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Capítulo 27

27
«NOS FUNDIMOS...»



Cuando alcanzó el primer nivel del barco, Dereck se escondió detrás de unos escombros y agudizó el oído para encontrar a Sakti. Desde su escondite vio también los otros dos pisos inferiores y, desde luego, al Dragón que estaba en un nivel por debajo del suyo.
La cola de Sakti se movía de un lado a otro, quitando y poniendo escombros a antojo, mientras que usaba las garras delanteras para sostener algo. «Está haciendo un nido», analizó el soldado. Dereck también notó que Sakti todavía agitaba la cabeza por el zumbido en los oídos y que su forma de Dragón se hacía menos salvaje.
Ya no andaba a cuatro patas, sino que se mantenía erguida sobre dos; el hocico había desaparecido, pero las comisuras de los labios estaban extendidas sobre las mejillas; el largo del cuello y el tronco regresaba a las proporciones de una aesiriana, pero ella todavía era más grande que en su forma original. Todavía conservaba las alas, la cola, los cuernos y las escamas, pero también tenía mejor definida la cintura. Ahora era la mezcla perfecta entre una mujer y un dragón. «Si los Cazadores quieren disminuir más sus cambios», pensó el Guardián, «tendrán que recurrir a las ampollas».
Al terminar de acomodar los trozos de madera, Sakti lanzó algo contra la pared más cercana. Dereck sintió un escalofrío cuando escuchó el chillido: la princesa había cazado en su expedición.
—¿Qué es eso? —preguntó una voz.
Dereck estuvo a punto de soltar una retahíla de palabrotas al darse cuenta de que Connor estaba detrás de él. Agarró al chico del cuello, le tapó la boca con una mano y se escondió mejor. Lo hizo justo a tiempo, pues Sakti había girado el cuello en busca de intrusos. Dereck se mantuvo tenso durante unos segundos que le parecieron eternidad, hasta que al fin escuchó gemidos graves y dolorosos. Sakti estaba comiendo.
—Imbécil, ¿qué haces aquí abajo? —le espetó al chico en un susurro. Entonces se dio cuenta de que Darius y los gemelos también estaban escondidos con él—. ¿Qué hacen aquí?
—Nosotros tenemos curiosidad —respondieron Dagda y Airgetlam como si estuvieran jugando. Dereck quiso aporrearlos.
—Yo estoy aquí para asegurarme de que a ellos nada les pase... por lo menos hasta que los castigue —dijo Darius con el ceño arrugado mientras miraba la sonrisa traviesa de sus hijos.
Dereck supo que los chicos, taraditos como eran, lo siguieron para tener una pequeña aventura y que Darius los siguió a ellos para que no hicieran ninguna estupidez. Soltó un suspiro de fastidio, aceptó que estaba pegado a los profetas y decidió que más valía aprovechar cualquier ayuda que pudieran darle.
—Creo que atrapó a un grolien —dijo mientras señalaba a la princesa. Los gemidos no eran tan fuertes como antes; perdían fuerza, morían. Dereck sintió un escalofrío—. Se lo está comiendo vivo.
Darius notó algo más: la cola de Sakti no se movía por puro antojo, sino que arrinconaba contra la pared a otra presa para que no se le escapara.
—¡Es un niño! —murmuró el profeta espantado.
Esta vez fue Dereck el que lo detuvo antes de que saltara hacia Sakti. Darius comprendió que no podía dejar que la chica los descubriera, porque si no también se los comería. Sin embargo, ¿cómo podía dejar que un niño se muriera delante de sus narices? No importaba que fuera grolien, ¡el pobre chico estaba aterrado y necesitaba que alguien lo salvara!
—Solo tenemos que esperar a que lleguen los Cazadores a regresarla a la normalidad. Pero si la princesa nos descubre por tu culpa antes de tiempo —le dijo Dereck— se comerá también a tus hijos. ¿Quieres eso?
Auch. La idea le dolió tanto que el profeta arrugó la cara. Sin embargo Connor le dio un apretón de mano y lo miró muy serio.
—Hazlo, papá. Sálvalo.
Los gemelos asintieron también. Darius no tuvo más dudas. Quizá Dagda y Airgetlam eran traviesos, pero también sensibles. Connor, en especial, jamás permitiría que alguien muriera si podía evitarlo. Su honor como doctor lo incitaba a salvar vidas a como diera lugar.
El mestizo se separó de Dereck antes de que el oficial lo detuviera de nuevo. Salió del escondite de puntillas para no llamar la atención de la princesa antes de tiempo. Cuando estuvo seguro de que no comprometería a los chicos y al soldado, levantó los brazos y los agitó en el aire.
—¡Oye, Allena! —la llamó—. Ven aquí, deja ir al chico.
Cuando Sakti lo miró por encima del hombro, Darius sintió un revoltijo desagradable en el estómago: de la boca de su amiga colgaba un trozo de víscera. Estuvo a punto de vomitar por la impresión, pero el llanto del niño grolien le recordó lo que había en juego.
Por el rabillo del ojo pescó que sus tres hijos también habían abandonado el escondite. Lo hicieron con cuidado, deslizándose por otros escombros para que Sakti no los viera. «Soy la distracción», comprendió. «Yo la entretengo mientras ellos salvan al chico».
—Ven, Allena —Darius avanzó un paso hacia ella—. Sube conmigo a cubierta. Dereck dice que alguien vendrá a ayudarte, así que la transformación ya no te dolerá. Ya no tendrás hambre.
