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Capítulo 28

28
CLARIDAD



—No te sacudas y quédate quieto. Para eso está el paño.
Darius sonrió mientras secaba la cabeza de Kel con una toalla limpia. No fue una tarea fácil, porque el pequeño grolien estaba cubierto de pelo desde las pezuñas hasta la coronilla. Darius lo secó con paciencia y cariño. Sin darse cuenta consiguió un nuevo hijo: el chico grolien lo seguía de un lado a otro como un pollito detrás de la gallina. Hasta Airgetlam y los demás estaban muy alegres por esto y recibieron a Kel en la familia.
—¡Sí! —había dicho Connor mientras abrazaba al grolien—. ¡Ya no soy el menor! ¡Ya puedo torturar a otro sin que me torturen a mí! —Sus hermanos ignoraron ese feo comentario.
—Yo soy Dagda.
—Y yo soy Airgetlam —se presentaron—. Si tienes dudas para reconocernos, en realidad es muy fácil. Solo debes recordar que el más guapo de los dos soy yo.
Los gemelos jugaron a la guerra de agua en el baño y habrían durado allí toda la noche de no ser por el cansancio de los meses de viaje y particularmente de ese día del demonio.
«Bueno», pensó Darius mientras desechaba la toalla llena de pelos, «por lo menos hay algo que sí cansa a ese par». Vistió a Kel con la túnica que los sirvientes de Merkaid le habían ofrecido. Con eso terminó los preparativos de la noche, pues ya todos estaban frescos, arreglados y sin pizca de sudor ni sangre.
Los piratas que resultaron heridos estaban como nuevos gracias a los doctores que envió el príncipe. Hasta Youzen, que no podía vivir lejos del mar, tenía una amplia piscina que habían llenado con agua salada para que estuviera a sus anchas. Aunque Telius estaba ceñudo por el engaño de Sakti, aceptó que el trato de Merkaid a la tripulación fue más que aceptable.
El príncipe los visitó después. Merkaid se detuvo a la entrada de los recintos que ofreció a los piratas y a los profetas, pero no traspasó el umbral. Se mantuvo recostado en el marco de la puerta, aparentemente relajado y satisfecho. Llevaba el cabello suelto y una bata con bordes de hilos dorados. Se veía regio a pesar de la sencillez del atuendo.
Kel se escondió detrás de Darius mientras que Telius bufó con desdén.
—¿No debería estar Su Majestad acompañado de un guardaespaldas o algo así? —lanzó el capitán.
Merkaid arrugó la frente y parpadeó confundido. Soltó una risa cuando entendió lo que dijo el pirata.
—Ah, te refieres a mí. Para que lo sepas, solo se les puede llamar «Majestad» al Emperador y al rey del Reino de las Arenas. A los príncipes debes tratarnos de «Alteza». Pero tranquilo, es un error común de la plebe. En cuanto a mi «guardaespaldas», aquí lo llamamos «escudero». Soel se lastimó mucho por el ataque de Allena, así que lo mejor es que se atienda la herida. En todo caso no tiene sentido que me siga por los pasillos de mi propia casa. Aquí no estoy en peligro.
Merkaid les sonrió y Darius tuvo un mal presentimiento. Los príncipes de las Arenas eran otra estirpe de los Aesir de Masca. No eran pálidos como la leche, sino morenos como el bronce, pero conservaban la elegancia de movimientos, la sonrisa fría y la mirada inteligente de sus primos lejanos. Lo más probable era que, como ellos, tuvieran también la mala maña de seducir a otros con palabras bonitas y utilizarlos por capricho. En resumen, Darius no confiaba en Merkaid.
—¿Cómo está Allena? —preguntó Connor. Estaba muy preocupado por su amiga, pues no habían oído hablar de ella desde que desembarcaron.
—Avanza según lo previsto —respondió el príncipe—. La suya es una transformación un poco más violenta, pero la atrapamos a tiempo. Si hubiésemos tardado unos días más, nos habría dado tantos problemas como Adad.
Los ojos de Darius brillaron al escuchar el nombre del hermano de Sakti. Adad. Habían viajado para encontrarlo, para pedirle su ayuda y que salvara Masca. El profeta tomó aire para meterse en la conversación pero Merkaid lo calló antes de que empezara.
—Dereck ya me ha informado todo: la invasión en Masca, la derrota de Norishka, el viaje con los piratas y los secuestros a los príncipes. Sé que hicieron este viaje para pedir refuerzos pero me temo que será imposible ayudarlos.
Los profetas se tensaron al instante. Connor se mordió los labios, los gemelos arrugaron la frente y apretaron los puños, y Darius se puso rojo de la ira.
—¡No lo entiende! —estalló el mestizo—. Si no hacemos algo Masca será destruida.
El profeta avanzó hacia Merkaid sin ápice de duda, aunque Kel se quedó atrás, muy asustado de un Aesir como para acercársele.
—¿Y te importa lo que suceda a Masca? —se burló el príncipe.
—Sí, ¡desde luego!
—Eres un mentiroso.
