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Capítulo 24

24
ALGAS MARINAS



El viaje siguió con un cambio de curso.
Algo que no le gustaba a Sakti del liderazgo de Telius es que era muy democrático cuando no tenía que serlo. Podía tolerar e incluso admirar un poco que fuera testarudo, a pesar de lo molesto que era hacerlo entrar en razón. Pero no podía aceptar que un líder sometiera a votación una decisión importante como si pretendiera que el resultado fuera responsabilidad de todos los que votaron, no solo suya.
Fue así como Telius sometió a votación el curso que tomaría la nave.
Si seguían la ruta que tenían planeada antes de encontrarse a la dragona, entonces se toparían con batallas entre buques aesirianos y vanirianos, además de las extrañas tormentas. Esos enfrentamientos y ataques definitivamente hundirían el barco pirata.
Sakti y Dereck estaban seguros de que los vanirianos provocaban las tormentas a través del mismo mecanismo que utilizaban los castillos flotantes para invadir ciudades aesirianas con relámpagos mortales: la sincronización. Quizá hasta era como el hechizo de ocultación que generaba el núcleo que estaba en la pared del castillo de popa del barco de Telius.
La otra ruta los llevaría a un puerto más lejano, en un extremo del Reino de las Arenas. El viaje sería más largo y –en opinión de Sakti– más peligroso a causa de los dragones. Además, Dereck no estaba del todo seguro de que en ese puerto encontraran a un pariente de Sakti para pagar a los piratas a tiempo.
Sakti, los profetas y el Guardián creían que lo correcto era seguir la ruta original, pues existía la posibilidad de que el encuentro entre los buques de guerra hubiese terminado para cuando Cecaelia llegara a la costa. De ser así, entonces no correrían peligro alguno.
Telius y los piratas estaban convencidos de que la otra ruta era la mejor alternativa. Todos tenían hambre y todavía recordaban la peleíta de los lobos. Quizá la próxima vez que Geri y Freki perdieran los cabales ni Sakti sería suficiente para calmarlos. Si seguían la ruta original, lo más probable es que no encontraran pesca para alimentar a los mensajeros y al resto de la tripulación.
Si seguían la otra ruta de seguro encontrarían comida. Después de todo, ¿por qué otra razón estarían los dragones en esa parte del mar? Porque había caza, desde luego. Además, Youzen regresó de sus expediciones marinas y confirmó lo que la dragona dijo: las corrientes habían cambiado y arrastraron a los peces hacia la zona donde se disputaban los dragones.
Eso significaba que había comida de sobra en esas aguas. Con un poco de suerte, los dragones estarían muy ocupados peleando entre sí y cazando como para prestar atención a un barco.
Ya que había más piratas que princesas, soldados y profetas, la mayoría decidió navegar la ruta infestada de dragones. Lo único bueno es que sí encontraron comida. O casi.
—No pongas esa cara, grandulón —dijo Fustus a Dereck—. Las algas marinas son una exquisita fuente de potasio.
—¿Según quién? —espetó el soldado mientras él y los lobos miraban los tazones de algas que Connor repartió como parte de la cena. De momento era lo único comestible que Youzen encontró en sus expediciones.
Todos estaban muy decepcionados porque el tritón no encontró peces, pero las algas sí eran comida. Después de varios días sin comer, debían dar gracias por haber encontrado algo comestible.
Luego de que Sakti terminara de quitarle los bozales a los lobos –los obligaba a ponérselos todos los días desde la pelea–, se sentó entre Dereck y Darius para comer. Como era de noche había varios faroles encendidos en la cubierta del barco. La princesa vio sin problemas la maraña de algas verdes. La maraña desagradable de algas verdes.
Algunos piratas ya habían empezado a comer, aunque arrugaban la cara y hasta tenían arcadas. Se esforzaban en mantener la comida dentro. Todos guardaron silencio y se la quedaron viendo cuando Sakti enrolló las algas en el tenedor. Como sabían que era una aristócrata asumieron que nunca pasó hambre y que solo comía platillos preparados por un chef de alta categoría.
Sakti se metió las algas en la boca y las masticó sin arrugar la cara. Cuando terminó de tragar miró el tazón por unos segundos, como si no quisiera hacer nada más que ver la fea cena. Al rato enrolló otras más en el tenedor y siguió comiendo.
