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Capítulo 1

1
HAMBRE

Las arenas silbaron al paso de los barcos. La brisa del desierto abombó la vela, por lo que las cuerdas que la sostenían golpearon sin descanso el mástil, como en una canción. En lo alto no había ni una sola nube, solo el cielo azul y el brillante sol, que se reflejaba en las arenas doradas.
Al principio, Sakti tuvo que entrecerrar los ojos para asimilar la cantidad de luz en el ambiente. Pero después de unas horas de continuo viaje, ya estaba más que acostumbrada. El paisaje nunca cambiaba: solo había dunas de arena, todas tan semejantes que podía jurar que el lugar en el que se encontraba ahora era el mismo en el que estuvo hacía dos horas.
La princesa se preguntó cómo no estaban perdidos. Claro, tenían el sol para guiarse, pero eso no era suficiente para saber con exactitud en qué lugar del desierto se encontraban. No quiso parecer una ignorante si preguntaba cómo se orientaban en el Reino de las Arenas, así que prestó atención hasta notar que el barco no tenía timón en la popa, pero sí una extraña brújula en la cúspide de una columna que llegaba hasta la cintura del navegante.
El navegante era un hombre de piel tiznada, con corte al ras y vestido con ropas de lino para estar más fresco. Mientras conducía el barco, miraba fijamente la brújula, dándole toquecitos ocasionales con los dedos. En una ocasión, a Sakti le pareció que de la brújula o de los dedos brotaba un pequeño chorro de luz dorada, pero no estuvo muy segura. Lo único que supo fue que el navegante no ponía atención a sus alrededores. No intentaba divisar la ruta observando el horizonte o el camino que ya habían recorrido, solo se limitaba a ver la brújula.
Detrás del navegante había un mago con las alas extendidas, proveyéndole así sombra para que no se insolara. Soel y otros tres como él estaban en la misma posición, para proteger del sol a los príncipes, el Guardián, Nefer y a otros dos soldados aesirianos sin alas.
—¡Miren! —gritó alguien de repente.
En el barco de Sakti todos miraron a estribor, por donde navegaba el barco de arena en el que viajaban los profetas. Allí, uno de los gemelos señalaba al frente, con expresión maravillada. Cuando todos siguieron la dirección señalada por el muchacho, Airgetlam exclamó:
—¡Más arena!
Sakti escuchó a Soel bufar y lo miró justo cuando el mago alado giraba los ojos, liberándose de una extraña tensión mientras murmuraba «Bobo». Merkaid también lo notó, pero él no estaba irritado. De hecho, sonreía.
—Me gusta el sentido del humor de ese chico —dijo en voz baja—, pero debe aprender cuándo hacer esas bromas. Pensé que veía un grupo de escorpiones.
Merkaid se inclinó sobre un bulto a sus pies y sacó un trozo de cuero que cubría un catalejo dorado con varios aros de enfoque. Miró por él hacia uno y otro lado, ajustando los aros continuamente, hasta que al fin encontró lo que estaba buscando. Luego se sentó al lado de Sakti y le pasó el telescopio.
—Toma, echa un vistazo.
Cuando la princesa observó a través del visor, se encontró con un par de ojos rojos. Luego la criatura retrocedió de manera particular y rápida, como si supiera que la estaban observando. Entonces Sakti no solo vio los ojos, sino al escorpión entero, rodeado por otros bichos de su especie. Tenían unas pinzas pequeñas para la proporción de sus cuerpos y una larga cola que terminaba en aguijón, además de una coraza del color de la arena que los confundía con el desierto. De no ser por los ojos y las sombras que proyectaban sus cuerpos, Sakti los habría confundido con más arena.
—Son escorpiones gigantes —dijo la muchacha mientras le devolvía el catalejo a su tío.
—Yo digo que son escorpiones normales. Lo que pasa es que los del continente principal son escorpiones enanos. —Luego hizo una pausa para tomar aire y señaló hacia donde estaban los bichos—. Esos son solo crías. Los adultos son muchísimo más grandes, en especial las hembras. Y también son muy agresivas si consideran que sus crías están en peligro. Si nos topáramos ahora con un grupo de escorpiones crías, tendríamos muy mala suerte. No suelen separarse mucho de sus madres y pues...