La sonrisa y las palabras de Merkaid fueron como un latigazo para Darius, quien se detuvo en seco al escuchar la acusación. El príncipe aprovechó el silencio del mestizo y soltó:
—En cuanto te vi supe quién eras. Aunque escuchamos la noticia de tu ejecución, mi sobrino Adad nunca creyó que fuera cierto. Dijo que eres el mejor amigo de Allena, un hombre firme en sus ideales y fiel a sí mismo y a los que ama. Dijo que por eso Allena jamás te dejaría morir.
»Pero también dijo que eres serio y frío, que incluso en tu nobleza, en tu necesidad de ayudar a otros, eres egoísta y cruel. Todo lo que te importa es tu corazón y a los que tienes en él. El resto del mundo es inútil para ti, salvo cuando te sirve para alcanzar lo que necesitas. Dime, ¿acaso Adad estuvo equivocado?
¡Qué descaro! Adad nunca le cayó bien, pero tampoco creyó que el príncipe tuviera tan mala impresión de él y la compartiera con otras personas. Además, ¿qué le daba derecho a Adad o a Merkaid de decir semejantes barbaridades sobre él? Lo describían como si fuera un Aesir, un sucio zorro de gobierno dispuesto a utilizar a otros a voluntad.
—Adad no me conoce —dijo Darius con los dientes apretados—, no tiene derecho a decir esas cosas sobre mí.
—Oh, ¿en serio? ¿Dices que no te conoce? —se burló Merkaid—. ¿Y de quién crees que es la culpa, después de que se vieran a diario por ocho años en Masca? Decidiste que no valía la pena hacer amistad con mi sobrino por ser un Aesir, así que le diste la espalda.
—Allena es una Aesir —se defendió Darius— y ella sí es mi amiga.
—Oh, sí. Pero Allena era una niña cuando la conociste. Adad, en cambio, ya era un muchacho. A lo mejor creíste que el terrible gen de los Aesir ya había hecho el trabajo en él. Creíste que sería igual al cruel e injusto Emperador que los encerró en una mansión, así que lo evitaste. —Merkaid sonrió—. Cuando lo hiciste, cuando despreciaste a mi sobrino por un prejuicio, tú fuiste el cruel e injusto.
Darius quiso reprochar pero no encontró las palabras adecuadas…
… porque era verdad. No quiso ser amigo de Adad porque le pareció egoísta, inestable y muy parecido al Emperador. Consideró que si Adad estaba dispuesto a traicionar a su propio tío era porque no tenía remordimientos ni escrúpulos.
Pero si lo pensaba así, entonces su amistad con Sakti no tenía sentido. Quizá ella era una niña cuando se conocieron, pero ya no. A pesar de la amistad con Darius, a pesar del cariño de los gemelos y Zoe, a pesar de los cuidados de Mark, Sakti se convirtió en toda una Aesir: era manipuladora, cruel con criminales y enemigos, falsa con su familia y no dudaba en hacer lo necesario con tal de alcanzar sus objetivos.
Si esas eran características que Darius detestaba en los Aesir, ¿por qué todavía era amigo de Sakti? ¿Por qué la abrazaba y la llamaba «cariño» como si todavía fuera la niña con voz de pajarillo? «¿Será… que yo también la estoy usando?».
Fue su amistad con ella lo que lo salvó de ser ejecutado y era su amistad lo que le daba la oportunidad de buscar refuerzos en el Reino de las Arenas para enfrentar la invasión en Masca.
—Me basta una mirada para saber que no viajaste por la Capital, los civiles en ella, los soldados, los Generales o el Emperador —siguió Merkaid—. Solo viajaste por tu hija. Y en cuanto la salves desaparecerás como humo. Abandonarás la ciudad y a todos en ella una vez que encuentres a tu pequeña Zoe.
A Darius no le gustó esa acusación aunque supo que era cierta. Él viajaba por Zoe. No conocía a nadie fuera de Palacio, así que no tenía amistades a las cuales proteger en Masca. Además, ¿por cuál otra persona se iba a preocupar? ¿Por el adusto de Sigfrid? ¿Por el príncipe malcriado? ¿Por el irresponsable de Enlil?
—Abandonarás también al Emperador que tanto ha sacrificado por su ciudad.
—¡JA! —se burló Darius—. Ahora resulta que ese infeliz ha hecho sacrificios, ¿es así? No pinte a ese hombre como santo porque no lo es.
—No digo que lo sea pero es una buena persona.
—Claro. Se me olvidó que las buenas personas secuestran familias o matan inocentes por el bienestar de visiones y profecías.
Si le daban la oportunidad, Darius podía reunir mucho odio. Detestaba al Emperador por tantas razones que ya había perdido la cuenta: por hacer que Enlil engañara a su madre, por ordenar la captura de la familia de profetas, por usar a Mark como potenciador en las visiones de la Estrella Púrpura, por provocar la muerte del mensajero… Darius podía dar con miles de razones para odiar al Emperador Kardan pero ni una sola para sentir simpatía por él.
—Es una buena persona —afirmó Merkaid—. ¿Sabes lo que es la sincronización? ¿Tienes idea de lo mucho que duele?
Darius recordó las veces que vio a Sakti sincronizada. Los chillidos de la princesa mientras los cables se le metían en la piel. Los moretones que le mancharon brazos y piernas durante meses.