—E–em... ¿Qué tal? —le preguntó Connor—. ¿Están aceptables?
El chico pasó horas encerrado en la cocina preparando las algas porque no quería que supieran tan mal. Sus padres adoptivos le habían dicho que algunas algas sabían bien para los humanos, pero a los aesirianos siempre les parecían amargas.
—Son comestibles —respondió Sakti mientras preparaba un tercer bocado—. ¿Hay más?
—¿Quieres repetir? —preguntó Connor, ilusionado—. ¿Te gustaron?
—No —contestó la princesa sin siquiera pensar en que podría herir los sentimientos de su amigo—, pero no sabemos si encontraremos más comida después. Si hay muchos dragones cerca, quizá Youzen no podrá hacer expediciones sin riesgo de ser cazado.
Con eso lo dijo todo: no le gustaban las algas, pero estaba dispuesta a comer algo horrible para ganar fuerzas, en especial porque era poco probable que encontraran más alimento después.
Como Sakti no arrugó la cara, Dereck y Darius se armaron de valor para empezar a comer. Si ella podía hacerlo ¿por qué ellos no? Metieron los tenedores en el tazón, enrollaron unas algas y se las metieron a la boca. Las escupieron de inmediato. Darius agarró una servilleta para limpiarse la lengua y Dereck se restregó la cara, porque el sabor le había sacado lágrimas. ¡Era lo más horrible que habían probado en la vida! Ni siquiera la cocina milagrosa de Connor pudo arreglarlas.
Telius intentó comer también, Fustus se armó de valor y los gemelos se taparon la nariz para tragarse las algas sin siquiera olerlas, pero todos terminaron apartando los platos con asco… Aunque al instante el estómago les gruñó tan fuerte que supieron que terminarían comiéndose la cosa verde.
—Puedo servirte más —dijo Connor a Sakti.
Estaba resentido porque a nadie le gustó lo que preparó, pero por lo menos la princesa no arrugó la cara y hasta le preguntó si había más comida.
—Pero no puedes abusarte —advirtió el chico—. Nuestros estómagos están muy pequeños por el ayuno. Si comemos mucho nos puede hacer daño.
—Puaj —se quejó un lobo después de probar su ración—. Creo que no tienes que preocuparte por eso, ¡nadie querrá repetir de esa cosa verde!
Geri y Freki se marcharon al mástil principal, que se había convertido en su refugio en medio del mar. No les gustaba la idea de comer algo semejante a una verdura en lugar de carne.
Cuando Sakti iba por el segundo plato, Telius apartó –otra vez– la comida y decidió aprovechar que los lobos estaban lejos para tratar un tema muy importante.
—Ya que dentro de un mes terminaremos este viaje, es hora de que hablemos de negocios.
Sakti apartó la mirada del tazón, pues comprendió lo que Telius quería decir.
—Oh, ¿ya decidiste qué pedirás como pago?
—Definitivamente quiero que me quiten la maldición que me pusiste, niña —le gruñó el capitán mientras le enseñaba la mano con la marca oscura—. Me dijiste que solo un príncipe de las Arenas puede poner y quitar esta maldición. Lo que me lleva a la siguiente pregunta: ¿cómo pudiste ponérmela?
Dereck sonrió con ligereza. Parecía que al fin el pirata sospechaba cuál era la identidad de Sakti. «O lo supo desde que ella le echó el maleficio, pero no le dio importancia hasta ahora», pensó. Telius siguió con las preguntas.
—¿Qué relación tienes con los príncipes de las Arenas? ¿Quién te espera allí?
—De momento nadie me espera —confesó Sakti mientras apartaba el tazón—. Ellos no saben que me dirijo hacia allá, pero estarán felices de verme y te agradecerán por llevarme con ellos.
—Eso no responde mis preguntas —le soltó el capitán. Sakti resopló:
—De acuerdo. Mi hermano me enseñó a realizar el conjuro de la maldición, de la misma forma que nuestro padre se lo enseñó a él. Si no puedes inferir a partir de allí mi relación con los príncipes de las Arenas, entonces eres un imbécil.
