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Prólogo

PRÓLOGO
«PERO EL JARDÍN YA TIENE DUEÑO...»


Siempre lo he detestado.
Este entumecimiento del cerebro cuando toda conexión con el cuerpo cesa por completo y brazos y piernas se mueven por sí solas, en modo automático. Imbatibles. Sin titubeo alguno. Sin cansancio. Sin cosquilleo en el brazo que sostiene la daga que acaba de cortar una vida. Las piernas que ignoran la superficie resbalosa por la sangre y continúan la marcha fúnebre hasta que no queda enemigo cerca de la torre de la ciudad de hierro, plata y jade.
Se podría decir que como sicario esto debería ser agradable para mí. Matar debería ser sencillo, como un sueño. Y sí, me es muy fácil, algo que podría hacer con los ojos cerrados. Pero no lo encuentro placentero.
El truco para ser asesino a sueldo es ser preciso y discreto. Matar con venenos. Tener la puntería suprema para clavar una flecha en el corazón de la víctima a una distancia segura. Desangrar a una persona con una herida pequeña y calculada. Todo bajo el suave cobijo del anonimato. Estas habilidades son de mi agrado, porque la distancia entre mi víctima y yo, o el tiempo entre mi ataque y su muerte, son lo bastante largos como para que no me sienta directamente responsable de su final.
¿Una cobardía? Puede ser... Quizá... De acuerdo: sí, lo es. ¿Y qué? Cuando se elige esta profesión solo hay dos opciones: o te gusta matar o te es completamente indiferente. Pero «odiar matar» no es una opción para un sicario. No me excita en exceso matar. Como muchos, estoy atascado en un trabajo que hago bien y me resulta soportable, pero lo hago solo por la necesidad de las monedas que me aseguran comer y dormir con decencia. Bueno, de acuerdo: también porque me aburro mucho si no hago algo de vez en cuando.
Ya que comencé a ganarme la vida en esto cuando en mi mente las diferencias entre el bien y el mal no estaban totalmente delimitadas, matar para sobrevivir se convirtió en una filosofía muy válida para mí. Pero ver los ojos de la víctima mientras da ese paso entre la vida y la muerte, ese aterrador gran salto que lo hará caer a un lago de serpientes… eso siempre me aterró.
Odio las serpientes.
Y odio estar cerca de una persona cuando salta sin remedio a ellas.
De ahí el entumecimiento del cerebro cuando me toca trabajar cara a cara. Sin ese entumecimiento tendría que ver todo alrededor para saber cómo moverme. Con la precisión fría que me invade en estos momentos, me es suficiente con no despegar los ojos del suelo y dejar que los sentidos se encarguen de destruir a la víctima de mi trabajo. O, en este caso, a las amenazas sobre mi vida.
Aun así no me gusta el entumecimiento. Porque sé que me convierte en una persona sin remordimientos.
Puedo aceptar que me sea indiferente matar a alguien. Es como arrancar la flor en un jardín. Cada flor es bonita a su manera, puedes arrancarla y hacer con ella lo que te plazca: llevártela a la nariz para oler su perfume, pasársela por el cabello a la chica que te gusta, arrancar uno a uno sus pétalos, construir una corona de flores... Puedes disfrutar mucho con una flor, aunque al final irremediablemente se marchitará. Lo cual es una pena. Pero si hasta los niños pueden vivir con la consciencia limpia después de arrancar como veinte flores al día, ¿por qué habría yo de sentirme mal por arrancar algunas «flores» para que la mía siga con vida? Al fin y al cabo, el jardín siempre vuelve a florecer.
