¡Sigue el blog!

Capítulo 1

1
HAMBRE


Las arenas silbaron al paso de los barcos. La brisa del desierto abombó la vela y las cuerdas que la sostenían golpearon sin descanso el mástil, como en una canción. En lo alto no había ni una sola nube. Solo el cielo azul y el brillante sol que se reflejaba en las arenas doradas.
Al principio Sakti tuvo que entrecerrar los ojos para asimilar la cantidad de luz en el ambiente. Después de unas horas de viaje ya estaba más que acostumbrada. El paisaje nunca cambiaba: solo había dunas de arena, todas tan semejantes que podía jurar que el lugar en el que se encontraba ahora era el mismo en el que estuvo hacía dos horas.
Se preguntó cómo no estaban perdidos. Claro, tenían el sol para guiarse, pero no era suficiente para saber con exactitud en qué lugar del desierto se encontraban. El barco no tenía timón en la popa, pero sí una extraña brújula en la cúspide de una columna que llegaba hasta la cintura del navegante.
El navegante era un hombre de piel tiznada, con corte al ras y vestido con ropas de lino para estar más fresco. Mientras conducía el barco miraba fijamente la brújula, dándole toquecitos ocasionales con los dedos. En una ocasión a Sakti le pareció que de la brújula o de los dedos brotaba un pequeño chorro de luz dorada, pero no estuvo muy segura. Lo único que supo fue que el navegante ignoraba los alrededores. No intentaba divisar la ruta observando el horizonte o el camino que ya habían recorrido; se limitaba a ver la brújula.
Detrás del navegante había un mago con las alas extendidas, proveyéndole así sombra para que no se insolara. Soel y otros tres como él estaban en la misma posición para proteger del sol a los príncipes, al Guardián, Nefer y a otros dos soldados aesirianos sin alas.
—¡Miren! —gritó una voz de repente.
En el barco de Sakti todos miraron a estribor, por donde navegaba el barco de arena en el que viajaban los profetas. Uno de los gemelos señalaba al frente con expresión maravillada. Cuando todos siguieron la dirección señalada por el muchacho, Airgetlam exclamó:
—¡Más arena!
Soel bufó y giró los ojos, liberándose de la tensión mientras murmuraba «Bobo». A diferencia del escudero, Merkaid no estaba irritado sino que sonreía.
—Me gusta el sentido del humor de ese chico —dijo en voz baja—, pero debe aprender cuándo hacer esas bromas. Pensé que veía un grupo de escorpiones.
Merkaid se inclinó sobre un bulto a sus pies y sacó un trozo de cuero que cubría un catalejo dorado con varios aros de enfoque. Miró por él hacia uno y otro lado, ajustando los aros continuamente, hasta que al fin encontró lo que buscaba. Se sentó al lado de Sakti y le pasó el telescopio.
—Toma, echa un vistazo.
La princesa encontró un par de ojos rojos al otro lado del visor. En la distancia, la criatura retrocedió a toda velocidad como si supiera que la observaban. Sakti ya no solo vio los ojos, sino al escorpión entero rodeado por otros bichos de su especie. Tenían unas pinzas pequeñas para la proporción de sus cuerpos y una larga cola que terminaba en aguijón, además de una coraza del color de la arena que los confundía con el desierto. Sakti los habría confundido con más arena de no ser por los ojos y las sombras que proyectaban sus cuerpos.
—Son escorpiones gigantes —dijo mientras le devolvía el catalejo a su tío.
—Yo digo que son escorpiones normales. Lo que pasa es que los del continente principal son escorpiones enanos. —Hizo una pausa para tomar aire y señaló hacia donde estaban los bichos—. Esos son solo crías. Los adultos son muchísimo más grandes, en especial las hembras. Y también son muy agresivas si consideran que sus crías están en peligro. Tendríamos muy mala suerte si nos topáramos con un grupo de escorpiones crías. No suelen separarse mucho de sus madres y pues...
El príncipe dejó la frase sin terminar. La expresión de su cara dijo con claridad que los barcos no tenían lo necesario para soportar el ataque de esos monstruosos escorpiones. Merkaid guardó el catalejo en la funda de cuero, no sin antes limpiar las marcas de los dedos suyos y de Sakti. Por la manera en que trató el telescopio dorado, pareció que lo quería más que a un hijo.