Algunos piratas optaron por engullir las algas sin masticarlas para así evitar el mal sabor. Cuando escucharon el insulto de Sakti casi se atragantan. A Telius le habría encantado agarrar a la chica del cabello y encerrarla en su habitación para darle una lección, pero el Gorila y Darius no dejarían que le pusiera ni un dedo encima y los lobos lo descuartizarían vivo. Además, desde el encuentro con la dragona Telius sospechaba que Sakti sí era tan fuerte como Dereck y los profetas sugerían. A lo mejor ella era más que capaz de darle una tunda, así que solo se limitó a arrugar la frente.
—Eres pariente de los príncipes de las Arenas —concluyó. Dereck asintió y murmuró:
—De ahí sacó esa boquita insolente. Los príncipes estarán encantados al ver que se parece tanto a su padre.
Telius gruñó porque la insolencia de Sakti no había hecho más que hartarlo en los últimos meses, así que no tenía ganas de lidiar con las insolencias de los parientes de la muchacha. Sakti ignoró el comentario del Guardián y dijo:
—¿Qué harás ahora que lo sabes? ¿Pedir mucho, mucho dinero? ¿O quizá terrenos? ¿O una flota con diez mil marineros?
—No me insultes —reprochó Telius con sonrisa burlona—. Tengo planes más grandes que esos, aunque un poco de dinero no le hace mal a nadie. —Su sonrisa se esfumó y adoptó un perfil más serio, como si lo que dijera a continuación fuera de vida o muerte—. He escuchado cosas terribles de los príncipes de las Arenas. Se dice que son guerreros formidables y feroces, que no se detienen ante excusas ni súplicas. ¿Qué me asegura que cuando vean mi barco o a mi tripulación no nos matarán?
—Se detendrán por mí.
—¿Oh, en serio? —la pregunta de Telius estaba llena de desdén—. ¿Crees que te reconocerán desde lejos? Aún si lo hacen ¿nos dejarán con vida solo porque tú lo dices? Quizá sean tus parientes, quizá se pondrán muy felices al verte, pero no confundas felicidad con obediencia. Por eso dime, niña, ¿quién eres tú como para que esos feroces príncipes cumplan tus órdenes?
Sakti resopló de nuevo. A lo mejor Telius sí era un imbécil después de todo. Si le iba a pedir un credencial que justificara el compromiso de los príncipes de las Arenas con las peticiones de una chica, debió haberlo hecho antes. No ahora que les quedaba un mes de viaje.
—Yo soy Sakti Allena. Solo porque unos piratas ignorantes no conocen mi nombre y mi reputación, no quiere decir que en las Arenas desconozcan quién soy yo. Si pido algo tan irrazonable como respetar la vida de piratas, lo harán solo porque yo lo digo.
—¿Solo porque tú lo dices?
—Ajá. En el Reino de las Arenas nos consienten mucho a mi hermano y a mí. —La princesa ladeó la cabeza, en son de burla a Telius—. ¿Alguna otra pregunta?
—¿A qué te refieres con reputación?
Sakti estaba segura de que Telius y algunos piratas ya sospechaban que ella era una princesa y no una simple aristócrata; pero el título por sí solo no era suficiente para explicar la colaboración de los príncipes de las Arenas. Sin embargo, no se atrevió a decir que era la portadora del Primer Dragón porque los piratas no creían en la Profecía y se burlarían de ella si lo decía. Tampoco quiso decirles que era sobrina del Emperador Kardan, o que su padre habría sido rey, o que su hermano accedería al Trono de las Arenas cuando fuera mayor y que ella era la segunda a esa corona.
Aunque Telius era amigo de Darius, era obvio que no le tenía ni pizca de simpatía a Sakti. Si le decía al capitán quién era ella, a lo mejor el pirata se olvidaría de la promesa en el Reino de las Arenas y buscaría una recompensa jugosa con los vanirianos. Además, aunque era considerada princesa de Masca y de Irem –la capital del Reino de las Arenas–, oficialmente no fue consagrada para el segundo título y no estaba al tanto de las condiciones políticas del desierto como para asegurarlo. Así que se limitó a ofrecer una única respuesta:
—Soy heroína de guerra. En el Oeste del continente principal me hice cargo de varias tareas que los otros príncipes no pudieron atender. Como fui muy eficiente a pesar de mi juventud, obtuve un buen estatus en las filas políticas de Masca y del desierto. Podría decirse que es un delito no obedecerme. Quizá no lo entiendas pero en el desierto no tienen otra opción más que seguir mis órdenes. Tienen que hacerlo.