El príncipe no terminó la frase, pero la expresión en su cara dijo con claridad que los barcos en los que viajaban no tenían lo necesario para soportar el ataque de esos monstruosos escorpiones. Luego Merkaid guardó el catalejo en su funda de cuero, no sin antes limpiar las marcas de los dedos suyos y de Sakti. Por la manera en que trató el telescopio dorado, pareció que lo quería más que a un hijo, detalle que no se le pasó por alto a su sobrina.
—¿Hay más criaturas como esas en el desierto? —preguntó la muchacha, aprovechando la oportunidad para hacer conversación y averiguaciones—. ¿Están anotadas en este cuaderno? —continuó mientras señalaba el folio de cuero que su tío le regaló antes de subir al barco. Merkaid asintió.
—¡Uf! Hay muchísimas más. Hay abejas, tigres de las Arenas y serpientes. —Luego sonrió—. Todos son de tamaño «regular», en caso de que te lo estés preguntando. Pero algunas serpientes pueden alcanzar los veinte metros de largo y tienen una fuerza increíble, por no hablar del veneno letal, así que hay que tenerles muchísimo cuidado. Ahora, si por alguna razón ves indicios de una serpiente tan o más larga que eso, debes alejarte lo más rápido que puedas, ¿entiendes? Porque puede no ser una serpiente, sino un demonio. Se confunden mucho.
El príncipe se acomodó mejor en su asiento, como si creyera que ese era el final de la conversación. Pero reparó en que Sakti lo miraba todavía y que ni siquiera había parpadeado cuando habló de las serpientes gigantes que podrían ser demonios. La muchacha lo miró sin ansiedad, pero le supo dar a entender que quería que hablara más. Su tío la complació.
—También debes tener cuidado con las Arenas, Allena. ¿Estás al tanto de que las hay de diferentes colores? —Sakti asintió.
—La normal, la roja, la verde, la azul y la negra. Creo.
—Sí, la normal es esta.
Su tío se levantó y se inclinó sobre ella. Sakti estaba justo al lado de la baranda a estribor, cuya altura llegaba si acaso al metro con respecto a la superficie arenosa. Merkaid extendió la mano y de inmediato atrapó un chorro de arena dorada, que comenzó a bailar entre sus dedos. Cuando el príncipe regresó a su asiento, la arena todavía se movía en espirales alrededor de su mano, creando suaves destellos de luz.
—La arena normal no le hace ningún mal a nadie y es la más moldeable, pero hay que tener cuidado de que no se funda con otro tipo de arena. Porque de lo contrario, absorbe sus propiedades y puede hacerse muy peligrosa. —Merkaid extendió los dedos y la arena se separó de ellos, dio otras vueltas en espiral y se dirigió al lado de Sakti, antes de lanzarse por la baranda y regresar al desierto—. La arena roja es en realidad de un color naranja carmesí y es importante que no la pises nunca. Es arena maldita y tiene un efecto ilusorio muy fuerte. Genera insolación y deshidratación, aun cuando la persona que la pise lo haya hecho durante la noche o se encuentre bajo la sombra. Por suerte existe un antídoto, pero no a todos les da tiempo de tomarlo.
Merkaid entonces sacó una tira de cuero que llevaba bajo su ropa y atada al cuello. En un extremo había un pequeño frasco de vidrio, en cuyo interior había un poco de arena verde, similar al color de un limón.
—¿Quieres verla más de cerca? —le ofreció el príncipe.
Dereck, al lado de la muchacha, se revolvió incómodo en su asiento pero se mordió la lengua. Sakti supo que su Guardián no creyó que fuera buena idea, pero que esa era otra de tantas ocasiones en las que no debía involucrarse en asuntos de la Familia Real. Merkaid se arrancó la tira y puso el frasco en la mano de su sobrina. Sakti miró el contenido y, pasados escasos dos segundos, notó que la arena en su interior comenzó a moverse. Primero giró en espirales suaves que poco a poco ganaron velocidad y brillo, como una diminuta tormenta.