—El Emperador está sincronizado ahora mismo. El hombre al que tanto detestas mantiene con vida a millares de personas, entre ellos a tu hija, a costa de su sacrificio. La sincronización es un arma de doble filo, mestizo; puede hacer milagros pero a cambio arrebata magia y vida a su sincronizado. Le da mucho dolor. Y de todas las ciudades sincrónicas en el mundo, Masca es la más terrible y caprichosa.
Merkaid bufó con desdén y dio media vuelta para retirarse. Darius lo detuvo con una acusación:
—De acuerdo, soy un maldito egoísta que solo piensa en su hija. ¿Y qué hay de ti, payaso? —gritó—. Hablas como si tuvieras una moral superior a la mía, pero no enviarás ayuda a Masca ni al Emperador al que tanto defendiste. No seas hipócrita y si no tienes idea de la posición de los demás no los juzgues. ¡No puedes comprender lo que siento ni lo que me motiva a viajar porque no tienes hijos que te preocupen!
De eso estaba seguro. Ni Merkaid, ni Enlil, ni Sigfrid, ni el Emperador podían comprenderlo. Todo lo que Darius tenía era sus hijos. Sigfrid y Merkaid no tenían, Enlil nunca se preocupó por el suyo y el Emperador tenía como mil sirvientes a cargo de la educación del príncipe Kardan. En cambio, todo lo que tenían Dagda, Airgetlam y Zoe era él. Lo único que esperaba Zoe en Masca era que su papá la salvara y Darius no la defraudaría. No dejaría que la niñita que se metía a su cuarto a escondidas en las mañanas para hacerle cosquillas se muriera en una ciudad condenada a colapsar entre cenizas y relámpagos.
—Lo siento, ¿vengo en mal momento?
La ira de Darius se desvaneció cuando escuchó la voz de la niña. Por un instante creyó que vería a Zoe. Al siguiente se dio cuenta de su error y se regañó por ingenuo. Estuvo a punto de dejar dos lágrimas salir pero no lo permitió. Sin importar cuánto extrañara a su Zoe ¡no podía dejar que ese príncipe necio y arrogante lo viera llorar!
Por suerte para él, Merkaid dejó de prestarle atención y miró a la niña que esperaba a un lado de la puerta.
—¿Qué se te ofrece, Nefer?
Ella avanzó con timidez y extendió un brazo para mostrar un pergamino enrollado.
—Es un mensaje, mi señor. Parece que es urgente.
Merkaid se olvidó de Darius, tomó el pergamino y lo leyó. Cuando arrugó la frente morena, Darius supo que eran malas noticias. «Bien», pensó con rencor. «Ya que no tienes ni la mitad de mis preocupaciones, es justo que algo malo te pase, bastardo».
Se percató de que la niña lo miraba. Se sintió culpable de sus malos pensamientos. La chiquilla se veía tan dulce e inocente que no era justo que estuviera al lado de alguien tan rencoroso como él. Como la chica apartó la mirada, Darius supo que la incomodó por los ojos mestizos. También supo que dentro de poco ella los volvería a ver con curiosidad. Siempre pasaba.
Para evitar el rostro de Darius, Nefer estudió los cuarteles y se quedó como hipnotizada viendo al grupo detrás del profeta. Él creyó que debía de ser interesante –y muy, muy raro– ver a unos piratas malhablados vestidos con túnicas bonitas después de un baño. Cuando Nefer se sonrojó y apartó la mirada a toda velocidad, comprendió que la chica vio algo que le gustó.
Darius supo qué o, mejor dicho, quiénes. Nefer debía de tener unos catorce años, edad suficiente para que empezara a interesarse en chicos. A Darius no le gustaba presumir, pero conocía a un par de gemelos y un joven doctor agradables a primera vista, quienes de seguro alegraron la noche de la niña. «Pero nunca, nunca, nunca se los voy a decir. Si les doy muchos aires jamás los callaré. Ni siquiera a Connor», pensó un poquito orgulloso.
Luego Nefer se le quedó viendo otra vez. Darius fingió que no le prestaba atención para evitar incomodarla. Por el rabillo del ojo vio que el cabello de Nefer era como un trozo de algodón negro, pues tenía muchos colochos cortísimos, oscuros y bien acomodados. Era muy delgada aunque Darius estaba seguro de que no soportaba hambrunas. Sus ojos eran amarillos como los de un gatito.
«Los ojos…». Miró el rostro de Nefer con más detalle. Era una chica bonita pero no fue eso lo que le llamó la atención. ¿Dónde había visto unos ojos así? También la forma de la cara se le hacía familiar, pero no supo de dónde.
—¿Dónde conseguiste esto? —preguntó Merkaid. El rostro se le había encrudecido y sostenía el pergamino enrollado como si fuera a golpear a Nefer con él.
—Ummm... —dudó la niña—. Un mensajero lo traía consigo...
—Ajá —el príncipe se cruzó de brazos—. ¿Y por eso el mensajero se lo dio a una chiquilla en lugar de traérmelo directamente a mí?
—Es que el mensajero no podía... —se excusó Nefer.
—¿Por qué?
—Porque… estaba muerto... en el desierto.
—¡Demonios, Nefer! —gritó el príncipe.