Dereck la interrumpió con calidez y orgullo:
—Aunque no fuera obligatorio obedecerla, lo harían de todas formas. Los príncipes, los soldados, los civiles... Todos estarán felices de que Sakti Allena regrese a la tierra en la que debió haber nacido.
Eso Sakti no podía asegurarlo al cien por ciento, pero era lo que su hermano, Kael y Dereck solían decirle cuando estuvieron en Masca: que cuando ella visitara al fin el Reino de las Arenas todos estallarían de júbilo.
—¿Y quién exactamente va a pagarnos cuando lleguemos allá? —siguió preguntando Telius—. ¿Quién me va a quitar la maldición?
—Depende de quién esté en el puerto al que lleguemos. —Sakti tenía que admitir que no se lo había pensado muy bien—. Si no hay un príncipe tendremos que enviar a un mensajero a buscarlo. Estoy segura de que él se apresurará a venir cuando sepa que estoy cerca.
—¿Quién?
—Mi hermano.
Le sorprendió lo feliz que se sintió al pensar en un reencuentro con Adad. Se preguntó qué tanto de ese viaje era en realidad para salvar a Zoe, si quizá ella estaba viajando con el único motivo de reunirse con su hermano. ¡Hacía tanto tiempo que no lo veía! ¿Habría crecido, habría madurado, tendría barba ahora? Deseaba verlo.
—Alleeeena —dijo Connor con su tono de niño curioso—, jamás me has hablado de tu hermano. ¿Cómo es? ¿Se parece a ti? —Antes de que Sakti pudiera responder, los gemelos estallaron en carcajadas.
—Allena y Adad se parecen tanto como Airgetlam y yo —dijo uno de los muchachos—. ¡Son igualiticos! Si no fuera porque Adad es más alto y porque Allena tiene el cabello largo, no podrías diferenciarlos.
—Ah, ah —intervino entonces Airgetlam—, pero eso es solo por fuera. Porque sus personalidades son muuuuy distintas. Cuando ves a Allena lo primero que piensas es que es muy seria y luego te das cuenta de que en realidad es un poquito tímida.
—Pero cuando ves a Adad —siguió Dagda— lo primero que piensas es que es muy simpático. ¡Y luego te das cuenta de que es loquísimo! Es como un bebé en traje de grande.
—Planeaba travesuras enormes y siempre se libraba de cualquier regaño.
—En Masca organizaba carreras de animales. Ganaba el que rompiera mayor cantidad de cosas en el camino.
—Y por supuesto siempre ganaban él y su esfinge, porque nadie más era tan temerario o estúpido como él.
—¡Es simplemente genial! —dijeron ambos gemelos a la vez. Darius se golpeó la frente con la palma de la mano, porque sabía que Adad influyó en gran medida en las personalidades traviesas de sus hijos. ¡Por culpa de él los chicos eran todavía más terribles!
—Y tiene un graaaan complejo con su hermana. Cada vez que podía la alzaba en brazos para cargarla como a una muñequita.
—Y cuando no podía cargarla porque estaban en público, la mantenía rodeada en sus brazos. Ah, pobre, pobre Allena...
—Si por Adad fuera se casaría con ella. Es una pena para él que el incesto sea ilegal.
—Cállate —dijo Dereck mientras le daba un coscorrón a Dagda—. El señor Adad solo quiere mucho a su hermana porque es la única que tiene. Ustedes no lo comprenden porque tienen como mil hermanos de sobra.
—Oh... Lo dice otro hermano mayor con complejo de hermana —se burlaron a la vez Airgetlam y Dagda. Ellos sabían que Dereck le hacía muchísimas visitas a su media hermana, quien vivía en el Templo de las Doncellas en Masca como Zoe.
