¡Sigue el blog!

Capítulo 26

26
EL DRAGÓN BLANCO



Escuchar las palabras de Dagda fue como si le echaran un balde de agua fría encima. Estar en medio de barcos vanirianos con el hechizo de ocultación activo era una cosa, pero estar en una lucha naval era algo muy diferente.
No importaba que el núcleo de sincronización todavía funcionara y ocultara el barco pirata, pues ese sortilegio de invisibilidad no funcionó antes con los rayos automáticos que se activaron muchas leguas atrás. Si los rayos pusieron en aprietos la nave, ¿qué pasaría ahora con las bolas de cañón que se lanzaban los buques de guerra? ¡A ese ritmo Cecaelia terminaría agujereada con o sin hechizo de invisibilidad!
Además… Dereck comenzaba a sospechar que ya ni siquiera el núcleo funcionaba, porque Cecaelia estaba recibiendo una lluvia constante de bolas de fuego. De no ser por el escudo que Sakti puso con mucho esfuerzo, hace rato el barco habría naufragado. Como si eso fuera poco, en esa zona de combate había muchísimos más rayos que antes, que surgían de las profundidades del mar con cada ola que golpeaba el casco.
—¡Maldita sea! —gruñó Telius mientras señalaba los buques aesirianos—. ¡¿Por qué disparan contra nosotros?!
Dereck giró los ojos y miró al capitán como si fuera un tarado.
—Tienes una nave sin bandera y que se metió en plena batalla con una ola gigante. ¡Claramente es una embarcación sospechosa! —le gritó.
Si Dereck estuviera en los buques de guerra también habría disparado contra Cecaelia, así que no culpó a los oficiales por lo que hacían. «Pero si no dejan de disparar no podré llevar a la princesa al puerto», pensó mientras estudiaba el escenario. Buscó rutas alternativas entre los navíos vanirianos y aesirianos, pero eran rayos por aquí, detonaciones por allá y naufragios por todas partes. No había forma de guiar el barco sin peligro de recibir un ataque que el escudo no pudiera bloquear.
—¡Dereck! ¡Telius! —gritó Darius mientras avanzaba hacia ellos en medio del caos.
La cubierta era un desastre, pues los piratas corrían de un lado a otro. Algunos intentaban poner orden y ayudar a los compañeros que resultaron quemados en la primera detonación. Otros jalaban las cuerdas para cambiar el curso de la nave, pero unos más jalaban al lado contrario porque no estaban seguros de que moverse fuera acertado.
—¿Qué hacemos? —preguntó el profeta al capitán y al soldado que tomó posesión de la nave.
Telius trazó un plan a toda velocidad para escapar de allí. Cuanod estuvo a punto de dar órdenes, Sakti y Dereck gritaron. El soldado se apartó de la princesa con un salto, pues la chica le había metido las uñas en el brazo al apretarlo.
Dereck supo que ella no quiso lastimarlo, que solo lo rasguñó de la misma manera que aruñaba el suelo de la cubierta cada vez que tenía un espasmo de dolor. Pero esta vez fue diferente, porque el grito fue todavía más agudo y fuerte que los primeros, mucho más parecido al rugido de la dragona que encontraron en el mar.
Dereck y Darius no supieron si Sakti intentó advertirlos, pero ellos percibieron la catástrofe antes de que ocurriera: las velas de Cecaelia ardieron junto con las de varios barcos, tanto vanirianos como aesirianos. Antes del fuego, soldado y profeta sintieron un escalofrío que los estremeció desde la médula y les atenazó el corazón.
—Oh, no… —murmuró Dereck mientras veía el fuego consumir un buque aesiriano—. Piroquinesis… —Darius también lo comprendió y advirtió a los piratas:
—Perdió el control, ¡perdió el control! ¡Allena perdió el control sobre su magia!
Lo mejor habría sido huir de ella, lanzarse al mar junto con Connor y los gemelos, escapar de la magia desbordada de Sakti antes de que la piroquinesis quemara todo el barco. En lugar de eso, Darius corrió hacia ella y la abrazó.
—¡Contrólate! —le gritó pero supo que era inútil.
No fue solo el dolor lo que la hizo perder el control, sino también la magia. Darius la sintió dentro de ella, tan ardiente y convulsa que amenazó con partir a Sakti por la mitad. Quiso sostenerla con fuerza, explotar con ella si era necesario, no abandonarla, pero Dereck lo jaló del cuello de la camisa y lo apartó.
Fue justo a tiempo, porque Sakti gritó de nuevo en una nota tan chillona como para romper ventanas. Esta vez no hubo explosiones ni maremotos, sino sangre.
Darius, Dereck y Telius miraron a Sakti boquiabiertos y pálidos mientras la chica temblaba hincada en el suelo. Sakti se había llevado las manos a la cabeza cuando comenzó a dolerle, pero ahora la mano derecha estaba a unos centímetros de la sien, como si tuviera miedo de tocar la piel abierta…
