas echaban las redes y a medio día las recogían vacías. Volvían a lanzarlas y a revisarlas con constancia, pero no había ni un pez pequeño debatiéndose entre las agarraderas. Solo unas cuantas veces atrapaban suficiente pescado para toda la tripulación. Pero justo después del pequeño festín los piratas retomaban el ayuno con los dedos cruzados para que una nueva pesca los salvara.


Telius, que estaba en lo alto del castillo de popa vigilando el trabajo de la tripulación, torció el gesto al ver a Sakti somnolienta. Le habría gustado zarandearla para que trabajara con el resto, pero no se atrevía a acercársele mientras los lobos estuvieran con ella. La última vez que Fustus se le acercó mucho para piropearla, Geri se le lanzó encima. No se comió al pirata porque en el último momento los gemelos lo salvaron con la telequinesia.
Aunque luego lo hicieron volar por encima de las olas y le dieron un buen zambullido para que dejara de molestar a Sakti.
Aun así los gemelos eran el menor de los problemas. Los más peligrosos eran los lobos. Aunque estaban torpes y débiles por el hambre, quizá por eso mismo representaban un riesgo mayor. Telius sabía que si Geri y Freki fueran lobos comunes y corrientes hace rato se habrían comido a alguien. Solo porque tenían una fuerza de voluntad tremenda todavía se resistían. «Pero falta poco», pensó el capitán. Los lobos estaban cada vez más irritados y a veces babeaban muchísimo, como si la boca se les hiciera agua al ver a los marineros. «Cuando al fin pierdan los estribos», supo Telius, «irán por Fustus y luego, cuando vean que no tiene ni pizca de carne, atacarán a los demás».
Agradecía que los lobos se mantuvieran apartados de la tripulación a voluntad, pero no le gustaba ni una pizca que Sakti se apartara con ellos. Así no podía forzarla a trabajar.
—Así es como los dragones enfrentan la escasez de alimento —le dijo Dereck una vez, cuando Telius le exigió al Gorila que despertara a Sakti para que ayudara en las labores—. En climas fríos hibernan pero con este calor entran en estivación.
Telius entendía eso con los lobos, ¿pero por qué Dereck esperaba que se creyera esa excusa para justificar el comportamiento vagabundo de Sakti? Para Telius, la chica simplemente era una caprichosa.
—¡Quiero algo con sabor! —aulló Geri tan alto que hasta Telius lo escuchó—. Quiero carne. Suave, caliente y jugosa carne. La quiero cruda. Me sabrá mejor cuando me la coma fresca, cuando todavía tenga sangre caliente empapándola y...
—¡GERI! —gruñó Freki—. Cállate de una buena vez por todas, ¡me tienes harto! Habla un poco más de carne ¡y te juro que te comeré! —Cuando escucharon esto, todos en la tripulación supieron que estaban en problemas.
—Canibalismo, ¿eh? —le soltó su hermano con el pelaje erizado—. No me suena nada mal. Después de todo, últimamente eres un pesado. No te echaré de menos cuando te coma.
Los lobos se apartaron del mástil de un salto y se atacaron el uno al otro. Entre gañidos, saltos y dentelladas, los mensajeros se colocaron justo en medio del barco. Obligaron a los hombres en cubierta a apretujarse contra las barandas de uno u otro extremo.
Debido a los golpes y al peso de los lobos, el barco se meció de un lado para otro, amenazando con volcarse. Telius se aferró fuerte al timón pero supo que no podría evitar un accidente sin importar lo que hiciera. Geri y Freki se atacaron con tanta violencia que en verdad parecían querer matarse el uno al otro. Además, no tuvieron cuidado y golpearon a los aesirianos con sus largas colas. ¡Era un milagro que todavía no hubieran embestido a alguien con los cuernos! Aunque no lo hicieran, de todas maneras matarían a alguien cuando hicieran que el barco se volcara.
—¡Gorila! —gritó el capitán a Dereck—. ¡Detenlos ahora!
El soldado lo miró con una expresión que decía: «¿Cómo demonios pretendes que me meta en una pelea de lobos?». Antes de que Telius le repitiera la orden, alguien más intervino.