La escena tuvo un raro efecto en Sakti, pues le agradó la sensación de poder que emanaba de esas arenas verdes. Era casi como un ser vivo, un organismo fragmentado en varios granos y que regresaba a la vida con espirales furiosas. Pero también estuvo consciente de la velocidad de los movimientos y el cambio en el tono, pues ahora las arenas eran de un verde oscurísimo. Dereck se había llevado un puño a la boca, como lo hacía cada vez que estaba nervioso, y miró los cristales verdes con ojos atentos. Le faltó poco para comenzar a hiperventilar por el miedo.
—Príncipe, le recomiendo que le quite el frasco a la princesa —pidió. Pero Merkaid levantó la palma de la mano, como si le pidiera silencio, mientras miraba con atención el frasco y la reacción de la muchacha.
Entonces, esos pocos granos tomaron forma en medio de su pequeña tormenta y se convirtieron en una criatura deforme que chilló con furia. Sakti estuvo apunto de dejar caer el frasco por la sorpresa, pero su garra izquierda no dudó ni por un segundo. Se mantuvo firme, sosteniendo el delicado frasco de cristal que contenía a esa pequeña y rabiosa bestia.
«¡Déjame salir», dijo la criatura, pero no con palabras. «¡Déjame salir o te mataré! ¡Romperé esta maldita jaula y te quemaré por dentro! ¡Obedéceme!».
Pero ni Sakti ni el Dragón le hicieron caso. Escucharon los chillidos y maldiciones de la arena verde como si fuera lo único que había que escuchar en el mundo. Los golpecitos de la criatura en el frasco al principio fueron patéticos, pero la fuerza de la espirales la nutrió hasta que dio un golpe tan fuerte que el frasco se movió entre la garra.
«¡DÉJAME SALIR!». El Dragón se enojó, ¡con lo poco que le gustaba que le dieran órdenes! ¿Y ahora esa cosilla verde la mangoneaba? ¡No se lo permitiría! Cerró la garra alrededor del frasco, dispuesta a romperlo y aplastar al demonio de arena. Pero Merkaid la detuvo, y cuando la llamó fue como si alguien las sacara de un sueño profundo. Sakti y el Dragón miraron juntas al príncipe y vieron que tenía extendida la mano.
—Dame el frasco, no lo rompas.
Lo entregaron sin chistar o parpadear. Merkaid arrugó el rostro cuando tocó el cristal, pero se las arregló para sostenerlo entre los dedos y mirar la arena verde. La criatura todavía estaba allí, pero no miró a Merkaid de la misma forma amenazadora con la que observó a Sakti antes. Vio al príncipe con calma, con dos sombras rasgadas y calmadas que hacían de ojos, y luego se giró a Sakti. Las espirales de arena se tranquilizaron poco a poco, y el tono oscuro volvió a ser el de un limón maduro.
«Sé que fui malo», dijo la vocecilla que no usaba palabras. «Pero ¡anda! ¡Déjame salir! Quiero jugar. ¿No quieres jugar conmigo?». La criatura sonrió. Al igual que sus ojos, su boca estaba formada por una sombra o un tinte más oscuro que el resto de las arenas. Pero cuando la pequeña bestia esbozó su sonrisilla, esas sombras se ampliaron y le dieron la forma de una boca con dientes puntiagudos y largos. «Sí, juguemos juntos», dijo de forma aduladora y tenebrosa. «Prometo no lastimarte, princesa de las Arenas».
Pero Sakti supo por la sonrisa, la amplitud de sus ojos y la voz que no usaba palabras, que esa criatura quería lastimarlos a ella y Merkaid. Quizá también al resto de los tripulantes. Desde ese frágil frasco no podía hacerlo, pero quizá sí lo conseguiría si la dejaban salir.
«Bien», dijo con sequedad el monstruo cuando no recibió la respuesta que esperaba. «Maldita sea tu estirpe». Y la arena dejó de girar y hablar para convertirse en arena quieta y normal, a excepción de su color. Merkaid suspiró.