—Oh... Lo dicen los chicos que cada fin de semana a las siete en punto de la mañana esperaban frente a las puertas del Templo a que la sacerdotisa superior les permitiera entrar y se llevaban a su hermanita pequeña a algún sitio perdido para que el príncipe Kardan no la encontrara en el día de visitas, e incluso hacían que alguna otra de las aprendices en el Templo se disfrazara de Zoe para engañar al príncipe. ¡¿Quién tiene complejo de hermana ahora, ah?!
Darius casi se atraganta con las algas porque le dio un ataque de risa al escuchar lo que sus hijos habían hecho. Le divirtió que los gemelos se confabularan para burlar al príncipe Kardan y también que Dereck se pusiera a pelear con ellos como si fuera un chiquillo más, lanzando comentarios sin apenas tomar aire.
—En pocas palabras, él es como ellos, ¿verdad? —preguntó Connor a Sakti, entre risas. La princesa asintió.
—Sí, Adad es como Dagda y Airgetlam, pero peor. Mucho peor.
—¿Peor que Dagda y Airgetlam? ¡Ay, Allena, te compadezco tanto! —Sus hermanos lo miraron enfadados.
—Momento, ¿a qué te refieres con eso?
—Se refiere a que ustedes son un poquito sofocantes —contestó Darius. Como vio que los chicos se herían por el comentario, explicó—: Ustedes y Adad son muy sobreprotectores, porque se toman muy en serio el papel de hermanos mayores. De momento eso está bien porque Connor y Zoe aún son muy chicos y no me viene nada mal la ayuda para cuidar de ellos. Pero para Allena es diferente. Ella ya no necesita que su hermano la cuide tanto.
Darius recordó los días vividos en Masca junto a Adad y Sakti.


Aunque nunca le gustó ser prisionero del Emperador, sí le agradó recibir las visitas de ambos príncipes. Adad nunca le cayó tan bien como Sakti porque lo consideraba caprichoso y egoísta. Pero sus tres hijos amaban al príncipe porque Adad siempre trató a Zoe con el mismo cariño con que trataba a la princesa; y los gemelos, que eran traviesos desde el nacimiento, se sintieron como peces en el agua con la compañía del príncipe. Aunque a Darius le preocupó siempre que Adad fuera una mala influencia para los cachorros, tenía que admitir que ellos lo admiraban mucho y que aprendieron de él a amar incondicionalmente a sus hermanos pequeños. Una lección por la que Darius le estaba agradecido.
A pesar de eso, todavía Adad no le agradaba. Muchos creían que el hermano de Sakti era el dulce príncipe Adad, un muchacho que pensaba en sus súbditos, que se reía junto a los criados como si fueran amigos de toda la vida, que se entristecía por lo que le sucedía a otros o que felicitaba a cualquier persona si la ocasión lo ameritaba. Pero para Darius, Adad era un chico inestable. No solo dependía mucho de lo que su hermana dijera, pensara o sintiera por él, sino que también llegaba a cometer barbaridades por ella.
El profeta recordaba a la perfección un día nefasto en que Adad se dejó llevar por su naturaleza sobreprotectora. Lo recordaba porque, aunque no estuvo presente cuando sucedió, tuvo que esforzarse al máximo para que sus hijos no escucharan a las sirvientas rumorear.
Ocurrió en el verano del primer año que Sakti estuvo en Masca. Fue una época muy calurosa, por lo que Adad preparó una cita para que a la princesa le confeccionaran vestidos ligeros ideales para el clima.
Durante la sesión, una ayudante de la edad de Sakti –15 años en ese momento– se encantó por los mechones grises y pidió permiso para hacerle a la princesa un nuevo corte. Adad estaba fascinado y a Sakti le daba lo mismo. Mientras algunas sirvientas le mostraban patrones y telas distintas, la joven ayudante se encargó del corte. Entonces dijo:
—Qué interesante es este cabello. Aunque creo que no es tan bonito como el que dicen que tenía la princesa Istar. Qué decepción...
Y ¡ZAZ! Fue tan rápido que la doncella no pudo ni gritar en los primeros segundos.
—Ooops... —dijo Adad—. Parece que te has metido la tijera en el ojo. Qué peligroso es bromear cuando se tienen objetos punzocortantes en la mano, ¿verdad?