Merkaid golpeó la cabeza de la niña con el pergamino. El papel se dobló sobre los colochos sin hacerle daño. Aun así ella se encogió de hombros y se preparó para la regañina.
—¡Eres una cría! ¿Cuántas veces tengo que decirte que no puedes ir al desierto sola?
—Lo siento, pero creí que...
—No tienes derecho a creer nada. No puedes irte cuando te da la gana, ni siquiera a curiosear. Si notas algo fuera de lo normal, se lo dices a un soldado y punto. ¿Tengo que recordarte que estamos en plena invasión? ¡Hoy mismo tuvimos una maldita batalla naval en el puerto! ¿Y cuántas veces tendrán los maestros que decirte que por las noches las serpientes están más activas? —Nefer agachó la cabeza y guardó silencio—. No hay manera de que sobrevivas en el desierto por tu cuenta, ni de día ni de noche.
—¡Pero ya llegué al tercer nivel de hechicería! ¡Ya puedo...!
—No me respondas —la cortó Merkaid—. El tercer nivel es una novatada. Aun si llegaras al quintogésimo nivel seguirás teniendo problemas para sobrevivir. Quizá nunca estarás segura fuera de las murallas. ¿Comprendes?
—Sí.
A Darius le dolió que la niña respondiera con un hilo de voz, como si acabaran de darle una buena tunda. No estuvo bien que el príncipe la regañara delante de tanta gente.
—Dios, ¿qué voy a hacer contigo? —se quejó Merkaid mientras se llevaba una mano al puente de la nariz, como si estuviera a punto de dolerle la cabeza. Respiró profundo para calmarse—. Estás castigada. Te quedarás despierta toda la noche ayudando en las cuevas. Quizá así aprenderás un poco de prudencia. —Luego miró a Darius—. ¿Decías que no te entiendo porque no soy padre? Pues mira —dijo mientras pasaba un brazo por los delgados hombros de Nefer—. Esta es mi hija y es un verdadero dolor de cabeza.
Darius comprendió por qué la chiquilla se le hizo familiar. Claro, ¡si era una versión infantil de Naraya, la esposa de Merkaid!
—Nefer, salúdalos —ordenó el príncipe.
—Hola. —Ella hizo una pequeña reverencia con los pantaloncillos anchos que llevaba, como si se tratara de la falda de un vestido—. Mucho gusto, soy Nefer.
—Ellos son invitados de honor —explicó su padre—. Son amigos de Allena. —La niña frunció el ceño.
—¿Quién?
—Tu prima, la princesa Allena. Oh, es un maravilloso ejemplar. Le irá de maravilla en el desierto porque tiene todo lo necesario, incluso más. Ella y su hermano son perfectos.
A Darius le horrorizó el cambio en la expresión de Nefer. El rostro se le encrudeció y los ojos perdieron brillo. No estaba nada feliz con la llegada de Sakti, aunque Darius la entendió. Su padre acababa de humillarla y prácticamente la llamó inútil, pero al instante siguiente habló maravillado y orgulloso de la sobrina que acababa de conocer. Era normal que Nefer envidiara a su prima por eso.
—Allena sufre la transformación. Tu madre se hace cargo de ella en las cuevas. Ve a ayudarla.
Nefer vaciló. Miró hacia la puerta como si estuviera a punto de irse, pero se balanceó y miró de nuevo al príncipe. Se pasó la lengua por los labios y después se los mordió.
—¿Es seguro que vaya? ¿Qué hago si ella es como el príncipe Adad? —Merkaid frunció el ceño.
—No te enviaría allí si creyera que es peligroso. Es el primer día de Allena y Naraya se hace cargo de ella, así que todo está bajo control. Además —el tono del príncipe fue más cortante—, no te corresponde desafiar mis órdenes. Recuerda tu lugar, Nefer. —La niña bajó la mirada e hizo una reverencia.
—Sí, mi señor.
Después se fue. Merkaid se apoyó en el marco de la puerta para seguir de vista el recorrido de la niña. Cuando Nefer se perdió por el pasillo, agitó la cabeza preocupado.
—Ah, esta niña es un gran problema.
Luego miró a Darius, quien lo observaba con la boca abierta de par en par. Los chicos y los piratas estaban incómodos y miraron al príncipe con desaprobación.
—Eres terrible —le dijo Darius—. ¡Un padre horroroso! ¿Cómo puedes tratar a tu hija de esa manera?
—¿De qué estás hablando? —preguntó Merkaid con las cejas arqueadas.
—La regañas y la humillas, ni siquiera dejas que te llame padre. La tratas como a una simple plebeya, como si no fuera de tu sangre.
—Ah, es eso —el príncipe levantó los hombros para restarle importancia al asunto—. Es que Nefer es una plebeya más. Ella no es princesa. —Ante la mirada atónita del profeta, explicó—: A diferencia de la Familia Real en Masca, en el desierto no se nace con el título principesco. Aquí, un recién nacido con sangre Aesir necesita un atributo más para ser considerado príncipe y Nefer no lo tiene. Por eso, no es princesa. Quizá para ti sería lógico que por lo menos recibiera un trato preferencial por ser mi hija, pero eso jamás lo permitiría. Sería malcriarla.