—¿Hay más criaturas como esas en el desierto? —preguntó Sakti. Debía aprovechar cada oportunidad para conversar y acercarse a su tío—. ¿Están anotadas en este cuaderno? —continuó mientras señalaba el folio que el príncipe le regaló antes de subir al barco. Merkaid asintió.
—¡Uf! Hay muchísimas más. Hay abejas, tigres de las Arenas y serpientes. —Sonrió—. Todos son de tamaño «regular», en caso de que te lo estés preguntando. Pero algunas serpientes alcanzan los veinte metros de largo y tienen una fuerza increíble, por no hablar del veneno letal, así que hay que tenerles muchísimo cuidado. Ahora, si por alguna razón ves indicios de una serpiente tan o más larga que eso, aléjate lo más rápido que puedas, ¿entiendes? Porque puede no ser una serpiente sino un demonio. Se confunden mucho.
El príncipe se acomodó mejor en el asiento para esperar en silencio el final del viaje. Sakti lo miró fijamente, sin descanso. Ni siquiera parpadeó cuando habló de las serpientes gigantes que podrían ser demonios. Cuando comprendió que quería que le contara más, Merkaid sonrió y se aclaró la garganta.
—También debes tener cuidado con las Arenas, Allena. ¿Estás al tanto de que las hay de diferentes colores? —Sakti asintió.
—La normal, la roja, la verde, la azul y la negra. Creo.
—Sí, la normal es esta.
Su tío se levantó y se inclinó sobre ella. Sakti estaba justo al lado de la baranda a estribor, cuya altura llegaba si acaso al metro con respecto a la superficie arenosa. Merkaid extendió la mano y atrapó un chorro de arena dorada, que comenzó a bailarle entre los dedos. Cuando se sentó otra vez, la arena todavía se le movía en espirales alrededor de la mano.
—La arena normal no le hace ningún mal a nadie y es la más moldeable, pero hay que tener cuidado de que no se funda con otro tipo de arena. Porque de lo contrario absorbe sus propiedades y puede hacerse muy peligrosa. —Merkaid extendió los dedos. La arena dio otras vueltas en espiral y se dirigió al lado de Sakti antes de lanzarse por la baranda y regresar al desierto—. La arena roja es más bien de color naranja carmesí y es importante que no la pises nunca. Es arena maldita y tiene un efecto ilusorio muy fuerte. Genera insolación y deshidratación, aun cuando la persona que la pise lo haya hecho durante la noche o se encuentre bajo la sombra. Existe un antídoto pero no a todos les da tiempo de tomarlo.
Merkaid sacó una tira de cuero que llevaba bajo la ropa y atada al cuello. En el extremo había un pequeño frasco de vidrio, en cuyo interior había un puño de arena verde similar al color de un limón.
—¿Quieres verla más de cerca? —le ofreció el príncipe.
Dereck se revolvió al lado de la princesa. Sakti supo que el Guardián no creyó que fuera buena idea, pero que esa era otra de tantas ocasiones en las que no debía involucrarse en asuntos de la Familia Real. Merkaid se arrancó la tira y puso el frasco en la mano de su sobrina. Sakti miró el contenido. Después de unos segundos la arena se movió. Giró en espirales suaves que poco a poco ganaron velocidad y brillo, como una diminuta tormenta.
La escena tuvo un raro efecto en Sakti. Le agradó la sensación de poder que emanaba de esas arenas verdes. Era casi como un ser vivo, un organismo fragmentado en varios granos y que regresaba a la vida con espirales furiosas. La arena cambió de tono. Ya no era como un limón sino de un verde oscurísimo. Dereck se llevó un puño a la boca, como hacía cada vez que estaba nervioso, y miró los cristales verdes con ojos atentos. Le faltó poco para hiperventilar por el miedo.
—Príncipe, recomiendo que le quite el frasco a la princesa —pidió. Merkaid levantó la mano para pedir silencio. Miró con atención el frasco y la reacción de la muchacha.
Los granos tomaron forma en medio de la pequeña tormenta. Se convirtieron en una criatura deforme que chilló con furia. Sakti estuvo apunto de dejar caer el frasco por la sorpresa, pero la garra izquierda no dudó ni por un segundo. Se mantuvo firme, sosteniendo el delicado frasco de cristal que contenía a la pequeña y rabiosa bestia.