—Y esa es la arena verde. También está maldita pero... tiene voluntad.
—Está viva —dijo ella mientras recordaba la sensación que experimentó con esa bestiecilla. Casi... casi sintió un pequeño palpitar. Merkaid asintió.
—Yo creo que sí. No es como un animal, pero tampoco es como un fantasma, ¿me entiendes? Tiene una fuerza vital espeluznante. Por lo general la arena verde se conforma con que la levante el viento y la lleve a algún lugar habitable. Pero otras veces encuentra a magos con mucho potencial y se sirve de ellos.
—¿Se sirve de ellos? —preguntó la princesa.
—Si está baja de energía, la arena no puede moverse por sí misma, solo por el viento. Pero la arena verde puede alimentarse del poder de un mago y tener mayor libertad de movimiento gracias a la magia de esa persona. Lo amenaza o lo seduce, depende del humor o método que quiera seguir, y así puede hacer mayor daño. La arena verde es veneno, si la respiras o la tragas te quemará por dentro. Es una muerte horrible. —Merkaid negó con la cabeza, como si recordara una escena particularmente horrenda—. El cuerpo de alguien que muere así, se convierte también en arena verde, con lo que la voluntad de esta cosa se hace más fuerte.
—Si es tan peligrosa, ¿por qué llevas ese frasco?
—Porque soy un príncipe de las Arenas, querida —respondió sonriente mientras se ataba de nuevo la tira de cuero que sostenía el frasco—. El pobre mago que caiga bajo el poder de la arena verde no tiene más opción que hacer lo que ella quiere. Su voluntad es absorbida por ella. Para fines prácticos, queda como un descerebrado que se mueve solo por la voluntad de la arena verde. Nadie puede oponérsele, excepto los príncipes de las Arenas. Nosotros incluso podemos usarla. Y para eso la llevo conmigo. —En ese momento, la sonrisa de Merkaid dejó de ser fraternal para tornarse macabra—. Nunca sabes cuándo te encontrarás con un grupo vaniriano o con un aesiriano corrompido por la arena verde. En cualquier caso, debes echar mano a lo que sea para acabar con ellos.
Su tío tomó aire para explicarle qué propiedades tenían las arenas azul y negra, pero en ese momento el navegante despegó la nariz de la brújula y exclamó:
—¡Myula!
Todos prestaron atención al camino que tenían al frente, justo cuando aparecía un lejano edificio que tenía en la cúspide una esfera blanca. Sakti pensó que, aunque ya divisaban el pueblo, todavía les quedaba otro par de horas antes de llegar a él. Estaba acostumbrada a Masca, cuyas murallas podía ver días antes de llegar a ellas y que, una vez dentro, tomaba otros días llegar a Palacio si utilizaba los carruajes.
Pero conforme los barcos de arena avanzaron, notó que el edificio se hacía cada vez más cercano y que no era tan alto como creyó en un principio. En realidad, era una cúpula que tenía una torre puntiaguda, coronada por una esfera. La cúpula, además, tampoco era muy alta, pues Sakti divisó, en menos de cinco minutos, edificios de dos o tres plantas alrededor, todos construidos en roca amarilla. Desde lejos vio que las casuchas del pueblo tenían las puertas y ventanas abiertas de par en par y, a diferencia de la Capital aesiriana, no había murallas. Solo una cerca de madera que estaba interrumpida en algunos lugares, donde sí había edificios circulares rodeados de paredes más altas.
Algunos de los aesirianos comenzaron a guardar las velas en los barcos, hasta que perdieron velocidad. Terminaron de arrastrarse con suavidad justo cuando llegaron al lado de la cerca. Allí, los príncipes esperaron a que los soldados terminaran de desembarcar y prepararan su recibimiento.
Cuando a Sakti le tocó bajar, se encontró con un pueblo muy tranquilo. Como sabía que las Arenas estaban sufriendo una invasión vaniriana, esperó ver un grupo militar dispuesto a pedir documentos de identidad. Como ella y su tío –dos príncipes aesirianos– acababan de llegar, se imaginó también un recibimiento más efusivo de parte de la plebe. Quizá estaba mal acostumbrada a que en Masca se armara un barbullo cada vez que su carruaje se dirigía a la mansión Tonare o a Palacio, pero de todas formas le pareció extraño que los pueblerinos siguieran con tranquilidad en sus labores.