Dio otro paso hacia ella y Sakti le lanzó un golpe con la cola. Fue como un latigazo inmisericorde que lo arrojó contra una pared. El golpe fue tan fuerte que Darius vio puntitos durante unos instantes e incluso hizo un nuevo boquete por el que entró agua.
Parpadeó para espabilarse y avanzó de nuevo hacia Sakti, aunque con una mano en el costado. «Mínimo me rompió las costillas», pensó un poco resentido. Pero como él le dislocó un brazo con la transformación supuso que ya estaban pares.
—Ven ahora mismo, Allena.
Esta vez, cuando Sakti le lanzó la cola, él ya la esperaba. Recibió el latigazo con las manos desnudas y sujetó a la princesa con fuerza. Sakti gruñó por lo bajo cuando se dio cuenta de que no podía zafarse del profeta y comenzó a zarandearlo de un lado a otro para que la dejara ir. Darius se aferró a ella y soportó los movimientos de la cola con una sonrisa, porque Dagda y los demás ya habían alcanzado al grolien.
—Ven conmigo —murmuró Connor al niño a la vez que le ofrecía la mano para levantarlo—. Estarás bien, te sacaremos de aquí.
El vaniriano, que estaba agachado en un rincón, miró al menor de los profetas con muchísimo miedo. A Connor le escocieron los ojos porque era la primera vez que veía a un cachorro de grolien. ¿Quién diría que esos bichos de dos metros eran tan pequeñitos de niños, tan asustadizos y frágiles?
—No te lastimaremos —le prometió al ver la mirada nerviosa que el grolien dirigió a las espadas que cargaban los gemelos—. Mi papá, mis hermanos y yo queremos ayudarte. —Pero hasta el ingenuo de Connor sabía que un grolien no confiaría su vida a alguien del país enemigo, así que hizo lo básico: se presentó—: Me llamo Connor, ¿y tú?
—Kel… —respondió con un hilo de voz.
—Mucho gusto, Kel. Ahora que nos conocemos no somos extraños, sino amigos. Y los amigos se ayudan los unos a los otros. —Connor extendió de nuevo la mano—. Déjame ayudarte, ¿de acuerdo?
El niño asintió, lo tomó de la mano y lo siguió hacia el escondite de Dereck. Uno de los gemelos lideró el camino, mientras que el otro cerró la marcha para proteger a Kel y Connor en caso de ser necesario.
Cuando llegaron al escondite, Dereck les señaló lo que quedaba de una escalera. Como estaba muy destruida tendrían que subir uno a uno sin hacer ruido para que Sakti no se lanzara a ellos.
Los gemelos, Connor y Kel subieron sin ningún contratiempo, pero Dereck todavía tenía un problema: ¿cómo hacía para que Darius subiera también? Como no tenía muchas alternativas y el nivel de agua aumentaba, optó por hacer lo más básico: llamar a Sakti.
Agitó los brazos y gritó a la princesa. Al notar que su pequeña presa había escapado, la Dragona se lanzó a Dereck. Arrastró a Darius consigo, quien todavía la tenía prensada de la cola. El soldado subió la escalera a toda velocidad. Una vez que llegó a cubierta, corrió y advirtió a los piratas. Al poco rato Sakti salió del agujero y agitó la cola para deshacerse de su carga indeseada. Esta vez Darius se soltó, pues ya no tenía que distraerla más.
Al verla, los piratas retrocedieron. Con los cambios de reversa parecía una dama alada pero aun así era tan intimidante como un dragón. Sakti miró de un lado a otro hasta que encontró al grolien, que se escondía detrás de Connor, y se lanzó hacia ellos. Avanzó por el suelo como si fuera una serpiente de cuatro patas, con una rapidez escalofriante.
Connor y los gemelos palidecieron porque no había nada que se interpusiera entre ellos y la princesa. Darius saltó delante de los chicos y extendió los brazos para protegerlos.
—Alto, Allena —le pidió—. ¡Mírame! Tú me conoces, ¿verdad?
Los piratas apretaron los ojos. Estaban seguros de que Sakti le daría un zarpazo a Darius en la cara y luego se comería a los chicos. Para sorpresa de todos, ella se quedó mirando al profeta como si lo reconociera, como si estuviese hipnotizada.
—Sé que todo es muy confuso para ti ahora, cariño —dijo Darius al ver que ella le prestaba atención—. Lo sé porque yo también estuve allí. Por eso sé que no quieres lastimarnos, jamás lo harías. A nosotros no.
Dereck comprendió que algo iba mal: ya no sentía el cosquilleo en los oídos, lo que quería decir que el silbato de los Cazadores ya no servía. Vio a Sakti. Los cambios de reversa habían cesado: las piernas y brazos se arquearon de nuevo en patas, la cintura se engrosó hasta ser el torso de un dragón y el rostro se transfiguró de nuevo en hocico.
No tuvo tiempo de avisar al profeta. Darius dio otro paso hacia Sakti, con la mano extendida para acariciarla. Ella giró sobre los talones con rapidez y batió la cola como si fuera una espada. El golpe dio de lleno en el mestizo, quien retrocedió aturdido. «Niña inteligente», pensó Dereck. «No estaba hipnotizada, ¡solo esperaba a que Darius estuviera en su rango!».