Pero cuando ves al dueño del jardín todo cambia por completo. Si lo ves molesto podrías pensar como un niño, que solo has hecho una travesura y que no puedes esperar a repetirla para ver la expresión furiosa del propietario. Es maldad de la infancia, sencilla e inocente, pero también cruel y placentera. Pero si el dueño del jardín resulta ser una persona encantadora, como una niñita pequeña o una anciana dulce e indefensa, entonces la travesura ya no te parece sencilla sino una verdadera degeneración.
Y si la anciana se pone a llorar sin consuelo por sus flores marchitas, sientes un nudo en la garganta sin que puedas evitarlo. Porque sabrás que la mujer de las mil arrugas, y de los ojos cansados y cariñosos, habrá cuidado a esas flores a pesar de los dolores de sus articulaciones. Sabrás que habrá pasado mañanas y tardes regándolas, hablándoles, mimándolas para que florezcan hermosas y radiantes. También sabrás que la anciana estará desgarrada, porque sus preciosas flores, que quizá eran todo lo que tenía en la vida, no florecerán de nuevo por más que ella llore o busque al culpable. Lo más triste sería que, aunque la anciana quiera castigar al niño travieso, no tenga las fuerzas para hacerlo pagar. Quizá tampoco el deseo. La tristeza podría consumirla.
Yo prefiero arrancar la flor y huir para nunca ver los ojos de la anciana. Pero no puedo hacer como los niños y olvidarme de su posible figura llorosa y desvalida. No soy un niño que no entiende la crueldad de su travesura. Soy un hombre y sé que necesito la imagen de la viejecita en mi cabeza para que se convierta en mi castigo. Uno que además es muy pequeño.
Lo que me atormenta no es arrancar la flor. Lo que me atormenta es el llanto de la anciana.
Prefiero matar sin ver los ojos de mi víctima. Prefiero refugiarme en el anonimato y recoger la recompensa de mi trabajo. Prefiero no darle otro nombre a la víctima más que «Flor». Y prefiero no ponerles rostro a los amigos y familiares de la flor, que llorarán y odiarán sin reparo a causa de mi «travesura». Para mí todos ellos son la «Anciana» y esa triste imagen es más que suficiente. Una alusión a la que temo pero también a la que busco para pagar por lo que he hecho.
Detesto el entumecimiento porque me aleja de la imagen de la indefensa viejecita. Porque me convierte en un asesino autómata sin el castigo del remordimiento.
Por eso no quería venir aquí. Sabía que esta noche no sería «sicario» que trabaja para ganarse el pan, sino un «asesino» más en esta guerra. Pero no tenía otra opción, ¿verdad? Porque al fin la imagen de la anciana me alcanza. Por fin podría verle el rostro y los ojos rojos por el llanto. Al fin podría distinguir a la persona del jardín que llora si busco mi reflejo en el espejo. Al final yo podría convertirme en la anciana.
Pero no lo permitiré. A pesar del entumecimiento estoy dispuesto a marchitar a todos esos «niños traviesos» que quieren arrancar mi flor, sin importarme si son vanirianos o aesirianos. Un sicario no tiene lealtad a banderas o países. Un sicario se tiene lealtad a sí mismo y a lo que ama.
Mi allen. Mientras yo viva a ella nadie la tocará. Así tenga que escalar la torre solo con las uñas, así tenga que dejar plantados a los imbéciles que desean arrancarle la vida por una estúpida Profecía, ¡así tenga que desafiar al mismísimo Dios! Mi jardín permanecerá intacto, con ella en el centro, con los pétalos extendidos y su aroma inundando mis sentidos.
Allena no morirá. No me importa cuál sea el dichoso destino que se le impuso hace tantos años. Yo le daré uno nuevo. Esta noche, sí, antes del amanecer la encontraré y la sacaré de esta trampa mortal. La llevaré conmigo y se lo diré: cómo, sin que yo me diera cuenta, fue ella la razón por la que escapé de las serpientes. Solo para conocerla. Esta noche le diré que quiero ser el dueño de su jardín, que yo la...