Los que ya habían notado los uniformes militares y a Merkaid, les dirigieron sonrisas y saludos con las manos, pero después continuaron con sus respectivas tareas. A unos metros, un muchacho dio un asentimiento de cabeza a Merkaid y le habló a un grupo de niños que lo seguían. Los chiquillos miraron al príncipe y, aunque algunos se sonrojaron y se rieron de la emoción, todos siguieron con obediencia al muchacho hacia uno de los edificios circulares.
Otro grupo de mozos, que estaban en la cerca, se aproximó para hablar con los capitanes de las tres nuevas naves y extendieron las manos para recibir un pago por dejar los barcos allí. Pero no prestaron mayor atención al príncipe de las Arenas ni a la muchacha de cabellos grises y cuernos que tanto se parecía a Merkaid.
—Tienes la misma expresión de tu madre cuando llegó por primera vez a un pueblo del Reino de las Arenas —le dijo su tío mientras le pasaba el brazo por encima de los hombros—. Ella también quedó estupefacta.
Sakti supo que tenía una mirada más o menos indiferente a pesar de que estaba completamente abrumada por tanta… naturalidad, pero apretó con fuerza la mandíbula para no decir ni una palabra. Estaba más callada que de costumbre.
—Es diferente a Masca —se limitó a decir, pero por su mente desfilaron los nombres de otras ciudades y pueblos que había visitado durante su viaje por la región Oeste, donde a ella, Sigfrid, Darius y al mismo Mark les dieron un recibimiento majestuoso.
En ese momento, un muchacho cruzó el grupo de soldados para llegar hasta ella y jalarla de la mano.
—¡Allena! ¡Dicen que hay esfinges en el establo! —exclamó Connor mientras señalaba un edificio circular que, después de la cúpula en el fondo del pueblo, era el más alto de Myula—. ¡Vamos a verlas, vamos! ¡Nunca hemos visto una esfinge!
El profeta la arrastró sin que ella o Merkaid opusieran resistencia. El príncipe se limitó a seguirlos con su séquito de soldados y sonrió por la reacción inocente del profeta.
—Pero Connor —comenzó Sakti mientras seguía al chico—, yo ya he visto esfinges antes. Mi hermano tenía una que se llamaba...
—¡Ooooooouaaaaaah! —exclamó él, maravillado, cuando llegó a la entrada del establo, que estaba abierto.
Dentro había varios compartimientos y muchos niveles. En los más bajos había camellos, avestruces, cabras y unas aves ensilladas, de patas altas, cuerpo robusto y largas plumas en la cabeza, llamadas chamrosh. En los niveles superiores había más de estas aves y, por supuesto, esfinges: gigantes criaturas con cuerpos de leones y leonas, alas de águila y, dependiendo de su sexo, una insinuación de pechos.
—¿Crees que me dejen tocar a una? ¿Crees que muerdan? ¿Serán muy feroces? ¿O quizá...?
Connor siguió soltando un montón de preguntas más e incluso llegó a repetirse sobre si podría tocar a una esfinge o no. El chico profeta llamó más la atención de los mozos de cuadra que los mismos Sakti o Merkaid, que se limitaban a verlo desvariar emocionado. Pero entonces Connor se calló y miró a Sakti un poco molesto.
—Momento, ¿me estabas diciendo que ya habías visto esfinges antes? —Sakti suspiró. Era típico de su amigo que entendiera lo que se le dijo después de que parloteara como un poseso.
—Sí, mi hermano tenía una que se llamaba Galatea.
—¡¿Por qué nunca me lo habías contado?! ¿Era divertida, era mansa, era bonita, era...?
Y ¡ZAZ!