Al principio la ayudante pensó que el príncipe bromeaba. Porque ¿cómo podría decir algo tan serio mientras sonreía tan encantadoramente y con la mano en el puño de la tijera que se enterraba en el ojo de la sirvienta? Luego ella vio con el ojo sano que las otras criadas la miraban horrorizadas, mientras Sakti la ignoraba. Cuando Adad sacó la tijera por fin sintió el dolor. Gritó, aulló y se retorció en el suelo. El príncipe no hizo nada para ayudarla. Solo jugueteó con las tijeras.
—El cabello de mi hermana es hermoso tal cual es. Te dejaré conservar el otro ojo para que lo aprecies mejor, ¿de acuerdo? —Y lo dijo como si su oferta fuera muy generosa.
Las sirvientas gritaron, la ayudante herida se desmayó y los soldados que acompañaban a los príncipes –en ese entonces Dereck y Kael todavía no se habían recuperado del enfrentamiento contra Sigurd– tuvieron que cerrar puertas y ventanas para evitar que las aesirianas escaparan y propagaran rumores. La acción de los hombres dio tiempo a que el Emperador interviniera.
Esa fue de las poquísimas veces que el monarca llamó la atención a Adad. En opinión del profeta, su reacción fue patética. No se escandalizó por lo que hizo su sobrino. No lo castigó. Ni siquiera le pidió que se disculpara con la ayudante. Solo se limitó a decirle que un príncipe debía mantenerse sereno y que la escena no debía repetirse nunca más. Después ordenó a las sirvientas no hablar jamás de lo sucedido, aunque claro que lo hicieron... al menos entre ellas y lo bastante alto como para que Darius se enterara de las locuras de las que era capaz el príncipe Adad.
Por un par de días intentó que sus hijos no escucharan para nada las conversaciones de las sirvientas. Al tercer día no tuvo que preocuparse más del asunto porque hubo cambio de personal. Nunca más supo de las primeras mujeres que limpiaban sus habitaciones ni de la joven a la que Adad atacó, y estaba seguro de que nunca nadie más volvería a saber de ellas. En cuanto a Adad... el príncipe siguió siendo el mismo cuando trataba con los profetas, tan atento y juguetón con los niños, tan simpático con Darius y tan cariñoso con Sakti. Pero Darius sabía que bajo esa personalidad dulce se escondía un monstruo.
Ahora, tantos años después del incidente, se preguntó si tal vez aquel repentino ataque sería obra del Segundo Dragón, el espíritu que Adad cargaba en la espalda.
Darius estaba seguro de que Sakti y su Dragón eran conscientes la una de la otra. Lo había visto en innumerables ocasiones durante la travesía en el mar. Tal vez Adad estaba en la misma situación. ¡De hecho, tenía mucha lógica! Solo eso podría explicar el cambio abrupto en la personalidad del príncipe, que por lo general era dulce y sensible, pero a veces cruel y sádico.
Tal y como Sakti lo era en muchas ocasiones.
Esas contradicciones en las personalidades de ambos hermanos tenían sentido si los dos intercambiaban pensamientos y sensaciones con los Dragones que portaban, si ambos permitían que los Dragones movieran sus cuerpos o tomaran decisiones de vez en cuando.


—¡Darius!
Un tenedor lo golpeó justo en la frente.
—¡Estás en las nubes, chico! ¿No oyes que te hablo? —Era Telius. Darius se llevó una mano a la frente para aliviarse al dolor y miró al capitán.
—Perdón... ¿Qué decías?
—Te pregunté si este Adad es de fiar. ¿Nos pagará lo que sea que pidamos? ¿Logrará quitarme la maldición? ¿Nos mantendrá con vida solo si la chica se lo pide? Porque si veo que hay riesgo de que nos mate, ¡la tomaré prisionera!
Darius vio que Dereck reprimía una carcajada. Solo porque el Guardián pasara los últimos meses trabajando bajo las órdenes de un pirata no significaba que fuera incapaz de enfrentarlos y matarlos a todos.
—Es como dicen los chicos: Adad está loco por su hermana —respondió el profeta—. Hará lo que sea que ella le pida. Además, en verdad te recomiendo que ni pienses en ponerle un dedo encima a Allena. Olvídate de Dereck, de Geri y Freki. ¡Si Adad se entera te hará picadillo!