«¡Déjame salir», dijo la criatura pero no con palabras. «¡Déjame salir o te mataré! ¡Romperé esta maldita jaula y te quemaré por dentro! ¡Obedéceme!».
Ni Sakti ni el Dragón le hicieron caso. Escucharon los chillidos y maldiciones de la arena verde como si fueran lo único que había que escuchar en el mundo. Los golpecitos de la criatura fueron patéticos al principio, pero la fuerza de la espirales la nutrió hasta que dio un golpe tan fuerte que el frasco se movió entre la garra.
«¡DÉJAME SALIR!». El Dragón se enojó. ¡Con lo poco que le gustaba que le dieran órdenes! ¿Y ahora esa cosilla verde la mangoneaba? ¡No se lo permitiría! Cerró la garra alrededor del frasco, dispuesta a romperlo y aplastar al demonio de arena. Merkaid la detuvo. Cuando la llamó fue como si alguien las sacara de un sueño profundo. Sakti y el Dragón miraron juntas al príncipe y vieron que tenía extendida la mano.
—Dame el frasco. No lo rompas.
Lo entregaron sin chistar o parpadear. Merkaid arrugó el rostro cuando tocó el cristal. Se las arregló para sostenerlo entre los dedos y mirar la arena verde. La criatura todavía estaba allí, pero no miró a Merkaid de la misma forma amenazadora con la que observó a Sakti antes. Vio al príncipe con calma, con dos sombras rasgadas y calmadas que hacían de ojos. Luego se giró a Sakti. Las espirales de arena se tranquilizaron poco a poco. El tono oscuro volvió a ser el de un limón maduro.
«Sé que fui malo», dijo la vocecilla que no usaba palabras. «Pero ¡anda! ¡Déjame salir! Quiero jugar. ¿No quieres jugar conmigo?». La criatura sonrió. Al igual que los ojos, la boca estaba formada por una sombra o un tinte más oscuro que el resto de las arenas. Cuando la pequeña bestia esbozó su sonrisilla, esas sombras se ampliaron y le dieron la forma de una boca con dientes puntiagudos y largos. «Sí, juguemos juntos», dijo de forma aduladora y tenebrosa. «Prometo no lastimarte, princesa de las Arenas».
Sakti supo que esa criatura quería lastimarlos a ella y Merkaid. Lo percibió en la sonrisilla, en la amplitud de los ojos y en la voz muda. Quería también lastimar a los demás tripulantes. Ese frágil frasco era lo único que le impedía liberarse en su maldad.
«Bien», dijo con sequedad cuando no recibió la respuesta que esperaba. «Maldita sea tu estirpe». La arena dejó de girar y hablar. Se convirtió otra vez en arena quieta y normal, a excepción del color. Merkaid suspiró.
—Y esa es la arena verde. También está maldita pero tiene voluntad.
—Está viva —dijo ella mientras recordaba la sensación que experimentó con esa bestiecilla. Casi... casi sintió un pequeño palpitar. Merkaid asintió.
—Yo creo que sí. No es como un animal pero tampoco es como un fantasma, ¿me entiendes? Tiene una fuerza vital espeluznante. Por lo general la arena verde se conforma con que la levante el viento y la lleve a algún lugar habitable. Pero otras veces encuentra a magos con mucho potencial y se sirve de ellos.
—¿Se sirve de ellos? —preguntó la princesa.
—Si está baja de energía, la arena no puede moverse por sí misma. Solo por el viento. Pero la arena verde puede alimentarse del poder de un mago y tener mayor libertad de movimiento gracias a la magia de esa persona. Lo amenaza o lo seduce, depende del humor o método que quiera seguir, y así hace mayor daño. La arena verde es veneno. Si la respiras o la tragas te quemará por dentro. Es una muerte horrible. —Merkaid negó con la cabeza, como si recordara una escena particularmente horrenda—. El cuerpo de alguien que muere así se convierte también en arena verde, con lo que la voluntad de esta cosa se hace más fuerte.
—Si es tan peligrosa ¿por qué llevas ese frasco?