Pensó que el mestizo caería sobre los chicos y que luego Sakti se lanzaría a devorarlos. Antes de que Darius se fuera de espaldas, se golpeó la cabeza contra un gancho que colgaba de los mástiles. Sakti se lanzó a él y…


Darius pestañeó para hacer más claros los contornos. No vio nada. Estaba abandonado en un mundo blanco. «No otra vez», pensó. «No de nuevo aquí». Ah, el lugar fuera del espacio y el tiempo. ¿Qué hacía allí? ¿Cómo llegó hasta ese lugar y por qué?
Todavía no había asimilado el cambio de locación cuando sintió que alguien le pasó al lado derecho, rozándolo. Cuando giró en busca de una persona no vio ni una sombra, pero tuvo la impresión de que por allí estuvo una niña. Esa sensación le dio escalofríos, como un mal presagio. «No debo ir hacia allá. Tengo que avanzar en sentido contrario».
Miró de nuevo al frente para empezar a caminar. No dio ni un paso porque vio que Sakti se acercaba a él.
Iba vestida como toda una princesa, con un vestido negro ajustado a la cintura y un escote capaz de dar un paro cardiaco a una sacerdotisa. El cabello gris lo tenía recogido con una media cola, a la vez que unas pequeñas trenzas terminaban de darle un peinado sofisticado.
Darius la llamó. Sakti pasó junto a él sin darle ni una miradita. No lo escuchó porque la voz del profeta fue muda. Las palabras no producían sonido en ese mundo de niebla. Tampoco lo vio. Para ella, él no estaba allí.
Darius dudó. No quería seguir la dirección de su amiga pero tampoco quería quedarse solo. En especial porque tenía la impresión de que si ella se marchaba el suelo a sus pies se desharía y él no podría salir de la niebla. Avanzó tras ella en medio de nubes de bruma que se arremolinaban de un lado a otro.
Después de unos pasos creyó distinguir un espejo al frente. Sakti era la única que se reflejaba en él. Darius no. «¿De verdad es un espejo?», se preguntó el profeta. «Quizá no lo es. Quizá nos acercamos a otra Allena». Sin embargo, Sakti se detuvo y colocó una mano sobre una superficie de cristal. Su reflejo, la otra Sakti, la imitó.
Cuando juntaron las palmas, las nubes de bruma se expandieron como si una ventisca las agitara; las faldas de los vestidos y los cabellos grises de las dos Saktis también se mecieron. El profeta no sintió ni una brisa.
Fue hasta que las dos Saktis se acercaron más al espejo y comenzaron a susurrar palabras ininteligibles, que Darius se dio cuenta de que ellas no eran idénticas: los ojos eran distintos. Los de una eran grises y normales, pero los de la otra tenían la pupila rasgada verticalmente y tenía una apariencia más salvaje.
Las dos levantaron la otra mano y la acercaron al cristal, como para formar un puño. Los nudillos de ambas traspasaron el espejo y pudieron unirse. La lámina de vidrio comenzó a doblarse y desquebrajarse. Por aquí había fisuras y por allá una curva que parecía hecha de agua. El reflejo de las princesas se mantuvo invariable. Ambas estaban dispuestas a romper la delgada tela de cristal que las separaba.
Nos fundimos... —escuchó el profeta.
Las mejillas se derritieron sobre el cristal. Los cabellos reflejados se pegaron en una sola hebra. Las manos se acariciaron hasta sostenerse mutuamente. Las pieles se hicieron una sola.
Y el espejo se rompió.
Explotó en mil cristales que llovieron sobre Darius. Él se cubrió el rostro con los brazos para no lastimarse. Al asomarse entre ellos para saber qué ocurrió con las Saktis, no las encontró. Habían desaparecido.
Giró el cuello para buscarlas. Se preguntó qué haría ahora si estaba abandonado. La lluvia de cristal se convirtió de repente en una lluvia de motas de luz, que cayeron sobre el suelo hasta formar una alfombra de luciérnagas y niebla. El efecto tranquilizó a Darius, incluso lo conmovió, pero luego vio que algo se movía en el suelo como si se tratara de un tiburón antes de saltar fuera del mar.
Lo que salió fue un dragón blanco, bello con las escamas de madreperla y los mechones plateados como luna que le cubrían el cuello. El Primer Dragón era hermoso como un amanecer, un nuevo inicio y una promesa. Echó la cabeza para atrás y rugió. No provocó ningún sonido pero estremeció el corazón del profeta con una sensación indescriptible. Darius no supo si fue miedo, tristeza, alegría, compasión o agradecimiento.
De entre la luz y la bruma apareció otra figura: era Sakti, aunque Darius supo de inmediato que no era ella. Ya no llevaba vestido pero su cuerpo desnudo estaba cubierto por una lámina de escamas, que hacía juego con los cuernos y los colmillos.
«Entonces, ¿cuál de las dos es el Dragón?», se preguntó el profeta. Cuando miró al Dragón Blanco vio que era distinto a su primera impresión. Todavía era grande, musculoso y todopoderoso, pero tenía los ojos tristes de una niña y las marcas negras de la Profecía sobre el lomo, las alas y el torso.
Nos fundimos... —escuchó de nuevo el profeta.
El Dragón cubrió con las alas el cuerpo de Sakti, a la vez que la chica le abrazaba el hocico. Comenzaron a fundirse como lo hicieron antes en el espejo, desatando luz.
Nos fundimos...
El Dragón había desaparecido y las dos Saktis regresaron, de nuevo vestidas como princesas, de nuevo tomándose de las manos.
Nos fundimos...
Se unieron de nuevo. Se convirtieron en motas de luz otra vez. Dos Dragones Blancos nacieron del remolino de niebla y giraron juntos, uno detrás del otro en una danza continua.