Fue tan rápido que ni el mismo Merkaid tuvo tiempo de poner cara de susto o enfado. Una de las esfinges, a la velocidad del rayo, se lanzó desde el cuarto nivel hacia Sakti y Connor, arrastrándolos consigo varios metros. Unos cuantos mozos se horrorizaron por la reacción de la esfinge y algunos de los soldados pusieron cara de resignación, seguros de que tendrían que sacrificar al animal más tarde. Hasta Darius y los gemelos, que estaban todavía rezagados esperando a que desataran a Freki y Geri del barco, exclamaron asustados y seguros de que Connor ya era comida de esfinge.
Pero Merkaid no tuvo tiempo de alarmarse porque, superada la sorpresa, reconoció a la esfinge. Uno de los mozos comenzó a parlotear y disculparse con el príncipe, pero él lo calló con un ademán tranquilo mientras caminaba hacia la cabeza del animal.
La esfinge no dejaba de lamer y, bajo su enorme lengua, Sakti y Connor contenían la respiración y apretaban los ojos para que la baba no se les metiera. En ese momento, los lobos fueron liberados de sus amarras y corrieron hacia la esfinge para intentar auxiliar a Sakti, pero no pudieron hacer nada más que ladrar y agitar la cola con nerviosismo. Unos mozos jalaron al animal del lomo, con cuidado de no dañarle las alas, pero Merkaid fue el único que consiguió apartarla:
—Galatea, vas a sofocar a Allena y Adad se va a enojar mucho contigo.
La esfinge tuvo la misma reacción de Geri o Freki cuando Sakti los regañaba. Se apartó en un santiamén, gimoteó y hasta metió la cola entre las patas. Los lobos aprovecharon la oportunidad para jalar consigo al par de aesirianos y preguntarles si estaban bien.
—¡Asco! —exclamó Connor mientras sacaba la lengua—. ¡Me entró baba en la boca! ¡Ugh!
El muchacho intentó limpiarse la lengua con las manos o con las mangas de la camisa, pero esto no funcionó porque también tenía la ropa babeada. Sakti estaba un poco más tranquila y se quitó los excesos de baba con calma. Claramente no estaba satisfecha, pero tampoco enfadada.
Merkaid les ofreció la mudada adicional de unos mozos de cuadra y dejó que Connor y Sakti se cambiaran en el mismo establo. La apariencia de Connor no cambió mucho, pero Sakti ya no llevaba la ropa elegante de una princesa. Aún así, Merkaid sonrió satisfecho: su sobrina no necesitaba algo así para tener el porte de una Aesir.
—¿Mejor? —preguntó Merkaid.
—Sí. —Sakti se acercó a Galatea, que temblaba escondida en un rincón, y le acarició la poca melena que tenía—. Galatea siempre se me lanzaba encima cuando nos veíamos después de unos días, así que esto es normal. Pero igual me tomó por sorpresa que estuviera aquí. —La esfinge, sabiendo que estaba perdonada, ronroneó con alegría y restregó el rostro contra la mejilla de la muchacha—. ¿Cuándo llegó?
—Hace casi dos años —respondió Merkaid, también acariciando a la esfinge—. Si hago las cuentas, creo que fue unos meses después de que tú dejaras Masca y te dirigieras al desierto.
—Ummm... —Sakti miró a la esfinge y Galatea tomó una actitud más seria, pues se sentó recta y dejó de mover la cola a modo de juego. En esa posición se veía tan majestuosa como la primera vez que Sakti la vio, cargando con orgullo la tienda de su príncipe—. ¿Hiciste lo que te pedí? ¿Buscaste a Adad? —Galatea rugió en señal de afirmación—. ¿Lo encontraste? —En este caso, la esfinge bufó.
—Adad es... difícil de encontrar —intervino su tío—. Yo llevo un buen tiempo sin verlo.
—Envié a Galatea porque pensé que yo no podría venir —dijo Sakti.
Dereck, que todavía seguía cerca de ella, supo que la muchacha lanzaría el primer dardo político que debería enviar a sus tíos para conseguir el apoyo que había venido a buscar.