Fue tan rápido y repentino que todos guardaron silencio. En un abrir y cerrar de ojos, Sakti asestó un gancho izquierdo en el hocico a Freki, quien salió volando hasta estrellarse contra la baranda a estribor.
Geri erizó más el pelaje y gruñó furioso. Cuando la chica giró sobre los talones para encararlo, el lobo la miró sin reconocerla, como si no fuera el Geri juguetón que la quería, como si fuera solo un cazador frente a su presa. Sakti escuchó el gruñido de Freki detrás de ella. Supo que estaba rodeada aunque no le importó.
—¡Allena! —la llamó Darius desde estribor, junto con otros miembros de la tripulación—. ¿Qué demonios haces?
Los lobos atacaron antes de que ella pudiera responder.  El primero que se lanzó fue Freki, quien aprovechó el flanco ciego de la chica. Sakti se giró de nuevo con el brazo izquierdo extendido para golpearlo otra vez; sin embargo, la garra no conectó acertadamente y Freki le prensó el brazo. Geri aprovechó entonces para lanzarse también.
Darius, la tripulación y hasta Telius gimieron, pues estaban seguros de que era el final. Si los lobos descuartizaban a Sakti significaría que habían perdido el raciocinio. Si así era, ¿qué evitaría que mataran al resto de los aesirianos?
Sin previo aviso, una onda de calor se formó entre la chica y Geri. El fuego repentino impactó en el lobo que estaba en el aire y lo lanzó disparado hacia la baranda a babor. El impacto del mensajero fue tan fuerte que la baranda se rompió y Geri cayó al mar.
La princesa miró al lobo que la tenía apresada. Freki forcejeó para arrancarle el brazo. Sin importar sus esfuerzos, la garra de Dragón se mantuvo inmóvil. Al igual que el resto de la tripulación, Telius miró sorprendido la expresión fría de Sakti, quien ni siquiera arrugó la cara del dolor ni se desesperó por la situación en la que estaba.
Miró a Freki a los ojos hasta que poco a poco los forcejeos se detuvieron. Los ojos esmeraldas del lobo estuvieron dilatados y hambrientos por un tiempo, pero de repente regresaron a la normalidad. Cuando Freki pestañeó de nuevo fue como si recordara quién era y viera lo que hacía. El lobo miró a Sakti con miedo y le soltó el abrazo, aterrado. Retrocedió con el rabo entre las patas hasta que chocó contra la baranda a estribor. Si no se hubiese detenido él también habría caído al mar.
—A-A-Alle... Y-yo...
—Calla —lo reprendió Sakti.
La princesa se sacudió el brazo envuelto en babas. Estuvo a punto de agregar algo, pero entonces una sacudida al barco la hizo perder el equilibrio y caer al suelo. Cuando miró por encima del hombro, vio que Geri había subido otra vez a Cecaelia. Ni siquiera el zambullido lo hizo entrar en razón, pues todavía estaba loco del hambre. El lobo se lanzó sobre la chica y ella no estuvo lista para recibirlo. Freki reaccionó a tiempo y se colocó delante de Sakti antes de que Geri la agarrara de una parte del cuerpo más frágil que la garra izquierda.
—¡No, Geri! Detente, ¡mira lo que hemos hecho! —chilló el mensajero.
Las cornamentas de los lobos chocaron y los dos embistieron para lanzar al otro al mar. Geri estaba tan fuera de sí que no desaprovechó sus oportunidades para lanzar dentelladas a las patas delanteras de Freki, aunque este último no se atrevió a atacar con más fuerza por temor a perder otra vez los cabales.
Otra vez habían regresado al principio. De nuevo luchaban entre ellos y mecían el barco de un lado para otro. A ese ritmo, Cecaelia en verdad naufragaría.
—¡BASTA YA! —ordenó Sakti.
La princesa rugió. A Darius le dio la impresión de que estaba en Masca, pues en la Capital era común que los mascalinos rugieran por una fiesta. En su falsa ejecución los ciudadanos rugieron como leones. Pero el de Sakti le pareció más bravo y potente, como el de un dragón.
Fue tan fuerte que hasta el mismo Geri retrocedió con el rabo entre las patas por el miedo. Como todavía tenía los ojos dilatados, Sakti supo que no había recuperado el control. Rugió otra vez para regañarlo. El bramido le puso la piel de gallina al lobo y a la tripulación.