Antes de que Telius pudiera burlarse de la advertencia de Darius, el barco se estremeció violentamente. Había chocado contra algo.
—¡Maldición! —exclamó el capitán—. ¿Quién está de vigía? —Nadie le respondió de inmediato.
—Umm... Creo que todos estamos aquí abajo... comiendo.
Era cierto. Toda la tripulación estaba reunida para la cena de algas amargas. No había nadie a cargo de las velas, el timón ni oteando el horizonte. Una nueva sacudida afectó el barco, seguida por un par de segundos de paz y un nuevo estremecimiento. Algo golpeaba la nave constantemente.
Al principio nadie se atrevió a averiguar qué sucedía. Todos se pusieron en alerta cuando Sakti se levantó. La princesa avanzó lento pero seguro hacia la baranda, seguida del Guardián. De repente Dereck estiró un brazo para agarrar a Sakti, porque ella había perdido el equilibrio.
El soldado creyó que era por la nueva sacudida del barco. Comprendió que algo iba mal cuando vio que la muchacha se había llevado una mano a la boca y estaba algo pálida. Dereck siguió su mirada y encontró en el oscuro mar lo que sorprendió a la princesa: una enorme cabeza de dragón.
Las olas mecían la cabeza y la chocaban a cada instante contra el casco del barco. Era tan grande que la nave se mecía a su ritmo.
Aunque estaba asqueado por los ojos carcomidos, Dereck se acercó más a la baranda para asegurarse de que solo fuera una cabeza y no algo más. Se percató entonces de que el pasamanos tenía pintas rojas que aumentaban con cada golpe de ola. Dereck tomó una de las lámparas esparcidas en cubierta e iluminó el mar. Aunque estaba oscuro vio que el agua estaba teñida de rojo. Aspiró profundo solo para estar más seguro.
Sangre. Antes no lo había notado porque el aire olía a sal desde que salieron de la Península. Ahora el olor se había intensificado. Gracias a la lámpara vio que sí había más rastros de dragón, aunque estaban tan desperdigados en el mar que no sabía con certeza hasta dónde llegaban.
—Un dragón solo puede morir descuartizado en las garras de otro dragón —le dijo Sakti preocupada—. Eso quiere decir que por aquí hay uno muy peligroso.
Dereck asintió porque él también llegó a la misma conclusión.
Cuando el resto de la tripulación miró los trozos de cadáver, vieron a Sakti como si esperaran que ella pudiera hacer algo al respecto.
—Claro, no hay problema —soltó sarcástica—. Si nos topamos al monstruo que hizo esto, naufragaremos y muchos se morirán, pero de seguro todo valdrá la pena mientras el otro dragón también se muera.
No estaba nada segura de poder enfrentarse a un dragón tan violento. Quizá ella tenía mucha magia pero a veces ni eso era suficiente para derrotar a un grolien. ¿Sería entonces suficiente para luchar contra un dragón? La sola idea hizo que le doliera el estómago… y la cabeza… y los brazos… y todo el cuerpo.
Le dolían tanto las piernas que a lo mejor se habría caído de no ser porque Dereck la sostenía. Vio que el Guardián tampoco estaba muy bien, pues tenía el rostro pálido y se sostenía el estómago como si también le doliera. ¿Acaso se mareó por ver la cabeza?
No. Sakti se percató de que muchos piratas también tenían mala pinta.
—¡Argh, idiotas! —soltó Connor enojado—. Se los advertí, les dije que no comieran tanto. —El chico miró los tazones vacíos de algas y luego arrugó la frente al escuchar los gruñidos de estómago de la tripulación entera. Supo que no era hambre sino una buena indigestión—. Dicen que no les gustan las algas y aun así cada uno se comió como dos platos. ¡No me lo puedo creer!
Antes de que Telius también se enfermara del estómago, ordenó el cambio de rumbo y giró el timón hacia la ruta original. No quería enfrentarse a un dragón violento, menos cuando no estaba muy seguro de poder controlar sus propios intestinos.

"Los Hijos de Aesir: Travesía bajo la sombra del Tercero" © 2010-2017. Ángela Arias Molina

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