¡Sigue el blog!

Epílogo

TIEMPO AL TIEMPO




Darius miró el horizonte. Solo arena, arena, arena y más arena. Ah, y mucho sol.
Sintió un escalofrío recorriéndole el cuerpo aunque la frente la tenía cubierta por una delgada capa de sudor. Si le hacía caso a una visión, había llegado al sitio donde moriría. Sin embargo, estaba feliz de estar en el desierto. Fuera como fuese encontraría la ayuda para salvar a Zoe. Si él no podía convencer a los príncipes, Sakti sí lo haría.
Escuchó un carraspeo detrás de él. Al girar se encontró a Telius, quien tenía el brazo herido colgado en un cabestrillo. El sano lo tenía cruzado sobre el pecho, en un mohín.
—Creo que no nos veremos en mucho tiempo —dijo el capitán, incómodo. Darius también estaba un poco avergonzado pero avanzó hacia Telius para despedirse.
—Lamento mucho todo esto. Lamento lo que le pasó al barco, lamento que Allena te engañara, lamento que…
—Ya —lo cortó Telius—. Mira, es cierto que encontrarte me metió en problemas y situaciones que preferiría nunca haber experimentado, pero me gustó verte. Estás a salvo. A tu madre le daría gusto. Además, yo te entiendo —Telius le dio unas palmaditas en el hombro—. Todo lo que haces es por Zoe. Darius, no espero menos de ti. Jamás la abandones, ¿me escuchaste?
—Nunca lo haré.
—Lo sé. Eres mejor padre que ese príncipe engreído. —Telius negó con la cabeza—. Pobre gente. Si así son criados por sus padres, no puedo culparlos de ser tan retorcidos. Todo este tiempo los detesté pero en realidad son dignos de lástima. No quiero ni imaginar cómo trataban sus padres a esa amiga tuya.
Darius se mordió la lengua, porque no quiso explicarle a Telius que los padres de Sakti murieron cuando ella era una bebé y que de niña fue criada como una esclava. Azotada, maltratada y despreciada todos los días. Los krebins se aseguraron de convertir a Sakti en la Aesir más retorcida de todos. ¿Significaba eso que era también la Aesir que merecía más lástima?
Un grupo de soldados se tensó a unos pasos de ellos. Tanto Telius como Darius giraron los ojos porque supieron quién venía: Merkaid. El príncipe iba acompañado de cinco magos alados, entre ellos Soel. Merkaid llevaba una túnica blanca con encajes y diseños dorados, y una delgada armadura de plata que tenía incrustados rubíes y sellos de oro.
A Telius le habría encantado que la armadura del príncipe se sobrecalentara con el sol del desierto, pero Darius estaba seguro de que debía de haber un truco para evitar eso. Qué lástima.
—¿Ya decidiste tu pago? —preguntó el príncipe después de un saludo
—Un barco nuevo —respondió el capitán— y debe ser una maravilla. Después de lo que la chica nos hizo pasar, no quiero ninguna cosa barata. También me gustaría mantener mi dignidad y no recibir ni un pago más de los perros del gobierno, pero sí te pediré algo más.
La sonrisita de Merkaid decía que ya se lo esperaba. Después de todo, ¿cómo podría un pirata perder la oportunidad de hacerse rico? Telius quiso borrarle la sonrisa con un golpe, pero esperó que la lección de humildad fuera suficiente para poner al príncipe en su lugar.
—Lo que quiero es que le des a este muchacho todo lo que necesite para salvar a su hija —ordenó el capitán mientras señalaba al profeta—. Solo eso hará que la tortura de viajar con tu sobrina engreída haya valido la pena.
Darius miró conmovido al capitán. Telius merecía una recompensa jugosa después de perder la nave y sufrir el engaño de Sakti. ¿Por qué desperdiciaba esa oportunidad en Darius? ¡No tenía caso! Lo que el profeta necesitaba era el apoyo del príncipe para encontrar refuerzos, pero luego de la conversación de la noche anterior quedó claro que él no se la daría.
—Hecho —asintió Merkaid. Darius se llevó una mano al oído, porque creyó escuchar mal.
—¿Qué?
—Dije que acepto —repitió el príncipe—. Soy un hombre de palabra. Acepté pagar lo que pidiera el pirata, así que te brindaré mi apoyo en la audiencia que Allena realice en Irem para pedir refuerzos. Sin embargo —Merkaid sonrió—, debes saber que mi apoyo no será suficiente. Debes convencer a los otros príncipes para validar la ayuda a Masca, en especial a Adad y a Hundrian. Si ellos rechazan tu petición, no hay nada que hacer.
Darius estaba seguro de que Sakti convencería a Adad. Eso significaba que ya tenía dos votos a favor, tres si a Sakti la dejaban participar. Darius no tenía idea de cuántos príncipes de las Arenas había pero ese inicio prometedor con Merkaid lo puso de buen humor.