A pesar de que el rugido le pareció escalofriante, Darius tuvo que admitir que también fue hermoso. Era grave, profundo y armónico como la canción de una ballena azul, pero había algo que sugería peligro, no pasividad.
Geri se escabulló hacia el mástil principal y se situó detrás, como si quisiera esconderse de Sakti. La chica chupó los dientes y le gruñó:
—Ven aquí, igual te voy a dar una tunda.
Un nuevo gruñido, como canción de ballena, hizo que los lobos y los marineros se estremecieran. Unos se taparon los oídos y otros cuantos pusieron cara de asombro. ¿Cómo era posible que una chiquilla produjera ese extraño y magnífico sonido?
—¡Deja de hacerlo! —ordenó Telius. Sakti lo miró con una ceja arqueada.
—¿Qué cosa?
El sonido se repitió.
—¡ESO!
—Yo no fui —respondió ella.
El rugido-canción se repitió y Telius comprendió que ya no era culpa de Sakti. El nuevo sonido fue incluso más fuerte y largo, como si estuviese amplificado mil veces. El capitán ni siquiera pudo determinar de dónde venía. Fue hasta que Sakti se asomó a la baranda destrozada a babor y se quedó mirando el horizonte que la tripulación comprendió que venía de lejos. Los marineros siguieron su mirada y escucharon con solemnidad temerosa hasta que el rugido-canción se detuvo.
—¿Qué fue eso? —preguntó uno.
—Una ballena... —dijo otro con voz temblorosa, como si intentara tranquilizarse—. Sí, solo era una ballena muy grande, eso fue todo.
—Las ballenas suenan más... —intervino otro pero al final levantó los hombros—. Las ballenas no cantan ni gruñen a la vez. Eso no pudo ser una ballena, porque...
El sonido se repitió. Esta vez sonó más cercano. Con horror, los marineros distinguieron una lejana sombra en el mar que nadaba hacia el barco. Como para confirmar sus temores, Freki comenzó a aullar y a gruñir. Fue una extraña combinación entre el aullido de un lobo y el rugido de un dragón. Los piratas temieron que el lobo hubiese perdido otra vez los estribos. Geri se unió a la extraña sinfonía. ¡Era una orquesta muy escalofriante!
—¡Detenlos, niña! —gritó Telius mientras bajaba del castillo de popa—. No me gusta lo que están haciendo, no me gusta para nada.
Contrario a lo que esperó el capitán, la muchacha se unió al coro. Los aullidos de los lobos, la canción que provenía del mar y la voz de Sakti se mezclaron con rugidos de diferentes tonos igual de intimidantes. Cuando un quinto gruñido –este un poco más agudo– se unió a la canción, Sakti se detuvo de golpe y giró para encarar a Telius.
—Tenemos una pequeña situación —informó con seriedad—. Un dragón marino viene para acá.
—… ¿Qué? —preguntó Telius.
Los piratas se dieron por muertos. Si no estuviesen tan asustados por el coro de gruñidos habrían corrido de un sitio a otro, desesperados. Ni siquiera Telius pudo asimilar bien la noticia. Para cuando iba a preguntarle a Sakti por qué estaba segura del dragón, Dereck avanzó hacia la princesa y preguntó:
—¿Lo atrajo, Alteza? —Sakti rodeó las orejas con las manos para escuchar mejor.
—Sí —asintió—, me escucharon cuando regañé a Geri. —Cerró los ojos e hizo una pausa, como para concentrarse en el significado oculto en los gruñidos que venían del mar—. Quieren verme. Son dos. Uno grande y otro pequeño. —Hizo una nueva pausa, sin siquiera darse cuenta de las miradas extrañas de los piratas que la veían mientras traducía la canción—. Son una madre y su cría, y las dos tienen hambre.
Ahora sí, los piratas soltaron gritos de pánico y se prepararon para correr en círculos. Telius también se asustó, pero en lugar de desesperarse pensó en tácticas de evasión, en posibles ataques si el enfrentamiento resultaba inevitable, en…
—La madre no ha encontrado alimento en el mar —siguió diciendo Sakti—, así que pide permiso para venir y cazar en estas aguas.
—… ¿Qué?