Nos fundimos...
Las alas de los dragones se tocaron, se fundieron y cubrieron a las bestias mutuamente. Cuando desaparecieron, otras dos Saktis giraron tomadas de las manos.
Nos fundimos...
—Oh, se funden...
Esa nueva voz le heló la sangre. Dio un salto y giró para encontrar al intruso. Era otra Sakti, solo que más pequeña. Debía de tener unos seis años y llevaba un lindo vestido de seda. «Pero no es Allena», pensó asustado hasta la médula.
La Sakti que él conocía no vistió así a los seis años. «Llevaba harapos, costras y heridas de latigazos. Tenía los pies sucios y con llagas. Esta no es Allena, no lo es». Lo que más lo asustó fue la expresión de la niña. Sus ojitos debían de ser dulces y tiernos, pero miraban con crueldad. La sonrisa debía ser cautivadora, pero a Darius le pareció torcida y sin significado. Había algo muy malo en ella…
Darius vio que había un espejo a los pies de la niña y comprendió qué lo asustaba: Sakti se reflejaba tal cual era, con su vestido, sus zapatillas, sus ojos crueles y su sonrisa turbia. «No hay nada más en ella. No hay nadie más». No había un Dragón Blanco ni una princesa portadora intentando alcanzarse la una a la otra. «Esta Allena se ha fundido».
—Cómo te odio —dijo la pequeña con una sonrisa—. Eres muy malo conmigo, Darius, eres muy malo con todos. Tu alma no merece ser salvada. No mereces mi sacrificio.
Darius arqueó una ceja. Eso habría bastado para que su amiga supiera que él no entendió de qué hablaba, pero esta Sakti no era su amiga. La niña mantuvo la sonrisa, ladeó un poco la cabeza y comenzó a acercarse a Darius con pasos tímidos, como si no quisiera asustarlo.
Como un cazador se acerca a su presa.
Esa idea lo hizo retroceder. Supo que Sakti quería hacerle daño. De repente una explosión flamígera ocurrió detrás de la princesa. Al principio pareció sorprendida pero cuando miró por encima del hombro su rostro brilló de la felicidad.
—¡Fuego! —aulló alegre. Sakti extendió los brazos como si quisiera abrazar las llamas y Darius vio que ella sostenía un cuchillo—. ¡Fuego!
Sakti giró sobre los talones y bailó en círculos. La falda del vestido volaba junto a ella como los pétalos de una flor. Danzó con los brazos extendidos, con las puntas de los dedos estiradas para sentir el calor en las yemas. Darius se alejó todo lo que pudo de la tormenta de fuego mientras la niña se lanzó a ella con carcajadas.
—¡Que ardan y se consuman! —gritó la princesa—. ¡Que mueran y que...!
—... se condenen... —susurró el profeta.
Eran los susurros de Sakti durante las noches, sus pesadillas.
La potencia de las flamas aumentó. La niebla se convirtió en fuego y engulló a la Sakti bailarina. Darius intentó escapar pero el fuego también lo rodeó. Se preparó para lo peor, para morir rostizado. Un susurro lo salvó:
Nos fundimos...
En medio del fuego, el profeta vio a las dos Saktis y a los dos Dragones Blancos. Las princesas tenían las manos extendidas frente a la otra, como si se miraran en un espejo. Dependiendo del vaivén de las llamas el reflejo no era de ellas, sino de los Dragones.
«¿Estoy en el espejo?», se preguntó el profeta. Ya no sentía el fuego. Lo veía brillar alrededor mientras una lámina de cristal lo protegía de las llamas. «No, yo soy el espejo».
Nos fundimos... —susurraron las voces.
Darius giró el cuello para un lado y se topó con los ojos del Dragón, que lo miraban fijamente.
Nos fundimos...
Al mirar al otro lado se topó con los ojos fijos de Sakti, taladrándolo.
Darius...

«Sálvanos...»

… y Geri saltó sobre Sakti.
Darius escuchó el gemido del lobo cuando la chica-dragón lo aportó con un coletazo. El profeta alcanzó a ver que el lobo chocó contra los escombros en la popa, los arrastró y cayó con ellos al mar.
Sakti miró otra vez a Darius con expresión de cazadora. El mestizo retrocedió al instante pero los gemelos le impidieron avanzar. Dagda y Airgetlam lo tenían agarrado de los brazos para que no se tropezara y también para sostenerse de él porque estaban al borde del abismo. Por el rabillo del ojo, Darius vio que la baranda en la popa estaba rota y que los gemelos, Connor y el pequeño grolien se caerían si él retrocedía un solo milímetro.
Sakti dio otro paso hacia el profeta. Freki la embistió de lado para apartarla. Ella rugió, giró de nuevo sobre los talones y dio otro coletazo. Ese era su movimiento favorito, ya que hasta el momento solo le había dado buenos resultados. Freki salió volando hacia estribor, derribó lo que quedaba de baranda y también cayó al mar.
Darius pensó que sería el fin, porque ya no había nadie que los salvara del apetito del Dragón. Sakti dio otro paso más hacia él pero no abrió el hocico para engullirlo. Gruñó por lo bajo y lo miró directo a los ojos por largo tiempo. «¿Qué espera?», se preguntó el profeta. Ella no necesitaba que él se acercara más para darle un coletazo o para comerlo. Podía hacerlo de una vez.
En lugar de eso miró los ojos mestizos sin siquiera parpadear, como si estuviese hipnotizada de verdad.