—Porque soy un príncipe de las Arenas, querida —respondió sonriente mientras se ataba de nuevo la tira de cuero con el frasco—. El pobre mago que caiga bajo el poder de la arena verde no tiene más opción que hacer lo que ella quiere. Su voluntad es absorbida. Para fines prácticos queda como un descerebrado que se mueve solo por la voluntad de un demonio. Nadie puede oponérsele, excepto los príncipes de las Arenas. Nosotros incluso podemos usarla. Y para eso la llevo conmigo. —La sonrisa de Merkaid se tornó macabra—. Nunca sabes cuándo te encontrarás con un grupo vaniriano o con un aesiriano corrompido por la arena verde. En cualquier caso, debes echar mano a lo que sea para acabar con ellos.
El navegante despegó la nariz de la brújula y exclamó:
—¡Myula!
Una torre se asomó por el horizonte. En la cúspide tenía una esfera blanca.
Conforme los barcos avanzaron sobre las arenas, el edificio se hizo más y más grande. Pronto vieron que en realidad se trataba de una cúpula que tenía una torre puntiaguda en el centro; y que aun esta torre estaba coronada por una esfera. La cúpula era algo baja en comparación con otras grandes edificaciones, como el Palacio de Masca y ni se diga de las Murallas de la Capital. Alrededor se alzaban chozas y edificios de dos o tres plantas, todos construidos en roca amarilla.
Aun a la distancia, Sakti vio que las casas tenían las puertas y ventanas abiertas de par en par. A diferencia de Masca, Myula no tenía murallas que la protegieran. Se conformaba con una baja cerca de madera y con algunos edificios circulares que sí tenían paredes más altas.
En cada nave, un soldado plegó las velas. Los barcos perdieron velocidad. Terminaron de arrastrarse con suavidad y se detuvieron al lado de la cerca. Los príncipes esperaron a que los soldados terminaran de desembarcar y prepararan el recibimiento.
Myula era un pueblo tranquilo. Sakti sabía que las Arenas sufrían una invasión vaniriana, así que esperó ver un grupo militar dispuesto a pedir documentos de identidad. Como ella y su tío –dos príncipes aesirianos– acababan de llegar, se imaginó también un recibimiento más efusivo de parte de la plebe. Quizá estaba mal acostumbrada a que en Masca se armara un barbullo cada vez que su carruaje se dirigía a la mansión Tonare o a Palacio, pero de todas formas le pareció extraño que los pueblerinos siguieran con tranquilidad en sus labores.
Los que ya habían notado los uniformes militares y a Merkaid, les dirigieron sonrisas y saludos con las manos. Después continuaron sus respectivas tareas. A unos metros, un muchacho dio un asentimiento de cabeza a Merkaid y le habló a un grupo de niños que lo seguían. Los chiquillos miraron al príncipe. Aunque algunos se sonrojaron y se rieron de la emoción, todos siguieron con obediencia al muchacho hacia un edificio circular.
Los mozos encargados de la cerca negociaron con los capitanes de las tres naves el pago por estacionar los barcos afuera del pueblo. No prestaron mayor atención al príncipe de las Arenas ni a la muchacha de cabellos grises y cuernos que tanto se parecía a Merkaid.
—Tienes la misma expresión de tu madre cuando llegó por primera vez a un pueblo del desierto —dijo Merkaid mientras le pasaba el brazo por encima de los hombros—. Ella también quedó estupefacta.
—Es diferente a Masca —se limitó a responder Sakti.
En realidad, Myula era diferente a todos los pueblos y ciudades que la princesa visitó en la región Oeste. Allí siempre recibían a un miembro de la Realeza o de la Nobleza Militar con pompas. Imaginó que así como la sorprendía la tranquilidad de Myula, los príncipes de las Arenas seguramente se sentían muy fuera de lugar con las grandes bienvenidas del continente principal.
Un muchacho cruzó el grupo de soldados que la escoltaban y la tomó de la mano.
—¡Allena! ¡Dicen que hay esfinges en el establo! —exclamó Connor mientras señalaba un edificio circular. Después de la cúpula en el fondo del pueblo, era el más alto de Myula—. ¡Vamos a verlas, vamos! ¡Nunca hemos visto una esfinge!
El profeta la arrastró sin que ella opusiera resistencia. Merkaid los siguió con su séquito de soldados y sonrió por la reacción inocente del profeta.
—Connor —comenzó Sakti mientras seguía al chico—, yo ya he visto esfinges antes. Mi hermano tenía una que se llamaba...
—¡Ooooooouaaaaaah! —exclamó él maravillado cuando llegó a la entrada del establo, que estaba abierto.