Los piratas se detuvieron de inmediato y Telius la miró anonadado. «¿Me está jugando una broma?», pensó irritado. ¿Desde cuándo los dragones pedían permiso para cazar? Cuando Sakti abrió los ojos y vio el rostro de Telius, comprendió los pensamientos del capitán.
—Está cansada y débil —explicó—, por lo que quiere evitar enfrentarse a tres dragones a la vez. Todo lo que quiere es alimentar a su cría.
—Ajá —se burló Telius—. Y tú la puedes entender, ¿es eso? —Sakti miró a los lobos.
—Me las arreglé para detener a dos lobos-dragón mientras tú estabas aterrado en tu castillito de popa —le soltó—. Si  no quieres creerme sobre esta dragona, no haré nada cuando ella te pille y alimente a su bebé contigo.
Telius supo que Sakti lo llamaba cobarde, pero era cierto que ella enfrentó a los lobos cuando nadie más se atrevió. Si lo que decía era cierto sobre la fuente de ese maldito sonido, entonces quizá podía hacer algo en caso de que se enfrentaran a un dragón. «Además, ¡maldita sea!», pensó él, «Youzen dijo que ella tenía habilidad para lidiar con criaturas mágicas y que por eso podría hacerse cargo de un encuentro con dragones marinos».
—¿Entonces qué sugieres que hagamos? —preguntó el capitán.
La sugerencia de Sakti no le gustó ni una pizca a Telius. Aun así Dagda bajó a la cocina en busca de Connor. Justo cuando el gemelo dejó la cubierta, la criatura salió del mar a unos cuarenta metros de Cecaelia.
La cabeza era como la de un lagarto, salvo por los dos cuernos largos de color verde pastel que le nacían en las sienes y se estiraban hacia atrás. Tenía una mata de pelo gris que le nacía en la corona de la cabeza y que se extendía por el cuello y el lomo, al igual que la crin de los caballos. El cuello era larguísimo, como tres veces el largo del hocico del animal. Los ojos eran verde esmeralda, igual que las escamas.
Después de levantarse por encima de la superficie del mar, la enorme dragona miró el barco y ladeó la cabeza a un lado como si viera algo curioso. Los piratas se mantuvieron inmóviles del susto, aunque al poco rato comprendieron que la criatura no los miraba. A la única que veía era a Sakti.
La criatura cantó otra vez. El rugido tenía muchos tonos graves, pues nacía del pecho y la garganta a la vez, como un ronroneo. A pesar de que el sonido era bonito los piratas se estremecieron del miedo. Solo Sakti permaneció inmóvil, concentrada en las palabras. Ahora que estaba tan cerca le fue fácil entender a la dragona.
«Qué curioso, pensé que eras más grande», escuchó la princesa. «Y al igual que los otros dos, no eres del todo como yo». Sakti supo que se refería a Geri y Freki, que eran mitad lobos. Quizá tenía sentido que la pusiera en la misma categoría que a ellos, pues era una aesiriana con el espíritu de un dragón.
«¿Puedes alimentar a mi cría con una de tus mascotas?», siguió la dragona a la vez que señalaba con la cabeza a Telius «¿Qué tal ese? Tiene suficiente carne para satisfacer a mi pequeña».
Sakti miró por encima del hombro para ver las mascotas a las que se refirió la dragona: los marineros, todos con la cara descompuesta por el miedo. Habría sonreído por la reacción de los piratas de no ser porque todavía estaba molesta por el hambre, el calor y la peleíta de los lobos.
—Lo siento, no puedo darte a ninguno porque los necesito para navegar el barco. Debemos llegar al Reino de las Arenas.
«¿Por aquella dirección?», dijo la dragona mientras señalaba con el cuello hacia el horizonte. «Allá hay tormentas».
Sakti parpadeó sorprendida, pues el día estaba soleado y despejado, sin rastro de nubes. Cuando le preguntó a la dragona, ella dijo:
«Los clanes de magos se enfrentan en aquella dirección. Uno de los bandos invoca tormentas desde el cielo y el mar, con lo que cambiaron el curso y la fuerza de las corrientes. Los peces más pequeños fueron arrastrados y los grandes los siguieron para cazarlos y comerlos, aunque unos cuantos se quedaron y ya murieron de hambre. Solo los más grandes, los que tenemos fuerza para resistirnos a las corrientes, permanecemos aquí. Si dejamos que la corriente nos arrastre nos perderemos y entraremos en territorio de otros dragones. No tenemos fuerza para enfrentarnos a ellos».