«Pero el jardín ya tiene dueño...»

—... y no puede tener dos.
Al escuchar esas palabras, el aesiriano sintió un escalofrío recorriéndole la espalda. Primero porque supo que eran ciertas. Y también porque no había otra boca viva más que la suya al pie de la torre, al menos en esa sección. Alrededor había cadáveres de vanirianos y aesirianos, todos muertos a su paso, sin importar que fueran de uno u otro bando. Más allá vio que la lucha en la plaza era brava y demente, aunque todavía los guerreros reconocían a los de su equipo. Vanirianos se protegían entre sí, aesirianos peleaban como uno solo. Pero él ¿qué era? ¿Vaniriano, aesiriano, ambos, ninguno? ¿O solo un desesperado más?
—Eres persona, con eso basta.
Una mariposa de añil revoloteó detrás de él, haciéndole cosquillas en la oreja. Luego pasó al frente, agitando las alas al lado de su mejilla. Él la siguió con la mirada, notando que solo la mariposa se movía. La batalla en la plaza estaba congelada, atenuada por una leve luz blanca. El entumecimiento se fue. Ahora las piernas y brazos le temblaron, amenazando con dejarlo caer. Con miedo, giró para ver al dueño de la voz suave y cálida.
Ahí estaba él, sentado en una roca y rodeado por un jardín que no podía ser más que una ilusión. El dulce olor de las allen aumentaba cuando las flores brotaban del suelo. La sangre se convertía en verde césped y los cadáveres en mariposas juguetonas. Pero él, el ángel, seguía intacto, inmaculado y hermoso, ajeno a cómo la muerte se convertía en belleza alrededor.
—De todos eres el único que no reza a Dios en este momento —dijo el ángel—. Como mensajero, ¿debería sentirme abrumado por tu falta de devoción? ¿O admirado por tu escasez de arrepentimiento? Tu deseo, tu fortaleza, tu amor… me fascinan. Eres increíble. Ojalá yo hubiera tenido tu fuerza.
El miedo del aesiriano se disipó. Poco le importó la aparición, la inmaculada ropa blanca o la paz y calidez que transmitían esos ojos azules. Solo lo embargó la ira hacia él, porque sospechó que era otro que quería arrancar su flor.
—¿Has venido por ella? —preguntó con odio—. ¿Vienes a llevarte su alma, Mark?
El ángel arqueó ligeramente las cejas, sorprendido de escuchar su nombre en boca de un hombre que no llegó a conocerlo. Esbozó una sonrisa y en cuestión de un parpadeo se situó al lado del aesiriano.
—No, yo no soy la Muerte —dijo mientras le acariciaba la curva de la mejilla hasta la barbilla—. Yo no vengo a lanzarla a las serpientes. Jamás podría.
El aesiriano lanzó un golpe con la daga pero no hizo más que rasgar el aire... y una cortina de suaves plumas blancas que se desvanecieron en motas de luz.
—Yo soy un jardinero —susurró Mark detrás de él—. Los jardineros amamos nuestras flores y jamás podríamos arrancarlas. Pero ¿sabes? —El aesiriano dio media vuelta, listo para golpear de nuevo, pero solo había aire y motas de luz desapareciendo—. Aunque no arranquemos la flor ella igual está destinada a marchitarse.
El ángel lo tomó de la mano. El aesiriano vio la flor de allen en la palma. Estaba crecida, bella, fuerte, con sus largos pétalos como plumas abiertas que brillaban con destellos celestes. La imagen duró un par de segundos, hasta que los pétalos ganaron velozmente la coloración negra de su última etapa de vida. La flor seguía siendo bella pero pronto se marchitaría. Quizá duraría un día, una semana, un mes, un año...
—Ella ya está condenada a la muerte —susurró Mark delante de él, viendo con tristeza la flor—. ¿Entiendes por qué te lo he dicho?
La allen se convirtió en cenizas. El aesiriano asintió en silencio. Lo entendía. La flor nunca le pertenecería. Jamás reaccionaría a sus cuidados –o a los de alguien más– porque conocía y amaba a un único par de manos, y solo a ellas respondería. La flor se marchitaría por más que él intentara pasarla de tierra. Él no podía marchitarse junto a ella, porque al otro lado ya había un jardinero esperando para cuidarla. Ella esperaba con ansias sus hábiles manos para sanarla.
—Ella es tu jardín, siempre lo ha sido —consiguió musitar.
Mark arqueó de nuevo las cejas. En su rostro no había sorpresa ni alegría, pero sí un agradecimiento triste. Era una posibilidad, un aliento que no tuvo en vida y que ahora recibía de parte del aesiriano que lo habría matado dos veces esa noche de haber podido.
—Sí, ella es mi flor —sonrió.
El viento sopló. Varias flores de allen emanaron del suelo, abriéndose como alas de pájaros azules. Los pétalos se mecieron y las mariposas revolotearon alrededor. El aesiriano tuvo que cerrar ojos y boca para evitar que alguna le entrara por error. Escuchó el tintineo distante de las espadas y supo que el tiempo recuperó el ritmo habitual. Se preguntó qué haría ahora, si parecía que sería otro, y no él, quien iría por la flor.
—Gracias... —escuchó como un susurro.
Mark ya no estaba. De él solo quedaron mariposas y flores, en lugar de cadáveres y sangre. También las motas de luz. El aesiriano alzó la mirada y vio cómo las luces desaparecían en el aire. Todas, menos una.
Alzó una mano para atajarla, preguntándose si se desvanecería en cuanto la tocara. La pluma se posó en su mano con suavidad y permaneció corpórea y real cuando la acercó al rostro para verla. Era blanca, excepto por algunos trazos delgados, negros y púrpuras. Le tomó un poco de tiempo pero también distinguió otro tono de blanco semejante al hueso. Era el patrón del Blanco, el Negro y el Púrpura. Los colores de los Tres Dragones.
¿Una pluma de ángel? ¿O una pluma de Dragón? La olió. Allen, por supuesto. Entonces ¿importaba de qué era la pluma? Realmente no sino por qué la tenía él, por qué Mark se la dejó. Y entonces lo supo.
Le dejaba la oportunidad de obrar un milagro...
… el que mantendría a la flor en el jardín para que se marchitara en él.