—Señor, la princesa ya está lista —informó un soldado mientras se arrodillaba al lado de Merkaid—. Los barcos también.
—Gracias, Karak.
El príncipe hizo una seña para que Telius, Darius y los profetas lo siguieran. El pequeño Kel también iba con ellos, pegado a los gemelos como si los conociera de toda la vida.
Caminaron hacia las murallas, unas altas paredes de roca marrón que protegían la ciudadela del puerto e impedían que gran parte de la arena entrara cuando hacía ventisca. Comparadas con las Murallas de Masca, las del puerto eran apenas unas delgadas y bajitas láminas de piedra. Al cruzar el ancho umbral, Darius descubrió unas extrañas estructuras que eran como botes.
Parecían estar hechos de madera aunque él no estaba del todo seguro. ¿En el desierto crecían árboles lo bastante grandes como para construir esos extraños barcos? En la popa tenían una cola que hacía de hélice, o eso creía el profeta; es decir, impulsaba y cambiaba la dirección del vehículo. Cada bote tenía un mástil, con todo y vela. Lo único que faltaba era un timón pero Darius no lo encontró por ninguna parte.
Un grupo de magos alados se encargó de atar con correas a Geri y Freki para que no se cayeran ni escaparan de los barcos de arena si les daba miedo el movimiento. Había otro grupo de soldados que esperaba al lado de una nave, muy serios y rodeando a alguien. Como Darius vio que Dereck lideraba este equipo, supo de inmediato que al fin vería a Sakti.
Merkaid alcanzó al grupo. Los soldados, incluido Dereck, se arrodillaron juntos y se golpearon el pecho con respeto. Cuando lo hicieron dejaron al descubierto a Sakti. La chica ya no era un Dragón pero todavía se estaba transformando. No conservaba las escamas, la cola o las alas, pero estaba más alta, los brazos y el cuello estaban más estirados y tenía un par de cuernos idénticos a los de Geri y Freki.
El cabello le había crecido muchísimo, pero lo tenía bien sujeto con una larga y gruesa trenza. Sakti salió del círculo de soldados y se colocó delante del príncipe. Lo hizo con la delicadeza de una señorita mascalina. Pareció toda una princesa con el vestido blanco y de encajes dorados. No una guerrera capaz de convertirse en dragón.
Sakti inclinó la cabeza, tomó la falda del vestido con una mano e hizo una reverencia tan bonita que habría sido el orgullo de una institutriz. Darius vio que Telius se puso rojo como un tomate, pero no supo si fue porque quería reírse de Sakti o si lo cautivó la elegancia Aesir.
—Es un placer conocerlo, príncipe Merkaid —dijo la muchacha. Muy a su pesar, Darius también se sonrojó. Había pasado mucho tiempo desde la última vez que vio a Sakti en modo princesa—. Mi Guardián me explicó que usted y sus súbditos se hicieron cargo de mí cuando más necesitaba de su ayuda. Muchísimas gracias. También le agradezco haber cuidado de mis amigos durante mi ausencia. —El príncipe le devolvió la reverencia.
—El placer es mío, Alteza. Sepa que estoy a su disposición para todo aquello que necesite. —El príncipe se arrodilló, tomó la mano derecha de Sakti y la besó—. Tiene mi completa fidelidad.
—La acepto y la agradezco —respondió la muchacha.
—¡Ah, puaj! —se quejó al fin Telius. Resultó que estaba rojo porque no podía soportar el numerito de la Realeza—. ¿A esto llaman «reunión familiar»? ¡Son un tío y su sobrina! ¡Lo normal es que se abracen! ¡Son un montón de raros! —Merkaid sonrió.
—Ay, la plebe es graciosa.
—Sí, mucho —comentó a su vez la princesa.
Mientras Merkaid se incorporaba, Sakti notó que Connor estaba inquieto y que la miraba con mucho detenimiento. Eso no le gustó. Naraya le dijo que tendría los cuernos por un buen tiempo. Pero como Sakti era tímida no quería sufrir miradas indiscretas.
—¿Te pasa algo, Connor? —le preguntó. Él era un buen chico. Dejaría de verla como bobo en cuanto se diera cuenta de lo incómoda que la ponía.
—Ummm, bueno... Es que tengo algo tuyo. —Connor sacó una cadena plateada del pantalón de lino blanco que le habían dado en casa del príncipe—. Te lo quité justo antes de que terminaras de transformarte. Pensé que romperías la cadena y perderías el pendiente si no te lo quitaba. Lo siento, no quería tomarlo sin permiso.
Connor le mostró la cadena y el pendiente con forma de ángel. Sakti lo miró con los ojos agrandados, en verdad sorprendida.
—Pensé que lo había perdido —murmuró mientras se tocaba la garganta.
Avanzó a Connor y le dio un abrazo. El chico se sonrojó hasta las orejas, porque supo que Sakti rompió todas las reglas del protocolo de comportamiento para darle las gracias. Eso significaba que la joya era muy importante para ella y que Connor se había convertido en su héroe.