Dentro había varios compartimientos y muchos niveles. En los más bajos había camellos, avestruces y cabras. También había chamrosh, que eran aves ensilladas, de patas altas, cuerpo robusto y largas plumas en la cabeza. En los niveles superiores había más de estas aves; y sobre todo esfinges: gigantes criaturas con cuerpos de leones y leonas, alas de águila y, dependiendo del sexo, una insinuación de pechos.
—¿Crees que me dejen tocar a una? ¿Crees que muerdan? ¿Serán muy feroces? ¿O quizá...?
Connor soltó un montón de preguntas. El chico llamó más la atención de los mozos de cuadra que los mismos Sakti o Merkaid, que se limitaban a verlo desvariar emocionado. Connor calló de repente y miró a Sakti un poco molesto.
—Momento, ¿me estabas diciendo que ya habías visto esfinges antes?
Sakti suspiró. Era típico de su amigo que entendiera lo que se le dijo después de que parloteara como un poseso.
—Sí, mi hermano tenía una que se llamaba Galatea.
—¡¿Por qué nunca me lo habías contado?! ¿Era divertida, era mansa, era bonita, era...?
Una ráfaga cayó sobre los recién llegados. Fue tan rápido que ni el mismo Merkaid tuvo tiempo de poner cara de susto o enfado. Una esfinge se lanzó con la velocidad del rayo sobre Sakti y Connor, arrastrándolos consigo varios metros. Los mozos de cuadra se horrorizaron por la reacción de la esfinge. Mientras tanto, los soldados pusieron cara de resignación, seguros de que tendrían que sacrificar al animal más tarde. Hasta Darius y los gemelos, que estaban todavía rezagados esperando a que desataran a Freki y Geri del barco, exclamaron asustados y seguros de que Connor ya era comida de esfinge.
Superada la sorpresa, Merkaid reconoció la esfinge. Un mozo comenzó a parlotear y disculparse con el príncipe. Él lo calló con un ademán tranquilo mientras caminaba hacia el animal.
La esfinge no dejaba de lamer. Bajo su enorme lengua, Sakti y Connor contenían la respiración y apretaban los ojos para que la baba no se les metiera. Los lobos al fin fueron liberados y corrieron hacia la esfinge para auxiliar a Sakti. Solo pudieron ladrar y agitar la cola con nerviosismo. Unos mozos jalaron al animal del lomo, con cuidado de no dañarle las alas, pero no pudieron apartarlo. Merkaid fue el único que lo consiguió:
—Galatea, vas a sofocar a Allena y Adad se va a enojar mucho contigo.
La esfinge tuvo la misma reacción de Geri o Freki cuando Sakti los regañaba. Se apartó en un santiamén, gimoteó y hasta metió la cola entre las patas. Los lobos aprovecharon la oportunidad para jalar consigo al par de aesirianos y preguntarles si estaban bien.
—¡Asco! —exclamó Connor mientras sacaba la lengua—. ¡Me entró baba en la boca!
Intentó limpiarse con las manos y las mangas de la camisa, pero también tenía la ropa babeada. Sakti estaba un poco más tranquila y se quitó los excesos de baba con calma. Claramente no estaba satisfecha pero tampoco enfadada. Merkaid les ofreció la mudada adicional de unos mozos de cuadra. Una vez que se cambiaron, la apariencia de Connor no varió mucho de su atuendo original. En cambio Sakti ya no llevaba la ropa elegante de una princesa, aunque mantuvo el porte de una Aesir. Merkaid sonrió satisfecho.
—¿Mejor? —preguntó el príncipe.
—Sí. —Sakti se acercó a Galatea, que temblaba escondida en un rincón. Le acarició la poca melena que tenía—. Galatea siempre se me lanzaba encima cuando nos veíamos después de unos días, así que esto es normal. Pero igual me tomó por sorpresa que estuviera aquí. —La esfinge, sabiendo que estaba perdonada, ronroneó con alegría y restregó el rostro contra la mejilla de la muchacha—. ¿Cuándo llegó?
—Hace casi dos años —Merkaid también acarició la esfinge—. Si hago las cuentas, creo que fue unos meses después de que tú dejaras Masca y te dirigieras al desierto.