"Los Hijos de Aesir: El Reino de las Arenas" © 2011-2017. Ángela Arias Molina

3 comentarios :

  1. ANGELA!!! dios mio, re-leyendo los tomos me encuentro con este epilogo, tal vez en el tiempo qe lo lei por primera vez lo pase por alto, pero ahora estoy segurisima...

    ¡¡¡Dil-mercenario-cara-de-niña-bonito se va a ENAMORAR DE ALLENA!!! Nunca lo hubiera imaginado, bueno si se me vino en la ocacion cuando se encontraron, antes de que fuera subsionada la reino de los espiritus, pero no pense que en realidad sucederia.

    Me dejas realmente traumada con este capitulo, pero a la vez fascinada :o para ser una princesa tan retorsida como solo ella sabe ser, ha robado mas de un corazon u.u*!

    seguire leyendo de nuevo hehe he encontrado muchisimas pistas mas, pero he evitado dejar comentarios, pues estaria haciendo algo similar al spoiler, pero esta vez no me pude contener.

    Estoy cada vez mas anciosa de saber como termina la batalla, la verdad en cada prologo has dado pistas, Sigfrid... Enlil... Darius...

    Ya me callo! xDDDD me hare de paciencia, besos


    pdt: sigo adorando a Darius

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    Respuestas
    1. ¡Exactamente! El protagonista de este prólogo es ese chico sicario. ¡Me sorprende que hayas adivinado el protagonista de los prólogos del tercero y cuarto tomo! En el del tercero, muchos creen que es alguno de los gemelos, pero supongo que la duda es razonable por lo que le ocurrió a Darius al final del segundo volumen.

      En cuanto a lo que llega a desarrollar este sicario por Sakti... Bueno, se explica en el cuarto volumen por qué llega a quererla. Además, si ella es retorcida, ¡ahora imagina qué más retorcido es él! :D

      Y querida amiga: pistas hay a lo largo de tooooodaaaa la historia. Me alegra que hayas encontrado algunas, pero habrá que ver si las encuentras todas ;)

      ¡Gracias por leer!

      Pd: Tu comentario lo mandaste a las 00:45. ¡No me puedo creer que te estés leyendo otra vez la historia a esas horas de la madrugada! ¡Muchas gracias!

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  2. lei dos capitulos mas despues de este :)) no importa que ya haya leido, lo sigo haciendo con la misma emocion, hasta mas ;)

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¡Hola! Muchas gracias por leer este capítulo de "Los hijos de Aesir". Puedes ayudar a la autora al calificar la lectura en la barra de calificación (está un poquito más arriba). O mejor aún ¡deja un comentario! Toda crítica constructiva es bienvenida. ¡Muchas gracias!
*Los trolls no serán alimentados*

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