—Gracias por tomarlo —dijo mientras recuperaba la cadena—. Mi hermano se habría decepcionado si hubiese perdido el pendiente y Sigfrid de seguro se enfada.
Sakti se puso el collar y soltó un suspiro de alivio cuando escondió la joya debajo de la ropa, como era su costumbre.
—Allena… —murmuró Connor.
—¿Sí?
—… No, nada.
El chico sabía que el pendiente era un recuerdo de la mamá de Sakti, pero… ¿el anillo? ¿Por qué Sakti llevaba una alianza de matrimonio de oro blanco? Se moría de la curiosidad por saber quién le dio semejante regalo a su amiga, pero le pareció indiscreto preguntárselo delante de tanta gente. «Y en todo caso no me lo diría. Hasta me pregunto si papá sabe que ella tiene ese anillo».
—Ah, mira esto —dijo Merkaid—. Llegan justo a tiempo.
Nefer y Naraya se unieron al grupo, lo que complació mucho a Merkaid. El príncipe tomó un paquete envuelto en papel grueso que llevaba Soel en los brazos.
—Quería darte algo, Allena. En este país tenemos la tradición de ofrecer un regalo a los recién nacidos. Por ejemplo, tu padre cultivó para ti un jardín en palacio y todavía lo cuidamos porque sabíamos que nos visitarías algún día. Pero como naciste y te criaste lejos de nosotros, tus tíos no pudimos obsequiarte como era debido. De seguro mis hermanos querrán mimarte un poco pero por favor déjame ser el primero. Toma. Es para ti.
El príncipe le dio el paquete y la miró con ojos brillantes y emocionados. Sakti lo complació al desenvolver el obsequio con cuidado, como si atesorara hasta el papel que le regalaban.
—Es un libro —dijo cuando encontró un montón de hojas unidas y forradas en cuero.
—Un cuaderno —la corrigió el príncipe mientras ella ojeaba los textos—. El desierto es un lugar hostil. Los niños crecen en guarderías y allí los instruimos para que sepan todo lo necesario para sobrevivir. A todos los niños los obligan a tener un cuaderno de apuntes para que tomen nota de lo que van aprendiendo.
»Nosotros queríamos que tú y Adad se criaran aquí, pero sabíamos que tu madre no permitiría que vivieras en el desierto. Aunque quizá conseguiríamos convencerla con Adad. A fin de cuentas es el heredero. Y como cuando naciste todo tomó el rumbo equivocado... En fin… —Merkaid levantó los hombros—. Ni siquiera Adad pudo crecer en las Arenas, así que cuando vino aquí le entregamos el cuaderno que perteneció a tu padre. Ahora yo quiero darte el que fue mío. Así estarás mejor preparada.
Sakti ojeó el libro y levantó las cejas al ver la ilustración de una planta altamente detallada con los nombres de cada parte: el tallo, los diferentes tipos de hoja y espinas, la flor…
—¿Lo dibujaste? —El príncipe asintió.
—Tu padre se burlaba de mí. Decía que era mejor dibujante que príncipe. Probablemente tenía razón.
—Me gusta —dijo ella—. Yo no tengo ningún talento aparte de ser princesa. Suena tonto pero así es.
—No es tonto. Yo lo comprendo muy bien.
—Gracias. Lo atesoraré mucho —dijo la muchacha mientras cerraba el libro y lo apretaba contra el pecho.
—Todavía hay algo más. Esta de aquí —dijo señalando a Nefer— es mi hija.
A Sakti le tomó solo una fracción de segundo para comprender que Nefer la aborrecía. Pero como de pequeña se acostumbró al desprecio de los krebins y humanos, no sintió ni una pizca de pena.
—Te ofrezco a Nefer como tu dama de compañía en el desierto. Necesitarás a una amiguita para que te sientas cómoda aquí.
—¿Una qué?
Dereck palideció al instante, mientras que Darius y los gemelos se mordieron las mejillas para evitar carcajearse.
—Umm, príncipe... —murmuró el Guardián mientras se situaba al lado de Sakti—. No sé cómo decirle esto, pero en Masca el Emperador prohibió a la princesa tener damas de compañía. Desde los dieciséis no tiene sirvientas de ese tipo.
—¡Qué extraño! Una muchacha de alcurnia como ella necesita una amiga. Una dama es la mejor forma.
—Ay, príncipe. Es obvio que Su Majestad consideró que Dereck era suficiente dama--- Eh, digo, compañía para la princesa —comentó Soel. Dereck le dirigió una mirada furiosa. Merkaid se rio por la ocurrencia.
—El punto es que quizá sea mejor para su hija ser solo prima de la princesa. Dama de compañía es una posición muy arriesgada. En serio —recalcó el Guardián.
No quería hablar mucho del asunto. Sakti no aguantaba a los niños o las conversaciones frívolas que, por lo general, tenían las chicas entrenadas como damas de compañía. En solo dos años la princesa tuvo veintisiete chicas diferentes en ese puesto y a todas las lastimó de una u otra forma.