«Sálvanos...»

Recordó los susurros del mundo de niebla. El profeta comprendió que se golpeó la cabeza cuando Sakti le dio el último coletazo y le provocó una visión. A veces sus premoniciones eran un poco incómodas, pues se entrometían en los momentos menos indicados.
Pero ahora no.
Supo por qué vio lo que vio: era una advertencia y una súplica.
—Allena... —la llamó con la voz entrecortada.
El Dragón reaccionó al escuchar su nombre, ¿o quizá fue la voz de Darius? El profeta no lo supo con certeza, pero Sakti agrandó los ojos y ladeó la cabeza a la vez que él extendía una mano a ella.
Esta vez sí logró acariciarla. Las escamas de Sakti eran frías como témpanos de hielo pero Darius percibió calidez por debajo de ellas. Era como si la tormenta de fuego de la visión ardiera dentro de la chica-dragón.
—El Dragón y tú… —susurró Darius—. Las dos...

«Nos fundimos...»

Nunca cortó el contacto visual con su amiga, pero Darius pilló que el cuerpo de Dragón se deshizo de nuevo. Poco a poco se convirtió en el de una muchacha. El rostro furioso también se relajó, el hocico comenzó a desaparecer y la cara normal de Sakti tomó forma bajo las escamas y la mano de Darius.
No supo qué ocasionó los cambios de reversa, pero lo que hubiese hecho se perdió cuando alguien cayó sobre la espalda de Sakti. Darius se apartó de un salto cuando la figura alada aterrizó sobre su amiga. De no ser por Airgetlam, quien lo sostuvo al retroceder, él y los chicos se habrían caído por la borda.
—Eres un Encantador innato —dijo el volador al profeta—. Felicidades, de lo contrario habrías sido comida de Dragón.
El aesiriano extendió las alas negras, preparado para volar en caso de que la chica transformada le lanzara dentelleadas. Era un hombre lampiño y moreno, que llevaba un yelmo y una armadura de cuero. Con una bota sobre la cabeza de Sakti, el mago le impidió levantarse; cuando la princesa comenzó a sacudírsele, él ignoró sus esfuerzos. También prestó poca atención a que regresara a la forma de dragón. Se agachó sobre ella, sacó una jeringa –que contenía una sustancia azulada– y la aplicó en el cuello a la muchacha.
El rugido de Sakti pareció más un chillido. Agitó otra vez la cola así que Darius, los chicos y los piratas no se relajaron. El mago volador, en cambio, esbozó una sonrisita y chifló. Con la señal aparecieron nuevos alados, quienes cayeron sobre Sakti armados con jeringas.
La inyectaron a través de las escamas en el nacimiento de las alas, en el lomo, en una nalga y a lo largo de toda la cola hasta la punta. La princesa se agitó para quitarse a todos esos voladores de encima, pero luego sus movimientos se hicieron torpes. El cuerpo le comenzó a mutar: las escamas se le cayeron con rapidez, las patas se convirtieron en brazos y piernas y el rostro se relajó hasta ser el de una muchacha.
Cuando ella dejó de moverse, Darius comprendió que la habían sedado. Dio un paso hacia ella, pero los alados –once en total– desenvainaron las espadas y formaron un círculo alrededor de la princesa. El único que permaneció en el centro fue el primer Cazador que aterrizó sobre la muchacha, porque todavía la estudiaba. Darius y los piratas comprendieron la amenaza: si se le acercaban, los mataban.
—Las ampollas no funcionan bien —informó este Cazador.
Darius lo vio estudiando la garra izquierda de Sakti. Esperaba que se hiciera idéntico al derecho, que ya había regresado a la normalidad. Además, la princesa todavía tenía los cuernos, las alas y la cola. El Cazador negó con la cabeza. Luego levantó los hombros, resignado, y vio al mestizo a los ojos.
—¿Quiénes son ustedes? —les preguntó—. ¿Qué hacían con ella?
—Ellos vienen conmigo —interrumpió Dereck.
El Guardián avanzó sin miedo a la formación de alados y se quitó la camiseta. Los aesirianos morenos vieron la cadena con la placa de identificación y comprendieron que era un soldado. El Cazador líder no dio la orden de bajar la guardia, sino que sonrió con desprecio.
—¿Y quién eres tú?
—Él es Dereck Sunkel —respondió una nueva voz.
Todos, excepto el Guardián, levantaron la mirada a tiempo para ver descender a un nuevo alado. Este también era moreno, pero su rostro tenía arrugas de viento y edad; un montón de canas le habían manchado las entradillas del cabello oscuro, pero todavía conservaba el cuerpo de un guerrero. Tenía una insignia en el pecho, que era símbolo de una jerarquía superior a la de los Cazadores.
—Soldado número uno del ejército aesiriano, mano derecha del General Montag y Guardián de la princesa Sakti Allena Aesir II —recitó el nuevo alado.
Los alados que rodearon a Sakti bajaron las armas y le permitieron a Dereck acercársele. Mientras el soldado la cubría con la camiseta, el hombre de mayor rango señaló los mástiles rotos y sin bandera de Cecaelia.
—Dime, Dereck, ¿sabe el señor Montag que su mejor pupilo hace tratos con piratas?
El rostro del Guardián se contrajo, pero devolvió el golpe sin gritar:
—Hola, Soel. Dime, ¿ahora los Cazadores son taaaaan lentos? Ese maldito silbato sonó como por quince minutos y hasta ahora se aparecen.