La mirada del príncipe se encrudeció más y dijo:
—Yo soy el menos talentoso de los príncipes del desierto. Mi don sobre las Arenas no es tan grandioso como el de mis hermanos, pero es lo bastante fuerte como para ejercer mi posición. Pero aunque Nefer es hija mía y de Naraya, es una niña débil. Su capacidad mágica está muy por debajo de la media, no tiene nada de coordinación motora y tampoco fuerza. Su única esperanza es que la transformación le dé una adaptación idónea. Pero si Nara o yo la mimáramos, no sobreviviría ni siquiera a la prueba de los quince y jamás alcanzaría la transformación. Ser estrictos con ella es lo único que podemos hacer para ayudarla a sobrevivir. El resto tendrá que hacerlo por su cuenta.
El príncipe recordó el pergamino en la mano. Estuvo tan ocupado llamando la atención a Nefer que se había olvidado por completo de las noticias que acababa de recibir. Eran malas, pero podrían ser mucho peores si la teoría de Dereck era cierta. Debía empezar a actuar.
Con un ademán se despidió de sus invitados sorpresa. Tuvo que cerrarle la puerta en la cara a Darius para evitar que el mestizo peleara de nuevo por los refuerzos para Masca. Para cuando el profeta lograra entender las perillas del Reino de las Arenas, Merkaid ya estaría muy lejos.


A pesar del pergamino, el príncipe se marchó con buen humor porque pudo hacer lo que quiso: poner a Darius en su lugar. Luego de leer el informe que Dereck hizo sobre el mestizo, a Merkaid le enfureció que Darius culpara a otros de todas sus desgracias, en especial a los Aesir.
«Idiota», pensó el príncipe. «No sabes todo lo que nosotros también hemos sacrificado. Te olvidas de que el Emperador perdió una hermana, te olvidas de que yo perdí al mío, te olvidas de que Allena y Adad perdieron a sus padres. ¿Pero nos escuchas quejarnos por eso? No. Son cosas que pasan. Para aceptarlo solo tienes que empezar a ver el mundo con claridad. Todo alrededor es mucho más importante que tú y tu familia, tan grande que no puedes ver el cuadro completo, solo intuirlo y formar parte de él».
Tenía problemas mucho más importantes que Darius y su necedad. Debía pensar en lo que Dereck le informó hasta el momento y todo lo que todavía debía decirle. Primero estaba la invasión a Masca. El príncipe dudaba de que el desierto enviara refuerzos para salvar la Capital, pero definitivamente enviaría a un grupo pequeño y especializado para rescatar al príncipe Kardan.
En una situación crítica como esa lo mínimo que podían hacer era salvar al heredero de todo un Imperio. De seguro que los Generales y el Emperador esperaban por lo menos esa ayuda. La misma Sakti debía de saber que esa sería la resolución final al pedir los refuerzos.
Merkaid también tenía que pensar en los informes que Dereck le dio sobre Connor y Darius. Sobre el menor de los profetas no había mucho que contar, salvo las condiciones tan inusuales en las que creció: criado por humanos. Curioso y muy divertido.
Dereck había informado que Darius y su cachorro se cuidaron de no mencionar el nombre del pueblo donde el chico creció, porque querían ir allí cuando salvaran a Zoe de Masca. A pesar de las precauciones, Dereck logró triangular la posición del pueblo y elaboró una lista sobre posibles asentamientos a partir de cada mención de Darius, los lobos o Connor.
El otro informe, el de Darius, era el mejor.
Cuando se conocía a Dereck por primera vez era difícil encontrarle algo extraordinario; por eso muchos no entendían qué podía tener para haber alcanzado el puesto en el que estaba. Soel creía que Dereck era un bobo con mucha fuerza que solo tuvo un golpe de suerte.
Merkaid y Sigfrid sabían algo más: Dereck tenía una excelente memoria. Si le hubiese gustado la lectura se habría convertido en todo un erudito, pero todo lo escrito le resultaba mortalmente aburrido. Excepto los reportes. A esos los amaba.
El material que entregó al príncipe sobre Darius estaba constituido en dos partes. La primera y la más grande era una transcripción perfecta del expediente del profeta en Masca. Allí estaban anotadas las descripciones de su salud, sus hábitos, gustos, reproches, citas de entrevistas, sus relaciones con los sirvientes y una larga lista de curiosidades sobre él. Merkaid no dudó de que cada palabra que leyó tenía su gemela en alguna gaveta del escritorio del Emperador. De hecho, daba miedo ver la precisión de las fechas para cada entrada del expediente. Ahora sabía lo suficiente de Darius como para mantenerlo controlado por un tiempo.
La segunda parte era un informe más corto en el que Dereck hablaba del desempeño de Darius desde que salieron de la Capital: siempre estaba dispuesto a ayudar, su habilidad en combate los salvó en más de una ocasión contra los vanirianos, era inteligente y hábil, un excelente compañero de viaje y una persona con la que se podía contar. Lo único deficiente en él era la magia, pues a Dereck le parecía que la esencia del viento del profeta fallaba. No tenía control sobre ella.