A la primera la abandonó a los dos meses fuera de sus aposentos, justo cuando el invierno era más crudo en Masca. La niña enfermó gravemente. La segunda resultó herida por un experimento de magia. La tercera, por la caída de un caballo. La cuarta se cortó un dedo al moverse cuando Sakti practicaba tiro al blanco con ella. Y de la quinta en adelante no quería ni acordarse.
El asunto fue tan grave que el Emperador tuvo que meter mano y firmar una orden que impedía a su sobrina tener damas de compañía. El resto de las sirvientas estaba a salvo, pero las niñas debían cuidarse de no ser muy molestas en presencia de Sakti. Simplemente no tenía habilidades pare relacionarse con chicas de su edad o más jóvenes, y de hecho era un milagro que se llevara tan bien con Zoe.
—Bah, tonterías. Estoy seguro de que la hermanita de Adad se sentiría mal si no tuviera con quién hablar. Y hay ciertas cosas que por pudor no puede conversar con un varón. Para eso está Nefer. —Merkaid dio palmaditas en la espalda de su hija, sin reparar en que ambas no deseaban esa relación. Sakti tomó aire e hizo una reverencia.
—Agradezco tu ofrecimiento, tío. Será divertido hacer una amiga.
Darius y los gemelos se llevaron una mano a la boca para que nadie reparara en las sonrisas que se les escapaban de los labios. Ellos sabían mejor que nadie que Sakti no tenía interés en hacer amigas. Era solitaria por naturaleza, callada y tímida; se las arreglaba bastante bien con la amistad de los profetas y Dereck. No necesitaba nada más que eso.
—Bien. Entonces eso es todo. Ya estamos listos para partir. Te llevaré a una guardería especial, por lo menos hasta que esté completamente seguro de que sabes defenderte. Aunque Dereck insista en ello, no puedo quitarme de la mente a tu madre. Ella no era nada diestra en combate. Imaginarte con una espada me da escalofríos.
Darius pensó en decirle que tenía razón en sentir escalofríos, pues Sakti era asombrosa con un arma. Certera y terrorífica era poco para describirla. Pero supo que abrir la boca para decirle que su sobrina no era tan indefensa habría sido un error. La idea era simpatizarle, no matarle la ilusión de que tenía a una sobrinita linda. Además, sería divertido ver su cara de asombro cuando la brutalidad de Sakti saliera a la luz.
—Solo una cosa más —dijo entonces Naraya—. La princesa es una hambrienta voraz. Debe tomarlo en cuenta, mi señor. —Merkaid asintió.
—Gracias, Nara. Tomaré las medidas del caso. —El príncipe se inclinó sobre Sakti y pegó su frente a la de ella—. No sabes lo mucho que me alegra que estés aquí, Allena. Todos en el desierto te adoran. Cuando Hundrian y los demás se enteren de que estás aquí, querrán quemarme vivo por ser el primero en verte. Anda, sé buena y haz que me envidien, ¿de acuerdo? —Sakti asintió.
—De acuerdo.
El príncipe dio una inclinación de cabeza a Telius y le agradeció que le llevara su sobrina al desierto. Luego pasó un brazo por los hombros de Sakti y la acompañó a subir al barco de arena principal, dejando de lado a la pobre Nefer. La niña esperó alguna indicación, pero como no recibió ninguna decidió de mala gana que ir con ellos sería tan bueno o tan malo como ir en cualquiera de los otros barcos. Dereck dio una indicación para que Darius y los chicos –sumado el grolien Kel– subieran a otro vehículo. Naraya se quedaría a cargo del puerto en la ausencia de su esposo.
—Cuídate, Darius —le dijo Telius antes de abrazarlo con el brazo sano. Luego agregó en un susurro—: No confíes en los Aesir, ni siquiera en la chica. ¿Viste la forma en que mira a las personas ahora? No sé, no puedo describirlo, pero ha cambiado... Ahora me da más escalofríos que antes.
Darius también se había dado cuenta. Cada día que pasaba Sakti se hacía más salvaje e incomprensible, pero después de la transformación el cambio se hizo más notorio. Tal vez era porque todavía no había superado esa etapa, pero Darius no estaba del todo seguro.
—No te preocupes, Telius. Estaremos bien.
El capitán no le respondió, sino que miró a Sakti como si estudiara a un animal bonito que quizá era peligroso.
—Tiene marcas en el cuello y en los brazos —dijo. Darius siguió su mirada y constató lo que ya sabía: las marcas de la Profecía habían crecido—. No es que me importe, ¿pero qué significa? ¿Qué pasaría si todo el cuerpo se le tatúa de esa forma?
Darius no lo sabía pero recordó la visión que tuvo en el barco.