Le bastó con extender los brazos y enseñar el estado de Cecaelia para que Soel comprendiera que lo culpaba de ese desastre. Si los Cazadores hubiesen llegado antes, Sakti no habría quemado las velas, destrozado los mástiles o hecho el bonito boquete que se estaba tragando el barco a las profundidades del mar.
—Por si no lo notaste, estábamos en medio de una batalla naval. Teníamos que encargarnos primero de los vanirianos para llevar a la princesa al puerto sin problemas.
Soel señaló los barcos enemigos a su espalda. Los que Sakti no alcanzó a destruir ardían ahora bajo las municiones de buques y voladores aesirianos, aunque algunos pocos lograron escapar y se perdían en el horizonte.
—Gracias, ¡qué considerados! —soltó Dereck.
Él y Soel se vieron a los ojos un buen rato. Todos comprendieron que se detestaban. Finalmente, el volador desplegó otra vez las alas y dio una última indicación al equipo de Cazadores:
—La transformación del príncipe Adad fue difícil de controlar, así que es de suponer que su hermana nos dará también problemas. Estén preparados con las ampollas. —Miró a Dereck y le dijo—: Mi príncipe espera tu reporte.
Soel echó a volar y se fue.

****

Cuando el buque aesiriano llegó a socorrerlos, los soldados del Reino de las Arenas arrinconaron a los piratas y a los profetas contra la baranda a estribor. Como los oficiales daban instrucciones en la lengua del desierto, los piratas tuvieron la impresión de que estaban en problemas y la tensión aumentó.
El que peor la pasó fue el pequeño grolien, quien tuvo que soportar las miradas despectivas de los soldados. En varias ocasiones los aesirianos intentaron apartarlo y encadenarlo como prisionero de guerra, pero Darius y los gemelos se opusieron como leones. Quien de verdad impidió que Kel sufriera abusos fue Dereck, pues el Guardián supo que los profetas harían locuras si los separaban del grolien.
Dereck era el único que estaba libre de la vigilancia de los demás soldados. Los Cazadores colocaron a Sakti en el centro de la nave y la rodearon de soldados armados para detenerla en caso de que despertara de nuevo. Cada cierto tiempo la inyectaban con ampollas y le daban a Dereck botas con agua para que él la hidratara.
También le daban reportes al Guardián.
—No hemos encontrado a las criaturas mágicas, señor —informó un alado—. No hemos visto lobos en el mar.
Dereck asintió en silencio y se mantuvo firme ante la noticia. Darius y los chicos, en cambio, sintieron que les arrancaron un trozo de corazón. Connor se abrazó a su papá y lloró un rato, porque Geri y Freki se habían ahogado.
Cuando la nave al fin llegó al puerto –o, mejor dicho, a lo que quedaba de muelle después de la ola-maremoto– los soldados hicieron que piratas y profetas se irguieran. Los colocaron en fila como para una demostración. La trampilla del buque cayó para dejar que alguien subiera a la nave.
—Alguien importante viene —susurró Airgetlam.
—¿Cómo lo sabes? —le preguntó Darius.
El gemelo señaló las posiciones que tomaron Dereck y los soldados alrededor de Sakti: tenían la espalda recta y los dedos entrelazados frente el pecho.
—Es el saludo oficial de los soldados a sus superiores —explicó.
Un grupo pequeño subió a la nave. Al frente iba un hombre alto de barbas y cabellos grises, con un moño; llevaba una armadura metálica al pecho, colocada sobre un fajón de cuero para evitar que el metal ardiente le quemara la piel. El hombre iba franqueado por varios soldados alados, entre ellos Soel, quienes se separaron cuando alcanzaron al grupo de Dereck.
Los soldados y el Guardián inclinaron la cabeza juntos, como si llevaran meses ensayando ese ritual. Solo Dereck recitó la fórmula:
—Saludos, comandante. Benditas sean las arenas que traen pruebas y desdichas a nuestra nación, benditas las espadas que luchan sobre ellas y bendita la sangre que las bañan. Enaltecidos sean los poderes de los Aesir del desierto. —El soldado se arrodilló—. Dereck Sunkel a sus órdenes de nuevo, Alteza. Y con gusto.
El hombre no se movió y se quedó mirando a Dereck como si intentara reconocer al soldado debajo de la ropa de marinero. Luego le hizo una seña para que se levantara. Cuando el Guardián estuvo al mismo nivel de él, le estrechó la mano.
—Es un placer verte de nuevo, Dereck.
—El placer es mío, príncipe Merkaid.
Después del saludo, Merkaid se inclinó al lado de Sakti y la miró con ternura, como si fuera una bebé recién nacida
—Remiak me dijo que tenía buen cuello y una excelente posición de orejas en caso de transformación. No se equivocaba, Allena es un magnífico ejemplar. —El príncipe se levantó otra vez y preguntó al soldado—: ¿La transformación te asustó?
—Me tomó desprevenido. Aunque la princesa tuvo los síntomas por dos semanas, nunca sospeché qué le ocurría. Lo bueno es que sucedió cerca de la costa. Si se hubiese transformado en pleno mar nos habría matado a todos.
Dereck señaló el grupo de Telius. Merkaid al fin reparó en ellos. El príncipe caminó hacia los piratas y los miró de frente uno a uno en busca quién sabe qué. Cuando llegó a Darius se detuvo. El profeta supo que llamó la atención del príncipe por los ojos mestizos, pero en esta ocasión no se enfadó por la falta de cortesía del primer encuentro.