—Ummm... —Sakti miró a la esfinge. Galatea tomó una actitud más seria, pues se sentó recta y dejó de mover la cola a modo de juego. En esa posición se veía tan majestuosa como la primera vez que Sakti la vio, cargando con orgullo la tienda de su príncipe—. ¿Hiciste lo que te pedí? ¿Buscaste a Adad? —Galatea rugió en señal de afirmación—. ¿Lo encontraste? —La esfinge bufó.
—Adad es... difícil de encontrar —intervino su tío—. Yo llevo un buen tiempo sin verlo.
—Envié a Galatea porque pensé que yo no podría venir.
Dereck, que todavía seguía cerca de ella, supo que la princesa lanzaría el primer dardo político para conseguir el apoyo que había venido a buscar.
—Pensé que ella podría encontrar a Adad y llevarlo a Masca. Incluso sabía que estaría aquí rápido, en cuestión de meses y no años, como me tomó a mí. Pero no lo ha podido localizar y yo apenas estoy llegando. ¿Quién sabe cuánto tiempo tardaré en dar con mi hermano? —Suspiró agotada—. Espero que yo pueda dar la talla...
—¿Dar la talla? —interrogó Merkaid con las cejas ligeramente arqueadas.
Sakti lo miró a los ojos. Confirmó lo que el tono de voz de Merkaid ya le había dicho: el príncipe estaba indeciso, pues no supo si estar molesto por la indirecta de que alguien –él o cualquier otro príncipe– no daba la talla, o si darle el beneficio de la duda a su sobrina.
—Tío Kardan y primo Kardan sí están dando la talla. Mi tío se sincronizó sin pensar en las consecuencias para su salud, y mi primo está dispuesto a tomar su lugar cuando se agote. En cambio, ¿yo qué he hecho? He tardado dos años en un viaje para conseguir la ayuda de mi hermano, y aun así no estoy muy cerca de obtenerla. Soy una hermana menor patética, pues ni siquiera puedo hacer lo mismo que Adad cuando se le pidió ayuda para el desierto. Él vino aquí lo más rápido que pudo, ¿verdad?
—... Sí.
—¿Y ha ayudado mucho? —Merkaid entrecerró los ojos, todavía indeciso.
—Sí. La verdad es que ha ayudado mucho aquí.
—Adad es increíble. Antes de irse de Masca se despidió de mí y me dijo que era su deber como príncipe socorrer el desierto. En ese momento pensé en lo mucho que me quiero parecer a él: tan abnegado, tan responsable y servicial. Es mi ejemplo a seguir. Pero si me sigo atrasando, Masca no recibirá ayuda pronto. Puede que hasta por mi culpa perdamos al actual Emperador y agotemos antes de tiempo al siguiente. Sería una irresponsable si no me esfuerzo lo suficiente para ayudar Masca y a toda esa gente. También sería una vergüenza para la familia si no pudiera dar la talla que sí dan mi tío, mi primo y mi hermano. —Se separó de Galatea—. Había una frase que Adad decía siempre. Dijo que padre se la dejó muy grabada desde que era pequeño. ¿Cómo era? «Ser príncipe es un...»
—… un deber. No un derecho —respondió Merkaid. Ya no se veía molesto, sino un poco triste. Se apuró a borrar del rostro cualquier señal de angustia pero Sakti pudo percibirla. Ah, era un ligero retortijón que incomodaba la consciencia de su tío.
—Padre fue un hombre sabio.
—Sí, lo fue.
Éxito. Su plan había dado resultado y Sakti lo sabía. En ese momento, Merkaid debía de estar pensando en lo irresponsable que sería no dar apoyo a la empresa de su sobrina. Una cosa era renunciar a la petición caprichosa de un comandante o de un príncipe al pedir más soldados para su guardia. Pero otra muy diferente era negar la ayuda a una ciudad donde, además de miles de civiles, peligraban las vidas del Emperador y su heredero. Faltaría en su deber como príncipe si no prestaba la ayuda necesaria.
Si hubiera más príncipes quizá podrían negarse alegando que había más herederos... Pero ya no se podía contar con que los hermanos del Emperador y sus sobrinos estuvieran vivos, porque se estaban dando los secuestros para la sincronización. Además ¿qué garantizaba que esos príncipes, incluidos Adad y Sakti, hijos ambos de una princesa mascalina, pudieran sincronizarse con Masca? No era un secreto que a pesar de lo estrictos que eran los Aesir en el apareamiento, desde hacía muchas generaciones solo uno de los hijos del Emperador tenía la capacidad para sincronizarse con la Capital. Y no siempre era el mayor o el más noble. El poder de su casta, al igual que los ojos del clan Aesir, era un rasgo que lamentablemente comenzaba a diluirse.