… y el cuerno que había surgido de ella.
Sakti se quedó muda por unos instantes. Luego acarició con dedos temblorosos el cuerno largo que tenía en la sien, apartó la mano y se miró las yemas llenas de sangre.
—No… —murmuró.
Cuando la princesa miró los ojos de Dereck, tanto el soldado como Darius comprendieron lo que le ocurría. Y ella también lo comprendió.
—Me lleva la grandísima pu--- —comenzó a maldecir el Guardián, pero Sakti lo interrumpió con una nueva arcada dolorosa. Dereck se levantó de un salto. En lugar de ir hacia la princesa comenzó a gritar advertencias.
Otro cuerno salió de la sien izquierda de Sakti.
—¡Huyan, huyan! —gritó el soldado.
El brazo derecho de la chica comenzó a hincharse y endurecerse, como la garra izquierda.
—¿Qué demonios le pasa? —gruñó Telius mientras se apartaba junto a Darius, esquivando escombros y dirigiendo miradas alternativas a la princesa y a las velas que ardían sobre su cabeza.
La espalda de Sakti se ensanchó hasta romperle la ropa, a la vez que un gruñido ahogado le surgió de la garganta. Las botas se le descocieron bajo los pies.
—¡Tiene treinta años! —explicó Darius con voz cortada.
—¡¿Y a mí qué con eso?! —le espetó Telius.
Una protuberancia coronada con una garra surgió del lado izquierdo de la espalda de Sakti. Era blanca como el hueso y muy húmeda, en especial cuando las gotas de sangre y agua resbalaron por ella hasta formar una lámina tersa. Al poco tiempo salió también el ala derecha, junto con una larga cola que nació en la base de la columna.
—¡Está en edad de transformación!
Darius recordó el día que Adad dejó Masca: mordió a Sakti, se escapó de la celda donde lo encerraron, derribó una torre entera, lanzó escombros sobre un montón de soldados –Dereck resultó muy lastimado en ese incidente– y se fue muy campante…
… transformado en un enorme dragón negro.
También recordó cuando las sanguijuelas lo mordieron a él y lo hicieron transformarse en un lobo de ojos mestizos. Esa transformación no era tan grandiosa como la de Adad, pero sí muy peligrosa pues lo hizo perder los cabales. De no ser por Sakti probablemente se habría comido a Dereck, a Geri y Freki y, peor, a los chicos.
Si la transformación de Sakti era la mitad de asombrosa que la de Adad y la mitad de hambrienta que la de Darius, todos en el barco estaban en serios problemas. Tenían que evacuar la nave antes de que ella se les lanzara encima para comerlos.
Y también antes de que las velas cayeran ardientes sobre la cubierta
Desesperado, Darius giró para buscar a sus hijos y escapar con ellos. Aunque encontró a los gemelos no vio a Connor. Se asustó al creer que tal vez el chico se había caído al mar o que estaba atrapado bajo los primeros escombros de las velas. Cuando vio los semblantes –enfurecidos, pálidos y asustados– de Dagda y Airgetlam, comprendió que Connor estaba haciendo una estupidez.
Giró de nuevo hacia Sakti solo para ver lo que tanto temió: Connor se había acercado a la chica.
El joven profeta tenía la mirada de un pajarillo hipnotizado por una serpiente. Vio a Sakti maravillado. Darius se golpeó la frente con la palma de la mano. ¿Por qué su hijito era tan idiota? ¡Tenía la misma expresión que puso cuando vio a la dragoncita marina! Solo que Sakti no lo lamería en broma, ¡sino que se lo comería de un bocado!
Antes de que pudiera gritarle a Connor o avanzar hacia él para apartarlo, el chico estiró una mano hacia Sakti y…
… le arrancó la cadena de plata que le colgaba al cuello.
Darius supo que allí estaba el pendiente que la princesa heredó de su madre: un dije de plata con la forma de un ángel. Connor era un buen chico. Quizá todo lo que quiso fue recoger el pendiente antes de que Sakti completara la transformación, rompiera la cadena y perdiera para siempre el único recuerdo que tenía de su mamá.
Pero no midió muy bien las consecuencias. Connor respingó asustado cuando levantó la mirada para ver a la princesa. La piel de Sakti estaba hecha tirones sobre unas escamas blancas como espuma de mar; el rostro estaba deforme, con los labios estirados sobre las mejillas mientras la nariz se convertía en un hocico, a la vez que los dientes se le alargaban como colmillos. La muchacha todavía tenía un poco de ropa encima, pero eran más trapos que otra cosa; cuando los músculos terminaran de crecer y piernas y brazos se convirtieran en patas, la ropa se caería y dejaría al descubierto a un dragón blanco.
Sakti miró a Connor y se irguió sobre las patas traseras. Era alta como un edificio y delgada como una serpiente voladora. El rostro terminó de transmutarse en hocico y los ojos grises al fin se hicieron brutales y amarillos como los de un demonio.