Como Merkaid se le quedó mirando, él también lo miró sin reservas. Aunque desde lejos notó el parecido, ahora de cerca el parentesco era más que evidente. Merkaid se parecía mucho a Adad y, por tanto, a Sakti. Bien podría ser el padre de la chica, aunque Darius supo que mínimo debía de ser tío de ella.
El príncipe volvió sobre sus pasos e inspeccionó otra vez a los piratas. Cuando llegó al último reinició la inspección. Darius no supo qué buscaba hasta que al fin Merkaid sonrió y se detuvo delante de Telius.
—Tú eres el capitán —dijo muy seguro—. Esa ferocidad, ese orgullo a pesar de estar tan apaleado… Sí, solo tú puedes ser el capitán. —Merkaid le extendió la mano y continuó—: Dereck mandó a decir que mi sobrina te puso una pequeña maldición. Por pago a tus servicios cumpliré con el trato de quitártela.
Telius lo miró con el mismo odio de Darius cada vez que veía a un soldado. Aun así le enseñó la palma maldita. Merkaid se carcajeó al ver el agujero negro y le tomó la mano.
—¡Juego de niños! No puedo creer que de verdad te creyeras esa farsa. —Cuando el príncipe soltó la mano de Telius, el hoyo había desaparecido.
—¿Ya no estoy maldito?
—Nunca lo estuviste. Mi sobrina te engañó para forzarte a navegar. Aunque Adad le haya enseñado la maldición, ella sabía que para hacerla efectiva necesitaba conocer el desierto. Es solo cuando se ha conectado con la arena que nos convertimos en príncipes para salvar y condenar.
Telius hizo una mueca porque no entendió muy bien lo que ocurría. ¿Acaso navegó durante meses, sufrió hambrunas y peligros, sin que tuviera necesidad? ¿Nunca estuvo maldito? Al ver la sonrisita de Dereck, le espetó:
—¿Lo sabías?
—Desde luego. Mi princesa es Jueza de la Corte, así que no es muy generosa con los criminales. ¿En verdad creíste que te libraría de una maldición y además te pagaría con joyas, territorios o naves si lo pedías? No te mató por piratería porque necesitaba que nos trajeras aquí, ni te maldijo ni dañó porque Darius se habría enfadado con ella. Te hizo pagar tus crímenes con un servicio a la Corona. Y porque sabía que el viaje y las consecuencias eran en verdad severos, te prometió una recompensa.
—En pocas palabras —sonrió Merkaid—, mi sobrina es una chica inteligente.
—¡Es una usurera! —lo corrigió el pirata. La expresión encrudecida del príncipe lo calló:
—Es una Aesir, es una princesa y actúa como tal. No te atrevas a ofender a la hija de mi hermano, a la llave de la salvación, a la portadora del Primer Dragón.
Telius quiso burlarse, decirle que esa estupidez de la Profecía no era verdad. Pero se atragantó. ¿No era verdad? Pero entonces… ¿por qué Sakti se convirtió en dragón? El pirata había escuchado sobre transformaciones de lobos, lagartos, zorros de nueve colas y hasta de quimeras, pero nunca de dragones.
Los aesirianos nunca se convertían en dragones.
Además, ella habló con una dragona marina y tuvo la magia de más de mil aesirianos para levantar una ola gigante. Que supiera, los únicos que podían hacer algo así eran los Virtuosos pero la época de esos hechiceros ya había pasado. Telius no era un creyente pero hasta él sabía que los sacerdotes creían que los últimos Virtuosos serían los Tres Dragones.
Esa idea lo mareó. ¡Tuvo un paquete inigualable en su barco! Si Darius o Dereck se lo hubiesen dicho, Telius pudo haber entregado Sakti a los vanirianos ¡y jamás se habría muerto por la maldición falsa de la mano! Pero, si lo pensaba de nuevo, Darius jamás lo habría perdonado. Traicionar a Sakti habría sido traicionar al mestizo.
Un grito lo sacó de sus cavilaciones.
Un mago alado saltó sobre Merkaid y empujó a Telius y a los demás piratas. Soel apartó al príncipe justo a tiempo, pero recibió el látigo de la cola de Sakti y el golpe lo lanzó contra la baranda de metal.
Cuando Telius, Darius y los demás miraron hacia la princesa, se dieron cuenta de que la chica no solo estaba despierta sino que también estaba erguida. Tenía la cara extraña, pues la mitad estaba arrugada y la otra parecía un hocico.
—¡Las ampollas! —gritó Dereck—. ¡Tenían que ponerle más!
—No sirven —murmuró Connor mientras se abrazaba a Darius—. Allena quema los sedantes; no la noquean por mucho tiempo.
Los soldados tomaron posiciones para repeler a Sakti mientras que los piratas se habían asustado tanto que corrían de un lado para otro. Esto rompió la concentración de los oficiales y facilitó que Sakti los derribara con nuevos coletazos. Cuando tuvo el camino libre, la princesa escogió una presa y se lanzó a él.
—¡Quítese, Alteza! —gritó Soel.
El mago alado se levantó de nuevo para ayudar a Merkaid, pero volvió a caer y soltó un grito de dolor. No supo si se rompió una pierna, aunque un ala estaba definitivamente torcida.
El príncipe se mantuvo inmóvil, como si el pánico lo hubiese convertido en estatua. Antes de que Sakti lo alcanzara y le enterrara las garras en el rostro, una sombra apareció junto a ella y le dio una patada fugaz y poderosa en el abdomen.