—Pensé que ella podría encontrar a Adad y llevarlo a Masca. Incluso sabía que estaría aquí rápido, en cuestión de meses y no años, como me tomó a mí. Pero no lo ha podido localizar y yo apenas estoy llegando, ¿quién sabe cuánto tiempo tardaré en dar con mi hermano? —Luego suspiró agotada—. Espero que yo pueda dar la talla...
—¿Dar la talla? —la interrogó su tío, arqueando ligeramente las cejas.
Sakti lo miró directo a los ojos y confirmó lo que el tono de voz de Merkaid ya le había dicho: el príncipe estaba indeciso, pues no supo si estar molesto por la indirecta de que alguien –él o cualquier otro príncipe– no estaba dando la talla, o si darle el beneficio de la duda a su sobrina.
—Tío Kardan y primo Kardan sí están dando la talla. Mi tío se sincronizó sin pensar en las consecuencias para su salud, y mi primo está dispuesto a tomar su lugar cuando se agote. En cambio, ¿yo qué he hecho? He tardado dos años en un viaje para conseguir la ayuda de mi hermano, y aún así no estoy muy cerca de obtenerla. Soy una hermana menor patética, pues ni siquiera puedo hacer lo mismo que Adad cuando se le pidió ayuda para el desierto. Él vino aquí lo más rápido que pudo, ¿verdad?
—... Sí.
—¿Y ha ayudado mucho? —Merkaid entrecerró los ojos, todavía indeciso.
—Sí. La verdad es que ha ayudado mucho aquí.
—Adad es increíble. Antes de irse de Masca, se despidió de mí y me dijo que era su deber como príncipe socorrer el desierto. En ese momento pensé en lo mucho que me quiero parecer a él: tan abnegado, tan responsable y servicial. Es mi ejemplo a seguir. Pero si me sigo atrasando, Masca no recibirá ayuda pronto y puede que, hasta por mi culpa, perdamos al actual Emperador y agotemos antes de tiempo al siguiente. Sería una irresponsable si no me esfuerzo lo suficiente para ayudar Masca y a toda esa gente, y fracasaría en mi misión. También sería una vergüenza para la familia si no pudiera dar la talla que sí dan mi tío, mi primo y mi hermano. —Luego se separó de Galatea—. Había una frase que Adad decía siempre. Dijo que padre se la dejó muy grabada desde que era pequeño. ¿Cómo era? «Ser príncipe es un...»
—… un deber. No un derecho —respondió Merkaid. Ya no se veía molesto, sino un poco triste. Sin embargo, se apuró a borrar del rostro cualquier señal de angustia, pero Sakti pudo percibirla. Ah, era un ligero retortijón que incomodaba la consciencia de su tío.
—Padre fue un hombre sabio.
—Sí, lo fue.
Éxito. Su plan había dado resultado y Sakti lo sabía. En ese momento, Merkaid debía de estar pensando en lo irresponsable que sería no dar apoyo a la empresa de su sobrina. Una cosa era renunciar a la petición caprichosa de un comandante o de un príncipe al pedir más soldados para su guardia. Pero otra muy diferente era negar la ayuda a una ciudad donde, además de miles de civiles, peligraban las vidas del Emperador y su heredero. Faltaría en su deber como príncipe si no prestaba la ayuda necesaria.
Si hubiera más príncipes, quizá podrían negarse alegando que había más herederos... Pero es que no se podía contar ya con que los hermanos del Emperador y sus sobrinos estuvieran vivos, porque se estaban dando los secuestros para la sincronización. Además ¿qué garantizaba que esos príncipes, incluidos Adad y Sakti, hijos ambos de una princesa mascalina, pudieran sincronizarse con Masca? No era un secreto que a pesar de lo estrictos que eran los Aesir en el apareamiento, desde hacía muchas generaciones solo uno de los hijos del Emperador tenía la capacidad para sincronizarse con la Capital. Y no siempre era el mayor o el más noble. El poder de su casta, al igual que los ojos del clan Aesir, era un rasgo que lamentablemente comenzaba a diluirse.