«Nos fundimos...»

Eso le dio tantos escalofríos como la visión en la que él moría.

«Sálvanos...»

Al mirar a la princesa tuvo una punzada de angustia. ¿El crecimiento de las marcas era sinónimo de que las almas de la portadora y el Dragón se fundían? De ser así, ¿cómo podía él evitarlo? No tenía ni idea pero era parte de los asuntos que debía solucionar en el desierto.
Se separó de su viejo amigo y caminó a la embarcación que le asignaron. Ya había llegado al Reino de las Arenas y pronto encontraría ayuda para Masca. Con un poco de suerte, Darius también la encontraría para Sakti. «Tiempo al tiempo», se dijo.
Pero sabía que en el desierto no tendría el suficiente si se lo tomaba con calma. Tiempo era lo menos que tenían él, Zoe, Masca y Sakti.


"Los Hijos de Aesir: Travesía bajo la sombra del Tercero" © 2010-2017. Ángela Arias Molina

No hay comentarios :

Publicar un comentario

¡Hola! Muchas gracias por leer este capítulo de "Los hijos de Aesir". Puedes ayudar a la autora al calificar la lectura en la barra de calificación (está un poquito más arriba). O mejor aún ¡deja un comentario! Toda crítica constructiva es bienvenida. ¡Muchas gracias!
*Los trolls no serán alimentados*

Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...
¡Sigue el blog!