El otro asunto en el que tenía que pensar era el menos placentero de todos. A Merkaid le habría gustado dejar eso como una nota mental, pues no había pruebas de que la teoría de Dereck sobre los secuestros de los príncipes fuera correcta. El único suceso que conocían era la desaparición del príncipe Sin, el hermano del Emperador que fue secuestrado por las arpías en Norishka.
Sakti y Dereck vieron la información en una placa de identificación, pero incluso eso podría ser erróneo. Quizá las arpías mataron al príncipe cuando llegaron al castillo flotante que invadió la fortaleza militar.
«O quizá no», pensó Merkaid con una pizca de pesimismo. Casi deseaba que su primo lejano hubiese muerto, porque entonces las noticias del pergamino no serían tan catastróficas.
El mensaje que le trajo Nefer le pesaba como si estuviese hecho en un bloque de oro en lugar de una frágil hoja de papiro. Se le hizo un nudo en la garganta al imaginar a su hija observando el desierto a través de la ventana en la muralla de la ciudadela del puerto.
Merkaid se imaginó la expresión asombrada de Nefer al divisar a un mago alado en la lejanía, que caía herido antes de alcanzar su objetivo. En su mente vio la emoción de los ojos mientras la niña se ponía las zapatillas para salir al desierto, antes de que alguien más lo hiciera. Se la imaginó corriendo hacia las puertas, que siempre estaban abiertas para los viajeros de a pie, y luego corriendo por la resbalosa arena sin pensar en las serpientes y escorpiones que salían a cazar de noche. Se imaginó su rostro feliz al encontrar al mensajero muerto, pues habría estado segura de que el hallazgo le daría una excusa perfecta para llamar la atención de su padre.
Nefer no lo sabía, pero corrió un riesgo terrible por querer llamar la atención del príncipe. No solo por los animales de las Arenas sino también por los vanirianos. De seguro que hubo arpías cerca que se encargaron de darle muerte al alado para impedirle entregar ese breve e importante mensaje. Solo por un milagro no vieron a Nefer o de lo contrario la habrían matado para quitarle el papiro.
Merkaid suspiró. Tendría que decírselo a Nara para que regañara a la niña. Después de todo, su esposa era la persona más fría y cortante que conocía. Ja, si Darius creía que el príncipe fue un padre horrendo al regañar a Nefer, ¿qué pensaría de la maternidad de Nara? Se quedaría helado, eso seguro.
En todo caso, dejaría que ella se encargara de Nefer. «Morak no lo sabe así que yo me haré cargo de Uruk. Yo me preocuparé por él», pensó Merkaid. Su sobrino, el príncipe Uruk, era un chico cinco años menor que Allena. Su dominio sobre las Arenas era tan malo como el de Merkaid, pero era un patrullero activo; siempre viajaba de aquí para allá, visitando cada rincón y aldea del desierto para arreglar problemas.
La última aldea que visitó fue Guya, ubicada en el círculo de guarderías que estaba a unos cuantos kilómetros de la costa. Según el pergamino, Guya ya no existía. Las calles y las casas fueron convertidas en escombros. Pronto el rastro estaría cubierto con las ventiscas de arena.
«Los vanirianos al fin comenzaron el ataque a las guarderías», comprendió el príncipe. No era justo. Las guarderías eran pueblitos donde se criaba a los cachorros durante sus primeros ochenta años. Allí recibían la formación adecuada para que sobrevivieran en el desierto y también se les atendía en las primeras transformaciones. Básicamente, los vanirianos mataron niños.
Como si eso fuera poco, Guya fue la guardería que más bisontes criaba, por lo que proveía de carne a otras aldeas de su círculo. La carne era indispensable; sin ella los cachorros en transformación se volverían locos por el hambre y serían incontrolables. «Los vanirianos lo saben, por eso mataron a todos los bisontes de Guya. Saben que sin la carne nuestros cachorros nos matarán».
Las malas noticias no terminaban allí. Uruk estaba en Guya cuando se dio el ataque. Según el pergamino, el príncipe tomó las riendas de la situación y organizó la defensa. Sus intentos fueron inútiles y un grupo de arpías se lo llevó. Algunos magos alados intentaron rescatarlo, pero los que regresaron cayeron muertos al suelo. Uruk no volvió ni vivo ni muerto después de cruzar las nubes de invasión.
Merkaid chupó los dientes. Hace unos años, ver nubes en el cielo fue una razón para celebrar porque significaba que llovería o que los magos alados con la esencia del agua podrían ir a recoger un poco. Pero ahora ver nubes era sinónimo de armarse y prepararse para el ataque. Ver nubes significaba arpías y relámpagos.
Si otro príncipe hubiese estado en Guya el resultado habría sido distinto. Si Remiak o Hundrian hubiesen estado allí habrían protegido a las crías sin ser secuestrados. «Si Velmiar estuviera vivo», pensó el príncipe, «esto nunca habría pasado».
Si Velmiar estuviese a la cabeza del Reino de las Arenas, hace mucho que la invasión habría llegado a su fin. Hundrian era un buen regente pero no tenía el atrevimiento de Velmiar. Él habría sido un rey arriesgado, de esos que se juegan el todo por el todo. No habría esperado en Irem a ver cómo se desarrollaba la invasión. ¡Habría contraatacado de inmediato sin importar las consecuencias!