Sakti sintió una oleada de satisfacción al saber que pensamientos como esos cruzaban la mente de su tío. Tras ver su reacción, supo qué táctica debía seguir para obtener su apoyo incondicional y hasta que le ayudara a convencer a los demás príncipes, incluso sin que él se diera cuenta. Por un momento tuvo el sentimiento de culpa de rigor por manipular a Merkaid. Pero como buena princesa mascalina lo anotó y dejó pasar sin que afectara sus planes.
El siguiente paso sería dejar que las palabras reposaran en Merkaid mientras ambos hacían alguna actividad que los «uniera familiarmente». Como la conversación que tuvieron en el barco, donde ella dejó que su tío se sintiera como un padre al explicarle algunas características del desierto.
Abrió la boca para pedirle que le explicara qué tipo de aves eran las que estaban ensilladas y por qué. Al instante sintió la lengua pesada y las encías comenzaron a dolerle. Después sintió sed, mas no era de agua sino de algo distinto. El olor del establo se hizo más fuerte. Lejos de sentirse incómoda por el sudor de los animales o el hedor de las heces, se sintió excitada como un lobo en un rebaño de ovejas.
La vista también cambió. Además de las formas y los colores que siempre apreciaba, vio también un vapor que emanaba de cada ser vivo: las cabras, las aves, los camellos, las esfinges, los lobos y las personas. En los aesirianos, además, notó un brillo nuevo y satisfactorio en los ojos. Tras observar a Darius deseó derribarlo y darle una probadita a esos ojos azules y verdes. Sintió una fascinación indescifrable por ellos, sin entender por qué. Lo que sí supo es que esa extraña sensación estaba a punto de hacerla perder los cabales y atacar a su mejor amigo. Así que, a punta de voluntad, apartó la mirada y se concentró en algo más grande y... con más carne.
En cuanto observó el rostro felino de Galatea, la esfinge se tensó. El pelaje se le erizó. Sin ronronear, gemir o rugir, el animal desplegó las alas y se refugió en el cuarto piso del establo, siempre observando a Sakti de manera cauta.
El dolor de las encías se hizo insoportable. El deseo en las manos por agarrar algo y despedazarlo estuvo a punto de desbordarse. La cantidad de saliva que se le acumuló en la boca no calmó su sed. Entonces lo entendió de golpe.
—Estás hambrienta —dijo su tío.
Mucho, mucho, mucho.
Sakti tembló sin poder evitarlo. Quiso lanzarse a los animales del primer piso, aunque supo que uno solo no bastaría. ¿Cómo podía sentir de repente un hambre tan atroz? ¿Cómo podía dolerle tanto el estómago si en realidad tuvo un buen desayuno? Nunca había comido más de dos platos de comida a primera hora del día, pero ella devoró cuatro platos de pura carne. Aun así tenía el hambre de un tigre que no pudo hincarle diente ni a una sola presa por más de dos semanas.
—Guarden a los niños y sacrifiquen de inmediato un bisonte —ordenó Merkaid mientras la tomaba de los hombros y la hacía caminar al frente suyo, sacándola del establo.
El príncipe pidió a Darius, los chicos y Kel que permanecieran en el establo hasta que los llamaran de nuevo. Dio también más órdenes a soldados y mozos por igual. Sakti procuró no ponerle atención, porque se sintió tentada de tirársele al cuello para probar las cuerdas vocales detrás de tan exquisita voz.
—Tranquila —le susurró él—, te llevaré al lugar ideal para que te alimentes.


"Los Hijos de Aesir: El Reino de las Arenas" © 2011-2017. Ángela Arias Molina

No hay comentarios :

Publicar un comentario

¡Hola! Muchas gracias por leer este capítulo de "Los hijos de Aesir". Puedes ayudar a la autora al calificar la lectura en la barra de calificación (está un poquito más arriba). O mejor aún ¡deja un comentario! Toda crítica constructiva es bienvenida. ¡Muchas gracias!
*Los trolls no serán alimentados*

Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...
¡Sigue el blog!