Sakti meditó en lo que dijo la dragona. Ya ni Geri ni Freki aullaban, sino que guardaban tanto silencio como ella.
—¿Y qué hay de aquella dirección? ¿Es segura? —Señaló una ruta más larga, que llevaba a un puerto distante del Reino de las Arenas.
«No querrán ir por allá», respondió la criatura marina. «Hay dragones mucho más fuertes y arrogantes que yo. Si encuentran a otros tres dragones juntos los considerarán una amenaza, se unirán para enfrentarlos y les quitarán sus provisiones». Sakti supo que se refería a los piratas. «Allá también está el padre de mi cría», siguió. «Como nació hembra no la considera una potencial amenaza, así que prometió que traería una presa para alimentarla. Sé que cumplirá pero no es bueno fiarse de sus trucos. Es fuerte y violento, así que no querrás encontrarte con él».
La dragona agachó la cabeza y miró fijamente a Sakti. Había solemnidad y reverencia en el gesto, que no pasó desapercibido por los piratas.
«Eres pequeña», dijo la dragona, «pero también fuerte. Lo sé, puedo sentirlo. Por eso me someto a tu voluntad, pero mi pareja no lo hará. Él no teme a los otros dragones como yo. Te verá como un desafío, su orgullo hará que te enfrente sin siquiera pensar en las consecuencias. No sé con certeza cuál de los dos saldría invicto, per, si yo tuviera la fuerza que él posee me habría animado a atacarte. Además, tú y los otros dos no tienen ventaja en el mar».
La dragona debía de estar verdaderamente hambrienta y débil, pues a pesar de todas sus ventajas –el tamaño, las fauces, el océano– evitaba meterse con una chica. Si la princesa y los lobos eran suficientes para intimidarla, Sakti no quería ni imaginarse a los otros dragones de los que se mantenía alejada.
—Entiendo, gracias por el consejo. —En ese instante apareció Connor en la cubierta. Como siempre, el chico entró justo a tiempo.
—¡Vaya! —silbó al ver a la criatura marina. Los ojos del profeta brillaron como si viera juguetes, dulces y arcoíris—. ¡Este es el mejor día de mi vida! ¿Muerde? ¿Puedo tocarla?
Dereck sonrió. Era típico del chico sorprenderse y alegrarse en situaciones que ameritaban  miedo. Dagda, quien venía detrás de Connor, pensó lo mismo que el Guardián y se golpeó la frente con la mano al ver la reacción de su hermanito.
—¿Traes la conserva? —preguntó Sakti. Connor le mostró un gran frasco de vidrio en el que había un puré-de-algo. La princesa ni se atrevió a preguntar qué era—. Bien, acércate. —Después se dirigió a la dragona—: No tenemos mucho y no puedo ofrecerte carne, pero podemos darle un poco de comida a tu cría. No será suficiente para llenarla pero le dará un poco de fuerzas.
Sakti señaló el frasco que su amigo traía para que la criatura comprendiera que la ofrenda era el misterioso puré y no Connor. «Entiendo, muchas gracias», susurró la dragona, aunque luego guardó silencio y miró a la tripulación. «No la lastimarán, ¿verdad?».
—Si alguno intenta herir a tu cría, yo mismo lo tiro al mar para que hagas con él lo que te plazca.
Un lobo gimió porque tenía ganas de ser el que se comiera a un pirata. Sakti lo ignoró y la dragona aceptó la promesa de la princesa. La criatura se sumergió en el mar y todo se mantuvo en calma durante unos segundos. Pareció que el peligro –la dragona– ya había pasado, pero entonces el barco se estremeció de un lado a otro. Sakti y los demás tripulantes se apiñaron en el centro de la nave para no caer por los bordes.
La cría subió a la cubierta del barco con la ayuda de la dragona, que la empujaba desde atrás.