Quizá habría ganado la pelea o tal vez habría llevado al desierto a la ruina, pero ya habría llegado a un punto. Hundrian, en cambio, temía avanzar. Su indecisión mantuvo en vela a todo el continente y ahí tenían el resultado: un príncipe secuestrado. ¿Habría más en el futuro?
Lo que necesitaba el desierto era otra persona como Adad. El príncipe heredero era un patrullero aún más activo que Uruk. Avanzaba por el desierto tan rápido que nadie podía seguirle la pista, salvo por la ruta de vanirianos y castillos flotantes derribados. Si Adad no fuese tan rebelde quizá podrían valerse mejor de sus talentos para contrarrestar la invasión; pero el muchacho siempre se negaba a dar razones. Se conformaba con dar señales de vida cada cierto tiempo cuando se detenía en la ciudad de uno de sus tíos para saludar.
«Pero Allena está aquí. Con ella tenemos una nueva arma».
No importaba si Sakti era igual de rebelde que su hermano porque ella vino para pedir refuerzos. Si quería ayuda para Masca se comportaría como una dama: haría lo que sus tíos le pidieran, cazaría vanirianos, protegería ciudades, detendría la invasión en el desierto…
Quizá ella no esperaría mucho tiempo, pero ayudaría. Todo lo que Merkaid tenía que hacer era seguir las reglas y llevar a la cachorra a una guardería para que aprendiera a controlar la transformación. Si de casualidad los vanirianos atacaban esa guardería, entonces… Bueno, Merkaid estaba seguro de que no les sería tan fácil secuestrar a una dragona hambrienta.
Un rugido.
Sonrío cuando llegó a la cueva donde estaba atrapada su sobrina. Cruzó los orbes sin miedo y entró a la cripta. No era un sitio oscuro, frío y tenebroso, aunque todos los cachorros tenían esa sensación cuando se les encerraba. En las paredes había antorchas que iluminaban el camino y también rubíes incrustados que, a modo de guías, indicaban qué rutas alternas tomar dependiendo del lugar al que se quería ir.
Dobló a la derecha al llegar a la primera intersección. Al poco tiempo encontró otra encrucijada; esta le dio tres caminos a elegir. Tomó el del medio. Conforme avanzaba se encontró con nuevas rutas alternas, así como bóvedas y puertas. Detrás de cada una había bodegas con carne conservada en sal o habitaciones para los Encantadores más atrevidos, que preferían quedarse en las cuevas para vigilar de cerca a los cachorros transformados.
Muchas personas se perdían porque las cuevas eran como un laberinto. No había otra opción. Las cuevas de transformación debían ser confusas, porque así si un cachorro se escapaba de su Encantador tardaría un buen tiempo en salir al exterior.
Hubo un tiempo en el que Merkaid también se perdía en las cuevas, pero desde que se casó con Naraya aprendió a recorrer las rutas como si fuera un experto.
Su esposa no era una Encantadora. Los Encantadores eran personas que sabían mantener contacto visual con los cachorros transformados para calmarlos, al menos el tiempo suficiente para que los Cazadores les inyectaran las ampollas.
Naraya era una Maestra. Sabía utilizar como nadie la fuerza bruta y la inteligencia para agotar a un transformado. También podía unirse a las partidas de Cazadores para atrapar a los niños que se salieron de control antes de que los encerraran en las cuevas. Su verdadero talento consistía en paciencia y frialdad para enseñar a los transformados a controlar las mutaciones.
Fue ella quien enseñó a Adad a hacerlo. Merkaid quería que también le enseñara a Sakti. Algunos aprendían más rápido que otros. Él esperaba que su sobrina fuera una genio con buen autocontrol. Así aprendería sin dificultad, lo cual sería una gran ventaja para las Arenas. Si de verdad los vanirianos estaban secuestrando príncipes, quién sabe cuánto tiempo podría el desierto aguantar la invasión. Sin los príncipes de las Arenas el desierto sería indomable.
Merkaid escuchó un rugido tan potente que fue como si estuviera al lado de Sakti. Al fin llegó al lugar que buscaba.
Entró a una nueva ruta hasta que divisó la entrada a una galería. Allí vio a Dereck, sentado en una roca al borde de un precipicio. El soldado miraba atento el fondo, a unos cincuenta metros de profundidad, en donde una criatura blanca gruñía y lanzaba coletazos y dentelladas a otra figura mucho más pequeña y veloz.
Merkaid sonrió al ver a Nara corriendo de un lugar para otro, para burlar a Sakti y hacer que se golpeara sola contra las paredes de la gruta o con los fragmentos de roca que caían sobre ella por un coletazo mal dado.
—Lady Naraya intenta cansarla, pero la princesa es muy testaruda —informó el soldado—. Sabe que se están burlando de ella pero aun así no deja de intentar atraparla.
—Me temo que es de familia. Velmiar tampoco se daba por vencido en un reto, aunque supiera que estaba haciendo el ridículo por solo intentarlo —respondió el príncipe mientras se situaba al lado del Guardián.
Merkaid estaba muy orgulloso de Sakti. Era una dicha verla tan brava y magnífica, con una transformación tan severa que causaba escalofríos.