Darius se petrificó. «Lo va a comer».
Connor se quedó inmóvil como estatua. «Me va a comer».
Alguien gritó desde las velas y llamó la atención de la princesa Dragón.
—¡Ah, alguien que me baje! —gritó Fustus, todavía prensado en el mástil principal con sus cuchillos—. ¡Bájenme que me quemo!
Las llamas descendían veloces y hambrientas por las velas. Ese pronto dejó de ser el problema principal del pirata. Cuando Sakti abrió las fauces de par en par para rugir, todos supieron a quién escogió como aperitivo. «Ay, Fustus. Te lo ganaste por haberla acosado durante meses», pensaron Darius y Telius, un poquito sarcásticos.
El asunto perdió la poca gracia que tenía cuando Sakti se echó al suelo sobre las cuatro patas, pasó al lado de Connor sin volverlo a ver y avanzó rapidísimo hacia el mástil. Los piratas y los lobos que estaban de por medio se quitaron sin que ella les dirigiera ni una mirada. La criatura se enrolló alrededor del mástil con tanta fuerza que lo quebró bajo ella. Sakti rugió de nuevo, esta vez delante del rostro descompuesto de Fustus. Gruñó hambrienta, lanzó las fauces hacia él…
… pero una bola ardiente la golpeó entre los ojos.
El dragón agitó la cabeza y se dejó caer. El mástil se inclinó aunque –para suerte de Fustus y los piratas en cubierta– no colapsó. Furiosa, Sakti miró a los piratas en busca del agresor. Pronto se dio cuenta de que el ataque no vino de ellos, sino del mar. Cuando una nueva detonación le golpeó la cola, Sakti avanzó sin temor hacia la baranda de la proa y contempló los buques de guerra para castigar al insolente.
Ella y los piratas no tardaron en comprender que los navíos aesirianos eran también inocentes, pues los marineros en ellos estaban ocupados evacuando y apagando las velas ardientes.
—¡Son los vanirianos! —gritó un gemelo mientras se sostenía con fuerza a la baranda a estribor.
Al igual que Dereck y los piratas, Sakti no podía ver los barcos vanirianos, ni siquiera como Dragón. Fue entonces cuando algo que asustó y enorgulleció por partes iguales a su Guardián: controló el núcleo en la nave de Telius.
El núcleo estaba entre unos escombros, pues Sakti había destrozado el castillo de popa cuando le creció la cola. Ahora el núcleo brillaba como un sol y transmitía una energía que provocó cosquilleo a los aesirianos.
Cecaelia desapareció bajo los pies de los piratas y una onda se expandió desde la nave, sobre el mar, hasta tocar los otros navíos. Los buques aesirianos no sufrieron ningún percance con esto pero hubo un cambio en las naves vanirianas: se hicieron visibles.
Dereck dejó caer la mandíbula. En esa forma Sakti sufría los mismos síntomas que Darius cuando se convirtió en lobo: no sabía que era aesiriana, no recordaba a sus amigos ni compañeros de viaje, se creía un animal salvaje y hambriento. Pero aun así podía usar magia. Incluso lo hacía mucho mejor que en su forma aesiriana, pues con un núcleo universal logró controlar la sincronización de las naves enemigas.
Satisfecha, la princesa Dragón rugió y extendió las alas. Dereck supo que sería imposible, que ella no podría volar todavía, pues las láminas no se habían secado y todavía estaban tiernas como las alas de una mariposa recién salida del capullo. Eso no molestó a la princesa,  pues en lugar de volar se lanzó directo al mar.
—¡No! —gritó Dereck. Avanzó hacia la proa y estuvo a punto de saltar en pos de Sakti, pero Darius lo detuvo.
—No la sigas, ¡ella está bien! —le dijo—. ¡Somos nosotros los que estamos en problemas! ¡La nave se hunde!
Dereck quiso gritarle unas cuantas groserías. Aunque Sakti no reconocía a sus amigos, ¡todavía era una cachorra! Incluso transformada podría lastimarse. Era la primera vez que se convertía en un dragón, ¡la primera vez que andaba a cuatro patas, tenía cola y cuernos! Podía ahogarse solo por no saber cómo moverse.
Luego reparó en el estado de Cecaelia y en la condición de muchos piratas. Aunque Sakti no había mordido a ninguno, su paso por la nave generó astillas por doquier y rozó a más de uno con el cuerpo. Las escamas eran filosas como navajas, por lo que varios aesirianos tenían cortadas profundas. Si a eso le agregaba que el mástil crujía inclinado y ardiente, ¡era obvio que todos morirían a no ser que alguien hiciera algo!
Darius lo detuvo porque Dereck tenía el entrenamiento militar para salir de una situación tan peliaguda como esta. Ni siquiera Telius, que era un buen e inteligente capitán, lograría salvar a tantos como Dereck. El soldado apretó los puños y empezó a gritar indicaciones para que todos trabajaran en equipos y lograran salvarse.