Era idéntica a su madre, solo que más pequeña y encantadora. Tenía los ojos grandes como esmeraldas, la piel verde-agua, los mechones grises, cortos y suaves y los cuernitos eran apenas como un par de piedrecillas. Las cuatro patas –dos al frente y dos traseras– parecían más bien aletas, aunque tenían garras filosas. La cola era larga y bien desarrollada, con una membrana gris que le permitía moverse con rapidez y agilidad cuando estaba sumergida.
Aunque la cría medía como cinco metros y ya era más grande que los lobos-dragón, tenía una carita tierna e inocente que sacó una expresión de ternura de algunos piratas. Aunque otros retrocedieron sus buenos pasos solo para asegurarse de correr a tiempo en caso de que la bebé quisiera comérselos.
No tendrían que preocuparse por esto pues la cría intentó regresar al agua. De no ser porque su madre se lo impidió, habría escapado. «Es tímida», dijo la dragona. «Esta es la primera vez que ve magos. Todo lo que sabe de ustedes es que pelean en los mares desde estas estructuras flotantes».
Connor jaló la manga de Sakti y la miró con ojos encantados, como si él también fuera un bebé.
—Alleeeeena, ¿la puedo tocar? ¿Puedo, puedo?
Sakti soltó un suspiro porque Connor no era razonable. Igual miró a la dragona para saber si aprobaba que el chico se acercara a la cría. Ella asintió, aunque fue muy clara en lo que pasaría si su bebé recibía daño alguno. Connor se acercó a la cría, sacó el extraño puré del frasco y lo vertió a los pies de la criatura. A pesar de ser tímida, el hambre pudo más que ella y se comió toda la mezcla para satisfacción de su madre. Cuando terminó miró a Connor con ojitos grandes, como si le pidiera más.
—No tengo —dijo el chico—. Lo siento, ya no hay más.
Ella pareció entenderle, porque estiró el labio inferior e hizo un puchero idéntico al que tenía Connor. Bajó la cabeza, decepcionada, y al instante la levantó y se tiró sobre el chico. Darius saltó para ayudar a su hijo ¡porque estaba seguro de que se lo iban a comer! Se detuvo en seco cuando escuchó que Connor se reía a carcajadas, porque la dragoncita no lo había mordido. Lo estaba lamiendo.
«¡Le agrada!», rio la madre. Para los piratas su risa fue un escalofriante rugido, aunque a Sakti le pareció el bostezo de un gigante bonachón. La dragona agachó la cabeza y agarró a su bebé entre las fauces. Connor gimió de la decepción.
—¡Ah, yo quiero jugar más!
«Si siguen navegando a este ritmo», dijo la dragona, «y siguen la dirección en donde hay tormentas, verán la costa después de que el ojo del cielo parpadee catorce veces». Sakti arrugó la frente, indecisa por las tormentas. Ya antes habían sufrido unas cuantas y hubo una ocasión en que por poco Cecaelia se hunde. No estaba segura de querer repetir la experiencia. La dragona entendió lo que pensaba y agregó: «Esa dirección es mucho más segura que la otra, donde hay dragones. En caso de que sigan la ruta más peligrosa, tardarán más de treinta parpadeos en ver tierra. Eso si no encuentran dificultades. Pero créeme: las encontrarán».
Sakti agradeció de nuevo a la dragona por el consejo y le dio permiso de cazar en la zona. Dudaba que encontrara algo para comer. Incluso si lo hacía y los dejaba sin pesca –y por tanto sin alimento para la tripulación–, eso era mejor a que se animara a atacar el barco y se los comiera a todos.
—Solo ten cuidado con un tritón que nada cerca—la advirtió antes de que la dragona se marchara—. Youzen es parte de la tripulación.
Como la dragona rugió en señal de acuerdo, Sakti supo que el peligro había pasado. La criatura y su bebé se habían marchado.


"Los Hijos de Aesir: Travesía bajo la sombra del Tercero" © 2010-2017. Ángela Arias Molina

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Ojalá que me den CRITICAS CONSTRUCTIVAS para poder mejorar en mis escritos.
No es necesario que dejen su nombre, aunque se los agradecería para poder darle las gracias cada vez que publique de nuevo, ya que quiero dar crédito a las sugerencias que me hagan.
Gracias por tomarse su tiempito y honrarme con sus comentarios. =^_____^=

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