Sakti sintió una oleada de satisfacción al saber que pensamientos como esos cruzaban la mente de su tío. Tras ver su reacción, supo de inmediato qué táctica debía seguir para obtener su apoyo incondicional y que hasta le ayudara a convencer a los demás príncipes, incluso sin que él se diera cuenta. Por un momento tuvo el sentimiento de culpa de rigor por estar manipulando a Merkaid, pero como buena princesa mascalina lo anotó y dejó pasar sin que afectara sus planes.
Pensó que el siguiente paso era dejar que sus palabras reposaran en su tío, mientras ambos hacían alguna actividad que los «uniera familiarmente». Como la conversación que tuvieron en el barco y donde ella dejó que su tío se sintiera como un padre al explicarle algunas características del desierto.
Abrió la boca para proponerle que le explicara qué tipo de aves eran las que estaban ensilladas y por qué, pero al instante sintió la lengua pesada y las encías comenzaron a dolerle. Después sintió sed, mas no era de agua sino de algo distinto. De repente, el olor del establo se hizo más fuerte. Pero lejos de sentirse incómoda por el sudor de los animales o el hedor de algunas heces, se sintió excitada, como un lobo en un rebaño de ovejas.
La vista también cambió. Además de las formas y los colores que siempre apreciaba, vio también un vapor que emanaba de cada ser vivo: las cabras, las aves, los camellos, las esfinges, los lobos y las personas. En los aesirianos, además, notó un brillo nuevo y satisfactorio en los ojos. Tras observar a Darius, por ejemplo, sintió unos deseos incontrolables por acercarse a él, derribarlo y darle una probadita a esos ojos azules y verdes. De repente sintió una fascinación indescifrable por ellos, pero no entendió por qué. Lo que sí supo es que esa extraña sensación estaba a punto de hacerla perder los cabales y atacar a su mejor amigo, así que, a punta de fuerza de voluntad, apartó la mirada de él y se concentró en algo más grande y... con más carne.
En cuanto observó el rostro felino de Galatea, la esfinge se tensó. El pelaje se le erizó y, sin ronronear, gemir o rugir, el animal desplegó las alas y se refugió en el cuarto piso del establo, siempre observando a Sakti de manera cauta.
El dolor de las encías se hizo insoportable, el deseo en las manos por agarrar algo y despedazarlo estuvo a punto de desbordarse y, lo peor, la cantidad de saliva que se le acumuló en la boca no calmó su sed. Fue más bien como si se preparara para algo. Entonces lo entendió de golpe.
—Estás hambrienta —dijo su tío.
Mucho, mucho, mucho.
Sakti tembló sin poder evitarlo. Quiso lanzarse a los animales del primer piso, aunque supo que uno solo no bastaría. ¿Cómo podía sentir de repente un hambre tan atroz? ¿Cómo podía dolerle tanto el estómago si en realidad tuvo un buen desayuno? Nunca había comido más de dos platos de comida a primera hora del día, pero ella había devorado cuatro platos de pura carne. Pero, aún así, tenía el hambre de un tigre que no pudo hincarle diente ni a una sola presa por más de dos semanas.
—Guarden a los niños y sacrifiquen de inmediato a un bisonte —ordenó Merkaid mientras la tomaba de los hombros y la hacía caminar al frente suyo, sacándola del establo.
El príncipe dio otra serie de órdenes a los soldados y civiles. Incluso le pidió a Darius, los chicos y Kel que permanecieran en el establo hasta que los llamaran de nuevo. Pero Sakti intentó no ponerle atención, porque en más de una ocasión se sintió tentada de tirársele al cuello para probar las cuerdas vocales detrás de tan exquisita voz.
—Tranquila —le susurró él—, te llevaré al lugar ideal para que te alimentes.

"Los Hijos de Aesir: El Reino de las Arenas" © 2011-2014. Ángela Arias Molina

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Ojalá que me den CRITICAS CONSTRUCTIVAS para poder mejorar en mis escritos.
No es necesario que dejen su nombre, aunque se los agradecería para poder darle las gracias cada vez que publique de nuevo, ya que quiero dar crédito a las sugerencias que me hagan.
Gracias por tomarse su tiempito y honrarme con sus comentarios. =^_____^=

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