El soldado miró inquieto el extraño desarrollo de la lucha naval. Al principio quiso volar hacia la nave que se sumió a la batalla con el poder devastador de esa ola, solo para arrancarle los ojos al responsable del maremoto. ¡Tantos soldados ahogados por una magia mal empleada, tanta destrucción en la costa que debía proteger!
Pero luego surgió el Dragón en medio de la conmoción, y los sentimientos de Sarasd pasaron del desprecio al encanto. No sabía cómo proceder.
El príncipe todavía miraba la batalla a través del catalejo dorado, mientras se mordía los labios con emoción. «Él también lo sabe», supo Sarasd. «Él también sabe que esta criatura es como el príncipe Adad. ¡Solo puede ser…!».
Un aleteo lo sacó de sus cavilaciones. Giró el cuello justo a tiempo para ver aterrizar a una pequeña tropa. El soldado dio paso al líder del grupo, quien se arrodilló al lado del príncipe.
—Señor, el equipo de exploración confirma que las naves vanirianas que venían a reforzar el ataque enemigo fueron destruidas o desplazadas por el maremoto. Después de acabar con las naves en la costa, no tendremos que preocuparnos por vanirianos durante un buen rato. En cuanto a los buques destrozados de nuestra armada, no sabemos nada. Lo más prudente es aceptar que no hay sobrevivientes. —El alado hizo una pausa antes de continuar—: ¿Cómo desea proceder?
El hombre bajó el catalejo, pero mantuvo la vista en el mar y sonrió. Luego miró con ojos grises a los oficiales que esperaban sus órdenes.
—Primero, todas nuestras naves deben regresar al puerto. Luego quiero que dirijas un equipo de Cazadores. Lleva todas las ampollas que puedas. Y tú, Sarasd —el príncipe miró al soldado que hizo guardia junto a él—, quiero que busques a Naraya. Dile que una cría perdió el control y está causando estragos. Sus talentos son requeridos de inmediato.
Todos los soldados inclinaron la cabeza, alzaron las alas a la vez y levantaron el vuelo. Fue sincrónico y perfecto, como una demostración de la escuela militar. El único alado que se salió de la formación fue Sarasd, quien voló hacia el desierto. Los demás bajaron a la costa.
El príncipe sonrió y miró al Dragón Blanco a través del catalejo. Estaba feliz porque pronto podría darle la bienvenida a su sobrina.