Sakti se estrelló contra la baranda, muy cerca de Soel. El alado supo que debía apartarse de inmediato. Antes de que la princesa se recuperara y prestara atención a la nueva presa, la sombra se colocó delante de ella, la alzó del cuello y empezó a asfixiarla.
—Quítate, va a usar la cola —avisó la mujer a Soel.
El alado se apartó justo antes de que Sakti empezara a lanzar nuevos latigazos. La mujer no la soltó. Cuando a la princesa empezó a faltarle el aire, se agachó a toda velocidad y le golpeó la cabeza contra el suelo. Al instante Sakti dejó de moverse.
Los soldados del desierto soltaron un suspiro de alivio, aunque Darius, Telius y los demás no salieron de su asombro. A primera vista la mujer que se encargó de la princesa no parecía fuerte, pues era alta y delgada como una varilla, sin rastro de músculo en los brazos. Sin embargo, tenía otras peculiaridades. Las piernas eran muy largas y estaban curvadas como las patas de los felinos; también tenían pintas curiosas, como manchas de leopardo. Cuando ella se giró para ver a los demás, notaron que tenía el rostro transfigurado pues los labios estaban estirados sobre las mejillas. También tenía unos ojos amarillos con las pupilas rasgadas de manera vertical.
—Ah, Nara. Llegas justo a tiempo —la saludó el príncipe. La mujer se irguió y dijo:
—Si no fuera por mí, mi señor habría recibido un buen golpe.
Cerró los ojos para concentrarse y los cambios de reversa comenzaron: los labios regresaron a la normalidad y las venas que se le habían marcado en el rostro desaparecieron. Cuando abrió los ojos todavía eran amarillos, aunque la pupila era redonda. Sin los cambios, tenía un atractivo salvaje impar y un cabello corto lleno de colochos rebeldes y gruesos. Lo único transformado que mantuvo fueron las piernas manchadas y dobladas.
—Mi señor no puede distraerse —dijo la mujer con seriedad—. No quisiera recordarle lo que le sucedió al príncipe Morak por no ser precavido.
Merkaid frunció los labios y una chispa de dolor se asomó a sus ojos. Al ver que los soldados bajaron la cabeza o evitaron el contacto visual con la mujer o el príncipe, Darius comprendió que ella trajo a colación un tema muy sensible.
A la aesiriana no pareció importarle. Soltó un suspiro, se agachó al lado de Sakti y se la echó al hombro. Quizá no tenía ni pizca de músculo pero debía de ser muy fuerte como para cargar a alguien así, en especial porque al peso de Sakti debía agregar el de las alas y la cola.
—Lo mejor es evacuar las habitaciones cercanas a las cuevas —dijo Nara mientras avanzaba con Sakti a cuestas—. Esta transformación puede ser peligrosa para los demás si no se toman medidas.
Cuando pasó delante de los soldados, ellos le hicieron reverencia. Merkaid asintió:
—Sí, por favor hazlo, Nara. Te la encomiendo.
Cuando ella pasó al lado de Dereck, el Guardián se agachó y la saludó con respeto:
—Lady Naraya, es un placer verla de nuevo.
Ella no respondió. Se bajó del barco y se llevó a Sakti quién sabe a dónde. Todos guardaron un silencio incómodo, aunque Darius no supo si fue por el comentario que hizo Nara antes o por la forma tan tajante en la que vino y se fue.  Fustus rompió la tensión con un comentario indiscreto segundos después:
—Ah, ¡creo que me he enamorado!
—Espero que de ninguna de las dos —dijo Merkaid mientras lo miraba con la frente arrugada—. Te mato si te acercas a mi sobrina y Nara te cortará en pedacitos si te le insinúas.
—Ah, pero conmigo hará la excepción —sonrió Fustus muy seguro de sí mismo.
—Espero que no —respondió el príncipe—, porque entonces tendría que encargarme de ambos. —Como el pirata lo miró confundido, Merkaid explicó—: Es mi esposa y yo no le perdonaría que me fuera infiel.
Después miró al grolien que estaba abrazado a Darius como una garrapata. El mestizo temió que el príncipe ordenara apresar a Kel, porque entonces no podría hacer nada para detenerlo. Antes de que Merkaid diera la orden, escucharon un ladrido furioso.
—¡Geri! —gritó Connor entusiasmado—. ¡Freki!
El chico profeta salió corriendo, bajó la rampa del buque y se alejó a toda máquina. Se había olvidado de la orden que le dieron los soldados alados: nadie podía bajar sin permiso y sin escolta. Todo lo que le importó fue ir hacia los amigos que había dado por muertos.
Los lobos-dragón estaban cerca, en la playa; unos cuantos soldados tenían lanzas empuñadas contra ellos, aunque se mantenían distanciados. Lo más probable es que no supieran cómo reaccionar al encontrarse a unos animales tan extraños.
Geri y Freki estuvieron gruñendo muy bravos e imponentes a los aesirianos armados. Cuando Connor burló a los soldados y se lanzó al cuello de un lobo, comenzaron a quejarse de un montón de dolores y a llamar la atención del chico médico para que los mimara.
A él no le molestó. A pesar de que Cecaelia había naufragado, Connor estaba feliz de que todos sobrevivieron la travesía y estuvieran al fin en el Reino de las Arenas.

"Los Hijos de Aesir: Travesía bajo la sombra del Tercero" © 2010-2017. Ángela Arias Molina

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