Dereck estaba complacido con la mutación de su protegida y podía imaginar el agrado de Merkaid. Las transformaciones aesirianas eran sencillas en el continente principal: algún cambio de color de cabello y ojos, a veces algunas púas, aumento de fuerza y mejora en la visión. En el desierto, en cambio, las transformaciones eran más violentas y dolorosas.
La mitad de los aesirianos en ese país eran magos alados, que al cumplir los treinta años sufrían un buen dolor de espalda por semanas antes de que les crecieran las alas. Algunos otros, como Naraya, tenían transformaciones que les daban mayor velocidad y sentidos más agudos. Solo algunos cuantos tenían transformaciones básicas y por lo general morían cuando salían de las guarderías.
En el desierto, una transformación dolorosa era igual a una mejor adaptación y, por tanto, a mayores posibilidades de supervivencia.
—Toma.
Merkaid extendió el pergamino a Dereck, quien lo leyó sin decir ni una palabra. Cuando terminó, cerró los ojos y guardó silencio por unos instantes.
—Ha comenzado. No pudimos avisar a tiempo.
—¿Según tú, para qué quieren secuestrar a los príncipes?
—Para utilizar la sincronización. En cada invasión los vanirianos se esconden en nubes grises de las que brotan relámpagos, aunque las nubes en realidad esconden los castillos flotantes. Son esas las estructuras que generan los rayos, pero para moverse y atacar con mayor velocidad y fuerza necesitan la sincronización de un Aesir. O al menos eso es lo que creemos la princesa y yo. —Merkaid guardó silencio, pensativo.
—Uruk no vivirá mucho tiempo. No hemos encontrado una ciudad con la que pueda hacer contacto, pero es normal. Para sincronizarse se necesita buena voluntad de parte de las ciudades y poder, pero el nivel de Uruk es bajo. Si lo que dices es cierto, los vanirianos intentarán forzar una sincronización con él. Solo lograrán achicharrarlo hasta la muerte.
Dereck guardó silencio porque no había nada que decir. No todos los Aesir tenían lo necesario para sincronizarse. El soldado sabía que las ciudades rechazaban a muchas Doncellas antes de encontrar a la indicada, y los príncipes más jóvenes de Masca no lograron unirse mágicamente a una ciudad. Solo el príncipe Kardan logró sincronizarse con Tyr por medio de una prueba especial y solo Sakti consiguió sincronizarse con dos ciudades –Lahore y Heimdall– sin preparación previa.
—Dereck, hay algo que debes saber —dijo entonces el príncipe—. Tú sabes que en el desierto están las ruinas del Imperio de la Emperatriz Sakti Allena Aesir I, ¿verdad?
—Sí, señor. Es imposible no saberlo.
—Cuando la transformación de Allena cese la llevaré a una guardería. Una muy especial en la que hay una excavación. —Su rostro se tensó. A la luz de la antorcha pareció un cadáver ojeroso—. Si los vanirianos utilizan tecnología antigua para atacarnos, no debemos permitir que tomen las ruinas. Y creo que la excavación en Myula es la mejor entrada que podrían utilizar. No deben tomar lo que hemos encontrado. Lo entiendes, ¿verdad?
Dereck se mordió los labios. Del reinado de Sakti Allena Aesir I se contaban maravillas.
No solo fue la Virtuosa más poderosa de todas, sino también la más inteligente. En su época algunos la consideraron loca, otros, practicante de las Artes Oscuras. Algunos la llamaron alquimista y unos pocos la denominaron científica. Aunque mató a su propio padre para tomar el Trono, no se la recordaba por esto sino por el avance tecnológico que dio a su Imperio con creaciones de su propia invención.
Túneles subterráneos que comunicaban a todas las ciudades, incluso por mar. Ciudades levadizas, trenes mágicos y, posiblemente, los castillos flotantes eran fruto de su ingenio. Incluso encontró la forma de que ella, pese a ser Emperatriz, pudiera salir de Masca sin que la sincronización la matara. Lo más sorprendente de su reinado fue una máquina que curaba cualquier enfermedad, incluso la peste.
Se contaban muchas historias sobre esas máquinas aunque jamás se había encontrado una. Cuando la Emperatriz murió, sus hijos no supieron controlar la grandeza que ella había construido. Se hablaba de una gran catástrofe que obligó a muchos a abandonar las ciudades que ella creó en el desierto, y las arenas las cubrieron hasta que de ellas quedaron solo historias.
Dereck no sabía qué descubrieron los arqueólogos de Myula, pero Sigfrid le había hablado muchísimo del Imperio de Sakti Allena. Gracias a esas historias, Dereck engrosó la lista de seguidores de la vieja Emperatriz y se moría de las ganas de ver, algún día, un objeto perdido de aquella época. Sabía que cualquier cosa que la Emperatriz hubiese inventado podría influir en el desarrollo de la guerra, tal y como los vanirianos lo probaron al invadir Masca con los castillos flotantes.
—Quiere que la princesa defienda las ruinas.
—Quiero que las active —explicó Merkaid—. Quiero que recuperemos el desierto antes de que las Arenas se queden sin príncipes.

"Los Hijos de Aesir: Travesía bajo la sombra del Tercero" © 2010-2017. Ángela Arias Molina

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