—Ay, Darius. ¡Gracias, gracias, gracias! Yo sabía que vendrías por mí, ¡si somos amigos del alma!
Fustus parloteó otras palabras de agradecimiento pero el profeta no le prestó atención. Terminó de quitar los cuchillos que apresaban al pirata y lo ayudó a bajar a cubierta, con el resto de la tripulación, antes de que el mástil se cayera y los aplastara. Mientras lo hizo su mente estuvo en otra parte, en el recuerdo de la forma transmutada de Sakti.
«Es la misma», pensó. «Es la criatura que vi en el lugar fuera del espacio y el tiempo, cuando Allena y yo salimos del Reino de los espíritus». La cabellera gris, los músculos resaltados, la insinuación de pechos… Todo era igual, excepto los ojos. «El Primer Dragón que vi entonces sabía quién era. Tenía raciocinio, pero ahora no».
Cuando al fin se reunió con el resto de la tripulación, él y los demás miraron a Dereck en busca de instrucciones.
Como la nave se hundiría en cualquier momento debían abandonarla cuanto antes. El problema era que no sabían si podían echarse al agua. Los rayos vanirianos se detuvieron cuando Sakti usó el núcleo de sincronización, pero podrían empezar a disparar en cualquier momento y matarlos. Además, Dereck no estaba muy seguro de que todos pudieran nadar hasta la costa. Fustus era tan flaco que capaz el agua lo revolcaba; Connor era tan frágil que no podría brasear en medio de las olas bravas y los naufragios; el cocinero Wuaio estaba un poco gordo y no tenía precisamente el físico de un nadador; y muchos de los piratas estaban heridos con quemaduras y cortadas. El panorama no pintaba muy bien.
Estuvo a punto de tomar la decisión drástica de echarlos al agua con el objetivo claro de que solo los profetas, él y quizá los lobos sobrevivieran. En ese momento escuchó la alarma proveniente del puerto. Al principio no supo cómo interpretarla, pues hacía mucho tiempo que no visitaba el Reino de las Arenas. Sin embargo, cuando sintió un cosquilleo en los oídos y vio a los lobos agitar la cabeza, comprendió lo que sucedía. Miró a los piratas con esperanza renovada y gritó:
—¡Cazadores! Vendrán a ayudarnos.
La promesa de ayuda animó a la tripulación por unos instantes pero entonces escucharon el rugido de Sakti. La princesa ya se había vengado de las bolas de fuego que le lanzaron: había nadado hacia las filas vanirianas y traído abajo seis buques enemigos. Estaba en la cubierta de su séptima víctima, pero ya no parecía enojada sino incómoda.
Dereck la vio agitar la cabeza como los lobos, pues el silbato de los Cazadores ya comenzaba a dañarle el sentido de dirección. Le preocupó que se cayera al agua sin sentido. La muchacha se lanzó al mar por su cuenta. El soldado siguió la sombra blanca del dragón debajo de la superficie y sufrió un escalofrío al comprender que nadaba hacia lo que quedaba de Cecaelia.
Segundos después sintieron un golpe bárbaro en el casco y lo que quedaba de la cubierta en proa saltó por los aires. El barco comenzó a hundirse desde la cola y la nave se inclinó poco a poco, con la proa en lo alto.
Dereck sabía que lo más seguro era que todos se sujetaran a la baranda antes de que la inclinación fuera muy severa, pero él hizo caso omiso a esa idea. Avanzó hacia el agujero en la cubierta para lanzarse a él. Darius lo detuvo de nuevo.
—¿En qué diablos piensas? ¡Te vas a ahogar!
—Ella también. Los cambios de reversa han comenzado y estará demasiado confundida como para escapar por su cuenta. Es mi deber traerla de regreso.
Dereck se tiró por el agujero.

"Los Hijos de Aesir: Travesía bajo la sombra del Tercero" © 2010-2017. Ángela Arias Molina

No hay comentarios :

Publicar un comentario en la entrada

Ojalá que me den CRITICAS CONSTRUCTIVAS para poder mejorar en mis escritos.
No es necesario que dejen su nombre, aunque se los agradecería para poder darle las gracias cada vez que publique de nuevo, ya que quiero dar crédito a las sugerencias que me hagan.
Gracias por tomarse su tiempito y honrarme con sus comentarios. =^_____^=

Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...
¡Sigue el blog!